Capítulo XIII: "Los Errantes" en Buenos Aires durante el año 1925 * No está
completo, sólo lo que se refiere a la historia del Anarquismo en Argentina *
En el capítulo anterior hemos hecho referencia a Severino di Giovanni. Conviene
que precisemos mejor su personalidad y su papel militante. Di Giovanni había
nacido en Italia el 17 de marzo de 1901, en la región de los Abruzos, a 180
kilómetros al este de Roma. Hijo de familia acomodada, Severino se rebeló pronto
contra la autoridad paterna. Estudió para maestro de escuela y, en sus horas
libres, para tipógrafo. Se inició de joven en las ideas anarquistas con lecturas
de Bakunin, Malatesta, Proudhon y Kropotkin. A la edad de diecinueve años quedó
huérfano y en 1921 -a los veinte años- se entregó por entero a la militancia
anarquista.
En 1922 se produce "la marcha sobre Roma" encabezada por Mussolini y,
consecuentemenre, el fascismo se impone en Italia. Severino, como sus dos
hermanos y muchos otros militantes obreros, huyen de Italia. Unos se radican en
Francia y otros se exilian en la Argentina. Entre estos últimos está Severino,
quien llega a Buenos Aires en mayo de 1923, empleándose en seguida como obrero
tipógrafo al mismo tiempo que se incorpora a la central obrera denominada FORA
del V Congreso.
Cuando di Giovanni arriba a la Argentina, el país está gobernado por el Partido
Radical, es decir, la Unión Cívica Radical, cuya principal base social está
formada por las nuevas clases medias que, relativamente enfrentadas a la vieja
oligarquía terrateniente, ganadera y comercial, reclaman una mayor apertura para
la
democracia y el liberalismo que les favorece. El primer presidente argentino
procedente del Radicalismo había sido Hipólito Irigoyen, su líder principal,
quien
gobernó entre los años 1916 y 1922, y fue reelegido en 1928 para terminar
derrocado por un golpe militar en 1930. Durante el primer mandato de Irigoyen, y
a
pesar de su democratismo populista, se producen dos grandes represiones contra
los trabajadores: la primera, en enero de 1919, durante la llamada "Semana
Trágica" de Buenos Aires; y la segunda, sobre los peones rurales de la Patagonia
(en el sur argentino), en los años 1921 y 1922. Entre los años 1922 y 1928, la
presidencia del país fue ocupada por otro dirigente Radical, el doctor Marcelo
Teodoro de Alvear, estrechamente ligado al viejo régimen; ex-embajador en
París, y cuya esposa, Regina Pacini, italiana y de "la alta sociedad",
evidenciaba simpatías por el autoritarismo mussoliniano. Ella, seguramente,
instigaba a su
esposo para que combatiera el antifascismo de los italianos residentes y
exiliados en la Argentina.
Di Giovanni, como italiano revolucionario, militó de entrada en los organismos y
comités antifascistas creados en suelo argentino; y, como escritor, fue
corresponsal en Buenos Aires de L ' Adunata dei Refrattari, órgano del
anarquismo italiano residente en los Estados Unidos. Sin embargo, pronto se
convencería de que los círculos y entidades antifascistas no eran otra cosa que
un pasatiempo para los políticos socialdemócratas, comunistas y ciertos
liberal-progresistas. "Para Di
Giovanni, el antifascismo organizado por todas las tendencias engañaba a las
masas, y por eso inició la publicación de un periódico libertario llamado
Cúlmine.
Lo escribía, lo componía y lo imprimía él mismo en sus momentos libres, robando
horas al sueño". Tal era el personaje que escandalizó, el día 6 de junio de
1925,
a "la flor y nata" de la burguesía y a las clases políticas dirigentes de Buenos
Aires por su intervención en la representación artística organizada por la
Embajada de
Italia y realizada en el Teatro Colón de la capital argentina.
El embajador italiano en Buenos Aires, aristócrata que respondía al nombre de
Luigi Aldrovandi Marescotti, buscó explotar en forma magnífica y políticamente
la fecha del veinticinco aniversario del advenimiento al trono de Víctor Manuel
III. y con ese propósito, organizó un festejo a "lo grande". Con dicha gran
fiesta pensó afirmar su confianza ante Mussolini y demostrar al cuerpo
diplomático que el régimen político de Italia gozaba de buena salud y prestigio.
Hay que
tener presente la existencia de la amplia comunidad italiana en la Argentina,
resultado de la llegada de cientos de miles de hombres y mujeres procedentes de
la península itálica durante décadas y establecidos en las pampas rioplatenses.
Muchos de estos italianos, o sus descendientes, habiendo "hecho la América" y
aburguesados hasta los huesos, simpatizaban con el fascismo mussoliniano.
Las gestiones del embajador italiano consiguen que asista a la fiesta del Teatro
Colón el mismo presidente de la República, acompañado de su esposa. Asistiendo
el presidente, es de rigor (burgués) la asistencia de los ministros, con el de
Relaciones Exteriores a la cabeza y también las altas personalidades y
funcionarios oficiales, embajadores, cónsules, etc., concurriendo, además, los
representantes -"damas y caballeros"- de "la alta sociedad" oligárquica y
burguesa y los
agentes de los monopolios internacionales. Por supuesto, igualmente asisten los
jóvenes hijos de la burguesía que actúan en "La Liga Patriótica", haciendo causa
común con "los camisas negras" de la embajada italiana. En suma: la celebración
en el Teatro Colón de la llamada "Reina del Plata", no tendría que envidiar ni a
los actos fascistas llevados a cabo en Roma.
La gran velada artística del 6 de junio de 1925 comenzó con la ejecución del
Himno Nacional argentino, a cargo de la Banda Municipal de Buenos Aires.
Después de los consabidos aplausos, los ejecutantes interpretan la Marcha Real
de Italia. La colonia burguesa y fascista italiana se pone en pie, gtita,
vocifera y hasta el embajador canta a voz en grito en honor de la Italia
fascista.
Pero desde "el gallinero" del teatro, lugar que la burguesía ha dejado para que
el populacho también asista a la fiesta, se registran murmullos, voces, que se
hacen potentes: "¡Assasini!", "¡Ladri!", "¡Matteotti!" y tras los gritos, que
suenan a espanto entre aquella gente de "la sociedad", una lluvia de volantes
"mariposas",
denunciando la opresión en Italia, cae a la platea hasta los mismos pies del
embajador, conde De Viano.
Los "camisas negras", que se habían disttibuido estratégicamente para evitar
hechos como el que precisamente está horrorizando al "gran público", y que no
han podido prever ni acallar de entrada, se lanzan rápidos contra ese desborde
édito en los "excelsos" escenarios, con el fin de silenciar al grupo que ha
venido, a turbar la fiesta fascista. Entre los que alborotan y gritan
condenaciones al fascismo italiano y los "camisas negras", se inicia un
forcejeo, una lucha en la que entran las cachiporras que los fascistas no habían
olvidado por si acaso.
Uno de los que más grita es un muchacho alto, rubio, vestido de negro. Un camisa
negra lo toma por el cuello y lo arrastra sobre las butacas. Pero ese muchacho
tiene la fuerza de una bestia. De unas cuantas brazadas tira abajo a los que
tratan de darle puñetazos, cachiporrazos y patadas; se para en la primera fila,
y sigue
gritando mueras a Mussolini y denunciando los horrores del fascismo y de sus
clases dominantes.
Por espacio de diez minutos, la docena de alborotadores imponen su ley, gritando
y luchando cada uno a brazo partido con los que desean silenciarlos. Pero la
lucha no daba para más, y uno a uno fueron arrinconados y apresados. El joven
vestido de negro fue el último en caer, víctima por detrás de un cachiporrazo.
Arrastrándolos, fueron sacados del teatro ante el griterío de "la crema" de la
sociedad porteña, descendida a niveles de "grosería". Todos deseaban escupir y
patear
a los atrevidos que habían insultado lo que para muchos de los presentes era "la
madre patria", a su rey y a su predilecto Mussolini.
Escoltados por militares italianos de alta graduación, los revoltosos fueron
entregados en la calle a la policía, que fue metiéndolos en un furgón celular.
El último en entrar fue el joven rubio, vestido de negro que escupió al rostro
de un tieso militar italiano un: "E viva I' anarchia" [153].
De todos los detenidos, el único en responder sin evasivas a las preguntas de la
policía fue el joven rubio, vestido de negro. El mismo se declara anarquista. Y
firma su declaración con letra segura: Severino di Giovanni.
153. Osvaldo Bayer, op. cit.
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