INVENTIVASocial
Plaza virtual de escritura
Edición OCTUBRE 2006
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MALDICIÓN DE NIÑO*
El pequeño camión verde con capota de lona blanca, comenzó a fallar y marchaba de cuando en cuando, a los tirones, tosiendo, protestando, y mermaba su ya escasa velocidad; aunque por momentos se recuperaba, y por un largo trecho volvía a andar raudamente. En lo mejor, el ronroneo rumoroso se
interrumpía, y volvía la angustia amenazante de quedarnos en el camino, faltándonos todavía la mitad del regreso a casa.
Aquella mañana fleteamos una carga de muebles, enseres y demás pertenencias de una humilde mudanza, hasta la localidad de Romang, no más distante de cincuenta kilómetros, pero que el modesto transporte requería bastante más de una hora de buena marcha.
Era debido a que en aquel tiempo, estábamos en 1948, ya tenía sus buenos veinte años en sus espaldas, pero sobre todo por lo precaria de su ingeniería. Parecía haber sido montado con partes adaptadas, aunque en los orígenes, esos vehículos aún no habían evolucionado lo suficiente; eran pequeños, el motor de cuatro cilindros era el mismo de los autos de calle, y su capacidad de carga era más bien moderada.
Aparte de la capota de lona, tenía amplios guardabarros negros, salientes y acucharados, típicos de las primeras décadas del siglo veinte. Creo que sólo las ruedas eran más reforzadas y rollizas que los autos, y tampoco tenía duales, como ya eran comunes en los camiones más nuevos. Eso lo convertía, en un módico transporte de corta distancia, especial para acarreos y fletes locales, donde tampoco la velocidad era importante.
Era frecuente que lo manejara mi hermano mayor, que ya tenía trece años, y lo acompañara yo, que ya andaba por los ocho; siempre claro, que no fuera en los días ni horarios de clase. A veces en los tramos firmes y llanos, (todos los caminos de entonces en la región, eran de tierra), mi hermano se tentaba, y lo iba acelerando más y más, hasta "pisarlo a fondo", y eso hacía que el velocímetro; temblando, avanzara lenta y penosamente hasta los setenta, e incluso setenta y dos kilómetros por hora. Nadie en su sano
juicio, ni él, se hubiera animado a mantener por mucho rato esa velocidad, ya que todo amenazaba desintegrarse, empezando por el tren delantero y la dirección, que requería toda la fuerza del conductor para mantenerlo en el camino, así como el trepidante motor que parecía zumbar y bufar al
borde del colapso.
Pero tenía fama de guapo, ya que a ese modelo precisamente, lo conocían como "Chevrolet 4, El Campeón". También tenía sus particularidades, como el sistema de alimentación de combustible, conocido domo "Steward", que aspiraba del tanque por vacío de los cilindros, y luego llegaba al carburador por gravedad. Requería un blindaje seguro en todas sus conexiones, para que no hubiera filtraciones de aire. Si esto pasaba, el combustible no llegaba al alimentador y el flujo se interrumpía. El motor podía, como decía papá: "hacernos renegar", e incluso dejarnos en el camino, como amenazaba en esta ocasión.
Tras normalizarse un momento, volvió a fallar, hasta que finalmente, al llegar al principio de la gran arboleda, que bordeaba y cubría el camino, con añosas y gigantescas "tipas," por varios kilómetros a la altura del paraje de "La Lola", el camión dijo; ¡basta! Y tras dos o tres tironeos y sacudidas del motor, se detuvo apagándose, mientras por impulso, y poca eficacia en los frenos, el camión continuó unos cuantos metros antes de detenerse.
Después, todo quedó en el profundo silencio, y la quietud de la siesta del aquel incipiente verano, nos hizo sentir en la mayor soledad e impotencia.
Sólo podía percibirse el arrullo del flamear de la brisa entre las hojas, el aislado arrumaco de alguna paloma en la altísima fronda del boulevard, el apagado roce y el crujido de una rama podrida, que caía y rebotaba sordamente contra el suelo.
Mi hermano y yo descendimos teniendo adelante el frondoso e infinito túnel sombreado, y a nuestras espaldas el camino ya recorrido, ancho y polvoriento, donde el sol daba de lleno, haciendo reverberar el
horizonte y formando algo más cercano, la ilusión de un lago somero de aguas plateadas y temblorosas, como un espejismo. Sobre el campo cercano que se mostraba verdoso y parduzco, por la madurez del girasol temprano, una pareja de "teros" cacareaba amenazante, volando en extensos círculos, ora bajo, ora algo más alto, temerosos y alertas, ante los extraños recién llegados.
Levantamos el "capó", la cubierta del motor, sabiendo que era el bendito tanque de vacío, que estaba chupando aire en el sistema. Probamos a tocar y mover los caños de cobre, ajustando las tuercas y sobre todo rezando para que vuelva arrancar, y aunque tironeando, nos llevara lentamente a casa. Aún
no habíamos almorzado, y esto se sumaba a nuestra angustia. Probamos a darle arranque, una y otra vez. Nada. Teníamos un par de herramientas para estas emergencias; una pinza, un destornillador, una llave "pico loro", alguna de boca, un martillo y casi nada más.
Podía ser el flotante, o la junta de la tapa del tanque; pero era poco conveniente tocar eso, porque podía deteriorarse la junta y empeorar las cosas. Nos quedaba lo que sería lo más probable, revisar las
conexiones.
Mucho no podía hacerse. Lo que casi siempre resultaba era hacer un engaste con hilo de algodón, como una junta entre los terminales y las tuercas que los ajustan. Era una tarea difícil, nunca conseguíamos sellarlos totalmente.
Cuando el vehículo era nuevo, seguramente funcionaba de maravillas; pero desgastado, aflojadas las conexiones por las fuertes vibraciones propias, sin el mantenimiento correcto, esto se convertía en un martirio. A veces se solucionaba, y más adelante fallaba todo de nuevo.
En ese trance, había que reconocer que éramos insuficientes, ¡Qué falta nos haría la ayuda de una persona mayor! En aquellos tiempos, quienes transitaban las rutas, necesariamente eran capaces de solucionar casi todos los inconvenientes, los mecánicos, y los de otra índole. Pero todo era soledad, en aquella aciaga siesta veraniega.
En eso en el horizonte se dibujó un pequeño bulto, que poco a poco fue agrandándose. Mi hermano respiró con alivio. Todo el mundo se paraba a auxiliar a quién sufriera un percance, y estuviera a la vera del camino, detenido y requiriendo ayuda. Era un código sagrado.
Del bulto lejano fue surgiendo un auto, que venía a buen ritmo, trayendo detrás una remolineante nube de polvo, pero no daba señales de detenerse. Mi hermano se corrió más al centro del camino, y ambos hacíamos señas para que se detenga. El auto tuvo que abrirse un poco para esquivar a mi hermano, pero no mermó siquiera la marcha, y pasó sin mirarnos; pensamos que estaría verdaderamente apurado, para no brindarnos la más mínima atención.
Pensar que un momento antes nos creíamos salvados. Ahora mirábamos en silencio como el auto; una rural último modelo, con costados lujosos de cedro lustrado, seguía alejándose, insensible, indiferente.
Mi hermano en su impotencia le lanzó una maldición. Con toda la bronca, como quién tuviera el poder para clamar venganza. Levantó su pequeño puño cargado de nefasta energía.
-¡Hijo de tu madre! ¡Ojalá se te reviente una cubierta!...- y luego en voz más baja, fue agregando aún más condiciones.-¡y que no tengas rueda de auxilio, o esté pinchada!.-, y otras cosas por el estilo.
El fuerte "¡Plooof" nos llegó seguido por el eco de los troncos de las plantas. El auto zigzagueó un instante y se detuvo algo atravesado en el camino. La nube de polvo se fue desvaneciendo. Pudimos ver desde nuestra ubicación, que la rueda delantera izquierda estaba ahora en llanta.
El conductor trabajó arduamente, pero tenía dificultades con el piso algo blando del boulevard, y al parecer no conseguía afirmar el "gato"para levantar el auto.-
Mi hermano saltaba de contento, no entendía cómo había sucedido, pero se sentía ampliamente "resarcido", y pateaba el suelo riéndose mefistofélicamente, quizás en el fondo, tenía "poderes ocultos".
Un buen rato después conseguimos que nuestro "Steward" funcionara, y el motor arrancó lo suficientemente bien como para proseguir viaje.
Cuando pasamos al lado del lujoso automóvil último modelo, ambos contuvimos apenas las ganas de soltar, una estruendosa carcajada.
El pequeño camión verde con capota de lona blanca, comenzó a fallar y marchaba de cuando en cuando, a los tirones, tosiendo, protestando, y mermaba su ya escasa velocidad; aunque por momentos se recuperaba, y por un largo trecho volvía a andar raudamente. En lo mejor, el ronroneo rumoroso se
interrumpía, y volvía la angustia amenazante de quedarnos en el camino, faltándonos todavía la mitad del regreso a casa.
Aquella mañana fleteamos una carga de muebles, enseres y demás pertenencias de una humilde mudanza, hasta la localidad de Romang, no más distante de cincuenta kilómetros, pero que el modesto transporte requería bastante más de una hora de buena marcha.
Era debido a que en aquel tiempo, estábamos en 1948, ya tenía sus buenos veinte años en sus espaldas, pero sobre todo por lo precaria de su ingeniería. Parecía haber sido montado con partes adaptadas, aunque en los orígenes, esos vehículos aún no habían evolucionado lo suficiente; eran pequeños, el motor de cuatro cilindros era el mismo de los autos de calle, y su capacidad de carga era más bien moderada.
Aparte de la capota de lona, tenía amplios guardabarros negros, salientes y acucharados, típicos de las primeras décadas del siglo veinte. Creo que sólo las ruedas eran más reforzadas y rollizas que los autos, y tampoco tenía duales, como ya eran comunes en los camiones más nuevos. Eso lo convertía, en un módico transporte de corta distancia, especial para acarreos y fletes locales, donde tampoco la velocidad era importante.
Era frecuente que lo manejara mi hermano mayor, que ya tenía trece años, y lo acompañara yo, que ya andaba por los ocho; siempre claro, que no fuera en los días ni horarios de clase. A veces en los tramos firmes y llanos, (todos los caminos de entonces en la región, eran de tierra), mi hermano se tentaba, y lo iba acelerando más y más, hasta "pisarlo a fondo", y eso hacía que el velocímetro; temblando, avanzara lenta y penosamente hasta los setenta, e incluso setenta y dos kilómetros por hora. Nadie en su sano
juicio, ni él, se hubiera animado a mantener por mucho rato esa velocidad, ya que todo amenazaba desintegrarse, empezando por el tren delantero y la dirección, que requería toda la fuerza del conductor para mantenerlo en el camino, así como el trepidante motor que parecía zumbar y bufar al
borde del colapso.
Pero tenía fama de guapo, ya que a ese modelo precisamente, lo conocían como "Chevrolet 4, El Campeón". También tenía sus particularidades, como el sistema de alimentación de combustible, conocido domo "Steward", que aspiraba del tanque por vacío de los cilindros, y luego llegaba al carburador por gravedad. Requería un blindaje seguro en todas sus conexiones, para que no hubiera filtraciones de aire. Si esto pasaba, el combustible no llegaba al alimentador y el flujo se interrumpía. El motor podía, como decía papá: "hacernos renegar", e incluso dejarnos en el camino, como amenazaba en esta ocasión.
Tras normalizarse un momento, volvió a fallar, hasta que finalmente, al llegar al principio de la gran arboleda, que bordeaba y cubría el camino, con añosas y gigantescas "tipas," por varios kilómetros a la altura del paraje de "La Lola", el camión dijo; ¡basta! Y tras dos o tres tironeos y sacudidas del motor, se detuvo apagándose, mientras por impulso, y poca eficacia en los frenos, el camión continuó unos cuantos metros antes de detenerse.
Después, todo quedó en el profundo silencio, y la quietud de la siesta del aquel incipiente verano, nos hizo sentir en la mayor soledad e impotencia.
Sólo podía percibirse el arrullo del flamear de la brisa entre las hojas, el aislado arrumaco de alguna paloma en la altísima fronda del boulevard, el apagado roce y el crujido de una rama podrida, que caía y rebotaba sordamente contra el suelo.
Mi hermano y yo descendimos teniendo adelante el frondoso e infinito túnel sombreado, y a nuestras espaldas el camino ya recorrido, ancho y polvoriento, donde el sol daba de lleno, haciendo reverberar el
horizonte y formando algo más cercano, la ilusión de un lago somero de aguas plateadas y temblorosas, como un espejismo. Sobre el campo cercano que se mostraba verdoso y parduzco, por la madurez del girasol temprano, una pareja de "teros" cacareaba amenazante, volando en extensos círculos, ora bajo, ora algo más alto, temerosos y alertas, ante los extraños recién llegados.
Levantamos el "capó", la cubierta del motor, sabiendo que era el bendito tanque de vacío, que estaba chupando aire en el sistema. Probamos a tocar y mover los caños de cobre, ajustando las tuercas y sobre todo rezando para que vuelva arrancar, y aunque tironeando, nos llevara lentamente a casa. Aún
no habíamos almorzado, y esto se sumaba a nuestra angustia. Probamos a darle arranque, una y otra vez. Nada. Teníamos un par de herramientas para estas emergencias; una pinza, un destornillador, una llave "pico loro", alguna de boca, un martillo y casi nada más.
Podía ser el flotante, o la junta de la tapa del tanque; pero era poco conveniente tocar eso, porque podía deteriorarse la junta y empeorar las cosas. Nos quedaba lo que sería lo más probable, revisar las
conexiones.
Mucho no podía hacerse. Lo que casi siempre resultaba era hacer un engaste con hilo de algodón, como una junta entre los terminales y las tuercas que los ajustan. Era una tarea difícil, nunca conseguíamos sellarlos totalmente.
Cuando el vehículo era nuevo, seguramente funcionaba de maravillas; pero desgastado, aflojadas las conexiones por las fuertes vibraciones propias, sin el mantenimiento correcto, esto se convertía en un martirio. A veces se solucionaba, y más adelante fallaba todo de nuevo.
En ese trance, había que reconocer que éramos insuficientes, ¡Qué falta nos haría la ayuda de una persona mayor! En aquellos tiempos, quienes transitaban las rutas, necesariamente eran capaces de solucionar casi todos los inconvenientes, los mecánicos, y los de otra índole. Pero todo era soledad, en aquella aciaga siesta veraniega.
En eso en el horizonte se dibujó un pequeño bulto, que poco a poco fue agrandándose. Mi hermano respiró con alivio. Todo el mundo se paraba a auxiliar a quién sufriera un percance, y estuviera a la vera del camino, detenido y requiriendo ayuda. Era un código sagrado.
Del bulto lejano fue surgiendo un auto, que venía a buen ritmo, trayendo detrás una remolineante nube de polvo, pero no daba señales de detenerse. Mi hermano se corrió más al centro del camino, y ambos hacíamos señas para que se detenga. El auto tuvo que abrirse un poco para esquivar a mi hermano, pero no mermó siquiera la marcha, y pasó sin mirarnos; pensamos que estaría verdaderamente apurado, para no brindarnos la más mínima atención.
Pensar que un momento antes nos creíamos salvados. Ahora mirábamos en silencio como el auto; una rural último modelo, con costados lujosos de cedro lustrado, seguía alejándose, insensible, indiferente.
Mi hermano en su impotencia le lanzó una maldición. Con toda la bronca, como quién tuviera el poder para clamar venganza. Levantó su pequeño puño cargado de nefasta energía.
-¡Hijo de tu madre! ¡Ojalá se te reviente una cubierta!...- y luego en voz más baja, fue agregando aún más condiciones.-¡y que no tengas rueda de auxilio, o esté pinchada!.-, y otras cosas por el estilo.
El fuerte "¡Plooof" nos llegó seguido por el eco de los troncos de las plantas. El auto zigzagueó un instante y se detuvo algo atravesado en el camino. La nube de polvo se fue desvaneciendo. Pudimos ver desde nuestra ubicación, que la rueda delantera izquierda estaba ahora en llanta.
El conductor trabajó arduamente, pero tenía dificultades con el piso algo blando del boulevard, y al parecer no conseguía afirmar el "gato"para levantar el auto.-
Mi hermano saltaba de contento, no entendía cómo había sucedido, pero se sentía ampliamente "resarcido", y pateaba el suelo riéndose mefistofélicamente, quizás en el fondo, tenía "poderes ocultos".
Un buen rato después conseguimos que nuestro "Steward" funcionara, y el motor arrancó lo suficientemente bien como para proseguir viaje.
Cuando pasamos al lado del lujoso automóvil último modelo, ambos contuvimos apenas las ganas de soltar, una estruendosa carcajada.
*de Celso H. Agretti. celsoagr@...
Avellaneda (Santa Fe). 12 sept. 2006
Avellaneda (Santa Fe). 12 sept. 2006
Radiante universo*
En mis sueños viajo
en una nube rosada
y mis ojos descubren
la belleza del crepúsculo.
El perfume del cielo
penetra en mis cabellos
y el viento los despeina
con su risa alocada.
La alegría de la primavera
llega hasta mi alma
y se aleja serena
por un camino florido.
Muere la bella tarde
y el esplendor de un hechizo
se derrama en mi rostro
como un halo de luz.
Las maravillas galopan
en el radiante universo
y brilla intensamente mi vida
cuando respira su aliento.
en una nube rosada
y mis ojos descubren
la belleza del crepúsculo.
El perfume del cielo
penetra en mis cabellos
y el viento los despeina
con su risa alocada.
La alegría de la primavera
llega hasta mi alma
y se aleja serena
por un camino florido.
Muere la bella tarde
y el esplendor de un hechizo
se derrama en mi rostro
como un halo de luz.
Las maravillas galopan
en el radiante universo
y brilla intensamente mi vida
cuando respira su aliento.
*de María Griselda García Cuerva. mg_cuerva@...
CABEZA Y TIEMPO*
El busto estuvo siempre sobre la mesita del living, una de esas cosas invisibles por exceso de permanencia, por desaparición de los sentidos a fuerza de repetición. Como el olor de la propia casa, única confluencia de rastros olfativos que nos está negada porque se halla ya incorporada de tal modo que desaparece, así el pequeño busto de mármol era un objeto transparente.
Años de pasar por la habitación sin reparar en la esculturita, blanquecina presencia cotidiana dentro del paisaje visual.
Justo ahora se le ocurre mirarla. Extiende la mano y la sensación del peso, la frescura de la piedra calza guante y zapato, dedo por dedo talón arco justo en las palmas. Hecho para ser observado de cerca, se revela a su mirada como una foto polaroid que corporiza una presencia de espíritu y
mediúmnicamente invoca un fantasma.
Es una cabeza masculina y esa es la primera sorpresa, porque los bustos suelen ser retratos de mujeres más o menos lánguidas, con esa belleza anodina de las muchachas que parecen abstraídas en sus pensamientos, pero en las que se adivina un definitivo no pensar, se adivina la pose tentadora de
la reflexión imitada rasgo por rasgo frente silenciosa ojos perdidos en una lejanía romántica labios quietos casi serios casi a punto de sonreír, una más bien nada, como conviene a una jovencita.
Pero es una cabeza masculina. Un hombre que la mira a los ojos con atención, minuciosamente cincelado cada pequeño detalle, con los rasgos firmes de quien no condesciende al engaño y se atreve a sostener con solvencia el puente sólido y perturbador de los ojos en los ojos.
Por un rato no puede hacer otra cosa que mirar los ojos que la miran.
Siente que hay en dejar vagar la atención por el resto del rostro como una claudicación, un apartarse perturbado. Siente que cortar el puente es un reconocimiento de vergüenza, una especie de demostración de debilidad. El hombre la mira a los ojos, ella no puede apartar la mirada. Se dice que es
gracioso, pero no tiene ganas de sonreír.
Con aceptación de derrota aparta entonces la vista y descubre las finas líneas de arrugas en la frente, las cejas de arco perfecto recorriendo con firmeza el contorno de las órbitas, los labios cerrados. Hay en la expresión del hombre callado y quieto una seguridad sin fisuras. Atento y cerrado en sí mismo, bloque de material pero de conciencia, único e indiviso apariencia peso color rasgos unívocos. Exceso de yo en ese hombre que confortablemente es él y no aparenta ni finje, que es él y no otro, tal como debe ser tal como fue creado desde siempre desde toda la eternidad, que si un vago
escultor no lo hubiese tallado cincelado extraído de la piedra, otro lo hubiese hecho, pues se demuestra en la forma el grado de necesariedad. Y en la palma de su mano, en la palma de su mano.
¿Quién eres tú?, pregunta sin mover los labios ella que lo sostiene en la palma de la mano, ella que es sostenida desde la palma por esa pieza monolítica de maravilla. ¿Quién eres tú?, sabiendo que es solamente una escultura en su mano, una cabeza de mármol negada al habla negada a la palabra negada a la vida, esta vida que transcurre y modifica y hace crecer pero las más de las veces descompone, derrota, finalmente destruye y acaba y despedaza y desperdiga y finaliza.
Esos ojos esa boca que no puede responder la contemplan desde la eternidad. Desde la inmovilidad del tiempo quieto fija el hombre la mirada en sus ojos. Desde siempre pero en este instante la mira. Y ella sabe ahora, siempre lo supo pero ahora sabe que va a morir, que habrá mañanas y tardes y noches acumuladas pero que va a morir, que su rostro y su cuerpo se derretirán en torno a los huesos, que su carne está construida con la fragilidad de lo perecedero y no de piedra inmutable. Este hombre que la
observa se lo dice con tranquilidad, sin dramatismo sin exceso de desesperación. Con tranquilidad se lo comunica silenciosamente. Y la mira.
Deposita suavemente el busto en la mesita.
Se sienta en una silla.
Volverá a tomarlo en sus manos una que otra vez, cada tanto. Rehuirá los ojos cincelados y olvidará la cabeza tiempo y quietud y espacio estanco durante largas temporadas. Pero estará ahí, segura como segura es la propia muerte, algunas veces como amenaza, otras como promesa, las más como simple
clausura si es que existe alguna clausura que pueda relacionarse de alguna forma con la simplicidad.
El busto estuvo siempre sobre la mesita del living, una de esas cosas invisibles por exceso de permanencia, por desaparición de los sentidos a fuerza de repetición. Como el olor de la propia casa, única confluencia de rastros olfativos que nos está negada porque se halla ya incorporada de tal modo que desaparece, así el pequeño busto de mármol era un objeto transparente.
Años de pasar por la habitación sin reparar en la esculturita, blanquecina presencia cotidiana dentro del paisaje visual.
Justo ahora se le ocurre mirarla. Extiende la mano y la sensación del peso, la frescura de la piedra calza guante y zapato, dedo por dedo talón arco justo en las palmas. Hecho para ser observado de cerca, se revela a su mirada como una foto polaroid que corporiza una presencia de espíritu y
mediúmnicamente invoca un fantasma.
Es una cabeza masculina y esa es la primera sorpresa, porque los bustos suelen ser retratos de mujeres más o menos lánguidas, con esa belleza anodina de las muchachas que parecen abstraídas en sus pensamientos, pero en las que se adivina un definitivo no pensar, se adivina la pose tentadora de
la reflexión imitada rasgo por rasgo frente silenciosa ojos perdidos en una lejanía romántica labios quietos casi serios casi a punto de sonreír, una más bien nada, como conviene a una jovencita.
Pero es una cabeza masculina. Un hombre que la mira a los ojos con atención, minuciosamente cincelado cada pequeño detalle, con los rasgos firmes de quien no condesciende al engaño y se atreve a sostener con solvencia el puente sólido y perturbador de los ojos en los ojos.
Por un rato no puede hacer otra cosa que mirar los ojos que la miran.
Siente que hay en dejar vagar la atención por el resto del rostro como una claudicación, un apartarse perturbado. Siente que cortar el puente es un reconocimiento de vergüenza, una especie de demostración de debilidad. El hombre la mira a los ojos, ella no puede apartar la mirada. Se dice que es
gracioso, pero no tiene ganas de sonreír.
Con aceptación de derrota aparta entonces la vista y descubre las finas líneas de arrugas en la frente, las cejas de arco perfecto recorriendo con firmeza el contorno de las órbitas, los labios cerrados. Hay en la expresión del hombre callado y quieto una seguridad sin fisuras. Atento y cerrado en sí mismo, bloque de material pero de conciencia, único e indiviso apariencia peso color rasgos unívocos. Exceso de yo en ese hombre que confortablemente es él y no aparenta ni finje, que es él y no otro, tal como debe ser tal como fue creado desde siempre desde toda la eternidad, que si un vago
escultor no lo hubiese tallado cincelado extraído de la piedra, otro lo hubiese hecho, pues se demuestra en la forma el grado de necesariedad. Y en la palma de su mano, en la palma de su mano.
¿Quién eres tú?, pregunta sin mover los labios ella que lo sostiene en la palma de la mano, ella que es sostenida desde la palma por esa pieza monolítica de maravilla. ¿Quién eres tú?, sabiendo que es solamente una escultura en su mano, una cabeza de mármol negada al habla negada a la palabra negada a la vida, esta vida que transcurre y modifica y hace crecer pero las más de las veces descompone, derrota, finalmente destruye y acaba y despedaza y desperdiga y finaliza.
Esos ojos esa boca que no puede responder la contemplan desde la eternidad. Desde la inmovilidad del tiempo quieto fija el hombre la mirada en sus ojos. Desde siempre pero en este instante la mira. Y ella sabe ahora, siempre lo supo pero ahora sabe que va a morir, que habrá mañanas y tardes y noches acumuladas pero que va a morir, que su rostro y su cuerpo se derretirán en torno a los huesos, que su carne está construida con la fragilidad de lo perecedero y no de piedra inmutable. Este hombre que la
observa se lo dice con tranquilidad, sin dramatismo sin exceso de desesperación. Con tranquilidad se lo comunica silenciosamente. Y la mira.
Deposita suavemente el busto en la mesita.
Se sienta en una silla.
Volverá a tomarlo en sus manos una que otra vez, cada tanto. Rehuirá los ojos cincelados y olvidará la cabeza tiempo y quietud y espacio estanco durante largas temporadas. Pero estará ahí, segura como segura es la propia muerte, algunas veces como amenaza, otras como promesa, las más como simple
clausura si es que existe alguna clausura que pueda relacionarse de alguna forma con la simplicidad.
¿Quién eres tú?, dirá silenciosamente. ¿Quién eres
tú?
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@...
MUY LEJOS*
de donde sale el sol,
en espera de azahares,
con la lluvia sobre mi ser,
y mi mar de ensueños.
Muy lejos:
donde nadie me ve,
sola en mi ansiedad,
crece mi luz,
desde hace ya tiempo.
Muy lejos:
Donde tengo zonas prohibidas
de mi sangrante viña,
voy llenando los barriles
del silencio en calma.
Muy lejos:
donde un bello relámpago
enciende el tiempo de amar,
allí brotan mis lágrimas
de tanto extrañar amando.
*de Xenia Mora. xeniamora@...
*
De lo loco me gusta tu cordura
De tu espectro, la imprudencia y la ternura
De lo incierto de tus pasos, la mesura
De la duda de tus labios, su dulzura
De tu imagen a tu adentro, la espesura
De la magia de tu verso, su blancura
De tu miedo y tu dolor, la investidura
De tus ansias, el inicio y la censura
De lo frágil de tu acero, el temblor de su armadura
De lo fugaz de tu lazo, la marca que en mi perdura
De tu imagen a tu adentro, la espesura
De la magia de tu verso, su blancura
De tu miedo y tu dolor, la investidura
De tus ansias, el inicio y la censura
De lo frágil de tu acero, el temblor de su armadura
De lo fugaz de tu lazo, la marca que en mi perdura
Fuga...*
Se escapa el egoísmo de los dos
y se hace suma
mintiéndole al espejo
que guarda la locura
Ambigua, la cordura
se culpa y se disculpa,
se calma
y se devora la dulzura
Se fuga...
Le miento a mi prisa
y me invento un tiempo
Mis días te
niegan
Me mienten mis sueños
Se culpa la incordura
por su ambigua
mesura
Me roba la calma y
se fuga...
dejándome el dulzor de la locura
*poemas de Doris Leila Srayh dorisleilasrayh_3@...
En la ruta*
En el peaje de la ruta que une Buenos Aires con Rosario, ella ya empieza a sentir el agobio de este trabajo a la hora de haber tomado su puesto. El peso del automatismo en un puesto laboral cualquiera se hace sentir casi de inmediato. Su
mano izquierda entra y sale de la ventana. Ella puede verse una y otra vez abriendo la palma de la mano para recibir monedas o haciendo pinza con el pulgar y el índice para tomar un billete. Luego viene imprimir el ticket, dar el cambio, y ese sentir un roce azaroso con manos anónimas en su piel cuando se recibe el dinero y se da vuelto.
Sopla entonces el último beso del día al chofer del Flecha Bus.
Algunos pasajeros llegan a ver en el aire como desde el contorno de sus labios ese
beso se hace visible en un estallido de brillos y estrellas fugaces que se disipan en el parabrisas del ómnibus. Así, de forma tan efímera y tan eterna, ese beso se clava en el iris del chofer dejando estelas de vuelo mágico como el que dejan las hadas de Disney.
Cierra la cabina del peaje. Esa ruta al norte o al sur se abre en largas distancias, en enormes desconocimientos. Se va a buscar su auto después de saludar a la gente de oficina. Ella cumplió con su rito semanal, la hora que dedica a su voluntariado de seducción y fantasía en la ruta. Se da cuenta que olvido el cartel de la ventanilla pero no vuelve por él. Todavía
se puede leer en la ventanilla lateral
-ahora a oscuras- de la cabina nº5: Autopistas de Luna a Sol.
UD. esta siendo atendido por Neumann Nicole.
*De Urbano Powell. urbanopowell@...
El muerto inolvidable*
Se llama Mereco mi muerto inolvidable. Para mí su viejo Ford nunca termina de desbarrancarse de una quebrada puntana, bajo una suave garúa que no amaina ni siquiera cuando vamos con mi padre rumbo a su velorio. ¿Cómo puede ser que Mereco esté muerto si hace cuarenta años que yo lo llevo en mí, flaco y alto como un farol de la plaza?
Cuando mi padre se descuida me acerco al ataúd que está más alto que mi cabeza y un comedido me levanta para que lo vea ahí, orondo, machucado y con la corbata planchada. La novia entra, llora un rato y se va, inclinada sobre otra mujer más vieja. Hay tipos que le fuman en la cara, toman copas y otro que entra al living repartiendo pésames prepotentes y se desmaya en los brazos de la madre.
Después vinieron otros muertos considerables, pero ninguno como él. Recuerdo a un colorado que me convidaba pochoclo en el colegio y lo agarró un camión a la salida. También a un insider de los Infantiles Evita que nunca largaba la pelota y se quedó pegado a un cable de luz. Pero aquellos muertos no eran drama porque nosotros, los otros, nunca nos íbamos a morir. Al menos eso me dijo mi padre mientras caminábamos por la vereda, a lo largo de la acequia, cubiertos por un paraguas deshilachado. Casi nunca llovía en aquel desierto pero en esos días de comienzos del peronismo se levantó el chorrillero, empezó a lloviznar y Mereco no pudo dominar el furioso descapotable negro en el que yo aprendí a manejar.
Por mi culpa mi padre estaba resentido con él y sólo de verlo muerto podía perdonarle aquel día en que lo llevaron preso. Salimos del velorio por un corredor y cruzamos un terreno baldío para llegar al depósito de la comisaría. El Ford A estaba en la puerta, aplastado como una chapita de cerveza. Mi padre iba consolando a otra novia que tenía el finado y ya no se acordaba de mí. Pegado a la pared para que no me viera el vigilante, me acerqué al amasijo de fierros y alcancé a ver el volante de madera lustrada. Seguía reluciente y entero entre las chapas aplastadas. También estaba intacta la plaqueta del tablero con el velocímetro y el medidor de nafta. Marcaba en millas, me acuerdo, y cuando íbamos a ver a su otra novia, Mereco lo levantaba a sesenta o más por el camino de tierra. Nadie sabía nada. Mi padre creía que yo me quedaba en la escuela y la novia de Mereco estaba convencida de que íbamos a buscar a mi padre que controlaba el agua en las piletas del regimiento. Entonces llegábamos a un caserío viejo que el coronel Manuel Dorrego había tomado y defendido no sé cuántas veces y Mereco me dejaba solo con el Ford A debajo de una higuera frondosa. Ésa era mi fiesta en los días en que Mereco no estaba muerto y el Ford seguía intacto. me sentaba en su asiento, estiraba las piernas hasta tocar los pedales y el que iba a mi lado era Fangio anunciándome curvas y terraplenes.
Mereco no es un muerto triste. Tiene como veinticinco años y todavía lo veo así ahora que yo tengo el doble y he recorrido más rutas que él. Antes del incidente que lo enemistó con mi viejo, solía venir a casa a tomar mate y dar consejos. "Hágame caso, doble siempre golpeando el volante, don José", le decía a mi padre como si mi padre tuviera un coche con el que doblar. "En el culebreo suelte el volante hasta que se acomode solo", insistía. "Es un farabute", comentaba mi viejo mientras lo miraba alejarse con el parabrisas bajo y las antiparras puestas.
Nunca tuvieron un mango ni Mereco ni mi padre. Por las tardes, a la salida de la escuela, yo corría hasta la juguetería para mirar un avión en la vidriera. Era un bimotor de lata con el escudo argentino pintado en las alas. Mi madre me había dicho que nunca podría comprármelo, que no alcanzaba el sueldo de Obras Sanitarias y que por eso mi padre iba a cortar entradas al cine. Al menos podíamos ver todas las películas que queríamos. Pero en casi todas mostraban aviones y yo no me consolaba con recortarlos de las láminas del Billiken.
Una tarde entré a robarlo. Por la única foto que me queda de ese tiempo supongo que llevaría guardapolvo tableado, un echarpe de San Lorenzo y la cartera en la que pensaba esconder el avión. En el negocio había un par de mujeres mirando muñecas y el dueño me relojeó enseguida. Era un pelado del Partido Conservador que recién se había hecho peronista y tenía en la pared una foto del general a caballo. Busqué con la mirada por los estantes mientras las mujeres se iban y de pronto me quedé a solas con el tipo. Ahí me di cuenta de que estaba perdido. No había robado nada pero igual me sentía un ladrón. Me puse colorado y las piernas me temblaban de miedo. El pelado dio la vuelta al mostrador y me dio una cachetada sonora, justiciera. Nos quedamos en silencio, como esperando que el sol se oscureciera. ¿Qué hacer si ya no podía robarle el juguete? ¿Cómo esconder aquella humillación? Me volví y salí corriendo. Mi viejo estaba esperándome en la esquina con la bicicleta de la repartición. Tenía el pucho entre los labios y sonrió al verme llegar. "¿Qué te pasa?", me preguntó mientras yo subía al caño de la bici. Le contesté que me había retado la maestra, pero no me creyó. "¿No me querés decir nada, no?", dijo y yo asentí. Hicimos el camino a casa callados, corridos por el viento.
Una tarde, mientras iba en el Ford con Mereco, no pude aguantarme y le conté. Se levantó las antiparras y como único comentario me guiño un ojo. Dos o tres días más tarde vino a casa con el plano de un nuevo carburador que quería ponerle al coche. Traía una botella de tinto y el avión envuelto en una bolsa de papel. "Lo encontré tirado en la plaza", me dijo y cambió de conversación. Mi padre se olió algo raro y a cada rato levantaba la vista del plano para vigilarnos las miradas. No sé por qué tuve miedo de que el pelado viniera a tocar el timbre y me abofeteara de nuevo.
Pero el pelado no vino y Mereco desapareció por un tiempo. Fue por esos días cuando a mi padre lo comisionaron para hacer una inspección en Villa Mercedes y me llevó con él en el micro. Un pariente del gobernador tenía una instalación clandestina para regar una quinta de duraznos, o algo así. Recuerdo que no bien llegamos el jefe del distrito le dijo a mi padre que no se metiera porque lo iban a correr a tiros. "¡Pero si la gente no tiene agua para tomar, cómo no me voy a meter!", contestó mi viejo y volvimos a la pensión. No me acuerdo de qué me habló esa noche a solas en el comedor de los viajantes, pero creo que evocaba sus días del Otto Krause y a una mujer que había perdido durante la revolución del año 30.
Todo aquello me vuelve ahora envuelto en sombras. Nebulosos me parecen el subcomisario y el vigilante que vinieron a la mañana a quitarme el avión y a echarnos de Villa Mercedes antes de que mi padre pudiera hacer la inspección. Tenían un pedido de captura en San Luís y nos empujaron de mala manera hasta la terminal donde esperaba un policía de uniforme flamante. Hicimos el viaje de regreso en el último asiento custodiados por el vigilante y la gente nos miraba feo. En la terminal mi padre me preguntó por lo bajo si yo era cómplice de Mereco. Le dije que sí pero me ordenó que no dijera nada, que no nombrara a nadie.
No era la primera vez que nos llevaban a una comisaría y mi padre se defendió bastante bien. Negó que yo hubiera robado el avión y responsabilizó al comisario de interferir la acción de otro agente del Estado en cumplimiento del deber. Era hábil con los discursos mi viejo. Enseguida sacaba a relucir a los próceres que todavía estaban frescos y si seguía la resistencia también lo sacaba al general que tanto detestaba. A mí me llevaron a casa, donde encontré a mi madre llorando. Al rato Mereco cayó en el Ford y nos dijo que lo acompañáramos, que iba a entregarse.
Cuando llegamos, mi padre ya se había confesado culpable y en la guardia se armó una trifulca bárbara porque Mereco también quería ser el ladrón y mi viejo gritaba que a él sólo le asistía el derecho de robar un juguete para su hijo. Como ninguno de los dos tenía plata para pagarlo, mi avión fue a parar a un cajón lleno de cachiporras y cartucheras. Al amanecer llegó el jefe de Obras Sanitarias y nos largaron a todos. Mi padre se negó a subir al descapotable de Mereco y le dijo que si aparecía otra vez por casa le iba a romper la cara. Fue la última vez que lo vimos antes del velorio. Se calzó las antiparras, saludó con un brazo en alto y ahí va todavía, a noventa y capota baja, subiendo la quebrada con aquel Ford en el que hace tanto tiempo yo aprendí a manejar.
*De Osvaldo Soriano.
"Cuentos de los años felices". Editorial Sudamericana. Buenos Aires, edición de 1993.
Se llama Mereco mi muerto inolvidable. Para mí su viejo Ford nunca termina de desbarrancarse de una quebrada puntana, bajo una suave garúa que no amaina ni siquiera cuando vamos con mi padre rumbo a su velorio. ¿Cómo puede ser que Mereco esté muerto si hace cuarenta años que yo lo llevo en mí, flaco y alto como un farol de la plaza?
Cuando mi padre se descuida me acerco al ataúd que está más alto que mi cabeza y un comedido me levanta para que lo vea ahí, orondo, machucado y con la corbata planchada. La novia entra, llora un rato y se va, inclinada sobre otra mujer más vieja. Hay tipos que le fuman en la cara, toman copas y otro que entra al living repartiendo pésames prepotentes y se desmaya en los brazos de la madre.
Después vinieron otros muertos considerables, pero ninguno como él. Recuerdo a un colorado que me convidaba pochoclo en el colegio y lo agarró un camión a la salida. También a un insider de los Infantiles Evita que nunca largaba la pelota y se quedó pegado a un cable de luz. Pero aquellos muertos no eran drama porque nosotros, los otros, nunca nos íbamos a morir. Al menos eso me dijo mi padre mientras caminábamos por la vereda, a lo largo de la acequia, cubiertos por un paraguas deshilachado. Casi nunca llovía en aquel desierto pero en esos días de comienzos del peronismo se levantó el chorrillero, empezó a lloviznar y Mereco no pudo dominar el furioso descapotable negro en el que yo aprendí a manejar.
Por mi culpa mi padre estaba resentido con él y sólo de verlo muerto podía perdonarle aquel día en que lo llevaron preso. Salimos del velorio por un corredor y cruzamos un terreno baldío para llegar al depósito de la comisaría. El Ford A estaba en la puerta, aplastado como una chapita de cerveza. Mi padre iba consolando a otra novia que tenía el finado y ya no se acordaba de mí. Pegado a la pared para que no me viera el vigilante, me acerqué al amasijo de fierros y alcancé a ver el volante de madera lustrada. Seguía reluciente y entero entre las chapas aplastadas. También estaba intacta la plaqueta del tablero con el velocímetro y el medidor de nafta. Marcaba en millas, me acuerdo, y cuando íbamos a ver a su otra novia, Mereco lo levantaba a sesenta o más por el camino de tierra. Nadie sabía nada. Mi padre creía que yo me quedaba en la escuela y la novia de Mereco estaba convencida de que íbamos a buscar a mi padre que controlaba el agua en las piletas del regimiento. Entonces llegábamos a un caserío viejo que el coronel Manuel Dorrego había tomado y defendido no sé cuántas veces y Mereco me dejaba solo con el Ford A debajo de una higuera frondosa. Ésa era mi fiesta en los días en que Mereco no estaba muerto y el Ford seguía intacto. me sentaba en su asiento, estiraba las piernas hasta tocar los pedales y el que iba a mi lado era Fangio anunciándome curvas y terraplenes.
Mereco no es un muerto triste. Tiene como veinticinco años y todavía lo veo así ahora que yo tengo el doble y he recorrido más rutas que él. Antes del incidente que lo enemistó con mi viejo, solía venir a casa a tomar mate y dar consejos. "Hágame caso, doble siempre golpeando el volante, don José", le decía a mi padre como si mi padre tuviera un coche con el que doblar. "En el culebreo suelte el volante hasta que se acomode solo", insistía. "Es un farabute", comentaba mi viejo mientras lo miraba alejarse con el parabrisas bajo y las antiparras puestas.
Nunca tuvieron un mango ni Mereco ni mi padre. Por las tardes, a la salida de la escuela, yo corría hasta la juguetería para mirar un avión en la vidriera. Era un bimotor de lata con el escudo argentino pintado en las alas. Mi madre me había dicho que nunca podría comprármelo, que no alcanzaba el sueldo de Obras Sanitarias y que por eso mi padre iba a cortar entradas al cine. Al menos podíamos ver todas las películas que queríamos. Pero en casi todas mostraban aviones y yo no me consolaba con recortarlos de las láminas del Billiken.
Una tarde entré a robarlo. Por la única foto que me queda de ese tiempo supongo que llevaría guardapolvo tableado, un echarpe de San Lorenzo y la cartera en la que pensaba esconder el avión. En el negocio había un par de mujeres mirando muñecas y el dueño me relojeó enseguida. Era un pelado del Partido Conservador que recién se había hecho peronista y tenía en la pared una foto del general a caballo. Busqué con la mirada por los estantes mientras las mujeres se iban y de pronto me quedé a solas con el tipo. Ahí me di cuenta de que estaba perdido. No había robado nada pero igual me sentía un ladrón. Me puse colorado y las piernas me temblaban de miedo. El pelado dio la vuelta al mostrador y me dio una cachetada sonora, justiciera. Nos quedamos en silencio, como esperando que el sol se oscureciera. ¿Qué hacer si ya no podía robarle el juguete? ¿Cómo esconder aquella humillación? Me volví y salí corriendo. Mi viejo estaba esperándome en la esquina con la bicicleta de la repartición. Tenía el pucho entre los labios y sonrió al verme llegar. "¿Qué te pasa?", me preguntó mientras yo subía al caño de la bici. Le contesté que me había retado la maestra, pero no me creyó. "¿No me querés decir nada, no?", dijo y yo asentí. Hicimos el camino a casa callados, corridos por el viento.
Una tarde, mientras iba en el Ford con Mereco, no pude aguantarme y le conté. Se levantó las antiparras y como único comentario me guiño un ojo. Dos o tres días más tarde vino a casa con el plano de un nuevo carburador que quería ponerle al coche. Traía una botella de tinto y el avión envuelto en una bolsa de papel. "Lo encontré tirado en la plaza", me dijo y cambió de conversación. Mi padre se olió algo raro y a cada rato levantaba la vista del plano para vigilarnos las miradas. No sé por qué tuve miedo de que el pelado viniera a tocar el timbre y me abofeteara de nuevo.
Pero el pelado no vino y Mereco desapareció por un tiempo. Fue por esos días cuando a mi padre lo comisionaron para hacer una inspección en Villa Mercedes y me llevó con él en el micro. Un pariente del gobernador tenía una instalación clandestina para regar una quinta de duraznos, o algo así. Recuerdo que no bien llegamos el jefe del distrito le dijo a mi padre que no se metiera porque lo iban a correr a tiros. "¡Pero si la gente no tiene agua para tomar, cómo no me voy a meter!", contestó mi viejo y volvimos a la pensión. No me acuerdo de qué me habló esa noche a solas en el comedor de los viajantes, pero creo que evocaba sus días del Otto Krause y a una mujer que había perdido durante la revolución del año 30.
Todo aquello me vuelve ahora envuelto en sombras. Nebulosos me parecen el subcomisario y el vigilante que vinieron a la mañana a quitarme el avión y a echarnos de Villa Mercedes antes de que mi padre pudiera hacer la inspección. Tenían un pedido de captura en San Luís y nos empujaron de mala manera hasta la terminal donde esperaba un policía de uniforme flamante. Hicimos el viaje de regreso en el último asiento custodiados por el vigilante y la gente nos miraba feo. En la terminal mi padre me preguntó por lo bajo si yo era cómplice de Mereco. Le dije que sí pero me ordenó que no dijera nada, que no nombrara a nadie.
No era la primera vez que nos llevaban a una comisaría y mi padre se defendió bastante bien. Negó que yo hubiera robado el avión y responsabilizó al comisario de interferir la acción de otro agente del Estado en cumplimiento del deber. Era hábil con los discursos mi viejo. Enseguida sacaba a relucir a los próceres que todavía estaban frescos y si seguía la resistencia también lo sacaba al general que tanto detestaba. A mí me llevaron a casa, donde encontré a mi madre llorando. Al rato Mereco cayó en el Ford y nos dijo que lo acompañáramos, que iba a entregarse.
Cuando llegamos, mi padre ya se había confesado culpable y en la guardia se armó una trifulca bárbara porque Mereco también quería ser el ladrón y mi viejo gritaba que a él sólo le asistía el derecho de robar un juguete para su hijo. Como ninguno de los dos tenía plata para pagarlo, mi avión fue a parar a un cajón lleno de cachiporras y cartucheras. Al amanecer llegó el jefe de Obras Sanitarias y nos largaron a todos. Mi padre se negó a subir al descapotable de Mereco y le dijo que si aparecía otra vez por casa le iba a romper la cara. Fue la última vez que lo vimos antes del velorio. Se calzó las antiparras, saludó con un brazo en alto y ahí va todavía, a noventa y capota baja, subiendo la quebrada con aquel Ford en el que hace tanto tiempo yo aprendí a manejar.
*De Osvaldo Soriano.
"Cuentos de los años felices". Editorial Sudamericana. Buenos Aires, edición de 1993.
*
Queridas amigas, queridos amigos:
El próximo domingo 8 de octubre del 2006 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), música del compositor argentino Rubén Carrasco. Las poesías que leeremos pertenecen a Jeannette Clariond (México) y la música de fondo será de Mario Guacarán (Venezuela); todo ésto en nuestro programa Poesía y Música Latinoamericana, en español y alemán. ¡Les deseamos una feliz audición!
El próximo domingo 8 de octubre del 2006 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), música del compositor argentino Rubén Carrasco. Las poesías que leeremos pertenecen a Jeannette Clariond (México) y la música de fondo será de Mario Guacarán (Venezuela); todo ésto en nuestro programa Poesía y Música Latinoamericana, en español y alemán. ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link MP3 Live-Stream)
!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
HASTA 15 de Octubre del 2006....
2º CONCURSO DE FOTOGRAFÍA ECOLÓGICA XICóATL “ESTRELLA ERRANTE”
Importante: A los interesados en participar en el Concurso, les rogamos no realizar solamente a última hora su(s) envío(s), debido a las limitaciones de capacidad de nuestro buzón electrónico. En caso de que su mail sea rechazado en nuestro buzón principal, envíe su participación a la dirección: euroyage@...
BASES DEL CONCURSO:
- TEMAS: las temáticas del concurso son tres:
a) Fotografía artística sobre un tema ecológico,
b) Problemas ecológicos,
c) Soluciones a problemas ecológicos.
- FOTOS: para cada tema se pueden enviar un máximo de 5 fotografías digitales, en color y/o blanco y negro, peso máximo de cada foto 500 KB, en formato jpg, bmp o gif.
- ANEXOS: La(s) foto(s) deberá(n) acompañarse de dos ficheros Word:
1) Un fichero titulado “pseudónimo+descripción” que contenga un texto resumido que describa el mensaje de la(s) foto(s), el problema o la solución planteado (máx. 1 página, tamaño DIN A4), y el pseudónimo del concursante.
2) Un fichero titulado “pseudónimo+datos” que contenga los datos del concursante: nombre y apellido, pseudónimo utilizado, correo postal y electrónico, tel. y/o fax y un breve curriculum (ev. foto).
- FECHA LIMITE PARA EL ENVÍO DE LOS TRABAJOS: 15 de Octubre del 2006.
- Los resultados se anunciarán en el No 79 del Magazin Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante” (Abril/Junio/2007, edición digital [www.euroyage.com] e impresa).
PREMIOS:
- Se otorgarán en total 7 premios: CUATRO PREMIOS de 200 Euros para problemas y/o soluciones, y TRES PREMIOS de 200 Euros para fotografía artística, además de la publicación en el Magazin Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante”.
- Menciones de Honor y publicación de los trabajos destacados.
Envíos a: euroyage@...
Importante: A los interesados en participar en el Concurso, les rogamos no realizar solamente a última hora su(s) envío(s), debido a las limitaciones de capacidad de nuestro buzón electrónico. En caso de que su mail sea rechazado en nuestro buzón principal, envíe su participación a la dirección euroyage@...
Ejercicios de escritura
Para el 16 de octubre.
INVENTREN
Un viaje literario por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Próxima estación: J.R.R.Tolkien (ex 12 de agosto)
Enviar colaboraciones a: inventivasocial@...
*
Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y
literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social.
El mecanismo es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
Enviar los escritos al correo: inventivasocial@...
***
Invitación al Club de socios de InventivaSocial
-Reciba TODAS las
ediciones de Inventiva Social en su casilla de correo.
La cuota anual del club de socios es de 36 pesos en Argentina o 10 Euros en el exterior.
Servicios exclusivos para socios lectores y escritores:
-Acompañamiento en la escritura con tema propio o ejercicios de escritura.
-La publicación virtual en Inventiva Social de antologías con sus trabajos.
-Publicación virtual de obras o textos extensos (libros ya editados) en inventiva.
Un abrazo enorme y sigan acompañando esta hermosa experiencia.
*Eduardo Francisco Coiro inventivasocial@...
InventivaSocial
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Plaza virtual de escritura
Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial@...
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.
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