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BOLIVIA: EL CABILDO DE COCHABAMBA:   Lista de mensajes  
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BOLIVIA: EL CABILDO DE COCHABAMBA:
"LA IGNORANCIA NO HABÍA ESTADO EN EL CAMPO,
HABÍA ESTADO EN LA CIUDAD"

Por Rafael Bautista S.

La sentencia fue unánime. Los siempre acusados de ignorancia (los
indios) mostraron dónde realmente está arraigada esa tamaña
ignorancia (que es capaz de hacer lo único que sabe: golpear hasta
matar). La ciudad siempre había renegado del campo, cuando fue
siempre, el campo, el proveedor de las necesidades de la ciudad. En
otros términos: el racista odio "educado" de la ciudad mostró que
ese odio disimulado no suele siempre disimularse. Tal "educación" no
puede frenar sus propios impulsos porque, en definitiva, no es una
educación que forma, sino que deforma. Esa deformación se
autentifica en lo que vimos: citadinos fanáticos dispuestos
a "limpiar su ciudad de indeseables" (manifiesto de la Nación Camba,
ahora esgrimida por una "juventud cochabambina", remedo de la
fascista "juventud cruceñista"); racismo alimentado por los mass
media, que no se ahorran de medios para incendiar más a este país,
avalando la violencia de los fascistas como "acto democrático",
mientras satanizan el uso legítimo de la defensa como "violación de
la democracia". Trastornando de este modo la opinión pública y
privarla de todo criterio para poder evaluar lo que muestran las
imágenes. Si no hay criterios éticos, toda violencia aparece como la
misma, tanto del que agrede como del que se defiende; de este modo,
verdugo y víctima aparecen medidos con la misma vara. Por eso el
cinismo de los mass media presenta a corruptos y delincuentes (de la
derecha que gobernó y rifó a este país) como los "abanderados de la
democracia", mientras la indignación del pueblo la muestran como la
imagen que nos hacen creer: turba delincuencial de cocaleros
narcotraficantes (puro agravio y desprecio, terrorismo verbal). Esa
imagen no sólo "vale más que mil palabras", vale más que todas las
vidas y la humanidad y la dignidad de todo un pueblo.

La imagen es el símbolo de la cultura de la ciudad, es decir, el
ciudadano ve lo que la imagen le muestra; pero la imagen nunca es
neutra sino que está cargada de símbolos y valores, cuyos contenidos
previos han sido ya deformados por la educación formal (y ahora por
la televisión, que es la que deforma la opinión pública). La imagen
genera un culto a la estética (siempre en desmedro de toda ética)
que se disemina en la sociedad como un egotismo funcional al
mercado: la gente se ofrece como mercancía, como cosa atractiva,
haciendo de la convivencia humana un asunto de transacción
mercantil, donde el beneficio privado se manifiesta en la obtención
de más cosas; el ser humano se subordinan a la cosa y es esta la que
da razón de su existencia: la obtención de más cosas; siendo la más
preciada de todas el dinero: donde importa el dinero ya no importa
la gente. Es el fenómeno de la globalización: la subordinación de
los pueblos al dinero mundial, al capital. Es una subordinación
religiosa, cuyos templos se llaman Bancos y cuyas plegarias se
expresan en cifras, cuya religión, que la profesan los "educados"
por el capital, es ahora el neoliberalismo. Este asume su expansión
como una nueva cruzada religiosa, donde debe eliminar a los enemigos
de su Dios: los que se oponen a esa expansión, los que no hacen
mercado, los que sobran, los excluidos, los pobres, los indios. En
los países ricos estos enemigos están afuera y se construye muros
para evitar su presencia; mientras que en los países pobres el
enemigo es interno y hay que "limpiar" estos fantasmas que recorren
las ciudades. Son una presencia fantasmagórica porque los mass media
se encargan de satanizarlos: son turba violenta, irracional,
delincuentes adoctrinados, etc.; o sea, son siempre lo que hay que
eliminar, porque son indios, son el "eje del mal", los enemigos de
la civilización; o sea, si cometes violencia contra ellos no es
violencia, es mas bien un "acto heroico". Los "héroes" de la
globalización son los que limpian de "indeseables" su expansión. Y
los mass media les preparan, hasta con humor (cuando un prejuicio es
peligroso, los chistes son letales; así opera el racismo de la
comedia mediática boliviana), deformando a una juventud adicta a la
violencia (la pulsión de muerte que explota la estética posmoderna),
dirigiendo su descontento y su pasividad en una explosión de odio,
despertando el racismo centenario que prescribe su subconsciente a
la hora del insulto: "indio de mierda".

Pero es el indio quien alimenta con su trabajo a la ciudad, es el
indio quien cuida sus propiedades, quien limpia sus casas, quien
cría a sus hijos, es el indio el que pone su pecho contra el
dictador, el que va a defender a la patria siempre malagradecida, el
que en definitiva lucha por todos. Y es sobre quien descarga nuestra
oligarquía atrasada y subdesarrollada sus taras: la flojera, la
delincuencia, la mendicidad y la ignorancia son la cultura del que
increpa estas lacras a sus subalternos; depositando en otro sus
taras se cree liberado de ellas pero, como aquello sigue presente en
su subconsciente, el otro le devuelve su propia imagen, como en un
espejo, donde se retrata su propia mísera idiosincrasia. Por eso
desata sobre el indio el odio que siente por sí mismo; más aún si
este le recuerda su origen (odio redoblado que manifiesta el
mestizo). Por eso necesita sentirse superior (porque sabe en el
fondo que no lo es) y demostrarlo, por eso acude a la fuerza, porque
es lo único que posee y lo único que alardea. Por eso sale
a "defender la (su) paz" con bates de béisbol y palos de golf, con
pistolas y granadas ("ejemplar" modo que muestra en qué consiste
su "pacifismo"); el que se asume "culto" y "civilizado" no sabe otra
cosa sino insultar y apalear. Esa ignorancia fue la que salió a
embestir a un pueblo que, como de costumbre, lucha incluso por
aquellos que le desprecian. La arrogancia de la ciudad manifestó su
racismo crónico y lo expuso su tan glorificada (por los mass
media) "clase media". Quienes se autodenominan "defensores de la paz
y la democracia" demostraron que esa defensa es, en realidad,
violencia insensata del racismo citadino; de aquellos que se
atribuyen para sí el ejercicio de la política de modo intolerante y
racista: "la política es cosa de hombres" dicen los machos caporales
que piensan con el látigo, "no es cosa de indios". Carcomidos por el
mito de la superioridad, no saben sino exponer esa supuesta
superioridad como atropello: "cualquier oposición la aplastamos"
(declaración de Herr-man Antelo, cínico de Santa Cruz, ante la
convocatoria de un cabildo popular en Santa Cruz); porque su magro
entendimiento sólo concibe su supuesta superioridad como atropello
violento ante una también supuesta inferioridad.

Sólo hay una raza inferior, decía Marti, la de aquellos que se
consideran superiores. Es el producto de la ciudad colonial que
todavía soportamos, la ciudad que sólo ve su ombligo y piensa que el
mundo es ella, es la que desprecia al campo como el hijo que
desprecia a la madre. La ignorancia proviene de ella, porque nació
mirando para afuera, admirando lo de afuera, aspirando ser como
afuera. Despreciando lo de adentro se desprecia a sí misma;
blanqueando inútilmente su cultura (cuyo origen es el campo) no
logra otra cosa sino privarla de su autenticidad, despojarle del
alimento nutricional que hace a su desarrollo y convertirla en otro
objeto, sin vida y sin historia, una mercancía que se
presente "familiar" al apetito de afuera. Porque al dirigir su
atención exclusivamente hacia fuera ella misma se anula todo sentido
posible y vive exclusivamente sirviendo a los sentidos que se le
impone desde afuera. Vive para complacer al dinero mundial, porque
está hecha a su imagen y semejanza.

Por eso los Bancos están en su centro. El santuario en el cual
depositan sus ofrendas para agradar el apetito de su Dios: la
transferencia sistemática de "valor" (robo de riqueza) de los países
pobres a los ricos. En las ciudades se media esta transferencia y es
el lugar donde (vía mass media) se santifica esta práctica (por eso,
con lenguaje cuasi litúrgico, señalan cada día las alzas y las bajas
de la bolsa de valores, el valor de la moneda mundial, las
inyecciones de inversión, etc.), identificando el "estar bien"
cuando se inflan las cifras, es decir, "estamos bien" cuando el
capital, la cosa, "está bien", aunque estemos mal, muriéndonos en la
miseria; si el capital está rechoncho entonces no hay de qué
quejarse. Esa es la "paz de los impíos", los que "tranquilos
constantemente aumentan sus fortunas" (salmo 73, 12), mientras el
pueblo se muere en la miseria, "por eso el pueblo se vuelve contra
ellos" (salmo 73, 10). Así llaman violencia al clamor de justicia
del pueblo y entonces se movilizan a defender su paz, es decir, su
paz es la tranquila reproducción de la injusticia a la cual
sirven: "Como quien inmola al hijo a la vista de sus padres, así el
que ofrece sacrificios de lo robado a los pobres. Su escasez es la
vida de los indigentes y quien se la quita es un asesino. Mata al
prójimo quien le priva de la subsistencia. Y derrama sangre quien
retiene el salario del obrero" (Eclesiástico 34, 21-27). Por eso
prorrumpen en sandeces como esta: "Bolivia enfrentada"; "Bolivia ya
no vive en armonía"; o sea, vivíamos en el paraíso, o sea, nunca
hubo violencia, o sea, no existió dictadura, masacres,
persecuciones, no hubo guerra del agua, del gas, etc. ¿En qué país
vivían los mass media, que pronuncian tal insensatez?

La ignorancia había pues estado en la ciudad y emana ahora de los
mass media. Es la ignorancia de aquel que no sabe reconocer su deuda
con sus semejantes; es la ignorancia del soberbio, que no sabe
agradecer, porque se cree autosuficiente y escupe su desprecio al
pueblo y al cielo; es el odio irracional del racismo citadino, que
no soporta que le gobierne un indio, que vengan a "su" ciudad a
perturbar "su" paz. El racismo presente en un prefecto, como Manfred
(y como los fascistas medialuneros), que prefiere separarse a ser
parte de un gobierno de indios; que confundió su labor puramente
administrativa (y subordinada al gobierno central) con la
provocación política abierta de quien se cree rey en su feudo, que
confunde la delegación que le hizo su pueblo con la potestad de
hacer lo que le de la gana, que desconoce la democracia y pretende
una plutocracia, que se burla de la voluntad popular y apuesta por
la tiranía. Si los límites de una persona están en los límites de su
lenguaje, los límites de los prefectos secesionistas son mas bien
exiguos, por eso su continua provocación, su tozudez colonial, su
ignara y cándida facilidad con la que hablan sobre la democracia. La
ignorancia es atrevida, más aún cuando esta se magnifica en las
pantallas de televisión.

La maledicencia contra el gobierno y contra el pueblo (esta
identificación muestra de qué lado se encuentran) es el pan de cada
día de los mass media, y actúa como una maldición; porque el
afectado no es sólo el que la propaga, o el imprecado, sino también
el que presta atención a ella (este es el posible propagador del
odio que anima al que maldice). Por eso una población citadina
acomodada (o acomodaticia) es la primera interpelada por la
furibunda rabia mediática, porque esta vive pendiente y sujeta a la
manipulación mediática (además de sujeta a los beneficios que rinde
el abrir las puertas a los ladrones de afuera y de adentro). Ella
hace eco del odio subliminal que teje el inconsciente citadino y que
despierta cuando, sobre todo, la televisión enciende el interruptor
que suele transformar a un "dulce angelito" en un "terminator". Es
la insensata adversidad que debe sufrir un pueblo que se quiere
liberar: la oposición de los suyos.

Cuando se menciona la dialéctica del amo y el esclavo, se olvida que
esta describe bien a la sumisión de quienes calculan sus intereses y
sacan provecho de aquella sumisión; en términos actuales, el esclavo
no es aquí el pueblo, sino sus elites y la famosa clase media; estas
son siempre las que apuestan por el sometimiento porque, de todos
modos, suelen siempre sostenerse en este, aunque indignamente,
porque siempre se sostienen sobre el pueblo, quien es, en
definitiva, el que soporta el peso real del sometimiento nacional.
La defensa ridícula e histriónica que protagoniza la clase media de
su "posición social" la realiza siempre a costa de los que padecen
la exclusión paulatina de todo beneficio posible; por eso no es raro
encontrar en la historia que los tiranos siempre cuentan con el
apoyo de estos sectores (como Franco, Hitler, Pinochet, Banzer y
ahora los prefectos medialuneros). La clase media no forma parte del
pueblo por filiación automática sino por opción política e
histórica.

Pueblo es el bloque histórico de los oprimidos. No es una multitud
ni un congregado societal. Es el todo complejo de los excluidos que
se reúnen alrededor de una vanguardia que, históricamente, es la que
señala un nuevo sentido y un nuevo destino. Ahora son las naciones
indígenas. Son las que muestran una alternativa al callejón sin
salida que impone el proyecto moderno: El despilfarro de los países
ricos está no sólo pauperizando al 80% de la población del planeta;
lo más grave es que está dañando seriamente la capacidad
reproductiva de la tierra. Por eso, desde los noventas, los pueblos
indígenas, reclaman una nueva constitución, porque necesitamos
reestructurar todo de nuevo, porque una nación que beneficie a todos
necesita reordenar sus fundamentos. Por eso, los verdaderos
realistas son ellos: una economía centrada exclusivamente en la
maximización de las ganancias no es sostenible en el largo plazo.
Esa es la economía que se nos impuso desde la conquista y es la que
adoptaron nuestras elites con la republica, y el resultado empírico
es que somos una de las naciones más pobres del planeta (siendo
poseedores de una riqueza natural envidiable). Sólo los más
afectados de aquella pobreza son capaces de vislumbrar una esperanza
y son los que históricamente hacen posible la re-evolución de la
vida. Ellos son los verdaderos nunca incluidos y los que tienen la
autoridad moral y ética para cambiar verdaderamente las cosas,
porque hablan desde la exclusión y el padecimiento de todo el peso
del sometimiento nacional. La clase media es siempre acomodaticia y
cuando estima entrar en el asunto siempre, como decimos
coloquialmente, cría cuervos... No otra cosa resultó la derivación
de octubre (la guerra del gas, la insurrección del pueblo soberano),
vía clase media, en uno de los gobiernos más vergonzosos e
insultantes que haya tenido nuestra historia, en aquella nueva
subordinación vergonzosa del aprendiz de brujo Carlos Mesa a la
nueva derecha fascista y racista que apareció en Santa Cruz (que es
donde se aglutinan los separatistas y chantajean a un país con
inventadas confrontaciones: oriente versus occidente), que es a
donde escapó el prefecto de Cochabamba.

Pero lo mejor de la clase media no carga esa condena como una
fatalidad, su destino se define por el proyecto que abrace, al cual
subordina su presente en pos de un futuro más justo, para redimir
también su pasado. Por eso la humanidad de cada uno se define no por
la devoción entre iguales sino por el acto de justicia para con
aquel que no es nuestro igual, el prójimo. Por eso es bueno recordar
a San Basilio: "Pertenece a los que tienen hambre el pan que
guardas, a los desnudos el manto que conservas en los cofres, al
descalzo los zapatos que se pudren en la despensa, al pobre el
dinero que atesoras. Cometes tanta injusticia como personas hay a
quienes deberías ayudar". Por eso la política no es un acto
cualquiera (alterada y corrompida por las oligarquías), es siempre
un servicio consagrado a los necesitados, una vocación, porque
responde al clamor del pueblo: "He escuchado el clamor de Mi pueblo
y vi la crueldad con que los oprimen, por lo tanto ponte en camino,
pues te enviaré…" (Éxodo 3, 9-10), le dice El Señor a un pastor
acomodado y próspero, como era Moisés. Es, en suma, un acto
espiritual. Porque las necesidades materiales de mi prójimo son
necesidades espirituales para mí.

La Paz, Bolivia, Enero de 2007
Rafael Bautista S.
Autor de "OCTUBRE: EL LADO OSCURO DE LA LUNA"
Editorial "Tercera Piel", La Paz, Bolivia
rafaelcorso@...





Lun, 15 de Ene, 2007 3:55 pm

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BOLIVIA: EL CABILDO DE COCHABAMBA: "LA IGNORANCIA NO HABÍA ESTADO EN EL CAMPO, HABÍA ESTADO EN LA CIUDAD" Por Rafael Bautista S. La sentencia fue unánime....
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1:58 pm
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