LOS VERDADEROS ESTÁN SUELTOS...A la hora del mate*Al hombre la conocí en casa de Bob, mi ex suegro.
Era uno de los tomadores de mate, o amigos de la hora del mate que se aparecían cualquier día a la hora señalada: 17. 00 horas, ni antes al costo de interrumpir la siesta sagrada de mis suegros. ni mucho después cuando los ánimos y el mate se lavaban inevitablemente. Era, el flaco o el flaco Corwin, como todos le llamaban. Un vecino del barrio cuya amistad con Bob se limitaba a 30 minutos en visitas de una o dos veces a la semana. Era un misterio el hombre. Un hombre que se mostraba como tempranamente envejecido y que no llegaba a los 70 años pero si los aparentaba. Flaco, flaquísimo, la espalda encorvada. La mirada algo torcida con ojos claros muy hundidos en el rostro. Uno lo definiría como un gringo colorado, seguramente hijo de italianos que se establecieron, trabajaron, criaron un hijo y se murieron en esta tierra hablando en su dialecto. y lo mínimo en la castilla.
Pero esto -por supuesto- no viene al caso, lo cierto es que el flaco estaba absolutamente solo en el mundo, sin familia, ni mujer ni nadie que se ocupe ni le de sentido a su existencia.
Entonces el flaco aplicaba -según sus propias palabras- la política de parches a la soledad, que significaba que en diferentes casas del barrio lo bancaran un rato cada una en la semana.
Con Bob se llevaban bien si hablaban del tema preferido por mi suegro: denostar a Perón y todo lo que huela a peronismo de antes, de hoy o de siempre. El flaco hacia interrupciones aprobatorias en las historias que Bob contaba una y otra vez en la mesa a la hora del mate.
Perón era el responsable máximo de los males argentinos, así como la historia -para Bob- empezaba y casi concluía con Perón.
Eran los temas clásicos a la tarde, con un Perón que era un estudiante aventajado de sus profesores europeos: Mussolini, Hitler y Franco.
Al flaco le causaba gracia por que para él esos apellidos siniestros eran apenas los nombres de sus gatos de la primera y feliz infancia: Mussolini, Hitler y Stalin, incluso tenía un perro "el mariscal Rommel" que convivía pacíficamente con los gatos.
El flaco Corwin acompañaba los relatos de Bob con frases absurdas o desopilantes que muchas veces no tenían relación evidente con lo que se hablaba en ese momento. Yo grababa mentalmente algunas y luego las transcribía en mis cuadernos de ramos generales donde convivían frases, con detalles de gastos y tareas previstas para la semana.
Yo me preguntaba -muchas veces- que hacia allí a esa hora escuchando a dos o más viejos para los que el mundo se había detenido hace rato. Me lo preguntaba y no tenia respuesta salvo por Emily -mi ex mujer- la hija única de Bob y su mujer Pintora (siempre supuse que mi suegra pintaba para distraerse un poco de la reiteración de discursos de Bob).
Pero lo cierto es que con Emily llegábamos de visita. Me dejaba sentado en la mesa de la cocina a punto de tomar mate y a los pocos minutos se iba. Volvía bastante después de la hora del mate, a veces con bolsas que revelaban compras de ropa y a veces sin nada. Emily era -y es- un enigma para mí, salvo por el hecho de que yo quería una mujer rubia y de ojos celestes y ella cumplía con creces la condición. Era tan hermética como su madre a la que recuerdo siempre ida de todo y todos. Pasando horas a unos pocos metros de la mesa de la cocina, en el living con esos ventanales siempre estaban abiertos al norte y al paso de la luz solar. Allí ella ejercía el silencio, y la pintura con música clásica de fondo. Ignoraba o fingía ignorar las conversaciones que se desprendían de la mesa.
Lo cierto es que yo me convertí en testigo involuntario de muchas frases condenadas a la nada.
Bob y el flaco compartían un profundo escepticismo sobre la condición humana, sus conversaciones iban y venían flotando sobre la idea básica de la decadencia irremediable de los valores necesarios para la convivencia social.
Eran Discepolianos, veían un mundo de lodo donde todos debían embarrarse para sobrevivir. Un mundo cambalache casi copiado literalmente de la letra del tango.
"El hombre con la mujer es como un perro con el hueso, cuando mas revolcadas tiene, más le gusta" decía Bob. Y me miraba como si yo tuviera que darme como aludido por las idas y vueltas de la relación con Emily.
Emily es Psicóloga. Ejerce como tal y siempre sospeche que ella había extendido su postura terapéutica a la relación conmigo. No había con ella posibilidad de discusiones abiertas, ella cerraba todos los caminos con interpretaciones y silencios. Su frase preferida que clausuraba todo después era "Esa es la sabiduría de lo inconsciente".
Pero a mí me llamaban más la atención las frases del pobre flaco Corwin. allí se mostraba su absoluta desesperanza con el mundo, su renuncia a entender sus reglas, a aceptarlo en lo más mínimo. Era también su manera de aceptar su derrota temprana a la funcionalidad de las cosas.
Cómo "no existe la felicidad ni nada que se le aparente".
Su obstinación por definir las cosas en códigos propios y frases que solo los entendidos podían descifrar, por ejemplo: "Los puros (por putos) de espíritu" era su manera invariable de definir a los políticos.
Nada tenía sentido, ni superficial ni oculto. Nada podía conmover su radical desilusión. Había clausurado cualquier esperanza sobre la humanidad. Él -al igual que Bob- solo creía en la fidelidad de su mascota.
Nunca pude saber como se llamaba el gato que vivía en la casa de Corwin, lo llamaba de siempre con nombres diferentes surgidos en el momento. Esa era su resistencia y rebeldía máxima ante el mundo: No llamar a nadie por su verdadero y formal nombre. y no asignarle a nadie un nombre definitivo.
A Bob nunca lo llamaba como Bob, sino como José, Josecito si le quería trasmitir cariño, u otros innumerables modos alegóricos como "el señor Fernández" "El padre de Soriano" "El nieto de Perón y Eva", el capitán veneno, John Silver, Contramaestre Bob, Fidel en la sierra, y otros que seguramente olvide de anotar o no pude presenciar.
Bob, le tenía una infinita paciencia, creo que también sentía lástima por el, su desamparo y su obstinación para vivir como Robinson Crusoe, pero en una ciudad suburbana. Su casa y sus pocos amigos vecinos eran parte de la isla en la que transcurrían sus días.
El hombre había decidido demostrar en su propia existencia algo que yo temía extender al conjunto de los seres que sobrevivimos a esta sociedad de riesgos calculados y crueldades cotidianas poco mensurables. En la sociedad de vértigos y desafíos de consumos y novedades tecnológicas, cada uno de nosotros esta condenado o potencialmente condenado a ser un engranaje de relojería sin uso a partir de cualquier momento de su vida.
Más exactamente cuando la capacidad de adquirir consumo tecnológico y conocimiento operativo de ciertos objetos confirme la marginación, los vuelva obsoletos, piezas vivas de un mundo que no deja de producir museos de época en cada barrio, en cada casa.
Bob era una institución y un espíritu conservador aparentemente afín al flaco.
Para ellos nada nuevo valía la pena.
Tenía un juego de sillones del living de comienzos de los sesenta y decía con razón que los muebles modernos eran una porquería, especialmente desde el invento de la madera aglomerada y la fabricación automatizada en gran escala de muebles.
El flaco completaba diciendo que ni en autos ni en mujeres se había producido nada valioso después de la década del 50. De las mujeres que surgían como tema de conversación decía cosas poco amigables como "tiene un Bush (por agujero) en el cerebro".
Su auto -en rigor los restos de un auto heredado de su familia- un Plymouth Fury modelo 1958. Era " el mejor auto del mundo" y prometía que cuando consiguiera los repuestos que le faltaban saldría con él y no se detendría hasta conocer el océano Pacífico. "Hasta la costa de Chile y si puedo más allá..."
Esta sociedad no esta preparada para dejar crecer a la gente, anotaba yo mentalmente y seguía viendo cuando mi presencia y la del flaco coincidía con un Bob encendido y parlanchín escenas dignas de una película del estilo "God bye Lenin".
La historia sobre la rotura -y virtual inutilidad- del auto del flaco, era -y sigue siendo para mí- tan increíble que un día fuimos con mi suegro a comprobarla en una visita que le realizamos con la excusa de devolverle un libro que Corwin la había prestado a Bob unos cuantos meses atrás.
Su auto reposaba cubierto de tierra en un garaje enorme que también era el cementerio de todos los objetos heredados a su familia. Herramientas de su padre, los restos del auto que no funciona desde muchos años atrás y objetos patéticamente inútiles, conviven en ese espacio generoso al que el flaco bautizo colgando un cartel pintado a mano con grandes letras rojas, legible desde la vereda de enfrente que dice "Sede igualdad de oportunidades".
Nosotros siempre sospechamos que la historia era una mentira flagrante y ponerla al descubierto era solo cuestión de mirar.
El auto tenía todos los signos de haber sido afectado por un derrumbe desde el capot hasta el techo sobre el asiento del conductor y acompañante.
Lo que se cayo podría haber sido un piano o un elefante, pero el flaco siempre contó una y otra vez que había sido un toro caído desde un camión jaula que pasaba por la calle donde el -afortunadamente- había dejado estacionado su auto. Afortunadamente, porque el estaba en la cola de Rentas, sino no la contaba.
El parabrisas no existía y se veía un rosario colgando del espejito retrovisor.
Justo aquí, -y el flaco señaló al rosario-, me encontré colgadas las bolas sangrantes del toro...Y realmente, reimos todos con esa imágen hasta quedarnos sin aire.
También pudimos comprobar algo más de esa fantástica historia. En el techo se ven dos agujeros enormes, que según Corwin, dejaron las astas del toro que perforaron el techo y llegaron a clavar el asiento de pana del conductor.
-Me salve por que Dios es grande, decía. Nosotros nos rendimos a la evidencia y a partir de ese día creímos esa y muchas otras historias aparentemente disparatadas del flaco.El escenario fue así, parecido a lo que les cuento, durante años.
Las visitas del flaco. Los monólogos de Bob. Mi presencia como testigo - observador silencioso.
Emily que llegaba conmigo de la mano y a los pocos minutos fugaba a la calle.
Hasta que un día. La costumbre de renombrar al mundo, sus habitantes y seres vivos o muertos, le significó al flaco un traspié definitivo.
Corwin llamó de otra manera a Shirley -la perra bóxer de Bob, a quien seguro mi suegro amaba más que a su mujer e hija juntas.
El pobre flaco la llamó "Ramona". Probó una y otra vez, esperando que le festejaran la ocurrencia.
Se produjo un gran silencio y un clima de tensión en el aire, de esos que se cortan con tijera.
Bob entro en un hueco de silencio, de esos que como estelares agujeros negros no dejan de crecer y tragarse toda luz, palabra y gesto que tengan a mano.
Al poco tiempo, el flaco comprendió que ya no era bienvenido en esa casa y no fue más.
Meses después me separe de Emily y deje de visitar la casa de Bob.Pero por lo que se -y hasta puedo suponer-, nunca más lo perdono.*de Eduardo F. Coiro inventivasocial@...
Monólogo de un loco*Lloramos al nacer porque
venimos a este inmenso
escenario de dementes
W. Shakespeare.
Anoche, igual a como hace ya algún tiempo, he visto un cuerpo extraño vestido de rojo, acompañado por un séquito de máscaras oscuras, que bailaban en ronda alrededor de un niño…
Dicen que soy un loco, que no estoy bien de la cabeza, que alucino cosas. Dicen que si me encierran mejoraré.
Ahora me tienen acá, en la penumbra de un cuarto solitario y frío, en donde de a ratos entra una silueta vestida de blanco y me pincha tres veces las venas de mi brazo izquierdo y se va. Me medican para dejar de ver a las máscaras demoníacas danzando. De todas formas yo no confío mucho en el doctor; desde que estoy acá, ninguno de los enfermos se ha ido, y las máscaras siguen bailando.
La gente que trabaja acá no parece interesarse mucho en los pacientes; vienen, te hacen tragar unas pastillas, miran el reloj y sacan la cuenta para ver en cuánto tiempo tienen que volver a pasar, y se van a tomar mate y a hablar de la vecina molesta, del partido de fútbol, de la tía de Gimena que…en fin que si nos prestaran más atención, las cosas cambiarían. Mirá, ahí viene de vuelta el hombre de rojo con su séquito enmascarado. Si la enfermera estuviera acá podría mostrárselo. Pero ella nunca me escucha.
Dicen que soy un loco, que no estoy bien de la cabeza, que alucino cosas. Entonces, ¿qué decir de los que me mantienen encerrado, me atan, me duermen, me pinchan con agujas? ¿Acaso eso no es estar demente? Acaso eso es lo que hace un ser racional? Yo veo cosas. Podría decirse en todo caso que poseo una imaginación prodigiosa. Pero ¿que hay de ellos, los otros? ¿Tener a un juez que encubre al culpable y despoja al inocente? ¿Caminar por las calles y encontrarse con ellos, los otros, los que caminan por ahí riendo a costas de sus hermanos, viviendo de la mentira, de la destrucción, de la pereza? ¿Es posible aceptar semejantes arrebatos a la conciencia y a la condición humana? Nacemos con los ojos cerrados, pero ¿no se supone que después los abrimos? Algunos parecen haberse olvidado de esa parte. Ahí pasan de nuevo las máscaras.
¿Nadie entiende que el mundo está demacrado? ¿Nadie entiende que está sangrando por la presión de las cadenas que enredan las máscaras, al bailar con esa música ensordecedora que no calla? ¿Nadie entiende que yo no soy un loco, que sólo intento advertir a la humanidad el fúnebre destino que les espera si no abren a tiempo los ojos? ¿Acaso nadie entiende, que el hombre de rojo no es el demonio de mis delirios, sino el espíritu fatalista que se acerca hacia nosotros sin obstáculos? ¿y que el niño que veo no es un niño, sino el futuro de la humanidad, acechado por las máscaras? ¿y que las máscaras no son objetos inventados por mi mente, sino la sociedad regida por el “qué dirán”, por la mentira y por el engaño, que orgullosa baila alrededor de su propia tumba, alimentando a la fuerza que nos acerca al fin de los tiempos?
Pero ellos, los otros, los legalmente cuerdos no lo ven. Ellos siguen bailando.
Ellos, los otros. Para mí, los verdaderos locos están sueltos.*De Valeria Marioni maiden-marion@...La tierra incomparable*(fragmento)*de Antonio Dal MasettoTRECECruzaron hasta la plazoleta donde estaba el coche. Silvana abrió la puerta y Agata dudó.
-Prefiero ir caminando.
-Está bien -dijo Silvana-, caminemos.
Tomaron por una callecita angosta, empedrada y en sombra. Los pasos resonaban fuerte y abriendo los brazos casi se podían tocar ambas paredes. Arriba había ventanas y halcones con flores colgando. Desembocaron en una avenida bordeada de pinos que subía en dirección a las montañas.
- Por ahí se va a su casa -dijo Silvana.
-Conozco el camino -dijo Ágata sonriendo.
- Seguro -dijo Silvana.
Hizo un gesto como disculpándose y la tomó de un brazo. Anduvieron a paso lento, Silvana adaptándose al ritmo de Agata.
Había una gran calma alrededor, alterada sólo por los motores de los coches. Se veían pocas personas caminando. Algunas se paraban a leer los avisos fúnebres pegados a los muros y comentaban entre ellas. Eran hojas blancas, con bordes y letras negras. También Agata leyó. Creyó reconocer algún apellido y trató de hacer memoria.
En la primera bocacalle vio entero el Monte Rosso, se detuvo para contemplarlo y lo nombró en voz alta. Era imponente, dominaba el pueblo y el cielo. Una mole grande y quieta y que sin embargo tenía algo de cosa viva. Agata volvió a encontrar la idea olvidada de que el Monte Rosso le recordaba un animal. Un enorme y antiguo animal emergiendo de la tierra, el lomo alto, la cabeza hundida entre las patas, frenado e inmovilizado en la furia de una embestida. Recibía la claridad del mediodía y la cresta y las laderas eran como una piel sedosa, una lana o una espuma donde brillaban los colores del otoño: dorados, anaranjados, ocres, rojos, grises, blancos. Agata volvió a nombrarlo.
Al fondo, en el aire limpio, se recortaba una cadena de montañas, con las manchas claras de los pueblos colgados en las pendientes, los campanarios finos, las marcas de los cultivos escalonados que subían hacia las casas. Y más atrás todavía la cima alta y solitaria de un cerro puntiagudo, donde se notaban estrías blancas, tal vez de nieve, tal vez de luz.
Siguieron y llegaron a una calle que durante la guerra había marcado un arbitrario límite del pueblo, establecido por los fascistas. Desde el río San Giovanni al San Giorgio, cada cien metros, habían construido puestos de control y de defensa contra los ataques de los partisanos que bajaban por la noche desde las montañas. Agata se lo explicó a Silvana.
-Nosotros vivíamos del otro lado de esta línea, así que para ir a trabajar o al centro del pueblo debíamos pasar por alguno de los controles. En esa época no quedaba nada entero por acá, ni árboles, ni postes, ni faroles, ni ventanas. A éste lo llamábamos el Puesto de la Virgencita.
En el cruce, aún estaba el tabernáculo: rústico, empotrado en la pared, con techo a dos aguas y dos columnitas sosteniéndolo. Detrás de la reja, la pintura pobre y descolorida de una Virgen, y a los costados dos cabezas de ángeles con las alas naciéndoles del cuello. En la base, en un frasco de vidrio, algunas flores de plástico cubiertas de polvo.
Una lagartija cruzó rápida sobre la cara de la Virgen y se perdió en una ranura.
-La recordaba más linda -dijo Ágata.
Había un banco de piedra bajo el tabernáculo y Agata propuso que se sentaran. Miró hacia un lado y hacia el otro y después levantó una mano y la movió despacio, abarcando lo que tenían enfrente.
-Había un parque inmenso, con una villa en el centro, donde están todas esas casas. Y del otro lado, una estación de donde salía un trencito que recorría aquellos pueblos de allá arriba. ¿Qué habrá sido del trencito?
-No lo conocí. Ni siquiera sabía que hubo uno. Para mí esto fue siempre más o menos así.
-Detrás de la estación había un caserón que fue bombardeado y donde murió mucha gente. Algunos eran compañeros míos, de la fábrica.
Agata calló. Seguían desfilando los coches, siempre con el acelerador a fondo; tomaban las curvas sin disminuir la velocidad y bajo aquel cielo vacío, en el gran silencio de las montañas, eran como un ultraje.
-¿Seguimos? -dijo Silvana.
-Vamos.
A la casa de Agata se podía ir por dos caminos. Uno era la calle ancha por la que ahora avanzaban. Si todo seguía igual que entonces, se podía ver la casa bastante antes de llegar, porque estaba ubicada sobre una loma. Se accedía por unos escalones de piedra y luego por un sendero que bordeaba la parte superior de la cuesta. El otro camino era una callecita que subía por una zona descampada - así la Acordaba Agata - y pasaba por el fondo del terreno, justo donde estaba el nogal.
- Me gustaría ir primero por el lado de atrás - dijo Agata.
- Lo que usted diga.
Se desviaron y tomaron por una calle sin veredas, flanqueada a la derecha por casas con jardines y a la izquierda por un largo muro cubierto de hiedra. En todos los portones había letreros que decían: Cuidado con el perro.
Enfrente, entre la hiedra, asomaban retablos con las estaciones del Via Crucis. De tanto en tanto un perro se abalanzaba contra las rejas y el ladrido las acompañaba durante un trecho. Cuando oían que se acercaba un coche, Agata y Silvana se pegaban a la pared. A Ágata le parecía que los motores y los perros eran una misma cosa, le transmitían la misma rabiosa ferocidad.
Después el camino hacía una curva y se ensanchaba. También ahí los cambios eran grandes, no quedaba casi nada de lo que Ágata recordaba. Señaló una estación de servicio:
- Ahí había una quinta. El dueño se llamaba Tarzini. Cuando volvían del colegio, los chicos entraban a robar frutas.
Más adelante leyó en voz alta el nombre de lo que parecía un club. Un gran letrero anunciaba cursos de artes Marciales.
- Acá había una hostería donde mi marido venía a jugar a las bochas.
Seguían casas de dos y tres pisos, con cocheras en el subsuelo:
-Ahí había un tambo donde veníamos a buscar la leche recién ordeñada.
Se detuvieron frente a un negocio de repuestos para autos:
-Acá había una casa abandonada y una galería donde los gitanos que pasaban
por el pueblo paraban con sus carros. Al lado, los fascistas construyeron otro puesto de control. Lo llamábamos el Puesto de los Gitanos. Ahí enfrente había un campito. Una vez fui a refugiarme durante un bombardeo y me tiré en medio de las ortigas.
Agata todavía esperaba que, a medida que se acercaban a la zona donde estaba la casa, apareciera algo para recibirla, no sabía qué, una señal, una forma de saludo, una identificación. Pero, cada vez más, se sentía como una extraña, una turista frente a esos cambios. Entonces se detenía y buscaba un lugar donde sentarse.
-Sí está cansada traigo el coche -dijo Silvana.
-No estoy cansada.
-Voy y vengo, son diez minutos, me espera acá.
-No hace falta. Quiero caminar.
No era cansancio lo que la frenaba. Ahora se debatía entre el ansia por llegar y el miedo de llegar. No quería entregarse y dejarse dominar por la sorpresa y la confusión ante aquellas cosas nuevas, se esforzaba por asimilarlas antes de seguir avanzando. Se imponía pausas. Necesitaba tiempo, transitar poco a poco esa calle, adaptarse a ese paisaje, a todo lo que iba incorporando y también perdiendo en cada tramo de camino. Necesitaba aquietar y equilibrar la impaciencia y la desilusión.
Cuando se sentía en condiciones de seguir se levantaba y decía:
-Adelante.
Llegaron a un nuevo cruce y a un bar.
-Acá había una carpintería. Mi hijo se había hecho amigo del carpintero, venía a verlo para que le fabricara armas de madera. Cuando por la noche comenzaban los tiroteos y poníamos los colchones en el piso, lejos de las ventanas y las puertas, él buscaba su fusil. Durante la guerra los chicos jugaban a la guerra.
Ahí, en el cruce, debían doblar. Estaban cerca ya, a unos trescientos metros de la casa. Siguieron durante un trecho corto. Agata disminuyó la marcha y finalmente se detuvo. Dio media vuelta y permaneció indecisa.
-¿Pasa algo? -preguntó Silvana.
-Sentémonos un rato en el bar -dijo Agata.
Regresaron y entraron en un salón lleno de brillos de espejos y maderas lustradas. Pidieron dos capuchinos. Había tres hombres y una mujer pelirroja contra la barra. Eran los únicos clientes. Comentaban la cifra que cierto club había pagado por un jugador de fútbol. Los hombres consideraban que era una gran adquisición. La mujer no estaba de acuerdo y se hacía oír, tenía un voz aguda que tapaba a las otras tres.
Agata miraba a través del vidrio, en dirección a su casa, sin descubrir nada que le fuese familiar. El caminito -que recordaba estrecho y serpenteante entre arbustos de morera- se había convertido en un calle asfaltada. Alcanzaba a ver una agencia de autos, un colegio, una peluquería, una pizzería, algunos feos edificios con ropa tendida en los balcones. Se acordó del mapa dibujado con Silvia.
Al fondo apareció una mujer en bicicleta. Era una figura oscura y solitaria, una imagen de otros tiempos. Agata concentró su atención en ella.
Durante unos minutos, mientras avanzaba y se definía, borró el resto. La bicicleta llegó al cruce, pasó frente al ventanal y desapareció.
Entonces volvió lo de antes: las construcciones, el asfalto, la discusión. La pelirroja estaba enardecida, gesticulaba. Según ella, aún regalado, ese jugador era mal negocio: "Gratis es caro, vean lo que les digo". Los otros tres reían, burlándose. Cada vez hacían más ruido, hablaban los cuatro al mismo tiempo, parecían una multitud.
-¿Quiere que sigamos?-dijo Silvana.
-Esperemos un poco más.
-¿Todavía no quiere llegar?
-Todavía no.*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.Martes, 12 de Febrero de 2008
El candidato republicano**Por Fidel CastroEn el ya famoso supermartes, un día de la semana en que numerosos Estados de la Unión seleccionaban el candidato a la presidencia de Estados Unidos de su preferencia, dentro de un grupo de aspirantes, uno de los posibles candidatos para sustituir a George W. Bush podía ser John McCain.
No me corresponde hablar de la historia de un candidato a la presidencia de Estados Unidos. Jamás lo hice. Tal vez no lo habría hecho nunca. ¿Por qué esta vez?
McCain afirmó que algunos compañeros suyos fueron torturados por agentes cubanos en Vietnam. Sus apologistas y expertos en publicidad suelen enfatizar que el propio McCain sufrió tales torturas por parte de los cubanos. Espero que los ciudadanos de Estados Unidos comprendan que me veo obligado al análisis detallado de este candidato republicano y le replique.
Lo haré a partir de consideraciones éticas.
En el expediente de McCain consta que fue prisionero de guerra en Vietnam desde el 26 de octubre de 1967. Como él mismo cuenta, tenía entonces 31 años y llevaba a cabo la misión de ataque número 23. Su avión, un A4 Skyhawk, fue interceptado sobre Hanoi por un cohete antiaéreo. Debido al impacto, perdió
el control y se catapultó, cayendo sobre el lago Truc Bach, en medio de la ciudad, con fracturas en los dos brazos y una rodilla. Una multitud patriótica, al ver caer a un agresor, lo recibió con hostilidad. El propio McCain expresa su alivio en aquel momento al ver llegar a un pelotón del ejército.
El bombardeo a Vietnam, iniciado en 1965, era un hecho conmocionante para la opinión internacional, muy sensibilizada con los ataques aéreos de la superpotencia contra un pequeño país del tercer mundo, que había sido convertido en colonia de Francia a miles de millas de la distante Europa. El pueblo de Vietnam luchó contra los ocupantes japoneses durante la Segunda Guerra Mundial y, ya finalizada ésta, de nuevo Francia retomó el control. Ho Chi Minh -el líder modesto y querido por todos- y Nguyen Giap -su jefe militar- eran personajes admirados internacionalmente. La famosa Legión Francesa estaba derrotada. Para tratar de evitarlo, las potencias agresoras estuvieron a punto de usar el arma nuclear en Diên Biên Phu.
Ante la opinión pública norteamericana, los nobles anamitas, como cariñosamente los llamó José Martí, de cultura y valores milenarios, debían ser presentados como un pueblo bárbaro e indigno de existir. En materia de suspense y publicidad comercial, nadie les gana a los especialistas de Estados Unidos. La especialidad fue utilizada sin límite alguno para exaltar el caso de los prisioneros de guerra, y en especial el de McCain. Siguiendo esa corriente, McCain afirmó con posterioridad que el hecho de que su padre fuera almirante y comandante en jefe de las fuerzas estadounidenses en el Pacífico, hizo que la resistencia vietnamita le ofreciera una liberación temprana si reconocía haber cometido crímenes de guerra, lo cual había rechazado alegando que el Código Militar establece que los prisioneros son
liberados en el orden que se les captura, y que esto significó cinco años de prisión, golpes y torturas en un área del penal identificada por los norteamericanos como "Hanoi Hilton".
La retirada final de Vietnam fue desastrosa. Un ejército de medio millón de hombres entrenados y armados hasta los dientes no pudo resistir el empuje de los patriotas vietnamitas. McCain, uno de los numerosos pilotos norteamericanos derribados y heridos en las guerras declaradas o no de su país, fue condecorado con la Estrella de Plata, la Legión de Mérito, la Cruz de Aviación por servicio distinguido, la Estrella de Bronce y el Corazón Púrpura. Una película para televisión basada en sus memorias sobre las experiencias como prisionero de guerra fue transmitida en el Memorial Day de 2005 y se hizo famoso por sus videos y discursos en torno al tema.
La peor afirmación que hizo en relación con nuestro país fue que interrogadores cubanos habían torturado sistemáticamente a prisioneros norteamericanos. Ante las alucinantes palabras de McCain, me interesé por el asunto. Quise saber de dónde venía tan extraña leyenda. Pedí que se buscasen los antecedentes de la imputación. Me informaron que existía un libro muy promovido, basado en el cual se hizo la película, escrito por McCain y su asesor administrativo en el Senado, Mark Salter, que continúa laborando y redactando con él. Solicité que fuera traducido textualmente. Se llevó a cabo, como en otras ocasiones, por personal calificado en breve tiempo.
Título del libro: Faith of my Fathers (Fe de padre), 349 páginas, publicado en 1999. Su acusación contra los revolucionarios internacionalistas cubanos, utilizando el sobrenombre Fidel para identificar a uno de ellos capaz de "torturar a un prisionero hasta la muerte", carece de la más mínima ética.
Me permito recordarle, señor McCain: los mandamientos de la religión que usted practica prohíben la mentira. Los años de prisión y las heridas que recibió como consecuencia de sus ataques a Hanoi no lo excusan del deber moral de la verdad.
Usted acusa a los revolucionarios cubanos de ser torturadores. Lo exhorto seriamente a que presente uno solo de los más de mil prisioneros capturados en los combates de Playa Girón que haya sido torturado. Yo estaba allí, no protegido en un lejano puesto general de mando. Capturé personalmente, con algunos ayudantes, numerosos prisioneros; pasé delante de escuadras armadas, todavía ocultas tras la vegetación del bosque, que se paralizaron por la presencia del Jefe de la Revolución en el lugar.
Los prisioneros eran ciudadanos nacidos en Cuba, organizados por una poderosa potencia extranjera para luchar contra su propio pueblo.
Usted se confiesa partidario de la pena capital para los delitos muy graves.
¿Qué actitud habría asumido frente a tales actos? ¿A cuántos habría sancionado por esa traición? En Cuba se juzgaron varios de los invasores, que habían cometido con anterioridad, bajo órdenes de Batista, horrendos crímenes contra los revolucionarios cubanos.
Usted debiera saber que, mientras se negociaba la liberación mediante indemnización con alimentos para niños y medicamentos, el gobierno de Estados Unidos organizaba planes de asesinato contra mí. Consta en los escritos de personas que participaron en la negociación.*Extractos de la reflexión del comandante.Martes, 12 de Febrero de 2008
La vida de una planta*
*Por Miguel Roig miguelroig2005@...
Vas en el tren y alguien, una persona cualquiera, sentada en el asiento opuesto, frente a frente, te mira. Te das cuenta porque su reflejo en el vidrio de la ventanilla, hacia donde está orientada tu mirada, la delata. ¿Qué lee en tu rostro esa persona que lo observa?
En la película Night Moves de Arthur Penn, Gene Hackman interpreta a un detective privado que comparte su vida con la propietaria de una galería de arte. El personaje de Hackman es invitado una noche por su mujer y un amigo de ambos a ver una película de la nouvelle vague. No, contesta Hackman, me quedo en casa a ver un partido porque ver una película de Eric Rohmer es como mirar crecer un árbol.
Arthur Penn, entonces, cambia el ritmo de este curioso thriller y el detective que encarna Hackman se encuentra solo y aburrido: nada pasa; movido por su propio impulso, el personaje debería levantar la vista, encarar la cámara y decirle al director: ¿la trama sigue o me voy? En ese impasse es donde nosotros comenzamos a ver al personaje. Finalmente, el detective sale a la calle, pone en marcha el coche y decide ir a buscar a su mujer y al amigo a la salida del cine. Según se acerca a la puerta de la sala con el coche ve que ambos salen abrazados, besándose. Hackman, atormentado por el engaño, regresa a casa.
Penn, a su manera, en un claro homenaje a Rohmer, nos enseña qué no vemos cuando no miramos crecer una planta.
En Madrid, la Fundación Mapfre, acaba de adquirir una de las copias de la obra Las hermanas Brown de Nicholas Nixon.
Las hermanas Brown es una serie de fotografías de cuatro mujeres, hermanas tal como indica el título de la obra, compuesta por treinta y cuatro piezas y que Nixon ha ido registrando año a año, desde 1975, dejando constancia del paso del tiempo en el rostro de esas mujeres.
Al mirar la secuencia ves que, efectivamente, para notar contrastes evidentes hay que dar saltos bruscos de un lustro a otro o incluso dejar mediar una década para constatar como el aliento de los días ha ido erosionando la luz de la piel de cada una de las hermanas o ha empañado delicadamente el resplandor de sus ojos.
Están las cuatro, a lo largo de toda la serie, guardando siempre el mismo sitio en la composición: no hay rotación ni cambios. Pero es curioso ver, por ejemplo, como en los primeros años los cuerpos de las cuatro mujeres tiende a singularizarse evitando el roce: son cuatro figuras que establecen su identidad o, a lo sumo, se agrupan de a dos. Más tarde, esos cuerpos se buscan, se tocan, se abrazan. También resulta extraño ver que el envejecimiento no sigue una secuencia lógica: una de las mujeres, por ejemplo, de un año a otro sufre una transformación acentuada, como cuando en verano, una mañana el frío desbarata todos tus planes y el cuerpo se destempla aunque sabe que el calor regresará. En este caso no es un simple hiato: al día siguiente el otoño se ha instalado en la vida para siempre. De todas maneras, dos cosas acaparan la atención por encima de todo. Los gestos mínimos que rotan en un mismo rostro según pasan los años: sonrisa leve, rigidez absoluta, indiferencia, curiosidad o el ansia deliberada o inconsciente de protagonismo. La otra es el enigma de saber si en la siguiente entrega de la obra, el próximo año, las cuatro seguirán allí.
La ausencia, en algún momento, pasará a formar parte del relato.
En estos mismos días, en la Casa de América de Madrid, se presenta la obra de otro fotógrafo, Gustavo Germano. La exposición se llama ausencias, así, en minúsculas y, además, en el original el cuerpo de la i está ausente; sólo es visible el punto. Son catorce obras compuestas por una foto familiar tomada, en la mayoría de los casos, en la década del sesenta y su correlato, otra fotografía, realizada por Germano, en la que hay personas ausentes. Se trata de una reproducción del primer registro en la que el paso del tiempo constata un espacio vacío: el que han dejado los que no están.
Los desaparecidos (subtítulo)
Hay dos hermanas apoyadas en una cómoda. Es un día de 1970 y son adolescentes. Están vestidas con ropa cuidada, impecable; el cabello peinado prolijamente brilla ante el destello del flash. Sonríen. El perfil del rostro de una de ellas, la sobreviviente, se refleja en el espejo que está colgado detrás de ambas. La sonrisa que nos devuelve el espejo es aún más luminosa y sonora que la que enseña el rostro que busca a la cámara. Es como si el espejo nos revelará un acorde interior de esa chica, el presagio alegre de una vida por vivir. En la obra de Germano, realizada en 2006, treinta y seis años después y que acompaña a esa fotografía tomada por un hermano mayor de las chicas, la mujer no sonríe: el rostro se apoya ante la cámara con un rasgo de gravedad tranquila. Pero detrás, aparece el perfil de esa misma cara otra vez y, aunque parezca increíble, se atisba el esbozo de una sonrisa en el reflejo. Ese gesto que nos devuelve hoy el espejo ya no es un presagio, es la certeza de una vida que, si bien ha sido construida con dolor, también lo ha sido con la dignidad y el valor de haber llegado hasta aquí, habiendo convivido con la ausencia y enfrentado su causa sin desfallecer.
Lo que acabo de escribir está sostenido por datos que aporta el libro de la muestra, un regalo que Lilian Neuman puso en mis manos. Por los textos sabemos la historia de las dos hermanas, del autor de la foto original, realizada un domingo por la tarde antes de que las chicas salieran y del niño de la mujer ausente que crió la otra hermana, la que ha sobrevivido. Pero no se necesitan los textos: el fuera de cuadro se presenta explícito en esta obra y en las ausencias de todas las demás.
Para reconstruir esta historia, "la vida por delante que no ha tenido lugar", tal como la define Lilian Neuman en su artículo sobre la exposición en el periódico La Vanguardia, para reconstruirla, para poder leerla, es necesario mirar crecer el árbol del desagarro que provocó cada día de ausencia. Impresiona ver como se vislumbran esos días que median entre las fotografías originales y las correspondientes obras de Gustavo Germano. La lectura del abismo que separa los dos momentos.
Vas en el tren y alguien, una persona cualquiera, sentada en el asiento opuesto, frente a frente, te mira. ¿Qué lee en tu rostro esa persona que lo observa? ¿Imágenes que ha colectado el silo de la memoria a través de tus ojos? ¿Alguna ausencia que hace evidente una amputación sólo visible a su sensibilidad?
Si ha visto crecer una planta, sin duda lo podrá ver.-Fuente: Rosario-12Correo:Re: ALFREDO DI BERNARDO EN LA TERRAZA/TU ILUSIÓN FUE D E CRISTAL...*
Hola Di Bernardo, bellisima evocación, muchísimas gracias! y gracias a Eduardo Coiro y Horacio Rossi por difundir; para todos un abrazo bien fuerte y emocionado desde este hermoso invierno salzburgués, pleno de sol, nieve y bajas temperaturas, como debe ser!
feliz día!*Luis Alfredo. euroyage@...
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