-------- Mensaje original --------
| Asunto: | Patrulla de Rescate Para los "serrucho fácil" |
|---|---|
| Fecha: | Tue, 4 Sep 2007 12:24:54 -0300 |
| De: | <cerrosarg@...> |
| Para: | <Patrullarescate@...>, "Francisco Cordon" <Franciscocordon@...> |
El
hombre que plantó esperanzas
Corría el año 1913. Juan
Giono había salido de excursión por algunos días a unos remotos parajes
montañosos en la Provenza francesa. El paisaje era desértico y opaco,
con escasa vegetación, sin fauna silvestre ni moradores humanos.
Después de tres días de caminata se encontró sin agua y en la más
absoluta soledad. Acampó entre los restos de una antiquísima aldea
abandonada, pero en la que las fuentes de agua estaban secas: toda vida
había desaparecido.
La angustia de no encontrar agua obligó a Jean a dejar el lugar
de amanecida y seguir buscando. Caminó muchas horas y el paisaje no
cambiaba de secos pastizales y no daba indicios prometedores.
Hacia el mediodía divisó a lo lejos a un pastor con su perro.
Cuidaban una treintena de ovejas que se encontraban echadas en la
tierra, cerca de él.
El pastor dio a Jean un trago de su cantimplora y lo invitó a su
cabaña ubicada en una valle cercano. Allí en el patio, extraía el agua
por medio de un hulache de un pozo natural muy profundo.
El pastor era un solitario, poco habituado a hablar con
extraños. Sin embargo su visitante logró enterarse de algunos datos de
su vida. Tenía unos 55 años, había sido campesino en las tierras bajas
y tras enviudad y morir su único hijo decidió trasladarse a las
montañas con sus ovejas, para siempre. Tenía una casa acogedora, limpia
y agradable. Lo mismo se notaba en su ropa y su persona. Se llamaba
Elzeard Bouffier.
Giono se quedó en él aquella noche y compartió la comida que
éste tenía preparada.
Después
de cenar, Elzeard buscó un saco del cual extrajo un montón de bellotas
que desparramó sobre la mesa. Las examinó con extremo cuidado y fue
separando amorosamente las que le parecían perfectas. Giono le ofreció
ayudarlo, pero el pastor le dijo que esa era su labor personal y que
prefería hacerlo solo. Cuando tuvo 100 bellotas impecablemente
separadas dejo su trabajo y se fue a acostar.
Al día siguiente Giono quiso quedarse. El contacto con Bouffier
le había trasmitido una gran paz y curiosidad por saber más del
personaje. Salieron juntos con las ovejas.
Antes de partir, Bouffier sumergió la bolsa con las bellotas en
una fuente con agua y la llevó consigo. Tenía como bastón una vara
gruesa de fierro aguzada en la punta.
Caminaron hasta un valle donde el pasto era mejor para su
rebaño. Dejaron los animales a cargo del perro y escalaron la colina
hasta la cima. Allí se detuvieron. Bouffier enterró su bastón, hizo un
hoyo y plantó una bellota. Jean le preguntó si esas tierras eran suyas.
Contestó que no. Juan preguntó si sabían de quien eran. Contestó que
no. Pensaba que pertenecían a la comunidad, pero nadie se preocupaba de
ellas. No le interesaba de quien fueran...
Plantó las 100 bellotas.
Durante el almuerzo Jean se enteró que Bouffier
hacia tres años que las estaba plantando todos los días en esa región
desértica: ¡ya llevaba 100.000!. De ellas 20.000 habían germinado y de
éstas esperaba perder la mitad, debido a los conejos y u otras causas
naturales. ¡Aún así quedarían 10.000 encinas donde antes no había nada!
Jean le comentó a Elzeard que magnífico sería su bosque de
10.000 encinas en 30 años... A lo cual, éste le respondió que, si Dios
le daba vida, dentro de 30 años él habría plantado tantos
árboles que esos primeros 10.000 serían como una gota en el océano.
Además, estaba experimentando con almácigos de otras especias para
forestar los valles, donde había un poco más de humedad bajo la
superficie del suelo.
Pasaron varios años, Juan fue a la guerra. Ocurrieron muchas cosas que le hicieron olvidar al pastor plantador de árboles. En 1920, 7 años después de su primera visita, volvió a la misma zona de la Provenza, en busca de paz y aire puro. Desde su antiguo lugar de campamento en la aldea abandonada, divisó que las montañas, a lo lejos, estaban cubiertas de una neblina grisácea. ¡Las encinas! Recordó a Bouffier y pensó que seguramente estaría muerto. Pero no, Elzeard Bouffier no sólo no estaba muerto, sino que se veía extremadamente ágil y activo. Ya no tenía ovejas, porque se habían transformado en una amenaza para sus arbolitos. Ahora era apicultor y no se había olvidado de plantar sus 100 árboles diarios ningún día.
El efecto parecía no preocuparlo y proseguí su tarea con gran
determinación y sencillez. Las encinas de 1910 ya tenían 10 años y
estaban más altas que una persona. El bosque medía 11 kilómetros de
largo y 3 en la parte más ancha. Los valles, llenos de abedules ya
verdeaban alegremente.
Lo que más impresionó a Jean fue la reacción que había
experimentado la naturaleza del lugar. Por las quebradas, antes secas,
corría el agua. Volvieron a aparecer las flores, las praderas, las aves
e insectos, un ansia de vida...
La transformació
En 1933 recibió la visita de un guardabosques le notificó que
estaba prohibido hacer fuero en ese bosque natural y le comentó,
ingenuamente que era la primera vez que oía de un bosque que creciera
por propia iniciativa. En esa época, Bouffier, de 75 años, estaba
plantando a 12 kilómetros de su casa.
En 1935 una comisión de
funcionarios forestales fue a inspeccionar el bosque natural, que
dejó hechizados a todos por su belleza. Afortunadamente se decidió
ponerlo bajo protección. Bouffier no se enteró de la visita ya que
estaba trabajando activamente a varios kilómetros del lugar.
Por una gran casualidad, entre los forestales se encontraba un
amigo de Jean Giono, y éste le pudo contar el verdadero origen del
bosque. Fueron juntos a visitar al anciano. Para entonces las lomas
estaban densamente cubiertas de árboles de 7 a 9 metros de altura hasta
donde se perdía la vista.
Gracias a los afanes del funcionario se designaron guardabosques
para ayudar a cuidad el lugar. Pasó la Segunda Guerra Mundial, evento
que no perturbó en absoluto el trabajo del hombre solo.
Jean Giono visitó a Elzeard por última vez cuando el tenía 87
años, en 1945. El paisaje montañoso había cambiado completamente,
incluso el aire era distinto. Entre los densos árboles, se oía el ruido
de agua cayendo desde las montañas. La región, antes desierta yerma, se
había vuelto a poblar y más de 10.000 personas vivían allí, gracias a
la acción de ese hombre solitario, despojado de todo egoísmo,
visionario y tenaz que había descubierto una maravillosa manera de ser
feliz. Bouffier murió pacíficamente a los 90 años.
Es una vieja historia, pero llena de lecciones...
Primera: Parece un milagro, pero la naturaleza puede
recuperarse en períodos de tiempo de escala humana.
Segunda: Es necesario tener generosidad, visión de futuro.
Tercera: No se requiere de tantos financiamientos,
papeles, ni estudios, si realmente hay voluntar para tomar estas
acciones, por pequeñas que sean..
Cuarta: Podemos cambiar el paisaje yermo y desolado de
muchas regiones de nuestro país y hacerlo nuevamente apto para la vida.
Quinta: Se puede observar experimentar y decidir cuáles
son las especies de árboles para cada lugar, el Aguaribay lo es en
nuestro caso.
Sexta: Yo, usted, sus hijos, podemos gratificarnos de acciones a favor del ambiente tomadas hoy.
Octava:
No corte árboles. Respete la naturaleza y al planeta.
Novena: Transfórmese en un plantador de árboles, elija para ello principalmente especies nativas.
Décimo:
Involúcrese, PUEDE SER TARDE. Luche por la ecología. No deje que
arbitrariamente corten ningún árbol.
Texto
condensado por Adriana Hoffmann J. (1990)