Tu atuendo, algo estrafalario para otros, para mi era sencillamente, tu.
Nos sentamos las tres frente al ventana. Ella te pidió compusieses un verso.
Allí frente al ventanal, sencillamente tu, lo hiciste.
Los perros ladraron. El color de la tarde se hizo intenso.
Los ojos de la noche, entraron por el abierto ventanal.
Un año mas tarde, llegué al final del verano y al principio del atardecer.
Allí seguias sencillamente, tu, con tus versos.
Los perros ladraron. El olor de la tarde, se hizo intenso.
Los ojos de la noche entraron por el abierto ventanal,
frente al que estabamos sentadas, ya solo, tu y yo.
* Luisa Belandia. FWaterdrop@...
Parece absurdo,
sin sentido
pero...
hay que marcharse
ahora que te has ido.
¿Quien puede soportar,
la tormenta sin agua,
la lluvia sin sonido,
la plaza sin gente,
la voz sin el amigo?
Mi piel no tiene amante.
Con mucho tacto
El la toca con lluvia
con hojas, con ojos,
con oidos, pestañas,
con ensaladas de flores,
con barcos y con bordes.
con la raya más pequeña de la
piel de un tigre amarillo en celo
con centelleo,
con el resplandor de un hilo
de luz en la grieta.
Con roces sedosos de lenguaje.
Con un bandoneón abierto en música.
Y claro también, por supuesto, no faltaba más,
él la toca con manos.
*de Cristina Villanueva. pluma@...
Artesano el año
con el sur del viento
cae el ciruelo virgen de reclamos.
Laurel que no respira en el entorno alegre.
Mariposa tus ojos evoco,
orejas caídas,
payaso y miel.
Labios que pregonan largos
al doblez de mi mano.
Simpatía noble.
Ladrido en la noche.
Payaso.
Payaso.
Ternura.
Tanta bronca tanta . . .
Si tu vida es la muerte,
habría querido yo ser muerte.
Parece mentira que el respiro nos roban,
parece mentira si nada dejamos de pagar.
Si a nadie abortamos del mundo.
Parece mentira que mis ojos son dos lunas cuando llueve.
Si estás en la noche corriendo sapos
o estrellas que laten.
Si estás en el día mordiendo raíces.
Soy la flor en tu cuerpo.
Soy tus dos lunas mojadas por la lluvia.
(La llovizna y las tuercas)
Era bastante incómodo bajar por el único ascensor del edificio con todo el equipo de camping, aunque mis tres hijos aún bastante pequeños me ayudaran con los bultos; pero nuestro entusiasmo lo superaba ampliamente. Mi esposa entretanto terminaba de preparar elementos y comestibles que íbamos a necesitar en el largo fin de semana que teníamos por delante.-
Este equipo era nuevo y mucho más completo que el que usábamos anteriormente, lo que nos llenaba de expectante apremio, y lo estrenaríamos ahora en la costa del río Uruguay. De paso conoceríamos la casa natal de San Martín en Yapeyú, mientras pasábamos un par de días con sus noches, durmiendo en carpa, a pleno aire libre, bajo la frondosa arboleda en galería de la orilla derecha del Río, casi por el sólo gusto de vivir en medio de esa naturaleza tan apacible, y exuberante; compartiendo una alegre e inocente aventura en familia, aprovechando la tierna infancia de nuestros hijos. -
Era el primer día de primavera y el cielo despejado prometía un sol intenso, quizás algo caluroso, ya que los días anteriores nos mostraban que el invierno iba alejándose y las jornadas eran cada vez más cálidas y soleadas.-
Cargamos todo en el auto, y tras verificar que no nos faltara nada, emprendimos el viaje de varias horas, dejando atrás la mesopotámica ciudad que recién se despertaba, y tomamos raudamente la ruta en un larguísimo tramo hacia el sol temprano, que se elevaba lento, brillando generoso sobre los campos del este correntino.-
El pavimento comenzaba a ondularse bajo reflejos cambiantes, remontando y bajando colinas y lomadas, entre extensos y verdes campos cubiertos de vacas y terneros de distintos pelajes, algunos en grupos cercanos, otros más lejanos, diseminados en el horizonte de las lomas, todos pastando; aparentemente quietos, como parte permanente del paisaje, a campo abierto, o a veces junto a montes plantados de eucaliptos, y muy de cuando en cuando, cerca de una pequeña laguna color de cielo, o algún arroyito disimulado viboreando entre los cortos pastizales.-
No habremos divisado mucho más de una veintena de estancias, eso sí, de extensísimas dimensiones, con sus instalaciones que no siempre eran visibles desde la ruta; pero sus portones las delataban, y sus caminos de ingreso eran a veces rectos, otros unas huellas sinuosos, y algunos mostraban ostentosos portales de mampostería rematados con tejas rojas, o artísticos compuestos de troncos nativos trabajados a hacha.-
Portones de gruesos parantes, eran incluso de fornidas plantas secas y con las ramas recortadas, que enterraban invertidas logrando gran firmeza por el extraordinario anclaje, dado que quedaban con esas ramas bajo tierra, como si fueran auténticas raíces, y los troncos cortadas a la altura deseada, para formar la formidable entrada.-
Y así, dejando atrás portones y campos, arroyos, lagunas y vacas; llegamos al final del pavimento.
Desde allí el camino dobla al norte, manteniéndose paralelo al río a unos pocos kilómetros, a la altura de Paso de los Libres. Ya no hay pavimento, pero es ancho y afirmado con ripio.- Seco es algo polvoriento, y con lluvia forma pequeños charquitos en un suelo duro y saltarín e inestable.-
El viaje era más lento, pero fácil de seguir a una marcha moderada. Además dentro del auto íbamos tomando mate, los chicos comían facturas, e improvisábamos canciones y juegos para entretenernos. Tampoco era tan lejos. Estábamos acostumbrados a viajar, especialmente en auto, en largas jornadas.-
En el puente de un ancho arroyo paramos a sacar fotografías, y recuerdo un chico bañando su caballo en la playa, junto a un potrillo, y obtuve a contraluz unas hermosas tomas. El más pequeño de mis hijos, de sólo cinco años, bajó apremiado y me tentó el reflejo del sol que hacía brillos iridiscentes en él, por lo qué lo registré mientras orinaba inocente; y ese fue mi error, porqué luego, indignado, se mostró tan lastimado que tuve que desechar la foto.-
Llegamos y visitamos las ruinas, luego ya cerca del mediodía fuimos al camping y armamos las carpas y toldos en una hermosa limpiada, cubierta con un grueso colchón de hojas, bajo las altas copas, amplias y frondosas, a pocos metros de la orilla pedregosa del río, que bajaba silencioso.-
La sombra era fresca y tupida. Algunos pájaros revoloteaban entre las ramas. Se escuchaba un arrullo de hojas, movidas por el viento, que nos traía ecos lejanos de gritos de niños que jugaban al borde del río.-
Encendimos fuego y a las brasas asamos carne que llevamos para la ocasión, así que comimos tarde, y luego descansamos a la sombra en unos prácticos catrecitos, tipo militar, desarmables, también nuevos; y el resto de la tarde fue exploratoria de los alrededores, avistando y fotografiando aves y paisajes.-
A la noche contamos cuentos, mientras la luna llena nos espiaba desde lo alto, a través de una techumbre negra y vegetal.-
Felices, dormimos como ángeles, y la mañana siguiente la pasamos entre mates, juegos y caminatas.- Subimos a un viejo y alto mirador de palos, que pretendía parecer un mangrullo de nuestras antiguas fronteras indias, desde donde se veía, sobre las copas de los árboles, el ancho río que bajaba adormecido, perdiéndose en la lejanía en un manto nebuloso y blanquecino.-
Después de comer fue nublándose, cambió el viento y refrescó. De pronto un trueno retumbó cercano y siguió oscureciendo rápidamente.- Siguieron otros truenos entre relámpagos y el viento pasó a sentirse más y más fresco mientras aumentaba en intensidad.- Las ramas altas comenzaron a agitarse y cuando nos dimos cuenta estábamos dentro de una fuerte tormenta.- Las primeras gotas cayeron frías y nos obligaron a refugiarnos en las carpas, mientras corríamos a guardar algunas cosas que no queríamos que se mojaran.-
El viento comenzó a arreciar pese a estar relativamente protegidos por la espesa arboleda, y la lluvia se volvió torrencial.- Ahora las ramas más altas se doblaban y movían hasta los troncos. Algunas se rompían con un gutural crujido agregándose a los truenos y al estruendo de la tormenta, que alcanzó su máximo fragor por largos momentos, donde sentimos la amenaza que arrasara las carpas.-
Suerte que al presagiarla, nos terminamos juntando todos en una carpa y estábamos así reunidos preocupándonos menos por los chicos, y ellos a su vez más confiados y acompañados; por momentos se les iba el susto y todos nos reíamos, hasta que un rayo caía en las cercanías y todos dábamos un salto de espanto.-
No les miento si les digo que en un momento, todos rezábamos juntos con espontánea devoción.-
Cuando la tormenta al fin fue mermando y finalmente cesó, siguió lloviendo ya sin prisa, y el día siguió oscuro y se tornó frío, cambiando totalmente nuestra estadía. Ya no estábamos tan seguros de seguir allí, con todo el piso mojado, sin poder salir, en una tarde gris y triste, sin mayores promesas.-
Decidimos desarmar el campamento antes que fuera más tarde, y sin esperar a que la lluvia parara del todo, lo hicimos esforzadamente terminando la ardua tarea de vencer al piso embarrado y guardar todo, y a ese todo acomodar a prisa malamente en el baúl del auto, llevando muchas cosas en el interior con nosotros.-
El regreso fue mucho menos contemplativo. Nos urgía pasar el largo camino de ripio con la poca luz de la tarde encapotada.-
No me resultaba nada cómodo transitar por la ancha ruta, llena de pequeños charcos de agua barrosa que saltaba cada vez que los pisábamos; sino que aparte de la saltarina y dificultosa marcha, el agua al pisarla las ruedas delanteras terminaban contra el parabrisas, que se ensuciaba de modo espeso y acumulable, impidiéndome tener buena visión. Era un charco detrás del otro, de un camino interminable.-
La lluvia se transformó en llovizna, y eso por una parte me ayudaba menos a lavar la suciedad del vidrio; y por otra, hacía la tarde más y más cerrada, como si estuviera anocheciendo.-
En un momento presté atención porque me pareció que el auto se tornaba más saltarín y traqueteante, y si es posible, hacía aún más ruido de lo que venía haciendo en el ripio aflojado por la lluvia; pero el auto seguía avanzando y estábamos cerca de alcanzar el punto donde se encuentra con la ruta pavimentada.-
Quería llegar allí para investigar si algo andaba mal.-
Pero no alcanzamos. El auto comenzó a bambolearse, sacudiéndose fuerte atrás, y el ruido se transformó en trueno.- Finalmente dio un fuerte barquinazo y se plantó como si se hubiera partido, se asentó atrás a un lado, y quedó paralizado por completo.-
El pavimento estaba a sólo cien metros, y nosotros, varados en medio del ancho ripio bajo la llovizna que ya no dejaba ver casi nada.-
Bajé resignado, e intrigado, y los tres chicos me siguieron.-
Fuimos a mirar. Había salido la rueda trasera izquierda, pero quedó inserta dentro del guardabarros.- Eso no impedía que el eje y el piso del auto quedaran en el suelo, aunque sólo podíamos ver la rueda, y no completa.-
Había que volver a ponerla si era nada más que eso.-
No teníamos las tuercas.-
Me vino a la memoria el cuento del loco que en un caso así pensó en sacarle una a cada una de las otras ruedas.-
Manos a la obra, antes que se apagara la última claridad.- Pensé.-
¡Chicos!- les dije, especialmente al mayor…-Mientras yo pongo el gato y miro mejor; ¿Porqué no buscan por donde veníamos, quizás alguna tuerca haya caído cerca y ustedes la encuentran?
Poner el gato no era fácil; casi no había lugar, y el suelo de ripio, en la capa superior, era realmente una mezcla barrosa que al apoyar la base del gato se hundía un par de centímetros, pero mas abajo estaba durísimo.- Estaba luchando por sacar la rueda todavía cuándo escucho regresar los chicos que venían alborozados.-
¡Habían encontrado las tuercas!..., ¡No una…!, ¡Sino las cinco!
¿Cómo era posible que en un suelo tan sucio, chirlo y revuelto, casi en la oscuridad, y en un camino tan anchuroso, hayan podido encontrar nada menos que las cinco tuercas perdidas, casi sin caminar mucho…? ¡Misterio!...
Pero más misterio aún, cuando retiré al fin la rueda encajada en el guardabarros…
Allí vimos que la rueda salió porqué los agujeros se habían agrandado, seguramente al venir la rueda traqueteando en el camino poceado y pedregoso...-
¡Las tuercas quedaron en su lugar, estaban allí, sin aflojarse ni salirse!...
¿De dónde salieron entonces las tuercas encontradas en el ripio?...
Es lógico pensar que allí debía haber muchas otras tuercas si así fácilmente se encontraron esas…-
¿Entonces a cuántos les pasó lo mismo, en el mismo lugar?...
¡Por más que lo pienso no me lo explico...!
*de Celso H. Agretti. celsoagr@...
Avellaneda, Sta.Fe; 08/04/05
Alma de loca*
Con premura, temblor de piernas y taco aguja camina en devaneo delicado, esquivando los charcos que la lluvia depositó sobre la baldosa gris. Oye el repiquetear de sus propios pasos y la suave brisa le devuelve el aroma de su pelo. El carmín dibuja una boca carnosa y sus ojos de pestañas bien arqueadas refrenan una lágrima traidora.
Se detiene. Respira hondo. Una puerta se abre a su paso. En la oscuridad, alguien toma su cintura y juntos suben por la escalera pobremente iluminada, mientras los dedos de esa mano juguetean su espina dorsal.
Acordes de un piano, voces y risas, humo, rojas paredes. Una lámpara tenue ilumina sillones de terciopelo negro y gatos de porcelana decoran el ambiente
Casquivana , reina y mundana, acepta la copa fina de champán, que bebe con descarado gesto sensual. Intercambia miradas, y lascivas pupilas la recorren plena. Más champán, más miradas, risas bulliciosas y el frío de la tarde gris desaparece tras el cristal.
Ya la música se filtra en su talle milonguero. El tango se aferra a ella, seduciéndola, abrazándola virulento y ella se abandona a la caricia ardiente y voraz. El tango susurra sus oídos con melodías voluptuosas. Alborota su sangre. Roza lúbrico sus piernas. Las manos contornean su cadera estrechándola en cada giro. Fricción y latidos. Los ojos de ella brillan tango. Huele a tango su boca de labios oferentes. Chorrea tango su cabello suave. Tango baja por su cuello. Sube tango por su piernas. Tiemblan tango sus senos tibios. Su risa se vuelve tango y entrega tango su piel jugosa, linda y fatal.
Afuera es noche y llueve tanto…
*de Lucia Díaz. ludiaz1@...
Se despedaza mi alma
no hay hilo en este mundo que la cure.
Busqué una hebra en un nido de cóndor
hojas de hierba buena de los Andes
pétalos de flores silvestres en las rocas
y aún sigue sangrando.
Tengo que ir por un retazo de luna
acunarla todas las noches
contarle sueños que se cumplan
reírle los latidos de la vida;
pero es en vano, se me muere....
y se me ahoga en un diluvio .
En este preludio de horas
cuando despunta el otoño,
daría mi vida por resucitarme
y no presentir mi ejecución .
Podría admirar como antes
los tornasoles del amanecer,
sentir el palpitar de tu paisaje
en mi memoria de ti.
Pero estoy aquí, entumecida
con esta tristeza tan honda,
que muerdo pensamientos sin verbos
y la boca de la noche quema mis sábanas.
Veo ojos que callan tiempo sin voz
promesas de aire de lluvia y de hiel,
un golpe certero hiere mi costado
y quedo acurrucada lamiendo mi herida.
Correo:
AAy, me encantó!
Sólo las hadas y los cielos,
pueden,
mágicamente
recrear el espacio y el tiempo
de las palabras felices:
juego, patio, escuela,
bolitas, rayuela
y cerrar el círculo de la vida,
recreando la imagen certera
de pasados felices,
de sonrisas de caramelos
y fiebre de algún invierno
adornado con cuentos,
leídos por un padre,
que convertía en realidad
los pequeños sueños.
*Moni. pas_monicav@...
*
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