De golpe me pareció que la Capital es Francia votando
a Sarkozy, ese ex ministro del Interior que ganó las
elecciones de un país que pese a sus buenos modales,
su extensa cultura y su refinamiento, o acaso
precisamente por todo eso, porque la cultura a veces
es liberadora y otras veces encarceladora, no quiere
negros.
Casi todas las encuestas dan a Macri primero. El
devenir de los acontecimientos y la sedimentación de
datos en eso que se llama opinión pública es tan
vertiginoso que no permite la comprensión de algunos
fenómenos. O por lo menos, no permite la mirada
límpida sobre esos fenómenos que, como en este caso,
encubren otro tipo de miseria; no la de los miserables
que cargan con sus harapos, sino la de muchísimos
Señores López que llevan vidas centradas en sus
expensas, en sus tardes de shopping, en sus autos
nuevos, en sus veredas manchadas de pobres.
¿Macri Mauricio jefe de Gobierno de esta ciudad? Oops,
¿qué está pasando? ¿Ese tipo que no pisa el barro y se
sube a un cajón de manzanas será el elegido por un
electorado que quiere una ciudad sin baches? ¿De qué
preocupaciones sociales y éticas se hace cargo un
electorado que se inclina por un hijo de rico que es
rico y que a duras penas ha controlado en los últimos
tiempos la verbalización de sus verdaderos
pensamientos? La gente en campaña no dice lo que
piensa. Eso lo sabe cualquier mayor de doce años.
En campaña, el propio Sarkozy moderó su ánimo
xenófobo. Francia votó a ese Sarkozy moderado, pero
todo fue una fantochada: Francia no votó moderación,
sino mano dura con los negros. Sarkozy es el mismo
Sarkozy que anhelaba, meses antes, una Francia pura,
preparada para repeler negros extranjeros provenientes
de países de mierda. Eso votó Francia. La moderación
de campaña siempre es mentira. La gente vota
recordando. La gente vota un carácter. Los franceses
votaron a un tipo que los protegerá, de la manera que
sea necesaria, aun con la fuerza, de la invasión de
negros.
La Capital Federal tiene un diez por ciento de pobres
y un dos por ciento de indigentes. Los negros vienen
de otra parte. En lugar de venir de Pakistán o de
Angola vienen de González Catán o La Matanza. Vienen
del conurbano, donde se apiñan, donde se multiplican,
donde sobreviven. Vienen a cartonear o a atenderse en
los hospitales públicos. Vienen a cirujear, a vender
porquerías en los semáforos o en el mejor de los casos
a hacer changas irregulares en construcción o servicio
doméstico.
¿Cuál es la manera más honesta de pensar la Capital?
¿La Capital para los porteños o la Capital para los
porteños y los desharrapados que llegan en los trenes
todos los días a ver si juntan sus monedas? Incluso en
el lanzamiento de su campaña, bochornosamente planeada
entre pobres, Macri no pudo sortear su propio carácter
repelente, y puso en escena a una niña a la que
después, reflexionando, dijo que le hubiese tenido que
decir “retirate”.
Humildemente, no creo que se pueda pensar esta Capital
sólo para los porteños. Eso es una ilusión, una
mentira y una mezquindad ética. Esta Capital no les
pertenece sólo a los porteños, como Francia no les
pertenece sólo a los franceses. La inercia de esta
época hace necesario pensar los lugares, todos los
lugares, como espacios de tránsito a los que llegan
todos, absolutamente todos los que necesitan llegar,
si en sus propios lugares la vida resulta
insoportable. La globalización, y la
microglobalización entre la Capital y el conurbano nos
obliga, nos guste o no, a hacernos cargo de nuestras
decisiones ciudadanas teniendo en cuenta que no hay
otra alternativa que buscar soluciones que incluyan
ese tránsito.
Macri ha querido, por épocas, reprimir a los
piqueteros y detener a los cartoneros. Esas cosas no
se dicen en campaña, pero si el voto popular lo elige,
estará eligiendo esa derecha que no quiere mugre a la
vista. Todo lo demás se desprende de eso: ése es el
carácter reaccionario que seduce a los porteños que
van a votarlo. Un carácter sarkoziano que incluye
fantasías de expulsión, deportación, mano dura,
reafirmación de una identidad construida con blazers
de alpaca peruana y tapaditos Marilú. Un carácter
Barrio Norte o Palermo Chico o Barrio Parque que actúe
como un filtro para tanta negrada que afea el paisaje.
Los slogans de campaña son galletitas para monos.
La Capital está a punto de dar un examen de ética con
el débil. Si las encuestas no mienten, seremos
afrancesados, pero en la forma más vil del ser
francés.
de Sandra Russo en Página 12
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