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Incidentes en la partida
de Alfredo Di Bernardo*

Numerosos incidentes enmarcaron este mediodía la partida del
prestigioso escritor santafesino rumbo a su residencia ubicada en la
localidad de San José del Rincón.


Santa Fe, 17 (Télam). En medio de graves incidentes ocasionados por
la incontrolable histeria de sus fans, el reconocido escritor
Alfredo Di Bernardo inició este mediodía su período de vacaciones.
Numerosos seguidores del autor de "Informe sobre miopes", que viene
de protagonizar un fulgurante éxito de ventas en la Campaña "En
estas Fiestas regale cultura santafesina", organizada por la
Asociación Cultural El Puente, se hicieron presentes este mediodía
en la Plaza España, sobre Avenida Rivadavia, aguardando la llegada
de su ídolo literario. También lo hizo una gran cantidad de
periodistas, un buen número de curiosos y una nutrida variedad de
vendedores ambulantes que intentaban hacer su negocio ofreciendo
merchandising del escritor.
Cuando casi a las 12 en punto, Di Bernardo arribó al lugar,
dispuesto a abordar un remise trucho que lo llevara a su residencia
ubicada en la localidad costera de San José del Rincón, sobrevino el
primer atisbo de caos, y fue necesario improvisar una conferencia de
prensa para calmar los ánimos. Cabe aclarar que, si bien Di Bernardo
mostró una notable predisposición para contestar todas las preguntas
que se le iban formulando, el desarrollo de la conferencia de prensa
no fue nada sencillo, puesto que los alaridos y cánticos emanados de
la entusiasta hinchada dificultaban la comunicación entre
periodistas y entrevistado. El estribillo más escuchado fue el
clásico "Y ya lo ve / y ya lo ve / es para Borges que lo escucha por
TV", seguido por "Se va a acabar / se va a acabar / la dictadura de
Bucay".
Tampoco ayudaban al normal desenvolvimiento de los
acontecimientos los incontables ositos de peluche ni las abundantes
piezas de lencería femenina que llovían sobre el escritor mientras
éste, en un alarde de paciencia respondía a requerimientos tan
diversos como "¿Cúal será su próximo libro? ", "¿Es cierto que los
dirigentes de Colón le ofrecieron ser el nuevo refuerzo del
equipo?", "¿Qué es el Ser Nacional?", "¿Cuál es el sentido de la
vida?", "¿Quién mató a Kennedy?", "¿Existió la Atlántida?", "¿Qué
pesa más: un kilo de plomo o un kilo de pluma?".
Un nuevo pico de tensión general sobrevino cuando una admiradora
trepada a uno de los ventanales del tradicional Café Tokio exclamó
enfervorizada: "¡Papito, quiero tener un hijo con vos!", mientras
dejaba sus pechos al descubierto. Visiblemente fastidiado, Di
Bernardo sólo atinó a decir: "Estoy harto de ser un hombre-objeto;
no soy sólo una cara bonita", lo cual provocó una nueva oleada de
suspiros y alaridos histéricos por parte del público femenino. Luego
de unos segundos, pareció que la entrevista seguiría su curso
normal Sin embargo, cuando un movilero del programa "Intrusos del
Espectáculo" formuló una pregunta respecto de la presunta relación
amorosa que mantendría Di Bernardo con la actriz italiana Maria
Grazia Cucinotta, el autor respondió "de mi vida privada no voy a
hablar", dio abruptamente por terminada la conferencia de prensa y
se dispuso a abordar el remise trucho que, a duras penas, acababa de
llegar hasta la parada. Allí comenzó la debacle. Mientras el
escritor ascendía dificultosamente al vehiculo, la presión del
público superó el vallado dispuesto por las fuerzas de seguridad, y
éstas, viéndose desbordadas, respondieron lanzando granadas de gas
hilarante. El viento norte hizo el resto: en cuestión de segundos,
una imparable carcajada general envolvió por igual a periodistas,
policías, fans, vendedores y curiosos, mientras el remise trucho se
alejaba rumbo a la localidad de Rincón.
Se estima que cuando los agentes del orden terminen de reírse,
procederán a efectuar algunas detenciones.

*de Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@...






ESCRITOS EN LA ARENA
La leyenda de Klondike*

*Por Juan Sasturain

Se lo digo yo, que conozco esto como la palma de la mano: si se
quiere encontrar, si es por encontrar, lo mejor es la playa. Hay
quienes encuentran incluso un laburo, como me pasó a mí, que no es
poco. Y hay quienes encuentran un amor, como se dice, o cualquier
otra cosa. En serio: hay mucha leyenda sobre todo lo que se puede
encontrar en la playa. Y no me refiero a la pajería de los
caracolitos, que son cosas que están ahí desde siempre para que las
junten los pibes y los recién casados, o la huevada de las maderas
trabajadas por el mar que algunos chantas venden como esculturas o
ceniceros de cuarta. La verdad, son berretadas, pelotudeces como
todas las cosas que se juntan, no las que se encuentran. Porque es
distinto:
cualquiera junta de lo que hay, pero sólo algunos encuentran lo
perdido.
Donde pierden los boludos siempre hay un vivo que gana.
Hoy en día hay tipos que durante la temporada se hacen mucho más que
la diaria, viven como bacanes con el simple recurso de rastrillar
metro a metro la arena entre las carpas -sobre todo entre las carpas-
a la tardecita, cuando se van los últimos y obstinados vespertinos.
Levantan de todo. Y no precisamente moldecitos y encendedores de
plástico. Hay mafias que manejan el rejunte, toda una organización
de pesados que son capaces de cualquier cosa: si uno se agacha a
buscar algo fuera de hora no sólo te bajan los dientes sino también
los lienzos; y te rompen el culo.
Pero antes era todo más artesanal, un negocio más chico o más
discreto. En este asunto siempre han sido clave los tipos de los
cuchitriles de enfrente del Casino, que con una balancita y una lupa
despluman a la gilada, los que salen a última hora malheridos de la
Casa de Piedra a buscar refuerzos y caen a empeñar o a vender contra
reloj lo que sea por lo que sea. Caranchos parados en el alambre son
esos tipos que viven de los ahorcados. Pero no sólo: también reducen
de algún afano o lo que les traen de la playa. Aunque nunca se sabe
de dónde vienen las cosas; porque hay que ver quién miente.
Hay anécdotas de gente, de familias, que han salido a dar una vuelta
por la costa de noche y que al pasar frente a uno de estos negocios
han visto un prendedor, una gargantilla, un anillo que les habían
afanado esa misma tarde de arrebato en la peatonal. Pero andá a
probarlo. Si los aprietan los tipos no hablan ni aunque les metas
los huevos en una morsa. Dicen que se lo trajo gente que dijo que lo
encontró en la playa y listo. Me dirán quién carajo va a ir a la
playa con una gargantilla de oro... Pero bueno. También puede no ser
afanado sino que alguien lo empeñó y se calla por vergüenza, lo da
por perdido. No va a ser la primera vez.
En la vieja Mar del Plata de comienzos de los cincuenta, la mosca y
las cosas de valor de las playas del centro las recogían
históricamente los rayitas. Los rayitas eran una bandada de pibes,
de tres a cinco hermanitos o agregados hechos al oficio del rastreo,
una especie de brigada limpiafondos de superficie que hacia el
atardecer rastrillaba las playas desde el Torreón a la Popular en
tiempo record y descargaba disciplinadamente para y sólo para el
insondable Klondike, el tío reducidor, equívoco linyera de bolsa al
hombro y perro feroz que los esperaba al pie del Lobo derecho.
Recibía, compensaba en el acto -llevaba los billetes intercalados
entre las hojas de un rollo de papel higiénico-- y decía hasta
mañana.
Sin embargo ya para entonces, para la época que le digo, los rayitas
no eran los originales sino sus irregulares sucesores y el Klondike
un viejo que había reemplazado la rutina de la guardia diaria por
una burocrática recorrida semanal por las casillas: tres o cuatro
bañeros históricos operaban como agentes de recolección y le rendían
cuentas los lunes antes del mediodía. Los términos de las
transacciones se habían mantenido a lo largo de los años: los
rayitas se llevaban las monedas de la diaria y el Klondike recogía
el oro y la plata -cadenas, anillos, algún aro, pulseritas- e
incluso alguna carucita, alguna Spika con pilas sulfatadas y
salpicaduras de mar, de manos de los bañeros. El viejo hacía en el
momento un cálculo al confiable ojímetro, adelantaba un diego con
planchados billetes extraídos
del rollo de higienol y partía. Al lunes siguiente -nunca más tarde,
nunca antes- ajustaba la liquidación, recogía la nueva cosecha y
aflojaba el rollo. La rutina era la de siempre: recibía, compensaba
y -ahora- decía hasta el lunes.
Yo era un pendejo y tardé en entender cómo funcionaba el negocio,
cuál era la lógica que lo sostenía sin desbandes ni fisuras. Un
bañero veterano me lo dijo:
-El Klondike, ahí donde lo ves, es un pesado.
Y me contó lo que le habían contado, la leyenda de sangre que
aguantaba desde siempre ominosamente el andamiaje.
El Klondike había empezado juntando él en épocas de juventud y
cirujeo salvaje pero enseguida vio la debilidad del trabajo a pulso
personal, obligado a la indeseable competencia. Así que a trompadas
y palazos consolidó su hueco -entregó La Perla, compartió Punta
Iglesia, se quedó con el resto- y una vez marcado el territorio
amplió la empresa familiar con los rayitas, que siempre le dijeron
tío. Hasta que un pobre diablo, un descuidista de los barcitos se le
cruzó (o quiso), tentó a algunos de los pibes y le refaló un par de
relojes.
Fue todo muy rápido: el Klondike cazó al infeliz, le cortó un dedo y
usándolo de lápiz escribió en la base del Lobo -hay quien dice que
delante de los rayitas con los ojos así-: "Klondike paga más". Santo
remedio. Desde entonces todo el negocio fue de él.
-Pero sigue siendo un linyera -dije yo, como un nabo.
-Mirale las manos.
Blancas, pálidas, sin marcas, las manos del Klondike no eran las de
un marginal que viviese y trajinara a la intemperie. La versión más
obvia de su leyenda lo hacía, simultánea o alternativamente, dueño
de un chalet en Los Troncos, propietario de los alfajores Gran
Casino o de una increíble mina de oro de temporada: la flotilla de
vehículos paseadores de pibes -chasis de camión carrozados y
pintados como El Pato, El Conejo y La Ballena- que daba vueltas por
la costa con la regularidad y la eficiencia del goteo de monedas de
una calesita. El Klondike se llevaba diariamente el jugoso fruto de
esos transportes.
Pero había otra versión, mucho más bella y novelesca. Jugador y
perdedor dostoievskiano, el Klondike vivía cada semana los reveses
de fortuna que a otros, los demás, les llevan años, décadas, acaso
toda una vida. Arrancaba en el Casino cada lunes bien tarde con el
dinero fresco del brillante empeño semanal; recién afeitado y
compuesto, de terno impecable y olorosos Chesterfield de
contrabando, se sentaba a la mesa -siempre la misma- de punto y
banca y durante una, dos, tres, las noches necesarias, apostaba
hasta volver a quedar seco de toda sequedad, conseguía llegar al fin
de semana una vez recuperada laboriosamente la barba crecida y la
indigencia para poder volver a empezar.
La leyenda hacía agua por todos lados pero tenía la sabia redondez
de una comedia de Frank Capra.


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-79114-2007-01-15.html





LA LECCIÓN*

Apenas llegó a Pinamar se puso el pantalón negro de ci­clista, la
camisa cuatro números más grande de la que usaba para ir a bailar en
el barrio, el cinturón ancho, las medias azu­les, las zapatillas a
cuadritos amarillos y verdes y la campera llena de cierres. Lo que
más le costó fue acomodarse la vincha y el arito porque El Rafa no
tenía ni un espejo en esa piojosa piecita, al borde de los médanos,
que le habían dado por tra­bajar de bañero. Pero lo había invitado y
él, así, ahorraba par­te de lo que había juntado durante el año
falsificando boletas de las obras sociales en la farmacia de su
padre. Cuando salió, El Rafa le dijo que con toda esa ropa se iba a
cagar de calor. Por el sol, y porque el parador estaba muy lejos, en
la playa de El Náutico. Pero ahora la onda era hacer dedo. Se lo
dijo al Rafa: "Los teens —le dijo— van en marcha". Dos horas des­pués
llegaba caminando, solo y reventado, por la arena y bajo el sol de
la media tarde, a La Bianca.
Deambuló un rato entre las mesas mirando a la gente y comparándose
con los tipos, como en un espejo: pantalones largos a rayas, no
tanta vincha, pocos con medias. Eso se daba más en las mujeres. Se
tocó el arito y pensó que ya estaba ju­gado. Le empezó la suerte;
consiguió una mesa justo al lado de una hembra morocha que, sola,
leía un libro mientras tomaba champán. Tenía el pelo liso y largo,
calzaba un dos
pie­zas que abajo dejaba asomar unas perneras cortas, de encaje
transparente. En eso llegó el mozo y dejó sobre la mesa de la
morocha un plato con dos choclos. Ella dejó el libro y empezó a
morder un choclo como si lo leyera: grano por grano, con los dientes
afilados, crueles. Las manos parecían estar agarrando otra cosa. Él
pidió, con voz clara: "Una birra". Al rato ya esta­ba sentado en la
otra mesa porque la morocha, entre mordida y mordida al choclo, le
había dicho que por qué no, eh. El libro que estaba leyendo se
llamaba Cómo navegar a vela.
El le dijo que prefería el tenis y que ahí, en el mar, duda­ba entre
dedicarse al surf, al wind-surf, a los kayaks, o al body boards.
Enseguida, como invitándola, le preguntó qué le pa­recían las
excursiones en lanchas semirrígidas. Ella mostró cierta curiosidad,
mientras arrancaba el anteúltimo grano del segundo choclo. Así que
él le pidió al mozo "otra birra" y le contó la largada —que había
visto por video cable— de la re­gata Buenos Aires-Río. "Ahí lo vi a
Menem —mintió—, cuando subió a la fragata para ir hasta la largada.
No sé qué pensás de política pero a mí aunque sea peronista me
parece bien, porque está con las privatizaciones. Y además se banca
perder la popularidad y no le importa que le digan contradic­torio.
Ahora sí, para mí esa cache de Zulema le está haciendo lío con lo de
los micrófonos. Pero salgamos de la política. En música seguro que
te gusta el pop, porque se te ve muy ska. Y Charly García dice, es
una canción que esté, La Bianca, es el point. Yo adoro Soda Stereo y
Ratones Paranoicos. Más pop que
new-romantics, viste. En cambio, para vos, seguro que Fabulosos
Cadillacs." Todo eso lo dijo casi de un tirón, mien­tras veía que
ella dejaba asomar cada vez más los dientes chi­quitos; alegre,
interesada. Entonces le dijo que pensándolo bien, para el día
siguiente, se había decidido por el wind-card. "Eso de andar en
skate con velas —le aclaró, por si no enten­día—, es lo más crazy."
Ella sonrió un poco más grande. De modo que se fue a fondo. A la
noche podían encontrarse en
María Bron a tomar clericó. "O si no en Valeria Ranch o Alwais —le
dijo—, porque vos se ve que no sos de las mayorcitas que gustan de
comer en Tamarisco."
Desde ahí enfrente, desde la playa, sonaba una bocina o un grito.
Ella levantó la cabeza. Un tipo todo de blanco, con el pelo largo en
colita y gorra azul de marino la llamaba desde un triciclo arenero
más bien sencillo. Ella hizo señas de que esperara y dijo: "¿Decime,
a vos te gusta toda esta...". No es­cuchó bien, porque lo distrajo
notar, por primera vez, que su voz era ronca, arrastrada, como rea,
pero creyó adivinar que la última palabra había sido "boludez". Sin
poder creerlo le con­testó, soberbio y distante: "Claro, es una forma
de vida, ¿no, che?". Ella se levantaba y le iba diciendo: "Entonces,
pibe, tenes que mejorar tu inglés y corregir algunos detalles. Así
que repasa la lección y volvé el verano que viene". Señaló la silla
que había dejado: "Repásala. Acordate que está en la pá­gina
veintiséis".
La cola, los glúteos, se iban pero dejaban su recuerdo —insinuando,
húmedo, seguro que caliente— en la tapa de la revista sobre la que
había estado sentada. El último número de esa revista de actualidad
que él había estado releyendo, por cuarta vez, durante todo el viaje
a Pinamar.




PARA QUE VENGA UNA GRAN VOZ, Y ME TOQUE*



María ahora quiere que venga Sting y la toque. No que le cante,
para eso están los casetes, sonando en el minicomponente portátil,
largando la dulce, viril voz del inglesito rubio, a los cuatro
vientos del Río de la Plata. Papá, delante de su cuerpo tendido en
la cubierta que apenas repite las oscilacio­nes del casco, ya
anunció, como Colón gritó tierra, que están llegando a La Barra.
Tirada, con todo el cuerpo al sol, se corre un poco, en la
entrepierna, el lado izquierdo de la bikini y algunos pelitos
rubios, húmedos, asoman para que Sting los mire; abre un poco,
apenas un poco más las piernas. Desde abajo, desde los camarotes,
llega la voz de la mujer actual de su padre que está preparando el
desembarque de sus hermanitos: ese pantalón no, que está sucio,
Gonzalo; ese jean blanco, Adelina. Arriba, María piensa en Sting:
que venga y me ame, piensa, y no le hace falta mucho para saber que
han entrado a la embocadura de La Barra, porque papá, sin dejar el
timón en ese silencio que puede ser del río, del viento pegando fijo
en la vela alta, o precisamente del agujero que hace en todos los
ruidos del mundo la voz del rubiecito Sting, le dice, enérgico: "Por
qué no te dejas de joder con ese inglesito subversivo". No es la
primera vez que se lo dice, después de aquella actuación en Buenos
Aires —que ahora está tan lejos, porque esto es territorio del
Uruguay—, en River, donde subieron al escena­rio esas señoras de
Plaza de Mayo. "Inglés de mierda, y sub­versivo —le dijo, y después
le alargó un diario, el diario que ella había tomado de la mesa de
luz de su madre, que ahora anda con un tipo de izquierda—. Mira lo
que dice acá: que fue la mayor manifestación de los últimos tiempos
a favor de los derechos humanos." Ella cierra las piernas, sabe que
ahora su padre maniobrará para entrar expertamente, como lo marcan
sus premios internacionales de navegación a vela y que debe
concentrarse, y pone más fuerte a Sting, más fuerte. Ya le ha dicho,
esa vez: "Leí el diario, dos veces. En la primera nota, decían bien
que el público era todo así, como nosotros, los chicos que fuimos,
rubios, bien. Pero no nos engañaron: todas mis amigas saben que
Sting siempre anduvo en ese asunto de los derechos humanos que nunca
querés explicar". Como si el diálogo siguiera, el padre, desde el
timón, le dice que en el diario, después, alguien, de manera muy
cache, puso que los asistentes al espectáculo eran sesenta mil
llamas. "Bramába­mos por la música, por él. Yo, lo de las Madres, me
di cuenta cuando me dijo mamá." Y pone más fuerte a Sting que justo
canta ese tema dedicado a las madres chilenas. Y calla: no en­tiende
bien pero sabe que por la noche, en el bar de La Barra, su padre
habrá olvidado. Por la mañana seguirán hablando de que hay que
terminar con ciertas cosas que hay en el país. Pero ella —si lo que
espera no es cierto— apelará a los walkman. Pero a lo mejor, cuando
baje, ahora, Sting puede estar esperándola. Se vestirá a la última.
Se pondrá, en la
ca­beza, un pañuelo banco.


*de Miguel Briante.
AL MAR Y OTROS CUENTOS. Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 2003




La belleza del bosque*

El canto de los pájaros
inunda el espeso bosque
y resuena el aleteo
en el aire primaveral.
Las melodías embriagan el follaje
que se mece suavemente
y los troncos también gozan
la dulzura de los trinos.
El sol de oro sonríe
cuando ve las mariposas
que llevan los sueños
en sus alas transparentes.
Las flores silvestres se balancean
y el perfume dulce penetra
en las copas de los árboles
que llegan hasta el cielo.
Los colores de la belleza
pintan todo el paisaje
y en el horizonte se leen
los versos de un poema.


*de María Griselda García Cuerva. mg_cuerva@...





PENSAMIENTO*


*Por Antonio Dal Masetto.

El amigo Luis es un tipo más bien apático, temeroso, torturado por
las dudas. Salvo cuando está enamorado. Entonces no hay quien lo
pare. Lo conozco desde hace años y lo he visto en acción. Su última
aventura empieza cuando Martita mete sus cosas en un par de bolsos y
desde la puerta le grita:
--Estoy podrida de vivir con un seco, siempre fuiste un seco, nunca
dejarás de ser un seco.
Luis la persigue por el pasillo, trata inútilmente de retenerla,
después levanta el puño al cielo y grita:
--Si hay alguien ahí arriba lo tomo por testigo de que muy pronto
dejaré de ser un seco, lo juro.
--Seco, seco, sos un seco, siempre serás un seco --repite Martita
mientras abre la puerta de un taxi.
Lo que Martita no sabe es que Luis dispone de un arma secreta. Desde
hace tiempo está asistiendo a un curso de control mental. Así que a
partir de este momento una sola y gran idea comienza o ocupar su
cabeza. "Quiero dejar de ser un seco, quiero dejar de ser un seco",
se repite mentalmente día y noche. Prepara su propio bolso y se
dispone a partir hacia la costa donde un amigo posee un departamento
que utiliza únicamente en verano y donde Luis se someterá a un
retiro espiritual para templar su voluntad y aplicar lo que aprendió
en control mental. Camino a Retiro no deja de pensar: "Quiero dejar
de ser un seco". Mientras recorre la estación, se le cruza un
predicador y, bendiciéndolo con la mano en alto, sentencia:
--El agua de vida te alcanzará borrando de ti toda sequedad.
Luis le da unas monedas e interpreta el encuentro como una señal
prometedora. Antes de subir al ómnibus, una nena, jugando, le arroja
un vaso con agua mientras grita:
--Agüita fresquita.
Durante el viaje se larga a llover. Luis se queda dormido pensando
en que quiere dejar de ser un seco y se despierta con el pantalón
mojado por una gota que se filtra por la ventanilla y lo salpica. La
compañera de asiento es una anciana que se durmió con la cabeza
apoyada en el hombro de Luis y mientras sueña llora sin parar y sus
lágrimas le empaparon abundantemente el saco. Cuando llegan a
destino sigue la lluvia, las calles están inundadas y Luis las
recorre con los zapatos en la mano. En el edificio hay un corte de
electricidad y por lo tanto tiene que subir por escalera. El
departamento del amigo está en el último piso, el 21. Por suerte hay
velas. Luis descubre una buena cantidad de latas, arroz y fideos.
Esto lo tranquiliza porque entonces no habrá necesidad de
interrumpir su aislamiento y sus meditaciones. Antes de dormir Luis
se concentra en su pensamiento mágico y proyecta con fuerza su
determinación de dejar de ser un seco.
Se despierta en la mitad de la noche, nuevamente empapado, ahora a
causa de una gotera en el techo que da justo en el medio del
colchón. Corre la cama y al amanecer descubre que la del cielorraso
no es la única filtración y que el piso es un gran charco. Sigue el
temporal. Un golpe de viento abre la ventana y junto con la lluvia
entra una gaviota. La gaviota se queda a vivir con Luis y le hace
compañía, lo mira concentrarse en su pensamiento y rápidamente
aprende a abrir las latas a picotazos, por lo cual Luis debe
guardarlas bajo llave porque corre el riesgo de quedarse sin
provisiones.
Llega otra vez la noche y luego la mañana y nuevamente la noche y
sólo hay lluvia y lluvia. De tanto en tanto Luis corre a cerrar la
ventana que el viento abre. Hacia fuera no se ve nada, ni mar ni
tierra. Luis está solo allá arriba, aislado del mundo, con su
pensamiento único y la gaviota glotona. La ventana se abre una vez
más y lo que entra no parece ser sólo lluvia y viento, sino una ola
de grandes dimensiones, y lo que se ve cruzar y luego desaparecer en
ese torbellino tiene todo el aspecto de un pez volador.
Entonces una antiquísima amenaza sacude la sangre y la memoria de
Luis. Sin duda, se dice, el agua ha estado subiendo y subiendo y tal
vez ya esté por alcanzar los pisos altos. Ahora Luis abre él mismo
la ventana, toma la gaviota y la arroja afuera. La gaviota vuelve al
cabo de las horas pero no trae un ramo de olivo en el pico sino un
alga marina. Luis busca y encuentra herramientas y clavos y se
dispone a construir algo que flote y donde ponerse a salvo con la
gaviota cuando las aguas lleguen finalmente al piso 21.
Por ahora ahí lo dejamos al amigo Luis, doblado sobre las tablas,
martillando y martillando, un poco desconcertado por el giro de los
acontecimientos, pero todavía firmemente empecinado en demostrar que
puede dejar de ser un seco y recuperar así el respeto y el amor de
Martita.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/1998/98-10/98-10-21/contrata.htm



Ejercicio de escritura:


10 años sin Osvaldo*

El 29 de enero serán 10 años sin Osvaldo Soriano.

Inventiva Social invita a escribir pensando en su obra y vida con
estilo libre (poesía, ensayo, narrativa)
Los escritos deberan enviarse hasta el 28 de enero a la casilla:
inventivasocial( arroba)yahoo. com.ar

-Rogamos a los compañeros y colaboradores una amplia difusión de
esta invitación-

*Eduardo F. Coiro inventivasocial( arroba)hotmail. com




*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a
rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria.
Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el
corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan
mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de
participación es relativamente simple. Primero seleccionar la
noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego
reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve
(alrededor de 2000 caracteres).

Enviar los escritos al correo: inventivasocial( arroba)yahoo. com.ar


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Jue, 18 de Ene, 2007 12:22 am

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