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DE LUGARES Y NO LUGARES   Lista de mensajes  
Responder | Reenviar Mensaje #23 de 227 |
UNA PIRCA*

era azul esa montaña
no había ninguna duda
pero también
una rosa
se acostaba en su ladera

las piedras rodaban
con escandaloso brío
buscaban ansiosamente
una pirca
para sosegarse

*de Beatriz Martinelli. beatrizmar@...



De lugares y no lugares


NO LUGAR*

No lugar es no lugares, no es uno solo, de tanto no ser es muchos, se
multiplica; de tanto carecer de identidad es impecablemente igual a sí
mismo, reconocible en su aparente falta de señales y ausencia de huellas.
No lugar de los aeropuertos, de los shoppings, de los lobbys de hotel
con la misma música difusa, decoración sin personalidad, borrosa gente.
Imagen con filtro, fotografía extraviada del álbum, ¿esto era Estambul o
Buenos Aires? ¿Este era Julio o Fernando? ¿Y quién soy, yo, en la
fotografía?
Como dice Kundera, siempre hay aliados de sus propios sepultureros,
gente que se deleita en ser uno más de millones, en no ser reconocido ni
reconocer, en que la indiferenciación cree el fantástico tono futurista de
un mundo aséptico y dilatadamente uniforme. Andy Warhol proclamando que
Moscú no es bella porque no tiene Mac Donald, que Madrid es bella porque
tiene Mac Donald. Se ha reparado la falta, ahora todas las ciudades son
bellas.
La vestimenta, las comidas, el mismo lenguaje es aplanado por el limbo
desdibujado del sitio inmóvil enclavado en el centro del caos. Afuera
evolucionan abigarrados colectivos fileteados, mujeres de lustrosas pieles
rojizas, aromas de especias. Afuera hace frío o calor, llueve, las voces
aferran caligráficos acentos. Afuera es la vida.
En el mercado, el verdulero saluda a Eduardo y le pregunta por Eva, le
da la medida justa de tomates que necesita, receta un remedio de la abuelita
para el ardor de estómago, exhibe los olores impúdicos de las frutas
maduras. En el super o el hiper las normadas bandejitas pesan igual para
todos los clientes, el plástico transparente no impide que el tenue perfume
a desodorante de ambientes sea el mismo en la sección de carnes que en la de
pescado. Y adentro nunca sabrás si afuera nieva o el sol derrite el asfalto,
si a media cuadra hay un mendigo que expone las llagas de las piernas al
sol, si acaso penden banderas de los balcones. Desde adentro, se puede
intentar que el afuera no exista.
Lo bueno es que el subte salga directamente en el shopping, que el taxi
nos deje justo en la puerta, que no se cuele ninguna brizna de pasto y nos
desarregle el peinado. Ah la epifánica felicidad de no ser, estar
invisiblemente, confundirse. Y mirar, sin asombro, los mismos objetos, las
mismas marcas en todos los escaparates. Sin sentir miedo ni horror.
El maravilloso éxtasis de estar en un no lugar, es decir no estar, no
ser, dejar de haber sido.


*de Mónica Russomanno.
russomannomonica@...




Una noticia sobre No Lugares.


ESPAÑA: LOS "NIÑOS DE LA GUERRA"*
Sin raíces, sin familia

A poco de estallar la Guerra Civil (1936-1939), miles de hogares españoles
se deshicieron de sus hijos. El traumático desprendimiento llegó porque los
padres se incorporaban al frente o se veían obligados a huir; porque eran
encarcelados o fusilados. Entonces, las madres también luchaban...

Aunque al principio los chicos fueron destinados a centros de asistencia
dependientes de la República, el riesgo constante llevó a los adultos a
diseñar planes de evacuación hacia distintos países. Miles de niños tuvieron
que abandonar España entonces para escapar de los bombardeos, del hambre y
del miedo. En España, y a pesar de que hoy son mayores, con un promedio de
75 años, serán para siempre los "niños de la guerra".

En 1937 la solidaridad internacional movió los brazos y en dos años unos 30
mil niños de entre 5 y 15 años de edad fueron recibidos en diferentes países
de Europa y Latinoamérica, en instituciones o casas de familias.

Para algunos, el nuevo destino fue un refugio; para otros significó la
continuidad del dolor. Esto sucedió con los chicos que terminaron en la ex
Unión Soviética, donde a partir de 1941 padecieron, como el resto de la
población, la agresión que la Alemania de Hitler lanzó contra la URSS.

El regreso de los "niños de la guerra" fue en etapas y los últimos en volver
fueron precisamente los que venían de la URSS, que no pudieron hacerlo hasta
1956. No todos se reintegraron a sus familias. Los que aún viven fuera de
las fronteras de España -Georgia, Ucrania, Rusia, México, Chile y Venezuela-
recién ahora reciben el reconocimiento del gobierno.

Hay documentales, libros y muchas fotos sobre el tema. Internet provee buena
información, ya que hay sitios originados en los diferentes países donde se
radicaron los grupos de chicos, y otros dedicados a muestras gráficas sobre
los niños exiliados como http://oliba.uoc.es/nens/indexesp.html donde
además de las imágenes está la palabra de los protagonistas, que ingresan al
foro para dejar su testimonio.


ZAPATERO CUMPLIO SU PROMESA A LOS PROTAGONISTAS, QUE HOY TIENEN ALREDEDOR DE
75 AÑOS

Reconocimiento histórico a los "niños de la guerra" en España

Mejoran las pensiones de quienes debieron salir del país en la Guerra Civil
cuando eran chicos.

*Juan Carlos Algañaraz. MADRID. CORRESPONSAL
jcalganaraz@...

El gobierno socialista español reconoció "una deuda histórica" con los
llamados "niños de la guerra" y para 603 de aquellos desplazados por la
Guerra Civil que todavía viven en el extranjero se aprobó un proyecto por el
que se les aumentará considerablemente sus jubilaciones de 1.400 a 6.090
euros. También se les garantiza la asistencia sanitaria completa en España.

Los beneficiarios viven en Rusia, Georgia, Ucrania, Chile, México y
Venezuela. "Estos compatriotas tuvieron que huir de sus casas, de su país, y
ahora queremos hacerles partícipes de una España más plural y más solidaria
que continúa siendo su casa", señaló la vicepresidenta del gobierno, María
Teresa Fernández de la Vega.

El promedio de edad de los beneficiarios es de 75 años, dijo la
vicepresidenta. Zapatero cumplió así su promesa hecha a los ex "niños de la
guerra" con los que se encontró en Moscú a principios de diciembre, y a
quienes había anunciado una reivindicación luego de años de virtual
abandono.

Durante la Guerra Civil española (1936-1939), el gobierno de la República
organizó la evacuación de unos 140.000 niños españoles que estaban
padeciendo toda clase de penurias por la gran escasez de alimentos y los
efectos de los bombardeos de la aviación franquista, además de la italiana
fascista y los nazis de la Legión Cóndor, especialmente los devastadores
efectos de las bombas en Guernika y Durango, en el País Vasco, y Barcelona,
en 1937.

Los pequeños refugiados fueron internados en diversos países amigos como
Francia, Bélgica, Gran Bretaña, Suecia, Noruega, la Unión Soviética y
México, que los recibieron en respuesta a la petición de ayuda internacional
que lanzó el gobierno republicano. Otros 70.000 chicos huyeron junto a sus
familias durante el éxodo de 1939.

Las escenas de la separación de los "niños de la guerra" de sus familiares
fueron registradas por el cine documental de la época y esas imágenes
constituyen uno de los testimonios más terribles de aquella contienda.
La reunión del Consejo de Ministros estuvo presidida José Luis Rodríguez
Zapatero. El proyecto de ley establece una pensión de 6.090 euros anuales
para los españoles que "fueron desplazados en su infancia al extranjero, en
la zona republicana durante la Guerra Civil".

El gobierno quiere "compensar, siquiera en parte, las carencias de este
grupo de ciudadanos que vieron truncadas sus perspectivas personales y
profesionales como consecuencia del levantamiento militar contra el gobierno
legítimamente constituido", dice el documento del Consejo de Ministros.
Hasta ahora, los 603 "niños de la guerra" habían tenido que acogerse a
pensiones asistenciales por ancianidad a favor de emigrantes españoles y
pensiones de jubilación no contributivas de la Seguridad Social.

La dictadura franquista permitió el regreso de grupos de "niños de la
guerra", pero son un tema de investigación histórica las denuncias de sus
familiares de que no se les permitió reunirse con ellos.

Con la llegada de la democracia, hubo un reconocimiento a los "niños de la
guerra", muchos de los cuales retornaron a España con familias que habían
formado en el extranjero. Sentían nostalgia por su país de origen y,
después, por los países que generosamente los habían acogido.

*fuente: diario Clarín. www.clarin.com


Un No Lugar para morir

Domingo 23 de enero, 5:53 PM
Asesinan de un ladrillazo en la cabeza a un ciruja en la estación Once de
trenes

BUENOS AIRES, ene 23 (DyN) - Un hombre fue muerto hoy al recibir un
ladrillazo en la cabeza mientras se encontraba en los andenes de la estación
Once, del ex ferrocarril Sarmiento, informaron fuentes policiales.
Según se detalló, el hecho ocurrió a las 6,50, en el sector de maniobras de
la estación, ubicada en Pueyrredón y Bartolomé Mitre.
Los investigadores no habían logrado hasta esta tarde identificar a la
víctima, que tenía entre 35 y 40 años, aunque se pudo determinar que se
dedicaba a "cirujear" en la zona.
Hasta esta tarde, se ignoraba también qué fue lo que motivó el crimen, ya
que a la víctima no le sustrajeron pertenencia alguna.
El hecho es investigado por personal de la División Sarmiento de la Policía
ferroviaria.
JMN JC

Fuente: YAHOO noticias.


Un lugar en la memoria de Walter Benjamin


Armarios*

El primer mueble que se abría obedeciendo a mi voluntad fue la cómoda. Tenía
que tirar tan sólo del tirador y la puerta saltaba, empujada por el muelle.
Dentro se guardaba mi ropa. Entre mis camisas, calzoncillos, camisetas que
deben de haber estado allí y de los cuales no recuerdo nada, había, no
obstante, algo que no se ha perdido y que hacía que el acceso a este armario
me resultase una y otra vez seductor y fantástico. Tenía que abrirme camino
hasta el rincón más recóndito; entonces daba con mis calcetines que estaban
amontonados allí, enrollados y plegados según antiquísima costumbre, de
forma que cada uno de los pares presentaba el aspecto de una pequeña bolsa.
Para mí no había mayor placer que el meter mi mano lo más profundo en su
interior; no sólo por el calor de la lana. Era la "tradición" la que,
enrollada en su interior, tomaba siempre en mi mano y que me atría de esta
manera hacia la profundidad. Cuando la tenía abrazada con la mano, y me
había asegurado en lo posible de la posesión de la masa suave i lanuda,
entonces comenzaba la segunda parte del juego, que conducía a la revelación
emocionante. Pues ahora me disponía a desenvolver "la tradición" de su bolsa
de lana. La aproximaba cada vez más hacia mí, hasta que se obraba lo más
sorprendente, que "la tradición" saliese por completo de su bolsa, en tanto
que ésta dejaba de existir. No me cansaba nunca de hacer la prueba de esta
verdad enigmática: que forma y contenido, el velo y lo velado, "la
tradición" y la bolsa, no eran sino una sola cosa. Y había algo más, un
tercer fenómeno, aquel calcetín en el cual se convertían las dos. Si ahora
pienso cuán insaciable fui para conseguir este milagro, me siento tentado a
suponer que mis artificios no fueron sino la pequeña pareja hermanada de los
cuentos que igualmente me invitaban al mundo de la fantasía y de la magia
para acabar por devolverme de la misma infalible manera a la simple realidad
que me acogía con el mismo consuelo que un calcetín. Pasaron años. Mi
confianza en la magia ya se había perdido y hacían falta estímulos más
fuertes para recobrarla. Empecé a buscarlos en lo extraño, lo horrible y lo
fantástico, y también esta vez era ante un armario donde trataba de
saborearlos. El juego, no obstante, era más atrevido. Se había acabado la
inocencia, y fue una prohibición la que lo creó. Y es que tenía prohibidos
los folletos en los que me prometía resarcirme con creces del mundo perdido
de los cuentos. Por cierto, no comprendía los títulos: "La Fermata" "El
Mayorazgo" "Haimatochare". Sin embargo, de todos los que no comprendía,
debía responderme el nombre de Hoffmann, "el de los fantasmas" y la seria
advertencia de no abrirlo jamás. Por fin logré llegar a ellos. Sucedía
algunas veces por la mañana, cuando ya había vuelto del colegio, antes de
que mi madre regresara del centro y mi padre de los negocios. En tales días
me iba a la biblioteca sin perder el más mínimo tiempo. Era un extraño
mueble; por su aspecto no se veía que albergara libros. Sus puertas, dentro
de los bastidores de roble, tenían unos cuarterones que eran de cristal, es
decir se componían de pequeños cristales emplomados, cada uno separado de
los otros por unos rieles de plomo. Los vidrios eran de color rojo y verde y
amarillo, y totalmente opacos. De esta manera, el vidrio no tenía sentido en
esta puerta, y como si quisiera tomar venganza por el destino que le
deparaba este uso impropio, brillaba con unos reflejos enojosos que no
invitaban a nadie a acercarse. Pero, aunque me hubiese afectado entonces el
ambiente malsano que rodeaba ese mueble, no hubiese sido un estímulo más
para el golpe de mano que tenía proyectado a esta hora silenciosa, peligrosa
y clara de la mañana. Abría bruscamente la puerta, palpaba el volumen que no
había que buscar en la primera fila sino detrás, en la oscuridad, y hojeando
febrilmente abría la página donde me había quedado; sin moverme, comenzaba a
recorrer las páginas delante de la puerta abierta, aprovechando el tiempo
hasta que vinieran mis padres. De lo que leía no comprendía nada. Sin
embargo, los terrores de cada una de las voces fantasmales y de cada
medianoche, de cada maldición, aumentaban y se extremaban por los temores
del oído que esperaba en cualquier momento el ruido de la llave y el golpe
sordo con el que, fuera, el bastón de mi padre caía en la bastonera. Un
indicio de la posición privilegiada que los bienes espirituales mantenían en
casa era que este armario fuera el único entre todos que quedara abierto.
Alos demás no había otro acceso que la cestita de las llaves que acompañaba
en aquella época a cualquier ama de casa por todas las partes del hogar, la
cual, no obstante, era echada de menos a cada paso. El ruido del montón de
llaves al revolverlas precedía cualquier faena en la casa. Era el caos que
se revelaba antes de que se nos presentase la imagen del orden sagrado
detrás de las puertas de los armarios abiertos de par en par como el fondo
de un relicario del altar. También a mí me exigía veneración e incluso
sacrificio. Después de cada fiesta de Navidad y de cumpleaños había que
decidir cuál de los regalos había que ofrendar al "nuevo armario" del que mi
madre me guardaba las llaves. Todo lo que se encerraba permanecía nuevo por
más tiempo. Yo, en cambio, no pensaba conservar lo nuevo, sino renovar lo
antiguo. Renovar lo antiguo mediante su posesión era el objeto de la
colección que se me amontonaba en los cajones. Cada piedra que encontraba,
cada flor que cogía y cada mariposa capturada, todo lo que poseía era para
mí una colección única. "Ordenar" hubiese significado destruir una obra
llena de castañas con púas, papeles de estaño, cubos de madera, cactus y
pfennigs de cobre que eran, respectivamente, manguales, un tesoro de plata,
ataúdes, palos de tótem y escudos. De esta manera crecían y se transformaban
los bienes de la infancia en los anaqueles, cajas y cajones. Lo que antaño
pasaba de una casa de campo a formar parte del cuento - aquel último cuarto
que está vedado a la ahijada de la Virgen María -. en una casa de ciudad
queda reducido al armario. El más sombrío entre los muebles de aquella época
fue el aparador. Lo que era un comedor y su misterio sólo podía apreciarlo
quien lograba explicarse la desproporción de la puerta con el aparador ancho
y macizo cuyas cimas llegaban hasta el techo. Parecía tener unos derechos
heredados sobre su espacio, lo lismo que sobre su tiempo, en el cual se
erguía como testigo de una identidad que en épocas remotas podría haber
unido los bienes inmuebles con los muebles. La limpiadora, que despoblaba
todo por doquier, no podía con él. Sólo podía quitar y amontonar en un
cuarto de al lado los enfriadores de plata, las soperas, los jarrones de
Delft y mayólicas, las urnas de bronce y las copas de cristal que estaban en
los nichos y debajo de las hornacinas, en sus terrazas y estrados, entre los
portales y delante de sus revestimientos. La elevada altura donde ocupaban
su trono anulaba todo uso práctico. Con razón el aparador se asemejaba en
eso a los montes cubiertos de templos. Además, podía excibir unos tesoros
tales como los que a los ídolos les gusta rodearse. El día más oportuno para
ello era cuando se daba alguna fiesta. Ya a mediodía se abría la montaña
dejándome ver el tesoro de plata de la casa en sus galerías cubiertas de un
terciopelo parecido a musgo verde gris. De todo lo que allí yacía no sólo se
podía disponer diez, sino veinte y hasta treinta veces.
Y cuando veía estas largas, larguísimas filas de cucharitas de moca y
posacubiertos, cuchillos para pelar fruta y desbulladores de ostras, se
mezclaba el goce de ver tanta abundancia con el temor de que aquellos a
quienes se esperaba se parecieran los unos a los otros como nuestros
cubiertos.

*de Walter Benjamin.
"Infancia en Berlín hacia 1900" Alfaguara, Bs As. Edición de 1990.


LA VASIJA*

El hombre que yacía inerte, no presentaba signos de rigor mortis aún; sus
amigos, entre lágrimas, se comentaban las posibles causas de su deceso, y
los curiosos, solamente se mantenían en calma y en silencio cerca de la
tumba, que había sido abierta por primera vez para la colocación del
difunto.
Había sido tan estimado entre sus amigos y conocidos, que todos querían
tocar el cuerpo o las ropas en las que estaba envuelto, antes de que los
elegidos para trasladarlo lo depositaran definitivamente en el sector
designado.
Cuando empezaron a movilizar el cuerpo, notaron que había una herida que no
paraba de sangrar, decidieron, que cuando terminasen de colocar el cuerpo en
la tumba, se ocuparían de ocultar las heridas más visibles o tratar, dentro
de lo posible, de disimular los magullones, pues, no querían que la madre
del difunto observara el estado del cuerpo, si por casualidad se aparecía de
repente en el sector.
Empezaron en silencio a realizar la dolorosa tarea, primero, uno de sus
amigos trató de cerrar la extraña herida con un delicado ungüento, pero no
tuvo éxito; otro de los amigos se acercó y colocó un trapo, pues la sangre
salía a borbotones, pero enseguida el trapo se tiño de rojo...
El último de los amigos en un movimiento desesperado, colocó una pequeña
vasija debajo de la herida, para que la sangre goteara dentro de ésta.
Y los tres hombres se sentaron alrededor del cuerpo en silencio, esperando
que la herida dejara de sangrar.
Ya había pasado casi una hora, estaba cayendo el sol, y el recipiente estaba
casi hasta al tope, pero de la herida aún caían algunas gotas de sangre...
Cuando notaron que no brotaba mas sangre, se dispusieron a limpiar el cuerpo
en su totalidad.
Los tres amigos estaban realizando los arreglos finales, cuando escucharon
algunos pasos cerca del lugar; y se miraron entre sí con signo de sorpresa,
al darse cuenta, de que posiblemente, era la madre que venía a ver a su
hijo.
Inmediatamente rociaron el lugar con algunas esencias, envolvieron el cuerpo
rápidamente y se sentaron los tres a esperar; uno de ellos notó el
recipiente lleno de sangre que estaba bajo el cuerpo, y en un movimiento
veloz, y para que la madre de su amigo no viera nada raro alrededor del
cuerpo, tomó la vasija entre sus manos y bebió la sangre de un solo
sorbo....
Las arcadas del muchacho fueron instantáneas, y sus amigos lo miraron como
si hubiera perdido el buen juicio, pero no lo detuvieron y tampoco lo
aplazaron, solamente lo miraron y agacharon la cabeza.
Por la puerta de la tumba, apareció la madre del hombre muerto y se
arrodilló ante el cuerpo de su hijo, dijo algunas palabras, lo abrazó,
agradeció el trabajo realizado por los tres hombres y después partió en
silencio.
Cuando la mujer se hubo marchado, los amigos le preguntaron al que había
bebido la sangre del porque de su actitud, él, solamente se encogió de
hombros y les dijo que no quería que la madre de su amigo muerto, viera la
sangre de su hijo en una vasija, y en caso de que no la viera, no quería que
el olor penetrante de la sangre dentro del recinto, diera pie a preguntas
dolorosas o a un momento de desgarrador.

Los dos amigos asintieron al momento.
Entonces, terminaron de acomodar el cuerpo, y los tres, cada uno a su turno,
se despidieron de su amigo y maestro...
El hombre había terminado de contar la historia como lo tenía acostumbrado
ya durante muchos años, miles de veces y en la misma plaza; los niños a su
alrededor se quedaban boquiabiertos, cada vez que les contaba unos de sus
relatos.
Si bien, el hombre era maduro, parecía no tener más de 40 años, pero parecía
llevar dentro de sí una sabiduría extrema, propia de un anciano que había
viajado por todo el mundo, y que había vivido miles de experiencias.
Uno de los niños que era un asiduo oyente de sus relatos se ofreció a
acompañarlo a su casa, pues el hombre, ante de sentarse en el banco de la
plaza, había ido a hacer las compras al supermercado y tenía varias bolsas
para cargar.
Cuando llegaron a la modesta casa, el hombre lo invitó a pasar, y como era
su costumbre, atendía a todos sus invitados como si fuera único, porque no
sólo era buen anfitrión sino que contaba con el respeto de toda la gente que
lo conocía.
El muchacho terminó de extraer todo los víveres de la bolsa y los dejó en la
mesada de la cocina, justo en ese momento, el timbre del teléfono sonó y el
hombre fue a atender, mientras que el muchacho aprovechaba el momento para
despedirse...
Cuando se disponía a salir de la casa, se detuvo a mirar una gran vitrina
ubicada en el recibidor de la casa, su atención fue atraída por una pequeña
vasija de barro que le recordó la historia del hombre, ésta, estaba bien
protegida a su vez dentro de la vitrina, por una caja de madera con dos
extraños símbolos tallados que representaban un pez y una cruz, el muchacho
sonrió y se acercó para mirar de cerca el objeto, mientras que pensaba en la
s fantásticas historias que inventaba el hombre, ...de repente... los ojos
del pequeño parecieron salirse de sus órbitas cuando alcanzó a ver una
costra rojiza, pegada en el interior de la vasija de lo que parecía ser
sangre coagulada, se acercó un poco más y vio que había una inscripción en
el borde, apenas legible, y cuando hubo terminado de leer, miró al hombre
que se acercaba tranquilamente adonde estaba el joven, puso una mano en su
hombro y le preguntó: -muchacho... ¿alguna vez te he comentado como termina
el relato?-

-en realidad nunca, señor-, respondió éste...

Se hizo un silencio abismal, el hombre miró la vasija, se le llenaron los
ojos de lágrimas y dijo: -"cuando hubo resucitado, fue a la búsqueda de sus
hermanos, y los discípulos le preguntaron por el destino de Juan, el más
amado....y Jesús respondió "si yo quiero que él se quede hasta mi venida, no
es asunto de ustedes", debido a éstas palabras, los otros discípulos se
comentaban entre sí, que Juan viviría por siempre, hasta la segunda venida
del Maestro...

El muchacho solamente guardó silencio, y abrió la puerta del recibidor hacia
la calle, el hombre lo miró y le dijo: -cuando gustes eres bienvenido
Nicolás-...el muchacho apenas podía hablar pero dijo en voz baja: -gracias
Juan- y se despidió del hombre sabio, que inventaba relatos en la plaza del
barrio...


*de © JESÚS A. GODOY. jesus_alejandro_godoy@...



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