En varias oportunidades discutimos de algunos temas y hubo quien no
se podia separar de su posicionamiento etnocentrista. Algunos de esos
casos fueron tan notables que el auto-referenciado no se daba cuenta.
Aqui transcribo un articulo al respecto.
CARLOS Q.
La mirada eurocentrica
Por José Pablo Feinmann
Los países de América latina han vivido sin dejar de sentir jamás la
mirada del Otro, del más fuerte y hasta a veces, sin más, del Amo, en
cualquiera de las formas en que este poder –el que constituye a un
país en dominador de otro– se exprese. Hoy, y pareciera que con tanta
o más fuerza que nunca, los republicanos y civilizados del Continente
se preocupan al ver que varios países no hacen las cosas como deben
ser hechas. ¿Qué significa esta expresión? ¿Qué significa decir "como
deben ser hechas"? ¿Cómo deben ser hechas las cosas? Las oligarquías,
los sectores dirigentes de América Latina, siempre tuvieron una
visión lineal de la historia. La historia como tren. El tren de la
historia. O nuestros países se subían a él o vegetaban fuera de ese
tren, que era nada menos que el del devenir. Es decir, se convertían
en países no históricos. O países sin historia. Si un europeo como
Martin Heidegger pudo decir, en 1934, en un curso de Lógica, "los
negros no tienen historia", lo dijo por ese motivo: el Espíritu no
anidaba en Africa. En Africa la historia no tenía lugar; todo lo que
allí ocurría era naturaleza. De aquí que los dirigentes de nuestros
países americanos se obstinen en verse presentables ante la mirada
del Otro. El Otro es el Imperio de turno. Su marcha es la marcha del
tren de la historia. Durante largas décadas todo se hizo en la
Argentina para lograr la confianza británica, y hasta europea. Luego –
hoy, por ejemplo– la mirada de Estados Unidos. Relaciones carnales,
relaciones cheek to cheek, el Otro nos mira. Hay que alinearse. El
alineamiento con Estados Unidos es central en la política del poder
real en la Argentina de hoy. De aquí la furia y hasta las burlas
sobre el Mercosur y la ponderación del ALCA como ese lugar en que el
país debe estar.
Es con el gobierno que surge en 1955 que nuestro país entra en el
FMI, en un discurso que ofrece el ministro de Hacienda Eugenio
Blanco. Este giro de la órbita británica a la órbita norteamericana
relegó a Europa a un segundo lugar, lo cual era razonable pues Europa
estaba malherida por la guerra. Pero antes América Latina estuvo
atada al "tren de la historia" que Europa encarnaba. Europa, de este
modo, miró a América Latina, y la miró como sólo Europa, llena de
orgullo, de siglos de cultura, podía hacerlo: desde su punto de
vista. Este punto de vista fue tan cerrado, fue tan colonialista en
su desdén, que generó una ideología, a esa ideología se le llamó
eurocentrismo. Quien la expresó impecablemente fue el filósofo alemán
Georg Wilhelm Friedrich Hegel, en sus clases sobre la filosofía de la
historia universal.
La palabra de Hegel es la palabra de la Europa consciente de sí. Es
la palabra en su más alta formulación. La palabra de toda una cultura
que parte de los griegos y encuentra, como palabra de la razón, su
cumbre en la filosofía de Hegel, en el Estado prusiano de Federico
Guillermo III y en la Universidad de Berlín, en la que Hegel imparte
sus clases. Sólo entendiendo el lugar desde el que las expresiones
olímpicas de Hegel se pronuncian entenderemos la importancia de las
mismas. La historia humana, para Hegel, es el desarrollo de un
Espíritu absoluto que en su desarrollo va tomando conciencia de sí
mismo. El lugar definitivo de esta conciencia es la filosofía de
Hegel: en ella la humanidad toma conciencia de sí.
De aquí la solemnidad pero también la ironía del maestro. El que
habla desde las cumbres se lo puede permitir todo. Por ejemplo: otro,
que no era Hegel, pero hablaba de la cumbre del más alto poder
económico y bélico de la historia era Henry Kissinger. Este salto de
Hegel a Kissinger quizá nos haya disminuido en el personaje que mira
desdeñosamente a los pueblos de América: vale más Hegel que
Kissinger. Pero Kissinger es, sin duda, más peligroso, más mortal. En
1969, en Viña del Mar, el canciller chileno Gabriel Valdés expuso los
intereses de los países de América Latina. Estaba ahí Henry
Kissinger, quien le dijo: "Usted acaba de pronunciar un discurso
raro. Viene a hablar aquí de América Latina cuando eso no es
importante. Nada importante podría venir del Sur. La historia jamás
ha tenido lugar en el Sur (...) Lo que suceda en el Sur no es
importante" (Arturo Chavola, La imagen de América Latina en el
marxismo, Editorial Prometeo, Buenos Aires, 2005, p. 82). Esta frase
de Kissinger (todos sabemos quién es Kissinger: es el Secretario de
Defensa norteamericano que autorizó la matanza en Argentina pidiendo,
solamente, que fuera "antes de Navidad"; es un criminal de guerra que
tiene el Premio Nobel de la Paz y aún suele publicar sus notas en
diarios de nuestro país, así es la historia), esta frase de
Kissinger, decía, trascendió no literalmente, sino que tuvo una
notable síntesis dada, sin duda, por quienes la escucharon y fueron
trasmitiéndola por medio de sucesivas síntesis. Por fin, se redujo a
decir lo siguiente: "América Latina puede hundirse en el mar que nada
nuevo ni importante pasaría en el mundo".
Ya que estamos con el mar volvamos a Hegel. Ahí, desde su trono
olímpico en la Universidad de Berlín, la más grande cabeza de la
humanidad europea habrá de decir que no le niega al Nuevo Mundo haber
salido de las aguas al mismo tiempo que el Viejo. "Sin embargo, el
mar de las islas que se extiende entre América del Sur y Asia, revela
cierta inmaturidad [se lució aquí José Gaos, inefable traductor de
Hegel y Heidegger] por lo que toca también a su origen" (Lecciones
sobre la filosofía de la historia universal, Alianza, Madrid, 1995,
p. 170). En suma, nos concede haber salido "de las aguas al tiempo de
la creación" pero, de inmediato, señala la inmadurez de los
territorios de por aquí nomás, donde todavía estamos nosotros: "La
mayor parte de las islas se asientan sobre corales y están hechas de
modo que más bien parecen cubrimiento de rocas surgidas recientemente
de las profundidades marinas y ostentan el carácter de algo surgido
hace poco tiempo" (Ibid., p. 170).
Luego da Hegel su más sólida versión eurocéntrica. Esta versión se
basa en que Europa, al expandirse, entrega a la historia los
territorios que conquista, los cuales, claro, vivían fuera de ella
antes de este acontecimiento fundante. La "conquista" de
América "señaló la ruina de su cultura, de la cual conservamos
noticias; pero se reducen a hacernos saber que se trataba de una
cultura natural, que había de perecer tan pronto el espíritu se
acercara a ella" (Ibid., p. 171). América por un lado: cultura
natural, no espiritual; por tanto: cultura ajena a la historia y
ajena, también, a la condición humana, cuyo más alto escalón, y el
único que la justifica, es el espíritu. Por otro lado, Europa: que es
el espíritu y cuyo acercamiento lleva a morir a las culturas
nacionales; tal la potencia histórica del espíritu. "América (sigue
Hegel) se ha revelado siempre y sigue revelándose impotente en lo
físico como en lo espiritual. Los indígenas, desde el desembarco de
los europeos, han ido pereciendo al soplo de la actividad europea"
(Ibid., p. 171). Que nadie crea que estas frases son un desliz de
Hegel o que nadie sonría como si estuviéramos en presencia de la
faz "cavernícola" de un gran pensador. Esto es, sin más, lo que
Europa pensaba de América en el primer tercio del siglo XIX. Hegel
es, incluso, su portavoz más inteligente. Mejora las ya formuladas
tesis de otros expertos en culturas "atrasadas" como Buffon, De Paw y
hasta el mismísimo Herder. Nada distinto habrían de decir Auguste
Comte o científicos posteriores que, basándose en las teorías
evolucionistas y la clasificación de las especies desarrolladas por
Linée, Cuvier y Darwin, demostrarían la supremacía europea sobre los
territorios nuevos. En 1859 (veinticinco años después de las
catilinarias de Hegel) habrá de fundarse –en París– la Sociedad de
Antropología "y su fundador, Paul Broca, afirmaría que ningún pueblo
de raza no blanca ha podido `erigirse espontáneamente en
civilización'" (Chavolla, Ibid., p. 81).
No hay que dejar de señalar el poder que tiene meramente "el soplo de
la actividad" europea. Este "soplo" habría exterminado a siete
millones de habitantes del nuevo continente. "Han sido (escribe, en
efecto, Hegel) exterminados unos siete millones de hombres" (Ibid.,
p. 171). De donde es posible deducir que pocas cosas han sido más
mortales para los territorios de la periferia del centro del mundo
que recibir el espíritu y su soplo. La cifra de siete millones que da
Hegel revela su desconocimiento y, acaso, su mala fe. El genocidio
americano (que ha tenido poca o mala prensa) llevó sus cifras a
cuarenta millones o más o menos; en la incertidumbre de las cifras
reside el rostro más atroz del genocidio.
Segunda parte (de no necesaria lectura) de esta nota: Algunos dirán
por qué en una semana tan agitada del país uno se consagra a
desarrollar la visión eurocéntrica sobre América. Bien, conjeturo que
si Hegel, por algún milagro del traslado histórico, eso que suele
llamarse máquina del tiempo, hubiese visto durante la semana que
acaba de transcurrir las manifestaciones de Blumberg y D'Elía
confirmaría todas sus tesis sobre estos territorios. Habría visto,
por televisión, uno que otro testimonio de adherentes de
Blumberg: "El problema de la inseguridad sólo lo arreglan los
militares", decían muchos. Y testimonios de los adherentes de
D'Elía: "Y sí, yo vine porque me trajeron. Es muy divertido todo
esto". Habría visto, en la marcha de Blumberg, a los héroes
del "soplo argentino": viejos militares de la dictadura, unidos a sus
viejos y a sus actuales socios económicos. Habría visto a ensayistas
extraviados, y a propietarios de diarios del sur de la provincia de
Buenos Aires que son lo peor de lo peor de la ya pésima derecha
argentina. Habría visto, en la marcha de D'Elía, lo peor de la
izquierda. ¿Nadie pudo frenar esa marcha? ¿No advirtió el Gobierno
que Blumberg se quemaba solo, porque sólo los cavernícolas de este
país y los mendicantes de votos habrían de seguirlo? En fin,
afortunadamente América Latina y, todavía, nuestro país están más
cerca de Pérez Esquivel que de ese paisaje de tristeza que marchó en
turbio cambalache por las calles porteñas. Como sea, tratemos de no
parecernos tanto a la pintura que Hegel hiciera de nosotros. Porque
si él (y ellos: los que son como Kissinger) tienen razón, entonces
sí: nos hundiremos en el mar.
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-72421-2006-09-03.html