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EDICIÓN MAYO INVENTIVA SOCIAL   Lista de mensajes  
Responder | Reenviar Mensaje #41 de 226 |
Edición MAYO 2005 INVENTIVASocial
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Tengo palabras pendientes*
 
Tengo palabras pendientes,
unas caricias que faltan,
un murmullo, cien palabras,       
Una cama que llenar.
Hay un parpadeo breve,               
un concierto de susurros,
treintamil besos impuros,
un abrazo sin final.
 
Tengo, por tenerte cerca,
unos pensamientos vagos
que se llenan de tu imagen
y me vuelven del revés.
Tengo deseo de carencias,
palabras a media voz,
un envoltorio de esencias
con los sueños de los dos.
 
Quiero que sepas que tengo
aun tu recuerdo guardado.
La imagen de tu vestido,
el sonido de tu risa
y la expresión de tus ojos
al vestirte a toda prisa.
Las caricias de pasillo,
aquellos besos robados,
abrazos atolondrados
aquel sonreír sencillo...

Pensamientos que me enseñan,
que hacen que piense en futuros.
Mujer de magia y conjuros          
Mujer con quien todos sueñan.

 
 
*Joan Mateu. joan@...


 
 
Sentidos*

La distancia entre el
perfume y la luz

       el gusto y el sonido

es la piel

el tacto se abre
como estrella terrestre
a veces, no es fácil,

ese resplandor llega.

Oimos el  luminoso
sonido, la nariz toca
partículas impalpables
ojos en la boca
para gustar.


Angeles caídos

rodamos

con el rojo brillante de la manzana

en el hueco de las alas.

*de Cristina Villanueva. 
pluma@...
 
 
*
Por momentos suele salir una sonrisa entre el respirar
y uno quiere guardarlo como un pétalo en un libro
ordenado en la paciencia, de esta esperada esperanza, . . .
Por momentos uno agradece la copa de vino
sin preguntar dónde añeja el futuro, si de un hueco azul,
o de un alimento comprometido con el exterminio,
Si es el mismo ángel del diablo, o si del diablo un ángel
el que  toma nuestro vino.
(Por momentos lo absurdo es la realidad cotidiana,
mientras cien veleros cursan un arenal sin precipicios)
Suelo tener las manos tan a tierras forjadas,
que de los bolsillos sale un surco
un saludo de hospital
 y me reverencio
 y creo
y llamo a la interminable, la absoluta, la bienvenida equidad
entre los que respiran,
y no . . .
 
*Ricardo D. Mastrizzo. ricardomastrizzo@...
 
 
 
Limpieza a fondo*

Desprende del techo con un plumero los sueños que cuelgan junto a las telarañas del cielo raso. De bajo la cama, barre el deseo. Con una espátula despega la ira de las paredes. A la ternura, bastante apolillada, la
descuelga del ropero. Mete todo en una caja, que envuelve y ata con espléndido moño de regalo, y la deja sobre la mesa del comedor.
Conforme con la tarea realizada, se va de la casa dando un portazo.
- ¡Qué sea él quien saque la basura!- exclama.
 
*de Lucia Diaz. ludiaz1@...

 
 
LOS AMANTES*
*Julio Cortázar

¿Quién los ve andar por la ciudad
si todos están ciegos ?
Ellos se toman de la mano: algo habla
entre sus dedos, lenguas dulces
lamen la húmeda palma, corren por las falanges,
y arriba está la noche llena de ojos.

Son los amantes, su isla flota a la deriva
hacia muertes de césped, hacia puertos
que se abren entre sábanas.
Todo se desordena a través de ellos,
todo encuentra su cifra escamoteada;
pero ellos ni siquiera saben
que mientras ruedan en su amarga arena
hay una pausa en la obra de la nada,
el tigre es un jardín que juega.

Amanece en los carros de basura,
empiezan a salir los ciegos,
el ministerio abre sus puertas.
Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día.


Ya están vestidos, ya se van por la calle.
Y es sólo entonces
cuando están muertos, cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos. 
 
*Enviado para compartir por Maria Bar. barmaria@... 
 
 
 
JUEGO DE INVESTIGACION *

  

 

Eran los cajones de un mueble en la cocina en desuso. Ese ambiente abandonado, se convirtió en el preferido de mi casa. Lo usaba para jugar con Irene, mi amiga. Dentro de esos cajones guardábamos información. Pasábamos horas en nuestra infancia recopilando historias de vecinos y las plasmábamos en fichas. Cuando terminábamos de hacerlo, las colocábamos en ficheros, que por último  protegíamos en los inolvidables cajoncitos del mueble de madera…..

Quizás sentía placer y satisfacción, pero era mi distracción favorita. Por tal razón todo lo que me ocurría en el día lo relacionaba a esa inolvidable “juego” de la infancia.

 

Un día mamá me hizo acompañarla hasta el centro en taxi. Mi mente de investigadora no descansaba ni en circunstancias como tales, y buscando encontré en el asiento trasero, un objeto. A mí todo me venía bien y al verlo abandonado lo guardé en mi bolsillo. Al llegar a casa me fascinaron sus colores brillantes y su forma octogonal. Lo primero que pensé fue en incorporarla a mi escritorio, y con mi gran imaginación se convirtió en el estuche para guardar los ganchitos de la abrochadora.

 

Con Irene teníamos toda clase de referencias de nuestros vecinos, los investigados. Algunos nos atrapaban más que otros, tenían vidas y situaciones muy interesantes. Dentro de nuestras elegidas era la de Hermiña. Justamente ella era distinta de todos los demás, porque no se podía averiguar nada de ella, ya que no iba y venía como los otros. Irene y yo imaginábamos que durante el día planchaba  o baldearía el patio, además de cuidar al hijo y esperar todo el día a su marido regresar del trabajo. Parecía muy trabajadora, pero a nosotras, las investigadoras nos llamaba la atención que nunca pero nunca se alejaba de la puerta de la casa…                

                                                                  

 *de  Graciela Chajudgracielachajud@...

 

 

 
 
EL SEÑOR DE LOS RELOJES*

 Cuando todo esto pase, cuando por fin haya terminado de contarlo, él (o esta imagen inmaculada que me queda de él montada en oscuras catacumbas de la mente, irreparables maquinaciones en el silencio) seguirá allí como si nada, si de algo puedo estar seguro es de eso, como si nada y anclado en
algo que, por llamarlo de alguna manera, denominaremos pasado.
 Díganme que la mañana es distinta hoy, creerán que es una redundancia, todos los días son distintos entre sí, sólo se someten al rigor de un mismo desarrollo en la obra rectilínea de la creación, de esta manera en un determinado instante, precedido o no por un gallo anecoico, o el rumor que la brisa desprende como cosquillas de los arbustos, la claridad va ganando la espuma invisible del cordón este del horizonte -hasta allí un círculo inalcanzable- tomando razón de la imperceptible, continua y magna revolución del planeta hacia su diestra (déjenme seguir, recordar así hoy esta sucesión me resulta absolutamente necesaria y reconfortante) y así esto nos pone de cara a la luz, no importa el capricho atmosférico que nos cubra entonces sin vernos desde el cielo, el sol siempre aparece por aquel lugar, en aquel extremo, y se reasumen los andamiajes de un nuevo día que comienza, en cada cosa y en cada ser, y cada veinticuatro horas (y segundos que cada cuatro años recolectamos para sumar un día entero llamado 29 de Febrero -que pavor me da recordarlo-) entonces, un día pasa tras otro en cadencia sometida a
nuestras artes actuales de medida, y esto nos ayuda a ponerle supuestos límites numéricos al tiempo. Pero no imaginan lo bueno que es realmente saber del todo que esta mañana sí es distinta, que este día es otro día nuevo, que hubo una peste, una batalla terriblemente feroz allá lejos, que la gente hace cosas imposibles para salvarse del dolor, que dentro de poco terminaré con mis mediciones y volveré por fin a mi casa.
 Era imposible seguir más allá: la descomunal magnitud de las lluvias en la últimas semanas (sigo poniéndole nombres a estos espacios de recuerdo como si de veras pudiera) se traducía tan claramente en este aluvión de lodo y piedras que había arrancado de cuajo el puente de madera, el nexo entre
nuestro destino y esta parte del mundo. Mi sencillo plan de terminar en un día con todos mis cálculos de agrimensor sobre el terreno, la extensión y principales accidentes de la estancia La Florida, se detenían frente a este río enfurecido, este clima inusual y monzónico. Benavídez, e1 chofer de la empresa, advirtió que el único intento posible de pasar al otro lado era seguir camino al norte por un sendero de tierra que no sería inconveniente para la 4x4, bordeando las nuevas márgenes rumbo a los bajos, hasta la
pequeña ciudad de Herminda, uno de los primeros asentamientos de colonos, donde él sabía de un paso sobre arcos de piedra. Como espectros en esa espesa bruma vespertina que aplastaba los árboles y las suaves colinas, apurados por el sonido atemorizante del río, subimos a la camioneta y seguimos la marcha.
 Llegar al poblado nos llevó más de lo esperado, con la lluvia incesante (demasiada agua para ser un fin de verano común) y un camino casi invisible, los cuarenta y dos kilómetros mal calculados por Benavídez parecieron un viaje al Amazonas, así que la noche oscura y pluviosa nos encontró consiguiendo albergue en la pequeña luz de un modestísimo hospedaje adjunto al ferrocarril abandonado y pegado a la plaza principal, tras oír las peores noticias: los arcos habían cedido a la fuerza del agua y el paso de piedra
había caído. "Usted descanse, ingeniero, yo mañana tempranito salgo a ver por donde podemos cruzarnos al oeste, esa estancia no ha de estar tan lejos". Creo que asentí con más fatiga que convicción en la propuesta, creo que se me cerraron los ojos de un portazo, creo que necesitaba dormir y mañana
(quiero creer que si existe esta palabra) sería otro día, otra historia diferente.
 No hubo claridad, sólo el repiqueteo de las gotas en el techo de chapa, uno que otro trueno, el chirrido de algo estructural y metálico que se mezclaba con las imágenes de soldados enhiestos con su morriones dorados, desenvainando sus sables y blandiéndolos al cielo en una ronda de refucilos filosos sobre sus cabezas, me asaltaron como el coletazo de un mal sueño, no podría decir pesadilla, y me desperté sin prisa ni pausa contra toda la modorra del mundo. Miré mi reloj para orientarme y encontré las siete y
cuarto clavadas, con el segundero inmovilizado y su maquinaria muda. Me vestí rápido para entender si era la mañana o la tarde, me parecía haber dormido intensamente y como por un siglo, aunque la sensación de mi cuerpo acusaba un cansancio inusual y profundo. La cama de Benavídez estaba bien revuelta, habría ido en busca de algún paso, alguna salida sin duda. El alojamiento era bastante precario pero pude asearme con comodidad, aunque mis zapatos y la ropa tenían todavía bastante barro, y al salir de la
habitación pregunté a una persona que esperaba tras una mesada a modo de recepción por la hora y por algún lugar donde comer. "Serán como las once, y del otro lado de la plaza está el comedor del pueblo, abre recién al mediodía" (las once, mediodía, tiene medida...el tiempo?). Al asomarme a la
calle entendí que la espesa niebla del día anterior (ayer?) era algo más que un fenómeno meteorológico, había algo en el aire, una espesura, un aroma extraño, con la llovizna persistente y en todos lados, una tenue luminosidad de sol oculto, lejano, apenas un viento se llevaba eso que empezaba a dilucidar cuando todo se acomodaba en una quietud abrumadora, la sonoridad de otro trueno. Y este era entonces el pueblo... así podría denominarse a esta agrupación de casas de una sola planta, antiquísimas con sus frentes planos de ladrillos a la vista pero con detalles que hablaban de un espacio esplendoroso, de colonia gringa pujante, en un antes diferente a esto que captaban mis ojos, viejas casas ordenadas en un simple pero exacto damero citadino en torno a la plaza y la estación de trenes, encastrado entre la
vías abandonadas y el fragor incesante del río: no pude distinguir silueta edilicia ni cruz que evocara ninguna iglesia, tampoco una entrada o acceso principal, el sitio por el que abríamos arribado como náufragos en la noche, por donde habría salido hoy Benavídez en la camioneta, quizá allá lejos en
la bruma estaría moribunda, la forma truncada de un arco de piedra deglutido por el empuje de las aguas. Crucé una calle adoquinada esquivando los charcos que espejaban los grises del cielo hacia los esmirriados árboles de la plaza que recortaban despojadas copas contra la nubes bajas. Si les digo
que todo impresionaba (e impresionaba en todo sentido) como muy viejo y quebrado creo no llegar a reflejar la sensación exacta, lo palpable hasta en el cayado de los huesos. El pesado cansancio (será que estoy en ayunas, pensé...) me obligó a buscar asiento en algún banco, pero los pocos que parecían estar indemnes presentaban sus corroídas pinturas empapadas por la garúa y los tablones arqueados de tanta humedad permanente, algunos pocos transeúntes cruzaban como ausentes, sin mirarme y tampoco optaban por descansar de ningún modo en ellos. Miento aunque quiera creer lo contrario, si les digo que vi algún perro, algún caballo suelto, gorriones. Recorrí con la mirada las construcciones que daban a la plaza, una estafeta postal, los restos de lo que parecía un gran hotel abandonado, un destacamento de policía cerrado, algunas vitrinas intactas que protegían maniquíes desnudos, una balanza pública, un modesto galpón recortado contra la sombra posterior de un silo, hacia la estación donde unas siluetas se esmeraban en bajar bolsas negras de un camión vetusto y un carro detenido en el barro, el cartel de chapa del comedor, por fin... Me encaminé hacia allí para probar suerte.
Nadie contestó a mi llamado en la puerta desvencijada pero bien asegurada, y cuando intenté rodear la entrada buscando un pasillo lateral hacia el patio con alero de los dueños de casa, encontré con sorpresa una puerta de madera con aberturas vidriadas desde donde emergía una tenue luminosidad interior:
"Relojería Franconetti" se leía claramente en letras azules y rojas de exquisita filigrana sobre el vidrio lleno de polvo... "desde 1869, atendida por sus dueños", abajo, en letras menos claras y más pequeñas. Pensé en mi reloj detenido y al divisar un hombre abstraído en su trabajo sobre el mostrador giré el picaporte y entré. "Buenos días, llega a tiempo" dijo con una increíble amabilidad y extraño acento, tras una mirada muy joven y celeste que contrastaba con su cuerpo de unas seis décadas (otra vez este
atrevimiento... "a tiempo" había dicho el anciano...). Llevado por la familiaridad de su saludo le comenté sin mayores explicaciones sobre el problema de mi reloj. "Siempre pasa lo mismo (recordar esas palabras me eriza la piel...) en los 29 de Febrero, hasta con estos, los suizos, que son los mejores...quizás podamos hacer algo..." dijo mientras recorría minuciosamente con esos ojos increíbles las agujitas inmóviles en esa prisión de metal y cristal. Sus temblorosas manos se dispusieron diestramente al oficio, mientras comentaba entusiasmado sobre los increíbles progresos de la relojería... "en este pueblo de piamonteses testarudos el que no tiene reloj está perdido... cuando mi abuelo me enseñaba estas artes
jamás uno podía imaginar que en este lugar tan lejano tuviese tanto trabajo...". Mientras con el oído seguía sus palabras, mi mirada se posaba en cada detalle del fabuloso tesoro escondido en aquel cuarto de paredes gruesas y revoque derruido: cientos de relojes de pie, de péndulo, de pared, de pulsera, de bolsillo, hasta un pequeño cucú y unas gráciles clepsidras, todos arrumbados por cada rincón de esa habitación de sueños dormidos.
Pareció ignorar mi voz muy ocupado con su nuevo quehacer cuando le pregunté sobre la gente del pueblo, la situación del ferrocarril, la caída del puente, los negocios cerrados, la lluvia consecutiva... "todo eso fue pasando inevitablemente y seguirá así..." decía como sin poner atención en hacer memoria. "Tengo que hacerle un ajuste fino al mecanismo, para mañana (...) podría estar listo..." dijo con total tranquilidad tras una simple sonrisa, y casi ni se despidió de mí, sólo se encaminó hacia la puerta vidriada para abrirla y ponerme de cara a la vereda, a la llovizna, sin noción de la demora, en un escalón más de fatiga que me había quitado el hambre por completo. Desanduve la plaza hasta el albergue y extenuado, casi
diría que febril, sin ninguna idea clara más allá que la del reposo, caí rendido sobre la cama.
Hubo un repetido clamor de trompetas y estruendo de cañones, traqueteo de caballos, voces de mando ahogadas, gritos de furia y alaridos de dolor inacabable, el humo omnipresente de la pólvora quemada, el olor rojo de la sangre por todo el suelo... Esta vez el despertar fue nefasto, y el sueño había sido igualmente largo y poco reparador, con el mismo canturreo de las gotas en la chapa y la estructura de metal atascada, el precario e insostenible equilibrio del molino de viento desvencijado tras el hospedaje.
Las sábanas estaban secas aunque juraría haber tenido delirios de temperatura, o un sudor profuso entre tanto terror y carrera desesperada por aquel espantoso campo de batalla.  Me incorporé al borde del mareo y la náusea, me vestí tan rápido y prolijo como pude, parecía haber claridad o sol (?) todavía, todavía podría buscarlo. Encontré nuevamente a esta presencia tras la mesada y pregunté por la hora... "le repito que estamos cerca de las once" dijo con un dejo de mal humor que no comprendí en lo
inmediato -pero después-, y salí con pasos tambaleantes hacia la lluvia persistente, hacia el nudo de la plaza abandonada, donde todo parecía estar allí aún, sin ningún cambio (a lo lejos las siluetas difusas continuaban descargando las bolsas frente al galpón, frente al silo borroso en medio de la bruma) y era de veras todo tan frío y tan igualmente extraño, yo siguiendo hacia adelante sin saber exactamente a donde, apretando con los dedos mi muñeca izquierda desnuda, desprovista. Entré sin golpear y encontré
al anciano apesadumbrado bajo la luz mustia del cuarto, como más envejecido de repente, mirando inmóvil a mi reloj pulsera que reposaba sobre un trozo de pana verde oscuro.
-No lo esperaba tan tarde, pero igual llega a tiempo (lo dijo así, a tiempo...) aunque lamento decirle que volvemos a este mismo gran problema de siempre...- dijo sin apartar sus ojos de la pulsera plateada, las mismas frases como tantísimas veces....- No pude salvar a nadie, tampoco pude entonces con todos estos, tampoco voy a poder con el suyo... algunos se quedan así, como cansados de remar en la arena... empezó un día como hoy, un 29 de Febrero...- Miré alrededor y capté un detalle que no había registrado antes: absolutamente todos, todos los relojes del cuarto estaban detenidos, varados en las siete y cuarto, "perdidos en este sueño eterno..." alcanzó a decir como en un trance poético, y comenzó otra vez a narrar con detalles de poseído la destreza de ese abuelo relojero que nunca había conocido estas
tierras, muerto como tantos desgarrados en esa terrible batalla en Solferino, las historias de sus amigos que ya no estaban, el lento fallecimiento de su esposa y su hija, la crónica completa y verbal de esta
colonia gringa aislada sin tren ni puente a merced de los guadañazos de las pestes y el hambre, vivida en carne propia desde su llegada en 1869, y tras la puerta vidriada, este recurso de anclarse así desesperado al tiempo...

En unos minutos guardaré por fin la caja con mis herramientas e instrumentos, las banderas rendidas, estas anotaciones... el aroma de la metralla, una absoluta impotencia para comprenderle esa trampa a cuerda perpetua, el sombrío mecanismo de no dejarse ir en paz con todos... La camioneta ya está en marcha, es una lástima dejar tan pronto La Florida y este sol eterno, encuentro algo indescifrable, una tibia amenaza, en esto de pensar todo el regreso... Y por favor, díganme otra vez que este día es
distinto, díganme que ya estamos en Marzo.
 
*de Santiago Torales. nahrid@...
 
 
 
Fotos*

Nuevamente, el tiempo pasa a la velocidad del click, me veo detenido ante  cinco esquinas, viendo fugar las imagenes, las cosas y la gente.
Sé, que tengo un reloj vital que es más lento que las cosas, que el tiempo externo es fugitivo, voraz, vertiginoso. Hasta su estetica, tiene el paso vertiginoso, en la mirada ausente, en la moda. Mi reloj está atormentado en la velocidad de la ansiedad, la externa y la propia que son el signo de una misma temporalidad histórica. Pero ella, desarma mis pasos necesarios, los urge de fin. Y los hace fin antes del comienzo.
Estoy mudo, frente a esas fotos antiguas en blanco y negro, siempre que estoy en una encrucijada me veo repasando esas imagenes, muchas, de los abuelos y tios que nunca conoci, que son relatos tenues, otros mundos de vida que tambien son mi sentir y mi mundo.
Y, allí empiezan a faltarme las palabras para contar, para decir sin traicionarme, sin generar mito y equivoco, sin eludir las claves en el pequeño milagro de existir.
Esa mirada firme de  8 años en un libro de oraciones en la comunión, la sombra gris recorta mi figura contra la cortina, al lado del Berkeley a lamparas se ven los guantes blancos.
El moño tambien blanco, es enorme, ridículo. Trato de recordar algo de esa época y me recuerdo frente al confesionario, dentro de una iglesia fría, el sacerdote con su rostro vedado, apenás visible en poros circulares. Me pregunta cuales son mis pecados, y recuerdo mi desconcierto.... ¿pecado? traté de superar mi incomodidad y le inventé inexistente, esa confesión obligatoria generó la primer mentira de la que soy consciente. El sacerdote me absolvio despues de asignarme varios padrenuestros y avemarías. Todavía recuerdo esa situación y siento enrojecer de vergüenza ajena.
En ese tiempo, mi madre me habia explicado que el mayor compromiso de una persona era con la verdad. Y ha decir verdad, todavía no sabia que la verdad absoluta puede ser intolerable, inaceptable.
 
Otra foto, en la esquina de la casa de Quequén, las paredes están sin revocar, se ven partes de un andamio, mi padre en camiseta tomando a mi hermana con la mano derecha. Mi hermana y yo tomados en la mano izquierda, tengo un gorro de papel que pretende ser gorra y un palito vertical que es espada.
El tiempo es una aventura irrepetible, un acertijo que uno desafia de perdida a imagen, del estar al no estar. Intento disimular mi desencanto, mi perplejidad ante lo pasado adormecido en mi ser. Escucho los ruidos del mar, son el fondo en el fondo del presente y de arena y sal en la piel. Fui y soy.

Son once como un equipo, mi padre es el segundo a la derecha, tiene la ropa de trabajo grisada por la jornada de engrasador cumplida, el único con una gorra y las botas altas a prueba de la soda caústica. En ese taller, mi padre tenia un pequeño recinto de dos por dos, donde a las 9 de la mañana preparaba sin falta el mate cocido con leche para todos en un pequeño calentador a kerosene. Allí esta, con la misma cara de Rossano Brassi que encandilo a mi madre en ese atardecer lluvioso, cuando ella sintió que él
habia salido desde una película a protegerla con su paraguas de ilusión allá por el '56.
Ya eran sobrevivientes, a la guerra, al bombardeo del centro en el '55. A perdidas tempranas y desarraigo. Y siempre los veo en la tormenta, luchando lo mejor posible.
Recuerdo esa tarde, casi al final, en una tarde cruda de invierno, ambos metidos en la cama, mi padre con un gorro de lana, muy juntitos viendo una película de Nini Marshall en canal 7, se rien, se apichonan. Yo era apenás un testigo. El asombro de una dicha.

Paterno, 9 - 6 - 53. casi un año de la partida de mi viejo, es una foto pequeña, única. Son los abuelos italianos posando con nieta y nieto de brazos. La abuela con el mismo rostro de mi padre en su vejez, con un pañuelo atado apenás arriba de las cejas. En su mano derecha lleva un recipiente con alimentos. Es pequeña y tremula pero fuerte. El abuelo Antonio con su gorra fiel que lo acompañaba en los senderos de montaña guiando ovejas y cabras. Atrás toda la humildad de una mesa rústica que seguro hizo el mismo. Una puerta abierta es el fondo lejano.
Trato de verme en el lejano espejo de su existencia, trato de imaginar los muñecos de nieve ,el juego de las manos de mi padre, todavía suaves antes de grasas y acidos, con esa nieve en una batalla que algún día sería cuidar la vida y el sentir.
Veo su silencio del otro lado de la vitrina, del relojero del pueblo, su asombro ante los engranajes del cucu, la técnica marcando el paso en sonidos mécanicos.
Su reloj no era digital, tenía raices concretas, sabía esperar. Sabía de siembras y cuidar animales en los senderos del bosque de los lobos camino a Padula.
Hoy, asediado del tiempo angustioso que nos lleva más rapido hacia la muerte.
En la inmediatez del "just do it".
Quisiera tener y sentir, al menos en parte, el reloj vital paciente, perseverante, caminante en su propia verdad de mi padre.
 
*de Eduardo F. Coiro. inventivasocial@...
 
 
 
 
 ES HORA DE SILENCIOS*

Ya es hora de silencios, de cercenar palabras
En medio de las sílabas,
Penetrar un desierto más allá de los difuntos
Y de saltar los muros de cuatro cementerios.
Olvidar lo vivido para empezar de nuevo
En otra dimensión. Trasponer escalones,
Cruzar esos espacios hundidos en la nada,
No escuchar a los muertos, que en sueños,
Me reclaman, tironean de mí,
retuercen la estructura de mi mente
Y me ofrecen manjares allá, más lejos
De la atmósfera y de una estratosfera
Sin antorchas.

Es hora de silencios, de omisiones y amnesias
Y en esa inadvertencia de precepto arraigado
Quitarse el antifaz sin agujeros,
Inmergirse en la calma de algún tiempo sereno.

Pensar -no demasiado- en un mañana
Con la brújula al norte y un Capitán
Sin sogas que lo aten al pasado...

Es hora de silencios, de silencios agrestes
Que acaricien la tarde, de flancos superpuestos,
De mirarse en el agua sin culpas verticales
Y sentir en el viento, de un hombre, su perfume,
La claridad que apunte derecho al inconciente
Y ser yo de repente, desnuda, clara y nueva
Como en la nueva aurora nace un niño, sin ropas.

Y reaprender despacio, con ojos bien abiertos,
Todo lo no aprendido en el desafinado concierto
De una vida.
 
 
 
MEDIANÍA DE OCTUBRE*

Fuimos vos, octubre y yo
de viaje en un tranvía
con ojos entornados.
La primavera se trepaba
en rayos dorados
por cada ventanilla
y dibujaba soles de arlequines
sobre el viejo pasamanos de madera.

Fue medianía de octubre
en campo y ave,
en esmeralda y nube
en brote de hoja nueva,
en charco y mojarrita
donados por septiembre.
Y de trigales aún no mecidos
en los cunares de la tierra.

Fuimos medianía de octubre
en la chispa que se prendió en los ojos
y se apagó en la boca.
Porque vos, octubre y yo,
nos dijimos adiós
en la última parada.
Un pobre adiós sin sol,
sin chispas ni palabras.
 
*Poemas de Fanny Garbini Téllez. fannyte@...
 

 
 
Posdata:
 

Las ciudades y la memoria.2*

 

     Al hombre que cabalga largamente por tierras agrestes le asalta el deseo de una ciudad. Finalmente llega a Isidora, ciudad donde los palacios tienen escaleras de caracol incrustadas de caracolas marinas, donde se fabrican con todas las reglas del arte largavistas y violines, donde cuando el forastero está indeciso entre dos mujeres siempre encuentra una tercera, donde las riñas de gallos degeneran en peleas sangrientas entre los que apuestan. En todas estas cosas pensaba el hombre cuando deseaba una ciudad. Isidora es, pues, la ciudad de sus sueños; con una diferencia. La ciudad soñada lo contenía joven; a Isidora llega a edad avanzada. En la plaza hay un murete desde donde los viejos miran pasar a la juventud: el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos ya son recuerdos.

 

* “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino.



 
Ruido de Magia...
Para escuchar buena música y leer los escritos publicados en Inventiva Social al aire.
 
*
El programa se llama Ruido de Magia y va todos los Domingos de 15 a 17hs.
La frecuencia es FM 97.7 RADIO G en la web www.radiog.com.ar la radio queda en Los Andes 1260 - Bernal. En Mayo cumple 1 año de vida, nos honraron con sus visitas Mónica Russomano, Leo Sujatovich y Mónica Villa.
 
*Marcelo Insua marceloinsua@...
 

*

Apreciadas amigas, queridos amigos,

El número 71 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante”, edición Abril/Junio/2005,  puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.com bajo el link
http://www.euroyage.com/index.php?i=http://www.euroyage.com/xicoatl/71/e_71.php 

CONTENIDO del # 71:
 
Ensayo: "Los 400 años de Don Quijote de la Mancha ". Walkala
Poemario: Poemas de Rolando Revagliatti.
austria: "Madrugador". Georg Bydlinski.
 
La edición impresa de XICóATL # 71 puede ser puede ser solicitada a YAGE  por e-mail a la dirección xicóatl@...  al precio de 5.- Euros (incl. envío postal en
Europa).

Cordial saludo,
YAGE, Verein für lat. Kunst Wissenschaft und Kultur.

*
 
Inventren:..abrimos relatos que circulan por las vías dormidas de la Argentina.
Para viajar gratuitamente hay que enviar un mail en blanco a :
 
*
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( corresponde a sucursal 2280 Banco Nación Lomas de Zamora)
CBU: 0110031030003109654683

También existe la alternativa del pago por Correo con giro postal -me avisan por mail quien prefiere esta opción. A los compañeros del exterior les pido que se comuniquen para ver el modo de enviar el importe.
 
Un abrazo enorme y sigan acompañando esta hermosa experiencia.
 
*Eduardo Francisco Coiro inventivaedicion@...
 

     
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