Confianza, el capital intangible
Daniel Gustavo Montamat
Para LA NACION
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Miércoles 1 de julio de 2009 |
Publicado en edición impresa
Confianza o suspicacia no se pueden reducir a compartimentos estancos para traducirlos en fórmulas matemáticas. La pérdida de confianza tiene efectos sistémicos: debilita las instituciones, resiente la política, afecta la economía y carcome el tejido social. Entrampada en el corto plazo, la Argentina empieza a percibir los efectos adversos de la descapitalización en muchos sectores clave, pero todavía no repara en las consecuencias de haber destruido un activo intangible de difícil reposición: la confianza.
Hay cifras contundentes respecto a la descapitalización de algunos sectores económicos. Una de las más preocupantes, por los montos de inversión y los plazos involucrados en la recapitalización futura, es la del sector energético.
Hemos estado consumiendo las reservas probadas de gas y petróleo sin reponerlas. Las reservas de gas, nuestro principal insumo energético (52% de la oferta de energía primaria) no alcanzan a cubrir la producción de ocho años al ritmo actual. También hemos consumido el capital petrolero con baja reposición de reservas, y operamos el sistema eléctrico en el límite de sus disponibilidades técnicas cuando enfrentamos picos de demanda estacional.
Para reponer el capital energético hace falta mucha inversión (alrededor de 6500 millones de dólares por año en petróleo, gas y electricidad), pero también se requiere mucho tiempo. Aunque se contara con los recursos suficientes, los plazos de ejecución y la aleatoriedad de ciertos procesos (exploración exitosa) nos obligan a asumir largos interregnos de tiempo. Para descubrir petróleo y gas nuevo y desarrollar las reservas necesitamos más de 10 años; construir una nueva central atómica o una nueva represa hidroeléctrica lleva 6 a 8 años (si no hay imprevistos y retrasos). Los montos de inversión desbordan las posibilidades de los recursos presupuestarios y los cronogramas de obra exceden los plazos de una administración de gobierno.
Los planteos sectoriales sobre la recomposición del stock ganadero y la recuperación de la industria lechera también subrayan la concomitancia entre la necesidad de recursos y el tiempo de espera que impondrá la nueva inversión. Otro tanto podrá decirse de obras de infraestructura e industrias capital intensivas que vienen sufriendo el embate de políticas populistas antagónicas de un proceso de desarrollo económico y social. John Hicks, un premio Nobel de Economía que investigó el rol de la inversión en capital fijo en la economía moderna, advirtió sobre la aversión de los empresarios a encarar este tipo de inversiones. "El que invierte en capital fijo, entrega rehenes al futuro". Hicks trazó una clara diferencia entre el inversor financiero, que puede huir a plazas más seguras, y aquellos cuyos activos están debajo de la tierra, enterrados, o adheridos al suelo (yacimientos, caños, redes, plantas productivas); es decir, más expuestos a las conductas oportunistas de los gobiernos de turno. El que hunde capital no lo puede relocalizar frente a cambios de reglas de juego. El que especula con "capital golondrina" sí. Por eso, donde prevalece la incertidumbre la inversión privada en activos fijos es mínima y el capitalismo queda reducido a su versión fracasada: el "capitalismo de amigos".
Para lidiar con la descapitalización en infraestructura el Estado ha tenido que sustituir con inversión pública parte del déficit de inversión privada. Pero como los recursos son limitados y compiten con otras inversiones irreemplazables (educación, salud, justicia, seguridad, asistencia social) la inversión pública en infraestructura es insuficiente y llega tarde. A su vez, le quita recursos a la inversión en capital humano: ¿somos conscientes de la degradación del capital educativo heredado de nuestros mayores que tenía a principios del siglo pasado reconocimiento mundial?
El problema es que ya alcanzan nuevas señales económicas para recapitalizar la Argentina. La certidumbre en materia de reglas y de precios que puede prometer otra gestión alternativa no es suficiente. Presupone que los inversores privados van a revisar sus flujos descontados de fondo y compensar con algún rendimiento adicional nuestra saga de transgresiones pasadas. Es mucho más complicado, hay que recrear confianza, y esto no se soluciona con un diferencial de tasas por riesgo argentino.
Como sociedad, también debemos tomar consciencia de que desde hace años hemos estado consumiendo confianza argentina acumulada hasta la década del 30 sin reponerla. Esta descapitalización intangible que nos ha transformado en una sociedad de suspicacia tiene consecuencias nefastas y es responsable de nuestra declinación en el contexto de las naciones. En el libro Animal Spirits (Princeton University Press), los economistas George A. Akerlof (otro premio Nobel) y Robert J. Shiller analizan el factor confianza con una visión holística, rompiendo las anteojeras de las cajas conceptuales de algunas disciplinas como la propia economía. El verdadero significado de confiar o creer (del latín fido, credo, de donde deriva crédito) va más allá del cálculo racional del axioma económico fundacional. Es cierto que muchas veces tomamos decisiones basados en información que evaluamos y nos da confianza. Pero confiar, nos recuerdan estos autores, es tomar decisiones descartando o dando por descontada cierta información. Donde prevalece esta confianza sistémica, la gente invierte, compra, y participa sin leer "la letra chica", aunque tenga a disposición esa información. Donde reina la suspicacia la gente no participa, se retira, desconfía, y no cree, aunque lea toda "la letra chica".
La aversión a invertir en el largo plazo argentino no es más que otra cara de la desconfianza del residente que ahorra afuera, de la suspicacia del que ve en el otro al antipueblo, del descreimiento en la participación política o la resignación ante un ascensor social descompuesto.
Akerlof y Shiller recuerdan el efecto multiplicador del gasto al que aludió Keynes en su Teoría General, y usan el concepto para plantear un "efecto multiplicador de la confianza" en la sociedad. La confianza, sostienen, retroalimenta las transacciones en sucesivas rondas y multiplica los negocios aumentando el bienestar. La desconfianza, por el contrario, opera como un multiplicador negativo; amplifica sus efectos destructivos. Los índices de confianza económica ?según los autores? reflejan expectativas de consumo o inversión de corto plazo, pero no miden el "stock" del capital confianza, activo intangible de largo plazo. Cuando una sociedad invierte en confianza, consolida sus instituciones, cohesiona a su gente y promueve el desarrollo económico y social. Cuando una sociedad destruye este capital invisible, declina y se degrada en todos sus órdenes.
Tenemos que empezar a reconstruir la confianza como activo intangible si queremos recapitalizar los sectores de activos tangibles, incluido el capital humano argentino. La Argentina del siglo XIX tuvo un punto de inflexión cuando alcanzó acuerdos básicos en San Nicolás de los Arroyos (1852) y sentó las bases de la Organización Nacional. A partir de allí, empezó a acumular confianza. Confianza argentina que trascendió las fronteras y generó confianza extranjera. En el Centenario de 1910 la Argentina era un país de vanguardia que convocaba capitales y recursos humanos de todo el mundo. Las vísperas del Bicentenario deben ser un motivo de reflexión colectiva. El diálogo y la participación ciudadana deben alumbrar una nueva etapa de acuerdos básicos. Otro "pacto de San Nicolás" para volver a acumular confianza en el siglo XXI.
El autor es doctor en Ciencias Económicas y en Derecho y Ciencias Sociales.