Muy bueno.
Danilo
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La Unidad Popular chilena: Una experiencia para reflexionar
por Daniel Campione . Wednesday September 10, 2003 at 03:43 PM
Un intento de reflexionar sobre el sentido de la experiencia de la UP,
eludiendo la recaída en el mero repudio al golpe, o el emotivo homenaje a
los caídos.
A treinta años del golpe militar del 11 de septiembre de 1973, no es del
todo fácil dejar el tono del repudio a la dictadura de Pinochet, del
homenaje a los caídos en defensa de la idea del socialismo en Chile, y pasar
al campo de la reflexión, procurando indagar qué elementos para el análisis,
qué enseñanzas de cara al presente deja la experiencia de gobierno de la
Unidad Popular. Pero, sin duda, vale la pena intentarlo.
Los 'eurocomunistas' del PC italiano, sacaron conclusiones de inmediato, a
su modo: La transformación socialista en democracia no era posible sin el
apoyo de las mayorías, lo que quería decir, sin el entendimiento con los
partidos 'burgueses'. Emprendieron el 'compromiso histórico', que, como
comentara en tono sarcástico Perry Anderson, consistía en comprometerse a
dejar que los demócratas cristianos escribieran sólos la historia. Y de allí
partieron a un imparable proceso de mutación socialdemócrata que finalmente
les permitió llegar al gobierno, ya en los 90' y sin el molesto nombre de
'comunistas', para administrar lo existente, y de un modo que hubiera
avergonzado incluso a socialdemócratas de unas décadas atrás.
Allí hay una vía de interpretación de la caída de Allende: No logró ampliar
sus bases de sustentación, no alcanzó un pacto con las fuerzas que estaban a
su derecha, pero no eran reaccionarias, básicamente la DC chilena, que
debería haberlas incluido en el gobierno, o al menos abrir un espacio de
amplia negociación. En esa línea de análisis, Allende avanzó demasiado en
nacionalizaciones y medidas populares, y tuvo la dificultad de tener a su
izquierda a los sectores radicalizados del Partido Socialista y al MIR, que
procuraban acelerar la marcha y ahuyentaban a potenciales aliados y a
sectores pasibles de ser neutralizados... Y si avanzar hacia el socialismo
se mostraba imposible dentro de la institucionalidad parlamentaria, había
que renunciar al objetivo, no revisar los medios.
Otros analistas ponen el énfasis en que la UP no supo defender con toda la
energía su gobierno, que se confió equivocadamente en la supuesta tradición
democrática de las Fuerzas Armadas, que Allende no clausuró a la prensa
opositora más cerril, ni reprimió con toda la energía al terrorismo de
Patria y Libertad, no armó a militantes y trabajadores que reclamaban
fusiles para defender al que consideraban su gobierno. Se trataba entonces
de seguir en la cautelosa vía emprendida, de un gobierno que fuese abriendo
gradualmente las puertas para una 'transición al socialismo', pero con menos
apego por las formas legales y las libertades públicas de los enemigos,
utilizar la autoridad estatal a pleno para mantenerse en el poder a como
diera lugar...
Cuando se examina las derrotas, se suele partir de la base de que un camino
para evitarlas estaba allí a la mano, que solo la ceguera estratégica o la
incapacidad de imponer una dirección efectiva acarreó el contraste final.
Eso confiere un dramatismo al análisis que lo torna seductor y emotivo, pero
no tiene por qué ser históricamente cierto. En ocasiones, sobre todo para la
mirada de corto plazo, no hay un camino abierto hacia el triunfo, el bando
adversario es lo suficientemente fuerte, el arraigo cultural de la visión
hegemónica tan sólido, y las fuerzas revolucionarias tan débiles o
inexpertas, como para que la experiencia progresiva esté destinada a la
derrota... Conclusión de este tipo sacó el propio Marx respecto a la Comuna
de París, y ante la pregunta de qué hacer al respecto, su respuesta fue
unívoca: Apoyarla con todo el ímpetu posible. Y la Comuna se inscribió para
siempre entre las experiencias que ayudaron a pensar y actuar a los
movimientos socialistas en todo el mundo, pese a su inviabilidad en la
coyuntura.
Ocurre que el mismo proceso político puede llegar a la derrota por caminos
distintos, incluso opuestos, pero el valor de la experiencia que dejan, el
que esta equivalga a la frustración duradera o al estímulo inmediato para
volver a intentarlo, es radicalmente diferente. Se puede perder en el
esfuerzo denodado por avanzar; también se puede sufrir la derrota a la
defensiva, tratando de aplacar a enemigos que no pueden ni quieren saciarse
con concesiones parciales...Por tanto, creemos que no se trata de
desgañitarse sólo en la búsqueda del por qué del contraste, y lo que es su
reverso ineludible, de qué forma se podría haber cambiado el revés en
triunfo. A veces resulta más interesante, de cara al futuro, preguntarse
seriamente a dónde se quería llegar, qué tipo de poder se buscaba construir,
que contradicciones y que fuerzas surcaban el campo de las clases populares
actuantes, en fin, cuánto de impulso auténticamente revolucionario y
sustantivamente democrático tenía el proceso, y cuáles eran los caminos que
lo llevaban más hacia adelante.
La Unidad Popular llega al gobierno en el país de América Latina que, junto
con Uruguay, tenía la más continuada tradición de democracia parlamentaria.
Y en esa tradición se insertaba la izquierda marxista más poderosa de
América Latina. Se vivía la coyuntura particular de esos años: la rebeldía
global de 1968, el alza de la izquierda y de movimientos revolucionarios en
diversas partes del mundo, el gran capital y su estado-guía comenzando a
sufrir inopinadas derrotas, nuevas discusiones (o viejos debates reavivados
y renovados al ritmo de la hora), sacudían a los socialistas del
subcontinente en general, y a la de Chile en particular. Si vía pacífica o
armada, si revolución democrática o socialista, si la alianza era con todos
las clases trabajadoras y explotadas o incluía a sectores no monopolistas de
la burguesía... Todas esas divergencias se manifestarían en la izquierda
chilena de los años de Allende, tanto la incluida en la Unidad Popular, como
la externa al gobierno (principalmente el MIR). Aunque más gradualmente en
América Latina que en Europa, las izquierdas tradicionales empezaban a estar
sitiadas por la 'nueva izquierda', más crítica a la sociedad de consumo, a
la moral tradicional, a las experiencias de la URSS y Europa del Este,
propensa a construir una nueva libertad en la vida cotidiana, un concepto
más rico de la acción colectiva; a menudo menos 'ortodoxa' en la concepción
misma de partido, más valorizadora de lo espontáneo frente a lo organizado,
a veces inclinada a dar un lugar importante a 'los pobres de la ciudad y el
campo' sin la rigidez obrerista de los PCs. Aquellas grandes divergencias
sobre estrategia, fueron a su vez atravesadas por las nuevas formas de ver
la organización, el modo de vivir, las jerarquías, la ética revolucionaria.
Desde Guevara a Marcuse, pasando por la revolución cultural, se manejaban
herramientas ideológicas que hacían que las ortodoxias comenzaban a quedar
acorraladas.
Y en medio de todas las discusiones y desacuerdos del momento, suscitadas en
el clima de época del triunfo de la revolución cubana y su posterior
resistencia exitosa a todas las acechanzas, del empantanamiento
norteamericano en Vietnam, se destila una, que quizás mantenga un interés y
actualidad mayor que las otras. En el gobierno de la UP predominaba la tesis
de que eran las instituciones democrático-parlamentarias las que debían
dirigir el proceso de transición. Las organizaciones obreras y populares
debían acompañar la experiencia, movilizarse en favor de ella, pero no
intentar forzar el ritmo, y menos aún probar de cambiar el carácter del
régimen, auspiciar formas de autogobierno de las masas, de'doble poder',
atizar cambios en las relaciones de propiedad desde la iniciativa popular y
no la 'institucional'. Como no podía ser de otra manera, en un proceso con
la raigambre popular de la UP, y con el variopinto arco de izquierda que la
conformaba, precisamente fueron ese tipo de acciones las que realizaron
obreros urbanos y rurales, campesinos, estudiantes, fuerzas de izquierda por
dentro y por fuera de la Unidad Popular. Tomas de fábricas, campamentos de
pobladores 'sin casa', tomas de tierras por movimientos indígenas, y ya
avanzado el proceso, iniciativas de coordinación y articulación, como las
coordinadoras de cordones industriales y la asamblea del pueblo de
Concepción, organizaciones de autodefensa, y también órganos populares de
autogobierno como los comandos comunales y los cordones industriales. Y los
sectores más radicalizados propiciaban un cambio de la institucionalidad,
una superación de los límites de la democracia representativa...Y allí se
manifiestan las lineas de debate fundamentales, las sempiternas dicotomías
sin resolver: Iniciativa popular o cambios 'desde arriba', institucionalidad
parlamentaria u organismos de democracia popular semi-directa y directa,
avance por medio de la legislación o 'empoderamiento' por parte de los hasta
ese momento desposeídos.
El gobierno de Allende, o las líneas predominantes en él, subestimaban el
verdadero carácter de clase del estado chileno, el poder burgués diseminado
por una amplia gama de instituciones, no justipreciaban la posibilidad de
que se produjera un quiebre, tal como el 'golpe'. Los 'de abajo',
radicalizados, y alentados por la presencia de un gobierno que consideran
como propio, irrumpieron procurando un 'orden nuevo' que llevaba ciertas
marcas del caos, de lo espontáneo e inmanejable. Se da así un conflicto cuya
sustancia no pasa necesariamente por lo más o menos radical de las reformas
producidas, o por la amplitud de las expropiaciones a los capitalistas, sino
por el alcance de democratización radical, de cambio efectivo en quienes
ejercen el poder y las modalidades con que lo hacen. Es cierto que la
prudencia 'programática' tiende a maridarse con la voluntad de mantener toda
la iniciativa posible en manos del aparato estatal, y Chile no fue la
excepción en este tema, y quienes deseaban hacer avanzar la historia a toda
velocidad se apoyaban en la insolencia de los movimientos populares que no
querían saber de gradualismos ni pactos. Pero en el fondo se enfrentaban la
apuesta a transformar la sociedad sobre la base del cuadro institucional
existente, o la de construir poder 'desde abajo' para enfrentarse a un poder
de clases dominantes que llegado el momento crítico no respetarían legalidad
ni instituciones. Esta bifurcación de caminos al interior de las fuerzas
revolucionarias, trae reminiscencias de la de la España de la guerra civil,
pero a diferencia de allí, no se dio como ruptura, como paso a la oposición,
sino con un tono de 'unidad en la diversidad' que; sin embargo, no logró
evitar la parálisis cuando la perspectiva del alzamiento militar se
convirtió en una amenaza inmediata...
El hecho es que los capitalistas chilenos, los partidos de la derecha, el
conjunto de las fuerzas más conservadoras, así como las empresas
multinacionales y el estado norteamericano, reaccionaron con la misma furia
que si se enfrentaran a una revolución socialista en toda regla, a una
dictadura proletaria decidida a implantar el 'terror rojo'. Confirmaron una
vez más el aforismo que dice que la democracia es un juego que sólo se juega
mientras se respeta la preeminencia burguesa, de lo contrario el capital se
lleva la pelota. Desde el desabastecimiento al sabotaje, terminando en el
terrorismo abierto de P y L, desde lock outs patronales a la movilización de
las amas de casa, e incluso la huelga de sectores obreros descontentos,
ninguna medida opositora fue ahorrada. Pero todas las instituciones
estatales se abroquelaron para acorralar y finalmente declarar ilegal al
gobierno, le inhabilitaron ministros, le presentaron demandas en contra
desde la Controladuría. Y la 'prensa libre' llamó a derrocar y hasta a
asesinar al presidente, mientras se desplegaba todo el arsenal ideológico
anticomunista de la 'guerra fría'. Y en cuánto las circunstancias se lo
permitieron, echaron mano al recurso del golpe militar (alentado por los
norteamericanos, que a su vez contribuyeron a preparar el clima con un
boicot económico en toda la línea), demostrando que el amor a la democracia
va siempre muy por detrás del apego a la propiedad privada, y el
'constitucionalismo' de los militares una fidelidad menos firme que la que
las instituciones armadas suelen brindar al gran capital.
Una conjunción de fuerzas sociales y políticas que podía impulsar una
revolución, se había circunscripto (al menos a nivel de la dirección
estatal) en la construcción de un gobierno popular y democrático, y de todas
maneras se produjo el golpe, la derrota, la clausura de la democracia a
favor de una dictadura sangrienta. No se tomó el camino del enfrentamiento
armado con la reacción, pero ésta igual pasó por las armas a miles de
militantes y dirigentes de la izquierda
Y el golpe no fue uno de 'transición', de rápido llamado a elecciones, sino
'constituyente' (en el sentido no sólo institucional sino político-cultural
del término), tendiente a establecer un nuevo orden socioeconómico, una
constitución autoritaria, una democracia restringida, todo aquéllo que
garantizara no sólo el entierro de las conquistas de la UP, sino, mucho mas
allá, que las bases organizativas y de conciencia que había movilizado el
gobierno de Allende no pudieran reconstituirse por toda una generación. Una
década y media después pudieron irse recuperando las formas democráticas,
pero ya con la Concertación en vez de la Unidad Popular, con la política del
gran capital apenas maquillada de reformismo, y bajo la conducción
compartida de partidos que habían sido protagonistas de la UP, como el PS.
Queda demostrado que la hegemonía quedó en manos del gran capital para toda
una época...
Tal vez, cabe hoy reflexionar una vez más sobre la tentación al retroceso, a
abandonar el objetivo socialista por temor de los altos riesgos que implica,
y reafirmar la idea de que lo que ocurre es que no puede hacerse la
revolución sólo con los instrumentos diseñados para impedirla, y que la
profundidad de los procesos revolucionarios no se mide sólo (y quizás no
tanto) por el número de empresas nacionalizadas o la suma de héctareas
expropiadas, sino por quiénes, y de qué forma, tienen la verdadera capacidad
de decisión, la efectividad de la iniciativa, la dirección, en fin, del
proceso social y político. Como la España del 36, la Italia de los consejos
obreros, la Rusia de Octubre y los años posteriores, los 1000 días de la
Unidad Popular son un rico campo para el estudio y el debate en torno al
objetivo de arribar a una sociedad no capitalista, y la voluntad de no
conformarse con nada menos que eso...