"...miles de tormentas asolaron las comarcas..."
La pelícana y el androide, L.A. Spinetta
Hacia allá
en el sudeusted
vi armarse la madre de las tormentas
arengando humedades gélidas
voces del mar adentro y glaciares
dentro en sí misma
en velocidad de las cosas que ya nos pasaron
en espasmos de lo perdido y remediable
a reconquistar en altísimas batallas
los territorios tomados
en el trópico por el feudo amarillo del verano
sus caballos tórridos
su prado de magma
Prendido en el suelo
me veo en todos los árboles de pie
al azotarse en un orgullo aterrado
estremecidos torpes
crujientes indefensos y aún de pie
y como suspendido
me quedo aprendiendo
algo de los sauces más sabios
en su calma y fluída danza
enamorada con la furia del viento
Me pregunto que hacen los animales
en este instante
creo que igual a mí
sólo se guarecen sin esconder
quietos ante un milagro que no saben atrapar
me veo en sus ojos y sentidos
admirando interrogando sabiendo más
para mañana
ya no somos un reflejo del tiempo ni el frío
somos sólo un puñado de miedo
trizas de instinto
Ahora viene toda el agua
de a partes pero finalmente toda
a convencer a la tierra
tras los metales del trueno
el cordón ascendente del rayo
en cortejo de sonoridades y luminiscencias
sin más motivos que esta abrumadora presencia
en vertical ultimátum
y algo poderoso nos purifica los ojos
o lo que queda de nuestro viejo asombro
cuando entendemos por fin el mensaje
desafiante de la vida
En un cielo de panza en la tierra
pretendí explicar todo esto
con pronósticos y mediciones
sin saber nada de la antigüedad
del conflicto y trasfondo de esta guerra
sus reglas de hierro
sus fines pacíficos
sus naturales equilibrios
quiero estar sin partir
quiero sentir sin olvidar
Sobre mis huesos crudos y sedientos
la sal de mis labios
vi armarse hasta los dientes a esta tormenta
hacia allá
en el sudeusted.
ESCUCHABA MELODÍAS DE LLUVIA*
Escuchaba suaves melodías de lluvia en un solo de piano.
Como una pena quieta que desesperaba por expresarse.
Yo me creía dormida; pero estaba despierta, salí al jardín.
Todo dormía alrededor, menos el viento en primavera.
Me acompañaba un grillo cantor, tan solitario como yo.
Observaba las sombras que se desprendían como racimos por los muros.
Miraba brillar tus ojos sobre mis ojos, con dulce solemnidad.
Ya embriagada de tanta luna, me sentía purificada.
Había tanta soledad y tanto silencio.
La tenue luz filtraba sobre mi pelo suelto al viento.
Resultaba un sacrilegio ver mi comunión.
El follaje murmuraba dulcemente.
La música tornaba aún más desnudo mi jardín…
Esas suaves melodías de lluvia en un solo de piano,
brotaban de mi alma.
*de Xenia Mora xeniamora@...
El sol tibio se coló cómplice por los vidrios del estrecho y elevado ventanal. La mañana luminosa me invitaba a caminar. Miré a mami, pobre, los preparativos del viaje y el traqueteo del tren la habían agotado. Dormía profundamente apoyando su cabeza en el respaldo del banco.
Era el momento de partir.
Arreglé mi pelo, que a lo largo de la noche se había desordenado y aplasté las arrugas del tapadito azul para disimular que había dormido sobre él. Las botitas se veían bien, todavía les duraba el betún que mami les había puesto antes de salir de casa.
Bajé con alguna dificultad del alto banco y con pasos menudos salí del edificio. Algunos pájaros comían unas migas en el andén. El guarda de la estación me sonrió:
- Cómo estás nena, descansaste?
- Sí señor, gracias. Voy a caminar un ratito.
- No te alejes demasiado
- No señor, voy hasta aquel arbolito y vuelvo
Avancé por el costado de las vías. Los rieles repetían sin cesar los rayos del sol. Una hermosa madeja de hilos oro y plata me señalaban un camino que no quería abandonar.
Alcancé el arbolito, pequeño y torcido de tanto luchar contra el viento. Me senté bajo su sombra y miré hacia atrás. El edificio de la estación se veía lejano, casi un recuerdo. Adelante, el horizonte me llamaba. Descansé un momento y continué caminando.
Llegué a un lugar extraño. Una especie de muro, hecho de troncos, impedía que las vías continuaran su camino. Como no alcanzaba a mirar hacia el otro lado, rodeé el muro. Allí, el terraplén del ferrocarril continuaba sólo unos metros más cayendo abruptamente. Después, el campo desierto, ancho, inmenso, y allá, las montañas con su azul prestado de viejos mares. Supe que eso era el mundo, sentí que era mío y me dispuse a conocerlo.
Después de andar un tiempo sin relojes ni limitaciones sentí cansancio. Me saqué el tapado, lo puse en el suelo y me senté a descansar. Lamenté que el cuellito de terciopelo se arruinara, pero empezaba a comprender – creo – qué cosas eras las más importantes.
Un pequeño ruido me sobresaltó. A mi derecha apareció un zorro. Se sentó a mi lado y sin darme oportunidad de reaccionar me dijo:
- No quieras domesticarme.
Feliz de poder hablar con alguien le contesté
- Por qué? no querés ser mi amigo? Yo te cuido, vos me cuidás
- No, ya me domesticó un pequeño niño que pasó por este desierto y después se marchó. Dijo que tenía que encontrar a los hombres o cuidar una flor... o no sé bien qué cosa y he llorado por él.
- Pero te invito a caminar conmigo.
- No, ya estoy domesticado.
Me entristecí. Era mi primer encuentro y sentía que fracasaba.
- Bueno, acompañame mientras descanso.
- Está bien, te acompaño. Todavía guardo el color del trigo, dijo el zorro con expresión pensativa.
Lo miré sin comprender. Estiré mi mano pequeña y acaricié su cabeza de hocico puntiagudo. El zorro apoyó sus patas en mi falda y se durmió. Juntos nos dormimos arriba del tapadito azul y su aburrido cuello de terciopelo arrugado.
Un dolor de panza me hizo despertar.
- Tengo hambre, le dije al zorro desperezándome.
- Detrás de aquellas nubes hay un jardín de cerezos, puedo llevar tu tapado para que no te canses.
Caminamos un trecho y luego trepamos por dos nubes pequeñas. A la vuelta del murmullo de hojas encontramos el jardín. Comimos cerezas y tomamos agua de manantial.
Vi que el zorro se distraía detrás de cada árbol buscando a sus enigmáticos hermanos azules. Avancé un tramo del sendero de hojas crujientes, cuando percibí que tras de mí el jardín desaparecía y con él, el zorro.
Caía la tarde, conocí la soledad. Sentí un poco de temor en ese frío camino gris. Puse el tapado sobre mis hombros y noté que me quedaba corto.
De los violetas azulados de las montañas recibí la ofrenda de la luna creciente. Trepé a ella y me senté en su borde oscuro. En esa inmensidad extrañé al zorro. Rodaron lágrimas por mis cachetes, ya no tan regordetes. Mis lágrimas viajaron junto a estrellas fugaces como diamantes de soledades infinitas perdidas en el universo.
Dormí, creo que un instante. Abandoné las botas, me quedaban chicas, dejé mis medias rojas y el tapado. Descalza, liberada, ingresé a las montañas.
Me recibió una bandada de búhos. Seguí su vuelo hasta el primer bosque y nos sentamos a conversar largamente. Cuando cayó la noche nos ubicamos en ronda alrededor del fuego que aticé con placer. Puse en él mis cerillas, hojas aromáticas y ramas secas.
Las sombras se hacían muy largas. Algunos fantasmas me provocaban, rozando mi rostro como telarañas pegajosas. Las expresiones de los búhos se transformaban en rostros de niños, hombres, ancianos.
- Las montañas guardan misterios? Le pregunté al búho rojo
- No podrás saberlo sino marchas hacia el mar. Su profundidad guarda el secreto de montañas perdidas. En cada barco encallado encontrarás algo de estas historias. Cada gruta de arena dorada, te regalará algún relato.
Seguían largos silencios, sagrados, profundos.
- El mar es azul? le pregunté al búho dorado
- No podrás saberlo sino te paras sola en el medio del desierto. Cada piedra, cada grano de arena de esa eterna soledad, esconde el misterio del color del mar.
Eran sabios. Envueltos en murmullos de mar o en rumores de río, respondían cada una de mis preguntas. Juntos soportamos tormentas, vientos huracanados y soles incandescentes.
El búho gris acero, con forma de tuercas y tornillos me dijo:
- No es bueno que develemos todos los secretos. Hay que alimentar las dudas. Si sigues el sendero de guijarros peltre, comenzarás a comprender.
Un sonido extraño alertó a mis amigos. Uno a uno se perdieron atrás del bosque, más allá del más allá.
Se apagó el fuego, no quedaban más cerillas ni ramas secas ni hojas aromáticas.
Sólo podía seguir caminando por senderos enigmáticos.
Encontré algunas respuestas, parí dudas, desengaños y flores.
Dancé con libélulas a la sombra de castillos misteriosos.
Me bañé en fuentes de alabastro con torcazas pequeñas.
Viví en un balcón vestido de santa rita, enamorada del canto de una guitarra.
Encontré manos, abrazos.
Compré una hermosa locura llena de cantos, colores y frutos rojos.
Un árbol muerto arrancó las flores al balcón para vestir su desnudez.
Bebió el agua de la fuente para revivir sus hojas.
Encendió luces en el castillo opacando mis pequeñas libélulas.
Robó mi locura para arrojarla al mar.
Las manos sin lazos, abandonaron mis manos.
Las piedras del camino lastimaron mis pies,
el sol dibujó líneas en mi piel,
el polvo de calles lejanas y la luna pintaron hebras blancas en mi pelo.
El vuelo majestuoso de un cóndor me acompaña desde entonces, sacudiendo mis sueños, protegiendo mi esencia.
Si miro hacia atrás, aún puedo ver como en un sueño el edificio de Estación Niñez. Sus techos rojos han sido repintados, los árboles están más altos, ya no circulan por allí los trenes. El muro del punta rieles está tapado por maleza. La caída abrupta del terraplén se disimula bajo el coirón y alguna jarilla.
Lo que no ha cambiado es el azul de mi cielo y el desierto. Tal vez si espero con paciencia, aparezca el viejo zorro.
"Parada en la estación Mira Pampa veo al tren acercarse.
Luego de un largo recorrido, va llegando a su fin. Un tren cargado de anecdotas, de sueños, de gente buscando nueva vida o reencontrandose con la pasada. Zelmar Araujo llega cargado de historias; un sin fin de personajes del pasado y de la actualidad se dan cita finalmente para conocerse; Mercedes llega con el recuerdo de sus abuelos...
Nadie sabe adonde iràn luego, solo que en este recorrido han comprendido el valor del esfuerzo, han aprendido que "debes amar el tiempo de los intentos", que no solo el regocijo se da al alcanzar el objetivo sino cuanto se ha de amar el esfuerzo por lograrlo.
Bienvenidos todos a Mira pampa!!!!!! Y juntemosnos para un nuevo viaje!!!!!
*Zena zenastone@...
*
Me encantan las bienvenidas, / los trenes y las partidas, /cada camino es un cuento, /cada cuento es un poema. / Cada tren un nuevo invento, /y cada invento un amigo, /que paciente y con esmero, / letras vivas da al encuentro.
Qué diciembre traiga trenes llenos de alegría para todos!
*Moni pas_monicav@...
CRÓNICAS DESDE LA VÍA*
(Ultima Parte)
Con la fugacidad del relámpago “Fénix”, la poderosa locomotora alimentada a GNC, irrumpe en la Estación Roosevelt a poco más de 100 kilómetros por hora, levantando a su paso una densa polvareda sobre el andén y arrasando con la tenue quietud de una tardecita de fines de primavera, para alejarse como una exhalación hacia la estación cabecera del ramal, seguida de cerca por un helicóptero Bell propiedad del Grupo Halcón de la Policía Federal, y más atrás, por un moroso Moby Zepp, el dirigible multiuso contratado por “Amarillo TV” para que el cronista estrella Damián Adonis siga de cerca los acontecimientos y remonte con un último manotazo de ahogado una carrera periodística que parece derrumbarse en caída libre desde hace ya bastante tiempo.
A los pocos minutos, mientras la escasa población que se había acercado a la estación para ver pasar el tren de las 19:43hs. aún se repone del cimbronazo, decenas de sirenas policiales se acercan en tropel a través de caminos de tierra municipales, ensordeciendo la tarde, con un impresionante desfile de patrulleros que huyen casi desbocados hacia las inmediaciones de la Estación Mirapampa, al filo del partido de Rivadavia, sobre la frontera con La Pampa.
A bordo de la formación, la actividad policial, aunque demorada por orden de la superioridad, continúa siendo incesante.
-¡Sargento Cabrera! –ordena el Capitán Ulloa. –Movilícese con un par de hombres hacia el primer vagón, y desde allí, intente descolgarse con una cuerda hacia la parte posterior de la locomotora. Una vez allí, reduzca al maquinista y detenga el tren.
-¿Y si mejor le ordeno al maquinista que detenga él al tren? –inquiere Cabrera, con cierto temor ante la imprudencia de molestar a Ulloa bajo semejante grado de tensión.
-Haga lo que sea necesario, pero detenga esta locura. ¡A sus puestos!
El Sargento Cabrera elige a un par de oficiales al azar y marchan con paso disciplinado a cumplir con su misión. El intercomunicador de Ulloa vuelve a sonar con un chasquido de interferencia.
-Atento Mastín. Aquí Cuervo Uno. Cambio.
-Adelante Cuervo Uno. ¿Qué novedades hay? Cambio.
-El dirigible no se aparta de nosotros. Sus camarógrafos registran todo sin perder detalle. Este Damián Adonis es incansable; no deja de hacer notas, habla continuamente a cámara. ¿Qué nos ordena? ¿Continuamos a la espera o realizamos alguna maniobra decisiva? Cambio.
-Manténgase en su puesto, Cuervo Uno. Aunque su primera reacción bélica sea derribar al intruso que invade el espacio aéreo de nuestra jurisdicción, recuerde que nos hallamos en una operación de rescate y no de combate. El dirigible no se encuentra armado. Así que cumpla con mantenerlo lo más alejado posible. Cambio y fuera.
Los pasajeros, una vez repuestos de la primera impresión y ya casi acostumbrados a la presencia y accionar de las Fuerzas de Seguridad, padeciendo una extraña especie de “Síndrome de Estocolmo”, comentan vivamente la necesidad de otorgarle más presupuesto al Grupo Halcón para que desempeñe a pleno sus tareas de rescate de rehenes y combate de la delincuencia, a la vez que defienden la posición ética de Don Orestes Rubyck, el maquinista responsable, dispuesto a cumplir con su tarea bajo cualquier circunstancia.
Por su parte, el Licenciado Zelmar Araujo y Gloria, la atractiva ejecutiva de cuentas, parecen estar sumergidos en su propio mundo.
-¿Y cómo fue que te convertiste en El Zorro? –indaga ella, sin dejar de besarlo ligera y alternativamente en la boca y la nariz.
-Es una historia un poco triste –comienza él, avecinando el atisbo de una depresión que ojalá pudiese desterrar para siempre. –Yo antes … trabajaba como psicólogo. Atendía pacientes en mi consultorio… Hasta que tuve un revés, y ya no pude volver a ejercer…
-¿Qué clase de revés? –se preocupa ella, acariciándole la cabeza.
Entonces Araujo le comenta todo su padecer, desde las primeras entrevistas con aquella paciente que desarrollara un tumor maligno –junto a sus posteriores padeceres oncológicos-, la demanda judicial por mala praxis, su defensa insuficiente, la falta de previsión al no supervisar ni tener sus deudas impositivas al día, la sentencia judicial que le revocaba ambas matrículas -provincial y nacional- algunos meses atrás, la desesperación al no encontrar un trabajo redituable que lo redimiera de la depresión, su anclaje en la vía, el supletorio rescate a manos del Jefe de Estación Coiro, los avatares de sus Crónicas Viales durante las últimas semanas…
-Hasta llegar a este momento, tan aciago… -remata, esbozando una triste sonrisa, con la sombra de una eterna frustración rondando detrás de su mirada.
-No todo está perdido –lo consuela ella, con determinación. –Conozco una abogada que es muy guerrera, trabaja de manera excelente, y puede apelar tu caso las veces que sean necesarias para que vuelvas a ejercer tu verdadera vocación. Porque aún conociéndote muy poco, me parece que sos un tipo que vale muchísimo, y merecés una nueva oportunidad.
-Bueno… Muchas gracias… -se sonroja él, enmudecido ante la sorpresa y la generosidad desplegada por esta mujer que acaba de conocer, pero que pareciera plantarse de manera muy resuelta ante lo que quiere.
¿Será acaso el nacimiento de una nueva etapa en su vida? ¿Cambiará el giro de la taba, y a partir de ahora la suerte no le resulte tan adversa?
“La suerte no existe”, se repite a sí mismo. “Uno es el único responsable por haber llegado al momento presente, de la manera en que llegó”. El hecho de saberlo es una certeza que en nada cambia su manera actual de ver las cosas. Gloria lo mira con infinita ternura, y ante eso, el Licenciado Zelmar Araujo se siente el hombre más poderoso del mundo.
Otra vez rumia la estática en el intercomunicador del Capitán Ulloa.
-Capitán. Aquí el Sargento Cabrera. Cambio.
-Adelante, Sargento Cabrera. Cambio.
-Señor: intentamos abordar la locomotora a través de la puerta del final del vagón, pero las maniobras para colgarse de la máquina son muy riesgosas. Disponemos de una sola cuerda, sin amarres metálicos, y la velocidad que lleva la formación vuelve inestable cualquier acción operativa. Esperamos órdenes. Cambio.
-Comprendido, Sargento. Emprenda la retirada. Cambio y fuera.
Se están quedando sin tiempo. El final del recorrido se avecina, inevitable, en escasos y agoreros minutos. Parece como si el flamante Grupo Halcón hubiera agotado ya todos sus recursos.
-Tranquilo, Capitán –le habla Araujo, por primera vez desde que abordaran la formación. –Lo que pudo haber hecho ya lo hizo. Relájese y disfrute del viaje. Enseguida llegamos.
-Cállese la boca –le ordena Ulloa. –Todavía queda por establecer los hechos delictivos ocurridos durante el transcurso de este viaje.
-¿Qué quiere decir? –inquiere Gloria, con ironía. -¿Somos todos sospechosos?
-No puedo darles más precisiones –se defiende Ulloa. –Quienes se encargan de los interrogatorios no pertenecen a nuestra unidad.
-No sea ridículo –protesta ella. –Tiene casi treinta testigos que van a declarar que estos dos chicos estaban armados y se pusieron como locos en cuanto descubrieron que tenían todo el poder, incluso el de disponer de la vida de cualquiera.
-¿Y las armas, señora? –arremete Ulloa, con sorna. -¿Dónde están?
-¿Hace falta que haya armas a bordo para que intervengan las Fuerzas del Orden? –argumenta Araujo, sin perder el nivel de ironía que mantiene la charla. –Si estos pibes hasta estuvieron por ser vapuleados por el resto de los pasajeros antes de que ustedes llegaran…
-No me toca a mí decidir eso –se burocratiza Ulloa, evidenciando que lo suyo no es el debate verbal. –Presentaremos un informe detallado de lo que hemos visto, y la superioridad decidirá cuáles son las futuras órdenes a cumplir.
“Por lo que tu equipo demostró a bordo, te van a bajar el puntaje”, piensa Araujo, pero alcanza a mantener la boca cerrada. Ya es suficiente el clima de tensión imperante como para echarle más combustible al fuego.
En el horizonte comienzan a perfilarse, tenuemente iluminadas ante las primeras oscuridades nocturnas, las aún borrosas siluetas de la localidad de Mirapampa, localidad fronteriza ante la inmensidad de la llanura no bonaerense. Aunque Araujo no lo sepa –detalles que luego le serán revelados, para desarrollar su crónica posterior-, la actividad en la estación ferroviaria es incesante. Todo el poblado se ha movilizado hacia allí, impulsado por la llegada de personajes foráneos, ávidos de protagonismo.
A lo largo del andén, el camarógrafo free-lance Marcos Reed, famoso a partir de sus denuncias de contrabando que realizara en el Dock Sud algunos meses atrás, corre preparando sus equipos, dispuesto a continuar con una carrera de documentalista que le apasiona desde su más tierna juventud. Más allá, el Arquitecto Javier Plá, siempre secundado por la Señora Lucía Bonarda, su condescendiente esposa, debate con el contratista Antonio De Luca acerca de la mejor manera de establecer un muro de contención que detenga al tren fugitivo, o bien la veloz realización de un ramal improvisado que desvíe la formación hacia una vía muerta lateral, donde deba detenerse por la fuerza pero sin violencia. Las señoras Mimí Bellocq y Sonia Zapa, esta última paleontóloga, conversan animadamente acerca de restos fósiles hallados en campos de la familia, y de sus respectivos encuentros con el Licenciado Zelmar Araujo –detalle que al susodicho lo llenará de orgullo al enterarse-. Y por entre los vecinos curiosos, un chico huidizo apodado El Negrito se manifiesta inquieto al desconocer lo que hará en cuanto arribe el tren: si continúa viaje hacia el interior de La Pampa, o regresa a jugar con sus amigos invisibles a la ruinosa estación de Villa Sena.
A bordo del tren, se aprestan los últimos preparativos. Los pasajeros se movilizan nerviosos hacia el fondo del vagón, previendo algún supuesto choque frontal contra los retenes del final de vía en Mirapampa. Los oficiales del Grupo Halcón, junto al guarda Fernando Suárez, los ayudan a ubicarse en las posiciones más cómodas, sin molestarse o sufrir daños en caso de colisionar. Gloria permanece sentada junto a Machote, quien delira de fiebre, inconsciente. Y Araujo, sin alejarse de ella, indiferente a las órdenes impartidas por los uniformados, se pregunta:
“¿Dónde mierda se metió el Pollo?”.
El Capitán Ulloa se comunica con el Bell:
-Atento Cuervo Uno. Cambio.
-Aquí Cuervo Uno. Adelante Mastín. Cambio.
-¿Mantiene aún contacto visual con el dirigible? Cambio.
-Afirmativo, Mastín. Me ha sido imposible disuadirlo para que se aleje. Se mantiene a escasa distancia de mi posición, siempre persiguiendo el curso del tren, apuntándolo con sus cámaras. Cambio.
-Aunque transmita en vivo lo que ocurra, trataremos de hacer nuestro mejor papel. Mantenga su posición. Cambio.
-Entendido, Mastín. Cambio y fuera.
Los oficiales del Grupo Halcón se aprestan a resistir una posible colisión, rodeados por el incesante piar de los pollitos y algunas hortalizas que ruedan erráticas por el pasillo. La sirena de “Fénix” se deja oír con las primeras estrellas, insistente, apartando de su camino a cualquier intruso que se interponga delante de su morro de acero. Un clima de tensa expectación los embarga a todos. Y el Licenciado Zelmar Araujo, entusiasmado ante la posible movida judicial que le planteara Gloria hace unos minutos, no puede dejar de pensar que el arribo a Mirapampa se convierta en el primer paso hacia el desarrollo de una nueva vida, algo muy parecido a lo que conociera tiempo atrás; aunque, por más que recupere la legalidad de su ejercicio profesional, luego de lo ocurrido jamás pueda volver a ser el mismo.
Las distancias se acortan. La oscura silueta de la estación ferroviaria de Mirapampa se avecina, indolente y repleta de personas. El rotor del helicóptero se escucha muy cerca o bastante lejos, según evolucione en sus giros para mantener al Moby Zepp a prudente distancia.
Hasta que por fin, la palanca de los frenos de “Fénix” es accionada dentro de su inexpugnable cabina, y el impulso de aceleración del tren se detiene en apenas unos metros, antes de colisionar con los retenes del final de vía, con un intenso chirrido y el chisporroteo metálico correspondiente. La tracción de “Fénix” se suspende por un instante fugaz, y luego la inercia provoca que todos se desplacen hacia atrás, suspirando aliviados.
La puerta de la cabina de “Fénix” se abre con violencia, golpeando sonora contra la pared externa de la locomotora, y un exultante Orestes Rubyck alza su brazo izquierdo en alto, para entonces exclamar, delante de las cámaras y reflectores portátiles de Marcos Reed, quien oportunamente acaba de enfocarlo:
-¡Misión cumplida! ¡He llegado a destino, en contra de cualquier obstáculo que se presente entre la vía y yo! Como maquinista, cumplo a rajatabla con mi tarea. ¡El país no se hunde! ¡Hasta la victoria siempre!!!
Las sirenas de los patrulleros se acercan tambaleantes a través de caminos mal consolidados, persiguiendo a un tren que culmina así con su aparente fuga. Decenas de movileros periodísticos se abalanzan sobre el maquinista y apuntan sus cámaras y micrófonos hacia el vagón de pasajeros custodiado por el Grupo Halcón. En el tumulto ocasionado, apenas se puede distinguir alguna frase coherente. El Bell sobrevuela la escena, iluminándola con un potente reflector, mientras el Moby Zepp se aleja hacia el centro de un campo sembrado, con total intención de aterrizar; Damián Adonis parece querer continuar su pesquisa de sabueso desde tierra firme.
Los primeros en descender de la formación son algunos de los oficiales del Grupo Halcón, con sus fusiles Heckler & Koch apuntando al cielo, intentado dispersar a la prensa como si hubiesen vuelto a cumplir tareas de dirección de tránsito. Decenas de curiosos se agolpan en torno a la formación, al tiempo que arriban contundentes los patrulleros de la Policía Bonaerense, iluminando la escena con sus balizas giratorias azules. Y en medio del caos, el Licenciado Zelmar Araujo vuelve a preguntarse:
“¿Dónde mierda se metió el Pollo?”.
Pero ya es tarde. Amparado por la confusión, reptando entre las piernas de los rehenes y los borceguíes de los uniformados, el Pollo parece haber desaparecido. ¿Se habrá colado hacia alguna puerta sin custodiar, alejándose a campo traviesa, más allá de la frontera? Quién sabe. Sin embargo, aunque en ese preciso momento nadie más parezca notar su ausencia, al Licenciado Zelmar Araujo la noticia parece suscitarle sentimientos encontrados; por un lado, desea que lo ocurrido no quede impune, pero por el otro, se resiste a que la medida punitoria quede en manos de autoridades tan incompetentes como éstas. Una cosa es sancionar un delito, y otra muy distinta ensañarse con los pobres pibes que cometen dichos delitos.
“Hay tanto por hacer… Tantos pibes que necesitan asistencia psicológica, alguna contención posible ante semejantes desatenciones afectivas… ¡Tengo que volver a ejercer, carajo!”.
Mientras tanto, uno por uno van descendiendo del vagón los rehenes liberados. La boliviana de los condimentos no deja de protestar ante el decomiso de su mercadería, bajo sospecha de contrabandear hojas de coca. El peón de estancia y el gaucho del sombrero y pañuelo al cuello elogian orgullosos el accionar policial ante las cámaras de los diversos noticieros que los entrevistan. Y al “bostero”, los “ratis” de la Bonaerense, recién bajados de sus patrullas, no lo dejan en paz:
-¡Suéltenme, che! ¡Yo voy a ver a Boca! ¡Los que choreaban eran otros!
Don Orestes Rubyck es obligado a descender y conducido a un móvil policial; el hombre, aunque acostumbrado a estos menesteres a raíz de su carácter polémico, que lo impulsa al desborde para con la autoridad, no deja de protestar:
-¡Así tratan a un trabajador responsable!
Gloria desciende junto a Machote, quien parece recuperar el sentido durante unos instantes, y vuelve a desvanecerse al verse rodeado de uniformes. Un par de enfermeros acude desde una ambulancia municipal, atentos a las posibles curaciones que haya que realizar. Gloria cumple con su deber cívico al servirle de compañía hasta que es atendido, y luego da medio vuelta para volver a encontrarse con Araujo.
Pero el Licenciado, ¿dónde está?
Mimí Bellocq y Sonia Zapa lo rodean, emocionadas por volver a encontrarlo, cubriéndolo de besos, transmitiéndole sus agradecimientos por haberlas ayudado en hondos momentos de soledad o confusión. Zarandeado por la multitud, Araujo asiente con la cabeza y sonríe, aunque su mirada busque en derredor alguna salida. Aunque le caigan bien estas dos señoras, está muy cansado para andar haciendo entrevistas sociales.
Entonces llega corriendo a campo traviesa Damián Adonis, abriéndose paso a los codazos, micrófono en mano, jadeando entrecortado, y aferrándose del brazo de Araujo, exclama:
-¡Por favor! En exclusiva para “Amarillo TV” –y resopla, buscando aliento: -¿Es cierto que Ud. se ha convertido en el héroe de la jornada?
Araujo no sabe qué decir, pero alguien llega pronto a rescatarlo. Un par de decididas manos empujan a Damián Adonis fuera del campo visual de la cámara que lo venía siguiendo a través del campo sembrado, y la encendida cara de Gloria inunda la escena:
-¡El Licenciado es mío! –grita ella, sin dejar lugar a dudas.
Y para que nadie se confunda, vuelve su cara hacia la de él, lo abraza con una fuerza inusitada –muy propia de la pasión-, y lo besa con la boca abierta, reclamando lo que es suyo. Araujo, confuso y agradado, no puede más que responderle, abrazándola y besándola con ganas, sintiendo que la pesadilla, la vivida a bordo del tren y la de su propio exilio profesional, quizá hayan sido desterrada para siempre.
“Sólo falta que aparezca Coiro, y cartón lleno”, piensa, apenas durante un instante.
Porque el recuerdo del entrañable amigo apenas dura lo que demora en volver a besar a Gloria. Y entonces, a causa de extraños caprichos inconscientes, por encima de las sirenas, el bullicio de la multitud y el poderoso sonido del rotor del Bell sobre sus cabezas, un solo verso se le impone decisivo dentro de su mente:
“O juremos con Gloria morir…”
*de ALDIMA. aldima@...
Una excursión a los trenes Ranqueles*
El presidente Kirchner no sabe si reir o llorar ante el fracaso del gobernador Sola en su intento de detener el tren sin frenos que conduce Mirta Legrand. -Ya esta a pocos kilometros de chocar después del final de rieles en Mira Pampa-. ¡Habrase visto! Usar sin asumir como propio un método ideado por ese bandido del lejano oeste norteamericano especializado en asaltar trenes y bancos. El mismo Butch Cassidy que término sus días baleado en la Patagonia. En Argentina, que debe ser Un país en serio , no pueden pasar estas cosas y menos a él en su gestión.
Butch Cassidy. Calfucurá. Lucio Vitorio Mansilla. los caciques y capitanes de "Una excursión a los indios Ranqueles". Manuel Puig. Macedonio Fernández. Indios y Escritores resurrectos viajan hacia Mira Pampa en tren, a caballo o en guanaco. Nadie en su sano juicio puede entender lo que pasa en esta ficción, que no es muy diferente a la ficción que algunos llaman "realidad". Pero Mirta Legrand, esta viva y tiene que encabezar sus almuerzos hasta la finalización de su ciclo. El rescate de la diva, es para el Presidente y su equipo de colaboradores "Una cuestión de Estado".
En la soledad del Zeppelin presidencial, ( no la soledad del poder que es permanente aunque siempre se viaja acompañado y custodiado), él escucha buena música, la letra de León Gieco parece un bálsamo, un estímulo para seguir adelante en esta hora aciaga...
Sólo el amor*
*León Gieco.
Debes amar
la arcilla que va en tus manos
debes amar su arena
hasta la locura
Y si no
no la emprendas
que será en vano.
Sólo el amor
alumbra lo que perdura
Sólo el amor
convierte en milagro el barro.
Debes amar
el tiempo de los intentos.
Debes amar
la hora que nunca brilla.
Y si no
no pretendas
tocar lo cierto.
Sólo el amor
engendra la maravilla.
Sólo el amor
consigue encender lo muerto.
Agradecimientos:
A Alberto -ALDIMA- que al escribir en las 36 estaciones aseguró la continuidad y calidad narrativa del viaje literario.
A Don Tito, que vive en ese vagón del ferrocarril Santa Fe, atrás de la carboneria, en Estación Buenos Aires. El me brindo en un rato explicaciones y datos sobre el Compañia General Buenos Aires y el Provincial las dos líneas que de un modo bastante libre tomamos como recorrido para llegar a Mira Pampa. Ojalá que cumpla su sueño de hacer un museo en la estación de Berra en las vías del Provincial por el partido de Monte.
A todos los compañeros que escribieron en InvenTren.
A los compañeros lectores que acompañan letra por letra la construcción de este bien social que es inventiva.
A mis hijos, que me acompañan con magia, dibujos y paciencia cada sábado y domingo de escritura propia y trabajo de edición de las estaciones.... no sin algún reproche inocente ¿Papá que harias si no tuvieras computadora...? preguntó la nena antes de cumplir 6 años.
El abrazo de siempre y hasta la próxima.
*Eduardo F. Coiro inventivasocial@...