De a poco me estaba poniendo al día y leía todo por arriba hasta que me
tope con este impresionante relato.
GENIAL!!!
-----Mensaje original-----
De: argentinos_en_london@...
[mailto:argentinos_en_london@...] En nombre de -H-
Enviado el: 22 December 2005 20:08
Para: argentinos_en_london@...
Asunto: [Argentinos en London] Leer en el mejor lugar...
BUENISIMO, no tiene desperdicio. bueh... casi.
La version html en: http://orsai.bitacoras.com/archives/000517.php
----------------------------------------------------------------------
----------
Lunes 18 de Abril, 2005
Cagar leyendo, un placer rioplatense
Cuando vivía en países serios con bidet, yo leía mucho en el baño
mientras cagaba. En esos tiempos nunca supe si leía porque me venían
ganas de cagar, o si cagaba porque me entraban irreprimibles deseos
de leer. Posiblemente mi cuerpo, aún en formación, debió aprender a
desarrollar ambas urgencias a la vez. El asunto es que yo era feliz
cagando y leyendo. Y hubiera seguido así, alegremente por la vida,
pero hace cinco años me vine a vivir a España, un país sin bidet, y
desde entonces leer literatura se ha convirtido en un suplicio.
Con mi amigo el Chiri, desde muy jóvenes, intercambiábamos pareceres
sobre el rito de cagar leyendo. Había dos problemas capitales: 1) que
se te durmieran las piernas (es un momento dolorosísimo en el que hay
que permanecer inmóvil, de pie frente al espejo, durante largos
minutos de angustia); y 2) que se te resecara la mierda en el culo
por culpa del tiempo transcurrido entre la cagada inicial y el final
del libro. El Chiri me descubrió una tarde que había que sacarse los
pantalones por completo para cagar —no sólo bajarlos a la altura de
los talones— a fin de neutralizar la parálisis:
—La falta de libertad de los tobillos, Jorgito, —me dijo mi amigo
durante un recreo de tercer año— es lo que nos provoca el posterior
hormigueo.
—¿Vos ya lo probaste, Chiri?
—Lo vengo haciendo desde el lunes, y ya casi estoy terminando el Adán
Buenosayres. En dos cagos más lo liquido.
El segundo problema (la sequedad de la mierda en el ano) era más
grave, pero lo solucionamos con el chorro de agua caliente del bidet,
artefacto que hasta entonces era dominio de madres y hermanas.
Primero había que limpiarse el culo con papel, como cualquier hijo de
vecino, después pasarse un rato al bidet y darle un rato al chorro
con movimientos de cadera circulares (incluso en el bidet se podían
releer algunos párrafos felices del libro), y por último secarse otra
vez con papel. El culo quedaba como si nunca hubiéramos cagado en la
vida. Una vez que le encontramos la vuelta a ese par de problemas
técnicos, leer y cagar fue un placer que nos acompañó desde los
quince años.
Todo iba bien, hasta que a los treinta tuve la maldita ocurrencia de
cruzar el Atlántico. Aquí en Europa los bidet no sirven para
limpiarse el culo pues carecen del chorro invertido de agua caliente;
por lo tanto no conviene enfrascarse en la lectura amena del baño
porque, al segundo capítulo nomás, se te reseca la mierda en las
paredes del esfínter y no te la sacás ni con espátula.
Durante mis primeras temporadas en el exilio opté por un recurso
intermedio: primero cagaba, me limpiaba y tiraba la cadena; y después
seguía leyendo tranquilamente sentado en el inodoro, intentando
engañar al cerebro. Lo malo es que también lograba engañar al
intestino, que al verse otra vez en posición de combate, reiniciaba
el proceso y volvía a cagar soretitos más modestos, pero igualmente
molestos. Yo no sé si el cuerpo humano es estúpido o se hace, pero yo
he descubierto que el aparato digestivo trabaja por sugestión. Uno
caga siempre, incluso sin ganas, cuando se sienta en el inodoro. Es
cuestión de tiempo.
Más tarde opté por llevarme al baño toallitas mojadas de papel. El
objetivo era cagar y mantenerse una horita sin hacer nada, leyendo
tranquilamente, y después tener algo húmedo a mano para dejar pulcra
la cavidad. El truco funcionó en las estaciones estivales, pero
cuando llegó el invierno, que acá es crudo, volví a extrañar el
chorro caliente del bidet, la cascada de agua hirviendo que antaño me
devolvía la temperatura del cuerpo y que, además de rasquetearte el
ano hasta dejarlo lustroso, te generaba esa duda tan ambigua de no
saber si eras friolento o si eras maricón. En conclusión: las
toallitas mojadas y heladas tampoco servían.
El siguiente paso, temerario, fue el de cagar, leer y después meterme
directamente a la ducha para pegarme una buena enjuagada completa,
pero resultó que los libros (máxime los de la editorial Seix Barral)
se me deshacían mucho con el vapor. La solución, en este caso,
hubiera sido salir del baño y dejar el libro en otra parte antes de
ducharme, pero el objetivo de este ritual es hacer todo sin abrir la
puerta, sinó no tiene joda. Así que más o menos en 2003 ya no sabía
qué carajo hacer con mi vida.
Hubo un último manotazo de ahogado que no prosperó. Fue cuando le
pedí a Cristina si no me hacía la gauchada de conectar la manguera al
agua caliente de la cocina y cuando yo, en cuatro patas,
dijera "¡aura!", me manguereara un poco, poniendo el dedo gordo en la
boca de escape para que saliera el agua filosa. Pero así como acá no
hay bidet en los baños, tampoco hay desagüe en las casas, por lo que
la primera y única vez que Cris accedió a manguerearme fue un
enchastre. Además, el verme en posición perrito la traumatizó un poco
a nivel emocional:
—Si quieres que siga apostando por este matrimonio —me dijo muy seria—
deja de pedirme estas cosas.
Durante el invierno de 2003 casi no leí. Fue una época borrosa,
anodina, sin grandes revelaciones intelectuales. Además, cagaba
muchas veces al día y sin la pasión lúdica que caracterizaba mis
deposiciones; tiraba la cadena enseguida y salía del baño tan
ignorante como había entrado. Más que el cago de un joven escritor lo
mío parecía el meo de una señora jubilada. Y eso, obviamente,
repercutía en el resto de mis actividades cotidianas: un hombre que
se la pasa cagando y no lee nunca, más que un hombre es un concejal
peronista. Me sentía muy triste.
Entonces, por pura casualidad, descubrí el "Barbarela". Este bar es
como todos los bares de Barcelona, pero en el baño de mujeres hay,
olvidado y funcionando, un bidet argentino. La primera vez que entré
al baño del Barbarela me equivoqué de puertita —cada noche agradezco
a Dios la existencia de esos carteles tan ambiguos que ponen en los
baños—; las siguientes veces, en cambio, me hice el equivocado para
poder cagar allí.
Ya hace un año que frecuento el Barbarela todas las tardes, con una
mochila llena de libros. Me pido un poleo menta que rara vez bebo, y
a los diez minutos me meto al baño de mujeres. Como la lectura suele
llevarme una horita diaria, cada tanto el picaporte se mueve en falso
(las mujeres siempre quieren mear, no sé por qué), o alguien golpea
la puerta pidiendo paso, y entonces yo debo poner la voz finita y
decir:
—¡Està ocupat! —porque, ya que me finjo señora, lo mejor es fingirme
señora catalana.
El dueño del Barbarella es un gordo pelado que se llama Enric, y que
nunca en la vida me ha preguntado nada. Ni porqué me equivoco de
baño, ni porqué tardo tanto, ni porqué hablo con voz de mujer una vez
dentro, ni porqué nunca me bebo el poleo menta ni, mucho menos,
porqué le dejo siempre propinas tan extraordinarias. El pelado Enric
es un amigo silencioso y sabio, que ha de pensar de mí cosas
horribles, pero que jamás ha dejado de decirme "adéu, fins demà",
cada vez que salgo de su bar un poco más liviano y un poco más leído.
El "Barbarela" está en la esquina de Travessera de Gràcia y Torrijos;
apunto la dirección exacta por si hay otros lectores argentinos
viviendo en Barcelona que tampoco pueden cagar y leer en sus casas.
El baño está muy bueno, tenemos desodorante de ambiente y toallitas
de papel gratis. El poleo menta sale un euro. Los libros, obviamente,
hay que traerlos desde casa.
Quedan todos invitados a cagar y a leer en este bar del barrio de
Gràcia. No estaría mal que, de a poco, vayamos convirtiendo el sitio
en un café-literario con bidet. Eso sí: de cuatro a cinco de la
tarde, el baño de mujeres del Barbarella está ocupado por el socio
fundador.
©2003-2005, Hernán Casciari.
Diseño original validado por W3C.
orsai@... | +34.651.194.192.
Enlaces de Yahoo! Grupos