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Hasta el próximo InvenTren
 
Poesíadel Anden
 
Tormenta*

            
  "...miles de tormentas asolaron las comarcas..."
                             La pelícana y el androide, L.A. Spinetta


Hacia allá
en el sudeusted
vi armarse la madre de las tormentas
arengando humedades gélidas
voces del mar adentro y glaciares
dentro en sí misma
en velocidad de las cosas que ya nos pasaron
en espasmos de lo perdido y remediable
a reconquistar en altísimas batallas
los territorios tomados
en el trópico por el feudo amarillo del verano
sus caballos tórridos
su prado de magma

Prendido en el suelo
me veo en todos los árboles de pie
al azotarse en un orgullo aterrado
estremecidos torpes
crujientes indefensos y aún de pie
y como suspendido
me quedo aprendiendo
algo de los sauces más sabios
en su calma y fluída danza
enamorada con la furia del viento

Me pregunto que hacen los animales
en este instante
creo que igual a mí
sólo se guarecen sin esconder
quietos ante un milagro que no saben atrapar
me veo en sus ojos y sentidos
admirando interrogando sabiendo más
para mañana
ya no somos un reflejo del tiempo ni el frío
somos sólo un puñado de miedo
trizas de instinto

Ahora viene toda el agua
de a partes pero finalmente toda
a convencer a la tierra
tras los metales del trueno
el cordón ascendente del rayo
en cortejo de sonoridades y luminiscencias
sin más motivos que esta abrumadora presencia
en vertical ultimátum
y algo poderoso nos purifica los ojos
o lo que queda de nuestro viejo asombro
cuando entendemos por fin el mensaje
desafiante de la vida

En un cielo de panza en la tierra
pretendí explicar todo esto
con pronósticos y mediciones
sin saber nada de la antigüedad
del conflicto y trasfondo de esta guerra
sus reglas de hierro
sus fines pacíficos
sus naturales equilibrios
quiero estar sin partir
quiero sentir sin olvidar

Sobre mis huesos crudos y sedientos
la sal de mis labios
vi armarse hasta los dientes a esta tormenta
hacia allá
en el sudeusted.
 
*de Santiago Torales. nahrid@...
 

 

 

ESCUCHABA MELODÍAS DE LLUVIA*

 

Escuchaba suaves melodías de lluvia en un solo de piano.

Como una pena quieta que desesperaba por expresarse.

Yo me creía dormida; pero estaba despierta, salí al jardín.

Todo dormía alrededor, menos el viento en primavera.

Me acompañaba un grillo cantor, tan solitario como yo.

Observaba las sombras que se desprendían como racimos por los muros.

Miraba brillar tus ojos sobre mis ojos, con dulce solemnidad.

Ya embriagada de tanta luna, me sentía purificada.

Había tanta soledad y tanto silencio.

La tenue luz filtraba sobre mi pelo suelto al viento.

Resultaba un sacrilegio ver mi comunión.

El follaje murmuraba dulcemente.

La música tornaba aún más desnudo mi jardín…

Esas suaves melodías de lluvia en un solo de piano,

brotaban de mi alma.

 

*de Xenia Mora xeniamora@...


                                      
InvenTren
1. PUNTA RIELES*
 
El sol tibio se coló cómplice por los vidrios del estrecho y elevado ventanal. La mañana luminosa me invitaba a caminar. Miré a mami, pobre, los preparativos del viaje y el traqueteo del tren la habían agotado. Dormía profundamente apoyando su cabeza en el respaldo del banco.
Era el momento de partir.
Arreglé mi pelo, que a lo largo de la noche se había desordenado y aplasté las arrugas del tapadito azul para disimular que había dormido sobre él. Las botitas se veían bien, todavía les duraba el betún que mami les había puesto antes de salir de casa.
Bajé con alguna dificultad del alto banco y con pasos menudos salí del edificio. Algunos pájaros comían unas migas en el andén. El guarda de la estación me sonrió:
-         Cómo estás nena, descansaste?
-         Sí señor, gracias. Voy a caminar un ratito.
-         No te alejes demasiado
-         No señor, voy hasta aquel arbolito y vuelvo 
Avancé por el costado de las vías. Los rieles repetían sin cesar los rayos del sol. Una hermosa madeja de hilos oro y plata me señalaban un camino que no quería abandonar.
Alcancé el arbolito, pequeño y torcido de tanto luchar contra el viento. Me senté bajo su sombra y miré hacia atrás. El edificio de la estación se veía lejano, casi un recuerdo. Adelante, el horizonte me llamaba. Descansé un momento y continué caminando.
 
Llegué a un lugar extraño. Una especie de muro, hecho de troncos, impedía que las vías continuaran su camino. Como no alcanzaba a mirar hacia el otro lado, rodeé el muro. Allí, el terraplén del ferrocarril continuaba sólo unos metros más cayendo abruptamente. Después, el campo desierto, ancho, inmenso, y allá, las montañas con su azul prestado de viejos mares. Supe que eso era el mundo, sentí que era mío y me dispuse a conocerlo.
 
Después de andar un tiempo sin relojes ni limitaciones sentí cansancio. Me saqué el tapado, lo puse en el suelo y me senté a descansar. Lamenté que el cuellito de terciopelo se arruinara, pero empezaba a comprender – creo – qué cosas eras las más importantes.
Un pequeño ruido me sobresaltó. A mi derecha apareció un zorro. Se sentó a mi lado y sin darme oportunidad de reaccionar me dijo:
-         No quieras domesticarme.
Feliz de poder hablar con alguien le contesté
-         Por qué? no querés ser mi amigo? Yo te cuido, vos me cuidás
-         No, ya me domesticó un pequeño niño que pasó por este desierto y después se marchó. Dijo que tenía que encontrar a los hombres o cuidar una flor... o no sé bien qué cosa y he llorado por él.
-         Pero te invito a caminar conmigo.
-         No, ya estoy domesticado.
Me entristecí. Era mi primer encuentro y sentía que fracasaba.
-         Bueno, acompañame mientras descanso.
-         Está bien, te acompaño. Todavía guardo el color del trigo, dijo el zorro con expresión pensativa.
Lo miré sin comprender. Estiré mi mano pequeña y acaricié su cabeza de hocico puntiagudo. El zorro apoyó sus patas en mi falda y se durmió. Juntos nos dormimos arriba del tapadito azul y su aburrido cuello de terciopelo arrugado.
Un dolor de panza me hizo despertar.
-         Tengo hambre, le dije al zorro desperezándome.
-         Detrás de aquellas nubes hay un jardín de cerezos, puedo llevar tu tapado para que no te canses.
Caminamos un trecho y luego trepamos por dos nubes pequeñas. A la vuelta del murmullo de hojas encontramos el jardín. Comimos cerezas y tomamos agua de manantial.
Vi que el zorro se distraía detrás de cada árbol buscando a sus enigmáticos hermanos azules. Avancé un tramo del sendero de hojas crujientes, cuando percibí que tras de mí el jardín desaparecía y con él, el zorro.
 
Caía la tarde, conocí la soledad. Sentí un poco de temor en ese frío camino gris. Puse el tapado sobre mis hombros y noté que me quedaba corto.
De los violetas azulados de las montañas recibí la ofrenda de la luna creciente. Trepé a ella y me senté en su borde oscuro. En esa inmensidad extrañé al zorro. Rodaron lágrimas por mis cachetes, ya no tan regordetes. Mis lágrimas viajaron junto a estrellas fugaces como diamantes de soledades infinitas perdidas en el universo.
Dormí, creo que un instante. Abandoné las botas, me quedaban chicas, dejé mis medias rojas y el tapado. Descalza, liberada, ingresé a las montañas.
 
Me recibió una bandada de búhos. Seguí su vuelo hasta el primer bosque y nos sentamos a conversar largamente. Cuando cayó la noche nos ubicamos en ronda alrededor del fuego que aticé con placer. Puse en él mis cerillas, hojas aromáticas y ramas secas.
Las sombras se hacían muy largas. Algunos fantasmas me provocaban, rozando mi rostro como telarañas pegajosas. Las expresiones de los búhos se transformaban en rostros de niños, hombres, ancianos.
 
-         Las montañas guardan misterios? Le pregunté al búho rojo
-         No podrás saberlo sino marchas hacia el mar. Su profundidad guarda el secreto de montañas perdidas. En cada barco encallado encontrarás algo de estas historias. Cada gruta de arena dorada, te regalará algún relato.
 
Seguían largos silencios, sagrados, profundos.
 
-         El mar es azul? le pregunté al búho dorado
-         No podrás saberlo sino te paras sola en el medio del desierto. Cada piedra, cada grano de arena de esa eterna soledad, esconde el misterio del color del mar.
 
Eran sabios. Envueltos en murmullos de mar o en rumores de río, respondían cada una de mis preguntas. Juntos soportamos tormentas, vientos huracanados y soles incandescentes.
El búho gris acero, con forma de tuercas y tornillos me dijo:
-         No es bueno que develemos todos los secretos. Hay que alimentar las dudas. Si sigues el sendero de guijarros peltre, comenzarás a comprender.
Un sonido extraño alertó a mis amigos. Uno a uno se perdieron atrás del bosque, más allá del más allá.
Se apagó el fuego, no quedaban más cerillas ni ramas secas ni hojas aromáticas.
 
Sólo podía seguir caminando por senderos enigmáticos.
Encontré algunas respuestas, parí dudas, desengaños y flores.
Dancé con libélulas a la sombra de castillos misteriosos.
Me bañé en fuentes de alabastro con torcazas pequeñas.
Viví en un balcón vestido de santa rita, enamorada del canto de una guitarra.
Encontré manos, abrazos.
Compré una hermosa locura llena de cantos, colores y frutos rojos.
 
Un árbol muerto arrancó las flores al balcón para vestir su desnudez.
Bebió el agua de la fuente para revivir sus hojas.
Encendió luces en el castillo opacando mis pequeñas libélulas.
Robó mi locura para arrojarla al mar.
Las manos sin lazos, abandonaron mis manos.
Las piedras del camino lastimaron mis pies,
el sol dibujó líneas en mi piel,
el polvo de calles lejanas y la luna pintaron hebras blancas en mi pelo.

El vuelo majestuoso de un cóndor me acompaña desde entonces, sacudiendo mis sueños, protegiendo mi esencia.

Si miro hacia atrás, aún puedo ver como en un sueño el edificio de Estación Niñez. Sus techos rojos han sido repintados, los árboles están más altos, ya no circulan por allí los trenes. El muro del punta rieles está tapado por maleza. La caída abrupta del terraplén se disimula bajo el coirón y alguna jarilla.
 
Lo que no ha cambiado es el azul de mi cielo y el desierto. Tal vez si espero con paciencia, aparezca el viejo zorro.
 
*de Origami.  origami_1965@...
 
 
2. Tren*
 
No es que me pase lo mismo cada vez que veo un tren. Pero a veces ocurre. Y sobre todo si es de noche y el tren viene de frente. Entonces, mientras la distancia se acorta y la luz se agranda, un resorte se me dispara en la memoria e, inmovilizado, espero que esa cosa poderosa me devore.
Realmente tengo que esforzarme para tomar conciencia de que estoy parado a un costado de las vías
-sobre un terraplén, en un paso a nivel, frente a la boca de un túnel- y que el tren seguirá fiel al mandato de los rieles y pasará de largo sin tocarme.
El recuerdo del primer tren arrojándose sobre mí llega desde muy lejos, tanto que a veces me cuesta aceptar que es mío y que no me ha sido relatado por otra persona. Yo tendría siete, tal vez ocho años, y estábamos con mi padre en el andén de la estación de Fondotoce, a unos pocos kilómetros de Intra, nuestro pueblo. Nos dirigíamos a la región del Veneto, donde vivían mis abuelos. Probablemente era nuestro primer viaje después de terminada la guerra. Sé que estaba anocheciendo, que el tren surgió de golpe, sin que nada lo anunciara, y entró en la estación con tal estruendo que me paralizó. Sé que cuando me recobré hice un comentario asombrado y mi padre sonrió y dijo algo que no podré recuperar.
Ésa es la imagen. El ojo de un cíclope -fuerza y furia- abalanzándose desde las sombras y un chico paralizado.
Volví a esa estación de fondotoce cuarenta años después de nuestra partida a América y habiendo cumplido ya los cincuenta y dos. Había llegado a Intra un par de semanas antes, cruzando el lago en un transbordador y ahora me iba allí en tren. Durante esos días no hice otra cosa que caminar arriba y abajo por las calles del pueblo, por las orillas del lago y los dos ríos, buscando algo que ya no podía estar. Me iba sin llevarme más que desencanto y quizás algunas advertencias para ser analizadas después, cuando decantaran en mí, cuando de nuevo los trenes y los aviones me hubieran llevado lejos.
Lloviznaba de a ratos sobre la estación entre montañas, había mucho color de óxido alrededor y pájaros moviéndose entre las ramas de los arbustos. Oscurecía. Éramos apenas cinco o seis viajeros esperando. Yo caminaba de un extremo al otro del andén, buscaba a través de la niebla que se espesaba la cima del Monte Rosso, el cerro que dominaba mi pueblo. Descubrí que llegando a la estación, del lado de donde vendría mi tren, las vías hacían una curva y había además una ladera rocosa que se interponía e impedía ver más allá. Entonces volvió aquel anochecer de mi niñez y me vi parado ahí con mi padre, junto a una valija. Mi padre que tenía, en el recuerdo, veinte años menos que yo en ese momento. Y de pronto sucedió de nuevo. El tren apareció con su ojo luminoso y su potencia y saltó hacia mí como había ocurrido aquella primera vez. Sentí que el tiempo no había transcurrido y que yo seguía siendo el mismo, con los mismos miedos y seguramente con un desamparo mayor.
Sentí la falta de la compañia de aquel hombre veinte años menor que yo y sus palabras imposibles de recuperar. Desfilaron los vagones, se detuvieron, levanté el bolso y me apresté a subir, deseando encontrar un compartimento vacío para poder estar solo.
Ésa es mi pequeña aventura con los trenes. Un sobresalto infantil que de tanto en tanto asoma la cabeza y se reitera a lo largo de los años. Casi nada, en realidad. Y sin embargo, siempre me sorprendo tratando de escarbar todavía un poco en esa historia. Si insisto en analizarla, si me esfuerzo por fijarla en unas líneas, es porque a veces tengo la impresión de que ahí hay algo que valdría la pena rescatar, una huella, una señal, algo. Pero no sé qué es. No sé en qué dirección va, hacia dónde me lleva, si me lleva a alguna parte.
 
* de Antonio Dal Masetto.
"El padre y otras historias". Editorial Sudamericana. Bs. As.  Edición 2002.
 
 
 
Estación Mira Pampa

Palabras en el andén...

 "Parada en la estación Mira Pampa veo al tren acercarse.
Luego de un largo recorrido, va llegando a su fin. Un tren cargado de anecdotas, de sueños, de gente buscando nueva vida o reencontrandose con la pasada. Zelmar Araujo llega cargado de historias; un sin fin de personajes del pasado y de la actualidad se dan cita finalmente para conocerse; Mercedes llega con el recuerdo de sus abuelos...
   Nadie sabe adonde iràn luego, solo que en este recorrido han comprendido el valor del esfuerzo, han aprendido que "debes amar el tiempo de los intentos", que no solo el regocijo se da al alcanzar el objetivo sino cuanto se ha de amar el esfuerzo por lograrlo.
  Bienvenidos todos a Mira pampa!!!!!! Y juntemosnos para un nuevo viaje!!!!!
        *Zena  
zenastone@...

*

Me encantan las bienvenidas, / los trenes y las partidas, /cada camino es un cuento, /cada cuento es un poema. / Cada tren un nuevo invento, /y cada invento un amigo, /que paciente y con esmero, / letras vivas da al encuentro.

                         Qué diciembre traiga trenes llenos de alegría para todos!

*Moni  pas_monicav@...

 

CRÓNICAS DESDE LA VÍA*
(Ultima Parte)
 
         Con la fugacidad del relámpago “Fénix”, la poderosa locomotora alimentada a GNC, irrumpe en la Estación Roosevelt a poco más de 100 kilómetros por hora, levantando a su paso una densa polvareda sobre el andén y arrasando con la tenue quietud de una tardecita de fines de primavera, para alejarse como una exhalación hacia la estación cabecera del ramal, seguida de cerca por un helicóptero Bell propiedad del Grupo Halcón de la Policía Federal, y más atrás, por un moroso Moby Zepp, el dirigible multiuso contratado por “Amarillo TV” para que el cronista estrella Damián Adonis siga de cerca los acontecimientos y remonte con un último manotazo de ahogado una carrera periodística que parece derrumbarse en caída libre desde hace ya bastante tiempo.
         A los pocos minutos, mientras la escasa población que se había acercado a la estación para ver pasar el tren de las 19:43hs. aún se repone del cimbronazo, decenas de sirenas policiales se acercan en tropel a través de caminos de tierra municipales, ensordeciendo la tarde, con un impresionante desfile de patrulleros que huyen casi desbocados hacia las inmediaciones de la Estación Mirapampa, al filo del partido de Rivadavia, sobre la frontera con La Pampa.
         A bordo de la formación, la actividad policial, aunque demorada por orden de la superioridad, continúa siendo incesante.
         -¡Sargento Cabrera! –ordena el Capitán Ulloa. –Movilícese con un par de hombres hacia el primer vagón, y desde allí, intente descolgarse con una cuerda hacia la parte posterior de la locomotora. Una vez allí, reduzca al maquinista y detenga el tren.
         -¿Y si mejor le ordeno al maquinista que detenga él al tren? –inquiere Cabrera, con cierto temor ante la imprudencia de molestar a Ulloa bajo semejante grado de tensión.
         -Haga lo que sea necesario, pero detenga esta locura. ¡A sus puestos! 
         El Sargento Cabrera elige a un par de oficiales al azar y marchan con paso disciplinado a cumplir con su misión. El intercomunicador de Ulloa vuelve a sonar con un chasquido de interferencia.
         -Atento Mastín. Aquí Cuervo Uno. Cambio.
         -Adelante Cuervo Uno. ¿Qué novedades hay? Cambio.
         -El dirigible no se aparta de nosotros. Sus camarógrafos registran todo sin perder detalle. Este Damián Adonis es incansable; no deja de hacer notas, habla continuamente a cámara. ¿Qué nos ordena? ¿Continuamos a la espera o realizamos alguna maniobra decisiva? Cambio.
         -Manténgase en su puesto, Cuervo Uno. Aunque su primera reacción bélica sea derribar al intruso que invade el espacio aéreo de nuestra jurisdicción, recuerde que nos hallamos en una operación de rescate y no de combate. El dirigible no se encuentra armado. Así que cumpla con mantenerlo lo más alejado posible. Cambio y fuera.
         Los pasajeros, una vez repuestos de la primera impresión y ya casi acostumbrados a la presencia y accionar de las Fuerzas de Seguridad, padeciendo una extraña especie de “Síndrome de Estocolmo”, comentan vivamente la necesidad de otorgarle más presupuesto al Grupo Halcón para que desempeñe a pleno sus tareas de rescate de rehenes y combate de la delincuencia, a la vez que defienden la posición ética de Don Orestes Rubyck, el maquinista responsable, dispuesto a cumplir con su tarea bajo cualquier circunstancia.
         Por su parte, el Licenciado Zelmar Araujo y Gloria, la atractiva ejecutiva de cuentas, parecen estar sumergidos en su propio mundo.
         -¿Y cómo fue que te convertiste en El Zorro? –indaga ella, sin dejar de besarlo ligera y alternativamente en la boca y la nariz.
         -Es una historia un poco triste –comienza él, avecinando el atisbo de una depresión que ojalá pudiese desterrar para siempre. –Yo antes … trabajaba como psicólogo. Atendía pacientes en mi consultorio… Hasta que tuve un revés, y ya no pude volver a ejercer…
         -¿Qué clase de revés? –se preocupa ella, acariciándole la cabeza.
         Entonces Araujo le comenta todo su padecer, desde las primeras entrevistas con aquella paciente que desarrollara un tumor maligno –junto a sus posteriores padeceres oncológicos-, la demanda judicial por mala praxis, su defensa insuficiente, la falta de previsión al no supervisar ni tener sus deudas impositivas al día, la sentencia judicial que le revocaba ambas matrículas -provincial y nacional- algunos meses atrás, la desesperación al no encontrar un trabajo redituable que lo redimiera de la depresión, su anclaje en la vía, el supletorio rescate a manos del Jefe de Estación Coiro, los avatares de sus Crónicas Viales durante las últimas semanas…
         -Hasta llegar a este momento, tan aciago… -remata, esbozando una triste sonrisa, con la sombra de una eterna frustración rondando detrás de su mirada.
         -No todo está perdido –lo consuela ella, con determinación. –Conozco una abogada que es muy guerrera, trabaja de manera excelente, y puede apelar tu caso las veces que sean necesarias para que vuelvas a ejercer tu verdadera vocación. Porque aún conociéndote muy poco, me parece que sos un tipo que vale muchísimo, y merecés una nueva oportunidad.
         -Bueno… Muchas gracias… -se sonroja él, enmudecido ante la sorpresa y la generosidad desplegada por esta mujer que acaba de conocer, pero que pareciera plantarse de manera muy resuelta ante lo que quiere.
         ¿Será acaso el nacimiento de una nueva etapa en su vida? ¿Cambiará el giro de la taba, y a partir de ahora la suerte no le resulte tan adversa?
         “La suerte no existe”, se repite a sí mismo. “Uno es el único responsable por haber llegado al momento presente, de la manera en que llegó”. El hecho de saberlo es una certeza que en nada cambia su manera actual de ver las cosas. Gloria lo mira con infinita ternura, y ante eso, el Licenciado Zelmar Araujo se siente el hombre más poderoso del mundo.
         Otra vez rumia la estática en el intercomunicador del Capitán Ulloa.
         -Capitán. Aquí el Sargento Cabrera. Cambio.
         -Adelante, Sargento Cabrera. Cambio.
         -Señor: intentamos abordar la locomotora a través de la puerta del final del vagón, pero las maniobras para colgarse de la máquina son muy riesgosas. Disponemos de una sola cuerda, sin amarres metálicos, y la velocidad que lleva la formación vuelve inestable cualquier acción operativa. Esperamos órdenes. Cambio.
         -Comprendido, Sargento. Emprenda la retirada. Cambio y fuera.
         Se están quedando sin tiempo. El final del recorrido se avecina, inevitable, en escasos y agoreros minutos. Parece como si el flamante Grupo Halcón hubiera agotado ya todos sus recursos.
         -Tranquilo, Capitán –le habla Araujo, por primera vez desde que abordaran la formación. –Lo que pudo haber hecho ya lo hizo. Relájese y disfrute del viaje. Enseguida llegamos.
         -Cállese la boca –le ordena Ulloa. –Todavía queda por establecer los hechos delictivos ocurridos durante el transcurso de este viaje.
         -¿Qué quiere decir? –inquiere Gloria, con ironía. -¿Somos todos sospechosos?
         -No puedo darles más precisiones –se defiende Ulloa. –Quienes se encargan de los interrogatorios no pertenecen a nuestra unidad.
         -No sea ridículo –protesta ella. –Tiene casi treinta testigos que van a declarar que estos dos chicos estaban armados y se pusieron como locos en cuanto descubrieron que tenían todo el poder, incluso el de disponer de la vida de cualquiera.
         -¿Y las armas, señora? –arremete Ulloa, con sorna. -¿Dónde están?
         -¿Hace falta que haya armas a bordo para que intervengan las Fuerzas del Orden? –argumenta Araujo, sin perder el nivel de ironía que mantiene la charla. –Si estos pibes hasta estuvieron por ser vapuleados por el resto de los pasajeros antes de que ustedes llegaran…
         -No me toca a mí decidir eso –se burocratiza Ulloa, evidenciando que lo suyo no es el debate verbal. –Presentaremos un informe detallado de lo que hemos visto, y la superioridad decidirá cuáles son las futuras órdenes a cumplir.
         “Por lo que tu equipo demostró a bordo, te van a bajar el puntaje”, piensa Araujo, pero alcanza a mantener la boca cerrada. Ya es suficiente el clima de tensión imperante como para echarle más combustible al fuego.
         En el horizonte comienzan a perfilarse, tenuemente iluminadas ante las primeras oscuridades nocturnas, las aún borrosas siluetas de la localidad de Mirapampa, localidad fronteriza ante la inmensidad de la llanura no bonaerense. Aunque Araujo no lo sepa –detalles que luego le serán revelados, para desarrollar su crónica posterior-, la actividad en la estación ferroviaria es incesante. Todo el poblado se ha movilizado hacia allí, impulsado por la llegada de personajes foráneos, ávidos de protagonismo.
A lo largo del andén, el camarógrafo free-lance Marcos Reed, famoso a partir de sus denuncias de contrabando que realizara en el Dock Sud algunos meses atrás, corre preparando sus equipos, dispuesto a continuar con una carrera de documentalista que le apasiona desde su más tierna juventud. Más allá, el Arquitecto Javier Plá, siempre secundado por la Señora Lucía Bonarda, su condescendiente esposa, debate con el contratista Antonio De Luca acerca de la mejor manera de establecer un muro de contención que detenga al tren fugitivo, o bien la veloz realización de un ramal improvisado que desvíe la formación hacia una vía muerta lateral, donde deba detenerse por la fuerza pero sin violencia. Las señoras Mimí Bellocq y Sonia Zapa, esta última paleontóloga, conversan animadamente acerca de restos fósiles hallados en campos de la familia, y de sus respectivos encuentros con el Licenciado Zelmar Araujo –detalle que al susodicho lo llenará de orgullo al enterarse-. Y por entre los vecinos curiosos, un chico huidizo apodado El Negrito se manifiesta inquieto al desconocer lo que hará en cuanto arribe el tren: si continúa viaje hacia el interior de La Pampa, o regresa a jugar con sus amigos invisibles a la ruinosa estación de Villa Sena.
A bordo del tren, se aprestan los últimos preparativos. Los pasajeros se movilizan nerviosos hacia el fondo del vagón, previendo algún supuesto choque frontal contra los retenes del final de vía en Mirapampa. Los oficiales del Grupo Halcón, junto al guarda Fernando Suárez, los ayudan a ubicarse en las posiciones más cómodas, sin molestarse o sufrir daños en caso de colisionar. Gloria permanece sentada junto a Machote, quien delira de fiebre, inconsciente. Y Araujo, sin alejarse de ella, indiferente a las órdenes impartidas por los uniformados, se pregunta:
“¿Dónde mierda se metió el Pollo?”.
El Capitán Ulloa se comunica con el Bell:
-Atento Cuervo Uno. Cambio.
-Aquí Cuervo Uno. Adelante Mastín. Cambio.
-¿Mantiene aún contacto visual con el dirigible? Cambio. 
         -Afirmativo, Mastín. Me ha sido imposible disuadirlo para que se aleje. Se mantiene a escasa distancia de mi posición, siempre persiguiendo el curso del tren, apuntándolo con sus cámaras. Cambio.
         -Aunque transmita en vivo lo que ocurra, trataremos de hacer nuestro mejor papel. Mantenga su posición. Cambio.
         -Entendido, Mastín. Cambio y fuera.
         Los oficiales del Grupo Halcón se aprestan a resistir una posible colisión, rodeados por el incesante piar de los pollitos y algunas hortalizas que ruedan erráticas por el pasillo. La sirena de “Fénix” se deja oír con las primeras estrellas, insistente, apartando de su camino a cualquier intruso que se interponga delante de su morro de acero. Un clima de tensa expectación los embarga a todos. Y el Licenciado Zelmar Araujo, entusiasmado ante la posible movida judicial que le planteara Gloria hace unos minutos, no puede dejar de pensar que el arribo a Mirapampa se convierta en el primer paso hacia el desarrollo de una nueva vida, algo muy parecido a lo que conociera tiempo atrás; aunque, por más que recupere la legalidad de su ejercicio profesional, luego de lo ocurrido jamás pueda volver a ser el mismo.
         Las distancias se acortan. La oscura silueta de la estación ferroviaria de Mirapampa se avecina, indolente y repleta de personas. El rotor del helicóptero se escucha muy cerca o bastante lejos, según evolucione en sus giros para mantener al Moby Zepp a prudente distancia.
         Hasta que por fin, la palanca de los frenos de “Fénix” es accionada dentro de su inexpugnable cabina, y el impulso de aceleración del tren se detiene en apenas unos metros, antes de colisionar con los retenes del final de vía, con un intenso chirrido y el chisporroteo metálico correspondiente. La tracción de “Fénix” se suspende por un instante fugaz, y luego la inercia provoca que todos se desplacen hacia atrás, suspirando aliviados.
         La puerta de la cabina de “Fénix” se abre con violencia, golpeando sonora contra la pared externa de la locomotora, y un exultante Orestes Rubyck alza su brazo izquierdo en alto, para entonces exclamar, delante de las cámaras y reflectores portátiles de Marcos Reed, quien oportunamente acaba de enfocarlo:
         -¡Misión cumplida! ¡He llegado a destino, en contra de cualquier obstáculo que se presente entre la vía y yo! Como maquinista, cumplo a rajatabla con mi tarea. ¡El país no se hunde! ¡Hasta la victoria siempre!!!
         Las sirenas de los patrulleros se acercan tambaleantes a través de caminos mal consolidados, persiguiendo a un tren que culmina así con su aparente fuga. Decenas de movileros periodísticos se abalanzan sobre el maquinista y apuntan sus cámaras y micrófonos hacia el vagón de pasajeros custodiado por el Grupo Halcón. En el tumulto ocasionado, apenas se puede distinguir alguna frase coherente. El Bell sobrevuela la escena, iluminándola con un potente reflector, mientras el Moby Zepp se aleja hacia el centro de un campo sembrado, con total intención de aterrizar; Damián Adonis parece querer continuar su pesquisa de sabueso desde tierra firme.
         Los primeros en descender de la formación son algunos de los oficiales del Grupo Halcón, con sus fusiles Heckler & Koch apuntando al cielo, intentado dispersar a la prensa como si hubiesen vuelto a cumplir tareas de dirección de tránsito. Decenas de curiosos se agolpan en torno a la formación, al tiempo que arriban contundentes los patrulleros de la Policía Bonaerense, iluminando la escena con sus balizas giratorias azules. Y en medio del caos, el Licenciado Zelmar Araujo vuelve a preguntarse:
         “¿Dónde mierda se metió el Pollo?”.
         Pero ya es tarde. Amparado por la confusión, reptando entre las piernas de los rehenes y los borceguíes de los uniformados, el Pollo parece haber desaparecido. ¿Se habrá colado hacia alguna puerta sin custodiar, alejándose a campo traviesa, más allá de la frontera? Quién sabe. Sin embargo, aunque en ese preciso momento nadie más parezca notar su ausencia, al Licenciado Zelmar Araujo la noticia parece suscitarle sentimientos encontrados; por un lado, desea que lo ocurrido no quede impune, pero por el otro, se resiste a que la medida punitoria quede en manos de autoridades tan incompetentes como éstas. Una cosa es sancionar un delito, y otra muy distinta ensañarse con los pobres pibes que cometen dichos delitos.
         “Hay tanto por hacer… Tantos pibes que necesitan asistencia psicológica, alguna contención posible ante semejantes desatenciones afectivas… ¡Tengo que volver a ejercer, carajo!”.
         Mientras tanto, uno por uno van descendiendo del vagón los rehenes liberados. La boliviana de los condimentos no deja de protestar ante el decomiso de su mercadería, bajo sospecha de contrabandear hojas de coca. El peón de estancia y el gaucho del sombrero y pañuelo al cuello elogian orgullosos el accionar policial ante las cámaras de los diversos noticieros que los entrevistan. Y al “bostero”, los “ratis” de la Bonaerense, recién bajados de sus patrullas, no lo dejan en paz:
         -¡Suéltenme, che! ¡Yo voy a ver a Boca! ¡Los que choreaban eran otros!
         Don Orestes Rubyck es obligado a descender y conducido a un móvil policial; el hombre, aunque acostumbrado a estos menesteres a raíz de su carácter polémico, que lo impulsa al desborde para con la autoridad, no deja de protestar:
         -¡Así tratan a un trabajador responsable!
         Gloria desciende junto a Machote, quien parece recuperar el sentido durante unos instantes, y vuelve a desvanecerse al verse rodeado de uniformes. Un par de enfermeros acude desde una ambulancia municipal, atentos a las posibles curaciones que haya que realizar. Gloria cumple con su deber cívico al servirle de compañía hasta que es atendido, y luego da medio vuelta para volver a encontrarse con Araujo.
         Pero el Licenciado, ¿dónde está?
         Mimí Bellocq y Sonia Zapa lo rodean, emocionadas por volver a encontrarlo, cubriéndolo de besos, transmitiéndole sus agradecimientos por haberlas ayudado en hondos momentos de soledad o confusión. Zarandeado por la multitud, Araujo asiente con la cabeza y sonríe, aunque su mirada busque en derredor alguna salida. Aunque le caigan bien estas dos señoras, está muy cansado para andar haciendo entrevistas sociales.
         Entonces llega corriendo a campo traviesa Damián Adonis, abriéndose paso a los codazos, micrófono en mano, jadeando entrecortado, y aferrándose del brazo de Araujo, exclama:
         -¡Por favor! En exclusiva para “Amarillo TV” –y resopla, buscando aliento: -¿Es cierto que Ud. se ha convertido en el héroe de la jornada?
         Araujo no sabe qué decir, pero alguien llega pronto a rescatarlo. Un par de decididas manos empujan a Damián Adonis fuera del campo visual de la cámara que lo venía siguiendo a través del campo sembrado, y la encendida cara de Gloria inunda la escena:
         -¡El Licenciado es mío! –grita ella, sin dejar lugar a dudas.
         Y para que nadie se confunda, vuelve su cara hacia la de él, lo abraza con una fuerza inusitada –muy propia de la pasión-, y lo besa con la boca abierta, reclamando lo que es suyo. Araujo, confuso y agradado, no puede más que responderle, abrazándola y besándola con ganas, sintiendo que la pesadilla, la vivida a bordo del tren y la de su propio exilio profesional, quizá hayan sido desterrada para siempre.
         “Sólo falta que aparezca Coiro, y cartón lleno”, piensa, apenas durante un instante.
         Porque el recuerdo del entrañable amigo apenas dura lo que demora en volver a besar a Gloria. Y entonces, a causa de extraños caprichos inconscientes, por encima de las sirenas, el bullicio de la multitud y el poderoso sonido del rotor del Bell sobre sus cabezas, un solo verso se le impone decisivo dentro de su mente:
“O juremos con Gloria morir…”

*de ALDIMA. aldima@...

 

Una excursión a los trenes Ranqueles*

El presidente Kirchner no sabe si reir o llorar ante el fracaso del gobernador Sola en su intento de detener el tren sin frenos que conduce Mirta Legrand. -Ya esta a pocos kilometros de chocar después del final de rieles en Mira Pampa-. ¡Habrase visto! Usar sin asumir como propio un método ideado por ese bandido del lejano oeste norteamericano especializado en asaltar trenes y bancos. El mismo Butch Cassidy que término sus días baleado en la Patagonia. En Argentina, que debe ser Un país en serio , no pueden pasar estas cosas y menos a él en su gestión.

Butch Cassidy. Calfucurá. Lucio Vitorio Mansilla. los caciques y capitanes de "Una excursión a los indios Ranqueles". Manuel Puig. Macedonio Fernández. Indios y Escritores resurrectos viajan hacia Mira Pampa en tren, a caballo o en guanaco. Nadie en su sano juicio puede entender lo que pasa en esta ficción, que no es muy diferente a la ficción que algunos llaman "realidad". Pero Mirta Legrand, esta viva y tiene que encabezar sus almuerzos hasta la finalización de su ciclo. El rescate de la diva, es para el Presidente y su equipo de colaboradores "Una cuestión de Estado".

En la soledad del Zeppelin presidencial, ( no la soledad del poder que es permanente aunque siempre se viaja acompañado y custodiado), él escucha buena música, la letra de León Gieco parece un bálsamo, un estímulo para seguir adelante en esta hora aciaga...

Sólo el amor*
*León Gieco.

Debes amar
la arcilla que va en tus manos
debes amar su arena
hasta la locura
Y si no
no la emprendas
que será en vano.

Sólo el amor
alumbra lo que perdura
Sólo el amor
convierte en milagro el barro.

Debes amar
el tiempo de los intentos.
Debes amar
la hora que nunca brilla.
Y si no
no pretendas
tocar lo cierto.

Sólo el amor
engendra la maravilla.
Sólo el amor
consigue encender lo muerto.

 
Cierto e inapelable. Suena a señal del destino escuchar... Debes amar/ el tiempo de los intentos. Debes amar /la hora que nunca brilla.  Puede que sea la mejor explicación: El amor inalterable encendió lo muerto, y rescató desde la arcilla misma del olvido a estos personajes. No ha sido una responsabilidad propia del Presidente ni del Gobernador por impulsar ese proyecto descabellado de fundar una "Hollywood" de las Pampas. Tampoco fue esa ocurrencia de traer a un director australiano que ahora no esta filmando una película sino una pesadilla plena de inmortales y símbolos dolientes -aun hoy- de la historia Argentina. Por otra parte lo de Hollywood ya lo inventaron los hermanos Saá en San Luis y allí estan... pagando con plata de la gente para hacer bodrios. Pero esto, es otra cosa, se nos fue de las manos..., esos personajes tomaron más que una vida propia. Ahora interactuan con nuestra frágil realidad.
Y ante este problema del tren, ya no le importan lo que digan los diarios ni los periodistas con su vergonzante autocensura. "El presidente que no puede volar" le dedican un título con ironia en LA NACIÓN. No importa, ellos no saben que él vive en el aire. No ejerce el poder patinando por el palacio de Praga como hacia Václav Havel, pero sigue la marcha de los acontecimientos desde la gondola blindada del zeppelin, como una metafora o cómo carajo quieran decir de un gobierno sin partido ni Estado, que a duras penas sobrevuela con golpes de efecto los problemas crónicos cortando cintas y diciendo que las cosas marchan bien.
 
Pero ahora no le queda otra más que actuar por sí mismo, no puede mandar ni esperar nada de nadie más. Abajo del zeppelin, la locomotora y sus vagones siguen descontandole minutos al choque con la realidad. Y no es un choque parecido al de 3 años atrás, con "el corralito" para los ahorros que no escaparon al exterior. Este choque, o caída, es más difícil e intangible, es el abismo del desencanto. el encontronazo con un país que quedó dividido, fragmentado en su geografía social... "BELINDIA del sur" Bélgica e India en un sólo territorio.
Aunque para esto, para administrar los golpes brutales de la realidad o del mercado, se invento la política. Para caer despacito, no de golpe catastrofe en ese monumento volador a la corrupción que es el TANGO 01.
Y encima todo tardará demasiado. El ferrocarril chino es una quimera todavía invisible a los ojos. Ese tren de Mirta Legrand va a chocar fuerte, mientras el gobierno hace malabares para presentar la deuda externa como una cuestión financiera, de bonos y quitas y..... A pesar del médano artificial de arena, de la jaula de hierro contra descarrilamiento, de los bomberos, y la Gendarmeria, y.... y... el choque será muy fuerte.
La gente sabe que los políticos mienten. Que sus promesas tienen la misma vida que el diario del domingo pasado que hoy yace abierto en alguna despensa para envolver la media docena de huevos.
Y que cada cosa que dicen y difunden "por" la prensa es para negar el peso de los hechos.
 
Por eso, cuando decidió amarrar con el cable de acero del zeppelin al último vagón de la formación para disminuir lentamente su velocidad y asegurarse que el choque contra las defensas improvisadas de Mira Pampa sea razonable, sin riesgo de vida para Mirta Legrand. Supo de antemano, que era la única opción: jugarse a sí mismo. A su propio talento o instinto de político. Y hacer lo único que ve posible desde los aires: amortiguar el impacto. El momento era sumamente favorable: el Arzo Bispo de Buenos Aires monseñor Bergoglio lanzó una prédica oscurantista que en otros tiempos hubiera alcanzado para exterminar a Los Cátaros o quemar vivas a las brujas. Ahora, en una étapa superior de la civilización, solo un grupo de fanáticos al grito de "Viva Cristo Rey, carajo!!!", destrozo 10 obras de León Ferrari y marcharon detenidos. Por eso la noche, y la distracción de los medios, permitió que el enganche se haga sin testigos ni filmación. A Rusell Mulcahy lo enviaron con su equipo en un micro especial a Mira Pampa. Él viaja pensando que podrá filmar un final de cine catastrofe, con vagones saltando por los aires, fuegos y gritos. No señor, esto es Argentina, tierra de Los Simuladores y de Tinelli que envia a un carpintero para filmarlo con camara oculta mientras la Luciana Zalazar le muestra su culo MADE IN ARGENTINE, nada que ver con el de la australiana Kylie Minogue el mejor del mundo segun los ingleses. Por eso menos mal que el monseñor esta distraido y no dice que ataquen los estudios de productoras de televisión ni los canales que trasmiten con imágenes de alta definición la más antigua miseria humana. Por eso mismo, este era el momento, la coyuntura adecuada para que este viaje termine sin que nadie se entere del choque, de los indios resurrectos, de nuestro fracaso con "FILMS IN THE PAMPA'S", del patético almuerzo de reconciliación con Mirta Legrand, de nada, absolutamente de nada se enterara la gente ni se vera por televisión. Solo la cara del monseñor. ¿León Ferrari terminará exiliado a los 84 años? No sabe, No contesta. Un Presidente no puede estar en todo y la iglesia en este país puede vetar hasta una educación sexual repollesca en las escuelas.
 
-El tren ya bajó su velocidad a 40 km por hora, sin esforzar los motores del zeppelin. informa el capitan de la nave.
 
Esta vez no fallará nada, no ocurrira lo mismo que en el folletín del canje de la deuda y el Fondo Monetario Internacional. El tren entrará a Mirapampa a 10 km por hora, la máquina se incrustara en las defensas de arena levantando alguna polvareda. A la altura de la puerta central del vagón de primera ya esta dispuesta una escalera de roble lustrado para que por allí descienda Legrand y sonria para unas camaras que no transmitiran a ninguna parte, se la verá algo demacrada por el viaje. No importa. todo este asunto quedará en el olvido. Los hechos seran guardados como secreto de Estado durante muchos años por la SIDE, la central de inteligencia que financió con sus fondos reservados la filmación, los viáticos, los gastos de alojamiento de los invitados especiales, etc. Nada de esto ha ocurrido, no es cierto que a Luis D'Elia le dieron en Once un piso de 1200 m2 que era del ferrocarril por ser un amigo del poder. No son corruptos sus ministros. Que prefieren? ¿que vuelva Carloooo?. "El Carlo". Olvidense.
Este, es el mejor gobierno posible.
 
*
 
Mira Pampa. confín de la provincia de Buenos Aires y después del meridiano 5º visible en un alambrado de púas oxidado, la provincia de La Pampa. Aquí viven 50 personas. La escuela tiene 10 alumnos. Pero ahora, ante lo extraordinario, hay mucha, mucha gente. Esta el equipo de filmación de Mulcahy, los medios nacionales, y muchas medidas de seguridad ante la inminencia del choque del tren general nº 2136 contra la realidad. Todo esta dispuesto, bomberos, ambulancias...
 
 Cerca del tanque de agua lindero a la estación los indios han dejado sus caballos y guanacos sueltos a pacer y beber agua. Larga ronda de mate, presidida por Calfucurá. Hoy le toca cebar a Nahuelquir. Suena un telefono celular. El cacique atiende. escucha largo rato. luego contesta breve y en voz muy baja. no se escucha nada. podría haber dicho. -Aquí estamos... o algo asi.
El general Lucio esta impaciente. -Cuentenos cacique que pasa con el tren.
-Me dice Carrinamón que estan sentados con Cristo y Ancalao en el vagón de clase Única, estan bien, mejor que nosotros, che.... despues de la sacudida fuerte a la salida de Roosevelt donde se desprendieron los vagones de carga y encomiendas las cosas mejoraron. El Presidente con su zeppelin los estan frenando de a poco. La única que esta triste es "Pampita" su corcel se quedó con el vagón de Roosevelt, por una vez deberá bajarse del caballo...
-¿Que más? Pregunta Manuel Puig con su ansiedad de relato siempre a cuestas.
-dice que Mirta Legrand les hace escuchar tangos y ahora esta cebando unos amargos para todo el vagón.
-Tiene miedo a la muerte y quiere congraciarse como buena crestiana con los que viajan de pobres por la vía. -dice Macedonio.
 
-No importa, ya llegan, nuestro viaje por el presente se termina, dice Pincén resignado.
 
Calfucura prepara las ramitas, las corta de menor a mayor.
-El que saque la más corta dirá las palabras de despedida Lucio, Macedonio, Manuel (por Puig), y Butch ustedes tambien por favor...
La visión del zeppelin acariciado en el humo negro del tren hace que la ceremonia sea breve. No quedan dudas, la ramita más pequeña la ha sacado un escritor. En este azar no hay trampas, Manuel Puig dira unas palabras.
 
Joan Mc Carthy deambula como testigo mudo entre gentes y almas. Él que es -apenas- un no visible, entre tantas cosas que no se ven, pero que estan allí tan sólidas como mercancias que van y vienen. Objetos del mundo. Breves obstaculos a la angustia.
 
El profesor reflexiona solito delante de un televisor que se ha quedado sin mirantes ante la cercanía de un acontecimiento del aquí y ahora, ¡Qué proyectivo es el mundo! mientras ve a Mariano Grondona que dice Qué habremos hecho los católicos para merecer tanto odio , conteniendo lo mejor posible la expresión de odio en su rostro. Cara de poker, o de santo en vitrina.
 
Pero este hecho es fascinante. Llega un tren. un tren que estaba muerto. Renace de pura y obstinada ficción. Oscura. Firme. Como la vida.
 
Ya llega Sophostine. Locomotora ciega entregada a su inercia. Arriba, el zeppelin presidencial. El cable de acero lo hace parecer un enorme objeto, un juguete volador, un globo de fantasía, tan ilusorio como el tren. La gente se corre, se aleja del borde del anden. un temor instintivo los aleja del ruido, del vapor quemante que desprende la vaporera. Solo los bomberos esperan en cercanias de esa jaula de hierro que rodea los últimos 50 metros de vía hasta las improvisadas murallas de arena.
 
La máquina se incrusta en el médano artificial de arena. Un sonido aterrador corre por el aire junto a una polvareda que ciega la visión del impacto a las gentes que gritan y se tapan las orejas, los ojos... no pueden ver este choque administrado, controlado con lo real. Los vagones saltan y rebotan en la jaula de acero que unos 30 centimetros arriba del techo les cierra el acceso al cielo y los devuelve pesadamente a golpear en los durmientes, fuera de los rieles pero sin volcar. El agua de los bomberos empieza a barrer humo y arena, a devolver un cuadro quieto posible de pintarse, de congelarse en imágenes quietas de fotos o veloces de peliculas. Sophostine ha quedado con su figura devorada por el gigante, apenas puede verse mientras la arena ahora mezclada con agua continua haciendo cascadas sobre el techo de esa cabina donde deberian estar los maquinistas. Bajo la lluvia de sus mangueras, los bomberos desenganchan los dos vagones y logran separarlos unos 15 metros del tender cargado de biodiesel.
Los pasajeros comienzan a descender, los cronistas estan atentos a la presencia de Mirta Legrand y Pampita. Los indios prefieren bajar por el lado contrario al anden, cruzar por las vías auxiliares y reunirse con los resurrectos que festejan agitando sus chuzas y haciendo girar boleadoras por el aire.
 
El personal del ferrocarril acomoda la escalera de roble y se asoma Mirta Legrand tirando besos y sonrisas... -No tengo un espejo para verme... pero no me importa, debo estar negrita del ollín de la locomotora, fea y desaliñada....pero sepan que Yo soy rubia por dentro . Y por esta vez sólo me importa vivir y haber llegado a salvo con estas personas....
Legrand hace agradecimientos, al Presidente, al Gobernador, a los maquinistas Domingo Badano y Pito Carlomi... no menciona a los indios que viajaban en el tren. En la confusión la modelo Pampita logra fugarse sin hacer declaraciones, aunque Pancho Dotto y los cronistas del espectaculo ya la persiguen por el medio de un campo de la provincia de La Pampa.
 
Joan se desprende de esta banalidad tan testimonial. ¿Cual será la edición política y acomodada a intereses de estos sucesos? ¿Cómo será titulado? ¿ Estarán en 150 líneas dentro del suplemento de espectaculos del gran diario argentino? ¿O sera canibalizado?, reducido como todas las noticias a un relato para ciegos de esa sola imágen de la punta del iceberg. De acontecimientos desprovistos de contextos, de estructuras, de pasado, de causas... "La diva de los almuerzos descendió de un tren en la localidad de Mira Pampa, la llegada del tren con problemas mecánicos debió ser monitoreada por expertos en seguridad ferroviaria, socorristas de defensa civil, bomberos y personal de seguridad (.....)"
A él, a un antropologo no le interesa ver ni un minuto más las cosas que muchos veran sin ver.
Ñandues con su cabeza bien hundida en un hoyo. En esa oscuridad mental que no dejan de crear los televisores, los monseñores, los políticos...
 
El único hecho real, ese viaje de cientos de kilometros por el presente argentino de indios y personajes resurrectos, no puede ser ni visto ni pensado. No existió.
 
Habre su cuaderno al azar y se encuentra con su letra guardando palabras de Ezequiel Martinez Estrada "Nos hablaron de una patria construida por héroes que sonreían desde la inmutabilidad del bronce, pero bastaba levantar un poco la alfombra para ver las contradicciones, para descubrir un paisaje de lodo y de sangre".
 
Los resurrectos estan a unos 50 metros de la estación. Calfucurá señala hacia el sudoeste. Campo libre hasta un horizonte recortado en arboledas aisladas. Un mapa del hoy dirá que poco después del paralelo 36º esta la ciudad de Quemú Quemú. Ya cortan los débiles alambrados de púas para que los caballos golpeen con sus cascos tierra y pasto, no el cemento calle de ciudad.
Montado en un caballo negro, Manuel Puig habla o grita. Joan se apresura para registrar esas palabras, esos instantes tan esenciales cómo fugaces que la vida le da a cada cual pocas veces...
Recita del Martin Fierro...
Cuando él más se enfurecia,
Yo más me empiezo a calmar;
Mientras no logra matar
el Indio no se desfoga;
Al fin le corté una soga
Y lo empecé a aventajar....
 
Y sigue, con voz propia... ganar el presente a sangre y fuego, o a sangre e indiferencia no es ganar. Es cualquier cosa menos un triunfo. Puede ser otros los verbos: postergar, negar, ocultar, perdurar, atormentar... pero todo vuelve, las deudas de memoria siguen aquí, en todos lados como el aire, se llueven en las tormentas, se intuyen en cicatrices de barro reseco. La tierra ni su gente no sanaran en el olvido.
Respiraran y goteara la angustia. Brotara sangre de sus ataudes de papel, al otro lado de las vitrinas, en las librerías. En murallas de silencio o acero. Hagamos correr la voz por esas letras de antigua o renovada barbarie. Que se escuchen los ecos dormidos. El infinito viaje desde la literatura a lo real
estallando, revelando, no repitiendo muerte, no concluirá aquí. Si, la verdad es la libertad absoluta.
Se escucha en el aire. En trinos de aves. Ruiseñores no monseñores. Solo la verdad liberará a la humanidad de su sangre coagulada en bronce...
 
Calfucurá, da la orden de partir, un ruido de cascos se pierde en el aire. El calor de la época deja ondulaciones de aire caliente. Distorsiona con fantasmas el horizonte.
 
*de Urbano Powell. Urbanopowell@...
 

Agradecimientos: 

A Alberto -ALDIMA- que al escribir en las 36 estaciones aseguró la continuidad y calidad narrativa del viaje literario.

A Don Tito, que vive en ese vagón del ferrocarril Santa Fe, atrás de la carboneria, en Estación Buenos Aires. El me brindo en un rato explicaciones y datos sobre el Compañia General Buenos Aires y el Provincial las dos líneas que de un modo bastante libre tomamos como recorrido para llegar a Mira Pampa. Ojalá que cumpla su sueño de hacer un museo en la estación de Berra en las vías del Provincial por el partido de Monte.

A todos los compañeros que escribieron en InvenTren.

A los compañeros lectores que acompañan letra por letra la construcción de este bien social que es inventiva.

A mis hijos, que me acompañan con magia, dibujos y paciencia cada sábado y domingo de escritura propia y trabajo de edición de las estaciones.... no sin algún reproche inocente ¿Papá que harias si no tuvieras computadora...? preguntó la nena antes de cumplir 6 años.

El abrazo de siempre y hasta la próxima.

*Eduardo F. Coiro inventivasocial@...

 
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Hay algo que pasa despues de leer el diario o ver el noticiero de la noche, puede ser la rabia o el asco, 
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Una humanidad que no se desprende de sus mitos, con gobernantes que se comportan como actores del western y de hecho lo fueron....
 
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Caballos tirando carros circulan entre una raza de vehiculos con doble tracción , alguno pequeño apenas asoma sus orejas por encima del techo de esa Ranger, son fragmentos iluminados dentro de lo cotidiano.
 
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Trato de reconstruir la memoria, -le escribo al viejo-. O le escribo al futuro que esta adentro de la panza, y tiene cabecita de nuez en la ecografia. Escribir atravesado por ellos que estan adentro de nuestra vida.
 
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