Tercera parte huesos argentinos
Esto es todo lo que hay, dijo el empleado, con un gesto de la mano no carente de gracia.
Bolsas negras de residuos. Más de un centenar. Llenas de huesos.
En la profundidad de la Asesoría Pericial de La Plata, Alejandro y Darío suspiraron y contemplaron el panorama. Dentro de esas bolsas estaban los restos de 127 NN exhumados del cementerio de Grand Bourg por personal no del todo familiar con las delicadezas de la arqueología. Muchas de las bolsas habían perdido su etiqueta identificadora, o la conservaban con números ilegibles. A menudo no se habían separado bien los restos; ciertas bolsas carecían de cráneos mientras que otras tenían dos. Los huesos no estaban numerados ni limpios. Bastó con que abriesen un par de bolsas para descubrir que además guardaban tierra, hongos, gusanos y arañas.
El primer signo de que podían estar en presencia de los restos de Leticia Akselman fue el cabello. Las fotos con que contaban mostraban su pelo ensortijado y abundante. El resto de las pruebas fueron igualmente auspiciosas: se trataba de los restos óseos de una mujer de la misma edad, peso y estatura que Leticia. Las placas dentales coincidían. Y el informe de autopsia de 1976 daba cuenta de diversos disparos en la cabeza. En ausencia de los proyectiles –la bolsa tenía de todo, menos postas o casquillos-, un estudio radiológico reveló que sobre los huesos del cráneo había microscópicas esquirlas de bala.
El 19 de febrero de 1997, tres días antes del plazo fijado por la Ley de Punto Final, un juez procesó al general Guillermo Suárez Mason por el asesinato de Leticia Akselman. Suárez Mason era un genocida nato. Al más puro estilo de sus antecesores nazis, gustaba de pavonearse delante de sus víctimas, definiéndose como el Señor de la Vida y de la Muerte.
La pequeña victoria del Equipo no fue subrayada por ninguna celebración.
No había tiempo que perder. Se pueden hacer tantas cosas en tres días.
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Maco Somigliana es alto, oscuro, de voz y aspecto graves. Nació en Ushuaia, el mismo pueblo remoto al que Patricia, Luis y Darío peregrinaban anualmente en busca de signos del pasado. Su padre, funcionario judicial y dramaturgo, había ido hasta allí buscando tranquilidad para escribir una pieza. Escribió Amarillo y concibió a su hijo varón, il maschio, el macho, apodo que en los torpes labios de su hijita mayor se transformaría en Maco.
De la mano de su padre, Maco entró a trabajar en el Poder Judicial a los 18 años. Cuando la acusación a los ex comandantes cayó en las faldas del fiscal Strassera, Maco fue uno de los jóvenes que trabajó en ella día y noche, apilando expedientes donde fuera –hasta
en los baños- y durmiendo en sillones. En esa época no disponíamos de computadoras, dice Maco, mate en mano. Todo se limitaba a armar fichas rosas para las víctimas mujeres y fichas azules para los hombres.
Maco se cruzó con Mimí Doretti en los pasillos de Tribunales, cuando la declaración de Snow. Tenía una vaga idea de las andanzas del Equipo, pero su obsesión era una y excluyente: construir pruebas para condenar a los ex comandantes.
Enero de 1987 fue una divisoria de aguas. Agotado por la realización de un documental sobre el juicio que jamás se emitió -el gobierno de Alfonsín no quería irritar a los militares-, el padre de Maco murió repentinamente. La mejor forma de homenaje que concibió su hijo fue regresar al trabajo al otro día, a compilar datos, revisar autopsias, citar testigos. El reloj galopaba su galope asesino.
Pocos días después la Ley de Punto Final arrasó con la casa.
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El cierre de la posibilidad de llevar a juicio a los genocidas obligaba a repensarlo todo. Para peor, descontentos con lo que consideraban una concesión tibia, los militares continuaron con la ofensiva. En abril, un grupo de oficiales tomó la base de Campo de Mayo y reclamó una amnistía generalizada. El 5 de junio Alfonsín hizo los honores: una nueva ley, llamada de Obediencia Debida, eximía de cargos a aquellos que hubiesen torturado y asesinado, en la medida que lo hubiesen hecho cumpliendo órdenes de sus superiores.
¿Cuál era el sentido de continuar investigando, si las pruebas no podían ser utilizadas en contra de los asesinos? ¿Y cuál era el valor de la verdad, en un país donde se la separa de sus consecuencias? Para el cardumen, detenido momentáneamente en aguas procelosas, la respuesta no demoró mucho. En sus flamantes oficinas, los teléfonos no dejaban de sonar. Algún familiar preguntaba por la marcha de la investigación sobre el caso Fátima. Otro se presentaba, diciéndose padre o madre o hijo de algún desaparecido, y preguntaba si el Equipo podía hacer algo por ellos. Cualquier cosa; desde su secuestro estaban perdidos en una neblina, y cada dato, por nimio que fuese, sólo podía significar luz. La verdad era el único faro.
En mayo, el Equipo Argentino de Antropología Forense se constituyó de forma legal, como una asociación sin fines de lucro. Sus miembros fundarores fueron Patricia Bernardi, Mimí Doretti, Luis Fondebrider, Alejandro Incháurregui, Darío Olmo y Morris Tidball.
Un sábado de fines de junio, Snow cocinó un asado Texas style en su apartamento rentado de la calle Billinghurst. Era su despedida. Cerveza, vino y pisco boliviano intentaron apagar los calores del chile. Antes de irse, Snow recibió de sus discípulos un poncho norteño y un diploma que lo habilitaba como miembro honorario del Equipo. Lo sostuvo con ambas manos, soportando las fotos, mientras su boca se curvaba en una sonrisa y sus ojos se llenaban de lágrimas.
Snow ya estaba de regreso en Oklahoma cuando el Equipo recibió, de manos de la propietaria del apartamento de Billinghurst, una cuenta inesperada. Con toda justicia, pretendía que se le pagase por el sofá quemado, las cortinas desgarradas y los vasos rotos que habían sido el corolario de una noche inolvidable.
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De acuerdo a las Escrituras, Moisés fue arrojado a las aguas para ser salvado del exterminio a manos de los egipcios. Lo que el oficial de Prefectura halló en el Canal San Fernando en octubre de 1976 fue otra clase de ofrenda entregada a las aguas, una destinada a invertir el mensaje de vida del relato bíblico. A pocos metros del puente ferroviario que atraviesa el Canal, el hombre descubrió ocho tambores de petróleo. Cada uno de ellos contenía un cadáver en estado de descomposición, envuelto en una mezcla de cemento y arena.
Cuando Maco ingresó oficialmente al Equipo, el primer caso de que se ocupó fue el de los fantasmas del Canal. La experiencia de la Fiscalía había hecho de él una suerte de archivo viviente de la represión. Luis, fascinado por la estructura con que los militares se habían conducido en este período, encontró en Maco el socio ideal para poner en práctica los nuevos métodos de investigación.
Estaba claro que esas muertes no se debían a la Armada argentina, porque de otra forma la Prefectura –que depende de la marina- no hubiese denunciado el hecho. La Aeronáutica, no era, tampoco, un candidato probable: no tenía jurisdicción sobre la zona. La Policía solía enterrar a sus víctimas en los cementerios más próximos. Lo cual dejaba al Ejército como único sospechoso. Pero la inusual forma de disponer de los cadáveres apuntaba en una dirección igualmente inusual. Los únicos que podían haber intentado algo tan macabro eran los responsables del campo llamado Automotores Orletti: el general Otto Paladino y un ex militar llamado Aníbal Gordon.
La reconstrucción de la lista de detenidos en Orletti hizo posible releer las huellas dactilares tomadas a los cadáveres. Entre los candidatos posibles estaban Ana María del Carmen Pérez, embarazada al momento de ser secuestrada, y el periodista Marcelo Gelman, hijo de Juan Gelman, uno de los más grandes poetas vivos de América Latina.
La única forma de concretar la identificación era exhumando los cuerpos del cementerio de San Fernando. Pola Sánchez, madre de Ana María Pérez, viajó desde Tucumán para solicitar la exhumación ante la Justicia y nombrar al Equipo como perito en la cuestión.
Darío y Maco acompañaron a Pola hasta el punto del cementerio en que estaban las tumbas sin nombre. Era un parche de terreno lleno de hierbas, agreste, descuidado. Pola se echó sobre la tierra y se puso a llorar.
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A fines de 1989, Mimí, Morris, Alejandro y Luis viajaron a Nueva York para recibir un premio humanitario que la Fundación Reebok entregó al Equipo. La oportunidad fue ideal para conectarse con Juan Gelman, que vivía allí, mientras trabajaba como traductor supernumerario.
Gelman los invitó a cenar. Cuando le confirmaron que uno de los cuerpos podía pertenecer a su hijo, el poeta tuvo todavía el valor de mostrarse de buen humor. Dijo algo respecto de que, en la Edad Media, a los mensajeros de la muerte se los mataba también, recuerda Luis. Y después les sirvió pollo al horno.
Esa noche Gelman no durmió. Tumbados sobre sillones, en la duermevela que sucede al largo viaje y al vino, Alejandro, Morris y Luis fueron testigos de la minuciosa lectura que Gelman hizo del expediente que le habían llevado. Sentado a su escritorio, en el mismo entrepiso desde el que traducía y escribía sus poemas, Gelman sorteó el lenguaje leguleyo detrás del que se escondían los detalles de la muerte más temida.
Apenas abrió los ojos (la luz del día entraba, ya, por cada hendija), Alejandro vio que Gelman lo contemplaba. Le ofreció un café. Con la taza humeante por delante, respondió una por una las preguntas del poeta.
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En Buenos Aires, Maco, Darío y Patricia sorteaban un trámite aún más duro. Pola Sánchez había regresado de Tucumán para recibir la peor de las noticias.
Durante todos esos años, Pola creyó que su hija había dado a luz en cautiverio y que su nieto, desde entonces, era uno de los tantos niños a quienes las Abuelas buscaban. Tenía tantas esperanzas de encontrarlo en corto plazo, que hasta había comprado un carrito con que llevarlo a pasear.
Las pericias sobre los restos de Ana María Pérez indicaron que había sido baleada en el vientre cuando su bebé ya estaba colocado para salir, en el canal de parto.
Patricia, Darío y Maco vieron a Pola en el hotel. Las noticias sumieron a la mujer en la más profunda desesperación. El marido de Pola los increpó. Les preguntó si estaban jugando a ser Dios.
Desde las 9 de la mañana del día siguiente, Pola tuvo en su regazo la urna con los restos de su hija y del feto. La acunaba como si acunase un bebé.
En un momento, presa de una súbita iluminación, preguntó a Patricia cuál era el sexo del niño. Después de un breve silencio, Patricia preguntó a Pola con qué había soñado su hija. Con una nena, dijo Pola. Eso era; una nena, dijo Patricia. Violeta, asintió Pola. Así se llama: Violeta. Y una vez que le hubo dado nombre, pareció más tranquila.
Una semana más tarde llamó al Equipo desde Tucumán. Ana María y Violeta ya habían enterradas, les dijo, y sus nombres grabados en una placa de piedra impermeable al olvido.
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Cuando se le pregunta cuál fue el momento más difícil de su historia en el Equipo, Patricia siempre habla de Pola.
No existe ningún manual que te enseñe a tratar con los familiares, dice Patricia. Pero como nunca quisimos ser científicos de laboratorio, el contacto con ese gente es vital para nosotros. Queremos que sepan qué hacemos, cómo exhumamos, cuáles son nuestras hipótesis. Si hay restitución de restos, estamos con ellos hasta el final de la ceremonia. En esos casos, siempre hay una sensación de restitución del vínculo familiar. Aún cuando uno de los miembros está muerto, se lo ha encontrado.
Berta Schubaroff, madre de Marcelo Gelman, quiso ver los restos de su hijo. Tocó sus huesos uno por uno, los acarició, los besó, tomó su calavera y recordó en voz alta la belleza de aquellos ojos, recreando sin saberlo el lamento por Yorick. Sentía el dolor de la muerte, sí, pero también una emoción de la misma intensidad. Los trece años de búsqueda desaparecieron entonces, dijo poco después. Se fueron. Ya no puedo conectarme con ese lapso de tiempo.
Siento que rescaté a mi hijo de la neblina, dice Juan Gelman.
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La excavación tiene más de dos metros de profundidad, un corte vertical hacia lo hondo de la tierra. Se parece a la mayor parte de las exhumaciones previas –la división en cuadrículas, las herramientas casi femeninas, las bolsas donde se guardan balas y postas-, salvo en sus dimensiones: una superficie de 300 metros cuadrados a la que se desmalezó y limpió de basuras, y por debajo de ella centenares de cuerpos trenzados en abrazo.
Patricia define el panorama con un término elegante: se trata de fosas ciclónicas, en las que se han enterrado muchos cadáveres a la vez. En algunas zonas, se ve que han depositado 70 centímetros de tierra por encima de los cuerpos y después echado una nueva tanda de cadáveres en el pozo.
Mimí, con su instinto para las formas, dice que la imagen le recuerda al Guernica. Una versión ejecutada como bajorrelieve. En una zona se ve una serie de cráneos, uno por encima del otro, que parecen pujar por salir de la tierra. Cuando se refieren a esa parte de la excavación, hablan de la cascada; un torrente de muerte, derramándose en el polvo.
El proceso de exhumación del cementerio de Avellaneda, y de su vastísima fosa común, se prolongará durante diez años. Viajarán diariamente en un autobús de la línea 24, una hora para ir y otra para regresar, siempre cortos de fondos. En lo profundo de las fosas, y ante la familiaridad con la muerte, el humor se permitirá ser ligero. Hay quienes escuchan música en sus walkmans y quienes, como Luis, prefieren llevar una radio cuya antena ha sido construída con una percha de metal. Hay quienes comen chorizo allá abajo, y quienes salen a por pastelitos de membrillo que venden los policías de la custodia para redondear sus ganancias semanales.
Al final de la tarea habrá más de trescientos montones de huesos recogidos en cajas de manzanas. Y algunas identificaciones positivas, pero demasiado pocas en proporción al esfuerzo. La información pre mortem sobre las víctimas potenciales es muy escasa. Está la posibilidad del análisis de ADN sobre los restos, pero es un proceso muy lento que se hace con cuentagotas en el extranjero porque no hay fondos para solventarlo de forma privada.
El Equipo sospechaba del macabro tesoro de Avellaneda desde 1987, pero fue en 1989, recién, cuando obtuvo la autorización para proceder a la exhumación. Un juez hizo lugar a la denuncia de Matilde Cerviño, que buscaba los restos de su hija María Teresa y tenía información que los ubicaba en Avellaneda. Los miembros del Equipo fueron nombrados peritos en el caso. Y así, con la excusa que les proporcionaba la búsqueda de un único cuerpo, abrieron la fosa en que –lo sabían- los aguardaban cientos.
Uno de los primeros esqueletos fue el de una mujer muy mayor, prótesis dentarias arriba y abajo. Había muy pocas denuncias referidas a víctimas de esas características; la mayor parte de los secuestrados eran jóvenes y hasta adolescentes. El cruce de estos datos con la lista de víctimas les llevó a suponer que se trataba de María Mercedes Hourquebie de Francese, de 77 años, que desapareció de su casa del brazo de dos hombres que dijeron ser integrantes de fuerzas de seguridad. Cuando su médico fue a ver a Ramón J. Camps, el general no alegó desconocimiento. Por el contrario, aceptó los remedios que el médico llevaba y que, según decía, la señora Hourquebie debía consumir para no alterar su salud.
Los miembros del Equipo trabajaban sobre estos huesos cuando Snow, que había regresado a la Argentina para la exhumación en Avellaneda, recibió una llamada desde Washington. Juan Méndez, un abogado que trabajaba para la organización de derechos humanos Americas Watch, le preguntó si estaba al tanto del caso Suárez Mason. Prófugo de la ley, el ex comandante del Primer Cuerpo de Ejército había sido detenido en San Francisco, y debía hacer frente a un pedido de extradición. Méndez quería saber si la gente del Equipo podía aportar algo a la causa en su contra.
Snow dijo que quizás hubiese algo. Estaba este caso tan fresco de una desaparecida de 77 años. Y conservaba copias, todavía, de cierto informe estadístico sobre los NN en la Argentina confeccionado hace algún tiempo, que el gobierno de Alfonsín archivó en el cajón de las informaciones inconvenientes.
Méndez quiso saber si podía hacerse de una copia.
Una semana después, un abultado sobre fue depositado en las oficinas del poco confiable correo argentino, con dirección de Washington. Por azar o simple inercia, el sobre inició su camino, fue a dar a una bolsa, viajó miles de kilómetros con dirección norte, fue recibido y fotocopiado y finalmente integrado a la causa norteamericana contra Suárez Mason, contribuyendo a determinar su extradición a la Argentina.
La vida tiene sus momentos.
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Roma, octubre de 2000. La estructura del Complesso Guidiziario Tribunale Ordinario di Roma se parece más a una cárcel que a un juzgado. De hecho, a ambos costados de la Sala de Actuaciones hay rejas y más rejas; detrás de ellas, los acusados tienen sillas desde las que presenciar su propio juicio, y micrófonos desde los que hacerse oir.
Esa mañana no hay nadie detrás de las rejas. El acusado no está presente. Ni siquiera se ha molestado en designar un abogado defensor, por lo que el estado italiano ha designado por él a un leguleyo llamado Mazzini. (Untuoso, desagradable; ningún director de casting podría elegir a alguien mejor, si hubiese que representar en una película el mezquino papel que le toca.)
Mazzini debe defender de oficio a Guillermo Suárez Mason, el Señor de la Vida y de la Muerte, acusado aquí de haber asesinado a varios ciudadanos de origen italiano durante la represión ilegal. Su estrategia es la de relativizar los hechos, caracterizándolos como versiones de versiones que nunca son contadas por testigos directos; como si no cuestionase la historia sino la mala calidad del relato, algo similar a lo que intentaron los defensores del represor Cavallo para evitar su extradición desde México. El abogado se maneja bien, por lo menos hasta que el juez llama al estrado al doctor Morris Tidball Binz.
Morris usa anteojos, ahora. Traje caro. Redford se pondría rojo de envidia. (El sólo actúa las escenas; Morris las vive.)
El testimonio de Morris como perito es contundente. No hay en su relato apelación a la emotividad o el drama: se limita a narrar, paso por paso, el proceso que llevó desde la exhumación de los restos hasta la identificación de los mismos como pertenecientes a Laura Carlotto. No importa que sienta sobre sí la mirada de Estela, madre de Laura, y de Claudia, su hermana, que viajaron especialmente a Roma para el juicio. No importa, tampoco, el recuerdo del malestar de Darío al destapar aquellos huesos envueltos en medias de nylon. Morris cree que el peso científico de la prueba es todo lo que se necesita para derrumbar la estrategia de Mazzini. Su discurso es calmo, claro; parece haber nacido para hacer esto. Tuvo un buen maestro. Detrás de un estrado que lleva escrito en dorado la frase la Legge e uguale per tutti, el juez y los diez jurados siguen su testimonio con la unción que Snow despertó en el juicio argentino, quince años atrás.
A veces el pasado es igual a un sonido y el presente es el espacio en que se verifican sus ecos. Cerca del final, la traductora que vuelca sus palabras al italiano se descompone y abandona la sala.
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Más tarde, desde la vereda de un café romano, Morris se quita la corbata y los anteojos y se permite una nívea sonrisa. Está satisfecho, pero no tanto por su propio desempeño como por el hecho de que el juicio haya sacado a la luz nuevas evidencias. Esa misma jornada testificaron María Laura Bretal, que compartió tiempo de cautiverio con Laura, por entonces embarazada, y Carlos López, que la vio internada en el Hospital Militar Cosme Argerich el día de su parto. Ambos testimonios se oyeron por primera vez: tanto Bretal como López tardaron más de 20 años en atreverse a contar su parte en la historia.
El relato de López es conmovedor. Era un jovencito que hacía la mili cuando lo pusieron a custodiar aquel cuarto; vio a la mujer atada a la cama, fue testigo de la discusión entre un militar y el médico que se negaba a inyectarle a Laura una misteriosa jeringa y reparó en el hombre que salía con un bebé recién nacido en brazos, rumbo a la calle, a través de un pasillo interminable.
A esta altura del partido, la verdad es su propio bien. Cada dato nuevo es una victoria, un eslabón más en la cadena que no ata a los victimarios, pero que les cierra caminos, alejándoles de la posibilidad de una vida totalmente impune. Sobre la mayor parte de ellos pesan condenas internacionales efectivas, que les impiden salir de la Argentina. Dentro de las fronteras, son repudiados cada vez que se los reconoce en un lugar público. Asociaciones como HIJOS (que reúne a los descendientes de miles de desaparecidos) los vigilan de cerca, tanto a los jerarcas como a los represores de segunda línea que fueron beneficiados por la Ley de Obediencia Debida. En la Argentina, la sensación de compartir el espacio en calles, bares y cines con asesinos y torturadores es cosa de todos los días.
Sentadas en otra mesa, Estela y Claudia Carlotto desmenuzan el testimonio del soldadito del Hospital Argerich. Revisan su descripción del hombre que se llevó al bebé, creen reconocerlo. Quizás hayan avanzado otro paso en dirección del nieto perdido, del sobrino perdido. Están verdaderamente entusiasmadas, como si discutiesen un hecho fresco, una arcilla todavía moldeable.
La verdad exalta.
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Los miembros del Equipo no lo saben, pero de alguna forma se han convertido en narradores. La verdad que exhuman puede no haber tenido el peso soñado en los juzgados, pero ayudó y ayuda a rellenar los agujeros de una historia que la dictadura quiso incompleta –y por tanto, inverosímil.
A eso se refiere Juan Gelman cuando define la labor del Equipo como imprescindible, porque "rescatar los restos de los desaparecidos y darles sepultura entraña reubicarlos en la cultura, en la Historia y en su historia".
Ese es el otro motivo por el que esta historia versa sobre la identidad.
Quien cuenta una historia sabe bien quién es y para qué vive.
(Somos nuestra historia.)
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Morris pidió una licencia del Equipo. Vive en Costa Rica, como director para América Latina de una organización de derechos humanos llamada Reforma Penal Internacional. En septiembre de 2000 se casó con una joven mexicana llamada Claudia, en una ceremonia a la que asistieron Juan Gelman, Clyde Snow y Alejandro Incháurregui.
Alejandro se casó, tuvo hijos y regresó a La Plata. También está de licencia en el Equipo. Trabaja en el Registro de Personas Desaparecidas, donde lo visitamos. Se sienta entre dos pilas de expedientes, una que corresponde a nacimientos y otra a defunciones. (La vida, así como Alejandro, es lo que existe entre una y otra carpeta.)
Mimí maneja la oficina del Equipo en Nueva York, y viaja cada vez que puede a las misiones que el cardumen acepta en distintos puntos del planeta. En estas semanas trata de reponerse del brote de tifus que se pescó en Africa. Aunque parezca paradójico, es la primera enfermedad que uno de los miembros del Equipo contrae en sus peregrinares por el globo.
El resto sigue en las oficinas de Miserere. Maco se casó y tiene hijos. Darío se casó con una arqueóloga y tiene gatos. Luis no se casó. El y Patricia ya no siguen juntos, pero están juntos, cada día, codo con codo, como lo estuvieron durante diez años en las profundidades del pozo de Avellaneda.
Ninguna de las mujeres tiene hijos.
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Una de las cosas que más me molesta, todavía, de las exhumaciones, es descubrir restos de niños, dice Patricia. Los huesos, sí, pero aún más las batitas, los zapatitos... Me hace pensar: qué vida de mierda es esta. Y después me digo que poder indignarme, todavía, es bueno. Poder putear. Poder sentir.
Patricia putea y sigue excavando.
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Los miembros del Equipo son reconocidos en el mundo entero. Han trabajado en Filipinas, en Sudáfrica, en Bosnia y Kosovo, en Haití, en la casi totalidad de América Latina; los llaman de cada país que haya conocido los horrores del terrorismo de Estado.
Consecuentemente, sus nombres aparecen con regularidad en los medios del mundo. Semanas atrás, el New York Times dedicó una nota de tapa a la masacre del Mozote, en El Salvador, donde el Equipo exhumó cientos de cadáveres –en especial niños. Las palabras de Mimí Doretti eran citadas por su condición de experta en la materia.
Los diarios de la Argentina siguen ignorándolos, todavía dedicados al fútbol, las liaisons dangereuses y el sumidero de la política.
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Es aquí donde entran las iglesias suecas.
El Equipo no recibe subvención ni apoyo alguno de parte del Estado argentino. Desde hace ya muchos años, funciona con el aporte que de allende los mares les hace llegar una confederación de iglesias escandinavas y alemanas.
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Patricia se convirtió en un ídolo para su familia recién cuando el Equipo rescató y reconoció los restos del Che Guevara, en 1997.
Cuando se le pregunta por la experiencia, dice que lo que más la conmovió fue meter la mano en el bolsillo de la camisa del esqueleto y hallar, allí, una tabaquera llena.
Hay otra cosa que me conmueve. La imagen de Darío y Alejandro en la noche que sucede al descubrimiento, cuando existe la certeza de estar en presencia de los restos del Che –es el único esqueleto al que faltan las manos- y deciden dormir con los huesos en lo profundo del pozo, esperando la mañana en que completar la exhumación.
Allí abajo, sobre lonas, bajo la luna, Darío y Alejandro custodian un sueño.
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Entre 1984 y 1989, Clyde C.Snow estuvo 24 meses en la Argentina. Cuando se le pregunta si sintió miedo en algún momento de su estadía en el país latino, responde con un sí enfático.
Todos y cada uno de esos meses viví en el terror más abyecto a los taxis y autobuses argentinos, dice. Todavía hoy tengo pesadillas sobre ellos.
De entonces a esta parte, ha regresado a América Latina en busca de los restos de otro cowboy: el legendario Butch Cassidy.
Todavía sigue buscándolos.
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Que Snow no hubiese conocido de la Argentina más que a Vucetich, el hombre de las huellas digitales, fue un hecho profético. Allí donde los datos pre mortem y los análisis de ADN resultaron escasos o demasiado lentos, el viejo truco de las huellas digitales comenzó a dar resultados.
Burócratas al fin (los militares son, en esencia, empleados estatales), registraron cada una de las muertes que produjeron. La existencia de listas siempre ha sido negada, a pesar de que trozos de ellas han salido a luz fragmentaria y ocasionalmente. Pero el registro más elemental, el de las huellas digitales de los secuestrados o de sus cadáveres, sobrevive aquí y allá.
En los últimos meses el Equipo obtuvo acceso al padrón nacional, y con él al banco de huellas digitales. De la masacre de Fátima, alguna vez enigmática como los acertijos de la esfinge de Tebas, sólo resta identificar a tres mujeres. Darío, Maco y compañía están persuadidos de que al recolectar los datos de las mujeres secuestradas en la zona en los 30 días previos a la explosión saldrán esas identificaciones restantes. Habíamos abandonado la recolección de huellas digitales, dice Maco, y recién la retomamos meses atrás; trabajábamos sobre la presunción de que los militares no tomarían huellas en la circunstancia del secuestro y de la muerte: estábamos equivocados.
El Equipo tiene hipótesis fundadas sobre las identidades de buena parte de los 300 esqueletos de Avellaneda. Los análisis de ADN ya concluídos demostraron que estaban en el sendero correcto, al confirmar sus presunciones en cada caso. Las huellas dactilares pueden acelerar el proceso. Quizás el misterio de Avellaneda, esa enorme fosa común que el Equipo destapó por amor a la verdad, sea develado en su totalidad más temprano que tarde.
Mientras tanto, en un cuarto sin ventanas del barrio de Miserere, 300 osamentas siguen esperando su oportunidad de dar testimonio, de contar su historia –los narradores sólo descansan cuando acabaron de narrar.
Aún cuando cae el sol y Patricia y los demás cierran los pestillos y se pierden en el río serpeante de la avenida Rivadavia, la oficina nunca queda sola.
Esto es todo lo que hay, dijo el empleado, con un gesto de la mano no carente de gracia.
Bolsas negras de residuos. Más de un centenar. Llenas de huesos.
En la profundidad de la Asesoría Pericial de La Plata, Alejandro y Darío suspiraron y contemplaron el panorama. Dentro de esas bolsas estaban los restos de 127 NN exhumados del cementerio de Grand Bourg por personal no del todo familiar con las delicadezas de la arqueología. Muchas de las bolsas habían perdido su etiqueta identificadora, o la conservaban con números ilegibles. A menudo no se habían separado bien los restos; ciertas bolsas carecían de cráneos mientras que otras tenían dos. Los huesos no estaban numerados ni limpios. Bastó con que abriesen un par de bolsas para descubrir que además guardaban tierra, hongos, gusanos y arañas.
El primer signo de que podían estar en presencia de los restos de Leticia Akselman fue el cabello. Las fotos con que contaban mostraban su pelo ensortijado y abundante. El resto de las pruebas fueron igualmente auspiciosas: se trataba de los restos óseos de una mujer de la misma edad, peso y estatura que Leticia. Las placas dentales coincidían. Y el informe de autopsia de 1976 daba cuenta de diversos disparos en la cabeza. En ausencia de los proyectiles –la bolsa tenía de todo, menos postas o casquillos-, un estudio radiológico reveló que sobre los huesos del cráneo había microscópicas esquirlas de bala.
El 19 de febrero de 1997, tres días antes del plazo fijado por la Ley de Punto Final, un juez procesó al general Guillermo Suárez Mason por el asesinato de Leticia Akselman. Suárez Mason era un genocida nato. Al más puro estilo de sus antecesores nazis, gustaba de pavonearse delante de sus víctimas, definiéndose como el Señor de la Vida y de la Muerte.
La pequeña victoria del Equipo no fue subrayada por ninguna celebración.
No había tiempo que perder. Se pueden hacer tantas cosas en tres días.
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Maco Somigliana es alto, oscuro, de voz y aspecto graves. Nació en Ushuaia, el mismo pueblo remoto al que Patricia, Luis y Darío peregrinaban anualmente en busca de signos del pasado. Su padre, funcionario judicial y dramaturgo, había ido hasta allí buscando tranquilidad para escribir una pieza. Escribió Amarillo y concibió a su hijo varón, il maschio, el macho, apodo que en los torpes labios de su hijita mayor se transformaría en Maco.
De la mano de su padre, Maco entró a trabajar en el Poder Judicial a los 18 años. Cuando la acusación a los ex comandantes cayó en las faldas del fiscal Strassera, Maco fue uno de los jóvenes que trabajó en ella día y noche, apilando expedientes donde fuera –hasta
en los baños- y durmiendo en sillones. En esa época no disponíamos de computadoras, dice Maco, mate en mano. Todo se limitaba a armar fichas rosas para las víctimas mujeres y fichas azules para los hombres.
Maco se cruzó con Mimí Doretti en los pasillos de Tribunales, cuando la declaración de Snow. Tenía una vaga idea de las andanzas del Equipo, pero su obsesión era una y excluyente: construir pruebas para condenar a los ex comandantes.
Enero de 1987 fue una divisoria de aguas. Agotado por la realización de un documental sobre el juicio que jamás se emitió -el gobierno de Alfonsín no quería irritar a los militares-, el padre de Maco murió repentinamente. La mejor forma de homenaje que concibió su hijo fue regresar al trabajo al otro día, a compilar datos, revisar autopsias, citar testigos. El reloj galopaba su galope asesino.
Pocos días después la Ley de Punto Final arrasó con la casa.
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El cierre de la posibilidad de llevar a juicio a los genocidas obligaba a repensarlo todo. Para peor, descontentos con lo que consideraban una concesión tibia, los militares continuaron con la ofensiva. En abril, un grupo de oficiales tomó la base de Campo de Mayo y reclamó una amnistía generalizada. El 5 de junio Alfonsín hizo los honores: una nueva ley, llamada de Obediencia Debida, eximía de cargos a aquellos que hubiesen torturado y asesinado, en la medida que lo hubiesen hecho cumpliendo órdenes de sus superiores.
¿Cuál era el sentido de continuar investigando, si las pruebas no podían ser utilizadas en contra de los asesinos? ¿Y cuál era el valor de la verdad, en un país donde se la separa de sus consecuencias? Para el cardumen, detenido momentáneamente en aguas procelosas, la respuesta no demoró mucho. En sus flamantes oficinas, los teléfonos no dejaban de sonar. Algún familiar preguntaba por la marcha de la investigación sobre el caso Fátima. Otro se presentaba, diciéndose padre o madre o hijo de algún desaparecido, y preguntaba si el Equipo podía hacer algo por ellos. Cualquier cosa; desde su secuestro estaban perdidos en una neblina, y cada dato, por nimio que fuese, sólo podía significar luz. La verdad era el único faro.
En mayo, el Equipo Argentino de Antropología Forense se constituyó de forma legal, como una asociación sin fines de lucro. Sus miembros fundarores fueron Patricia Bernardi, Mimí Doretti, Luis Fondebrider, Alejandro Incháurregui, Darío Olmo y Morris Tidball.
Un sábado de fines de junio, Snow cocinó un asado Texas style en su apartamento rentado de la calle Billinghurst. Era su despedida. Cerveza, vino y pisco boliviano intentaron apagar los calores del chile. Antes de irse, Snow recibió de sus discípulos un poncho norteño y un diploma que lo habilitaba como miembro honorario del Equipo. Lo sostuvo con ambas manos, soportando las fotos, mientras su boca se curvaba en una sonrisa y sus ojos se llenaban de lágrimas.
Snow ya estaba de regreso en Oklahoma cuando el Equipo recibió, de manos de la propietaria del apartamento de Billinghurst, una cuenta inesperada. Con toda justicia, pretendía que se le pagase por el sofá quemado, las cortinas desgarradas y los vasos rotos que habían sido el corolario de una noche inolvidable.
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De acuerdo a las Escrituras, Moisés fue arrojado a las aguas para ser salvado del exterminio a manos de los egipcios. Lo que el oficial de Prefectura halló en el Canal San Fernando en octubre de 1976 fue otra clase de ofrenda entregada a las aguas, una destinada a invertir el mensaje de vida del relato bíblico. A pocos metros del puente ferroviario que atraviesa el Canal, el hombre descubrió ocho tambores de petróleo. Cada uno de ellos contenía un cadáver en estado de descomposición, envuelto en una mezcla de cemento y arena.
Cuando Maco ingresó oficialmente al Equipo, el primer caso de que se ocupó fue el de los fantasmas del Canal. La experiencia de la Fiscalía había hecho de él una suerte de archivo viviente de la represión. Luis, fascinado por la estructura con que los militares se habían conducido en este período, encontró en Maco el socio ideal para poner en práctica los nuevos métodos de investigación.
Estaba claro que esas muertes no se debían a la Armada argentina, porque de otra forma la Prefectura –que depende de la marina- no hubiese denunciado el hecho. La Aeronáutica, no era, tampoco, un candidato probable: no tenía jurisdicción sobre la zona. La Policía solía enterrar a sus víctimas en los cementerios más próximos. Lo cual dejaba al Ejército como único sospechoso. Pero la inusual forma de disponer de los cadáveres apuntaba en una dirección igualmente inusual. Los únicos que podían haber intentado algo tan macabro eran los responsables del campo llamado Automotores Orletti: el general Otto Paladino y un ex militar llamado Aníbal Gordon.
La reconstrucción de la lista de detenidos en Orletti hizo posible releer las huellas dactilares tomadas a los cadáveres. Entre los candidatos posibles estaban Ana María del Carmen Pérez, embarazada al momento de ser secuestrada, y el periodista Marcelo Gelman, hijo de Juan Gelman, uno de los más grandes poetas vivos de América Latina.
La única forma de concretar la identificación era exhumando los cuerpos del cementerio de San Fernando. Pola Sánchez, madre de Ana María Pérez, viajó desde Tucumán para solicitar la exhumación ante la Justicia y nombrar al Equipo como perito en la cuestión.
Darío y Maco acompañaron a Pola hasta el punto del cementerio en que estaban las tumbas sin nombre. Era un parche de terreno lleno de hierbas, agreste, descuidado. Pola se echó sobre la tierra y se puso a llorar.
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A fines de 1989, Mimí, Morris, Alejandro y Luis viajaron a Nueva York para recibir un premio humanitario que la Fundación Reebok entregó al Equipo. La oportunidad fue ideal para conectarse con Juan Gelman, que vivía allí, mientras trabajaba como traductor supernumerario.
Gelman los invitó a cenar. Cuando le confirmaron que uno de los cuerpos podía pertenecer a su hijo, el poeta tuvo todavía el valor de mostrarse de buen humor. Dijo algo respecto de que, en la Edad Media, a los mensajeros de la muerte se los mataba también, recuerda Luis. Y después les sirvió pollo al horno.
Esa noche Gelman no durmió. Tumbados sobre sillones, en la duermevela que sucede al largo viaje y al vino, Alejandro, Morris y Luis fueron testigos de la minuciosa lectura que Gelman hizo del expediente que le habían llevado. Sentado a su escritorio, en el mismo entrepiso desde el que traducía y escribía sus poemas, Gelman sorteó el lenguaje leguleyo detrás del que se escondían los detalles de la muerte más temida.
Apenas abrió los ojos (la luz del día entraba, ya, por cada hendija), Alejandro vio que Gelman lo contemplaba. Le ofreció un café. Con la taza humeante por delante, respondió una por una las preguntas del poeta.
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En Buenos Aires, Maco, Darío y Patricia sorteaban un trámite aún más duro. Pola Sánchez había regresado de Tucumán para recibir la peor de las noticias.
Durante todos esos años, Pola creyó que su hija había dado a luz en cautiverio y que su nieto, desde entonces, era uno de los tantos niños a quienes las Abuelas buscaban. Tenía tantas esperanzas de encontrarlo en corto plazo, que hasta había comprado un carrito con que llevarlo a pasear.
Las pericias sobre los restos de Ana María Pérez indicaron que había sido baleada en el vientre cuando su bebé ya estaba colocado para salir, en el canal de parto.
Patricia, Darío y Maco vieron a Pola en el hotel. Las noticias sumieron a la mujer en la más profunda desesperación. El marido de Pola los increpó. Les preguntó si estaban jugando a ser Dios.
Desde las 9 de la mañana del día siguiente, Pola tuvo en su regazo la urna con los restos de su hija y del feto. La acunaba como si acunase un bebé.
En un momento, presa de una súbita iluminación, preguntó a Patricia cuál era el sexo del niño. Después de un breve silencio, Patricia preguntó a Pola con qué había soñado su hija. Con una nena, dijo Pola. Eso era; una nena, dijo Patricia. Violeta, asintió Pola. Así se llama: Violeta. Y una vez que le hubo dado nombre, pareció más tranquila.
Una semana más tarde llamó al Equipo desde Tucumán. Ana María y Violeta ya habían enterradas, les dijo, y sus nombres grabados en una placa de piedra impermeable al olvido.
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Cuando se le pregunta cuál fue el momento más difícil de su historia en el Equipo, Patricia siempre habla de Pola.
No existe ningún manual que te enseñe a tratar con los familiares, dice Patricia. Pero como nunca quisimos ser científicos de laboratorio, el contacto con ese gente es vital para nosotros. Queremos que sepan qué hacemos, cómo exhumamos, cuáles son nuestras hipótesis. Si hay restitución de restos, estamos con ellos hasta el final de la ceremonia. En esos casos, siempre hay una sensación de restitución del vínculo familiar. Aún cuando uno de los miembros está muerto, se lo ha encontrado.
Berta Schubaroff, madre de Marcelo Gelman, quiso ver los restos de su hijo. Tocó sus huesos uno por uno, los acarició, los besó, tomó su calavera y recordó en voz alta la belleza de aquellos ojos, recreando sin saberlo el lamento por Yorick. Sentía el dolor de la muerte, sí, pero también una emoción de la misma intensidad. Los trece años de búsqueda desaparecieron entonces, dijo poco después. Se fueron. Ya no puedo conectarme con ese lapso de tiempo.
Siento que rescaté a mi hijo de la neblina, dice Juan Gelman.
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La excavación tiene más de dos metros de profundidad, un corte vertical hacia lo hondo de la tierra. Se parece a la mayor parte de las exhumaciones previas –la división en cuadrículas, las herramientas casi femeninas, las bolsas donde se guardan balas y postas-, salvo en sus dimensiones: una superficie de 300 metros cuadrados a la que se desmalezó y limpió de basuras, y por debajo de ella centenares de cuerpos trenzados en abrazo.
Patricia define el panorama con un término elegante: se trata de fosas ciclónicas, en las que se han enterrado muchos cadáveres a la vez. En algunas zonas, se ve que han depositado 70 centímetros de tierra por encima de los cuerpos y después echado una nueva tanda de cadáveres en el pozo.
Mimí, con su instinto para las formas, dice que la imagen le recuerda al Guernica. Una versión ejecutada como bajorrelieve. En una zona se ve una serie de cráneos, uno por encima del otro, que parecen pujar por salir de la tierra. Cuando se refieren a esa parte de la excavación, hablan de la cascada; un torrente de muerte, derramándose en el polvo.
El proceso de exhumación del cementerio de Avellaneda, y de su vastísima fosa común, se prolongará durante diez años. Viajarán diariamente en un autobús de la línea 24, una hora para ir y otra para regresar, siempre cortos de fondos. En lo profundo de las fosas, y ante la familiaridad con la muerte, el humor se permitirá ser ligero. Hay quienes escuchan música en sus walkmans y quienes, como Luis, prefieren llevar una radio cuya antena ha sido construída con una percha de metal. Hay quienes comen chorizo allá abajo, y quienes salen a por pastelitos de membrillo que venden los policías de la custodia para redondear sus ganancias semanales.
Al final de la tarea habrá más de trescientos montones de huesos recogidos en cajas de manzanas. Y algunas identificaciones positivas, pero demasiado pocas en proporción al esfuerzo. La información pre mortem sobre las víctimas potenciales es muy escasa. Está la posibilidad del análisis de ADN sobre los restos, pero es un proceso muy lento que se hace con cuentagotas en el extranjero porque no hay fondos para solventarlo de forma privada.
El Equipo sospechaba del macabro tesoro de Avellaneda desde 1987, pero fue en 1989, recién, cuando obtuvo la autorización para proceder a la exhumación. Un juez hizo lugar a la denuncia de Matilde Cerviño, que buscaba los restos de su hija María Teresa y tenía información que los ubicaba en Avellaneda. Los miembros del Equipo fueron nombrados peritos en el caso. Y así, con la excusa que les proporcionaba la búsqueda de un único cuerpo, abrieron la fosa en que –lo sabían- los aguardaban cientos.
Uno de los primeros esqueletos fue el de una mujer muy mayor, prótesis dentarias arriba y abajo. Había muy pocas denuncias referidas a víctimas de esas características; la mayor parte de los secuestrados eran jóvenes y hasta adolescentes. El cruce de estos datos con la lista de víctimas les llevó a suponer que se trataba de María Mercedes Hourquebie de Francese, de 77 años, que desapareció de su casa del brazo de dos hombres que dijeron ser integrantes de fuerzas de seguridad. Cuando su médico fue a ver a Ramón J. Camps, el general no alegó desconocimiento. Por el contrario, aceptó los remedios que el médico llevaba y que, según decía, la señora Hourquebie debía consumir para no alterar su salud.
Los miembros del Equipo trabajaban sobre estos huesos cuando Snow, que había regresado a la Argentina para la exhumación en Avellaneda, recibió una llamada desde Washington. Juan Méndez, un abogado que trabajaba para la organización de derechos humanos Americas Watch, le preguntó si estaba al tanto del caso Suárez Mason. Prófugo de la ley, el ex comandante del Primer Cuerpo de Ejército había sido detenido en San Francisco, y debía hacer frente a un pedido de extradición. Méndez quería saber si la gente del Equipo podía aportar algo a la causa en su contra.
Snow dijo que quizás hubiese algo. Estaba este caso tan fresco de una desaparecida de 77 años. Y conservaba copias, todavía, de cierto informe estadístico sobre los NN en la Argentina confeccionado hace algún tiempo, que el gobierno de Alfonsín archivó en el cajón de las informaciones inconvenientes.
Méndez quiso saber si podía hacerse de una copia.
Una semana después, un abultado sobre fue depositado en las oficinas del poco confiable correo argentino, con dirección de Washington. Por azar o simple inercia, el sobre inició su camino, fue a dar a una bolsa, viajó miles de kilómetros con dirección norte, fue recibido y fotocopiado y finalmente integrado a la causa norteamericana contra Suárez Mason, contribuyendo a determinar su extradición a la Argentina.
La vida tiene sus momentos.
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Roma, octubre de 2000. La estructura del Complesso Guidiziario Tribunale Ordinario di Roma se parece más a una cárcel que a un juzgado. De hecho, a ambos costados de la Sala de Actuaciones hay rejas y más rejas; detrás de ellas, los acusados tienen sillas desde las que presenciar su propio juicio, y micrófonos desde los que hacerse oir.
Esa mañana no hay nadie detrás de las rejas. El acusado no está presente. Ni siquiera se ha molestado en designar un abogado defensor, por lo que el estado italiano ha designado por él a un leguleyo llamado Mazzini. (Untuoso, desagradable; ningún director de casting podría elegir a alguien mejor, si hubiese que representar en una película el mezquino papel que le toca.)
Mazzini debe defender de oficio a Guillermo Suárez Mason, el Señor de la Vida y de la Muerte, acusado aquí de haber asesinado a varios ciudadanos de origen italiano durante la represión ilegal. Su estrategia es la de relativizar los hechos, caracterizándolos como versiones de versiones que nunca son contadas por testigos directos; como si no cuestionase la historia sino la mala calidad del relato, algo similar a lo que intentaron los defensores del represor Cavallo para evitar su extradición desde México. El abogado se maneja bien, por lo menos hasta que el juez llama al estrado al doctor Morris Tidball Binz.
Morris usa anteojos, ahora. Traje caro. Redford se pondría rojo de envidia. (El sólo actúa las escenas; Morris las vive.)
El testimonio de Morris como perito es contundente. No hay en su relato apelación a la emotividad o el drama: se limita a narrar, paso por paso, el proceso que llevó desde la exhumación de los restos hasta la identificación de los mismos como pertenecientes a Laura Carlotto. No importa que sienta sobre sí la mirada de Estela, madre de Laura, y de Claudia, su hermana, que viajaron especialmente a Roma para el juicio. No importa, tampoco, el recuerdo del malestar de Darío al destapar aquellos huesos envueltos en medias de nylon. Morris cree que el peso científico de la prueba es todo lo que se necesita para derrumbar la estrategia de Mazzini. Su discurso es calmo, claro; parece haber nacido para hacer esto. Tuvo un buen maestro. Detrás de un estrado que lleva escrito en dorado la frase la Legge e uguale per tutti, el juez y los diez jurados siguen su testimonio con la unción que Snow despertó en el juicio argentino, quince años atrás.
A veces el pasado es igual a un sonido y el presente es el espacio en que se verifican sus ecos. Cerca del final, la traductora que vuelca sus palabras al italiano se descompone y abandona la sala.
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Más tarde, desde la vereda de un café romano, Morris se quita la corbata y los anteojos y se permite una nívea sonrisa. Está satisfecho, pero no tanto por su propio desempeño como por el hecho de que el juicio haya sacado a la luz nuevas evidencias. Esa misma jornada testificaron María Laura Bretal, que compartió tiempo de cautiverio con Laura, por entonces embarazada, y Carlos López, que la vio internada en el Hospital Militar Cosme Argerich el día de su parto. Ambos testimonios se oyeron por primera vez: tanto Bretal como López tardaron más de 20 años en atreverse a contar su parte en la historia.
El relato de López es conmovedor. Era un jovencito que hacía la mili cuando lo pusieron a custodiar aquel cuarto; vio a la mujer atada a la cama, fue testigo de la discusión entre un militar y el médico que se negaba a inyectarle a Laura una misteriosa jeringa y reparó en el hombre que salía con un bebé recién nacido en brazos, rumbo a la calle, a través de un pasillo interminable.
A esta altura del partido, la verdad es su propio bien. Cada dato nuevo es una victoria, un eslabón más en la cadena que no ata a los victimarios, pero que les cierra caminos, alejándoles de la posibilidad de una vida totalmente impune. Sobre la mayor parte de ellos pesan condenas internacionales efectivas, que les impiden salir de la Argentina. Dentro de las fronteras, son repudiados cada vez que se los reconoce en un lugar público. Asociaciones como HIJOS (que reúne a los descendientes de miles de desaparecidos) los vigilan de cerca, tanto a los jerarcas como a los represores de segunda línea que fueron beneficiados por la Ley de Obediencia Debida. En la Argentina, la sensación de compartir el espacio en calles, bares y cines con asesinos y torturadores es cosa de todos los días.
Sentadas en otra mesa, Estela y Claudia Carlotto desmenuzan el testimonio del soldadito del Hospital Argerich. Revisan su descripción del hombre que se llevó al bebé, creen reconocerlo. Quizás hayan avanzado otro paso en dirección del nieto perdido, del sobrino perdido. Están verdaderamente entusiasmadas, como si discutiesen un hecho fresco, una arcilla todavía moldeable.
La verdad exalta.
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Los miembros del Equipo no lo saben, pero de alguna forma se han convertido en narradores. La verdad que exhuman puede no haber tenido el peso soñado en los juzgados, pero ayudó y ayuda a rellenar los agujeros de una historia que la dictadura quiso incompleta –y por tanto, inverosímil.
A eso se refiere Juan Gelman cuando define la labor del Equipo como imprescindible, porque "rescatar los restos de los desaparecidos y darles sepultura entraña reubicarlos en la cultura, en la Historia y en su historia".
Ese es el otro motivo por el que esta historia versa sobre la identidad.
Quien cuenta una historia sabe bien quién es y para qué vive.
(Somos nuestra historia.)
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Morris pidió una licencia del Equipo. Vive en Costa Rica, como director para América Latina de una organización de derechos humanos llamada Reforma Penal Internacional. En septiembre de 2000 se casó con una joven mexicana llamada Claudia, en una ceremonia a la que asistieron Juan Gelman, Clyde Snow y Alejandro Incháurregui.
Alejandro se casó, tuvo hijos y regresó a La Plata. También está de licencia en el Equipo. Trabaja en el Registro de Personas Desaparecidas, donde lo visitamos. Se sienta entre dos pilas de expedientes, una que corresponde a nacimientos y otra a defunciones. (La vida, así como Alejandro, es lo que existe entre una y otra carpeta.)
Mimí maneja la oficina del Equipo en Nueva York, y viaja cada vez que puede a las misiones que el cardumen acepta en distintos puntos del planeta. En estas semanas trata de reponerse del brote de tifus que se pescó en Africa. Aunque parezca paradójico, es la primera enfermedad que uno de los miembros del Equipo contrae en sus peregrinares por el globo.
El resto sigue en las oficinas de Miserere. Maco se casó y tiene hijos. Darío se casó con una arqueóloga y tiene gatos. Luis no se casó. El y Patricia ya no siguen juntos, pero están juntos, cada día, codo con codo, como lo estuvieron durante diez años en las profundidades del pozo de Avellaneda.
Ninguna de las mujeres tiene hijos.
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Una de las cosas que más me molesta, todavía, de las exhumaciones, es descubrir restos de niños, dice Patricia. Los huesos, sí, pero aún más las batitas, los zapatitos... Me hace pensar: qué vida de mierda es esta. Y después me digo que poder indignarme, todavía, es bueno. Poder putear. Poder sentir.
Patricia putea y sigue excavando.
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Los miembros del Equipo son reconocidos en el mundo entero. Han trabajado en Filipinas, en Sudáfrica, en Bosnia y Kosovo, en Haití, en la casi totalidad de América Latina; los llaman de cada país que haya conocido los horrores del terrorismo de Estado.
Consecuentemente, sus nombres aparecen con regularidad en los medios del mundo. Semanas atrás, el New York Times dedicó una nota de tapa a la masacre del Mozote, en El Salvador, donde el Equipo exhumó cientos de cadáveres –en especial niños. Las palabras de Mimí Doretti eran citadas por su condición de experta en la materia.
Los diarios de la Argentina siguen ignorándolos, todavía dedicados al fútbol, las liaisons dangereuses y el sumidero de la política.
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Es aquí donde entran las iglesias suecas.
El Equipo no recibe subvención ni apoyo alguno de parte del Estado argentino. Desde hace ya muchos años, funciona con el aporte que de allende los mares les hace llegar una confederación de iglesias escandinavas y alemanas.
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Patricia se convirtió en un ídolo para su familia recién cuando el Equipo rescató y reconoció los restos del Che Guevara, en 1997.
Cuando se le pregunta por la experiencia, dice que lo que más la conmovió fue meter la mano en el bolsillo de la camisa del esqueleto y hallar, allí, una tabaquera llena.
Hay otra cosa que me conmueve. La imagen de Darío y Alejandro en la noche que sucede al descubrimiento, cuando existe la certeza de estar en presencia de los restos del Che –es el único esqueleto al que faltan las manos- y deciden dormir con los huesos en lo profundo del pozo, esperando la mañana en que completar la exhumación.
Allí abajo, sobre lonas, bajo la luna, Darío y Alejandro custodian un sueño.
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Entre 1984 y 1989, Clyde C.Snow estuvo 24 meses en la Argentina. Cuando se le pregunta si sintió miedo en algún momento de su estadía en el país latino, responde con un sí enfático.
Todos y cada uno de esos meses viví en el terror más abyecto a los taxis y autobuses argentinos, dice. Todavía hoy tengo pesadillas sobre ellos.
De entonces a esta parte, ha regresado a América Latina en busca de los restos de otro cowboy: el legendario Butch Cassidy.
Todavía sigue buscándolos.
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Que Snow no hubiese conocido de la Argentina más que a Vucetich, el hombre de las huellas digitales, fue un hecho profético. Allí donde los datos pre mortem y los análisis de ADN resultaron escasos o demasiado lentos, el viejo truco de las huellas digitales comenzó a dar resultados.
Burócratas al fin (los militares son, en esencia, empleados estatales), registraron cada una de las muertes que produjeron. La existencia de listas siempre ha sido negada, a pesar de que trozos de ellas han salido a luz fragmentaria y ocasionalmente. Pero el registro más elemental, el de las huellas digitales de los secuestrados o de sus cadáveres, sobrevive aquí y allá.
En los últimos meses el Equipo obtuvo acceso al padrón nacional, y con él al banco de huellas digitales. De la masacre de Fátima, alguna vez enigmática como los acertijos de la esfinge de Tebas, sólo resta identificar a tres mujeres. Darío, Maco y compañía están persuadidos de que al recolectar los datos de las mujeres secuestradas en la zona en los 30 días previos a la explosión saldrán esas identificaciones restantes. Habíamos abandonado la recolección de huellas digitales, dice Maco, y recién la retomamos meses atrás; trabajábamos sobre la presunción de que los militares no tomarían huellas en la circunstancia del secuestro y de la muerte: estábamos equivocados.
El Equipo tiene hipótesis fundadas sobre las identidades de buena parte de los 300 esqueletos de Avellaneda. Los análisis de ADN ya concluídos demostraron que estaban en el sendero correcto, al confirmar sus presunciones en cada caso. Las huellas dactilares pueden acelerar el proceso. Quizás el misterio de Avellaneda, esa enorme fosa común que el Equipo destapó por amor a la verdad, sea develado en su totalidad más temprano que tarde.
Mientras tanto, en un cuarto sin ventanas del barrio de Miserere, 300 osamentas siguen esperando su oportunidad de dar testimonio, de contar su historia –los narradores sólo descansan cuando acabaron de narrar.
Aún cuando cae el sol y Patricia y los demás cierran los pestillos y se pierden en el río serpeante de la avenida Rivadavia, la oficina nunca queda sola.