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No pegué un ojo en toda la noche. Las voces de la gente en mi cabeza no paraban:
"No vayas a esa escuela, es muy peligrosa", "Estás loca si te metés en esa
villa", "Es la peor escuela de Fiorito".
Y bueno, ahí estaba yo, lista para salir de casa a las seis de la mañana.
Desde que conocí Villa Fiorito quise entrar en esa escuela, porque sé que nadie
quiere ir, que los chicos cambian de docente a cada rato y porque ya muchas
otras veces me asustaron con escuelas que, al final, resultaron tranquilas.
Cuando llegué a La Noria me bajé del 32 para tomarme el colectivo que según
www.comoviajo. com me dejaría a dos cuadras. Pero no.
No sólo no me llevaba a la escuela, sino que tenía que subirme igual, bajarme
en un barrio que no conocía y tomarme otro colectivo que me dejaría cerca.
Para empeorar la situación, llovía a cántaros. Había llovido toda la noche,
probablemente las calles inundadas y la escuela que no tiene teléfono. Y yo que
quería llegar.
Ahí, de la nada, en medio del bondi, apareció mi salvación: Isidro*.
Isidro tiene 71 años y vivió toda la vida en Fiorito. Me escuchó hablar con el
colectivero y se acercó: - ¿querés llegar a la escuela? Yo la conozco, te voy a
ayudar.
Me contó que ama su barrio, y que vive a pocas cuadras de la escuela en
cuestión. Que al barrio le hacen mala fama y que gracias a eso nadie quiere ir a
trabajar allí. Que se necesitan docentes.
Cuando bajamos del colectivo nos dimos cuenta de que estaba todo inundado, los
bondis no llegarían a la escuela. -"No vamos a poder llegar", me dijo.
-Que mal, poque yo quiero ir.
-¿Querés llegar igual? Vamos. Nos vamos a embarrar un poco, eso sí.
Y así otro bondi, y cinco cuadras tenebrosas por los pasillos de la villa, y
mucho barro y lluvia. Finalmente llegamos.
La escuela estaba vacía. Un chico estaba en la puerta, indignado y triste por
haber caminado hasta allí para enterarse de que no había clases.
Entramos, una portera que nos preguntó qué hacíamos ahí y luego me comunicó con
la directora, quien me agradeció por haber ido y me dijo que cuando llueve se
suspenden las clases, porque los colectivos no pasan y esas cinco cuadras son
muy peligrosas para cualquiera.
No había mucho más que hacer. Isidro y yo emprendimos la vuelta, y mientras
caminábamos las cinco cuadras me detuve a observar las casillas, me preguntaba
cómo la estarían pasando adentro, porque la lluvia seguro había llegado a mojar
cada colchón.
Y hablamos mucho, y le conté que amo mi profesión y amo el barrio, que lo siento
como mío.
-Hoy fui tu ángel guardián, Dios me puso en tu camino.
Le dije que sí y sonreí, no quise contarle que soy atea.
* Gracias "Cachito", nos estamos viendo.
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