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INVENTIVASocial Edición JUNIO 2008
Crónica de lo que se carga en la mano*
Domingo Cualquiera Por una extraña razón Tu imagen se ha hecho presente, Como un tropiezo En lo alto de algún techo O como una caricia Lanzada desde una resortera.
Lunes (menos común que los demás) Admiro en secreto tu mirada Y el cálido reflejo de mis palabras, Que resbalan trágicamente Mientras guardamos silencio Y hago como que no te veo.
Jueves (que más bien parece viernes) Día por demás desastroso: Tu mirada se hace risa Cuando juego A que nos encontramos, Esperando sin prisa Que pase el camión.
Día Cualquiera (que bien podría ser otro domingo) Parece ser definitivo: Aún no conozco Palabra alguna para nombrarte Pero sé de tu sonrisa Y conozco la espera Que comparto esporádicamente A tu lado.
Otro Día, de Otra Semana Esto no tiene remedio, Y si lo tiene no he querido verlo: Comienzo a soñar palabras Con las que quisiera llenar tu nombre. Describo sin suerte alguna El subir y bajar de tu cabello, Con el reflejo de tus mejillas Que roban al pie de la letra Mis deseos de acercarme.
Tus manos se sacuden, Se juntan y se alejan, Tal como solemos hacerlo: Cada que somos separados Por la llegada (algo trágica) Del autobús de pasajeros.
Calibrando demonios*
Adónde será aquel País aquella patria grande soñada en trasnoches de café aquel engranaje de esperanza diseñado con tantas manos voluminoso desperdicio de ideas derramadas sobre los bares cuando atragantó el galope del pecho y con ojos abrillantados lo imaginamos enorme un País que nos contuviese a todos debía ser desmesurado.
Y no estuvo tan lejos escurrió de la mano como arena repercute en la cabeza y en el estómago.
Duele la genuflexión al norte ignorando lista de muertos desnutrición estadística (sin daños colaterales) obviados los muertos vivos que sobreviven con ojos yermos.
Alguien robó las ideas destripó lo soñado y en su lugar nos dejó la pesadilla de no despertar.
*de diana poblet. soydian@...
SOLEDAD*
Musgo sobre mi piedra. Piel de lagarto sobre mi piel de víbora Con dos cabezas Una para esconder (¿Detener con la mano el río de Heráclito …? ) Otra para enterrar los ojos en el charco cenagoso. El mismo charco, pero otro charco. Un teorema inconcluso intenta resolver Ecuaciones de ayeres insondables. Retratos de puertas tapiadas El tiempo es un lazo de luz o un puñal falaz, clavado en el engaño que llamamos infancia. Allí está. Nunca me abandona. Su mirada ausente tiene el olor de una manzana. hecha de plomo y sangre. Por las pendientes cenagosas de la nada, resbala el cansancio. No hay piedad. La tregua se aleja lentamente. La marca candente aún humea. El desamparo galopa, montado en
Rocinante. Lorenza no ha encontrado a Dulcinea. Nuevamente ha vencido el “Caballero de la Blanca Luna.” He abandonado todos los caminos Todos los caminos me han abandonado. Todos, menos uno: El laberinto triangular que une vida y muerte. Raza de ausentes. Estertor de vinagre sobre llaga abierta. Ceniza .Polvo sobre mi polvo. Huéspedes fugaces. Intentan regresar aquellos secretos, enterrados, en la boca sellada de la tierra . Palabras nunca dichas. Vino y sangre inútilmente derramados. La sombra de una bandada de pájaros ciegos oscurece y apaga la palabra sepultada en ruinas . Ruina entre ruinas.
En el aire un olor a nostalgia lastima hasta morir. (Hasta Lázaro, ha llorado consternado, en la tumba del olvido) Ah Que deseo absurdo Que inútil esperanza de cielos imposibles. Tatuada hasta los huesos de visitantes que creí inmortales. Unas manos, una mirada, un ojo acuoso, mendigo. Ah. paradojal recuerdo. El país donde estuvimos nunca estuvo Incompletud. No queda nadie para hospedar este despojo de rosas y de ortigas Un túnel solitario entre Escila y Caribdis Ah ¡Qué tormentoso absurdo! (La niña, en su bolsillo esconde, un puñado de almendras, un espejo y al OTRO ) Tres silencios han convergido en la gruta de un enero sonoro Tres silencios y un grito. Aun me lastima el implacable médano. Los fantasmas que he amado son los
mismos fantasmas que he odiado, tanto, pero tanto, que aun me duele el costado derecho. Cicatriz de piedra cosmogónica Unidad de soles fragmentados. Una mitad de gritos, otra de silencios. Es la primera pena. El último olvido. Mucho antes que el espejo reflejara la agonía del tiempo, ya estaba allí, acechando, semen de una semilla de algún ángel caído . Más sola que los muertos, en su primer lecho de amapola y noche . Una noche de conjuros y rituales. Circe ha perdido el zapatito a media noche Laberinto de voces de oro en una torre de Babel El espejo bifronte refleja la mas terrible soledad .La soledad de a dos. Soledad. Duramadre nacida de torcaza… o basilisco. Hija de la propia noche que engendro y me ha engendrado.
Siempre mira atrás
la sombra plegada derrapa por los huesos cuelga en las cicatrices
de espaldas
La luz está del otro lado
como un foco distante un sol a quemarropa
Da voces de claridad
Escarba
con tenacidad de jardinera
La luz ama la sombra La desea
Se goza en el
encuentro demorado
La sombra en el exilio le ofrece sus aullidos
y deja huellas como oraciones frescas
para que la alcance
*de Martha Valiente. puertopegaso@...
Aproximaciones*
*Alejandra Pizarnik Bs. As. 1956-1958 (Inédito)
Abrazando tu sombra en un sueño Mis huesos se arqueaban como flores
* Los bordes de silencio de las cosas Lo callado que recorre la presencia de las cosas
* Estos ojos Sólo se abren Para evaluarla ausencia
* Quien me perdió En el silencio fantasma de las palabras
* Pasos en la niebla Del jardín de lilas El corazón regresa A su luz negra
*
Quisieras vivir siempre Como algo olvidado en la mano de un muerto
* ¿Por qué escribo? Por qué me sollozo en madrugada Por qué de pronto este sabor a canto de cisne Esta espuma verde acumulada en la garganta Mi corazón es absurdo como una máscara en la lluvia El espanto lo asemeja al mar Mi cuerpo es una invasión de tambores en el silencio de la noche Por qué estas noches como un oasis para brujas Por qué esta conjuración de ausencias Este secuestro de la hija del viento Me rodea en las noches una logia exterminadora Te llamo y no vienes Te amo y no vienes Por qué viniste como el relámpago Y me dejaste sola en lo devastado Si escucharas mi rumor a celda minúscula Poblada de agonizantes Mi jadeo de asfixiada Si de prono me vieras en la orilla del despertar, Cantante enmudecida en la cima de su asombro Si me vieras atada a tu
rostro
* Canciones ambiguas De algún país arrasado por las lluvias Canciones de campañeros Memorias de algún hombre que la noche amó
* Un pueblo de luz arderá en la sombra
* Si un mar por una lira Ángeles furiosos ahogó en el viento
* Noche amada nunca como ahora En que la pierdo En lo incierto del día Que rompe lo que me une a mi vida
* Todos comprenden lo que nadie Nadie comprende lo que todos
* No lejos del alba nace el día Visión de las últimas flores La luz gira en mi rostro que esperaba Las nupcias de los cuatro elementos
* Siempre habrá el miedo de otras voces El miedo de otras voces
* Es tarde para reconocer el sol El sol está y mis ojos cantan El sol está su primavera es negra El sol está y es tarde
* Éste es mi invierno elegido Éste es mi deber ante la niebla y lo confuso
* El amor dibuja en mis ojos el cuerpo anhelado Como un lanzador de cuchillos Tatuando en la pared con temor y destreza La desnudez inmóvil de la que ama Así, en lo oscuro, fragmentos de los que amé, Lúbricos rostros adolescentes, Entre ellos soy otro fantasma A veces, en la noche, Me dijeron que mi corazón no existe Pero yo escucho canciones ambiguas De un país arrasado por las lluvias
* Lo que no te dieron. Lo que no te dan. Noviciado atroz
* Así iba yo devorando tinieblas Una flor en mi mano de sonámbula Una sonrisa ajena pegada a mis labios Mi cuerpo desnudo como una palabra Mis deseos abrazados a su imagen
* Si solamente hicieran una hoguera en mis labios Para quemar las sílabas que no se unen
* El gran pájaro de cuerpo de paja teclea el invisible piano de viento
* La luz amontonándose inservible a espaldas del sol. Niebla en el pozo. Hacer dibujos en un viejo muro rosado.
* Pájaros polvorientos Con sangre vieja en las alas Flores de metal olvidadas Telarañas enamoradas del espacio En donde vive el tiempo que pasa
* Se han ocultado Entre los sonidos de la noche
* El jardín triangular Que oprimo en mi mano Chorrea flores de agua Abejas de perfume azul Fosforecen como ojos enemigos Incrustados en mi huesos
* Soledad cerrada y dichosa Promesas de súbito cumplidas Como campanas en un amanecer helado
* Detrás de las formas sin consuelo El día se abre como un canto doloroso Un alarido mágico formulador en el viento
*
Apenas remitida del cielo cerrada en donde yo era sin color y sin forma Sólo una contemplada. Apenas devuelta de crepúsculos De playa sola, de corazón silenciosa.
* Yo creo en los espejos
* La noche canta amordazada Corazones incendiados En la memoria de mi boca Me penetran vasos vacíos
* En la cavidad iluminada En que este instante es perla pródiga Escucho el ronco abrirse de mi memoria Como una puerta al viento
* Si morir es memoria cerrada
* Yo trabajo el silencio Lo hago llama
* I Yo no canto, no celebro No bailo desnuda y ebria Sobre mi ataúd. Pero yo le ruego al poema, Yo le pido la luna al poema
II He desatado el corazón de la lluvia Antiguas baladas Alimentaron mi silencio.
III El amor es este viaje inútil, pero muy suave, Al otro lado del espejo. Tantas criaturas en mi sed y en mi vaso vacío.
IV La niña que fui Ahora en mi memoria Entre mis muertos De lágrimas se nutrirá mil años De destierro el sonido de su voz
*
Yo vi ese rostro partir la mañana En dos noches iguales. Mi cuerpo se pobló de muertos Y mi lengua de palabras crispadas, Ruinas de un canto olvidado
*
COMO YO LA QUERÌA Morir como muere un animal pequeño En los cuentos para niños. Eso tan terrible Lleno de hermosura
* Las cosas amarilleaban frente a mis ojos Recién venidos de un sueño de otoño
* Si la noche no es azul, Si el verano es una lenta plaga
* Habla al gran espacio vacío En donde corre una niña Que ya no reconoces Sólo deseo no tener nada con nada
* Has dicho tantas palabras Que ya no te atreves a oírme llamar
* En mis huesos la noche tatuada La noche y la nada
* Escribes poemas Porque necesitas Un lugar En donde sea lo que no es
* El aire se eternizaba En aras plateadas o coléricas Se puede morir de presencias
* Hay un rostro salvajemente asomado al día Que se abre en dos noches iguales ¿ Quién cantará al amor? No yo. Yo amo.
* Y finalmente Un himno sin desdicha Un sueño como una estrella
* Ebria del silencio De los jardines abandonados Mi memoria se abre y se cierra Como una puerta al viento
* Perdida en el silencio De las palabras fantasmas Si vivir es memoria cerrada Quien me pierde En el silencio fantasma De las palabras
* Zona de la visión perpetua Yo la atravesé en un misterioso gemido.
* Yo he dado el reino de mi edad a la noche de los cuerpos Para saber si hay una luz detrás de la puerta cerrada.
* En un lugar de temblores Manos oscilan enamoradas En la dulzura de mi rostro Sobre tu oscuridad ardiente.
*Alejandra Pizarnik.
Siete de oro*
-Fragmento-
Pero, sobre todo, lo que venía a descubrir mientras avanzaba y fumaba contra el viento de aquel pueblo del Sur era que también yo había tenido mi niñez. Que podía relacionar estos momentos con otros, que podía asociar y elaborar, si lo deseaba, mis propios mitos y mi propia historia. Y que si las cosas y las voces que me rodeaban adquirían esta noche un matiz particular era porque encontraban su justificación a través de aquellas otras. Descubría, en resumen, que esa forma de andar entre la gente, ese mirar sin intervenir, tenían un antecedente. Que yo o alguien que se parecía a mí había dado los mismos pasos y había saboreado las mismas miserias. Aquella figura, olvidada durante tanto tiempo, ahora me salía al paso, venía en mi ayuda, me ofrecía un punto de apoyo. La fidelidad y el amor piadoso que descubrí en mí
por aquel otro me tuvieron despierto toda la noche. Era como si hubiese vuelto a nacer. Me esforcé por recuperar caras, costumbres, paisajes. Recordé la casa de mi abuelo, blanca, gastada, la primera al costado del camino en aquella aldea de montaña. Mi abuelo. Por lo tanto era cierto. Tantos años corriendo con la mirada fija hacia adelante habían terminado por borrarlo todo. Recordé aquella vez que había ido a verlo, después del ataque. Estaba sentado, no se movía, lo habían colocado cerca de la ventana enrejada, en un costado de la gran cocina. Se había hablado mucho del asunto. Alguien había sacado el revólver del armario y había ido a esconderlo a la casa de algún pariente. No era hombre de vivir atado a una silla. Nadie por aquellas regiones había andado tanto ni conocía mejor los caminos. Partía de madrugada con su paso parejo y se perdía por esos senderos. Además estaban sus cuatro viajes a América, a las cosechas.
Parecía increíble que también él hubiese pisado estas tierras. En el verano, cuando iba a visitarlo, me llevaba con él. Pero esa vez ni siquiera pude hablarle. Me había sentado enfrente y no había sabido qué hacer. Mi abuelo no se fijaba en mí. Crispaba los dedos sobre la madera de la silla, apretaba los labios y miraba por la ventana, al polvo del camino. Hubiese querido recordarle todo lo que habíamos andado juntos. En aquellos días nos levantábamos antes del alba y partíamos. Cuando amanecía ya estábamos lejos. Avanzábamos con vigor y alegría, sin gastar aliento en palabras o movimientos inútiles. Yo llevaba un sombrero de paja igual al suyo y me apoyaba en un bastón igual al suyo. Marchábamos hacia aquellas montañas azules. "En la otra guerra", decía él, "por esas laderas morían como moscas". El aire de la mañana me hacía cosquillas en la cara y me llenaba de energía. Bebíamos agua en los manantiales y, cuando
topábamos con un grupo de casas, íbamos a visitar a algún conocido. Entonces él tomaba un vaso de vino acodado a la mesa y yo comía una rebanada de pan con queso. Las mujeres siempre querían hablar conmigo, me llevaban a ver los cerdos, el caballo, un ternero recién nacido en la penumbra del establo. Yo rechazaba las caricias de aquellas manos huesudas. Mi abuelo se reía de esa hosquedad mía, le satisfacía mi mal carácter, me daba una palmada cómplice en el hombro, decía que nos parecíamos. De él, sin duda, heredé el silencio, esa forma de seguir y de aferrarme. Aunque tenía un apodo que no cuadraría conmigo. En aquellos pueblos dispersos lo conocían como Toni Furbo, Toni Astuto. Pensándolo bien, nunca me enseño nada. Me paraba delante de las cosas y me las mostraba. Eso era todo. pero talvez hubiese una forma de aprendizaje en caminar a su lado, en ver su risa, la mueca con que paladeaba un vaso de vino, el gesto amplio con que
clavaba la azada en la tierra. Al anochecer regresábamos arrastrando una oveja o un cabrito que luego él carneaba en el establo. Trabajaba arremangado y manejaba rápido el cuchillo. Despues inflaba la vejiga y la colgaba de una viga del techo. Sacaba los trozos de carne por la noche porque aquello estaba prohibido. Un día fuimos más lejos que nunca. En la entrada del pueblo, al pasar bajo un pórtico, vimos manchas de sangre sobre las piedras. "Aquí colgaron a uno, ayer", me dijo. Y me alejó de allí tomado de la mano. Era la época en que hombres demacrados entraban sigilosamente en nuestra casa cuando caía la noche. Vestían sucios uniformes de soldados. El los llevaba al sótano, allí se cambiaban de ropa y volvían a partir a través de los montes. Al despedirlos les recomendaba que se mantuviesen alejados de los caminos. Una mañana encontramos a uno tirado entre las vides. Fue en ese mismo sendero donde él y yo matamos una
víbora a bastonazos. Después mi abuelo lo contaba riéndose, en la cocina, y decía que había sido yo solo el que la había matado. Esa última vez que nos vimos hubiese querido hablarle de todo eso. Y de aquella hazaña suya con la yegua recién comprada, cuando había desafiado al maquinista del tren. pero mi abuelo ni se fijaba en mí. Seguía arañando la madera de su silla y miraba afuera, desesperado. Recordé también aquel último viaje para ir a su entierro. Las lágrimas de mi abuela y de mi tía al abrazarme, tantas que al final me habían dado ganas de llorar a mí también. El sentimiento de culpa que en algún momento me asaltó al descubrir que no sentía pena alguna. Las caras arrugadas de las viejas, las caras oscuras de los hombres, aquella gente que acudía a acompañar a mi abuelo en su último paseo con la misma puntualidad y gravedad con que sembraba y cosechaba. Aquella caminata entre montañas, bajo el sol, hasta el
cementerio ubicado en otro pueblo. Mi falta de interés por lo que estaba sucediendo y, en cambio, la avidez con que había vuelto a buscar los lugares donde estuve con él, la forma en que había evocado aquellas caminatas, las manchas sobre el empedrado, sus manos humeantes en la media luz del establo, los caminos. Y también de qué modo había creído intuir, muy confusamente, que algo conciliaba todo eso, que cada cosa participaba a su modo de aquel rito, en esos montes, bajo ese cielo, allí donde vida y muerte debieron de parecerme esa tarde una ceremonia paralela. Recordé, recuperé cosas perdidas, me reconocí aquí y allá, caminé con aquel otro al que acababa de reencontrar, le mostré lo que ya había visto, lo que ya conocía, casas, piedras, lago, los sometí a su criterio, a su gusto. Me detuve en el muelle, como el primer día, y estuvimos escuchando el fragor del agua. Fumamos. Pensé que estábamos lejos de aquellos sueños
primeros, lejos de aquella inocencia, lejos de Salgari y sus héroes, pero que sin embargo aún conservábamos algo en común, aún podíamos identificarnos y conversar. Había cosas que nos unían, cosas escondidas. Ese temblor ante la sangre, por ejemplo. Y ese escalofrío, tan difícil de definir, que aparentemente no significaba nada, pero que era como una marca de nacimiento, que tenía el poder de teñir y transformar cuanto se le sometía, que tenía que ver conmigo, con lo que yo era, con lo que había sido, más que ninguna otra cosa, ese escalofrío podía más que los años, más que las costumbres, más que las traiciones y los abandonos. Y así anduvimos por el pueblo, pasamos frente a los bares cerrados, subimos juntos por aquella picada, vimos pinos negros, las luces, la sombra de las montañas, el sendero, los arbustos, la casa bajo la luna, la ventana, nuestra cama.
*de Antonio Dal Masetto "Siete de oro", fragmento del capitulo 10. Editorial Planeta, edición de 1991.
El hombre abre un libro y descubre la siguiente frase: "...es inútil, en el mundo no hay nada tan sólido como un buen culo", la lee un par de veces, cierra el libro y se pregunta si será cierto, medita largamente sobre el asunto, intenta rescatar imágenes de cosas sólidas, cosas que alguna vez ha visto o sobre las cuales ha leído, las recorre mentalmente una a una, descarta, llega a la más sólida de todas, Egipto, la Gran Pirámide, compara una y otra vez, no está conforme, no está seguro, por lo tanto decide comprobar con sus propios ojos y sale a la calle, seis y media de la tarde, hora fatal, y ve de todo, los ve de toda forma y color, hay algunos que tienen la luminosidad de un faro abriendo las tinieblas de una costa marítima y que acá, en esta calurosa hora de la ciudad, ofuscan la luz del día e igual que el faro atraen a los navegantes solitarios y a los gimientes
pájaros extraviados, y son sólidos, muy sólidos, hay otros que, en cambio, parecen revestirse de neblina, se ofrecen y se ocultan, aparecen y desaparecen y tratan de convencer a todo el mundo de su inexistencia, pero dejan en la imaginación heridas profundas e incurables, y también los hay tristes, que son una gran lágrima y tienen aspecto de penitentes y es como si se acusaran permanentemente y se golpearan el pecho y se sintieran culpables por existir y estos son realmente los más peligrosos para los caminantes incautos y de corazón tierno, sólidos, perfectamente sólidos, y los hay juveniles, desenfadados, inocentes como una mañana primaveral, pero basta mirarlos un par de segundos para sentirse manejando a cien por hora en un camino de cornisa y con los ojos vendados, hay otros que son como brasas y a su paso despiden estelas similares a los fuegos artificiales en la noche del 31 de diciembre, dejan el mismo fugaz chisporroteo y
después se extinguen y lo que queda en el aire es un sabor de desencanto y de cosas inasibles, hay otros que son declaradamente bélicos, están pertrechados con múltiples armamentos, usan exóticos camuflajes, avanzan igual que a través de una selva asiática y nadie que entre en contacto con ellos está libre de conflictos, hay otros que son evidentemente felices, están satisfechos de sí mismos, transmiten bienestar y todo el tiempo tienen buenas nuevas para comunicar y aletean de acá para allá como bien alimentadas palomas de la paz, y están los cínicos, una raza especial, que llevan una sonrisa grabada y esa sonrisa es puro veneno, practican la magia negra, la hipnosis, y cuando eligen a su víctima la dejan marcada para siempre, sólidos, muy sólidos, los hay anarquistas, que se deslizan entre la gente con una aparente indiferencia, pero que en realidad no hacen más que conspirar, los hay maternales, óptimos para los tímidos y los
desamparados y que son como la imagen de un establo de Navidad, los hay malignos, que surcan la ciudad como aletas de tiburón a flor de agua, suscitando peligros y malos pensamientos, los hay difusos, difíciles de apresar, que se desplazan a distancias irreales, lentos y esquivos como peces de aguas profundas, todos sólidos, sumamente sólidos, en fin, el hombre los ve de todas clases, armoniosos, agresivos, creyentes, ateos, exaltados, levemente espirituales, apáticos, trágicos, antiguos, farsantes, apasionados, tímidos, arrojados, prepotentes, y siempre sólidos, perfectamente sólidos, y después, hacia el final de la tarde, en una calle cualquiera, inesperadamente, broche de oro de una larga y productiva cacería, el hombre se topa con uno tan uno que después de ese uno ya no tiene sentido seguir buscando otro, y ese uno es alto, solemne, una catedral gótica, dobla una esquina, cruza una avenida, es como un barco cargado de preciosas
mercancías desafiando el mar con todas sus velas desplegadas, va enfundado en una tela vaporosa, azul, transparente, y cuando un pie avanza en su sandalia y se apoya y después el otro avanza en su sandalia y se apoya, dentro de la tela azul cada vibración de ese uno es una nueva afirmación del universo, el hombre lo sigue durante un trecho, después se detiene y lo mira alejarse en el resplandor del último sol, se sienta en el primer bar, pide una cerveza, se rasca la cabeza y definitivamente resignado razona: "Es inútil, en el mundo no hay nada tan sólido como un buen culo."
*de Antonio Dal Masetto.
3. CONCURSO DE COMPOSICIÓN XICóATL „ESTRELLA ERRANTE“
BASES DEL CONCURSO: ÁREAS: a. Composición para piano solo b. Composición para piano y electrónica c. Composición para piano y trío de cuerdas v Para todas las áreas deberán ser enviadas seis (6) copias de la partitura (eventualmente 6 cds de la parte electrónica). Los ganadores del concurso se comprometen a enviar los materiales necesarios para la ejecución (particellas, material electrónico) hasta el 31 de diciembre 2008, para poder realizar el concierto en la primavera europea del 2009. v En relación con los medios electrónicos en caso de una ejecución de la obra, los organizadores ponen a disposición los amplificadores en la sala; la compositora / el compositor deberá poner a disposición los demás materiales necesarios para la
audición. INEDICIÓN: No se permiten obras ya publicadas, premiadas en otros concursos, aceptadas para un estreno o ya ejecutadas públicamente. TEMA: Las composiciones deberán tener base o nexos con la música latinoamericana clásica o experimental. DURACIÓN DE LA OBRA: Cada obra enviada podrá tener una duración máxima de 20 minutos. ANEXOS: Adjuntar una breve nota explicando el origen, fuentes, técnicas utilizadas, nexo con la(s) cultura(s) latinoamericana(s) u otras descripciones de la obra de máximo una página. Este texto será usado como nota de programa. ENVÍO: Enviar SEIS EJEMPLARES de la obra y de la nota explicativa utilizando pseudónimo o palabra clave. En sobre cerrado anexo remitir los datos personales (dirección, fax, teléfono, e-mail, foto de ser posible) y un breve curriculum vitae. Alternativamente se puede enviar la partitura y demás anexos solicitados (en archivos
separados) en formato PDF por correo electrónico a la dirección: euroyage@... . La parte electrónica de la obra, en formato WMA o MP3 y máximo 99 MB, debe ser subida (upload) en la página www.rapidshare.com. En el e-mail de participación se debe indicar el link correspondiente donde puede ser descargado (download) tal archivo. Fecha límite para el envío de los trabajos: 30 de Agosto del 2008. Las obras premiadas serán estrenadas en la primavera europea del 2009 en Salzburgo. No se retornarán las copias enviadas por los participantes.
PREMIOS: 1. PREMIO: 1.500 Euros 2. PREMIO: 1.000 Euros 3. PREMIO: 500 Euros * Menciones de Honor para los trabajos sobresalientes. * Los resultados del concurso serán anunciados en el No. 87 del Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL (Abril/Junio 2009). Remitir las copias y anexos solicitados a: CONCURSO XICóATL Schießstattstr. 44/9 A-5020 SALZBURG - AUSTRIA – o a: euroyage@... más informaciones encontrará en: www.euroyage.com EL JURADO ESTÁ INTEGRADO POR: KLAUS AGER (AUSTRIA) JORGE ANTUNES (BRASIL) ALICIA TERZIAN (ARGENTINA) ROLANDO CORI
(CHILE) ORLANDO JACINTO GARCÍA (CUBA) El 3. Concurso de Composición XICóATL „Estrella Errante“ es posible gracias al auxilio de: v El Gobierno del Estado de Salzburgo v La Alcaldía de la Ciudad de Salzburgo v La Asociación Música en el Museo (MiM) v La Asociación pro Arte, Ciencia y Cultura Latinoamericanos YAGE
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