No quiero presumir de poeta
ni darme títulos que no tengo.
Pero déjenme en estos versos
expresar mis sentimientos.
Prefiero que sigamos clandestinos
porque así es mi corazón,
siempre estuvo escondido,
tirado en un rincón.
Y aunque le descubriste ,
cosas que ni yo conozco;
a llegado la hora de cortar
este ambidiestro,
nudo giordano, de un tajo.
Y volver como gatos escaldados
a ordenar nuestro tejado.
Este no pretendo sea un adiós,
quiero sea hasta luego.
Seguiré siendo tu amigo
sin urgencias ni careos.
Seguiré estando a tu lado
como un actor de reparto.
Y como desde no hace mucho tiempo
en el libro de mi historia,
ocupas un renglón.
Quiero cederte el honor;
que con alegría o con pena,
pero con algo de sinceridad,
termines vos este poema...
*de MARTIN (tincho) tinchos1@...
Este frío instalado
en el torrente de mis horas,
oprime mi costado
Manos imperativas
aprietan los canales
de mi sangre.
Fluyen tempestuosas
las palabras,
en mil preguntas...
Por las lágrimas
que brotan sin razón.
Un dejo de plegarias
cautivas en mi labios.
Subyacentes
del margen que provoca
la ansiedad de verte.
Obstruyen el paso
en mi garganta.
Mis dedos suben y sienten
el palpitar de la sangre
acorralada.
Oscura por la asfixia.
Coagulada
No llega al cerebro
que le indique..
¡Que eres sólo un sueño
diferente!
se desperezan las palabras
los sonidos
los grafismos van tejiendo la magia
de saberme
sin estar segura
de aprenderme paso a paso
cada poro de mi lánguida piel
se avivan los recuerdos
las estampas
antes nítidas
son borrosas manchas tenues
una mueca
apenas
de lo guardado en las pupilas
y voy armando
este mi mundo interno
que no siempre encuentra su lugar
hilvano cuidadosamente
por esta vez
cada evocación
un cobijo donde guardarme
quiero lograr
*de Beatriz Martinelli beatrizmar@...
Si crees que vale la pena, adelante, te acompañaré y me hundiré contigo si es necesario, pero te aseguro que no te dejaré sola.
Si crees que ya no es necesario, adelante, te seguiré hasta el fin de la tierra y me adentraré en lo desconocido, pero te aseguro que no me apartaré de tu lado.
Si crees que aún puedes hacerlo, adelante, te daré aliento en las noches de frío y te amaré en las noches de calor, pero te aseguro, que no dejaré que te sientas vacía.
Si crees que hay esperanzas, adelante, te apoyaré aún en tus sueños más estrafalarios, porque siento plena confianza en que tú puedes dar lo mejor de tu persona.
Si crees que todo valió la pena, adelante, me sentaré contigo a festejar, pero no olvides nunca, que yo camino a tu lado.
*de JESÚS A. GODOY jesus_alejandro_godoy@...
Mi Pueblo*
Mi pueblo quedo olvidado, y es testigo de los años,
que marco a su gente en sus casas de cal y barro.
Ya no importan ni los nacimientos ni las muertes,
porque da igual estar o no estar.
Los hombres beben mientras descansan,
y las comadres chusmean a sus espaldas,
mientras las muchachas sueñan con un hombre,
y un futuro de plata en una clase alta.
Los viejos esperan la hora de esa cita tan temida,
y dejar atrás su pueblo, su tiempo, y su pasado,
e ir al reencuentro de su ser amado, no sentirse solos,
encerrados en sus casas de cal y barro.
Un muchacho da el consejo de escapar,
le gustaría volar dejando lo poco que queda atrás.
Pero el recuerdo de los que no están,
lo tiene acorralado en su casa de cal y barro.
Tiene mucho que vivir, pero nadie con quien compartir,
remordimientos y fracasos, siempre lo embriagaron,
lo obligaron a escaparse de si mismo,
y siempre tendrá que volver a empezar, sin poder volar.
*de Patricio Lamera -El Poeta Sin Alma- caballo_loco_loco@...
para que el mar nos pueda desnudar sin temor
hoy te olvido al nombrarte
y para que los sueños puedan abrir mis silencios
mi boca dibuja tu nombre
lejos de todos los tiempos
hoy todas tus sonrisas viven dentro de ti
alimentando mi piel
te miro y te veo mientras hablas y hablas... y mis manos únicamente quieren poder acercarse, poder entregarse sin lucha ni temor a las tuyas... mis dedos precisan poder acariciar tu piel sin excusas ... acariciarte directamente sin que medie la palabra o el aburrimiento de las rutinas... mi boca y mis brazos han prometido dedicarse al cultivo de ese arte noble y refrescante, esa tarea que cura y sana toda enfermedad venidera, pasada o presente... es la mejor medicina respirar a tu lado sin prisas... y mirar juntos los pies del mar es ya un arte que casi todos hemos olvidado... por eso los besos ya no tienen sabor ni los encuentros ni los paseos tienen esa chispa que toda infancia tiene, que todo inicio escribe con deseo legítimo de perdurar... hoy el amor nace anciano de tantas prisas, manuales, sugerencias, anuncios y etiquetas... vivimos envueltos de ruidos que ocultan las manos de la luz...
y no hay nada mejor que el mar y todos los desiertos boscosos, arenosos, helados...
pero todavía tu voz es una sorpresa, un latido que me acompaña en todos los momentos... y contigo no hay ni tristeza ni desgana que me borre o me arrodille...
te miro y recuerdo que mi boca es igual que la tuya... hambrientas ambas, anhelantes y locas por llenarse de esas innumerables alegrías que brotan en nuestra piel...
y es el calor de nuestras miradas, el corazón primero que mueve, que bombea la sangre para que escribamos siempre la historia de un encuentro de dos (y dos son todo un laberinto de árboles, montañas, senderos, gatos salvajes, pájaros ...) que al final se encuentran, se ven libres de toda orilla, libres de todo techo...
y te miro y mi voz ya no recuerda mi nombre... y sin embargo te veo igual que cuando nos conocimos hace ya tantos y tantos años...
nunca siento tu desnudez si el dolor me nombra... pero tus risas me muestran con gracia siempre tus pechos cerca de mis manos, cerca de mis ojos... tus risas dibujan mis deseos y no hay música ni oro para olvidar tus abrazos tan extensos... por eso quiero que mi boca devore tu boca hoy y ahora, así como mi mano rompe todos los temores y fronteras al recorrer tu espalda, tus muslos, tus piernas, liberándote de esa ropa tan formal...
te olvido y mi boca dibuja tu sexo en mis sonrisas... y tu sexo es igual que una nube orgullosa en un día de fiesta, en una noche de lluvia...
y siempre te siento tan fieramente dulce en todas las voces...
sí, siempre eres un ángel de fuego y espuma, que corre y salta en el lecho y en el prado, en la arena y el barro... al amanecer, al mediodía, al anochecer... y siempre, antes de saludarme, nombras con tus ojos todo lo que es verdad y susceptible de ser acariciado, de ser amado, de ser salvado, de ser mimado.... tú siempre decides lo que necesitamos recordar, lo que necesitamos nombrar con besos, caricia...
y antes de abrazarme tu mano escribe en mis labios un buenos días, un buenos días lento... como esos soles limpios y adolescentes que cubren, sin temor, el mediodía de los veranos para que todos los mares nos puedan desnudar sin temor...
y es verdad que hay oro ni reposo cuando el mundo olvida tu voz...
y para que el mar nos pueda desnudar sin temor hoy necesito olvidarte...
y para que los sueños puedan abrir, saborear mis silencios, mi boca dibuja tus nombres y tus sonrisas en mi piel, en esa piel que nadie puede guardar...
*de Antonio Marín Segovia antoniod17@...
(A mis amigos)
Los perros, esos seres que nos miran a los ojos y buscan en nuestros rostros qué expresión les devolvemos. Bichos peludos que acampan con humildad en las veredas o toman aires de soberbia detrás de las rejas que marcan sus dominios. Modestos demonios familiares, acompañantes de tanta soledad humana, paseantes que motean la ciudad con perfectas manchitas de ingenuidad y amor sin balances contables. Esos perros.
Paso en el colectivo, es de extrema mañana, la punta del día todavía sin estrenar. Se abre la puerta de una casa y se derrama una festiva bandada de cuzquitos de todo porte y pelaje, puras patas y colas exultantes, un cardumen de bicharracos que se entregan a la felicidad del pasto fresco, de los olores nuevos, de la curiosa exploración de los tesoros del universo: una latita tirada, una tapita de gaseosa. Se los ve sonreírse entre ellos, señalarse cosas, disfrutar con enormísimo disfrute el estar ahí, en esa
hora, y ser parte de la jauría. Yo, que voy agobiada por la anticipación del cansancio que voy a sentir, que estoy ya en el trabajo sin haber llegado, que hasta ese momento me había olvidado de que me gusta ver el cielo iluminándose en un amanecer siempre distinto, les sonrío desde detrás de la ventanilla con secreta envidia.
En una vereda hay un perrillo amarronado, rabón, bastante fiero, que duerme al sol. Se irá corriendo en el transcurrir del día, pero verlo al pasar significa captarlo como un objeto inmóvil siempre igual a sí mismo.
Una mañana paso a su lado y me digo "nunca me ladró". Difícil no imaginar que se levantó como cumpliendo una obligación y me siguió unos pasos diciéndome un guau guau afónico y sin entusiasmo. Después, volvió a su sol y a sus sueños.
En la misma vereda, un pointer ilustra el tipo obsesivo. El bicho señala. Vigila el arbolito y señala con el puntero del cogote rígido y el hocico acusador a cada pajarito que se posa en las ramas. Infatigablemente, constantemente señala a los gorriones que mayormente no le hacen caso ni para reírse. Obligado por su naturaleza a tan inútil deber, el pointer señala mientras los otros perros juegan a las cartas.
La Beltza tiene dos pelotitas. Ella sabe que son dos, y que son pelotitas. Una, dos, sí, tengo conmigo todas mis posesiones materiales, me cuesta trabajo pero mis bienes son pasibles de ser transportados de una sola vez en el mi hocico. Te las presto para que me las tires, y soy tremendamente feliz cuando corro detrás de ellas orejeando al viento.
Después las guardo. Una, dos, dos pelotitas, todas mis pertenencias duermen conmigo. Vos sí que andás liviana por la vida, Beltza.
Era la inundación del 2003, en Santa Fe, cosas importantes debían hacerse. Niños descalzos, mujeres embarazadas sin abrigo ni casa, hombres desesperados que habían quedado separados de sus familias. Y entre tanta urgencia y apelación a la solidaridad y acción ciudadana espontánea, Mario Faiman se consiguió una lancha para llevarle comida al perrerío que había quedado en los techos de las casas sumergidas. Allí andaba el veterinario, con las bolsas de alimento balanceado que había sacado de su propio negocio, fiel a sus sentimientos que no a la clientela, porque los barrios anegados no son de la gente que puede o acostumbra llevar el cuzco al médico. Muchos se indignaron. Son animales, los seres humanos son más importantes. Puede ser, y es bueno que todos hayan acudido con lo que pudieron para asistir a las personas. Pero es bueno, también, que el corazón sea tan grande como para albergar a todas las criaturas, inclusive a las que no pueden pedir ayuda.
Al gordo Acuña, que le ponía música a las gacetillas
Yo sabía desde siempre que algo así iba a ocurrir. Lo soñé entre las rejas de imprecisas cárceles concéntricas sintetizando retazos de mi pasado.
Cuando en la despedida de la adolescencia, a finales de los cincuenta, me senté por primera vez en una redacción, ante un escritorio plegable de hierro grávido de una Underwood de entreguerras, la sordidez de esa especie de rústica cuadra de escribas no logró vulnerar el encanto de la cita entre
mi vocación y yo. El buró se abría haciendo saltar como un sapo la máquina empotrada, en medio de ruidos semejan-tes a los de un taller mecánico, y se ponía la hoja mate de originales, con su pelusa, sus inútiles líneas y números pautados, ensayando la pausa inspiradora del comienzo.
Entonces el Gordo Acuña, sin dar tregua, ladraba desde la mesa: -¡No piense: escriba!
Ahí supe que ése era el maravilloso lugar de los milagros, donde cualquier cosa era posible. Hasta alcanzar realmente la meta elusiva y congénita de todo periódico, su desiderátum motriz: apresar a cabalidad el universo en doscientos gramos de papel impreso con palabras e imágenes.
Fraguar así ese otro simbólico universo a domicilio, que caería en los jardines como lluvia de letras
inferiores de la puerta y el suelo, o que se recogería en cualquier esquina a cambio de unas mo-nedas, como una llave maestra para enchufarse al mundo y vibrar con los acontecimientos de los más disímiles parajes del planeta.
Pero esto que sucedía ahora, la anunciación del diario perfecto, de un medio que rompería todos los géneros cono-cidos para fundar una nueva era de las comunicaciones, y mi providencial inclusión en el proyecto, desbordaba cualquier ilusión, me introducía en el mundo increíble de los deseos cumplidos.
La mañana había amanecido extraña, como si se reservara algo.
Ante la mesa servida con el café, el pan tostado y la mermelada, ella preguntó, redundante, si yo había preparado el desayuno; y respondí serio, sin estar seguro de que fuera una broma: -No; vino Orson Welles y lo dejó listo.
Más tarde la casa quedó bajo el poder del silencio y me senté a esperar el ignorado acontecimiento que sobrevino después. El gato se arrellanó en el sillón de enfrente dispuesto a acompañarme en ese hiato.
Con rara serenidad, reflexioné en que estaba desocupado y no sabía qué me depararía el destino como homo economicus. También pensé en la barrera casi infranqueable que había representado para mí la labor periodística respecto de mis tempranas inclinaciones hacia la escritura literaria. Me interné en la dialéctica del odio y el amor a esa insalubre profesión que viví intensamente durante más de cuatro décadas. Ella me dio -estuve pensando- este manejo instrumental del lenguaje que, si bien
no clausura la belleza y la fantasía, terminó por ahogar en tinta perecedera mi gusto por la invención de ficciones. Sentí nostalgias de dejarme nuevamente llevar por la deriva del idioma para recrear y compartir tramos de existencia, texturas, rincones y sentidos de la vida.
En eso estaba hasta que supe el objeto de mi espera. Sonó el teléfono y era Rafa, que se alegraba por mi reciente re-greso de Buenos Aires y me anunciaba que tenía un trabajo para mí. Parecía el maná, pero iba a ser mucho más.
Se estaba armando un nuevo diario que alentaba la inocente pretensión de arrasar con todos los demás. Me pareció inevitable que empezara a explicármelo así, por descarte, en ejercicio de ese sadismo profesional que nos marca. Yo debía ocuparme de la sección de informaciones internacionales, mi preferida.
La mejor tecnología, un nuevo concepto periodístico, una selección de firmas y de estrellas políticas, científicas y literarias en el país y en los cinco continentes, algo que no po-día fallar. Por supuesto (pero esta vez sí sería cierto), libertad irrestricta. Los financistas y sus soportes políticos estaban más allá del bien y del mal. No en el sentido de Nietzsche o de Dios, sino en una clave casi lúdica, la de la
La redacción sería un bunker coordinador tapizado de consolas y pantallas computarizadas para recibir, escoger, ordenar y finalmente urdir la trama y la forma, definitiva y fugaz, de cada edición. La tropa de redactores, tituleros, corresponsales, fotógrafos y dibujantes, dispararía sus materiales desde sus casas o sus estudios particulares, o desde los lugares de los hechos, interconectada a una vasta y sofisticada red satelital que la mantendría constantemente en diálogo con la central y con los sitios decisivos del mundo exterior.
-Porque a veces pasa que para escribir una línea sobre cualquier cosa -se entusiasmaba Rafa- hace falta saber lo que sucede en todo el planeta, el último hallazgo parido por las ciencias biológicas, el más tenue palpitar de los conflictos sociales en Tailandia.
A esta altura del delirio ya no era necesario -hubiera sido un sacrilegio- hablar de salarios, que seguramente serían siderales e irrelevantes de tan excesivos, y aun así seguirían siendo una parte ínfima
de lo que se gastaría en equipos, servicios y sistemas.
Según Rafa esto era distinto; era una nueva forma de hacer periodismo en el mundo, y hasta una nueva forma de consumirlo. La agilidad, la instantaneidad y la riqueza de las imágenes de la radio y la televisión más la profundidad, la contextualización y la permanencia de la prensa, todo
impreso en múltiples ediciones diarias transmitidas a terminales particulares o distribuidas a suscriptores, en un sorprendente papel-tela, brillante, opaco y liviano, con indelebles tintas polícromas, cubriendo una crisis cada cuatro horas.
-Estás loco, Rafa; no sigas que no te creo nada- le dije en busca de un resuello que me permitiera asimilar lo que estaba pasando.
Traté de distender la conversación y ganar tiempo recordándole que Borges no leía diarios porque dudaba que todos los días ocurrieran cosas importantes y, más aún, que en caso de que efectivamente sucedieran alguien llegara a enterarse, sobre todo si era periodista.
Pero Rafa Améndola, mi compatriota y colega de tantos años, con quien habíamos recalado en México corridos por los milicos, estaba embalado y no podía parar.
Como se aspiraba a la perfección fueron eliminados los manuales, los revisores de estilo y los correctores de pruebas. Por las noches, o en caso de ediciones múltiples en cada cierre, los jefes echaríamos un vistazo en pantalla al conjun-to y un repaso minucioso a nuestra respectiva sección,
dispuestos a cualquier eventual ajuste de último momento. Los títulos se presentarían en los monitores como un metatexto para eliminar o evitar repeticiones tanto léxicas como sintácticas.
Alarmas automáticas especialmente programadas nos advertirían sobre abusos indebidos en el tratamiento de determinados temas, en el empleo de algunas palabras o giros, o en la reiteración de diagramas o recursos gráficos.
-En la variedad está el interés- pontificaba Rafa, que en esto de los lugares comunes era un tigre.
En días normales -es decir, cuando no hubiera más que una edición- a partir de las dos de la madrugada (para captar la salida de los locales nocturnos y de los Vip's abiertos permanentemente, así como para llegar hasta la casa de los suscriptores antes de que despertaran), una nube de repartidores exclusivos se extendería por todo el Distrito Federal en motonetas silenciosas.
Lo mismo ocurriría en Guadalajara, Monterrey, Puebla, Veracruz y las demás capitales estatales, donde la edición se reproduciría fielmente vía satélite.
Miles de personas en todo el país ya habrían leído El diario cuando sus competidores aparecieran junto a él, cinco o seis horas más tarde, en los para muchos ya obsoletos puestos de venta de periódicos.
La imagen gráfica sería extraordinaria -me aseguraba Rafa-, porque tendría algo todavía más asombroso que su belleza, eficacia y originalidad.
Estaba pensada para ir cambiando y metamorfoseándose con las semanas y los meses, a fin de no cansar la percepción del público, sin perder sus virtudes cardinales ni diluir la identidad visual.
Un equipo selecto, cuyo anonimato debía cuidarse celosamente para no entorpecer su privacía, estaba encargado de asegurar que íbamos a producir un objeto no sólo lúcido y omnicomprensivo del actuar, el sentir y el pensar del mundo, sino también hermoso, inesperadamente hermoso.
Durante una fase sucesiva, pero inmediata, se lanzarían nuestras ocho ediciones internacionales policéntricas, en Nueva York, Moscú, París, El Cairo, Río, Nairobi, Pekín y Tokio, cada una elaborada en el lugar, conservando sólo en común algunos editoriales, columnas firmadas y artículos de fondo. Una legión de traductores cuidaría la fidelidad y la calidad de las versiones al inglés, ruso, francés, árabe, portugués, swahili, chino y japonés.
El diario mundial y multifacético alimentó desde el comienzo tanto mezquinas paranoias como ilusiones de una vi-da profesional itinerante y mágica, fuente inagotable de me-galomanías mesiánicas, capaces de convertir un proyecto periodístico en una suerte de religión laica.
Nuestro enigmático mecenas, o por lo menos el que ponía el rostro, era un tal Bruno Monteverde, hijo de un ex político nayarita, al que le gustaba encerrarse los fines de semana en su mansión de Tepoztlán a tocar el violoncello y cocinar pozole, mientras fantaseaba confusamente con la idea de convertirse en una especie de nuevo Citizen Kane del siglo veintiuno, un moderno zar de las comunicaciones computarizadas en la aldea ecológica, capaz de evitar catástrofes mundiales manipulando los titulares de primera plana.
Sobre los patrocinadores Rafa no fue muy explícito y durante las semanas y los meses de preparación que siguieron a nuestro diálogo telefónico el punto no hizo sino oscurecerse y confundirse paulatinamente.
Rafa quiso parecer enigmático, pero se percibía a las claras que estaba en ayunas:
-No se puede saber -decía-, porque así son las cosas en este tipo de asuntos.
Y explicaba: Hay todo el dinero del mundo. Los intermediarios de los
que lo ponen (porque ésos nunca dan la cara) dicen que nos fijemos los sueldos nosotros mismos. No hacen problemas con el staff de colaboradores o la orientación. Quieren lo mejor, venga de donde venga, sin mirar a quién, con quién o contra quién. Podemos publicar en portada un reportaje a Sendero Luminoso o la última sandez de Fukuyama sobre el fin de la historia y de las ideologías. La libertad es absoluta y por eso la responsabilidad también. Hay que verlo para creerlo. Me consta que gastaron un millón de
dólares en tres meses sólo para estudios previos, asesorías y derechos. Ya se compraron las máquinas y los equipos. Dicen que vienen en un barco panameño.
Entonces se animó a sugerir:
No vamos a tener más remedio que inventar una historia creíble de pantalla, una historia que oculte lo que ni siquiera nosotros sabemos: de dónde parte todo esto. Pero ocultar es mostrar y a la larga no sé cuánto durará el verso. Por el momento (y como jugamos a ciegas tal vez sea cierto) vamos a manejar la versión de un consorcio transnacional de monopolios, organizaciones no gubernamentales, banqueros, ecologistas, universidades y centros de arte de Japón, Europa, Estados Unidos y lo que quedó del bloque soviético, una fundación de cultura y comunicología sin signo político preciso (salvo la fe en la eficiencia, la salvación del planeta y el diseño de una nueva sociedad global, aunque se sospecha que cuidadosamente fragmentada, para el siglo veintiuno). Sería un conglomerado tan vago y anónimo como dotado de un poder omnímodo.
A la charla con Rafa siguió un relax con el gato y la búsqueda de un cable a tierra en las nimiedades de la vida cotidiana.
De un modo ambiguo intuí que continuaba desempleado, pero la fascinación de la aventura y el loco deseo de vivir como real mi fantasía, que se estaba volviendo colectiva, me mantuvieron en el proyecto.
Hubo complejas reuniones preparatorias y el grupo inicial iba creciendo. Me encontré con colegas prestigiosos y serios, algunos ya conocidos y otros que durante años había querido tratar.
Las cosas se desenvolvían con una extravagante lentitud. Elaboramos
categorizaciones temáticas, sistemas de comuni-cación informales que daban su lugar al desorden y al caos, estudios diferenciales de los registros lingüísticos hablados y escritos de nuestros potenciales lectores, textos puntuales modelo para dar cuenta de situaciones de equilibrio y desequilibrio, explicaciones con intención totalizadora de procesos regionales y mundiales, una gama flexible e interactiva de hipótesis sobre los desarrollos políticos de los próximos diez años, cronogramas específicos para diversos días de la semana y variados menús informativos.
Las sesiones de la redacción en ciernes eran una fiesta de la inteligencia y la creatividad, un torneo de aciertos y hallazgos donde el sentido común ("el menos común de los sentidos", apuntaba Rafa, como si
hubiera inventado la expresión) se valía de las nuevas maravillas tecnológicas para liberar a nuestro futuro lector de las farragosas intermediaciones engendradas durante los últimos tres siglos por las
rutinas burocráticas del oficio periodístico.
La madurez del equipo tuvo su punto de no retorno cuando segregó rápida y expeditivamente a un efímero "asesor de estilo", enviado por nuestro Randolph Hearst, pletórico de ínfulas sacramentales. Pretendía prohibir las oraciones subordinadas y el uso de verbos auxiliares, reducir a un mínimo
la utilísima y módica palabra "que" (ya sea como conjunción, pronombre relativo o interjección) y proscribir los dinámicos gerundios. Ah, y consideraba un delito iniciar un texto con una pregunta. "Suele crear incertidumbre", decía, en medio del asombro circundante. Identificado como un ejemplo de "cretinismo gramatical" se lo humilló con la oferta de ocuparse del archivo. La incorporación de un viejo pe-riodista de raza, que avaló nuestros devaneos con suficiencia, diciendo que había vivido un
experimento análogo durante el sexenio de Ávila Camacho en un periódico aparecido por dos meses en Tuxtla Gutiérrez, consolidó al grupo, le confirió el equilibrio que estaba necesitando para no perder contacto con la realidad.
Entonces hicimos los primeros números cero, que fueron cobrando forma y maravillándonos gradualmente en una espiral de logros que parecía infinita.
(Rafa decía que era "una asíntota, una recta que prolongada se acerca indefinidamente a una curva sin encontrarla.) El producto no era el soñado pero nos convencimos de que con las máquinas prometidas lo sería.
La gente empezó a hablar de El diario, se publicaron artículos y se difundieron programas de radio y televisión anticipando algunas de sus características, sugiriendo otras y conjeturando las demás, y así el
proyecto fue adquiriendo una morosa y fantasmal existencia objetiva. Nos encontrábamos en unas vetustas oficinas que habían sido la administración de un cabaret en los años treinta y nos solazábamos en intercambiar sonrisas irónicas y gestos de desganada arrogancia, como confesándonos
indulgentemente la pertenencia compartida a una urdimbre fantástica de la que no podíamos o no queríamos sustraernos. Visitábamos un vasto convento del siglo diecisiete que sería nuestra sede y al que se dotaría con el más avanzado equipamiento electrónico y computacional sin afectar sus amplios
jardines, donde según advirtió uno de los veteranos seguramente aún deambularían los espíritus (y quizá los cuerpos) de sus primitivas moradoras, las monjas carmelitas, una de las cuatro grandes órdenes
mendicantes. Allí organizamos algunos asados y decidimos la distribución de las diferentes secciones en las variadas aulas y celdas de clausura, que se parecían a las celdas de la cárcel donde soñé, en incontables noches de duermevela, figurándome el paraíso bajo la especie de una redacción.
Después, insensiblemente, las reuniones se fueron espa-ciando hasta que desaparecieron del todo y ya nadie, fuera del grupo fundador, volvió a hablar de El diario. Cuando nos encontrábamos por azar en la calle o en algún bar, a la salida de un cine o un teatro, o en alguna redacción, volvíamos sobre el tema como si siguiera vigente. El más fiel a la idea original sigue siendo Rafa. Según él, El diario no debe salir nunca del indeciso ámbito de los proyectos para no arruinarlo.