* Y va buscando el rumbo. Una vía, un tren, esperanzas en marcha. Líneas paralelas, que en algún punto, del paisaje por la ventanilla, convergen en la vida diaria. Del encuentro sencillo de, ideas, vidas, recuerdos, personas y agonías, se comparte la alegría del encuentro en el tren. Así nomás con palabras, así nomás sin equipaje, nos hacemos pasajeros del mismo viaje... *de Moni. pas_monicav@... Capítulo Cero (backstage) 1. Es una tarde radiante de principios de otoño. El solcito entibia los corazones, y una velada amenaza de resfrío se hace presente al agitarse el viento contra el rostro del caminante que pasa por la sombra. Di Matteo se arrebuja el cuello de la campera. Sabe que se le hace tarde. Como siempre, se entretuvo más de lo debido antes de salir a la calle. Al menos, la cita es a pocas cuadras de su casa. Al bajar del puente metálico, avanza decidido hacia el bar de la esquina, mientras el tránsito deambula moroso al bordear la deprimente plaza de Temperley City. Al entrar, aliviado por el reparo que le ofrecen aquellas paredes contra el viento, divisa a Coiro sentado junto a la ventana, en un salón abundante en antiguas sillas de madera de respaldo curvo y mesas de fórmica opacas, con enormes reproducciones de afiches publicitarios de principios de siglo colgados en las paredes. El editor responsable de Inventiva Social se encuentra leyendo los diarios del día que ha tomado prestados de la barra. Seguramente ha estado garabateando sus desquiciadas pero no menos creativas ideas en uno de sus incontables cuadernos universitarios de espiral. Frases que sedimentarán allí como parte del basamento con el que gestará algún escrito de fin de semana, o simplemente morirán sin ser vueltas a leer; espontaneidades que acaso hayan sido geniales en el momento de ocurrir pero que quizá acaben –ante una cruel indecisión de su autor- en el más triste y oscuro de los olvidos: el de haber podido y no haber sido. Coiro alza la vista al ver acercarse a Di Matteo, esbozando una triste sonrisa que se funde con la entrañable mirada de sus ojos claros, mientras se pone de pie. Su amigo se acerca a paso veloz, ambos se funden en un tierno abrazo, y se acomodan frente a frente junto a la mesa. A lo lejos, el claxon de un tren eléctrico se demora unos segundos en el aire de la tarde mientras la formación se aleja rumbo a su estación terminal, Plaza Constitución. La moza parece materializarse en el aire, acercándose presurosa, vestida con una blusa blanca y un enorme delantal negro. Di Matteo pide un té de boldo, y Coiro otro cortado. -¿Es nueva la morocha? –susurra Di Matteo, mirándola alejarse. -Empezó antes de ayer –informa Coiro. -Buen culo –continúa el susurro, ahora buscando la mirada cómplice. -Ya lo creo… Sí, sí… -agrega Coiro, con expresión soñadora. -¡Bueno, loco! -Di Matteo alza la voz y toma coraje, mientras extrae su nutrida libretita, desbordante de papeles, de uno de los bolsillos interiores de la campera: -El tema de los trenes se agotó. La sentencia queda suspendida en el aire con la crueldad de la desilusión. Coiro, que no se halla del mejor humor luego de haber pasado la mañana cuidando a su nena, tumbada en cama a causa de una fiebre, suspira apesadumbrado, preparándose para escuchar un nuevo arranque de soberbia e intolerancia –aunque sólo sean chisporroteos aislados- del amigo escritor. -¿Cómo es eso? –inquiere, con gesto de incomprensión. -O debería decir: el tema de los trenes ME agotó. Porque…, ¿qué más se puede escribir? Ya nos metimos con casi todos los temas: hablamos de los ramales que se cierran, del pasado que vuelve a través de sus fantasmas, de las historias de ficción que pueden desarrollarse en los espacios ferroviarios abandonados, de los posibles futuros que podría generar un hipotético reflote del servicio… -Coiro asiente ante cada una de las menciones-. Ya escribí sobre los personajes que rodean al tren, sobre quienes los operaron, sobre los pasajeros… Repetí personajes, algunos mejor logrados que otros, los hice interactuar siempre en torno de los trenes… ¿Y entonces? ¿Qué más queda? No sé… Reflotar aquel cruce, que ya habíamos pensado, entre InvenTren y el Moby Zepp; pero me parece muy forzado; qué sé yo. Pude insertar al dirigible en algunas historias el año pasado, pero siempre como un elemento secundario, casi escenográfico… -Calmesé Di Matteo –acota Coiro, con un último resto de picardía en la mirada. -¿Anda con quilombos de laburo, que vino tan acelerado? ¿O se peleó con su señora o su madre? -No… -se defiende el otro. –Es que me puse a pensar y no se me ocurre nada. Sabés que más de una vez tuve que pedirte que nos viéramos acá, frente a la plaza, o allá, en el bar de Lomas, para que me tirases alguna idea y pudiera cumplir con el cuentito semanal. -Bueno… Ese fue el esfuerzo que Ud. quiso hacer… No tenías ninguna obligación. Te mandaste un cuento por semana, durante todo un año, y ese fue un esfuerzo… titánico diría, casi sobrehumano. -Sabés que no me cuesta, que para mí esta rutina de sentarme y producir es parte del oficio, que lo tomo como si fuese una especie de taller literario –agrega Di Matteo, mientras la moza llega con la bandeja y el pedido, silenciando la charla al atraer las miradas, dejando las tazas sobre la mesa junto con la teterita y un par de vasos con soda, y alejándose con un provocador meneo de caderas. –Pero… la cuestión es que, aunque haya sido hijo de ferroviario, y eso me ayudó con algunos detalles, al tema no le encuentro más vueltas. Salvo repetir los temas que ya trazamos… o… Ah… Se me acaba de ocurrir algo… -¿Qué? –se interesa Coiro, acostumbrado a estos arranques creativos de su amigo. El ritmo de la charla le ha ido sacudiendo poco a poco su sopor circunstancial, y gradualmente algunos destellos de ideas se asoman delante de sus pupilas, aún sin haber tomado forma, quizá expectantes por llegar a corporizarse. -Hace unos días se me ocurrió que nunca hicimos aparecer un tren bala… No un tren balín, se entiende… -No caigamos en el humor fácil –recuerda Coiro. -No, claro… Me refiero al tren bala europeo, o al japonés. Claro que por la velocidad que desarrolla, para hacerlo arrancar, tomar velocidad, y frenar a tiempo, las distancias entre las estaciones tendrían que ser más largas que las que acostumbramos a utilizar en las distintas series de InvenTren, atravesando la provincia de Buenos Aires. -Habría que ver. Podría manejarse. La idea no es mala… -A propósito: ¿ya hiciste el recorrido? –dice Di Matteo, mientras le echa dos sobrecitos de azúcar a la tetera, la revuelve y sumerge el saquito de boldo, actuando una antigua ceremonia personal. -Sí, acá lo tenés –y le extiende una hoja de cuaderno donde figuran las 18 estaciones por las que atravesará el recorrido ferro-literario del 2005. –La copia es para vos. Pensé que, justamente, para evitar la exigencia que te cargaste el año pasado, de escribir uno por semana, esta vuelta vamos a salir cada quince días. -Así me das tiempo para pulir mejor los escritos –se alegra Di Matteo, y lee el recorrido en voz alta, para luego servirse una taza de té. -Sí, pero también para ver si se me ocurre algo decente a mí –se disculpa Coiro, sonriendo con culpa, mientras apura el cortado. -Porque vengo muy mal, che… Por ahí tengo las ideas, pero no me puedo poner a escribir, veo la página en blanco y no sale nada. Revuelvo los papeles, hojeo los libros de siempre, consulto al amigo Soriano o a Dal Masetto, y lo único que consigo es quedar pasmado con la habilidad, la manera que tienen estos tipos de contar algo y hacerlo creíble. Quedo tan cohibido ante estos monstruos que no puedo escribir una sola línea. No lo puedo expresar. -Ese es el error –señala Di Matteo, sorbiendo su té. –La escritura no tendría por qué ser copia de lo que hicieron otros, ya que cada uno tiene su estilo propio. El tema es llegar a encontrar precisamente esa voz literaria propia. Tomar a ciertos referentes para orientarse me parece fundamental, pero hay que tener en cuenta que son nada más que guías. Después, hay que sentar el culo en la silla y gastar hojas… birome… quedar con los dedos mochos por el teclado de la compu… En definitiva: laburar. -Está bien, Di Matteo –condesciende Coiro. –Eso ya lo sé. Pero recuerde que Ud. me lo dice desde un lugar muy diferente al mío. Yo me largué a escribir hace poco, de puro caradura. A diferencia suya, que escribe desde chico, y tan bien. -Vamos, che. Vos también tenés tu propio estilo. Y a veces te salen unos escritos que realmente me sorprenden. No parecen tuyos. -Gracias –se ríe Coiro, aceptando el sarcasmo. -Bueno, dale –lo empuja su amigo, tomando la birome. -Pongámonos a inventar algo, porque sino este InvenTren no sale más. -A mí me pareció piola una idea que me mandó el Cholo Aguirre. Resulta que había unos trenes hace tiempo, en el interior, que funcionaban no a carbón sino a leña, y cuando se les acababa el combustible que llevaban, paraban a la vera de un bosquecito, talaban unos árboles, y seguían viaje. Podemos inventar que el reciclado del InvenTren, con el nuevo ramal de trocha angosta, además de máquinas alimentadas a GNC dispone de locomotoras históricas que funcionan a vapor, y para aliviar las funciones de los maquinistas se han ido sembrando bambúes chinos a la vera de las vías… -Está bueno… A mí se me ocurre una escena muy fuerte, que me tocó vivir la otra noche con la tormenta. Resulta que volvía de Ezeiza, como a las ocho y media, y al salir de Turdera el eléctrico se paró, se apagaron las luces, y quedaron encendidas sólo las de emergencia. Por las ventanillas apenas se veía, gracias a los faros de los autos o las luces de las casas. Y las vías estaban todas inundadas; el agua casi tapaba los rieles, los durmientes ni se veían, hasta parecía que hubiera olas… Entonces un tipo, supongo que alguno de los vendedores, parado cerca mío, le comentó a otro: “Mirá toda el agua que hay ahí abajo… Y nosotros encima de la cabeza tenemos cables de 25 mil voltios…” -¡Qué terrible! –masculla Coiro, estremecido ante la idea. -Se me ocurre que podemos adaptar esa escena al tren bala: lo detiene la inundación de los campos, hay un cortocircuito en el sistema, y los pasajeros quedan varados. A partir de ahí, vemos qué pasa con esa gente… Si se quedan a esperar que los rescaten, si organizan una partida que vaya a buscar ayuda, si se ponen locos ante el encierro… -No está mal… -¿Ves? Ahora que lo pienso –medita Di Matteo: -¿Cómo estarán diseñados los trenes eléctricos para impedir que la carga voltaica no colapse el sistema cuando hay agua debajo de las ruedas metálicas? -Buena pregunta… Pero igual, no creo que nos metamos con algo así en InvenTren –se defiende Coiro, cambiando de tema. –Lo que se me ocurrió el otro día, mientras volvía de Santa Fé en micro, mirando un video que ni sé de qué se trataba, era escribir sobre un tren que llevara un vagón cine-club, así como tiene el vagón comedor o el de cargas. Sería algo así: “Harto de ver el paisaje, se fue al vagón cine-club a ver una buena película”. -Que siempre sería un clásico, o un fiel exponente del cine arte europeo. Retrospectivas francesas o suecas, o un ciclo de cine japonés. Nada de “tanques” industriales o películas nacionales filmadas para el consumo masivo, como “Patoruzito” o el bodrio ése de las Bandana. -Y si no, siempre podemos apelar al recurso habitual de ver qué nos sugieren los nombres de las estaciones. O reciclar las que nos quedaron colgadas. “Pobre Marucha, la estación que se quedó en la cucha”. Ambos se ríen. -A ver –comienza Coiro. –Salimos desde Rosario… -Podemos fletar un tren que vaya a Rosario a hacer turismo sexual… -No, no… Eso se lo dejo a Ud… -sonríe Coiro, casi avergonzado. -Estaría bueno –se entusiasma Di Matteo. -¡Un cruce entre el pujante InvenTren que nunca se detiene, y el olvidado InvenSex! Vuelven a reírse. -O reflotar personajes que ya pasaron. Tenía ganas de volver a usar a Zelmar Araujo. Esta vez, ya consagrado como cronista, editaría en papel sus “Crónicas desde la vía”. La publicación le traería el beneficio de recibir el aporte de algunos empresas que lo “esponsorean”, y ese dinero le permitiría estar más tranquilo para seguir poco a poco retomando la profesión y atendiendo pacientes… -En las salas de espera de las estaciones… Risas. -Los fines de semana… Claro. -También hay una Estación Gelly… -¿Vos sabías… asociación libre, ¿no? …que el Pasaje Gelly al 3 mil y pico, en Palermo, es la dirección del Canal 9? -¡No digas! –se sorprende Coiro. –Entonces en esa estación puede estar cumpliendo funciones policiales el Capitán Haddad… Más risas. -Y por ahí cerca, hay un pueblito llamado Intendente Blumberg… Carcajadas. -Yo puedo retomar al Papa Urbano Powell, viajando por el tiempo, y descubriendo realidades virtuales –sugiere Coiro. –O ahora que hay recambio papal, convertirlo en el Bati-Papa, que vive en el Bati-cano… -Y comete herejías vestido de murciélago… Más carcajadas. -Estás cada día más loco vos –sentencia Di Matteo, mientras sigue riéndose, y no deja de anotar ideas en su libretita. -Por ejemplo –continúa Coiro, alentado por el buen humor, dejando atrás el sopor que lo embargaba hasta hace un rato, feliz de distenderse con su buen amigo, -ésta por la que vamos a pasar es una zona de producción de soja. Podemos inventar empresas que comercialicen la soja… -Y cambia el tono, imitando con torpeza la locución de una hipotética publicidad: -“Soja La Carolina, más fina que las gallinas”… -¡Ahora vos caíste en el chiste fácil! Y así continúan durante un buen rato, generando ideas y garabateando papeles, delirando a gusto, mientras el sol les entibia el alma a través de la ventana. Y durante esa breve porción de la tarde, antes de ir a buscar a los chicos al colegio, ambos se sienten dueños de poder cambiar el mundo. O al menos, entre risas y afectos, intentar que este mundo de mierda sea un poco menos duro de lo que es. *de Aldima. aldima@... 2. Los dos hombres en el bar van imaginando la escritura que vendrá. Son dos hombres en un bar, claro, cosa de varoncitos esto de la fascinación por las locomotoras y los vagones. Cosa de hombres el ferrocarril y entre medio la silueta de la moza que interrumpe sin interrumpir, una de esas cosas que pasan y es la mirada y el suspenso momentáneo y el retomar la charla pero flotando un segundo más la mujer ahora fantasma desnudo en el medio de la mesita redonda. Cosa de hombres, sin duda, esta distraída inclinación que conduce a los trenes y a las mujeres. Mientras tanto los trenes. Mientras tanto Coiro y Di Matteo que se dan al sueño de las vías, y esa vaga promesa de que la felicidad está en la estación siguiente, y el vago horror de que la desdicha aguarde en la estación siguiente, o que haya quedado un futuro casi perfecto en la estación en que uno no descendió. Justo allí. Para siempre, semilla preciosa que no dará el árbol donde debían cantar y anidar los pájaros azules. Y yo que no estoy en el bar. Yo que estoy lejos y no sé todavía que me tocan las películas. Yo que no me atrevo a entrar en el vestuario del club, que tengo que esperar afuera y que no quiero el destino de la Yoko Ono, tan odiada unánimemente, tan recienllegada y malrecibida. Pero lejos y después digo que sí, que bueno, que dale. Acá en Santa Fe, lejos del tren eléctrico, lejos de los trenes que ya no llegan y ya no parten, lejos lejos del bar de Témperley le digo a Coiro -Y dele nomá, dígame cómo lo enganchamos… Recibo el capítulo cero, el backstage o la trastienda, que me gusta más, y llego con pisadas leves y saludo desde la vereda. *De Mónica Russomanno. russomannomonica@... 3. Decidí volver al lugar de los hechos. Volver a ver con mis ojos desde la misma mesa donde nos sentamos con el amigo, bien literal lo de ver con mis ojos pues en el último viaje perdí mis anteojos de lectura y ahora intentare ver la letra chiquita de la revista Todo Trenes con una lupa que compre en la libreria de la vuelta. Ni bien me siento la moza grandota -tan bien descripta por Aldima- derriba una botella de gaseosa en una mesa con 3 señores, ellos la disculpan con risas, ella le dice al encargado que sume una gaseosa al vaso de la mañana. Nadie se molesta, ella sigue abriendose paso con la sonrisa a pesar de su evidente torpeza. Cuando llega a mi mesa golpea con la cadera la silla de la mesa de enfrente que esta bastante fuera de lugar. Me habla y escucho el tonito indudable de la provincia de Córdoba. -¿Y como llegaste aca? -pregunto de puro curioso. -Es que estoy de novia con alguien que vive por aqui.-me responde -Que maravilla el amor contra las distancias. -le respondo con cierta admiración y pido una lágrima chica. Claro que se eso se trata, sigo la reflexión en silencio, solito para mi. Es el viaje, es el amor cortando distancias, es uno viajando por la vida con toda su historia en la mochila. Sigo con la lupa ridiculamente en la mano leyendo: Estación Rosario, Compañia General Buenos Aires, con frente a Av. San Martin entre Virasoro y Rueda, unas seis cuadras de largo hasta cruzar con las vías la calle L.N. Alem. Casi al ladito de la cancha del club atletico Central Códoba, y una cuadra más arriba del plano estaba la estación del Ferrocarril Central Córdoba. Bueno, antes de 1950, la línea seguía a la estación Empalme Rosario, pero no desde este punto sino desde La Bajada. Allí tenían una usina de gas y corrales, que habrá ahora allí? Cómo será pensar y escribir en este viaje?, una idea surgio de la lectura del diario La Nación, en su suplemento de economía titula una nota : Pagar como un sueco por servicios "Haitianos" , claro la idea bien liberal es que siempre se pagan demasiados impuestos y en especial el campo, no se ilusionen con la demanda de un Estado Honesto y con recursos adecuados y empleados para que no estemos en una sociedad de pobreza "Haitiana" y riqueza obscena de primer mundo. Bueno, esto será nuestro viaje en tren; un viaje por la disparidad, una locomotora a leña, tirando un tren equipado con tecnologías de la comunicación acordes a la utopia de la globalización, un tren mixto que lleva carga, encomiendas. Pero sus empleados cobran sueldos en Gourdas ( la moneda de Haiti) Un ejemplo: Maquinista: 15.000 Gourdas. Jefe de Estación: 20.000 Gourdas. Guardahilos: 10.000 Gourdas. Señalero: 8.500 Gourdas. Bueno, entonces tenemos que partir con sueldos de hambre en un país cuyas mercancías buscan acercarse a los precios del mercado globalizado. Tendra alguna importancia el recorrido formal? ¿Participaran escribiendo - jugando - viajando los compañeros escritores - lectores?. No lo se. Vuelvo a mirar a la moza que viajo de Cordoba a Temperley por amor. Y pienso en mis propios viajes, en mi propia búsqueda de una gota de humana ternura. El futuro llegará inevitablemente, me dicen, y yo, -ya en viaje- levanto la ventanilla y trago aire a bocanadas abriendo bien el pecho, de cara al porvenir. *de Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@...
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