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evangelizad · María del Rosario de San Nicolás
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#100 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Mar, 22 de Sep, 2009 1:22 am
Asunto: María del Rosario de San Nicolás – XXVI Aniversario
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María del Rosario de San Nicolás – XXVI Aniversario

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*          *          *

Gladys, hoy está María, de manera especial, en esta ciudad. Se manifiesta así, el Amor de Dios, por sus hijos.

Por medio de la Madre, encontrarán al Hijo, por medio de la Madre, verán la Verdad del hijo.

Venid a Mí, que Mi Maternal Corazón, recoge vuestras necesidades.

Quiero que vuestros corazones, sientan el consuelo que os brinda Mi Corazón.

Orad, ofreced, amad al Señor y la esperanza revivirá en vosotros.

Hoy derramaré abundantes Bendiciones.

Aleluia.

Hazlo conocer a todos tus hermanos.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1523

 

*          *          *

La Santísima Virgen me dice: En estos momentos nadie está fuera de la Misericordia de Dios. Todo lo que se pida en el Nombre del Señor, será alcanzado.

El Corazón de la Madre derrama Grandes Bendiciones en este lugar,

especialmente en este día.

La Cruz Redentora de Cristo, se hace hoy presente.

Sea Alabado el Nombre del Señor.

Enseguida tengo una visión: Veo el Templo terminado, en la entrada hay tres enormes, enormes Copones y como Fuentes están derramando Agua.

Me dice: Es el Amor de Cristo, que se derrama para sus fieles.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1716

 

*          *          *

MEDITACIÓN: EL SILENCIO DE MARÍA[1]

I. — La Virgen ponderaba en su corazón los acontecimientos de su vida.

II. — Silencio de María en los tres años de la vida pública de Jesús.

III. — El recogimiento interior del cristiano.

I. Muchas veces hemos deseado que los Evangelistas narraran más sucesos y palabras de Santa María. El amor nos hace desear haber tenido más noticias de Nuestra Madre del Cielo. Sin embargo, Dios se encargó de dar a conocer todo lo necesario, tanto durante la vida de Nuestra Señora aquí en la tierra, como ahora, después de veinte siglos, a través del Magisterio de la Iglesia cuando, con la asistencia del Espíritu Santo, desarrolla y explicita los datos revelados.

Poco tiempo después de la Anunciación, aunque la Virgen no comunicó nada a Isabel, esta penetró en el misterio de su prima por revelación divina. Tampoco Nuestra Señora manifestó suceso alguno a José, y un ángel le informó en sueños sobre la grandeza de la misión de la que ya era su esposa. En el nacimiento del Mesías también María guardó silencio, pero los pastores fueron informados puntualmente del acontecimiento más grande de la humanidad, y estos comunicaron a sus amigos y conocidos la gran noticia. Y todos los que les escucharon se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho1. Nada dijeron María y José a Simeón y a Ana, la profetisa, cuando como un joven matrimonio más subieron al Templo para presentar al Niño. Y en Egipto primero y luego en Nazaret, a nadie habló María del misterio divino que llenaba su vida. Nada comentó con sus parientes y vecinos. Se limitó a guardar estas cosas ponderándolas en su corazón2. El silencio de María dio lugar a que Natanael se equivocara en el comentario que le hizo a Felipe sobre aquella pequeña ciudad fronteriza con Caná, su tierra: ¿De Nazaret puede salir algo bueno?3. «La Virgen no buscaba, como tú y como yo, la gloria que los hombres se dan unos a otros. Le basta saber que Dios lo sabe todo. Y que no necesita pregoneros para anunciar a los hombres sus prodigios. Que, cuando Él quiere, ya los cielos refieren su gloria y el firmamento anuncia las obras de sus manos; un día trasmite al otro su palabra y una noche a la siguiente sus noticias (Sal 18, 1-2). Él sabe hacer de sus vientos, mensajeros; y del fuego abrasador, embajadores (Sal 104, 4)»4.

«Es tan hermosa la Madre en el perenne recogimiento con que el Evangelio nos la muestra...: ¡Conservaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón! Aquel silencio pleno tiene su encanto para la persona que am a»5. Allí, en la intimidad de su alma, Nuestra Señora fue penetrando más y más en el misterio que le había sido revelado. María, Maestra de oración, nos enseña a descubrir a Dios, ¡tan cercano a nuestras vidas!, en el silencio y en la paz de nuestros corazones, pues «solo a quien pondera con espíritu cristiano las cosas en su corazón le es dado descubrir la inmensa riqueza del mundo interior, del mundo de la gracia: de ese tesoro escondido que está dentro de nosotros (...). Fue la ponderación de las cosas en el corazón lo que hizo que, al compás del tiempo, fuera creciendo la Virgen María en la comprensión del misterio, en santidad, en unión con Dios»6. También a nosotros nos pide el Señor ese recogimiento interior donde guardar tantos encuentros con el Maestro, preservarlos en la intimidad de miradas indiscretas o vacías, guardarlos para tratar de ellos a solas «con quien sabemos nos ama»7.

II. «La Anunciación representa el momento culminante de la fe de María a la espera de Cristo, pero es además el punto de partida de donde se inicia todo su camino hacia Dios, todo su camino de fe»8. Esta fe fue creciendo de plenitud en plenitud, pues Nuestra Señora no lo comprendió todo al mismo tiempo en sus múltiples manifestaciones. Quizá con el paso de los días sonreiría ante el recuerdo de su sorpresa al formular al ángel la pregunta sobre la guarda de su virginidad, o al interrogar a Jesús hallado en el Templo, como si no hubiera tenido sobradas razones para actuar así y no se debiera primero a su Padre... Podía extrañarse ahora de no haber comprendido entonces lo que ya se le manifestaba9.

El recogimiento de María –donde Ella penetra en los misterios divinos acerca de su Hijo– es paralelo al de su discreción, «pues es condición indispensable para que las cosas puedan guardarse en el interior, y ponderarlas luego en el corazón, que haya silencio. El silencio es el clima que hace posible la profundidad del pensamiento. El mucho hablar disipa el corazón y este pierde cuanto de valioso guarda en su interior; es entonces como un frasco de esencia que, por estar destapado, pierde el perfume, quedando en él solo agua y apenas un tenue aroma que recuerda el precioso contenido que alguna vez tuvo»10.

La Virgen también guardó un discreto silencio durante los tres años de vida pública de Jesús. La marcha de su Hijo, el entusiasmo de las multitudes, los milagros, no cambiaron su actitud. Solo su corazón experimentó la ausencia de Jesús. Incluso cuando los Evangelistas hablan de las mujeres que acompañaban al Maestro y le servían con sus bienes11 nada dicen de María, que con toda probabilidad permaneció en Nazaret. Parece normal que la Virgen se acercara en alguna ocasión para ver a su Hijo, oírle, hablar con Él... El Evangelio de la Misa12 narra una de estas ocasiones. Vino a verle su Madre y algunos parientes y, al llegar a la puerta de la casa, no pudieron entrar por el gran número de gente que se agolpaba alrededor de su Hijo. Le avisaron a Jesús que su Madre estaba fuera y que deseaba verle. Entonces, según indica San Mateo, Jesús extendió la mano sobre los discípulos13; San Marcos14 señala que Jesús, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, respondió: Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen.

La Virgen no se desconcertó por la respuesta. Ella comprendió que era la mejor alabanza que podía dirigirle su Hijo. Su vida de fe y de oración le llevó a entender que su Hijo se refería muy particularmente a Ella, pues nadie estuvo jamás más unido a Jesús que su Madre. Nadie cumplió con tanto amor la voluntad del Padre. La Iglesia nos recuerda que la Santísima Virgen «acogió las palabras con las que el Hijo, exaltando el Reino por encima de las condiciones y lazos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados a los que escuchan y guardan la palabra de Dios, como Ella lo hacía fielmente»15. María es más amada por Jesús a causa de los lazos creados en ambos por la gracia que en razón de la generación natural, que hizo de Ella su Madre en el orden humano. María también guardó silencio en aquella ocasión, a nadie explicó que las palabras del Maestro estaban especialmente destinadas a Ella. Después, quizá a los pocos minutos, la Madre se encontró con su Hijo y le agradeció tan extraordinaria alabanza.

Jesús se dirige a nosotros de muchas maneras, pero solo entenderemos su lenguaje en un clima habitual de recogimiento, de guarda de los sentidos, de oración, de paciente espera. Porque el cristiano, como el poeta, el escritor y el artista, ha de saber aquietar «la impaciencia y el temor al paso del tiempo. Aprender –con dolor, quizá– que solamente cuando la semilla escondida en tierra ha germinado y prendido y tiene numerosas raíces, entonces brota una pequeña planta. Y al oír que preguntan sonrientes: ¿y eso es todo?, hay que decir que sí, y estar convencido de que solo si está bien radicada, la planta irá creciendo, hasta que ya árbol muestre con sus ramas –según se creía en antiguas épocas– la extensión de su profundidad»16.

III. El silencio interior, el recogimiento que debe tener el cristiano es plenamente compatible con el trabajo, la actividad social y el tráfago que muchas veces trae la vida, pues «los hijos de Dios hemos de ser contemplativos: personas que, en medio del fragor de la muchedumbre, sabemos encontrar el silencio del alma en coloquio permanente con el Señor: y mirarle como se mira a un Padre, como se mira a un Amigo, al que se quiere con locura»17.

La misma vida humana, si no está dominada por la frivolidad, por la vanidad o por la sensualidad, tiene siempre una dimensión profunda, íntima, un cierto recogimiento que tiene su pleno sentido en Dios. Es ahí donde conocemos la verdad acerca de los acontecimientos y el valor de las cosas. Recogerse –«juntar lo separado», restablecer el orden perdido– consiste, en buena parte, en evitar la dispersión de los sentidos y potencias, en buscar a Dios en el silencio del corazón, que da sentido a todo el acontecer diario. El recogimiento es patrimonio de todos los fieles que buscan con empeño al Señor. Sin esta lucha decidida, no sería posible –contando siempre con la ayuda de la gracia– este silencio interior en medio del ruido de la calle, ni tampoco en la mayor de las soledades.

Para tener a Dios con nosotros en cualquier circunstancia, y nosotros estar metidos en Él mientras trabajamos o descansamos, nos serán de gran ayuda –quizá imprescindibles– esos ratos que dedicamos especialmente al Señor, como este en el que procuramos estar en su presencia, hablarle, pedirle... «Procura lograr diariamente unos minutos de esa bendita soledad que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior»18. Y junto a la oración, el hábito de mortificación en todo aquello que separa de Dios y también en cosas de suyo lícitas, de las que nos privamos para ofrecerlas al Señor.

En un mundo de tantos reclamos externos necesitamos «esta estima por el silencio, esa admirable e indispensable condición de nuestro espíritu, asaltado por tantos clamores (...). Oh silencio de Nazaret, enséñanos el recogimiento, la interioridad, la disponibilidad para escuchar las buenas inspiraciones y las palabras de los verdaderos maestros. Enséñanos la necesidad y el valor de la preparación del estudio, de la meditación, de la vida personal e interior, de la plegaria secreta que solo Dios ve»19.

De la Virgen Nuestra Señora aprendemos a estimar cada día más ese silencio del corazón que no es vacío sino riqueza interior, y que, lejos de separarnos de los demás, nos acerca más a ellos, a sus inquietudes y necesidades.

*          *          *

Mi querida hija, sobre todo el Universo se extiende Mi Protección de Madre.

Soy la Madre de los que creen en Dios, y de los que aún no despertaron a la fe.

Soy la Madre que Ama y habla a los hijos, para que los hijos acudan a depositar su amor al Divino Corazón de Cristo. Sois Pueblo de Dios, y es Dios, Esperanza de Su Pueblo.

(Gracias: Madre, por todo lo que nos das). Me dice:

Velo por todos los hijos; desde la Cruz de Mi Hijo, es esa Mi Misión, velar por ellos.

Aleluia.

Que Mi mensaje llegue a todos tus hermanos.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1717

 

*          *          *

1 Lc 2, 18. — 2 Lc 2, 51. 3 Jn 1, 46. — 4 S. Muñoz Iglesias, El Evangelio de María, Palabra, Madrid 1973, pp. 27-28. —5 Ch. Lubich, Meditaciones, Ciudad Nueva, Madrid 1989, p. 14. — 6 F. Suárez, La Virgen Nuestra Señora, Rialp, 17ª ed., Madrid 1984, p. 198. — 7 Santa Teresa, Vida, 8, 2. — 8 Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, 25-III-1987, 14. — 9 Cfr. J. Guitton, La Virgen María, Rialp, 2ª ed., Madrid 1964, p. 109. — 10 F. Suárez, o. c., pp. 200-201. — 11 Cfr. Lc 81 2-3. — 12 Lc 8, 19-21. — 13 Mt 12, 49. — 14 Mc 3, 34. — 15 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 58. — 16 F. Delclaux, El silencio creador, Rialp, Madrid 1969, p. 15. — 17 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 738. — 18 ídem, Camino, n. 304. — 19 Pablo VI, Alocución en Nazareth, 5-I-1964

† Nota: Ediciones Palabra (poseedora de los derechos de autor) sólo autoriza a difundir la meditación diaria a usuarios concretos para su uso personal, y no desea su distribución por fotocopias u otras formas de distribución



[1] Basada en la meditación correspondiente a la 25ª semana. Martes, en “Hablar con Dios” de F. F. Carvajal.

 




Evangelizad - María del Rosario de San Nicolás



Melisa C. Watanabe
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#99 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Mar, 18 de Ago, 2009 4:29 pm
Asunto: Medit: Nuestro trato con Maria
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Hija mía: Soy sobre todo, Madre; estoy junto a mis hijos, velando por ellos.

Mi Corazón de Madre, va hacia todos los rincones de la tierra; consolando, amparando, custodiando cada corazón que busca en María, la verdadera protección.

Soy la Madre de todos los tiempos, Soy la Madre de todos los hijos, Soy la Madre de Cristo.

Benditos los que se cobijan bajo Mi Manto.

Gloria a Dios.

Predícalo hija.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1497

 

 

*          *          *

 

Meditación: Nuestro trato con María[1]

 

 

De una manera espontánea, natural, surge en nosotros el deseo de tratar a la Madre de Dios, que es también Madre nuestra. De tratarla como se trata a una persona viva: porque sobre Ella no ha triunfado la muerte, sino que está en cuerpo y alma junto a Dios Padre, junto a su Hijo, junto al Espíritu Santo.


Para comprender el papel que María desempeña en la vida cristiana, para sentirnos atraídos hacia Ella, para buscar su amable compañía con filial afecto, no hacen falta grandes disquisiciones, aunque el misterio de la Maternidad divina tiene una riqueza de contenido sobre el que nunca reflexionaremos bastante.


La fe católica ha sabido reconocer en María un signo privilegiado del amor de Dios: Dios nos llama ya ahora sus amigos, su gracia obra en nosotros, nos regenera del pecado, nos da las fuerzas para que, entre las debilidades propias de quien aún es polvo y miseria, podamos reflejar de algún modo el rostro de Cristo. No somos sólo náufragos a los que Dios ha prometido salvar, sino que esa salvación obra ya en nosotros. Nuestro trato con Dios no es el de un ciego que ansía la luz pero que gime entre las angustias de la obscuridad, sino el de un hijo que se sabe amado por su Padre.


De esa cordialidad, de esa confianza, de esa seguridad, nos habla María. Por eso su nombre llega tan derecho al corazón. La relación de cada uno de nosotros con nuestra propia madre, puede servirnos de modelo y de pauta para nuestro trato con la Señora del Dulce Nombre, María. Hemos de amar a Dios con el mismo corazón con el que queremos a nuestros padres, a nuestros hermanos, a los otros miembros de nuestra familia, a nuestros amigos o amigas: no tenemos otro corazón. Y con ese mismo corazón hemos de tratar a María.

¿Cómo se comportan un hijo o una hija normales con su madre? De mil maneras, pero siempre con cariño y con confianza. Con un cariño que discurrirá en cada caso por cauces determinados, nacidos de la vida misma, que no son nunca algo frío, sino costumbres entrañables de hogar, pequeños detalles diarios, que el hijo necesita tener con su madre y que la madre echa de menos si el hijo alguna vez los olvida: un beso o una caricia al salir o al volver a casa, un pequeño obsequio, unas palabras expresivas.


En nuestras relaciones con Nuestra Madre del Cielo hay también esas normas de piedad filial, que son el cauce de nuestro comportamiento habitual con Ella. Muchos cristianos hacen propia la costumbre antigua del escapulario; o han adquirido el hábito de saludar —no hace falta la palabra, el pensamiento basta— las imágenes de María que hay en todo hogar cristiano o que adornan las calles de tantas ciudades; o viven esa oración maravillosa que es el santo rosario, en el que el alma no se cansa de decir siempre las mismas cosas, como no se cansan los enamorados cuando se quieren, y en el que se aprende a revivir los momentos centrales de la vida del Señor; o acostumbran dedicar a la Señora un día de la semana —precisamente este mismo en que estamos ahora reunidos: el sábado—, ofreciéndole alguna pequeña delicadeza y meditando más especialmente en su maternidad.


[…] Los que consideran superadas las devociones a la Virgen Santísima, dan señales de que han perdido el hondo sentido cristiano que encierran, de que han olvidado la fuente de donde nacen: la fe en la voluntad salvadora de Dios Padre, el amor a Dios Hijo que se hizo realmente hombre y nació de una mujer, la confianza en Dios Espíritu Santo que nos santifica con su gracia. Es Dios quien nos ha dado a María, y no tenemos derecho a rechazarla, sino que hemos de acudir a Ella con amor y con alegría de hijos.

 

*          *          *

 

Me dirijo a todos mis hijos: Comenzad a andar y Yo, os protegeré. En efecto, no habrá torrentes, ni piedras, ni obstáculo alguno que os impida caminar, si lo hacéis a la sombra de Mi Manto.

Id almas, hacia Dios y regocijaos en Dios.

Amén, amén.

Predícalo.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1428

 

*          *          *

 

Sentid Mi Presencia hijos míos, hoy cuando las tinieblas, parecen cubrirlo todo.

Tomaos fuertemente de Mi Manto y sentiréis la inmensidad de Mi Poder.

Nada temáis, nada podrá romper lo que une a los hijos con la Madre.

No lo olvidéis, a grandes dolores, grandes purificaciones.

Alabado sea el Señor.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº  1463

 

 



[1] Escrivá, José María. Es Cristo que pasa, Por María, hacia Jesús, Punto 142. Nota: el título no estaba en el original.

 



Evangelizad - María del Rosario de San Nicolás


Melisa C. Watanabe
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#98 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Vie, 17 de Jul, 2009 8:09 pm
Asunto: Medit: "No quebrará la caña doblada"
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En este tiempo, la oración al Señor y a Su Madre, debe ser intensa, de un extremo al otro de la tierra.

Hijos míos: En el Padrenuestro, le estáis pidiendo a Dios, el pan de cada día; dadle vosotros a Dios, la oración de cada día y a  Su Madre, junto con la oración, dadle vuestro corazón, para que lo presente ante el Señor, mediando así por vosotros.

Quieren ser Mis Palabras, la llama que avive el fuego en vuestros corazones, fuego de amor por Cristo.

Amén, amén.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1294

 

*           *           *

MEDITACIÓN: “NO QUEBRARÁ LA CAÑA DOBLADA”[1]

I.  — Mansedumbre y misericordia de Cristo.

II. — Jesús no da a nadie por perdido. Nos ayuda aunque hayamos pecado.

III. — Nuestro comportamiento hacia los demás ha de estar lleno de compasión, de comprensión y de misericordia.

I. El Evangelio de la Misa nos muestra a Jesús alejándose de los fariseos, pues estos tuvieron consejo para ver cómo perderle. Aunque se retiró a un lugar más seguro –quizá en Galilea1–, le siguieron muchos y los curó a todos, y les ordenó que no le descubriesen2. Es esta la ocasión en la que San Mateo, movido por el Espíritu Santo, señala el cumplimiento de la profecía de Isaías3 sobre el Siervo de Yahvé, en la que se prefigura con rasgos muy definidos al Mesías, a Jesús: He aquí a mi Siervo a quien elegí, mi amado en quien se complace mi alma. Pondré mi espíritu sobre él y anunciará la justicia a las naciones. No disputará ni vociferará, nadie oirá sus gritos en las plazas. No quebrará la caña doblada, no apagará la mecha humeante...

El Mesías había sido profetizado por Isaías, no como un rey conquistador, sino sirviendo y curando. Su misión será caracterizada por la mansedumbre, la fidelidad y la misericordia. El Evangelista señala que esta profecía se estaba cumpliendo4. Por medio de dos imágenes bellísimas describe Isaías la mansedumbre, dulzura y misericordia del Mesías. La caña doblada, la mecha humeante, representan toda clase de miserias, dolencias y penalidades a que está sujeta la humanidad. No terminará de romper la caña ya doblada; al contrario, se inclina sobre ella, la endereza con sumo cuidado y le da la fortaleza y la vida que le faltan. Tampoco apagará la mecha de una lámpara que parece que se extingue, sino que empleará todos los medios para que vuelva a iluminar con luz clara y radiante. Esta es la actitud de Jesús ante los hombres.

En la vida corriente a veces decimos de un enfermo que su dolencia «no tiene remedio», y se da por imposible su curación. En la vida espiritual no es así: Jesús es el Médico que nunca da como irremediablemente perdidos a quienes han enfermado del alma. A ninguno juzga irrecuperable. El hombre más endurecido en el pecado, el que ha caído más veces y en faltas más grandes nunca es abandonado por el Maestro. También para él tiene la medicina que cura. En cada hombre Él sabe ver la capacidad de conversión que existe siempre en el alma. Su paciencia y su amor no dan a ninguno por perdido. ¿Lo vamos a dar nosotros? Y si, por desgracia, alguna vez nos encontráramos en esa triste situación, ¿vamos a desconfiar de quien ha dicho de Sí mismo que ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido?

Como caña doblada fue María Magdalena, y el buen ladrón, y la mujer adúltera... A Pedro, deshecho por las negaciones de su más triste noche, lo restaura, y ni siquiera le hace prometer el Señor que no volvería a negarlo. Solamente le preguntó: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Es la pregunta que nos hace a todos, cuando no hemos sido del todo fieles. ¿Me amas? Cada Confesión es también, y sobre todo, un acto de amor. Pensemos hoy cómo es nuestro amor, cómo respondemos a esa pregunta que nos hace el Señor.

II. No romperá la caña doblada ni apagará la mecha que aún humea...

La misericordia de Jesús por los hombres no decayó ni un instante, a pesar de las ingratitudes, las contradicciones y los odios que encontró. El amor de Cristo por los hombres es profundo, porque, en primer lugar, se preocupa del alma, para conducirla, con ayudas eficaces, a la vida eterna; y, al mismo tiempo, es universal, inmenso, y se extiende a todos. Él es el Buen Pastor de todas las almas, a todas conoce y las llama por su nombre5. No deja a ninguna perdida en el monte. Ha dado su vida por cada hombre, por cada mujer.

Su actitud cuando alguno se aleja es darle las ayudas para que vuelva, y todos los días sale a ver si lo divisa en la lejanía. Y si alguno le ha ofendido más, trata de atraerle a su Corazón misericordioso. No quiebra la caña doblada, no termina de romperla y la abandona, sino que la recompone con tanto más cuidado cuanto mayor sea su debilidad.

¿Qué dice a quienes están rotos por el pecado, a quien ya no da luz porque apagó la llama divina en su alma? Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré6. «Tiene piedad de la gran miseria a la que les ha conducido el pecado; les lleva al arrepentimiento sin juzgarles con severidad. Él es el padre del hijo pródigo que abraza al hijo desgraciado por su falta; Él mismo perdona a la mujer adúltera a la que se disponen a lapidar; recibe a la Magdalena arrepentida y le abre enseguida el misterio de su vida íntima; habla de la vida eterna a la Samaritana a pesar de su mala conducta; promete el Cielo al buen ladrón. Verdaderamente en Él se realizan las palabras de Isaías: La caña doblada no la quebrará; ni apagará el pabilo que aún humea»7.

Nunca nadie nos amó ni nos amará como Cristo. Nadie nos comprenderá mejor. […]

No podemos desesperar nunca... Dios quiere que seamos santos, y pone su poder y su providencia al servicio de su misericordia. Por eso, no debemos dejar pasar el tiempo mirando nuestra miseria, perdiendo de vista a Dios, dejándonos descorazonar por nuestros defectos, tentados de exclamar «¿para qué continuar luchando, considerando todo lo que he pecado, todo lo que he fallado al Señor?». Nosotros debemos confiar en el amor y en el poder de nuestro Padre Dios, y en el de su Hijo, enviado al mundo para redimirnos y fortalecernos9.

¡Qué gran bien para nuestra alma sentirnos hoy delante del Señor como una caña doblada que necesita de muchos cuidados, como el pabilo que tiene una débil llama y que precisa del aceite del amor divino para que luzca como el Señor quiere! No perdamos nunca la esperanza si nos vemos débiles, con defectos, con miserias. El Señor no nos deja; basta que pongamos los medios y que no rechacemos la mano que Él nos tiende.

III. Esta mansedumbre y misericordia de Jesús por los débiles señalan el camino a seguir para llevar a nuestros amigos hasta Él, pues en su nombre pondrán su esperanza las naciones10. Cristo es la esperanza salvadora del mundo.

No podemos extrañarnos de la ignorancia, de los errores, de la dureza y resistencia que tantos ponen en su camino hacia Dios. El aprecio sincero por todos, la comprensión y la paciencia deben ser nuestra actitud ante ellos. Pues «rompen la caña doblada aquellos que no dan la mano al pecador ni llevan la carga de su hermano; y apagan la mecha que aún humea aquellos que desprecian a los que aún creen un poco y tienen la centella de la fe en extinción»11.

Nuestros amigos, quienes se crucen con nosotros por circunstancias diversas, han de encontrar en la amistad o en nuestra actitud un firme apoyo para su fe. Por eso, hemos de acercarnos a su debilidad: para que se torne fortaleza; debemos verlos con ojos de misericordia, como los mira Cristo; con comprensión, con un aprecio verdadero, aceptando el claroscuro que forman sus miserias y sus grandezas. Por un lado, hemos de tener presente que «servir a los demás, por Cristo, exige ser muy humanos (...). Hemos de comprender a todos, hemos de convivir con todos, hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos»12. Por otro lado, «no diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien (cfr. Rom 12, 21). Así Cristo reinará en nuestra alma, y en las almas de los que nos rodean»13.

Los frutos de esta doble actitud de comprensión y fortaleza son tan grandes –para uno mismo y para los demás– que bien vale la pena el esfuerzo por ver almas en quienes tratamos a diario; en verles tan necesitados como los veía el Señor.

No es suficiente apreciar –afirma un autor de nuestros días14– a los hombres brillantes porque son brillantes, a los buenos porque son buenos. Debemos apreciar a todo hombre porque es hombre, a todo hombre, al débil, al ignorante, al que carece de educación, al más oscuro. Y esto no lo podremos hacer a menos que nuestra concepción de lo que es el hombre lo haga objeto de estima. El cristiano sabe que todo hombre es imagen de Dios, que tiene un espíritu inmortal y que Cristo murió por él. […] Imitando al Señor, nunca romperemos una caña doblada. Como el buen samaritano de la parábola, nos acercaremos al herido y vendaremos sus heridas, y aliviaremos su dolor con el bálsamo de nuestra caridad. Y un día oiremos de labios del Señor estas dulces palabras: lo que hiciste con uno de estos, por Mí lo hiciste15.

Nadie como María conoce el misterio de la misericordia divina. Sabe su precio y sabe cuán alto es. En este sentido, la llamamos también Madre de la misericordia... Madre de la divina misericordia16: a Ella acudimos al terminar nuestra meditación, seguros de que nos conduce siempre a Jesús y nos impulsa a ser, como su Hijo, comprensivos y misericordiosos.

*          *          *

Todos esperan del Señor. Yo les digo: Entregaos por completo, no seáis un pueblo mezquino con el amor a Dios.

Leed: San Mateo C. 12, V. 18-19-20 / Efesios C. 4, V. 1 al 6

18 “Este es mi Servidor, a Quien elegí, mi muy querido, en Quien tengo puesta mi predilección. Derramaré mi Espíritu sobre El y anunciará la justicia a las naciones.

19 No discutirá ni gritará y nadie oirá su voz en las plazas.

20 No quebrará la caña doblada y no apagará la mecha humeante, hasta que haga triunfar la justicia.

 

Efesios C. 4, V. 1 al 6

1 Yo, que estoy preso por el Señor, los exhorto a comportarse de una manera digna de la vocación que han recibido.

2 Con mucha humildad, mansedumbre y paciencia, sopórtense mutuamente por amor.

3 Traten de conservar la unidad del Espíritu, mediante el vínculo de la paz.

4 Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza, a la que ustedes han sido llamados, de acuerdo con la vocación recibida.

5 Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo.

6 Hay un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, lo penetra todo y está en todos.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 58

 

*          *          *

1 Cfr. Mc 3, 7. — 2 Mt 12, 15-16. — 3 Is 42, 1-4. — 4 Cfr. B. Orchard y otros, Verbum Dei, vol. II, pp. 462-463. — 5 Mt 11, 5. — 6 Mt 11, 28. — 7 R. Garrigou-Lagrange, El Salvador, p. 322. — 8 1 Cor 1, 3. — 9 Cfr. B. Perquin, Abba, Padre, p. 89. — 10 Mt 12, 21. — 11 cfr. San Jerónimo, en Catena Aurea, vol. II, p. 166. — 12 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 182. — 13 Ibídem. — 14 Cfr. J. Sheed, Sociedad y sensatez, Herder, Barcelona 1963, pp. 37-38. — 15 Cfr. Mt 25, 40. — 16 Cfr. Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia, 30-XI-1980, 9.

† Nota: Ediciones Palabra (poseedora de los derechos de autor) sólo autoriza a difundir la meditación diaria a usuarios concretos para su uso personal, y no desea su distribución por fotocopias u otras formas de distribución.



[1] Basado en “Hablar con Dios”, de F. F. Carvajal. Correspondiente a la 15ª Semana TO, Sábado

 



Evangelizad - María del Rosario de San Nicolás


Melisa C. Watanabe
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#97 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Mié, 17 de Jun, 2009 11:58 pm
Asunto: El Sagrado Corazón de Jesús
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Meditación: EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS*

 

 

En estos días, es continuo y angustioso el pedido de oración que esta Madre, hace a sus hijos.

Volcaos todos a Mí y seréis acogidos por Cristo.

Id sostenidos por Mí, hacia la única Salvación posible: Su Corazón.

Alabado sea por siempre el Señor.

Predícalo hija mía.

Leed: I de Pedro C.1, V. 21

21      Por El, ustedes creen en Dios, que lo ha resucitado y lo ha glorificado, de  manera que la fe y la esperanza de ustedes estén puestas en Dios.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1573

 

 

*          *          *

 

I. — Origen y sentido de la fiesta.

II. — El amor de Jesús por cada uno de nosotros.

III. — Amor reparador.

 

 

I. Los proyectos del corazón del Señor subsisten de edad en edad, para librar las almas de sus fieles de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre1, leemos en el comienzo de la Misa.

El viernes de la octava de la festividad del Corpus Christi, el Señor pidió a Santa Margarita María de Alacoque que promoviera el amor a la comunión frecuente..., sobre todo los primeros viernes de cada mes, con sentido de reparación, y le prometió hacerle partícipe, todas las noches de este jueves al viernes, de su pena en el Huerto de los Olivos. Un año más tarde, se le apareció Nuestro Señor y, descubriéndole su Corazón Sacratísimo, le dirigió estas palabras, que han alimentado la piedad de muchas almas: Mira este Corazón que ha amado tanto a los hombres y que no ha omitido nada hasta agotarse y consumirse para manifestarles su amor; y en reconocimiento, Yo no recibo de la mayor parte sino ingratitudes por sus irreverencias y sacrilegios y por las frialdades y desprecios que tienen hacia Mí en este sacramento de amor. Pero lo que me es más sensible todavía es que sean corazones que me están consagrados los que así me traten. Por eso, te pido Yo que el primer viernes después de la octava del Santísimo Sacramento sea dedicado a una fiesta particular para honrar mi Corazón, comulgando ese día y reparando con algún acto de desagravio...

En muchos lugares de la Iglesia existe la costumbre privada de reparar los primeros viernes de mes con algún acto eucarístico o el rezo de las letanías del Sagrado Corazón. Además, «el mes de junio está dedicado de modo especial a la veneración del Corazón divino. No solo un día, la fiesta litúrgica que, de ordinario, cae en junio, sino todos los días»4.


El Corazón de Jesús es fuente y expresión de su infinito amor por cada hombre, sean cuales sean las condiciones en las que se encuentra. Él nos busca a cada uno: Yo mismo -dice un bellísimo texto mesiánico del Profeta Ezequiel- buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro. Como un pastor sigue el rastro de su rebaño cuando se encuentra las ovejas dispersas, así seguiré yo el rastro de mis ovejas: y las libraré, sacándolas de todos los lugares donde se desperdigaron el día de los nubarrones y de la oscuridad5. Cada uno es una criatura que el Padre ha confiado al Hijo para que no perezca, aunque se haya marchado lejos.

Jesús, Dios y Hombre verdadero, ama al mundo con «corazón de hombre»6, un Corazón que sirve de cauce al amor infinito de Dios. Nadie nos ha amado más que Jesús, nadie nos amará más. Me amó -decía San Pablo- y se entregó por mí7, y cada uno de nosotros puede repetirlo. Su Corazón está lleno de amor del Padre: lleno al modo divino y al mismo tiempo humano.

 

II. El Corazón de Jesús amó como ningún otro, experimentó alegría y tristeza, compasión y pena. Los Evangelistas advierten con mucha frecuencia: tenía compasión del pueblo8, tenía compasión de ellos, porque eran como ovejas sin pastor9. El pequeño éxito de los Apóstoles en su primera salida evangelizadora le hizo sentirse como nosotros cuando recibimos una buena noticia: se llenó de alegría, dice San Lucas10; y llora, cuando la muerte le arrebata a un amigo11.

Tampoco nos ocultó sus desilusiones: Jerusalén, que matas a los profetas (...). Cuántas veces he querido reunir a tus hijos...12. ¡Cuántas veces! Jesús ve la historia del Antiguo Testamento y de la Humanidad toda: una parte del pueblo judío y de los gentiles de todos los tiempos rechazará el amor y la misericordia divina. De alguna manera podemos decir que aquí está llorando Dios con ojos humanos por la pena contenida en su corazón de hombre. Y este es el significado real de la devoción al Sagrado Corazón: traducir para nosotros la naturaleza divina en términos humanos. A Jesús no le era indiferente –no lo es ahora en nuestro trato diario con Él– el que unos leprosos no volvieran a darle las gracias después de haber sido curados, o las delicadezas y muestras de hospitalidad que se tienen con un invitado, como le dirá a Simón el fariseo. Él experimentó en muchas ocasiones la inmensa alegría de ver que alguno se arrepentía de sus pecados y le seguía, o la generosidad de quienes lo dejaban todo para ir con Él, y se contagiaba del gozo de los ciegos que comenzaban a ver, quizá por vez primera.

Ya antes de celebrar la Última Cena, al pensar que se quedaría siempre con nosotros mediante la institución de la Eucaristía, manifestó a sus íntimos: Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer13; emoción que debió de ser mucho más honda cuando tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: Esto es mi Cuerpo...14. ¿Y quién podrá explicar los sentimientos de su Corazón amantísimo cuando en el Calvario nos dio a su Madre como Madre nuestra?

Cuando ya había entregado su vida al Padre, uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante brotó sangre y agua15. Esa herida abierta nos recuerda hoy el amor inmenso que nos tiene Jesús, pues nos dio voluntariamente hasta la última gota de su preciosa Sangre, como si estuviéramos solos en el mundo. ¿Cómo no nos vamos a acercar con confianza a Cristo? ¿Qué miserias pueden impedir nuestro amor, si tenemos el corazón grande para pedir perdón?

 

 

III. Después de la Ascensión al Cielo con su Cuerpo glorificado, no cesa de amarnos, de llamarnos para que vivamos siempre muy cerca de su Corazón amantísimo. «Aun en la gloria del Cielo lleva en las heridas de sus manos, de sus pies y de su costado los resplandecientes trofeos de su triple victoria: sobre el demonio, sobre el pecado y sobre la muerte; lleva además, en su Corazón, como en arca preciosísima, aquellos inmensos tesoros de sus méritos, frutos de su triple victoria, que ahora distribuye con largueza al género humano ya redimido»16.

Nosotros hoy, en esta Solemnidad, adoramos el Corazón Sacratísimo de Jesús «como participación y símbolo natural, el más expresivo, de aquel amor inexhausto que nuestro Divino Redentor siente aun hoy hacia el género humano. Ya no está sometido a las perturbaciones de esta vida mortal; sin embargo, vive y palpita y está unido de modo indisoluble a la Persona del Verbo divino, y, en ella y por ella, a su divina voluntad. Y porque el Corazón de Cristo se desborda en amor divino y humano, y porque está lleno de los tesoros de todas las gracias que nuestro Redentor adquirió por los méritos de su vida, padecimientos y muerte, es, sin duda, la fuente perenne de aquel amor que su Espíritu comunica a todos los miembros de su Cuerpo místico»17.

El meditar hoy en el amor que Cristo nos tiene, nos impulsará a agradecer mucho tanto don, tanta misericordia inmerecida. Y al contemplar cómo muchos viven de espaldas a Dios, al comprobar que muchas veces no somos del todo fieles, que son muchas las flaquezas personales, iremos a su Corazón amantísimo y allí encontraremos la paz. Muchas veces tendremos que recurrir a su amor misericordioso buscando esa paz, que es fruto del Espíritu Santo: Cor Iesu sacratissimum et misericors, dona nobis pacem, Corazón sacratísimo y misericordioso de Jesús, danos la paz.

Y al ver a Jesús tan cercano a nuestras inquietudes, a nuestros problemas, a nuestros ideales, le decimos: «¡Gracias, Jesús mío!, porque has querido hacerte perfecto Hombre, con un Corazón amante y amabilísimo, que ama hasta la muerte y sufre; que se llena de gozo y de dolor; que se entusiasma con los caminos de los hombres, y nos muestra el que lleva al Cielo; que se sujeta heroicamente al deber, y se conduce por la misericordia; que vela por los pobres y por los ricos, que cuida de los pecadores y de los justos...

»-¡Gracias, Jesús mío, y danos un corazón a la medida del Tuyo!»18.

Muy cerca de Jesús encontramos siempre a su Madre. A Ella acudimos al terminar nuestra oración, y le pedimos que haga firme y seguro el camino que nos lleva hasta su Hijo.


 

En este tiempo, la oración al Señor y a Su Madre, debe ser intensa, de un extremo al otro de la tierra.

Hijos míos: En el Padrenuestro, le estáis pidiendo a Dios, el pan de cada día; dadle vosotros a Dios, la oración de cada día y a  Su Madre, junto con la oración, dadle vuestro corazón, para que lo presente ante el Señor, mediando así por vosotros.

Quieren ser Mis Palabras, la llama que avive el fuego en vuestros corazones, fuego de amor por Cristo.

Amén, amén.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1294

 

 

Hijos míos: Buscad a la Madre y hallaréis al Hijo; deteneos en Mí y a El llegaréis.

Volved vuestros ojos hacia la Madre de Cristo y os encontraréis con Su mirada.

La confianza del hijo en la Madre, es lo que tan ansiosamente busco en mis hijos, porque, quien confía en la Madre ama a la Madre.

Amén, amén.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1299

 

 

 

1 Antífona de entrada, Sal 32, 11; 19. — 2 Cfr. A. G. Martimort, La Iglesia en oración, p. 997. — 3 Pío XII, Enc. Haurietis aquas, 15-V-1956, 27. — 4 Juan Pablo II, Ángelus, 27-VI-1982. — 5 Primera lectura. Ciclo C. Ez 34, 11-16. — 6 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 22. — 7 Gal 2, 20. — 8 Mt 8, 2. — 9 Mc 6, 34. — 10 Lc 10, 21. — 11 Cfr. Jn 11, 35. — 12 Mt 23, 37. — 13 Lc 22, 15. — 14 Cfr. Lc 22, 19-20. — 15 Jn 19, 34. — 16 Pío XII, loc. cit., 22. — 17 Ibídem, 24. — 18 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 813.

 

* Ya existía como devoción particular en la Edad Media; como fiesta litúrgica aparece en 1675, a raíz de las apariciones del Señor a Santa Margarita María de Alacoque. En estas revelaciones conoció la Santa con particular hondura la necesidad de reparar por los pecados personales y de todo el mundo, y de corresponder al amor de Cristo. Le pidió el Señor que se extendiera la práctica de la comunión frecuente, especialmente los primeros viernes de cada mes, con sentido reparador, y que «el primer viernes después de la octava del Santísimo Sacramento» fuera dedicada «una fiesta particular para glorificar su Corazón». La fiesta se celebró por vez primera el 21 de junio de 1686. Pío IX la extendió a toda la Iglesia. Pío XI, en 1928, le dio el esplendor que hoy tiene.

Bajo el símbolo del Corazón humano de Jesús se considera ante todo el Amor infinito de Cristo por cada hombre; por eso, el culto al Sagrado Corazón «nace de las fuentes mismas del dogma católico», como el Papa Juan Pablo II ha expuesto en su abundante catequesis sobre este misterio tan consolador.

 

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#96 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Mar, 19 de May, 2009 3:17 pm
Asunto: Medit: Mayo, mes de María
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 “¡Oh Madre! Quiero Consagrarme a Ti.

Virgen María hoy Consagro mi vida a Ti.

Siento necesidad constante de tu presencia en mi vida,

para que me protejas, me guíes y me consueles.

Sé que en Ti mi alma encontrará reposo

y la angustia en mí no entrará,

mi derrota se convertirá en victoria,

mi fatiga en Ti fortaleza es”.

Amén.

A todos mis hijos que se Consagren a vuestra Madre, os digo: Mi corazón recibe gozoso esa entrega, ese amor que ofrecéis porque son almas que se salvan de las garras del mal mereciendo la Gloria Eterna, la Gloria del Señor. Amén. Amén.

Dadlo a conocer.

Que esto sea meditado, quiera Dios iluminar vuestros espíritus para que lleguen a comprender el valor de la Consagración.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 275

 

*          *            *

MEDITACIÓN: MAYO, EL MES DE MARIA[1]

I. — La devoción a la Virgen atrae la misericordia divina. Amor de todo el pueblo cristiano.

II. — El mes de mayo.

III. — Las romerías. Sentido penitencial y apostólico.

I. «Mes de sol y de flores (...), mes de María, coronando el tiempo pascual. Desde el Adviento nuestro pensamiento había seguido a Jesús; ahora que se ha hecho en nuestra alma la gran paz que sigue a la Resurrección, ¿cómo no volvernos hacia aquella que nos lo ha dado?

»Ha aparecido sobre la tierra para preparar su venida; ha vivido a su sombra, hasta el punto de que no la vemos intervenir en el Evangelio más que como Madre de Jesús, siguiéndole, velando por Él, y cuando Jesús nos deja, Ella desaparece suavemente.

»Ella desaparece, pero queda en la memoria de los pueblos, porque le debemos a Jesús...»1.

Como en otras ocasiones, Jesús se encuentra hablando de los misterios del reino de Dios. Las gentes le rodean, le miran y guardan un profundo silencio. De pronto, inesperadamente, una mujer grita con toda su alma: ¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!2.

La profecía contenida en el Magníficat comienza a cumplirse: ...me llamarán bienaventurada todas las generaciones3, había manifestado la Virgen, movida por el Espíritu Santo. Y en esta ocasión, una mujer, con la frescura del pueblo, ha comenzado lo que no terminará hasta el final del mundo. Aquellas palabras de Santa María en los comienzos de su vocación tendrían su más acabado cumplimiento a través de los siglos: poetas, intelectuales, reyes y guerreros, artesanos, madres de familia, hombres y mujeres, de edad madura y niños que apenas han aprendido a hablar; en el campo, en la ciudad, en la cima de los montes, en las fábricas y en los caminos; en situaciones de dolor y de alegría, en momentos trascendentales (¡cuántos millones de cristianos han entregado su alma a Dios mirando una imagen de la Virgen, o recitando con sus labios o solo en su pensamiento el dulce nombre de María!), o sencillamente al doblar una esquina en la que apenas se distingue una imagen de la Señora; en tantas y en tan diversas situaciones, millares de voces, en lenguas diversísimas, han cantado las alabanzas a la Madre de Dios. Es un clamor ininterrumpido en toda la tierra, que atrae cada día la misericordia de Dios sobre el mundo, y que no se explica sino por un expreso querer divino. «Desde los tiempos más antiguos –recuerda el Concilio Vaticano II– la Bienaventurada Virgen María es honrada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo acuden los fieles, en todos sus peligros y necesidades, con sus oraciones»4.

Todo el pueblo cristiano ha sabido siempre llegar a Dios a través de su Madre. Con una experiencia constante de sus gracias y favores la ha llamado Omnipotencia suplicante, y ha encontrado en Ella el atajo –«senda por donde se abrevia el camino»– para llegar a Dios. El amor ha inventado numerosas formas para tratarla y honrarla. La Iglesia ha fomentado y bendecido constantemente esta devoción a Santa María como camino seguro para llegar hasta el Señor, «porque María es siempre camino que conduce a Cristo. Todo encuentro con Ella no puede menos que terminar en un encuentro con Cristo mismo. ¿Y qué otra cosa significa el continuo recurso a María sino buscar entre sus brazos, en Ella, por Ella y con Ella a Cristo, Nuestro Salvador, a quien los hombres –en los desalientos y peligros de aquí abajo– tienen el deber y experimentan la necesidad de dirigirse como a puerto de salvación y fuente transcendente de la vida?»5.

II. En este mes de mayo muchos buenos cristianos tienen singulares manifestaciones de piedad a la Virgen Santa María, que alegran todos los días del mes. Siguen de cerca aquella recomendación del Concilio Vaticano II: «ofrezcan todos los fieles súplicas insistentes a la Madre de Dios y Madre de los hombres, para que Ella, que estuvo presente con sus oraciones en las primicias de la Iglesia, también ahora, ensalzada en el cielo sobre todos los santos y los ángeles, interceda ante su Hijo»6. Y en otro lugar: «tengan muy en consideración las prácticas y los ejercicios de piedad hacia Ella recomendados por el Magisterio a lo largo de los siglos»7.

Preguntémonos hoy en nuestra oración qué propósitos tenemos y cómo los estamos llevando a cabo para tratar a Nuestra Madre Santa María a lo largo de este mes en que tradicionalmente los cristianos honran más especialmente a la Virgen.

La dedicación a la Virgen en el mes de mayo nació del amor, que siempre buscó nuevas maneras de expresarse, y de la reacción contra las costumbres paganas que existían en muchos lugares en el «mes de las flores». Entre las Cantigas de Santa María del Rey sabio existe una que comienza con las palabras: «¡Bienvenido mayo!...». En ella, Alfonso X exalta ya el retorno de mayo porque nos invita a rogar con más honor a María, para que nos libre del mal y nos colme de bienes.

En nuestros días, los cristianos, que queremos estar siempre muy cerca de Ella, le ofrecemos especiales obsequios durante el mes: romerías, visitas a alguna iglesia a Ella dedicada, pequeños sacrificios en su honor, ofrecimiento del estudio o del trabajo bien acabado, el rezo más atento del Santo Rosario... «De una manera espontánea, natural, surge en nosotros el deseo de tratar a la Madre de Dios, que es también Madre nuestra. De tratarla como se trata a una persona viva: porque sobre Ella no ha triunfado la muerte, sino que está en cuerpo y alma junto a Dios Padre, junto a su Hijo, junto al Espíritu Santo (...).

»¿Cómo se comportan un hijo o una hija normales con su madre? De mil maneras, pero siempre con cariño y con confianza. Con un cariño que discurrirá en cada caso por cauces determinados, nacidos de la vida misma, que no son nunca algo frío, sino costumbres entrañables de hogar, pequeños detalles diarios, que el hijo necesita tener con su madre y que la madre echa de menos si el hijo alguna vez los olvida: un beso o una caricia al salir o al volver a casa, un pequeño obsequio, unas palabras expresivas.

»En nuestras relaciones con Nuestra Madre del Cielo hay también esas normas de piedad filial, que son el cauce de nuestro comportamiento habitual con Ella. Muchos cristianos hacen propia la costumbre antigua del escapulario; o han adquirido el hábito de saludar –no hace falta la palabra, el pensamiento basta– las imágenes de María que hay en todo hogar cristiano o que adornan las calles de tantas ciudades; o viven esa oración maravillosa que es el Santo Rosario, en el que el alma no se cansa de decir siempre las mismas cosas, como no se cansan los enamorados cuando se quieren, y en el que se aprende a revivir los momentos centrales de la vida del Señor; o acostumbran dedicar a la Señora un día de la semana (el sábado) (...), ofreciéndole alguna pequeña delicadeza y meditando más especialmente en su maternidad»8.

III. Una manifestación tradicional de amor a nuestra Madre es la romería a un santuario o ermita de la Virgen, con carácter penitencial –expresado quizá en un pequeño sacrificio: ir andando desde un lugar oportuno, vivir algunos detalles de sobriedad que cuesten sacrificio...– y con sentido apostólico, procurando acercar más a Dios a aquellas personas que nos acompañan, y rezando con particular piedad el Santo Rosario.

La romería puede ser un momento muy oportuno para hacer un apostolado fecundo con nuestros amigos. En esos santuarios y ermitas, miles de personas han encontrado gracias ordinarias y extraordinarias de la Madre de Dios: unos han comenzado una vida nueva, después de realizar una buena Confesión de sus pecados, quizá después de muchos años; otros han vislumbrado la llamada del Señor a una entrega más plena al servicio de Dios y de las almas; otros han encontrado ayuda para salir adelante de dificultades graves del alma o del cuerpo... Nadie se marchó nunca de esos lugares con las manos vacías. Pablo VI señalaba cómo la Providencia, «por caminos frecuentemente admirables, ha distinguido a los santuarios marianos con un sello particular»9.

A estos lugares, pequeños o grandes, donde hay una especial presencia de la Virgen acuden personas para dar gracias, para alabar a María, para pedir (¡cuántas veces Santa María habrá escuchado allí peticiones urgentes y esperanzadas!) y también para recomenzar de nuevo después de haber vivido quizá lejos de Dios. Porque, como dice Juan Pablo II, la herencia de fe mariana de tantas generaciones no es en esos lugares marianos mero recuerdo de un pasado, sino punto de partida hacia Dios. «Las oraciones y sacrificios ofrecidos, el latir vital de un pueblo, que expresa ante María sus seculares gozos, tristezas y esperanzas, son piedras nuevas que elevan la dimensión sagrada de una fe mariana. Porque en esa continuidad religiosa, la virtud engendra nueva virtud. La gracia atrae gracia»10.

Estas metas de peregrinación, que se remontan a los primeros siglos, son hoy incontables y están esparcidas por toda la tierra. Han sido fruto de la piedad y del amor de los cristianos hacia su Madre a través de los siglos. Preparemos nosotros en la oración nuestra romería, con sentido apostólico, con carácter penitencial (que facilita la oración y la eleva con más prontitud a Dios) y con una gran devoción mariana, expresada en el rezo lleno de piedad del Santo Rosario. No olvidemos que nosotros estamos cumpliendo ahora aquella profecía que un día hiciera nuestra Señora: Me llamarán bienaventurada todas las generaciones... No olvidemos en este mes tener, cada día, singulares muestras de amor con Nuestra Señora.

*          *            *

Hija mía, como Auxilio de los Cristianos, quiero rescatar a mis hijos, pidiéndoles la conversión y luego la Consagración a Mi Corazón de Madre.

Yo les digo: Responderé a vuestra consagración con Mi Protección, es decir, os defenderé de toda adversión.

Haceos pequeños e interiormente humildes y entraréis en Mi Corazón.

Gloria a Dios.

Predica a todos tus hermanos.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1242

 

 

1 J. Leclerq, Siguiendo el año litúrgico, Rialp, Madrid 1957, pp. 215-216. — 2 Lc 11, 27. — 3 Lc, 1, 48. — 4 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 66. — 5 Pablo VI, Enc. Mense maio, 29-IV-1965. — 6 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 69. — 7 Ibídem, 67. — 8 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 142. — 9 Pablo VI, Carta a las Rectores de los santuarios marianos, 1-V-1971. — 10 Juan Pablo II, Homilía en Zaragoza, 6-XI-1982.

 



[1] Correspondiente a las Lecturas de la 6ta. semana del tiempo Pascual, Martes.

 




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#95 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Vie, 17 de Abr, 2009 3:11 pm
Asunto: Medit: Al encuentro del Señor - Visitas al Santísimo Sacramento
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No os dejéis dominar por la incertidumbre, la incredulidad, la desconfianza y el desaliento.

No desesperéis y vivid interiormente con el espíritu lleno de alegría, porque Jesús os llama a dejaros iluminar por Su Luz.

Por medio de Mi Corazón, llegaréis verdaderamente a El.

De nada sirve caminar, si se camina solo, sin la ayuda de la Madre.

Alabado sea el Señor.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1387, Domingo de Pascua

 


Meditación: AL ENCUENTRO DEL SEÑOR

 

I. —Aparición a los Once. Jesús conforta a los Apóstoles. Presencia de Jesucristo en nuestros sagrarios.

II. —La Visita al Santísimo, continuación de la acción de gracias de la Comunión y preparación de la siguiente. El Señor nos espera a cada uno.

III. —Frutos de este acto de piedad.

IV. —Cinco Visitas al Santísimo Sacramento.

 

I. Después de haberse aparecido a María Magdalena, a las demás mujeres, a Pedro y a los discípulos de Emaús, Jesús se aparece a los Once, según nos narra el Evangelio de la Misa1. Él les dijo: ¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.

Les mostró luego las manos y los pies y comió con ellos. Los Apóstoles tendrán para siempre la seguridad de que su fe en el Resucitado no es efecto de la credulidad, del entusiasmo o de la sugestión, sino de hechos comprobados repetidamente por ellos mismos. Jesús, en sus apariciones, se adapta con admirable condescendencia al estado de ánimo y a las situaciones diferentes de aquellos a quienes se manifiesta. No trata a todos de la misma manera, pero por caminos diversos conduce a todos a la certeza de su Resurrección, que es la piedra angular sobre la que descansa la fe cristiana. Quiere el Señor dar todas las garantías a quienes constituyen aquella Iglesia naciente para que, a través de los siglos, nuestra fe se apoye sobre un sólido fundamento: ¡El Señor en verdad ha resucitado! ¡Jesús vive!

La paz sea con vosotros, dijo el Señor al presentarse a sus discípulos llenos de miedo. Enseguida, vieron sus llagas y se llenaron de gozo y de admiración. Ese ha de ser también nuestro refugio. Allí encontraremos siempre la paz del alma y las fuerzas necesarias para seguirle todos los días de nuestra vida. «Acudiremos como las palomas que, al decir de la Escritura (Cfr. Cant 2, 14), se cobijan en los agujeros de las rocas a la hora de la tempestad. Nos ocultamos en ese refugio, para hallar la intimidad de Cristo: y veremos que su modo de conversar es apacible y su rostro hermoso (Cfr. Cant 2, 14), porque los que conocen que su voz es suave y grata, son los que recibieron la gracia del Evangelio, que les hace decir: Tú tienes palabras de vida eterna (S. Gregorio Niseno, In Canticum Canticorum homiliae, V)»2.

A Jesús le tenemos muy cerca. En las naciones cristianas, donde existen tantos sagrarios, apenas nos separamos de Cristo unos kilómetros. Qué difícil es no ver los muros o el campanario de una iglesia, cuando nos encontramos en medio de una populosa ciudad, o viajamos por una carretera, o desde el tren... ¡Allí está Cristo! ¡Es el Señor!3, gritan nuestra fe y nuestro amor. Porque el Señor se encuentra allí con una presencia real y sustancial. Es el mismo que se apareció a sus discípulos y se mostró solícito con todos.

Jesús se quedó en la Sagrada Eucaristía. En este memorable sacramento se contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre, juntamente con el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor y, por consiguiente, Cristo entero. Esta presencia de Cristo en la Sagrada Eucaristía es real y permanente, porque, acabada la Santa Misa, queda el Señor en cada una de las formas y partículas consagradas no consumidas4. Es el mismo que nació, murió y resucitó en Palestina, el mismo que está a la diestra de Dios Padre.

En el Sagrario nos encontramos con Él, que nos ve y nos conoce. Podemos hablarle como hacían los Apóstoles, y contarle lo que nos ilusiona y nos preocupa. Allí encontramos siempre la paz verdadera, la que perdura por encima del dolor y de cualquier obstáculo.

 

II. La piedad eucarística, dice Juan Pablo II, «ha de centrarse ante todo en la celebración de la Cena del Señor, que perpetúa su amor inmolado en la cruz. Pero tiene una lógica prolongación (...), en la adoración a Cristo en este divino sacramento, en la visita al Santísimo, en la oración ante el sagrario, además de los otros ejercicios de devoción, personales y colectivos, privados y públicos, que habéis practicado durante siglos (...). Jesús nos espera en este Sacramento del Amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo»5.

Jesús está allí, en el sagrario cercano. Quizá a pocos kilómetros, o quizá a pocos metros. ¿Cómo no vamos a ir a verle, a amarle, a contarle nuestras cosas, pedirle? ¡Qué falta de coherencia, si no lo hiciéramos con fe! ¡Qué bien entendemos esta costumbre secular de las «cotidianas visitas a los divinos sagrarios»!6. Allí el Maestro nos espera desde hace veinte siglos7, y podremos estar junto a Él como María, la hermana de Lázaro –la que escogió la mejor parte8–, en su casa de Betania. «Os diré –son palabras de San Josemaría Escrivá– que para mí el Sagrario ha sido siempre Betania, el lugar tranquilo y apacible donde está Cristo, donde podemos contarle nuestras preocupaciones, nuestros sufrimientos, nuestras ilusiones y nuestras alegrías, con la misma sencillez y naturalidad con que le hablaban aquellos amigos suyos, Marta, María y Lázaro. Por eso, al recorrer las calles de alguna ciudad o de algún pueblo, me da alegría descubrir, aunque sea de lejos, la silueta de una iglesia: es un nuevo Sagrario, una ocasión más de dejar que el alma se escape para estar con el deseo junto al Señor Sacramentado»9.

Jesús espera nuestra visita. Es, en cierto modo, la devolución de la que Él nos ha hecho en la Comunión y «es prueba de gratitud, signo de amor y deber de adoración a Cristo Señor, allí presente»10. Es continuación de la acción de gracias de la Comunión anterior, y preparación para la siguiente.

Cuando nos encontremos delante del sagrario bien podremos decir con toda verdad y realidad: Dios está aquí. Y ante este misterio de fe no cabe otra actitud que la de adoración: Adoro te devote... Te adoro con devoción, Deidad oculta; de respeto y asombro; y, a la vez, de confianza sin límites. «Permaneciendo ante Cristo, el Señor, los fieles disfrutan de su trato íntimo, le abren su corazón pidiendo por sí mismos y por los suyos y ruegan por la paz y la salvación del mundo. Ofreciendo con Cristo toda su vida al Padre en el Espíritu Santo, sacan de este trato admirable un aumento de su fe, su esperanza y su caridad. Así fomentan las disposiciones debidas que les permiten celebrar con la devoción conveniente el memorial del Señor y recibir frecuentemente el pan que nos ha dado el Padre»11.

 

III. «Comenzaste con tu visita diaria... —No me extraña que me digas: empiezo a querer con locura la luz del Sagrario»12. La Visita al Santísimo es un acto de piedad que lleva pocos minutos, y, sin embargo, ¡cuántas gracias, cuánta fortaleza y paz nos da el Señor! Allí mejora nuestra presencia de Dios a lo largo del día, y sacamos fuerzas para llevar con garbo las contrariedades de la jornada; allí se enciende el afán de trabajar mejor, y nos llevamos una buena provisión de paz y alegría para la vida de familia... El Señor, que es buen pagador, agradece siempre el que hayamos ido a visitarle. «Es tan agradecido, que un alzar de ojos con acordarnos de Él no deja sin premio»13.

En la Visita al Santísimo vamos a hacer compañía a Jesús Sacramentado durante unos minutos. Quizá ese día no han sido muchos quienes le han visitado, aunque Él los esperaba. Por eso le alegra mucho más el vernos allí. Rezaremos alguna oración acostumbrada junto a la Comunión espiritual, le pediremos ayudas –espirituales y materiales–, le contaremos lo que nos preocupa y lo que nos alegra, le diremos que, a pesar de nuestras miserias, puede contar con nosotros para evangelizar de nuevo el mundo, le diremos, quizá, que queremos acercarle un amigo... «¿Qué haremos, preguntáis algunas veces, en la presencia de Dios Sacramentado? Amarle, alabarle, agradecerle y pedirle. ¿Qué hace un sediento en vista de una fuente cristalina?»14.

Cuando dejemos el templo, después de esos momentos de oración, habrá crecido en nosotros la paz, la decisión de ayudar a los demás, y un vivo deseo de comulgar, pues la intimidad con Jesús no se realizará completamente más que en la Comunión. Nos habrá servido, en fin, para aumentar la presencia de Dios en medio del trabajo y de nuestras ocupaciones diarias. Nos será fácil mantener con Él un trato de amistad y de confianza a lo largo del día.

Los primeros cristianos, desde el momento en que tuvieron iglesias y reserva del Santísimo Sacramento, ya vivían esta piadosa costumbre. Así comenta San Juan Crisóstomo estas breves palabras del Evangelio: «Y entró Jesús en el templo. Esto era lo propio de un buen hijo: pasar enseguida a la casa de su padre, para tributarle allí el honor debido. Como tú, que debes imitar a Jesucristo, cuando entres en una ciudad debes, lo primero, ir a la iglesia»15.

Una vez en la iglesia, podremos localizar fácilmente el sagrario –que es a donde se debe dirigir en primer lugar nuestra atención–, pues deberá estar situado en un lugar «verdaderamente destacado» y «apto para la oración privada». Y en él, la presencia de la Santísima Eucaristía estará indicada por la pequeña lámpara que, como signo de honor al Señor, arderá de continuo junto al tabernáculo16.

Al terminar nuestra oración le pedimos a nuestra Madre Santa María que nos enseñe a tratar a Jesús realmente presente en el sagrario como Ella le trató en aquellos años de su vida en Nazaret.

 

*          *            *

 

IV. CINCO VISITAS AL SANTÍSIMO SACRAMENTO

 

1ra. Visita. En vuestra presencia estoy, Señor, como un mendigo; dadme de limosna una parte de vuestra gracias. Padre Nuestro. Ave María. Gloria.

2da. Visita. En vuestra presencia estoy, Señor, como un reo delante de su juez; tened piedad de mí; perdonadme. Padre Nuestro Ave María. Gloria.

3ra. Visita. En vuestra presencia estoy, Señor, como un criado delante de su amo; dadme  el alimento espiritual de vuestro cuerpo y sangre y el vestido de caridad cubra todos mis pecados. Padre Nuestro. Ave María. Gloria. 

4ta Visita. En vuestra presencia estoy, Señor. como un amigo ante otro amigo; estréchame con el lazo de vuestro divino amor, tan apretadamente que nunca me separe de Vos. Padre Nuestro. Ave María. Gloria.

 5ta Visita. En vuestra presencia, estoy, Señor, como un hijo delante de su padre; no me neguéis la herencia paternal del cielo. Padre Nuestro. Ave María. Gloria.

 

*          *            *

 

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1310

Gladys: Cuando un hijo comienza a orar, ya, en ese momento, está en presencia de Dios y desde ese momento, Dios lo ampara.

No interesa con que oración se comienza, no hay una en especial, ya que en toda se le invoca al Señor.

Muchas veces la oración, lleva al arrepentimiento, a la conversión, a la entrega absoluta al Señor.

En el recogimiento de la oración, el alma medita, calla y el Señor obra en esa alma.

¡Oh hija mía, quieran mis hijos, amar en profundidad la oración, quieran mis hijos, tener a Dios en el corazón!

Bendito sea el Señor.

(Esto me dice, porque le digo que yo pienso, que hacer oración contemplativa, es, ponerse en oración y abandonarse en Dios y dejar que El, penetre en uno).

 

 

            *            *            *

 

 

1 Cfr. Lc 24, 35-48. — 2 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 302. — 3 Cfr. Jn 21, 7. — 4 Cfr. Concilio de Trento, Can. 4 sobre la Eucaristía, Dz 836. — 5 Juan Pablo II, Alocución, 31-X-1982. — 6 Pío XII, Enc. Mediator Dei, 20-XI-1947. — 7 Cfr. San Josemaría Escrivá, Camino, n. 537. — 8 Cfr. Lc 10, 42. — 9 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 154. — 10 Pablo VI, Enc. Mysterium fidei, 3-IX-1965. — 11 Cfr. Instrucción sobre el Misterio Eucarístico, 50. — 12 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 683. — 13 Santa Teresa, Camino de perfección, 23, 3. — 14 San Alfonso Mª de Ligorio, Visitas al Stmo. Sacramento, 1. — 15 San Juan Crisóstomo, en Catena Aurea, vol. III, p. 14. — 16 Cfr. Instrucción sobre el Misterio Eucarístico, 53 y 57. Cfr. Código de Derecho Canónico, can. 938 y 940

 

Nota: Ediciones Palabra (poseedora de los derechos de autor) sólo autoriza a difundir la meditación diaria a usuarios concretos para su uso personal, y no desea su distribución por fotocopias u otras formas de distribución.



Evangelizad - María del Rosario de San Nicolás


Melisa C. Watanabe
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#94 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Mié, 8 de Abr, 2009 7:08 pm
Asunto: Meditaciones para Semana Santa - La Hora de Cristo, La Hora de la Madre - Via Matris
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LA HORA DE CRISTO

El Viernes Santo la Iglesia celebra la Muerte salvadora de Cristo. En el Acto litúrgico de la tarde, medita en la Pasión de su Señor, intercede por la salvación del mundo, adora la Cruz y conmemora su propio nacimiento del costado abierto del Salvador (Cfr. Jn 19,34)   El Via Crucis  es una de las manifestaciones de piedad popular más arraigadas de este día. 
"La Hora de la Pasión es la Hora de Cristo, la hora del cumplimiento de su Misión. El Evangelio de San Juan nos permite descubrir las disposiciones íntimas de Jesús al inicio de la última Cena: «Sabiendo Jesús que había llegado su Hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). Por tanto, es la Hora del Amor, que quiere llegar «hasta el extremo», es decir, hasta la entrega suprema. En su sacrificio, Cristo nos revela el Amor perfecto: ¡no habría podido amarnos más profundamente!

Esa Hora decisiva es, al mismo tiempo, Hora de la Pasión y Hora de la Glorificación. Según el Evangelio de San Juan, es la Hora en que el Hijo del hombre es «elevado de la tierra» (Jn 12, 32). La elevación en la Cruz es signo de la elevación a la gloria celestial. Entonces empezará la fase de una nueva relación con la humanidad y, en particular, con sus discípulos, como Jesús mismo anuncia: «Os he dicho todo esto en parábolas. Se acerca la hora en que ya no os hablaré en parábolas, sino que con toda claridad os hablaré acerca del Padre» (Jn 16, 25).

La Hora suprema es, en definitiva, el tiempo en que el Hijo va al Padre. En ella se aclara el significado de su sacrificio y se manifiesta plenamente el valor que dicho sacrificio reviste para la humanidad redimida y llamada a unirse al Hijo en su regreso al Padre..." (Juan Pablo II. (Audiencia General . Miércoles 14 de enero de 1998)

LA HORA DE LA MADRE

Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al Sepulcro del Señor, meditando su Pasión y Muerte, su descenso a los infiernos y esperando su Resurrección. En María, conforme a la enseñanza de la tradición, está como concentrado todo el cuerpo de la Iglesia: Ella es la "credentium collectio universa". Por esto la Virgen María, que permanece junto al Sepulcro de su Hijo, tal como la representa la tradición eclesial, es imagen de la Iglesia que vela junto a la tumba de su Esposo, en espera de celebrar su Resurrección. En esta intuición de la relación entre María y la Iglesia se inspira el ejercicio de piedad de la Hora de la Madre:   mientras el Cuerpo del Hijo reposa en el Sepulcro y su Alma desciende a los infiernos (Catecismo de la Iglesia católica, 632-637) para anunciar a sus antepasados la inminente liberación de la región de las tinieblas, María Santísima,  anticipando y representando a la Iglesia, espera llena de fe la victoria del Hijo sobre la muerte.
"Después de que Jesús es colocado en el Sepulcro, María es la única que mantiene viva la llama de la fe, preparándose para acoger el anuncio gozoso y sorprendente de la Resurrección. La espera que vive la Madre del Señor el Sábado Santo constituye uno de los momentos más altos de su fe: en la oscuridad que envuelve el universo, Ella confía plenamente en el Dios de la vida y, recordando las palabras de su Hijo, espera la realización plena de las promesas divinas" (Juan Pablo II. Audiencia general de los miércoles. 21 de mayo de 1997).

VIA MATRIS

Otro ejercicio de piedad que es aconsejable para el Sábado Santo es el Via Matris.
Según el modelo del Vía Crucis, ha nacido el ejercicio de piedad del Vía Matris dolorosae, o simplemente Via Matris. Desde el siglo XVI hay ya formas incipientes del Vía Matris, pero en su forma actual no es anterior al siglo XIX. La intuición fundamental es considerar toda la vida de la Virgen, desde el anuncio profético de Simeón (cfr. Lc 2,34-35) hasta la muerte y sepultura del Hijo, como un camino de fe y de dolor: camino articulado en "siete estaciones", que corresponden a los "siete dolores" de la Madre del Señor.

El ejercicio de piedad del
Via Matris, se armoniza bien con algunos temas propios del itinerario cuaresmal. Como el dolor de la Virgen tiene su causa en el rechazo que Cristo ha sufrido por parte de los hombres, el Via Matris, remite constante y necesariamente al misterio de Cristo, siervo sufriente del Señor (cfr. Is 52,13-53,12), rechazado por su propio pueblo (cfr. Jn 1,11; Lc 2,1-7; 2,34-35; 4,28-29; Mt 26,47-56; Hech 12,1-5)Y remite también al misterio de la Iglesia: las estaciones del Via Matris son etapas del camino de fe y dolor en el que la Virgen ha precedido a la Iglesia y que ésta deberá recorrer hasta el final de los tiempos.

El
Via Matris, tiene como máxima expresión la "Piedad", tema inagotable del arte cristiano desde la Edad Media.

VIA MATRIS

 

CAMINO DE VIDA Y DE SERVICIO

 

INTRODUCCIÓN

P.  En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

A.  Amén.

 

SALUDO

P.  Señor, te alabamos y te bendecimos.

A.  Porque en la obra de la salvación asociaste a la Virgen Madre.

 

P.  Contemplamos tu dolor, Santa María.

A.  Para seguirte en el camino de la fe.

 

MONICIÓN

P.  Hermanos y hermanas, nos hemos reunido para recorrer las etapas del camino de dolor, que la Virgen Santa recorrió en íntima unión con su Hijo. Por disposición de la Divina Providencia, la Virgen  fue la Madre del Redentor, su fiel compañera en todos sus caminos: donde los caminos dolorosos de la infancia en Belén, Nazaret y Egipto, hasta la subida al Monte Calvario. La Iglesia ve a María como la imagen perfecta del discípulo de Cristo: porque Ella, olvidándose de Sí misma, vivió en el servicio a Dios y a los hombres, acogió con fe la palabra y subió hasta la Cruz, verdadero Árbol de la vida.La intercesión de la Virgen nos ayude a vivir en nosotros el misterio de Cristo Crucificado, conscientes de que si sufrimos con Cristo, con Él seremos glorificados.

 

ORACIÓN

P.  Dios nuestro,

Tú que quisiste que la vida de la Virgen

estuviera marcada por el misterio del dolor,

haz que caminemos con Ella por el sendero de la fe

y unamos nuestros sufrimientos a la Pasión de Cristo

para que se transformen en motivo de gracia

e instrumento de salvación.

Por Jesucristo nuestro Señor.

A. Amén. 
 

I

MARÍA ACOGE EN LA FE

LA PROFECÍA DE SIMEÓN

 

 

Vendrá a su Templo el Señor

a quien ustedes buscan ; el Ángel de la alianza, que  desean.

Clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén,

clama sin miedo. Di a las ciudades de Judá :  “Ahí está su Dios”

(Mal 3, 1 ; Is 40, 9)

 

 

V. Te alabamos, Santa María

R. Madre fiel junto a la Cruz de tu Hijo.

 

 

LECTURA EVANGÉLICA. Lc 2, 22. 25. 34-35 

 

L.      Cuando –según la ley de Moisés- se cumplieron los días de la purificación, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor. Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso;  esperaba la redención de Israel ; y estaba en él el Espíritu Santo. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: “Mira, este Niño está puesto para ruina y salvación de muchos en Israel y para ser señal de contradicción a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones; ¡y a Tí misma una espada te atravesará el alma!”.

 

 Pausa de silencio

 

SALMO DE MEDITACIÓN. Salmo 40 (39)

 

R.  Aquí estoy, Señor,  para hacer tu Voluntad.

 

No querías ni sacrificio ni oblación,

no pedías holocaustos ni víctimas,

dije entonces : “Aquí estoy, Señor,

para hacer tu voluntad.” R.

 

En el libro de la ley está escrito de mí

que he de hacer tu Voluntad.

Oh Dios mío, en tu ley me complazco

en lo profundo de mi corazón.  R.

 

ORACIÓN A LA VIRGEN

P.  Dios te salve,  María ...

A.    Santa María ...

 

CANTO DE PROCESIÓN

Este es el tiempo de nuestra pasión,

subamos con Él a Jerusalén,

se cumpla en nosotros la misma suerte.

 

O bien :

Virgen obediente, ruega por nosotros     

Virgen oferente, ruega por nosotros.

Virgen fiel, ruega por nosotros.

 

II

MARÍA HUYE A EGIPTO CON JESÚS Y JOSÉ

 

Contigo estoy yo, para librarte y salvarte.

de manos de los malvados

y te volveré a la tierra de tus padres.

(Jer 15, 20-21)

V.        Te alabamos, Santa María,

R.        Madre fiel junto a la Cruz de tu Hijo.

 

LECTURA EVANGÉLICA. Mt 2, 13-15

 

L.  El ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:  “Levántate, toma contigo al Niño y a su Madre y huye a Egipto, porque Herodes va a buscar al Niño para matarlo”.  Él se levantó, tomó de noche al Niño y a su Madre y se retiró a Egipto; y allí estuvo hasta la muerte de Herodes.

 

Pausa de silencio

 

SALMO DE MEDITACIÓN. Salmo 118 (117)

 

R. El Señor está conmigo, ¿a quién temeré ?

 

En el peligro grité al Señor,

y Él me escuchó, poniéndome a salvo.

El Señor está conmigo, no temo;

¿qué puede hacerme el hombre? R.

 

El Señor es mi fuerza y mi energía,

Él es mi salvación.

No he de morir, viviré

para contar las hazañas del Señor.  R.

 

ORACIÓN A LA VIRGEN

P. Dios te salve, María ...

A.  Santa María ...

 

CANTO DE PROCESIÓN

Y Tu, Madre, continúa llorando,

no sobre de Él sino sobre nosotros,

siempre restringidos en un estado de muerte.

 

O bien:

Mujer exiliada, ruega por nosotros.

Mujer fuerte, ruega por nosotros.

Mujer intrépida, ruega por nosotros.  

 

 

III

MARÍA BUSCA A JESÚS

PERDIDO EN JERUSALÉN

 

 

¿A dónde se ha ido tu amado,  oh la más hermosa de las mujeres ?

¿A dónde se ha ido, y  lo buscaremos contigo ? (Ct 6, 1)

 

V. Te alabamos, Santa María,

R. Madre fiel junto a la Cruz de tu Hijo.

 

LECTURA EVANGÉLICA. Lc. 2, 41-46. 48-49

 

L.       Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén a la celebración de la Pascua.  Cuando Jesús cumplió doce años, fueron todos,  como de costumbre a la fiesta; al volverse ellos, el niño Jesús se quedó en la ciudad, sin saberlo sus padres.  Creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y lo buscaban entre los parientes y conocidos;  al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca. Al cabo de tres días, lo hallaron en el Templo sentado en medio de   los maestros, escuchándoles y preguntándoles. Y su madre le dijo: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?  Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando”.  El les dijo:   “¿Y por qué me buscaban?  ¿No saben que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?”

 

Pausa de silencio

 

SALMO DE MEDITACIÓN. Salmo 116 (115)

 

R.  Mi alegría, Señor, es hacer tu Voluntad.

 

Señor, yo soy tu siervo,

siervo tuyo, hijo de tu esclava.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,

invocando tu nombre, Señor.  R.

 

Cumpliré al Señor mis votos

en presencia de todo el pueblo,

en el atrio de la casa del Señor,

en medio de ti, Jerusalén.  R.

 

ORACIÓN A LA VIRGEN

P.  Dios te salve,  María ...

A.   Santa María ...

 

CANTO DE PROCESIÓN

Haz que vivamos contigo el “Paso por la vida”,

llevando los unos el peso de los otros,

llorando contigo el llanto del mundo.

 

O bien :

Esperanza de los pecadores, ruega por nosotros.

Consuelo de los afligidos, ruega por nosotros.

Refugio de los pobres, ruega por nosotros.

 

 

IV

MARÍA ENCUENTRA A JESÚS

CAMINO AL CALVARIO

 

¿A quién te compararé,  hija de Jerusalén?

¿Quién te podrá  consolar, virgen hija de Sión?

Grande como el mar es tu dolor:  ¿quién te  consolará?

(Lam 2, 13)

 

V. Te alabamos, Santa María,

R. Madre fiel junto a la Cruz de tu Hijo.

 

LECTURA EVANGÉLICA. Lc 23, 26-28

 

L.      Cuando llevaban a Jesús para crucificarlo, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús.  Lo seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él.  Jesús, volviéndose a ellas, dijo :  “Hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren más bien  por ustedes y por sus hijos.”

 

Pausa de silencio

 

SALMO DE MEDITACIÓN.  Salmo 24 (23)

 

R.  Muéstranos, Padre, el rostro de tu Amor.

 

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,

el orbe y todos sus habitantes;

Él la fundó sobre los mares,

Él la afianzó sobre los ríos.  R.

 

¿Quién puede subir al monte del Señor?

¿quién puede estar en el recinto sacro?

El hombre de manos inocentes y puro corazón,

que no confía en los ídolos

ni jura contra el prójimo en falso.  R.

 

Ese recibirá la bendición del Señor,

le hará justicia del Dios de salvación.

Este es el grupo que busca al Señor,

que viene a tu presencia, Dios de Jacob.  R.

 

ORACIÓN A LA VIRGEN

P.  Dios te salve, María ...

A.   Santa María ...

 

CANTO DE PROCESIÓN

Madre, tu eres toda mujer que ama,

Madre, tu eres toda madre que llora

a un hijo muerto, o a un hijo traicionado.

 

O bien :

Mujer del dolor, ruega por nosotros

Virgen de la búsqueda, ruega por nosotros

Madre de la esperanza. ruega por nosotros  

 

 

V

MARÍA ESTÁ JUNTO A LA CRUZ DE SU HIJO

 

Y mirarán a aquél a quien traspasaron,

 harán lamentación por él como por un hijo único,

y le llorarán amargamente como se llora a un primogénito.

(Zac 12, 10b)

 

V. Te alabamos, Santa María,

R. Madre fiel junto a la Cruz de tu Hijo.

 

LECTURA EVANGÉLICA. Lc 23, 33;  Jn 19, 25-27;  Lc 23, 44-46.

 

L.      Cuando llegaron al lugar que se llama Calvario, crucificaron a Jesús, también a los dos criminales; uno a su derecha y otro a su izquierda.  Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, la hermana de su madre, María la esposa de Cleofás, y María Magdalena.  Jesús viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, dijo a su Madre:  “Mujer, ahí tienes a tu hijo.”  Luego dijo al discípulo:  “Ahí tienes a tu Madre”. Eran ya las tres de la tarde.  Jesús, dando una gran voz, dijo : “Padre, en tus manos entrego mi espíritu”.  Y diciendo esto expiró.

 

Pausa de silencio

 

SALMO DE MEDITACIÓN. Salmo 31 (30)

 

R.  Padre, en tus manos confío mi vida.

 

A Ti, Señor, me acojo:

no quede yo nunca defraudado;

Tú, que eres justo, ponme a salvo,

En tus manos encomiendo mi espíritu:

Tú, el Dios fiel, me librarás. R.

 

Pero yo confío en Ti, Señor,

te digo: “Tú eres mi Dios”.

En tu mano está mi destino.

Haz brillar  tu Rostro sobre tu siervo,

¡sálvame, por tu Misericordia!  R.

 

ORACIÓN A LA VIRGEN

P.  Dios te salve,  María ...

A. Santa María ...

 

CANTO DE PROCESIÓN

Como Tú misma ofreciste tu dolor al Padre,

ahora te pedimos que ofrezcas también nuestros dolores

de modo que ninguno sea en vano.

 

O bien:

Madre del Crucificado, ruega por nosotros

Madre del corazón traspasado, ruega por nosotros

Madre del Redentor, ruega por nosotros

 

 

VI

MARÍA RECIBE EN SU SENO

EL CUERPO DE JESÚS BAJADO DE LA CRUZ

 

Me han arrancado  la paz, y ni me acuerdo de  la dicha.

Me digo:   “Se me acabaron las fuerzas y mi esperanza en el Señor”.

No hago más que pensar en ello y mi alma está abatida.

Pero hay  algo que traigo a la memoria y me da esperanza:

que la misericordia del  Señor no termina y no se acaba su compasión.

El Señor es bueno para los que en Él esperan y lo buscan;

es bueno esperar en silencio la salvación del Señor.

(Lam 3, 17-18. 20-22. 25-26)

 

V. Te alabamos, Santa María,

R. Madre fiel junto a la Cruz de tu Hijo.

 

LECTURA EVANGÉLICA. Mc 15, 42-46

 

L.      Al caer la tarde, como era la preparación de la Pascua, es decir, la víspera del sábado, llegó José de Arimatea, que era un miembro distinguido del Consejo de Ancianos y esperaba el reino de Dios, y tuvo el valor de presentarse a Pilato y le pidió el Cuerpo de Jesús.  Pilato se extraño de que ya hubiera muerto y, llamando al centurión le preguntó si había muerto hacía tiempo.  Informado por el centurión, concedió el Cuerpo a José, quien, comprando una sábana, lo descolgó de la cruz.

 

Pausa de silencio

 

SALMO DE MEDITACIÓN. Salmo 114 (116)

 

R. Mi alma espera en el Señor.

 

Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante,

porque inclina su oído hacia mí el día que lo invoco.

Invoqué el nombre del Señor :

“Señor, salva mi vida”. R.

 

Alma mía, recobra tu calma,

que el Señor fue bueno contigo :

arrancó mi alma de la muerte,

mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída.  R.

 

ORACIÓN A LA VIRGEN

P.  Dios te salve,  María ...

A. Santa María ...

 

CANTO DE PROCESIÓN

Que ninguno profane el dolor de la muerte:

no existe nada más grato en el mundo,

que saber llorar el llanto del ser humano.

 

O bien.

Virgen del silencio, ruega por nosotros

Virgen del perdón, ruega por nosotros

Virgen de la espera, ruega por nosotros 

 

 

VII

MARÍA ENTREGA EL CUERPO DE JESÚS

AL SEPULCRO EN ESPERA DE LA RESURRECCIÓN

 

Y se puso su sepultura entre los malvados

y con los ricos su tumba,

por más que no hizo atropello ni hubo engaño en su boca.

Por las fatigas de su alma, verá la luz.

(Is 53, 9. 11a)

 

V. Te alabamos, Santa María,

R. Madre fiel junto a la Cruz de tu  Hijo.

 

LECTURA EVANGÉLICA. Jn 19,39-42

 

L.      Fue Nicodemo, aquel que anteriormente había ido a ver a Jesús de noche, con una mezcla de unas cien libras de mirra y áloe.  José de Arimatea y Nicodemo tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar.  En el lugar donde había sido crucificado había un huerto y, en el huerto, un sepulcro nuevo en el que nadie todavía había sido depositado.  Allí pues, pusieron a Jesús.

 

Pausa de silencio.

 

SALMO DE MEDITACIÓN. Salmo 62 (63)

 

R.  Señor, mi alma está sedienta de Ti.

 

¡Oh Dios!, Tú eres mi Dios, por Ti madrugo,

mi alma está sedienta de Ti;

mi carne tiene ansia de Ti,

como tierra reseca, agostada, sin agua.  R.

 

En el lecho me acuerdo de Ti

y velando medito en Ti,

porque fuiste mi auxilio,

y a la sombra de tus alas canto con júbilo;

mi alma está unida a Ti,

y tu diestra me sostiene.  R.

 

ORACIÓN A LA VIRGEN

P.  Dios te salve,  María ...

A.  Santa María ...

 

CANTO DE PROCESIÓN

Tu piedad es nuestra certidumbre de ser también nosotros escuchados,

y de gozar hasta en el llanto.

 

O bien:

Madre de los redimidos, ruega por nosotros

Madre de los vivientes, ruega por nosotros

Madre de los creyentes, ruega por nosotros

 

CONCLUSIÓN

 

ORACIÓN DE INTERCESIÓN

 

P.  Encomendemos nuestra vida y la de nuestros hermanos y hermanas a la protección de la Virgen María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, para que presente Ella misma nuestras súplicas al Padre.

 

1.   L.  Acuérdate, Virgen Madre de Dios, de toda la Iglesia, nacida de la Cruz de tu Hijo, santificada por su Sangre y extendida por el mundo entero.

A. Acuérdate, Virgen Madre.

 

O bien:

Acuérdate, Virgen Madre de Dios, del Papa N.,

de nuestro obispo N.,

de todos los obispos, presbíteros y diáconos, y de todo el pueblo que ama y sirve al Señor.

A. Acuérdate, Virgen Madre.

 

O bien:

Acuérdate, Virgen Madre de Dios,

de todos los pueblos redimidos por la sangre de tu Hijo, para que vivan en la justicia, en la concordia y en la paz.

A. Acuérdate, Virgen Madre.

 

2.   L.  Acuérdate, Virgen Reina de la paz, de los que gobiernan las naciones; frena los deseos de violencia y de guerra; ayuda y fortalece a los cristianos, para que puedan llevar una vida honesta y pacífica, glorificando el nombre de Cristo redentor.

A. Acuérdate, Virgen Madre.

 

O bien:

Acuérdate, Virgen Madre de la esperanza, de los que piden un tiempo favorable, lluvias bienhechoras y abundantes cosechas, trabajo seguro y  serenidad en el hogar.

A. Acuérdate, Virgen Madre.

 

3.   L.  Acuérdate, Virgen Madre de la vida, de los ancianos e inválidos, de los enfermos y de los que sufren, de los emigrantes y exiliados, de los que son perseguidos por su compromiso en favor de la justicia y la paz o a causa del nombre de Cristo.

A. Acuérdate, Virgen Madre.

 

O bien:

Acuérdate, Virgen Madre de la Vida, de los que no tienen un hogar que los reciba, comida que los alimente, vestido que los cubra; de los que padecen soledad o sufren a causa de las discordias familiares.

A. Acuérdate, Virgen Madre.

 

4.   L.  Acuérdate, Virgen Madre de Misericordia, de nosotros pobres pecadores e indignos siervos tuyos;  de los que no creen en Dios o no conocen a tu Hijo.

A. Acuérdate, Virgen Madre.

 

O bien:

Acuérdate, Virgen Madre de misericordia, de aquellos a quienes hoy encomendamos a  tu bondad misericordiosa (...); de todos los hermanos y hermanas, que han muerto en la esperanza de la resurrección.

A. Acuérdate, Virgen Madre.

 

5.   L.  Acuérdate, Virgen Madre Dolorosa, de que eres Madre nuestra por voluntad de tu Hijo moribundo:  no olvides los dolores que padeciste por nosotros; intercede ante tu Hijo para que obtengamos la firmeza de la fe, la alegría de la esperanza, el fervor de la caridad y  el don de la unidad.

A. Acuérdate, Virgen Madre.

 

P.  Escucha, oh Padre, a tu pueblo que, junto con la santa Virgen María, ha recordado la obra de la Redención.  Concédenos a estos siervos tuyos,  vivir unidos a ella durante esta vida, para llegar también con ella a la alegría plena de tu Reino.  Por Jesucristo nuestro Señor.

A.  Amén.

 

ACLAMACIÓN

Bendita eres Tú, Reina de los mártires:  porque asociada a la Pasión de Cristo, te has hecho nuestra Madre, signo de esperanza en nuestro camino.

 

DESPEDIDA

 

P.  La Cruz de Cristo sea consuelo en nuestro camino, para que siguiendo las huellas de la Virgen Madre y compartiendo la Pasión de su Hijo, lleguemos a la gloria del Reino.

A.  Amén.

Si quien preside es un presbítero o un diácono, bendice a los fieles diciendo:

 

P.  Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes, y permanezca para siempre.

A.  Amén.

P.  Nos proteja Santa María, y nos guíe benignamente por el camino de la vida.

A.  Amén.

 



1.Roma, Tipografía Salviucci, 1855.  Mismo título con la excepción del adjetivo medesima, en el folleto Vía Matris ossia i sette acerbissimi dolori dei Maria Vergine meditati nella forma della Vía Crucis.  Roma, Tipografía Artigianelli S. Giuseppe, 1906.

2.Un epígrafe en mármol, colocado a la izquierda de la puerta de la iglesia, recuerda el feliz acontecimiento:  “... Io. Fran. M. Poggi [...] consecravit ecclesiam hanc S[acri] E[remi] M[ontis] S[enarii] eiusq. Altare maius in honorem B.M.V. septem Dolorum et divi P. Philippi Benitii”.  El epígrafre se reproduce en Guía Histórica y Descriptiva de Monte Senario.  Terni, Prem. Stab. Alterocca, 1911, p. 57.

3.Cfr. Monte Senario, Archivo Conventual.  Memorie del sacro Eremo de Monte Senario [1725-1765], p. 6 (cfr. Studi Storici OSM 29 [1979] pp. 325-326).  Para una información sobre los seis cuadros, sobre su colocación en la sala eclesiástica y sobre sus autores, se vea el libro manuscrito Memorie dell’origine et progressi degli Eremi della Congregazione di Monte Senario, dell’ordine de’ Servi di Maria Vergine, extraídos de los Anales de la misma Orden y de las antiguas memorias existentes en los archivos de los susodichos Éremos.  Escritos por un eremita de Monte Senario en el año MDCCLX, pp. 727-730.

4.Cfr. L. M. De Vittorio.  Restaurato il ‘Crocifisso’ di 1647 di Ferdinando Tacca per Monte Senario, en Studi Storici OSM 40 (1990) pp. 87-92.

5.“Declaro, entre otras cosas [el beato Pedro de Verona] que este hábito que ahora llevan los frailes de nuestra Orden, habrían decidido portarlo siempre para manifestar la humildad de la misma Virgen María y para presentar claramente el dolor que Ella sufrió en la tan amarga pasión de su Hijo” (52: Monumenta OSM, I, p. 98). A dos frailes Predicadores que preguntaron a San Felipe Benicio a qué Orden pertenecía el hábito que portaban él y fray Víctor, su compañero de viaje, el Santo respondió:  “Nos llamamos Siervos de la Virgen gloriosa, de la cual llevamos el hábito de su viudez”  (Legenda beati Philippi, 8: Monumenta OSM, II, p. 71).

6.Anales OSM, III, p. 359.  En 1992, con ocasión del tercer centenario de la promulgación del decreto, el Prior general, fr. Hubert M. Moons, publicó la carta Con María a los pies de la Cruz.  Roma, Curia General de los frailes Siervos de María, 1992, que ofrece una buena síntesis y valoración sobre el desarrollo de la devoción hacia la Dolorosa entre los siglos XVII y  XX (pp. 7-14).  Para una panorámica general, confrontar:  G.M. Besutti. Pietà e dottrina mariana nell’Ordine dei Servi di Maria nei secoli XV e XVI.  Roma, publicaciones “Marianum”, 1984, sobre todo pp. 85-113; La pietà verso l’Addolorata fra i Servi di Maria nel ‘600, en Aa. Vv. I Servi di Maria nel Seicento (De fr. Ángel Montrosoli a fr. Julio Arrighetti) Publicaciones Monte Senario 1985, pp. 105-131; Gli sviluppi della pietà verso la Vergine dei dolori nel ‘700 servitano, en Aa. Vv. I Servi di Maria nel Settecento (De fr. G.F. Poggi a las supresiones napoleónicas).  Publicaciones Monte Senario 1986, pp. 107-152.  En estos estudios las referencias al Vía Matris son, por circunstancias diversas, inexistentes o muy escasas.

7.La traducción italiana del Breve fue recopilada en un pequeño volumen llamado I Sette acerbissimi dolori di Maria meditati nella forma medesima della Vía Crucis.  Roma, Tipografía Marini e Compagno, 1842, p. 24.  En cuanto a las indulgencias, Gregorio XVI concedía a los fieles “verdaderamente arrepentidos, después de confesarse y comulgar, y que visitan siete veces en determinados días alguna de las iglesias, donde se encuentran tales Estaciones de los siete Dolores de la B.V.M., después de haber realizado algunas otras obras de piedad y haber suplicado a Dios por la concordia de los príncipes Cristianos […] la indulgencia plenaria, y la remisión de sus pecados.  Además, a aquéllos que […] por una sola vez lo hayan practicado, siete años y otras tantas cuarentenas” (p. 24).

8.Cf. P.M. Pitzen. Research on the “Vía Matris” being a selective Bibliography.  [Estudio inédito realizado para el Diploma en Mariología. Facultad Teológica “Marianum” 1966], sobre todo en las pp. 1-6.

9.Breve notizia dell’abito e corona de’ sette dolori col modo di praticare la divozione de’ sette venerdì in onore della ss. Vergine Addolorata… recopilados por el padre Francisco María Pecoroni.  Nápoles, Imprenta de A. Festa, 1852, pp. 86-94.

10.La carta se conserva en Roma, Archivo general OSM, archivo sin posición definitiva, titulado provisoriamente “Cartas a los procuradores generales”.

11.Texto en Acta Leonis XIII, III. Roma, Tipografía Vaticana, 1884, pp. 220-222.

12.Regola e manuale dei frati e sorelle  del Terz’Ordine dei Servi di Maria..  Roma, Tipografía Políglota de la S.C. de Propaganda Fide, 1884, pp. 417-425.

13.Consultar la crónica detallada de Singularis devotio erga B. Virginem Perdolentem per exercitium “Viae matris” Chicagiae excitata, en Acta OSM 8 (1937-1939) pp. 183-185.  Para un perfil histórico sobre el origen, el desarrollo y la decadencia de la Novena Perpetua en Chicago, cfr. J.M. Huels. The Friday Night Novena.  Auge y decadencia de la novena de la Madre Dolorosa.  Berwin, Illinois, Provincia OSM de Estados Unidos-Este, 1977,

14.Ottawa, Archivo del convento.  Crónica del año 1938, día 2 de diciembre.

15.Cfr. Conc. Ecum. Vaticano II. Constitución dogmática Lumen Gentium, 58; Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris Mater, 14.

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http://virgofidelis.com.ar/biblioteca.htm

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DIVINA MISERICORDIA

La Iglesia celebrará el próximo 15 de abril el Domingo de la Divina Misericordia, «una invitación perenne a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y pruebas» de la humanidad. La preparación de la fiesta arranca el Viernes Santo con el inicio de la Novena a la Divina Misericordia. 

La Devoción a la Divina Misericordia constituye un auténtico movimiento espiritual dentro de la Iglesia católica promovido por Faustina Kowalska, a quien Juan Pablo II canonizó el 30 de abril de 2000.

El Papa Juan Pablo II escogió ese día para anunciar una sorpresa:
«En todo el mundo, el II Domingo de Pascua recibirá el nombre de Domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al genero humano en los años venideros».

El texto completo de la Novena a la Divina Misericordia  lo puede leer y/o imprimir desde la siguiente dirección:

http://juanpablomagno.org/DivinaMisericordia/DivinaMisericordia.Novena.htm

Pidamos a María Santísima nos acompañe en este itinerario de conversión y progresiva intimidad con su Hijo divino, quien "se hizo carne y habitó entre nosotros", y cargó con nuestras culpas para redimirnos con su Sangre derramada en la Cruz.


Evangelizad - María del Rosario de San Nicolás


Melisa C. Watanabe
evangelizad@...
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Meditaciones tomadas de "PEREGRINANDO EN SEMANA SANTA CON MARIA SANTISIMA".

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#93 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Jue, 19 de Mar, 2009 3:24 pm
Asunto: Meditacion: La Fidelidad de San Jose
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Hijos míos: Pido en esta Novena, que acompañéis a Jesús en su Cruz y a Mí, como Madre dolorosa.

Jesús, el Santo de mi Corazón, junto al pie de la Cruz, dispuso que fuera, Madre de todos los hombres.

Desde entonces, desde vuestra cuna, he estado intentando conduciros,

saliendo al encuentro de los que no me quieren buscar.

Rezad en la Novena, los misterios de dolor.

Bendito sea el Cordero de Dios.

Meditación de María del Rosario de San Nicolás Nº 821

 

*          *            *

 

19 de marzo

Meditación: LA FIDELIDAD DE SAN JOSÉ*

 

I..— Las promesas del Antiguo Testamento se realizan en Jesús a través de José.

II.— Fidelidad del Santo Patriarca a la misión recibida de Dios.

III. — Nuestra fidelidad.

 

I. Este es el criado fiel y solícito a quien el Señor ha puesto al frente de su familia1.

Esta familia de la que se habla en la Antífona de entrada de la Misa es la Sagrada Familia de Nazareth, el tesoro de Dios en la tierra, que encomendó a San José, «el servidor fiel y prudente», que entregó su vida con alegría y sin medida para sacarla adelante. La familia del Señor es también, por ampliación, la Iglesia, que reconoce a San José como su protector y patrono.

La Primera lectura evoca las antiguas promesas en las que se anuncia, de generación en generación, la llegada de un Rey fuerte y justo, un Pastor bueno que conducirá al rebaño hacia verdes praderas2, un Redentor que nos salvará3. En esta lectura de hoy se comunica a David, por medio del profeta Natán, que de su descendencia llegará el Mesías, quien tendrá un reinado eterno. Por José, es Jesús hijo de David. En Él se han cumplido las promesas hechas desde Abrahán4.

«Con la Encarnación las “promesas” y las “figuras” del Antiguo Testamento se hacen “realidad”: lugares, personas, hechos y ritos se entremezclan según precisas órdenes divinas, transmitidas mediante el ministerio angélico y recibidas por criaturas particularmente sensibles a la voz de Dios. María es la humilde sierva del Señor, preparada desde la eternidad para la misión de ser Madre de Dios; José es aquel (...) que tiene el encargo de proveer a la inserción “ordenada” del Hijo de Dios en el mundo, en el respeto de las disposiciones divinas y de las leyes humanas. Toda la vida, tanto “privada” como “escondida” de Jesús ha sido confiada a su custodia»5.

El Evangelio de la Misa tiene especial interés en recalcar que José está entroncado en la casa de David, depositaria de las promesas hechas a los patriarcas: Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo6. Es el Patriarca del Nuevo Testamento.

Fue José un hombre sencillo que Dios cubrió de gracias y de dones para que cumpliera una misión singular y entrañable en los planes salvíficos. Vivió entre gozos inenarrables, al tener junto a él a Jesús y a María, y también entre incertidumbres y sufrimientos: perplejidad ante el misterio obrado en María, que él todavía no conoce; la pobreza extrema de Belén; la profecía de Simeón en el Templo sobre los sufrimientos del Salvador; la angustiosa huida a Egipto; la vida apenas sin recursos en un país extraño; la vuelta de Egipto y los temores ante Arquelao... Fue siempre fidelísimo a la voluntad de Dios, dejando a un lado planes y razones meramente humanas.

El centro de su vida fueron Jesús y María, y el cumplimiento de la misión que Dios le había confiado. «La entrega de San José aparece tejida de ese entrecruzarse de amor fiel, de fe amorosa, de esperanza confiada. Su fiesta es, por eso, un buen momento para que todos renovemos nuestra entrega a la vocación de cristianos, que a cada uno de nosotros ha concedido el Señor.

»Cuando se desea sinceramente vivir de fe, de amor y de esperanza, la renovación de la entrega no es volver a tomar algo que estaba en desuso. Cuando hay fe, amor y esperanza, renovarse es -a pesar de los errores personales, de las caídas, de las debilidades mantenerse en las manos de Dios: confirmar un camino de fidelidad. Renovar la entrega es renovar (...) la fidelidad a lo que el Señor quiere de nosotros: amar con obras»7.

Le pedimos especialmente hoy al Santo Patriarca el deseo eficaz de cumplir la voluntad de Dios en todo, en una entrega alegre, sin condiciones, que sirva a muchos para que encuentren el camino que conduce al Cielo.

 

II. Siervo bueno y fiel, entra en el banquete de tu Señor8. Estas palabras de la Antífona de comunión de la Misa las oiría un día San José por el cumplimiento amoroso y alegre de su misión en la tierra. Son palabras dichosísimas que un día también el Señor nos dirá a nosotros si hemos sido fieles a la vocación recibida, aunque hayamos tenido que recomenzar muchas veces, con humildad y sencillez de corazón. En otra oración de la Misa del día se repite la palabra fidelidad aplicada a San José: Dios todopoderoso, que confiaste los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de San José...9, rezamos en la oración colecta. Parece como si el Señor quisiera hoy recordarnos la fidelidad a nuestros compromisos para con Él y para con los demás, la fidelidad a la vocación recibida de Dios, a la llamada que cada cristiano ha recibido, su quehacer en el mundo según el querer de Dios.

Nuestra vida no tiene otro sentido que ser fieles al Señor, en cualquier edad y circunstancia en la que nos encontremos. De eso depende, lo sabemos bien, nuestra felicidad en esta vida y, en buena parte, la felicidad de quienes nos rodean. San José pasó por situaciones bien diferentes y no todas fueron humanamente gratas, pero el Santo Patriarca fue firme como la roca y contó siempre con la ayuda de Dios. Nada desvió a José del camino que se le había señalado; fue el hombre al que Dios, fiándose de Él, puso al frente de su familia aquí en la tierra. «¿Qué otra cosa fue su vida sino una entera dedicación al servicio para el que había sido llamado? Esposo de la Virgen María, padre legal de Jesús (...), consumió su vida con la atención puesta en ellos, entregado al cumplimiento de la misión para la que había sido llamado. Y como un hombre entregado es un hombre que ya no se pertenece, él dejó de preocuparse de sí mismo desde el momento en que, ilustrado por el ángel en aquel primer sueño, aceptó plenamente el designio de Dios sobre él, y al recibir a María su esposa comenzó a vivir para aquellos que habían sido puestos bajo su custodia. El Señor le confió su familia y José no le defraudó; Dios se apoyó en él, y él se mantuvo firme en toda clase de circunstancias»10. Dios, para muchas cosas grandes, se apoya en nosotros... No le defraudemos.

Le decimos hoy al Señor que queremos ser fieles, entregados a nuestro quehacer divino y humano en la tierra, como lo fue San José, sabiendo que de ello depende el sentido de nuestra vida toda. Examinemos despacio en qué podríamos ser más fieles: compromisos para con Dios, con quienes quizá tenemos a nuestro cargo, en el apostolado, en la tarea profesional...

 

III. Concédenos, Señor, que podamos servirte... con un corazón puro como San José, que se entregó para servir a tu Hijo...11.

Mientras preparábamos la Solemnidad de hoy considerando la devoción de los siete domingos de San José, meditábamos el principio enunciado por Santo Tomás, que se aplica a la elección de San José, y a toda vocación: «A los que Dios elige para algo los prepara y dispone de tal modo que sean idóneos para ello»12. La fidelidad de Dios se muestra en las ayudas que otorga siempre, en cualquier situación de edad, trabajo, salud, etc., en que nos encontremos, para que cumplamos fielmente nuestra misión en la tierra. San José correspondió delicada y prontamente a las innumerables gracias que recibió de parte de Dios.

Nosotros debemos meditar muchas veces que el Señor no nos fallará jamás; Él espera siempre nuestra correspondencia firme: en la juventud, en la madurez, y cuando ya no sea mucho el tiempo que nos separe de Dios; cuando parece que todo acompaña para ser leales y en aquellos momentos en los que pudiera dar la impresión de que todo invita a romper los compromisos contraídos.

El no sentir a Dios alguna vez –o por largos períodos–, el no sentirse atraído a dedicar a Dios el mejor rato del día, puede deberse, quizá, a que se tiene el alma llena de uno mismo y de todo lo que pasa a nuestro alrededor. En estos momentos la fidelidad a Dios es fidelidad al recogimiento interior, al empeño por salir de ese estado, a la vida de oración, a esa oración en la que el alma se queda sola, desnuda ante Dios y le pide, o le mira...

Dios espera de todos nosotros una actitud despierta, amorosa, llena de iniciativas. ¡El corazón del Santo Patriarca estuvo siempre lleno de alegría, incluso en los momentos más difíciles! Hemos de lograr que nuestro quehacer divino en la tierra, nuestro caminar hacia Dios sea siempre nuevo, como nuevo y original es siempre el amor, pues, como señala el poeta: Nadie fue ayer // ni va hoy // ni irá mañana // hacia Dios // por este mismo camino // que yo voy. // Para cada hombre guarda // un rayo nuevo de luz el sol // y un camino virgen // Dios. Siempre eternamente nuevo.

Hoy pedimos a San José esa juventud interior que da siempre la entrega verdadera, la renovación desde sus mismos cimientos de estos firmes compromisos que adquirimos un día. Le pedimos también por tantos que esperan de nosotros esa alegría interior, consecuencia de la entrega, que les arrastre hasta Jesús, a quien encontrarán siempre muy cerca de María.

 

 

¡Mi querida hija: Dios derrama tanto Amor en sus hijos!

Yo espero que los hijos amen al Padre, que sigan las huellas del Hijo y glorifiquen al Espíritu Santo.

Que tengan puros sus corazones, que dejen que esta Madre los purifique.

Bendito sea el Señor.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1324

 

*          *            *

 

1 Antífona de entrada. Lc 12, 42. — 2 Ez 34, 23. — 3 Gen 3, 15. — 4 Segunda lectura. Rom 4, 18. — 5 Juan Pablo II, Exhor. Apost. Redemptoris custos, 15-VIII-1989, 8. — 6 Mt 1, 16. — 7 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 43. — 8 Antífona de comunión. Mt 25, 21. — 9 Misal Romano, Oración colecta de la Misa de San José. — 10 F. Suárez, José, esposo de María, pp. 276-277. — 11 Misal Romano, Misa de la Solemnidad de San José. Oración sobre las ofrendas. — 12 Santo Tomás, Suma Teológica, 3, q. 27, a. 4, c

 

* Se interrumpe en cierto modo la práctica cuaresmal para celebrar la Solemnidad de San José, esposo de María. Él, junto con Nuestra Señora, cuidó de Jesús Niño, y no hay en el Cielo, excepto su Esposa, santo más grande. De igual forma que fue cabeza de la Sagrada Familia y cuidó de ella aquí en la tierra, así ejerce ahora su patrocinio sobre la Iglesia universal.

Esta festividad, que ya existía en numerosos lugares, se fijó en esta fecha durante el siglo xv y luego se extendió a toda la Iglesia como fiesta de precepto en 1621. El Papa Pío IX lo nombró, en 1847, Patrono de la Iglesia universal. La paternidad de San José alcanza no solo a Jesús -de quien hizo las veces de padre- sino a la misma Iglesia, que continúa en la tierra la misión salvadora de Cristo. Así lo reconoció el Papa Juan XXIII al incorporar su nombre al Canon Romano, para que todos los cristianos -en el momento en que Cristo se hace presente en el altar- veneremos la memoria del que gozó de su presencia física en la tierra

† Nota: Ediciones Palabra (poseedora de los derechos de autor) sólo autoriza a difundir la meditación diaria a usuarios concretos para su uso personal, y no desea su distribución por fotocopias u otras formas de distribución




Evangelizad - María del Rosario de San Nicolás


Melisa C. Watanabe
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#92 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Mié, 18 de Feb, 2009 1:39 pm
Asunto: Meditacion: La Misa, Centro de la vida cristiana
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Hija: Las ofrendas al Señor, son motivo de alegría para Mí.

Tienen mucho de entrega, de sacrificio y de amor.

Un ofrecimiento al Señor, es abrirle el corazón, es darse a El y si es espontáneo, más valor adquiere. Alabado sea el Señor.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolas Nº614

 

*          *            *

 

Meditación: LA MISA, CENTRO DE LA VIDA CRISTIANA

 

 

I. — Participación de los fieles en el sacrificio eucarístico.

II. — El «alma sacerdotal» del cristiano y la Santa Misa.

III. — Vivir la Misa a lo largo del día. Preparación.

 

I. Caminaba Jesús con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo; en el camino preguntó a quienes le acompañaban: ¿Quién dicen los hombres que soy yo?1. Y los Apóstoles, con toda sencillez, le cuentan lo que se hablaba de Él: unos decían que Juan el Bautista, otros que Elías y otros que uno de los Profetas. Corrían sobre Jesús las opiniones más variadas. Entonces Él se dirige a los suyos de una manera abierta y amable, y les dice: ¿Y vosotros quién decís que soy yo? No les pide una opinión más o menos favorable, sino la firmeza de la fe. Después de tanto tiempo con ellos han de saber quién es Él, sin titubeos, con seguridad. Pedro respondió enseguida: Tú eres el Cristo.

También a nosotros tiene el Señor derecho a pedirnos una clara confesión de fe –con palabras y con obras– en medio de un mundo en el que parece cosa normal la confusión, la ignorancia y el error. Mantenemos nosotros con Jesús un estrecho vínculo, que nació en el Bautismo y que ha crecido día a día. En este sacramento se estableció una íntima y profunda unión con Cristo, porque en él recibimos su mismo Espíritu y fuimos elevados a la dignidad de hijos de Dios. Se trata de una comunión de vida mucho más profunda que la que pudiera darse entre dos seres humanos cualesquiera. Así como la mano unida al cuerpo está llena de la corriente de vida que fluye de todo el cuerpo, de modo semejante el cristiano está lleno de la vida de Cristo2. Él mismo nos enseñó, con una bella imagen, la forma en que estamos unidos a Él: Yo soy la vid; vosotros los sarmientos...3. Y es tan fuerte la unión a la que podemos llegar todos los cristianos, si luchamos por la santidad, que podremos llegar a decir: Vivo, pero no yo; es Cristo quien vive en mí4. Esta cercanía con Jesucristo nos debe llenar de alegría, pues si somos parte viva del Cuerpo Místico de Cristo participamos en todo lo que Cristo realiza.

En cada Misa, Cristo se ofrece todo entero, también juntamente con la Iglesia, que es su Cuerpo Místico, formado por todos los bautizados. Por esta unión con Cristo a través de la Iglesia, los fieles ofrecen el sacrificio juntamente con Él, y con Él se ofrecen también a sí mismos: participan, por tanto, de la Misa como oferentes y como ofrendas. Sobre el altar, Jesucristo hace presentes a Dios Padre los padecimientos redentores y meritorios que soportó en la Cruz, y también los de sus hermanos. ¿Cabe mayor intimidad, mayor unión con Cristo? ¿Cabe mayor dignidad? La Santa Misa, bien vivida, puede cambiar la propia existencia. «Teniendo en nuestras almas los mismos sentimientos de Cristo en la Cruz, conseguiremos que nuestra vida entera sea una reparación incesante, una asidua petición y un permanente sacrificio para toda la humanidad, porque el Señor os dará un instinto sobrenatural para purificar todas las acciones, elevarlas al orden de la gracia y convertirlas en instrumento de apostolado»5.

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? En el sacrificio eucarístico conocemos bien a Cristo. Allí se hace firme nuestra fe, y nos fortalecemos para confesar abiertamente que Jesucristo es el Mesías, el Unigénito de Dios, que ha venido para la salvación de todos.

 

II. La Santa Misa es ofrecida por los sacerdotes y también por los fieles, pues «por el carácter que se imprimió en sus almas en el momento del Bautismo participan del sacerdocio mismo de Cristo»6, aunque esta participación sea esencialmente diferente de la de quienes han recibido el sacramento del Orden7.

Solo por las palabras del sacerdote –en cuanto representa a Cristo–, en el momento de la Consagración se hace presente el mismo Cristo sobre el altar, pero todos los fieles participan en esa oblación que se hace a Dios Padre para bien de toda la Iglesia. Juntamente con el sacerdote ofrecen el sacrificio, uniéndose a sus intenciones de petición, de reparación, de adoración y de acción de gracias; más aún, se unen al mismo Cristo, Sacerdote eterno, y a toda la Iglesia8.

En la Misa podemos ofrecer cada día todas las cosas creadas9 y todas nuestras obras: el trabajo, el dolor, la vida familiar, la fatiga y el cansancio, las iniciativas apostólicas que queremos llevar a cabo en ese día... El Ofertorio es un momento muy adecuado para presentar nuestras ofrendas personales, que se unen entonces al sacrificio de Cristo. ¿Qué ponemos cada día en la patena del sacerdote?, ¿qué encuentra allí el Señor? Llevados por ese «alma sacerdotal», que nos mueve a identificarnos más con Cristo en medio de la vida corriente, no solo ofreceremos las realidades de nuestra existencia, sino que nos ofreceremos a nosotros mismos, en lo más íntimo de nuestro ser.

Orad, hermanos, para que este sacrificio, mío y vuestro, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso. El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su Nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia10; debemos llenar de contenido, y de oración personal, esta como otras oraciones que se repiten en cada Misa. Acudimos a la Misa para hacer nuestro su Sacrificio único, de infinito valor. Nos lo apropiamos y nos presentamos ante la Trinidad Beatísima revestidos de los incontables méritos de Jesucristo aspirando con certeza al perdón, a una mayor gracia en el alma y a la vida eterna; adoramos con la adoración de Cristo, satisfacemos con los méritos de Jesús, pedimos con Su voz, siempre eficaz. Todo lo suyo se hace nuestro. Y todo lo nuestro se hace suyo: oración, trabajo, alegrías, pensamientos y deseos, que entonces adquieren una dimensión sobrenatural y eterna. Todo cuanto hacemos adquiere valor en la medida en que se ofrece con Cristo, Sacerdote y Víctima, sobre el altar. Cuando buscamos esta intimidad con el Señor, «en la propia vida se entrelaza lo humano con lo divino. Todos nuestros esfuerzos –aun los más insignificantes– adquieren un alcance eterno, porque van unidos al sacrificio de Jesús en la Cruz»11.

Nuestra participación en la Misa culmina en la Sagrada Comunión, la más plena identificación con Cristo que jamás pudimos soñar. Nunca los Apóstoles, antes de la institución de la Sagrada Eucaristía, en los años en los que recorrieron Palestina con Jesús, pudieron gustar una intimidad con Él como la que tenemos nosotros después de comulgar. Pensemos ahora cómo es nuestra Misa, cómo son nuestras comuniones. Si procuramos prepararlas bien, si rechazamos con prontitud cualquier distracción voluntaria, si hacemos muchos actos de fe y de amor, si en nuestra alma se hace realidad, en frecuentes momentos, esa exclamación llena de fe de San Pedro: Tú eres el Cristo.

 

III. La Misa es el más importante y provechoso de nuestros encuentros personales con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, pues toda la Trinidad se encuentra presente en el sacrificio eucarístico, y es el mejor modo, y el más grato a Dios, de corresponder al amor divino. La Misa es «el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano»12. De modo semejante a como los radios de un círculo convergen, todos, en su centro, así todas nuestras acciones, nuestras palabras y pensamientos han de centrarse en el Sacrificio del Altar. Allí adquiere valor redentor todo lo que hacemos. Por eso ayuda tanto a la vida cristiana el renovar el ofrecimiento de obras durante la Misa; ofrecemos todo lo que vamos haciendo en el transcurso de la jornada, uniéndolo con la intención a la Misa del día siguiente o a la que en aquel momento se está celebrando en el lugar más cercano, o en cualquier parte del mundo. Así, nuestro día, de un modo misterioso pero real, forma parte de la Misa: es, en cierto modo, una prolongación del Sacrificio del Altar; nuestra existencia y nuestro quehacer es como materia del sacrificio eucarístico, al que se orienta y en el que se ofrece. La Santa Misa centra y ordena así el día, con sus alegrías y pesares. Las mismas flaquezas se purifican en cuanto forman parte de una vida ofrecida a Dios. El trabajo estará mejor realizado si pensamos que lo hemos puesto en la patena del sacerdote, o si en ese momento nos unimos internamente a otra Misa, en la que no podemos estar corporalmente. Y ocurrirá lo mismo con las demás realidades del día: los pequeños sacrificios de toda vida familiar, la fatiga y el dolor... A la vez, el mismo trabajo y todas las incidencias de la jornada son una excelente preparación para la Misa del día siguiente, preparación que procuraremos intensificar en esos momentos más cercanos a la celebración, echando a un lado toda rutina. «No os acostumbréis nunca a celebrar o a asistir al Santo Sacrificio: hacedlo, por el contrario, con tanta devoción como si se tratara de la única Misa de vuestra vida: sabiendo que allí está siempre presente Cristo, Dios y Hombre, Cabeza y Cuerpo, y, por tanto, junto a Nuestro Señor, toda su Iglesia»13.

Para conseguir los frutos que el Señor nos quiere dar en cada Misa, debemos, además, cuidar la preparación del alma, la participación en los ritos litúrgicos, que ha de ser consciente, piadosa y activa14. Para ello, debemos cuidar la puntualidad, que es la primera muestra de delicadeza para con Dios y para con los demás fieles, el arreglo personal, el modo de estar sentados o de rodillas..., como quien está ante su Amigo, pero también ante su Dios y su Señor, con la reverencia y el respeto debido, que es señal de fe y de amor. Y seguir los ritos de la acción litúrgica, haciendo propias las aclamaciones, los cantos, los silencios –oración callada–..., sin prisas, llenando de actos de fe y de amor toda la Misa, pero particularmente el momento de la Consagración, viviendo cada una de las partes (pidiendo de corazón perdón al rezar el acto penitencial, escuchando con atención las lecturas...).

Y si vivimos con piedad, con amor, el Santo Sacrificio, saldremos a la calle con una inmensa alegría, firmemente dispuestos a mostrar con obras la vibración de nuestra fe: ¡Tú eres el Cristo! Muy cercana a Jesús encontraremos a Santa María, que estuvo presente al pie de la Cruz y participó de un modo pleno y singular en la Redención. Ella nos enseñará los sentimientos y las disposiciones con que debemos vivir el sacrificio eucarístico, donde se ofrece su Hijo.

 

 

Gladys, el Señor, en Su Bondad, sigue pidiendo a sus hijos: Que tengan fe y perseveren en la esperanza.

Ofrezca el alma, sacrificio; alcance el alma el arrepentimiento y destierre la soberbia; obtendrá entonces el alma, la Dulzura de las Maravillas de Dios.

Bendito sea.

Predícalo.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolas Nº 1548

 

*          *            *

 

“Venid a Mí”, son las palabras de Jesús que brotan continuamente de esta Madre. Oídme, no le hagáis a mi pobre Corazón, una nueva herida, a las tantas que ya tiene.

No hay nada más maravilloso que estar con Jesús.

Alabado sea.

Hija predica a tus hermanos.

Leed: Job C. 22, V. 21 - 22

21  Llega a un acuerdo con Dios, reconcíliate, y así alcanzarás la felicidad.

22  Recibe la instrucción de sus labios y guarda sus palabras en tu corazón.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolas Nº 829

 

 

1 Mc 8, 27-33. — 2 Cfr. M. Schmaus, Teología dogmática, vol. V, p. 42 ss.— 3 Jn 15, 15. — 4 Gal 2, 20. — 5 San Josemaría Escrivá, Carta 2-II-1945. — 6 Pío XII, Enc. Mediator Dei, 20-XI-1947, n. 23. — 7 Cfr. Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 10. 8 Cfr Pío XII, loc. cit., n. 24. — 9 Cfr. Pablo VI, Instr. Eucharisticum mysterium, 6. 10 Misal Romano, Ordinario de la Misa. — 11 San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, Rialp, Madrid 1981, X, n. 5. — 12 ídem, Es Cristo que pasa, 87; Cfr. Conc. Vat. II, Decr. Presbyterorum ordinis, 14. — 13 San Josemaría Escrivá, Carta 28-III-1955. — 14 Cfr. Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 48

 

 

Nota: Ediciones Palabra (poseedora de los derechos de autor) sólo autoriza a difundir la meditación diaria a usuarios concretos para su uso personal, y no desea su distribución por fotocopias u otras formas de distribución.

 



Evangelizad - María del Rosario de San Nicolás


Melisa C. Watanabe
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#91 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Jue, 22 de Ene, 2009 10:30 pm
Asunto: Meditacion: Vivir la Fe en lo ordinario
evangelizad
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Hoy es el día de la Madre, por lo tanto, día de gozo; tal como los misterios que meditaste en el Santo Rosario.

Gladys, quiero que medites con las palabras de esta Madre, los misterios gozosos, para que luego,  enriquecido tu espíritu, quede también fortalecido con la oración.

La Anunciación:

Nunca como ese día, en que me fue Anunciado por el Angel Gabriel,

que por medio del Espíritu Santo, seria  Madre del Hijo de Dios, había Yo experimentado semejante gozo. No entendía, pero Mi fe, Mi gran fe, me hizo pronunciar el Sí, de inmediato.

Visita a mi prima Isabel:

La que por gracia de Dios, estaba esperando un hijo; la que me llamó Bendita entre las mujeres; así me siguen llamando y lo seguirán haciendo por la eternidad.

El Nacimiento de Jesús:

Después de pasar largas horas pidiendo amparo, llegamos con José, hasta aquel establo y allí, en esa noche tan fría, nació Jesús, muy pobremente, pero abrigado con mi calor de Madre.

Jesús presentado en el Templo:

Fuimos, José, Mi Niño y Yo; allí estaba Simeón, quien me profetizó que una espada atravesaría Mi Corazón.

Jesús hallado, después de creerlo perdido:

Lo hallamos predicando entre los Doctores de la Ley, la Palabra de Su Padre. Era ya a los doce años, Su más grande y Fiel Predicador.

Mi Hijo, me llenó de gozo desde el mismo instante de Su Anunciación; me llena hoy de gozo al permitirme estar a Su lado, llamando a las almas a la conversión.

Gloria por siempre al Señor.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1342

 

*     *    *

 

Gladys, Soy la Madre, que con Amor Misericordioso, mira a sus pobres hijos.

Digo a todos tus hermanos: Ha llegado la hora de dirigir los pasos hacia Dios, de crecer en amor a Dios.

Cerca de Mí, podéis adquirir lo que lejos no podríais; fuerzas, fe, perseverancia.

Los hijos recibirán de la Madre; sólo responded a la Madre.

Amén, amén.

Hazlo conocer.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1574

 



 

Meditación: VIVIR LA FE EN LO ORDINARIO

 

I — La fe es para vivirla, y debe informar los acontecimientos menudos del día.

II — Fe y «visión sobrenatural».

III — Fe y virtudes humanas.

 

I. Entró Jesús en una sinagoga, y allí encontró a un hombre que tenía una mano seca, paralizada. San Marcos nos dice que todos le espiaban para ver si curaba en sábado1. El Señor no se esconde ni disimula; por el contrario, pidió a este hombre que se colocara en medio, para que todos lo pudieran ver bien. Y les dijo: ¿Es lícito en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla? Ellos permanecieron callados. Entonces, Jesús, indignado por su hipocresía, los miró airado y, a la vez, entristecido por la ceguera de sus corazones. Fue patente para todos esta mirada llena de indignación de Jesús ante la dureza de sus almas. Y le habló al hombre: extiende tu mano. La extendió, y su mano quedó curada.

Aquel enfermo, en el centro de todos, se llenó de confianza en Jesús. Su fe se manifiesta en obedecer al Señor y en poner por obra aquello que, con sobrada experiencia, sabe que hasta ahora no puede realizar: extender la mano. La confianza en el Señor, dejando a un lado su experiencia, hizo el milagro. Todo es posible con Jesús. La fe nos permite lograr metas que siempre habíamos creído inalcanzables, resolver viejos problemas personales o de una tarea apostólica que parecían insolubles, echar fuera defectos que estaban arraigados.

La vida de este hombre tomaría un nuevo rumbo después del pequeño esfuerzo exigido por Cristo; es el que nos pide también en los asuntos más normales de la vida diaria. Hoy debemos considerar «cómo el cristiano, en su existencia ordinaria y corriente, en los detalles más sencillos, en las circunstancias normales de su jornada habitual, pone en ejercicio la fe, la esperanza y la caridad, porque allí reposa la esencia de la conducta de un alma que cuenta con el auxilio divino»2 y necesitamos esta ayuda del Señor para salir de nuestra incapacidad.

La fe es para vivirla, y debe informar las grandes y las pequeñas decisiones; y, a la vez, se manifiesta de ordinario en la manera de enfrentarse con los deberes de cada día. No basta asentir a las grandes verdades del Credo, tener una buena formación quizá; es necesario, además, vivirla, practicarla, ejercerla, debe generar una «vida de fe» que sea, a la vez, fruto y manifestación de lo que se cree. Dios nos pide servirle con la vida, con las obras, con todas las fuerzas del cuerpo y del alma. La fe es algo referido a la vida, a la vida de todos los días, y la existencia cristiana aparece como un despliegue de la fe, como un vivir con arreglo a lo que se cree3, a lo que se conoce como querer de Dios para la propia vida. ¿Llevamos nosotros una «vida de fe»? ¿Influye en el comportamiento, en las decisiones que tomamos...?

II. El ejercicio de la virtud de la fe en la vida cotidiana se traduce en lo que comúnmente se conoce como «visión sobrenatural», que consiste en ver las cosas, incluso las más corrientes, lo que parece intrascendente, en relación con el plan de Dios sobre cada criatura en orden a su salvación y a la de otros muchos; en acostumbrarse «a andar en los quehaceres cotidianos como mirando al Señor por el rabillo del ojo para ver si es aquella, realmente, su voluntad, si es aquel el modo como desea que hagamos las cosas; en habituarse a descubrir a Dios a través de las criaturas, a adivinarle tras lo que el mundo llama azar o casualidad, a percibir su huella por doquier»4.

La vida cristiana, la santidad, no es un revestimiento externo que recubre al cristiano, ignorando lo propiamente humano. De ahí que las virtudes sobrenaturales influyan en las virtudes humanas y hagan del cristiano un hombre honrado, ejemplar en su trabajo y en su familia, lleno de sentido del honor y de la justicia, que se distingue ante los demás hombres por un estilo de conducta en el que destacan la lealtad, la veracidad, la reciedumbre, la alegría...: cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de íntegro, de amable y de encomiable, tenedlo en estima5, recordaba San Pablo a los primeros cristianos de Filipo.

La vida de fe del cristiano le lleva, por tanto, a ser un hombre con virtudes humanas, porque hace realidad su fe en sus actuaciones corrientes. No solo se sentirá movido a realizar un acto de fe al divisar los muros de una iglesia, sino que se dirigirá a su Señor para pedirle luz y ayuda ante un problema laboral o doméstico, a la hora de aceptar una contradicción, ante el dolor o la enfermedad, al ofrecer una alegría, al continuar por amor un trabajo que estaba a punto de abandonar por cansancio; en el apostolado, para pedir las luces de la gracia para esas personas que pretende acercar al sacramento de la Penitencia. Visión sobrenatural cuando no se ven frutos, quizá porque se está realizando la primera labor en aquella alma y «la reja que rotura y abre el surco, no ve la semilla ni el fruto»...6. La fe está continuamente en ejercicio, y la esperanza, y la caridad... Ante problemas y obstáculos quizá ya viejos, el Señor nos dice: extiende tu mano... La fe no es una virtud para ejercerla solo en unas cuantas ocasiones, en los momentos de las prácticas de piedad, sino en el deporte, en la oficina, en medio del tráfico. Mucho menos, como hacen algunos cristianos, que parecen tener reservada la fe para el domingo a la hora de cumplir con el precepto dominical.

Examinemos nosotros hoy con qué frecuencia hacemos realidad el ideal cristiano que informa y da un sentido nuevo a todo lo humano que realizamos, lo amplía y lo hace fecundo sobrenaturalmente. Examinemos también cómo vamos de «visión sobrenatural» ante los acontecimientos diarios.

III. La fe cristiana conduce a la reforma de la propia vida, exigiéndonos una continua rectificación de la conducta, una mejora en el modo de ser y de actuar. Entre otras consecuencias, la fe nos llevará a imitar a Jesucristo, que fue «perfecto Dios, y hombre perfecto»7, a ser hombres y mujeres de temple, sin complejos, sin respetos humanos, veraces, honrados, justos en los juicios, en sus negocios, en la conversación... Las virtudes humanas son las propias del hombre en cuanto hombre, y por eso Jesucristo, perfecto hombre, las vivió en plenitud. Hasta sus propios enemigos estaban asombrados del vigor humano de su figura: Maestro -le dicen en cierta ocasión-, sabemos que eres veraz, y que no tienes respetos humanos, y que enseñas el camino de Dios con autoridad...8. «Lo primero que llama la atención al estudiar la fisonomía humana de Jesús es su clarividencia viril en la acción, su lealtad impresionante, su áspera sinceridad, en una palabra, el carácter heroico de su personalidad. Esto era, en primer término, lo que atraía a sus discípulos»9. Él nos dio ejemplo de una serie de cualidades humanas bien entrelazadas, que compete vivir a cualquier cristiano.

Considera tan importante la perfección de las virtudes humanas que apremia a sus discípulos: si no entendéis las cosas de la tierra, ¿cómo entenderéis las celestiales?10. Si no se vive la reciedumbre humana ante una dificultad, el frío o el calor, ante una pequeña enfermedad, ¿dónde se podrá asentar la virtud cardinal de la fortaleza? ¿Cómo puede ser fuerte una persona que se queja continuamente? ¿Cómo llegará a ser responsable y prudente un estudiante que deja a un lado su estudio? O ¿cómo podrá vivir la caridad quien descuida la cordialidad, la afabilidad o los detalles de educación? Aunque la gracia de Dios puede transformar enteramente a una persona –y encontramos ejemplos en la Sagrada Escritura y en la vida de la Iglesia–, lo normal es que el Señor cuente con la colaboración de las virtudes humanas.

La vida cristiana se expresa a través del actuar humano, al que dignifica y eleva al plano sobrenatural. Por otra parte, lo humano sustenta y hace posibles las virtudes sobrenaturales. Quizá, a lo largo de nuestra vida, hayamos encontrado a «tantos que se dicen cristianos –porque han sido bautizados y reciben otros Sacramentos–, pero que se muestran desleales, mentirosos, insinceros, soberbios... Y caen de golpe. Parecen estrellas que brillan un momento en el cielo y, de pronto, se precipitan irremisiblemente»11. Les fallaron los cimientos humanos y no pudieron mantenerse en pie. El ejercicio de la fe, de la esperanza, de la caridad y de las virtudes morales llevará al cristiano a ser ese ejemplo vivo que el mundo espera. Dios busca madres de familia fuertes que den testimonio a través de su maternidad y de su alegría, que sepan entablar amistad con sus hijos; y hombres de negocios justos; y médicos que no descuidan su formación profesional porque saben sacar unas horas para el estudio, que atienden al enfermo con comprensión, como él quisiera ser tratado en esas mismas circunstancias: con eficiencia y amabilidad; y estudiantes con prestigio y que se preocupan de sus compañeros de Facultad, y campesinos, artesanos, obreros de las fábricas y de la construcción... Dios quiere hombres y mujeres cabales, que expresen en la realidad menuda de su vida el gran ideal que han encontrado.

En San José encontramos un modelo espléndido de varón justo, vir iustus12, que vivió de fe en todas las circunstancias de su vida. Pidámosle que sepamos ser lo que Cristo espera de cada uno en el propio ambiente y circunstancias.

 

1 Mc, 1-6. — 2 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 169. — 3 Cfr P. Rodríguez, Fe y vida de fe, EUNSA, Pamplona 1974, p. 172. — 4 F. Suárez, El sacerdote y su ministerio, Rialp, Madrid 1969, p. 194. — 5 Flp 4, 8. — 6 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 215. — 7 Symbolo Quicumque. — 8 Mt 22, 16. — 9 K. Adam, Jesucristo, Herder, Barcelona 1953, p. 110. — 10 Jn 3, 5. — 11 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 75. — 12 Mt 1, 19.

 
Nota: Ediciones Palabra (poseedora de los derechos de autor) sólo autoriza a difundir la meditación diaria a usuarios concretos para su uso personal, y no desea su distribución por fotocopias u otras formas de distribución (Tomado de www.hablarcondios.org)
 

 

*     *    *

 

Mensaje para los jóvenes: La juventud, la juventud toda necesita de nuestro Señor, necesita salvarse. Deben aprender a encaminar sus vidas.

Hijos míos: debéis vencer la inconstancia para dar paso a la perseverancia, a la fe en Dios. No la dejéis debilitar, sino que debéis aumentarla, confiad en El, dejad que penetre en vosotros su Palabra y descubriréis qué justo es el Señor.

Escuchadlo y abridle vuestro corazón.

Amén. Amén.

Dad a conocer.

Leed: Hebreos C. 12, V. 1-2-3

  1 Por lo tanto, ya que estamos rodeados de una verdadera nube de testigos, despojémonos de todo lo que nos estorba, en especial del pecado, que siempre nos asedia, y corramos resueltamente al combate que se nos presenta.

  2 Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús, el cual, en lugar del gozo que se le ofrecía, soportó la Cruz sin tener en cuenta la infamia, y ahora está sentado a la derecha del Trono de Dios.

  3 Piensen en Aquél que sufrió semejante hostilidad por parte de los pecadores, y así no se dejarán abatir por el desaliento.

Mensaje de Maria del Rosario de San Nicolas Nº 182

 


 

Evangelizad - María del Rosario de San Nicolás




Melisa C. Watanabe
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#90 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Mar, 23 de Dic, 2008 1:55 pm
Asunto: Feliz y Santa Natividad de Nuestro Señor - Medit.: Esperando a Jesus
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Velad Conmigo, en esta Noche tan importante para la humanidad.

Velad Conmigo, y junto a José, mi esposo que, ante cada rechazo, ante cada puerta que se cerraba, más unidos nos encontrábamos.

Frente a tanto hermetismo, frente a tanta frialdad, Nació Mi Niño, contando sólo con nuestro Calor, con nuestro Amor. Es por eso que pido hoy: Velad Conmigo junto a Mi Hijo, Adorándolo, respondiendo con amor, al Amor de Jesús.

Mi Corazón de Madre, no sabe de rencores, no sabe de soberbia, sólo sabe de Amor. Amor hacia los que se rebelan; Amor hacia los corazones aún endurecidos y cerrados.

No quiero hielo en los corazones, quiero amor. El Corazón de Jesús, reclama amor.

Las Glorias sean al Salvador.

Predícalo a todos tus hermanos.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1775

 

 

*          *            *

 

Meditación: ESPERANDO A JESÚS[1]

 

I. — María. Recogimiento. Espíritu de oración.

II. — Nuestra oración. Aprender a tratar a Jesús. Necesidad de la oración.

III. — Humildad. Trato con Jesús. Jaculatorias. Acudir a San José, maestro de vida interior.

 

 

I. Por la entrañable misericordía de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos en el camino de la paz1. Jesús es el Sol que ilumina nuestra existencia. Todo lo nuestro, si queremos que tenga sentido, ha de hacer referencia a Él.

De modo muy especial y extraordinario, la vida de la Virgen está centrada en Jesús. Lo está singularmente en esta víspera del nacimiento de su Hijo. Apenas podemos imaginar el recogimiento de su alma.

Así estuvo siempre, y así debemos aprender a estar nosotros, ¡tan dispersos y tan distraídos por cosas que carecen de importancia! Una sola cosa es verdaderamente importante en nuestra vida: Jesús, y cuanto a Él se refiere.

María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón2; su madre guardaba estas cosas en su corazón3. Por dos veces el Evangelista hace referencia a esta actitud de la Virgen frente a los acontecimientos que iban ocurriendo.

La Virgen conserva y medita. Sabe de ese recogimiento interior en el que es posible valorar y guardar los acontecimientos, grandes y pequeños, de su vida. En su intimidad, enriquecida por la plenitud de gracia, reina aquella armonía primitiva en la que el hombre fue creado. Ningún lugar mejor para guardar y ponderar esa acción divina excepcional en el mundo de la que Ella es testigo.

Después del pecado original, el alma pierde el dominio de los sentidos y la orientación natural hacia las cosas de Dios. En la Virgen no fue así; en nosotros, sí. En Ella, por haber sido preservada de la mancha original, todo era armonía, como en los comienzos. Es más, estaba embellecida por la presencia, del todo singular y extraordinaria, de la Santísima Trinidad en su alma.

María está siempre en oración, porque todo lo hace en referencia a su Hijo: cuando habla a Jesús, hace oración (eso es la oración, «hablar con Dios»), y cada vez que le mira (también eso es oración, mirar con fe a Jesús Sacramentado, realmente presente en el Sagrario), y cuando le pide o le sonríe (¡tantas veces!), o cuando pensaba en Él. Su vida estuvo determinada por Jesús, y a Él se orientaban permanentemente sus sentimientos.

Su recogimiento interior fue constante. Su oración se fundía con su misma vida, con el trabajo y la atención a los demás. Su silencio interior era riqueza, y plenitud, y contemplación.

Nosotros le pedimos hoy que nos dé este recogimiento interior necesario para ver y tratar a Dios, muy cercano también a nuestras vidas.

 

II. Hoy sabréis que viene el Señor, y mañana contemplaréis su gloria4.

La Virgen nos alienta en esta víspera del Nacimiento de su Hijo a no dejar jamás la oración, el trato con el Señor. Sin oración estamos perdidos, y con ella somos fuertes y sacamos adelante nuestras tareas.

Entre otras muchas razones, «debemos orar también porque somos frágiles y culpables. Es preciso reconocer humilde y realmente que somos pobres criaturas, con ideas confusas (...), frágiles y débiles, con necesidad continua de fuerza interior y de consuelo. La oración da fuerzas para los grandes ideales, para mantener la fe, la caridad, la pureza, la generosidad; la oración da ánimo para salir de la indiferencia y de la culpa, si por desgracia se ha cedido a la tentación y a la debilidad; la oración da luz para ver y juzgar los sucesos de la propia vida y de la misma historia desde la perspectiva de Dios y desde la eternidad. Por esto, ¡no dejéis de orar! ¡No pase un día sin que hayáis orado un poco! ¡La oración es un deber, pero también es una alegría, porque es un diálogo con Dios por medio de Jesucristo!»5.

Hemos de aprender a tratar cada vez mejor al Señor a través de la oración mental –esos ratos, como ahora, que dedicamos a hablarle calladamente de nuestros asuntos, a darle gracias, a pedirle ayuda..., ¡a estar con Él!– y mediante la oración vocal, quizá también con oraciones aprendidas cuando éramos pequeños. No encontraremos a lo largo de nuestra vida a nadie que nos escuche con tanto interés y con tanta atención como Jesús; nadie ha tomado nunca tan en serio nuestras palabras como Él. Nos mira, nos atiende, nos escucha con extremado interés cuando hacemos nuestra oración.

La oración es siempre enriquecedora. Incluso en ese diálogo «mudo» ante el Sagrario en el que no decimos palabras: basta mirar y sentirse mirado. ¡Qué diferencia de la frecuente palabrería de muchos hombres, que nada dicen porque nada tienen que comunicar! De la abundancia del corazón habla la boca. Si el corazón está vacío, ¿qué podrán decir las palabras? Y si está enfermo de envidia, de sensualidad, ¿qué contenido tendrá el diálogo? De la oración, sin embargo, salimos siempre con más luz, con más alegría, con más fuerza. Poder hacer oración es uno de los dones más grandes del hombre: ¡hablar y ser escuchado por su Creador! ¡Hablar con Él y llamarle Amigo!

En la oración hemos de hablar al Señor con toda sencillez. «Pensar y entender lo que hablamos y con quién hablamos, y quiénes somos los que osamos hablar con tan gran Señor, pensar esto y otras cosas semejantes de lo poco que le habemos servido y lo mucho que estamos obligados a servir, es oración mental; no penséis que es otra algarabía ni os espante el nombre»6.

Algunos pueden pensar que la oración es extraordinariamente difícil de hacer, o que es para personas especiales. En el Santo Evangelio podemos ver una gran variedad de tipos humanos que se dirigen al Señor con confianza: Nicodemo, Bartimeo, los niños, con quienes el Señor se goza especialmente, una madre, un padre que tiene un hijo enfermo, un ladrón, los Magos, Ana, Simeón, los amigos de Betania... Todos ellos, y nosotros ahora, hablamos con Dios.

 

III. En la oración, es importante la perseverancia y las buenas disposiciones: entre ellas, la fe y la humildad. No podemos llegar a la oración como el fariseo de aquella parábola dirigida a algunos que confiaban en sí mismos y despreciaban a los demás7. El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros: Oh Dios, te doy las gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones... Ayuno dos veces por semana... Enseguida nos damos cuenta de que el fariseo ha entrado al Templo sin amor. Él es el centro de sus pensamientos y el objeto de su propia estimación. Y, en consecuencia, en vez de alabar a Dios se alaba a sí mismo. No hay amor en su oración, no hay tampoco caridad; no hay humildad. No necesita a Dios.

Por el contrario, podemos aprender mucho de la oración del publicano, humilde, atenta –con la mente fija en la persona con quien hablamos–, confiada. Procurando que no sea monólogo en el que nos damos vueltas a nosotros mismos, recordando situaciones sin referirlas a Dios, o dejando incontrolada la imaginación, etcétera.

El fariseo, por falta de humildad, se marchó del Templo sin haber hecho oración. Hasta en eso se puso de manifiesto su oculta soberbia.

El Señor nos pide sencillez, que reconozcamos nuestras faltas, y le hablemos de nuestros asuntos y de los suyos. «Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?”—¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio.

»En dos palabras: conocerle y conocerte: “tratarse”»8.

«Et in meditatione mea exardescit ignis —Y, en mi meditación se enciende el fuego. —A eso vas a la oración: a hacerte una hoguera, lumbre viva, que dé calor y luz.

»Por eso, cuando no sepas ir adelante, cuando sientas que te apagas, si no puedes echar en el fuego troncos olorosos, echa las ramas y la hojarasca de pequeñas oraciones vocales, de jaculatorias, que sigan alimentando la hoguera. —Y habrás aprovechado el tiempo»9.

Sobre todo al principio, y a veces por temporadas, nos ayudará el servirnos de un libro, como el cojo se sirve de sus muletas, para ir adelante en nuestra oración. Así hicieron también muchos santos. «Si no era acabando de comulgar, jamás osaba comenzar a tener oración sin libro; que tanto temía mi alma estar sin él en oración, como si con mucha gente fuera a pelear. Con este remedio, que era como una compañía o escudo en que había de recibir los golpes de los muchos pensamientos, andaba consolada»10.

Habitualmente, nuestra oración debe concluir en precisos propósitos de mejora. Preguntaremos con sinceridad al Señor: ¿qué deseas de mí en este asunto concreto que he estado considerando?, ¿cómo puedo mejorar yo ahora en esta virtud?, ¿qué debo proponerme de cara a los próximos meses para cumplir tu Voluntad?

Ninguna persona de este mundo ha sabido tratar a Jesús como su Madre y, después de su Madre, San José, quien debió pasar largas horas mirándole, hablando con Él, tratándolo con toda sencillez y veneración. Por esto, «quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro y no errará en el camino»11.

Al terminar nuestra oración contemplamos a José muy cerca de María, lleno de atenciones y de delicadezas hacia Ella. Jesús va a nacer. Él ha preparado lo mejor que ha podido aquella gruta. Le pedimos nosotros que nos ayude a preparar nuestra alma, a no estar dispersos y distraídos cuando tenemos tan cerca a Jesús.

1 Evangelio de la Santa Misa, Lc 1, 78-79. — 2 Lc 2, 19. — 3 Lc 2, 51. — 4 Antífona del Invitatorio del día 24. — 5 Juan Pablo II, Audiencia con los jóvenes, 14-III-1979. — 6 Santa Teresa, Camino de perfección, 25, 3. — 7 Lc 18, 9 ss. — 8 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 91. — 9 Ibidem, n. 92. — 10 Santa Teresa, Vida, 4, 7. — 11 Ibídem, 6, 3

 

*          *            *

 

Celebrad con esperanza, con fe y con alegría este día.

Uníos a esta Madre; que este mi gozo sea vuestro gozo, que junto a María despertéis, que junto a María reviváis, que el Mensaje de María no se diluya y en vosotros, mi amor quedará encendido.

Mi dulce y adorado Hijo alumbrará a este mundo en tinieblas.

La Madre os lo dice.

Amén, amén.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1057



[1]Meditación tomada de “Hablar con Dios”, F. F. Carvajal, correspondiente al Adviento. 24 de diciembre.

 
 


Evangelizad - María del Rosario de San Nicolás


Melisa C. Watanabe
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#89 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Mié, 17 de Dic, 2008 2:36 pm
Asunto: Meditacion: Estar vigilantes ante la llegada del Señor
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Gladys, el Señor, en Su Bondad, sigue pidiendo a sus hijos: Que tengan fe y perseveren en la esperanza.

Ofrezca el alma, sacrificio; alcance el alma el arrepentimiento y destierre la soberbia; obtendrá entonces el alma, la Dulzura de las Maravillas de Dios.

Bendito sea.

Predícalo.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1548

 

 

*          *          *

 

Meditación: VIGILANTES ANTE LA LLEGADA DEL SEÑOR[1]

 

— El Señor nos invita a estar en vela. Vigilar es amar. «Ven, Señor Jesús».

— Nuestra vigilancia ha de estar en las cosas pequeñas de cada día. La oración diaria, el examen de conciencia, las pequeñas mortificaciones... nos mantienen en vela.

— Purificación interior.

I. El Señor viene con esplendor a visitar a su pueblo con la paz y a comunicarle la vida eterna1.

Viene el Señor a visitarnos, a traernos la paz, a darnos la vida eterna prometida. Y ha de encontrarnos como el siervo diligente2 que no se duerme durante la ausencia de su amo, sino que cuando vuelve su señor lo encuentra en su puesto, entregado a la tarea.

Lo que a vosotros os digo, a todos lo digo: ¡velad!3. Son palabras dirigidas a todos los hombres de todos los tiempos. Son palabras del Señor dirigidas a cada uno de nosotros, porque los hombres tendemos a la somnolencia y al aburguesamiento. No podemos permitir que se ofusquen nuestros corazones con la glotonería y la embriaguez, y las preocupaciones de esta vida4, y perder así el sentido sobrenatural que debe animar todo cuanto hacemos.

El Señor viene a nosotros y debemos aguardar su llegada con espíritu vigilante, no asustados como quienes son sorprendidos en el mal, ni distraídos como aquellos que tienen el corazón puesto únicamente en los bienes de la tierra, sino atentos y alegres como quienes aguardan a una persona querida y largo tiempo esperada.

Vigilar es sobre todo amar. Puede haber dificultades para que nuestro amor se mantenga despierto: el egoísmo, la falta de mortificación y de templanza, amenazan siempre la llama que el Señor enciende una y otra vez en nuestro corazón. Por eso es preciso avivarla siempre, sacudir la rutina, luchar. San Pablo compara esta vigilia a la guardia que hace el soldado bien armado que no se deja sorprender5.

Los primeros cristianos repetían con frecuencia y con amor la jaculatoria: «Ven, Señor Jesús»6. Y aquellos fieles, al ejercitar así la fe y el amor, encontraban la fuerza interior y el optimismo necesarios para el cumplimiento de los deberes familiares y sociales, y se desprendían interiormente de los bienes terrenos, con el señorío que da la esperanza en la vida eterna.

Para el cristiano que se ha mantenido en vela, ese encuentro con el Señor no llegará inesperadamente, no vendrá como ladrón en la noche7, no habrá sorpresas, porque en cada día se habrán producido ya muchos encuentros con Él, llenos de amor y de confianza, en los Sacramentos y en los acontecimientos ordinarios de la jornada. Por eso la Iglesia reza: Escucha, Señor, la oración de tu pueblo, alegre por la venida de tu Hijo en carne mortal, y haz que cuando vuelva en su gloria, al final de los tiempos, podamos alegrarnos de escuchar de sus labios la invitación a poseer el reino eterno8.

 

II. Es necesario estar vigilantes contra los enemigos de Dios, pero también contra la complicidad que ofrecen nuestras malas inclinaciones: vigilad y orad para no caer en la tentación, porque si bien el espíritu está pronto, la carne es débil9.

Estamos alerta cuando nos esforzamos por hacer mejor la oración personal, que aumenta los deseos de santidad y evita la tibieza, y cuando cuidamos la mortificación, que nos mantiene despiertos para las cosas de Dios. También reforzamos nuestra vigilancia mediante un delicado examen de conciencia, para que no nos ocurra lo que señala San Agustín, como dicho por el Señor: «Ahora, mientras te dedicas al mal, llegas a considerarte bueno, porque no te tomas la molestia de mirarte. Reprendes a los otros y no te fijas en ti mismo. Acusas a los demás y tú no te examinas. Los colocas a ellos delante de tus ojos y a ti te pones a tu espalda. Pues cuando me llegue a mí el turno de argüirte, haré todo lo contrario: te daré la vuelta y te pondré delante de ti mismo. Entonces te verás y llorarás»10.

Nuestra vigilancia ha de estar en las cosas pequeñas que llenan el día. «Ese modo sobrenatural de proceder es una verdadera táctica militar. —Sostienes la guerra –las luchas diarias de tu vida interior– en posiciones, que colocas lejos de los muros capitales de tu fortaleza.

»Y el enemigo acude allí: a tu pequeña mortificación, a tu oración habitual, a tu trabajo ordenado, a tu plan de vida: y es difícil que llegue a acercarse hasta los torreones, flacos para el asalto, de tu castillo. —Y si llega, llega sin eficacia»11.

Si consideramos en nuestro examen de conciencia «las pequeñas cosas de cada día», encontraremos el verdadero camino y las raíces de nuestros fallos en el amor a Dios. Las cosas pequeñas suelen ser antesala de las grandes.

Nuestra meditación diaria nos mantendrá vigilantes ante el enemigo que no duerme, y nos hará fuertes para sobrellevar y vencer tentaciones y dificultades. Y en esa meditación encontraremos los medios para combatir al hombre viejo, esas tendencias menos rectas que continúan latentes en nosotros.

Para conseguir esa necesaria purificación interior es precisa una constante mortificación de la memoria y de la imaginación, porque gracias a ella será posible eliminar del entendimiento los estorbos que nos impiden cumplir con plenitud la voluntad de Dios. Afinemos por tanto en pureza interior, durante estos días de espera de la Navidad, para recibir a Cristo con una mente limpia en la que, eliminado todo lo que va contra el camino o está fuera de él, no quede ya nada que no pertenezca al Señor: «Esa palabra acertada; el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior»12.

 

III. Esa purificación del alma por la mortificación interior no es algo meramente negativo. Ni se trata solo de evitar lo que esté en la frontera del pecado; por el contrario, consiste en saber privarse, por amor de Dios, de lo que sería lícito no privarse.

Esta mortificación, que tiende a purificar la mente de todo lo que no es de Dios, se dirige en primer lugar a librar la memoria de recuerdos que vayan en contra del camino que nos lleva al Cielo. Esos recuerdos pueden asaltarnos mientras trabajamos o descansamos e, incluso, mientras rezamos. Sin violencia, pero con prontitud, pondremos los medios para apartarlos, sabiendo hacer el esfuerzo necesario para que la mente vuelva a llenarse del amor y del deseo divino que dirige nuestro día de hoy.

Con la imaginación puede suceder algo parecido: que moleste inventando novelas de muy diversos tipos, urdiendo historias fantásticas que no sirven para nada. «Aleja de ti esos pensamientos inútiles que, por lo menos, te hacen perder el tiempo»13. También entonces hay que reaccionar con rapidez y volver serenamente a nuestra tarea ordinaria.

De todas formas, la purificación interior no se limita a vaciar el entendimiento de pensamientos inútiles. Va mucho más allá: la mortificación de las potencias nos abre el camino a la vida contemplativa, en las diversas circunstancias en las que Dios nos haya querido situar. Con ese silencio interior para todo lo que es contrario al querer de Dios, impropio de sus hijos, el alma se encuentra dispuesta al diálogo continuo e íntimo con Jesucristo, en el que la imaginación ayuda a la contemplación –por ejemplo, al contemplar el Evangelio o los misterios del Santo Rosario– y la memoria trae recuerdos de las maravillas que Dios ha hecho con nosotros y de sus bondades, que encenderán de gratitud el corazón y harán más ardiente el amor.

La liturgia de Adviento nos repite muchas veces este anuncio apremiante: El Señor está para llegar, y hay que prepararle un camino ancho, un corazón limpio. Crea en mí, ¡oh Dios!, un corazón puro14, le pedimos. Y en nuestra oración hacemos hoy propósitos concretos de vaciar nuestro corazón de todo lo que no agrada al Señor, de purificarlo mediante la mortificación, y de llenarlo de amor a Dios con constantes muestras de afecto al Señor, como hicieron la Virgen Santísima y San José, con jaculatorias, actos de amor y de desagravio, con comuniones espirituales...

 

Muchas almas se beneficiarán también de este esfuerzo nuestro para preparar una morada digna al Salvador. Le podremos decir a muchos que nos acompañan por nuestros mismos senderos lo que expresa con sencillez aquella antigua copla popular:

 

Yo sé de un camino llano 

 por donde se llega a Dios

 con la Virgen de la mano.

 

A ella le pedimos que nuestra vida sea siempre, como pedía San Pablo a los primeros cristianos de Éfeso, un caminar en el amor15.

 

1 Antífona de entrada. Viernes de la 3ª Semana de Adviento: Cfr. Mc 13, 34-37. — 2 Mc 13, 37. — 3 Lc 21, 34. — 4 Cfr. 1 Tes 5, 4-11. — 5 1 Cor 16. — 6 Cfr. Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona 1981, nota Mc 13, 33-37. — 7 1 Tes 5, 2. — 8 Oración colecta del día 21 de diciembre. — 9 Mt 26, 41. — 10 San Agustín, Sermón 17. — 11 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 307. — 12 Ibídem, n. 173. — 13 Ibídem, n. 13. — 14 Sal 50, 12. — 15 Cfr. Ef 5, 2-5

Nota: Ediciones Palabra (poseedora de los derechos de autor) sólo autoriza a difundir la meditación diaria a usuarios concretos para su uso personal, y no desea su distribución por fotocopias u otras formas de distribución.

 

*          *          *

 

El Señor no pide grandes sacrificios para merecer la eternidad, sólo pide vivir cristianamente. Ponedlo en práctica, confiad en vuestra Madre que os dice: La Palabra de Dios es rica en sabiduría.

Gloria al Señor.

Leed: Colosenses C. 2, V. 6 y C. 3, V. 1

6 Vivan en Cristo Jesús, el Señor, tal como ustedes lo han recibido.

Cap. 3, Vers. 1

1 Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del Cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 693

 

*          *          *

 

En los mayores sacrificios y en las durezas de las pruebas se hace presente Cristo.

Junto a Cristo el hombre sufre, junto a Cristo el hombre se salva.

Redención y salvación vienen de Cristo Jesús.

Gloria al Señor.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1054

 



[1] Tomado de  “Hablar con Dios”, de F. F. Carvajal, Ed. Palabra. Meditación correspondiente a Adviento. 3ª semana. Jueves.

 



Evangelizad - María del Rosario de San Nicolás


Melisa C. Watanabe
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#88 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Lun, 17 de Nov, 2008 3:10 pm
Asunto: Meditación: En momentos de oscuridad el Señor nunca niega su gracia
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Sentid Mi Presencia hijos míos, hoy cuando las tinieblas, parecen cubrirlo todo.

Tomaos fuertemente de Mi Manto y sentiréis la inmensidad de Mi Poder.

Nada temáis, nada podrá romper lo que une a los hijos con la Madre.

No lo olvidéis, a grandes dolores, grandes purificaciones.

Alabado sea el Señor.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1463

 

*          *            *

La Santísima Virgen me dice: Digo a tus hermanos: Vosotros os preguntaréis. ¿Puede el Señor perdonar a los que se olvidan de Su existencia? Yo os digo, si hijos míos, el Señor puede por su gran misericordia. Más no abuséis de la bondad de Dios y abrazaos con fuerza a mi manto, que realmente os limpiará y os presentará puros ante el Señor.

Gloria al Santísimo del Cielo y de la tierra.

Leed: Isaías C. 29, V. 18 - 19 y C. 30, V.18 y 21

18  Aquel día, los sordos oirán las palabras del libro, y verán los ojos de los ciegos,  libres de tinieblas y oscuridad.

19  Los humildes se alegrarán más y más en el Señor y los más indigentes se regocijarán en el Santo de Israel.

C. 30, V.18 y 21

18 A pesar de todo, el Señor espera para apiadarse de ustedes; a pesar de todo, El se levantará para tenerles compasión: porque el Señor es un Dios de  Justicia: ¡Felices todos los que esperan en El!

21  Tus oídos escucharán detrás de tí una palabra: “Este es el camino, síganlo,  aunque se hayan desviado a la derecha  o a la izquierda”.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 811

*          *            *

Meditación: EL SEÑOR NUNCA NIEGA SU GRACIA

 

I. — Aumentar el fervor de la oración en momentos de oscuridad.

II. — La dirección espiritual, camino normal por el que Dios actúa en el alma.

III. — Fe y sentido sobrenatural en este medio de crecimiento interior.

 

I. Ocurrió -leemos en el Evangelio de la Misa1- que al llegar a Jericó había un ciego sentado junto al camino mendigando.

Algunos Padres de la Iglesia señalan que este ciego a las puertas de Jericó es imagen «de quien desconoce la claridad de la luz eterna»2, pues en ocasiones el alma puede sufrir también momentos de ceguera y de oscuridad. El camino despejado que vislumbró un día se puede tornar desdibujado y menos claro, y lo que antes era luz y alegría ahora son tinieblas, y una cierta tristeza pesa sobre el corazón. Muchas veces esta situación está causada por pecados personales, cuyas consecuencias no han sido del todo zanjadas, o por la falta de correspondencia a la gracia: «quizá el polvo que levantamos al andar –nuestras miserias– forma una nube opaca, que impide el paso de la luz»3; en otras ocasiones, el Señor permite esa difícil situación para purificar el alma, para madurarla en la humildad y en la confianza en Él. En esa situación es lógico que todo cueste más, que se haga más difícil, y que el demonio intente hacer más honda la tristeza, o aprovecharse de ese momento de desconcierto interior.

Sea cual sea su origen, si alguna vez nos encontramos en ese estado, ¿qué haremos? El ciego de Jericó –Bartimeo, el hijo de Timeo4– nos lo enseña: dirigirnos al Señor, siempre cercano, hacer más intensa nuestra oración, para que tenga piedad y misericordia de nosotros. Él, aunque parece que sigue su camino y nosotros quedamos atrás, nos oye. No está lejos. Pero es posible que nos suceda lo que a Bartimeo: Y los que iban delante le reprendían para que se callara. El ciego encontraba cada vez más dificultades para dirigirse a Jesús, como nosotros «cuando queremos volver a Dios, esas mismas flaquezas en las que hemos incurrido, acuden al corazón, nublan el entendimiento, dejan confuso el ánimo y querrían apagar la voz de nuestras oraciones»5. Es el peso de la debilidad o del pecado, que se hace sentir.

Tomemos ejemplo del ciego: Pero él gritaba mucho más: Hijo de David, ten piedad de mí. «Ahí lo tenéis: aquel a quien la turba reprendía para que callase, levanta más y más la voz; así también nosotros (...), cuanto mayor sea el alboroto interior, cuanto mayores dificultades encontremos, con más fuerza ha de salir la oración de nuestro corazón»6.

Jesús se paró en el camino cuando daba la impresión de que seguía hacia Jerusalén y mandó que llamaran al ciego. Bartimeo se acercó y Jesús le dijo: ¿Qué quieres que te haga? Ut videam, que vea, Señor. Y Jesús le dijo: Ve, tu fe te ha salvado. Y al instante vio, y le seguía, glorificando a Dios.

A veces será difícil conocer las causas por las que el alma pasa esa situación difícil en que todo parece costar más. No sabremos quizá su origen, pero sí el remedio siempre eficaz: la oración. «Cuando se está a oscuras, cegada e inquieta el alma, hemos de acudir, como Bartimeo, a la Luz. Repite, grita, insiste con más fuerza, “Domine, ut videam!” —¡Señor, que vea!... Y se hará el día para tus ojos, y podrás gozar con la luminaria que Él te concederá»7.

II. Jesús, Señor de todas las cosas, podía curar a los enfermos –podía obrar cualquier milagro– del modo que estimara oportuno. A algunos los curó con una sola frase, con un simple gesto, a distancia... A otros por etapas, como al ciego del que nos habla San Juan8... Hoy es muy frecuente que dé la luz a las almas a través de otros. Cuando los Magos se quedaron en tinieblas al desaparecer la estrella que les había guiado desde un lugar tan lejano, hacen lo que el sentido común les dicta: interrogar a quien debía saber dónde había nacido el rey de los judíos. Le preguntan a Herodes. «Pero los cristianos no tenemos necesidad de preguntar a Herodes o a los sabios de la tierra. Cristo ha dado a su Iglesia la seguridad de la doctrina, la corriente de gracia de los Sacramentos; y ha dispuesto que haya personas para orientar, para conducir, para traer a la memoria constantemente el camino (...). Por eso, si el Señor permite que nos quedemos a oscuras, incluso en cosas pequeñas; si sentimos que nuestra fe no es firme, acudamos al buen pastor (...), al que, dando su vida por los demás, quiere ser, en la palabra y en la conducta, un alma enamorada: un pecador quizá también, pero que confía siempre en el perdón y en la misericordia de Cristo»9.

Nadie, de ordinario, puede guiarse a sí mismo sin una ayuda extraordinaria de Dios. La falta de objetividad con que nos vemos a nosotros mismos, las pasiones... hacen difícil, quizá imposible, encontrar esos senderos, a veces pequeños, pero seguros, que nos llevan en la dirección justa. Por eso, desde muy antiguo, la Iglesia, siempre Madre, aconsejó ese gran medio de progreso interior que es la dirección espiritual. No esperemos gracias extraordinarias, en los días corrientes y en aquellos en que más necesitamos luz y claridad, si no quisiéramos utilizar aquellos medios que el Señor ha puesto a nuestro alcance. ¡Cuántas veces Jesús espera la sinceridad y la docilidad del alma para obrar el milagro! Nunca niega el Señor su gracia si acudimos a Él en la oración y en los medios por los cuales derrama sus gracias.

Santa Teresa, con la humildad de los santos, escribía: «Había de ser muy continua nuestra oración por estos que nos dan luz. ¿Qué seríamos sin ellos entre tan grandes tempestades como ahora tiene la Iglesia?»10. Y San Juan de la Cruz señalaba igualmente: «El que solo quiere estar, sin arrimo y guía, será como el árbol que está solo y sin dueño en el campo, que por más fruta que tenga, los viadores se la cogerán y no llegará a sazón.

»El árbol cultivado y guardado con los buenos cuidados de su dueño, da la fruta en el tiempo que de él se espera.

»El alma sola sin maestro, que tiene virtud, es como el carbón encendido que está solo; antes se irá enfriando que encendiendo»11.

No dejemos de acudir al Señor, con una oración más intensa cuanto mayores sean los obstáculos interiores o externos que tratan de impedir que nos dirijamos a Jesús que pasa a nuestro lado. No dejemos de acudir a esos medios normales, por los que Él obra milagros tan grandes.

III. Nuestra intención al acercarnos a la dirección espiritual es la de aprender a vivir según el querer divino. En el mismo San Pablo, a pesar del inicio extraordinario de su vocación, Dios quiso después seguir con él el camino normal, es decir, formarle y transmitirle su voluntad a través de otras personas. Ananías le impuso las manos y al instante cayeron de sus ojos una especie de escamas y recobró la vista12.

En quien nos ayuda vemos al mismo Cristo, que enseña, ilumina, cura y da alimento a nuestra alma para que siga su camino. Sin este sentido sobrenatural, sin esta fe, la dirección espiritual quedaría desvirtuada. Se transformaría en algo completamente distinto: un intercambio de opiniones, quizá. Este medio es una gran ayuda y presta mucha fortaleza cuando lo que realmente deseamos es averiguar la voluntad de Dios sobre nosotros e identificarnos con ella. No busquemos en la dirección espiritual a quien pueda resolver nuestros asuntos temporales; nos ayudará a santificarlos, nunca a organizarlos ni a resolverlos. No es esa su misión.

La conciencia de que, a través de aquella persona que cuenta con una gracia particular de Dios, nos acercamos al mismo Cristo, determinará nuestra confianza, la delicadeza, la sencillez y la sinceridad en este medio. Bartimeo se acercó a Jesús como quien camina hacia la Luz, a la Vida, a la Verdad, al Camino. Así nosotros, porque esa persona es un instrumento del Señor, a través de quien nos comunica gracias semejantes a las que habríamos obtenido si nos hubiéramos encontrado con Él en los caminos de Palestina. En la continuidad de la dirección espiritual se va forjando el alma; y, poco a poco, con derrotas y con victorias, vamos construyendo el edificio sobrenatural de la santidad: «¿Has visto cómo levantaron aquel edificio de grandeza imponente? —Un ladrillo, y otro. Miles, Pero, uno a uno. —Y sacos de cemento, uno a uno. Y sillares, que suponen poco, ante la mole del conjunto. —Y trozos de hierro. —Y obreros que trabajan, día a día, las mismas horas...

»¿Viste cómo alzaron aquel edificio de grandeza imponente?... —¡A fuerza de cosas pequeñas!»13. Un cuadro se pinta pincelada a pincelada, un libro se escribe página a página, con amor paciente, y una maroma capaz de aguantar grandes pesos está tejida por un sinfín de hebras finas.

Si llevamos bien este medio de dirección espiritual, nos sentiremos como Bartimeo, que seguía en el camino a Jesús glorificando a Dios, lleno de alegría.

*          *            *

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1498

Gladys, hay en Mi Corazón tanta Pureza, como para purificar el mundo entero.

Hay en Mi Corazón tanto Amor, que puedo barrer con todo el odio acumulado en los corazones endurecidos.

Hay en Mi Corazón tanta Luz, que puedo iluminar a las almas y al universo todo.

Soy Poderosa y estoy pronta para derramar todos Mis Poderes; sólo espero que los corazones quieran aferrarse a esta Ancla Salvadora, para un completo retorno a Dios.

No se averguence el pecador del pecado mismo, sí, se avergüence de no amar a Dios.

Amén, amén.

Hazlo conocer

 

 

1 Lc 18, 35-43. 2 Cfr. San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, 1, 2, 2. — 3 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 34. — 4 Mc 10, 46-52. — 5 San Gregorio Magno, o. c., 1, 2, 3. — 6 Cfr. Ibídem, 1, 2, 4. — 7 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 862. — 8 Cfr. Jn 9, 1 ss. — 9 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 34. — 10 Santa Teresa, Vida, 13, 10. — 11 San Juan de la Cruz, Dichos de luz y de amor, Apostolado de la Prensa, Madrid 1966, pp. 958-964. — 12 Cfr. Hech 9, 17-18. — 13 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 823.

† Nota: Ediciones Palabra (poseedora de los derechos de autor) sólo autoriza a difundir la meditación diaria a usuarios concretos para su uso personal, y no desea su distribución por fotocopias u otras formas de distribución

 

 


Evangelizad - María del Rosario de San Nicolás


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#87 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Mar, 21 de Oct, 2008 1:52 pm
Asunto: Meditación: La vigilancia en el Amor
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Hijos míos: No podéis decir que el Señor no os busca, El en toda Su Humildad, desea la pureza de vuestros corazones.

El calor del Señor os quiere tocar, no os alejéis, que son incontables las bendiciones para sus queridos hijos.

Gloria al Señor.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 519

 

*          *            *

 

Invocad el Nombre del Señor, con mucho amor, con fe.

Disponed de un tiempo para el Señor, hijos míos, en vuestra diaria oración; es necesario que así lo hagáis.

Esforzaos por lograrlo, ya que son momentos preciosos, los dedicados a la oración.

Los distintos misterios del Santo Rosario, son motivos más que suficientes para la meditación.

En cada uno de ellos, podéis valorar la maravillosa intervención del Todopoderoso, en la vida de Su Hijo y de la Madre de Su Hijo.

Guardad en vuestro corazón, lo que el Señor, quiere dejaros en cada mensaje.

Amén, amén.

Hazlo conocer hija mía.

Leed: Eclesiástico C. 3, V.1

1  Hijos, escúchenme a mí, que soy su padre; hagan lo que les digo, y así se salvarán.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1505

 

*          *            *

 

Meditación: LA VIGILANCIA EN EL AMOR[1]

 

I. — Con las lámparas encendidas.

II. — La lucha en lo que parece de poca importancia nos mantendrá vigilantes.

III. — Alerta contra la tibieza.

 

 

I. Tened ceñidas vuestras cinturas y las lámparas encendidas, y estad como quienes aguardan a su amo cuando vuelve de las nupcias, para abrirle en cuanto venga y llame, leemos en el Evangelio de la Misa1. El tener «ceñida la cintura» es una metáfora basada en las costumbres de los hebreos, y en general de todos los habitantes de Oriente Medio, que ceñían sus amplias vestiduras antes de emprender un viaje para caminar sin dificultad. En el relato del Éxodo se narra la prescripción de Dios a los israelitas de celebrar el sacrificio de la Pascua con la ropa ceñida, las sandalias calzadas y el bastón en la mano2, porque iba a comenzar el itinerario hacia la tierra prometida. Del mismo modo, tener las lámparas encendidas indica la actitud atenta, propia del que espera la llegada de alguien.

El Señor nos dice una vez más que nuestra actitud ha de ser como la de aquel que está a punto de emprender un viaje, o de quien espera a alguien importante. La situación del cristiano no puede ser de somnolencia y de descuido. Y esto por dos razones: porque el enemigo está siempre al acecho, como león rugiente, buscando a quien devorar3, y porque quien ama no duerme4. «Vigilar es propio del amor. Cuando se ama a una persona, el corazón vigila siempre, esperándola, y cada minuto que pasa sin ella es en función de ella y transcurre vigilante (...). Jesús pide el amor. Por eso solicita vigilancia»5. En Italia, muy cerca de Castelgandolfo, hay una imagen de la Virgen colocada junto a una bifurcación de carreteras, y tiene la siguiente inscripción: Cor meum vigilat. El Corazón de la Virgen está vigilante por Amor. Así debe estar el nuestro: vigilante por amor, y para descubrir al Amor que pasa cerca de nosotros. Enseña San Ambrosio que si el alma está adormecida, Jesús se marcha sin haber llamado a nuestra puerta, pero si el corazón está en vela, llama y pide que se le abra6. Muchas veces a lo largo del día pasa Jesús a nuestro lado. ¡Qué pena si la tibieza impidiera verlo!

«¡Cuánto te amo, Señor, mi fortaleza, mi alcázar, mi libertad! (Sal 17, 2-3). Eres lo más deseable y amable que puede imaginarse. ¡Dios mío, ayuda mía! Te amaré según me lo concedas y yo pueda, mucho menos de lo debido, pero no menos de lo que puedo... Podré más si aumentas mi capacidad, pero nunca llegaré a lo que te mereces»7. No permitas que, por falta de vigilancia, otras cosas ocupen el lugar que solo Tú debes llenar. Enséñame a mantener el alma libre para Ti, y el corazón dispuesto para cuando llegues.

II. Me pondré de centinela, // haré la guardia oteando a ver qué me dice, // qué respondo a su llamada8. San Bernardo, comentando estas palabras del Profeta, nos exhorta: «Estemos también nosotros, hermanos, vigilantes, porque es la hora del combate»9. Es necesario luchar cada día, frecuentemente en pequeños detalles, porque en cada jornada vamos a encontrar obstáculos que nos separan de Dios. Muchas veces el empeño por mantenernos en este estado de vigilia, bien opuesto a la tibieza, se concretará en fortaleza para cumplir nuestros actos de piedad, esos encuentros con el Señor que nos llenan de fuerzas y de paz. Hemos de estar atentos para no abandonarlos por cualquier imprevisto que se presente, sin dejarnos llevar por el estado de ánimo de ese día o de ese momento.

Otras veces nuestra lucha estará más centrada en el modo de vivir la caridad, corrigiendo formas destempladas del carácter (del mal carácter), esforzándonos en ser cordiales, en servir a los demás, en tener buen humor...; o tendremos que empeñarnos en realizar mejor el trabajo, en ser más puntuales, en poner los medios oportunos para que nuestra formación humana, profesional y espiritual no se estanque... Este estado de vigilia, como el del centinela que guarda la ciudad, no nos garantiza que siempre hayamos de vencer: junto a las victorias, tendremos también derrotas (metas que no alcanzamos, propósitos que no acabamos de cumplir bien...). Muchos de estos fracasos carecerán ordinariamente de importancia; otros sí la tendrán, pero el desagravio y la contrición nos acercarán más aún al Señor, y nos darán fuerzas para recomenzar de nuevo... «Lo grave –escribe San Juan Crisóstomo a uno que se había separado de la fe– no es que quien lucha caiga, sino que permanezca en la caída; lo grave no es que uno sea herido en la guerra, sino desesperarse después de recibido el golpe y no curar la herida»10.

No olvidemos que en la lucha en lo pequeño, el alma se fortalece y se dispone para oír las continuas inspiraciones y mociones del Espíritu Santo. Y es ahí también, en el descuido de lo que parece de poca importancia (puntualidad, dedicar al Señor el mejor tiempo para la oración, la pequeña mortificación en las comidas, en la guarda de los sentidos...), donde el enemigo se hace peligroso y difícil de vencer. «Hemos de convencernos de que el mayor enemigo de la roca no es el pico o el hacha, ni el golpe de cualquier otro instrumento, por contundente que sea: es esa agua menuda, que se mete, gota a gota, entre las grietas de la peña, hasta arruinar su estructura. El peligro más fuerte para el cristiano es despreciar la pelea en esas escaramuzas, que calan poco a poco en el alma, hasta volverla blanda, quebradiza e indiferente, insensible a las voces de Dios»11.

III. Es tan grata a Dios la actitud del alma que, día tras día y hora tras hora, aguarda vigilante la llegada de su Señor, que Jesús exclama en la parábola que nos propone: ¡Dichosos aquellos siervos a los que al volver su amo los encuentre vigilando! Y, olvidando quién es el criado y quién el señor, sienta a la mesa al criado y él mismo le sirve. Es el amor infinito que no teme invertir los puestos que a cada uno corresponden: En verdad os digo que se ceñirá la cintura, les hará sentar a la mesa y acercándose les servirá. Las promesas de intimidad con Dios van más allá de lo que podemos imaginar. Vale la pena estar vigilantes, con el alma llena de esperanza, atentos a los pasos del Señor que llega.

El corazón que ama está alerta, como el centinela en la trinchera; el que anda metido en la tibieza, duerme. El estado de tibieza se parece a una pendiente inclinada que cada vez se separa más de Dios. Casi insensiblemente nace una cierta preocupación por no excederse, por quedarse en lo suficiente para no caer en el pecado mortal, aunque se acepta con frecuencia el venial. Y se justifica esta actitud de poca lucha y de falta de exigencia personal con razones de naturalidad, de eficacia, de salud, que ayudan al tibio a ser indulgente con sus pequeños afectos desordenados, apegos a personas o cosas, caprichos, excesiva tendencia a buscar una mayor comodidad..., que llegan a presentarse como una necesidad subjetiva. La fuerzas del alma se van debilitando cada vez más, hasta llegar, si no se remedia, a pecados más graves.

El alma adormecida en la tibieza vive sin verdaderos objetivos en la lucha interior que atraigan e ilusionen. «Se va tirando». Se ha dejado el empeño por ser mejores, o se lleva una lucha ficticia e ineficaz. Queda en el corazón un vacío de Dios que el tibio intenta llenar con otras cosas, que no son Dios y no llenan; y un especial y característico desaliento impregna toda la vida de relación con el Señor. Se pierde la prontitud y la alegría en la entrega, y la fe queda apagada, precisamente porque se ha enfriado el amor. A un estado de tibieza le ha precedido siempre un conjunto de pequeñas infidelidades, cuya culpa –no zanjada– está influyendo en las relaciones de esa alma con Dios.

Tened ceñidas las cinturas y las lámparas encendidas..., atentos a los pasos del Señor. Es una llamada a mantenernos alerta, con la lucha diaria planteada en puntos muy concretos. Nadie estuvo más atento a la llegada de Cristo a la tierra que su Madre Santa María. Ella nos enseñará a mantenernos vigilantes si alguna vez sentimos que ese mal sueño hace su presencia en el alma.

«¡Señor, qué bueno eres para el que te busca! Y ¿para el que te encuentra?»12. Nosotros lo hemos encontrado. No lo perdamos.

 

1 Lc 12, 35-38. — 2 Ex 12, 11. — 3 Cfr. 1 Pdr 5, 8. — 4 Cfr. Cant 2, 5. — 5 Ch. Lubich, Meditaciones, p. 33. — 6 Cfr. San Ambrosio, Comentario al Salmo 18. — 7 San Bernardo, Tratado sobre el amor de Dios, VI, 16. — 8 Heb 2, 1. — 9 San Bernardo, Sermón 5, 4. — 10 San Juan Crisóstomo, Exhortación II a Teodoro caído, 1. — 11 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 77. — 12 San Bernardo, Tratado sobre el amor de Dios, VII, 22.

 

*          *            *

 

A todos tus hermanos les digo: La oración a Dios, debe ser hecha en un momento dedicado a Dios.

El que ora, se entrega a la oración, porque ese tiempo es exclusivo del

Señor.

Se puede tener presente a Dios durante todo el día, mas eso no quiere decir que una oración dicha en esas condiciones, donde puede imponerse una tarea, tenga el mismo valor que siendo dicha en un lapso de tiempo dedicado por completo al Señor.

Orad entonces agradando a Dios. Amén, amén.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº  778

 

*          *            *

 

Hijos míos: Os llamo a una vida conforme a la Voluntad de Dios.

Responded a Mi voz, que crece a medida que crece también la necesidad de reparar las ofensas a Mi Hijo.

Estáis siendo invitados a orar. Sed generosos en vuestra respuesta.

Sed obedientes a la Madre que viene en vuestro auxilio.

Las Glorias sean al Señor.

Hazlo conocer.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1782

 

*          *            *

 

 



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#86 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Sáb, 20 de Sep, 2008 12:14 am
Asunto: 25º Aniversario de Maria en San Nicolas - Meditacion: Carta a María
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  Sea este un día de oración profunda, meditada.

Con el rezo del Santo Rosario lograréis renovar el espíritu, a través de la oración sentiréis mi compañia y sobre todo la de Cristo Jesús, Redentor y Salvador del mundo.

Bendito y alabado sea.

Predicadlo.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1130

 

*          *          *

 

Hija: En este tiempo el Arca soy Yo, para todos tus hermanos.

Soy el Arca de la paz, el Arca de la Salvación, el Arca por donde mis hijos deberán entrar, si desean vivir en el Reino de Dios.

No hay obstáculo para esta Madre y no lo habrá para los hijos.

Amén, amén.

Sea meditado este Mensaje.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1092

 

*          *          *

 

Carta a mi Madre, la Dulce Virgen María[1]

Estoy escribiendo a la mujer más maravillosa del mundo. Y esto me hace temblar de regocijo, amor y respeto

 

Querida y respetable señora, queridísima madre:


Sé que estoy escribiendo a la mujer más maravillosa del mundo. Y esto me hace temblar de regocijo, de amor y de respeto. Cuántas mujeres en el mundo, queriendo parecerse a ti, llevan con orgullo santo el dulce nombre de María. Cuantas iglesias dedicadas a tu nombre.


Tú eres toda amor, amor total a Dios y amor misericordiosísimo a los hombres, tus pobres hijos. Eres el lado misericordioso y tierno del amor de Dios a los hombres, como si tu fueses la especie sacramental a través de la cual Dios se revela y se da como ternura, amor y misericordia.


Estoy escribiendo una carta a la Madre de Dios: Esa es tu grandeza incomparable.

Eres la gota de rocío que engendra a la nube de la que Tú procedes. Me mereces un respeto total, al considerar que la sangre que tu hijo derramará en el Calvario será la sangre de una mártir, será tu propia sangre; porque Dios, tu hijo, lleva en sus venas tu sangre, María.


Pero el respeto que me mereces como Madre de Dios se transforma en ímpetu de amor, al saber que eres mi madre desde Belén, desde el Calvario, y para siempre, y por eso después de Dios me quieres como nadie. Yo sé que todos los amores juntos de la tierra no igualan al que Tú tienes por mí. Si esto es verdad, no puedo resistir la alegría tremenda que siento dentro de mi corazón.


Pero ese amor es algo muy especial, porque soy otro Jesús en el mundo, alter Christus.

Tú lo supiste esto antes que ningún teólogo, desde el principio de la redención.

No puedo creer que me mires con mucho respeto. Para ti un sacerdote es algo sagrado.


Agradezco a tu Hijo, al Niño aquél, maravilla del mundo, que todavía contemplo reclinado en tus brazos, su sonrisa, su caricia y su abrazo que quedaron impresos a fuego en mi corazón para siempre.


Oh bendito Niño que nos vino a salvar.

Oh bendita Madre que nos lo trajiste.


Contigo nos han venido todas las gracias,

por voluntad de ese Niño.


Todo lo bueno y hermoso que me ha hecho,

me hace y me hará feliz, tendrá que ver contigo.


Por eso te llamamos con uno de los nombres más entrañables: Causa de nuestra alegría.


He sabido que tu Hijo dijo un día: 'Alegraos más bien de que vuestros nombres estén escritos en el cielo' Sí. Escritos en el cielo por tu mano, Madre amorosísima. Cuando dijiste sí a Dios, escribiste nuestros nombres en la lista de los redimidos. Y esta alegría nos acompaña siempre, porque Tú también como Jesús estás y estarás con nosotros todos los días de nuestra vida.


¡Qué hermosa es la vida contigo, junto a ti, escuchándote, contemplando tus ojos dulcísimos y tu sonrisa infinita. También como a Dios, yo te quiero con todo mi corazón, con toda mi alma y con todas mis fuerzas.


Sigo escribiendo mi carta a la que es puerta del cielo. ¡Cómo he soñado desde aquel día,
en que experimenté el cielo en aquella cueva, en vivir eternamente en ese paraíso! Junto a Dios y junto a ti, porque eso es el cielo. La puerta de la felicidad eterna, sin fin, tiene una llave que se llama María. Cuanto anhelo ese momento en que tu mano purísima me abra esa puerta del cielo eterno y feliz.


Oh Madre amantísima, eres digna de todo mi amor, por lo buena que eres, por lo santa, santísima que eres, la Inmaculada, la llena de gracia, por ser mi Madre, por lo que te debo: una deuda infinita, porque, después de Dios, nadie me quiere tanto, por tu encantadora sencillez.


Yo sé, Madre mía, que, después de ver a Dios, el éxtasis más sublime del cielo será mirarte a los ojos y escuchar que me dices: Hijo mío, Y sorprenderme a mí mismo diciendo: Madre bendita, te quiero por toda la eternidad.


Oh Virgen clementísima, Madre del hijo pródigo. -Yo soy el hijo pródigo de la parábola de tu hijo- que aprendiste de Jesús el inefable oficio de curar heridas, consolar las penas, enjugar las lágrimas, suavizar todo, perdonar todo. Perdóname todo y para siempre, oh Madre.


Bellísima reina, Madre del amor hermoso, toda hermosa eres, María. Eres la delicia de Dios, eres la flor más bella que ha producido la tierra. Tu nombre es dulzura, es miel de colmena. Dios te hizo en molde de diamantes y rubíes Y después de crearte, rompió el molde. Le saliste hermosísima, adornada de todas las virtudes, con sonrisa celestial... Y cuando Él moría en la cruz, nos la regaló. Por eso, Tú eres toda de Jesús por derecho. y toda de nosotros por regalo.


Todo tuyo y para siempre.

 

Amén.

 

*          *          *

Digo a mis hijos: Ir detrás del Señor significa, muchas veces, llorar, mas llorar por fuera, ya que por dentro está esa alegría la verdadera alegría que queda muy adentro, en el corazón, el saberse hijo de Dios.

La bondad del Señor hace que sus hijos se sientan amados por El, hace que sientan el deseo de vivir en El.

Gloria al Señor.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 477

 

*          *          *

 

Digo a todos tus hermanos: Amad y ofreced al Señor, ya que El, lo merece todo.

Que no desaparezca la alegría de vuestros corazones, porque Mi Amor, brotará siempre por vosotros, como agua de manantial.

Bendito sea el Señor.

Leed: I de Juan C.4, V. 18

 

18        En el amor no hay lugar para el temor: Al contrario, el amor perfecto elimina el temor, porque el temor supone un castigo, y el que teme no ha llegado a la  plenitud del amor.

 

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1319

 

 



[1] P. Mariano de Blas | Fuente: Catholic.net



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#85 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Mar, 19 de Ago, 2008 12:32 am
Asunto: Meditacion: Alegria y Generosidad
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Hijos míos: No os apartéis de las huellas de Cristo Jesús, ellas os conducirán al mismo Padre del Cielo.

Gracias a la generosidad del Señor, podréis llegar.

Alabado sea.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 704

*          *            *

Digo a mis hijos: Ir detrás del Señor significa, muchas veces, llorar, mas llorar por fuera, ya que por dentro está esa alegría la verdadera alegría que queda muy adentro, en el corazón, el saberse hijo de Dios.

La bondad del Señor hace que sus hijos se sientan amados por El, hace que sientan el deseo de vivir en El.

Gloria al Señor.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 477

*          *            *

Meditación: ALEGRÍA Y GENEROSIDAD

I.  El joven rico. La alegría de la entrega.

II.  El Señor pasa y pide.

III. La tristeza hace mucho daño al alma. Buscar la alegría a través de la generosidad.

I. Después de bendecir a unos niños, Jesús partió de aquel lugar, y cuando estaba en camino llegó un joven, se postró de rodillas1 y le preguntó: Maestro, ¿qué cosas buenas debo hacer para alcanzar la vida eterna? Jesús, de pie, contempla a aquel joven con una gran esperanza; los discípulos, que se han detenido, callan y miran. La escena, recogida en el Evangelio de la Misa2, es de una gran belleza. Quizá el joven ha escuchado a Jesús en alguna otra ocasión, y hasta ahora no se ha atrevido a comunicarse directamente con Él; en su alma hay deseos de entrega, de amar más..., quizá está insatisfecho con su vida. Por eso, cuando el Señor le dice que debe guardar los Mandamientos, él dice que ya los cumple, y pregunta: Quid adhuc mihi deest? ¿Qué me falta aún? Es la pregunta que tantos y tantas se han hecho al comprobar que no les llena la vida que llevan.

Jesús, tan atento a los menores movimientos de las almas, se conmovió al contemplar los deseos y la limpieza de aquel corazón. Fue entonces cuando le dirigió la mirada de la que nos habla San Marcos, y lo amó3. La mirada de Jesús, una mirada honda, imborrable, es por sí sola una llamada. Y le invitó a seguirle dejando atrás todos sus tesoros. Es una invitación a dejar libre el corazón para llenarlo todo de Dios. Se trata de cambiar el amor a los bienes por el amor a Jesús, se trata de dejar las posesiones materiales para enriquecerse, de una manera real y efectiva, con bienes eternos4.

No fue generoso este joven: se quedó con sus riquezas, de las que disfrutaría unos años, y perdió a Jesús, a quien tenemos para siempre, tesoro infinito, en este mundo y en la eternidad. En su egoísmo, el joven rico no esperaba esta respuesta del Maestro. Los planes de Dios no coinciden generalmente con los nuestros, con los que proyectamos en la imaginación, con aquellos que fabrica la vanidad o el egoísmo. Los planes divinos, forjados desde la eternidad para nosotros, son los más bellos que nunca pudimos imaginar, aunque alguna vez nos desconcierten.

Al oír el joven estas palabras de Jesús se marchó triste, pues tenía muchas posesiones. Todos vieron cómo resistía aquella amable y amorosa invitación del Señor y se marchaba con la huella de la tristeza en la cara. Posiblemente, más tarde, este joven encontraría falsas justificaciones a su falta de generosidad, que le devolverían al menos la tranquilidad perdida (nunca la paz, que es fruto de la entrega): quizá pensó que era muy joven, o que más tarde vería todo con más claridad y buscaría al Maestro... ¡Qué fracaso! ¡Qué ocasión desaprovechada!, pues a Jesús, o se le sigue o se le pierde. Cada encuentro con Él lleva consigo unas claras exigencias, y también un gran enriquecimiento de toda la persona. Jesús nunca nos deja indiferentes.

Una vez que alguien ha sentido posarse sobre él la mirada del Señor, ya nunca la olvida, ya no es posible vivir como antes. La alegría es fruto de la generosidad, de responder a las sucesivas llamadas que a cada uno en su estado dirige Cristo que pasa. La vida se llena de gozo y de paz en esa disponibilidad absoluta ante la voluntad de Dios que se manifiesta en momentos bien precisos de nuestra vida; quizá ahora.

II. «Aquel muchacho rechazó la insinuación, y cuenta el Evangelio que abiit tristis (Mt 19, 22), que se retiró entristecido (...): perdió la alegría porque se negó a entregar su libertad a Dios»5. Libertad que, si no le había servido para llegar a la meta, a Cristo que pasaba por su vida, para bien poco habría ya de servirle.

La tristeza nace en el corazón, como una planta dañina, cuando nos alejamos de Cristo, cuando le negamos aquello que de una vez, o poco a poco, nos va pidiendo, cuando nos falta generosidad. Esta mala enfermedad del alma «es un vicio causado por el amor desordenado de sí Mismo»6. Puede haber enfermedad, puede existir cansancio y dolor, pero la tristeza del corazón es distinta. En su origen encontramos siempre la soberbia y el egoísmo: detrás de esa desgana, sin causa aparente, en el propio quehacer, puede estar la imposibilidad de afirmar el propio criterio, la propia personalidad, la vanidad; detrás de ese dolor puede esconderse la rebeldía de no querer aceptar la voluntad de Dios; en ese desaliento, al ver una y otra vez las propias faltas, puede ocultarse más la humillación sufrida que el dolor por haber ofendido al Señor... «Si Dios me ha perdonado, si su amor misericordioso, siempre presente, se vuelca en mí, ¿cómo puedo estar yo triste? Si alguien alimentara su tristeza en el dolor de sus pecados, agarrado a su culpa, ese hombre debe saber que se trata posiblemente de un pretexto y, siempre, de un error»7. Las mismas faltas y pecados nos deben llevar a la alegría del arrepentimiento y del amor que nace de nuevo con más fuerza aún.

El Señor pasa cerca de nuestra vida en incontables ocasiones. Alguna vez nos pedirá mucho, para darnos más; otras, cosas pequeñas: el cumplimiento del deber, llevar a cabo en la hora prevista las prácticas de piedad que tenemos señaladas en nuestro plan de vida, sin dar cabida a la pereza; mortificar la imaginación y el recuerdo en asuntos banales; vivir con esmero la caridad con quienes están a nuestro lado; indicar con afabilidad la dirección que nos han pedido... Quizá se presente el Señor –tal vez cuando menos lo esperábamos– para invitarnos a seguirle aún más de cerca, quizá sin abandonar nuestros quehaceres en medio del mundo, pero con la plena entrega del corazón, según el propio estado, sin poner límites ni condiciones. «Hay que saber entregarse, arder delante de Dios como esa luz, que se pone sobre el candelero, para iluminar a los hombres que andan en tinieblas; como esas lamparillas que se queman junto al altar, y se consumen alumbrando hasta gastarse»8. Y esto nos lo pide a todos: cada uno en su lugar y en el estado al que es llamado, en la peculiar vocación que de Dios ha recibido. Esta vocación es el asunto más importante de la vida, y, una vez conocida, el negocio en el que debemos empeñarnos con tenacidad, con la ayuda de la gracia, hasta el último instante de nuestros días.

III. Se marchó triste. Nada más sabemos de él. Su historia termina envuelta en un manto de tristeza; quizá podría haber sido uno de los Doce. Pero no quiso; y Jesús respetó su libertad. Una libertad que no supo emplear. «El mercader –comenta San Basilio– no se entristece gastando en las ferias lo que posee para adquirir sus mercancías; pero tú (hace referencia a este joven rico) te entristeces dando polvo a cambio de la vida eterna»9: prefirió conservar el polvo –eso son todas las posesiones y riquezas– en vez de elegir la vida perdurable que le ofrecía Cristo, prefirió quedarse con el polvo en que se convirtieron estas al cabo de unos años, no demasiados.

La tristeza hace mucho daño al alma. Como la polilla al vestido y la carcoma a la madera, así la tristeza daña el corazón del hombre10, y predispone al mal. Por eso hemos de luchar enseguida, si alguna vez hiciera su aparición en el alma: Anímate, pues, y alegra tu corazón, y echa lejos de ti la congoja; porque a muchos mató la tristeza. Y no hay utilidad alguna en ella11. De ese estado solo cabe esperar males.

Si nuestra vida consiste realmente en seguir a Cristo, es lógico que siempre estemos alegres: es la única alegría verdadera del mundo, sin límite y sin medida; compatible, por otra parte, con el dolor, con la enfermedad, con el fracaso... «La alegría cristiana excluye de modo definitivo y combate implacablemente toda tristeza enfermiza o imaginaria: la envidia, el desaliento, el repliegue sobre sí mismo no pueden emparejarse con ella, y uno de sus beneficios es el de excluir todas esas penas, llenas de veneno y fuentes de muerte»12.

Un alma triste está a merced de muchas tentaciones. ¡Cuántos pecados han tenido su origen en la tristeza! ¡Cuántos ideales ha roto! Si alguna vez sentimos el zarpazo de la tristeza, examinemos su causa con sinceridad en la oración. Muchas veces encontraremos falta de generosidad con Dios o con los demás. «“Laetetur cor quaerentium Dominum” —Alégrese el corazón de los que buscan al Señor.

»—Luz, para que investigues en los motivos de tu tristeza»13. Preguntémonos, si esa situación llegara, y ahora, porque siempre podemos crecer en alegría, si estamos buscando seriamente al Señor en lo que cada día nos sucede, en la oración, en el empeño por mantener la presencia de Dios. Examinemos nuestra generosidad con los demás: a la hora de interesarnos por su salud, por sus ilusiones, en el sacrificio pequeño pero continuo que exige una fraternidad bien vivida, en los bienes y talentos que poseemos...

Si alguna vez nos sentimos con el alma entristecida, preguntémonos: ¿en qué no estoy yo siendo generoso con Dios?, ¿en qué no soy desprendido con los demás?, ¿me preocupo excesivamente de mí mismo, de mis cosas, de mi salud, de mi futuro, de mis pequeñeces?... Es posible que encontremos enseguida la causa y el remedio. Mientras tanto, procuremos afinar en el trato con el Señor, intentemos darnos sin cálculo a quienes están cerca, aunque sea en pequeños servicios; abramos el corazón a quien nos conoce y aprecia, a quien tenemos encomendada la dirección espiritual del alma.

Con la alegría que Cristo nos da, hacemos mucho bien a nuestro alrededor. Comunicarla a los demás será frecuentemente una de las mayores muestras de caridad hacia ellos. Muchas personas pueden encontrar a Dios en esa alegría honda; procuremos no perderla. Santa María, Causa de nuestra alegría, ruega por nosotros, concédenos seguir a Cristo de cerca, danos la gracia de no volverle nunca la espalda, ni siquiera en lo pequeño de todos los días.

 

*           *            *

Queridos míos: Recibid a Cristo Jesús, con mucha alegría en los corazones. Es una Gracia del Señor, lo que os está dejando, no lo excluyáis, no dejéis pasar estos días.

Gloria al Señor.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 739

 

*           *            *

En la tarde, siento la necesidad de escribir a Jesús:

Gracias por ser mi guía,

por el aire que respiro

porque puedo ver el día,

por estar viva y sentirte dentro mío.

Por saber que no estoy sola,

por querer a mis hermanos,

por mi familia, mi hogar,

por la Luz que has derramado.

Gracias por las alegrías,

por darme a tu Madre, como Madre,

por la Cruz de cada día,

porque con ella quiere salvarme.

Amén.

Me dice la Virgen: “Hija, ésta debería ser la oración diaria de todo cristiano”.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 768

 

1 Cfr. Mc 10, 17. — 2 Mt 19, 16-22. — 3 Mc 10, 21. — 4 Cfr. M. J. Indart, Jesús en su mundo, p. 251. — 5 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 24. — 6 Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 28, a. 4, ad 1. — 7 C. López Pardo, Sobre la vida y la muerte, Rialp, Madrid 1973, p. 157. — 8 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 44. — 9 San Basilio, en Catena Aurea, vol. VI, p. 313. — 10 Prov 25, 20. — 11 Ecl 30, 24-25. — 12 J. M. Perrin, El evangelio de la alegría, Rialp, Madrid 1962, pp. 59-60. — 13 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 666.

 

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#84 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Jue, 17 de Jul, 2008 2:51 pm
Asunto: Meditacion: El yugo del Señor es llevadero
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Digo a mis hijos: Conservaré en mi Corazón el amor que me brindáis, y sacaré vuestros dolores y miserias.

Os enseñaré a buscar a Cristo, a amar a Cristo, preparad vuestros corazones.

Amén. Amén.

Leed: Hebreos C. 10, V. 35-36

35 No pierdan entonces la confianza, a la que está reservada una gran recompensa.

36    Ustedes necesitan constancia para cumplir la voluntad de Dios y entrar en posesión de la promesa.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 462

 

*          *            *

Gladys, Soy la Madre, que con Amor Misericordioso, mira a sus

pobres hijos.

Digo a todos tus hermanos: Ha llegado la hora de dirigir los pasos

hacia Dios, de crecer en amor a Dios.

Cerca de Mí, podéis adquirir lo que lejos no podríais; fuerzas, fe,

perseverancia.

Los hijos recibirán de la Madre; sólo responded a la Madre.

Amén, amén.

Hazlo conocer.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1574

 

*          *            *

Meditación: El yugo del Señor es llevadero

I.— Jesucristo nos libera de las cargas más pesadas.

II— Hemos de contar con el peso del dolor, de las contradicciones y de los obstáculos.

III— Deportividad, reciedumbre y alegría para afrontar todo aquello que nos es contrario o menos agradable, lo que se opone a nuestros planes o produce pesar y dolor. Huir del desaliento.

 

I. Venid a Mí todos los fatigados y agobiados –nos dice Jesús en el Evangelio de la Misa1–, y Yo os aliviaré. Se dirige a las multitudes que le siguen, maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor2, y las libera de los pesos que las agobian. Los fariseos las sobrecargaban de minuciosas prácticas insoportables3 y a cambio no les daban la paz en sus corazones.

Las cargas más pesadas de los hombres –enseña San Agustín– son los pecados. «Dice Jesús a los hombres que llevan cargas tan pesadas y detestables y que sudan en vano bajo ellas: Venid a Mí... y Yo os aliviaré. ¿Cómo alivia a los cargados con los pecados, sino mediante el perdón de los mismos?»4. Cada Confesión es liberadora, porque los pecados –aun los veniales– abruman y oprimen. De este sacramento salimos restaurados, dispuestos de nuevo para luchar, llenos de paz. «Como si dijera: todos los que andáis atormentados, afligidos y cargados con la carga de vuestros cuidados y deseos, salid de ellos, viniendo a Mí, y Yo os recrearé, y hallaréis para vuestras almas el descanso que os quitan vuestras pasiones»5.

El Señor, a cambio de estas cargas del pecado, de la soberbia, de la falta de generosidad..., nos invita a compartir su propio yugo: Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera... Y comenta San Agustín: «Esta carga no es un peso para quien la lleva, sino alas para quien va a volar»6. Son un dulce peso los compromisos propios de nuestra vocación cristiana y aquella parte de la Cruz que a cada uno toca llevar; y esta amable carga nos permite remontarnos hasta Dios mismo.

Junto a Cristo, además, las dificultades y los obstáculos normales que se encuentran en la vida de todo hombre adquieren un sentido bien diferente. En vez de ser «nuestra cruz» se convierten en la Cruz de Cristo, con quien corredimimos, se purifican nuestras faltas y crecen las virtudes. Y, sin embargo, tantas veces, a nuestro alrededor se alza la voz de gente buena, pero sin fe viva, inmersa en la comodidad, que no entiende el sacrificio. «Ese camino es muy difícil, te ha dicho. Y, al oírlo, has asentido ufano, recordando aquello de que la Cruz es la señal cierta del camino verdadero... Pero tu amigo se ha fijado solo en la parte áspera del sendero, sin tener en cuenta la promesa de Jesús: “mi yugo es suave”.

»Recuérdaselo, porque –quizá cuando lo sepa– se entregará»7, comprenderá mejor que él también ha sido llamado a la santidad.

Debemos proclamar a los cuatro vientos que el camino que sigue de cerca las pisadas de Cristo es un camino lleno de alegría, de optimismo y de paz, aunque estemos siempre cerca de la Cruz. Y precisamente de esas tribulaciones, llevadas por Dios, sacaremos los mayores frutos. «Acuérdate –nos aconseja San Francisco de Sales– que las abejas en el tiempo que hacen la miel comen y se sustentan de un mantenimiento muy amargo; y que así nosotros no podemos hacer actos de mayor mansedumbre y paciencia, ni componer la miel de las mejores virtudes, sino mientras comemos el pan de la amargura y vivimos en medio de las aflicciones»8.

II. Es difícil, quizá imposible, encontrar a una persona que no tenga dolor, enfermedad, preocupaciones de un sentido o de otro. Al cristiano no le debe ocurrir lo que comenta San Gregorio Magno: «hay algunos que quieren ser humildes, pero sin ser despreciados; quieren contentarse con lo que tienen, pero sin padecer necesidad; ser castos, pero sin mortificar su cuerpo; ser pacientes, pero sin que nadie los ultraje. Cuando tratan de adquirir virtudes, y a la vez rehúyen los sacrificios que las virtudes llevan consigo, se parecen a quienes, huyendo del campo de batalla, quisieran ganar la guerra viviendo cómodamente en la ciudad»9. Sin dolor y sin esfuerzo no hay virtudes.

Hemos de contar con dificultades, con preocupaciones y con penas; en unas épocas se manifestarán de una forma más costosa, y en otras más liviana; pero junto a Cristo serán siempre llevaderas. Estas contradicciones –grandes o pequeñas–, aceptadas y ofrecidas a Dios, no oprimen; por el contrario, disponen al alma para la oración y para ver a Dios en los pequeños sucesos de la vida. El Señor no permitirá que nos llegue un dolor, ningún apuro, que no podamos sobrellevar acudiendo a Él en demanda de ayuda. Si alguna vez tropezamos con una contrariedad más grande, también el Señor nos dará una gracia mayor: «Si Dios te da la carga, Dios te dará la fuerza»10.

Mientras nos encontremos en la tierra hemos de contar con las dificultades como algo normal. San Pedro ya lo advertía a los primeros cristianos: carísimos, cuando Dios os pruebe con el fuego de las tribulaciones, no lo extrañéis como si os aconteciese una cosa muy extroordinaria11. No nos sorprendamos; precisamente por el camino de la Cruz pasa la senda de la felicidad y de la eficacia. El Señor permite con frecuencia que venga la contradicción sobre aquellos que más quiere para que den más fruto aún: todo sarmiento que unido a la vid da fruto, lo poda para que dé más fruto12. Pero nunca nos deja solos; Jesús está siempre junto a los suyos, especialmente cuando más se hace notar el peso de la vida.

III. Del Señor solo nos llegan bienes. Cuando permite el dolor, la contrariedad, problemas económicos o familiares..., es que desea para nosotros algo mejor.

Frecuentemente, Dios bendice a quienes más quiere con la Cruz y con su gracia para que sepan llevarla con garbo humano y sobrenatural. Cuando Santa Teresa, ya casi al final de su vida, se dirigía a una fundación, se encontró con caminos impracticables y los ríos desbordados por las inundaciones. Después de pasar la noche, enferma y fatigada, en una posada tan pobre que no tenía ni camas13, decidió proseguir su viaje, porque el Señor así se lo pedía. Él le había dicho: «No hagas caso de estos fríos, que Yo soy la verdadera calor. El demonio pone todas sus fuerzas para impedir esa fundación; ponlas tú de mi parte porque se haga y no dejes de ir en persona, que se hará gran provecho»14. Lo cierto es que al día siguiente la Santa decidió atravesar el río Arlanzón en unas condiciones tales que cuando llegó la caravana a la orilla del río, no se veía más que una inmensa sabana de agua sobre la cual apenas se distinguían los pontones de madera15. Los que estaban en la orilla vieron cómo su carruaje oscilaba y quedaba suspendido al borde de la corriente. Teresa saltó, con el agua hasta las rodillas, pero como estaba poco ágil se lastimó. Se dirigió entonces al Maestro en tono amablemente quejoso: «¡Señor, entre tantos daños y me viene esto!». Y Jesús le respondió: «Teresa, así trato Yo a mis amigos». Y la Santa, llena de ingenio y de amor, le contestó: «¡Ah, Señor, por eso tenéis tan pocos!»16. Después, todos estaban contentos, «porque en pasando el peligro era recreación hablar de él»17.

Quiere el Señor que llevemos las contradicciones con paz, con reciedumbre, con alegría y confianza en Él, sabiendo que «nunca falló a sus amigos», especialmente si estos solo pretenden hacer Su voluntad. Junto al Sagrario –mientras le decimos quizá: Adoro te devote, latens deitas, te adoro con devoción, deidad escondida– comprobaremos que, aun en los casos más difíciles y apurados, la carga junto a Cristo se hace ligera y su yugo suave. Él nos ayuda a tener paciencia y a hacer frente a los obstáculos con espíritu deportivo y siempre que sea posible con buen humor, como hicieron los santos. Con esta actitud llevamos un gran bien a nuestra alma y a todos aquellos que viven cerca de nosotros.

Deportividad y alegría para afrontar todo aquello que nos es contrario o menos agradable, lo que se opone a nuestros planes o produce pesar y dolor. Y también sencillez y humildad para no inventarse problemas y dolores que no existen en la realidad, para dejar a un lado suspicacias, para no complicarse falsamente la vida. Porque, aunque los obstáculos sean reales y se deba contar con ellos, en ocasiones se corre el riesgo de desorbitarlos, dándoles excesiva importancia. Puede ocurrir que alguna vez se piense que nada se hace bien, que todo va de mal en peor, que se es ineficaz en el apostolado, que el ambiente influye demasiado para ir contra corriente... Es una visión deformada de las cosas, quizá por no contar con la verdadera realidad: somos hijos de Dios, y jamás nos faltará la gracia para salir adelante con un mayor bien. Junto a Él y con la protección de Santa María, refugium nostrum et virtus, refugio y fortaleza nuestra, sabremos matizar y definir aquello que va menos bien, pediremos ayuda en la dirección espiritual y lo que nos parecía tan costoso se hará llevadero. Este espíritu optimista, alegre y lleno de fortaleza es imprescindible para adelantar en el amor a Dios y para llevar a cabo toda labor de apostolado. El alma envuelta en dificultades se enrecia, se hace generosa y paciente. En los obstáculos hemos de ver siempre la gran ocasión de hacernos fuertes y de amar más.

 

Seguid marchando junto al Señor hijos míos, que la perseverancia que logréis tener en seguir a Cristo no lo lamentaréis, ya que lo estáis haciendo por vuestra propia salvación.

Amén. Amén.

Leed: I de Pedro C. 5, V. 6-7

6 Humíllense bajo la mano poderosa de Dios, para que El los eleve en el momento oportuno.

7 Descarguen en El todas sus inquietudes, ya que El se ocupa de ustedes

Mensaje de Masría del Rosario de San Nicolás Nº 517

 

 

1 Mt 11, 28-30. — 2 Mt 9, 36. — 3 Cfr. Hech 15, 10. — 4 San Agustín, Sermón 164, 4. — 5 San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, I, 7, 4 — 6 San Agustín, o. c., 7. — 7 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 198. — 8 San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, III, 3. — 9 San Gregorio Magno, Moralia, 7, 28, 34. — 10 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 325. — 11 1 Pdr 4, 12. — 12 Cfr. Jn 15, 2. — 13 Santa Teresa de Jesús, Fundaciones, 27, 12. — 14 Ibídem, 31, 11. — 15 Cfr. M. Auclair, La vida de Santa Teresa de Jesús, Palabra, 4.ª ed., Madrid 1984, pp. 422-423. — 16 Ibídem, p. 423. — 17 Santa Teresa de Jesús, Fundaciones, 31, 17.

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#83 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Vie, 20 de Jun, 2008 2:34 pm
Asunto: Meditacion: Todo es para bien
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Meditación: TODO ES PARA BIEN

"Debéis saber esperar en el Señor.

El prueba a sus hijos, mas no los deja desamparados.

La dulzura de Su Amor, es derramada sobre vosotros.

Hijos míos, que la amargura no sea vuestra compañía, que el dolor no se refleje en lágrimas, celebrad el acercamiento que hacia El, os permite el Señor. Alabado sea".

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 608

 

*          *            *

 

"Bendito sea el Señor y sus designios, hijos míos, nada da ni quita el Señor por el solo hecho de hacerlo, que cada uno sepa llevar con equilibrio su vida.

Haced la voluntad del Señor, soportando con fe cuanto os manda, demostrad que queréis seguirlo.

Gloria a Dios".

Leed: I Juan C. 3, V. 19 al 22

19 En esto conoceremos que somos de la Verdad, y estaremos tranquilos delante de Dios

20 aunque nuestra conciencia nos reproche algo, porque Dios es más grande que nuestra conciencia y conoce todas las cosas.

21 Queridos míos, si nuestro corazón no nos hace ningún reproche, podemos acercarnos a Dios con plena confianza,

22  y El nos concederá todo cuanto le pidamos, porque cumplimos sus mandamientos y hacemos lo que Le agrada.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 313

 

 

*          *            *

 

I. Amar la voluntad de Dios. Dios tiene los mejores proyectos posibles para cada hombre. Serenidad ante las contradicciones.

II. Abandono en Dios y responsabilidad.

III. Omnia in bonum. Para quienes aman a Dios, todo ocurre para su bien.

I. Todo, aun lo más pequeño del universo, existe porque Dios lo sostiene en su ser. Él es quien cubre el cielo de nubes, el que prepara la lluvia para la tierra. Quien hace brotar hierbas de los montes para pasto de los que sirven al hombre; quien da el alimento al ganado y a los polluelos del cuervo que claman (1). La creación entera es obra de Dios, que además cuida amorosamente de todas las criaturas, empezando por mantenerlas constantemente en la existencia. "Este "mantener" es, en cierto sentido, un continuo crear (conservatio est continua creatio)" (2). Este cuidado y providencia se extiende muy particularmente al hombre, objeto de su predilección.

Jesucristo nos da a conocer constantemente que Dios es nuestro Padre, que quiere lo mejor para sus hijos. Lo que podríamos imaginar, para nosotros mismos y para aquellos a quienes más queremos, se queda muy lejos de los planes divinos. Él sabe muy bien lo que necesitamos, y su mirada alcanza esta vida y la eternidad; la nuestra es corta y muy deficiente. Es lógico que la felicidad, y la santidad, consistan esencialmente en conocer, amar y realizar la voluntad de Dios, que se nos manifiesta de formas diversas, pero con la suficiente claridad, a lo largo de la vida. En el Evangelio de la Misa, el Señor nos hace una recomendación para que se llenen de paz nuestros días: no andéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad cómo las aves del cielo no siembran, ni siegan, ni encierran en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta (3). Es una invitación a vivir con alegre esperanza el quehacer diario. Es lógico que encontremos sufrimientos, preocupaciones, trabajos, pero debemos llevarlos como hijos de Dios, sin agobios inútiles, sin la sobrecarga de la rebeldía o de la tristeza, porque sabemos que el Señor permite esos sucesos, esta enfermedad, aquello que parece un desastre, para purificarnos, para convertirnos en corredentores. Los padecimientos, la contradicción, deben servirnos para purificarnos, para creer en las virtudes y para amar más a Dios. "¿No has oído de labios del Maestro la parábola de la vid y los sarmientos? -Consuélate: te exige, porque eres sarmiento que da fruto... Y te poda, "ut fructum plus afferas" -para que des más fruto.

"¡Claro!: duele ese cortar, ese arrancar. Pero, luego, ¡qué lozanía en los frutos, qué madurez en las obras!" (4). No nos desconcertemos con los planes divinos; Él sabe bien lo que hace o permite.

Examinemos hoy si llevamos con paz la contradicción y el dolor y el fracaso; si nos quejamos, o si dejamos paso, aunque sea por poco tiempo, a la tristeza o a la rebeldía. Veamos junto al Señor si los quebrantos -físicos o morales- nos acercan verdaderamente a nuestro Padre Dios, si nos hacen más humildes. No andéis agobiados por la vida..., nos dice hoy de nuevo el Señor en este rato de oración.

 

II. Con frecuencia los hombres no sabemos lo que es bueno para nosotros; "y lo que hace aún peor la confusión es que creemos saberlo. Nosotros tenemos nuestros propios planes para nuestra felicidad, y demasiado a menudo miramos a Dios simplemente como alguien que nos ayudará a realizarlos. El verdadero estado de las cosas es completamente al contrario. Dios tiene Sus planes para nuestra felicidad, y está esperando que Le ayudemos a realizarlos. Y quede bien claro que nosotros no podemos mejorar los planes de Dios" (5). Tener la certeza práctica de estas verdades, vivirlas en el acontecer diario, lleva a un abandono sereno, incluso ante la dureza de aquello que no comprendemos y que nos causa dolor y preocupación. Nada se derrumba si estamos amparados en el sentido de nuestra filiación divina: pues si a una hierba que hoy está en el campo, y mañana se echa al fuego en el horno, Dios así la viste, ¿cuánto más a vosotros...? (6).

A veces nos ocurre -dice Santo Tomás- lo que al profano en medicina que ve al médico recetar a un enfermo agua y a otro vino, según le sugiere su ciencia: al no saber medicina, piensa que el médico receta estos remedios al azar. "Así pasa con respecto a Dios. Él, con conocimiento de causa y según su providencia, dispone las cosas que necesitan los hombres: aflige a unos que quizá son buenos, y deja vivir en prosperidad a otros que son malos" (7). Nunca podemos olvidar que Dios nos quiere felices aquí, pero nos quiere aún más felices con Él para siempre en el Cielo.

La santidad consiste en el cumplimiento amoroso de la voluntad de Dios, que se manifiesta en los deberes de cada día, en las propias circunstancias, contando con los incidentes de toda vida normal y abandonándonos en Dios con toda confianza. Pero este abandono ha de ser activo y responsable, poniendo los medios que cada situación requiera: acudir al médico cuando estamos enfermos, hacer todas las gestiones necesarias para conseguir ese empleo que tanto necesitamos y por el que hemos rezado a Dios, trabajar esforzadamente para salir adelante, estudiar las horas necesarias y con hondura para aprobar esa asignatura difícil... El abandono en Dios ha de ir íntimamente unido a la responsabilidad, que lleva a poner los oportunos remedios humanos, pues en muchas ocasiones lo que se disfraza con excusas ("mala suerte", ambiente adverso, etc.) es mediocridad oculta, pereza, imprudencia por no haber previsto todas las posibilidades y no haber puesto los medios precisos que la situación requería. Un trabajo hecho a conciencia, con orden, acabado, santificado, lo mismo que el apostolado constante y sacrificado, da sus frutos con el tiempo. Y si esos frutos tardan en llegar es señal de que Dios los dará por caminos insospechados para nosotros y que quiere que nos santifiquemos en esas circunstancias.

III. El sentido de la filiación divina nos ayuda a descubrir que todos los acontecimientos de nuestra vida son dirigidos, o permitidos para nuestro bien, por la amabilísima Voluntad de Dios. Él, que es nuestro Padre, nos concede lo que más nos conviene y espera que sepamos ver su amor paternal tanto en los acontecimientos favorables como en los adversos (8).

Dice San Pablo que todas las cosas cooperan para el bien de quienes aman a Dios (9). El que ama a Dios con obras sabe que pase lo que pase, todo será para bien, si no deja de amar. Y, precisamente porque ama, pone los medios para que el resultado sea bueno, para que el trabajo acabado y hecho con rectitud de intención dé frutos de santidad y de apostolado. Y, una vez que ha puesto los medios a su alcance, se abandona en Dios y descansa en su providencia amorosa. "Fíjate bien -escribe San Bernardo- que no dice que las cosas sirvan para el capricho, sino que cooperan al bien. No al capricho, sino a la utilidad; no al placer, sino a la salvación; no a nuestro deseo, sino a nuestro provecho. En este sentido, cooperan siempre las cosas a nuestro bien, aun incluyendo la misma muerte, aun el mismo pecado (...). ¿Acaso no cooperan los pecados al bien de aquel que con ellos se vuelve más humilde, más fervoroso, más solícito, más precavido, más prudente?" (10). Después de poner los medios a nuestro alcance, o ante acontecimientos en los que nada podemos hacer, diremos en la intimidad de nuestro corazón: Omnia in bonum, todo es para bien.

Con esta convicción, fruto de la filiación divina, viviremos llenos de optimismo y de esperanza y superaremos así muchas dificultades: "Parece que el mundo se te viene encima. A tu alrededor no se vislumbra una salida. Imposible, esta vez, superar las dificultades.

"Pero, ¿me has vuelto a olvidar que Dios es tu Padre?: omnipotente, infinitamente sabio, misericordioso. Él no puede enviarte nada malo. Eso que te preocupa, te conviene, aunque los ojos tuyos de carne estén ahora ciegos.

"Omnia in bonum! ¡Señor, que otra vez y siempre se cumpla tu sapientísima Voluntad!" (11).

Omnia in bonum! ¡Todo es para bien! Todo lo podemos convertir en algo agradable a Dios, y en bien del alma. Esta expresión de San Pablo puede servirnos para repetirla a modo de jaculatoria, como una pequeña oración, que nos dará paz en momentos difíciles.

La Santísima Virgen, Nuestra Madre, nos enseñará a vivir confiadamente en las manos de Dios, si a Ella acudimos frecuentemente cada día.

En el Corazón Dulcísimo de María -cuya fiesta celebramos en este mes de junio- encontramos siempre paz, consuelo y alegría.

*          *            *

 "Mirad, cómo el Señor no se cansa de señalaros Su Senda, mirad, cómo os está bendiciendo, no os asombréis de la misericordia de Dios.

El se presenta ante vosotros, sus hijos, os hace ver que debéis ser amorosos y piadosos.

Os enseña, para que estéis preparados a las diarias pruebas que todo cristiano debe saber sobrellevar.

Amados hijos: Que nadie quiera escapar de su cruz, recordad esto que dice vuestra Madre.

Ninguna cruz será ,más pesada que la Cruz de Cristo.

Alabado sea el Salvador".

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 589

 

(1) Sal 147, 8-9.- (2) JUAN PABLO II, Audiencia general 29-I-1986.- (3) Mt 6, 25-26.- (4) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Camino, n. 701.- (5) E. BOYLAN, El amor supremo, vol. II, p. 46.- (6) Mt 6, 30.- (7) SANTO TOMAS, Sobre el Credo, 1, en Escritos de Catequesis, Rialp, Madrid, 1975, p. 35.- (8) Cfr. SAGRADA BIBLIA, Carta a los Romanos, EUNSA, Pamplona 1986, nota a Rom 8, 28.- (9) Rom 8, 28.- (10) SAN BERNARDO, Sobre la falacia y brevedad de la vida, 6.- (11) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Vía Crucis, IX, n. 4.

 

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#82 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Mar, 20 de May, 2008 2:42 pm
Asunto: Meditacion: Implorar más Fe
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Gladys, Soy la Madre, que con Amor Misericordioso, mira a sus pobres hijos.

Digo a todos tus hermanos: Ha llegado la hora de dirigir los pasos hacia Dios, de crecer en amor a Dios.

Cerca de Mí, podéis adquirir lo que lejos no podríais; fuerzas, fe, perseverancia.

Los hijos recibirán de la Madre; sólo responded a la Madre.

Amén, amén.

Hazlo conocer.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolas Nº 1574

 

*          *            *

 

Gladys: Es indispensable que todos tus hermanos tengan fe. Tener fe es sumergirse en el templo del Espíritu Santo, es dejarse llevar por el Espíritu y es sobre todo, amar al Espíritu.

Todo lo que pido a mis hijos, oración, conversión, vida puramente cristiana, todo esto si no hay fe será pedido en vano y quedará lamentablemente olvidado.

Dios pone en los hombres la fe, deben los hombres pedir a Dios la fe y que El  la deposite en el corazón.

Gloria al Altísimo.

Predícalo.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolas Nº 1098         

 

 *          *            *

 

Meditación: IMPLORAR MAS FE

 

I - La fe es un don de Dios.

II - Necesidad de buenas disposiciones para creer.

III - Fe y oración. Pedir la fe.

 

I. Llegó Jesús a un lugar donde le aguardaban sus discípulos. Allí se encontraban también un padre que había llevado a su hijo enfermo, un grupo de escribas y una gran muchedumbre. Al ver aparecer a Jesús se llenaron de alegría y fueron a su encuentro: todo el pueblo se quedó sorprendido, y acudían corriendo a saludarle (1), como debemos acudir nosotros a la oración y al Sagrario. Todos le echaban de menos. El padre se adelanta entre la muchedumbre que rodea al Señor: Maestro -le dice-, te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu inmundo (...). Pedí a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido. Los discípulos, que ya habían realizado algunos otros milagros en nombre del Señor, intentaron curarle pero no lo lograron. Jesús les explicó luego, en casa, qué faltaba en ellos para que hubiesen realizado el prodigio. El padre tiene una fe deficiente; posee alguna, pues ha acudido en busca de la curación, pero no la fe plena, la confianza sin límites que Jesús pedía y pide. Y el Señor, como hace siempre, le mueve a dar un paso más. Al principio este hombre se dirige a Cristo con humildad, pero vacilante: Si algo puedes, ayúdanos, compadecido de nosotros. Y Jesús, “conociendo las perplejidades de aquella alma, le anticipa: si tú puedes creer, todo es posible para el que cree (Mc 9, 22). Todo es posible: ¡omnipotentes! Pero con fe. Aquel hombre siente que su fe vacila, teme que esa escasez de confianza impida que su hijo recobre la salud. Y llora. Que no nos dé vergüenza este llanto: es fruto del amor de Dios, de la oración contrita, de la humildad. Y el padre del muchacho, bañado en lágrimas, exclamó: ¡Oh Señor! yo creo: ayuda tú mi incredulidad (Mc 9, 23)” (2). ¡Qué gran acto de fe para que nosotros lo repitamos muchas veces!: Jesús, ¡yo creo, pero imprime Tú más firmeza a mi fe! ¡Enséñame a acompañarla de obras, a llorar mis pecados, a confiar en tu poder y en tu misericordia! La fe es un don divino; sólo Dios la puede infundir más y más en el alma. Es Él quien abre el corazón del creyente para que reciba la luz sobrenatural, y por eso debemos implorarla; pero a la vez son necesarias unas disposiciones internas de humildad, de limpieza, de apertura..., de amor que se abre paso cada vez con más seguridad.

Si en alguna ocasión nuestra fe vacila ante el apostolado, las dificultades..., o se torna insegura la de nuestros amigos, hermanos, hijos..., imitemos a este buen padre. En primer lugar pide más fe, porque esta virtud es un don. Pero, a la vez, crecer en ella depende de nosotros mismos. Abrir los ojos -comenta San Juan Crisóstomo- es cosa de Dios, escuchar atentamente es cosa propia; es a la vez obra divina y humana (3). Debemos imitar a este hombre en su humildad: no tiene méritos propios que presentar, por eso acude a su misericordia: ayúdanos, ten compasión de nosotros. Éste es el camino seguro que debe seguir toda petición: acudir a la compasión y misericordia divinas. Por nuestra parte, la humildad, la limpieza de alma y la apertura de corazón hacia la verdad nos dan la capacidad de recibir esos dones que Jesús nunca niega. Si la semilla de la gracia no prosperó se debió exclusivamente a que no encontró la tierra preparada. Señor, ¡auméntame la fe!, le pedimos en la intimidad de nuestra oración. ¡No permitas que jamás vacile mi confianza en Ti!

II ¿Qué vieron en Jesús aquellos que con Él se cruzaron por caminos y aldeas? Vieron lo que sus disposiciones internas les permitían ver. ¡Si hubiéramos podido ver a Jesús a través de los ojos de su Madre! ¡Qué inmensidad tan grande! ¡Y qué pequeñez la de muchos fariseos, que andaban con aquellos enredos acerca de la ley...! ¡Ni siquiera en los mismos milagros supieron descubrir al Mesías!; al menos una buena parte de ellos permaneció ciega ante la Luz del mundo. Y su ciencia de las Escrituras Santas no les sirvió para percibir el cumplimiento de todo lo que se había predicho de Él. Muchos contemporáneos se negaron a creer en Jesús porque no eran de corazón bueno, porque sus obras eran torcidas, porque no amaban a Dios ni tenían una voluntad recta: Mi doctrina no es mía -dirá el Señor-, sino de Aquel que me ha enviado. Quien quisiere hacer la voluntad de Él conocerá si mi doctrina es de Dios o mía (4). No tuvieron las disposiciones adecuadas, no buscaban el honor de Dios, sino el suyo propio (5). Ni siquiera los milagros pueden sustituir a las necesarias disposiciones interiores. La razón honda del rechazo al Mesías tanto tiempo esperado, con tanto detalle anunciado, estriba en que no sólo no poseían en su corazón a Dios como Padre, sino que tenían “al diablo por padre”, porque sus obras no eran buenas, ni sus sentimientos, ni sus intenciones (6).

“Dios se deja ver de quienes con capaces de verle, porque tienen abiertos los ojos de la mente. Porque todos tienen ojos, pero algunos los tienen cubiertos de tinieblas y no pueden ver la luz del sol. Y no deja de brillar la luz solar porque los ciegos no la vean, sino que se debe atribuir esta oscuridad a su falta de capacidad para ver” (7). ¡Cómo habremos de cuidar la frecuente Confesión de nuestras faltas y pecados, si este sacramento nos limpia y nos dispone para ver con mayor claridad al Señor ya aquí en la tierra! En el apostolado debemos tener en cuenta que, con frecuencia, el gran obstáculo para que muchos acepten la fe, la vocación o una vida cristiana coherente son los pecados personales no remitidos, los afectos desordenados y las faltas de correspondencia a la gracia. “El hombre, llevado de sus prejuicios, o instigado por sus pasiones y mala voluntad, no sólo puede negar la evidencia, que tiene delante, de los signos externos, sino resistir y rechazar también las superiores inspiraciones que Dios infunde en su alma” (8). Si falta el deseo de creer y de hacer la voluntad de Dios en todo, cueste lo que cueste, no se aceptará ni siquiera lo que es evidente. De ahí que quien vive encerrado en su egoísmo, quien no busca el bien sino la comodidad o el placer, tendrá muchas dificultades para creer o para entender un ideal noble; y, si se trata de alguien que ya ha respondido positivamente a una vocación de entrega a Dios, encontrará una resistencia creciente ante las concretas exigencias de su llamada.

La Confesión sincera y contrita, bien preparada, se presenta así como el gran medio para encontrar el camino de la fe, la claridad interior necesaria para ver lo que Dios pide. Cuando una persona purifica y limpia su corazón ha preparado el terreno para que la semilla de la fe y de la generosidad crezca en su alma y dé fruto. Hacemos un inmenso bien a las almas cuando les ayudamos para que se acerquen al sacramento del perdón. Es de experiencia común que muchos problemas y dudas se terminan con una buena Confesión; el alma ve con mayor claridad cuanto más limpia está y cuanto mejores son las disposiciones de la voluntad.

III. Pesaba en el ánimo de los discípulos el fracaso de no haber logrado curar ellos al joven lunático, pues cuando entraron en casa, a solas, le preguntaron: ¿Por qué no hemos podido expulsarlo? Y el Señor les dio una respuesta de gran utilidad también para nosotros y para el apostolado. Les dijo: Esta raza (de demonios) no puede ser expulsada por ningún medio, sino con la oración. Sólo con la oración venceremos determinados obstáculos, conseguiremos superar tentaciones y ayudar a muchos amigos a llegar hasta Cristo. Comentando este pasaje del Evangelio, explica San Beda que al enseñar a los Apóstoles cómo debe ser expulsado este demonio tan maligno, nos indica a todos cómo hemos de vivir, y cómo la oración es el medio para superar incluso las mayores tentaciones. La oración no sólo son las palabras con que invocamos la misericordia divina, sino también lo que ofrecemos en obsequio de nuestro Señor, movidos por la fe (9). Todo nuestro trabajo y nuestras obras deben ser plegaria llena de frutos.

Acompañemos la oración con las buenas obras, con un trabajo bien realizado, con el empeño por hacer mejor aquello en que queremos la mejora del amigo. Esa actitud ante Dios abre también camino a un aumento de fe en el alma. “Es solamente en la oración, en la intimidad del diálogo inmediato y personal con Dios, que abre los corazones y las inteligencias (cfr. Hech 16, 14), donde el hombre de fe puede ahondar en la comprensión de la voluntad divina respecto a su propia vida” (10), y a todo lo que a ella atañe.

Pidamos con frecuencia al Señor que nos aumente la fe: ante el apostolado cuando los frutos tardan en llegar, ante los defectos propios o de quienes nos rodean que no se superan, cuando nos vemos con escasas fuerzas para lo que Dios quiere de nosotros: ¡Señor, auméntanos la fe! Así pedían los Apóstoles cuando, a pesar de oír y ver al mismo Cristo, sentían flaquear su confianza. Jesús siempre ayuda. A lo largo del día de hoy, y todos los días, nos sentiremos necesitados de decir: ¡Señor! ¡No me dejes solo con mis fuerzas, que nada puedo! La petición de aquel buen padre nos anima hoy a dirigirnos a Jesús en demanda de mayor fe: “Se lo decimos con las mismas palabras nosotros ahora, al acabar este rato de meditación. ¡Señor, yo creo! Me he educado en tu fe, he decidido seguirte de cerca. Repetidamente, a lo largo de mi vida, he implorado tu misericordia. Y, repetidamente también, he visto como imposible que tú pudieras hacer tantas maravillas en el corazón de tus hijos. ¡Señor, creo! ¡Pero ayúdame, para creer más y mejor! “Y dirigimos también esta plegaria a Santa María, Madre de Dios y Madre Nuestra, Maestra de fe: ¡bienaventurada tú, que has creído!, porque se cumplirán las cosas que se te han anunciado de parte del Señor (Lc 1, 45)” (11).

 (1) Mc 9, 13-28.- (2) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Amigos de Dios, 204.- (3) Cfr. SAN JUAN CRISOSTOMO, Homilías sobre los Hechos de los Apóstoles, 35.- (4) Jn 7, 16-17.- (5) Cfr. Jn 5, 41-44.- (6) Cfr. Jn 8, 42-44.- (7) PIO XII, Enc. Humani generis, 12-VIII-1950.- (8) SAN TEOFILO DE ANTIOQUIA, Libro I, 2, 7.- (9) Cfr. SAN BEDA, Comentario al Evangelio de San Marcos, in loc.- (10) A. DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, pp. 92-93.- (11) J. ESCRIVA DE BALAGUER, loc. cit.

*          *            *

Digo a todos mis hijos: La Gracia del Señor, sobreabundará en los corazones donde habite la fe.

Mantened viva la fe, por medio de la oración sin desfallecer jamás.

Perseverad constantemente.

Las glorias sean al Señor.

Predícalo,

Leed: Hebreos C. 10, V. 35 - 36

35  No pierdan entonces la confianza, a la que está reservada una gran recompensa.

36    Ustedes necesitan constancia para cumplir la Voluntad de Dios y entrar en posesión de la promesa.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolas Nº 1783

 
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#81 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Lun, 21 de Abr, 2008 2:31 pm
Asunto: Meditación: "Mi Paz os dejo"
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Tened mucha fe en Dios, hijos míos. Sed honestos con vosotros mismos, habéis descubierto al Señor; dejad de lado la ignorancia y penetrad en su sabiduría. Que nadie vacile ante el Llamado Divino, tenedlo presente.
Que la paz esté en vuestros corazones.
Casi todos buscáis la paz, os digo: Siempre la habrá para quienes se abran al Señor.
Alabado sea.
Leed: Colosenses C. 1, V. 9 y 17 al 20
  9 Por eso, desde que nos enteramos de esto, oramos y pedimos sin cesar por ustedes, para que Dios les haga conocer perfectamente Su Voluntad, y les dé con abundancia la sabiduría y el sentido de las cosas espirituales.
17 El existe antes que todas las cosas y todo subsiste en El.
18 El es también la Cabeza del Cuerpo, es decir, de la Iglesia. El es el Principio, el primero que resucitó de entre los muertos, a fin de que El tuviera la primacía en todo,
19 porque Dios quiso que en El residiera toda la Plenitud.
20 Por El quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la Sangre de Su Cruz.
Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 283
 
*          *          *
 
¡Oh hija mía, la Cruz testigo inocultable de los sufrimientos de mi Hijo!
Son muy pocos los que no huyen de la propia cruz. ¡Si supieran mis hijos, que en cada cruz espera Cristo!
Yo les digo: Ofreced la vuestra al Señor y esta Madre secará vuestro llanto.
Bendito sea Jesucristo.
Leed: I Corintios C. 1, V. 18
El mensaje de la Cruz es una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios.
Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1258


Meditación: Mi Paz os dejo
I- El Señor comunica Su paz a los discípulos.
II- La paz verdadera es fruto del Espíritu Santo. Misión de pacificar el mundo, comenzando por nuestra propia alma, la familia, el lugar de trabajo...
III- Sembradores de paz y de alegría.
I. El Evangelio de la Misa recoge una de aquellas promesas que Jesús hizo a sus discípulos más íntimos en la Ultima Cena, y que se verían realizadas después de la Resurrección: La paz os dejo, mi paz os doy; no la doy yo como la da el mundo (1). Y más adelante, en la misma Cena, les repetirá: Os he dicho esto para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación, pero confiad: yo he vencido al mundo (2). Ahora, después de la Resurrección, Jesús se presenta delante de ellos y les dice: Pax vobis!, la paz sea con vosotros (3). Pondría el Señor el acento entrañable de otras ocasiones. Y con este saludo amigable quedaron disipados el temor y la vergüenza que pesaban sobre los Apóstoles por haberse comportado con cobardía durante la Pasión. De esta forma -a través del saludo, de su expresión acogedora- se ha vuelto a crear el ambiente de intimidad en el que Jesús les comunica su propia paz.
Desear la paz era la forma usual de saludo entre los hebreos. Y ese mismo saludo lo siguieron usando los Apóstoles, según vemos por sus cartas (4), y los primeros cristianos, como han dejado constancia en muchas inscripciones. La Iglesia lo utiliza en la liturgia en determinadas ocasiones; por ejemplo, antes de la Comunión el celebrante desea a los presentes la paz, condición para participar dignamente del Santo Sacrificio (5). Pax Domini, la Paz del Señor.
A lo largo de los siglos los cristianos supieron poner una intención más honda en las mismas fórmulas de saludo, impregnándolas de sentido sobrenatural, que calaron hondamente en el pueblo y han sido durante generaciones vehículo para hacer el bien y signo externo de una sociedad que tenía el corazón cristiano.
En nuestros días parece que se va perdiendo esa huella de Dios en el saludo habitual. Sin embargo, nos puede ser de gran utilidad para la propia vida interior poner un especial empeño en mantener y vivificar el sentido cristiano del saludo y de las despedidas; eso contribuirá a mantener la presencia de Dios en nuestras vidas.
Si nos acostumbramos, por ejemplo, a saludar al Angel Custodio de la persona con quien nos encontramos, podremos con facilidad y sencillez dar mayor elevación al trato con los demás. Será consecuencia de la presencia de Dios que llevamos en el alma. No perdamos el sentido sobrenatural en lo habitual de cada día: “Y les dijo: Paz a vosotros. Nos debería dar vergüenza -decía San Gregorio Nacianceno- prescindir del saludo de la paz, que el Señor nos dejó cuando iba a dejar este mundo” (6). Sea cual sea nuestro saludo habitual, siempre puede ser motivo para vivir mejor la fraternidad con los demás, para rezar por aquellas personas y darles paz y alegría, como hizo el Señor con sus discípulos.
“En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre (Lc 1, 44) (...). El sobresalto de alegría que sintió Isabel, subraya el don que puede encerrarse en un simple saludo cuando parte de un corazón lleno de Dios. ¡Cuántas veces las tinieblas de la soledad, que oprimen a un alma, pueden ser desgarradas por el rayo luminoso de una sonrisa o de una palabra amable!” (7).
II. El saludo ordinario del pueblo hebreo recobra en boca del Señor su sentido más profundo, pues la paz era uno de los dones mesiánicos por excelencia (8). Con frecuencia despedía a quienes había hecho algún bien con estas palabras: Vete en paz (9). A los discípulos les encarga una misión de paz. En la casa en que entréis decid primero: paz a esta casa (10).
El desear la paz a los demás, el promoverla a nuestro alrededor es un gran bien humano, y cuando está animado por la caridad es también un gran bien sobrenatural. El tener paz en nuestra alma -condición para poder comunicarla- es señal cierta de que Dios está cerca de nosotros; es además un fruto del Espíritu Santo (11). San Pablo exhortaba con frecuencia a los primeros cristianos a vivir con paz y alegría: alegraos (...), vivid en paz y el Dios de la caridad estará con vosotros (12).
La paz verdadera es fruto de la santidad, del amor a Dios, de la lucha que supone el no dejar que se apague este amor por nuestras tendencias desordenadas y por nuestros pecados. Cuando se ama a Dios, el alma se convierte en un árbol bueno que se da a conocer por sus frutos. Las acciones que lleva a cabo revelan la presencia del Paráclito y, en cuanto causan un gozo espiritual, se llaman frutos del Espíritu Santo (13). Uno de estos frutos es la paz de Dios que supera todo conocimiento (14), la misma que Jesucristo deseó a los Apóstoles y a los cristianos de todos los tiempos. “Cuando Dios te visite sentirás la verdad de aquellos saludos: la paz os doy..., la paz os dejo..., la paz sea con vosotros..., y esto, en medio de la tribulación” (15).
La paz verdadera es la “tranquilidad en el orden” (16); orden entre Dios y nosotros, orden entre nosotros y los demás. Si mantenemos ese orden tendremos paz y podremos comunicarla. El orden con Dios supone el deseo firme de desterrar de nuestra vida todo pecado, y el de poner a Cristo como centro de nuestra existencia. El orden con los demás lleva en primer lugar a vivir esmeradamente las relaciones de justicia (en las obras, en las palabras, en los juicios), pues la paz es obra de la justicia (17). Y más allá de la justicia, la misericordia, que nos moverá en tantas ocasiones a ayudar, a consolar, a sostener a quienes lo necesitan. “Donde hay amor a la justicia, donde existe respeto a la dignidad de la persona humana, donde no se busca el propio capricho o la propia utilidad, sino el servicio a Dios y a los hombres, allí se encuentra la paz” (18).
El Señor nos ha dejado la misión de pacificar la tierra, comenzando por poner paz en nuestra alma, en la familia, en el lugar donde trabajamos... Contribuiremos eficazmente a que cesen rencores y discordias, a crear un clima de colaboración y de entendimiento mutuo. La paz en una familia, en una comunidad del tipo que sea, no consiste en la mera ausencia de riñas y de disputas, lo que en ocasiones podría ser sólo un signo de indiferencia mutua. La paz consiste en la armonía que lleva a colaborar en proyectos y en intereses comunes; la paz verdadera lleva a preocuparnos de los demás, de sus proyectos, de sus intereses, de sus penas.
El Señor desea que fomentemos en nuestro corazón grandes deseos de paz y de concordia en medio de este mundo que parece alejarse cada vez más de esta paz, porque los hombres en ocasiones no quieren tener a Dios en su corazón. A nosotros los cristianos nos pide que dejemos paz y alegría allí por donde pasemos.
III. Cristo es nuestra paz (19). Desde hace veinte siglos nos repite: la paz os dejo, mi paz os doy . Nos lo dice a cada uno para que con nuestra vida lo pregonemos por todo el mundo, por ese mundo, quizá pequeño, en el que cada día se desenvuelve nuestra existencia.
La vida de los primeros cristianos ayudó a muchos a encontrar el sentido de su existencia. Llevaron la paz a la familia y a la sociedad en la que se desenvolvía su vida. En muchas inscripciones de aquella época se puede encontrar el saludo con que invocaban y se deseaban la paz. Esta paz, que es de Dios, permanecerá en la tierra mientras haya hombres de buena voluntad (20). Una buena parte de nuestro apostolado consistirá en llevar la serenidad y la alegría a las personas que nos rodean; con más urgencia cuanto mayor sea la inquietud y la tristeza que encontremos a nuestro paso. “Deber de cada cristiano es llevar la paz y la felicidad por los distintos ambientes de la tierra, en una cruzada de reciedumbre y de alegría, que remueva hasta los corazones mustios y podridos, y los levante hacia Él” (21).
Los demás deberían recordar a cada cristiano como a un hombre, a una mujer, que -aunque tuvo sufrimientos y pruebas como los demás- ofreció al mundo una imagen sonriente y sacrificada, amable y serena, porque vivió como un hijo de Dios. Este puede ser el propósito de nuestra oración de hoy: “Que nadie lea tristeza ni dolor en tu cara, cuando difundes por el ambiente del mundo el aroma de tu sacrificio: los hijos de Dios han de ser siempre sembradores de paz y de alegría” (22). Esto sólo es posible cuando somos conscientes de nuestra filiación divina.
El sabernos hijos de Dios nos dará paz firme, no sujeta a los vaivenes del sentimiento o de los incidentes de cada día, serenidad y firmeza, que tanto necesitamos. Mantener esta disposición abierta y amigable ante los demás nos incitará a luchar seriamente contra las posibles antipatías, que tienen su fundamento en una visión poco sobrenatural de las personas; contra las asperezas del carácter, que quitan la paz del ambiente y que indican falta de mortificación; contra el egoísmo; contra la comodidad..., que son obstáculos serios para la amistad y para el apostolado.
El deseo sincero de paz que el Señor pone en nuestro corazón nos debe llevar a evitar absolutamente todo aquello que causa división y desasosiego: los juicios negativos sobre los demás, las murmuraciones, las críticas, las quejas.
Acudamos a la Virgen, nuestra Madre, para no perder nunca la alegría y serenidad. “Santa María es -así la invoca la Iglesia- la Reina de la paz. Por eso, cuando se alborota tu alma, el ambiente familiar o el profesional, la convivencia en la sociedad o entre los pueblos, no ceses de aclamarla con ese título: "Regina pacis, ora pro nobis!" -Reina de la paz, ¡ruega por nosotros! ¿Has probado, al menos, cuando pierdes la tranquilidad?...-. Te sorprenderás de su inmediata eficacia” (23).
(1) Jn 14, 27.- (2) Jn 16, 33.- (3) Jn 20, 19-21.- (4) Cfr. 1 Pdr, 1, 3; Rom 1, 7.- (5) Cfr. Mt 5, 23.- (6) SAN GREGORIO NACIANCENO, en Catena Aurea, vol. VI, p. 545.- (7) JUAN PABLO II, Hom. Roma, 11-II-1981.- (8) Cfr. Is 9, 7; Miq 5, 5.- (9) Cfr. Lc 7, 50; 8, 48.- (10) Lc 10, 6.- (11) Gal 5, 22.- (12) 2 Cor 13, 11.- (13) Cfr. SANTO TOMAS, Suma Teológica, 1-2, q. 70, a. 1.- (14) Flp 4, 7.- (15) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Cfr. Camino, n. 258.- (16) SAN AGUSTIN, La ciudad de Dios, 19, 13, 1.- (17) Is 32, 17.- (18) A. DEL PORTILLO, Homilía, 30-III-1985.- (19) Ef 2, 14.- (20) Lc 2, 14.- (21) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Surco, n. 92.- (22) Ibídem, n. 59.- (23) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Surco, n. 874.

 † Nota: Ediciones Palabra (poseedora de los derechos de autor) sólo autorizada a difundir la meditación diaria a usuarios concretos para su uso personal, y no desea su distribución por fotocopias u otras formas de distribución.



Melisa C. Watanabe

Evangelizad - María del Rosario de San Nicolás

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#80 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Mar, 25 de Mar, 2008 2:10 pm
Asunto: Jesucristo vive para siempre
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No os dejéis dominar por la incertidumbre, la incredulidad, la desconfianza y el desaliento.

No desesperéis y vivid interiormente con el espíritu lleno de alegría, porque Jesús os llama a dejaros iluminar por Su Luz.

Por medio de Mi Corazón, llegaréis verdaderamente a El.

De nada sirve caminar, si se camina solo, sin la ayuda de la Madre.

Alabado sea el Señor.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº  1387

 

 

Digo a todos mis hijos: Vivid en la Esperanza, descanzad en el Señor.

Su Misericordia se ha puesto grandemente de manifiesto; el Señor, os ha enviado a Su Madre, para que os aclare el Camino hacia El, para que os refugiéis en Su Corazón de Madre.

Avanzad entonces sin miedo.

Amén, amén.

Hazlo conocer hija mía.

Bendita sea esta tierra que ha cobijado a María.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1634

 

*   *   *

Meditación: JESUCRISTO VIVE PARA SIEMPRE

- El señor se aparece a María Magdalena. Jesús en nuestra vida.

- Presencia de Cristo entre nosotros.

- Buscar a Cristo y tratarle. El ejemplo de María Magdalena nos enseña que quien busca con sinceridad al Señor acaba encontrándolo.

I. María de Magdala ha vuelto al sepulcro. Conmueven el cariño y la devoción de esta mujer por Jesús aun después de muerto. Ella había sido fiel en los momentos durísimos del Calvario, y el amor de la que estuvo poseída por siete demonios (1) sigue siendo muy grande. La gracia había arraigado y fructificado en su corazón después de haber sido librada de tantos males.

María se queda fuera del sepulcro llorando. Unos ángeles, que ella no reconoce como tales, le preguntan por qué llora. Se han llevado a mi Señor, les dice, y no sé dónde lo han puesto (2). Es lo único que le importa en el mundo. A nosotros también es lo único que nos interesa por encima de cualquier otra cosa.

Dicho esto -nos sigue narrando el Evangelio de la Misa-, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. María no ha dejado de llorar la ausencia del Señor. Y sus lágrimas no le dejan verlo cuando lo tiene tan cerca. Le dijo Jesús: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Vemos a Cristo resucitado sonriente, amable y acogedor. Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré. Bastó una sola palabra de Cristo para que sus ojos y su corazón se aclarasen. Jesús le dijo: ¡María! La palabra tiene esa inflexión única que Jesús da a cada nombre -también al nuestro- y que lleva aparejada una vocación, una amistad muy singular. Jesús nos llama por nuestros nombres, y su entonación es inconfundible.

La voz de Jesús no ha cambiado. Cristo resucitado conserva los rasgos humanos de Jesús pasible: la cadencia de su voz, el modo de partir el pan, los agujeros de los clavos en las manos y en los pies.

María se volvió, vio a Jesús, se arrojó a sus pies, y exclamó en arameo: ¡Rabbuni!, que quiere decir Maestro. Sus lágrimas, ahora incontenibles como río desbordado, son de alegría y de felicidad. San Juan ha querido dejarnos la palabra hebraica original -Rabbuni- con que tantas veces le llamaron. Es una palabra familiar, intocable. No es Jesús un “maestro”, entre tantos, sino el Maestro, el único capaz de enseñar el sentido de la vida, el único que tiene palabras de vida eterna.

María fue a los Apóstoles a cumplir el encargo que le dio Jesús, y les dijo: ¡He visto al Señor! En sus palabras se transparenta una inmensa alegría. ¡Qué distinta su vida ahora que sabe que Cristo ha resucitado, de cuando sólo buscaba honrar el Cuerpo muerto de Jesús! ¡Qué distinta también nuestra existencia cuando procuramos comportarnos según esta consoladora realidad: Jesucristo sigue entre nosotros! El mismo a quien aquella mañana María de Magdala confundió con el hortelano del lugar. “Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos (...).

“Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidare, yo no me olvidaré de ti (Is 49, 1415), había prometido. Y ha cumplido su promesa. Dios sigue teniendo sus delicias entre los hijos de los hombres (Cfr. Prov 8, 31)” (3).

Jesús nos llama muchas veces por nuestro nombre, con su acento inconfundible. Está muy cerca de cada uno. Que las circunstancias externas -quizá las lágrimas, como a María Magdalena, por el dolor, el fracaso, la decepción, las penas, el desconsuelo- no nos impidan ver a Jesús que nos llama. Que sepamos purificar todo aquello que pueda hacer turbia nuestra mirada.

II. Cristo Jesús, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se hizo hombre en el seno virginal de María, está en el Cielo con aquel mismo Cuerpo que asumió en la Encarnación, que murió en la Cruz y resucitó al tercer día. También nosotros, como María Magdalena, contemplaremos un día la Humanidad Santísima del Señor, y mientras tanto hemos de fomentar el deseo de verle: Oigo en mi corazón: “Buscad mi rostro”. Tu rostro buscaré, Señor (4). En el Cielo veremos a Jesús como es, sin imágenes oscuras; será el encuentro con quien nos conoce y a quien conocemos porque ya le hemos tratado en muchas ocasiones.

Además de estar en el Cielo, Cristo está realmente presente en la Sagrada Eucaristía. “La única e indivisible existencia de Cristo, el Señor glorioso en los cielos, no se multiplica, pero por el Sacramento se hace presente en varios lugares del orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia, después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento, el cual, en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo de nuestros templos. Por lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente suavísima, a honrar y a adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que ellos no pueden ver, y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos” (5). “La presencia de Jesús vivo en la Hostia Santa es la garantía, la raíz y la consumación de su presencia en el mundo” (6).

Cristo vive, y está también presente con su virtud en los sacramentos; está en su Palabra, cuando en la Iglesia se lee la Sagrada Escritura; está presente cuando la Iglesia ora y se reúne en su nombre (7). Vive en el cristiano de una manera íntima, profunda e inefable. Cumplió la promesa que hizo a los Apóstoles cuando se despedía de ellos en la Ultima Cena: Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada (8). Dios habita en nuestra alma en gracia y ahí debemos buscarle, ahí debemos escucharle, pues nos habla, y le entenderemos, si tenemos el oído atento y el corazón limpio. A esa presencia se refiere San Pablo cuando afirma que cada uno de nosotros es templo del Espíritu Santo (9).

San Agustín, al considerar la cercanía inefable de Dios en el alma, exclamaba: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!; he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba (...). Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me tenían lejos de Ti las cosas que, si no estuviesen en Ti, no serían. Tú me llamaste claramente y rompiste mi sordera; brillaste, resplandeciste y curaste mi ceguedad” (10).

En el alma en gracia, el Señor está más cerca que cualquier persona que esté a nuestro lado, más cerca que el hijo o el hermano que tenéis en vuestros brazos o lleváis de la mano; está más presente que el propio corazón. No dejemos de tratarle.

III. Cristo vive, y de diversos modos está entre nosotros y aun dentro de nosotros. Por eso debemos salir a su encuentro, esforzarnos por tener más conciencia de esa presencia inefable para que, teniéndole más presente, le tratemos más, y su amor crezca en nosotros. “Hay que tratar a Cristo, en la Palabra y en el Pan, en la Eucaristía y en la Oración. Y tratarlo como se trata a un amigo, a un ser real y vivo como Cristo lo es, porque ha resucitado. Cristo, leemos en la epístola a los Hebreos, como siempre permanece, posee eternamente el sacerdocio. De aquí que puede perpetuamente salvar a los que por medio suyo se presentan a Dios, puesto que está siempre vivo para interceder por nosotros (Heb 7, 2425).

“Cristo, Cristo resucitado, es el compañero, el Amigo. Un compañero que se deja ver sólo entre sombras, pero cuya realidad llena toda nuestra vida, y que nos hace desear su compañía definitiva” (11). Si contemplamos a Cristo resucitado, si nos esforzamos en mirarlo con mirada limpia, comprenderemos hondamente que también ahora es posible seguirle de cerca, vivir junto a Él nuestra vida, que entonces se engrandece y adquiere un sentido nuevo.

Con el tiempo, entre Jesús y nosotros se irá estableciendo una relación personal -una fe amorosa- que puede ser hoy, al cabo de veinte siglos, tan auténtica y cierta como la de aquellos que le contemplaron resucitado y glorioso con las señales de la Pasión en su Cuerpo. Notaremos que, cada vez con más naturalidad, vamos refiriendo al Señor todas las cosas de nuestra existencia, y que no podríamos vivir sin Él. Encontrar al Señor nos supondrá en ocasiones una paciente y laboriosa búsqueda, comenzar y recomenzar cada día, quizá con la impresión de que estamos en la vida interior como al principio. Sin embargo, si luchamos, siempre estaremos más cerca de Jesús. Pero es preciso no dejar jamás que penetre el desaliento en nuestra alma por posibles retrocesos, muchas veces aparentes.

El ejemplo de María Magdalena, que persevera en la fidelidad al Señor en momentos difíciles, nos enseña que quien busca con sinceridad y constancia a Jesucristo acaba encontrándolo. En cualquier circunstancia de nuestra vida le hallaremos mucho más fácilmente si iniciamos nuestra búsqueda de la mano de la Virgen, nuestra Madre, a quien le decimos en la Salve: muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.

(1) Cfr. Lc 8, 2.- (2) Jn 20, 13.- (3) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, 102.- (4) Sal 26, 8.- (5) PABLO VI, Credo del pueblo de Dios.- (6) J. ESCRIVA BALAGUER, loc. cit.- (7) Cfr. CONC. VAT. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 7.- (8) Jn 14, 23.- (9) Cfr. 2 Cor 6, 16-17.- (10) SAN AGUSTIN, Confesiones, 10, 27-38.- (11) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, 116.

 

† Nota: Ediciones Palabra (poseedora de los derechos de autor) sólo autorizado a difundir la meditación diaria a usuarios concretos para su uso personal, y no desea su distribución por fotocopias u otras formas de distribución.

 

 



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#79 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Mié, 19 de Mar, 2008 3:35 pm
Asunto: Meditacion de Semana Santa
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Queridos míos: Mi Hijo dió toda Su Sangre por la salvación del mundo. El sabía su suerte y no se rebeló, padeció dolorosamente y se abandonó en su Padre confiando completamente en El.

Este gran ejemplo de Jesús debéis imitarlo todos vosotros; que esta entrega total de Cristo Jesús os sirva para una entrega total de vuestra parte, para que se justifique Su Sacrificio.

Con Jesús se vence a la muerte, con El no se debe temer, con El, comprobaréis la promesa del Padre Eterno.

Amén. Amén.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 522

 

***

 

MEDITACIÓN: LA PASION DE NUESTRO SEÑOR

CAMINO DEL CALVARIO

I- Jesús con la Cruz a cuestas por las calles de Jerusalén. Simón de Cirene.

II- Jesús acompañado de dos ladrones en su camino hacia el Calvario. Modos de llevar la cruz.

III- El encuentro con su Santísima Madre.

I. Tras una noche de dolor, de burlas y desprecio, Jesús, roto por el terrible tormento de la flagelación, es llevado para ser crucificado. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de haberle hecho azotar, se lo entregó para que fuera crucificado (1), dice sobriamente el Evangelio de San Mateo.

El pueblo no aceptó el canje por Barrabás, del que era inocente por quien era culpable de robo con homicidio. Jesús es condenado a sufrir un doloroso castigo y la muerte reservada a los criminales. Al poco tiempo, todos ven que está demasiado débil para llevar sobre sus hombros la cruz hasta el Calvario. Un hombre, Simón de Cirene, que va camino de su casa, es forzado a cargar con ella. ¿Dónde están tus discípulos? Jesús les había hablado de llevar la cruz (2), y todos ellos habían afirmado con gran seguridad que estaban dispuestos a ir con Él hasta la muerte (3). Ahora ni siquiera encuentra a uno para que le ayude a llevar el madero hasta el lugar de la ejecución. Lo ha de hacer un extraño, y obligado a la fuerza. Alrededor del Señor no hay rostros amigos y nadie quiso comprometerse. Hasta quienes recibieron beneficios y curaciones quieren pasar ahora inadvertidos. Se cumplió el pie de la letra lo que profetizó Isaías muchos siglos antes: He pisado el lagar yo solo, sin que nadie de entre las gentes me ayudase... Miré, y no había quien me auxiliase; me maravillé de que no hubiera quien me apoyara (4).

Cogió Simón el extremo de la cruz y lo cargó sobre sus hombros. El otro, el más pesado, el del amor no comprendido, el de los pecados de cada hombre, ése lo llevó Cristo, solo.

Hay una excepción en este desamparo en que el Señor se encuentra, y que nos ha sido transmitida por tradición: una mujer -a la que se conoce por el nombre de Verónica- se acerca con un paño para limpiar el rostro de Jesús, y en la tela quedó impreso el rostro del Señor. “El velo de la Verónica es el símbolo del conmovedor diálogo entre Cristo y el alma reparadora. La Verónica respondió al amor de Cristo con su reparación; una reparación especialmente admirable, porque fue hecha por una débil mujer que no temió las iras de los enemigos de Cristo (...). ¿Se imprime en mi alma (...) el rostro de Jesús, como en el velo de la Verónica?” (5).

El Señor sigue su camino; algún alivio físico le ha llegado. Pero la vía es tortuosa y el suelo irregular. Sus energías están cada vez más mermadas; nada tiene de extraño que Jesús caiga. Una, dos, tres veces. Cae y a duras penas se levanta. Y a los pocos metros vuelve a caer. Al levantarse nos dice lo mucho que nos ama; al caer expresa la gran necesidad que siente de que le amemos.

“No es tarde, ni todo está perdido... Aunque te lo parezca. Aunque lo repiten mil voces agoreras. Aunque te asedien miradas burlonas e incrédulas... Has llegado en un buen momento para cargar con la Cruz: la Redención se está haciendo -¡ahora!-, y Jesús necesita muchos cirineos” (6).

II. En otro momento de ese caminar hacia el Calvario, Jesús pasa delante de un grupo de mujeres que lloran por Él. Las consuela y hace una “llamada al arrepentimiento, al verdadero arrepentimiento, al pesar, en la verdad del mal cometido. Jesús dice a las hijas de Jerusalén que lloran a su vista: No lloréis por mí; llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos (Lc 23, 28). No podemos quedarnos en la superficie del mal, hay que llegar a su raíz, a las causas, a la más honda verdad de la conciencia (...). Señor, ¡dame saber vivir y andar en la verdad!” (7).

A Jesús, formando parte del cortejo, y para hacer más humillante su muerte, le acompañan dos ladrones. Un espectador recién llegado, que nada supiera, vería tres hombres, cada uno cargado con su cruz, camino de la muerte. Pero sólo uno es el Salvador del mundo, y una sola la Cruz redentora.

Hoy también se puede llevar la cruz de distintas formas. Hay una cruz llevada con rabia, contra la que el hombre se revuelve lleno de odio o, al menos, de un profundo malestar; es una cruz sin sentido y sin explicación, inútil, que incluso aleja de Dios. Es la cruz de los que en este mundo sólo buscan la comodidad y el bienestar material, que no soportan el dolor ni el fracaso, porque no quieren comprender el sentido sobrenatural del sufrimiento. Es una cruz que no redime: es la que lleva uno de los ladrones.

Camino del Calvario marcha una segunda cruz llevada con resignación, quizá incluso con dignidad humana, aceptándola porque no hay más remedio. Así la lleva el otro ladrón, hasta que poco a poco se da cuenta de que muy cerca de él está la figura soberana de Cristo, que cambiará por completo los últimos instantes de su vida aquí en la tierra, y también la eternidad, y le hará convertirse en el buen ladrón.

Hay un tercer modo de llevarla. Jesús se abraza a la Cruz salvadora y nos enseña cómo debemos cargar con la nuestra: con amor, corredimiendo con Él a todas las almas, reparando por los propios pecados. El Señor ha dado un sentido profundo al dolor. Pudiendo redimirnos de muchas maneras lo hizo a través del sufrimiento, porque nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos (8).

Las personas santas han descubierto que el dolor, el sufrimiento, la contrariedad dejan de ser algo negativo en el momento en que no se ve la cruz sola, sino con Jesús que pasa y sale a nuestro encuentro. “¡Dios mío!, que odie el pecado, y me una a Ti, abrazándome a la Santa Cruz, para cumplir a mi vez tu Voluntad amabilísima..., desnudo de todo afecto terreno, sin más miras que tu gloria..., generosamente, no reservándome nada, ofreciéndome contigo en perfecto holocausto” (9).

Simón de Cirene conoció a Jesús a través de la Cruz. El Señor le recompensará la ayuda prestada dando la fe también a sus dos hijos, Alejandro y Rufo (10); serían pronto cristianos destacados de la primera hora. Debemos pensar que Simón de Cirene más tarde sería un discípulo fiel, estimado por la primera comunidad cristiana de Jerusalén. “Todo empezó por un encuentro inopinado con la Cruz.

“Me presenté a los que no preguntaban por mí, me hallaron los que no me buscaban (Is 65, 1).

“A veces la Cruz aparece sin buscarla: es Cristo que pregunta por nosotros. Y si acaso ante esa Cruz inesperada, y tal vez por eso más oscura, el corazón mostraba repugnancia... no le des consuelos. Y, lleno de una noble compasión, cuando los pida, dile despacio, como en confidencia: corazón, ¡corazón en la Cruz!, ¡corazón en la Cruz!” (11).

La meditación de hoy es un momento oportuno para que nos preguntemos a nosotros mismos cómo llevamos las contrariedades, el dolor. Buena ocasión para examinar si nos acercan a Cristo, si estamos corredimiendo con Él, si nos sirven para expiar nuestras culpas.

III. “Caminaba el Salvador, el cuerpo inclinado con el peso de la Cruz, los ojos hinchados y como ciegos de lágrimas y de sangre, el paso lento y dificultoso por su debilidad; le temblaban las rodillas, se arrastraba casi detrás de sus dos compañeros de suplicio. Y los judíos se reían, los verdugos y los soldados le empujaban” (12). En el cuarto misterio doloroso del Rosario contemplamos a Jesús con la Cruz a cuestas camino del Calvario. “Estamos tristes, viviendo la Pasión de Nuestro Señor Jesús. -Mira con qué amor se abraza a la Cruz. -Aprende de Él. -Jesús lleva Cruz por ti: tú, llévala por Jesús.

“Pero no lleves la Cruz arrastrando... Llévala a plomo, porque tu Cruz, así llevada, no será una Cruz cualquiera: será... la Santa Cruz (...).

“Y de seguro, como Él, encontrarás a María en el camino” (13).

En el Vía Crucis meditamos que, en una de aquellas callejuelas, Jesús se encontró con su Madre. Se paró un instante. “Con inmenso amor mira María a Jesús, y Jesús mira a su Madre; sus ojos se encuentran, y cada corazón vierte en el otro su propio dolor. El alma de María queda anegada en amargura, en la amargura de Jesucristo.

“¡Oh vosotros cuantos pasáis por el camino: mirad y ved si hay dolor comparable a mi dolor! (Lam 1, 12).

“Pero nadie se da cuenta, nadie se fija; sólo Jesús (...).

“En la oscura soledad de la Pasión, Nuestra Señora ofrece a su Hijo un bálsamo de ternura, de unión, de fidelidad; un sí a la voluntad divina” (14).

El Señor continúa su camino y María le acompaña a pocos metros de distancia, hasta el Calvario. La profecía de Simeón se está cumpliendo con perfecta exactitud.

“¿Qué hombre no lloraría, si viera a la Madre de Cristo en tan atroz suplicio?

“Su Hijo herido. Y nosotros lejos, cobardes, resistiéndonos a la Voluntad divina.

“Madre y Señora mía, enséñame a pronunciar un sí que, como el tuyo, se identifique con el clamor de Jesús ante su Padre: non mea voluntas... (Lc 22, 42): no se haga mi voluntad, sino la de Dios” (15).

Cuando el dolor y la aflicción nos aquejen, cuando se hagan más penetrantes, acudiremos a Santa María, Mater dolorosa, para que nos haga fuertes y para aprender a santificarlos con paz y serenidad.

(1) Mt 27, 26.- (2) Mt 16, 24.- (3) Mt 26, 35.- (4) Is 63, 3 y 5.- (5) J. ABLEWICZ, Seréis mis testigos, Madrid 1983. Vía Crucis, Sexta estación, pp. 334-335.- (6) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Vía Crucis, V, 2.- (7) K. WOJTYLA, Signo de contradicción, Madrid 1978. Vía Crucis, Octava estación, pp. 244-245.- (8) Cfr. Jn 15, 13.- (9) J. ESCRIVA DE BALAGUER, loc. cit., IX.- (10) Cfr. Mc 15, 21.- (11) J. ESCRIVA DE BALAGUER, loc. cit., V.- (12) L. DE LA PALMA, La pasión del Señor, p. 168.- (13) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Santo Rosario, cuarto misterio doloroso.- (14) IDEM, Vía Crucis, IV.- (15) Ibídem, IV, 1.

 

† Nota: Ediciones Palabra (poseedora de los derechos de autor) sólo autorizado a difundir la meditación diaria a usuarios concretos para su uso personal, y no desea su distribución por fotocopias u otras formas de distribución.

 

 



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#78 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Lun, 18 de Feb, 2008 1:47 pm
Asunto: Medit. Sto Rosario - Del Tabor al Calvario
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En días de angustias, de dolores, de flaqueza espiritual, suplicad al Divino Corazón de mi Hijo y El morará en los vuestros.
Os calmará y hallaréis recompensa en El.
Tened sed de Dios, hijos míos, y Dios os saciará. Gloria al Altísimo.
Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº  613
 
Hija: Quiero que sepáis, el porqué de mi imagen con el Niño y el Rosario.
El Niño, significa pureza y nueva vida, ya que Jesús Niño es el renacer a la Vida, es la fuente salvadora de toda alma sedienta.
El Rosario, os lo estoy ofreciendo como consuelo, para que, rezando el Santo Rosario, volquéis todos vuestros dolores, vuestras necesidades y súplicas.
Como Madre, os escucho queridos hijos, grande es mi Amor por vosotros.
Amén.
Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 465
 
 
Meditación: DEL TABOR AL CALVARIO
(CUARESMA. SEGUNDO DOMINGO)
 
I- Lo que importa es estar siempre con Jesús. Él nos da la ayuda necesaria para seguir adelante.
II- Fomentar con frecuencia, y especialmente en los momentos más difíciles, la esperanza del Cielo.
III- El Señor no se separa de nosotros. Actualizar esa presencia de Dios.
 
   I. Oigo en mi corazón: buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro, rezamos en la Antífona de entrada de la Misade hoy (1). El Evangelio nos cuenta lo que sucedió en el Tabor. Poco antesJesús había declarado a sus discípulos, en Cesarea de Filipo, que iba a sufrir y padecer en Jerusalén, a morir a manos de los príncipes de los sacerdotes, de los ancianos y de los escribas. Los Apóstoles habían quedado sobrecogidos y entristecidos por este anuncio. Ahora, tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó a ellos solos aparte (2), para orar (3). Sonlos tres discípulos que serán testigos de su agonía en el huerto de los Olivos. Mientras él oraba, cambió el aspecto de su rostro y su vestido se volvió blanco, resplandeciente (4). Y le ven conversar con Elías y Moisés, queaparecían gloriosos y le hablaban de su muerte, que había de cumplirse enJerusalén (5).
Seis días llevaban los Apóstoles entristecidos por la predicación de Cesarea de Filipo. La ternura de Jesús hace que ahora contemplen su glorificación. San León Magno dice que “el principal fin de la transfiguración eradesterrar del alma de los discípulos el escándalo de la cruz” (6). Nunca olvidarían los Apóstoles esta “gota de miel” que Jesús les daba en medio de suamargura. Muchos años más tarde San Pedro tiene perfectamente nítido estos momentos: ... cuando desde aquella extraordinaria gloria se le hizo llegar esta voz: Éste es mi Hijo querido, en quien me complazco. Esta voz, enviada del cielo, la oímos nosotros estando con Él en el monte santo (7). ElApóstol lo recordaría hasta el final de sus días.
Siempre hace así Jesús con los suyos. En medio de los mayores padecimientos da el consuelo necesario para seguir adelante.
Este destello de la gloria divina transportó a los Apóstoles a una inmensa felicidad, que hace exclamar a San Pedro: Señor, ¡bueno es permanecer aquí! Hagamos tres tiendas... Pedro quiere alargar aquella situación. Pero, como dirá más adelante el Evangelista, no sabía lo que decía; porquelo bueno, lo que importa, no es hallarse aquí o allí, sino estar siempre conJesús, en cualquier parte, y verle detrás de las circunstancias en que noshallamos. Si estamos con Él, es igual que nos encontremos en medio de losmayores consuelos del mundo, o en la cama de un hospital entre doloresindecibles. Lo que importa es sólo eso: verle y vivir siempre con Él. Es loúnico verdaderamente bueno e importante en esta vida y en la otra. Si permanecemos con Jesús, estaremos muy cerca de los demás y seremos felices, sea cual sea nuestro lugar y la situación en que nos encontremos. Vultum tuum, Domine, requiram: Deseo verte y buscaré tu rostro, Señor, enlas circunstancias ordinarias de mi jornada.
 
   II. San Beda, comentando el pasaje del Evangelio de la Misa, dice queel Señor, “en una piadosa permisión, les permitió (a Pedro, a Santiago y aJuan) gozar durante un tiempo muy corto la contemplación de la felicidadque dura siempre, para hacerles sobrellevar con mayor fortaleza la adversidad” (8). El recuerdo de aquellos momentos junto al Señor en el monte fuesin duda una gran ayuda en tantas situaciones difíciles de la vida de estostres Apóstoles.
La existencia de los hombres es un caminar hacia el Cielo, nuestra morada (9). Caminar en ocasiones áspero y dificultoso, porque con frecuencia hemos de ir contra corriente y tendremos que luchar con muchos enemigosde dentro de nosotros mismos y de fuera. Pero quiere el Señor confortarnos con la esperanza del Cielo, de modo especial en los momentos más duros o cuando la flaqueza de nuestra condición se hace más patente: “A lahora de la tentación piensa en el Amor que en el cielo te aguarda: fomentala virtud de la esperanza, que no es falta de generosidad” (10). Allí “todo esreposo, alegría y regocijo; todo serenidad y calma, todo paz, resplandor yluz. Y no luz como ésta de que gozamos ahora y que, comparada con aquélla, no pasa de ser como una lámpara junto al sol... Porque allí no hay noche, ni tarde, ni frío, ni calor, ni mudanza alguna en el modo de ser, sinoun estado tal que sólo lo entienden quienes son dignos de gozarlo. No hayallí vejez, ni achaques, ni nada que semeje corrupción, porque es el lugar yaposento de la gloria inmortal...
“Y por encima de todo ello, el trato y goce sempiterno de Cristo, delos ángeles..., todos perpetuamente en un sentir común, sin temor a Satanás ni a las asechanzas del demonio ni a las amenazas del infierno o de lamuerte” (11).
Nuestra vida en el Cielo estará definitivamente exenta de todo posibletemor. No sufriremos la inquietud de perder lo que tenemos, ni desearemos tener algo distinto. Entonces verdaderamente podremos decir con SanPedro: Señor, ¡qué bien estamos aquí! El atisbo de gloria que tuvo el Apóstol lo tendremos en plenitud en la vida eterna. “Vamos a pensar lo que seráel Cielo. Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuálescosas tiene Dios preparadas para los que le aman. ¿Os imagináis qué serállegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amorque se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar? Yo me preguntomuchas veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda la bondad, todala maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso se barro que soyyo, que somos todos nosotros? Y entonces me explico bien aquello delApóstol: ni ojo vio, ni oído oyó... Vale la pena, hijos míos, vale la pena” (12).
El pensamiento de la gloria que nos espera debe espolearnos en nuestra lucha diaria. Nada vale tanto como ganar el cielo. “Y con ir siempre conesta determinación de antes morir que dejar de llegar al fin del camino, sios llevare el Señaor con alguna sed en esta vida, daros ha de beber contoda abundancia en la otra y sin temor de que os haya de faltar” (13).
 
   III. Una nube los envolvió enseguida (14). Recuerda a aquella otra queacompañaba a la presencia de Dios en el Antiguo Testamento: La nube envolvió el tabernáculo de la reunión y la gloria de Yahvé llenaba todo el lugar (15). Era la señal que garantizaba las intervenciones divinas: Yahvé dijo aMoisés: Yo vendré a ti en una nube densa, para que vea el pueblo que yohablo contigo y tengan siempre fe en ti (16). Esa nube envuelve ahora en elTabor a Cristo y de ella surge la voz poderosa de Dios Padre: Este es miHijo, el Amado, escuchadle a él. Y Dios Padre habla a través de Jesucristo a todos los hombres de todos los tiempos. Su voz se oye en cada época, de modo singular a travésde la enseñanza de la Iglesia, que “busca continuamente los caminos paraacercar este misterio de su Maestro y Señor al género humano: a los pueblos, a las naciones, a las generaciones que se van sucediendo, a todo hombre en particular” (17).
Al alzar sus ojos no vieron a nadie sino sólo a Jesús (18). Y no estabanElías y Moisés. Sólo ven al Señor. Al Jesús de siempre, que en ocasionespasa hambre, que se cansa, que se esfuerza para ser comprendido... A Jesús, sin especiales manifestaciones gloriosas. Lo normal para los Apóstolesfue ver al Señor así, lo excepcional fue verlo transfigurado.
A este Jesús debemos encontrar nosotros en nuestra vida ordinaria, en medio del trabajo, en la calle, en quienes nos rodean, en la oración, cuando perdona, en el sacramento de la Penitencia, y, sobre todo, en la Sagrada Eucaristía, donde se encuentra verdadera, real y sustancialmente presente. Pero normalmente no se nos muestra con particulares manifestaciones. Más aún, hemos de aprender a descubrir al Señor detrás de lo ordinario, de lo corriente, huyendo de la tentación de desear lo extraordinario.
Nunca debemos olvidar que aquel Jesús con el que estuvieron en elmonte Tabor aquellos tres privilegiados es el mismo que está junto a nosotros cada día. “Cuando Dios os concede la gracia de sentir su presencia ydesea que le habléis como al amigo más querido, exponedle vuestros sentimientos con toda libertad y confianza. Se anticipa a darse a conocer a losque le anhelan (Sab 6, 14). Sin esperar a que os acerquéis a Él, se anticipacuando deseáis su amor, y se os presenta, concediéndoos las gracias y remedios que necesitáis. Sólo espera de vosotros una palabra para demostraros que está a vuestro lado y dispuesto a escucharos y consolaros: Sus oídos están atentos a la oración (Sal 33, 16) (...).
“Los demás amigos, los del mundo, tienen horas que pasan conversando juntos y horas en que están separados; pero entre Dios y vosotros, si queréis, jamás habrá una hora de separación” (19).
¿No será nuestra vida distinta en esta Cuaresma, y siempre, si actualizáramos más frecuentemente esa presencia divina en lo habitual de cadadía, si procuráramos decir más jaculatorias, más actos de amor y de desagravio, más comuniones espirituales...? “Para tu examen diario: ¿he dejadopasar alguna hora, sin hablar con mi Padre Dios?... ¿He conversado con Él, con amor de hijo? -¡Puedes!” (20).
 
 
Digo a mis hijos: No estáis en un desierto, donde se padece sed, sino frente a un gran oasis, en el cual podréis beber abundantemente.
Deteneos, el Señor, os lo está pidiendo.
Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 655
 
Digo a mis hijos: Poned vuestros corazones cerca de mi Corazón y no os veréis apartados del Señor.
Bebed mis palabras los sedientos de Dios, que todo cuanto os digo os hará revivir y permanecer fieles a El.
Amén, amén
Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 956
 
 
 
(1) Antífona de entrada. Sal 26, 8-9.- (2) Cfr. Mc 9, 2.- (3) Cfr. Lc 9, 28.- (4) Lc 9, 29.- (5) Cfr. Lc 9, 31.- (6) SAN LEON MAGNO, Sermón, 51, 3.- (7) 2 Pdr 1, 17-18.- (8) SAN BEDA, Comentario sobre San Marcos 8, 30; 1, 3.- (9) Cfr. 2 Cor, 5, 2.- (10) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Camino, n. 139.- (11) SAN JUAN CRISOSTOMO, Epístola 10 Teodoro, 11.- (12) J. ESCRIVA DE BALAGUER, en Hoja informativa n. 1, de su proceso de beatificación, p. 5.- (13) SANTA TERESA, Camino de perfección, 20, 2.- (14) Cfr. Mc 9, 7.- (15) Ex 40, 34-35.- (16) Ex 19, 9.- (17) JUAN PABLO II, Enc. Redemptor hominis, 7.- (18) Mt 17, 8.- (19) S. ALFONSO M0 DE LIGORIO, Cómo conversar continua y familiarmente con Dios, Ed. Crítica, Roma 1933, 63.- (20) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Surco, n. 657.

Nota: Ediciones Palabra (poseedora de los derechos de autor) sólo autoriza a difundir la meditación diaria a usuarios concretos para su uso personal, y no desea su distribución por fotocopias u otras formas de distribución.


Melisa C. Watanabe

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#77 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Jue, 24 de Ene, 2008 4:58 pm
Asunto: (Sin asunto)
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Bienaventurado el hijo que busca el refugio en el Corazón de la Madre.
Bienaventurado el que quiere avivar el fuego de su corazón, en el Corazón de la Madre.
Bienaventurado el que espera ser redimido por medio del Corazón de la Madre.
Alabado sea el Santísimo.
Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1076
 
 *     *    *
 
Sea humilde el corazón del hombre y estará así, capacitado para amar el Corazón de Mi Hijo.
Transportados interiormente, podrán mis hijos manifestar verdaderamente su amor a Jesucristo.
En estos días escucháis Mi voz, quiero escuchar Yo, vuestra oración.
Alabado sea el Señor,
Predícalo hija mía.
Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1598
 
 
Meditación: VIVIR LA FE EN LO ORDINARIO (2ª SEMANA. MIÉRCOLES)
 
I- La fe es para vivirla, y debe informar los acontecimientos menudos del día.
II- Fe y “visión sobrenatural”.
III- Fe y virtudes humanas.
 
 
I. Entró Jesús en una sinagoga, y allí encontró a un hombre que tenía una mano seca, paralizada. San Marcos nos dice que todos le espiaban para ver si curaba en sábado (1). El Señor no se esconde ni disimula; por el contrario, pidió a este hombre que se colocara en medio, para que todos lo pudieran ver bien. Y les dijo: ¿Es lícito en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla? Ellos permanecieron callados. Entonces, Jesús, indignado por su hipocresía, los miró airado y, a la vez, entristecido por la ceguera de sus corazones. Fue patente para todos esta mirada llena de indignación de Jesús ante la dureza de sus almas. Y le habló al hombre: extiende tu mano. La extendió, y su mano quedó curada. Aquel enfermo, en el centro de todos, se llenó de confianza en Jesús. Su fe se manifiesta en obedecer al Señor y en poner por obra aquello que, con sobrada experiencia, sabe que hasta ahora no puede realizar: extenderla mano. La confianza en el Señor, dejando a un lado su experiencia, hizo el milagro. Todo es posible con Jesús. Le fe nos permite lograr metas que siempre habíamos creído inalcanzables, resolver viejos problemas personales o de una tarea apostólica que parecían insolubles, echar fuera defectos que estaban arraigados.
La vida de este hombre tomaría un nuevo rumbo después del pequeño esfuerzo exigido por Cristo; es el que nos pide también en los asuntos más normales de la vida diaria. Hoy debemos considerar “cómo el cristiano, en su existencia ordinaria y corriente, en los detalles más sencillos, en las circunstancias normales de su jornada habitual, pone en ejercicio la fe, la esperanza y la caridad, porque allí reposa la esencia de la conducta de un alma que cuenta con el auxilio divino” (2). Y necesitamos esta ayuda del Señor para salir de nuestra incapacidad.
La fe es para vivirla, y debe informar las grandes y las pequeñas decisiones; y, a la vez, se manifiesta de ordinario en la manera de enfrentarse con los deberes de cada día. No basta asentir a las grandes verdades del Credo, tener una buena formación quizá; es necesario, además, vivirla, practicarla, ejercerla, debe generar una “vida de fe” que sea, a la vez, fruto y manifestación de lo que se cree. Dios nos pide servirle con la vida, con las obras, con todas las fuerzas del cuerpo y del alma. La fe es algo referido a la vida, a la vida de todos los días, y la existencia cristiana aparece como un despliegue de la fe, como un vivir con arreglo a lo que se cree (3), a lo que se conoce como querer de Dios para la propia vida. ¿Llevamos nosotros una “vida de fe”? ¿Influye en el comportamiento, en las decisiones que tomamos...?
 
II. El ejercicio de la virtud de la fe en la vida cotidiana se traduce en lo que comúnmente se conoce como “visión sobrenatural”, que consiste en ver las cosas, incluso las más corrientes, lo que parece intrascendente, en relación con el plan de Dios sobre cada criatura en orden a su salvación ya la de otros muchos; en acostumbrarse “a andar en los quehaceres cotidianos como mirando al Señor por el rabillo del ojo para ver si es aquélla, realmente, su voluntad, si es aquél el modo como desea que hagamos las cosas; es habituarse a descubrir a Dios a través de las criaturas, a adivinarle tras lo que el mundo llama azar o casualidad, a percibir su huella por doquier” (4).
La vida cristiana, la santidad, no es un revestimiento externo que recubre al cristiano, ignorando lo propiamente humano. De ahí que las virtudes sobrenaturales influyan en las virtudes humanas y hagan del cristiano un hombre honrado, ejemplar en su trabajo y en su familia, lleno de sentido del honor y de la justicia, que se distingue ante los demás hombres por un estilo de conducta en el que destacan la lealtad, la veracidad, la reciedumbre, la alegría...: cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de íntegro, de amable y de encomiable, tenedlo en estima (5), recordaba San Pablo a los primeros cristianos de Filipo.
La vida de fe del cristiano le lleva, por tanto, a ser un hombre con virtudes humanas, porque hace realidad su fe en sus actuaciones corrientes. No sólo se sentirá movido a realizar un acto de fe al divisar los muros de una iglesia, sino que se dirigirá a su Señor para pedirle luz y ayuda ante un problema laboral o doméstico, a la hora de aceptar una contradicción, ante el dolor o la enfermedad, al ofrecer una alegría, al continuar por amor un trabajo que estaba a punto de abandonar por cansancio; en el apostolado, para pedir las luces de la gracia para esas personas que pretende acercar al sacramento de la Penitencia. Visión sobrenatural cuando no se ven frutos, quizá porque se está realizando la primera labor en aquella alma y “la reja que rotura y abre el surco, no ve la semilla ni el fruto”... (6). La fe está continuamente en ejercicio, y la esperanza, y la caridad. Ante problemas y obstáculos quizá ya viejos, el Señor nos dice: extiende tu mano... La fe no es una virtud para ejercerla sólo en unas cuantas ocasiones, en los momentos de las prácticas de piedad, sino en el deporte, en la oficina, en medio del tráfico. Mucho menos, como hacen algunos cristianos, que parecen tener reservada la fe para el domingo a la hora de cumplir con el precepto dominical.
Examinemos nosotros hoy con qué frecuencia hacemos realidad el ideal cristiano que informa y da un sentido nuevo a todo lo humano que realizamos, lo amplía y lo hace fecundo sobrenaturalmente. Examinemos también cómo vamos de “visión sobrenatural” ante los acontecimientos diarios.
 
III. La fe cristiana conduce a la reforma de la propia vida, exigiéndonos una continua rectificación de la conducta, una mejora en el modo de ser y de actuar. Entre otras consecuencias, la fe nos llevará a imitar a Jesucristo, que fue “perfecto Dios, y hombre perfecto” (7), a ser hombres y mujeres de temple, sin complejos, sin respetos humanos, veraces, honrados, justos en los juicios, en sus negocios, en la conversación... Las virtudes humanas son las propias del hombre en cuanto hombre, y por eso Jesucristo, perfecto hombre, las vivió en plenitud. Hasta sus propios enemigos estaban asombrados del vigor humano de su figura: Maestro -le dicen en cierta ocasión‑, sabemos que eres veraz, y que no tienes respetos humanos, y que enseñas el camino de Dios con autoridad... (8). “Lo primero que llama la atención al estudiar la fisonomía humana de Jesús es su clarividencia viril en la acción, su lealtad impresionante, su áspera sinceridad, en una palabra, el carácter heroico de su personalidad. Esto era, en primer término, lo que atraía a sus discípulos” (9). Él nos dio ejemplo de una serie de cualidades humanas bien entrelazadas, que compete vivir a cualquier cristiano.
Considera tan importante la perfección de las virtudes humanas que apremia a sus discípulos: si no entendéis las cosas de la tierra, ¿cómo entenderéis las celestiales? (10). Si no se vive la reciedumbre humana ante una dificultad, el frío o el calor, ante una pequeña enfermedad, ¿dónde se podrá asentar la virtud cardinal de la fortaleza? ¿Cómo puede ser fuerte una persona que se queja continuamente? ¿Cómo llegará a ser responsable y prudente un estudiante que deja a un lado su estudio? O ¿cómo podrá vivir la caridad quien descuida la cordialidad, la afabilidad o los detalles de educación? Aunque la gracia de Dios puede transformar enteramente a una persona -y encontramos ejemplos en la Sagrada Escritura y en la vida de la Iglesia-, lo normal es que el Señor cuente con la colaboración de las virtudes humanas.
La vida cristiana se expresa a través del actuar humano, al que dignifica y eleva al plano sobrenatural. Por otra parte, lo humano sustenta y hace posibles las virtudes sobrenaturales. Quizá, a lo largo de nuestra vida, hayamos encontrado a “tantos que se dicen cristianos -porque han sido bautizados y reciben otros Sacramentos‑, pero que se muestran desleales, mentirosos, insinceros, soberbios... Y caen de golpe. Parecen estrellas que brillan un momento en el cielo y, de pronto, se precipitan irremisiblemente” (11). Les fallaron los cimientos humanos y no pudieron mantenerse en pie. El ejercicio de la fe, de la esperanza, de la caridad y de las virtudes morales llevará al cristiano a ser ese ejemplo vivo que el mundo espera. Dios busca madres de familia fuertes que den testimonio a través de su maternidad y de su alegría, que sepan entablar amistad con sus hijos; y hombres de negocios justos; y médicos que no descuidan su formación profesional porque saben sacar unas horas para el estudio, que atienden al enfermo con comprensión, como él quisiera ser tratado en esas mismas circunstancias: con eficacia y amabilidad; y estudiantes con prestigio y que se preocupan de sus compañeros de Facultad; y campesinos, artesanos, obreros de las fábricas y de la construcción... Dios quiere hombres y mujeres cabales, que expresen en la realidad menuda de su vida el gran ideal que han encontrado.
En San José encontramos un modelo espléndido de varón justo, vir iustus (12), que vivió de fe en todas las circunstancias de su vida. Pidámosle que sepamos ser lo que Cristo espera de cada uno en el propio ambiente y circunstancias.
 
 
(1) Mc 3, 1-6.- (2) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, 169.- (3) Cfr. P. RODRIGUEZ, Fe y vida de fe, EUNSA, Pamplona 1974, p. 172.- (4) F. SUAREZ, El sacerdote y su ministerio, Rialp, Madrid 1969, p. 194.- (5) Flp 4, 8.- (6) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Surco, n. 215.- (7) Symbolo Quicumque.- (8) Mt 22, 16.- (9) J. ADAM, Jesucristo, Herder, Barcelona 1953, p. 110.- (10) Jn 3, 5.- (11) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Amigos de Dios, 75.- (12) Mt 1, 19.

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#76 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Mar, 18 de Dic, 2007 1:48 pm
Asunto: Meditación: Infancia espiritual
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Digo a mis hijos: Poned vuestros corazones cerca de mi Corazón y no os veréis apartados del Señor.
Bebed mis palabras los sedientos de Dios, que todo cuanto os digo os hará revivir y permanecer fieles a El.
Amén, amén
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En días de angustias, de dolores, de flaqueza espiritual, suplicad al Divino Corazón de mi Hijo y El morará en los vuestros.
Os calmará y hallaréis recompensa en El.
Tened sed de Dios, hijos míos, y Dios os saciará. Gloria al Altísimo.
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ADVIENTO 19 de diciembre
Meditación: INFANCIA ESPIRITUAL
I - Hacerse como niños delante de Dios.
II - Infancia espiritual y filiación divina. Humildad y abandono en Dios.
III - Virtudes propias de este camino de infancia: docilidad y sencillez.
 
I. Nos dice San Marcos que le presentaban a Jesús unos niños para que les impusiera las manos; pero los discípulos les reñían (1).
Detrás de estos niños podemos ver a sus madres, empujando suavemente a los pequeños delante de ellas. Jesús debía crear a su alrededor un clima de bondad y de sencillez atrayente. Estas mujeres se sienten dichosas de que Jesús imponga sus manos sobre ellos y estén cerca de Él.
La pugna entre estas mujeres y los discípulos, que querían mantener un cierto orden, es el prólogo a una enseñanza profunda de Cristo. En medio del forcejeo de unas y las protestas de los otros, que quieren alejar a los niños, Jesús se enfada con los discípulos. Él está a gusto con estas criaturas: Dejad que los niños se acerquen a mí, y no se lo impidáis, dice, porque de éstos es el Reino de Dios. En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y abrazándolos, los bendecía, imponiéndoles las manos (2). Los niños y sus madres habían ganado la partida: aquel día se marcharon felices a sus casas.
Hemos de acercarnos a Belén con las disposiciones de los niños: con sencillez, sin prejuicios, con el alma abierta de par en par. Es más, es necesario hacerse como un niño para entrar en el Reino de los Cielos: si no os convertís y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos (3), dirá el Señor en otra ocasión, mientras coloca a un pequeño delante de todos.
El Señor no recomienda la puerilidad, sino la inocencia y la sencillez. Ve en los niños rasgos y actitudes esenciales para alcanzar el Cielo y, en esta vida, para entrar en el reino de la fe. El niño carece de todo sentimiento de suficiencia.
El niño necesita constantemente de sus padres, y lo sabe; es fundamentalmente un ser necesitado. Así debe ser el cristiano delante de su Padre Dios: un ser que es todo necesidad. El niño vive con plenitud el presente y nada más; la enfermedad del adulto es vivir con excesiva inquietud por el “mañana”, dejando vacío el “hoy”, que es lo que debe vivir con toda intensidad.
Aquel gesto con los pequeños debió ganar a más de una mujer de las presentes que, quizá, con el afán de situar a sus hijos en primera fila, no habían prestado demasiada atención a las palabras que Jesús dirigía al auditorio.
Jesús nos enseña en este pasaje el camino de la infancia espiritual, para que nos abramos del todo a Dios y seamos eficaces en el apostolado:
“Ser pequeño: las grandes audacias son siempre de los niños.- ¿Quién pide...la luna?- ¿Quién no repara en peligros para conseguir su deseo?
“-"Poned" en un "niño" así, mucha gracia de Dios, el deseo de hacer su Voluntad (de Dios), mucho amor a Jesús, toda la ciencia humana que su capacidad le permita adquirir...y tendréis retratado el carácter de los apóstoles de ahora, tal como indudablemente Dios los quiere” (4).
II. Pocos días antes de la Pasión, los príncipes de los sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que hacía, y a los niños que le aclamaban..., se irritaron y le dijeron: ¿Oyes lo que dicen éstos? Jesús les respondió: Sí; ¿no habéis leído nunca: de la boca de los pequeños y de los niños de pecho te preparaste la alabanza? (5). A lo largo de todo el Evangelio encontramos este mismo pensamiento: se escoge lo pequeño para confundir a lo grande. Abre la boca de los que saben menos, y cierra la de los que parecían sabios.
Jesús acepta abiertamente la confesión mesiánica de estos niños; ellos son los que ven con claridad el misterio de Dios allí presente. Sólo puede recibirse el reino de Dios con esta actitud.
Nosotros los cristianos, al reconocer a Jesús en la gruta de Belén como al Mesías prometido desde antiguo, hemos de hacerlo con el espíritu, la sencillez y la audacia de los pequeños: “Niño, enciéndete en deseos de repararlas enormidades de tu vida de adulto” (6). Esas “enormidades” que cometimos cuando, por la dureza de nuestro corazón, perdimos la sencillez interior y la visión clara de Jesucristo, y le dejamos de alabar, cuando más esperaba Él nuestra confesión abierta de la fe en un clima de tanta incomprensión para las cosas de Dios.
Hacerse interiormente como niños, siendo mayores, puede ser tarea costosa: requiere reciedumbre y fortaleza en la voluntad, y un gran abandono en Dios. Este abandono, que lleva consigo una inmensa paz, sólo se consigue cuando quedamos indefensos ante el Señor. “Hacernos niños: renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia: reconocer que nosotros solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños” (7).
III. Esta vida de infancia es posible si tenemos enraizada nuestra conciencia de hijos de Dios. El misterio de la filiación divina, fundamento de nuestra vida espiritual, es una de las consecuencias de la Redención. Nosotros somos ya ahora hijos de Dios (8) e importa mucho hacernos conscientes de esta realidad maravillosa, para tratar a Dios con espíritu filial, de buen hijo. La adopción divina implica una transformación que sobrepasa inmensamente la simple adopción humana: esto tiene de más la adopción divina que la humana: “por medio del don de la gracia, Dios hace idóneo al hombre que adopta, para recibir la herencia celestial; el hombre, por el contrario, no hace idóneo a aquél a quien adopta, sino más bien elige para adoptar a quien era ya idóneo” (9).
Al ser hijos de Dios somos herederos de la gloria. Vamos a procurar ser dignos de tal herencia y tener con Dios una piedad filial, tierna y sincera.
El camino de la infancia espiritual lleva consigo un trato de una confianza sin límites en Dios nuestro Padre. En una familia, el padre interpreta al hijo pequeño el mundo extraño; el pequeño se siente débil, pero sabe que su padre lo defenderá y por eso vive y camina confiado. El niño sabe que junto a su padre nada le puede faltar, nada malo puede sucederle. Su alma y su mente están abiertas sin prejuicios ni recelos a la voz de su padre. Sabe que, aunque se hayan burlado de él, cuando llegue a casa su padre nunca se burla, porque lo comprende.
Los niños no son demasiado sensibles al ridículo, que tantas empresas paraliza, ni tienen esos temores y falsos respetos humanos que engendran la soberbia y la preocupación por el “qué dirán”.
El niño cae frecuentemente, pero se levanta con prontitud y ligereza; cuando se vive vida de infancia, las mismas caídas y las flaquezas son medios de santificación. Su amor es siempre joven porque olvida con facilidad las experiencias negativas: no las almacena en su alma, como hace quien tiene alma de adulto.
“Se llaman niños -comenta San Juan Crisóstomo- no por su edad, sino por la sencillez de su corazón” (10).
La sencillez es quizá la virtud que resume y coordina las demás facetas de esa vida de infancia que el Señor nos pide. Hemos de ser -dice San Jerónimo- “como el niño que os propongo de ejemplo...no piensa una cosa y dice otra distinta, así también vosotros, porque si no tuvieseis tal inocencia y pureza de intención no podréis entrar en el reino de los cielos” (11).
Se manifiesta la sencillez en el trato amable, cordial y sin afectación con los demás. Es virtud muy apreciada en las relaciones humanas, pero a veces difícil de encontrar.
Consecuencia de la vida de infancia es la docilidad. “Niño, el abandono exige docilidad” (12). Según su etimología, es dócil quien está dispuesto y preparado a ser enseñado; y así debe estar el cristiano ante los misterios de Dios y de las cosas que a Él se refieren. Se sabe muy en el comienzo de esos conocimientos y tiene el alma abierta a la formación, con deseos siempre de conocer la verdad. Quien tiene alma de adulto da por sabidas muchas cosas, que en realidad desconoce; cree saber, pero se ha quedado en lo externo, en la apariencia, sin ahondar en el saber profundo, que influye inmediatamente en las obras. Cuando Dios lo mira, lo ve repleto de su ignorancia y cerrado al verdadero conocimiento.
Qué maravilla sería si un día, niños al fin, aprendiéramos cosas tan corrientes para un cristiano como, por ejemplo, rezar bien el Padrenuestro, o participar verdaderamente en la Santa Misa, o santificar el trabajo de cada día, o ver en las personas que nos rodean almas que se deben salvar, o...¡tantas cosas que damos por sabidas con demasiada frecuencia!
Aprendamos a ser niños delante de Dios. “Y todo eso lo aprendemos tratando a María (...). Porque María es Madre, su devoción nos enseña a ser hijos: a querer de verdad, sin medida; a ser sencillos, sin esas complicaciones que nacen del egoísmo de pensar sólo en nosotros; a estar alegres, sabiendo que nada puede destruir nuestra esperanza. El principio del camino que lleva a la locura del amor de Dios es un confiado amor a María Santísima” (13).
*          *            *
Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1224
Digo a todos mis hijos: Nada temáis, que no quedará un sediento sin beber. A pesar de los pecados de los hombres, el Señor ama a los hombres. Meditadlo y buscad el Amor de Dios.
Las Glorias sean a El.
 
(1) Mc 10, 13.- (2) Mc 10, 14-16.- (3) Mt 18, 3.- (4) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Camino, n. 857.- (5) Mt 21, 15-16.- (6) J. ESCRIVA DE BALAGUER, o.c. , n. 861.- (7) IDEM, Es Cristo que pasa, 143.- (8) 1 Jn 3, 2.- (9) SANTO TOMAS, Suma Teológica, 3, q. 23, a 1, c.- (10) SAN JUAN CRISOSTOMO, en Catena Aurea, vol. III, p. 20.- (11) SAN JERONIMO, Comentario al Evangelio de San Mateo, 3, 18, 4.- (12) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Camino, n. 871.- (13) IDEM, Es Cristo que pasa, 143.
 
Nota: Ediciones Palabra (poseedora de los derechos de autor) sólo autoriza a difundir la meditación diaria a usuarios concretos para su uso personal, y no desea su distribución por fotocopias u otras formas de distribución.
 


Melisa C. Watanabe

Evangelizad - María del Rosario de San Nicolás

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#75 De: "Evangelizad - Melisa C. Watanabe" <evangelizad@...>
Fecha: Mié, 21 de Nov, 2007 12:55 am
Asunto: Nuestra entrega a Maria Santisima [11-2007]
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Venid hijos y que vuestra alma se alegre en el Señor.
Felices los que reciben a Dios en el corazón.
Felices los que no vacilan y entregan su corazón a Dios.
Gloria al Eterno.
Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1304

*    *    *

21 DE NOVIEMBRE

 PRESENTACION DE LA SANTISIMA VIRGEN (1)
 
I. La entrega de María.
 
Nada sabemos de la vida de Nuestra Señora hasta el momento en que se le aparece el Arcángel para anunciarle que ha sido elegida para ser Madre de Dios. Llena de gracia desde el primer momento de su Concepción Inmaculada, la existencia de María es completamente singular -Dios la miró y la custodió en cada instante con un amor único e irrepetible- y a la vez fue una Niña normal, que llenó de gozo a todos cuantos la trataron en la vida corriente de un pueblo no demasiado grande.
San Lucas, tan diligente en examinar todas las fuentes que le pudieran aportar noticias y datos, omite cualquier referencia a María Niña. Muy probablemente, Nuestra Señora nada dijo de sus años primeros porque poco había que contar: todo transcurrió en la intimidad de su alma, en plenitud de gracia y de amor, y su Padre Dios, que esperaba, sin prisas, el momento inefable y único de la Encarnación.
La fiesta que hoy celebramos no tiene su origen en el Evangelio, sino en una antigua tradición. La Iglesia no ha querido aceptar las narraciones apócrifas que suponían a Nuestra Madre en el Templo, desde la edad de tres años, consagrada a Dios con un voto de virginidad. Pero sí acepta el núcleo esencial de la fiesta (2), la «dedicación» que la Virgen hizo de sí misma al Señor, ya desde su infancia, movida por el Espíritu Santo, de cuya gracia estaba llena desde el primer instante de su concepción. Esta entrega plena de María a Dios conforme va creciendo sí que es real y ejemplar para nosotros, pues nos mueve a no reservarnos nada para nosotros mismos.
Hoy es la fiesta de la absoluta pertenencia de la Virgen a Dios y de su plena entrega a los planes divinos. Por esta plena pertenencia, que incluye la dedicación virginal, Nuestra Señora podrá decir al Angel: no conozco varón (3). Desvela delicadamente una historia de entrega que había tenido lugar en la intimidad de su alma. María es ya una primicia del Nuevo Testamento, en el que la excelencia de la virginidad sobre el matrimonio cobrará todo su valor, sin menguar la santidad de la unión conyugal, que Cristo mismo elevará a la dignidad de sacramento (4).
Hoy le pedimos a Ella que nos ayude a hacer realidad cada día esa entrega del corazón que Dios nos pide, según nuestra peculiar vocación recibida de Dios. «Ponte en coloquio con Santa María, y confíale: ¡oh, Señora!, para vivir el ideal que Dios ha metido en mi corazón, necesito volar... muy alto, «muy alto!
»No basta despegarte, con la ayuda divina, de las cosas de este mundo, sabiendo que son tierra. Más incluso: aunque el universo entero lo coloques en un montón bajo tus pies, para estar más cerca del Cielo..., ¡no basta!
»Necesitas volar, sin apoyarte en nada de aquí, pendiente de la voz y del soplo del Espíritu. -Pero, me dices, ¡mis alas están manchadas!: barro de años, sucio, pegadizo...
»Y te he insistido: acude a la Virgen Señora -repíteselo-: ¡que apenas logro remontar el vuelo!, «que la tierra me atrae como un imán maldito! -Señora, Tú puedes hacer que mi alma se lance al vuelo definitivo y glorioso, que tiene su fin en el Corazón de Dios.
»-Confía, que Ella te escucha» (5).
 
II. Nuestra entrega. Correspondencia a la gracia.
 
La Virgen María ha sido la criatura que ha tenido la intimidad más grande con Dios, la que ha recibido más amor de Él, la llena de gracia (6). Nunca negó a Dios nada, y su correspondencia a las gracias y mociones del Espíritu Santo fue siempre plena. De Ella debemos aprender a darnos por entero al Señor, con plenitud de correspondencia generosa, en el estado y en la vocación que Dios nos ha dado, en el quehacer concreto en el mundo que tenemos encomendado. Ella es el ejemplo a imitar. «Tal fue María -enseña a este respecto San Ambrosio-, que su vida, por sí misma, es para todos una enseñanza». Y concluía: «Tened, pues, ante los ojos, pintados como una imagen, la virginidad y la vida de la Bienaventurada Virgen, en la que se refleja como en un espejo el brillo de la pureza y la fuerza misma de la virtud» (7).
Nuestra Madre Santa María correspondía y crecía en santidad y gracia. Habiendo estado llena de los dones divinos desde el primer instante, en la medida en que era fidelísima a las mociones que el Espíritu Santo le otorgaba, alcanzaba una nueva plenitud. Sólo en Nuestro Señor no existió aumento o progreso de la gracia y de la caridad, porque Él tenía la plenitud absoluta en el momento de la Encarnación (8); como enseña el II Concilio de Constantinopla, sería falsa y herética la afirmación: Jesucristo se hizo mejor por el progreso de las buenas obras (9). María, por el contrario, fue creciendo en santidad en el curso de su vida terrena. Más aún, existió en su vida un progreso espiritual siempre creciente, que fue aumentando en la medida en que se acercaban los grandes acontecimientos de su vida aquí en la tierra: Encarnación de su Hijo, Corredención en el Calvario..., Asunción a los Cielos.
Así ha ocurrido en el alma de los santos: cuanto más cerca van estando de Dios, más fieles son a las gracias recibidas y más rápidos caminan hacia Él. «Es el movimiento uniformemente acelerado, símbolo del progreso espiritual de la caridad en un alma que en nada se retrasa, y que camina cada vez más rápido hacia Dios cuanto más se le acerca, cuanto más es atraída por Él» (10). Así ha de ser nuestra vida, pues el Señor nos llama a la santidad allí donde nos encontramos. Y serán precisamente las alegrías y las penas de la vida las que nos sirvan para ir cada vez más de prisa a Dios, correspondiendo a las gracias que recibimos. Las dificultades normales del trabajo, el trato con las personas que vemos todos los días, los pequeños servicios de la convivencia, las noticias que recibimos... han de ser motivos para amar cada día más al Señor. La Virgen nos invita hoy a no dejar nada escondido en el fondo del corazón que no sea de Dios por entero: «Señor, quita la soberbia de mi vida; quebranta mi amor propio, este querer afirmarme yo e imponerme a los demás. Haz que el fundamento de mi personalidad sea la identificación contigo» (11), que cada día esté un poco más cerca de Ti. Dame esa prisa de los santos por crecer en tu Amor.
 
III. Imitar a Nuestra Señora. Renovar la entrega.
 
Nuestra Señora se dedicó por entero a Dios movida por el Espíritu Santo, y quizá lo hizo a esa edad en que los niños comienzan a tener uso de razón, que en Ella, llena de gracia, debieron ser de una particular luminosidad; o quizá desde siempre..., sin que mediara ningún acto formal. «Sobrado conocido tenía -afirma San Alfonso Mª de Ligorio-, la niña María, que Dios no acepta corazones divididos, sino que los quiere por completo consagrados a su amor en conformidad con el precepto divino: Amarás a Yahvé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (cfr. Dt 6, 5), por lo que, desde el momento en que empezó a vivir, comenzó a amar a Dios con todas sus fuerzas y se le entregó por completo» (12). María siempre perteneció a Dios; y esta pertenencia cada vez debió de ser más consciente, con un amor que alcanzaba en toda ocasión y circunstancia una nueva plenitud.
Hoy puede ser una buena oportunidad -todos los días lo son- para que, meditando en esta fiesta de María, en la que se pone de manifiesto su completa dedicación al Señor, renovemos nosotros nuestra entrega a Dios en medio de los normales quehaceres cotidianos, en el lugar en el que nos ha puesto el Señor. Pero hemos de tener en cuenta que todo paso adelante en nuestra unión con Dios ha de pasar necesariamente por un trato más frecuente con el Espíritu Santo, Huésped de nuestra alma, a quien Nuestra Señora fue tan dócil a lo largo de su vida. Hoy, para pedir esta gracia, nos puede ayudar la oración que compuso para su devoción personal el Venerable Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer: «Ven, «oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos; fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo; inflama mi voluntad... He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después..., mañana. Nunc coepi! «Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.
»¡Oh, Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras...» (13).
Pidamos también a Nuestra Señora que haya mucha gente que, dócil al Espíritu Santo, se dé por entero al Señor, como Ella, desde su primera juventud.
 
Hijos míos: Dad vuestra prueba de que amáis a esta Madre, consagrándoos a Su Corazón.
En la Consagración, el hijo se entrega a la Madre y Ella a su vez, será su Refugio y su Consuelo, porque es el Arca, donde los hijos depositan el corazón.
Responded a Mi llamado, responded a Mi pedido, veréis que tiernamente seréis conducidos por Mí.
Amén, amén.
Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1305
 
(1) Tomado de "Hablar con Dios", de F. F. Carvajal. (2) Cfr. PABLO VI, Exhort. Apost. Marialis cultus, 2-II-1974, 8.-(3) Cfr. Lc 1, 34.-(4) Cfr. CONC. VAT. II, Const. Gaudium et spes, 48.-(5) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Forja, n. 994.-(6) Oración colecta de la Misa.-(7) SAN AMBROSIO, Sobre las vírgenes, II, 2.-(8) Cfr. R. GARRIGOU-LAGRANGE, La Madre del Salvador, p. 100.-(9) Cfr. CONC. CONSTANTINOPOLITANO, Dz. 224.-(10) Ibidem, 103.-(11) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, 31.-(12) SAN ALFONSO Mª DE LIGORIO, Las glorias de María, II, 3.- (13) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Postulación para su Causa de Beatificación y Canonización. Registro Histórico del Fundador, 20172, p. 145.
En este día se recuerda la consagración de la iglesia de Santa María la Nueva, construida cerca del Templo de Jerusalén, para conmemorar la dedicación que la Virgen -según una piadosa tradición- hizo de sí misma al Señor, ya desde su infancia, movida por el Espíritu Santo, de cuya gracia estaba llena desde su Concepción Inmaculada. En el siglo XIV se introdujo la fiesta en Occidente.
 
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#74 De: "Evangelizad - Melisa C. Watanabe" <evangelizad@...>
Fecha: Sáb, 20 de Oct, 2007 8:11 pm
Asunto: Sto Rosario 10-2007 - El Poder de la oracion
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¡Mi querida hija, qué necesitado está el mundo de Dios y qué necesitado está Mi Corazón de los desagravios del mundo hacia Dios!

La oración, el rezo del Santo Rosario, puede cambiar el corazón de los hombres; Dios espera un pueblo orante; Dios espera de los hombres, el arrepentimiento, el ansia de ser nuevos.  Yo les digo: Estoy junto a vosotros, camino junto a vosotros, seguid a la que os quiere guiar hacia la Promesa.

Amén, amén.

Que tus hermanos conozcan éste, Mi mensaje de Amor.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1282

 

*           *            *

 

Hijos míos: Vivid este día, conforme a la Voluntad de Dios.

El os pide: Oración, ofrecimiento y entrega.

Orad entonces, con todo el corazón al Señor.

Ofreced vuestro dolor al Señor.

Preparad vuestro espíritu y entregadlo con amor al Señor.

Comportaos de manera que Cristo pueda entrar en el corazón.

Gloria al Altísimo.

Hazlo conocer.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1286

 

*          *            *

Digo a todos mis hijos: Que vuestro tiempo dedicado a Dios, vaya en aumento. No le restéis tiempo al Señor, ya que son hermosos los momentos dedicados a El y son considerados en extremo por El. Alzad vuestra oración, que no se apague, que no se debilite; esta Madre estará a vuestro lado.

Amén, amén.

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1205

 

*          *            *

Meditación: EL PODER DE LA ORACION[1]

 

I - Oración confiada y perseverante.

II - Constancia en la petición. Parábola del juez inicuo.

III - La oración, consecuencia directa de la fe.

 

I. Yo te invoco porque Tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras. Guárdame como a las niñas de tus ojos; a la sombra de tus alas escóndeme (1), leemos en la Antífona de entrada de la Misa.

Los textos de la liturgia[2] se centran en el poder que tiene ante Dios la oración perseverante y llena de fe. San Lucas, antes de narrarnos, en el Evangelio de la Misa (2), la parábola de la viuda y del juez inicuo, nos indica el fin que Jesús se propone: Les propuso esta parábola para hacerles ver que conviene perseverar en la oración sin desfallecer. En la vida sobrenatural hay acciones que se realizan una sola vez: recibir el Bautismo, el sacramento del Orden... Otras, es necesario llevarlas a cabo muchas veces, como perdonar, comprender, sonreír... Pero hay acciones y actitudes que son de siempre, para las que será necesario vencer el cansancio, la rutina, el desánimo. Entre éstas se encuentra la oración, manifestación de fe y de confianza en nuestro Padre Dios, aun cuando parezca que guarda silencio. San Agustín, al comentar este pasaje del Evangelio, pone de relieve la relación que existe entre la fe y la oración confiada: “Si la fe flaquea, la oración perece”, enseña el Santo; pues “la fe es la fuente de la oración” y “no puede fluir el río si se seca el manantial del agua” (3). Nuestra oración ‑¡tan necesitados estamos!‑ ha de ser continua y confiada, como la de Jesús, nuestro Modelo: Padre, ya sé que siempre me escuchas (4). Él nos oye siempre.

La Primera lectura de la Misa nos propone la figura de Moisés orante (5) en la cima de un monte, mientras Josué se enfrentaba a los amalecitas en Rafidín. Cuando, en actitud de súplica, Moisés tenía en alto las manos, vencía Israel; cuando las bajaba, vencía Amalec. Y para que Moisés siguiera orando, Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así, mantuvo en alto las manos hasta la puesta del sol. Josué derrotó a Amalec y a su tropa, a filo de espada.

No debemos cansarnos de orar. Y si alguna vez comienzan a hacernos mella el desaliento o la fatiga, hemos de pedir a quienes nos rodean que nos ayuden a seguir rezando, sabiendo que ya en ese momento el Señor nos está concediendo otras muchas gracias, quizá más necesarias que los dones que le pedimos. “Quiere el Señor concedernos las gracias, pero quiere que se las pidamos ‑enseña San Alfonso M0 de Ligorio‑. Un día llegó a decir a sus discípulos: Hasta ahora no habéis pedido cosa alguna en nombre mío. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido (Jn 16, 24). Como si dijera: No os quejéis de Mí si no sois plenamente dichosos, sino quejaos de vosotros mismos por no haber buscado lo que necesitabais; pedídmelo en adelante y seréis atendidos” (6). San Bernardo comenta que muchos se quejan de que no les ayuda el Señor, y es el mismo Jesús ‑afirma el Santo‑ quien tendría que lamentarse de que no le piden (7). Oremos como Moisés: con perseverancia en medio del cansancio, con la ayuda de los demás cuando sea necesario. Es mucho lo que está en juego. Es dura la batalla.

Examinemos hoy si nuestra oración es perseverante, confiada, insistente, sin cansarnos. “Persevera en la oración, como aconseja el Maestro. Este punto de partida será el origen de tu paz, de tu alegría, de tu serenidad y, por tanto, de tu eficacia sobrenatural y humana” (8). Nada puede contra una oración perseverante.

II. Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra (9), rezamos en el Salmo responsorial.

La idea central de la parábola que leemos en el Evangelio de la Misa nos muestra a dos personajes entre los que existe un fuerte contraste. Por un lado está el juez que ni tenía temor de Dios ni respeto a hombre alguno: le faltan las dos notas esenciales para vivir la virtud de la justicia. En el Antiguo Testamento ya hablaba el Profeta Isaías de los que no hacen justicia al huérfano y a quienes no llega el pleito de la viuda (10), de los que absuelven al malo por soborno y quitan a los justos su derecho (11). Jeremías alude a los que no juzgaban la causa del huérfano y no sentenciaban el derecho de los pobres (12).

Al juez contrapone el Señor una viuda, símbolo de persona indefensa y desamparada. Y a la insistencia perseverante de la viuda, que acude con frecuencia al juez para exponerle su petición, se opone la resistencia de éste. El final inesperado sucede precisamente después de un continuo ir y venir de la viuda y de las reiteradas negativas del juez. Termina por ceder el juez, y la parte más débil obtiene lo que deseaba. Y la razón de esta victoria no está en que haya cambiado el corazón del administrador de la justicia: la única arma que ha conseguido la victoria es la petición insistente, la tozudez de la mujer, la constancia que vence la oposición más tenaz. Y concluye el Señor con un fuerte giro: ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche, y les hará esperar? Nos hace ver que el centro de la parábola no lo ocupa el juez inicuo, sino Dios, lleno de misericordia, paciente y celoso por los suyos.

Hasta el fin de los tiempos, la Iglesia ‑día y noche‑ dirigirá un clamor suplicante a Dios Padre, por medio de Jesucristo, en la unidad del Espíritu Santo, porque son muchos los peligros y necesidades de sus hijos. Es el primer oficio de la Iglesia, el primer deber de sus ministros los sacerdotes. Es lo más importante que hemos de hacer los fieles, porque estamos indefensos y nada tenemos, y todo lo podemos con la oración.

La razón, que da el Señor en esta parábola, de que nuestra oración sea siempre oída es triple: la bondad y misericordia de Dios, que tanto dista del juez impío; el amor de Dios por cada uno de sus hijos; y el interés que nosotros mostramos perseverando en la oración.

Al terminar la parábola, Jesús añade: Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿acaso encontrará fe sobre la tierra? ¿Acaso encontrará una fe semejante a la de esta viuda? Se trata de una fe concreta: la fe de los hijos de Dios en la bondad y en el poder de su Padre del Cielo. El hombre puede cerrarse a Dios, no sentir necesidad de Él, buscar por otros cauces la solución a las deficiencias que sólo el Señor puede resolver, y entonces no hallará jamás los bienes que le son más necesarios: Colmó de bienes a los hambrientos, y a los ricos los despidió vacíos (13), anunció la Virgen en el Magnificat. Hemos de acudir a Dios como hijos necesitados, además de poner los medios humanos que cada situación requiera. Sólo la misericordia divina puede socorrernos en tantos bienes de los que carecemos. Cuenta el Santo Cura de Ars que el fundador de un célebre asilo de huérfanos le consultó sobre la oportunidad de atraer la atención y favor de las gentes a través de la prensa. El Santo le respondió: “En vez de hacer ruido en los diarios, hazlo a la puerta del Tabernáculo”. En muchas ocasiones el Señor quiere que sepamos resolver nuestros asuntos ante el Sagrario, y a la vez en la prensa, con los medios humanos que tengamos a nuestro alcance.

A lo largo de los siglos, el pueblo cristiano se ha sentido movido a presentar sus peticiones a Dios a través de su Madre María, y a la vez Madre nuestra. Nos enseña San Bernardo “que subió al Cielo nuestra Abogada para que, como Madre del Juez y Madre de la Misericordia, tratara los negocios de nuestra salvación” (14). No dejemos de acudir a Ella, también en las pequeñas necesidades diarias.

III. Una consecuencia directa de la fe es la oración, pero, a la vez, la oración presta mayor “firmeza a la misma fe” (15). Ambas están perfectamente unidas. Por eso, todo lo que pedimos debe ayudarnos a ser mejores; si no fuera así, “no nos haríamos más piadosos, sino más avaros y ambiciosos” (16). Cuando pedimos una nueva vivienda, la ayuda en unos exámenes o en una oposición..., debemos examinar si aquello nos ayudará a cumplir mejor la voluntad de Dios. Podemos pedir bienes materiales, la salud nuestra o de alguien a quien vemos sufrir, el salir airosos de una mala situación..., pero si vivimos de fe, si tenemos unidad de vida, comprenderemos bien que cuando pedimos e insistimos en los medios materiales o en los bienes humanos, lo que queremos, en primer lugar, no son esas cosas en sí mismas, sino al mismo Dios. El Señor es siempre el fin último de nuestras peticiones, también cuando pedimos bienes de aquí abajo, que nunca querríamos si nos alejaran de Él.

A Dios le es especialmente grata la oración por las necesidades del alma, tanto propias como de nuestros parientes, amigos y conocidos. Mucho hemos de pedir por quienes tratamos cada día, para que estén cerca del Señor. ¡Cuánto hemos de rogar por los familiares, por los amigos...! “He chocado la mano de mi amigo y, de pronto, al ver sus ojos tristes y angustiados, temí que no estuvieras en su corazón. Y me sentí molesto como ante un sagrario en el que no sé si estás.

“Oh, Dios, si Tú no estuvieras en él, mi amigo y yo estaríamos lejanos, pues su mano en la mía no sería más que carne entre carne, y su corazón para el mío un corazón del hombre para el hombre.

“Yo quiero que tu Vida esté en él como en mí, porque quiero que mi amigo sea mi hermano gracias a Ti” (17).

No dejemos de pedir en este mes de octubre, utilizando el Santo Rosario como oración siempre eficaz para conseguir, a través de Nuestra Señora, todo aquello que necesitamos nosotros y aquellas personas que de alguna manera dependen de nosotros.

 

*          *            *

 

En este día me dirijo a todos mis hijos: Ofreced vuestra oración a la Madre, contemplando cada misterio del Santo Rosario.

A medida que pasa el tiempo, voy acercándoos a la oración, haciéndoos amar la oración y ayudándoos a descubrir que en la oración, está la verdadera forma de defenderos del adversario.

 

Orad entonces, ya que Soy:

Madre de la oración,

Madre de la Contemplación,

Madre de los indefensos,

Madre de los desolados,

Madre de los extraviados,

Madre de los cristianos,

Madre del Santo Rosario.

Alabado sea el Señor.

 

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 1272

 

(1) Antífona de entrada. Sal 16, 6-8.-(2) Lc 18, 1-8.-(3) Cfr. SAN AGUSTIN, Sermón 115, 1.-(4) Jn 11, 42.-(5) Ex 17, 8-13.-(6) SAN ALFONSO M0 DE LIGORIO, Sermón 46, para el domingo X después de Pentecostés.-(7) Cfr. SAN BERNARDO, Sermón 17 de temas diversos.-(8) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Forja, n. 536.-(9) Salmo responsorial. Sal 120, 1-2.-(10) Is 1, 23.-(11) Is 5, 23.-(12) Jer 5, 28.-(13) Lc 1, 53.-(14) SAN BERNARDO, Sermón 1, en la Asunción de la B. Virgen María, 1.-(15) SAN AGUSTIN, De la ciudad de Dios, 1, 8, 1.-(16) Ibidem.-(17) M. QUOIST, Oraciones para rezar por la calle, Sígueme, Salamanca 1962, p. 46.

Nota: Ediciones Palabra (poseedora de los derechos de autor) sólo autoriza a difundir la meditación diaria a usuarios concretos para su uso personal, y no desea su distribución por fotocopias u otras formas de distribución.



[1] Basado en “Hablar con Dios”, de F. F. Carvajal. http://www.hablarcondios.org/

[2]29º domingo. Ciclo C.


#73 De: "Evangelizad - Melisa C. Watanabe" <evangelizad@...>
Fecha: Jue, 20 de Sep, 2007 5:25 pm
Asunto: XXIV Aniversario - María del Rosario de San Nicolas
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25 de septiembre de 2007

24 º María del Rosario de San Nicolás

 

 

 

Mi querida hija, sobre todo el Universo se extiende Mi Protección de Madre.

Soy la Madre de los que creen en Dios, y de los que aún no despertaron a la fe.

Soy la Madre que Ama y habla a los hijos, para que los hijos acudan a depositar su amor al Divino Corazón de Cristo.

Sois Pueblo de Dios, y es Dios, Esperanza de Su Pueblo.

Velo por todos los hijos;

desde la Cruz de Mi Hijo, es esa Mi Misión, velar por ellos.

Aleluia.

Que Mi mensaje llegue a todos tus hermanos.

 

 Mensaje Nº 1717 de María del Rosario de San Nicolás

 

        

Hija mía: Cuando el hombre comienza a ver su pequeñez, ahí empieza a conocer a Dios.

Cuando analiza su pobre existencia, sus pocas fuerzas y medita, comprende y se aferra al Señor.

El, con su poderosa mano, levanta al caído.

Dios, reinará eternamente.

Gloria por siempre al Señor.

 

Mensaje Nº 661 de María del Rosario de San Nicolás

 

 

 

Hija mía: En la humildad, en la pobreza, es cuando más me acerco y quiero a mis hijos.

En el dolor, en la mansedumbre, es ahí que me hago presente.

Muchos son los hijos que se desprenden de todo

y sólo se quedan con el amor de la Madre.

Hay otros, que pretenden obtenerlo todo sin correr grandes riesgos,

 queriendo vivir en grandes riquezas.

No es así como los quiere recibir la Madre, sino que los quiere ver recorriendo el camino del calvario, es ésta la manera de acompañar a Cristo Jesús y también de ser purificados.

Bendito sea Dios.

Predica hija.

Leed: Eclesiástico C. 5, V, 1 y C. 6, V. 23

1  No te fíes de tus riquezas ni digas: “Con esto me basta”.

Capitulo 6, V. 23

23  Escucha, hijo mío, acepta mi doctrina y no rechaces mi consejo.

 

Mensaje Nº 1103 de María del Rosario de San Nicolás

 

 

 

Con nuestras pobres oraciones te ofrecemos nuestra nada, para que con la embellezcas con el Fuego del Amor del Espíritu Santo.

Gracias Madre Santísima por estrecharnos fuertemente sobre tu Maternal pecho cada vez que el Señor nos regala asociarnos a Él con un momento de Cruz.

Gracias por estos años de tu Presencia velando por nosotros, tus hijos más débiles y enfermizos.

Que por Ti permanezcamos aferrados siempre a tu Hijo y Señor nuestro Jesucristo.

 

 


#72 De: "Melisa C. Watanabe - Evangelizad" <evangelizad@...>
Fecha: Jue, 23 de Ago, 2007 6:21 pm
Asunto: Mensajes de María del Rosario
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Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 543

Estoy siempre con vosotros, no os abandono, hijos míos.

Grande sería mi gozo, saber que todos mis hijos me reciben en sus corazones.

Espero a los que aún no despegaron sus ojos, a los que dejan de lado el amor de la Madre de Cristo, sin descubrir que la Madre los lleva hacia el mismo Cristo.

Amén. Amén.

 

 

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº1690

Esta Madre dice a sus hijos: Hablo a vuestros corazones y quiero que vuestros corazones me respondan, no vuestras bocas.

Responded generosamente, sin límite de entrega.

Dad amor a Mi Hijo; es urgente Mi pedido.

Amén, amén.

 

 

Mensaje de María del Rosario de San Nicolás Nº 935

Mi querida hija: Camino y camino, por caminos llanos a veces y por otros que son peñascos y duras rocas, mas no me fatigo, ya que como Madre debo llegar a mis hijos. Sólo ansío ser recibida como el Arca que ha venido a colmaros de amor, el Arca de la salvación.

Bendito el Señor que lo ha permitido.

Amén, amén.



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#71 De: "Evangelizad - Melisa C. Watanabe" <evangelizad@...>
Fecha: Dom, 19 de Ago, 2007 9:15 pm
Asunto: Medit.: Maria, Reina del Cielo - Sto Rosario 2007-08
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Meditación: María, Reina del Cielo[1]

 

 

En María se da el encuentro, la unión entre Dios y nosotros.

Jesús mientras estaba elevado en la Cruz, antes de partir hacia el Padre para darnos absolutamente Todo, nos regaló a Su Madre para toda la eternidad. En la persona de Juan, el Discípulo amado estábamos representados todos nosotros.


María se transformó así no sólo en tu Madre, sino también en la Madre de nuestra propia madre terrenal, de nuestro padre, hijos, de nuestros hermanos, amigos, enemigos, ¡de todos!.

 

Una Madre perfecta, colocada por Dios en un sitial muchísimo más alto que el de cualquier otro fruto de la Creación. María es la mayor joya colocada en el alhajero de la Santísima Trinidad, la esperanza puesta en nosotros como punto máximo de la Creación. La criatura perfecta que se eleva sobre todas nuestras debilidades y tendencias mundanas. ¡Nuestra Madre!.


La Reina del Cielo es también el punto de unión entre la Divinidad de Dios y nuestra herencia de realeza. Nuestro legado proviene del primer paraíso, cuando como hijos auténticos del Rey Creador poseíamos pleno derecho a reinar sobre el fruto de la creación, la cual nos obedecía. Perdido ese derecho por la culpa original, obtuvimos como Embajadora a una criatura como nosotros, elevada al sitial de ser la Madre del propio Hijo de Dios.


¡Y Dios la hace Reina del Cielo, y de la tierra también!. Allí se esconde el misterio de María como la nueva Arca que nos llevará nuevamente al Palacio, a adorar el Trono del Dios Trino. María es el punto de unión entre Dios y nosotros. Por eso Ella es Embajadora, Abogada, Intercesora, Mediadora. ¿Quién mejor que Ella para comprendernos y pedir por nuestras almas a Su Hijo, el Justo Juez?. María es la prueba del infinito amor de Dios por nosotros: Dios la coloca a Ella para defendernos, sabiendo que de este modo tendremos muchas más oportunidades de salvarnos, contando con la Abogada más amorosa y misericordiosa que pueda jamás haber existido. ¿Somos realmente conscientes del regalo que nos hace Dios al darnos una Madre como Ella, que además es nuestra defensora ante Su Trono?.


Si tuvieras que elegir a alguien para que te defienda en una causa difícil, una causa en la que te va la vida. ¿A quien elegirías?.


Dios ya ha hecho la elección por ti, y vaya si ha elegido bien: tu propia Madre es Reina y Abogada, Mediadora e Intercesora.


¿Qué le pedirías a Ella, entonces?.


Reina del Cielo, sé mi guía, sé mi senda de llegada al Reino. Toca con tu suave mirada mi duro corazón, llena de esperanza mis días de oscuridad y permite que vea en ti el reflejo del fruto de tu vientre, Jesús. No dejes que Tus ojos se aparten de mi, y haz que los míos te busquen siempre a ti, ahora y en la hora de mi muerte. Amén.



[1] Autor: www.reinadelcielo.org  Versión adaptada.


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