Amigos, colegas y ex. Les envío algunas palabras que, juntas, dicen mucho y forman parrafos estéticos e ideas densas... se leé en 5 minutos. Saludos a los que no veo hace mucho! Juan.-
Son de H. Hesse. (...) El que es demasiado cómodo para
pensar por su cuenta y erigirse en su propio juez, se somete a las
prohibiciones, tal como las encuentra. Eso es muy fácil. Pero otros sienten en
sí su propia ley; a ésos les están prohibidas cosas que los hombres de honor
hacen diariamente y les están permitidas otras que normalmente están mal
vistas. Cada cual tiene que responder de si mismo."
Quien "no encaja en el mundo
", está siempre cerca de encontrarse a sí mismo.
(...)
La mayoría de los seres humanos son
como las hojas que caen de los árboles, que vuelan y revolotean por el aire, vacilan y por último se precipitan al
suelo.
Otros casi son como estrellas, siguen su camino fijo, ningún viento los alcanza,
pues llevan en su interior su ley y su meta.
(...)
No puedo adjudicarme el título de
sabio. He sido un hombre que busca, y aún lo sigo siendo; pero ya no busco en
las estrellas y en los libros, sino que comienzo a escuchar las enseñanzas que
me comunica mi sangre. Mi historia no es agradable, no es dulce y armoniosa como
las historias inventadas. Tiene un sabor a disparate y a confusión, a locura y
a sueño, como la vida de todos los hombres que ya no quieren seguir engañándose
a sí mismos.
(...)
..El
hombre tiene la facultad de entregarse por entero a lo espiritual, al intento
de aproximación a lo divino, al ideal de los santos. Tiene también, por el
contrario, la facultad de entregarse por completo a la vida del instinto, a los
apetitos sensuales y de dirigir todo su afán a la obtención de placeres del
momento... El burgués trata de vivir en un término medio confortable entre
ambas sendas... trata de colocarse en el centro, entre los extremos, en una
zona templada y agradable, sin violentas tempestades ni tormentas, y esto lo
consigue, desde luego, aun a costa de aquella intensidad de vida y de
sensaciones que proporciona una existencia enfocada hacia lo incondicional y
extremo... A costa de la seguridad alcanza conservación; en vez de posesión de
Dios no cosecha sino tranquilidad de conciencia; en lugar de placer, bienestar;
en vez de libertad, comodidad; en vez de fuego abrasador, una temperatura
agradable. El burgués es consiguientemente una ciatura de débil impulso vital,
miedoso, temiendo la entrega de sí mismo, fácil de gobernar... uun rebaño de
corderos entre lobos herrantes...
(...)
La realidad existe, pequeños míos,
y ésa es incontrovertible. Verdades, en cambio, es decir, opiniones expresadas
mediante palabras, hay muchas, y todas ellas son tan verdaderas como falsas.
"Las palabras no sirven para
explicar un sentido secreto;
siempre lo modifican, lo falsifican, lo ridiculizan."
(...)
Y
(para mi gusto) la más lúcida y maldita `verdad´ del genio alemán:
El que haya gustado los otros días,
los malos, los de los ataques de gota o los del maligno dolor de cabeza clavado detrás de los globos de los ojos, y
convirtiendo, por
arte del diablo, toda actividad de la vista y del oído de una satisfacción en
un tormento,
o aquellos días de la agonía del espíritu, aquellos días terribles del vacío
interior y de la desesperanza, en los cuales, en medio de la tierra destruida y
esquilmada por las
sociedades anónimas, nos salen al paso, con sus muecas como un vomitivo, la
humanidad y la llamada cultura con su fementido brillo de feria, ordinario y de
hojalata,
concentrado todo y llevado al colmo de lo insoportable dentro del propio yo
enfermo; el
que haya gustado aquellos días infernales, ése ha de estar muy contento con
estos días normales y mediocres como el de hoy; lleno de agradecimiento se
sentará junto a la amable chimenea y con agradecimiento comprobará, al leer el
periódico de la mañana, que no se ha declarado ninguna nueva guerra ni se ha
erigido en ninguna parte ninguna nueva dictadura, ni se ha descubierto en
política ni en el mundo de los negocios ningún chanchullo de importancia
especial; con agradecimiento habrá de templar las cuerdas de su lira enmohecida
para entonar un salmo de gratitud mesurado, regularmente alegre y casi
placentero, con el que aburrir a su callado y tranquilo dios contentadizo y
mediocre, como anestesiado con un poco de bromuro; y en el ambiente de tibia
pesadez de este aburrimiento medio satisfecho, de esta carencia de dolor tan de
agradecer, se parecen los dos como hermanos gemelos, el monótono y adormilado
dios de la mediocridad y el hombre mediocre algo encanecido que entona el salmo
amortiguado.
Es algo hermoso esto de la autosatisfacción, la falta de preocupaciones, estos
días
llevaderos, a ras de tierra, en los que no se atreven a gritar ni el dolor ni
el placer,
donde todo no hace sino susurrar y andar de puntillas. Ahora bien, conmigo se
da el
caso, por desgracia, de que yo no soporto con facilidad precisamente esta semisatisfacción,
que al poco tiempo me resulta intolerablemente odiosa y repugnante, y tengo que
refugiarme desesperado en otras temperaturas, a ser posible por la senda de los
placeres y también por necesidad por el camino de los dolores. Cuando he estado
una temporada sin placer y sin dolor y he respirado la tibia e insípida
soportabilidad de los llamados días buenos, entonces se llena mi alma infantil
de un sentimiento tan doloroso y de miseria, que al dormecino dios de la
semisatisfacción le tiraría a la cara satisfecha la mohosa lira de la gratitud,
y más me gusta sentir dentro de mí arder un dolor verdadero y endemoniado que
esta confortable temperatura de estufa. Entonces se inflama en mi interior un
fiero afán de sensaciones, de impresiones fuertes, una rabia de esta vida
degradada, superficial, esterilizada y sujeta a normas, un deseo frenético de hacer
polvo alguna cosa, por ejemplo, unos grandes almacenes o una catedral, o a mí mismo,
de cometer temerarias idioteces, de arrancar la peluca a un par de ídolos generalmente
respetados, de equipar a un par de muchachos rebeldes con el soñado billete
para Hamburgo, de seducir a una jovencita o retorcer el pescuezo a varios
representantes del orden social burgués. Porque esto es lo que yo más odiaba,
detestaba y maldecía principalmente en mi fuero interno: esta autosatisfacción,
esta
salud y comodidad, este cuidado optimismo del burgués, esta bien alimentada y próspera disciplina de todo lo mediocre, normal y corriente.
En tal disposición de ánimo terminaba yo, al oscurecer, aquel día adocenado y
llevadero. No lo terminaba de la manera normal y conveniente para un hombre
algo
enfermo, entregándome a la cama preparada y provista de una botella de agua
caliente
a modo de imán; sino que insatisfecho y asqueado por mi poquito de trabajo y
descorazonado, me calcé los zapatos, me embutí en el abrigo, dirigiéndome a la
calle
rodeado de niebla y oscuridad, para beber en la hostería del Casco de Acero lo
que los
hombres que beben llaman «un vaso de vino«, según un convencionalismo antiguo.
El lobo estepario
Hermann Hesse
Juan Castellanos (h). |