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ECOS DEL AGUA   Lista de mensajes  
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Ecos del agua
29 de abril. Dos años de la inundación en Santa Fe.  
 
   
 
 
 FUE AQUÍ*

     
Hacer una crónica del desastre siempre es dificultoso. Se tiende a  caer en panegíricos o demonizaciones.
     Aquí entró el agua a la ciudad; la ciudad fue penetrada por el río Salado, y todos tuvimos unos meses de locura. Quienes perdieron todo, quienes recibieron parientes en sus casas, quienes se dieron a la tarea de ayudar. Y la solidaridad es una trampa que se liga a la caridad, y el agradecimiento que se espera y no llega embarra los terrenos del espíritu.
     Las víctimas fueron clase media, pobres, indigentes. Y por una vez se mezclaron los estratos, como siempre, sin mezclarse demasiado.
     En los refugios al principio pasaron todos, pero luego quienes tenían familiares en casas secas se retiraron a un relativo confort y a una normalidad sin norma pero aceptable. Como sucede habitualmente, se decantó la cosa.
     Los que prestaban ayuda se hallaron con una sonrisa y mil violencias.
Hubo quien fue con su lancha de recreo puesta al servicio del reparto de agua y comida a los que se quedaron a cuidar sus propiedades desde los techos, y hubo quien recibió disparos, quien fue robado y despojado de su embarcación. Quien recibió insultos, quien se atemorizó por la violencia de
los atendidos.
     Y en los refugios estaban todos, el albañil con su familia, la sirvienta con sus hijos, y también el cafiolo y el dealer que trasladaron la prepotencia y llevaron consigo el maltrato.
     No fue fácil ayudar. El desánimo estaba ahí nomás, en cada gesto y cada desaire. Los que se quejaban de la comida realizada a pulmón y quitando horas al sueño, los que exigían que el pantalón que se les donaba fuese a la moda, y si no les gustaba el modelo tiraban las prendas regando de vestidos
las calles que rodeaban las escuelas. Había que saber que las víctimas siguen siendo como eran, llevan con ellas la circunstancia, la historia, los modos de relación con los semejantes y con la realidad. Por eso se quejaban los maestros que trabajaban horas atendiendo a los inundados de que reclamaban limpieza, comida, prendas, atención para sus hijos pero no se prestaban a ayudar con las tareas. Eso también existió pero queda feo traerlo a cuento. La historia oficial es la de una sociedad que se puso a
trabajar para atender a los desposeídos, que eran amables y decían "muchas gracias, muchas gracias" con la gorra entre las manos y el corazón resplandeciente.
     Tampoco está bien recordar a los que no se inundaron, pero dibujaron la dirección para cobrar el resarcimiento económico que dio el gobierno. Queda feo decirlo.
     Queda feo decir que la ciudad que se inundó fue Santa Fe, esta Santa Fe habitada por gentes, no por víctimas o salvadores abnegados. Que esta Santa Fe tiene sus indigentes que no quieren decir gracias cuando por unos meses se acuerdan de ellos. Que los que pasaban frío en los refugios son los
mismos que pasaban frío en sus ranchos de cartón, pero que cuando estaban en sus ranchos de cartón a nadie se le ocurrió ni se le ocurre llevarles un colchón, comida caliente, un abrigo.
     Los gestos, entiéndase, estuvieron. La solidaridad estuvo. El trabajo fue realizado. Pero no nos perdamos en los cuentos para niños, donde la simplificación es tan engañosa que anula la realidad.
     Los relatos para ser medianamente conducentes deben ser abarcativos. Y no le sigamos pidiendo al que siempre estuvo fuera del círculo que se comporte con la urbanidad del que está adentro y por unos minutos lo hace ingresar. Había que saber eso, que no habría agradecimientos y cariños y
palmearse la espalda. Y que al retirarse las aguas el que ayudó volvería a sus paredes de material, a su quinta los domingos; y el que recibió la ayuda volvería a pasar con su carrito y su caballo a levantar las bolsas de basura  de las puertas.
    
 Me obligo a ver, me niego al filtro rosado. Es una pena.
                                                                             
    *Mónica Russomanno.
russomannomonica@...
 
 

 

Las ciudades y los ojos.3*

 

 Después de andar siete días a través de boscajes, el que va a Baucis no consigue verla y ha llegado. Los finos zancos que se alzan del suelo a gran distancia uno de otro y se pierden entre las nubes, sostienen la ciudad. Se sube por escalerillas. Los habitantes rara vez se muestran en tierra: tienen arriba todo lo necesario y prefieren no bajar. Nada de la ciudad toca el suelo salvo las largas patas de flamenco en que se apoya, y en los días luminosos, una sombra calada y angulosa que se dibuja en el follaje.
     Tres hipótesis circulan sobre los habitantes de Baucis: que odian la tierra; que la respetan al punto de evitar todo contacto; que la aman tal como era antes de ellos, y con largavistas y telescopios apuntando hacia abajo no se cansan de pasarle revista hoja por hoja, piedra por piedra, hormiga por hormiga, contemplando fascinados su propia ausencia.
 
  * “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino.

 
 
*
(Este texto fue escrito en julio de 2003. Lamentablemente, a dos años de la inundación, no le puedo cambiar ni una coma).
 
EL PRECIO DE LA NORMALIDAD
        
            
   La primera certeza que conseguimos hilvanar los santafesinos después del 29 de abril fue que el concepto de normalidad, tal como lo entendíamos antes de la inundación, se había disuelto por completo. El avance del río canceló nuestra cotidianeidad en cuestión de horas, mutilando rutinas y costumbres, borroneando nuestros puntos habituales de referencia. La anécdota real de quien despertó en medio de la madrugada y, al bajar de la cama, no encontró sus pantuflas, sino un insólito mar que invadía su casa, opera como elocuente metáfora de lo que nos sucedió a los habitantes de Santa Fe. Porque en menos de 48 horas, nos encontramos viviendo en una ciudad desconocida, con otro ritmo, con otras urgencias, con otros sonidos, con un paisaje casi onírico, compuesto por postales inverosímiles. Y en el vórtice de la catástrofe, abrumados por lo descomunal del desastre, sentimos que no habría retorno, que Santa Fe jamás volvería a ser la de antes. O que, en el mejor de los casos, ese regreso a la antigua normalidad llevaría muchísimo tiempo.

Evidentemente, las previsiones fallaron. A dos meses y medio de la inundación, Santa Fe ha recuperado casi todos los síntomas de normalidad. Volvieron las clases, los espectáculos artísticos, las reuniones festivas, los encuentros deportivos. Miles de familias retornaron a sus hogares, los centros de evacuados se despoblaron. Ya no hay gente en los techos de sus casas, ni montañas de basura en las calles, ni helicópteros sobrevolando la ciudad. Conductas cuya sola enunciación a principios de mayo -especialmente a quienes no nos inundamos- sonaba casi a sacrilegio, han vuelto a poblar nuestras horas. El tema de la inundación ha perdido protagonismo; ya no es el eje excluyente de nuestros pensamientos y nuestras acciones.

Una lectura superficial de los hechos podría conducirnos a conclusiones optimistas, tan apresuradas como injustas. Porque basta correrse unos centímetros de la comodidad mental de pensar "por suerte, ya pasó todo", para que surja, insidiosa, una pregunta elemental: ¿qué santafesinos son los que han vuelto a la normalidad? ¿Los que perdieron todas sus pertenencias y ahora deben empezar otra vez de cero pero no tienen con qué hacerlo? ¿Los que, por falta de alternativas mejores, se ven forzados a habitar viviendas virtualmente inhabitables? ¿Los que, además de los daños materiales sufridos perdieron a algún familiar? ¿Los que quedaron traumados por la experiencia vivida y todavía se despiertan a la madrugada en medio de pesadillas acuáticas? ¿Los que infructuosamente claman por un justo resarcimiento? Evidentemente, ellos no. Somos los no inundados los que disfrutamos de ese regreso a la normalidad. Para todos los otros santafesinos, el drama sigue. 
 
*

Paradojas del agua, el mismo río que cubrió un tercio de la ciudad, sacó a la luz vastos fragmentos de realidad que desde hacía demasiado tiempo permanecían sumergidos (y no precisamente por el agua). Mejor dicho, no sólo los sacó a la luz, sino que además los arrojó como una bofetada sobre el resto de la ciudad. Fue como si la parte oeste de Santa Fe se elevara y, plegándose sobre una bisagra imaginaria en dirección al este, cayera en forma estrepitosa sobre la "zona de bulevares", provocando temporariamente la forzada yuxtaposición de las dos ciudades: la Santa Fe que todos conocemos y esa Santa Fe oculta que muchos prefieren ignorar. El agua expuso ante los habitantes del centro todas las miserias que éstos nunca habían visto, o que sólo habían visto de lejos, a través de la lente desenfocada del prejuicio y del recelo. De un día para el otro, las estadísticas de la marginalidad dejaron de ser meros números, se humanizaron y adquirieron rostros concretos. Los anónimos protagonistas de oscuras historias de vida se instalaron a la vuelta de la esquina.

Por supuesto, esta inédita convivencia dio lugar a las más variadas reacciones. Hubo quienes mostraron un asombro rayano en la ingenuidad. Hubo quienes ejercieron activamente la comprensión y la solidaridad. Hubo también quienes incurrieron en el desprecio y se dejaron ganar por un pánico exacerbado ante la "invasión". Frente al surgimiento abrupto de esa porción de realidad hasta entonces sumergida hubo una sola actitud que no se pudo adoptar: seguir ignorándola. Era imposible. No había cómo esconderse, ni dónde esconderla.

En ese contexto -motivados, según el caso, por convicción ideológica, por sinceras razones humanistas, por demagogia, y hasta por súbitos sentimientos de culpa- hubo entonces quienes pensaron y declararon que habría un antes y un después de la inundación en la historia de la ciudad, que la catástrofe nos brindaba una inmejorable oportunidad para enmendar errores y fundar una nueva Santa Fe, erigida esta vez sobre bases más solidarias.

Sin embargo, casi tres meses después, da la sensación de que aquello fue sólo un intervalo lúcido. El efecto paradójico del agua ha vuelto a operarse, pero esta vez en sentido inverso: el río se retiró del tercio inundado de la ciudad y, paralelamente, los fragmentos de esa realidad postergada volvieron a quedar tapados. Como antes. Como siempre. Sólo que esta vez, en su retirada, el río sumó a esa realidad nuevas porciones, y ahora hay miles de víctimas más de ese síndrome colectivo de invisibilidad.  
Retornar cuanto antes a la normalidad perdida es una aspiración lícita y comprensible, pero el precio no puede ser el olvido. Trescientos mil santafesinos hemos vuelto a la normalidad, sí, pero al costo del retorno lo están pagando los otros cien mil. Ésos que, alejado ya el peligro de estar inundados por el Salado, corren ahora el riesgo de quedar sumergidos por la amnesia y la ceguera del resto.
                                                                                         
*Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@...
 
 
Las ciudades y la memoria.3*
 
     Inútilmente, magnánimo Kublai, intentaré describirte a Zaira, la ciudad de los altos bastiones. Podría decirte de cuántos peldaños son sus calles en escalera, de qué tipo los arcos de sus soportales, qué chapas de zinc cubren los techos; pero ya sé que sería como no decirte nada. La ciudad no está hecha de esto, sino de relaciones entre las medidas de su espacio y los acontecimientos de su pasado: la distancia hasta el suelo de una farola y los pies colgantes de un usurpador ahorcado; el hilo tendido desde la farola hasta la barandilla de enfrente y las guirnaldas que empavesan el recorrido del cortejo nupcial de la reina; la altura de aquella barandilla y el salto del adúltero que se descuelga de ella al alba; la inclinación de una canaleta y el gato que la recorre majestuosamente para colarse por la misma ventana; la línea de tiro de la cañonera que aparece de pronto desde detrás del cabo y la bomba que destruye la canaleta; los rasgones de las redes de pescar y los tres viejos que sentados en el muelle para remendarlas se cuentan por centésima vez la historia de la cañonera del usurpador de quien se dice que era un hijo adulterino de la reina, abandonado en pañales allí en el muelle.
     En esta ola de recuerdos que refluye la ciudad se embebe como una esponja y se dilata. Una descripción de Zaira tal como es hoy debería contener todo el pasado de Zaira. Pero la ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en las esquinas de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, cada segmento surcado a su vez por arañazos, muescas, incisiones, comas.
 
    * “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino.
 

 

*

El temible desborde, desbocado. Yo leyendo en México el desastre, la corrupción y desidia de las autoridades, las obras de encauce, entubamiento y previsión siempre prometidas, nunca realizadas. Muerte y dolor en avalancha sobre los barrios costeros inundados. Yo leyendo en México los cables del desastre. Yo, porteño irredento que apenas si pasé dos o tres veces por Santa Fe y que aún no conocía a Mónica, recordando la vez que de niño, gracias a la avioneta que servía de alarma, crucé a nado en La Serranita la creciente del Aní-Sacate justo un instante antes de que pasaran arrastrados por las aguas caballos, vacas, carretas, muebles desguazados. Y ahora la inundación rompía de nuevo los bordes y esta vez se había excedido y arrasaba con todo. Después vinieron los lamentos las nuevas promesas, siempre tardías y falsas.

 

*Eduardo Lucio Molina y Vedia.  eduluc_2000@...

 

Desde la aguada*
 
Desde la aguada del Salado a hoy, la palabra enmudeció en mis manos. La siento como una lejanía que se dispara de mi cada vez más. Algún gesto. Alguna intención de mi parte hace aparentar un acercamiento. Es sólo un espejismo.
Es mucho el dolor, la impotencia y la falacia acumulada, producida por la aguada del Salado. Y uno esta allí como testigo de una tragedia que supera el propio canto. Seamos sinceros: ¿podré cantarle a la luz, casi como sensación mística, a la luz en las azucenas, en el sol, en un niño, cuando la cicatriz no cierra?
¿Qué decir ante la muerte ignorada y traficada por oscuros personajes, que por azar o por poder, llegaron a la cumbre política de la ciudad y la provincia? ¿Cómo puedo acercarme a la poesía sin rozar la herida?
Me duele todo porque todo intento es vago y vacío. Sin sentido. Y como adormecida la mano, vacía, casi sin contenido. El agua erosionó toda mirada, todo matiz, toda esperanza. Sólo los gritos contestados con cinismo.
Y uno en el medio. Sin poder. Y vuelvo al papel. No quiero forzar. Ya lo he dicho. Ya lo digo. Lo forzado no sirve. Es pose o alevosía en escritura. Pero no sirve.
Y me encuentro así, sin poder continuar porque sé que escribiendo la musa se despierta o yo me despierto y la musa me sugiere.
Miro en torno. Casi abismal el andar nuestro de cada día. Y el agua sigue su labor: erosiona una y otra vez. Ya no es lo mismo. Hubo un quiebre profundo marcado por el dolor. Y la mirada no puede ocultarlo.
Escribo sin cesar para comprender, además, mis estados de ánimo. Todo se hace insondable. Sin embargo, una vocecita interior lo reclama, la vida continua casi, diríamos, con total suficiencia sin aferrarse a estos menesteres, ignorándolos. ¿escribir para qué? ¿escribir qué? Y dale que va la calesita, dale que va con su musiquita repetida mántricamente.
 
¿qué gesto debo abordar?
¿cuál?
Una lágrima hecha de sal y barro brota
desde la ojiva de tu mirar.
Y el cuenco de mi mano no alcanzó
no supo cómo
no pudo.
 
 
Y allí se queda el poema, estúpidamente mirando en torno. Sombras, sólo sombras que bajan, suben, pasan, vienen, van aullando quejidos. Ya no podemos decir, para ocultarnos: “por algo será”, como en la noche negra de Argentina. No sabemos por qué fue. Sólo sabemos del cinismo a bordo.
Escribir ¿qué y para qué?
Me repetiré estas preguntas una y mil veces. La respuesta es tan incierta como la voz que la formula. Busco un intersticio de luz, una línea vaga, una gota de cristal.
Mañana amanecerá. La vida continúa. Dicen que el tiempo se encarga de hacer olvidar. Es cargarlo con el oficio de sepulturero. Poco le importa.
 
13-3-05

La ruta 41
 
He cruzado y he manejado, en esa ruta de la provincia de Buenos Aires, en varias ocasiones. Es cruzar un país, es tener la sensación cierta de lo interminable, lugar donde el horizonte no se agota: siempre regurgita sombras fantasmales que van adquiriendo forma con la marcha: son árboles o lomadas o el espejo de una aguada.
Es un país de llanura. Es un enjambre de lejanías. Es el lugar donde puede suponerse molinos de viento, dinosaurios resucitados, vientos sin fin, cacerías sin alambrados, viejas sierpes negadas, tormentas bravas de lluvia, granizo, viento y relámpagos, extrañas flores, habitantes moviéndose en los siglos que desconocemos o negamos, tardes bucólicas en sus lagunas, estampidas arrolladoras de viejos animales, oscuras nubes de langostas, el rumor del silencio, de gente deambulando, de cazador cazado.
La ruta 41 está cubierta de aullidos que se levantan y la atraviesan todo el día; tropel de bestias, de sables, de bravuconadas, de nubes de polvo con destino incierto. Larga ruta de fortines, que con su forma curva, cubría y cubre intereses surcando el plata.
Y yo aquí, atravesando esta ruta 41 por enésima vez, atravesado por ella una y otra vez aún en este papel. La vastedad cobre forma, aúlla dentro de uno, aquieta las furias, fermenta la paciencia, exaspera hasta el hartazgo. Se vuelve impronunciable.
 
07-02-05

*de Oscar A. Agú. cachoagu@...

 

Posdata:

*

Le pregunté si bajaba el río.
Sí, me contestó uno, mi casa
es aquella, una más allá de la esquina,
hoy se ve un poco más que ayer.
Yo me quedé mirando la casa
rosada, más rosada aún
bajo el sol del atardecer.
Una casa bajo el río no es una casa,
pero aquel hombre de fe dijo firmemente:
sí,    baja,    mi casa.

*Roberto Malatesta
Escritor argentino (n. 1961)
Reside en Santa Fe

-Fuente: El Regalador nº120.

 

 
Ruido de Magia...
Para escuchar buena música y leer escritos al aire.
 
*
HOLA  a todos, el programa especial del día del trabajo contara con la cantante argentina Leonor Marchesi radicada en España hace 20 años, en directo vía Madrid entrevista telefónica más la sección especial de Inventiva Social.
Recuerden Domingo 01-05 en la www.radiog.com.ar de 15 a 17hs. de Argentina.
 
*Marcelo Insua marceloinsua@...
 
 
*
 
Queridas amigas, queridos amigos:

El próximo domingo 1 de mayo del 2005 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), música del compositor argentino Santiago Tomás Díez Fischer. Las poesías que leeremos pertenecen a Lina Zerón (México) y la música de fondo será de
Takillakta (Perú); todo ésto en nuestro programa Poesía y Música Latinoamericana, en español y alemán. ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio
www.radiofabrik.at (Link MP3 Live-Stream) !!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite ahora también todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo
¡Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Friesachstr. 4/2 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067


Apreciadas amigas, queridos amigos,

El número 71 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante”, edición Abril/Junio/2005,  puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.com bajo el link
http://www.euroyage.com/index.php?i=http://www.euroyage.com/xicoatl/71/e_71.php 

CONTENIDO del # 71:
 
Ensayo: "Los 400 años de Don Quijote de la Mancha ". Walkala
Poemario: Poemas de Rolando Revagliatti.
austria: "Madrugador". Georg Bydlinski.
 
La edición impresa de XICóATL # 71 puede ser puede ser solicitada a YAGE  por e-mail a la dirección xicóatl@...  al precio de 5.- Euros (incl. envío postal en
Europa).

Cordial saludo,
YAGE, Verein für lat. Kunst Wissenschaft und Kultur.

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*Eduardo Francisco Coiro inventivaedicion@...
 
 
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