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El componente aluvional

Por Vicente Massot
Para LA NACION

Jueves 6 de marzo de 2008 | Publicado en la Edición impresa 
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A vuelta de sus encuentros y riñas, tributario del viejo e inagotable tronco peronista, el kirchnerismo es refractario a cualquier abordaje que se le quiera hacer con arreglo a categorías ideológicas. No es que rechace todo anclaje doctrinario, pero en ello no radica ni su fuerza –que ha probado ser mucha– ni su naturaleza, siempre reacia a dejarse analizar. Como quiera que sea, lo cierto es que el fenómeno nacido, hace más de cuatro años, a caballo del triunfo electoral del político santacruceño, ha dado lugar entre nosotros a una coalición inédita por sus rasgos constitutivos y sus adherentes.

Lo que primero se echa de ver es el componente aluvional, en el sentido de que la adhesión que ha cosechado el kirchnerismo proviene de los más distintos sectores de la vida política argentina que ni por asomo –de habérseles preguntado en 2002– hubieran sospechado el espacio que hoy ocupan bajo sus generosos pliegues. Es que así como en su momentos iniciales fue sorprendente la capacidad de Menem para concitar el apoyo –impensable en términos de la dicotomía peronismo-antiperonismo– de los estratos más humildes y más pudientes del país, para cerrar un largo ciclo de antagonismo abierto o larvado, según las circunstancias, entre los seguidores de Perón y sus furiosos enemigos, así también ha sido notable, en este orden, la alianza de hecho montada en derredor de Néstor Kirchner.

Si a modo de ensayo teórico alguien hubiera imaginado, en los albores de 2003, a los barones justicialistas del cono urbano bonaerense subidos a la misma nave que los organismos autodenominados defensores de los derechos humanos, el análisis habría sido sometido a dura crítica. Pero si a los grupos antes mencionados se hubiera sumado a las capas más pobres de la población, al gran empresariado, a una parte importante, aunque minoritaria, de las clases medias urbanas y a otra considerable de la intelectualidad progresista, nadie lo habría tomado en serio. Sin embargo, en la práctica, Kirchner ha hecho posible que un conjunto tan heterogéneo y hasta contradictorio de gente lo acompañe tanto en las lides específicamente electorales como en algo de mayor importancia a la hora de gobernar: el plebiscito diario.

Carecería de sentido suponer que ha sido en función de coincidencias esenciales que Hebe de Bonafini y Hugo Curto; Horacio Verbitsky y José Ignacio de Mendiguren; Carlos Reutemann y Carlos Kunkel; Hugo Moyano y Luis Barrionuevo forman parte de la misma coalición. Si por coincidencias entendemos las ideas que cada uno ha defendido en su derrotero político, ciertamente no las hay. Claro que la novedad del kirchnerismo es que hasta el momento ha podido, sin mengua de las inocultables diferencias que existen entre sus seguidores, satisfacer sus deseos e intereses sectoriales sin que ello haya supuesto un peligro de fractura. ¿Cómo ha sido posible? Básicamente, porque su relación no se ha formalizado desde unos parámetros ideológicos, una concepción del mundo o cosa por el estilo, sino desde su condición de clientes que, con el kirchnerismo, han visto cumplidas sus expectativas particulares.

Aunque la afirmación expresada así, a boca de jarro, pueda resultar chocante y contradiga de manera manifiesta un sinfín de lugares comunes, lo cierto es que toda relación política tejida entre quienes detentan el poder y tienen el monopolio de la decisión y quienes son gobernados, adopta formas clientelísticas. En algún momento y desde algún lugar, casi todos nos convertimos, consciente o inconscientemente, en clientes a los cuales el gobierno de turno, si desea retener nuestra adhesión y nuestro voto –que en los regímenes democráticos es lo más importante– debe tener en cuenta.

Por supuesto que si definimos el clientelismo como un circuito espurio de favores y dádivas otorgadas a cambio de votos, que sus responsables –dirigentes, por un lado, y distintos sectores de la sociedad, por otro– retroalimentan sin solución de continuidad merced a los beneficios que obtienen ambas partes, no hay debate posible. La política, con todo, nunca es tan lineal.

El poder se ejerce en la toma de unas decisiones que, dando de lado las llamadas políticas del Estado, siempre transparentan opiniones, prejuicios, simpatías, convicciones e intereses de este o aquel partido, fuerza o capilla que ocupa las oficinas gubernamentales. Dicho de otra manera: aunque por entendibles razones de concesión política, el actual gobierno debe protestar su vocación de servir por igual al conjunto de la sociedad; en la práctica, su triunfo se debió al voto de determinadas tribus electorales que, al elegirlo, tácita o explícitamente estaban reclamando unos beneficios que Néstor Kirchner, para conservar su apoyo, no echó en saco roto.

El kirchnerismo, pues, si bien se encarga en su discurso público de engordar determinados tópicos ideológicos, a la hora de las decisiones no les presta atención. Lo que hace es darles a cada uno de sus clientes cuánto desean obtener: desde una política de venganza respecto de las fuerzas armadas –que contenta a la izquierda, por llamarle de alguna manera– hasta un dólar alto, caro a los industriales, pasando por el subsidio de las tarifas públicas, que nadie, obviamente, rechaza, y un unitarismo fiscal por medio del cual ganarse el respaldo de gobernadores e intendentes por igual.

Haberse dado cuenta de que en un país invertebrado como el nuestro, donde la salvación se ha convertido en una empresa individual o grupal, ello no sólo era posible, sino que podía reportarle dividendos impensados, fue el principal mérito de esta administración. Sobre todo, porque, al margen de lo expresado, lo ayuda una coyuntura económica mundial inmejorable.

El ejercicio despótico del poder, que le devolvió al país la gobernabilidad perdida a manos de la Alianza, ha convertido a Kirchner en el último de los candidatos aparecidos en estas playas con pretensiones de gestar, sobre las bases del peronismo, un movimiento que, al tiempo que lo incluya, a la larga termine superándolo. Abrir, a estas alturas de la historia, un juicio respecto de si el ex presidente romperá el hechizo y conseguirá lo que nadie ha logrado hasta el momento o será uno más a sumar en la lista de los presuntuosos fallidos no viene a cuento. Aunque no está de más señalar que el kirchnerismo no ha conocido todavía la época de las vacas flacas ni ha tenido que tomar medidas impopulares, de esas que, cuando se adoptan, dejan a un tendal de víctimas detrás suyo. El día que no pueda contentar a todos los integrantes de tan heterogénea coalición al mismo tiempo se apreciará cuál es su verdadera fuerza. Mientras tanto, no cesa de sumar adhesiones y consolidar su poder.


Jue, 6 de Mar, 2008 9:25 pm

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Gabriel Mayor
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