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Contravida
 
*
Quería escribir la historia más hermosa del mundo. No la historia del fin del mundo, sino la última historia escrita antes del fin del mundo por un sobreviviente, que ya nadie podría leer ni contar.
Escribir esa historia fue mi obseción durante mucho tiempo.
Le decía a mi madre en voz baja, para que padre no nos oyera: "No quisiera morirme sin haber escrito esa historia de fin de mundo..."
Mi madre me alentaba: "La escribirás, hijo. Todos, de alguna manera, soñamos con esa historia última que nadie podrá leer..."
 
*Augusto Roa Bastos.
Contravida.  página 129. Editorial Norma. Bogotá. 1995.
 
 
 
*
CULTURA: EL ADIOS A UN GRANDE : EL PARAGUAYO ESCRIBIO "YO EL SUPREM0", UNA NOVELA EMBLEMATICA SOBRE LAS DICTADURAS LATINOAMERICANAS

Murió Augusto Roa Bastos, una pluma contra el poder


Tuvo un infarto en una clínica de Asunción, donde se reponía de una operación cerebral. Fue un exiliado casi toda la vida. Vivió más de 20 años en Buenos Aires. En 1989 ganó el Premio Cervantes.


He sufrido un destino de desarraigo personal y de pérdida de la lengua por efectos del exilio, una de las peores cosas que puede sufrir un escritor", decía Augusto Roa Bastos (87), que murió anoche de un paro cardíaco mientras estaba internado en una clínica de Asunción, reponiéndose de una delicada operación cerebral por una caída que sufrió el viernes último en su casa. El presidente paraguayo, Nicanor Duarte Frutos, decretó tres días de duelo nacional y sus restos serían velados en el Centro Cultural La República —ubicado en el viejo Cabildo de Asunción—, ofrecido por las autoridades legislativas. Simpatizante de la izquierda política, Roa Bastos se había ido del Paraguay en 1947 por la guerra civil, vivió y escribió en la Argentina hasta 1976. Luego se exilió en Francia —enseñó literatura en Toulouse— para volver a su país en la década del 90.

Sin duda, Roa Bastos era el nombre mayor de la literatura paraguaya moderna y uno de los que marcaron el tono de la literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX. Ganador del Premio Cervantes en 1989, famoso por títulos como Yo el Supremo (1974) o Hijo de hombre (1960), entre más de veinte obras que incluyen poemas, relatos y textos teatrales. También fue un destacado guionista de cine en la Argentina, donde adaptó sus relatos con Manuel Antín en Castigo al traidor (1966), con Armando Bo en El trueno entre las hojas (1958) y con Lucas Demare en Hijo de hombre (1961).

En 1998 y 1999 fue jurado del Premio Clarín de Novela. La primera vez, junto con Adolfo Bioy Casares y Guillermo Cabrera Infante. La segunda, con Vlady Kociancich y Andrés Rivera. Los ganadores: Pedro Mairal y Leopoldo Brizuela, respectivamente.

Desde chico leía en la biblioteca de su tío, el obispo Hermenegildo Roa. Fue su monaguillo y secretario personal. El obispo tenía una gran biblioteca; así el futuro escritor leyó a los poetas del Renacimiento y el Barroco. Criado en un hogar de clase media en Asunción, Roa Bastos nació allí el 13 de junio de 1917 pero pasó su infancia en Iturbe del Manora, un pueblo azucarero del centro del país donde era habitual hablar guaraní y no castellano. Ese bilingüismo también iba a marcar su literatura, igual que las historias trágicas de la Guerra de la Triple Alianza y el Paraguay gobernado por Solano López hasta 1870, historias que le llegaban por tradición oral.

Las marcas humanas y literarias vienen también de su paso por el periodismo: fue jefe de redacción del diario paraguayo El País y corresponsal en Londres en 1945. Otras influencias llegan de los relatos del argentino Horacio Quiroga y las obras de Rafael Barrett, un conocido anarquista español afincado en Asunción.

La huella de los clásicos se nota en los versos de "El ruiseñor de la aurora y otros poemas" (1942) y "El naranjal ardiente". Pero en su literatura hablaba también la voz de la experiencia.

Roa Bastos fue enfermero durante la "Guerra del Chaco" que enfrentó a Bolivia con el Paraguay entre 1932 y 1935. "Me escapé con otros compañeros de un colegio católico donde estaba pupilo y nos fuimos a la gran aventura de la guerra", contó una vez. De aquella guerra nació Hijo de hombre, obra con la que ganó el Premio Losada en 1960 y un primer reconocimiento en Buenos Aires. Tomás Eloy Martínez dijo entonces: "Roa Bastos ha conseguido definir una América auténtica, ha llegado a iluminar la peripecia personal con sus sólidos contextos sociales, políticos e históricos que, si corresponden al hombre de su país, toca también a todo hijo de americano."

Exiliado en la Argentina desde 1947, hizo aquí de todo un poco: fue traductor, corrector de pruebas, camarero de hotel, limpiador de vidrieras, vendedor de chucherías en el Delta. Alfredo Stroessner gobernaba el Paraguay desde 1954 y seguiría haciéndolo hasta 1989. El país era una isla y, para el escritor, una fuente de inspiración. "De eso nace su novela más audaz, Yo el Supremo, publicada en 1974, obra polifónica que descompone el lenguaje y le hace decir lo indecible", cree el escritor Mario Goloboff, quien compartió con Roa Bastos el exilio en Toulouse. En su opinión, en esta novela "la figura del dictador Gaspar Rodríguez de Francia es una excusa para romper con la tradición de la novela política realista; Roa Bastos usa técnicas de la vanguardia literaria para universalizar la historia de su país".

Noé Jitrik coincide: "Es la obra de su vida y la más trascendente, porque aquí el tema del dictador latinoamericano es un pretexto para crear un mundo y un lenguaje personal de gran fuerza. Es fruto de un largo trabajo, conectado con una tradición de novelas como El otoño del patriarca de García Márquez, Tirano Banderas de Valle Inclán y El señor Presidente de Asturias, entre otras obras".

Roa Bastos era también, en opinión de Jitrik, "una personalidad destacada en la resistencia cívica y cultural paraguaya por su generosa adhesión a la causa de los derechos humanos y las libertades políticas". El escritor visitó esporádicamente el Paraguay hasta establecerse en Asunción en 1996. Estaba casado con Iris Giménez —lingüista experta en la cultura mexicana— y tenía tres hijos de ella, además de otros dos hijos de su primera esposa —Ana Lidia Mascheroni— y otro de su matrimonio con María Isabel Duarte. Generoso, donó la plata del Premio Cervantes para apoyar proyectos educativos en el Paraguay. En 1997 se afilió al Partido Encuentro Nacional, pero se apartó en 2000 por discrepancias políticas. Para muchos, su grandeza artística era también el fruto de una ética
.



Roa Bastos Básico
ASUNCION, JUNIO DE 1917-ABRIL DE 2005

Uno de los grandes narradores latinoamericanos del siglo XX. Fue testigo de la revolución de 1928 y trabajó como voluntario en el servicio de enfermería durante la etapa final de la Guerra del Chaco (1932-1935) contra Bolivia. En 1947 abandonó Asunción, amenazado por la represión política. Se estableció en Buenos Aires, donde tuvo trabajos muy diversos y produjo gran parte de su obra. En 1976 huyó de la Argentina para trasladarse a Francia. Recibió el Premio Cervantes en 1989, en reconocimiento a la calidad de su variada producción literaria. Entre los títulos más destacados están "Hijo de hombre" (1960), "El baldío" (1966) y "Yo el Supremo" (1974).



Romance guaraní*
*Patricia Kolesnicov pkolesnicov@...

En 1997, con las dos manos sobre la mesa del bar de un hotel porteño, decía que había un error en el Registro Civil, que él no podía tener 80 años. De hecho: había una vida que después de tanto exilio tenía pendiente: su vida paraguaya. Y ésa la acababa de retomar.
Roa Bastos hablaba con un castellano suave, como de frisa, pero en esos días no lo ocupaba el castellano: lo que le interesaba eran los chicos de su tierra. Por eso el Premio Cervantes, el homenajeado, el grande, se metía por los pueblitos y daba talleres de literatura, en guaraní. Para chicos en pata.

En uno de esos pueblitos había crecido: "Le dediqué un libro a Iturbe. Fui a llevarlo y había gente que me preguntaba, en guaraní, qué era un libro." No tenía secretaria ni aparato de prensa: daba su teléfono, lo atendía con una voz a la que se adivinaban las pantuflas. "Venga, venga conmigo a los pueblos", le dijo a esta cronista en 1997. Pero en la fecha convenida se enfermó, se puso débil más tarde, tuvo razón el Registro Civil, finalmente.


"El baldío", un cuento completo*

Este cuento forma parte de "El baldío", un libro escrito en 1966 que permaneció casi secreto hasta su reedición en 1993.


No tenían cara, chorreados, comidos por la oscuridad. Nada más que sus dos siluetas vagamente humanas, los dos cuerpos reabsorbidos en sus sombras. Iguales y sin embargo tan distintos. Inerte el uno, viajando a ras del suelo con la pasividad de la inocencia o de la indiferencia más absoluta. Encorvado el otro, jadeante por el esfuerzo de arrastrarlo entre la maleza y los desperdicios. Se detenía a ratos a tomar aliento. Luego recomenzaba doblando aún más el espinazo sobre su carga. El olor del agua estancada del Riachuelo debía estar en todas partes, ahora más con la fetidez dulzarrona del baldío hediendo a herrumbre, a excrementos de animales, ese olor pastoso por la amenaza de mal tiempo que el hombre manoteaba de tanto en tanto para despegárselo de la cara. Varillitas de vidrio o metal entrechocaban entre los yuyos, aunque de seguro ninguno de los dos oiría ese cantito isócrono, fantasmal. Tampoco el apagado rumor de la ciudad que allí parecía trepidar bajo tierra. Y el que arrastraba, sólo tal vez ese ruido blando y sordo del cuerpo al rebotar sobre el terreno, el siseo de restos de papeles o el opaco golpe de los zapatos contra las latas y cascotes. A veces el hombro del otro se enganchaba en las matas duras o en alguna piedra. Lo destrababa entonces a tirones, mascullando alguna furiosa interjección o haciendo al cada forcejeo el ha... neumático de los estibadores al levantar la carga rebelde al hombro. Era evidente que le resultaba cada vez más pesado. No sólo por esa resistencia pasiva que se le empacaba de vez en cuando en los obstáculos. Acaso también por el propio miedo, la repugnancia o el apuro que le iría comiendo las fuerzas, empujándolo a terminar cuanto antes.

Al principio lo arrastró de los brazos. De no estar la noche tan cerrada se hubieran podido ver los dos pares de manos entrelazadas, negativo de un salvamento al revés. Cuando el cuerpo volvió a engancharse, agarró las dos piernas y empezó a remolcarlo dándole la espalda, muy inclinado hacia adelante, estribando fuerte en los hoyos. La cabeza del otro fue dando tumbos alegres, al parecer encantada del cambio. Los faros de un auto en una curva desparramaron de pronto una claridad amarilla que llegó en oleadas sobre los montículos de basura, sobre los yuyos, sobre los desniveles del terreno. El que estiraba se tendió junto al otro. Por un instante, bajo esa pálida pincelada, tuvieron algo de cara, lívida, asustada la una, llena de tierra la otra, mirando hacer impasible. La oscuridad volvió a tragarlas enseguida.

Se levantó y siguió halándolo otro poco, pero ya habían llegado a un sitio donde la maleza era más alta. Lo acomodó como pudo, lo arropó con basura, ramas secas, cascotes. Parecía de improviso querer protegerlo de ese olor que llenaba el baldío o de la lluvia que no tardaría en caer. Se detuvo, se pasó el brazo por la frente regada de sudor y escupió con rabia. Entonces escuchó ese vagido que lo sobresaltó. Subía débil y sofocado del yuyal, como si el otro hubiera comenzado a quejarse con lloro de recién nacido bajo su túmulo de basura.

Iba a huir, pero se contuvo encandilado por el fogonazo de fotografía de un relámpago que arrancó también de la oscuridad el bloque metálico del puente, mostrándole lo poco que había andado. Ladeó la cabeza, vencido. Se arrodilló y acercó husmeando casi ese vagido tenue, estrangulado, insistente. Cerca del montón había un bulto blanquecino. El hombre quedó un largo rato sin saber qué hacer. Se levantó para irse, dio unos pasos tambaleando, pero no pudo avanzar. Ahora el vagido tironeaba de él. Regresó poco a poco, a tientas, jadeante. Volvió a arrodillarse titubeando todavía. Después tendió la mano. El papel del envoltorio crujió. Entre las hojas del diario se debatía una formita humana. El hombre la tomó en sus brazos. Su gesto fue torpe y desmemoriado, el gesto de alguien que no sabe lo que hace pero que de todos modos no puede dejar de hacerlo. Se incorporó lentamente, como asqueado de una repentina ternura semejante al más extremo desamparo, y quitándose el saco arropó con él a la criatura húmeda y lloriqueante.

Cada vez más rápido, corriendo casi, se alejó del yuyal con el vagido y desapareció en la oscuridad.


*Fuente:
http://www.clarin.com/diario/2005/04/27/sociedad/s-03902.htm




CULTURA: EL ADIOS A UN GRANDE : OPINION

Un hombre humilde y generoso*


*Héctor Tizón. ESCRITOR

La partida de Roa Bastos me ha causado un doloroso asombro porque la muerte siempre es inesperada. En este caso, además, ante una gran pérdida para toda la literatura latinoamericana. Estamos hablando, sin dudas, de la máxima figura cultural del Paraguay junto a Natalicio González.

A Roa lo conocí bastante; fuimos jurado juntos en varios premios literarios. Lo traté a partir de los años 60 y luego lo frecuenté más durante la época de la revista Crisis.

Era, por sobre todo, un hombre humilde y generoso: alguien que sabía escuchar y decir cosas y lo más importante es que las decía. Este creo que ha sido su mayor aporte a la literatura latinoamericana. Con este principio consiguió acuñar la figura del típico tirano latinoamericano. No fue el primero que lo hizo, ya lo había hecho Miguel Angel Asturias, pero sí el mejor. Muchos frecuentaron esa figura después; ninguno con la maestría de Roa Bastos.

Recuerdo que a menudo cruzábamos opiniones por teléfono. El estaba en Paraguay y la emoción por volver le había causado un ataque al corazón. Así y todo emprendió la tarea con mucho ánimo y sobre todo equidad.
Cierta vez me contó que un lector apasionado lo había despertado en su casa de Toulouse a las siete de la mañana sólo para preguntarle si había leído mi libro "La casa y el viento". Aquello le había causado un gran asombro, ¿no?, alguien capaz de hacer eso por un libro. Contaba la anécdota con un notable regocijo que nunca olvidaré.




Discurso*

El Premio Cervantes es el más alto honor que se ha concedido a mi obra. Tres razones principales le dan un realce extraordinario ante mi espíritu. La primera es el hecho mismo de recibirlo de manos de su majestad don Juan Carlos I, rey de España, que nuestros pueblos admiran y respetan por sus virtudes de gobernante, por su infatigable tarea en favor de la amistad y unidad de nuestros pueblos de habla hispánica.
Junto al rey Juan Carlos, en preeminente sitial, su majestad la reina doña Sofía, que ama las artes, las letras y las ciencias, que religa su devoción hacia las obras del espíritu con su preocupación por el bien social; la Serenissima Reyna -para invocarla con palabras de Cervantes- enaltece este acto con el honor de su presencia.
Me inclino, pues, ante sus majestades, con el homenaje de mi reconocimiento y gratitud. En este homenaje va implícito el de mi pueblo paraguayo, lejano y presente a la vez en este acto con su latido multitudinario; aquí, en esta ciudad, en esta Universidad, ilustres, de Alcalá de Henares, patria chica de Cervantes, solio de su imperecedera presencia y foco de su irradiación universal.
Por otra parte, esta toga que visto es también un símbolo; corresponde al doctorado honoris causa en Letras Humanas por la Universidad de Toulouse-Le Mirail -que me ha sido concedido en significativa coincidencia el mismo día del otorgamiento del Premio Cervantes-. Ello me permite, por tanto, reunir simbólicamente a tres países muy caros a mi afecto, España, Francia y Paraguay, lo que imparte una significación internacional e interuniversitaria a este acto.
La segunda afortunada circunstancia que realza para mí el otorgamiento del máximo galardón es su coincidencia, también augural, con un cambio histórico, político y social de suma trascendencia para el futuro de Paraguay: el derrocamiento, en febrero del pasado año, de la más larga y oprobiosa dictadura que registra la cronología de los regímenes de fuerza en suelo suramericano.
Este acontecimiento es singularmente significativo para la vida paraguaya en lo político, social y cultural, y marca la apertura de un camino hacia la instauración de la libertad y de la democracia bajo la construcción de un genuino Estado de derecho, como garantía de su legitimidad.
Señala este hecho, en consecuencia, el comienzo de la restauración moral y material de mi país en un sistema de pacífica convivencia; la entrada de Paraguay en el concierto de naciones democráticas del continente. Significa, asimismo, el fin del exilio para el millón de ciudadanos de la diáspora paraguaya, que ahora pueden volver a la tierra natal, derrumbado el muro del poder totalitario que hizo de Paraguay un país sitiado.
La concesión del Premio Cervantes, en la iniciación de esta nueva época para mi patria oprimida durante tanto tiempo, es para mí un hecho tan significativo que no puedo atribuirlo a la superstición de una mera casualidad. Pienso que es el resultado -en todo caso es el símbolo- de una conjunción de esas fuerzas imponderables, en cierto modo videntes, que operan en el contexto de una familia de naciones con la función de sobrepasar los hechos anormales y restablecer su equilibrio, en la solidaridad y en el mutuo respeto de sus similitudes y diferencias.
Mucha falta les hace este equilibrio a las colectividades de nuestra América, frágiles y desestructuradas por su dependencia y sometimiento a los centros mundiales de decisión, causa central de sus problemas internos, de su inmovilismo, de su atraso, de su desaliento.
La España democrática trabaja lealmente, fraternalmente, contribuyendo de una manera considerable a la restitución de este equilibrio en la coexistencia y coparticipación de nuestros países de ambos lados del Atlántico en un mecanismo, desde luego perfectible, de integración sistemática y progresiva en todos los planos. El sistema de cooperación con América que España ha iniciado hace ya muchos años es un ejemplo activo de ello.
El Premio Cervantes, que España comparte con América, es otro ejemplo de lo mismo. Y todo esto se verifica con notorio y creciente éxito en el plano económico, social y cultural bajo esas leyes de interrelación y comunicación que surgen del patrimonio histórico común y nos comprometen a la realización de las grandes empresas comunitarias que nos aguardan en el umbral del nuevo siglo ante las vertiginosas transformaciones del mundo contemporáneo.
Entre lo utópico y lo posible, éste es un reto de la historia. O lo que es lo mismo, un desafío del porvenir. Y es necesario recoger y cumplir este desafío con serenidad, con perseverancia inflexible, pero también con la plasticidad de una inteligente adecuación a las cambiantes circunstancias de la historia, y en el orden de las prioridades necesarias: en primer lugar, la coherente integración y unidad de las naciones latinoamericanas -que es hoy el debate central de nuestra causa-; luego, en un proceso de construcción de largo alcance, la integración iberoamericana y peninsular en una comunidad orgánica de naciones libres, llamada a ser el factor preponderante de equilibrio y de paz para nuestros países en el futuro.
El tercer motivo enlaza para mí la satisfacción espiritual con un cierto escrúpulo moral -acaso un prejuicio-, fundado en la desproporción que siento que existe entre el valor intrínseco del premio y la conciencia de mis limitaciones como autor de obras literarias. Me alienta, no obstante, el estar persuadido de que se ha querido premiar a la cultura de un país en una obra que la representa, y en ella acaso a la particularidad -que me lisonjea- de haber sido troquelada en el molde de la obra maestra cervantina.
Desde esta persuasión veo el Premio Cervantes como un doble galardón a mi obra y a la cultura de mi patria. Y como tal lo celebro en tanto paraguayo de origen y en cuanto español por adopción, ciudadano de nuestras patrias, hijo y defensor de su unidad en la vida cotidiana y en el tiempo de la historia. La proclamación del premio otorgado por unanimidad dio las razones de su elección. Ante tal situación, los señores del jurado comprenderán sin esfuerzo la sinceridad de mi reconocimiento y gratitud por su decisión que quiero hacer públicos en esta señalada ocasión.
No por ello me siento con derecho alguno a la confusión de la vanidad, salvo al íntimo orgullo de sentir que el Premio Cervantes -el más señero galardón en el mundo de nuestras letras castellanas- viene a coronar una larga batalla de extramuros en la que llevo empeñada mi vida y a la que he dedicado mi exilio de más de cuarenta años llegado, por ahora, felizmente, a su término. En este largo exilio hice toda mi obra.
La concesión del premio me confirmó la certeza de que también la literatura es capaz de ganar batallas contra la adversidad sin más armas que la letra y el espíritu, sin más poder que la imaginación y el lenguaje. No es entonces la literatura -me dije con un definitivo deslumbramiento- un mero y solitario pasatiempo para los que escriben y para los que leen, separados y a la vez unidos por un libro, sino también un modo de influir en la realidad y de transformarla con las fábulas de la imaginación que en la realidad se inspiran. Es la primera gran lección de las obras de Cervantes. Y es esta batalla el más alto homenaje que me es dado ofrendar al pueblo y a la cultura de mi país que han sabido resistir con denodada obstinación, dentro de las murallas del miedo, del silencio, del olvido, del aislamiento total, las vicisitudes del infortunio y que, en su lucha por la libertad, han logrado vencer a las fuerzas inhumanas del despotismo que los oprimía.
Hace un momento hablaba de un hecho que me enorgullece: el haber plasmado mi novela Yo el Supremo en el modelo del Quijote con esa apasionada fidelidad que puede llevar a un autor a inspirarse en las claves internas y en el sentido profundo de las obras mayores que nos influyen y fascinan. El núcleo generador de mi novela, en relación con el Quijote, fue la de imaginar un doble del Caballero de la Triste Figura cervantino y metamorfosearlo en el Caballero Andante de lo Absoluto; es decir, un Caballero de la Triste Figura que creyese, alucinadamente, en la escritura del poder y en el poder de la escritura, y que tratara de realizar este mito de lo absoluto en la realidad de la ínsula Barataria que él acababa de inventar; en la simbiosis de la realidad real con la realidad simbólica, de la tradición oral y de la palabra escrita.
Imaginé que este vicediós del Poder hubiese leído la sentencia que se lee en el Persiles: "No desees, y serás el más rico hombre del mundo". Cervantes lo deseó todo y fue el hombre más pobre del mundo, al menos en lo material, pero volvió ricos a los hombres de todos los tiempos con su obra imperecedera.
El Supremo Dictador de la República sólo deseó el poder absoluto y lo tuvo en sus manos sin dejar de ser también el hombre más pobre del mundo, puesto que su riqueza era de otra especie. Le bastó al déspota ilustrado que el país de cuya emancipación había sido el inspirador y ejecutor fuese el más independiente y autónomo en la América de su tiempo. Aquí comenzó la contradicción de lo absoluto en el espacio de la historia que es el reino por antonomasia de lo relativo: la libertad como producto del despotismo; la independencia de un país bajo el férreo aparato de una dictadura perpetua. Mi Caballero Andante, tocado por la locura iluminista, luchó también con gigantes y fierabrases que salían a combatirle no desde los libros de caballería, sino desde la concreta realidad de los pueblos iberoamericanos mestizos, independizados políticamente pero que seguirían siendo, por mucho tiempo aún, colonizados y neocolonizados en su vida individual y colectiva.
Místico extraviado en los laberintos de su ínsula terrestre, el solitario y adusto ermitaño de Paraguay trocó entonces su pasión jacobina en la pasión de lo absoluto, que acabó por enajenarlo en esa demencial alucinación, y se sustituyó, como lo hizo Robespierre, al Ser Supremo que había arrojado por la ventana.
A diferencia del Quijote, la entidad ya casi ectoplasmática del Supremo paraguayo, en la historia y en mi novela, logra, sin embargo, realizar el sueño de los Caballeros Andantes Libertadores: crear una patria auténticamente libre y soberana; fundar y consolidar la autodeterminación de su pueblo. Ese oscuro abogado, ex seminarista, de austeridad incorruptible, no cobraba su salario, apenas comía, pero se permitió ignorar el ultimátum de Bolívar cuando éste le intimó a poner en libertad al sabio Amadeo Bonpland; o cuando dio asilo a su antagonista, el prócer uruguayo José Gervasio Artigas, cuando éste fue traicionado y perseguido por los enemigos de la causa americana.
Mi expectativa, en tanto autor, era ver estallar esta entidad del poder absoluto en contradicción con la ineluctable coacción de lo relativo. Pero el personaje ficticio no estalló en el encontronazo de esas dos dimensiones contrarias pero indisociables. La infinitud de lo absoluto dentro del espacio concreto de la relatividad histórica sólo era posible en la dimensión a la vez imaginaria y real de la escritura.
El protagonista de mi novela, inspirado en el personaje central de la historia paraguaya -el Supremo Don José Gaspar Rodríguez de Francia, hecho Dictador Perpetuo de la República, según el modelo de la antigua ley romana- resultó más fuerte que la muerte, porque ya estaba muerto sin saber que lo estaba.
Desde esos estados de la vida más allá de la muerte, de los que habla el Dante, desde ese solio de transmundo instalado en una cripta, donde moraba como un yacente y sombrío Dios Término, subía esa voz, ese monólogo críptico inacabable: la palabra oral dictada por el Supremo a la escritura: esa palabra que se oye primero y se escribe después, como en los grandes libros de la humanidad escritos para el pueblo para que los particulares lo lean. El pueblo se salvó, pero en el diktat de el Supremo quedó enterrada la malsana semilla del despotismo. Rencorosos ventadores quisieron en vano arrancar la raíz de esa terrible mandrágora del poder. Una luz mala siguió poblando de fuegos fatuos las noches paraguayas y llenando su aire tenue con dictadores grotescos y paródicos. Personajes de una picaresca descomunal veteada de sangre y con olor a fiera. Cervantes no pudo soñarla porque no le dejaron conocer América, donde él soñaba que se había refugiado el último reino de los Caballeros Andantes en medio de esas soledades de selvas y ríos y desiertos y montañas inconmensurables como el mundo.
Vayamos al fin del imposible paralelo entre los dos personajes emblemáticos, entre estas dos figuras opuestas y extremas -una sombría, luminosa la otra- que quizá se toquen en algún punto en la esfera de la imaginación; esa esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna, como decía de la suya Pascal. ¿Podía hacer yo otra cosa, a la sombra del gran modelo, que imaginar un doble totalmente opuesto al carácter, a los sentimientos, a la cosmovisión renacentista y erasmiana de Don Quijote? Su locura era sabiduría (esa que Erasmo, en su Elogio de la locura, alabó en su amigo Tomás Moro con la palabra derivada de su nombre: Moira, a partir del título Encomius moryae). La locura de el Supremo Dictador no era sino alucinación de lo absoluto, obnubilación ególatra de la razón, cerrazón de la luz.
Don Quijote continúa cabalgando, "desfaciendo entuernos", enamorado del amor, de la dignidad, de la libertad, en los que la vida y el ser humano tienen sus raíces primordiales. El Supremo Dictador, en su cripta, con el amargo sabor de lo absoluto fermentado en la boca, dice a modo de despedida: "Detrás de mí vendrá el que pueda". Y con la tumba al hombro comienza a errar sin término por los laberintos de la historia que lo aniquila y lo desvanece en el ruido y la furia de lo relativo.
Don Quijote, disuelto en Alonso Quijano o Quijada -del que es oriundo-, sucumbe en la mansa y resignada dimisión de su muerte. Lo vemos humillar sus banderas sobre la sólida losa del sentido común. Don Quijote, transformado otra vez en Alonso Quijano, el Bueno, inclina las banderas rebeldes de su Moira sobre la sensatez de los tópicos tranquilizadores a los que el ánima contrita se aferra en la agonía del tránsito temiendo que la muerte sea el fin de todo.
Don Quijote lo hace, sin embargo, con la última irónica y plácida sonrisa de su desvanecida locura-sabiduría guiñando un ojo al lector, a la posteridad, al mundo, sobre lo humano y lo divino, en el trascendente mutis final. Don Quijote sabe que la muerte no es el fin de todo, sino el comienzo de una vida de imposible fin; en ella Cervantes tenía puestos su fe, su anhelo de posteridad. La posteridad no se regala a nadie, pero él supo ganarla con la plenitud y largueza que su obra merece. Cumplido ya el "paso de las efemérides de mis pulsos" -escribe en el prólogo del Persiles- "tiempo vendrá quizá donde, anudando este roto hilo, diga lo que aquí me falta y lo que sé convenía. ¡Adiós gracias, adiós donaires, adiós regocijados amigos; que ya me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!".
Con ello, don Miguel de Cervantes (desencarnado ya de su alter ego se desvanece y sobrevive en su personaje emblemático) nos da, desde el revés de la trama de la novela, su máxima y melancólica lección que brilla entre las líneas del libro y en el desdoblamiento de origen sabiamente previsto en la génesis de la obra. Lo prodigioso de esta obra radica, justamente, en esos sutiles y casi imperceptibles vínculos de todas sus partes en torno al núcleo del sistema solar de su imaginario.
Alonso Quijano o Quijada (no Don Quijote) acepta la derrota de los ideales caballerescos, admite el triunfo de los estereotipos, anula toda voluntad transgresiva, toda rebeldía, la desmesura de locas y sabias aventuras bajo el resplandor del ideal heroico. Alonso Quijano no es más que un hombre de corazón simple. Cervantes no podía abolir la existencia ya inextinguible de Don Quijote. Hace morir a Alonso Quijano, que es lo natural en toda vida humana, pero "alegrándose en profecía" -parafraseo las palabras de su última dedicatoria, escrita tres días antes de su muerte, al conde de Lemos- de que las andanzas del Quijote continuarán sin término contra follones, malandrines y traidores de toda laya.
El símbolo de esta derrota final no es entonces sino la ceniza de la que el fénix del Caballero Andante renacerá sin cesar. Muere Alonso Quijano, el hombre común, corriente y moliente, pero no Don Quijote ni tampoco Sancho, quienes -en la unidad de los contrarios- seguirán cabalgando juntos en la aventura de rescatar de las sombras el misterioso, el inagotable resplandor de la vida, de la belleza, de la lealtad, del valor, de la esperanza, de la libertad. De Cervantes aprendí a evitar la facilidad de ser un escritor profesional, en el sentido de un productor regular de textos; a escribir menos por industria que por necesidad interior, menos por ocupar espacio en la escena pública que por mandato de esos llamados hondos de la propia fisiología creativa que parecieran trabajar por fotosíntesis, como en la naturaleza. ¿Serán estos llamados los que también a veces por soberbia desoímos?
De todos modos no están sujetos estos llamados a la puntual regularidad de las estaciones de cualquier especie que fueren, sino a los centros de luz y de calor de cada época de la vida; a la madurez de cada etapa en la literatura de un autor. Entre estos momentos creativos intermitentes del escritor no profesional se interponen los obstáculos del propio vivir, los imperativos de la subsistencia.
Hay también esos vacíos interiores, esos silencios tenaces que pueden durar toda una vida, puesto que se confunden con ella; silencios involuntarios, eclipses de la voluntad, visitados siempre por el remordimiento de una culpa no elegida, pero tampoco ineludible. A causa de estas alternativas involuntarias, no puedo considerarme más que un artesano. Lo que también es mucho decir. Un artesano entregado, cuando puede -no cuanto puede, que es poco- al oficio de modelar en símbolos historias fingidas, relatos a medias inventados; historias imaginarias de sueños reales, de lejanas y recurrentes pesadillas.
Estas incursiones de la escritura tratan de penetrar lo más profundamente posible bajo la piel del destino humano, de las experiencias vividas, del siempre renovado enigma de la existencia, creando su propia realidad sin perder por ello su carácter imaginario de "historias fingidas", como decía Cervantes, de las que él mismo escribía. Escribir un relato no es describir la realidad con palabras, sino hacer que la palabra misma sea real. únicamente de este modo la palabra real puede crear los mundos imaginarios de la fábula.
La ficción de Cervantes se despliega así como un vasto y viviente pulular de la realidad española en todos sus aspectos, en toda su gama de matices, en todas sus capas sociales: desde los grandes de la nobleza en el esplendor de sus atributos a ese bajo pueblo color de tierra y de miseria que también da señores; de la gran figura histórica individual al pueblo como personaje multitudinario. Hay en este gran fresco cervantino desde lo dramático a lo paródico; desde lo grave a lo grotesco; desde la sátira acerba, pero siempre comedida y sin resentimientos, a la más fina esencia del lirismo del amor y del humor. Su sentido simbólico es siempre actual y futuro en función de la universalidad de la imaginación mítica, de tal modo que la mitología de los tiempos modernos no ha hecho más que confirmarlo y enriquecerlo.
En este caleidoscopio colectivo don Miguel supo mirar las cosas del revés: desde el presente hacia el pasado y desde el futuro hacia el presente, en esos espejos del tiempo, de la memoria y de la premonición que se comunican sus imágenes en la Imago del mundo. Sabiduría que hizo decir a su coetáneo Gracián: "Sólo mirándolas del revés se ven bien las cosas de este mundo".
Esta combinatoria de espejos nos muestra, en la primera novela de los tiempos modernos, la escena dentro de la escena: Don Quijote va a la imprenta a ver cómo salen en letras de molde sus próximas aventuras. Lee lo que se escribe sobre ellas. En otro libro, un personaje oscuro habla de Cervantes como de "un tal Saavedra". Innumerables figuras atraviesan los espejos y funden la ficción con la realidad en el azogue verberante de la fantasía.
De allí salen, sin embargo, esos personajes, tan reales, a quienes uno siente que podría darles la mano en cualquier esquina del universo. Mirar las cosas del revés es como mirarlas al trasluz de la propia vida interior, llena de ojos invisibles pero visionarios. Mirar las cosas del revés, pero en su justo derecho, es lo que supo hacer Cervantes.
Entre las magias siempre renovadas de las lecturas del Quijote, hay una que no advertí conscientemente hasta mucho más tarde, ya entrado en la adultez: la ausencia de niños. No los había visto acaso porque en la atmósfera luminosa de esta obra reverbero la cosmovisión lúdica de la infancia en la primavera del mundo. El mundo niño del que hablaba Montaigne.
En el Quijote los adultos son niños jugando a las fantasías de su imaginación, y quien escribió este libro es otro niño deslumbrado por la virtud transfiguradora de la ilusión. Cervantes no pudo entrar en América, pese a que reclamó este don con esperanzada insistencia. Se lo negaron tal vez a causa de su mano malograda en Lepanto, en "la más alta ocasión que vieron los siglos"; mutilación que era para él su más gloriosa presa.
También en este sueño de los viajes, el deslumbrado visitante de Roma y de Nápoles, el ex cautivo de Argel, no pudo realizar el anhelo de su viaje a América acaso porque ya se estaba preparando para el Gran Viaje, cada vez "más liviano de equipaje"; pese a que "con todo eso -dice dulcemente después de la extremaunción- llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir".
Veo a don Miguel de Cervantes Saavedra en la conmovedora y memorable semblanza del hombre y del escritor que esbozó aquí, en este prestigioso foro complutense, mi amigo Ernesto Sábato, con su inteligencia hecha de pasión y lucidez en permanente combustión. Esta semblanza nos da no solamente su figura y su genio, sino también la proyección en el tiempo de la vida feliz y desdichada que a Cervantes le tocó vivir, sufrir y escribir en perpetua esperanza y desesperanza, como si ellas fueran la esencia de la que su destino estaba tejido. Pero este hombre vivía en su milagro con humildad y mansedumbre, y de esta debilidad sacaba la energía indomable que se reflejaba en su escritura y en su rostro.
A diferencia del retrato atribuido a Juan de Jáuregui, el de Sábato parece poseer una cuarta dimensión -la realidad de un sueño fundido en sobreimpresión con la irrealidad del sueño de la muerte-, que nos transporta a la visión, a la vez real y fantástica, de ese hombre vivo en el tiempo inextinguible de su obra. Leemos, vemos en la semblanza de Ernesto, al "tierno, desamparado, andariego, valiente, quijotesco Miguel de Cervantes Saavedra", construyendo fervorosamente en la escritura, hasta el último minuto de su vida, las inagotables fantasías que poblaban su espíritu para brindarlas a los otros. No pudo entrar Cervantes en América, pero sí lo hicieron sus libros llevando su presencia y su genio. Estos libros, empero, no entraron en Paraguay. La ausencia inaudita duró casi dos siglos desde la edición príncipe del Quijote, mientras las sucesivas ediciones de toda su obra invadían literalmente América.
Los hechos culturales producen a veces estas incógnitas inexplicables, estas fallas que a veces se les escapan a las agujas del azar en el entramado novelesco de los hechos históricos. De pronto, sin embargo, en algún festejo popular de Paraguay he visto a algún caballero de la Triste Figura montado en rocín flaco, con yelmo de trapo y lanza de caña de Castilla, jugando a los fuegos de San Juan. ¿Por dónde se filtraron estos fantasmas o estrellas errantes de la imaginación mítica?
He solido pensar -para encontrar las razones de esta ausencia inverosímil- que la Asunción colonial, Madre de Pueblos y Nodriza de Ciudades, según la bautizaran cédulas reales, estuvo siempre ocupada en asuntos de mucha monta para que su gente de pro (y aun la que no lo era) pudiera ponerse a leer libros de esparcimiento; esos libros de "romances mentirosos y de vana profanidad", según rezaban las cédulas que prohibían en vano la entrada de la imaginación en América, el continente por antonomasia de la imaginación y del deseo.
Lo cierto es que el Quijote tampoco pudo entrar en Paraguay. No se lo leyó hasta después de su independencia, en 1811. La maternal Asunción tuvo que fundar y refundar ciudades (la segunda Buenos Aires, entre varias otras), las ciudades nómadas del interior perseguidas por los bandeirantes paulistas y por las belicosas tribus no reducidas. Se estableció el imperio jesuítico o República Cristiana de los Guaraníes. Estalló la Revolución de los Comuneros producida por los mancebos de la tierra en la huella de los comuneros de Castilla.
Ya en el periodo independiente, y convertida en la nación más adelantada material y culturalmente de América del Sur, una guerra de cinco años produjo la ruina total del país hispano-guaraní. A partir de este holocausto, la historia de Paraguay no fue más que una "obnubilación en marcha", como sentencia Ciorán; una "pesadilla que arroja a la cara ráfagas de su enorme historia", según las palabras de Rafael Barrett, uno de los grandes españoles que adoptaron el dolor paraguayo.
Alguna conseja de la tradición oral murmura en mi país que, en algún hoy de los antiguos tiempos, el Gran Karaí (señor, en guaraní) del Supremo Poder tenía en su austero y casi monacal despacho, colmado de libros y legajos, un atril proveniente de alguno de los templos confiscados. El Supremo Dictador nacionalizó la Iglesia y promulgó el Catecismo Patrio Reformado, pues el vicediós unipersonal no sólo creyó haber implantado su reino del poder absoluto, del absolutamente poder; decidió fundar, asimismo, su propia religión acerca de la cual la copla popular ironiza festivamente.
De la aventura teológica, no quedó más que el atril en el ruinoso despacho de la Casa de Gobierno. Y diz también la conseja que sobre ese atril reposaba un gran libro abierto del que colgaba hasta el piso un señalador de púrpura. La memoriosa tradición oral no dice de qué libro se trataba. A la tradición le basta saber que sabe. De que el libro era leído con frecuencia sí daban testimonio las páginas que diz que se hallaban muy sobadas y llenas de extrañas notas escritas en los márgenes. También el mar de velas en el que debió bogar el lampadario de bronce, erguido en el tenebrario.
Esas velas de una tenaz vigilia, de una perpetua vela de armas, dejaron en torno al atril una capa de lava, de azufre, de sebo, completamente recubierto de moho y de parietarias casi fosilizadas. Eso dice la leyenda acerca del extraño libro que el Supremo Dictador leía y anotaba como un antiguo monje copista, o -según yo lo presumo- como otro furtivo Avellaneda que pretendía repetir por tercera vez el libro irrepetible, sin recordar la sentencia de Cide Hamete Benengeli sobre las aventuras del Quijote: "Sólo él pudo vivirlas, sólo yo pude escribirlas".
En la certidumbre de que no podía ser otro el libro, yo no hice más que poner, en mi novela, sobre el legendario atril, un libro, el Libro de todos los tiempos: el inmortal Don Quijote de la Mancha de don Miguel de Cervantes Saavedra, Supremo Señor de la Imaginación y de la Lengua.
La excavación*
*Augusto Roa Bastos

El primer desprendimiento de tierra se produjo a unos tres metros, a sus espaldas. No le pareció al principio nada alarmante. Sería solamente una veta blanda del terreno de arriba. Las tinieblas apenas se pusieron un poco más densas en el angosto agujero por el que únicamente arrastrándose sobre el vientre un hombre podía avanzar o retroceder. No podía detenerse ahora. Siguió avanzando con el plato de hojalata que le servía de perforador. La creciente humedad que iba impregnando la tosca dura lo alentaba. La barranca ya no estaría lejos; a lo sumo, unos cuatro o cinco metros, lo que representaba unos veinticinco días más de trabajo hasta el boquete liberador sobre el río.
Alternándose en turnos seguidos de cuatro horas, seis presos hacían avanzar la excavación veinte centímetros diariamente. Hubieran podido avanzar más rápido, pero la capacidad de trabajo estaba limitada por la posibilidad de desalojar la tierra en el tacho de desperdicios sin que fuera notada. Se habían abstenido de orinar en la lata que entraba y salía dos veces al día. Lo hacían en los rincones de la celda húmeda y agrietada, con lo que si bien aumentaban el hedor siniestro de la reclusión, ganaban también unos cuantos centímetros más de "bodega" para el contrabando de la tierra excavada.
La guerra. civil había concluido seis meses atrás. La perforación del túnel duraba cuatro. Entre tanto, habían fallecido, por diversas causas, no del todo apacibles, diecisiete de los ochenta y nueve presos políticos que se hallaban amontonados en esa inhóspita celda, antro, retrete, ergástula pestilente, donde en tiempos de calma no habían entrado nunca más de ocho o diez presos comunes.
De los diecisiete presos que habían tenido la estúpida ocurrencia de morirse, a nueve se habían llevado distintas enfermedades contraídas antes o después de la prisión; a cuatro, los apremios urgentes de la cámara de torturas; a dos, la rauda ventosa de la tisis galopante. Otros dos se habían suicidado abriéndose las venas, uno con la púa de la hebilla del cinto; el otro, con el plato, cuyo borde afiló en la pared, y que ahora servía de herramienta para la apertura del túnel.
Esta estadística era la que regía la vida de esos desgraciados. Sus esperanzas y desalientos. Su congoja callosa, pero aún sensitiva. Su sed, el hambre, los dolores, el hedor, su odio encendido en la sangre, en los ojos, como esas mariposas de aceite que a pocos metros de allí -tal vez solamente un centenar- brillaban en la Catedral delante de las imágenes.
La única respiración venía por el agujero aún ciego, aún nonato, que iba creciendo como un hijo en el vientre de esos hombres ansiosos. Por allí venía el olor puro de la libertad, un soplo fresco y brillante entre los excrementos. Y allí se tocaba, en una especie de inminencia trabajada por el vértigo, todo lo que estaba más allá de ese boquete negro.
Eso era lo que sentían los presos cuando escarbaban la tosca con el plato de hojalata, en la noche angosta del túnel.

Un nuevo desprendimiento le enterró esta vez las piernas hasta los riñones. Quiso moverse, encoger las extremidades atrapadas, pero no pudo. De golpe tuvo exacta conciencia de lo que sucedía, mientras el dolor crecía con sordas puntadas en la carne, en los huesos de las piernas enterradas. No había sido una simple veta reblandecida. Probablemente era una cuña de tierra, un bloque espeso que llegaba hasta la superficie. Probablemente todo un cimiento se estaba sumiendo en la falla provocado por el desprendimiento.
No le quedaba otro recurso que cavar hacia adelante con todas sus fuerzas, sin respiro; cavar con el plato, con las uñas, hasta donde pudiese. Quizá no eran cinco metros los que faltaban, quizá no eran veinticinco días de zapa los que aún lo separaban del boquete salvador de la barranca del río. Quizá eran menos, sólo unos cuantos centímetros, unos minutos más de arañazos profundos. Se convirtió en un topo frenético. Sintió cada vez más húmeda la tierra. A medida que le iba faltando el aire, se sentía más animado. Su esperanza crecía con la asfixia Un poco de barro tibio entre los dedos le hizo prorrumpir en un grito casi feliz. Pero estaba tan absorto en su emoción, la desesperante tiniebla del túnel lo envolvía de tal modo, que no podía darse cuenta de que no era la proximidad del río, de que no eran sus filtraciones las que hacían ese lodo tibio, sino su propia sangre brotando debajo de las uñas y en las yemas heridas por la tosca. Ella, la tierra densa e impenetrable, era ahora la que, en el epílogo del duelo mortal comenzado hacía mucho tiempo, lo gastaba a él sin fatiga y lo empezaba a comer aún vivo y caliente. De pronto, pareció alejarse un poco. Manoteó al vacío. Era él quien se estaba quedando atrás en el aire como piedra que empezaba a estrangularlo. Procuró avanzar, pero sus piernas ya irremediablemente formaban parte del bloque que se había desmoronado sobre ellas. Ya ni las sentía. Sólo sentía la asfixia. Se estaba ahogando en un río sólido y oscuro. Dejó de moverse, de pugnar inútilmente. La tortura se iba transformando en una inexplicable delicia. Empezó a recordar.

Recordó aquella otra mina subterránea en la guerra del Chaco, hacía mucho tiempo. Un tiempo que ahora se le antojaba fabuloso. Lo recordaba, sin embargo, claramente, con todos los detalles.
En el frente de Gondra, la guerra se había estancado. Hacia seis meses que paraguayos y bolivianos, empotrados frente a frente en sus inexpugnables posiciones, cambiaban obstinados tiroteos e insultos. No había más de cincuenta metros entre unos y otros.
En las pausas de ciertas noches que el melancólico olvido había hecho de pronto atrozmente memorables, en lugar de metralla canjeaban música y canciones de sus respectivas tierras.
El altiplano entero, pétreo y desolado, bajaba arrastrado por la quejumbre de las cuecas; toda una raza hecha de cobre y castigo, desde su plataforma cósmica bajaba hasta el polvo voraz de las trincheras. Y hasta allí bajaban desde los grandes ríos, desde los grandes bosques paraguayos, desde el corazón de su gente también absurda y cruelmente perseguida, las polcas y guaranias, juntándose, hermanándose con aquel otro aliento melodioso que subía desde la muerte. Y así sucedía porque era preciso que gente americana siguiese muriendo, matándose, para que ciertas cosas se expresaran correctamente en términos de estadística y mercado, de trueques y expoliaciones correctas, con cifras y números exactos, en boletines de la rapiña internacional.

Fue en una de esas pausas en que en unión de otros catorce voluntarios, Perucho Rodi, estudiante de ingeniería, buen hijo, hermano excelente, hermoso y suave moreno de ojos verdes, había empezado a cavar ese túnel que debía salir detrás de las posiciones bolivianas con un boquete que en el momento señalado entraría en erupción como el cráter de un volcán.
En dieciocho días los ochenta metros de la gruesa perforación subterránea quedaron cubiertos. Y el volcán entró en erupción con lava sólida de metralla, de granadas, de proyectiles de todos los calibres, hasta arrasar las posiciones enemigas.
Recordó en la noche azul, sin luna, el extraño silencio que había precedido a la masacre y también el que lo había seguido, cuando ya todo estaba terminado. Dos silencios idénticos, sepulcrales, latentes. Entre los dos, sólo la posición de los astros había producido la mutación de una breve secuencia. Todo estaba igual. Salvo los restos de esa espantosa carnicería que a lo sumo había añadido un nuevo detalle apenas perceptible a la decoración del paisaje nocturno.
Recordó, un segundo antes del ataque, la visión de los enemigos sumidos en el tranquilo sueño del que no despertarían. Recordó haber elegido a sus víctimas, abarcándolas con el girar aún silencioso de su ametralladora. Sobre todo, a una de ellas: un soldado que se retorcía en el remolino de una pesadilla. Tal vez soñaba en ese momento en un túnel idéntico pero inverso al que les estaba acercando al exterminio. En un pensamiento suficientemente extenso y flexible, esas distinciones en realidad carecían de importancia. Era despreciable la circunstancia de que uno fuese el exterminador y otro la víctima inminente. Pero en ese momento todavía no podía saberlo.
Sólo recordó que había vaciado íntegramente su ametralladora. Recordó que cuando la automática se le había finalmente recalentado y atascado, la abandonó y siguió entonces arrojando granadas de mano, hasta que sus dos brazos se le durmieron a los costados. Lo más extraño de todo era que, mientras sucedían estas cosas, le habían atravesado recuerdos de otros hechos, reales y ficticios, que, aparentemente no tenían entre sí ninguna conexión y acentuaban, en cambio, la sensación de sueño en que él mismo flotaba. Pensó, por ejemplo, en el escapulario carmesí de su madre (real); en el inmenso panambí de bronce de la tumba del poeta Ortiz Guerrero (ficticio); en su hermanita María Isabel, recién recibida de maestra (real). Estos parpadeos incoherentes de su imaginación duraron todo el tiempo. Recordó haber regresado con ellos chapoteando en un vasto y espeso estero de sangre.
Aquel túnel del Chaco y este túnel que él mismo había sugerido cavar en el suelo de la cárcel, que él personalmente había empezado a cavar y que, por último, sólo a él le había servido de trampa mortal; este túnel y aquél eran el mismo túnel; un único agujero recto y negro con un boquete de entrada pero no de salida. Un agujero negro y recto que a pesar de su rectitud le había rodeado desde que nació como un círculo subterráneo, irrevocable y fatal. Un túnel que tenía ahora para él cuarenta años, pero que en realidad era mucho más viejo, realmente inmemorial.
Aquella noche azul del Chaco, poblada de estruendos y cadáveres había mentido una salida. Pero sólo había sido un sueño; menos que un sueño: la decoración fantástica de un sueño futuro en medio del humo de la batalla
Con el último aliento, Perucho Rodi la volvía a soñar; es decir, a vivir. Sólo ahora aquel sueño lejano era real. Y ahora sí que avistaba el boquete enceguecedor, el perfecto redondel de la salida.
Soñó (recordó) que volvía a salir por aquel cráter en erupción hacia la noche azulada, metálica, fragorosa. Volvió a sentir la ametralladora ardiente y convulsa en sus manos. Soñó (recordó) que volvía a descargar ráfaga tras ráfaga y que volvía a arrojar granada tras granada. Soñó (recordó) la cara de cada una de sus víctimas. Las vio nítidamente. Eran ochenta y nueve en total. Al franquear el límite secreto, las reconoció en un brusco resplandor y se estremeció: esas ochenta y nueve caras vivas y terribles de sus víctimas eran (y seguirán siéndolo en un fogonazo fotográfico infinito) las de sus compañeros de prisión. Incluso los diecisiete muertos, a los cuales se había agregado uno más. Se soñó entre esos muertos. Soñó que soñaba en un túnel. Se vio retorcerse en una pesadilla, soñando que cavaba, que luchaba, que mataba. Recordó nítidamente el soldado enemigo a quien había abatido con su ametralladora, mientras se retorcía en una pesadilla. Soñó que aquel soldado enemigo lo abatía ahora a él con su ametralladora, tan exactamente parecido a él mismo que se hubiera dicho que era su hermano mellizo.
El sueño de Perucho Rodi quedó sepultado en esa grieta como un diamante negro que iba a alumbrar aún otra noche.
La frustrada evasión fue descubierta; el boquete de entrada en el piso de la celda. El hecho inspiró a los guardianes.

Los presos de la celda 4 (llamada Valle-i), menos el evadido Perucho Rodi, a 1a noche siguiente encontraron inexplicablemente descorrido el cerrojo. Sondearon con sus ojos la noche siniestra del patio. Encontraron que inexplicablemente los pasillos y corredores estaban desiertos. Avanzaron. No enfrentaron en la sombra la sombra de ningún centinela. Inexplicablemente, el caserón circular parecía desierto. La puerta trasera que daba a una callejuela clausurada, estaba inexplicablemente entreabierta. La empujaron, salieron. Al salir, con el primer soplo fresco, los abatió en masa sobre las piedras el fuego cruzado de las ametralladoras que las oscuras troneras del panóptico escupieron sobre ellos durante algunos segundos.
Al día siguiente, la ciudad se enteró solamente de que unos cuantos presos habían sido liquidados en el momento en que pretendían evadirse por un túnel. El comunicado pudo mentir con la verdad. Existía un testimonio irrefutable: el túnel. Los periodistas fueron invitados a examinarlo. Quedaron satisfechos al ver el boquete de entrada en la celda. La evidencia anulaba algunos detalles insignificantes: la inexistente salida que nadie pidió ver, las manchas de sangre aún frescas en la callejuela abandonada.
Poco después el agujero fue cegado con piedras y la celda 4 (Valle-í) volvió a quedar abarrotada.

Fuente:
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/excava.htm

 
 
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