LA ATLÁNTIDA Y LOS HIPERBÓREOS: Mundo Hiperbóreo, enigma nazi,
esoterismo, misterio, ovnis, ufo...
01- EL NACIONALSOCIALISMO Y LA ATLÁNTIDA
LA ATLÁNTIDA, EL CONTINENTE PERDIDO
Ignacio Ondargáin NACIONALSOCIALISMO. Historia y Mitos
CAPÍTULO I.
EL CONTINENTE PERDIDO
1. Introducción
2. La Atlántida.
3. El hombre de Cromagnon
4. Los creadores de la civilización egipcia
5. Los guanches (Canarias)
6. La Atlántida en la Península Ibérica
7. Los dioses blancos en América
8. La pérdida de la integridad racial y el hundimiento de la Atlántida
9. Recuerdos de la Atlántida polar
“Lo que para la multitud es luz, es tiniebla para el sabio.
Y lo que a la multitud le parece negro como la noche, es luz meridiana para el
sabio”.
(BHAGAVAD GITA)
“... Que es más hermosa la locura que procede de la divinidad que la cordura
que tiene su origen en los hombres”.
(FEDRO O DE LA BELLEZA. Platón)
1- Introducción
La historia se convirtió en leyenda y la leyenda en mito.
Sabemos que este estudio se centra en una cuestión que origina posiciones
crispadas y enfrentadas las más de las veces. Si nos-otros también adoptáramos
esa actitud, se nos haría imposible hacer algo serio y sincero: nunca
llegaríamos a liberarnos de la perversa dinámica con que es enfocado el tema.
Tratando de ser fieles al conocimiento, nuestra intención no ha sido pintar la
realidad de uno u otro color. Hemos intentado acumular, ordenar y exponer datos
de una forma clara y esquemática. El misterio deja de ser misterioso cuando
llega a conocerse. En fin, este es tan sólo un trabajo que en principio lo hice
para mí mismo, para aclararme yo mismo de qué iba todo esto. Ahora, “con la
ayuda de los hados”, lo pongo a disposición de todos vosotros. Sé que, en el
fondo, todo este misterio no consiste más que en “recordar” algo que había
quedado como olvidado junto a una fuente... y ese “algo”, o alguien, siempre
supo que volveríamos cuando la sed mortal provocada por este
mundo inerte de “muertos que entierran a muertos”, se nos hiciera
insoportable... Siempre ha sido así y por esto mismo tiene tanta importancia el
mito: viaje al centro de la tierra donde, de las entrañas de la Montaña Polar de
la Revelación, surge la fuente de agua pura de la vida eterna.
Empezaremos situándonos en los mágicos imperios perdidos del pasado y
trataremos de recuperar sus tesoros y sus secretos, en definitiva: resucitar el
mito. En aquel remoto pasado olvidado e ignorado por el común de los mortales,
hallamos el “primer poder temporal”. Aquella era una tierra habitada por seres
superiores que participaban de la divinidad, dioses que mediante su virtud y su
poder dominaron la tierra, transformándola y levantando hermosos imperios con
realizaciones increíblemente audaces. La belleza interna y externa y la
justicia, en tanto que reflejo esta de la claridad de discernimiento, gobernaba
el mundo. La salud y la armonía de formas de mente y cuerpo les confería a estos
seres superiores nobleza, haciéndoles su vida en este mundo algo digno de ser
vivido con alegría y dignidad, en el conocimiento de la verdadera naturaleza de
las cosas. Aquello que eran ellos mismos en esencia y en su naturaleza física,
era lo que obraban en el mundo, como un reflejo.
Un reino de dioses regido por la belleza, la justicia... un sistema
perfecto... o casi perfecto. Pero todo aquel mundo, un día, en una sola noche,
desapareció, dejándonos tan sólo ruinas imposibles y leyendas fantásticas... y
el manto putrefacto de la muerte extendió su pobredumbre por el mundo ocultando
la verdadera luz a los ojos de los hombres mortales: y serán sólo muertos que
entierran muertos.
Dice Jean Robin en “Operación Orth” que “el primer poder temporal cuyo
espíritu se ha perpetuado secretamente en el tiempo, cuyo “cuerpo” ha
permanecido oculto en las cavernas de la tierra, ascenderá en los últimos días
para recuperar su poder y maravillar al mundo con su mágica resurección”. El
autor galo se refiere a la resurrección y retorno de los dioses. Cuando el mundo
divino desaparece de la tierra, vino a convertirse en un “tiempo mítico” que, en
palabras de René Alleau, fluye paralelamente al tiempo histórico, pero a un
ritmo diferente. A lo largo de los milenios, han habido múltiples ocasiones en
las que el tiempo mítico de los dioses ha venido a manifestarse y actuar sobre
nuestro plano de existencia. De hecho, en el fondo, todo lo que aquí contamos
trata de la continua reaparición de este poder oculto en la historia de los
hombres mortales. Creemos poder afirmar que precisamente esto es el nazismo.
Vamos a verlo.
Sea como sea, es inevitable que el resurgimiento de este tiempo primigenio
sobre el mundo, provoque terribles enfrentamientos apocalípticos. Y, como
decimos, esto es inevitable puesto que en estas contiendas siempre hallaremos
enfrentándose a muerte a dos poderes antagónicos e irreconciliables:
1- por una parte encontramos el impulso creador, las fuerzas vivas del
mundo del mito y del espíritu y
2- por la otra parte el mundo “material”, que está dominado por los
agentes de la degeneración y la muerte.
El Demiurgo-Demonio de este mundo mortal, buscaría impedir la liberación, la
resurrección, la divinización del hombre, pues sabe que ello arruinaría su reino
de degeneración, muerte y putrefacción. Al final de todo, irremediablemente, la
historia del mundo de los hombres y de los hombres mismos, vendría a estar
ligada directamente al mundo de los dioses. El Demiurgo-Demonio lo sabe y sabe
que su tiempo, su reinado es limitado. Nuestro mundo es escenario de una lucha
que no acabará nunca, hasta que todo esto deje de ser.
A principios de los años treinta del siglo XX, el mito iba lentamente
esclareciéndose, como si despertara de un largo letargo. Al soplo de un viento
de otro mundo se extendía sobre la tierra el renacer del mundo antiguo: mitos,
leyendas, realidades... Los hados liberaban las fuerzas que movilizan la
historia de los hombres mortales, proyectando sobre el mundo la divinidad.
Súbitamente, el mundo se sintió sacudido por un fogonazo de luz sobrenatural:
empezaba a intuir, recordar la divinidad perdida. Sobre la tierra grandes
cambios culturales y políticos anunciaban el regreso del “hombre nuevo”, el
“mundo nuevo”.
En el ojo del huracán de esta contienda cósmica, nos encontramos con Otto
Rahn, cuyo trabajo será fundamental en la resurrección del mito. Este alemán
nace en Michelstadt, en el Odenwald (región de Hesse), el 18 de febrero de 1904.
Orienta sus estudios universitarios hacia la Romanística, esto es, la
investigación sobre la cultura, la historia y la lengua de los países románicos
y especialmente el Languedoc, la Occitania del sur de Francia (zona oriental de
los Pirineos franceses, región del golfo de León y sur del macizo central
francés). Rahn decide desarrollar su tesis doctoral sobre la herejía
cátaro-albigense y sobre el poema “Parzifal”, de Wolfram von Eschenbach, y sobre
aquel extraño personaje, Kyot (Guyot de Provins) que, según Wolfram, le comunicó
la leyenda del Grial (Gral o Graal).
Rahn, un joven entusiasta del catarismo (movimiento herético exterminado por
el Vaticano en el siglo XIII), recorre las montañas y valles del Pirineo francés
y la región cátara, efectuando extensas investigaciones de campo y practicando
exhaustivas exploraciones espeleológicas en las grutas del Ariège (departamento
francés), a la vez que estudiaba las fuentes del catarismo en las universidades
de Tolouse, París y Friburgo. Así mismo, mantuvo incontables conversaciones con
nativos, investigadores regionales e intelectuales como Deódat Rodé, Maurice
Magre y Antonin Gadal.
En 1933, tenía entonces veintiocho años, publica “Cruzada contra el Grial”
(Kreuzzug gegen den Gral). Este libro no pasaría desapercibido para los
dirigentes del Tercer Reich alemán recibiendo el reconocimiento del gobierno
alemán nacionalsocialista. Rahn ingresa en la SS-Ahnenerbe con grado de coronel.
Resultado de este ingreso en la SS y los posteriores trabajos, Rahn publica en
1937 “La Corte de Lucifer”, libro en el que vienen a aclararse muchos conceptos
de la cosmovisión nazi.
La clave fundamental del reconocimiento nacionalsocialista a su primer libro
es algo que para la mayoría de la gente, aunque no para los pocos, puede
resultar absurdo y carente de sentido. En definitiva, nos referimos a que en su
libro, Rhan señala que los cátaros fueron custodios del Gral (=Grial), cuando se
desencadenó, en el S XIII, la “cruzada católica” contra ellos.
El Gral sería determinante al referirnos a las claves mágicas que en verdad
mueven el mundo... un tesoro proveniente del mítico reino de
Hiperbórea-Atlántida en el que está escrito en un lenguaje enrevesado
(posiblemente lenguaje rúnico arcaico), el secreto y el conocimiento de los
hombres dioses de los que nos hablan los relatos antiguos. Un “libro” en piedra
o en planchas de oro.
Los cátaros eran guardianes de este tesoro de la humanidad aria y de él
recibían luz y conocimiento, aunque nunca llegarían a descifrar el significado
del mensaje inscrito en él.
La nobleza visigoda había creado en el Languedoc, país de extensas llanuras,
montañas desafiantes, clima suave, tierra fértil y frondosos bosques, una
sociedad muy desarrollada y culta. Tolouse era la tercera ciudad más grande de
Europa, tras Roma y Venecia. Así es, en el País Cátaro florecía el amor cortés
de los trovadores y los cátaros, quienes rechazaban la biblia judía por ser obra
del Maligno, anunciaban su religión de amor (inmortalidad) frente al
judeo-cristianismo, identificado por ellos como religión de muerte Pero sobre
la noble tierra cátara se cernían amenazantes los agentes de la muerte: el
Vaticano, atento a las intenciones del señor al que sirve, codiciaba el tesoro
hiperbóreo. Oscuras nubes teñidas del rojo de las hogueras en que eran quemados
los “herejes” se alzaron sobre el país cátaro. La tierra se tornó roja por la
sangre derramada por las espadas vaticanas en incalificables “holocaustos”...
“Matadlos a todos, dios reconocerá a los suyos en el
cielo”, fue la orden del enviado papal cuando las fuerzas vaticanas entraron en
Beziers asesinando a cuchillo a más de veinte mil personas, incluidas madres,
niños y ancianos.
En fin, Rhan descubre que este fue el secreto motivo de la Cruzada católica
contra los cátaros: el Grial.
En su primer libro, “Cruzada contra el Grial”, Rhan se centra en un libro
titulado “Parzival”, el cual fue escrito por un poeta-trovador alemán del
medioevo llamado Wolfram von Eschenbach. “Parzival” trata de los caballeros del
Grial. Rhan realiza un análisis histórico del libro de Wolfram e identifica una
relación directa entre el relato del libro y los cátaros del siglo XIII.
Identifica, por ejemplo, a Guyot de Provins (personaje histórico) con Kyot
(personaje del libro de Wolfram), quien, según Wolfram, le comunicó la leyenda
del Grial. Siguiendo por esta línea, llega a la conclusión, de forma exhaustiva
y documentada, de que cuando Wolfram se refiere en su libro, de forma
fantástica, a los custodios del Grial, en realidad está hablando de los cátaros.
Igualmente, dice que Montsegur (fortaleza situada sobre un “pog” o montaña, en
el sur de Francia, próxima a la frontera española), es el Montsalvatche que
aparece en el libro de Wolfram.como castillo del Grial. Como
decimos, Rhan identifica a diversos personajes históricos que vivieron en el
sur de Francia en aquella época (S. XIII), así como lugares geográficos
concretos, con los personajes y lugares que en el relato de Wolfram aparecen
imaginarios y con nombres fantasiosos y todos ellos directamente relacionados
con el misterio del Grial. Finalizando la deducción, es lógico pensar que
ciertamente el Grial o el Gral, hubiera estado custodiado en Montsegur, que este
fuera el castillo del Grial cuando se desencadenó la sangrienta cruzada católica
contra los cátaros.
En la guerra católica contra los cátaros, la fortaleza de Montsegur se
distinguió por la tenacidad y el heroísmo con que fue defendida durante meses de
asedio por los “herejes”. Finalmente, el 16 de marzo de 1244, Montsegur cayó y
sus defensores fueron ajusticiados por los ganadores. Al entrar en la fortaleza,
los católicos se desesperaron al no hallar en ella el Grial. La leyenda dice que
la noche anterior a la caída, cuatro perfectos cátaros consiguieron eludir el
cerco y pusieron el Grial a salvo en una cueva de las montañas del Sabarthez, en
el Pirineo. Rhan, quien, cual puro loco, dedica los mejores años de su vida a
buscar este Grial por las cuevas y montañas pirenaicas de la región, no habría
conseguido encontrarlo, aunque sí dio las claves para que sus camaradas, pocos
años más tarde lo reencuentren y lo descifren.
El término “Gral” es la ortografía alemana para “Grial”, y está tomado del
citado poeta-trovador Wolfram von Eschenbach. Según este trovador alemán, Gral
es una piedra caída de la Corona de Lucifer, donde se halla grabada la Ley de
los Primeros Divinos Hiperbóreos. Por lo tanto, Gral viene a significar lo mismo
que Grial, sólo que Gral se refiere a la tradición más antigua y precristiana.
Este objeto, “piedra caída del Paraíso”, es el recuerdo que despierta e invoca
la “memoria de la sangre”. En opinión de Rhan, el Grial es el espíritu que
acompaña a la humanidad aria a lo largo de su marcha por el mundo, siempre
llamándonos hacia la superación heroica de nosotros mismos. Este camino, la vía
del héroe, es el modo de vencer las limitaciones y las debilidades que tantas
veces nos encadenan a la materia de este mundo y a los instintos meramente
animales. El Grial nos guía y nos enseña a vencer las ataduras que nos impiden
reconocer la verdadera naturaleza de las cosas y de
nosotros mismos. Pero, como decimos, además de este espíritu que se transfiere
entre los que le son leales, el Gral, dicen que es un objeto vínculo entre los
dos mundos (este mundo material y el mundo de los dioses), que proviene de la
desaparecida civilización atlante-hiperbórea y que muchos han buscado.
Las primeras huellas de esta historia se encuentran ya en la cultura
zoroástrica. Para los antiguos iranios y arios de la India, la Tradición
recuerda el Gran Norte como origen de sí mismos, país que habiéndose helado en
el pasado, obligó a emigrar a sus antepasados hacia el sur. Nace a partir de
aquí toda una tradición que por razones históricas y lingüísticas está
perfectamente emparentada con la tradición del Gral. Palabras como “Parziwal”,
“Gamuret”, “Lohenrangrin”, “Mujavat”... de origen iranio toman vida en el poema
de Wolfram von Eschenbach con ligeras modificaciones, poniendo de manifiesto un
paralelismo increíble que enlaza con toda la tradición cátara.
El Grial llega hasta los visigodos y de la comunión de su sangre y la
presencia griálica surgirá el catarismo. Rahn creyó que en un momento
determinado la herencia griálica hiperbórea fue a parar a manos de los cátaros
albigenses de Occitania, de la misma manera que éstos hacían suyo, como reflejo,
el legado de la doctrina mazdeísta.
2- La Atlántida.
El mito del continente perdido, de la tierra de los hombres dioses, se
entronca con la teoría de los ciclos de la Humanidad, de la que nos habla Platón
y que es recogida posteriormente por toda la tradición esotérica hasta nuestros
días.
“Durante la edad de oro –escribe Hesíodo— los dioses vestidos de aire
marchaban entre los hombres”.
La Atlántida habría sido una gran civilización extendida por el mundo entero,
que se habría visto fatalmente aniquilada por una catástrofe cósmica de la que
serían antiguos vestigios las visiones apocalípticas recogidas en las Edda y en
otros muchos textos antiguos, además de en la biblia judía.
Por todo el mundo podemos hallar restos de construcciones megalíticas de
proporciones inauditas y descomunales que la moderna capacidad tecnológica queda
muy lejos de poder emular. Estas ruinas vendrían a ser restos de una
civilización antigua desaparecida por un cataclismo antes de la actual historia
del mundo. La datación de esas ruinas sería muy anterior a la que oficialmente
se le atribuye. Por ejemplo, la plataforma de Baalbek, en el actual Líbano, es
una proeza de la ingeniería antigua. Esta plataforma está formada por piedras de
1.500 toneladas de peso cada una. Estos asombrosos megalitos de 24 m. x 5 m. x 5
m. (¡bloques de piedra de veinticuatro metros de largo por 5 metros de alto por
otros cinco de ancho!) están dispuestos con tal precisión que sería difícil
introducir el filo de un cuchillo entre ellos. En la cantera en que cortaron
estas gigantescas piedras aún se encuentra la mayor de ellas, de más de 2.000
toneladas de peso (equivalente a 50 trailers de 40
toneladas cada uno). Por lo visto, fue abandonada allí por los constructores de
forma súbita y aún espera ser transportada al lado de sus hermanas. Pero en la
actualidad no hay grúas ni otros aparatos que puedan mover y mucho menos
levantar los titánicos bloques de piedra de Baalbek. Por lo tanto la mayor
piedra tallada conocida en el mundo deberá permanecer donde está hasta que, tal
vez, los arquitectos originales regresen para completar su obra y resolver el
enigma de qué estaban construyendo. Ni el folklore ni la ciencia son capaces de
explicar adecuadamente el misterio de la plataforma de Baalbek, aunque
pudiéramos pensar que “bloques de esas dimensiones tuvieron que ser tallados y
puestos allí por gigantes o por miembros de una civilización que conociera los
secretos de la levitación y la antigravedad”, según sugiere Maurece Chatelain.
Al igual que el grupo de las estatuas de Pascua o de Tiahuanaco, en un momento
repentino, algo ocurrió que interrumpió los trabajos de
la plataforma...
Pero, como decimos, en todo el mundo pueden hallarse este tipo de
construcciones imposibles, construcciones que de ninguna manera pudieron
realizar pueblos primitivos desconocedores de la rueda o de mecanismos simples
como la polea. No hay manera humana de desplazar esos enormes bloques de piedra,
ni siquiera mediante la utilización de las más modernas maquinarias y mucho
menos mediante cuerdas de ínfima calidad como las que disponían los pueblos
primitivos de hace seis o cinco mil años. Pero es que ni siquiera haciendo uso
de ningún tipo de cuerda, no podrían desplazarse esos bloques mediante fuerza
conocida. Además, la perfección en el corte y el trabajo de la piedra de esas
construcciones nos indica un grado de perfección técnica muy superior al
desarrollado en la actualidad mediante las técnicas modernas. Pese a todas las
evidencias, la ciencia oficial insiste en su teoría de la historia del mundo y
de que la civilización apareció hace unos pocos miles de años. Antes
sólo habrían habido tribus primitivas de hombres medio desnudos.
Cómo no, Egipto es uno de estos lugares de construcciones ciclópeas que tanto
han atraído la atención y los estudiosos. La Gran Pirámide de Kheops en Gizeh,
su lugar de emplazamiento sobre un roquedal nivelado a la perfección, las
interminables galerías que la surcan ¿cómo pudieron iluminarlas?, pues no hay
restos de antorchas sobre las paredes ni humo de teas. ¿De qué modo y con qué
herramientas aserraron los gigantescos bloques extraídos de las canteras, cuando
los supuestos constructores que según la ciencia oficial la construyeron no
tenían ni siquiera herramientas de hierro?. ¿Cómo se efectuó su transporte y su
acoplamiento perfecto?. La ciencia moderna y los historiadores oficiales nos
dicen que lo hicieron mediante planos inclinados, armazones, rampas, pistas de
arena para deslizar enormes bloques de toneladas de peso... y también, cómo no,
recurriendo a la esclavitud de centenares de miles de campesinos egipcios...
Pero hoy día, pese a todos los adelantos
técnicos, ningún arquitecto sería capaz de reproducir la pirámide de Kheops. Se
extrajeron de la cantera 2,6 millones de bloques de piedra enormes que se
pulimentaron y transportaron acto seguido hasta el lugar de emplazamiento, donde
se procedió a colocarlos con precisión matemática. Los historiadores oficiales
dicen que millares de obreros utilizando rodillos (que no se han encontrado) y
cuerdas (tampoco se han encontrado restos), empujaron y arrastraron bloques de
12 toneladas sobre ¡rampas de arena!. La arena no es una base firme sobre la que
apoyar bloques de piedra de toneladas de peso, por lo que al colocar esos
bloques sobre las supuestas plataformas de arena, lógicamente se hundirían y
sería imposible arrastrarlos. Tampoco existen restos de ningún tipo de población
que hubiera debido albergar a los miles y miles de supuestos trabajadores que
habrían llevado a cabo tal obra. Junto a la pirámide de Kheops, en la misma
explanada de Gizeh, se levantan otras dos
grandes pirámides de obra igualmente ciclópea y perfecta: la de Mikerinos y la
de Kefrén. La atribución de las tres pirámides a los tres faraones de la cuarta
dinastía es convencional, pero no está sustentada por pruebas convincentes. En
el mismo Egipto, podemos ver otras construcciones gigantescas como el Osireion,
gigantesca estructura pétrea subterránea excavada del depósito de lodo y arena.
En opinión de los geólogos el nivel del suelo del Osireion pertenece según la
sedimentación de la zona a una antiguedad de más de 12 mil años. El estilo
arquitectónico megalítico del Osireion, es distinto a todos los edificios
conocidos del período del templo de Seti I, en Abydos, junto a los que se
encuentra. Evidentemente, al hallarse en sus cercanías, la ciencia moderna ha
“solucionado” la cuestión incluyendo en el período de Seti I la obra del
Osierion. Sin embargo el Osierion, guarda un estrecho parecido con la austera y
colosal arquitectura del Templo del Valle y los templos
de Gizeh, los cuales demuestran una mayor antigüedad de lo que afirman los
arqueólogos.
Una de las cuestiones más interesantes, en lo que concierne al trabajo de los
canteros egipcios, es el empleo del taladro. El funcionamiento de este ingenio
fue estudiado por El Petrie, luego de haber sido asesorado por distintos
especialistas. Esto le condujo a afirmar que ni siquiera sirviéndose de la más
moderna tecnología actual, tampoco con el láser, sería posible encontrar una
herramienta de tan prodigiosas características como la usada en el antiguo
Egipto. Los más eficaces taladros de hoy día, al trabajar sobre cuarcita o
diorita, nada más que consiguen una penetración máxima de 0,04 milímetros por
vuelta, mientras que los taladros egipcios, como lo demuestran las hélices
dejadas en las piedras excavadas y en las maderas, conseguían ahondar unas ¡cien
veces más!.
Los griegos atribuían las construcciones hechas de piedras de grandes
dimensiones en hiladas regulares a los cíclopes. Este tipo de construcciones se
encuentra por todo el mundo y en Europa se destacan las de la región
mediterránea: Malta, Cerdeña, islas baleares, zonas de la Península Ibérica como
parte de las murallas de Tarragona, Creta, Troya, Atenas...
Los sacerdotes del antiguo Egipto habían conservado, y sus libros sagrados dan
fe de ello, el recuerdo de un vasto continente que se habría extendido antaño en
medio del océano Atlántico, tal vez dentro de un espacio delimitado al oeste por
las islas Azores, y al este por la fractura geológica del estrecho de Gibraltar.
Platón que pretende estar en posesión de esta tradición de Solón, relata en
estos términos la historia del continente desaparecido:
“El Atlántico era entonces navegable y había frente al estrecho que vosotros
llamáis Columnas de Hércules (hoy día, el estrecho de Gibraltar), una isla mayor
que Libia y Asia. Desde esta isla se podía pasar fácilmente a otras islas, y de
éstas al continente que circunda el mar interior. Pues lo que está de ese lado
del estrecho se parece a un puerto que tiene una entrada angosta, pero, en
realidad, hay allí un verdadero mar, y la tierra que le rodea es un verdadero
continente… En esta isla, Atlántida, reinaban monarcas de un grande y
maravilloso poder; tenían bajo su dominio la isla entera, al igual que muchas
otras islas y algunas partes del continente. Además, de este lado del estrecho
reinaban también sobre Libia hasta Egipto, y sobre Europa hasta Tirrenia.”
Este estracto del Timeo o la naturaleza sería incompleto si no se mencionara
igualmente el Critias o de la Atlántida, que nos describe ampliamente una ciudad
del continente en gradas, con su red de canales, sus enormes templos y su
sistema de gobierno dirigido por los reyes-sacerdotes mediante leyes dictadas
por dioses, en primer término de los cuales está Poseidón o Neptuno, rey de los
mares, armado de su tridente. Según Platón, la isla de Poseidonia, último
fragmento de la Atlántida, fue engullida 9000 años antes de la época del sabio
Solón.
El geógrafo Estrabón, así como Procio, confirman las afirmaciones de Platón.
¿Cómo habría tenido Solón conocimiento de la tradición de la Atlántida?. Una
sola respuesta parece coherente: los sacerdotes egipcios, que ”afirmaban poseer
la información de los propios atlantes”, la habían transmitido a los viajeros
griegos que visitaban con frecuencia su país.
Curiosamente, recientes investigaciones científicas confirman la hipótesis
posible de la existencia de un continente sumergido en este lugar hace millares
de años.
Ya un naturalista del siglo XIX llamado Germain, estudiando cuidadosamente la
fauna y la flora de las islas de Cabo Verde y de las Canarias, y basándose en
rigurosos datos científicos, había notado la analogía existente entre la flora
fósil de estas islas y la de todos los otros archipiélagos diseminados entre las
costas de Florida y las de Mauritania (lo que representa una extensión sumamente
vasta). Informamos de los hechos tal cual, no poseyendo conocimiento de trabajos
ulteriores; cuando menos, parecen significativos. Más convincentes son las tesis
emitidas por los etnólogos modernos, entre los cuales conviene citar la señora
Weissen-Szumlanska, cuyos notables trabajos han sido reunidos en un libro muy
convincente, aunque su hipótesis básica sea muy atrevida: ”Orígenes atlánticos
de los antiguos egipcios”. La obra apareció con un prefacio del doctor Martiny,
profesor de la Escuela de Antropología, lo que permite afirmar que se trata de
un trabajo serio.
El autor, en contacto con adeptos de la escuela esotérica actual, no duda en
afirmar, parece no sin razón, los orígenes atlánticos no solamente de los
antiguos egipcios, sino también de toda la gran raza blanca de los Homo Sapiens,
nuestros antepasados, de los cuales se han encontrado numerosos esqueletos en el
archipiélago de las Azores. La señora Weissen-Szumlanska sostiene que se podría
investigar los orígenes del Egipto faraónico remontando todo el curso de la
civilización occidental hasta la prehistoria y los hombres fósiles de la
Dordoña, primera aparición de los Homo Sapìens que nos es conocida. El declive
del Egipto dinástico se explicaría por la invasión de elementos asiáticos y
negroides.
Recogiendo los textos de los antiguos griegos, el autor se pregunta: Solón,
Heródoto, Platón, Estrabón, Diodoro, todos los cuales evocan la Atlántida,
¿habrían mentido cuando situaban el continente desaparecido “en el otro extremo
de Libia, allá donde el Sol se pone”?. Sin embargo, los egipcios, que contaron a
los griegos la historia de la Atlántida, sitúan claramente a Punt, la tierra de
los Grandes antepasados, en la extremidad de Libia. Esta tierra misteriosa era
para ellos objeto de particular veneración, mientras que, por otra parte, no
demostraban más que desprecio frente a otras naciones. Min y Athor, entre los
dioses egipcios, están considerados como oriundos de la Tierra Divina, es decir,
de la Atlántida o país de Punt.
3- El hombre de Cromagnon
Hace aproximadamente 20 o 30 mil años el hombre Cro-Magnon inició la conquista
del mundo. Pero ¿de Dónde salió?. No hay pruebas que relacionen el hombre de
Cro-Magnon con cualquier homínido precedente. Surgió súbitamente como de la nada
equipado con un cerebro mayor que el nuestro y, al parecer ignorando los logros
del Neanderthal, al cual exterminó en gran parte. Recientemente se han
descubierto en Portugal restos prehistóricos de lo que podrían ser mezcla entre
hombres Cro-Magnon y Neanderthal. No obstante hasta hace bien poco se creía que
no existió cruce entre ambas razas, sino que el Neanderthal fue exterminado.
¿Estaríamos hablando del cruce o mezcla entre una raza “superior” o de origen
divino (Cro-Magnon) con una raza “inferior” o terrestre (Neanderthal)?. El
Cro-Magnon empezó a crear como si fuera de memoria la base del mundo que
nosotros conocemos. La aparición del Cro-Magnon fue tan repentina que algunas
personas han especulado con que vinieron del espacio
exterior, ya que la biología evolutiva se apoya en la creencia de que la
naturaleza no hace grandes saltos o macromutaciones. Según los principios
evolutivos, el hombre de Cro-Magnon habría necesitado mucho tiempo geológico
para desarrollar un cerebro de su capacidad o tamaño así como las habilidades
que poseía en el momento de entrar en escena. Los hombres Cro-Magnon parecen
haber aparecido de improvisto.
El Cro-Magnon más puro parece estar haciéndonos referencia a las
“inteligencias del espacio” y a la “raza perdida” o divina del origen de los
tiempos antiguos. En un artículo de 1927, Raoul-Henri Francé, afirma que
“hubieron dos razas prehumanas originales –una de ellas altamente desarrollada y
otra de homínidos primitivos– que habrían existido simultáneamente. La primera
habría alcanzado un momento culminante en la Edad del Bronce, y a ella habría
pertenecido el noble y bello hombre de Cro-Magnon. Con los años, al mezclarse
con los homínidos -(¿Neanderthal?)- habría degenerado hasta dar lugar al hombre
actual”.
No resulta difícil entrever en todo esto que, en origen, el Cro-Magnon puede
ser definido como el tipo racial puro que será identificado por los nazis como
génesis de la raza aria. Según esta tesis, defendida y desarrollada también por
el sabio austríaco Hörbiger, “los embriones de los arios habrían permanecido
conservados en el hielo cósmico primigenio antes de su caída en la tierra en
forma de protoplasma” (“Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo”. de
Rosa Sala). Es decir, podríamos resumir que la raza aria habría tenido como
exponente sobre la tierra al hombre de Cromagnon puro. Una raza llegada desde
otros mundos.
En la Edad de Piedra, la raza nórdica habría expulsado de Europa a un tipo
racial primitivo relacionado con los actuales hotentotes y bosquimanos del sur
de África. Las figurillas paleolíticas halladas en Centro Europa, denominadas
Venus de Willendorf y de Venus de Wisternitz, serían una muestra del arte
religioso de estos pueblos primitivos y representarían ese tipo racial. Ciertos
autores difusionistas como el prusiano Peter Kolb (1675-1726), defendieron una
vinculación entre hotentotes, trogloditas y judíos. También el reconocido
lingüista Karl Meinhof recurrió a la etnología para ver “rastros semíticos (en
este caso se entiende como “semitas” a judíos) en el sur de África” y, muy en
esta línea, el teórico racial Hans F. K. Günter comparó en 1931 la fotografía
del político judío Benjamín Disraeli con un jefe bosquimano-hotentote de
Namibia, proponiendo una infusión camita común entre ambos pueblos.
4- Los creadores de la civilización egipcia.
¿A qué familia podemos vincular la raza de los “portadores” de la civilización
egipcia? Todas las observaciones tenderían a demostrar que se trataba de
hombres del tipo cromagnon.
El tipo cromagnon, predominante dentro de la aristocracia, habría desaparecido
de las esferas dirigentes de Egipto en los alrededores de la XVIII dinastía, al
acabar mezclándose con los inmigrantes mongólicos y negroides.
Sir Wallis Budge, en los años treinta, basándose en la observación de
numerosos cuerpos no momificados pero bien conservados por las arenas del
desierto afirmaba que “los egipcios predinásticos pertenecían a una raza blanca
o de piel clara con cabello claro; eran en muchos aspectos parecidos a los
antiguos libios”.
Esta misma raza puede apreciarse también en muchos de los restos hallados en
las tumbas no expoliadas y en representaciones de los faraones y miembros de su
séquito plasmadas en los templos y monumentos funerarios del Egipto Dinástico.
En siglos pasados, estos rasgos llamarían la atención de los egiptólogos,
sorprendidos por hallarlos en una región africana.
El padre de la egiptología, Sir Flinders Petrie, fue uno de los primeros en
señalarlo en 1901: “La fisiognomía manifiesta una conexión decisiva y
pronunciada entre el Egipto prehistórico y la antigua Libia”, y por su parte la
antropología apoya los numerosos testimonios arqueológicos que denotan una
conexión cercana entre Egipto y Libia. Hoy día resulta raro que los libios
antiguos fueran blancos y rubios, pero los escritores latinos de la antigüedad
ya lo habían reseñado, al igual que Escílax, navegante y geógrafo griego del
siglo -VI. Por su parte, el escritor griego Plutarco se había referido al pueblo
de Seth, regente de Egipto durante la Primera Dinastía (3100 a.C.), como formado
por hombres pelirrojos, al igual que los libios. A principios del siglo XX, el
historiador egipcio Maspero indicó que “este rey del Alto Egipto estaba asociado
con el desierto de Libia y los libios. De hecho, se le identificaba con el dios
libio Ash”. El idioma egipcio es muy parecido al
libio.
Años antes el antropólogo A. Pietrement se había referido en un ensayo
publicado en 1883 a las enseñanzas que las antiguas pinturas egipcias aportaban
a los naturalistas, etnógrafos e historiadores. En dichas pinturas los libios
eran hombres y mujeres blancos con pelo rubio, ojos azules y rasgos faciales
nórdicos. El antropólogo Carleton Coon, de la Universidad de Harvard, avanzó en
1939 interesantes hipótesis basándose en los testimonios arqueológicos. En su
obra “Las razas de Europa”, hacía referencia a un testimonio: “La reina
Hetep-Heres II de la IV Dinastía, hija de Keops, aparece en los bajorrelieves de
su tumba con el pelo de color rubio, mechas horizontales pelirrojas y la piel
blanca”. La citada hija de Keops no era la única pelirrojiza de la familia.
También su esposa y su cuñada lo eran, al igual que muchos otros miembros de la
clase regente. La esposa de otro faraón, Kefren, era pelirroja con ojos azules,
según se observa en las representaciones, al igual que
en la tumba de la esposa de Faraón Zoser, (2800 a.C.) de la III Dinastía, que
también era rubia pelirroja.
Por las observaciones de Coon sobre los libios es más que probable que todos
ellos tuvieran antecedentes en este antiguo pueblo: “Hace 3.000 años, durante el
Paleolítico Superior un grupo de Cromagnon –los llamados hombres de Afalou–
vivieron en el norte de África y los libios descienden de ellos. Muchos de ellos
fueron pelirrojos dado que este rasgo todavía persiste en la zona… En la
actualidad, los rasgos de este tipo humano se encuentran sobre todo en Noruega,
Irlanda y el Rif marroquí. Los modernos bereberes descienden de los antiguos
libios”. No se trataba de una mera hipótesis. Coon se hallaba en lo cierto. Las
investigaciones de Cavalli Sforza y otros genetistas de la Universidad
Princetown confirmaron mediante pruebas de ADN efectuadas en los años noventa
que los bereberes están más próximos a los británicos que a cualquier otro grupo
racial africano o europeo. También existen otros datos confirmatorios relativos
al tamaño y forma de los cráneos de Cromagnon
encontrados en Afalou bou Rummel (Argelia), que son iguales a los encontrados
en Dinamarca y Suecia. Coon también habló de una “raza de constructores de
megalitos” que se situaba entre la nórdica y la de Cromagnon, que tras haber
construido templos astronómicos como el de Stonehenge o pirámides subterráneas
como Silbury Hill en Inglaterra, al igual que en numerosos alineamientos en la
Bretaña francesa como los de Carnac (nótese la semejanza lingüística con Karnac
egipcio) y muchas otras construcciones principalmente por el Occidente de
Europa, llevó consigo su saber al Mediterráneo, norte de África, Libia y Egipto.
A mediados del siglo XX, el antropólogo Raymond A. Dart realizó una serie de
trabajos sobre cráneos egipcios fósiles que, al parecer, poseían rasgos
exclusívamente nórdicos. Asimismo rastreó cuatro grandes invasiones nórdicas en
Egipto (la anterior fue previa a las conocidas dinastías) y afirmó que “el tipo
faraónico egipcio era de procedencia nórdica como lo prueba la cabeza del faraón
Ramsés II, cuyo cráneo era elipsoide pelágico, es decir, nórdico”. Faltaba un
análisis del pelo de este faraón, pero en 1993, los antropólogos G. Elliot, B.
Smith y W.R. Dawson lo analizaron con microscopio y confirmaron que era nórdico,
igual que su cráneo. También efectuaron medidas antropológicas en 25 grupos de
esqueletos distintos de todo el mundo y concluyeron que los faraones
constructores de pirámides descendían de esta “mítica raza megalítica” de la que
habla Coon: “En conjunto, muestran lazos con el neolítico europeo, el norte de
África, la Europa moderna y más remotamente, la
India… El grupo de esqueletos que más se aproxima a los antiguos egipcios es el
del neolítico francés”. Precisamente, los constructores de los mencionados
megalitos prehistóricos.
No sólo eran rubios o pelirrojos muchos faraones. Son numerosos los restos
arqueológicos y paleoantropológicos que reflejan la existencia de egipcios
rubios, pelirrojos, de ojos claros y de raza blanca en el antiguo Egipto.
Seguidamente destacamos algunos de ellos reseñados en diferentes fuentes
antropológicas (B. Smith y W. R. Dawson) o aqueológicas (Sir Wallis Budge y Sir
Flinders Petrie):
-Una momia pelirroja, bigote y barba rojas cerca de las pirámides de Saqqara.
-Momias pelirrojas en las cavernas de Aboufaida
-Una momia rubia en Kawamil, junto con otras muchas de cabello castaño.
-Momias de pelo castaño encontradas en Silsileh.
-La momia de la reina Tiy tenía pelo ondulado y castaño.
-Cabezas pelirrojas en una escena rural en la tumba del noble Meketre
(alrededor del año 2000 a.C.).
-En la tumba de Menna, al oeste de Tebas (XVIII Dinastía), se ven en una
esecena pintada en la pared a jóvenes rubias y a un hombre rubio supervisando a
unos trabajadores de piel oscura cosechando grano.
-Estela funeraria del sacerdote pelirrojo Remi.
-Talismanes con un ojo azul llamado el ojo de Horus.
-Egipcios pelirrojos con ojos azules en pinturas de la III Dinastía.
-Una pintura en la tumba de Meresankh III en Gizeh (alrededor del 2.485 a.C.)
muestra personajes pelirrojos de piel blanca.
-Una pintura de la tumba de Iteti en Saqqara muestra un hombre rubio de
aspecto nórdico.
-Pinturas de gente pelirroja con ojos azules en la tumba de Bagt, en Beni
Hassan.
Existen además muchos otros restos arqueológicos que representan a individuos
de raza blanca en el antiguo Egipto. Así, el museo egipcio de El Cairo alberga
miles de tesoros y entre ellos, las estatuas de Rahotep y Nofret tienen rasgos
blancos y los ojos de color azul. En la misma sala en la que se conservan estas
dos esculturas podemos ver otras representaciones del mismo período que lucen
ojos azules verdes o grises. Es el caso del famoso escriba Morgan, o de la
estatua de madera de Seikh el Beled. El Museo del Louvre en París conserva entre
sus tesoros la estatua del famoso escriba sentado (2500 a.C.), descubierta
también por el francés Mariette en el Serapeum de Sakkara en la década de los 50
del siglo XIX. Todos ellos tienen las mismas características. Como ya hemos
dicho, la presencia de estos rasgos de raza blanca, se dan mayormente en las
primeras dinastías.
En su libro “La Serpiente Celeste”, John Anthony West, apunta que los llamados
“venerables del norte” que aparecen en algunos textos religiosos egipcios, no
fueron seres de leyenda sino que existieron en realidad. Estos hombres de raza
blanca, debieron de ser una suerte de conquistadores que provinientes de Europa,
como hemos visto anteriormente, fueron a parar a Egipto antes de las primeras
dinastías.
5- Los guanches
Hay que indicar, paralelamente, la presencia en las islas Canarias, en la
misma
época, de un tipo humano idéntico. De este modo se puede pretender que los
archipiélagos de las Azores y de las Canarias, restos de la Atlántida hundida,
serían el hogar de la raza civilizadora de Egipto. A continuación, y siguiendo
esta atractiva teoría, los nilopas originarios, a lo largo del tiempo acabarían
mezclándose y cruzándose con inmigrantes mongólicos y negroides, hasta ser
absorbidos en el tipo africano-árabe.
Los guanches, que constituyen el substrato originario de la población de las
islas Canarias, serían descendientes directos de los atlantes. Su elevada talla,
observada en todas las momias (dos metros de promedio), su considerable
capacidad craneana (1900 cm3), la más grande que se ha conocido, el índice
cefálico (77,77 en los hombres), indican una ascendencia muy pura. Al ser
examinadas estas momias, algunas de ellas tenían los cabellos dispuestos en
mechones dorados, largos y rizados.
En la época neolítica, el tipo originario fue alterado por la aportación de
sangre mestiza, que no fue, sin embargo lo suficientemente importante como para
hacer desaparecer los caracteres esenciales de esta raza vigorosa. De esta
forma, a la llegada de los españoles, las islas Canarias, especialmente
Tenerife, no conformaban un sólo grupo racial, sino que habían diferentes
grupos: cromañones, protomediterráneos, armenoides, negroides, etc.
Curioso es señalar que localizándose en unas islas pequeñas (islas de entre
300 y 1700 km2), los guanches no eran navegantes y habitaban en las montañas. La
cultura más antigua de los guanches era agrícola y ganadera, con base en la
cebada y en las ovejas, cabras y cerdos. Vivían en poblados de cabañas o cuevas
artificiales. Sus creencias eran paganas, con culto a algunas divinidades
celestes y naturales y enterraban a sus muertos, después de embalsamarlos con
prácticas similares a las egipcias, en cuevas, dispuestos de pie junto a las
paredes. También es significativo destacar entre los guanches la práctica de la
trepanación craneal.
En la isla de Tenerife hallamos las conocidas pirámides de Güimar, las cuales,
si bien su factura es mediante amontonamiento de piedras de pequeño tamaño, son
formaciones orientadas según datos astronómicos, al estilo de los monumentos
egipcios y del mundo antiguo.
Entre los misterios y enigmas de las Islas Canarias, aún hoy día hay numerosos
testimonios de personas que han podido ver la “isla fantasma” de San Borondón.
En los antiguos mapas de navegación, esta isla aparecía como la octava isla de
las Canarias, una isla “inexistente” que nos atraería una vez más hacia el
enigma del continente perdido. ¿Será acaso una proyección fantasmal del
continente que un día existió “frente a las Columnas de Hércules”?
La fecha de la catástrofe que produjo la inmersión casi total del continente
de la Atlántida podría situarse hacia el fin del Paleolítico Superior,
aproximadamente 9500 años antes de Cristo. Este cataclismo arrastró a las
profundidades abismales a la mayor parte de la población, sus riquezas y su
ciudad solar, adorada y llorada por todas las tradiciones egipcias y cantada por
Platón, según los relatos atribuidos a uno de los Siete Sabios de Grecia”.
6- La Atlántida en la Península Ibérica
Otros sabios, antes de la señora Weissen-Szumlanska (ver capítulo 2) habían ya
sostenido hipótesis que apuntaban en la dirección de una Atlántida ibérica, lo
que no dejará de confortar la opinión de los partidarios de la existencia del
continente desaparecido. Así, el profesor Richard Henning y su colega Adolf
Schulten declararon que “el relato de Platón sobre la Atlántida estaba basado en
hechos positivos”.
Durante cincuenta años de su vida, el profesor Schulten efectuó
investigaciones históricas y arqueológicas en la Península Ibérica, ya que era
en este lugar donde entendía que debía situarse la extremidad de la gran isla
engullida. Schulten, quien creía que la Península Ibérica era un resto del
continente sumergido, identificaba al reino de Tartesos con la Atlántida. Los
orígenes de Tartesos son oscuros y se remontarían a la cultura megalítica. El
reino de Tartesos es mencionado de un modo vago en las fuentes clásicas y
durante mucho tiempo llegó a dudarse de la historicidad de este reino, pero hoy
parece no haber dudas de su existencia. Su extensión geográfica abarcaba el sur
de España y Portugal, desde Alicante, en el E., hasta hasta desembocadura del
Tajo (la actual Lisboa), en el Oeste. Schulten no encontró la Atlántida, pero sí
una ciudad ibérica desaparecida: Numancia, descrita en su tiempo por Cornelio
Escipión (133 a. de C.). Las excavaciones se prosiguieron desde
1905 hasta 1908. De la misma manera, el gran sabio alemán situaba la principal
ciudad de la Atlántida, que él identificaba como Tartesos, en la actual
Andalucía, en la zona de la desembocadura del rio Guadalquivir. En la
antigüedad, esta ciudad tenía la reputación de ser fabulosamente rica. La
campiña que la rodea fue descrita por Posidonio, que hace de ella una pintura
muy detallada: ricos cultivos, una población increíblemente numerosa y activa
serían la característica de este país, rico también en metales de todas clases,
oro, plata, cobre y estaño. Si se concede crédito a Rufus Fistus Avenius, quien
reeditó hacia el año 400 a. de C. un tratado de Geografía Antigua, Tartesos
habría poseído, hacia el año 500 antes de C., cuando sería destruído por los
cartagineses, la civilización más evolucionada del antiguo Occidente. ¿Se
trataría de un resto que habría escapado a la destrucción de la Atlántida? ¿Una
colonia atlante tal vez?. Sería arriesgada una afirmación categórica.
Quizás las excavaciones realizadas cerca de Sevilla, en el famoso lecho de la
desembocadura del Guadaquivir, resucitarán la ciudad desaparecida que el alemán
(siempre alemanes) Schulten considera la ciudad legendaria de los reyes
atlantes…
En España tenemos a personalidades como mosén Jacinto Verdaguer, quien narró
la catástrofe divina, ejecutada por Zeus, que se desató ante la degeneración de
los atlantes hispanos. Amante de los mitos griegos y los saberes paganos,
Verdaguer estaba al tanto de las teorías que hacia la fecha de publicación de su
poema (1877) surgieron sobre la existencia del continente perdido. Según su
texto, la existencia de la Atlántida originó –tras su hundimiento– las islas
griegas y las Canarias. Aunque difícilmente se pueda dar a su poema “La
Atlántida” una interpretación exclusivamente esotérica o científica, Verdaguer,
cuya vida de iluminado posee tintes ocultos, conocía lo que las excavaciones en
las costas mediterráneas estaban descubriendo respecto a Tartesos, cultura que
ha sido relacionada o, en su caso, identificada, tal y como decíamos más arriba,
con la Atlántida. A quien no le pasó por alto esta relación fue a Mario Roso de
Luna, quien dedicó al problema su Tomo VI de la
“Biblioteca de las Maravillas” (1924). Según este teósofo y astrónomo, “La
Atlántida” de Verdaguer fue inspirada por la mística teosófica de H. P.
Blavatsky. Con el añadido lógico de un matiz nacionalista que hace de España –y
especialmente de Canarias y del Sur– uno de los principales legados atlantes y
foco de la grandeza del continente desaparecido. También el poeta y teósofo
Fernando Villalón explica en su poema místico “La Toriada”, lo siguiente:
“¡Toros de Atlante fatuos y cerriles!”. Y es que para el poeta del 27, Tartesos
fue, como también para Roso, “el último foco de la civilización atlante”.
Según algunos investigadores y arqueólogos como Georgeos Díaz, en España
podemos encontrar lo que serían restos muy significativos de ese pasado atlante.
Estos arqueólogos afirman que diversas edificaciones antiguas de España no
tendrían el origen que la historia oficial pretende, y señalan como
edificaciones especialmente destacadas: el Acueducto de Segovia, el Arco de
Medinaceli (Soria), los Toros de Guisando (Ávila), las murallas de Carmona y
restos de edificaciones en diversas partes, como en las costas de Cádiz. Tanto
en el Acueducto de Segovia como en el Arco de Medinaceli, las junturas de las
piedras de estos monumentos, han llegado a ensamblarse de tal forma con el paso
del tiempo que permiten datar su antigüedad en varios miles de años antes de la
llegada de los romanos a España, pese a que la ciencia oficial insista en
atribuir a estos su autoría. En estos edificios, los diferentes bloques de roca
que los componen han llegado a ensamblarse totalmente,
perdiéndose la línea original o juntura, debido al efecto natural de la
meteorización y la diagénesis, esto es, el conjunto de cambios físicos y
químicos y biológicos mediante los cuales los sedimentos se transforman en rocas
sedimentarias con el paso del tiempo. Para que una roca eruptiva como el granito
se compacte y cristalice de forma natural habrían de transcurrir mucho más
tiempo que los 2000 años que, oficialmente, se les atribuyen. Según estos
expertos, el tiempo necesario para provocar este fenómeno sería aproximadamente
de 11.000 años, curiosamente cuando la Atlántida desapareció. Según las
tradiciones históricas medievales, Híspalis, uno de los hijos de Hércules, fue
el constructor del acueducto de Segovia. Por otra parte, el único argumento a
favor de su autoría romana es el parecido estilístico con otros acueductos, lo
que no sirve para invalidar la posibilidad de que los romanos, en realidad,
copiaran los modelos de acueductos, que fueron levantados apenas
200 años después de la llegada del Imperio a la Península. De hecho, los
arqueólogos apenas han encontrado unos pocos objetos de origen romano para poder
demostrar que los romanos pasaron por allí. Esto es, Segovia no era tan
importante como para que fuera levantado un acueducto de obra tan perfecta y de
tales dimensiones. Si realmente los romanos hubieran levantado en un lugar
apenas poblado tal acueducto, eso habría roto con toda la lógica que marca la
historia conocida de ellos. El mismo acueducto de Tarragona, capital de la
Hispania romana, es diez veces inferior al de Segovia y además, su obra y
piedra, no son de factura tan perfecta. Esto es, pareciera que el acueducto de
Segovia tuviera un origen ante-histórico y no romano. Y es que, además, Platón
nos habla en el Critias de “los acueductos sobre los puentes canalizados”,
refiriéndose a las construcciones de los atlantes milenios antes de que los
romanos, supuestos inventores de aquel revolucionario medio de
canalización, erigieran los suyos. Tanto en el Acueducto de Segovia, como en
las murallas de Carmona y en el Arco de Medinaceli, se han hallado inscripciones
compuestas por letras tartésicas o atlantes.
La ciencia oficial ha establecido su dogma histórico, según el cual la
historia y la civilización se inicia en un punto de la historia que ellos han
señalado arbitrariamente y según su interés, y no podría admitir jamás que
hubiera existido una civilización anterior y ya olvidada en el tiempo, capaz de
erigir edificaciones tan prodigiosas y monumentales como el Acueducto de
Segovia u otros tantos. Sencillamente, le han atribuído una autoría que se
acomoda a su teoría de la historia.
7- Los dioses blancos de América.
Toda América está llena de leyendas referentes a “dioses blancos” y
civilizadores. El profesor Jacques de Mahieu ha dedicado su vida a estudiar la
presencia de hombres blancos en América, encontrando una enorme cantidad de
material rúnico vikingo o que él atribuía a los vikingos. Pero no fueron sólo
vikingos quienes llegaron hasta América. De Mahieu emprendió una aventura tan
grande cuando se encontró con las fotografías de momias blancas y rubias de los
inkas en el Instituto Etnológico de Lima. No pasaría mucho tiempo sin embargo,
antes de que las puertas se cerraran, no pudiendo continuar con esa línea de la
investigación. Nuevamente la Historia Oficial ocultaba datos que puedan
contradecir su teoría de la historia. En “El Gran Viaje del Dios Sol” De Mahieu
reproduce una fotografía de la momia de un inka rubio, de Paracas, Perú, de tipo
ario-nórdico. Como ya hemos dicho, las leyendas de “dioses blancos”, están
presentes en todo el continente y tienen una base real,
esto es, se refieren a acontecimientos que efectivamente sucedieron en el
tiempo y el espacio. Muchos de los descendientes de esos blancos serían tragados
por las selvas, al caer los imperios o perder el contacto con los lugares de
origen. Así, tenemos a los indios blancos guayakis, mezclados hoy con los
guaraníes, los caiguas, los guarayos de Santa Cruz en Bolivia, los chachapoyas,
los coumechingones de Argentina...
A principios del siglo XVI, antes de que los españoles llegaran a Perú, en el
templo de Coricancha, se erguía una estatua de Viracocha. Según el texto
contemporáneo, la “Relacion anonyma de las costumbres antiquos de los naturales
del Piru”, esta estatua asumió la forma de una representación de mármol del
dios, que descrita “con respecto al cabello, color de la tez, facciones,
vestimenta y sandalias, era tal como los pintores representan al apóstol san
Bartolomé” Otros relatos sobre Viracocha aseguraban que se parecía a santo
Tomás. Varios manuscritos eclesiásticos ilustrados representan a ambos santos
como individuos blancos, delgados y barbudos, de mediana edad, calzados con
sandalias y ataviados con largas y vaporosas túnicas. Como veremos, los
documentos históricos confirman que éste era el aspecto que representaba
Viracocha, según descripción de quienes le veneraban. Quienquiera que fuera este
antiguo dios, por tanto, no podía ser un indio americano actual, pues
éstos son gentes de piel relativamente oscura y escaso vello facial. La poblada
barba de Viracocha y su pálida tez indicaban que se trataba de un individuo de
raza blanca.
En el siglo XVI, los incas coincidían con esa opinión. De hecho, sus leyendas
y creencias religiosas hicieron que estuvieran tan convencidos del tipo físico
de Viracocha que en un principio confundieron los españoles blancos y barbudos
que desembarcaron en sus costas con Viracocha y sus semidioses, pues su regreso
había sido profetizado hacía mucho tiempo y el propio Viracocha, según todas las
leyendas, prometió volver. Esta feliz casualidad proporcionó a los
conquistadores de Pizarro la ventaja estratégica y psicológica que necesitaban
para dominar a las fuerzas incas, numéricamente superiores, en las batallas
decisivas.
En todas las antiguas leyendas de los pueblos de los Andes aparece un
individuo barbudo, de piel blanca, envuelto en halo de misterio. Aunque sea
conocido por distintos nombres en diversos lugares, se trata siempre de la misma
figura: Viracocha, Espuma del Mar, maestro de la ciencia y la magia, el cual
esgrimía terribles armas mortíferas y llegó en los tiempos del caos para
restaurar la paz y la civilización en el mundo. La misma historia es compartida
con numerosas variantes por todos los pueblos de la región andina. Comienza con
una vívida descripción de una pavorosa época en que la Tierra padeció una gran
inundación que la sumió en las tinieblas debido a la desaparición del sol. La
sociedad fue víctima del caos, y las gentes sufrían indecibles desgracias.
Entonces “apareció de forma inesperada un hombre blanco, que procedía del sur,
de gran estatura y talante autoritario. Este hombre poseía tal poder que
transformó las colinas en valles y con éstos formó grandes
colinas, haciendo que los ríos fluyeran de la piedra viva…”. Existen muchas
leyendas referentes a Viracocha y entre ellas una afirma que era un “hombre
blanco de gran estatura, cuyo aire y personalidad suscitaban gran respeto y
veneración”. En otra es descrito como un hombre blanco de augusta apariencia,
con ojos azules y barba, que llevaba la cabeza descubierta y vestía una “cusma”,
un jubón o camisa sin mangas que le alcanzaba las rodillas. Otra leyenda, la
cual parece referirse a una etapa posterior de su vida, afirma que Viracocha era
“un sabio consejero en asuntos de estado” y lo describe como “un anciano barbudo
de cabello largo que vestía una larga túnica”.
Por encima de todo, Viracocha es recordado en las leyendas como un maestro que
apareciera cuando los hombres vivían sumidos en el desorden y muchos andaban
desnudos como salvajes y sus únicas moradas eran las cuevas que abandonaban
únicamente para ir a los campos y buscar algo que comer. Viracocha llevó los
conocimientos de la medicina, la metalurgia, el cultivo de los campos, el apareo
de los animales, el arte de la escritura, así como sólidos conocimientos y
principios de ingeniería y arquitectura.
El conocimiento era reservado a una aristocracia. La escritura, por ejemplo,
fue conocida y utilizada únicamente por los “viracochas”, esto es, la
aristocracia de las antiguas civilizaciones andinas americanas, formada por
descendientes atlantes de raza blanca. Una vez que los viracochas
desaparecieron, los indios que quedaron, no conocían la escritura. Lo mismo
sucedería especialmente con la ingeniería y la arquitectura y la construcción de
monumentos megalíticos.
En los tiempos de Viracocha fueron levantados los edificios megalíticos de la
zona de Cuzco-Machupichu, especialmente en esta zona los que tienen la
mampostería dispuesta en forma de rompecabezas y formados por piedras muchas de
ellas de varias toneladas, imposibles de mover por indios desprovistos de
cualquier maquinaria y que incluso desconocían el uso de la rueda o la polea.
Algunos de los gigantescos bloques de piedra de la fortaleza de Sacsayhuamán,
individualmente, suelen alcanzar un peso equivalente al de 500 automóviles de
tamaño familiar. Todas las pruebas indican que estas descomunales
fortificaciones, como Machu Picchu, no fueron construidas por los incas, sino
por manos desconocidas muchos miles de años antes.
Las ruinas de Tiahuanaco, junto al lago Titicaca, en la orilla boliviana,
están situadas a 3.825 metros de altitud sobre el nivel del mar, en una tierra
de páramos andinos. ¿Por qué erigieron tan monumentales edificios y una
ciudadela tan importante en un lugar tan inhóspito?. Según Hans Hörbiger,
Tiahuanaco sería un resto del continente perdido de la Atlántida. Hörbiger
atribuye a Tiahuanaco 14.000 años de antigüedad y creía que en él se practicaba
una mística religión de culto al sol muy anterior al antiguo Egipto. Tratando de
encontrar restos de la Atlántida y confirmar así la tesis de Hörbiger, ya en
1928 el futuro colaborador de la SS Edmund Kiss emprendió un viaje a Tiahuanaco,
experiencia que plasmó en diversos artículos y en su libro “La puerta solar de
Tiahuanaco y la cosmogonía glacial de Hörbiger”, de 1937. En cuanto arquitecto,
Kiss creyó ver en la forma monumental de las construcciones del centro
ceremonial las características de la arquitectura nórdica y
halló en ellas un gran parecido con la arquitectura dórica de Grecia. Kiss
encontró pruebas de la afiliación aria de Tiahuanaco en los rasgos raciales
blancos de diversas representaciones, especialmente de una figura de piedra que
representa a Viracocha, llegando a la convicción de que aquellos templos
constituían un territorio periférico del legendario imperio de Atlántida. En
1940, bajo dirección de Kiss y auspiciado por Himmler y Göring, iba a celebrarse
una expedición a Tiahuanaco de gran envergadura, con presencia de arqueólogos,
zoólogos, botánicos, astrónomos y un equipo de filmación dotado de las técnicas
de exploración arqueológicas más modernas, como cámaras submarinas y un aparato
para tomas aéreas, pero los vaivenes de la guerra frustraron irremediablemente
tan interesante empresa.
El conjunto arqueológico de Tiahuanaco cubre alrededor de 420 hectáreas, en el
corazón de un valle estrecho en forma de herradura que se extiende suavemente
hacia el lago Titicaca. Bajo las ruinas de Tiahuanaco, se encuentran enterradas
cinco ciudades superpuestas. La ciencia moderna no es capaz de lograr la
comprensión de una civilización tan desconocida para la mentalidad actual.
Antiguamente, el conocimiento no estaba separado de las artes, la religión o la
filosofía; en el pasado se cultivaba el conocimiento integral. La ciencia de
Tiahuanaco fue grabada en símbolos sobre sus monolitos y otros restos
arqueológicos y fueron manejados y utilizados por los amautas, sacerdotes
científicos. ¿Cómo lograron trasladar las rocas de hasta 200 toneladas, que hoy,
atónitos, podemos contemplar entre las ruinas mudas? Entre todos los imponentes
restos de esta ciudad mágica, destaca una estructura gigantesca cuya antigüedad
está demostrada en miles de años antes de los que la
ciencia oficial le pretende atribuir: la Puerta del Sol de Tiahuanaco. Está
tallada de un solo bloque de andesita sólida, pesa más de diez toneladas y en el
friso de esta puerta, coronando la puerta, está representado Viracocha,
blandiendo dos cetros con cabezas de cóndor. Viracocha está adornado con una
especie de máscara en la que se aprecian dos pumas. También en Tiahuanaco,
existe un ídolo cuyo perfil es el de una figura barbuda. Se halla en el Templo
Subterráneo de Tiahuanaco y se cree que representa al mismo Viracocha, el héroe
civilizador de la mitología andina. También hallamos en este lugar una estela
en la que están grabadas unas cabezas barbudas. En resumen, los tipos físicos
que aparecen representados en la estela y en el pilar de Viracocha no son los
actuales indígenas de esta región sudamericana, quienes por otra parte, como ya
hemos indicado, desconocían los mecanismos más simples, como la polea o la
rueda.
Hallamos en Tiahuanaco, características de la construcción de edificaciones
que coinciden con las utilizadas en el Egipto antiguo, como las muescas en la
piedra, que indican que estos bloques de piedra fueron unidos por unas
abrazaderas metálicas en forma de T. Curiosamente esta técnica de mampostería se
cree que no fuera empleada en ninguna otra zona de Sudamérica. Y sin embargo,
fue empleada en el antiguo Egipto, lo que nos apunta a que tanto el primer
Egipto como Tiahuanaco compartían tecnología y, en fin, siendo lugares tan
distantes en el espacio, pertenecían a una misma civilización.
En la Puerta del Sol, según diversos estudiosos, hallaríamos las claves
psicológicas y alquímicas para la transformación del ser humano en un
superhombre, en un hombre-sol o en un ángel. Guillermo Lange Loma, afirma que
“en la iconografía de esta puerta y en muchos otros grabados de Tiahuanaco, se
muestran de forma clara y objetiva las representaciones sagradas más arcaicas
de la humanidad: el báculo del poder, la corona de los reyes y el cáliz
ceremonial. También son destacables la prominencia sobre la cabeza, los ojos
alados, el rostro solar antropomórfico, la serpiente felina, el caduceo de
Mercurio, los hombres-felino, los hombres-ave y también los hombres alados u
hombres-ángel. Todas estas formas estudiadas y analizadas a la luz de la antigua
sabiduría universal, han sido identificadas, como símbolos de autorrealización
del hombre. Éste sería la crisálida del ángel, ser resultante del propio
esfuerzo autoconsciente del ser humano”. Y Guillermo Lange continúa
diciendo que, “el puma está íntimamente vinculado con el fuego y la columna
vertebral, esta última representada por la vara segmentada o bastón que
sostienen las representaciones antropomórficas de la Puerta del Sol. La
serpiente con cabeza de felino (puma) es un símbolo de la kundalini o fuego
sagrado que asciende desde la base de la columna vertebral hasta la coronilla
del iniciado. El ser humano sólo alcanza su plena realización con la
manifestación del fuego sagrado que desde el coxis debe ascender por la columna
hasta la cabeza, llegando más allá”. Esta es la iniciación que se daba en
Tiahuanaco, para que finalmente y tras todo un proceso de esfuerzo y de
iniciación, “únicamente así el inicado tiahuanacota era digno de coronarse como
rey de sí mismo y de la naturaleza; sólo de esta forma podía cruzar la Puerta
del Sol”.
Si miramos hacia el oeste de Tiahuanaco, a 3.700 Km de las costas chilenas, ya
en pleno océano Pacífico, se encuentra la enigmática isla de Pascua. La isla es
un pequeño trozo de tierra en medio del océano a miles de kilómetros de la costa
más cercana. Su extensión, de apenas 162 Km2, es cuatro veces más pequeña que la
española isla mediterránea de Ibiza. La isla de Pascua es un reducto
arqueológico, cuyas tradiciones se refieren a dioses provenientes de las
estrellas. Se desconoce cómo se pudieron construir los centenares de esculturas
–denominadas “moais”– esculpidas en basalto volcánico. Ninguna de ellas mide
menos de 10 metros ni pesa menos de 50 toneladas, sin embargo, esto no fue un
obstáculo para que sus autores las consiguieran transportar varios kilómetros
hasta la costa, erigiéndolas sobre espectaculares plataformas de piedra (abu).
La historia de la isla se divide (según los datos que aparecen en unas
tablillas que contienen jeroglíficos anteriores a la existencia de los moais) en
tres periodos que acabarían con diversos enfrentamientos y guerras entre los
Orejas Largas (de rasgos indoeuropeos) y los Orejas Cortas (de piel oscura y
cabello negro). Cuando el almirante holandés Jacob Roggeveen descubre Pascua en
1772, estaba superpoblada por estas dos razas que aún permanecían bien
diferenciadas a pesar de darse ya un proceso de decadencia y mestizaje. Las
leyendas hablan de los Orejas Largas, como de una raza proveniente del cielo y
de los Orejas Cortas, como provenientes de otras islas del Pacífico. El
investigador británico James Churchward, tras haber descifrado el contenido de
diversas tablillas, concluye que éstas informan de la existencia de una
civilización desaparecida en el Pacífico hace unos 12.000 años, (desaparecida
coincidiendo en el tiempo con la también desaparecida Atlántida) y que
sería el continente de Mu. Los instructores y fundadores de esta civilización
provendrían del cielo y construyeron gigantescos templos, monumentos y ciudades
en piedra. Utilizaban la “fuerza antigravitacional” para hacer levitar las
pesadas piedras. En algunas de las leyendas y tradiciones de las culturas
posteriores al cataclismo que sucediera hace 12.000 años, existen leyendas y
tradiciones con referencias a técnicas antigravitacionales que permitirían la
levitación de grandes objetos, o incluso seres humanos, empleando “secretos
sonidos mágicos”.
Más al norte, y volviendo al continente americano, hallamos a Quetzalcóatl, la
divinidad principal del antiguo panteón mejicano, el cual era descrito en unos
términos que nos resultarán familiares. Por ejemplo, uno de los mitos
precolombinos recogidos en Méjico por el cronista español del siglo XVI Juan de
Torquemada, afirmaba que Quetzalcóatl era un “hombre rubio de complexión robusta
y una larga barba”. Algunos se referían a él como “el hombre blanco”; un hombre
corpulento, de frente ancha, con los ojos enormes, el pelo largo y “la barga
espesa y redonda”. Otros lo describían como: “una persona misteriosa… un hombre
blanco de cuerpo robusto, la frente ancha, ojos grandes y una larga barba.
Vestía una larga túnica blanca que le llegaba a los pies. Condenaba los
sacrificios, excepto las ofrendas de frutas y flores, y era conocido como el
dios de la paz…” Según una tradición centroamericana, “llegó allende los mares a
bordo de un barco que se movía sin remos y era un
hombre blanco, alto y con barba…”. Quetzalcóatl, en Centroamérica, tiene unas
características similares a las de Viracocha en Sudamérica. Entre los mayas, era
conocido como Kukulkán, que significa “serpiente emplumada”.
Existían otras divinidades, en concreto entre los mayas, cuyas identidades
eran muy semejantes a las de Quetzalcóatl. Una de ellas era Votan, promotor de
la civilización, al que también se describía como un individuo de tez pálida,
barbudo y vestido con una larga túnica. Como vemos, su nombre coincide con el
germánico Odín o Wotan y su símbolo principal, al igual que el de Quetzalcóatl,
era una serpiente. En términos generales, existe un trasfondo de datos
históricos en los mitos mayas y mejicanos. Lo que las tradiciones indican es que
el barbado extranjero de raza blanca llamado Quetzalcóatl (o Kukulkán, o lo que
sea) no era un solo individuo, sino que probablemente se trataba de varias
personas que procedían del mismo lugar y pertenecían a un mismo tipo racial no
indio, sino blanco. Ciertos mitos que se incluyen en antiguos textos religiosos
mayas conocidos como los Libros de Chilam Balam, por ejemplo, afirman que “los
primeros habitantes de Yucatán fueron los del
pueblo de la serpiente. Estas gentes llegaron del este en unas embarcaciones
acompañando a su líder Itzamana, la serpiente del Este, un sanador capaz de
curar mediante la imposición de manos y resucitar los muertos”. Son los
“compañeros de Quetzalcóatl” y venían de una isla en medio del Atlántico a la
que llamaban Thule. Entre tanto, Juan de Torquemada, relató esta específica
tradición, anterior a la conquista, referente a los extranjeros de imponente
presencia que habían llegado a Méjico con Quetzalcoatl: “Eran unos individuos de
gran empaque, bien vestidos, con unas largas túnicas de lino negro que iban
abiertas por delante, sin capas, escotadas y con unas mangas que no alcanzaban
los codos… Estos seguidores de Quetzalcóatl eran hombres de gran sabiduría y
excelentes artistas en toda clase de oficios y trabajos”.
Como su “gemelo”, Viracocha, pero en este caso en Méjico, Quetzalcoatl había
llevado las artes y ciencias necesarias para crear una vida civilizada,
inaugurando así una época dorada. Introdujo la escritura, el calendario, la
arquitectura, la agricultura, la medicina, la magia, las matemáticas, la
metalurgia, la astronomía y manifestaba “haber medido la Tierra”.
Lo mismo que en Sudamérica, en Centroamérica hallamos también estatuas y
representaciones de individuos barbados y de raza blanca. En diversos estratos
arqueológicos de los olmecas, como en los restos arqueológicos de La Venta y
Monte Albán (Méjico), hallamos estos rasgos caucásicos o europeos, barbados. En
la plataforma piramidal de Tula (Méjico) se hallan los conocidos como “Atlantes
de Tula”. Son unos ídolos o estatuas con un aire solemne e imponente. El
escultor los ha dotado de unos rostros duros e implacables y unos ojos hundidos
que no transmiten emoción. En sus manos portan unos artilugios que parecen haber
sido en la realidad de metal. Este objeto que sostienen las estatuas en la mano
derecha, que parece asomar a través de una funda o un protector de manos,
presenta la forma de un rombo con el borde inferior curvado; el instrumento de
la mano izquierda podría ser un tipo de arma. Unas leyendas afirman que los
dioses del Méjico antiguo se habían armado con
xiuhcoatl, “serpientes de fuego”. Al parecer, estos emitían unos rayos
abrasadores que eran capaces de traspasar y despedazar un cuerpo humano.
Dice la leyenda que Quetzalcoatl marchó de Méjico cuando Tezcatilpoca, un dios
malévolo y cuyo culto exigía sacrificios humanos, acabó venciendo en una especie
de lucha cósmica entre las fuerzas de la luz y la oscuridad. A partir de
entonces, bajo la influencia del culto de Tezcatilpoca, los sacrificios humanos
impulsados por las razas de color empezaron a practicarse de nuevo en
Centroamérica. Se dice que Quetzalcóatl partió en una balsa que estaba
confeccionada de serpientes. Según la leyenda, “quemó sus casas, construidas con
plata y conchas, enterró su tesoro y zarpó hacia el mar oriental precedido por
sus ayudantes, quienes se habían transformado en aves de brillante colorido”.
Allí, antes de partir, prometió a sus seguidores que regresaría un día para
derrocar el culto de Tezcatilpoca e instaurar una nueva era en la que se
acabarían los sacrificios humanos.
Las civilizaciones que se desarrollaron en América, nos hablan de unos dioses
civilizadores que un día, tras un cataclismo o un diluvio, llegaron por mar.
Estos dioses, eran racialmente de rasgos caucásicos o europeos y levantaron las
antiguas civilizaciones americanas, convirtiéndose en su aristocracia
civilizadora. No obstante, las leyendas nos hablan de que, en un momento dado,
los “dioses blancos” marchan de las civilizaciones que crearan, y el mestizaje
acabaría pervirtiendo y derrumbando esas civilizaciones en el caos y el
bestialismo. Las aristocracias de los imperios precolombinos y los indios
guardaban memoria de ellos en sus mitologías y en diversas representaciones que
hoy día existen documentadas y cuando los españoles llegaron a América, los
indios les confundieron con esos “dioses”. Y no sólo en las civilizaciones y los
imperios perdidos de América existe la “leyenda de los dioses blancos”, sino que
esta se puede hallar por todo el continente, hasta en el
interior de las selvas amazónicas o en las praderas y los hielos del norte y
del sur.
En su libro “La Corte de Lucifer”, Otto Rhan se refiere al tema que nos
referimos de los “dioses” blancos de América, transmitiéndonos la idea que
tenían los nacionalsocialistas al respecto de una América civilizada ya antes de
la llegada de Colón por la raza blanca o atlante. A su vez, Rhan desarrolla una
dura crítica del cristianismo católico, afirmando que “el Nuevo Mundo fue
descubierto por segunda vez por Cristóbal Colón, el nombre de pila (de Cristóbal
Colón) significa “portador de Cristo”. Por lo que Colón ha llevado la doctrina
de Cristo que Jesús sacó de la casa de David a través del océano. Sobre las
huellas de Colón, Hernán Cortés navegó sobre el mar océano y conquistó el
imperio azteca de Méjico para España. Escribió un informe al emperador. Allí se
dice que Moctezuma, rey de los aztecas, se sometió al emperador, porque él lo
consideraba como el señor de “Aquel Luminoso Superior”, del que sus propios
ancestros provenían. (referencia a los antepasados raciales
atlantes-blancos de la aristocracia azteca). Moctezuma incluso aceptó que
Hernán Cortés quitara todos los “ídolos”. Sólo cuando él, el rey, fue hecho
prisionero y gravemente herido por los invasores sedientos de oro, rechazó todo
tipo de tratamiento a sus heridas, desdeñó llegar a ser Cristo, quiso morir y
murió. Había pagado un terrible error. Cortés era un enviado del Papa y del
emperador católico, pero no del “sabio dios”, al que él y los suyos por tanto
tiempo habían esperado. Del norte debía llegar el dios de la Patria Primitiva
Tulla o Tulán, que había sido una “Tierra del Sol”, pero donde “el hielo había
empezado a dominar y ningún sol más había”. Debía provenir de Thule. En lugar de
la llegada de la Corte de Lucifer –cito de “Redentor blanco” de Gerhart
Hauptmann–: el engendro, que al rostro de nuestra Madre Tierra deshonra
desvergonzadadamente con la inmundicia de su horror…”
8- La pérdida de la integridad racial de los atlantes y el hundimiento de la
Atlántida.
Una vez llegados a este punto, surge una pregunta: ¿Cómo y por qué, si es que
llegó a existir, fue aniquilada la suntuosa civilización de los atlantes?.
Platón ve la causa de su caída en el desarrollo de un deseo de poder y de una
perversidad moral que habría arrastrado a los atlantes al vértigo de un orgullo
demencial. Parece, más bien, que guarda relación con una ley cíclica que regiría
toda civilización y que impone a ésta una decadencia ineluctable después de
haber alcanzado cierto grado de perfección.
A propósito de esta caída, he aquí una cita sacada de “Critias” (también de
Platón):
“Durante muchas generaciones, mientras la naturaleza del dios era
suficientemente fuerte, obedecían las leyes y estaban bien dispuestas hacia lo
divino emparentado con ellos. Poseían pensamientos verdaderos y grandes en todo
sentido, ya que aplicaban la suavidad junto con la prudencia a los avatares que
siempre ocurren. Excepto la virtud, despreciaban todo lo demás, tenían en poco
las circunstancias presentes y soportaban con facilidad, como una molestia, el
peso del oro y de las otras posesiones. No se equivocaban, embriagados por la
vida licenciosa, ni perdían el dominio de sí a causa de la riqueza, sino que,
sobrios, reconocían con claridad que todas estas cosas crecen de la amistad
unida a la virtud común, pero que con la persecución y la honra de los bienes
exteriores, éstos decaen y se destruye la virtud con ellos. Sobre la base de tal
razonamiento y mientras permanecía la naturaleza divina, prosperaron todos sus
bienes que describimos antes. Mas cuando se agotó en
ellos la parte divina porque se había mezclado muchas veces con muchos mortales
y predominó el carácter humano, ya no pudieron soportar las circunstancias que
los rodeaban y se pervirtieron; y al que los podía observar les parecían
desvergonzados, ya que habían destruido lo más bello de entre lo más valioso, y
los que no pudieron observar la vida verdadera respecto de la felicidad, creían
entonces que eran los más perfectos y felices, porque estaban llenos de injusta
soberbia y poder. El dios de dioses Zeus, que reina por medio de leyes, puesto
que puede ver tales cosas, se dio cuenta de que una buena estirpe estaba
dispuesta de manera indigna y decidió aplicarles un castigo para que se hicieran
más ordenados y alcanzaran la prudencia. Reunió a todos los dioses en su mansión
más importante, la que, instalada en el centro del universo, tiene vista a todo
lo que participa de la generación, y tras reunirlos dijo…”
Las organizaciones nacionalistas alemanas, imbuidas de esoterismo,
interpretaron los escritos de Platón llegando a la conclusión de que el fin de
la Atlántida se debió a una mezcla racial, a la corrupción de la sangre ocurrida
al mezclarse la raza pura de los atlantes blancos con las “razas demoníacas”.
A partir de aquí se comprende el interés que los ocultistas (cuya organización
extendía sus ramificaciones por el mundo entero) manifestaron por el mito de la
Atlántida, porque establecía una continuidad histórica de la raza blanca desde
los orígenes.
No obstante, es preciso añadir que los grupos racistas alemanes del siglo XIX
y, sobre todo, las sectas nacidas de la Primera Guerra Mundial no eran las
únicas en apelar a la tradición de la Atlántida; los teósofos, guiados por la
célebre medium señora Blavatsky, pretendían también conocer el lejano pasado de
los “Grandes Antepasados”. La señora Blavatsky no dudó en afirmar que ella había
conseguido leer, página por página, el manuscrito secreto que relataba la
historia del fabuloso continente, el cual se hallaría en la biblioteca del
Vaticano (conservándose otro ejemplar en un monasterio del Tíbet).
En tales círculos de pensamiento, sobre todo, por parte del fundador de la
Antroposofía, Rudolf Steiner, se atribuye a los atlantes el dominio de las
técnicas más modernas y superiores a las de nuestra ciencia actual, armas de
vanguardia, vehículos motorizados, cohetes e incluso ingenios espaciales y
máquinas que permitían desplazarse en el tiempo, tanto hacia el pasado como
hacia el futuro. Los atlantes pensaban en imágenes y controlaban la fuerza de la
vida. Podían, por ejemplo, extraerla de un montón de semillas y utilizarla para
impulsar sus naves aéreas. Poseían una memoria extraordinaria y los más
desarrollados se dedicaban a un proceso de purificación espiritual que les
permitía la comprensión de los poderes divinos. No obstante, el atlante medio
empezó a despreciar su mundo interior, proyectando sus sentidos únicamente hacia
la naturaleza exterior, perdiendo contacto consigo mismo y con la divinidad. El
absoluto control que poseían sobre las fuerzas de la
naturaleza al transformarse en “fuerza negra”, esto es, al ser utilizado de
forma maligna, les habría arrastrado a un cataclismo inconcebible, resultado
tal vez de su dominio “demoníaco” de la energía nuclear.
9- Recuerdos de la Atlántida polar.
Multitud de estudiosos han llegado a concebir cada uno la Atlántida a su
propio modo. El sabio austríaco Hörbiger no dudó, por lo que a él se refiere, en
sostener la naturaleza ciclópea de los hombres de este continente: las ruinas
ciclópeas de Tiahuanaco, en el altiplano andino, las edificaciones más antiguas
de Egipto o las terrazas de Baalbek en el Líbano, entre otras muchos restos,
serían la obra de semejantes superhombres. Los edificios colosales hallados
cerca del lago Titicaca, a casi 4000 metros de altitud, plantean un enigma a los
arqueólogos y a los sabios. Hiperbórea, el continente mítico habría existido
antaño en el emplazamiento de Groenlandia e Islandia, o tal vez en la Antártida.
Diversas teorías afirman que un movimiento bascular de la Tierra sobre su eje
podría haber convertido estas tierras altamente civilizadas en el país glacial
que es en la actualidad. Poblado de “gigantes”, Hiperbórea habría sido un país
todavía más evolucionado que la Atlántida, y
civilizado por seres extraterrestres.
Ya griegos y latinos señalan la existencia de Hiperbórea y de su capital
Thule, como asimismo lo atestiguan las obras de Heródoto (“isla de hielo situada
en el Gran Norte, donde vivieron hombres transparentes”), de Plinio “el Viejo”,
de Diodoro de Sicilia y de Virgilio. En ”Medea”, Séneca hace esta predicción:
"En los siglos futuros una hora vendrá en la que se descubrirá un gran secreto
hundido en el océano: se encontrará la poderosa isla. Tetis revelará nuevamente
la región y Thule, a partir de entonces, no será ya el país de la extremidad de
la tierra”.
Los celtas, los vikingos, los germanos han conservado el recuerdo de Thule
como el de un verdadero Edén, análogo al País del Otro Mundo, de la Gesta del
Gral… “Más allá de los mares y de las islas afortunadas, más allá de las espesas
nieblas que defienden su acceso”, en esta isla “donde los hiperbóreos están en
posesión de todos los secretos del mundo”. Más que todos los otros, sin duda,
los germanos se apoyan en la leyenda de Thule. Sobre ella basaron, hasta bien
entrado el siglo XX, su culto pagano y sus ocultas aspiraciones políticas. Este
mito no se ha debilitado jamás. Inspiró el “Fausto” de Goethe y el “Parsifal” de
Ricardo Wagner. “La balada del rey de Thule”, escrita por Goethe, y que Gérard
Nerval tradujo en verso francés, tiene un sentido esotérico que no escapa a los
tradicionalistas.
La leyenda de Thule se relaciona, por tanto, con esta Hiperbórea, que habría
existido en el Gran Norte, en algún lugar entre el Labrador e Islandia, o tal
vez más al norte aún. Una enorme isla de Hielo rodeada de “altas montañas
transparentes como el diamante”, Hiperbórea no habría sido, sin embargo,
glacial: “en el interior del país reinaba (1) un dulce calor en el que se
aclimataba perfectamente una vegetación verdeante. Las mujeres eran de una
belleza indescriptible. Las que habían nacido en quinto lugar en cada familia
poseían extraodinarios dones de clarividencia”. El hombre de Hiperbórea,
descendiente de “Inteligencias del Espacio”, es descrito en el “Libro de Enoc”
(cap. CVI-CVII): “Su carne era blanca como la nieve y roja como la flor de la
rosa; sus cabellos eran blancos como la lana; y sus ojos eran hermosos”. En la
capital de Hiperbórea, Thule, “vivían los sabios, los cardenales y los doce
miembros de la Suprema Iniciación…”
Entonces, sin lugar a dudas, los dioses moraban entre los hombres y compartían
con ellos la copa de oro de la ambrosía, brebaje sagrado que proporciona la
eterna juventud. Encontramos aquí las viejas leyendas germanas y escandinavas
(2) que rememoran la epopeya de los hombres-dioses y la creación del mundo, cuyo
mito se vuelve a encontrar en el núcleo de todas las grandes religiones.
NOTAS
(1) Esta descripción del clima y de la vegetación polar nada tiene de
inverosímil. La Geología parece confirmar la leyenda de este paraíso ártico.
Roger Vercel ha descrito con conmovedora precisión lo que habría podido ser esta
región en remotísimos tiempos: “Por aquel entonces, existían vastas
frondosidades de árboles gigantes en Groenlandia y el Spitzberg (islas situadas
al norte del Circulo Polar Ártico). Bajo un sol de fuego, la profunda vegetación
de los trópicos se llenaba de savia en los lugares en que hoy en día vegetan
líquenes cortos. Los helechos arborescentes se entremezclaban a las colas de
caballo gigantes, a las palmeras del período terciario, a las lianas de la
jungla ártica. Resplandecía el verano; las nubes, cargadas de fecundidad,
vertían cálidas lluvias, y en la inmensidad del bosque polar vivían animales de
gran volumen, el mamut velludo, el rinoceronte bicorne, el gran ciervo, cuyas
astas alcanzaban cuatro metros, el león de las cavernas… “
(Comunicación póstuma a la Sociedad francesa de Filosofía, página 26). De esta
lujuriante vegetación, la hulla de Spitzberg y de la isla del Oso son su
vestigio… “En aquella época el polo de frío estaba, sin duda, cerca de París o
de algún lugar de Europa Oriental… Y el Paraíso Terrestre se extendía al extremo
norte de las Islas Boreales, en esta zona tan bien defendida por los bancos de
hielo que hasta ahora no se ha podido determinar con precisión los límites de la
tierra y del agua (Al asalto de los polos, Colección Marabout, páginas 7-8).
(2) La Islandia de los vikingos y de las sagas ha podido muy bien guardar el
vago recuerdo de una civilización floreciente que se habría desarrollado en una
época fabulosa. Lo cual explicaría también el extraordinario desarrollo de las
ciencias ocultas, y particularmente de la alquimia, entre los monjes islandeses
de la Edad Media.
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