Todo, salvo la muerte, tiene solución. Por eso es que se me hace tan
difícil cuando la esperanza cierra sus puertas. Hace una hora, un
amigo mío se fue para siempre. Yo sentía a Luis Olivera como un
amigo, aunque él no lo supiera en vida. Ahora lo sabe. Como también
sabe que hay muchos que lo quieren y lo admiran. No tuvo en vida los
honores y premios que él hubiese deseado, pero no me cabe duda que
fue uno de los más grandes. El más grande para mí. Gracias a él, allá
en 1978, cuando descubrí su arte, quedé impresionado. Tan grande fue
el impacto que perdura hoy sin alteración. La atracción que siento al
ver sus dibujos es tal, que cada vez que veo una vieja pila de
revistas D'Artagnan, El Tony o de Skorpio, recorro el índice para ver
si Lucho está entre sus páginas. Si es así, la compro. Tal cual lo
hice en la época dorada de Columba y Record.
Señor Lucho Olivera: gracias por todo lo que hizo. Gracias por tanta
genialidad. ¿Sabe una cosa? Usted no nos dejó, ni nos abandonará
nunca. Usted vive en mí, como vive en tantos miles de admiradores. Yo
sé que hoy usted es feliz. Después cuénteme en secreto cómo fue su
reencuentro con sus dos grandes maestros: Hugo Pratt y el viejo
Breccia. Yo sé que ahora están reunidos los tres, charlando a más no
poder.
Señor Lucho Olivera: lo voy a extrañar, claro que sí. Pero permítame
decirle que, al igual que Gilgamesh - Su Personaje-, la muerte ya no
es problema suyo.
Un muy fuerte abrazo.
Jorge Pérez Perri