Política, economía, sociedad
LA HORA DE LA VERDAD PARA EL GOBIERNO DE NÉSTOR KIRCHNER
A un mes de cumplir su primer año, el gobierno del presidente Néstor
Kirchner ingresa en un período de turbulencias económicas, políticas y
sociales que pondrán a prueba su fortaleza y capacidad para encontrar el
rumbo y los apoyos correctos. En este último punto, es decisivo que consiga
purificar y controlar a su propio partido, el peronista.
Por Carlos Gabetta
Director de Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.
La enorme conmoción social y mediática que siguió al secuestro y asesinato
del joven Axel Blumberg en la provincia de Buenos Aires, a finales de marzo
pasado, marca para el gobierno del presidente Néstor Kirchner, que el
próximo 25 de mayo cumplirá su primer año de ejercicio, el final de lo que
podría llamarse su luna de miel con el conjunto de la sociedad y el inicio
de la contraofensiva de los sectores más conservadores.
El 1 de abril, una multitud estimada en unas 100.000 personas se reunió en
Buenos Aires, frente al Congreso de la Nación, para protestar por la muerte
de Axel y reclamar por el fin de la violencia y la inseguridad. En sólo dos
o tres días, azuzada desde una serie de medios de comunicación vinculados
con la derecha política, pero evidentemente angustiada por una situación
real, la clase media argentina, que no se movilizaba desde que los bancos
decidieran el "corralito" (1), en diciembre de 2001, volvió a hacer sentir
su presencia en las calles.
Desde hace al menos una década, en Argentina –un país que produce alimentos
para una población diez veces mayor que la suya– muere medio centenar de
niños por día por causas vinculadas con la desnutrición. Por otra parte, la
violencia de los delincuentes organizados y de la policía (la mayor parte de
las veces íntimamente ligadas), se ha cobrado ya centenares de vidas; quizá
miles, si se registrara sistemáticamente lo que ocurre a diario en todo el
país, en particular en las grandes aglomeraciones en que viven los millones
de marginados sociales.
La dictadura militar (1976/83) dejó como herencia, además de una enorme
deuda externa y un aparato productivo semidestruído, un entramado
mafioso-policial y de servicios de inteligencia (del Estado, de las fuerzas
armadas, de la policía) llevado al paroxismo, que tanto los gobiernos
radicales como peronistas que le sucedieron no sólo no se preocuparon por
desactivar, sino que aprovecharon con el mayor desparpajo, restituyéndole un
antiguo socio: los llamados "punteros" políticos, esos caudillejos de barrio
que suscitan adhesiones repartiendo prebendas y favores (pero sobre todo
mediante promesas e intimidaciones) y que representan para los partidos
políticos una fuente de recaudación importante. En democracia, también se
corrompió un sector importante del aparato judicial.
El juego legal y clandestino, el narcotráfico, la prostitución y una serie
de delitos organizados, desde los secuestros de personas hasta el asalto a
bancos ("negocios" que mueven miles de millones anuales) están en diverso
grado en manos de dirigentes políticos, jueces, policías y delincuentes
comunes que se reparten el trabajo, según el caso y la ocasión, de otorgar
licencias, recaudar, proteger, extorsionar, falsificar sumarios y
estadísticas, "liberar zonas" o presos de las cárceles para delinquir y
hasta encontrar chivos expiatorios –los famosos "perejiles"– para asumir
delitos ajenos.
Las enormes sumas recaudadas por esta mafia político-policial-judicial se
distribuyen entre los autores materiales de los diversos delitos y "suben"
por la escala jeráquica hasta el comisario de la seccional y los altos jefes
policiales, jueces y políticos.
Esta descripción no es en absoluto original. Al contrario, la conciencia que
de este fenómeno existe entre los ciudadanos y los medios de comunicación
constituye quizá su aspecto más escandaloso: Argentina es uno de esos raros
países donde casi todo el mundo sabe que la mayoría de los dirigentes
sindicales o políticos y muchos periodistas, policías o jueces poseen bienes
millonarios y llevan una vida rumbosa que ni su procedencia familiar ni
mucho menos su salario justifican. Algunos de estos personajes suelen
aparecer en las portadas de la prensa "rosa" abriendo las puertas de sus
mansiones y exhibiendo sus riquezas.
Un muerto algo especial
No parece entonces casual que pocos días después de que el presidente
Kirchner provocara una crisis en su propio partido, el Justicialista, con la
intención evidente de iniciar un proceso de transformaciones profundas que
llevase al recambio de la mayor parte de sus dirigentes, el asesinato del
joven Axel Blumberg, uno más de los tantos que ocurren casi a diario en el
país, fuese tomado como estandarte por el poderoso aparato de medios de
comunicación de la derecha argentina.
Es evidente que el conjunto de la sociedad está harto de la situación y que
el estallido social ante el problema de la inseguridad podría haberse
producido de todos modos, en este momento o en cualquier otro. Hay de esto
antecedentes importantes, como el caso de la joven Soledad Morales en la
provincia de Catamarca a mediados de los 90 (cuyo impacto social condujo al
desmoronamiento del sistema caudillesco de la familia Saadi) o, más
recientemente, el de otras dos jóvenes asesinadas en Santiago del Estero
durante una orgía de la que habrían participado políticos y policías, que
concluyó en la intervención de la provincia por el Ejecutivo nacional y el
arresto de la esperpéntica gobernadora Nina Aragonés de Juárez y su esposo.
Pero lo que interesa subrayar aquí es el momento elegido por la derecha
política y mediática para poner sus recursos detrás del caso Axel Blumberg y
tratar, sin decirlo abiertamente por ahora, de responsabilizar al gobierno
actual ante la opinión pública por el problema de la inseguridad.
Fuertemente golpeada por la debacle financiera, económica, social y
finalmente política desde diciembre de 2001, cuando el presidente Fernando
de la Rúa fue obligado a renunciar por una masiva movilización social
provocada por el fracaso y las consecuencias sociales de las políticas
neoliberales, la derecha argentina debió soportar en relativo silencio y
quietud que el gobierno Kirchner se plantara ante el Fondo Monetario
Internacional; destituyera a "sus" miembros de la Corte Suprema de Justicia
para reemplazarlos con métodos de la mayor transparencia por jueces
calificados y honestos; se negara a renovar algunos de los privilegios
otorgados a las compañías transnacionales; tomara firmemente el comando de
las Fuerzas Armadas y pidiese perdón en nombre del Estado a las víctimas de
la dictadura.
Pero el tema de la inseguridad parece haber estimulado a la derecha a
retomar la iniciativa, en el momento preciso en que el gobierno ingresa en
la etapa más difícil de su gestión. En efecto, ha comenzado el otoño austral
y pronto el invierno hará que aumente exponencialmente la demanda de
energía, ya dimensionada por el fuerte repunte de la economía. Las empresas
de petróleo, gas y electricidad (todas privatizadas) mantienen un conflicto
con el gobierno, vinculado con la negativa de éste a permitirles aumentar
las tarifas. Ya desde febrero pasado, y con la excusa de que el
congelamiento tarifario les ha impedido realizar inversiones, las empresas
vienen anunciado cortes de energía para el invierno. Se han producido
algunos incluso en pleno verano.
No existen casi dudas de quien tiene razón en este tema, ya que todos los
estudios serios demuestran que, salvo alguna excepción, las compañías
privatizadas se dedicaron a lo largo de la década de los 90 a repatriar lo
esencial de sus ganancias y no cumplieron con los planes de inversión. Pero
lo cierto es que el gobierno deberá en este punto manejar muy bien la
situación ante eventuales carencias de energía, ya que cortes prolongados
podrían, además de afectar la recuperación económica, poner definitivamente
en su contra a esos mismos sectores de clase media que hoy se manifiestan
por el problema de la inseguridad. Por el contrario, si acepta los reclamos
por aumentos masivos de tarifas de las compañías privatizadas, serán los
sectores más desfavorecidos de la sociedad los que se verán afectados
esencialmente, ya que esos aumentos, además de lesivos en sí mismos, no
dejarían de provocar inflación.
¿Quién apoyará al gobierno?
Al cumplir pues su primer año, el gobierno tendrá abiertos tres frentes
importantes: económico, social y político. Es cierto que están abiertos
desde que asumió y que los ha enfrentado con decisión, energía y, hasta
ahora, con éxito. Pero como siempre ocurre en estos casos, no solo ha
concluído el período de luna de miel con la sociedad, sino que el tiempo
transcurrido desde los sucesos de diciembre de 2001 ha permitido que la
derecha, su poderoso aparato de medios de comunicación y la miríada de
políticos y funcionarios que ocupan el Congreso, las gobernaciones, las
intendencias y los puestos ejecutivos y legislativos del país, masivamente
repudiados por el famoso "que se vayan todos" de diciembre de 2001, hayan
recuperado el resuello y, desde los mismos lugares de los que se suponía que
debían haberse ido, comiencen a presionar y extorsionar al gobierno.
El intento de apropiarse del justo reclamo de Juan Blumberg, el padre de
Axel, puede verse como una suerte de ensayo general de esta ofensiva en
ciernes. En este caso la sociedad ha reaccionado positivamente ante el
intento de "derechizar" el reclamo y el propio Juan Blumberg se encargó de
aclarar públicamente que no está por la pena de muerte, ni contra la
democracia, ni responde a ese tipo de políticos (2).
Pero todas las tareas que se requieren para hacer de Argentina "un país
serio" como se propone el presidente Kirchner, suponen afectar intereses
concretos. En el caso de la seguridad, se trata de cortar de un tajo la
relación políticos-policías-delincuentes. El resultado concreto de esto es
que si Kirchner quiere realmente dar ese paso debe disponerse a soportar la
feroz oposición de la mayoría de los dirigentes de su propio partido, el
Justicialista, que no dejarán de aliarse puntualmente en esa batalla con el
radicalismo y la derecha. La fuerza política y mediática de esta coalición
de intereses no puede desestimarse.
Hasta ahora Kirchner se ha apoyado en el estado de choque en que quedaron
esos sectores después de las movilizaciones de 2001 y la quiebra económica y
financiera del país, y en la indudable popularidad de que disfruta en
amplios sectores de la sociedad. Pero en política, y sobre todo en
sociedades lábiles como la argentina, ese apoyo tiene la fragilidad de una
flor de estufa. El ex presidente radical Raúl Alfonsín puede dar buena
cuenta de eso. Unos cortes de energía continuados y algunas provocaciones
más de la mafia político-policial, aderezadas con una campaña mediática bien
dirigida, y buena parte de ese apoyo se diluirá rápidamente.
El caso Blumberg muestra no obstante que buena parte de la sociedad
argentina está más madura que hace veinte años, cuando se recuperó la
democracia. La reacción de distintas organizaciones sociales y políticas y
de parte de los medios de comunicación ante el intento de la derecha de
apropiarse de la bandera de la seguridad desbarató el intento y mostró que
existen reservas para profundizar el intento de transformar el país.
Esas fuerzas son muchas, muy variadas y en algunos casos bien organizadas,
pero se encuentran totalmente dispersas. Al gobierno de Néstor Kirchner le
va la alternativa del triunfo o el fracaso en la tarea de reformar la
política, empezando por su propio partido, para que el conjunto de esas
fuerzas, más allá de las diferencias políticas e ideológicas, se encolumne
detrás suyo para derrotar la contraofensiva de la derecha.
1 "Corralito": a finales de 2001, en el marco de una gravísima crisis, los
bancos argentinos inmovilizaron los fondos de sus clientes, lo que provocó
una inmediata reacción social.
2 Juan Blumberg hizo pública una carta, publicada íntegramente por
Página/12, Buenos Aires, 11-04-04.
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