1 millon de refugiados en Israel
Hasta donde se extiende la mirada hay carpas gigantes blancas que se
confunden con la arena pálida de la playa que baja hacia el
Mediterráneo. Es una zona de tremendos contrastes. El lugar parece
un balneario como los que hay cerca de Villa Gesell, sin tanta
arboleda, despojado pero agradable. Hay un parador donde se ven
montones de bikinis, una barra para jugos y mucha gente joven y
divertida.
Pero si se caminan 100 metros, hay una ciudad de carpas enormes que
albergan a 5.000 refugiados que han huido de sus ciudades
bombardeadas en el norte israelí y padecen ahí en esa confusión de
vacaciones obligadas y desesperanza. Son parte del más de medio
millón que han debido migrar buscando alguna salvaguarda.
"Al comienzo está todo bien, pero después no es fácil. Es mucha
gente, los chicos, los ancianos. Tienen problemas, están
angustiados", dice Tomer Gilliz, un mendocino de 26 años que, en su
doble papel de auxiliar y refugiado, está ahí desde hace una semana
porque también debió escapar de su casa en Kyriat Shmona, una de las
ciudades más atacadas por los Katiusha.
Arie Vaknim, de la ONG "Experiencia Israel" que coordina el campo,
precisa que hay una legión de psicólogos voluntarios en el
campamento para contener a la gente. "Los refugiados vienen de las
distintas municipalidades. Es gente que ha estado un poco con sus
familias al sur, pero no pudieron quedarse. Y a veces tenemos brotes
porque no comprenden o no aceptan lo que les sucede".
"Es gente que está tomando conciencia de que son refugiados, y se
van apenando y cansando. Algunos se mojan incluso en la cama",
precisa María Riesnik, una asistente social argentina que ayuda aquí.
En cada carpa viven entre 40 y 150 personas. Se ven colchones por
todo el piso y montones de ventiladores. El lugar está plagado de
argentinos que han venido, muchos de Carmiel, en el norte israelí,
una ciudad bombardeada que tiene una numerosa colectividad
argentina. La crisis por la guerra y este peregrinar sin casa
escapando de los misiles les ha encendido a algunos el deseos de
volver al país. Pero no a todos.
Lorena Gomis tiene 20 años, es de José Ingenieros, y hace 15 días
que está en la carpa. Llegó hace 7 meses a Israel con su marido,
pero ahora se ha divorciado y decidió entrar en el ejército el año
próximo. "No pienso volver a Argentina", me dice y aclara que quiere
regresar a su casa aunque no tiene trabajo. Es una rubia muy bonita
que se esfuerza para aprender hebreo.
En la carpa se ha hecho amiga de la familia de Abraham Panton, con
su mujer y tres hijos, uno de ellos en edad de alistarse. Son de
Guernica. Se vinieron en el 2005 y hace dos semanas que están
aquí. "No es emocionante estar acá, así, de vacaciones. Por momentos
no se tolera. Nos vinimos después de que un misil cayó al lado de
casa".
En Carmiel, donde viven, trabaja en una fábrica que debió abandonar
en la huída. "Mi sueldo, me dicen que me lo va a pagar el Estado,
por lo que trato de estar tranquilo". Cuando le pregunto, piensa un
segundo y responde "por ahora nos quedamos en Israel. Aquí siempre
hay guerras". Nadie en todo el recorrido cuestiona la guerra, sí sus
consecuencias porque las viven.
Cerca de la entrada de una de las carpas, en un rincón junto a donde
se extiende un largo mostrador, y protegida en la sombra por el
intenso calor que ahoga esa tarde, una mujer joven acuna en brazos a
su hijo de un año y medio. Se llama Sabrina Dabush Saiegh y la
angustia le sube a los labios cada vez que intento hablarle. Hace 17
años que llegó a Israel con su familia desde Villa Pueyrredon y se
instalaron en Carmiel, donde abrieron dos negocios de lencería.
Parte de su gente también esta ahí: su mamá Julia y la abuela de 88
años.
"Nos fuimos a la casa de una tía de mi marido que es israelí, pero
somos un montón, no pudimos quedarnos y hace cuatro días que vinimos
aquí, pero yo no quería esto, cuando lo vi no quise entrar", dice, y
se toma el rostro con la mano libre frenando las lágrimas. Su otro
hijo de cinco la mira sentadito, serio, en una silla frente a ella.
"Es terrible esto. Me quiero ir, hay gente que puede tolerarlo, pero
yo no puedo... te das cuenta, los chicos, está todo sucio, los baños
que revientan y con ese olor...", dice. Han pensando en regresar a
Carmiel pero los gana el miedo. "Las alarmas sonando todo el día nos
mataban. Los chicos lloraban cuando las escuchaban", y otra vez se
le van las lágrimas mientras su nene más chico duerme en su hombro.
Julia, la mamá, es una señora de 52 años, que esta ahí con la abuela
yendo y viniendo. "Es como otra criatura", me dice señalándola. "Si
pudiera, mandaría todo al demonio y volvería a Buenos Aires".
Con el furor de la impotencia relata que tuvo que cerrar los
negocios porque por la guerra no había clientes. "Pero el banco nos
canceló las cuentas sin contemplar lo que sucede. Dicen que hay que
presentar papeles y papeles para que nos cubran la pérdida, pero,
¡dígame! quién puede hacer trámites estando acá, con este problema".
La mujer se quedó con una deuda de 15.000 dólares por lo que compró
previendo la temporada de verano. Dice que "(el premier Ehud) Olmert
debería ir a vivir a un refugio, a ver si le gusta" y repudia que el
Estado no se haga cargo de ellos, una denuncia que se escucha cada
vez con más insistencia.
La tucumana Alba Britman prefiere tomarlo con calma. Es divorciada,
tiene tres hijos, la mayor de 15 y el menor de 6 y se vino de una
localidad al norte de Haifa donde el riesgo era grande. "Ibamos al
refugio pero ahí no se puede estar siempre. En el supermercado donde
trabajo me dijeron que me fuera, que me cuidaban el puesto y aquí
estamos hace 10 días".
Esta mujer regordeta y agradable, que llegó en el 2000 pero mantiene
el acento musical del interior argentino, reconoce que esto es más
de lo que jamás esperó. "Nunca se ha vivido algo así aquí", dice.
Ana, la hija de 15 años, aclara que de todos modos "estamos
contentos en Israel".
—¿Te acordás de Argentina?
—Sí, si tenía diez años
—¿Y no te dan ganas de volver?
—No, yo no quiero volver. Prefiero una guerra que dura dos meses
cada tanto a vivir en una crisis social permanente.
—¿De veras?
—Sí.
Ana vuelve a la arena. Afuera el sol arde, se escucha una música
pegadiza que salta desde los parlantes y el rumor lejano de los
bañistas en la playa.
Fuente Diario Clarin