INVENTIVASocial
Plaza virtual de escritura
Edición NOVIEMBRE 2006
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“LA CABEZA”*
Personaje Único: MUJER
INDUMENTARIA:
a) Traje sastre negro, mal hecho.
b) Blusa con puntillas.
c) Medias marrones. Varios pares superpuestos. Enrolladas apenas más arriba de las rodillas.
d) Zapatos nuevos.
ESCENARIO:
ESCENARIO:
a) Un banquito.
b) Una muñeca sin cabeza. Mide 1,70 mts. Sin ropas. Parece un ser humano. Extendida, hacia arriba, en mitad del escenario, con piernas a proscenio y abiertas. Delante y a un par de
metros del banquito.
INDICACIONES:
INDICACIONES:
a) La MUJER talla con un cortaplumas un pan de jabón durante casi todo el transcurso de la
representación.
b) En las tres instancias en que la MUJER toma contacto físico con la muñeca queda con cabeza a
proscenio.
El escenario a oscuras. Se enciende una luz. Y otra. Y otra. Así todas las demás. Pausa.
MUJER (sentada al lado del banquito):
El escenario a oscuras. Se enciende una luz. Y otra. Y otra. Así todas las demás. Pausa.
MUJER (sentada al lado del banquito):
Nosotras no la matamos. Se murió sola. Se murió porque se tenía que morir. Cuando se tenía que morir. Nosotras la cuidamos desde que nació. No. Desde que nacimos. La cuidamos, le damos de comer...
La fregamos, le hundimos los bichitos en el agua, le cantamos el bolero. Nos portamos bien. Ella no. Ella a veces se portaba bien. Nosotras no. Nosotras no la matamos. Se murió sola. La cuidamos desde que
nacimos. “Ella es tu hermana...” “Y ella es tu hermana...” Ella no. La
cambiamos, le damos de comer. Ella le cantaba el mismo bolero que le gustaba. Bajito. No podemos hacer nada más nosotras. La fregamos con “puloil”. Cuando aparecían las manchas enseguida las pintábamos. Ella se consiguió el esmalte y le pasábamos el pincelito. Le hacíamos un poco de cosquillas pero nos
miraba con gratitud. Ella se murió sola. No. Nosotras estábamos pero no la matamos. Se
equivocan. Se equivocaron con nosotras. Pensaron que nosotras la ayudamos. Le traíamos vino y le cantábamos el
bolero. Más ella que yo. Le cantaba. Pero nosotras le traíamos el vino.
Pausa.
Me la voy a poner cuando la termine. Tiene que quedar bien hechita. Si no, no la quiero. No me la pongo ni medio. Pasó una mujer y se creyó que la tenía. Me dijo no sé qué de las orejas. Se creyó que la tenía puesta. Me la vio en la falda y no se dio cuenta. Me dio una lata con miguitas. Me dijo: “Tome, para ustedes”. La señora esa no es de acá, pasaba. Me cuesta la boca. Sobre todo porque queremos tener una boca que sirva para reírse. No que haga así (hace un pequeño gesto con la boca) un poquito. Queremos que se ría. Que carcajee. Con ruido. ¡No nos interesa que no quede fino! Ella no se rió nunca. Se murió sola. Si se hubiera reído alguna vez no hubiéramos tenido que estar siempre con ella vigilándola, no nos hubiera pedido nada. Se hubiera entretenido sola. Se hubiera reído. Las que no me salen no las tiro más, las guardo en la lata. Nos vamos a hacer una cabeza con pelo de miguitas.
Ríe estentóreamente. Coloca su cabeza a continuación del cuello de la muñeca. Queda extendida,
Pausa.
Me la voy a poner cuando la termine. Tiene que quedar bien hechita. Si no, no la quiero. No me la pongo ni medio. Pasó una mujer y se creyó que la tenía. Me dijo no sé qué de las orejas. Se creyó que la tenía puesta. Me la vio en la falda y no se dio cuenta. Me dio una lata con miguitas. Me dijo: “Tome, para ustedes”. La señora esa no es de acá, pasaba. Me cuesta la boca. Sobre todo porque queremos tener una boca que sirva para reírse. No que haga así (hace un pequeño gesto con la boca) un poquito. Queremos que se ría. Que carcajee. Con ruido. ¡No nos interesa que no quede fino! Ella no se rió nunca. Se murió sola. Si se hubiera reído alguna vez no hubiéramos tenido que estar siempre con ella vigilándola, no nos hubiera pedido nada. Se hubiera entretenido sola. Se hubiera reído. Las que no me salen no las tiro más, las guardo en la lata. Nos vamos a hacer una cabeza con pelo de miguitas.
Ríe estentóreamente. Coloca su cabeza a continuación del cuello de la muñeca. Queda extendida,
hacia arriba. Pausa.
¡Qué bello que nos queramos! ¡Que oigamos por la misma oreja, que olamos por la misma nariz! ¡Que no nos odiemos, que no nos querramos matar! Se murió sola. Nosotras la cuidamos. Le voy a poner la
¡Qué bello que nos queramos! ¡Que oigamos por la misma oreja, que olamos por la misma nariz! ¡Que no nos odiemos, que no nos querramos matar! Se murió sola. Nosotras la cuidamos. Le voy a poner la
dentadura. Va a salir bien. Si no, hacemos otra. No me importa. Bien hechita. Si sale mal, no importa.
Otra vez. No nos damos por vencidas. (Ríe estentóreamente.) Nosotras sabemos lo que pasa: viene la fiaca y no trabajamos. Nos quedamos mirándonos como estúpidas. Nos ponemos a pensar como idiotas. Nos empezamos a arañar. Nos empezamos a decir cosas crueles, horribles. Y así parece que nos odiamos, que no necesitamos estar juntas. Pero nosotras necesitamos estar juntas. Y decirnos que nos queremos. Y que nos demos una flor, o algo. No basta saber que nos queremos. Nos ponemos la cabeza y ya está. Y si ella se murió, ella se murió. Nos
podemos besar y nos podemos morder. Y nos hacemos una poesía y la
decimos. Como un regalo. Nos gusta mucho hacernos una poesía, o una flor, o algo. No queremos que nos encuentren tiraditas, o acurrucadas, o con cara de frío. Ella nos llamaba la paliducha. ¿Pero quién se
murió?... Nosotras no. Pero tampoco le hicimos nada. No. La cuidamos nosotras. También.
En silencio, se incorpora trabajosamente. Arrodillada, mira a la muñeca. Se agacha y pone su boca en uno de los pezones de la muñeca. Succiona. Lo abandona dándole besos. Besa amorosa, sonora e
En silencio, se incorpora trabajosamente. Arrodillada, mira a la muñeca. Se agacha y pone su boca en uno de los pezones de la muñeca. Succiona. Lo abandona dándole besos. Besa amorosa, sonora e
infantilmente. Suspira. Talla el jabón con particular ahínco. Suspira. Ríe estentóreamente. Queda
sentada al lado de la muñeca.
¡Qué alegres que somos! Y dicharacheras y juguetonas. Siempre nos encimamos, hablamos al mismo tiempo. Decimos pasó una nube justo cuando pasa. ¡Alegres, benditas y alegres! ¡Somos una gloria! ¡Y
¡Qué alegres que somos! Y dicharacheras y juguetonas. Siempre nos encimamos, hablamos al mismo tiempo. Decimos pasó una nube justo cuando pasa. ¡Alegres, benditas y alegres! ¡Somos una gloria! ¡Y
como somos chispeantes y divertidas no nos hacen doler los brazos ni el culo!... Y como hacemos así (Hace un pequeño gesto con la boca.) con la lengua limpia, las muelas emplomadas, todas benditas, nos felicitan con tarjetones: “Para las chicas más recatadas...” “Para las hacendosas hermanas...” “Las púdicas
muchachuelas del pabellón merecen toda nuestra simpatía y cordialidad.” “Por
cándidas y primaverales, nuestro beneplácito, nuestro regocijo.” “Para las risueñas buenas mozas...” ¡Y esas somos nosotras para los demás!... (Pausa.)
¡Esta boca! ¡Me sale trágica, me sale trágica! Ché, nadie te va a besar a vos, así. Tan amarga, van a poner los labios para adentro, los otros. Te vas a hacer mala fama. Y hazte mala fama y échate a dormir. Y después de dormir, más amarga, más sin saliva todavía. Ché, nosotras te queremos
radiante, ¿eh? No pastosa. ¿Para qué te ponemos los
hoyuelos entonces? ¡Desaprovechadora! Nosotras te mimamos, te hacemos sonrisitas, te contamos... (Mete la mano en una axila. Saca dos papelitos. Lee uno en voz baja. Lee el otro:) chascarrillos. (Guarda ambos papelitos en la axila.) Te damos chiclets Adams, te cantamos el bolero. No. A vos no te cantamos el bolero. ¡Las cejas no interesan, las mujeres se las
arrancan! (Se yergue alarmada. Suspende su tarea de tallar el jabón. Dice:) “Alambre alambre no mata el hambre.” (Retoma su tarea de tallar el jabón.)
“Alambre alambre no mata el hambre.” (Coloca su pubis sobre el de la muñeca.) No la matamos nosotras. Sola se murió. La cuidamos desde que nació. No. Desde que nacimos. Nosotras teníamos que nacer también. Ella ya estaba. Ya estaba acá. Nosotras aparecimos. “Ella es tu hermana...” (Comienza a frotar con suavidad su pubis “en redondo” sobre el de la muñeca.) “Y ella es tu hermana...” Nos dijeron “decile mamá”. La cuidamos, la fregamos, le hundimos los bichitos en el agua. No se murió porque no le dijimos mamá. Le cantamos el bolero. Más ella que yo. Vino así: ya estaba
muerta. (Deja de tallar el jabón al tiempo que cesa de frotarse. Abre los brazos, apoya un lado de la cara en el suelo. En una mano tiene el jabón, en la otra el cortaplumas. Levanta la cabeza. Dice:) Me
falta la cabeza... (Frota su pubis contra el de la muñeca durante algunos instantes. Ya no suavemente. Cesa de moverse. Busca en la axila. Saca los dos papelitos. Lee:)
“Está, cómo diré, menos que amaneciendo. Pero amanece.”
Guarda los papelitos en la axila. Frota su pubis contra el de la muñeca, con gran suavidad. Talla el jabón a ras del suelo. Decrece la luz muy lentamente. Telón.
Guarda los papelitos en la axila. Frota su pubis contra el de la muñeca, con gran suavidad. Talla el jabón a ras del suelo. Decrece la luz muy lentamente. Telón.
*Pieza teatral de Rolando Revagliatti. revadans@...
DESTINO*
La sevillana estaba en el cajón de los padres desde hacía años, desde antes de que ella naciera.
Dos o tres veces su papá la había limpiado y aceitado mostrándole el mecanismo temible, que hacía saltar la hoja de acero con un violento empujón que buscaba hundirse en algo blando. Con los ojos de rechazo y deseo había mirado el arma, con dedito asustadizo había acariciado la empuñadura adornada. Era un bello objeto, lo recordaba con la claridad de lo que se ve una vez y no se olvida.
Estaba sola en la casa. Papá y mamá habían ido al centro.
Había mirado televisión, ahora se estaba peinando con raya al costado para ver cómo le quedaba. No, mejor raya al medio como siempre. Se limpió los dientes que ya se había limpiado, se hizo unas muecas en el espejo, se pintó los ojos con el delineador de mamá y se lavó la cara con agua y jabón para que no quedaran huellas. Se aburría.
Recordó la sevillana, y el recuerdo del arma estaba unido a la delicia de que estuviese en el cajón de la mesita de luz de su papá, en el dormitorio de ellos, como una piedra preciosa dentro de la caja prohibida enterrada en el jardín oculto. Ella jamás entraba a la habitación de sus padres sin estar ellos allí, y esto también raramente, porque a sus trece años ya no frecuentaba la cama de papá y mamá como antes, cuando un trueno o una pesadilla la depositaban de inmediato en el medio de la seguridad y calidez del lecho matrimonial.
Ya era una señorita, estaba grande para esas cosas.
Sintió el cosquilleo de lo prohibido cuando traspasó el dintel de la puerta, y olió esa habitación donde flotaba aún la presencia de los ausentes. El débil aroma de la crema de manos de mamá, la loción de papá, el olor propio de la madera de los placares, las motitas de polvo que danzaron en el haz de luz que entraba por la ventana cuando ella se sentó sobre la frazada.
Abrió el cajón con culpa, y vio el termómetro, tarritos, pañuelos, una caja que reconoció como profilácticos y le dieron un súbito pánico de hacer lo indebido. Cerró el cajón, miró a los lados, escuchó un momento y luego pensó que era tonto asustarse, que sus papás recién llegarían al mediodía.
Otra vez abierto el cajón, ahora hasta el fondo, encontró bien atrás la sevillana. Era tan bella como la recordaba. La luz que la hería de súbito bruñía el metal.
La tomó con cuidado y le sorprendió el peso. No era un juguete, era un objeto que exigía gravedad. La acarició con dedos desconfiados y finalmente se atrevió a intentar accionar el mecanismo. No recordaba muy bien cómo se hacía, hasta que reconoció el botón que permitía saltar al payaso fuera de la caja de sorpresas. Recordó la imagen de la cabeza de un payaso sobre un resorte, bamboleándose lentamente luego de la desesperada fuga de la oscuridad apretada de la caja. Cada vez que se había abierto la sevillana la imagen del payaso había acudido puntual a su imaginación. Como a casi todos los niños, los payasos le parecían intranquilizantes.
Con extrema precaución sostuvo la empuñadura y accionó el resorte. La hoja violentamente se ofreció al asesinato, con la presteza del que acude antes de ser requerido.
Se asustó un poco, pero al cabo era casi un cuchillo ordinario el que descansaba en sus manos.
Lo miró un rato y finalmente trató de cerrar la sevillana para dejarla seguir su sueño. No pudo. Primero se reprochó la propia torpeza, pero la alarma le hizo crecer el pánico cuando se dio cuenta de que se había trabado el mecanismo. Con un pañuelo empujaba la hoja que estaba como soldada al mango, cuchillo vertical recto reacio a la genuflexión que intentaba lograr.
La sevillana se había descompuesto, el pañuelo tenía una blanca herida de la que no manaba sangre.
La dejó en el cajón, lo cerró, salió del cuarto. Desde toda la casa podía ver el arma desdoblada, sin cerrar los ojos la veía a través de las paredes y los muebles.
Se dijo que papá se iba a dar cuenta. Pensó en la vergüenza de admitir que había entrado como una ladrona a la habitación vacía, que había revisado las cosas ajenas. Se sonrojó al recordar los profilácticos y supo que no había sevillana sin profilácticos, que esa cajita estaba entre ella y su padre, que su papá recordaría los profilácticos delante de la sevillana. La vergüenza le puso las manos sobre la cara, ocultándose de la imagen de papá también avergonzado, sin saber cómo retarla, cómo recriminar la acción vejatoria. Tenía el pañuelo con el neto corte acusatorio contra los ojos.
Tiró el pañuelo a la basura, pero se veía brillantemente claro sobre la yerba usada y las cáscaras de naranja. Lo sacó con asco, lo envolvió en papel y volvió a desecharlo. Con la palita y la escoba borró los rastros de las partículas verdes que se habían desparramado alrededor del tacho.
Pero mientras envolvía el pañuelo y limpiaba el piso seguía siendo, desde lejos, desde la habitación, observada por la oculta sevillana abierta.
Volvió al cuarto, abrió el cajón y comenzó inútilmente a tironear del mecanismo del arma que se diría tenía para siempre la voluntad de permanecer en línea recta. Se cortó, siguió intentando cerrarla, la sangre formó gotitas acusadoras sobre la mesita de luz, en el suelo, sobre la frazada.
Con el cuchillo cruzado sobre la falda se echó a llorar, y al secarse las lágrimas dejó un rastro rojo alrededor de sus ojos hinchados.
Pensó en escaparse, ir a la casa de la abuela, pero era un mero aplazamiento, además de que no quería causarles la angustia a sus padres de creerla extraviada o secuestrada.
Estaba todo perdido. No había ya posibilidad de ocultamiento. Ahora se acumulaban los rastros y las huellas de su delito alrededor del cajón que, como una incauta Pandora, había abierto por curiosidad para dejar libres las desgracias. Ya no había solución.
Con calma ahora fue al baño, llenó la bañera con agua caliente, vestida se acostó dentro, y mientras el agua se coloreaba pensó que qué lástima, realmente, que qué pena que las cosas hubiesen salido de esa manera.
*de MÓNICA RUSSOMANNO. russomannomonica@...
Dos o tres veces su papá la había limpiado y aceitado mostrándole el mecanismo temible, que hacía saltar la hoja de acero con un violento empujón que buscaba hundirse en algo blando. Con los ojos de rechazo y deseo había mirado el arma, con dedito asustadizo había acariciado la empuñadura adornada. Era un bello objeto, lo recordaba con la claridad de lo que se ve una vez y no se olvida.
Estaba sola en la casa. Papá y mamá habían ido al centro.
Había mirado televisión, ahora se estaba peinando con raya al costado para ver cómo le quedaba. No, mejor raya al medio como siempre. Se limpió los dientes que ya se había limpiado, se hizo unas muecas en el espejo, se pintó los ojos con el delineador de mamá y se lavó la cara con agua y jabón para que no quedaran huellas. Se aburría.
Recordó la sevillana, y el recuerdo del arma estaba unido a la delicia de que estuviese en el cajón de la mesita de luz de su papá, en el dormitorio de ellos, como una piedra preciosa dentro de la caja prohibida enterrada en el jardín oculto. Ella jamás entraba a la habitación de sus padres sin estar ellos allí, y esto también raramente, porque a sus trece años ya no frecuentaba la cama de papá y mamá como antes, cuando un trueno o una pesadilla la depositaban de inmediato en el medio de la seguridad y calidez del lecho matrimonial.
Ya era una señorita, estaba grande para esas cosas.
Sintió el cosquilleo de lo prohibido cuando traspasó el dintel de la puerta, y olió esa habitación donde flotaba aún la presencia de los ausentes. El débil aroma de la crema de manos de mamá, la loción de papá, el olor propio de la madera de los placares, las motitas de polvo que danzaron en el haz de luz que entraba por la ventana cuando ella se sentó sobre la frazada.
Abrió el cajón con culpa, y vio el termómetro, tarritos, pañuelos, una caja que reconoció como profilácticos y le dieron un súbito pánico de hacer lo indebido. Cerró el cajón, miró a los lados, escuchó un momento y luego pensó que era tonto asustarse, que sus papás recién llegarían al mediodía.
Otra vez abierto el cajón, ahora hasta el fondo, encontró bien atrás la sevillana. Era tan bella como la recordaba. La luz que la hería de súbito bruñía el metal.
La tomó con cuidado y le sorprendió el peso. No era un juguete, era un objeto que exigía gravedad. La acarició con dedos desconfiados y finalmente se atrevió a intentar accionar el mecanismo. No recordaba muy bien cómo se hacía, hasta que reconoció el botón que permitía saltar al payaso fuera de la caja de sorpresas. Recordó la imagen de la cabeza de un payaso sobre un resorte, bamboleándose lentamente luego de la desesperada fuga de la oscuridad apretada de la caja. Cada vez que se había abierto la sevillana la imagen del payaso había acudido puntual a su imaginación. Como a casi todos los niños, los payasos le parecían intranquilizantes.
Con extrema precaución sostuvo la empuñadura y accionó el resorte. La hoja violentamente se ofreció al asesinato, con la presteza del que acude antes de ser requerido.
Se asustó un poco, pero al cabo era casi un cuchillo ordinario el que descansaba en sus manos.
Lo miró un rato y finalmente trató de cerrar la sevillana para dejarla seguir su sueño. No pudo. Primero se reprochó la propia torpeza, pero la alarma le hizo crecer el pánico cuando se dio cuenta de que se había trabado el mecanismo. Con un pañuelo empujaba la hoja que estaba como soldada al mango, cuchillo vertical recto reacio a la genuflexión que intentaba lograr.
La sevillana se había descompuesto, el pañuelo tenía una blanca herida de la que no manaba sangre.
La dejó en el cajón, lo cerró, salió del cuarto. Desde toda la casa podía ver el arma desdoblada, sin cerrar los ojos la veía a través de las paredes y los muebles.
Se dijo que papá se iba a dar cuenta. Pensó en la vergüenza de admitir que había entrado como una ladrona a la habitación vacía, que había revisado las cosas ajenas. Se sonrojó al recordar los profilácticos y supo que no había sevillana sin profilácticos, que esa cajita estaba entre ella y su padre, que su papá recordaría los profilácticos delante de la sevillana. La vergüenza le puso las manos sobre la cara, ocultándose de la imagen de papá también avergonzado, sin saber cómo retarla, cómo recriminar la acción vejatoria. Tenía el pañuelo con el neto corte acusatorio contra los ojos.
Tiró el pañuelo a la basura, pero se veía brillantemente claro sobre la yerba usada y las cáscaras de naranja. Lo sacó con asco, lo envolvió en papel y volvió a desecharlo. Con la palita y la escoba borró los rastros de las partículas verdes que se habían desparramado alrededor del tacho.
Pero mientras envolvía el pañuelo y limpiaba el piso seguía siendo, desde lejos, desde la habitación, observada por la oculta sevillana abierta.
Volvió al cuarto, abrió el cajón y comenzó inútilmente a tironear del mecanismo del arma que se diría tenía para siempre la voluntad de permanecer en línea recta. Se cortó, siguió intentando cerrarla, la sangre formó gotitas acusadoras sobre la mesita de luz, en el suelo, sobre la frazada.
Con el cuchillo cruzado sobre la falda se echó a llorar, y al secarse las lágrimas dejó un rastro rojo alrededor de sus ojos hinchados.
Pensó en escaparse, ir a la casa de la abuela, pero era un mero aplazamiento, además de que no quería causarles la angustia a sus padres de creerla extraviada o secuestrada.
Estaba todo perdido. No había ya posibilidad de ocultamiento. Ahora se acumulaban los rastros y las huellas de su delito alrededor del cajón que, como una incauta Pandora, había abierto por curiosidad para dejar libres las desgracias. Ya no había solución.
Con calma ahora fue al baño, llenó la bañera con agua caliente, vestida se acostó dentro, y mientras el agua se coloreaba pensó que qué lástima, realmente, que qué pena que las cosas hubiesen salido de esa manera.
*de MÓNICA RUSSOMANNO. russomannomonica@...
ESTIMULOS*
La actitud y el desafío
A veces un estímulo puede venir de donde uno menos lo espera, y lograr inducirnos a encarar empresas impensadas, impulsándonos a alcanzar hazañas, grandes o pequeñas, o lograr anhelados triunfos, que de no ser por ese inesperado empujón, no nos hubiéramos animado, o no las hubiéramos emprendido.-
De muy joven aprendí a jugar al billar, a la carambola. Al principio, como todas las cosas, malamente, sin técnicas, sin práctica, ni métodos. Jugábamos a una raya, veinticinco carambolas, y tardábamos una hora o más. Aprovechábamos la siesta de los domingos cuando las mesas de los bares estaban disponibles, y allí íbamos aprendiendo y entusiasmándonos.- Cada vez más, y más y más.
Jugábamos con muchachos que estaban aprendiendo y por lo tanto en el mismo nivel, y también viendo y admirando a los mayores que para nosotros eran verdaderos maestros. Algunos bastante jóvenes, y ya le hacían partido a los veteranos, que sabían de técnicas y mostraban habilidades muy desarrolladas por su larga práctica.
Se jugaba mucho en aquellos tiempos. En varios lugares había mesas y siempre se disputaban torneos: en Clubes, en bares, y en la parroquia; en nuestra ciudad o en la vecina; con diferentes categorías para minimizar ventajas. Poco a poco fuimos mejorando substancialmente nuestro juego.
Yo sentía una verdadera pasión, jugaba todos los días y las horas que podía disponer, lógicamente uno terminaba aprendiendo, no sólo a jugar, sino los trucos y misterios que encerraba.- Efectos, golpes, retrocesos, corridas, pasabolas, rebotes y bandas; peso y contrapeso de los tacos… Lográbamos indudablemente ser cada vez más competitivos. Y eso nos atrevía a buscar entreverarnos con los más avanzados. A esta altura era posible que nos invitaran como pareja de alguno de ellos, cuando había algún desafío y se jugaba de cuatro, casi siempre por una cena.
Un domingo en el bar más concurrido he visto a uno de los “maestros” taqueando solo, esperando seguramente algún amigo para hacer unas rayas… Me ofrecí como contrincante, mientras tanto…
Me miró despectivo, y se movió muy lentamente, quedando casi paralizado en la posición de tiro, apenas levantó algo la cabeza…, y con toda la arrogancia que podía ser capaz…, diría que me espetó:
-Pero, ¿Quién te creés que sos, mocoso?- Y exhibiendo una mueca socarrona, mostrando una evidente indignación, siguió con su solitario taqueo, ignorándome por completo de ahí en más…
Sé que me mordí de rabia y humillación. Sentí tanta vergüenza que me fui a casa, con un injusto dolor en las entrañas, pensando una y otra vez si era mía la culpa, y si en fin, yo mismo había provocado su reacción visiblemente arrogante…. Por bastante tiempo rumié ese momento una y otra vez, hasta que se fue transformando más bien, en un juramento de venganza, de que llegaría el momento del desquite…
No debería haberme dejado llevar de esa manera, no debí permitir que esa ira crezca dentro de mí, no debí darle tanta importancia; y sin embargo eso es lo que hice…
Desde allí aceleré mi aprendizaje si cabe, jugando más y más. Competía cada vez con mejores adversarios. Jugaba con destreza, pero también con una fuerza nueva, como con furia. Entraba en casi todos los torneos, y me fui emparejando a los mejores, a los más habilidosos, a los veteranos incluso. Muchos consideraban que era muy bueno, y yo me sentía cada vez más seguro.
En un torneo organizado por la Parroquia, participamos una veintena de billaristas, en la mayor categoría, todos contra todos; a cuatro rayas; y la duración era de un par de semanas, ya que no se jugaba todas las noches. Había dos partidos por vez, y los demás, en lo posible, asistíamos para observar el desarrollo de cada uno.
Este hombre arrogante también jugaba, y lógicamente llegó el día, o la noche, en que nos enfrentamos. Quizás él se habría olvidado del incidente, porque había pasado ya mucho tiempo; pero no yo, que pensaba apabullarlo, destruirlo, y cobrarme su actitud despectiva, como una de las mayores consignas de la vida…
Era reconocido como muy buen billarista, uno de los mejores entre nosotros; pero yo estaba motivado por la pasión de cobrarme la ofensa. Yo quería desquitarme, humillarlo… y que mejor que esa noche delante de todos…
Comenzado el partido no le fue bien, creo que sentía el peso de demostrar toda la gran diferencia que había con aquel “novato”, debía ganar con mucha holgura, mostrar sin ninguna duda su supremacía… En cambio a mí me movía una furia santa que me potenciaba y me daba un poder extra.
De entrada le saqué muchísima ventaja, y desde allí le fue cada vez peor; mientras yo me sentía iluminado, hacía carambolas a diestra y siniestra; me salían todas y me permitía tirar lujos y hacerlas a tres bandas, tirar pasabolas imposibles, y hasta massés, como si estuviera haciendo una demostración…
Cuando me faltaban unas diez carambolas para completar las cuatro rayas, él no había hecho ni la mitad de la primera; por lo que rojo de ira y vergüenza, tiró el taco contra la pared, y atropelladamente abandonó el juego y el lugar, aumentando de mala manera su catastrófica derrota…
Yo permanecí imperturbable entre la euforia de mis compañeros, sin demostrar la alegría y la satisfacción que me llenaban por dentro.
Me había desquitado en buena ley, con creces…, y sin embargo, sentí pena por él.
Yo pensé:
-(Nunca hagas daño al más débil, porque el mundo es redondo…, hoy estás arriba, mañana estarás abajo).
II
En otro torneo y en otro lugar, y estando muy bien posicionado en la tabla, en cierta fecha del fixture me tocaba con un viejo billarista. Era un hombre que jugaba medianamente bien, pero no era de los mejores. Sin embargo me estaba ganando y yo no conseguía emparejarme.- Por más que me esforzaba, el juego no se me daba, erraba, me quedaba mal armado, no conseguía achicar la diferencia, es más; la ventaja se iba agrandando. Por momentos veía que era cada vez más difícil revertir la situación.
No era para nada mi día…
Estaba inseguro, erraba tiros increíbles, no conseguía concentrarme y cada vez se me presentaban peor las cosas. Él en cambio sereno, y avalado con la favorable diferencia, se iba encaminado a la final del partido con muchísima ventaja.
En un momento llegamos prácticamente a la meta, si bien a mí me faltaban treinta y seis carambolas, a él solamente dos. Con sólo dos tiros buenos ganaba y muy holgadamente, y yo sin conseguir reaccionar, al menos para no perder por tanto.-
Un viejo amigo, funcionario del correo, también billarista, miraba el desarrollo del partido con un vaso de vermouth en la mano, en el fondo apesadumbrado por mi inesperado y pobre desempeño. Casi no lo podía creer…
Se aproxima y en voz muy baja me dice:
-No es diferencia para vos…-, y como si tuviera aún confianza en mí, fue a sentarse a una mesa un poco más lejos, quizás esperando el milagro…
-(A él le faltan sólo dos; y a mí treinta y seis… ¿y me dice que no es diferencia?)- Ahora me tocaba tirar a mí, no tenía ninguna chance… pero voy a morir de pié, voy a dar lo que sé,…
La actitud y el desafío
A veces un estímulo puede venir de donde uno menos lo espera, y lograr inducirnos a encarar empresas impensadas, impulsándonos a alcanzar hazañas, grandes o pequeñas, o lograr anhelados triunfos, que de no ser por ese inesperado empujón, no nos hubiéramos animado, o no las hubiéramos emprendido.-
De muy joven aprendí a jugar al billar, a la carambola. Al principio, como todas las cosas, malamente, sin técnicas, sin práctica, ni métodos. Jugábamos a una raya, veinticinco carambolas, y tardábamos una hora o más. Aprovechábamos la siesta de los domingos cuando las mesas de los bares estaban disponibles, y allí íbamos aprendiendo y entusiasmándonos.- Cada vez más, y más y más.
Jugábamos con muchachos que estaban aprendiendo y por lo tanto en el mismo nivel, y también viendo y admirando a los mayores que para nosotros eran verdaderos maestros. Algunos bastante jóvenes, y ya le hacían partido a los veteranos, que sabían de técnicas y mostraban habilidades muy desarrolladas por su larga práctica.
Se jugaba mucho en aquellos tiempos. En varios lugares había mesas y siempre se disputaban torneos: en Clubes, en bares, y en la parroquia; en nuestra ciudad o en la vecina; con diferentes categorías para minimizar ventajas. Poco a poco fuimos mejorando substancialmente nuestro juego.
Yo sentía una verdadera pasión, jugaba todos los días y las horas que podía disponer, lógicamente uno terminaba aprendiendo, no sólo a jugar, sino los trucos y misterios que encerraba.- Efectos, golpes, retrocesos, corridas, pasabolas, rebotes y bandas; peso y contrapeso de los tacos… Lográbamos indudablemente ser cada vez más competitivos. Y eso nos atrevía a buscar entreverarnos con los más avanzados. A esta altura era posible que nos invitaran como pareja de alguno de ellos, cuando había algún desafío y se jugaba de cuatro, casi siempre por una cena.
Un domingo en el bar más concurrido he visto a uno de los “maestros” taqueando solo, esperando seguramente algún amigo para hacer unas rayas… Me ofrecí como contrincante, mientras tanto…
Me miró despectivo, y se movió muy lentamente, quedando casi paralizado en la posición de tiro, apenas levantó algo la cabeza…, y con toda la arrogancia que podía ser capaz…, diría que me espetó:
-Pero, ¿Quién te creés que sos, mocoso?- Y exhibiendo una mueca socarrona, mostrando una evidente indignación, siguió con su solitario taqueo, ignorándome por completo de ahí en más…
Sé que me mordí de rabia y humillación. Sentí tanta vergüenza que me fui a casa, con un injusto dolor en las entrañas, pensando una y otra vez si era mía la culpa, y si en fin, yo mismo había provocado su reacción visiblemente arrogante…. Por bastante tiempo rumié ese momento una y otra vez, hasta que se fue transformando más bien, en un juramento de venganza, de que llegaría el momento del desquite…
No debería haberme dejado llevar de esa manera, no debí permitir que esa ira crezca dentro de mí, no debí darle tanta importancia; y sin embargo eso es lo que hice…
Desde allí aceleré mi aprendizaje si cabe, jugando más y más. Competía cada vez con mejores adversarios. Jugaba con destreza, pero también con una fuerza nueva, como con furia. Entraba en casi todos los torneos, y me fui emparejando a los mejores, a los más habilidosos, a los veteranos incluso. Muchos consideraban que era muy bueno, y yo me sentía cada vez más seguro.
En un torneo organizado por la Parroquia, participamos una veintena de billaristas, en la mayor categoría, todos contra todos; a cuatro rayas; y la duración era de un par de semanas, ya que no se jugaba todas las noches. Había dos partidos por vez, y los demás, en lo posible, asistíamos para observar el desarrollo de cada uno.
Este hombre arrogante también jugaba, y lógicamente llegó el día, o la noche, en que nos enfrentamos. Quizás él se habría olvidado del incidente, porque había pasado ya mucho tiempo; pero no yo, que pensaba apabullarlo, destruirlo, y cobrarme su actitud despectiva, como una de las mayores consignas de la vida…
Era reconocido como muy buen billarista, uno de los mejores entre nosotros; pero yo estaba motivado por la pasión de cobrarme la ofensa. Yo quería desquitarme, humillarlo… y que mejor que esa noche delante de todos…
Comenzado el partido no le fue bien, creo que sentía el peso de demostrar toda la gran diferencia que había con aquel “novato”, debía ganar con mucha holgura, mostrar sin ninguna duda su supremacía… En cambio a mí me movía una furia santa que me potenciaba y me daba un poder extra.
De entrada le saqué muchísima ventaja, y desde allí le fue cada vez peor; mientras yo me sentía iluminado, hacía carambolas a diestra y siniestra; me salían todas y me permitía tirar lujos y hacerlas a tres bandas, tirar pasabolas imposibles, y hasta massés, como si estuviera haciendo una demostración…
Cuando me faltaban unas diez carambolas para completar las cuatro rayas, él no había hecho ni la mitad de la primera; por lo que rojo de ira y vergüenza, tiró el taco contra la pared, y atropelladamente abandonó el juego y el lugar, aumentando de mala manera su catastrófica derrota…
Yo permanecí imperturbable entre la euforia de mis compañeros, sin demostrar la alegría y la satisfacción que me llenaban por dentro.
Me había desquitado en buena ley, con creces…, y sin embargo, sentí pena por él.
Yo pensé:
-(Nunca hagas daño al más débil, porque el mundo es redondo…, hoy estás arriba, mañana estarás abajo).
II
En otro torneo y en otro lugar, y estando muy bien posicionado en la tabla, en cierta fecha del fixture me tocaba con un viejo billarista. Era un hombre que jugaba medianamente bien, pero no era de los mejores. Sin embargo me estaba ganando y yo no conseguía emparejarme.- Por más que me esforzaba, el juego no se me daba, erraba, me quedaba mal armado, no conseguía achicar la diferencia, es más; la ventaja se iba agrandando. Por momentos veía que era cada vez más difícil revertir la situación.
No era para nada mi día…
Estaba inseguro, erraba tiros increíbles, no conseguía concentrarme y cada vez se me presentaban peor las cosas. Él en cambio sereno, y avalado con la favorable diferencia, se iba encaminado a la final del partido con muchísima ventaja.
En un momento llegamos prácticamente a la meta, si bien a mí me faltaban treinta y seis carambolas, a él solamente dos. Con sólo dos tiros buenos ganaba y muy holgadamente, y yo sin conseguir reaccionar, al menos para no perder por tanto.-
Un viejo amigo, funcionario del correo, también billarista, miraba el desarrollo del partido con un vaso de vermouth en la mano, en el fondo apesadumbrado por mi inesperado y pobre desempeño. Casi no lo podía creer…
Se aproxima y en voz muy baja me dice:
-No es diferencia para vos…-, y como si tuviera aún confianza en mí, fue a sentarse a una mesa un poco más lejos, quizás esperando el milagro…
-(A él le faltan sólo dos; y a mí treinta y seis… ¿y me dice que no es diferencia?)- Ahora me tocaba tirar a mí, no tenía ninguna chance… pero voy a morir de pié, voy a dar lo que sé,…
-¡Total, perdido por perdido!...-
Y sentía como en mi interior nacía una fuerza nueva, que crecía incontenible dándome una fe desconocida,… ¡Quizás Nilo tuviera razón!... Yo estuve fallando, debía hacer algo más, no me entregaría, aunque sabía que no estaba jugando sólo; pero yo haría mi parte con esta nueva sensación que me empujaba…
Me concentré y tiré mi primera carambola, sería una a una, a no errar.
Una… dos… tres… cuatro…, y seguí una a una, tratando de no desconcentrarme, como si allí se me fuera mi honra, como si fuera mi mejor partido: ¡ cinco…! ¡ seis…! ¡ siete...! y así seguí tirando cuidadosamente hasta completar una volada de dieciocho seguidas, la mitad de las que me faltaban… Me sentí entusiasmado, evidentemente; pero no bastaba, ya era tarde, ahora tiraba él… ¡Si me hubiera concentrado a tiempo otro sería ahora el resultado!.
Tiró don Ángel y erró. Tal vez se sintió apremiado al ver mi recuperación, aun que creo que no se impacientó porque aun tenía todo a su favor. A mí me faltaban otras dieciocho…, por más que hiciera algunas…, al él le quedaban por hacer sólo las últimas dos…, ¡Y ganaba!
Y me concentré de nuevo con toda mi alma…una, dos, tres, y no quedaba mal armado, así que seguí sin siguiera pensar en las que me faltaban, sólo trataba de hacerlas una, y otra: ¡Cinco…, seis…,siete…!, y seguía…
Don Ángel se puso serio, quizás no lo podía creer, aunque seguramente pensaba que no las iba a hacer todas las que me faltaran en otra volada de dieciocho…
Pero yo seguía... Los que miraban se habían parado, acercándose, para no perderse lo que podía pasar, o estaba pasando…
La cuestión que hice la: ¡Diecisiete!, Me faltaba una solamente, pero me quedó mal armada. Requería un tiro difícil. Sopesé todas las alternativas, no tenía otra que tirar pegando baranda primero, tocar luego media bola con un efecto que hiciera correr la mía por la otra banda, hasta la roja que estaba tocando el otro rincón. Si la erraba seguramente él se encargaría de asegurar las dos que le faltaban…
La tiré y la bola como obedeciéndome al pié de la letra, girando como un trompo, fue siguiendo lentamente la ruta esperada, caminó un trecho pegada a la banda, y llegó justo para golpear tenue a la bola arrinconada, que se movió casi imperceptible, como saludando a la recién llegada…
-¡Dieciocho!- celebraron todos. ¡Partido ganado! ¡Increíble!
Don Ángel estaba realmente sorprendido, pero era un caballero, y me felicitó con entusiasmo.
Nilo, no se acercó; canchero, desde su lugar levantó el vaso y me guiñó un ojo…, como si hubiera descontado que yo iba a reaccionar así.
Yo me quedé con un sabor a culpa por mi incapacidad. Si no hubiera sido por el aliciente que me acicateó el ego, que despertó mi fe en mí, en el último momento, yo sólo no habría sido capaz; y tendría que contar que ese día, en realidad, no tuve una actuación muy brillante.
Se lo debo a quién apenado por mi mal momento, supo estimularme, al mostrarme que creía en mí.
Con esa valiosa ayuda, se hizo posible lograr un triunfo, de una segura derrota.
Fue una pequeña gran hazaña….
Un buen estímulo puede impulsarnos a lograrlo.
Y sentía como en mi interior nacía una fuerza nueva, que crecía incontenible dándome una fe desconocida,… ¡Quizás Nilo tuviera razón!... Yo estuve fallando, debía hacer algo más, no me entregaría, aunque sabía que no estaba jugando sólo; pero yo haría mi parte con esta nueva sensación que me empujaba…
Me concentré y tiré mi primera carambola, sería una a una, a no errar.
Una… dos… tres… cuatro…, y seguí una a una, tratando de no desconcentrarme, como si allí se me fuera mi honra, como si fuera mi mejor partido: ¡ cinco…! ¡ seis…! ¡ siete...! y así seguí tirando cuidadosamente hasta completar una volada de dieciocho seguidas, la mitad de las que me faltaban… Me sentí entusiasmado, evidentemente; pero no bastaba, ya era tarde, ahora tiraba él… ¡Si me hubiera concentrado a tiempo otro sería ahora el resultado!.
Tiró don Ángel y erró. Tal vez se sintió apremiado al ver mi recuperación, aun que creo que no se impacientó porque aun tenía todo a su favor. A mí me faltaban otras dieciocho…, por más que hiciera algunas…, al él le quedaban por hacer sólo las últimas dos…, ¡Y ganaba!
Y me concentré de nuevo con toda mi alma…una, dos, tres, y no quedaba mal armado, así que seguí sin siguiera pensar en las que me faltaban, sólo trataba de hacerlas una, y otra: ¡Cinco…, seis…,siete…!, y seguía…
Don Ángel se puso serio, quizás no lo podía creer, aunque seguramente pensaba que no las iba a hacer todas las que me faltaran en otra volada de dieciocho…
Pero yo seguía... Los que miraban se habían parado, acercándose, para no perderse lo que podía pasar, o estaba pasando…
La cuestión que hice la: ¡Diecisiete!, Me faltaba una solamente, pero me quedó mal armada. Requería un tiro difícil. Sopesé todas las alternativas, no tenía otra que tirar pegando baranda primero, tocar luego media bola con un efecto que hiciera correr la mía por la otra banda, hasta la roja que estaba tocando el otro rincón. Si la erraba seguramente él se encargaría de asegurar las dos que le faltaban…
La tiré y la bola como obedeciéndome al pié de la letra, girando como un trompo, fue siguiendo lentamente la ruta esperada, caminó un trecho pegada a la banda, y llegó justo para golpear tenue a la bola arrinconada, que se movió casi imperceptible, como saludando a la recién llegada…
-¡Dieciocho!- celebraron todos. ¡Partido ganado! ¡Increíble!
Don Ángel estaba realmente sorprendido, pero era un caballero, y me felicitó con entusiasmo.
Nilo, no se acercó; canchero, desde su lugar levantó el vaso y me guiñó un ojo…, como si hubiera descontado que yo iba a reaccionar así.
Yo me quedé con un sabor a culpa por mi incapacidad. Si no hubiera sido por el aliciente que me acicateó el ego, que despertó mi fe en mí, en el último momento, yo sólo no habría sido capaz; y tendría que contar que ese día, en realidad, no tuve una actuación muy brillante.
Se lo debo a quién apenado por mi mal momento, supo estimularme, al mostrarme que creía en mí.
Con esa valiosa ayuda, se hizo posible lograr un triunfo, de una segura derrota.
Fue una pequeña gran hazaña….
Un buen estímulo puede impulsarnos a lograrlo.
*de Celso H. Agretti. celsoagr@...
PROBLEMAS*
*Por Antonio Dal Masetto.
Tocan timbre, abro, entra Luis, cierra rápido, busca una silla, se sienta, jadea, pide un vaso de vino. Se lo alcanzo y espero. Sé, porque lo conozco hace tiempo, que en la vida de Luis todo es posible. Vacía el vaso en un par de tragos y confiesa que lo aqueja un nuevo, extraño y grave problema: los animales se burlan de él.
Durante algunos minutos escucho en silencio, sin entender gran cosa. Lo interrumpo con un gesto y trato de ordenar el confuso monólogo mediante preguntas: "¿Qué clase de animales son los que se burlan de vos?". "Todos."
"¿Por ejemplo?" Luis intenta calmarse y retoma la anécdota inicial, origen de la tragedia que no lo deja dormir. Cierta mañana, caminando por la calle, tropezó y se cayó. Mientras se levantaba y se limpiaba la ropa, vio a un gorrión posado sobre la rama baja de un árbol. El gorrión lo miraba fijo con sus ojitos maliciosos y de pronto le sacó la lengua. Así empezó. Días más tarde fue sacudido por una nueva señal. Estaba cruzando una plaza. Dispuesto a fumar, abrió la caja de fósforos al revés y los fósforos se
desparramaron por el suelo. Mientras los juntaba advirtió que frente a él, a los saltitos, se desplazaba un gorrión que lo observaba de costado y le sacaba la lengua. A partir de ahí se multiplicaron los accidentes. Y siempre la presencia de un gorrión acechándolo y burlándose. Al principio llegó a pensar que se trataba del mismo pájaro, dedicado a perseguirlo y a esperar sus tropiezos. Pero luego, teniendo en cuenta las distancias, fijándose también en la tonalidad del plumaje y estableciendo que a veces
eran gorriones hembras y otras machos, dedujo que estaba ante una burla generalizada. Más tarde comenzó a advertir que los confabulados no eran solamente los gorriones, sino todos los demás pájaros y animales de la ciudad: palomas, perros, loros, caballos. "¿Caballos?", pregunto. Bueno, resulta que una tarde Luis fue al hipódromo porque en el mercado el carnicero le había pasado una fija infalible y quiso probar. El caballo entró último y cuando, después de cruzar el disco, pasó por donde estaba Luis, giró la cabeza y le sacó la lengua. Otra de tantas: está sentado en un bar, acaba de pedir un par de panchos, aprieta el pomo de la mostaza, el pomo está tapado, él aprieta y aprieta, el pomo se destapa de golpe y todo queda embadurnado, la mesa, su camisa, sus manos, su cara, un desastre. El gato que descansa en el fondo del bar le saca la lengua y se marcha. Está mirando una película de aventuras por televisión: en la tenebrosa selva asiática un tigre se dispone a saltar sobre el descuidado Sandokán. Luis, sin apartar los ojos de la pantalla, estira el brazo para alcanzar el vaso de cerveza. Lo roza y el vaso va al piso. Inmediatamente, conteniendo su ataque, como atraído por el ruido de vidrios rotos, el tigre se da vuelta,
mira a Luis y le saca la lengua. Para colmo, en ese momento, la tortuguita que Luis tiene en su departamento está pasando cerca y, según asegura, también ella le saca la lengua. Y los ejemplos siguen. Los resultados son dramáticos, porque ahora cada vez que Luis se enfrenta con un animal, sea donde sea, debido a los nervios o a la fatalidad, comete inevitablemente una torpeza. Consecuencia: sacada de lengua. Sus días son un infierno, está desesperado, pide consejo. "Sácale la lengua vos también", sugiero después de meditar un rato. Luis considera la posibilidad, sacude la cabeza, argumenta que le parece poco serio, no cree que esa táctica pueda dar resultado. Debatimos largamente mientras vaciamos la botella de vino. Yo insisto en mi sugerencia inicial, confío plenamente en la efectividad de un
contraataque. Es más, opino que cuanto antes deberíamos darnos una vuelta por el zoológico, incursionar directamente en territorio enemigo, para que Luis tenga la oportunidad de desquitarse en forma y vaya adquiriendo un sólido entrenamiento para la lucha que lo aguarda en esta nueva etapa de su azarosa vida.
Durante algunos minutos escucho en silencio, sin entender gran cosa. Lo interrumpo con un gesto y trato de ordenar el confuso monólogo mediante preguntas: "¿Qué clase de animales son los que se burlan de vos?". "Todos."
"¿Por ejemplo?" Luis intenta calmarse y retoma la anécdota inicial, origen de la tragedia que no lo deja dormir. Cierta mañana, caminando por la calle, tropezó y se cayó. Mientras se levantaba y se limpiaba la ropa, vio a un gorrión posado sobre la rama baja de un árbol. El gorrión lo miraba fijo con sus ojitos maliciosos y de pronto le sacó la lengua. Así empezó. Días más tarde fue sacudido por una nueva señal. Estaba cruzando una plaza. Dispuesto a fumar, abrió la caja de fósforos al revés y los fósforos se
desparramaron por el suelo. Mientras los juntaba advirtió que frente a él, a los saltitos, se desplazaba un gorrión que lo observaba de costado y le sacaba la lengua. A partir de ahí se multiplicaron los accidentes. Y siempre la presencia de un gorrión acechándolo y burlándose. Al principio llegó a pensar que se trataba del mismo pájaro, dedicado a perseguirlo y a esperar sus tropiezos. Pero luego, teniendo en cuenta las distancias, fijándose también en la tonalidad del plumaje y estableciendo que a veces
eran gorriones hembras y otras machos, dedujo que estaba ante una burla generalizada. Más tarde comenzó a advertir que los confabulados no eran solamente los gorriones, sino todos los demás pájaros y animales de la ciudad: palomas, perros, loros, caballos. "¿Caballos?", pregunto. Bueno, resulta que una tarde Luis fue al hipódromo porque en el mercado el carnicero le había pasado una fija infalible y quiso probar. El caballo entró último y cuando, después de cruzar el disco, pasó por donde estaba Luis, giró la cabeza y le sacó la lengua. Otra de tantas: está sentado en un bar, acaba de pedir un par de panchos, aprieta el pomo de la mostaza, el pomo está tapado, él aprieta y aprieta, el pomo se destapa de golpe y todo queda embadurnado, la mesa, su camisa, sus manos, su cara, un desastre. El gato que descansa en el fondo del bar le saca la lengua y se marcha. Está mirando una película de aventuras por televisión: en la tenebrosa selva asiática un tigre se dispone a saltar sobre el descuidado Sandokán. Luis, sin apartar los ojos de la pantalla, estira el brazo para alcanzar el vaso de cerveza. Lo roza y el vaso va al piso. Inmediatamente, conteniendo su ataque, como atraído por el ruido de vidrios rotos, el tigre se da vuelta,
mira a Luis y le saca la lengua. Para colmo, en ese momento, la tortuguita que Luis tiene en su departamento está pasando cerca y, según asegura, también ella le saca la lengua. Y los ejemplos siguen. Los resultados son dramáticos, porque ahora cada vez que Luis se enfrenta con un animal, sea donde sea, debido a los nervios o a la fatalidad, comete inevitablemente una torpeza. Consecuencia: sacada de lengua. Sus días son un infierno, está desesperado, pide consejo. "Sácale la lengua vos también", sugiero después de meditar un rato. Luis considera la posibilidad, sacude la cabeza, argumenta que le parece poco serio, no cree que esa táctica pueda dar resultado. Debatimos largamente mientras vaciamos la botella de vino. Yo insisto en mi sugerencia inicial, confío plenamente en la efectividad de un
contraataque. Es más, opino que cuanto antes deberíamos darnos una vuelta por el zoológico, incursionar directamente en territorio enemigo, para que Luis tenga la oportunidad de desquitarse en forma y vaya adquiriendo un sólido entrenamiento para la lucha que lo aguarda en esta nueva etapa de su azarosa vida.
ENAMORADO*
*Por Antonio Dal Masetto.
El amigo Pedro está enamorado. Me citó en El Tronío y mientras cenamos me cuenta sus tribulaciones. La dama se llama Sofía, mide casi dos metros, es fuerte, sólida, exuberante por donde se la mire. Mientras escucho, considero la estructura de Pedro, que es flaco y casi enano y una vez más me pregunto cómo puede haber una persona dentro de un cuerpo tan mezquino. Pedro conoció a Sofía hace algunos años: "Un ser tierno, tímido, inocente, inexperto y acomplejado por su tamaño". Iban al cine, a las plazas, comían golosinas, se tomaban de la mano: nada más que eso. Hasta que un día él le propuso pasar un
fin de semana juntos y decidieron viajar a Montevideo. El barco, la cena a bordo, la noche sobre
el río y finalmente el camarote con sus dos literas superpuestas. Sofía se acostó en la litera inferior y Pedro le hizo compañía. La acarició y se dio cuenta como nunca de que aquél era realmente un cuerpo de acero. Estaba sobre ella y tenía la impresión -así dice- de ser una mariposa posada en un enorme y cálido animal. De pronto Sofía comenzó a sacudirse, a vibrar, a arquearse. Tal vez fuesen los nervios, tal vez tuviese una idea muy extraña acerca de cómo se hacía el amor. Lo cierto es que Pedro salió
despedido, golpeó la nuca y la espalda contra la litera superior y volvió a caer. Y nuevamente el cuerpo de Sofía lo mandó al aire y así estuvo, rebotando arriba y abajo durante un buen rato. Cuando finalmente Sofía dejó de corcovear, Pedro cayó por última vez y ahí quedó, desarmado, semidestruido, incapaz de hacer un solo movimiento. Llegaron a Montevideo, hubo que llamar una ambulancia y lo llevaron al hospital. Además de numerosas contusiones, tenía una costilla fisurada. Fue una excursión triste. Cuando regresaron a Buenos Aires, Sofía se despidió y no lo volvió a llamar.
Pedro tuvo que buscarla, hablarle, convencerla de que ella no tenía la culpa, que había sido obra de la fatalidad, que lo único importante era el amor que se tenían. Así que volvieron a las caminatas, los cines, los caramelos y una tarde Pedro invitó a Sofía a su casa. Se sentaron en la alfombra y charlaron .y rieron mucho porque a Sofía la enloquecían los chistes que él contaba todo el tiempo. Después jugaron un poco, se revolcaron, y en determinado momento Pedro quedó boca arriba y ella cruzada sobre su estómago, vibrando y riéndose, mientras él se quedaba sin aire y sin voz y trataba de llamar la atención de Sofía descargando inútiles puñetazos sobre su espalda, pero ella seguía riendo, divertida como nunca, feliz como nunca (pobre, dulce, inocente criatura), hasta que se le dio por mirarlo y descubrió que se había puesto morado y entonces se levantó y lo sacudió y le hizo respiración boca a boca y así era en
definitiva cómo lo había salvado. Y nuevamente ella huyó avergonzada. Y otra vez Pedro fue a buscarla y le habló y argumentó y regresaron a los paseos, los cines y los caramelos. Todo marchaba bien hasta la noche que, mientras festejaba uno de los famosos chistes de Pedro, eufórica, entusiasta, Sofía pegó una vigorosa patada en el suelo y uno de los pies de Pedro estaba abajo y le estropeó un par de dedos y nuevamente tuvieron que ir al hospital. Sofía emprendió otra retirada. Pedro le escribió largas cartas y la citó para una charla definitiva. Tomaron algunas copas de licor y Pedro, sin entender por qué, sintió deseos de herirla y la agredió en lo que más le dolía, le dijo que era una grandota torpe e inútil, que no era una mujer sino una montaña de músculos sin gracia (justamente a ella, pobre, dulce criatura). Y ella se puso muy mal, siguió dándole al licor, lloró y cuando, arrepentido, Pedro quiso pedirle perdón, Sofía le pegó una trompada en la cabeza, que fue más bien un martillazo, y Pedro por supuesto se desmayó. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, desesperada, Sofía lo levantó entre sus brazos y corrió hasta el hospital más cercano, veintitrés cuadras, distancia que cubrió en tiempo record. Y ahí lo depositó y esta vez sí desapareció para siempre. Hasta esta mañana, en que la casualidad quiso
que Pedro y Sofía se encontraran al dar vuelta una esquina. Tomaron un café, charlaron, tal vez vuelvan a verse.
Ahí termina el relato. Pedro está muy nervioso. "¿Por qué te gusta tanto?", le pregunto. Pedro no está seguro de nada, argumenta que lo enternece verla tan grandota y tan indefensa. "Prueben de nuevo." "La amo, yo la amo, pero mi cuerpo le tiene miedo." "Tal vez sea un amor imposible", digo. Pedro se
estremece: "No podría soportar esa idea"
el río y finalmente el camarote con sus dos literas superpuestas. Sofía se acostó en la litera inferior y Pedro le hizo compañía. La acarició y se dio cuenta como nunca de que aquél era realmente un cuerpo de acero. Estaba sobre ella y tenía la impresión -así dice- de ser una mariposa posada en un enorme y cálido animal. De pronto Sofía comenzó a sacudirse, a vibrar, a arquearse. Tal vez fuesen los nervios, tal vez tuviese una idea muy extraña acerca de cómo se hacía el amor. Lo cierto es que Pedro salió
despedido, golpeó la nuca y la espalda contra la litera superior y volvió a caer. Y nuevamente el cuerpo de Sofía lo mandó al aire y así estuvo, rebotando arriba y abajo durante un buen rato. Cuando finalmente Sofía dejó de corcovear, Pedro cayó por última vez y ahí quedó, desarmado, semidestruido, incapaz de hacer un solo movimiento. Llegaron a Montevideo, hubo que llamar una ambulancia y lo llevaron al hospital. Además de numerosas contusiones, tenía una costilla fisurada. Fue una excursión triste. Cuando regresaron a Buenos Aires, Sofía se despidió y no lo volvió a llamar.
Pedro tuvo que buscarla, hablarle, convencerla de que ella no tenía la culpa, que había sido obra de la fatalidad, que lo único importante era el amor que se tenían. Así que volvieron a las caminatas, los cines, los caramelos y una tarde Pedro invitó a Sofía a su casa. Se sentaron en la alfombra y charlaron .y rieron mucho porque a Sofía la enloquecían los chistes que él contaba todo el tiempo. Después jugaron un poco, se revolcaron, y en determinado momento Pedro quedó boca arriba y ella cruzada sobre su estómago, vibrando y riéndose, mientras él se quedaba sin aire y sin voz y trataba de llamar la atención de Sofía descargando inútiles puñetazos sobre su espalda, pero ella seguía riendo, divertida como nunca, feliz como nunca (pobre, dulce, inocente criatura), hasta que se le dio por mirarlo y descubrió que se había puesto morado y entonces se levantó y lo sacudió y le hizo respiración boca a boca y así era en
definitiva cómo lo había salvado. Y nuevamente ella huyó avergonzada. Y otra vez Pedro fue a buscarla y le habló y argumentó y regresaron a los paseos, los cines y los caramelos. Todo marchaba bien hasta la noche que, mientras festejaba uno de los famosos chistes de Pedro, eufórica, entusiasta, Sofía pegó una vigorosa patada en el suelo y uno de los pies de Pedro estaba abajo y le estropeó un par de dedos y nuevamente tuvieron que ir al hospital. Sofía emprendió otra retirada. Pedro le escribió largas cartas y la citó para una charla definitiva. Tomaron algunas copas de licor y Pedro, sin entender por qué, sintió deseos de herirla y la agredió en lo que más le dolía, le dijo que era una grandota torpe e inútil, que no era una mujer sino una montaña de músculos sin gracia (justamente a ella, pobre, dulce criatura). Y ella se puso muy mal, siguió dándole al licor, lloró y cuando, arrepentido, Pedro quiso pedirle perdón, Sofía le pegó una trompada en la cabeza, que fue más bien un martillazo, y Pedro por supuesto se desmayó. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, desesperada, Sofía lo levantó entre sus brazos y corrió hasta el hospital más cercano, veintitrés cuadras, distancia que cubrió en tiempo record. Y ahí lo depositó y esta vez sí desapareció para siempre. Hasta esta mañana, en que la casualidad quiso
que Pedro y Sofía se encontraran al dar vuelta una esquina. Tomaron un café, charlaron, tal vez vuelvan a verse.
Ahí termina el relato. Pedro está muy nervioso. "¿Por qué te gusta tanto?", le pregunto. Pedro no está seguro de nada, argumenta que lo enternece verla tan grandota y tan indefensa. "Prueben de nuevo." "La amo, yo la amo, pero mi cuerpo le tiene miedo." "Tal vez sea un amor imposible", digo. Pedro se
estremece: "No podría soportar esa idea"
Tu risa*
Quítame el pan, si quieres,
quítame el aire, pero
no me quites tu risa.
No me quites la rosa,
la lanza que desgranas,
el agua que de pronto
estalla en tu alegría,
la repentina ola
de plata que te nace.
Mi lucha es dura y vuelvo
con los ojos cansados
a veces de haber visto
la tierra que no cambia,
pero al entrar tu risa
sube al cielo buscándome
y abre para mí todas
las puertas de la vida.
Amor mío, en la hora
más oscura desgrana
tu risa, y si de pronto
ves que mi sangre mancha
las piedras de la calle,
ríe, por que tu risa
será para mis manos
como una espada fresca.
Junto al mar en otoño,
tu risa debe alzar
su cascada de espuma,
y en primavera, amor,
quiero tu risa como
la flor que yo esperaba,
la flor azul, la rosa
de mi patria sonora.
Ríete de la noche,
del día, de la luna,
ríete de las calles
torcidas de la isla,
ríete de este torpe
muchacho que te quiere,
pero cuando yo abro
los ojos y los cierro,
cuando mis pasos van,
cuando vuelven mis pasos,
niégame el pan, el aire,
la luz, la primavera,
pero tu risa nunca
por que me moriría.
*Pablo Neruda
Los versos del Capitán
Quítame el pan, si quieres,
quítame el aire, pero
no me quites tu risa.
No me quites la rosa,
la lanza que desgranas,
el agua que de pronto
estalla en tu alegría,
la repentina ola
de plata que te nace.
Mi lucha es dura y vuelvo
con los ojos cansados
a veces de haber visto
la tierra que no cambia,
pero al entrar tu risa
sube al cielo buscándome
y abre para mí todas
las puertas de la vida.
Amor mío, en la hora
más oscura desgrana
tu risa, y si de pronto
ves que mi sangre mancha
las piedras de la calle,
ríe, por que tu risa
será para mis manos
como una espada fresca.
Junto al mar en otoño,
tu risa debe alzar
su cascada de espuma,
y en primavera, amor,
quiero tu risa como
la flor que yo esperaba,
la flor azul, la rosa
de mi patria sonora.
Ríete de la noche,
del día, de la luna,
ríete de las calles
torcidas de la isla,
ríete de este torpe
muchacho que te quiere,
pero cuando yo abro
los ojos y los cierro,
cuando mis pasos van,
cuando vuelven mis pasos,
niégame el pan, el aire,
la luz, la primavera,
pero tu risa nunca
por que me moriría.
*Pablo Neruda
Los versos del Capitán
-Enviado para compartir por Mario Vidal mario.vidal@...
Mujeres que corren a todos*
*Por Sandra Russo
Hace ya algunos años, el libro de la norteamericana Clarissa Pinkola Estes, Mujeres que corren con lobos, causó un furor pocas veces visto entre el público lector femenino con alguna, aunque fuera mínima, conciencia de género. Fue uno de esos sucesos editoriales que surgen cuando un libro habla
de algo que está en el aire y todavía no fue dicho. Mujeres... invistió y habilitó para millones de lectoras de todo el mundo la faceta guerrera femenina no como una contradicción, sino como un complemento de la feminidad profunda. Puede decirse, se me ocurre ahora, que Mujeres... fue un libro que incorporó cierta tendencia fálica como propia e inherente al género.
Su éxito dice entre otras cosas que eso estaba sucediendo en la realidad y que no estaba todavía conceptualizado. Hace algunos años, se usaba la palabra "fálica" como una acusación.
Las mujeres que corrían con lobos no eran, sin embargo, mujeres corridas de lugar, sino ubicadas en el centro de un instinto. A las mujeres nos han sido culturalmente confiscadas la ferocidad, la ira, la capacidad de ataque, el deseo de revancha. Todo eso ha ido a parar al equipaje que trae consigo la
mala mujer. Más allá del libro, en el cotidiano promedio, empezó a haber un nuevo consenso implícito sobre lo femenino: no somos naturalmente buenas, ni dóciles.
Ese movimiento de sentido trajo nuevas conductas femeninas, como tomar la iniciativa. Muchas mujeres de todas las edades viven señalando con el dedo o gritando lo que quieren. No lo ocultan, como las geishas ocultaban la cara atrás del abanico. Esa es otra faceta con incipiente público admirador. Las mujeres empezaron a correr a los hombres. Correrlos para conocerlos, correrlos para tener una cita, correrlos para tener sexo, correrlos para tener la llave de la casa, y así sucesivamente, hasta que al hombre en
cuestión le agarra el inevitable ataque de fobia masiva, y hace su retirada a la cueva.
Toda la tarea del cortejo, la seducción, el timing y hasta la provisión de cerveza, parece haber quedado en manos femeninas, que también se ocupan de sus juguetes eróticos en imágenes porno soft que se multiplican.
El péndulo de las tendencias parece haber completado un ciclo más. Hoy en el aire, a diferencia de hace unos años, no hay necesidad de que a una mujer le subrayen que es fuerte. Lo que hay es cansancio, bastante cansancio, y ganas de encontrar a un hombre en el que descansar.
VUELO SIN
ORILLAS*
Abandoné las sombras,
las espesas paredes,
los ruidos familiares,
la amistad de los libros,
el tabaco, las plumas,
los secos cielorrasos;
para salir volando,
desesperadamente.
Abajo: en la penumbra,
las amargas cornisas,
las calles desoladas,
los faroles sonámbulos,
las muertas chimeneas
los rumores cansados,
desesperadamente.
Ya todo era silencio,
simuladas catástrofes,
grandes charcos de sombra,
aguaceros, relámpagos,
vagabundos islotes
de inestable riberas;
pero seguí volando,
desesperadamente.
Un resplandor desnudo,
una luz calcinante
se interpuso en mi ruta,
me fascinó de muerte,
pero logré evadirme
de su letal influjo,
para seguir volando,
desesperadamente.
Todavía el destino
de mundos fenecidos,
desorientó mi vuelo
-de sideral constancia-
con sus vanas parábolas
y sus aureolas falsas;
pero seguí volando,
desesperadamente.
Me oprimía lo flúido,
la limpidez maciza,
el vacío escarchado,
la inaudible distancia,
la oquedad insonora,
el reposo asfixiante;
pero seguía volando,
desesperadamente.
Ya no existía nada,
la nada estaba ausente;
ni oscuridad, ni lumbre,
-ni unas manos celestes-
ni vida, ni destino,
ni misterio, ni muerte;
pero seguía volando,
desesperadamente.
Abandoné las sombras,
las espesas paredes,
los ruidos familiares,
la amistad de los libros,
el tabaco, las plumas,
los secos cielorrasos;
para salir volando,
desesperadamente.
Abajo: en la penumbra,
las amargas cornisas,
las calles desoladas,
los faroles sonámbulos,
las muertas chimeneas
los rumores cansados,
desesperadamente.
Ya todo era silencio,
simuladas catástrofes,
grandes charcos de sombra,
aguaceros, relámpagos,
vagabundos islotes
de inestable riberas;
pero seguí volando,
desesperadamente.
Un resplandor desnudo,
una luz calcinante
se interpuso en mi ruta,
me fascinó de muerte,
pero logré evadirme
de su letal influjo,
para seguir volando,
desesperadamente.
Todavía el destino
de mundos fenecidos,
desorientó mi vuelo
-de sideral constancia-
con sus vanas parábolas
y sus aureolas falsas;
pero seguí volando,
desesperadamente.
Me oprimía lo flúido,
la limpidez maciza,
el vacío escarchado,
la inaudible distancia,
la oquedad insonora,
el reposo asfixiante;
pero seguía volando,
desesperadamente.
Ya no existía nada,
la nada estaba ausente;
ni oscuridad, ni lumbre,
-ni unas manos celestes-
ni vida, ni destino,
ni misterio, ni muerte;
pero seguía volando,
desesperadamente.
*de Oliverio Girondo.
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