
1810 – 25 de Mayo
- 2009
Proyecto de
liberación del dominio colonial español y de otras formas de subordinación a
los intereses de las grandes potencias que influían en el mundo.
PRINCIPIO 37°:TODO PROYECTO
NACIONAL ES GENERACIONAL.

Belgrano Artigas
Moreno San Martin Monteagudo Dorrego O´Higgins
Examinando la condición social de los
líderes revolucionarios, advertimos que
Belgrano era hijo de un comerciante de origen genovés que había
perdido su fortuna al ser procesado por un caso de corrupción en la Aduana 77 ;
Artigas era un jefe de gauchos que había roto lazos con la ciudad,
ex contrabandista indultado para ser capitán de Blandengues 78
Moreno provenía del hogar de un funcionario de hacienda,
medianamente ilustrado pero pobre de recursos;
San Martín era prácticamente un descastado, de
origen mestizo según testimonios de la tradición oral, y
Monteagudo era otro mestizo de cuna humilde que había
padecido impugnaciones por la condición de casta de su madre 79 ;
Dorrego provenía de una familia portuguesa, por ende sospechosos de
ser judíos conversos;
O´Higgins era hijo natural de un ex virrey y una campesina criolla,
que por ello no había podido ingresar al ejército en España.
Por un motivo u otro, ninguno de ellos
entraba en el canon de posesión de fortuna y “pureza de sangre” que constituían
los títulos de pertenencia a la aristocracia colonial y a los círculos de sus
pretendidos sucesores.
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PROYECTO NACIONAL
DE LA INDEPENDENCIA
1800-1850
PRIMERA PARTE
La conciencia de
la prioridad de la independencia, la liberación de la dominación externa, las
demandas por la emancipación y derechos de todas las clases sociales y la idea
de la revolución como modelo de cambio social. Como también el ejemplo de la
movilización de todos los sectores del pueblo por la causa común, la concepción
de la misión del Ejército como defensa de la patria, la solidaridad con los
países suramericanos del mismo origen, el federalismo como forma de
organización del Estado, el liderazgo de los movimientos populares y la figura
del gaucho como símbolo de la libertad y la rebeldía nacional .San Martín demuestra
de qué somos capaces los argentinos. El cruce de los Andes, como enseña
Cirigliano, fue en aquella época equivalente a lo que más tarde sería llegar a
la luna. El eje central, liberar liberando, marco el derrotero suramericano, de
solidaridad y de libertad que para ser tal debe ser compartida.

Por Hugo Chumbita
Introducción
Principio 7º: Todo proyecto
de país es metahistoria.
El proyecto nacional de la emancipación
confiere un sentido a la historia argentina en la primera mitad del siglo XIX.
Es el proyecto de liberación del dominio
colonial español y de otras formas de subordinación a los intereses de las
grandes potencias que influían en el mundo de aquel tiempo.
Implica la inauguración de un nuevo orden
político y una profunda transformación de la sociedad colonial, en la cual se
liberan las energías y las demandas del conjunto del pueblo.
Surge con la llamada generación de 1810, y
su expresión más nítida es el programa de los dirigentes que conciben y
conducen la guerra por la independencia. Aunque el enemigo frontal son los
realistas, existen otras acechanzas exteriores, que tienen su correlato en la
oposición interna que deben enfrentar los jefes revolucionarios.
El marco internacional en aquella época es
la difusión de los grandes cambios que imponían, a partir de sus centros en
Gran Bretaña y Francia, la revolución económica industrial y la revolución
política del liberalismo.
La declinación del Imperio español fincaba
en la imposibilidad de dar respuesta a esos desafíos.
La viabilidad del proyecto independentista
dependía de que los países sudamericanos pudieran desarrollar, en tal contexto,
las bases políticas, económicas y sociales de su autodeterminación, como habían
comenzado a hacerlo las ex colonias norteamericanas.
Pero la estrategia del ascendente Imperio
Británico, y en general las ambiciones de las potencias europeas, conspiraban
contra la plena independencia de estas nuevas repúblicas, a las que trataron de
controlar e incorporar a su radio de influencia por vía del comercio, la
diplomacia, e incluso la agresión armada, practicando viejas y nuevas formas de
colonialismo.
Un sector importante de la elite, afirmado
en los negocios del puerto de Buenos Aires, va a inclinarse a favorecer esa
estrategia y tendrá su expresión en los planes del círculo rivadaviano para
implantar en nuestro país el modelo de la sociedad europea.
En la década de 1820, el proyecto de la
emancipación logra imponerse por las armas en la guerra contra España, pero la
construcción del Estado republicano tropieza con graves contradicciones
políticas y regionales.
En las provincias del Plata, el conflicto
entre unitarios y federales representa la exacerbación de las luchas internas de
la década anterior, que se plantea entonces entre el partido de la elite y los
caudillos provinciales formados en las filas de los ejércitos patriotas.
Las contiendas civiles llegan a un punto
de ruptura, que conlleva el riesgo de la disgregación territorial, y de ese
conflicto emerge como solución la dictadura de Rosas, que si bien proscribe a
los unitarios, en otros órdenes propone una transacción de las tendencias en
pugna. Frente a una oposición que se convertía en aliada de las potencias
imperialistas, aquel gobierno mantuvo una política económica independiente y
defendió la integridad del país contra los ataques externos.
En la primera parte del trabajo
consideramos el período revolucionario de la independencia, de 1806 a 1820, que va desde la movilización que suscitan las invasiones inglesas hasta la disolución
del gobierno nacional del Directorio.
En la segunda parte tratamos el
período de 1820 a 1835, que podemos ver como una etapa de transición, en la
cual se constituyen las provincias, se despliega el programa unitario y el
proyecto independentista encuentra sus continuadores dentro del movimiento
federal.
En la tercera parte analizamos el
período que comienza en 1835 con la consolidación del régimen rosista, que en
algunos aspectos centrales asume la defensa del proyecto nacional de la
independencia, hasta su caída en 1852.
_____________________________

Presentan

14 siglos de
Historia, 7 Proyectos de país. ¡Vamos por el 8º!
Este trabajo
de Investigación realizado Hugo Chumbita - junto a los investigadores
que han tenido a su cargo esta etapa del Proyecto Umbral que son Jorge
Bolívar, Armando Poratti, Mario Casalla, Oscar Castellucci,
Catalina Pantuso y Francisco Pestanha- inspirados en el saber, en
el pensamiento situado y en la propuesta metodológica del maestro Profesor
Gustavo Cirigliano, ha sido llevado cabo con el auspicio del Sindicato
Argentino de Docentes Privados SADOP, el Sindicato Único de Trabajadores
de Edificio de Renta y Horizontal SUTERH, el Instituto para el Modelo
Argentino IMA y en Centro de Estudios para la Patria Grande SEPAG bajo la coordinación político académica de Horacio
Ghilini, Víctor Santa María, Daniel Di Bártolo y José Luis Di Lorenzo..
La secuencia de
Proyectos de País que se aborda:
1. Proyecto de los
habitantes de la tierra (600-1536). por Fco. José Pestanha.
2. La Argentina hispana o colonial (1536-1800), que aborda Mario Casalla.
3. Las Misiones
Jesuíticas (1605-1768), a cargo de Catalina Pantuso.
4. Independentista (1800-1850),
investigación a cargo de Hugo Chumbita.
5. El Proyecto del 80
(1850-1976), a cargo de Jorge Bolívar.
6. El Proyecto de la Justicia Social (1945-1976), por Oscar Castellucci
7. El Proyecto de la
sumisión incondicionada al Norte imperial y globalizador (1976 – 2001…)
por Armando Poratti.
______________
PRIMERA PARTE
REVOLUCIÓN Y
GUERRA POR LA INDEPENDENCIA
( 1 8 0 6 -1
8 2 0 )
Principio 22°: Todo proyecto nacional tiene un
comienzo y un cierre en vinculación con su viabilidad dentro del marco mundial.
En la primera etapa que consideramos,
desde la resistencia a las invasiones inglesas en el Río de la Plata en 1806 y 1807, hasta la disolución del Directorio de las Provincias Unidas en 1820, la
lucha por la independencia se superpone con la guerra.
Según veremos, los patriotas más decididos
impulsan la movilización política y militar de todo el pueblo, y sus propuestas
revolucionarias chocan en el frente interno con las actitudes más conservadoras
o reformistas provenientes de algunos círculos
de la elite, que debilitan los avances de
la revolución sin llegar a frenarla.
El proyecto del país independiente era
factible en el contexto de la revolución burguesa mundial.
Las consecuencias de aquellas convulsiones
en Europa le ofrecieron la oportunidad inicial, con la crisis de la corona
española.
Pero a la vez, ese mismo proceso impulsaba
el ascenso del Imperio británico, cuyas miras ya estaban puestas en extender su
dominación en el continente sudamericano.
Inspirados en las ideas del liberalismo
europeo y español y en sus corolarios constitucionalistas, los patriotas
concebían fundar una nación de personas libres e iguales. He ahí el argumento y
la voluntad del proyecto; aún faltaba organizar una infraestructura económica
que la sustentara.
En cuanto a la forma de gobierno, la
“soberanía del pueblo” invocada por los criollos exigía tranformar la sociedad
jerárquica y desigual heredada de la colonia, donde los derechos estaban
restringidos a una minoría bajo el absolutismo realista.
Preparar a los nuevos ciudadanos para
ejercer esos derechos se revelará como una tarea difícil de realizar de un día
para otro.
Distinguimos tres vertientes del proyecto
que, por encima de sus diferencias, comparten una orientación revolucionaria,
americanista e integradora: la acción de los jacobinos porteños, de los
federales de Artigas y de las logias lautarinas de San Martín.
A estas líneas se oponen, dentro del
incipiente proyecto independentista, las posiciones de raíz elitista y
europeizante que prevalecen en el Primer Triunvirato y en el Directorio.
Partimos entonces de una indagación de las
propuestas explícitas de los revolucionarios, confrontadas con las de sus
opositores. En la resolución de tales contradicciones se dirime el rumbo del
país.
En esta fase inicial, el proyecto
independentista logra triunfos decisivos en la guerra contra los españoles,
pero pierde a sus principales conductores, víctimas de las disensiones que
conspiran contra el desarrollo de la revolución.
La Generación Revolucionaria de 1810
Principio 37°:Todo proyecto
nacional es generacional.
Dentro de la generación de 1810, los
principales dirigentes que impulsaron la revolución, condujeron la guerra por
la independencia y plantearon cambios políticos sustanciales, fueron Belgrano,
Moreno, Castelli, Artigas y San Martín.
En los grupos que encabezaron –los
“jacobinos”, los federales y las logias “lautarinas”– se formaron numerosos
militantes,y muchos otros compatriotas sudamericanos compartieron la misma
causa, ya que el proyecto de la emancipación era esencialmente una empresa de
dimensión continental.
En el primer nucleamiento patriota, que
vemos movilizarse ya en 1806, aparecen Juan José Castelli, Hipólito Vieytes y
los hermanos Saturnino y Nicolás Rodríguez Peña, relacionándose con Belgrano y
Moreno.
En 1811, Artigas se convirtió en el
conductor de otro polo revolucionario, que desde la Banda Oriental extendió su influjo a las demás provincias y tuvo incluso partidarios en
Buenos Aires.
En 1812 se constituyó la Logia Lautaro, a la cual se plegaron algunos morenistas, como Bernardo de Monteagudo, y se
dividió luego por la ruptura entre Alvear y San Martín.
En estos tres grupos revolucionarios
encontramos afinidades, acuerdos y disidencias, pero sobre todo respuestas
concordantes a las cuestiones nodales acerca de la lucha por la independencia y
la nueva sociedad que proyectaban.
Los “jacobinos” porteños Si bien el
calificativo de “jacobinos” es discutible, es usual caracterizar así al núcleo porteño
que adhería a las ideas de Rousseau, los más radicales en el seno del primer gobierno
patriota, que además propugnaron, como los jacobinos franceses, la aplicación de
medidas drásticas contra los enemigos de la Revolución.
Las Memorias del general Enrique Martínez
testimonian que el grupo de Castelli, Vieytes y los Rodríguez Peña era una
sociedad masónica . Estas logias, a las cuales ingresaban incluso sacerdotes,
no estaban reñidas con el catolicismo, aunque sí se oponían al absolutismo
político y religioso, difundiendo el espíritu universalista y filantrópico
propio del liberalismo burgués ilustrado de ese
tiempo.
La finalidad básica de las logias
“rituales” era la ilustración de sus miembros en esos principios, pero resulta
evidente que se constituyeron asimismo logias “operativas” con propósitos
políticos más definidos, como fue el caso de las sociedades secretas
hispanoamericanas .
Los vínculos establecidos a través de la
masonería explicarían la actitud del grupo de Vieytes y Castelli y los
Rodríguez Peña en la época de las invasiones inglesas, en sintonía con los
planes que instaba el venezolano Miranda, cuando se discutía la posibilidad y
el alcance de la intervención de Gran Bretaña en Sudamérica: algunos políticos
y militares ingleses planeaban establecer una especie de colonia, protectorado o
base de negocios en el Río de la Plata, y los criollos pretendían que esa
ingerencia se limitara a ayudarles a independizarse.
Ver Gandía, 1
961
Corbiere, 1
998: cap. XI y XIII
La invasión de 1806 defraudó tales
expectativas, pues los ocupantes exigieron acatar la corona británica y se
comportaron como conquistadores, practicando confiscaciones y otorgando la
“libertad de comercio” sólo con Inglaterra.
Tras la reconquista de Buenos Aires, la
fuga de Beresford, organizada por Saturnino Rodríguez Peña, se habría tramado
según las reglas de solidaridad entre masones, buscando que abogara para
rectificar la política de su gobierno.
Tras el fracaso de aquellas gestiones, en
el grupo porteño ganó adeptos el proyecto de traer de Rio de Janeiro a la
princesa Carlota, hermana de Fernando VII, para lograr la independencia bajo la
cobertura de su reinado.
La Logia Independencia, que se habría organizado en 1810 presidida por el joven Julián
Álvarez, se cree fue un precedente de la formación de la Logia Lautaro en Buenos Aires.
Álvarez era un teólogo y jurista que dejó
los hábitos para sumarse a la revolución; estuvo cerca de Moreno, participó de
las reuniones del café de Marco y de la Sociedad Patriótica y colaboró luego con la campaña de San Martín.
Como redactor de La Gaceta contribuyó a una prédica democrática y, siguiendo las ideas de Rousseau que recusaban
la delegación de la soberanía en los representantes, propuso encauzar la participación
popular mediante asambleas periódicas, articuladas incluso con reuniones asamblearias
de los habitantes de la campaña: “Cuando se ha aceptado un ‘sistema popular’,
nadie puede prohibirle al pueblo que se reúna en cabildos abiertos” .
Belgrano puede ser incluido en este grupo
por su formación intelectual y sus coincidencias con Castelli y Moreno. Aunque
sus reflexiones y sus actitudes políticas traducen en general un pensamiento
menos “jacobino”, como jefe militar no dejó de aplicar medidas de extremo rigor
en circunstancias críticas.
Castelli, Saturnino Rodríguez Peña,
Moreno, Monteagudo y Álvarez habían estudiado leyes en la Universidad de Charcas, cuando aún estaban frescas las impresiones de la insurrección de
Túpac Amaru de 1780 y la trágica represión posterior: allí, donde eran más
visibles las injusticias y las contradicciones del régimen colonial, fue donde
estallaron los primeros alzamientos patriotas en 1809.
El Plan de Operaciones de la Primera Junta, que por iniciativa de Belgrano se encomendó redactar a Moreno − un
documento revelador, del que se hallaron copias en archivos de diferentes
países y es reconocido como auténtico por la generalidad de los
historiadores− condensa el proyecto revolucionario jacobino.
En él se recomiendan castigos ejemplares
contra los enemigos, utilizar todos los medios a favor de la revolución,
sancionar la libertad e igualdad de las castas, suprimiendo las
discriminaciones por el color de la piel, abolir la esclavitud, incorporar las
masas campesinas a la revolución y organizar la economía nacional bajo control
estatal.
El Plan preveía sublevar la campaña de la Banda Oriental contra el bastión realista de Montevideo y ganar para la causa al capitán José
Artigas, a sus hermanos, primos y otros individuos de acción, de gran
ascendiente en las zonas rurales.
Esta parte del Plan debió ser inspirada
por Belgrano, quien conocía la región por la estancia que tenía allí su
familia. Aunque los términos con que se califica a los jefes gauchos trasuntan cierta
desconfianza hacia quienes – como el mismo Artigas – habían participado en
actividades clandestinas del contrabando de ganado al Brasil, queda claro que
se les asignaba un papel primordial en las operaciones .
Ver Binayán,
1 960: 12 4 y ss.
Artigas fue efectivamente atraído a la
causa y se puso al frente de la insurrección, con su ejército de montoneras y
con la estrecha colaboración de los indios. Incluso tentó la posibilidad de
extender la revolución al sur del Brasil, según contemplaba el Plan.
Conduciendo el Ejército del Norte,
Castelli actuó en consecuencia con las instrucciones que llevaba de “conquistar
la voluntad de los indios” , a los que la Junta liberaba de los antiguos tributos y reconocía la dignidad de ciudadanos.
En el acto de las ruinas de Tiahuanaco,
convocado el 25 de mayo de 1811, se leyeron los decretos que ponían un plazo
perentorio para cortar los abusos contra los indígenas, repartir tierras, dotar
de escuelas a sus pueblos, eximirlos de cargas e imposiciones y asegurar la
elección de los caciques por las comunidades.
Monteagudo, redactor de aquellas
resoluciones y militante del grupo morenista que integró luego la Logia Lautaro, al declarar en el juicio contra Castelli por la campaña del Alto Perú, no
vaciló en declarar que ellos combatían la dominación española luchando por “el
sistema de igualdad e independencia” .
Los federales
artiguistas
El programa republicano radical de Artigas
– entroncando con el movimiento de los llamados “tupamaros” orientales, que
invocaban el ejemplo de Túpac Amaru– era una original combinación de las
costumbres de las pampas con las lecturas de Rousseau: el orgullo de hombres
libres de los gauchos resultaba congruente con la orientación democrática de la Revolución.
El caudillo recogía las aspiraciones del
campesinado en armonía con las doctrinas liberales igualitarias, reclamando
fundar
el poder político en los derechos de
representación de los hombres y de las regiones, todos en pie de igualdad.
Los diputados orientales a la Asamblea del Año XIII postulaban para las Provincias Unidas la forma de gobierno republicana
y confederal.
Artigas contó con el asesoramiento de su
sobrino y secretario, el cura José Monterroso, que conocía las doctrinas
políticas de Thomas Paine y el sistema federal norteamericano.
Asimismo, los artiguistas proyectaron una
constitución democrática para la Provincia Oriental, inspirada en la carta de 1780 del estado de Massachusetts.
El primer artículo declaraba los derechos
esenciales e inajenables de las personas por los que el gobierno debía velar, y
se establecía que el pueblo “tiene derecho a alterar el gobierno, para tomar
las medidas necesarias a su seguridad, prosperidad y felicidad”.
Otras cláusulas establecían la educación
pública universal como responsabilidad del Estado y obligación de los padres,
para difundir la enseñanza de los derechos del hombre y el pacto social. Se
garantizaba incluso a los ciudadanos el acceso a una recta
justicia y la elección de funcionarios de
gobierno que sean “unos sustitutos y agentes suyos”, porque el poder reside en
el pueblo .
Estos principios se proyectaron en las
acciones de gobierno que impulsó Artigas, y en particular en su plan agrario.
Ver
Chumbita, 2 000: cap. 2 .
Ver
Chaves, 1 944: 22 4.
Chaves, 1
944: 251 y ss.
Ver Echagüe,
1 950: 49-50.
Ver
Ravignani, 1 929.
Las comunicaciones con el Cabildo de
Montevideo, que representaba a los propietarios, reflejan su firme pero
prudente relacióncon
la elite, así como las reticencias de ésta
ante las medidas más radicales.
Dada la necesidad de repoblar y poner en
producción los campos asolados por la guerra, y ante las vacilaciones del
Cabildo,
Artigas dictó personalmente el Reglamento de
Tierras de 1815.
Antes había otorgado posesiones a sus
partidarios y ocupado campos de los adversarios de la revolución, pero ahora se
trataba
de un nuevo orden rural, para recuperar la
ganadería, poblar y distribuir la propiedad.
Las tierras no ocupadas y las confiscadas a
“los malos europeos y peores americanos” debían repartirse en suertes de
estancia a los solicitantes, con carácter de donación, dando preferencia a los
libertos, zambos, indios y criollos pobres.
El Directorio había llegado a dictar un
decreto que infamaba a Artigas como bandolero y ponía precio a su cabeza. Sin
embargo, el Congreso de Oriente, reunido en junio de 1815, lo ratificó como
“Protector de los Pueblos Libres” de cinco provincias disidentes: la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y Córdoba.
Reiteradamente los gobernantes de Buenos
Aires le ofrecieron un arreglo sobre la base de la independencia de la Banda Oriental,
que él rechazó, manteniendo su proyecto de
confederación.
El general José María Paz se preguntaba en
sus Memorias por las causas del éxito de las guerrillas artiguistas
frente a los ejércitos regulares. Aunque ciertas tácticas montoneras eran un
factor no desdeñable, lo decisivo era “el ardiente entusiasmo que animaba a los
montoneros” que se batían con fanatismo y a menudo preferían morir antes que
rendirse.
En la raíz de este fervor, Paz no dejó de
señalar “el espíritu de democracia que se agitaba en todas partes. Era un
ejemplo muy seductor ver a esos gauchos de la Banda Oriental, Entre Ríos y Santa Fe dando la ley a las otras clases de la sociedad, para
que no deseasen imitarlo los gauchos de las otras provincias”.
Si la agitación que cundía no era
genuinamente democrática, “deberían culpar al estado de nuestra sociedad, porque
no podrá negarse que era la masa de la población la que reclamaba el cambio.
Para ello debe advertirse que esa
resistencia, esas tendencias, esa guerra, no eran el efecto de un momento de
falso entusiasmo
[...] era una convicción errónea, si se
quiere, pero profunda y arraigada”.
Si bien Paz seguramente exagera, no cabe
duda que el movimiento artiguista tenía fuertes componentes de democracia
directa, con algunas expresiones asamblearias y prácticas que ejercitaban el
poder popular armado.
En aquellos años surgían en Entre Ríos y
en Santa Fe dos jóvenes caudillos que tomaron el poder y alinearon sus
provincias tras el programa federal de Artigas: Francisco “Pancho” Ramírez y
Estanislao López.
En Corrientes, los artiguistas se
afirmaron con el concurso de jefes populares como el capitán “indio” Blas
Basualdo, ocupando la gobernación don José de Silva y un oficial de las milicias
rurales, Juan Bautista Méndez.
En Córdoba prevaleció durante un tiempo la
fracción política artiguista conducida por los hermanos Juan Pablo Bulnes y
Eduardo Pérez Bulnes y el abogado José Antonio Cabrera.
El comandante Andresito Guacurarí, ahijado
de Artigas, encabezó la lucha de los guaraníes para establecer una provincia
autónoma en la región misionera.
El cuestionamiento de Artigas al
centralismo porteño determinó que el Directorio consintiera la invasión
portuguesa a la Banda Oriental para eliminarlo, y uno de los que levantaron su
voz contra esa maniobra fue el joven oficial Manuel Dorrego, condenado por ello
al destierro.
José María Paz, Memorias,1954, cap.
IX y X.
Los lautarinos
Los planes revolucionarios de San Martín
se basaron en las logias lautarinas, en las que participaron activamente Tomás
Guido, Bernardo de O’Higgins, Monteagudo y otros colaboradores del Ejército de
los Andes.
Pese a la reserva que mantuvieron sus miembros,
existen evidencias del papel que jugaron estas asociaciones.
El nombre Lautaro concuerda con los gestos
indigenistas de San Martín, una constante en su trayectoria que le llevó a
coincidir con Belgrano y otros patriotas en la propuesta de la monarquía
incaica.
San Martín se había incorporado en Cádiz a
la logia de los Caballeros Racionales, presidida por Carlos de Alvear. La red
de la Gran Reunión Americana, promovida en Europa por Francisco de Miranda con
la colaboración de Simón Bolívar, previó la acción coordinada de los patriotas
que se dirigieron a las ciudades más importantes de Sud América para impulsar
la revolución, y San Martín retornó vía Londres a Buenos Aires, en 1812, como
parte de esos planes.
La inicial Logia Lautaro, así como las ulteriores logias
lautarinas fundadas por San Martín en Buenos Aires, Santiago de Chile y Lima,
constituyeron una especie de partido secreto en el que se discutían las
alternativas políticas y las decisiones estratégicas.
La Asamblea del año XIII fue controlada políticamente por la Logia Lautaro, en el momento en que comenzaba a escindirse en alvearistas y sanmartinianos.
Aunque en su seno hubo contradicciones, como el rechazo de los diputados de
Artigas, la Asamblea reafirmó el proyecto de la emancipación, declaró los
derechos de igualdad ciudadana y dictó la libertad de vientres para terminar
progresivamente con la esclavitud.
La constitución de la Logia Lautaro de Chile 10, que debió ser análoga a la de Buenos Aires, ilustra sobre los
principios orgánicos de estas sociedades. La logia matriz se componía de un número
determinado de “caballeros americanos”, no podía ser admitido ningún español ni
extranjero, y sólo un eclesiástico, el “de más importancia por su influjo y
relaciones”.
Los miembros que ocuparan funciones
políticas o militares podían ser facultados para crear sociedades subalternas
en otras localidades.
Todos quedaban obligados a “sostener, a
riesgo de la vida, las determinaciones de la Logia” y mantener el secreto de la existencia de la misma bajo pena de muerte.
El rol político de la Logia aparecía claramente estipulado en el artículo 9°: “Siempre que alguno de los hermanos
sea elegido para el Supremo gobierno, no podrá deliberar cosa alguna de grave
importancia sin haber consultado el parecer de la Logia, a no ser que la urgencia del negocio demande pronta providencia, en cuyo caso, después
de su resolución, dará cuenta en primera junta”. También se prescribía que el
hermano en funciones dirigentes “deberá consultar y respetar la opinión pública
de todas las provincias”, reiterándose en varias disposiciones esta idea de
gobernar conforme a la opinión pública.
San Martín se concentró en organizar la
guerra, concibiendo y realizando el papel libertador del ejército. No obstante,
contra la visión de Mitre, que enaltecía su 10 obra militar descalificando sus
aptitudes políticas, podemos ver –especialmente en la gobernación de Mendoza y
el Protectorado en Lima– su inteligencia como gobernante y estadista.
Publicada por
Vicuña Mackenna en El ostracismo de O’Higgins; Obras completas, 1 938.
San Martín promovió y aplaudió la lucha de
Güemes al frente de sus gauchos en el norte, y no podía menos que apreciar la
contribución de Artigas a la causa independentista en la Banda Oriental. Aunque discrepaba con la propuesta federalista, se
negó a combatir a los federales cuando fue
llamado para ello por el Directorio.
La correspondencia de San Martín con Guido
entre noviembre y diciembre de 1816 revela su confianza inicial en la
resistencia artiguista frente a la invasión de los portugueses al territorio
oriental: “yo opino que Artigas los frega completamente”; asimismo, creyó
inevitable entrar en la guerra: “veo también que cuasi es necesaria”; pero
luego se resignó a la ocupación portuguesa: “no es la mejor vecindad, pero
hablándole a V. con franqueza la prefiero a la de Artigas: aquéllos no introducirán el desorden y anarquía, y éste si la cosa no se corta lo
verificará en nuestra campaña”11 .
A pesar de esta opinión, San Martín
promovió una mediación del gobierno chileno entre el Directorio y los caudillos
del litoral, y escribió personalmente a Artigas para que aceptara una tregua:
“paisano mío, hagamos una transacción a los males presentes; unámonos contra
los maturrangos, bajo las bases que usted crea y el gobierno de Buenos Aires
más convenientes, y después que no tengamos enemigos exteriores, sigamos la
contienda con las armas en la mano”12 . Pero el intento se frustró al ser
terminantemente desautorizado por Pueyrredón.
Cuando se produjo la caída del Directorio,
preocupado por el peligro de disgregación del país, San Martín dirigió una
“Proclama a los habitantes de las Provincias Unidas”, fechada en Valparaíso el
22 de julio de 1820, donde explicaba su oposición al federalismo:
"Diez
años de constantes sacrificios sirven hoy de trofeo a la anarquía; la gloria de
haberlos hecho es mi pesar actual cuando se considera su poco fruto. (...) El
genio del mal os ha inspirado el delirio de la federación. (...) Pensar
en establecer el gobierno
federativo en
un país casi desierto, lleno de celos y de antipatías locales, escaso de saber
y de experiencia en los negocios públicos, desprovisto de rentas para hacer
frente a los gastos del gobierno general fuera de los que demande la lista
civil de cada estado, es un plan cuyos peligros no permiten infatuarse ni aún
con el placer efímero que causan siempre las ilusiones de la novedad."
Si es evidente que estas palabras tenían
por destinatarios a los federales, en un párrafo posterior se dirigía a los
hombres de Buenos Aires, defendiendo su negativa a usar las armas contra
aquéllos:
11 Pasquali,
2 000: 7 4, 77 , 80.
12 Orsi, 1
991: 3 4-35 .
"Compatriotas:
yo os dejo con el profundo sentimiento que causa la perspectiva de vuestra
desgracia; vosotros me habéis acriminado aún de no haber contribuido a
aumentarla, porque éste habría sido el resultado si yo hubiese tomado una parte
activa en la
guerra contra los federalistas: mi ejército era el único que conservaba su
moral y me exponía a perderla abriendo una campaña en que el ejemplo de la
licencia armase mis tropas contra el orden. En tal caso era preciso renunciar a
la empresa de libertar al Perú y suponiendo que la suerte de las armas me
hubiera sido favorable en la guerra civil, yo habría tenido que llorar la
victoria con los mismos vencidos. No, el general San Martín jamás derramará la
sangre de sus compatriotas y sólo desenvainará la espada contra los enemigos de
la independencia de Sudamérica."
Las contradicciones internas desgarraban
el proceso de la revolución, y San Martín se negaba a intervenir en luchas
partidarias. En las provincias, como en Buenos Aires, las facciones disputaban
el poder por la fuerza y la investidura de los gobernantes no lograba hacerse
respetar.
El gobierno nacional del Directorio había
sido disuelto, víctima de sus extravíos.
Artigas también había sido derrotado por
su empecinamiento. San Martín, revolucionario pero hombre de orden, se alarmaba
por las consecuencias disruptoras de la causa en la que se hallaba
comprometido. No era el único en inquietarse ante los desbordes de la
revolución.
El joven Monteagudo fue evolucionando
desde su inicial democratismo ultra rousseauniano, junto a los morenistas de la Sociedad Patriótica, hacia una actitud moderada, cuando acompañó el Directorio de Alvear; y
luego, incorporado al grupo lautarino, adoptó posiciones coincidentes con las
de San Martín, colaborando en la experiencia chilena y en el Protectorado
peruano.
En la Memoria de 1823 “Sobre los principios que seguí en mi administración del Perú” explica esa transición, desde que
abrazara
“con fanatismo” el sistema democrático,
hasta que ya en Chile se pudo considerar recuperado de “esa especie de fiebre
mental, que casi todos hemos padecido”.
En su opinión, “el furor democrático, y
algunas veces la adhesión al sistema federal” habían sido para los pueblos de
América una funesta caja de sorpresas13 .
Monteagudo reconocía haber actuado
severamente en Lima para desterrar a los españoles y haber seguido el principio
de “restringir las ideas democráticas”, justificando esta actitud con
penetrantes observaciones acerca de la sociedad peruana, donde creía que las
diferencias sociales y la aversión entre las castas eran incompatibles con la democracia
y la forma federal. Concluía esta Memoria llamando a los dirigentes del Perú a
practicar las máximas en que se resumía la experiencia de la revolución:
“energía en la guerra y sobriedad en los principios liberales”14 .
Como San Martín y Belgrano, Monteagudo,
después de sus tropiezos con la realidad, descreía de la viabilidad de la
república y del federalismo en aquellas circunstancias. Este era probablemente
un estado de opinión que se generalizó hacia el fin de la década revolucionaria
entre los dirigentes patriotas, abriendo camino a las posiciones autoritarias y
centralistas que prevalecerían en la siguiente etapa.
13
Monteagudo, 2 006: 1 08-109.
14
Monteagudo, 2 006: 11 0-11 4.
Proyecto de la Emancipación
Principio 3° : Todo proyecto nacional es
estructurante y totalizador.
El proyecto revolucionario se puede
resumir en el concepto de emancipación, con el doble significado que adquiría
este vocablo: liberarse del sometimiento a la metrópoli y de las formas de
opresión inherentes a la sociedad colonial.
Los revolucionarios respondían así a los
problemas que enfrentaban con una visión integradora: el propósito de
liberación adquiría una dimensión a la vez política y social, y el “patriotismo
americano” se definía en una perspectiva geográfica continental, con fuertes
connotaciones indigenistas.
En el marco de estos grandes objetivos, se
contemplaba la organización del nuevo Estado según los principios de la
revolución burguesa mundial, basada en las teorías del pacto social y del
constitucionalismo liberal.
Contra lo que afirma la historiografía
tradicional, la influencia del liberalismo económico fue menor entre los
patriotas revolucionarios, y en todo caso sus principios debían subordinarse a
la necesidad de construir una economía que fuera el sustento
de la autodeterminación nacional.
El enemigo
externo
Principio 7°: Cada proyecto
nacional determina −decide− a quién hay que considerar como
enemigo.
Para los patriotas revolucionarios la
lucha independentista era ante todo el rechazo al sometimiento colonial. Pero
como lo advirtieron en el Congreso de Tucumán de 1816 los diputados de Córdoba,
de influencia artiguista, no sólo se trataba de la independencia de la corona y
de la metrópoli española, sino también “de toda otra potencia extranjera”,
según se sancionó expresamente en una significativa adición.
A esa fecha estaba claro ya que la plena
emancipación resultaba incompatible con otras formas de tutelaje de las
potencias europeas que codiciaban estos territorios.
La construcción de un nuevo Estado
independiente requería enfrentar tales acechanzas. Es importante advertir aquí
que el iberalismo de la época –tanto en los modelos que brindaba la política
europea como en la práctica de los patriotas americanos–
se asociaba estrechamente con el
nacionalismo, fundado en el axioma de las soberanías estatales.
Los criollos revolucionarios tenían
fuertes expectativas sobre la ayuda que podía prestar Gran Bretaña a la causa
independentista, y por diversas vías solicitaron su auspicio.
Claro que, después de las invasiones de
1806 y 1807, no podían engañarse respecto a las propensiones colonialistas de
los ingleses; y como lo demostró la resistencia a aquellos intentos, no estaban
dispuestos a aceptar una mera mudanza de coloniaje.
Belgrano cuenta en sus memorias habérselo
manifestado así a un prisionero inglés, el brigadier Crawford: “nosotros
queríamos el amo viejo o ninguno”; agregando, con respecto a la posible y
futura independencia de las colonias españolas, por qué ésta no podía sujetarse
a la tutela inglesa: “aunque ella se realizase bajo la protección de la Inglaterra, ésta nos abandonaría si se ofrecía un partido ventajoso a Europa, y entonces
vendríamos a caer bajo la espada española; no habiendo una nación que no
aspirase a su interés, sin que le diese cuidado de los males de las otras”15 .
Acerca de las ambiciones de los
británicos, Belgrano le escribía a Moreno el 27 de octubre de 1810: “esté Vd.
siempre sobre sus estribos con todos ellos, quieren puntitos en el Rio de la Plata, y no hay que ceder ni un palmo de grado”16 .
En el Plan de Operaciones es
evidente que las recomendaciones de efectuar diversas concesiones a Inglaterra
se formulaban con plena conciencia de que la política exterior de aquel país se
guiaba ante todo por los intereses mercantiles: “Nuestra conducta con
Inglaterra, y Portugal, debe ser benéfica, debemos proteger su comercio, aminorarles
los derechos, tolerarlos, y preferirlos aunque suframos algunas extorsiones”
El nacionalismo defensivo de los patriotas
aparece inequívocamente en un artículo periodístico de Mariano Moreno:
"Los
pueblos deben estar siempre atentos a la conservación de sus intereses y
derechos; y no deben fiar sino de sí mismos. El extranjero no viene a nuestro
país a trabajar en nuestro bien, sino a sacar cuantas ventajas pueda
proporcionarse. Recibámoslo
en hora buena,
aprendamos las mejoras de su civilización, aceptemos las obras de su industria
y franqueémosle los frutos que la naturaleza nos reparte a manos llenos; pero
miremos sus consejos con la mayor reserva, y no incurramos en el error de
aquellos pueblos inocentes que se dejaron envolver en cadenas en medio del
embelesamiento que les habían producido los chiches y abalorios" 18 .
En cuanto a San Martín, no obstante su
admiración por las instituciones europeas y las amistades que cultivaba con los
británicos, su categórica oposición a las intervenciones anglofrancesas en el
Río de la Plata en la época de Rosas demuestran cuáles eran sus ideas al
respecto.
Por encima de las especulaciones tácticas,
para los revolucionarios la emancipación debía ser completa.
Claro que el independentismo radical tropezaría
con fuertes presiones externas, con los partidarios de soluciones negociadas y
los grupos locales interesados en estrechar lazos políticos, comerciales y
financieros con las metrópolis industriales de Europa, por lo que la lucha
emancipadora estaba lejos de alcanzar sus objetivos.
15 Belgrano,
1 966: 33 .
16 Levene, 1
949.
17 Moreno, 1
961: 2 91.
18 Gaceta
de Buenos Aires, 2 0 de septiembre 1 810.
La nueva
legitimidad
Principio 28°: Cada proyecto nacional implica una
inevitable ruptura con el proyecto nacional anterior, originando una nueva
legitimidad.
Los dirigentes de la revolución entendían
a ésta como la creación de una nueva legitimidad constitucional que asegurara
los derechos ciudadanos.
El prólogo de Moreno al Contrato Social
19 enunciaba el propósito de dictar una constitución que restituyera los
derechos usurpados a los americanos por los conquistadores: “La gloriosa
instalación del gobierno provisorio de Buenos Aires ha producido tan feliz
revolución en las ideas, que agitados los ánimos de un entusiasmo capaz de las
mayores empresas, aspiran a una constitución juiciosa y duradera que restituya
al pueblo sus derechos, poniéndolos al abrigo de nuevas usurpaciones”.
Moreno advertía que los nuevos principios
no debían quedar “reservados a diez o doce literatos”, y la difusión del libro
de Rousseau perseguía un objetivo trascendente:
"El
ciudadano conocerá lo que debe al magistrado, quien aprenderá igualmente lo que
puede exigirse de él; todas las clases, todas las edades, todas las condiciones
participarán del gran beneficio que trajo a la tierra este libro inmortal, que
ha debido
producir a su
autor el justo título de legislador de las naciones. Las que lo consulten y
estudien no serán despojadas fácilmente de sus derechos".
Se ha debatido en la historiografía en qué
medida la revolución de 1810 era parte del proyecto de la revolución liberal
española, y si fue más importante o más directa la influencia de Rousseau que la de Suárez u otros precursores del liberalismo en España.
Lo que parece claro es que las
formulaciones contractualistas de cepa hispana no eran tan liberales ni
democráticas como han querido ver algunos historiadores.
Por de pronto, la teoría del origen
pactado del poder admitía muy diversas interpretaciones: siguiendo a Hobbes
podía ser la justificación de la monarquía absolutista; según Locke adquiría un
sentido liberal, fundando los derechos naturales de los individuos; y con
Rousseau llegaba a ser una propuesta más radicalmente democrática.
Un ejemplo de las “ambigüedades infinitas”
a que podía dar lugar la noción del pactum societatis es el caso del
deán Funes, quien en su Biografía se jactaba de haberse adelantado a
“poner la primera piedra de la revolución” al reconocer la existencia del
contrato social –en su oración fúnebre a la memoria de Carlos III, en 1790–, siendo
que tal invocación no era entonces sino un modo de ensalzar el sometimiento al
poder del monarca.20
El análisis de Halperín Donghi sobre la
tradición del pensamiento político español en relación con las ideas de la Revolución de Mayo, señala las limitaciones del contractualismo y del constitucionalismo en
las teorizaciones de Francisco de Vitoria, el padre Francisco Suárez y Gaspar
de Jovellanos, ligadas a distintas fases de la evolución de la monarquía en la
península, y demasiado reticentes sus autores a extraer de ellas una concepción
amplia de los derechos de los súbditos, como para que puedan ser consideradas
fuentes ideológicas de los patriotas americanos.
19 Moreno, 1
961: 23 4 y ss.
20 Halperín
Donghi, 1 985: 71 -76.
No obstante esas salvedades, es evidente
que los postulados de la soberanía del pueblo y del pacto social, asociados a
la idea de la Constitución como garantía de los derechos ciudadanos frente al
poder, habían penetrado simultáneamente en los sectores ilustrados de España y
en sus colonias.
Ello provenía principalmente de la
difusión de los autores franceses, y en especial la descripción de las
instituciones inglesas efectuada por Montesquieu, que servían de fundamento a
los partidarios de la monarquía constitucional, entre los cuales sobresalen dos
hombres que se formaron intelectualmente en la metrópoli: San Martín y
Belgrano.
La independencia de las colonias
norteamericanas, los acontecimientos de la Revolución Francesa y los términos de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano presentaban como realidades históricas las consecuencias revolucionarias
de aquellos principios. Belgrano cuenta en su Autobiografía cómo recibió
esa influencia junto con los círculos “letrados” españoles: “Como en la época
de 1789 me hallaba en España y la revolución de Francia hiciese también la
variación de ideas, y particularmente en los hombres de letras con quienes
trataba, se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad, seguridad,
propiedad”.21
Lo cierto es que la confluencia con el
movimiento liberal y constitucionalista español tropezó con la incomprensión de
las demandas de igualdad e independencia de los americanos en las Cortes
liberales de Cádiz, y el posterior interregno de la monarquía constitucional
fue pronto abatido por el absolutismo de Fernando VII. La revolución
independentista en América triunfó contra los ejércitos de España y tuvo que
fundar su propia legitimidad.
Un proyecto
existencial
Principio 33° : Todo auténtico proyecto nacional es
terapéutico.
Monteagudo señala que el clamor
independentista surgió, más que de los ejemplos extranjeros y de una convicción
de principios, de un sentimiento generalizado de rechazo a los dominadores:
“Con la idea de independencia comenzaron también a difundirse
nociones generales acerca de los derechos
del hombre; mas éste era un lenguaje que muy pocos entendían”.
Las afirmaciones de Monteagudo son muy
enfáticas en cuanto a la motivación emocional que predominaba entre los
criollos:
"Digámoslo
francamente: con excepción de algunas docenas de hombres, el resto de los
habitantes no tuvieron más objeto al principio que arrancar a los españoles el
poder de que abusaban, y complacerse a vista del contraste que debía formar su
semblante
despavorido y humillado, con esa frente altanera donde los americanos leían
desde la infancia el destino ignominioso de su vida".22
21 Belgrano,
1 966: 2 4.
22
Monteagudo, 2 006: 1 09.
Belgrano, no obstante su paciente
disposición para tratar de ganar la voluntad de los virreyes y las autoridades
coloniales, describe en términos semejantes la soberbia española y el ánimo de
los criollos en el momento en que, al disolverse el poder en la península,
se presentaba la ocasión de expulsar a los
conquistadores: “No es mucho, pues, no hubiese un español que no creyese ser
señor de América, y los americanos los miraban entonces con poco menos estupor
que los indios en los principios de sus horrorosas carnicerías, tituladas
conquistas”.23
Estos testimonios sugieren cómo, a partir
de los ejemplos y las ideas revolucionarias del exterior (las “razones
generales” o fundamentos ideológicos), la “pasión eficiente” radicaba en las
vivencias propias de la opresión colonial.
En el propósito de abatir a la clase de
los dominadores latía el anhelo de rescatar la plena dignidad de los
colonizados, “inferiorizados” por aquella dominación. Mediante la realización
del proyecto independentista irían emergiendo de su depresión
como personas y como pueblo.
La liberación de
un pueblo
Principio 1° : Todo proyecto nacional libera y
moviliza reservas (población y recursos naturales) hasta ese momento sin uso o
marginadas o conflictivas.
El proyecto de liberación, y en particular
la guerra contra los realistas, exigía movilizar las energías de todo el
pueblo.
Los patriotas apelaron así a sumar, además
de los criollos de la “clase decente”, al bajo pueblo, a los gauchos y a las
castas, sectores que en la sociedad colonial estaban excluidos de la
ciudadanía, sometidos incluso a estatutos que los esclavizaban o les privaban
del reconocimiento pleno de su dignidad humana.
En un manifiesto a los indios del Perú,
Castelli los llamaba a apoyar la causa de la independencia garantizándoles la
restitución de sus derechos:
"Sabed que
el gobierno de donde procedo sólo aspira a restituir a los pueblos su libertad
civil, y que vosotros bajo su protección viviréis libres, y gozaréis en paz
juntamente con nosotros esos derechos originarios que nos usurpó la fuerza. En una palabra, la Junta de la capital os mira siempre como a hermanos, y os
considerará como a iguales".24
Conduciendo los primeros ejércitos
patriotas, Castelli y Belgrano se empeñaron en ganar el apoyo de los pueblos
del interior. Belgrano, al atravesar la zona misionera en la expedición al
Paraguay, incorporó a los guaraníes a sus fuerzas, y desde el cuartel general de
Curuzú-Cuatiá promulgó el estatuto para los pueblos de las Misiones del 30 de
diciembre de 1810, en el cual se les reconocía la igualdad civil y política, se
les eximía de tributos y se ordenaba distribuir tierras y crear escuelas. 25
La movilización para la campaña
libertadora de San Martín puso en práctica la conscripción de los negros
esclavos –a menudo forzosa para sus amos– que los liberaba después de prestar
servicios militares, y procuró sumar como auxiliares a las
comunidades indígenas, reconociendo sus
cacicazgos y costumbres tradicionales.
23 Belgrano,
1 966: 3 9.
24 Castelli, Manifiesto
del 5 de febrero 1 911 .
25 Torre
Revello, 1 958: cap. 4°.
En cuanto a los paisanos criollos, otros
gestos de San Martín muestran cómo entendía los cambios en las relaciones
sociales que debía traer la revolución.
Hallándose en una estancia de Córdoba y
oyendo quejarse a un peón por los golpes que le había propinado su mayordomo
español, le preguntó cómo era posible que, después de tres años de revolución,
un maturrango se atreviera a levantar la mano contra un americano; ¿es que
éramos un pueblo de carneros?
No pasaron muchos días cuando el mayordomo
quiso castigar del mismo modo a otro peón y éste le dió "una buena
cuchillada".26
San Martín apoyó la iniciativa de Belgrano
sobre la monarquía incaica, uno de cuyos propósitos era movilizar a los pueblos
herederos de esa cultura para la causa de los patriotas, y trató de sumar
efectivamente a sus fuerzas a “nuestros paisanos los
indios”.
En 1816, reunido con los caciques
pehuenches en su campamento de El Plumerillo, les solicitó su concurso para
cruzar los Andes y “acabar con los godos que les habían robado la tierra de sus
padres”, declarando que él también era indio.27
Aunque Mitre omite este testimonio y
describe otro parlamento realizado en el mes de septiembre de 1816, en San
Carlos, como una mera maniobra para confundir a los realistas, hay documentos
adicionales que subrayan la importancia estratégica que San Martín asignaba a
la colaboración de los indígenas.
El día 24 de ese mismo mes y año le
informaba a Guido el éxito de tales gestiones: “Concluí con toda felicidad mi
Gran Parlamento con los indios del Sur, no solamente me auxiliarán al Ejército
con ganados, sino que están comprometidos a tomar una parte activa contra el
enemigo”.28
En la campaña al Perú, el llamado de San
Martín a la movilización de los indígenas sería aún más perentorio; sobre ello
es ilustrativa su elocuente proclama traducida a la lengua quechua. Ya como
Protector en Lima, entre otras reformas trascendentes suprimió los tributos y
servicios forzados, abolió la denominación de “indio” para borrar las
discriminaciones, y estableció la libertad de vientres y la de los esclavos que
se incorporaban a las armas patriotas.29
En los dichos y en los hechos de los
patriotas revolucionarios, urgidos por movilizar a los pueblos en la guerra por
la independencia, podemos ver una traslación de los principios universales de
libertad, igualdad y fraternidad a la realidad americana
de su tiempo.
Claro que aquel liberalismo igualitario
chocaría con sectores de la clase alta, herederos de los privilegios
coloniales, que trataron de impedir o retrasar el inevitable proceso de
emancipación social .
26
Paz, 1 924, tomo I, p. 2 07.
27
Olazábal, 1 942: 40-42.
28 Pasquali,
2 000: 67.
29 Ver Paz
Soldán, 1 865: cap. XVI.
La
emancipación social
Principio 10º: El proyecto nacional ha de concertar
los ideales con los intereses.
Principio 27°: Sólo en un proyecto nacional
dependiente o en un antiproyecto, la propia población interna, o parte de ella,
puede ser
tenida por enemigo/a y ser perseguido como tal.
La propuesta de la emancipación social
está implícita en la acepción amplia del “pueblo” al cual se dirigían los
revolucionarios, ya que, como advertimos en su discurso, éste es un concepto
mucho más comprensivo que el que reducía la ciudadanía a la “clase
decente”. En consecuencia, propugnaron la
efectiva igualdad de las “castas”, a la vez que se preocupaban por preparar al
conjunto del pueblo para conocer y ejercer sus derechos.
La igualdad en América, más que suprimir
títulos nobiliarios casi inexistentes, exigía abolir los privilegios de la
“pureza de sangre” instituídos por el régimen de castas, comenzando
necesariamente por las rémoras de la esclavitud y la sujeción de los indios,
que constituían el fundamento de otras discriminaciones contra las capas mestizas
mayoritarias de la población.
El régimen de castas establecido en las
colonias hispanoamericanas reconocía como “gente decente” sólo a los españoles y
a sus legítimos descendientes blancos, que en principio tenían los mismos
derechos, aunque no fuera así en la práctica.
La impureza de sangre impedía a los demás
ser considerados “de honrada naturaleza”. En un plano inferior estaban los
mestizos –entre los cuales se contaban, además de los hijos de india y español,
los zambos, mulatos y otros “pardos”–, a quienes se restringía
el acceso a los cargos honoríficos, la
titularidad de encomiendas, la adquisición de tierras, la educación y las
funciones militares
y eclesiásticas, sobre todo si eran por su
cuna "ilegítimos".
Los indígenas eran sometidos a protección
como menores de edad. Y en el último peldaño, los esclavos estaban sujetos a la
voluntad de sus amos.
Este sistema se basaba por analogía en las
medidas discriminatorias que se establecieron en la península con las
persecuciones a los judíos y la conquista de los territorios árabes.
A la gran masa de “cristianos nuevos”,
conversos del judaísmo –los ladinos o marranos– y del islamismo –los moriscos–,
se les vedó el acceso a los cargos públicos, la carrera militar, las órdenes
religiosas, e incluso a ciertas profesiones, colegios y universidades.
De allí la difusión de los estatutos de
"limpieza de sangre", que requerían probar la condición de
"cristiano viejo", acreditando no tener mezcla de judíos, moros,
gitanos, paganos, ni otras tachas raciales o legales –herejía, condenas por
brujería, sodomía, bigamia o “amancebamiento”– que afectaran a la persona o a sus
ascendientes de varias generaciones.30
En América no era fácil clasificar las
innumerables combinaciones raciales y otras situaciones particulares
resultantes del proceso de la conquista, que los jueces coloniales debieron resolver
en numerosos pleitos por la pureza de sangre: los mestizos podían tener muy
diversos grados de mezcla, y cierta jurisprudencia reputaba blanco a quien
tenía un octavo de sangre indígena o un dieciséisavo de sangre negra.31
30 Vicens
Vives, 1 977 ; Canessa, 2 000: 2 06 y ss.
En la realidad de las costumbres, la
estratificación se simplificaba según el color de la piel: cuanto más blanco,
el individuo se situaba más arriba en la pirámide social; aunque también pendía
sobre ciertos apellidos − especialmente de origen portugués −
la sospecha de tener ancestros judíos o
“marranos”.
Otro fenómeno americano fue la existencia
en el medio rural de los gauchos, “hombres sueltos”, “mozos perdidos” y
descastados
de toda procedencia −esclavos fugados,
soldados desertores, etc.− que inicialmente se dedicaban a la caza de
ganado salvaje en los márgenes de la sociedad colonial, imitando el medio de
vida de las tribus ecuestres, y frecuentemente conviviendo con ellas en las
áreas de frontera.
Eran de hecho hombres libres, "sin
tierra ni patrón", por lo cual las autoridades coloniales los consideraban
malvivientes y a menudo fueron perseguidos aplicándoles la elástica etiqueta de
“bandidos".
En su “Disertación jurídica sobre el
servicio personal de los indios en general y sobre el particular de yanaconas y
mitayos”, leída en Charcas en 1802, Moreno sostenía la necesidad de aplicar “el
sagrado dogma de la igualdad” y liberar a los indígenas del “insufrible e
inexplicable trabajo que padecen los que viven sujetos a este penoso servicio”32
..
En junio de 1810, Moreno comenzó por
aplicar el principio de igualdad a las milicias, cuando convocó a los oficiales
indios, hasta entonces agregados al “cuerpo de castas de pardos y morenos”,
para comunicarles que debían sumar su tropa a los regimientos de criollos,
“alternando con los demás sin diferencia alguna y con igual opción a
ascensos”33.
El Plan de Operaciones contempló legislar
la igualdad de las castas:
"el
gobierno debe tratar y hacer publicar con la mayor brevedad posible, el
reglamento de Igualdad y Libertad entre las distintas castas que tiene el
Estado, en aquellos términos que las circunstancias exigen, a fin de, con este
paso político, exaltar más los ánimos; pues a la verdad siendo por un principio
innegable que todos los hombres descendientes de una familia, adornados de unas
mismas cualidades, es contra todo principio o derecho de Gentes querer hacer
una distinción para la variedad de colores, cuando son unos efectos puramente
adquiridos por la influencia de los climas".34
A continuación, la reflexión 19ª del Plan
preveía la abolición de la esclavitud.
La Asamblea del Año XIII, confirmando y ampliando una medida de la Junta Grande, que en setiembre de 1811 había eliminado el tributo de “los indios, nuestros hermanos”,
reconocía a los mismos como “hombres perfectamente libres y en igualdad de
derechos a todos los demás ciudadanos”, quedando extinguidas la mita, el
yanaconazgo y toda forma de servicio personal.35
Los principios igualitarios de Artigas resaltan
en el Reglamento de Tierras de 1815, donde previó la distribución de la
propiedad rural con el criterio de que “los más infelices sean los más
privilegiados”: concretamente, los negros libres, los zambos, los indios y los
criollos pobres.
31 Rosenblat,
1 945: 2 65 h.
32 Ver Lewin,
1 971 : 1 41-142.
33 Lewin, 1
971 : 1 61 y ss.
34 Reflexión
1 8ª del artículo 1 °
35 Ver
Canter, 1 961-63
Otra expresión elocuente son sus
instrucciones al gobernador de Corrientes José de Silva, en carta del 9 de
abril de 1815, donde le recomendaba: "No hay que invertir el orden de
la justicia. (Hay que) mirar por los infelices y no desampararlos sin más
delito que su miseria. Es preciso borrar esos excesos del despotismo. Todo
hombre es igual a presencia de la ley. Sus virtudes o delitos los hacen
amigables u odiosos. Olvidemos esa maldita costumbre que los engrandecimientos
nacen de la cuna".36
Halperin Donghi puntualiza el caso de una
consulta de Castelli a la Primera Junta antes de otorgar cierta distinción a un
oficial negro, como ejemplo de que los revolucionarios conservaban “la
estructura de castas heredada del régimen aborrecido”.
Es verdad que la esclavitud no fue abolida
sino muy parcialmente tres años después, y que se oponían a ello fuertes
resistencias. Sin embargo, los mismos términos de la comunicación de Castelli
eran una invitación a eliminar tales discriminaciones: “El capitán de los
Morenos es muy recomendable por sus virtudes sociales y militares (...) ¿No
pudiera declararle cuando lo exija la oportunidad el uso de Don a uno de castas
o la calidad de distinguido si es soldado, vendiéndose aquel título en la Cámara por
menos valor que una acción virtuosa?”37 .
Instrucción y
cultura popular
Principio 21°: Todo proyecto nacional determina el
sistema educativo congruente y da origen a expresiones culturales singulares y
propias, como igualmente prescribe los modelos sociales (o próceres).
El proyecto de un orden político basado en
la soberanía del pueblo exigía instruir al nuevo soberano, y ésta debía ser una
misión del sistema educativo. Moreno explicaba que la práctica del sistema
constitucional “es absolutamente imposible en pueblos
que han nacido en la esclavitud, mientras
no se les saque de la ignorancia de sus propios derechos en que han vivido”:
"Si los
pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no
conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones
sucederán a las antiguas, y después de vacilar algún tiempo entre la
incertidumbre, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos sin destruir la
tiranía."38
Monteagudo, a quien podemos ver como un
epígono de Moreno, en su oración inaugural de la Sociedad Patriótica, el 13 de enero de 1812, tras un exordio que resumía la historia de la
humanidad y de América en términos rousseaunianos, proclamaba en el “artículo
primero” que “la majestad del pueblo es imprescindible, inalienable y esencial
por su naturaleza” y se refería en el “artículo segundo” a la necesidad de
“disipar la ignorancia” sobre tales principios39 .
36 Archivo
Artigas, tomo XX, 313 -31 4.
37 Halperin
Donghi, 1 985: 115 -11 6.
38 Moreno, 1
961: 23 4 y ss.
San Martín –sin ser “rousseauniano”, ya
que su formación castrense lo predisponía a concebir un ordenamiento más
jerarquizado de la sociedad– fue en los hechos un decidido impulsor de la
concientización de las capas populares y de la formación ciudadana, dentro y
fuera de la organización militar, coincidiendo en lo sustancial con las ideas
morenistas.
En los fundamentos del decreto de fundación
de la Biblioteca Nacional de Lima, el 28 de agosto de 1821, decía: “Convencido
sin duda el gobierno español de que la ignorancia es la columna más fuerte del
despotismo, puso las más fuertes trabas a la ilustración americana, manteniendo
su pensamiento encadenado para impedir que adquiriese el conocimiento de su
dignidad”.
Como Protector del Perú se preocupó por
extender la educación pública, sobre la base del respeto a las culturas
autóctonas 40.
Lo mismo pensaba Belgrano, quien a lo
largo de su carrera manifestó una invariable actitud a favor de los sectores
más postergados de la sociedad y prestó especial atención a la educación
popular, estimando que era la base indispensable de la ciudadanía:
"¿Cómo,
cómo se quiere que los hombres tengan amor al trabajo, que las costumbres sean
arregladas, que haya copia de ciudadanos honrados, que las virtudes ahuyenten
los vicios, y que el gobierno reciba el fruto de sus cuidados, si no hay
enseñanza, y si la ignorancia va pasando de generación en generación con
mayores y más grandes aumentos?".41
Artigas auspició los más amplios derechos
de los pueblos para decidir en los asuntos públicos, a la vez que la educación
popular en tales principios.
El proyecto de Constitución para la
provincia oriental contemplaba como deber de la Legislatura “hacer a sus expensas los establecimientos públicos de escuelas para la enseñanza
de los niños y su educación, de suerte que se tendrá por ley fundamental y
esencial que todos los habitantes nacidos en esta provincia, precisamente, han
de saber leer y escribir”.
A ello se agregaba la obligación de los
padres de enviar sus hijos a la escuela “a fin de que logren la enseñanza de
los derechos del hombre y de que se instruyan en el pacto social, por el cual
todo el pueblo estipula con cada ciudadano y cada ciudadano con
todo el pueblo”.
Los contenidos de la instrucción popular
debían contribuir a recuperar una identidad americana, y hay testimonios de que
en los primeros años de la revolución se hicieron habituales en las escuelas
porteñas y del interior las evocaciones y representaciones
del pasado indígena.
En el himno del entonces joven Vicente
López y Planes, cuya letra traduce el espíritu patriótico refiriéndose a la
lucha en toda Sudamérica, se recordaba el ancestro incaico del continente y
brillaba otra rotunda metáfora: “Ved en trono a la noble
igualdad”.
39
Monteagudo, 2 006: 46 y ss.
40 Ver Paz
Soldán, 1 865: cap. XVI.
41 Belgrano,
en El Correo de Comercio, 17 de marzo 1 810.
En el ámbito de la cultura popular, los cielitos
patrióticos de Bartolomé Hidalgo 42 , soldado y colaborador de Artigas en la Banda Oriental, depuraban en aquellos días una tradición de los gauchos payadores para
contribuir a la nueva conciencia revolucionaria:
"Cielito, cielo que sí,
el Rey es hombre cualquiera,
y morir para que él viva
¡la puta...! es una zoncera.
Si perdiésemos la acción
ya sabemos nuestra suerte,
y pues juramos ser libres,
o libertad o la muerte."
La organización
económica
Principio 4°: Todo proyecto nacional se financia a
sí mismo.
El proyecto de los patriotas
revolucionarios contemplaba la decidida intervención del gobierno para
organizar las bases de una economía independiente.
La Representación de los labradores y hacendados, en cuya gestión y redacción participaron
Belgrano y Moreno, fue interpretada por la historiografía tradicional como
prueba de adhesión a los principios del librecambio, e incluso a los intereses del
comercio inglés. Halperin Donghi43 sugiere que Moreno podría ser caracterizado como
abogado de los hacendados o los “grupos de intereses” impacientes por aprovecharse
de la situación que creaba la ruina del sistema español.
Estas visiones se contradicen sin embargo
con las propuestas de Moreno y Belgrano para regular las actividades
económicas, así como otras expresiones en las que puntualizaron sus
prevenciones contra la penetración británica.
Recordemos que la Representación no era sólo de los hacendados o ganaderos, sino también de los
“labradores” mencionados en primer término, o sea en general de los productores
del campo, a quienes en aquella coyuntura se contraponían los mercaderes
monopolistas. Revelando cierta inspiración de las doctrinas fisiocráticas, varios
pasajes del texto constituyen un alegato a favor de los sectores que producen los
bienes contra los que especulan a través del comercio: “Puesto el gobierno en la
necesidad de una operación que debe perjudicar a uno de estos dos gremios,
¿deberá aplicarse el sacrificio al miserable labrador que ha de hacer producir
a la tierra nuestra sustancia, o al comerciante poderoso que el gobierno y
ciudadanos miran como una sanguijuela del Estado?”44 .
En otro párrafo se censuraba el tráfico
esclavista: “gime la humanidad con la esclavitud de unos hombres que la
naturaleza creó iguales a sus propios amos, fulmina sus rayos la filosofía
contra un establecimiento que da por tierra con los derechos más sagrados”45 .
La Representación apuntaba a que el virrey autorizara transitoriamente una apertura
condicionada al comercio con los ingleses, y en aquel alegato por encargo, circunstancial
y polémico, se vertían por conveniencia argumentos insinceros: a saber, las
protestas de “fidelidad” y “subordinación” de los criollos a España, “una Dominación
que aman y veneran” (sic), o los exagerados elogios a Inglaterra, “esta nación generosa”,
de “comerciantes tan respetables”, que “franqueó a nuestra metrópoli auxilios y
socorros de que en la amistad de las naciones no se encuentran ejemplos”46 .
42
Hidalgo, 1 967: 2 6
43
Halperin Donghi, 1 985: 117 .
44
Moreno, 1 961: 133 .
45
Moreno, 1 961: 12 8.
En el mismo texto se cita a Gaetano
Filangieri y Jovellanos para fundamentar las ventajas de liberalizar el
comercio y promover la prosperidad de las colonias, y también se invoca el
principio de la economía política de Adam Smith de que “los gobiernos,
en las providencias dirigidas al bien
general, deben limitarse a remover los obstáculos”47 .
Pero todo ello debe ser analizado con
cautela, relacionándolo con otras fuentes documentales del pensamiento de los
patriotas.
Belgrano, desde su cargo de secretario del
Consulado y en su labor periodística junto con Vieytes, propugnó reformas como
la distribución de tierras a los agricultores, la tecnificación de la
producción, el fomento de actividades mercantiles y manufactureras
−en particular curtiembres−,
la enseñanza técnica y la organización del crédito público.
En un artículo publicado en el Correo
de Comercio de Buenos Aires el 23 de junio de 1810, denunciaba “la falta de
propiedades de los terrenos que ocupan los labradores; éste es el gran mal de
donde provienen todas su infelicidades y miserias” y proponía obligar
a los dueños de grandes extensiones a
cederlas a los agricultores, no en arrendamiento sino en enfiteusis, o
venderles al menos una mitad de los campos que no cultivaran.
Belgrano conocía y difundió textos de
Smith, así como tradujo a Francois Quesnay y los fisiócratas franceses,
apoyándose en estas ideas cuando el reclamo más acuciante en el Virreynato era
la liberalización comercial.
Sin embargo, en vísperas de la revolución
comenzó a escribir un tratado de economía política y planteó medidas de tipo
nacionalista y proteccionista, que se cree provenían de sus estudios españoles sobre
las Lecciones de Comercio de Antonio Genovesi.
Este autor propiciaba regular el comercio
exterior, según convenía al reino de Nápoles al independizarse del Imperio austríaco,
y Carlos III recomendó su obra, que se utilizaba como texto en un curso de la Universidad de Salamanca, donde estudió Belgrano 48
En el Correo de Comercio del 8 de
septiembre de 1810, Belgrano planteaba las ventajas de promover la industria y
la consiguiente protección aduanera: "El modo más
ventajoso de exportar las producciones superfluas de la tierra es ponerlas
antes en obra, es decir, manufacturarlas. La importación de mercancías que
impiden el progreso de sus manufacturas y de su cultivo, lleva tras de sí
necesariamente la ruina de la nación. La importación de mercaderías extranjeras de puro lujo en cambio de dinero (...) es una verdadera pérdida
para el Estado."
El Plan de Operaciones, iniciativa
de Belgrano y redactado por Moreno, esboza en el artículo 6° un programa
económico dirigista, que fortalezca el erario para costear “los gastos de
nuestra guerra y demás emprendimientos, como igualmente para la creación de
fábricas e ingenios, y otras cualesquiera industrias, navegación, agricultura y
demás” (Principio 4º, el proyecto se autofinancia).
El criterio rector era beneficiar a las
mayorías y redistribuir la riqueza: "Es máxima
aprobada y discutida por los mejores filósofos y grandes políticos que las
fortunas agigantadas en pocos individuos, a proporción de lo grande de un
Estado, no sólo son perniciosas sino que sirven de ruina a la sociedad civil,
cuando no solamente con su poder absorben el jugo de todos los ramos de un
Estado, sino cuando también en nada remedian las grandes necesidades de los
infinitos miembros de la sociedad."49
46 Moreno, 1
961: 152 -153 , 1 64-165.
47 Moreno, 1
961: 127 .
48 Fernández
López, 1 998.
Luego de controlar la región del Perú, el
Estado debía reservarse la explotación de las minas de oro y plata, adquiriendo
a los mineros mediante justa tasación sus instrumentos y útiles. Se trataba,
dice el texto, de expropiar a 5.000 ó 6.000 individuos para
lograr el beneficio público y el beneficio
particular de no menos de 80.000 a 100.000 habitantes.
En este punto podemos ver el esbozo de un
proyecto de integración y compensación de los sectores y las regiones que
tendía a reorganizar y comunicar la geografía económica del país: "Una
cantidad de doscientos o trescientos millones de pesos, puestos en el centro
del Estado para la fomentación de las artes, agricultura, navegación, etc.,
producirá en pocos años un continente laborioso, instruido y virtuoso, sin
necesidad de buscar exteriormente nada de lo que necesite para la conservación
de sus habitantes, no hablando de aquellas manufacturas que, siendo como un
vicio corrompido, son de un lujo excesivo e inútil, que deben evitarse
principalmente porque son extranjeras y se venden a más oro de lo que
pesan."
A continuación se recomendaban medidas
para evitar que muchos europeos ricos desconformes con el sistema emigraran con
sus caudales, los remitieran al exterior o los transfirieran de manera
fraudulenta. Asimismo se proponía crear una compañía nacional de seguros para
el comercio exterior, que podría obtener grandes ganancias, e implementar el
apoyo estatal a los establecimientos productivos promovidos, vigilando el
cumplimiento de las disposiciones adoptadas para que cumplieran sus fines de
utilidad pública.
Cuando los dirigentes revolucionarios
tuvieron poder para hacerlo, aplicaron medidas proteccionistas antagónicas al
librecambio que pretendían los comerciantes.
El Reglamento aduanero que Artigas hizo
promulgar en la Banda Oriental el 9 de septiembre de 1815 establecía gravámenes
proteccionistas de la producción local de hasta el 40 %. Asimismo, el
Protectorado de San Martín en Perú, mediante el Reglamento
Provisional de Comercio del 29 de
septiembre de 1821, duplicaba los derechos aduaneros a toda mercancía importada
que pudiera competir con la industria local, y un decreto del 17 de octubre del
mismo año ofrecía la ciudadanía y protección fiscal a cualquier extranjero que
introdujere al país alguna industria o maquinaria.
49 Moreno, 1
961: 2 96.
El espacio
sudamericano
Principio 2°:Todo proyecto
nacional rehace o reorganiza su espacio físico-geográfico.
Principio 19°: Todo proyecto nacional determina los
socios o asociados que el país tendrá y los modos (aun los físicos) de
vinculación.
El patriotismo de los revolucionarios –es
decir, su compromiso con la causa pública y su idea de patria, nación o
comunidad de pertenencia– se refería en principio al conjunto de los pueblos de
Sudamérica.
Moreno, al definir en el Plan “las
operaciones que han de poner a cubierto el sistema continental de nuestra
gloriosa insurrección”, afirmaba seguir las lecciones de “las grandes
revoluciones” de la historia y se refería a la organización del “Estado
Americano
del Sud”, esbozando la idea de la unión
sudamericana 50.
No obstante, en 1810 parecía utópico
constituir un Estado que unificara la totalidad del inmenso continente, y ello
podía dilatar e incluso frustrar el proyecto de legitimar el nuevo gobierno de
los patriotas.
En su texto “Sobre la misión del Congreso convocado
en virtud de la resolución plebiscitaria del 25 de mayo”, Moreno sugería
organizar estados dentro de los límites de
cada virreynato, pactando una estrecha alianza de cooperación y defensa mutua,
y dejar para el futuro la posibilidad de una federación sudamericana: "Es una
quimera pretender que todas las Américas españolas formen un solo Estado (...) Este
sistema (federativo) es el mejor, quizá, que se ha discurrido entre los
hombres, pero difícilmente podrá aplicarse a toda la América. ¿Dónde se formará esa gran dieta ni cómo se recibirán instrucciones de pueblos tan
distantes para las urgencias imprevistas del Estado? Yo deseara que las
provincias, reduciéndose a los límites que hasta ahora han tenido, formasen separadamente
la constitución conveniente a la felicidad de cada una; que llevasen siempre
presente la justa máxima de auxiliarse y socorrerse mutuamente; y que
reservando para otro tiempo todo sistema federativo, que en las presentes
circunstancias es inverificable, y podría ser perjudicial, tratasen solamente
de una alianza estrecha, que sostuviese la fraternidad que debe reinar
siempre."51
El Congreso de Tucumán proclamó en 1816 la
independencia de “las Provincias Unidas de Sud América”, y esta denominación
prevaleció durante toda la década revolucionaria.
La monarquía incásica que Belgrano propuso
al mismo Congreso debía establecer el “trono de la América del Sud”, con capital en el Cuzco, pensando en unir a la mayor parte de los países
del continente.
Las propuestas confederales de Artigas
tendían a reunir a las provincias del antiguo Virreynato del Plata, incluyendo
las Misiones orientales y occidentales, y nunca consintió la separación de la Banda Oriental ni del Paraguay.
50 Moreno, 1
961: 2 65 y ss.
51 Moreno, 1
961: 2 61-264.
Cuando San Martín ejercía el Protectorado
en Lima, en junio de 1822, su ministro Monteagudo concertó el tratado de Unión,
Liga y Confederación entre Colombia y Perú, “desde ahora y para siempre en paz
y guerra”, comprometiéndose las partes a gestionar la incorporación al pacto de
los demás estados de la América antes española.
En su memoria sobre su actuación en el
Perú, fechada en Quito el 17 de marzo de 1823, Monteagudo escribía: “Yo no
renuncio a la esperanza de servir a mi país, que es toda la extensión de
América”52 .
Mitre interpretó que San Martín, a
diferencia de Bolívar, era partidario de constituir monarquías independientes
en Sudamérica, un mapa político con fronteras “definidas por la tradición
histórica”, que serían las que finalmente se trazaron.
Es cierto que San Martín se mostraba
escéptico frente al Congreso Anfictiónico de Panamá convocado en 1826 por
Bolívar: “sin que sea hacer agravio a los que lo componen, es mi pobre opinión
(cuidado que yo no digo que se acabará a capazos) que
terminará por consunción”, pues “yo me
atengo a que más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena”53 .
No obstante, otras piezas de la
correspondencia de San Martín son elocuentes acerca de su percepción sobre la
unidad de hecho y de destino de los países sudamericanos.
Ante la amenaza de que las potencias de la Santa Alianza ayudaran a España a recuperar las colonias, San Martín le escribía a O’Higgins
desde París el 1° de marzo de 1831: “Yo no temo de todo el poder de ese
continente siempre que estemos unidos; de lo
contrario, nuestra cara patria sufrirá
males incalculables”54 .
Aunque estaba en Europa, decía “ese
continente”, y se refería a la patria común con su camarada chileno.
En otro momento conflictivo, cuando las
escuadras de Inglaterra y Francia intervinieron en el Río de la Plata, le expresaba a Guido, el 20 de octubre de 1845: “Usted sabe que yo no pertenezco a
ningún partido: me equivoco, yo soy del Partido Americano; así es que no puedo
mirar sin el mayor sentimiento los insultos que se hacen a la América”55 .
Podemos deducir que San Martín, en una
apreciación realista de las disensiones que pudo observar y sufrir en carne
propia en el curso de la campaña sudamericana, no obstante sus convicciones
sobre la necesidad de la integración, se resignó a admitir la
constitución de estados separados en
función de evitar mayores conflictos intestinos.
Pese a los esfuerzos de los
revolucionarios, la separación de las repúblicas fue un desenlace inexorable, a
raíz de las tendencias centrífugas prevalecientes apenas concluida la guerra
independentista, que condujeron a otras violentas rivalidades y favorecieron
además la dependencia de los nuevos estados respecto a los intereses de las
potencias industriales.
52 Echagüe, 1
950: 2 06.
53 Carta a
Guido, en Pasquali, 2 000: 22 0.
54 MHN, 1
910: 21 .
55 Pasquali,
2 000: 327 .
La
resignificación del pasado
Principio 14°:Todo proyecto
nacional resignifica el pasado; por ello cambia o rehace la historia.
Los patriotas revolucionarios rescataban
la historia de América invirtiendo los términos de la visión colonial.
Podemos considerar que eran
“americanistas” en un doble sentido: por su conciencia de la unidad y
solidaridad esencial de los pueblos de Sudamérica, y por su apelación a una
identidad fundada en los comunes orígenes indoamericanos.
La movilización para la guerra y la
construcción de la nueva patria requería reivindicar una identidad histórica,
una nacionalidad de los “hijos del país”, que se tradujo desde el principio en
la apelación simbólica a los mitos incaicos y la evocación de la resistencia de
los pueblos aborígenes contra la conquista española.
Si bien su propósito era refutar tales
ideas, Mitre explica cuánto habían inspirado a los revolucionarios:
"En sus
proclamas, en sus bandos, en sus manifiestos, en los artículos de su prensa
periódica, en sus cánticos guerreros, los patriotas de aquella época invocaban
con entusiasmo las manes de Manco Capac, de Moctezuma, de Guatimozin, de
Atahualpa, de Siripo, de Lautaro, Caupolicán y Rengo, como a los padres y
protectores de la raza americana. Los incas, especialmente, constituían
entonces la mitología de la revolución: su Olimpo había reemplazado al de la antigua Grecia."56
Mitre señala también la influencia de dos
enciclopedistas franceses, los jesuitas Jean Francois Marmontel y G. Thomas
Raynal. Del ensayo literario del primero, Los incas o la destrucción del
Imperio del Perú, que describía el Incario como la civilización ideal y a
los conquistadores como bárbaros que la habían ahogado en sangre, expresa que
“era el libro del vulgo de los lectores”. En cuanto a la Historia filosófica y política del establecimiento y del comercio de los europeos
en las dos Indias, de Raynal, que deducía de la cultura y el sistema
político incaicos las reglas fundamentales para el gobierno universal, Mitre
menciona que “era el libro de los sabios de la época”.
Acotemos que San Martín cita al autor en
una carta a Guido de 182957 . No era pues extraño, concluye Mitre, “que Belgrano
participara de las ideas y de los sentimientos convencionales de sus
contemporáneos”.
Otro texto, no mencionado por Mitre, pero
que tuvo gran trascendencia en Europa y América, fue Comentarios reales de
los Incas, del mestizo cuzqueño Garcilaso de Vega, hijo de un conquistador
y una palla inca, en el que rescata las tradiciones de la civilización andina.
Esta obra se tradujo a todas las lenguas europeas, nutriendo el pensamiento de
los utopistas y luego también, citado por Voltaire, el de la Ilustración.
San Martín tenía un especial aprecio por
este libro, y persuadió a un grupo de notables de Córdoba para reimprimirlo,
pues los realistas lo habían prohibido después de la insurrección de Túpac
Amaru.
56 Mitre, 1
887: tomo 2 , 419-420.
57 Pasquali,
2 000: 2 44.
Para ello se abrió una suscripción y se
lanzó un prospecto refrendado por José Antonio Cabrera, el presbítero Miguel
del Corro, el doctor Bernardo Bustamante, José de Isaza, José María Paz,
Mariano Fragueiro, Faustino de Allende, Mariano Usandivaras y otros, donde se
exaltaba el legado de los incas: “un código compuesto de justas y sabias
leyes que nada tienen que envidiar al de las naciones europeas. Ningún tiempo
como el presente para la lectura de esta importante obra. Salgamos de esa
ignorancia vergonzosa en que hemos vivido”58 .
Recordemos el acto de Castelli en
Tiahuanaco el 25 de mayo de 1811, al que convocó a los naturales para
“estrecharnos en unión fraternal”, rindiendo homenaje a la memoria de los incas
e incitando a “vengar sus cenizas”.
San Martín rindió homenaje a la
resistencia indígena contra la conquista española bautizando con el nombre de
sus jefes los instrumentos de su campaña libertadora:
Lautaro se llamaron las logias, y también
la fragata principal de la expedición al Perú; otras naves se denominaron
Moctezuma, Galvarino, Araucano.
Cuando ideó la bandera peruana le colocó
el sol incaico en el centro, y estableció la “Orden del Sol”
para distinguir los méritos
revolucionarios.
El himno de López y Planes, aprobado en los
días de la Asamblea del Año XIII, expresaba en una de sus estrofas la idea de
la continuidad del Incario con la revolucion independentista:
Se conmueven del Inca las tumbas
y en sus huesos revive el ardor
lo que ve renovando a sus hijos
de la patria el antiguo esplendor.
La propuesta de restaurar la monarquía
inca, “atemperada” por un sistema representativo constitucional, que Belgrano
planteó a los congresales de Tucumán, había sido expuesta ya en 1790 por el
precursor venezolano Francisco de Miranda en un memorial
al ministro inglés Pitt59 .
La soberanía de un descendiente de los
incas, si bien sería más simbólica que efectiva dentro de un régimen
parlamentario, ejercía gran atracción en las provincias altoperuanas y del
noroeste. Belgrano alegó la importancia de ganar a las masas indígenas para la
causa independentista, y la idea de establecer la capital en Cuzco apuntaba a
inducir el levantamiento de los indios del Perú60.
Los diputados de la mayoría de las
provincias que asistieron a Tucumán –faltaban las del litoral, coaligadas con
Artigas– se expresaron de acuerdo. Belgrano expidió una proclama a las tropas
el 27 de julio, celebrando el juramento de la independencia
y añadiendo que el Congreso “ha discutido
acerca de la forma de gobierno con que se ha de regir la nación, y he oído
discurrir sabiamente a favor de la monarquía constitucional, reconociendo la
legitimidad de la representación soberana de la Casa de los Incas, y situando el asiento del trono en el Cuzco, tanto que me parece se realizará este pensamiento
tan racional, tan noble y tan justo”.
El caudillo y gobernador salteño Martín
Güemes saludó la declaración de la independencia, expresando la decisión de los
pueblos de sostenerla, con mayor razón “cuando, restablecida muy en breve la dinastía
de los incas, veamos sentado en el trono y antigua corte del Cuzco al legítimo
sucesor”61 .
58 Grenon, 1
950: 41-48.
59 Ver
Bohórquez, 2 002: 2 93 y ss.
60 Astesano,
1 979: cap. IV.
La perspectiva era, en palabras de Mitre,
“fundar un vasto imperio sud-americano que englobase casi la totalidad de la América española al sur del Ecuador”62 , aunque según un periodista crítico del proyecto,
abarcaba el continente entero: “el reino ha de
comprender a Buenos Aires, a Chile, Lima y
Santa Fé, Caracas y Cartagena de Indias”63 .
Belgrano defendió su idea en un artículo
firmado con las iniciales “J. G.”que publicó un periódico porteño. Explicando
su convencimiento de que “sólo la monarquía constitucional es la que conviene a
la América del Sud”, afirmaba que, a la vuelta
de los siglos...
"...los
Incas vuelven a recuperar sus derechos legítimos al trono de la América del Sud; he dicho legítimos, porque los deben a la voluntad general de los pueblos.
Sabido es que Manco Capac, fundador del gran imperio, no vino con armas a
obligar a
los naturales a
que se sujetasen, y que éstos le rindieron obediencia por la persuasión y el
convencimiento, y lo reconocieron por su emperador. Nosotros, ahora, a la
verdad, podríamos elegir otra cosa ¿pero sería justicia privar a la que sólo
hizo bienes?
¿a la que aún
los naturales que somos oriundos de españoles, hemos llorado luego que hemos
leído la historia? ¿a la que se le quitó el cetro por nuestros antecesores con
toda violencia, derramando la sangre de sus imperiales posesores? ¿Cometeremos
nosotros los
naturales secundarios las mismas injusticias que hicieron nuestros padres? ¿las
cometerán los naturales primitivos, afianzando en el trono a un Fernando, o
eligiendo a otro? No es posible creerlo"64 .
San Martín adhirió calurosamente a esta
iniciativa que aunaba la forma monárquica, preferida por él, con la
reivindicación de la civilización andina y la institucionalización del vínculo
entre los países hermanos.
Uno de los candidatos más calificados para
ocupar el trono era Juan Bautista Túpac Amaru, un hombre ilustrado, hermano del
jefe de la rebelión de 1780, que estuvo cuarenta años cautivo de los españoles
– en ese momento se hallaba confinado en Ceuta – y escribió más tarde sus
memorias en Buenos Aires.
Una Oración fúnebre de Túpac Amaru,
publicada en octubre de 1816 en Buenos Aires y dedicada sugestivamente a San
Martín, apuntaba según Mitre a propiciar aquella candidatura 65 .
Pero los opositores al plan lograron
posponer el debate, y el tema se diluyó cuando el Congreso se trasladó a Buenos
Aires. Entre los representantes porteños, el abogado Tomás de Anchorena –que
tuvo negocios con el Alto Perú y había colaborado en la administración del
ejército de Belgrano– admitía en su correspondencia las ventajas del proyecto66
; aunque en una carta muy posterior a Rosas refirió haberse opuesto a
entronizar a un “despreciable” rey indio, e incluso habérselo reprochado en
privado a Belgrano 67 .
61 Proclama del 31 de julio 1 816.
62 Mitre, 1 887: tomo 2 , 421 -422 .
63 La Crónica Argentina, 17 de octubre de 1 816.
64 El Censor, 1 9 de septiembre 1
816/
65 Mitre, 1 887: tomo 2 , 423 .
66 Astesano, 1 979: 12 8-131 .
67 Carta del 4 de diciembre de 1
846, en Irazusta, 1 962: 23 y ss.
La oposición
al proyecto
Principio 12°: Todo
proyecto nacional genera dentro de sí al oficialismo y a la oposición.
En la etapa histórica que consideramos, se
diferencian y se oponen al proyecto revolucionario algunos sectores que
resisten los cambios más drásticos en la nueva situación y vacilan o cuestionan
la extensión de las operaciones de la guerra en el continente.
No pueden ser considerados
contrarrevolucionarios, como eran los realistas, pues compartían las ideas
independentistas y liberales en la medida en que eran aceptables para las clases
altas.
Por un lado encontramos a los patriotas
“moderados” o tradicionalistas, como Cornelio Saavedra, Gervasio Antonio de
Posadas y Juan Martín de Pueyrredón, que encontraron un ideólogo afin en el
deán Gregorio Funes, y que incidieron especialmente
en el seno de la Junta Grande y en las políticas del Directorio.
Otra vertiente, que puede llamarse
“reformista”, es la que personifican Manuel de Sarratea y Bernardino Rivadavia,
ambos provenientes de los círculos mercantiles porteños, relacionados con los
comerciantes ingleses e interesados en impulsar ciertas reformas liberales en
el orden económico y cultural, aunque no aceptaban las demandas democráticas igualitarias
ni las propuestas de descentralización del poder y, lejos del discurso
indigenista o americanista, se caracterizaron por su inclinación europeísta.
Esta orientación política prefigura
indudablemente la del posterior partido unitario.
Los adversarios del programa
revolucionario actúan a lo largo de estos años, no siempre de acuerdo. Saavedra
y el deán Funes logran desplazar a Moreno y los morenistas del gobierno.
Sarratea y Rivadavia dirigen el Primer
Triunvirato en una línea política claudicante ante los poderes europeos. Luego,
los vaivenes del Directorio terminan acentuando la orientación centralista y
aristocratizante, mientras el creciente enfrentamiento con el movimiento
federal del interior anuncia el conflicto constitucional que marcará el período
histórico subsiguiente.
Negociar la
independencia
Desplazados del poder los jacobinos,
cuando la Junta Grande deja paso al Primer Triunvirato, vemos actuar
coincidentemente a Sarratea como titular y a Rivadavia como secretario,
triunviro suplente y factotum del ejecutivo.
Frente a las amenazas externas, estos
hombres se inclinan a refrenar el avance de la revolución y a negociar un
arreglo con las potencias europeas.
Sarratea actuó en la Banda Oriental, chocando violentamente con la intransigencia revolucionaria de Artigas, en
tanto Rivadavia hostilizaba tanto a los morenistas como a los lautarinos.
Después de una sucesión de conflictos
institucionales, aquel Triunvirato, que se había erigido en poder supremo,
acusado en la “Representación del pueblo” que redactó Monteagudo de “aspirar
directamente a la tiranía” y oponerse a “los hombres capaces de sostener la
independencia de la patria”, fue depuesto por el alzamiento que dirigieron San
Martín y Alvear el 8 de octubre de 1812.
Rivadavia fue enviado en 1814 en misión
diplomática a Europa, que él prolongó por su propia cuenta hasta el fin de la
década, dedicándose a conocer las capitales del viejo mundo y a establecer
contactos políticos, intelectuales y comerciales que influyeron
en su actuación posterior.
Así como es improbable encontrar en sus
manifestaciones cualquier alusión a la consigna de igualdad, durante aquella
misión es
posible advertir sus prevenciones contra
la incorporación de las masas indígenas a la revolución, en una entrevista que
mantuvo en Londres en septiembre de 1915 con el agente español Gandasegui:
"Rivadavia
estaba alarmado con la participación que los indios tomaban en el movimiento
insurreccional, destacándose la personalidad del cacique Cárdenas. A las
manifestaciones de Gandasegui sobre las perspectivas de que los indios se
levantaren, Rivadavia convino en la necesidad de prevenir tamaña amenaza y, con
tal fin, la de iniciar la negociación en Madrid."68
Desde Inglaterra, Sarratea fue el promotor
de la aparición en Buenos Aires del periódico La Crónica Argentina, en septiembre de 1816, redactado por un altoperuano de origen aimara,
Vicente Pazos Kanki.
Desde el primer número, sus columnas se
dedicaron a mostrar las ventajas de la civilización europea, comentando los
eventos sociales de la colectividad comercial inglesa en Buenos Aires, y puso
especial empeño en atacar el proyecto de monarquía incaica.
Pazos Kanki develó que Belgrano era el
autor del artículo firmado “J. G.” que defendía la idea en El Censor, y
le replicó argumentando: "¿Pensamos engañar a los indios para que nos
sirvan en asegurar nuestra libertad, y no tememos que nos suplanten en esta
obra? ¿será prudencia excitar la ambición de esta clase, oprimida por tanto
tiempo, a la que la política apenas puede conceder una igualdad metódica en sus
derechos? ¿No vemos los riesgos de una liberalidad indiscreta, cual sublevó a
los negros de Santo Domingo contra sus mismos libertadores?"69
Rivadavia, después de recibir la noticia
del proyecto por una carta de Belgrano, le escribía al director Pueyrredón
desde París, el 27 de febrero de 1817, manifestando su contrariedad ante la
“desventurada idea”:
"Me dice el
Sr. Belgrano que muy en breve declarará el Congreso que nuestro gobierno es
monárquico moderado o constitucional, que ésta parece la opinión general, y no
menos de que la representación soberana cree justo se dé a la dinastía de los
Incas. Lo primero lo considero bajo todos los aspectos, lo juzgo más acertado y
necesario al mejor éxito de la gran causa de este país. Mas lo segundo, lo
confieso ingenuamente, que cuanto más medito sobre ello menos lo comprendo.
Este es un punto demasiado grave, y lo considero demasiado avanzado para
prometerme (por lo mucho y muy obvio que pueda aducirse contra la desventurada
idea) que ello tenga un efecto útil; por el contrario, puede ser que no le
hiciera sino daño."70
68 Informe
al ministro de Indias, citado por Mario Belgrano, 1 945: 21 -22 .
69 La Crónica Argentina, 22 de septiembre 1 816.
70 Carta citada
por Astesano, 1 979: 15 4..
Aunque una persistente línea
historiográfica ha identificado la tendencia iluminista de Rivadavia con la de Moreno, sus inclinaciones ideológicas opuestas resultan evidentes. Diferencias de carácter
y de intereses los habían llevado ya a un estridente enfrentamiento en el foro
porteño antes de la Revolución, y en sus ideas y sus actos políticos
posteriores observamos sensibles divergencias. Moreno difundía con El Contrato
Social las propuestas democráticas radicales de Rousseau, mientras que Rivadavia
trataba de traducir los textos utilitaristas de Jeremy Bentham.
Moreno abogó por la igualdad de las
castas, y Rivadavia propugnaría la suspensión de los derechos políticos de las
clases subalternas. Moreno concebía extender la revolución por todo el
continente americano, mientras que Rivadavia se preocupaba por la hegemonía de
Buenos Aires sobre su hinterland. Moreno advertía contra los consejos interesados
de los negociantes extranjeros y planeó una organización económica dirigida por
el Estado, mientras que Rivadavia propiciaba garantizar la libre empresa
a los comerciantes e inversores europeos.
Uno se distinguía por su severidad frente a la elite tradicional y el otro por
sus afinidades con ella.
Sarratea se desempeñó como ministro del
gobierno directorial, aunque lo acusaron de conspirar contra Pueyrredón y fue
desplazado.
En 1820 llegó a ser fugazmente gobernador
bonaerense y jugó un papel importante en las intrigas de aquella coyuntura
histórica, cuando los caudillos federales del litoral Estanislao López y Francisco
Ramírez disolvieron el Directorio, a la vez que desacataban y expulsaban al
exilio a Artigas. No obstante las diferencias que había tenido y seguiría
teniendo con Rivadavia, Sarratea coincidió nuevamente con él en los años
siguientes y cumplió funciones diplomáticas durante su presidencia.
Los
directoriales: todo sin el pueblo
En el período que consideramos juega un
papel significativo como ideólogo el deán Gregorio Funes, adherente al proyecto
independentista, aunque no a su ímpetu revolucionario ni a las propuestas
democratistas.
Su hermano Ambrosio, en Córdoba, era
representante de la casa de comercio de Sarratea. Junto con Saavedra, Funes fue
uno de los actores del vuelco que desplazó a Moreno y luego a sus seguidores
del gobierno de la Junta.
Aunque se desempeñaba como representante
de la provincia de Córdoba, acordó sin embargo con las posiciones centralistas
del Primer Triunvirato y los gobiernos directoriales, y llegó a presidir la
asamblea que dictó la Constitución unitaria de 1819.
En esos años escribió en el periodismo
oficial y redactó una historia de la colonia y de la revolución de la
independencia hasta 1816, cuyas páginas referentes a esta última dejan
traslucir su oposición a las medidas radicales de los morenistas y su aversión
a los desbordes de las movilizaciones populares 71 .
En este período llega a ocupar fugazmente
el cargo de Director Carlos de Alvear, difícil de ubicar en una tendencia
coherente: revolucionario por momentos, elitista en otros, intenta un gobierno
centralista, se alía con los caudillos federales, y su
afán de poder lo lleva a jugar posiciones
contradictorias, incluso antitéticas.
71 Funes, 1
961.
Pueyrredón, revolucionario contra los
invasores ingleses y en los prolegómenos de mayo de 1810, miembro tardío del
Primer Triunvirato y luego Director Supremo, fue siempre sospechoso de
“afrancesado”; de ideas monárquicas, era favorable en principio al plan de la
restauración incaica, pero más adelante se inclinó a la “solución” con un
príncipe europeo; apoyó la estrategia militar de San Martín y buscó eliminar a
toda costa a Artigas.
Era un hombre de la clase “respetable”,
tironeado por las tendencias en pugna, que terminó rodeado por el “partido del
orden” y arrastrado por el desprestigio del Directorio.
La Gaceta de Buenos Aires reflejó la línea centralista y aristocratizante del Directorio, oponiéndose
a los reclamos federalistas y democráticos. Un artículo publicado en 1819
comparaba sugestivamente las demandas de los federales artiguistas con las
posiciones jacobinas: "Los federalistas quieren no sólo que
Buenos Aires no sea la capital, sino que, como perteneciente a todos los
pueblos, divida con ellos el armamento, los derechos de aduana y demás rentas
generales: en una palabra, que se establezca una igualdad física entre Buenos
Aires y las demás provincias, corrigiendo los consejos de la naturaleza
que nos ha dado
un puerto y unos campos, un clima y otras circunstancias que le ha hecho
físicamente superior a otros pueblos, y a la que por las leyes inmutables del
orden del Universo está afectada cierta importancia moral de un cierto rango.
Los federalistas quieren, en grande, lo que los demócratas jacobinos en
pequeño. El perezoso quiere tener iguales riquezas que el hombre industrioso;
el que no sabe leer, optar a los mismos empleos que los que se han formado
estudiando; el vicioso,
disfrutar el
mismo aprecio que los hombres honrados."72
La constitución de 1819 tradujo las ideas
de los “partidarios del orden” tendientes a restringir la participación popular
en la vida política. El Manifiesto del Congreso Constituyente 73 , suscripto
por el deán Funes como presidente, explicaba:
"No menos
en centinela para que el abuso de la autoridad no pasase a tiranía, lo
estuvimos también para que la libertad del pueblo no degenerase en licencia.
Huyendo de esas juntas tumultuarias para las elecciones de jefes de los
pueblos, reformamos
las formas
recibidas, y no dimos lugar a esos principios subversivos de todo el orden
social. Tuvimos muy presente aquella sabia máxima: que es necesario trabajar
todo para el pueblo y nada por el pueblo; por lo mismo limitamos el círculo de
su acción a la propuesta de elegibles."
Hacia el final del documento, donde se
invocan “las luces de los siglos” que han inspirado aquella Constitución, se
puede leer cómo los principios racionales universalistas sustituyen la
consideración de la realidad social de los pueblos del interior, y cómo la palabra
orden se antepone a la libertad y la justicia, en lugar de la omitida igualdad:
"No ha cuidado tanto el Congreso Constituyente en acomodarla (la Constitución) al clima, a la índole y a las costumbres de los pueblos, en un estado donde
siendo tan diversos estos elementos, era imposible encontrar el punto de su
conformidad; pero sí a los principios generales de orden, de libertad y de
justicia: que siendo de todos los lugares, de todos los tiempos, y no estando a
merced de los acasos, debían hacerla firme e invariable."
72 La Gaceta, 15 de diciembre 1 819.
73 Ver
Sampay, 1 975 .
Conclusiones
sobre la etapa
1806 -1810
Principio 16°: Para que haya
un proyecto nacional se requieren tres componentes: a. el
argumento o proyecto estrictamente tal;
b. una
infraestructura económica que pague el proyecto; c. una asumida voluntad de
realizarlo, sea por un grupo, un líder o todo un pueblo.
En esta etapa definen el proyecto independentista
los hombres de una generación de liberales revolucionarios, entre los cuales
distinguimos los núcleos jacobino, federal y lautarino, que lideraron Castelli,
Artigas, Belgrano, Moreno y San Martín. Además
de recibir más o menos directamente la influencia
iluminista, habían vivido el eco de los grandes acontecimientos que conmovieron
a Europa y América: las revoluciones francesa y norteamericana y la
insurrección de Túpac Amaru.
Las ideas liberales, el contractualismo y
el constitucionalismo fueron fuentes que animaron la lucha contra la opresión
colonial, a través de la cual los criollos entendían rescatar sus derechos de
hombres libres.
El proyecto revolucionario se caracteriza
por su concepción de la emancipación, no sólo como objetivo político sino
también como un cambio social que postula la igualdad de derechos ciudadanos, y
por su patriotismo americano, de alcance continental, que se inspira en la
reivindicación de los pueblos originarios.
Postulan organizar la economía y la
integración de las regiones del país a través de una fuerte regulación
gubernamental. Respecto a la forma de gobierno y el federalismo, hay opiniones
encontradas.
A la corriente revolucionaria se oponen,
desde posiciones tradicionalistas o reformistas –en el fondo, elitistas –
algunos de los primeros triunviros y los directoriales, que coinciden en
sostener el centralismo porteño.
Esta tendencia se apoya en los sectores de
mayor capacidad económica, lo cual crea una tensión de difícil resolución: unos
encarnan el argumento del proyecto y la voluntad de realizarlo, los otros tienen
el control de la infraestructura económica que debe costearlo.
El debate sobre la monarquía incaica
permite advertir la contradicción que se plantea entre la actitud de los
patriotas revolucionarios, de solidaridad con los pueblos autóctonos,
tendiente a integrarlos como iguales, y los que desde una posición
“clasista” temen la insubordinación de los
indios y se muestran renuentes a concederles la prometida igualdad.
En realidad, iban a pretender negar los
derechos políticos al conjunto de las capas populares, según lo patentizan los
documentos de la repudiada Constitución de 1919.
En Vicente F. López encontramos una
elocuente definición de la correspondencia social de las posiciones de Rivadavia,
que en términos generales podría extenderse a los sectores no revolucionarios:
"La defensa
de la burguesía y las clases acomodadas de la capital, casi podríamos decir de
los intereses de clase, es decir de esos intereses económicos y políticos que
caracterizan lo que entre nosotros se ha llamado siempre el vecindario, la
gente decente: el conjunto de la opinión pública que opina juiciosamente (...) los
hombres de peso y de pesos, los patricios o padres conscriptos del
municipio." 74
En cuanto a los revolucionarios, sus ideas
interpretan los intereses del conjunto de las capas populares de la sociedad,
aunque de manera no necesariamente antagónica con las de la clase alta.
Sus principales dirigentes provienen en
parte de la “gente decente”, pero por lo general no de las familias más
encumbradas, lo cual los inclina a sobreponerse a la mentalidad conservadora de
la elite y comprender las necesidades del “bajo pueblo” y las castas, en
función de un proyecto integrador de la nación.
Es notable que entre los miembros de la Primera Junta de 1810, sólo Saavedra era descendiente por el lado paterno de una antigua
familia hispano-criolla de encomenderos, caracterizado por un testigo de la
época como “originario de una familia no común”, que “había disfrutado entre
los españoles de una consideración que rara vez alcanzaban los naturales del
país”75 .
Los demás integrantes de aquella Junta
reflejan el fenómeno que observa Binayán Carmona76 de “reemplazo de las elites”,
en el que se destacan apellidos no tradicionales y comerciantes de ascendencia catalana
o de las repúblicas italianas, si bien unidos por matrimonio con linajes antiguos
de la colonia.
Examinando la condición social de los
líderes revolucionarios, advertimos que
Belgrano era hijo de un comerciante de origen genovés que había
perdido su fortuna al ser procesado por un caso de corrupción en la Aduana 77 ;
Artigas era un jefe de gauchos que había roto lazos con la ciudad,
ex contrabandista indultado para ser capitán de Blandengues 78
Moreno provenía del hogar de un funcionario de hacienda,
medianamente ilustrado pero pobre de recursos;
San Martín era prácticamente un descastado, de
origen mestizo según testimonios de la tradición oral, y
Monteagudo era otro mestizo de cuna humilde que había
padecido impugnaciones por la condición de casta de su madre 79 ;
Dorrego provenía de una familia portuguesa, por ende sospechosos de
ser judíos conversos;
O´Higgins era hijo natural de un ex virrey y una campesina criolla,
que por ello no había podido ingresar al ejército en España.
Por un motivo u otro, ninguno de ellos
entraba en el canon de posesión de fortuna y “pureza de sangre” que constituían
los títulos de pertenencia a la aristocracia colonial y a los círculos de sus
pretendidos sucesores.
74 V.
F. López: 1 913 .
75
Núñez, 1 952 : tomo II, 11 .
76 Binayán
Carmona 1999: 90-92.
77 Bravo
Tedín, 2 003.
78 Chumbita,
2 000.
79 Chumbita,
2 005: 1 09-112 .
El desplazamiento del poder de los
principales dirigentes de la corriente revolucionaria, que por causas diversas
pero coincidentes desaparecen de la escena al cabo del período que
consideramos, marca un debilitamiento del proyecto nacional y, al concluir la
guerra por la independencia política, la eclosión de las contradicciones internas.
La continuidad del proyecto liberador
presentará nuevas características, en tanto la lucha de intereses y de partido
y el surgimiento de otra generación política le imprime sus rasgos, según
veremos en la segunda parte de este trabajo.
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6. El Proyecto de la Justicia Social (1945-1976), por Oscar Castellucci
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constitucional que ampara la libertad de expresión. ARTICULO 2°: La presente
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Boletín Oficial. ARTICULO 3°: Comuníquese al Poder Ejecutivo. Registrada bajo
el N° 26.032. Dada en la sala de sesiones del Congreso argentino, en
Buenos Aires, a los dieciocho dias del mes de mayo del año dos mil cinco.
Eduardo O. Camaño. Marcelo A. Guinle. Eduardo D. Rollano. Juan Estrada..
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contenido de los artículos de opinión que se difundan por esta red ya que deben
ser considerados realizados por los compañeros a titulo personal.
Director
Editorial: Martín García / Coordinadora
General: Rosana Salas
_________________________________
25 DE MAYO DE
2009
En un nuevo
aniversario de la revolución de Mayo y a pasos del Bicentenario, tomemos como
ejemplo a Manuel Belgrano y Mariano Moreno, creadores de los primeros
periódicos de la revolución para hacer frente a la oligarquía colonizadora.
Hoy nuestros
medios son el reflejo vivo del Correo Mercantil o La Gazeta de Buenos Aires.
Hoy más que nunca
a casi doscientos años de aquel 1810 tenemos el deber irrenunciable de terminar
la gesta patriótica que iniciaron nuestros próceres, liberarnos del yugo
colonial e imperialista representado por los grupos concentrados de poder y de
la información.
Sigamos la
conducta militante que en aquella época se llamo la carrera de la revolución, dejando de lado lo personal para que
prevalezca primero el interés general y la Patria.
¡¡¡VIVA LA PATRIA!!!
Comisión Directiva
CO.RA.ME.CO
Orden
General del 27 de Julio de 1819:
"Compañeros del exercito
de los Andes: La guerra se la tenemos de hacer del modo que podamos: sino
tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos tiene de faltar: cuando se
acaben los vestuarios, nos vestiremos con la bayetilla que nos trabajen
nuestras mugeres, y sino andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios:
seamos libres, y lo demás no importa nada... Compañeros, juremos no dejar las armas
de la mano, hasta ver el país enteramente libre, o morir con ellas como hombres
de corage" – Gral.
Jose de San Martín.
Confederación de
Radios y Medios de Comunicación de Argentina
http://www.lacorameco.com.ar
CONTRA LAS
OPERACIONES DE PRENSA DEL OLIGOPOLIO MEDIATICO
NUEVA LEY DE
MEDIOS
¡¡¡EL MOMENTO
ES HOY!!!