de mi presente interrogante y descreído. Voy sacando
de a uno los bultos de mis fracasos y desilusiones,
asomándome a una carencia donde se entrecruza un
espacio selladamente ajeno, como aquellos sobres
donde se resguardan los testamentos.
El hoy está detenido por un muro de aire
infranqueable para mis ansiedades. Detrás de sus
altas puertas sólo existe el vacío y una larga
penumbra casi pisando el horizonte. Como una sombra
en la arena, como una larga bufanda interminablemente
de los altos pinos por llegar a las nubes, perforarlas
y provocar una lluvia de globos de colores.
Me siento como una movediza brizna mirando pastar
a los caballos, cercenar con su bocaza la tierna hierba
y me duele el dolor blanco del arrancón.
La lluvia sigue cayendo sobre los desmochados árboles
de mi vereda. La calle está oscura y solitaria.
Mi corazón es un fuelle de fuego queriendo detener
la medianoche. Detrás de sus altas puertas sólo
espera un mañana sin augurios.
PUENTE*
Jugar a ser otro, que no morirá.
A media luz por la ruta, surgiendo desde ese abismo fatuo y anterior que siempre decide por nosotros la velocidad sobre los autos, el cartel resalta elevado y nítido, con una luminosidad bien recortada contra el horizonte, a unos cientos de metros, a la derecha. Hay un impulso desesperado por abandonarlo todo y tal vez logre algo al detenerme, hallando un limbo apropiado para desprender la grasitud persistente de los malos presagios, si a esta altura sirve de algo intentarlo. Todo podría haber seguido hacia adelante como si nada, nada nuevo y todo armoniosamente sometido a la rutina circular de cada uno de nuestros días: los míos, los de ustedes, los de alguien más, otros más, en sus lugares predestinados, ellos. Nada de preocuparse demasiado, ya sin la herida profunda en el costado, todo continuo y envuelto en esa instantaneidad de mis esperables apetitos y necesidades, los espacios y recursos que dispongo para darles apropiada y pronta satisfacción, entablando esta inevitable y obligada relación con ustedes de por medio para conseguir alivios y seguir así juntos, en eso estamos, definiéndome un precario pero funcionalmente indispensable perfil de comunidad y entorno, sus precisos ajustes a puro pragmatismo y vértigo diario, mi rutina circular de todos los días con ustedes. Hasta ahí, supuse otra vez, esa era mi vida. Un largo equilibrio de años, con postales y estampitas remotas de aquel sitio extraño, un puñado de monedas y situaciones tectónicas, secretos y neblinas tan intocables como varias, y lejos, más allá, tras el puente, ellos. A veces resulto verdaderamente patético, me digo, inusitadamente sensible y vulnerable de fantasmas, hasta que al fin logro detenerme por si acaso, para no seguir así huyendo inútilmente en este otro atardecer que se desploma y arde enmudecido sobre la ruta. Decido detenerme para reingresar por un momento que sea para siempre a ese mundo cercano de ustedes, el cartel impersonal de una estación de servicios, sentarme a mirar gente o tomar algo o sólo sentir la instantaneidad nuevamente, ver al tiempo reptar lento y no volver atrás, no volver otra vez a ellos.
Estaciono el auto encontrando un espacio entre muchos otros. En el calor húmedo de la tarde éste resulta ser un lugar medianamente concurrido, y es lo que necesito para dedicarme a no pensar en nada sin ceder tampoco al ahogo implacable de las multitudes. Regresan aunque intente borrarlos, mientras me ubico adrede en una mesa central del bar, cuadros y cuadros ambiguos, donde hay partes de esa ciudad posterior, que creí haber ya dejado, reverberando desde un vago y deslucido abrigo en la memoria y sus vaivenes, desde ecos en tantas otras calles, por muchas puertas y ventanas mías, siempre silencios escondiendo hasta las luces de fondo y de a poco, desde tantas ciudades que últimamente me resultan o finalmente son la misma. Claro que puedo ser solamente yo, detenido eternamente apenas fuera de foco, y las casas y balcones y plazas son siempre iguales, soy yo el transitado por lapsos que no han transcurrido solos ni en vano y eso espero. Encuentro sin buscar mi cara reflejada difusamente en la plástica pulcritud de la mesa de fórmica símil ébano, una imagen de mí símil yo, y atino a levantar como puedo la vista intentando desatarme este inesperado nudo en la garganta.
Es que después de todo esto y simplemente, desintegrando tantas imposibles distancias, habían llamado ellos, y aún sin comprender como, ya estaba de vuelta. Desde muy lejos e inclusive otro país, desde un lugar que conocí poco y supongo o confirmo, para siempre: una ciudad no delineada y lúgubre bajo las sombras impasibles de otro atardecer como este pero hace mucho tiempo, cuando llegué cruzando ese mismo puente que dejé atrás hace horas, con la clara intención de ocultar mis recurrentes deseos de olvidar mientras me daba a otra huída hacia lo desconocido, ciudad a oscuras y ya sin gritos ni consignas ni las multitudes de entonces pero llena de las mismos viejos enigmas, palpitando desde una sombra eterna que vibró en mí extrañamente tras el llamado. Miro buscando al mozo, alguien que tome mi pedido: son dos muchachos de aspecto distraído e indefinido uniforme que otean el lugar con displicencia, esperan nuevos clientes, aunque al fin no atienden a nadie. Será un autoservicio me digo sólo pensándolo y repasando mi alrededor como intentando alcanzar respuestas, justo lo que no quiero, no puedo seguir haciendo sin sentirme frágil y ausente, preguntarme más cosas. Y por cierto, odio esta situación llamativa y central de exposición en los ambientes públicos, sólo yo sé lo que me cuesta, por qué decidí tomar este lugar para probarme la existencia como si fuese una camisa o un par de zapatos, ver y ser visto, estar con ustedes, ser finalmente alguien en realidad. Como aquella tarde, incluso hoy mismo, cruzando el puente y llegando por fin a su casa. El llamado llegó cuando volvía de la calle. No atiné a contestar nada, sólo la voz temblorosa de Martha preguntando otra vez eso mismo. La misma antigua e imposible pregunta sobre Carlos y nada más, más unos segundos de silencio kilométrico matizado por aquella marchita militar de fondo. Mi espacio de rutina despreocupada, barrida otra vez en un silente cataclismo de ciertos olvidos cruciales y bien ineficaces, mellando de muerte la rosca de un presente sinfín, dejándome desarmado de cara a mi hidra íntima y tan negada: la memoria esquiva y multicéfala. Volvería, no cabían dudas. Primero recordar hacia donde ir, todavía no aceptar a qué. Pero ya ven, volví y siempre vuelvo a cruzar el puente. Ahora una pareja de ancianas se sienta sin interrumpir sus cuchicheos risueños en una mesa a mis espaldas. Uno de los mozos, sin demoras, se acerca a atenderlas.
El caserón apareció ante mí con la última luz de esa tarde tal cual la había imaginado o reconstruido en base a viejos y difusos relatos de mi madre, con sus dos plantas y la puerta grande, las ventanas cerradas, el jardín por delante. “Si andás por ahí no dejés de visitar a tu madrina” era el encargo y, esperaba, mi salvaguarda después de tanta huída desesperada. En aquellos tiempos de botas y sables, tiempos de nación mayoritaria penitente tras tantos silencios cómplices, ni aún lo horroroso que había visto o (quería creer) imaginado en esos cuarteles de reclutas rasos y obedientes al extremismo podría usurpar aquel hogar donde la estirpe más totalitaria de mis parientes protegía con honor sus respetables serpientes y algún secreto. Aquí, esperaba y tan lejos, ya no podrían encontrarme. Una vieja casona sobre la costanera frente al puente, los últimos resabios de una única familia que fui perdiendo y olvidando invariablemente, si es que puede perderse algo que en realidad nunca se tuvo, desencuentros e imágenes forzadas armando una historia sobre mi pasado y procedencia, atreverme a explicar de donde vine, qué pasó aquí, quién fui en realidad todo este tiempo. Por supuesto, quería con ansias ver a Carlos, mi primo más grande y mejor compinche de la infancia, yo ahora terminando mi sombría y huérfana adolescencia en la colimba bien al norte, él metiéndose de lleno en los ideales de mil Demianes de Hesse y en su facultad de Letras contra los designios paternos de la carrera militar, esos últimos contactos por cartas de antes sin remitente desde una desterrada y clandestina unidad básica, si se enterase tu viejo, taradito... espero me cuentes algo de esa vida bohemia y entusiasta, yo que traigo tanto miedo y tanta sombra que no sabría como mostrarla, comprenderla, recordarla. Supongo sabrás más que yo, el otro lado, yo llegando a tu casa cruzando el puente. El mozo toma el pedido de las señoras y cuando está por retirarse lo hacen volver para encargarle amablemente también unas medialunas si son saladas y frescas, para acompañar las tazas de té con hierbas. Él sonríe puro compromiso y pasa frente a mí sin mirarme y sin regresar para atenderme. Una pareja se pone de pie y salen apurados del bar para subir a un coche azul estacionado donde estaba el mío, entran allí mismo dos muchachas jóvenes y sencillamente hermosas. Las sigo modestamente con la mirada hasta que se sientan en la mesita de al lado, las miro sin disimular y con absoluto encantamiento, ellas siguen enfrascadas en su conversación particular, ajenas al entorno. Pensar otra vez en mi primo, el lanzado de siempre, ya de seguro estaría por acercárseles, maquinando un caballeroso zarpazo para conversarlas un poco, yo desde ahí malaprendiendo esas artes y esperando algo de liga, pero que pibas preciosas, che, mirá si estuvieras acá, Carlitos.
Pero no fue Carlos el que abrió la puerta. Ni siquiera alcancé a golpear el oscuro león de la aldaba. Seguramente ya me habrían visto cruzar como un espectro tembloroso a través del jardín, descorriendo mínimamente los visillos. Tras el vano de la entrada, el vestido gris oscuro le diluía el menudo contorno contra la penumbra del interior del recibidor. Era mi tía Martha, envejecida de golpe y desprendiendo la pregunta gutural con voz pausada y enormemente sorprendida (de gusto o de susto, nunca alcanzo a saberlo):
-¿Cómo llegaste vos hasta aquí?
Me quedé mudo. No esperaba un cortejo triunfal de bienvenida pero en fin, era mi madrina después de todo y tanto. Me abrazó un instante con espanto y giró hacia adentro, la acompañé sin decir nada. Allí mismo, tan de bruces, los abismos de silencio. Los salones de la casa se hallaban apenas sembrados de escasas y mortecinas luces entre el claroscuro, conviviendo en ese aire con un impensable hedor a encierro y abandono, los muebles cubiertos con amplios lienzos inmóviles, presas de una sombra sólida. Esto era bien distinto a aquellos lujosos parientes que envidiaba secretamente mi madre. En ese vacío, viniendo desde el piso superior y hacia abajo por la pendiente de la escalera, las notas de una marcha militar mal grabada y reproducida a escaso volumen intentaban apropiarse de la planta baja. Suponía que, aún ausente como siempre desde sus paraísos bélicos de proezas ajenas y estrategias irrealizables, mi tío Alberto, como todo distinguido teniente coronel retirado del Ejército, me daría su saludo de rigor inverosímil e infaltable, pero esta vez no se apareció. Lo imaginé encerrado en un estudio ahí arriba lleno de medallas, con su whisky escocés en mano, tarareando la marchita entre los dientes, hablándole al aire como hacía con nosotros sobre Aníbal y unos elefantes que atravesaron los Alpes o de un tal Alejandro conquistador del mundo y tan joven. Ojalá fuese ese joven y me atreviese a conquistar al menos el espacio que separan estas mesas reales que delimitan las comarcas de mi infinita timidez, apuntalada por años. Las muchachas han llamado con un gesto, y los dos mozos se han acercado patéticamente solícitos a atenderlas. No se deciden a pedir nada, ríen nerviosamente y los dos bobos les siguen el juego. Yo ya me decidí por un café mediano con un tostado, pero con un orgullo estúpido espero que ellos me atiendan, no los llamo, ellos se alejan comentándose algo entre muecas absurdas, pasan a mi lado sin mirarme otra vez. Ellas siguen en su charla histéricamente sonora. Entra, por fin, la nena vestida con su mejor higiene de pobre a repartir silenciosamente las estampitas por las mesas. Martha interrumpe con sus extrañas preguntas mi mirada perdida y callada, mi deconstrucción de imágenes:
-¿Cruzaste solo el puente?¿Cómo pudiste?.
-No sé, sólo necesitaba llegar a algún lugar seguro y pude encontrar la casa.
-¿Y alcanzaste a ver a Carlos?
-Pero tía, si recién llego...
-Entonces ¿vos tampoco lo viste?
Comprendí que algo peor a mi ensangrentada desgracia sobrevolaba el momento.
-¿Acaso vos no estabas en ese regimiento? Alberto usó sus influencias y pidió que lo llevaran para allá, al norte, si sólo tenían que hacerle unas preguntas, si él lo dice seguro está bien... Carlitos incluso bromeaba y me decía iba a ser un paseo corto, que de paso te llevaba cigarrillos y alguna de esas revistas de mujeres desnudas... Hoy hace ya una semana que lo llevaron, quizás ya salió y anda de juerga y yo acá preocupada como la tonta de siempre, no sé que tantas preguntas tendrán que hacerle, no porque sea mi hijo pero él es un buen chico y mejor estudiante, digo, ¿cuántas preguntas serán, no?... Tu tío dice que entregarlo era lo mejor, que si no había hecho nada malo nada le iba a pasar, si total de última él tiene sus compañeros y amigos del arma a cargo del cuartel... ¿cómo puede ser que no lo viste...?¿Cómo llegaste acá, entonces...?
Cómo explicarte, ahora Martha, del abominable espanto que al verte y escucharte aún me persigue, como se corporizan las sombras que vengo dejando hace tan poco o hace tanto, de cuanta verdad estoy huyendo... Si soy apenas un chico y ni me atrevo a pensar ante tus ojos inocentes que preguntan, no puedo nombrarlo ni imaginarlo, sería entonces Carlitos alguno de los que gritaban y suplicaban de dolor interminable por las noches desde la barraca oeste cuando oscilaba el voltaje de las luces, sería alguno de los que dejaron su lealtad violentada y manchada con sus tripas en esos pisos que me obligaban a fregar por las mañanas, alguno de los que habrían ocupado finalmente esa fosa que cavamos ayer mismo como esclavos hundidos en el terreno barroso cercano al río, tras el polvorín y los tanques, “sólo cállese y cave recluta, no pregunte, no piense, no mire, no...” Si tampoco entiendo demasiado lo que siguió, sólo sé que salí esa misma noche con lo puesto corriendo a campo traviesa, a pesar del alerta y la orden de alto seguí corriendo más allá de los tapiales sobre las vías, con el zumbido de los disparos detrás mío, con un fuego por dentro y todas mis últimas fuerzas intentando llegar hasta ese tren que retomaba su velocidad en medio de la noche, hacia mi remota esperanza (de ustedes) en el sur, las balas silbando por todas partes. Fue una noche interminable y supongo el día entero herido y encerrado en la oscuridad anónima de un vagón lleno de bolsas de harina y semillas y todos los posibles recuerdos, el convoy deteniéndose varias veces, para requisas o inspecciones o simplemente cargar más granos, siguiendo hacia el sur, hasta la ciudad, esa ciudad donde el sol siempre estará muriéndose, pareciéndose tanto a todas pero allí está el puente, y la casa del otro lado, y yo volviendo siempre a buscar la respuesta apropiada, a negar como vos la realidad, la verdad más evidente.
Comprendo que ya la he visto antes. Ella luce un fulgor moribundo, un simple cartelito trozado en cartón, sujeto con dos piolines desde su cuello y garabateado en tinta como una súplica el “soy sordomuda”. Pasa zigzagueando en silencio entre la gente repitiendo su fervor mustio y automático, esperando algo que no, sin recibir ni la mirada ni la palabra de nadie, nadie parece haber notado su presencia. Se acerca en la costumbre de su recorrido a mi mesa y me entrega junto a la estampita sus dos enormes ojos marrones, y me estremezco. Me atrapa una brumosa emoción infantil, casi un escalofrío al verme reconocido por alguien, sentirme un poco cerca suyo, parte del deambular menudo y ausente del mundo. Reacciono tarde, y fríamente atino a darle las monedas. Abre su mano pequeña al recibirlas y un brillo en su sonrisa abre cosas que nunca me cierran. Me pide que me acerque un poco mientras ella se apoya en la mesa y se estira en puntas de pie hasta casi apoyar su carita sucia en el costado ingrávido de la mía. Lo de siempre se detiene cuando me susurra “vos tampoco estás aquí ¿no?” con complicidad al oído.
Unas monedas caen al piso, nadie las sostiene. Caen al pie de una mesa que nadie ocupa, al borde de una silla donde no se ha sentado nadie nunca.
*de Santiago Torales. nahrid@...
Al escuchar la frase, acompañada por un guiño cómplice, Sergio Cejas pensó que aquel barman del vagón comedor le estaba gastando una broma. ¿Turismo sexual en Rosario? ¿Promovido por el Nuevo Ferrocarril Santafesino-Bonaerense? Era de no creer. Y sin embargo, la otrora “Chicago argentina” gozaba de una fama indiscutida en esos temas. La primera imagen que se le cruzó en aquel momento a Sergio Cejas fue la del gran Alberto Olmedo, improvisando como siempre delante de una cámara de TV, quizá sentado junto al inolvidable Javier Portales, o tal vez con uno de los tantos figurines que inevitablemente se lucían a su lado.
La referencia “olmédica” no era casual. En los últimos meses, todo lo que lo rodeaba le parecía una farsa, algo artificial y paródico. Sus ritmos cotidianos, sus escasos placeres, las monótonas tareas que realizaba en esa oficina bancaria que parecía tragárselo día a día bajo toneladas de trámites acaso banales –simulando ser un personaje kafkiano casi contra su voluntad-, hasta su propia vida, parecían haber perdido todo sentido. En caso de haberlo tenido alguna vez…
¿Desde cuándo había notado que su existencia comenzaba a desbarrancar? La respuesta parecía ser la única certeza con la que contase por el momento: desde aquella traumática separación con Evelina, denuncias policiales mediante, durante el invierno pasado. Una época negra de su vida, que aún le dolía en el recuerdo, y cuyos detalles se desdibujaban en el ayer.
¿Por qué se había decidido a viajar en tren? Ni él lo sabía. Los acontecimientos de las últimas horas se le tornaban borrosos. Sólo podía precisar que su propia desilusión lo había conducido desde un departamento desordenado y con sobras de comida por todos lados, hasta las vías. Y que en vez de acostarse sobre ellas en espera de filosos rieles que acabasen con el motivo de su dolor, se había trepado con un violento impulso al primer tren de larga distancia que partiera desde la piojosa estación en la que se encontraba. Trayecto salvavidas hacia Rosario –pasaje de ida solamente- durante el cual había conocido a Ernesto, un simpático barman que le relatara sus desventuras a bordo, apuntando con especial detalle a la increíble historia del camarote embrujado, ocurrida el año anterior, entre las estaciones de Navarro y de Patricios, durante una noche de tormenta.
Aunque no fuera compañía lo que buscaba, Sergio Cejas agradeció la consoladora presencia de Ernesto –además de la secreta botella de whisky, fuera de inventario, que ocultaba debajo de la barra-. Y sin embargo, la espontánea oferta de sexo lo sorprendió generosamente. Aunque, ¿para qué trasladarse a Rosario para conseguirlo? Conocía algunas esquinas de Buenos Aires donde podía encontrar decenas de ofertas como ésa; nada de travestis, eso sí, no era su estilo. Además del inexplicable traslado en busca de una triste porción de sexo alquilado, también había hallado una inesperada compañía amistosa junto a varias medidas de whisky, al menos para despejar sus ocasionales pensamientos suicidas… Eso estaba muy bien, aunque sólo fuera por unas horas. Ahora: ¿acaso Sergio Cejas ansiaba encontrar en Rosario algo más que aquello, imposible de precisar?
-Hágame caso, amigo -insistió Ernesto, el barman. –Aproveche. No se va a arrepentir.
Ni bien bajó del tren al llegar a destino -seguido de Ernesto, quien comenzó a hacer señas trepado al estribo en dirección a un borde alejado del andén-, se le acercó presuroso un gordo que lucía una larga y lacia cabellera, junto a una barba candado bastante espesa, que no dejaba de fumar cigarrillos negros.
-González Raúl, para servirle –saludó, parco y en un susurro, mientras le daba un breve estrechón de manos. Y agregó: -“Canalla” de alma, para más datos.
Sergio Cejas consideró que no era momento de esbozar siquiera su leve simpatía por la “lepra” de Newell´s. Su interlocutor no parecía muy afable a las diferencias. Y él no tenía ganas de malgastar la poca energía que sentía bullir en su interior, a pesar de la bruma existencial que lo rodeaba.
-El señor busca servicio especial -le informó Ernesto, aún trepado al estribo, como si la oferta de sexo -ajena en absoluto al contexto ferroviario- fuese un extraño rebusque del barman para hacerse unos pesos extras. –No me hagas quedar mal…
-¿Alguna vez lo hice? –retrucó el gordo, y sin aguardar respuesta alguna le masculló a Cejas cerca del oído: -Sígame.
Sergio Cejas, carente de todo equipaje, llevándose a duras penas a sí mismo, lo siguió sin saber muy bien lo que hacía. Todo le daba lo mismo. O tal vez no…
-¿Tiene plata? –lo interrogó el gordo, ni bien subieron a la vetusta camioneta Ika que los aguardaba en una calle lateral. Sergio Cejas asintió, un tanto trémulo, aunque no estaba muy seguro de la cantidad que llevara encima. El gordo no pareció muy convencido de la respuesta, por lo que disparó: -Revise bien los bolsillos, ¿eh? No lo llevo a ningún lado si no hay efectivo.
Sergio Cejas indagó dentro de su ropa. De manera incierta encontró un total de cuarenta y dos pesos con treinta centavos. ¿Cómo había hecho para salir con tanto dinero a la calle, sabiendo que su idea inicial era tirarse debajo de un tren? ¿Y el dinero para el pasaje? Misterio…
-Por mí está bien –aclaró González Raúl, y puso la Ika en marcha. –Siempre que no se ponga exigente…
Tardaron unos quince minutos en llegar hasta un barrio semi marginal, estacionando junto a una casona bastante antigua, cuya elegancia había conocido épocas mejores. Un par de hombres de proporciones considerables conversaban entre sí junto al portón de entrada. Sergio Cejas se atemorizó, y no supo cómo hacer para declinar la oferta. Pero González Raúl ya había bajado y le indicaba junto a la puerta abierta de la Ika, sosteniendo el cigarrillo negro entre sus labios:
-Vamos; las chicas esperan.
Más que a una tarde de placer, Sergio Cejas parecía encaminarse a paso cansino hacia una ejecución. De pronto, el fugaz ratoneo con la fantasía de un encuentro sexual fuera de Buenos Aires se había disipado, dejando en su lugar una cruel sensación de estar siéndole infiel a Evelina. La imagen se avecinó sobre su alma con el peso mortal de un ataúd.
Sin embargo, siguió adelante, detrás de la espalda de González Raúl.
Los fornidos patovicas se hicieron a un costado al ver llegar al gordo. Ambos cruzaron el umbral para encontrarse con una habitación en penumbras, apenas iluminada por un par de trémulos veladores en los rincones, y con el rumor de fondo de una cumbia proveniente de un cuarto del fondo. Sergio Cejas apenas vislumbró un par de siluetas femeninas caminando entre los sillones del cuarto, ajenas a todo lo que las rodeaba. Casi tanto como se sentía él.
-Venga –masculló el gordo por sobre su hombro, sin despegarse el cigarrillo de entre los labios.
Atravesaron el cuarto, impregnado de perfumes baratos, hasta llegar a una de las mesitas iluminada por el velador. Recién al acercarse descubrió a la obesa mujer sentada a un costado que se limaba las uñas con una indiferencia pasmosa.
-Edith: el señor requiere de los servicios de las chicas –informó el gordo, y mientras se volvía le dijo a Cejas al pasar: -Lo espero afuera. Si no estoy, me espera Ud.
González Raúl salió de la casa, y la masculina voz de la tal Edith retumbó cerca suyo: -¿Qué le gustaría? ¿Bucal… vaginal… anal… completo…?
Sergio Cejas volvió la cabeza hacia la mujer obesa y no supo qué contestar. Una sola idea le cruzó la mente.
-¿Qué puedo hacer con cuarenta pesos? –preguntó.
-No mucho -dijo ella, sin levantar la vista de la indiferente labor de la lima. –A menos que no le importe tratar con Isabel…
Él permaneció en silencio, sin entender a qué venía el comentario.
-Las blanquitas y jóvenes son las más caras –comenzó Edith, casi resignada. -Cuanto más entradas en años, más baratas cotizan. Menores de edad no tenemos; vaya a buscarlas a los bulos de los políticos, si las quiere. –Otro silencio contemplativo hacia la tarea manicura, hasta que por fin, recordando de qué estaba hablando, agregó: -Isabel es la tullida.
-¿P…perdón…? –balbuceó Cejas, incrédulo.
Edith ya parecía molesta por tener que hablar tanto.
-Se cayó del tren hace unos años -informó, siempre sin mirarlo. -Ya se dedicaba al oficio, así que después de la tragedia seguía en lo suyo o pedía limosna en el cordón de la vereda. ¿La quiere o la deja? -terminó por impacientarse la mujer obesa.
Sergio Cejas sintió el impulso de escapar, dueño de un siniestro aire de ajenidad, aunque irse de aquel lugar sin haber cumplido el esperado alquiler de cuerpos era similar a cavar su propia fosa hacia el abismo de la desesperación. Afuera lo aguardaba un tren, impiadoso y veloz, al que ningún ruego podría detener, cuyo objetivo fuera el de lanzarse pujante sobre él……y no precisamente para llevarlo como pasajero…
Le parecía estar escuchando la lúgubre sirena acercándose hasta él, estremecido por el escalofrío, cuando se escuchó decir:
-E-está… bien. Me quedo con la …t-tullida…
-¡Greeeeeetaaa!!! –aulló Edith, sobresaltándolo, siempre sin levantar la vista de sus uñas, más que perfectas. -¡Decile a Isabel que tiene visitas!!!
Sergio Cejas estaba a punto de acercarse a la cortina de cuentas de vidrio que separaba la sala en penumbras del pasillo hacia donde imaginaba que estaban las habitaciones, cuando oyó un chistido que lo detuvo en seco.
-Se paga por adelantado –anunció Edith, terminante. –Son treinta pesos. –Cejas dejó el dinero sobre la mesa, con mano trémula. La mujer obesa aclaró: -Si es de los que se impresionan, lo lamento; no hay devolución.
Manoteó los billetes, mirándolos apenas, se los guardó en el escote, y ya no habló más.
La cortina de cuentas de vidrio cantó al abrirse. Una chica delgada y morochita, vestida con una solera de sarga, luciendo una amplia sonrisa rematada en dos enormes paletas de conejo, le hizo una seña para que pasara. Sergio Cejas la siguió, con paso vacilante. El sonido de la cumbia sonaba cercano. Por debajo del perfume barato había un intenso olor a humedad. Caminaron hasta el fondo de un largo pasillo, donde sobre una ajada puerta de madera la morochita golpeó dos veces.
-Pase. Está abierto -respondió una voz de mujer.
La chica abrió, empujó la puerta, y sin borrarse la estúpida sonrisa de conejo se hizo a un lado para que Sergio Cejas pudiera entrar. Una vez que traspuso el umbral, ella cerró la puerta a sus espaldas.
La imagen de la cama en el centro del cuarto con la mujer recostada sobre ella acaparó toda su atención, salvo por la silla de ruedas, antigua y maltratada, que yacía cerca del colchón, con una bata sobre ella. La bombita desnuda alumbraba desde el techo, develando a una chica de unos treinta y tantos años, de tez trigueña, bonitas facciones, cabello enrulado, hombros sólidos, pechos firmes, vientre un tanto abultado y caderas amplias. Algunas cicatrices le cruzaban el abdomen, producto de varias operaciones. Se la veía bien alimentada, el tronco apoyado sobre varias almohadas, y aunque estuviese desnuda por completo, las sábanas le cubrían las piernas desde el borde superior del muslo hacia abajo. O mejor dicho: donde deberían haber estado sus piernas.
-Hola –lo saludó ella. –Bueno… ¡Qué suerte la mía! Dale, vení… Acercate. No siempre me tocan clientes tan finos como vos.
Sergio Cejas pensó la chica se burlaba de él, considerando la desarrapada imagen que presentaba desde hacía tiempo. Se detuvo a pensar en la clase de hombres que visitarían a esta chica a diario, y contuvo sus ofensas. ¿A diario? Algo le hizo pensar que, dadas sus condiciones, Isabel no debía ser muy requerida por los clientes del lugar. Y sin embargo, alguien con sus características hubiera sido muy solicitada por quienes gozaran de perversiones como éstas. Si hasta parecía bonita…
-Vamos, che. No seas tímido –lo incitó ella, tendiéndole un brazo para que se acercara.
Él avanzó tembloroso, sobrecogido por la imagen que contemplaba, sintiendo una honda vergüenza, como si quien estuviese desnudo fuera él. ¿Llegaría a tener una erección sabiendo lo que había –o no había- debajo de aquella sábana?
De pronto, deslumbrado ante lo inesperado de la sensación, avasalladora como locomotora desbocada, advirtió que lo único que quería obtener de ella era un fuerte y cálido abrazo que lo contuviera. La cruel inermidad que contemplaba sobre aquella mujer le parecía insignificante frente a su propio desvalimiento.
Caminó hasta el brazo extendido, se sentó sobre el colchón, y antes de que Isabel comenzara a quitarle la campera Sergio Cejas se derrumbó sobre ella, sin mirarla, abrazado a esos hombros sólidos y musculosos como un borracho aferrado a un poste de luz, y comenzó a llorar.
Un llanto agónico, profundo, de esos sollozos que emergen desde los abismos del alma y pronto se convierten en una caudalosa catarata, devastando cualquier falsa apariencia de normalidad.
Sorprendida, Isabel le devolvió el abrazo, con una calidez inusual, desconocida para sus cada vez más ocasionales clientes, y comenzó a acariciarle el cabello de la nuca, mientras murmuraba, casi a su pesar:
-Bueno… bueno… ya va a pasar… No te pongas así… Ssshhhhh…
Sergio Cejas se aferró aún más a ella, a su piel, a su calor. Ya no le importó saber dónde se encontraba, ni ante quién estaba, ni cuál era su condición. Sólo le importaba saber que existía ese abrazo, ese afecto momentáneo que desconocía la manera de calmarlo, pero que al menos intentaba hacerlo sentir un poco menos solo. Un oasis en medio del desierto, en el que sólo quería refrescarse y beber, de la manera que fuera…
Sin siquiera secarse las lágrimas, con la mirada enturbiada, comenzó a besarle el cuello, a incorporar a la chica hasta sentarla en la cama, a desplazar lentamente sus manos a lo largo de aquella espalda, descendiendo hacia una cintura donde comenzaba una zona cruzada de marcas, y ascendiendo luego hacia sus pechos, experimentando una ternura insólita, como hacía mucho tiempo no sentía al lado de nadie, olvidando por completo el contrato pactado con la mujer obesa.
Isabel recuperó parte de su integridad profesional, relegando aquel momento de tierna debilidad, cuidando de no caer en el peor de los errores que podía cometer: enamorarse ante los sentimientos de los clientes. Al tipo éste se lo notaba destrozado, aunque su cuerpo estuviese entero. Ella, ignorando cómo, parecía sentirle el alma partida en pedazos dentro del pecho, y sólo atinaba a abrazarlo y acariciarlo, como si con aquel contacto pudiese combatir sus propios temores. Hasta que volvió a intentar quitarle la campera, y esta vez él le ayudó, reaccionando como un autómata, desvistiéndose en busca de una mayor cuota de calor.
Una vez con el torso desnudo, y aún sin verla a través de sus lágrimas, que le bañaban las mejillas, volvió a abrazarla. La suavidad de su piel, junto al vibrante roce de sus pezones, lo estremeció, causándole una erección casi dolorosa que lo obligó a desprenderse violentamente del pantalón.
Tenderse sobre ella y penetrarla fue mucho más que un acto de placer; se convirtió en una desconocida necesidad vital. La prostituta tullida, acaso deforme, se convirtió en la mujer ansiada y amorosa, nutricia de ternura y contención. Y el orgasmo, inexplicable para ambos, los transportó muy, muy lejos, allí donde las palabras carecen de toda significación.
Las lágrimas se secaron sobre la piel y las almohadas. Los jadeos se extinguieron en una serie de acompasados suspiros. Y ninguno de los dos, sostenido de ese abrazo, atinó a quebrar aquel momento con palabras vacías.
Sólo después de un buen rato, ambos se irguieron muy lentamente, consiguieron mirarse a los ojos, y sin premeditarlo, preguntaron a la vez:
-¿Cómo te llamás?
tan simple y tontamente
por quererte.
Porque estás ahí,
con tu libro, ensimismado
y tu café enfriándose
y la lluvia
y los leños
y el frío afuera
y el viento
moviendo ramas secas
y el tren
oyéndose a lo lejos
y esa ternura honda
agitándome el pecho.
Quererte. Tan simplemente eso.
Esperar que levantes la mirada
me sonrías con algo de complicidad
y de romance
y mi pelo
y tu mano
la música
un gorrión
y son las seis
y hay nubes grises
detrás de la ventana
y el calor de tu cuerpo
mudándose a mi orilla
y el beso que esperaba.
Quererte. Tan endiabladamente simple.
Quererte porque sí
y porque y estás ahí,
mirándote en mi espejo.
Quererte. Tan condenadamente fácil.
Quererte porque sí,
porque sos vos,
porque te quiero.
Éramos apenas unos cinco o seis espectadores silentes. Ni olor de pochoclo ni el sorber molesto de gaseosa distraían de la historia que se estaba desarrollando allá adelante. Eso, y que la película fuese antigua atestiguaban que era, evidentemente, un cineclub.
Había soldados de la primera guerra en la pantalla. Se le encomendaba a uno de ellos que fuese al pueblo francés como adelantado, para descubrir las acciones de los alemanes.
Descubrí que el observador escocés designado era Alan Bates, joven y un poco torpe, así que me dije que la filmación sería de los '70.
Cuando llegó al pueblo, el soldadito halló unas gentes extrañas, felices y joviales, que parecían nada saber de la guerra ni de las batallas cercanas. Despreocupados y alegres, se daban a vivir con entusiasmo y portando coloridos y originales ropajes.
Todo era bello y grácil en el pueblito. Como un paréntesis fantástico en medio del horror, allí se cantaba y se festejaba, y las gentes reían sin ocultar la boca detrás de una mano prudente.
las vías, en una cama de hotel ignota.
La bailarina con su tutú y su sombrillita entonces cruzó el pueblo etérea y bella, directa como el amor que encuentra inclinación para rodar hacia su objeto. Por la ventana entró a reunirse con un Alan Bates
desconcertado y que no deseaba más que seguir gozando el sueño.
Pero finalmente la realidad pone su muro infranqueable, y comprendemos que la gente del pueblo ha huído, y son los locos del hospicio los que han poblado las calles y las casas.
Los ejércitos confluyen en el pueblo para destruir la maravilla. Traen el odio. Son los desquiciados. No vienen a vivir sino a matar o morir.
Hay una batalla observada con interés e incomprensión por los dementes, que desde los balcones aplauden o reprueban las vicisitudes de la lucha. Los alemanes son derrotados, y los que habían partido regresaron con sus carros llenos de objetos, sus niños aterrados, su infinita tristeza de ropajes
oscuros. Vuelven con la normalidad a cuestas, con el desencanto de la realidad increíble de la destrucción y la aceptación de las razones para la muerte. Ellos comprenden y aceptan la muerte y la tristeza. Son los fabricantes, son los cómplices de los verdugos.
Los locos, uno a uno, se van despojando de sus disfraces y entran al manicomio desnudos. Vuelven a su lugar pacífica, mansamente. Se retiran a sus sueños.
Al final hubo un desfile, las tropas atraviesan el pueblo, y lo vimos dudar a Alan Bates, lo vimos desertar de su batallón, y conmovidos los cinco o seis espectadores lo acompañamos mientras se quitaba el uniforme y, desnudo, golpeaba la puerta del hospicio.
Las lágrimas me impidieron ver los títulos.
En la primera fila un hombre corpulento se echó a reír y dijo "I drink for everybody" mientras a la contraluz de la pantalla pude ver que bebía de una botella casi vacía. Era Oliver Reed brindando por el mundo en general.
Me pregunto si Oliver Reed sabe que está muerto.
no quieras saber
sigo la ruta
miro el paisaje
bordo mentiras
sólo mentiras
*de Beatriz Martinelli. beatrizmar@...
El hombre lee en su asiento una carta escrita sobre papel verde. Se inclina un poco tratando que el sol que ingresa por la ventanilla ilumine de lleno en esas letras de birome azul. Tiene sus ojos cansados y la presbicia lo obliga a distanciar bastante la carta, a punto de temer con incomodar con la extensión de su brazo a la señora sentada enfrente en la que puede ver una mirada curiosa detrás de esos anteojos redondos con bastante aumento.
En realidad, no le importa que esa señora de mediana edad y pelo rubio enmarañado se interese por su carta. Ella solo podría haber leído la fecha y el lugar que están en letra visible e imprenta , arriba a la derecha de la primer hoja. Luego viene la letra manuscrita, pequeña y encriptada de Cecilia que se hace imposible de descifrar si la persona no esta familiarizada con ella.
Y además, que importancia tiene que esa señora de algo menos de cuarenta años sepa de su felicidad, de su ir y venir con el amor y la distancia.
Ella iba y venía, en su trabajo por los aires, en sus ensueños o en sus amores fugaces de cada aeropuerto que no lograban desplazarlo a él. Su hombre. Él, que iba y venia todos los fines de semana para compartir su lecho, sus labios. Para caminar con ella de la manito o en el abrazo de hombro de ella a cadera de él que tanto les gustaba, como a los eternos amantes, novios o compañeros de vida, aunque nunca supieron definirse, no les interesaba otra cosa más que llevarse de la mano o del abrazo por la vida que era una sucesión de instantes o una eternidad bajo una misma luz, pisándose a veces con mutua torpeza los pies en aquellas estrechas veredas del centro antiguo de la ciudad, para luego retornar al departamento de ella y fundirse en un solo cuerpo a luz de luna o estrellas, a sol que entibia la piel o a cielos de acero sin grietas. Aun parece sentir el ruido de la lluvia cayendo a gotones de sonido persistente por los techos, mientras adentro los cuerpos se encendían bajo cobijas del frío invierno.
Sentados en la cama, los domingos a la tarde él le leía a ella cuentos de Dal Masetto y ella a él a Borges o Cortázar. Más de una vez, le leyó "Romance" y él sabía, que era apenas un pretexto para llegar a la frase final que tanto lo oprimía como presagio, como un destino acechante a la vuelta de la esquina, o en cada ir y venir a la estación de trenes, para llegar o partir de los brazos de ella, su amor, su compañera.
Recuerda haberle leído esa frase que ahora ronda frecuentemente en su cabeza: el destino es insondable y no existe felicidad que no este amenazada.
Pero él recuerda cada encuentro y cada despedida como si fueran una sola, una misma imagen superpuesta de ese intento imperfecto de volver una y otra vez al placer, o al contacto de la piel, la fusión de los cuerpos, el orgasmo de cada cual a su tiempo y modo, la sonrisa del después y el dormir abrazados para entrar en la noche del sueño bien juntitos.
Su piel lo enloquecía. Su blanca piel casi transparente en la que podía ver rutas celestes que no parecían venas sino mapas de cielo como los que ella surcaba primero en Aerolíneas Argentinas y más tarde en Lufthansa.
Vuelve a doblar en dos las tres o cuatro hojas de la carta sin dejar de echar una última mirada con los ojos húmedos sobre el encabezado, que seguramente la señora que esta allí enfrente ya ha leído, aun fingiendo desinterés y con la mirada perdida en algún punto de la estación Rosario que de una vez y quizá para siempre estan por dejar cuando la fuerza de la máquina logre romper la inercia y el viaje se desate sin atenuantes en un movimiento externo a esa relativa quietud de gente sentada e indiferente a los otros seres sentados que parten desde sus propios mundos y asuntos.
No importa que esa señora sentada enfrente haya leído la fecha: Hamburgo, 15 de abril de 1992.
Y más abajo el Querido Julio: y luego parte del contenido que conoce de memoria y ha leído una y otra vez durante estos años, en sus viajes a bordo del tren.
Entonces el tren arranca y el hombre rompe la carta en cuatro con expresión de angustia marcada en el rostro, aunque ya maldice su impulso, su inútil esfuerzo por doblegar ese pequeño hilo de ilusión que lo mantiene ahí, no queriendo preguntarse sin respuesta, y entonces guarda esos grandes pedazos en el bolsillo derecho de su campera verdeagua, quiza ya mismo piensa en pegarlos con cinta transparente al llegar a su casa de Buenos Aires.
Intenta disimular su rostro desencajado. Se levanta y se va al otro vagón, no quiere testigos, que nadie sospeche ni se pregunte por que él sigue yendo y viniendo en ese tren, de Rosario a Buenos Aires, y de Buenos Aires a Rosario. Ahora que ella, no esta más para esperarlo.
*de Eduardo F. Coiro inventivasocial@...
TE ESPERO EN EL BORDE DEL MAR*
Como un Chaman que tiene tres mitades
me he sentado en una piedra
a recordar tus transidos pechos
En una de esas mitades está el hombre que no soy
el extranjero, el de los denarios
el que te besa con otros inviernos de fondo
Sigo en esta piedra
y ya no son tus pechos
ahora es un niño que atraviesa la Isla
En la otra mitad que sigue está el hombre que pudo ser
el que lleva su hijo al zoológico
y le habla del tigre como un jardinero de las magnolias
Esta piedra es blanca y es triste
y nadie sabe si lloro o tiemblo
o estoy lejos del candor y los potajes
En la tercera mitad hay un hombre de espaldas
no tiene rostro no tiene pulmones
Como un Chaman que tiene tres mitades
me he sentado en esta piedra
a recordar tus transidos pechos
a recordar cuando yo atravesaba la Isla
y no pensaba llorar
temblar estar lejos del candor y los potajes..
* de Reinaldo García Blanco centrosoler@...
Bueno, bueno-, dijo el jefe,- vamos a organizarnos, para que este año, los viajes resulten más placenteros- y ahí nomás nos dimos cuenta, que quería incluir a alguien más, en los proyectos anuales de redacción.
No fue necesario pensar mucho, que lo que habría de novedoso en los viajes en tren y por el cielo, era una figura femenina, que más que cerebro y buena ortografía, poseyera algunas simples y sencillas cualidades, tales como: preparar sándwiches, cebar mate, acordarse de llevar algún tipo de abrigo por las dudas, mirar y entender sin palabras lo que se precisaría ante diversas situaciones; conversar con los pasajeros a fin de hacer más amenos los viajes, realizar comentarios a fin de enriquecer las historias que irían surgiendo, conocer los recorridos y las historias de los pueblos y las estaciones, y sobre todo, ser bonita, dedicada al trabajo y portar unas lindas piernas, para que cuando el mismo se cansara de mirar para afuera, encontrara el paisaje ideal, dentro del vagón
Para nosotras, que intentábamos darle el gusto, a fin de que los números de la revista salieran cada vez mejor, y se vendieran, representaba un desafío encontrar la persona adecuada para el puesto de trabajo, por varias razones que, desde nuestra femenina lógica, parecían obstruir el buen desempeño del proyecto.
Ocupadas en el próximo número de la revista, que saldría en breve, no tuvimos en cuenta una presencia extraña, rubia, delgada, de largas piernas, que con una sonrisa de “yo no fui”, se había incorporado al equipo de trabajo e intentaba hacernos saber que ya era parte de nuestras aventuras.
Nuestro jefe, más rápido que un rayo, y presto en su tarea preferida, había ganado una vez más a la velocidad de nuestros pensamientos y frotando una invisible lámpara de Aladino, consiguió que Aira, se convirtiera en menos de media hora, en realidad.
Sin más que explicarnos, que cumpliría el rol que nosotras, habíamos pensado se le asignaría, procedió a presentarla, de forma que sólo lo hacen los hombres, que habiendo encontrado la inteligencia en su mujer, continúan en otras la búsqueda de valores femeninos, más acordes a lo que la sociedad piensa que debe ser y hacer una mujer .
No con esto, quiero expresar que la presencia de Aira, me pareciera tonta o innecesaria, sino una personalidad acorde a lo que la sociedad, espera de ciertas mujeres.
Tampoco que mi jefe sea un macho recio, de esos que desprecian la inteligencia femenina y menos que considere que vuelva loco por un trasero cualquiera. Pero que lo he visto bizco, lo he visto y que en dos o tres oportunidades, tuve que hacerle un masaje en el cuello, lo tuve, porque la cabeza le gira muy rápido, cuando ve pasar una mujer linda.
Ni las chicas ni yo, nos atrevimos a decir una sola palabra, sobre la elección, nuestros pensamientos o sentimientos, sobre el hecho en sí, y procedimos a darle un beso de bienvenida a Miss azafata y preguntarle algunas cosas sobre su vida, que si bien, no tenían mucha relación con el trabajo en sí, servirían para darle nuestra aceptación a ella como persona o encontrar la forma, de que por sí misma se hiciera más pequeña, para no ocupar demasiado espacio.
Aira, realizó esfuerzos por caernos simpática, el mismo día, al día siguiente, y a la semana. Muchos esfuerzos. Realmente, todas coincidimos que los ochocientos cuarentas sándwiches diferentes que nos fue preparando, eran merecedores del elogio de varios reyes europeos y que lo mismo aplaudirían los caciques e indios americanos, si los probaran.
Desde el día mismo que ingresó a la oficina, los mates dejaron de ser fríos, y por supuesto, ya no nos excusábamos con tanta frecuencia, por tener que salir corriendo hacia el baño.
Aira era una mujer con necesidad de ser necesitada y cumplirá con fidelidad, el trabajo para el que había sido contratada, eso lo supimos desde el principio, por eso la aceptamos así como es y la apoyamos en la tarea de humanizar al jefe.
…* Dado que hay jefes ( mi jefe), que no pretenden más que los empleados, cumplan con sus requerimientos para el puesto de trabajo y tengan bonitas piernas y empleadas que tienen la necesidad de ser necesitadas (Aira)... ¿Para qué cornos, me pongo a analizar qué función puede llegar a cumplir una azafata, en un tren que va a Rosario o un Moby zepp, con capacidad para muchas personas, si con seguridad, ella viajará con el jefe, escribiendo historias de amor, mientras me quedo en la oficina, esperando que me envíen sus historias para el próximo número????
la violeta alpina
para tus ojos
estallará en color
entre la nieve blanca.
No se por que estoy en este lugar ocupando una función en este presente que no me pertenece, pero a falta de otro aspirante a este destacado rol en el Inventren, voy a asumirlo con una sonrisa y la irresponsabilidad propia con la que los seres humanos asumimos funciones que nos exceden. Quizá esto, no es muy pertinente en mi despresente, cuando puedo aplicar en otro contexto mi dicho preferido, el antiguo "mientras sea monje, tocaré la campana" pero será un hecho en algún futuro que nadie sabe si llegará, cuando en otro mundo posible, sea el primer Papa negro de la historia proveniente de la Orden Teológica del saber de la Sociología. Pero ese futuro, del que provengo, pero que no se si finalmente llegara a ser real en este el mundo de ustedes, es hoy un hecho utópico e impensable.
Pero, acaso no es también raro y fantástico este recorrido literario sobre rieles inexistentes que los escritores de Inventiva Social sostienen año tras año sin recursos ni apoyo alguno?
Lo cierto, es que aquí estoy, a minutos de tocar la campana de partida, con el personal contratado para participar del emprendimiento que toma sus puestos. He visto a las azafatas -hermosas ellas con sus minifaldas de color azul marino y chaquetas al tono- despertar suspiros mientras subían los escalones del tren. Ambas, - me refiero a Aira Merton Weber y a Hermenegilda Spencer Durkheim- manejan ingles, francés, alemán e italiano y desde luego el creol que es el idioma materno de la mayoría del personal nativo de Haití. El sueldo de ellas será de 18.000 Gourdas al mes mientras viajen en el tren y 25.000 de la misma moneda cuando suban al zeppelín, ahora llamado "Mobystar" para hacer el recorrido desde Pergamino a Vedia. A través de la ventanilla puedo verlas gesticulando con su speach en varios idiomas, -me olvidaba que también realizan su rutina con lenguaje de señas- explicando que por ser este un tren argentino y estar a expensas de lo impredecible, los pasajeros deberán sujetarse con el cinturón de seguridad cada vez que la señal luminosa ubicada arriba de ambos umbrales del vagón así lo indique. También, la ubicación de las mascaras de oxigeno, las bolsitas para nausea provocada por noticieros, y los correspondientes salvavidas pues no hay que olvidar que el trayecto del tren incluye zonas anegadas, ríos y arroyos que desbordan sin el aviso de las autoridades de gobierno a la población. Explican mas adelante que hay un vagón con bicicletas suficientes para que en un caso de fuerza mayor el tren detenga su marcha por un largo tiempo, cada uno de ellos pueda llegar al pueblo o ruta principal mas cercano. Todo esta, como intento contarles en breves líneas, razonablemente previsto dentro de la escasez de medios de este proyecto literario-ferroviario-aéreo. Un equipo de catangos ha plantado oportunamente al costado de las vías algunos árboles y cañas de crecimiento rápido que permitirán suplir una eventual falta de leña en la poderosa locomotora clase 200 Hartmann que tirara los vagones hasta Pergamino dónde parte del pasaje desciende y continua su viaje hacia la estación Vedia.
Las personas que están en el anden están abrumadas por las propagandas de esa empresa de celulares que ha copiado casi literalmente su marca del Mobystar del zeppelín. Todos sus anuncios tienen verbos con "M" .... CréeMe, AcompáñaMe, ElegiMe, Léeme, CogeMe, ConóceMe, ahora LlámaMe...
Todo esto es bastante insólito para mí y me resulta raro que la gente haya naturalizado de esta manera la invasión de la publicidad en sus vidas, sin hacer anticuerpos, ni ofrecer mayores resistencias a la penetración de las mercancías en el cuerpo social hasta la saturación o el ahogo.
El que seguro debe tener alguna explicación debe ser el encargado para América Latina del FMI, Anoop Singh, a quien no dude de darle el trabajo de mayordomo del vagón de pullman, después que se presento al aviso y declaró en los diarios que "Estamos tratando de conseguir una política que asegure el crecimiento y la prosperidad en Argentina", no tuve ninguna duda en darle el empleo pues creo que un hombre de sus características y personalidad debe tener el empleo menos dañino posible dentro de una sociedad y que el lugar del mayordomo le permitirá que intente reparar con buenos modales y vocación de servicio una pequeña parte del daño que las políticas del fondo le han causado a este pueblo.
El Fondo Monetario, al igual que el Vaticano, hacen de la religión de la falta su principio de existencia, su fuente eterna de beneficios. Eso me cuentan los que llegan a tomar el tren y hablan de los últimos acontecimientos. Habemus Papa mass media, me dicen, pero yo no puedo reconocerme en este apóstol que gobierna una organización tan terrenal y económica, a la que no puedo llamar en ningún modo "Iglesia" y prefiero designar como "la Ostia Nostra", no sin alguna amargura a mis creencias.
Ignoro si el presidente Néstor Kirchner, piensa seguir la marcha de estos acontecimientos argentinos, pues la última noticia que he tenido sobre él y relativa a los rieles fue cuando lo llevaban en recorrida a bordo de un pequeño tren que circula por la planta de Wolkswagen en Alemania. Luego se sentó al volante con sonrisa de niño en un auto producido en esa planta que se destaca por su lujo y su costo de alrededor de 1.000.000 de Euros. Así, pues, están las cosas en esta época y estas tierras, pero no quiero extenderme más en estos desordenados comentarios. Ya mismo salgo a tocar la campana y que salga el tren librado ya a su incierto destino.
*(C) Urbano Powell. Urbanopowell@...
Juan recuerda siempre la infausta mañana del 61 cuando el Ejército comenzó a demoler la estación La Bajada, como hizo luego con el país: "La estación tenía unos grandes ventanales que daban a Ayacucho. Ataron unos cables a las paredes y las quisieron tumbar con los tanques, pero no pudieron porque se les cortaban. Mirá que les advertimos, pero no nos hicieron caso porque eran cabezones. Estuvieron como diez horas hasta que abandonaron y se fueron, y finalmente a los tres días tuvieron que dinamitarla para tirarla abajo". (....)
Otro país por donde se lo mire, La Bajada pertenecía a la Compañía General de los franceses y contaba con 18 vías y amplios terrenos que se extendían entre Ayacucho y Pavón desde Esteban de Luca hasta Doctor Riva, del ferrocarril De Rosario a Puerto Belgrano.
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