que me llega al alma.
que tarde o temprano me llegará.
que callo por no herirme
por no herirte.
En este silencio protector,
distante, inconcreto.
En éste silencio tranquilo
intranquilo, tenso.
que tu has impuesto.
así no invento
no hago historias del aire
para parecer contento
Si me quisiste algún dia
y te duele el recuerdo
llora para ti en silencio
como lo hago yo, por dentro.
Si me echaste de tu lado
que no te regrese el viento
no es quien debe regresarte
si es que alguien tiene que hacerlo
Espejo retrovisor*
Mañana de ciudad. Bulle el trabajo.
Coches y gente: hormigas.
En imprevista esquina, fulgurante,
avanza tu figura detenida.
Mi mano te saluda, con medida sonrisa.
La tuya me responde en breve gesto
que borra las hormigas,
hace estallar silencio
y suspende la brisa.
Aspiro todo el aire de la calle.
Mi mirada furtiva
captura en el espejo
tu espalda que se aleja detenida.
Parpadeo.
Cuando doblo la esquina
-por prudencia esta vez-
miro el espejo.
Pero está descompuesto: tu aura lo trabó.
Un disco fotográfico rayado
me destella tu imagen
en la ciudad vacía.
*María Amelia Schaller. masch@...
Inclinación al vuelo*
Escucha a Glen Gould, y las cadencias del piano se cuelan por las hendiduras de su regocijo. La música estremece su piel; le roza el alma y se precipita en arpegios inquietando su sangre desamparada.
Siente un impulso irracional al llanto y pugna por brotar desde sus entrañas la melancolía de los ángeles. Sus sentidos están exaltados: ella puede ver el color de los acordes, tocar el espesor de los sonidos, oler la fragancia de las notas...
Improvisa alas en los pies y levita al compás de las emociones proyectadas en melodías.
¿Quién le recordará que debe bajar y hacer su felicidad con ingredientes de cocina y pompas de jabón para lavar la ropa?
*de Lucia Díaz. ludiaz1@...
cuando reine el olvido
cuando ya nada importe...
persistirá la lluvia
sobre el antiguo Alcázar;
persistirán el musgo,
la piedra humedecida,
la caricia del sol sobre los arcos;
persistirán las sierras
y su olor a esperanza;
persistirá la tenue
noche mediterránea
con su rumor de arenas
entregándose amantes
a la mar misteriosa;
persistirá el susurro
del viento entre las ruinas...
pero nosotros, díme
¿que será de nosotros
cuando sólo el olvido
pronuncie nuestros nombres?
*Sergio Borao Llop. sbllop@...
Hasta Luego*
De las sábanas blancas asomaba la cara arrugada, unas manos pura vena azul y huesos frágiles. Cuando la ayudaba a incorporarse en el lecho, era tan leve. Molestaba el olor a comida hervida y el cloro de los pasillos, pero no parecía mal lugar para dejarse resbalar en la muerte. Estábamos todos, turnándonos para acompañarla, secretamente aliviados cada vez que finalizaban las horas estipuladas y no nos había tocado el momento aciago.
Yo, cada vez que sorteaba la puerta, sentía que había tenido la gracia de no ser quien recibiera el dudoso don de anotar la última imagen de vida y la primera de muerte.
Sabíamos que a lo sumo serían dos o tres días. No había retorno, y ella también lo sabía pero lo callaba para no apenarnos. Le comentábamos el cumpleaños del Juanchi, matizábamos la espera de lo inevitable narrando nimiedades y evitando alusiones al futuro.
Parece que si uno está enfermo de cáncer es algo superfluo enfermarse de otra cosa, resfrío por ejemplo. Nos han enseñado en la literatura que si una mujer sufre por su amado no puede justo en ese momento apretarse el dedo con la puerta. No es elegante, enturbia el relato.
Sin embargo la vida esquiva las sutilezas narrativas, y estábamos de duelo prefigurado por la abuela cuando ocurrió la muerte súbita de mi padre.
Víctima de un ataque cardíaco, mi papá, único hijo, debió ser velado antes que su madre. Eso no debía ser, no casa en la línea histórica que la madre sobreviva a su hijo, y que las muertes contiguas no guarden la lógica acostumbrada.
La familia se dividió entre el sanatorio y el cementerio, la abuela seguía con su tranquila agonía en la sala siete, maquillamos las lágrimas para que no tuviese que llorar al hijo. No le dijimos nada.
Con ingenuas poses actorales continuamos la farsa de lo cotidiano, esperando el final para poder entregarnos a los duelos. No fue fácil.
La ancianita se consumía, se apagaba modestamente. Le habíamos evitado sufrimiento, y eso nos tranquilizaba.
La mañana del último día mi madre entró a la habitación. Llevaba un camisón recién planchado, una botella de gaseosa, pilas para la radio que acompañaba el tiempo sobre la mesa de luz, una sonrisa impostada cubriendo su recién estrenada y todavía no asumida viudez. Esa noche había llovido, lo
recuerdo, y sus zapatos hacían un ruido que sobre las baldosas imitaba el de las zapatillas de básquet en el piso de madera de una cancha.
Yo había velado el sueño de la abuela en una silla incómoda, había dormido mal, estaba un poco somnolienta y levanté la cabeza precisamente por el sonido deportivo de mamá. Me acuerdo. La abuela también abrió los ojos y habló con su vocecita temblorosa.
"¿Por qué no me dijiste que se murió el Cacho?" -preguntó.
Mamá se suspendió allí en el vano y me miró como retándome con los ojos; yo hice el gesto de que no, que yo no le había dicho nada.
"¿Por qué no me dijiste que se murió el Cacho?" -había preguntado.
Como no hubo respuesta agregó "esta noche vino el Cachito y me dijo viejita, la espero arriba".
Qué lástima haber estado dormida, me hubiese gustado despedirme de papá.
Era común en las casas de entonces, al menos en un pueblo rural como el nuestro, y más en una zona suburbana, tener mucho espacio especialmente en el terreno, que contenía siempre un gran patio, y un extenso predio al fondo donde solía haber una pequeña huerta y también infaltables árboles frutales,
que conformaban una pequeña quinta, donde se entremezclaban también arbustos de jardín, como algún jazmín o alguna rosa china.
Al fondo del fondo, además, teníamos dos grandes máquinas cosechadoras en desuso, de aquellas antiguas que las accionaban con un viejo motor de vapor, depositadas allí, donde se iban oxidando despacio, soportando todo tipo de inclemencias por permanecer totalmente desguarnecidas en la intemperie.
Los árboles eran durazneros y algún manzano, que de ramaje son poco frondosos, alguna planta de pomelos, y naranjas de verdísimas hojas y de copas compactas, también de limas, y de damascos, que semejaban durazneros pero mucho más corpulentas.
Esto hacía posible un hermoso sitio para toda clase de juegos en aquella lejana infancia, donde correr y saltar, hacer hamacas o tirar con la gomera; ya que era también atractivo y acogedor para muchísimos pájaros que cantaban todo el día, especialmente en las mañanas de sol.
Había un árbol distinto, único y diferente, joven y elegante, que crecía alto y vigoroso, con un follaje de hojas pequeñas de un verde brillante y de plata al reverso; era un olivo que papá había plantado hacía pocos años, y era el más lindo, el que más me gustaba de todos, aun que sus frutas no eran ni dulces ni jugosas como los damascos o los duraznos.
damajuanas con agua salada para que maceraran y se convirtieran en las sabrosas y tiernas aceitunas de mesa. La verdad es que nunca llegaron a ser lo que se esperaba de ellas y todos los años quedaban sin consumirse, porque las probábamos una y otra vez, pero nunca nos convencían, y llegó un
año en que papá decidió que no valía la pena seguir insistiendo. Había algo que no hacía como debía y como nunca supo qué era, a la larga se rindió.
De todos modos yo amaba esa planta tan alta y lozana, que fascinaba con su reverberar del verde al plata cuando el viento mecía sus ramas flexibles.
Además me permitía subir y trepar casi hasta lo más alto ya que su tronco central era como una escalera con sus ramas escalonadas de tan parejos y firmes peldaños. Allí siempre había niditos con huevos o pichones que nos mostraban que la vida nacía y crecía a nuestro alrededor hasta en el más
sencillo escenario, y era para nosotros una serie de continuos descubrimientos ofrecida ante nuestros ojos por la naturaleza misma.
El olivo estaba en el límite del patio. El patio era todo el espacio no ocupado y libre, que había entre la parte trasera de la casa y la quinta.
Allí el suelo era limpio, de tierra lisa y dura, porqué estábamos siempre en él pisoteándolo, jugando o haciendo algo. No crecía ni una gramilla hasta los bordes.-
Cerca del olivo había una gran montaña de leña, que se renovaba cada tanto, mientras se iba consumiendo en la gran cocina de hierro fundido, que era cocina y era estufa, lugar donde nos reuníamos y comíamos, al menos en invierno. Yo veía en ella una pirámide, una de las egipcias, aún que no tenía aristas definidas como aquellas y ni una sola línea recta. No la formaban bloques sino leños retorcidos de distinto grosor de un color marrón amarillento, con cavidades y resquicios oscuros, que encendían mi imaginación y me figuraba lúgubres grutas y escondites donde ocurrían aventuras y escurrían mis pensamientos infantiles, mientras me perdía divagando larguísimos ratos, olvidándome, o escapándole a las tareas que
tenía para el día siguiente en la escuela.
Al pie del montón de leña había un tronco más grueso, horizontal, asentado firmemente en el suelo, y un hacha generalmente quedaba clavada de punta a lo largo de la veta, en espera del brazo cortador, rodeado de una gruesa alfombra de astillas, acumuladas por el tiempo; paraíso de insectos, que
atraían a todo tipo de aves pequeñas que bajaban de las numerosas plantas, a escarbar el suelo y picotear larvas entre la urdiembre de cascarilla, y la mar de virutas resecas y descompuestas.-
Aprendíamos a reconocer especies, si bien por los nombres vulgares, ya que los maestros que teníamos eran nuestros mismos compañeros que repetían los nombres con qué se los conocía: ya en el campo, ya en el monte, pero siempre como lo hacía la gente común. Como se los llamaba comúnmente. El Benteveo era para nosotros el "pito güé", el hornero era el "caserito", y así estaba la "tacuarita", el "cachilo", el "churrinche", la "viudita", el "pirincho", la "brasita", el "pecho colorado", el "morajú", el "naranjero",
nos entendíamos denominando nuestros pájaros como los conocían localmente, junto con otros más universales como las palomas, los gorriones, cardenales, canarios, y calandrias.-
Mis primos del campo me enseñaron hacer una cimbra para cazarlos y poder tenerlos luego, si queríamos, en una jaula, donde podríamos verlos todo el tiempo y escucharlos cantar, trinar, o silbar, según la especie. Había que cortar palitos y armar algo así como una jaula, un canastito invertido, en
forma de pirámide, que funcionara como trampa. Se la montaba apoyando un lado de su base en el suelo, y el de enfrente sobre un palito parado que a su vez estaba cortado al medio y armado para que se quebrara y cayera encerrando al pajarito que se hubiera metido adentro a comer cuando la cimbra estaba abierta, levantada, ya que allí debajo poníamos apetitosos granos de diversas semillas. La hacía caer el pajarito al entrar ya que tropezaba con un hilo muy fino, negro, que se ataba al palito que la tenía levantada, y al tirón del hilo el palito se quebraba, haciéndola caer, y el intruso quedaba prisionero, aunque primero seguía comiendo y se daba cuenta después, que estaba encerrado, cuando quería salir. A veces atrapábamos dos, y si la cimbra era grande podían ser incluso tres, pero esto era una casualidad, algo así como sacar la lotería.-
Ellos hacían unas bien grandes que arrimaban a las parvas de lino, u otro cereal, en la chacra; para cazar palomas, que pululaban en cantidades, y accionaban las cimbras manualmente, desde cierta distancia, estando ocultos tras montones de vástago; tirando un hilo lo bastante largo, cuando a comer
ya hubieran entrado varias bajo la trampa, y así las cazaban llevándolas a la cocina donde las preparaban y comían en un plato muy popular en nuestras colonias italianas: "polenta con pajaritos", con la variante que en vez de pajaritos eran palomas, medianas, o torcazas, de carnosas y tiernas pechugas
que combinaban con suculentas salsas.-
Nuestra cimbra resultó ser una obra de arte, cuadrada, simétrica, de varillas de grosor parejo, y armada y tensada de modo que resultaba rígida y firme. Me ayudó mi hermano mayor, aún que él no nos acompañaba mucho en la observación, ni en el juego, porqué tenía otros compañeros de más edad y el
colegio era más absorbente, e incluso ya practicaba deportes y tenía más actividades fuera de casa.-
La armamos junto al montón de leña. Todo indicaba que era el lugar donde más bajaban las pequeñas aves, donde venían siempre. Pero no caía ninguna en la trampa. Probábamos un poco más allá, un poco más acá.- Hoy casi, casi. una estuvo a punto de entrar. Quizás mañana. Pero pasaban los días y la cosa se hacía difícil. Quizás tenían tantos gusanitos e insectos que no prestaban atención a las semillas. Así que probamos a cambiárselas por miguitas de pan, o de galletitas.-
Yo, que en ese momento allí estaba sólo, grité de alegría y corrí enloquecido de entusiasmo a sacarla.- Levanté un poco la cimbra cuidando que no se me escape y la aseguré entre mis manos. Qué fuerza tenía un pájaro tan pequeño. Cómo valoraba su libertad y como luchaba y se retorcía aleteando y picoteando, tembloroso, quizás de miedo. Yo, no sé porqué, que instinto me impulsó, qué me empujó a hacerlo, tiré con fuerzas la calandria contra la leña golpeando su cabecita tan siniestramente que escuché un crujido, o me pareció, y un gota de sangre manchó el tronco donde estaba el hacha clavada.- Sus alitas se abrieron como para seguir volando y se sacudieron un ínfimo instante, para quedar inertes; muerta, sobre la capa de cascaritas y de astillas.-
Yo tenía los ojos muy abiertos, mudo y avergonzado, desconociéndome por lo que hice en ese impulso nefasto, viendo la belleza de la calandria allí, ofrendada inútilmente; como testimonio de mi arrebato horrendo.-
Quedé un momento inmóvil, quieto, como acompañando su pequeña muerte, sobre todo golpeado en lo más profundo de mi corazón. No creía que hubiera hecho una cosa así. Cuando me sobrepuse, mi vergüenza me estremeció más aún y me sentí todavía más culpable; y antes que alguien viera lo que había hecho, tomé atropelladamente el pequeño cuerpecito indefenso y lo arrojé allí en la montaña de leñas, entremedio de aquellos oscuros intersticios que ahora volvían a ser lúgubres cavernas, donde quedó oculto mi indigno e
inexplicable acto de aquel día.
Llevé la cimbra y la escondí entre las máquinas trilladoras, después se la di a uno de mis primos.
Yo perdí todo interés en ella.
Y desde allí aprecié más que nunca la vida y la libertad de los pájaros.
Y sus plumajes y sus gorjeos lucen y suenan mejor libres al sol y al viento.
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.
Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.
Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos
“LA DE LAS SIETE COLINAS”
10, 11 Y 12 DE MARZO
INFORMAMOS A LOS PARTICIPANTES E INTERESADOS EN ESTE ENCUENTRO
QUE EL MISMO SE LLEVARÁ A CABO EN LOS PRESTIGIOSOS SALONES DE
“CÍRCULO DE LA PRENSA”
SITO EN CALLE SANTA FE 620 DE LA CIUDAD DE ROSARIO/SANTA FE-
ANTIGUA CASONA CUYO FRENTE DA A UNO DE LOS LATERALES DEL MONUMENTO A LA BANDERA.
LAS INSPECCIONES OCASIONADAS POR CAUSA DE LOS GRAVÍSIMOS HECHOS POR TODOS CONOCIDOS (REPÚBLICA CROMAÑÓN) DETERMINARON QUE LA SALA MENCIONADA CON ANTERIORIDAD EN NUESTRA CONVOCATORIA –CONSEJO PROFESIONAL DE CIENCIAS ECONÓMICAS- NO CUMPLE CON LAS EXIGENCIAS REQUERIDAS PARA TAL FIN.
*LUCÍA GIAQUINTO. Lucy_iaq@...,