LA PAZ
JORGE
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El Sermón Dominical
Domingo 5 de Octubre del 2008
No hay condena
Pastor Tony Hancock
Introducción
Un juez en la ciudad de Louisville, Kentucky decidió que el
jurado había sido demasiado severo con un hombre declarado
culpable de cinco robos y un secuestro. Los miembros del jurado
decidieron que el hombre debió servir una condena de 5.005 años
en la cárcel.
¡Cinco mil cinco años! - exclamó el juez. ¡Es una sentencia
excesiva! Al oír estas palabras, el acusado sintió un poco de
esperanza. ¡El juez le iba a reducir la sentencia!
Efectivamente, esto es lo que sucedió. De inmediato, el juez
redujo la sentencia a sólo mil años y uno.
Ahora bien, francamente no sé cuál haya sido la diferencia para
el culpable entre cinco mil y mil años. En cualquier caso,
moriría mucho antes de cumplir su sentencia. Sin embargo, me
llama la atención la sensación que habrá surgido en el corazón
de aquel convicto al saber que su sentencia iba a ser reducida.
¡Qué gozo, qué libertad habrá sentido - sólo para ser
decepcionado!
Tú y yo estábamos bajo una horrible condena. Estábamos
sentenciados a vivir lejos de Dios, estábamos condenados a pagar
por nuestros pecados en el infierno y estábamos condenados a
vivir bajo el poder del pecado. Era una sentencia horrible.
Sin embargo, la Biblia nos dice algo realmente extraordinario.
No es una noticia que sólo parece ser buena, como lo que le
sucedió al prisionero del cuento. Es la mejor noticia del mundo.
Lectura: Romanos 8:1-11
8:1 Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en
Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino
conforme al Espíritu.
8:2 Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha
librado de la ley del pecado y de la muerte.
8:3 Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era
débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza
de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado
en la carne;
8:4 para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros,
que no andamos conforme a la carne, sino conforme al
Espíritu.
8:5 Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la
carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del
Espíritu.
8:6 Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse
del Espíritu es vida y paz.
8:7 Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra
Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco
pueden;
8:8 y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.
8:9 Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el
Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y
si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.
8:10 Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está
muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de
la justicia.
8:11 Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a
Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a
Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales
por su Espíritu que mora en vosotros.
El primer versículo sirve de rubro para todo el pasaje. Nos dice
que ya no hay ninguna condenación para los que están en Cristo
Jesús. La palabra "condenación" en el original tiene dos
sentidos. Puede referirse a la condenación que se merece una
persona por su crimen, o puede referirse a la condena - la
sentencia - que le toca pagar.
Tomando en cuenta el contexto, el segundo sentido es preferible.
Esto significa que, si tú estás en Cristo, si estás unido a El
por medio de la fe, si tú le has invitado a ser tu Señor y tu
Salvador, ¡ya no estás bajo condena! Tu sentencia ha sido
cancelada. Ya no tienes nada que pagar.
Veamos ahora cómo se expresa esta realidad en la vida del
creyente.
I. En Cristo, no estás condenado a servir la carne
Cada ser humano nace con una naturaleza pecadora que tiende al
pecado. A esta naturaleza pecaminosa, esta cualidad que domina
nuestro ser, se le llama la carne. En muchas traducciones
modernas se traduce "carne" con la frase "naturaleza
pecaminosa". Esto capta bien el sentido, pero vamos a usar el
término tradicional.
Ahora bien, cuando hablamos de la carne, no estamos hablando de
los tejidos musculares que cubren nuestros huesos. La maldad no
radica precisamente en nuestro cuerpo, porque podemos usar
nuestros miembros para mal o para bien.
Mas bien, la carne representa la maldad que vive en nosotros,
que no nos viene de afuera sino que forma parte de nuestro ser.
La realidad de las cosas es que todos somos malos, por herencia.
Lo expresamos en diferentes maneras; algunos son homicidas,
mientras que otros simplemente albergan el odio en su corazón.
Algunos son rateros, mientras que otros simplemente codician lo
que tiene su vecino. Algunos son violadores, mientras que otros
simplemente le son infieles a sus esposas en su imaginación.
Sin embargo, todos somos pecadores. Todos tenemos una naturaleza
pecaminosa. Es la carne - esta debilidad que heredamos de
nuestros padres Adán y Eva - que hace imposible que nosotros
obedezcamos las leyes de Dios. Esto es lo que nos dice el
versículo 3.
Hace mucho tiempo, Dios nos dio su ley; El nos dijo qué hacer y
qué no hacer. Sin embargo, ninguno de nosotros ha obedecido
perfectamente. Al contrario, ¡a veces el efecto es el opuesto!
Si vemos un letrero que dice, No pescar, vamos a buscar la caña
y el anzuelo.
¡Hay una rebelión innata en nosotros! Dios nos dice: No mientas,
y de inmediato empezamos a inventar pretextos para decir una
"mentirita piadosa". Ahora, ¿será que el problema está en la
ley? ¿Será que Dios nos está exigiendo demasiado?
¡No! La ley es perfecta. Si todos viviéramos de acuerdo a la ley
de Dios, este mundo sería un paraíso. Si todos obedeciéramos la
ley de Dios, se acabarían la pobreza, el crimen y todos los
demás problemas sociales que enfrentamos. Esa ley se resume en
dos cosas: Amar a Dios, y amar al prójimo. Imagina cómo sería el
mundo si todos hiciéramos eso.
¡El problema no está en la ley! ¡El problema está en nosotros!
La ley nos dice que volemos, pero no nos da alas. La ley por sí
sola nos deja bajo la condena del pecado. ¿Cómo podemos
escaparnos de esa sentencia? Aquí está la respuesta: "por eso
Dios envió a su propio Hijo en condición semejante a nuestra
condición de pecadores, para que se ofreciera en sacrificio por
el pecado. Así condenó Dios el pecado en la naturaleza
humana..." (v.3, NVI).
Cristo, el Hijo de Dios, dejó el cielo para tomar nuestra carne,
completamente como nosotros pero sin pecado. Es por esto que
dice que su condición fue semejante a la nuestra; la única
diferencia es que El no nació con la inclinación hacia el pecado
que nosotros tenemos. Cuando El tomó nuestra carne, y en nuestra
carne humana venció el pecado, El ganó una victoria que nosotros
podemos compartir.
Llegó a ser como un soldado que se disfraza para infiltrar el
campamento del enemigo con el fin de liberar a los cautivos que
están encerrados allí. Jesús se hizo como nosotros para que
nosotros pudiéramos llegar a ser como El. Cuando Jesús venció el
pecado, el pecado llegó a ser el condenado, y no nosotros.
Esto significa que ya no estás condenado a servir la carne. Si
tú estás en Cristo, eres una nueva creación. Fíjate que la
Biblia nunca llama "pecadores" a los que están en Cristo Jesús.
Nos llama santos, hijos de Dios, sacerdotes reales y muchas
otras cosas - pero nunca "pecadores". Eso lo éramos antes de
conocer a Cristo, pero en Cristo, somos algo diferente.
Si tú pecas como creyente, entonces, ya no es porque estás bajo
el poder del pecado. Escúchame. Cristo te ha liberado. El ya
condenó el pecado en tu carne. Ya lo derrotó. Si tú elijes pecar
ahora, lo haces por gusto. El incrédulo que peca está actuando
de acuerdo a su naturaleza, que es una naturaleza pecadora. El
creyente que peca está actuando en contra de su naturaleza, que
es nueva.
Continuemos:
II. En Cristo, no estás condenado a la obsesión de la carne
Leamos otra vez los versos 5 al 8. Aquí nos está hablando de
nuestra mente, de lo que ocupa nuestros pensamientos. Nos dice
que, cuando estamos bajo el poder de la carne, nuestra mente
está obsesionada con los deseos de nuestra carne. Pensamos sólo
en esto.
No me refiero solamente a los deseos sexuales, aunque forman
parte. Me refiero a que nuestra mente está enfocada en lograr lo
que nosotros queremos, sin importarnos lo que Dios desea.
Estamos fijados en conseguir lo que queremos en este mundo, y
nos parece bien. Nos parece la cosa más natural del mundo.
Sin embargo, ¿cuál es el final de esta forma de pensar? Es la
muerte, es la enemistad con Dios, es una vida completamente
incapaz de agradar a Dios. La persona que tiene su mente fijada
en los deseos de la carne es como un caballo necio, que no
quiere ser domado. Soporta los golpes, los puñetazos y todo lo
demás - y se siente muy bien. Sin embargo, el destino de ese
caballo será una taquería - ¡y no como cliente!
Si tú vives pensando sólo en conseguir lo que tú quieres, estás
viviendo bajo el dominio de la carne. Posiblemente te sientas
bien, te parezca lo más normal, pero déjame asegurarte que tu
final no será bueno. A lo mejor ya te estás cansando de vivir
con la obsesión de ti mismo.
¡Hay libertad! En Cristo, puedes ser liberado para fijar tu
mente en lo que realmente importa, en los deseos del Espíritu
Santo. En Cristo, puedes aprender a amar lo que ama tu Creador.
Puedes aprender a caminar en libertad, en esperanza, en vida, en
paz. La verdadera felicidad sólo viene cuando, en Cristo, has
sido liberado de la obsesión contigo mismo.
Quiero que examines tu propio pensar por un momento. ¿En qué
piensas? ¿Qué ocupa tu mente la mayor parte del tiempo? ¿Podrías
decir que tienes una mentalidad dominada por tu carne, o has
llegado a tener una mente dominada por el Espíritu? En Cristo,
puedes encontrar la libertad para vivir con una mente
transformada. Es más,
III. En Cristo, no estás condenado a la muerte de la carne
Fíjate en lo que dicen los versos 9 al 11. Primeramente, vemos
que, si el Espíritu Santo no vive en ti, no eres de Cristo. No
existe creyente que no tenga la presencia del Espíritu Santo en
su vida. Eso significa que tú tienes, si eres creyente, el poder
que necesitas para vivir. Sólo te toca aprender a permitir que
el Espíritu obre en ti. Ese proceso de aprendizaje a veces es un
poco largo, pero más que vale la pena.
En segundo lugar, vemos que la presencia del Espíritu Santo en
nosotros es la garantía de nuestra vida eterna. Nuestro cuerpo
está muerto a causa del pecado. Esto significa que, aunque
hayamos aceptado a Cristo, nuestro cuerpo sigue envejeciendo, y
un día morirá.
Sin embargo, el Espíritu Santo que está presente en nosotros es
vida. Ese Espíritu, que es el Espíritu mismo de Dios, quien
levantó a Jesús de los muertos, garantiza que nosotros también
resucitaremos de los muertos para vivir por siempre con El.
Hay una gran ironía aquí. Si tú dominas tu carne en el poder de
Cristo, entonces tu carne vivirá por siempre transformada en la
presencia del Señor. En cambio, si tú dejas que tu carne te
domine, terminarás muerto. ¡Tú eliges!
Conclusión
Ahora dime: ¿estás bajo sentencia? Si no conoces a Cristo, lo
estás. Tu pecado te tiene dominado. ¡Libérate! Ven a Cristo para
encontrar su libertad, para compartir la victoria que El ganó en
la cruz sobre el pecado, para recibir su Espíritu que traerá
victoria.
Si tú eres cristiano, dime: ¿estás caminando en esa libertad que
es tuya? Veo a tantos cristianos que viven derrotados, teniendo
las armas para vivir en victoria. No te dejes vencer por el mal.
Más bien, reconoce que tu sentencia fue quitada, y ¡vive en
libertad!
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