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La democracia cautiva   Lista de mensajes  
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"La Comunidad"
Movimiento cívico no partidario
http://democraciaorganica.blogspot.com


" No hay mayor poder sobre la tierra, que el que gana las
conciencias."

Preámbulo y bases filosóficas.

Es mucho más revolucionaria y transformadora una declaración de
principios, una toma de conciencia, que una revolución violenta.
Una revolución digna de ese nombre se realiza en el terreno de los
principios de la sociedad, de los derechos y de los deberes de los
hombres entre sí.
Un acontecimiento tal excede en mucho a la independencia
política. Define un ideal que debe en adelante gobernar la vida
misma de ese país.
Las verdaderas revoluciones, las de las ideas, construyen, no
destruyen.
Y aquellas que han triunfado han sido servidas por hombres que
sin renegar de sus principios han tenido no obstante el sentido de lo
posible, como fue el caso de nuestro General Don José de San Martín.
Esto significa enunciar una responsabilidad, una esperanza.
Las naciones son lo que son hoy de acuerdo a quienes las
enunciaron previamente. A partir de ello, gozan del presente, tratan
de ser ellas mismas, de perseverar en el ser nacional, de expresarse
en el contexto de la humanidad toda.
Cuando las políticas gubernamentales responden plenamente a la
vocación de cada Pueblo, es cuando se expresa todo el potencial de
una identidad nacional y se genera la admiración y la gratitud de
las generaciones.
Hoy sabemos que nuestra Patria no es más que una tabla rasa, y
que si demolemos la vieja morada antes de haber construido una nueva
casa corremos el riesgo de encontrarnos a la intemperie bajo la
lluvia y el frío, a merced de ladrones y asesinos.
Sabemos que en las cosas humanas, contamos con la imposibili-
dad de obtener de un golpe la perfección, sin el enorme riesgo de
introducir un peligroso vacío, en el que se introducen las peores
locuras. Como no se obtiene el todo se crea la nada. Y es en esa
anarquía dónde florece la tiranía y los hombres son sacrificados en
aras de fantasmagóricas utopías.
La imprudencia y la emotividad conducen a la violencia. La sangre
llama a la sangre. Y en esa emulación de brutalidad los hombres
pierden la cabeza y quedan a merced de instigadores, perdiendo el
control de su propio destino.
No debe olvidarse que aún frente a la válida resistencia ante los
abusos y desatinos de una clase gobernante, se encuentra el peligro
de una resistencia sediciosa, generadora de anarquía, que se opone al
Bien común propio de la unidad de la nación.
Y no hay rey mas tirano que la anarquía.
Para progresar, hace falta primero salir de la confusión...



El hombre frente al Estado

El orden entero de la naturaleza está creado por Dios. Y en el
interior de ese orden está el hombre mismo. De esa creación derivan
para el hombre ciertos derechos fundamentales e inalienables: la vida,
la igualdad, la libertad y el derecho de buscar la felicidad. Del
ejercicio de esos derechos fundamentales el hombre no debe dar
cuenta más que a Dios.
Para ejercer mejor esos derechos, el orden entero de la política
está creado por los hombres, y para los hombres, para su utilidad y
beneficio.
Los hombres pues, están por encima del orden político, como Dios
está por encima del orden natural. Como los hombres son los creadores
de todo el orden político, ellos son igualmente la providencia y los
jueces supremos del mismo. Pueden formalmente delegar el derecho de
ser gobernados, pero es para con ellos desde luego que los gobiernos
tienen deberes, es a ellos a quienes esos gobiernos deben rendir
cuentas.
Un estado o nación no existe fuera de los hombres que lo
forman; son ellos quienes lo crean por su consentimiento mutuo. Ellos
son sus artesanos, sus jueces y sus testigos. La justicia del poder
político deriva del consentimiento de los gobernados
Los hombres pues son anteriores al estado.
Trastornar ese orden político, sojuzgar a los hombres en lugar de
servirlos, transformar su delegación original de poder en despotismo
absoluto, es una ofensa al orden entero de la naturaleza, a la
humanidad entera, a Dios mismo. Es una impiedad. Y una obligación y
un derecho el resistirlo.

El hombre frente a la "Democracia"

Es en el "derecho divino" de las antiguas monarquías, en dónde
podemos encontrar la raíz de los totalitarismos democráticos actuales.
¿Qué fué y que es el "derecho divino" en política ?
Desde siempre en occidente se tuvo claro que la soberanía política
venía de Dios al Pueblo, quien por sí solo la ejercía de pleno
derecho eligiendo entonces un monarca para que los gobernara. El
Pueblo delegaba su soberanía al rey y ese rey ejercía en nombre del
Pueblo y para salud del pueblo los poderes que le habían sido
delegados.
Se tenía por ende este encadenamiento de soberanías:
1º Dios, fuente de todo derecho y de toda justicia.
2º El Pueblo, que poseía naturalmente toda soberanía.
3º El rey, a quien le era delegada la soberanía política y quien
la ejercía para el Pueblo, en nombre del Pueblo.
4º El Pueblo mismo sobre quien se ejercía esa soberanía.
El Pueblo era considerado así, como fuente única de la soberanía
política y como súbdito de esa misma soberanía.
El poder real estaba entonces esencialmente delegado. El Pueblo
tenía ( y tiene) el derecho de delegar su soberanía a quien quiera,
aun a un rey. Aun por toda la vida. Pero el corolario dejaba claro
que dicha soberanía delegada podía retirársele en cualquier momento
de no cumplir con el mandato encomendado.
Aquí la legitimidad del poder real residía esencialmente en el
consentimiento continuado del pueblo a ese poder real.
Fueron los mismos apetitos humanos de poder los que abolieron al
segundo eslabón de la cadena: al Pueblo, creando una nueva ecuación
de poder delegado: Dios- Rey – Pueblo, y generando el absolutismo que
llevó indefectiblemente a la revolución francesa.
El error funesto de la revolución francesa fue que enunció que "el
principio de toda soberanía reside en la nación sin definir
previamente que se entendía como nación y que lugar ocupaba el hombre
dentro de esa nación y en ese estado de cosas. No derogó el derecho
divino sino que lo transfirió lo extendió y lo reforzó. Lo extendió
porque no se restringió la soberanía solo a lo político, sino a "toda
soberanía". La reforzó, no reconociendo a ninguna otra soberanía por
encima de ella, (por ej. Dios o, el orden natural). No hizo sino
transferir el derecho divino del rey a la "Nación". Y la nación
francesa de ese entonces optó por el derecho "divino" de tornarse en
un estado totalitario donde reinó el terror y corrieron océanos de
sangre inocente. La nación se tornó en un ídolo sobre el cual
cabalgaba una prostituta erigida como la diosa Razón...
¡ Qué extraña idea la de que la tiranía no tiene nunca más de una
cabeza !
Como la Bestia del Apocalipsis puede tener una multitud de cabezas
que renacen sin cesar.
Repasemos las democracias totalitarias del siglo veinte y no
dejaremos de sentir escalofríos de lo que puede significar una mala
acepción del término "democracia": la democracia soviética de Stalin,
la democracia nacional socialista de Hitler, la democracia de la
república popular china... Después de todo, todos ellos hubiesen
aceptado el principio de que "Toda soberanía reside esencialmente en
la nación". Cada uno de ellos se consideraban a sí mismos como la
encarnación de esa misma soberanía. El comunismo mismo transfirió al
proletariado el derecho divino en política, como en la revolución
francesa se la habían transferido a la Nación.
Para abolir el derecho divino en política, no es suficiente dar
al Pueblo toda la soberanía. Falta además reconocer que los derechos
inalienables del hombre, que funda esa soberanía popular, vienen de
Dios, están inscriptos en un orden natural inviolable. Es verdad que
el Pueblo tiene sus derechos, imprescindibles e inalienables, pero no
tiene todos los derechos. El Pueblo no puede erigirse en Dios y
adorarse a sí mismo. Los derechos mismos que tiene le vienen de Dios:
no puede ejercerlos sino obedeciendo a Dios. En el ejercicio mismo de
su soberanía él es el súbdito de Dios. Sin la religión, la democracia
misma está expuesta a todos los peligros de la tiranía. Aún todas las
realidades políticas, aún las más sagradas son relativas por ser
creadas y dependientes. Es en este equilibrio de relaciones de la
criatura con su Dios dónde ella funda solidamente la igualdad y la
libertad, y dónde funda al mismo tiempo la majestad de las leyes.
Corta de raíz toda anarquía al mismo tiempo que toda tiranía. En esa
continuidad de la soberanía política, el pueblo se reencuentra
constantemente y al mismo tiempo es súbdito libre y soberano. Súbdito
de sus propias leyes y de la justicia de Dios. Libre porque no
obedece sino a las leyes que el mismo se da. Soberano, porque su
soberanía participa del soberano dominio de Dios.
Podemos resumir todo lo expresado en esta frase de Pedro Damiano
que fue el germen de las naciones Europeas en el siglo XI:
Potestas est in Populo
A summo data Domino.
(La soberanía reside en el pueblo
pero viene de Dios)

El hombre frente a la "partidocracia"

En Atenas, la democracia no era una democracia de "partidos". Era
una democracia directa, del pueblo, que se convocaba a debatir acerca
de los intereses de la ciudad.
Tal era así que quien "hiciera partidos, facciones " o como hoy
llamamos "lobbies" para asegurar los intereses de solo un sector de
la sociedad, se lo consideraba subversivo, traidor a la Patria.
Agredía la unidad de criterio necesaria para atender los problemas
inherentes al Bien común y por tanto se le confiscaban los bienes y
se lo condenaba al exilio, sin importar que otros méritos anteriores
pudiera haber tenido.
Fue precisamente la Revolución francesa la que pervirtió el
profundo respeto que se le debe tener a esta forma de gobierno
participativo que nos venía de Atenas, cuna de la civilización
occidental y de todo cuanto de bello y noble generó Europa.
Esta, la revolución francesa, dividió arbitrariamente a la
sociedad en derechas (clero, clase militar, nobleza) e izquierdas (
vulgo y campesinado), generando una herida ideológica en la sociedad
que tomada por el marxismo, sangró por años. Una profunda y peligrosa
brecha que dividió y enfrentó ideológicamente y militarmente a
sociedades enteras haciéndolas olvidar que hay una única sociedad, y
un Bien común que debemos preservar entre todos, y para todos.
Estas monstruosidades solo fueron posibles durante la
perogrullescamente llamada "Edad de la razón". Época en la que
creímos que el hombre debía ser "la medida de todas las cosas". Allí
se sentaron las bases de las ideologías que le hicieron "perder la
razón" a nuestro siglo veinte: la ideología liberal, la ideología
marxista, el nazismo, el fascismo, los asesinatos de pueblos enteros,
ya fuere mediante el exterminio en campos de concentración o lanzando
bombas atómicas sobre civiles inocentes...
Hoy invocando a la democracia, los partidos modernos,
especialmente en nuestro país, transfieren el " derecho divino" a sus
partidos, erigiéndose como los únicos interlocutores de la voluntad
popular. Y al "tomar partido" parten, (y reparten), dividen los
intereses del Bién común. El interés supremo de la nación.
Hoy, así como se abolió esa presunción de "derecho divino" de las
monarquías, debería abolirse la de los partidos.
Un país nunca llega a ser libre sino sujeta previamente al estado
limitándolo y controlándolo en sus acciones específicas. Y sobre todo
a los partidos que hoy manejan el estado a su antojo, aún con el
arbitrio de reformar la constitución tantas veces quieran en su
propio beneficio.
Es que hay un contrasentido entre la búsqueda de los necesarios
espacios de poder de los partidos. En sus esquemas partidarios, la
habilidad que más cuenta es la ausencia de escrúpulos, la in-
autenticidad, la falta de peso específico moral, el silencio
cómplice, la mentira manifiesta dicha a toda voz. ¿Cual de todas
estas "habilidades" son útiles para cubrir los necesarios espacios de
servicio que toda acción cívica lleva implícita?
La especie humana, gregaria por naturaleza, necesita de la virtud
para salvarse en sociedad. La virtud de la solidaridad, la
abnegación, la generosidad, el sacrificio en pos de los demás.
Por ello, quienes están ávidos de subir, de buscar espacios de
poder, adquieren vicios incompatibles con la función de servicio.
Hoy, después de años de alternancia de partidocracias mediocres y
dictaduras corruptas, no nos queda otro camino que profundizar la
democracia, aún en desmedro, en perjuicio, de sus falsos e
interesados pregoneros partidócratas, que han hecho suculentos
negocios con ella.
Una democracia en la cual, citando la frase evangélica, siendo
fiel en lo poco, podamos serle fiel en lo mucho a nuestra Patria.
Vale más un vecino comprometido con su barrio o distrito, que un
ideólogo resentido, o un fracasado ávido de poder...
No una democracia grandilocuente e ideologizada. Democracias
vecinales. Comunidades independientes del favor de los partidos y
sus punteros. Que no se arrodillen frente a las dádivas de los
planes sociales. que solo buscan embrutecer y someter más a los que
menos tienen. Comunidades dignas gestionadas por los vecinos más
representativos y más capaces .

La "evolución" hacia la autogestión

No es al azar que hallamos elegido el término "evolución" y
no "revolución", ya que este segundo término indica algo abrupto,
una perdida de continuidad que nosotros no deseamos ni buscamos.
La evolución se da de manera gradual, sobre estructuras que ya
existen y que pueden ser perfeccionadas sin perder lo bueno del
modelo original. La humanidad no avanza a saltos, sino apoyándose en
logros anteriores. Olvidar esto es aproximarse al abismo de la
barbarie a la que siempre podemos volver.
Toda organización social y política se define por sus fines.
En dicha organización se puede optar por dos grandes vertientes
inspiradas en la sociología: la naturalista y la finalista.

La sociología naturalista niega todos los valores y cualidades
del espíritu. Niega todo aquello que no puede medir y cuantificar con
sus instrumentos. Es decir, solo da fe de la existencia de lo
material y actúa, limita e interpreta la historia según las
necesidades materiales de la especie humana.
La sociología naturalista entrega la sociedad a sí misma. Hace de
la vida en sociedad, un fin en sí mismo. Pretende erigir una
sociedad estable sin raíces sólidas. No ve a la sociedad como un
medio para satisfacer los anhelos del hombre, sino la sociedad por la
sociedad misma y por encima del hombre. No a su medida. No como
instrumento para alcanzar un fin. Y aquello que carece de objetivos,
se disuelve en el tiempo. Es la crisis de civilización que hoy
vivimos.
Confronte a los errores de la sociología naturalista
contraponemos la sociología finalista, que es aquella que acepta el
ámbito del espíritu. Y con ello el de la libertad del hombre capaz de
proyectarse sobre la materia. Finalista porque creemos que la vida
social no es un fin en sí mismo sino que es un medio para alcanzar la
felicidad y la propia trascendencia como seres humanos.









Lun, 25 de Sep, 2006 12:09 am

democraciaor...
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25 de Sep, 2006
12:09 am
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