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EDICIÓN ABRIL 2009.   Lista de mensajes  
Responder | Reenviar Mensaje #200 de 226 |
 
DIARIO MOJADO DE MEMORIA*

 
 
 
Mi amiga aun no ha vuelto.
Quizás no vuelva ya.
Está aquí, entre nosotras.
Pero esta no es aquella.
No es la que caminaba conmigo bajo la lluvia.
La que es la de la barra del mate amargo.
La que relojeaba los chicos de la facultad.
La que pintaba pesebres y árboles azules.
La que leía Sarte, el Che, Artl.
La que amaba la teta buena, hasta que conoció la mala.
La que llevaron porque estaba pintado paredes.
Leyendas limpias en ciudades sucias.
La que recibía cartas y promesas de amor.
La que, creímos, pertenecía al país de los N N
La que se me apareció un día tras percheros de tienda.
Lloré. Lloré de miedo, de alegría, de amor.
No!. Lloré de dolor.
Sin dientes,  sonrisa  mueca contorsión.
Sin amor. Mentira, cartas basuras. Roña. Homínido.
Luego, universo coma. Registro en blanco.
Blanco guardapolvo. Blanca tiza. Blancos dientes.
Blanca nada.
Fábulas.
"Trece fábulas y media"
 "cuanto mas canalla es la doctrina mejor el discípulo."
Blanco corcel/ matungo rengo. Padre de la Patria.
Mariano claro  muerte oscura Moreno.
Había una vez un continente de oro.
 
La m de mamá. La m de mentira.
La d de dedo .La d de dolor
La p de picana. La p de papá.
La o de oso. La o de olvido.
 ¿30 mil? ¿30 mil? (+) x (+)= (-)  (-) x (-)= (+)
 
 
Me duele el robo, amiga. Aun me dueles.
No en el corazón
En la panza me dueles.
En la panza, todos los días.
Todos los días, cuando leo el diario.
El diario de hoy, amiga, está mojado de memoria.
 
 
 
*de Amelia Arellanoarellano.amelia@...
 
 
 
 
 
 
 
Sonidos*
 


El piar
de los pollitos
al nacer


el canto
de los búhos
en la noche


la lluvia
cuando caía
y mi madre me decía

recuerda, Martita,
a los niños
que no tienen techo


la bocina
del Ford
de mi padre


el rebuzno del burro
que me llevaba un día
en las sierras de Córdoba
y casi nos caímos
juntos
del puente al río


el ruido
de la escopeta
de mi papá
cuando íbamos a cazar
los domingos

las plumas que entonces caían
de cuarenta perdices
y de una liebre
el rabo caliente


el chirriar
de la grasa
sobre las brasas
del asado


del silencio
cuando mi perra
secuestrada por el gavilán
cayó al suelo


el último
de los ladridos
de uno de mis perros

el Tupac, que mi padre...
y el sonido del revólver

el aletear
del arroyo
los días
de crecida

el pitear de la locomotora
al entrar en el puente ferroviario

y la huida de palomas
dos veces al día

el coro de mi madre.
 
 
*de Marta Zabaleta. mzabaletagood@...
 
 
 
 
Eso era lo que el creia...*


 

 
Con su mochila cargada de preguntas, viajaba en un tren antiguo. Sus largas vías estaban oxidadas por el paso del tiempo y de tanto esperar.
En su mirada, de un gris profundo, se visualizaba el borde puntiagudo de la nostalgia. En la búsqueda del tiempo perdido,  el boleto que había comprado tenía el perfil sombreado de su papá. Estaba confundido, no podía distinguir entre el pasado y el presente. El futuro le hacía una mueca de desgano, ya que no le revelaba demasiados proyectos interesantes.
Eso era lo que él creía.
Se movía por la rutina de los horarios rígidos y horóscopos desanimados. No podía darse cuenta que sólo era un episodio más de cualquier cuaderno borrador escrito en lápiz, muy fácil de anular.
La delgada línea entre la fantasía y realidad, se transformaba en un peso agotador por la  carga de afectos contenidos.
 La inseguridad de no poder expresar lo que sentía, deseaba, ambicionaba, se le venía viento en contra.
Eso era lo que él creía.

 
*De Nora Azul del Rosario Akimenco azulaki@...

 

 

 

 

La pregunta*

 

 

 

 

a Gastón Gori

 

 

Venía con una pregunta rodando junto a mis pies,
de acera en acera, de baldosa en baldosa,
trepándose por los postes de luz para
descender, con más fuerza, en un cordón plateado del aire.
Luego, corría en zig zag
entre los vehículos estacionados,
se acodaba en los tapiales bajos.
o columpiaba sus extremidades en los altos muros,
para, de repente, treparse a un ómnibus
espiándome por el vidrio trasero.
Creía que se iba, que su susurro de letanía
se dormía irresoluto en algún banco nocturno de plaza mal iluminada;
pero, no. Mágicamente subía por las espaldas
jugando con mi pelo dejando el aire en suspenso,
para, después, seguir con sus rondas,
sus persistentes rondas de preguntas preguntando
desde mil rostros y otros tantos gestos.
No sé muy bien cuando y en qué momento
la pregunta me habitó; fue un instante
desprevenido, inasible, asombroso,
que me está llevando una vida responderla.

 

 

*de cacho agú. cachoagu@...




 
 
TRES VECES*
 
 
 
Es de noche y ha cantado el gallo.
Ha cantado tres veces.
Presagio. Augurio. Anuncio
Un borracho canta.
El incendio azul verano quema.
Pero yo muero de frío, corazón.
Alba y ocaso.
Ya no más. Ya no más las secretas mareas.
Mi agenda está llena de tristeza.
Triste tristeza. Tristeza que no espera.
Remotas, las fogatas, las furias y los ojos brunos.
Una mujer sufre de Alzheimer.
Me pongo el traje OK y las máscaras.
"Carnavalizando Auschiwitz"
Un jubilado ríe con mueca desdentada de salario mínimo.
Y me duele el dolor en la solapa, en el codo, en las pantorrillas.
Me duelen las almendras y los álamos.
Los almohadones, las sábanas con perfume a lavanda.
Es de noche y ha cantado el gallo. Tres veces, corazón.
Tres veces.
 
 
*de Amelia Arellanoarellano.amelia@...
 
 
 
 
 
A LA LUZ DE LAS CHICHARRAS*

 
 
Gracias a Gabriela Benítez


     De los troncos de los eucaliptus, de las ramas de los ceibos, de las rígidas extremidades de los limoneros, de árboles, de arbustos, de donde sea, el anciano de manos ávidas, de manos de sarmiento, de vena azul, de manos de espectro manos de tinta de pluma manos de anciano. El anciano prestidigitador entre los árboles, entre los arbustos, en donde sea. El anciano destilaba las chicharras.
     La viejecita allá en la profundidad de la casa fresca, sentada en su silla de madera y paja. La viejecita de pan de azúcar y vainilla, la anciana de ojos de cielo con nubes, olor a viejos muebles, ruidosa a caireles de araña polvorienta. La viejecita de salmuera y punto cruz, la viejecita almidón, remiendo invisible, zurcido de almas y penas. La viejecita esperaba.
     Lo contaba Gabriela y el fuego en el asador mandaba al cielo un comentario de chispas fugaces. Los últimos pájaros dibujaban las últimas líneas en el cielo. El vino violeta en los vasos, el vino violeta dejaba marcas violeta en la mesa. Círculos de atención expectante. Ojos asombrados.
     Contaba Gabriela que allá tan lejos, allá en otro mundo, tan lejos porque el tiempo es el tren más veloz; hace tanto, cuando ellos estaban vivos y habitaban la casa que ya no es. Contaba Gabriela que la viejecita se declinaba lentamente en un sumergirse de ahogada calma en su propia locura.
     Contaba Gabriela y entonces, mientras Gabriela contaba la mujercita revivía un momento, antes de que la luz nos transformase a nosotros mismos en fantasmas. En la mesa con queso y salame, en la mesa con generosidad de amigos, en la íntima circularidad de un relato en proceso. Contaba Gabriela.
     Dicen, dijo Gabriela, que la mujercita esta que para mí está vestida de blanco, que algunos encajes lleva, que algunas cintas enlaza, que con lenta cuchara de madera dulcea amarguea, que le da sabores a los guisos, a las mermeladas, a la vida esa que ya no está y fue y tuvo sabor por su cuchara.
Dijo Gabriela de ella, de la foto en blanco negro y sobre todo grises. Dice Gabriela que la mujercita estaba predestinada a la locura, entendida la locura como sinrazón, o sea la razón única de una sola persona, razón particular personal, razón circunscripta a una solita vida, a una solita mollera trastornada, a una cabecita de trenza blanca, de rodete, a una cabecita toda arruga y frente bella y extravío delicado.
     Cuenta Gabriela que todas las hermanas fueron cayendo en el sueño de la locura, de la luna con sus mareas de blanca luz. Dice que todas las hermanas fueron traspasando el umbral quizás para seguir jugando los interrumpidos juegos de la infancia, para reencontrarse del otro lado de la puerta, quién
sabe. Dice Gabriela que las hermanas de a poquito y firmemente se fueron yendo al territorio de la penumbra. Y lo dice Gabriela cuando la penumbra nos atrapa de a uno, de a uno, y apenas la luz del fuego nos hace danzar los cuerpos quietos.
     El viejecito sigue en el relato entre los árboles del campo. El viejecito con sombrero y escalera, con pantalones encima de la cintura, con piernas flacas, con pelitos ralos. Entre los eucaliptos, entre los ceibos retorcidos, entre los robles y los ibirá-pitá, allá lejos cuando el tiempo de las casas con galería, allá cuando los carros todavía, los herreros todavía, las vidas de quince hijos y muchas muertes y sobre todo resistencia.
     El viejecito con la escalera y el mandato.
     La viejecita que se iba poniendo del color de la locura, y había decidido que el sonido de las chicharras veraniegas eran la causa de la confusión, del revoltijo, de la mezcolanza en los cajones.
     Las chicharras inagotables del verano, el sonido unívoco, el sólido sonido del verano en las chicharras le agotaba el seso. Eso decía. Y la viejecita le pidió al marido que le matase las chicharras.
     Con la escalera, los pantalones altos, con la paciencia de quien sabe que su empresa es inútil pero necesaria. Con perfecta conciencia de que en el campo las chicharras son como los granos de arena en la playa. Con lúcida fatiga infatigable, el anciano mataba las chicharras y llevaba a su amada las prendas de su amor. Los bichos muertos.
     Ni perlas ni flores ni magníficas prendas le otorgaba su afán. Un puñado de bichos muertos, su esfuerzo, su devoción, su propio alunarse por acompañarla del otro lado.
     Cuenta Gabriela que él le llevaba a ella las chicharras. Cuenta Gabriela que allá lejos, hace tanto tiempo, hace vidas y años y espesa muerte. Cuenta Gabriela que hubo dos ancianos; cuenta Gabriela que hubo indudable, maravillosamente, que hubo un grande amor.

                                                                             
     
*de Mónica Russomannorussomannomonica@...
 
 
 
 
SEÑOR OREJAS*

 
Nadie recordaba claramente cuando había comenzado el hábito de Don Mario, un sexagenario afable, de sentarse todos los días entre la una y las seis y treinta de la tarde debajo del tilo de la puerta de su casa. Lo único que todo el barrio sabía era que por una cardiopatía irreversible lo habían jubilado a los cincuenta. Un día apareció sentado en su mecedora con la mirada huída hacia adentro o hacia fuera, según el momento y la situación.
Se fue dando espontáneamente un accionar que se hizo rutina y así pasó esa tarde. Clara, su mujer, sacó la mecedora y la colocó debajo del tilo, Don Mario se sentó blandamente y no tardó en aparecer Don Jesús.
- Buenas, Don Mario, vengo a hacerle un poco de compañía; no aguanto a mi mujer siempre rezongando porque tiene que lavar los cacharros del almuerzo. A veces preferiría no comer con tal de no oírla.
- ¿Usted la oye o la escucha? - preguntó socarronamente el anciano.
- Es lo mismo - fue la respuesta.
- No, si usted sólo oye puede no escuchar y entonces no se altera.
- No se me había ocurrido - dijo Jesús desconcertado por el descubrimiento.
- Quiere decir que si aprendo a hacer eso no me va a molestar que ella chille. No está mala la idea.
Jesús se quedó pensativo rascándose la cabeza como si de pronto ante él se hubiera abierto una ventana o una puerta.
- ¿Usted puede hacerlo? - preguntó mirándolo fijo.
- ¡Puf! - exclamó Don Mario con aire suficiente. - ¿Por qué cree que aún estoy en este mundo?
- ¡Parece mentira! Debo reconocer mi ignorancia, nunca me di cuenta de que esas dos palabras no significaban lo mismo. ¡Cuántos disgustos me hubiera ahorrado! Lo voy a poner en práctica y después le cuento.
Jesús se fue caminando activamente como un niño que quiere mostrarle a sus padres lo que aprendió en la escuela.
 La sonrisa del anciano, entre maliciosa e irónica, iluminó un largo rato su rostro.
- ¡Hola, Don Mario!
Era Alfredito, su vecino de trece años que todos los días sacaba a Puqui, su pequinés de pésimo carácter, a dar una vuelta a la manzana.
- ¿Qué tal, Alfredito?
- Aquí estoy, podrido de esta vida. Tengo ganas de quedarme huérfano porque a mis padres ya no los aguanto.
- ¿Tan mal está todo?
- ¿Mal? ¡No! ¡Peor! Tengo una fiesta esta noche y mi madre no me deja ir porque no arreglé mi habitación. ¿A usted le parece?
- ¿Esa es tu obligación?
- Eso es lo que ella dice.
- ¿Y cuándo te lo dijo?
- Ya ni sé, debe hacer mucho tiempo.
- ¿Así que no es una novedad para ti?
- No, me lo repite tanto que me pudre.
- ¿Y cuántas veces lo cumples tú?
- Bueno, de vez en cuando, cuando tengo ganas.
- ¿Es obligación de tu madre hacerte la comida todos los días?
- ¡Por supuesto!
- ¿Y qué pasaría si ella hiciese la comida sólo cuando tiene ganas?
- ¡La mato! ¡Con el hambre que tengo siempre!
- Entonces tu madre tendría que matarte cuando no arreglas tu habitación.
- No es lo mismo.
- ¿Por qué?
- Porque yo soy chico.
- Si eres chico no puedes ir a la fiesta. Eso es de grandes.
- Don Mario, usted me está pateando en contra.
- No, te presento los mismos argumentos que tú me das.
- Con usted no se puede, mejor me voy a pasear a Puqui, adiós.
La carcajada de Don Mario se elevó en el aire y cayó sobre él como una brisa fortificante, después no pudo menos que pensar sobre la forma como el muchacho manejaba su lógica, siempre para su beneficio. En verdad había cambiado mucho el mundo, a él no se le hubiera ocurrido criticar a sus padres delante de un vecino, lo hubiera sentido como algo que lo llenaba de vergüenza o de culpa.  Muchas veces pensó que ellos eran injustos, pero de ahí a decirlo había un trecho demasiado largo. Aparentemente Alfredito no tenía ese problema.
 
- Mejor para él - pensó en voz baja sin darse cuenta.                              
Una brisa suave lo envolvió en perfume de tilo, entrecerró los ojos pero no pudo rebobinar recuerdos porque apareció Sofía demandando su atención.
- Don Mario, que suerte que lo encuentro - dijo agitada. - Necesito hablar con alguien sino reviento.
Sofía era una cuarentona un poco agria, "porque no tiene marido", decía Clara, pero tal vez no fuera esa la causa.
- Cuente, Sofía, ¿qué le ha sucedido esta vez?
La mujer se sentó sobre el pasto cuidando recatadamente de tapar sus rodillas con su falda amplia.
- Me llegó carta de mi hermana, la que vive en Buenos Aires; me echa en cara que estoy ocupando la casa de mis padres y no le pago por vivir allí. Es cierto que la casa está a nombre de las dos, pero ella tiene su propia casa y yo no.
- Situación comprometida ¿no? - razonó él como para adentro.
- Para mí es muy clara, yo no me fui de la casa, cuidé a mis padres y este reclamo no creo que se justo.
- Afectivamente claro que no lo es, pero legalmente si. ¿Usted lo aclaró con su hermana alguna vez?
- No, no hacía falta.
- Siempre es bueno aclarar las cosas.
Sofía lo miró perpleja, defraudada, no podía entender cómo Don Mario se ponía de parte de su hermana. El anciano la miró de reojo y notó su malestar.
- No se altere, Sofía - dijo lentamente. - Entiendo su posición y me parece justa, pero si me pongo en el lugar de su hermana no puedo menos que pensar que también ella tiene su razón. Usted piensa en usted y no en ella y su hermana hace lo mismo, piensa en ella y no en usted. Si cuando murieron sus padres cada una hubiera pensado en la otra, lo habrían hablado y ya no eistiría conflicto.
Sofía se levantó de un salto.
- Cuando empieza a jugar con las palabras ya no lo entiendo,  me confunde; mejor me marcho - y con paso rápido se dirigió hacia su casa.
Don Mario quedó meneando la cabeza con cierta pena.
- ¡Jugar con las palabras! - comentó por lo bajo. - Yo diría jugar con las realidades que nadie quiere escuchar.
En un intento por relajarse acomodó su cuerpo en la mecedora, estiró sus piernas y creyó sentir cómo su sangre corría por sus venas y arterias. Era una curiosa sensación sentirse funcionar. Cerró los ojos rogando que nadie se acercara, ya no quería escuchar más.
El sol comenzaba a descender pero aún calentaba bastante, el murmullo de alguna torcaza a la distancia le hacía recordar al campo de sus mocedades  al igual que el modo como el aire envolvía su cuerpo a esa hora de la tarde, sin ruidos para no despertar a quienes dormían la siesta.
Se había ido acostumbrando  a saborear cada retacito de vida hasta sus últimas consecuencias. A los cincuenta le había costado horrores, cuando lo retiraron de la vida activa creyó que no lo resistiría y que su muerte no se iba a producir porque su corazón dejara de latir, sino por la angustia de no poder hacer que era como dejar de ser, pero después, el cariño de Clara, sus tardes bajo el tilo y la gente que se fue acercando, le señaló una nueva ruta, se convirtió en dos orejas, dos grandes orejas por donde entraban las rabietas de Jesús con su mujer, el desenfado de Alfredito, el egoísmo de Sofía, las ilusiones amorosas de Mariela, la soledad de Francisco, la chismografía de Juana y algunos más que no eran muy asiduos.
Él los escuchaba y al principio se quedaba con sus propios razonamientos, después ocurrió algo raro, necesitó decir en voz alta lo que pensaba y ya a la gente no le gustó tanto. Esa tarde había sido mucho más realista y todos se fueron enseguida. La gente necesitaba el espejito que le devolviera la imagen deseada, la más linda, por supuesto. Pero la realidad no era tan fea si se la sabía recibir y analizar, era otra perspectiva desde donde se podían ver las cosas.
- ¡Don Mario!  ¡Don Mario!
Mariela lo sacudió por el hombro asustada.
- ¿Qué pasa, Mariela?
- No... nada... - vaciló la muchacha.
- No te asustes, hija - sonrió él buenamente, - no estoy muerto, todavía no. ¿Cómo andan tus cosas hoy?
Mariela sacudió la cabeza como echando a volar las malas ideas que la inquietaban, se acomodó junto a la mecedora y sonrió.
- Todo igual, Don Mario, Ale me mira de lejos, me parece que soy poco para él. Su familia tiene mucho dinero y yo no soy nadie...
- Si Ale se fija en eso es él el que es poco para ti, no se la hagas fácil, por lo general se valora más lo que cuesta conseguir.
Le acarició la cabeza y su mano pareció revitalizar a la muchacha.
- Intenta divertirte un poco. ¡Tienes tanto tiempo!
- Mariela...
Se escuchó a la distancia el llamado de la madre.
- Me llama mamá, hasta luego Don Mario.
- Hasta luego, hija.
La miró alejarse gozando la juventud que irradiaba.
- ¡Cuánta dulzura!  - dijo para sí y volvió a distenderse en la mecedora. - Creo que esto es lo último que desearía ver antes de morir.
- ¡Don Mario! ¿Sabe lo que me dijo la perra de mi vecina...?
La voz de Juana chocó contra el cristal de la vida.
 
 
 
*de Emilse Zorzut. zurmy@...
 
 
 
 
 
El álbum*


 

 

Quería hacer algo por la humanidad y decidí dedicarme a fabricar abrigos. Pero abrigar a la gente no me pareció suficiente por lo que contraté un equipo de marketing para que desarrollara una campaña original. Después de un año de trabajo y planificación iniciamos la promoción.

Con el primer abrigo entregamos al comprador el "Álbum de Esperanzas". En la compra del siguiente abrigo le regalábamos un sobre con tres esperanzas y si era alguien muy necesitado, se le darán dos sobres de regalo. De este modo, al ir comprando abrigos, podrán ir llenado su álbum.

Los que lo completen, podrán abrigar esperanzas y entonces, serán felices.


 

*de Joan Mateu joan@...

 
 
 
 
 
El abarcamiento*

 

 El la abarcaba a veces  y ella otras lo mecía como si ella fuera la barca.
Ella acunándolo mientras él la contiene en sus brazos a ella que lo abarca a él que la contiene a ella que lo sueña a él soñándola.

Ese día de niebla parecía el principio o el final del  mundo. El con la barca la va a buscar.
Lo único que lleva son los libros. Era mejor que el fuego este  destino exilio para ellos.
Era otro fuego.
Se bajó de la barca. Con los brazos cargados de hojas, la abrazó. Ella orejas abiertas, él voz. Se decían las vueltas de la tinta. El sobre la desnuda piel de ella inventaba palabras collares, palabras prendedores, palabras aros .Tipografía, recortes, el mundo casi.  Ella lo condecoraba, lo subrayaba, lo significaba, el se elevaba de poema. Envuelta de polisemia, ella esperaba. Los significantes abrían los sonidos, los abrigaban. El mundo era tan expulsivo que habían querido retornar al principio. Dos cuerpos que se leen incansables, escribiéndose.
Sin dios, manzana ni serpiente, el paraíso tenía la forma de una biblioteca.


*de Cristina Villanueva. libera@...

 

 
 
 
Voces*



Últimamente oigo voces. No me atrevo a decírselo a nadie, pero, sin ir más lejos, hace una hora, apoyado en la barra del Flamingo con una cerveza delante escuché una voz femenina que murmuraba algo. Me giré inmediatamente pero no había nadie.

Hace tres o cuatro días que me sucede y generalmente alrededor de las doce, pero quizás sea porque estoy influenciado por las historias esas de fantasmas. Sin embargo esta noche ha sido diferente, he entendido algunas palabras, algo así como: "mejor de día".  "cansada de no tenerte"

Sé que es una voz femenina y que sus mensajes son más nítidos cuando la noche está más avanzada. En el semáforo de la Avenida Plumkier, sobre las 4 de la madrugada entendí perfectamente: "así nos volveremos a encontrar".

Ahora ya no tengo dudas, se trata de un espíritu que intenta comunicarse conmigo por lo que he decidido ir a ver al Padre Lucas, que fue mi confesor y amigo en la escuela.
¡El maldito cura no me ha hecho ni caso!. Quizás fue porque lo levanté de la cama a las tantas de la noche y eso le disgustó. Sin embargo al volver a subir al coche la voz susurró: "Ya está bien de." .
Cada vez tengo más miedo. He decidido ir a ver a un hipnotizador para que averigüe, mientras estoy en trance, quien quiere comunicarse conmigo.

Estoy desesperado. El hipnotizador de pacotilla me ha dicho que hay una sombra que me habla, pero que no entiende lo que dice. ¡Eso ya lo sabía yo!
¡no me hacía ninguna falta soltar veinte talegos para que me lo dijeran!

Llevo tres días sin salir. Bueno, eso es normal porque yo únicamente salgo de noche. Se me han acabado los días de juerga, no me atrevo a moverme de casa.

He cambiado de hábitos. Ahora salgo únicamente de día y doy largos paseos por el parque sobre todo a la hora del sol. Por fin oí la frase completa:
"Ya está bien de salir de noche. Es mejor de día porque estoy cansada de no tenerte. Sal de día y así nos volveremos a encontrar"
Sigo caminando, le hago un guiño a mi sombra seguro de que nunca más me separaré de ella, la pobre estaba cansada de que yo saliera todas las noches de farra y ella no pudiera salir.


*de Joan Mateu.
joan@...
 
 


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Vie, 10 de Abr, 2009 10:41 pm

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EDUARDO COIRO
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10 de Abr, 2009
10:43 pm
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