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¿Por qué no se expresó el “Que se vayan todos”?

Autor: Jorge Sanmartino
Fecha: 30/4/03
Fuente: LVO 119

El “que se vayan todos” nacido en las jornadas de diciembre de =
2001
no tuvo expresión política en estas elecciones. Ni la izquierda
participacionista (IU-PO) ni el llamado al voto en blanco, impugnado
o la abstención (aunque ésta fue la más alta de las elecciones
presidenciales desde el ’83) lograron canalizarlo. ¿Qué sucedió?

Si leemos los resultados nominalmente, estos muestran un giro a la
derecha del electorado.
Estas elecciones son hijas legítimas de la conspiración política del
gobierno y de todo el viejo régimen para mantenerse pese a todo.
Después de la masacre de Avellaneda, el gobierno planificó unas
elecciones para salvarse a sí mismo y a todas las instituciones que
se tambaleaban. No sólo le dio la espalda al reclamo popular y masivo
de “que se vayan todos” y se convoque a una constituyente libre=
y
soberana para reorganizar el país sobre nuevas bases, sino que ni
siquiera aceptó la renovación de todos los cargos nacionales
legislativos. Después de haber salvado a la Corte Suprema de la ira
popular, su próximo objetivo fue el de imponerse por sobre las
grandes mayorías nacionales. Bien que ese objetivo lo logró con la
colaboración inestimable de toda la centroizquierda, que como Carrió
primero amagó con resistir ese intento autoritario (junto a la CTA y
a Zamora en el “espacio ciudadano”) para avalarlo y legitimarlo=
días
más tarde, desnudando de paso la cobardía y la sumisión intrínseca
del “progresismo” criollo. La centroizquierda aceptó sin chista=
r que
las elecciones nacionales sean al mismo tiempo el campo de disputa de
las internas del PJ. Sin posibilidad de ir a internas previas sin que
resultase de ellas una ruptura en tres partes del peronismo, Duhalde
impuso el inédito procedimiento de que un partido vaya con tres
candidatos distintos. Esta democracia tutelada por el aparato
justicialista de la Provincia de Buenos Aires logró con la
complicidad de todas las instituciones del régimen un fraude
institucional de proporciones mayúsculas.
La elección presidencial sin posibilidad de renovar las cámaras
legislativas, transformadas en internas simultáneas y obligatorias,
sometida al bombardeo de los medios de comunicación y la falta de una
alternativa unificada de las fuerzas populares de rechazo a estas
elecciones amañadas, facilitaron la polarización electoral y la
utilización impune del “voto útil” a favor de los candidatos de=
l
régimen.
Con las elecciones del 27 y el futuro ballotage, han dado un paso en
lo que se propusieron, para legitimar a este régimen de hambre,
miseria y represión y salvarlo hasta ahora de una nueva rebelión
popular.

Estas elecciones son parte de la crisis
El voto del 27 de abril, sin embargo, no equivale ni mucho menos a la
plena recomposición del régimen político, el final de las disputas
interburguesas, la vuelta a la “normalidad” institucional o el =

eclipse sin pena ni gloria del movimento social nacido en las
Jornadas de diciembre de 2001.
Estas elecciones presidenciales no han sido una solución estructural
a la crisis. Lo característico de ellas ha sido justamente la
descomposición política de los partidos tradicionales, divididos en
fracciones y subfracciones y uno de ellos, el radicalismo, colocado
al filo de su extinción. El peronismo, dividido en tres porciones,
dos de las cuales son irreconciliables, expresa mucho más que una
disputa de caudillos por el aparato partidario y los fondos
estatales. Este cuadro de situación es la consumación de la crisis
final de los viejos partidos del régimen transformados en gerentes
directos del FMI y los grandes empresarios, mientras se disputan el
lugar desde el cual, corrompidos hasta la médula, intentarán
proseguir con el pillaje desenfrenado de las arcas públicas.
Al mismo tiempo los comicios han revelado que las disputas en el seno
de la cúpula del poder económico siguen siendo feroces. La contienda
en torno al “modelo” de los ’90 sostenido por Menem y Lóp=
ez Murphy o
al “modelo de la producción y el trabajo” con el que batió el p=
arche
Kirchner, no expresa más que la disputa entre las fracciones
económicas que de un lado cuentan con los bancos extranjeros, las
privatizadas y las empresas trasnacionales, mientras que del otro
están los grandes grupos locales, impulsores de la “patria
devaluadora” a las que Duhalde y Lavagna les pesificaron la deuda.
Esta guerra entre las distintas fracciones de la burguesía será un
factor de desestabilización económica y de chantaje político, como lo
vimos el lunes siguiente a las elecciones con el “voto cantado”=
de la
Bolsa.
Aún con todas sus diferencias, el FMI, que estableció aquí su oficina
permanente, se encargará de imponerles un nuevo recorte fiscal, la
privatización de la banca pública y un nuevo ajuste en la educación y
la salud. Y ambos están de acuerdo en mantener la “ventaja
competitiva” de la burguesía argentina, salarios “africanos&#82=
21;
garantizados por una devaluación feroz y una desocupación récord.

Fragmentación de las clases medias
Lo más destacado de estas elecciones es que revela una fragmentación
política y social como no habíamos visto en los primeros meses luego
de las Jornadas. En aquel momento parecía (y sólo parecía) que las
fuerzas de la derecha “habían desaparecido”. El “bloque d=
e
diciembre”, que reunía a todos aquellos que salieron a enfrentar al
gobierno moribundo de De la Rúa, parecía unir en una alianza atípica
por su heterogeneidad a las clases medias altas que salían a
manifestar con sus “4x4” por la devolución de sus dólares, hast=
a los
desocupados y las masas más empobrecidas que saquearon supermercados,
pasando por las clases medias arruinadas y estratos de asalariados
urbanos que le dieron vida a las asambleas populares y los obreros
que frente a la crisis tomaron las fábricas y las pusieron a
producir.
Esta alianza que levantó el slogan “que se vayan todos”, se des=
gajó y
dio paso a una mayor polarización social y política. Las clases
medias altas le dieron su apoyo escencialmente a López Murphy, que
intentará luego de su importante elección poner en pie una expresión
política partidaria de una derecha “moderna” (en el sentido de =
un
partido burgués despojado de cualquier retórica populista que fue una
característica histórica del PJ y la UCR), ligada a la embajada
norteamericana y lobbysta de las grandes empresas trasnacionales. La
clase media, que fue la base histórica de la centroizquierda en las
grandes concentraciones urbanas repartió su voto: Elisa Carrió, hizo
todo lo posible, empezando por su candidato a vicepresidente el
conservador Gutierrez, por mostrarse aceptable para el establishment
económico. Otra porción de las clases medias votó a Kirchner un tanto
como “mal menor” y otro tanto por conservar la precaria “=
estabilidad”
duhaldista. El voto de las clases medias se fragmentó por sectores
estratificados de clase, un fenómeno que se desarrolla gracias al
histórico hundimiento de la UCR (y la Alianza), que contenía en si
misma a todas estas fracciones sociales.
Los votos de la clase trabajadora se repartieron entre los candidatos
peronistas e incluso con la Carrió.
Por último una gran porción de los pobres urbanos, los desempleados y
las capas más bajas engrosaron el voto de Menem y Rodríguez Saá.

¿Dónde fue a parar el “voto bronca” de octubre de 2001?
Escencialmente a los diversos candidatos en que se repartieron las
clases medias, porque fueron ellas las que alimentaron
mayoritariamente ese voto cuando la desilusión con su propio gobierno
aliancista las arrastró al vacío político y las empujó -contra el
corralito y el estado de sitio- a las calles junto a las masas
pobres. Lo mismo puede decirse del entonces12% de votos para Zamora
en la Capital y del 7% a IU, que ahora fueron a engrosar variantes
pequeño burguesas o “votos útiles”.
Este “bloque de diciembre” estaba destinado a romperse a izquie=
rda y
derecha conforme a la lógica inevitable de clase. Así lo sostuvimos
desde diciembre del 2001 y por eso nos negamos a sumarnos a los
análisis “alegres” de muchas corrientes de izquierda que
veían “situaciones revolucionarias que se profundizan” sin
contradicciones ni rupturas de clase a izquierda y derecha.
Al no haberse hecho presente la clase trabajadora durante las
jornadas de diciembre y tampoco en los meses posteriores (salvo
pequeños batallones de las fábricas recuperadas), las clases medias,
que oscilan históricamente entre las dos clases fundamentales de la
sociedad moderna -la burguesía y el proletariado- carecieron de una
fuerza social dirigente que asegurara la alianza obrera y popular. La
clase trabajadora, aterrorizada por el desempleo de masas y la
dictadura policial de las burocracias sindicales, quedó ella misma
rehén de las diversas fracciones patronales, sobre todo de su ala
devaluadora. De esta manera, los sectores medios que fueron los más
dinámicos desde las jornadas de diciembre se fragmentaron y
terminaron apoyando políticamente a fracciones burguesas o pequeño
burguesas que las intentan reencauzar mediante el voto hacia el
sostenimiento del régimen burgués.
Nuestro partido se jugó por la tarea que en ese momento parecía
menos “vistosa” y más dura, la de establecer un trabajo sistemá=
tico
en el seno de la clase trabajadora y la de plantearle a la vanguardia
de diciembre la necesidad de establecer la más amplia unidad obrera y
popular, sostenida por la constitución de coordinadoras y organismos
de autoorganización democrática de masas.
La variante de una alianza obrera y popular que empuje a las clases
medias por la vía revolucionaria sólo era posible a condición de que
la clase trabajadora se hiciera presente en la escena nacional con
sus propias demandas y sus métodos de lucha, no alcanzando la mera
unidad (por otra parte efímera) de “piquete y cacerola”, un slo=
gan
impotente que fue convertido en estrategia por gran parte de la
izquierda.
Las burocracias sindicales (las CGT y la CTA) hicieron lo imposible
para impedir una verdadera unidad obrera y popular, pero tampoco
desde las fuerzas que se reclaman obreras y revolucionarias se
postuló alguna estrategia para llegar a las grandes concentraciones
de los millones de asalariados.
El PTS alertó a cada paso el peligro que existía en restringir las
expresiones de lucha a una mera reivindicación corporativa que
inevitablemente llevaría a un sindicalismo impotente entre los
trabajadores ocupados y a una subordinación mayor al Estado burgués
mediante el asistencialismo en el seno de los movimientos de
desocupados.
Sin embargo la continua existencia de una amplia vanguardia de lucha
es indiscutible. La revitalización de las asambleas populares
porteñas a partir del conflicto en Brukman, el frente único logrado
en torno al Primero de Mayo, el proceso, lento pero ininterrumpido,
de recuperación de sindicatos y comisiones internas (como acabamos de
ver en Pepsico Snacks), son todos elementos que indican que de
ninguna manera el movimiento social nacido en las Jornadas de
diciembre está derrotado. Lo que sucede es que la vanguardia sufre
una aguda falta de dirección revolucionaria, y ha quedado en estas
circunstancias a la defensiva.

Desconcierto del reformismo
Quienes hoy estarán pensando en llamar a votar a Kirchner contra
Menem, las corrientes reformistas como la CTA y la centroizquierda
que huyó del Frepaso, mostraron una incapacidad orgánica para ponerse
a la cabeza de las aspiraciones populares. No sólo para lograr alguna
tibia elección a “todos los cargos” (lo que ellos entendían del=
“que
se vayan todos”), tampoco lograron darle vida a su propio proyecto de=

capitalizar el triunfo del PT brasileño mediante algún tipo
de “Movimiento Político y Social”. Ahora han revelado de qué se=

trataba su peculiar “MPS”: la reconstrucción de la “Alian=
za de los
orígenes” junto con el ajustador Aníbal Ibarra.
Los dirigentes sindicales peronistas que han quedado divididos en las
tres listas peronistas posiblemente tiendan a reacomodarse luego del
ballotage y de acuerdo a quien triunfe. Pero es un hecho que los
líderes oficiales se han debilitado y conservan el récord histórico
de desprestigio.
Las divisiones entre las fracciones burguesas, la incapacidad de
ninguna de ellas de conquistar una hegemonía en las amplias capas de
la población, el fraccionamiento político y la crisis de los partidos
tradicionales y de la burocracia sindical, son todos elementos que
favorecerán en el próximo período el desarrollo de un movimiento
obrero independiente, la recuperación de nuevos sindicatos, la
constitución de organismos de democracia directa y la construcción de
una herramienta política propia de la clase trabajadora.

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Un contrapunto a la farsa electoral:


El "que se vayan todos" volvió en Brukman


En medio de la campaña electoral de los López Murphy, los Menem y los
Kirchner, las heroicas obreras de Brukman concitaron un enorme apoyo
por parte de las asambleas populares, trabajadores y desocupados, y
de la simpatía de franjas enteras de la población de la Capital,
volviendo a sentirse en sus calles el "que se vayan todos". El
resultado del 27 no ha cambiado esas condiciones. Esto significa que
las batallas de la clase obrera, si tienen un programa claro, pueden
provocar el entusiasmo y ofrecer una causa por la cual luchar a
amplias masas populares, cuestión que ninguno de los partidos y
candidatos del régimen pudo lograr con sus elecciones del 27 de
abril. Las obreras de Brukman recibieron este apoyo obrero y popular
porque expresan con su ejemplo de lucha el interés de millones de
trabajadores y de la Argentina profunda que padece la enfermedad
social endémica del capitalismo: una desocupación de más del 25% y
una subocupación semejante. La alianza obrera y popular expresada en
las calles de la Capital unos días antes de las elecciones alrededor
del conflicto por Brukman necesita expresarse como una fuerza
política independiente que le de una bandera por la cual pelear a
millones de explotados.
Dotada de un programa y una estrategia revolucionaria nuestra clase
trabajadora, que ha dado batallas memorables en la historia nacional
y que hoy comienza incipientemente a resurgir bajo nuevas condiciones
y bajo un nuevo programa, será invencible.






Lun, 5 de May, 2003 2:12 pm

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