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Fw: [Area_Salud_Mental] El rostro múltiple de la homofobia   Lista de mensajes  
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Fw: [Area_Salud_Mental] El rostro múltiple de la homofobia


----- Mensaje original -----
De: Cristina
Para: Area_Salud_Mental@... ; Raíces Montero GRUPOS
Enviado: Miércoles, 18 de Abril de 2007 12:35 p.m.
Asunto: [Area_Salud_Mental] El rostro múltiple de la homofobia




El rostro múltiple de la homofobia http://www.letraese.org.mx/El%20rostro.doc

El término homofobia poco a poco se integra al lenguaje común, aunque los
terrenos que abarca suelen tener fronteras poco definidas. La intolerancia y el
desprecio hacia las y los que tienen preferencias e identidades sexuales
distintas de la heterosexualidad tienen muchas maneras de expresarse, a veces
sin que exista conciencia. En este texto se exploran los aspectos múltiples de
los fantasmas que muchas veces el mundo heterosexual se elabora a propósito de
la homosexualidad. Por Louis-Georges Tin De acuerdo con una opinión muy
extendida, la homosexualidad sería hoy más libre que nunca: presente y visible
en todas partes, en la calle, en los diarios, en la televisión, en el cine.
Estaría incluso muy aceptada, pues así lo revelan los recientes avances
legislativos en Norteamérica y en Europa en materia de reconocimiento de parejas
del mismo sexo. Ciertamente se necesitan todavía algunos ajustes más para
erradicar las últimas discriminaciones, pero con la evolución de las
mentalidades esto sería una simple cuestión de tiempo. Tal vez. Pero tal vez no,
pues para un observador un poco más atento, la situación es muy distinta. A
decir verdad, el siglo XX, en su conjunto, ha sido el periodo más violentamente
homófobo de la historia: deportación a los campos de concentración en la época
nazi, gulag en la Unión Soviética, chantajes y persecuciones en Estados Unidos
en tiempos de McCarthy, todo eso parece ya lejano. Pero muy a menudo las
condiciones de existencia en el mundo actual siguen siendo difíciles. La
homosexualidad parece ser discriminada en todos lados; al menos en 80 naciones
la ley condena los actos homosexuales, en ocasiones con cárcel perpetua, y en
unos diez países con la pena de muerte. La homofobia se expresa aun en naciones
donde la homosexualidad no figura en el código penal, como Brasil, donde en los
últimos veinte años han sido contabilizados alrededor de dos mil crímenes por
homofobia. En estas condiciones es difícil pensar que la "tolerancia" gana
terreno. La homofobia constituye un problema humano, grave y complejo, con
resonancias múltiples, que requiere de una reacción concertada y de una
reflexión previa. ¿Pero qué es en realidad la homofobia? Al parecer el término
circulaba ya en los años sesenta, pero el primer registro escrito es
responsabilidad de K.T. Smith, autor, en 1971, de un artículo titulado
"Homofobia: un perfil tentativo de la personalidad". Se trata de un vocablo muy
reciente, cuya historia es sin embargo relativamente rica. A lo largo de los
años el espectro semántico del término no ha dejado de evolucionar por
ampliaciones sucesivas. En 1972, Weinberg definía la homofobia como "el miedo a
estar con un homosexual en un espacio cerrado", definición muy restrictiva que
quedó rápidamente rebasada en el lenguaje común, como testifica la definición
del Pequeño Larousse: "Rechazo de la homosexualidad, hostilidad sistemática
hacia los homosexuales". Ampliando el análisis, Daniel Welzer-Lang ha sugerido
una nueva definición. Para él, la homofobia "es, de modo más extenso, la
denigración en los hombres de cualidades consideradas femeninas y, en cierta
medida, de las cualidades consideradas masculinas en las mujeres". De esta
manera, intenta ligar entre ambas formas "la homofobia particular, ejercida
contra gays y lesbianas, y la homofobia general, que toma forma a partir de la
construcción y jerarquización de los géneros masculino y femenino", un fenómeno
que puede afectar a todos los individuos, cualquiera que sea su orientación
sexual, lo que explicaría que el insulto "puto" se pueda también aplicar a
personas claramente heterosexuales en la medida en que, más allá de las
preferencias, denuncia sobre todo una infracción a esa "virilidad perfecta" que
supone la construcción social de lo masculino. Amenaza a lo establecido Es
evidente que la noción de homofobia se extendió progresivamente en la medida en
que las investigaciones emprendidas permitían comprender que los actos, palabras
o actitudes percibidas claramente como homófobicas sólo eran el epifenómeno de
una construcción cultural más general, cuyos efectos comunes constituyen una
violencia que atraviesa a la sociedad en su conjunto. El origen profundo de la
homofobia debe, sin duda, buscarse en el heterosexismo, que tiende a hacer de la
heterosexualidad la única experiencia sexual legítima, posible e, incluso,
pensable, lo que explica que muchas personas vivan su vida sin haber jamás
pensado en esta realidad homosexual, presente sin embargo en todas partes y
mucho menos oculta de lo que en un principio pudiera creerse. Más que una norma,
que supondría todavía algo explícito, la heterosexualidad se convierte, para
quienes así condiciona, en lo impensado de su construcción psíquica particular y
en el a priori de toda sexualidad humana en general. De hecho, si no se
contempla todo el horror que representa la homosexualidad para ciertas personas,
se corre el riesgo de no entender la homofobia en lo que tiene de más radical.
Para las personas más condicionadas por el heterosexismo, la simple existencia
de los homosexuales, quienes no los amenazan en lo más mínimo, constituye
subjetivamente una amenaza para el edificio psíquico que han construido larga y
pacientemente a partir de esa exclusión, y esto permite explicar por qué el
miedo, y más aún el odio que de todo ello resulta, puede llegar a las violencias
más brutales. Por supuesto, este miedo no podría erigirse en circunstancia
atenuante y mucho menos en justificación para los crímenes por homofobia. Este
miedo es a menudo materia de alegato, por cierto exitoso, en los tribunales
estadounidenses en beneficio de individuos que asisten a lugares de ligue,
armados con bates de bates de béisbol para "golpear locas", y que se escudan
detrás de la noción de "pánico sexual" en un colmo de mala fe y de crueldad
cínica. Por lo demás, las teorías teológicas, morales, jurídicas, médicas,
biológicas, psicoanalíticas, antropológicas, etc, nunca son más que razones
inventadas para justificar una convicción íntima; y resulta por lo general
inútil demostrarle a quienes ven en la homosexualidad una suerte de tara o
patología, que su creencia obsoleta ha quedado desde hace tiempo invalidada por
la propia medicina: lejos de ser la causa de su homofobia, este discurso médico,
históricamente rebasado, sólo serviría ocasionalmente para la forma y, a lo
sumo, para alguna eventual confirmación. Grandes olas de homofobia Falta por
comprender por qué la homofobia surge o resurge de modo más violento en tal
época, tal lugar o bajo tal forma precisa. Más allá de las manifestaciones
comunes, pareciera que las grandes olas de homofobia obedecen por lo general a
manifestaciones oportunistas. De hecho, la Historia está llena de enseñanzas al
respecto. Desde los primeros tiempos de la revolución comunista, la
homosexualidad fue relativamente "tolerada"; en su primera edición, de 1930, la
Enciclopedia soviética afirmaba claramente que la homosexualidad no era ni un
crimen ni una enfermedad. Las penurias del régimen y el ascenso de Stalin al
poder contribuyeron a endurecer las condiciones de vida; la homosexualidad fue
de nuevo penalizada en 1933 y pronto se volvió crimen contra el Estado, signo de
decadencia burguesa y, más aún, una perversión fascista. Y, como señala Daniel
Borrillo, "por una triste ironía de la Historia, la Alemania nazi instrumentaba
en la misma época un plan de persecución y exterminio de homosexuales en el cual
los asimilaban con los comunistas". Estos ejemplos muestran claramente que la
homofobia latente, e inherente al heterosexismo, puede ser bruscamente
reactivada por una crisis grave que justifique la búsqueda de un chivo
expiatorio. Habiéndosele atribuido todos los males, la homosexualidad puede
entonces volverse razón suficiente para purgas que se juzgan necesarias:
asimilada así a la herejía búlgara durante la Edad Media, la sodomía fue
utilizada como instrumento de inculpación en la lucha contra las "desviaciones"
religiosas, contra los Templarios, por ejemplo. Con una lógica parecida, durante
las guerras de religión, la homosexualidad se volvió vicio católico según los
hugonotes y vicio hugonote para los católicos; en la misma época se le asoció a
las costumbres italianas, en la medida en que la Corte de Francia parecía
invadida por la cultura italiana; luego fue el turno de las costumbres inglesas,
cuando el imperio británico alcanzaba su apogeo; o a las costumbres alemanas, en
el momento más crucial de la rivalidad franco-alemana; o al cosmopolitismo judío
o al espíritu comunitario estadounidense de hoy. Vicio burgués para los
proletarios del siglo XIX, también fue para el burgués de entonces algo propio
de las clases trabajadoras, siempre inmorales, o de la aristocracia,
necesariamente decadente. Todavía hoy, en Medio Oriente, India o Japón, se le
percibe como una práctica occidental; en África negra, por supuesto, se trata de
un asunto de blancos. Las múltiples formas de acción de la homofobia son a
menudo ambiguas y resulta difícil clasificar estas diversas violencias, ya sean
formales, es decir ejercidas bajo control del Estado (pena de muerte, trabajos
forzados, castración, clitoridectomías, encarcelamiento, confinación) o más bien
informales (asesinatos, violaciones punitivas, golpizas, agresiones físicas o
verbales, vejaciones, acoso). Por otro lado, esta misma distinción está sujeta a
duda en la medida en que, en ciertos países, las violencias informales cuentan
con la aprobación o la complicidad de las autoridades que se supone debieran
condenarlas. Siendo tan ambiguo el papel de las autoridades, a menudo resulta
difícil precisar el límite entre lo formal y lo informal. Más allá de esta
homofobia de Estado, la homofobia social, que es más difusa, se ejerce en todos
los medios: en la familia, la escuela, el ejército, en el mundo del trabajo, en
el mundo político, en los medios, en el mundo del deporte, en las cárceles, etc.
Estas violencias físicas, morales, y en ocasiones las dos al mismo tiempo, son
aun menos conocidas cuando quienes las padecen se niegan con frecuencia a
denunciarlas, ya por el miedo de ver así develada su homosexualidad, o por el
miedo también a las represalias, sobre todo cuando estos actos son perpetrados
al interior de un grupo, de un dormitorio, de un equipo, reduciendo al silencio
a las víctimas más vulnerables. Pero la homofobia común se ejerce todavía mejor
en el orden simbólico. Más allá de los actos, actitudes y discursos percibidos
claramente como homofóbicos, los responsables a priori de la organización social
han creado una estructura cuya violencia diaria resulta difícil de concebir para
quienes se han venido organizando precisamente a lado de dichos responsables. En
efecto, como lo apunta Didier Eribon, por racista que sea el medio en el que
nace, un niño negro tiene por lo menos todas las oportunidades de crecer en una
familia que le permita construir su imagen bajo una sensación de relativa
legitimidad. En cambio, en las familias heterosexuales, donde crece la mayoría
de hombres y mujeres homosexuales, la conciencia progresiva de este deseo
constituye por lo general un reto tanto más difícil por tener que guardarse
secreto. La vergüenza, la soledad, la desesperación por no ser nunca amado, el
pánico de ser descubierto un día, colocan al individuo en una suerte de cárcel
interior que a menudo le lleva a sobrestimar la actitud negativa que pudiera
manifestar su entorno. El anatema y las condenas son a menudo inútiles. Los
padres, los amigos, la televisión, el cine, los libros de infancia, las revistas
de adultos, todo celebra al máximo a la pareja heterosexual. Sin que nada le sea
dicho, y a medida que crece, el niño comprende, de manera más o menos
consciente, que la alternativa es imposible, ya que la homosexualidad está fuera
del lenguaje, cuando no fuera de la ley. Sólo figura en los insultos más soeces:
"marica", "puto", y otros cargos honoríficos, cuya carga homofóbica ya no
sienten ni siquiera quienes los profieren, quienes relegan a la homosexualidad
masculina al rango de lo innoble, en tanto la homosexualidad femenina queda, por
lo demás, fuera casi de todo pensamiento. Incluso en el silencio, esta violencia
simbólica, aparentemente suavizada pero generalizada, se impone en la conciencia
de aquellos sobre quienes se ejerce. La tolerancia forma casi parte de un
intercambio mercantil. Entre más garantías de buena conducta ofrece la persona
homosexual, mayor aceptación espera obtener de los demás. Esta homofobia, de
aspecto liberal, a la vez tolerante y condescendiente, lleva entonces a
multiplicar las falsas apariencias y las mentiras honorables, las cuales, aun
sin engañar a nadie, son los prerrequisitos para un reconocimiento siempre
precario. Esta lógica de la aceptación social a cualquier precio conduce a
quienes la aceptan a adoptar, en su situación de dominados, el punto de vista de
los dominantes, fuente de desgarramientos interiores y de innumerables
desórdenes psíquicos. Cultiva en ellos un sentimiento de homofobia
interiorizada, verdadero desprecio de sí, que puede ser la causa de violencias
extremas. La necesidad de probar su "normalidad" lleva así a ciertos individuos
a agredir o a perseguir a quienes perciben como homosexuales. De esto la
historia contemporánea nos ha brindado un ejemplo elocuente. Además del
comunismo, la "cacería de brujas", en la época de MacCarthy en Estados Unidos,
se dirigió en gran medida contra la homosexualidad. Pero se ignora también que
uno de sus protagonistas principales, John Edgar Hoover, director del FBI, era
homo o bisexual, y que su política homofóbica, patriótica y violenta, debía sin
duda ofrecer, en primer lugar a él mismo, la prueba de su virilidad infalible.
Sea como fuere, esta homofobia interiorizada, cuya violencia se ejerce contra
los demás homosexuales o con más frecuencia contra el sujeto mismo, es uno de
los aspectos más odiosos de este orden simbólico, ya que actúa de hecho sin
tener que actuar. Los efectos de la vergüenza que suscita y cultiva le dispensan
de toda acción visible, de tal suerte que muchas personas, incluso gente de
buena fe, han dejado de creer que la homofobia esté tan presente y llegan más
bien a sospechar una estructura paranoica en quienes se llegan a quejar de ella.
De este modo, al negarse a ver que lo propio de la violencia simbólica es
precisamente poder ejercerse sin obligación aparente, se vuelven los aliados
objetivos de un mecanismo que no quieren conocer. La lucha contra la homofobia,
cuyas causas parecen tan profundas y sus instrumentos tan eficaces, resulta una
empresa muy difícil. En la medida en que las leyes que condenan o discriminan a
la homosexualidad son más el efecto que la causa de la homofobia dominante, el
simple hecho de abolirlas parece una medida necesaria, aunque insuficiente.
Habría que ir más lejos para crear las condiciones de una verdadera revolución
de las mentalidades. El trabajo necesario requiere tiempo, energía y también
lucidez.

Tomado parcialmente del libro Dictionnaire de l'homophobie, compilado por
Louis-Georges Tin, con prefacio de Bertrand Delanoë. Presses Universitaires de
France. París, 2003. Traducción: Carlos Bonfil



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Mar, 1 de May, 2007 12:19 am

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