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ESTACIÓN LA BAJADA   Lista de mensajes  
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Inventren
Poesía en los andenes
 
 
Inminencia de la línea*

Despertar
sobresaltado
en el molde superficial y frío de un sueño
en la noche
consecutivamente solo

Deslumbrar
como un rayo incontenible
entre los nimbus
otras visiones
otras traslaciones de ese niño

Pasar
de aspecto larvario voraz
a grácil geometría suspendida
de las artes del viento

Inundar
ya sin temores
con el silencio mi ánfora
de cuero humano reseco
y hacerme su recipiente sagrado
entre tanto profano bullicio
del mundo y sus cosas
sus casas y cuartos
sus calles y estaciones y pasillos

Dudar, claro, ante las arboledas

Asaltar
sin miramientos
las empalizadas del tedio y las rutinas
la construcción férrea y maquinada
de escaparme asustado de mí
hacia los lobos mansos
de los hombres

Y asumir
en este salón desierto
el hecho sin remedio
de tener que aprender a estar
por siempre
en el exacto instante de la magia
infinitamente solo
de pie en el resplandor.
 
*de Santiago Torales. nahrid@...
 
 
 
Llegar donde los brazos...*
 
. . . llegar, donde los brazos aprietan hermandad,
entre los que quedan

y levantar

nos nuevamente,. . . .
. . . y ni allí descubrieron que décadas atrás,
este suelo cobijó sin credos, ni razas, ni pasaportes,
y ni la ilegalidad sonaba extraña.
Aquí, criaron y estudiaron tantos hijos europeos,
tantos y tantos dejando allá las bombas y la crueldad. 
Eran los abuelos de todos,
de la España del sol, de la Italia tarantela y vino,
de la Alemania mecánica y cerveza, la Francia perfumada,
Polonia en los trigales, Rusia y sus herramientas,
Holanda trajo molinos . . .
Hoy y ahora allá somos bolitas, sudacas, malavenidos,
desamparados.
No importa, . . . nos tienen de todos lados, nos tienen,
pero nó.
Nosotros aquí, los que nos quedamos tenemos el aire
y la palabra Latin

o

américa,
tenemos el canto de la tierra bendita,
la situación maldita de algunos hombres malditos.
(solo en las películas los malditos mueren bien muertos. . .)
Nunca la historia muere quieta, congelada.
Las cosas cambian, los hombres también.
El mundo cambiará, por el propio mundo,
por la propia Vida.
El hombre-imperio-hombre, tendrá en sus manos;
una lucha por quedarse a mirar el ojo de su propia tormenta.

*de Ricardo D. Mastrizzo. ricardomastrizzo@...

 
 

 

Estación La Bajada
 
Helado era aquel amanecer de invierno, allá por el ‘61, cuando las siluetas de los tanques aparecieron en el horizonte. Pocos fueron los vecinos que ignoraron lo que ocurriría a partir de entonces. La mayor parte del pueblo había aguardado aquel instante montando guardia durante toda la noche, calentándose debajo de gruesas frazadas y mateando hasta el hartazgo, iluminados los torvos semblantes por el resplandor de los Primus, gauchitos por siempre, compañeros en las casillas y en la vía.
         La noticia había llegado hacía ya varios días, aunque el clima de desasosiego se perfilaba desde hacía meses. El ramal ferroviario que pertenecía a la Compañía General de los ingleses iba a dejar de cumplir su servicio habitual hacia fines de aquel año. La ley gubernamental decretaba que “los ramales que presentaran baja densidad de tráfico ferroviario serán eliminados antes del 1º de enero de 1962”. Aquellas palabras habían resonado en los oídos de los habitantes de los pueblos interconectados por el ramal como una filosa caída de guillotina. Su principal fuente de comunicación y transporte desaparecería para siempre. Y entonces, ¿qué sería de ellos?
La Bajada era un típico barrio de ferroviarios, constituido por los Cornero, los Boeri y los Martello, entre otras familias. Todas ellas oteaban el horizonte a través de las pequeñas ventanas de sus cocinas aquella infausta mañana en que llegó el Ejército. Y todos, a paso lento y amargado, resignados ante el peso implacable de la ley dictada por las autoridades, salieron de a uno al frío de la mañana, a ponerle el pecho al destino que los aguardaba, implacable, a pocas horas de distancia.
La amenazante silueta de los tanques ya rodaba a la entrada del pueblo cuando sus habitantes pisaron las calles de ripio. Los motores ronroneaban y tosían al acercarse, desplazando unas moles blindadas que no daban señales alguna de vida aparente. Como si los emisarios del corte del servicio no fuesen hombres sino máquinas, insensibles engranajes de una cruel estructura de poder. Al frente de ellos, un jeep con la cabina cerrada por una sucia lona verde lideraba la lenta marcha.
Sólo al detenerse la formación sobre la calle Ayacucho, cuando las puertas se abrieron, los pobladores consiguieron identificar a las fuerzas del orden. El oficial a cargo, con la gorra encasquetada en la cabeza hasta las cejas y las solapas del abrigo levantadas, bajó del jeep, hizo sonar un silbato que alertó a todos los presentes, estremeciendo a las mujeres, y gritó hacia la improvisada muchedumbre:
-¡Soy el Mayor Oscar Tomeo, y busco al Señor Jefe de Estación! ¡¿Saben Uds. dónde se encuentra?!
Hacía ya varios días que por allí había circulado el último tren, llevándose consigo las ilusiones de todos. Con él, transido por la inapelable noticia de su despido, se había marchado Don Agustín Camardón, histórico Jefe de Estación de La Bajada, munido por sus pocos enseres, incapaz de hablar y despedirse, demolido por la angustia. Ya nadie se haría cargo del funcionamiento de su otrora prestigioso lugar de trabajo. Desde entonces, la estación quedaría en pie como absurdo monumento a la ineficiencia política.
Aunque la cadena de absurdos no hubiese hecho más que comenzar…
-Se fue hace rato –respondió José Martello, dando un paso al frente, un tanto atemorizado por el uniforme y los galones. –No hay autoridad ferroviaria en La Bajada. Parece que ya no la necesitamos…
-¡Entonces –continuó el Mayor Tomeo a los gritos –se retiran todos de las inmediaciones de la estación! ¡En nombre del Gobierno de la Provincia vamos a dar comienzo a las tareas de saneamiento y demolición!
Demolición… La sola idea estremeció a los presentes. Un débil sollozo femenino, consciente de la imposibilidad de sostener una ilusión que negara aquella equivocación, se dejó oír entre la variedad de apagados murmullos. Alguien quiso protestar cuando el Mayor Tomeo se volvió hacia los tanques, pero otro vecino lo llamó a silencio de un empujón.
Las puertas superiores de los blindados se fueron abriendo con chasquidos metálicos. Varios cascos verdes se asomaron y contemplaron el perfil del edificio que se elevaba hacia su izquierda. Amplios ventanales y gruesos muros les devolvieron la mirada.
Con espartana precisión pero sin apuro, los uniformados comenzaron a desarrollar sus tareas, bajo la asustada mirada de los pobladores, que a poco de permanecer allí, calados de frío hasta los huesos, dedujeron que la aparente amenaza de la caballería blindada podía llegar a resultar simplemente eso.
Los soldados derribaron la puerta de la boletería, de la oficina principal y de la sala de espera, además de abrir con varios culatazos de máuser los pesados postigos de los ventanales. Luego, ataron unos gruesos cables de acero a las estructuras metálicas de sus tanques, mediante sólidos ganchos de amarre, y tendieron el otro extremo hacia los mudos ventanales, perforando con taladros sobre las paredes a fin de colocar las gubias donde amarrarían el cabo restante de los cables. Una vez realizada la maniobra, avanzada la mañana, entibiados rostros y manos por el tímido sol invernal, volvieron a trepar a los tanques y encendieron los motores.
-¿Qué van a hacer? –preguntó por lo bajo Raimundo Boeri, a medio camino entre la resignación y la curiosidad, incapaz de comprender la efectividad de la operación.
-Una gran cagada –sentenció a su lado Eustaquio Cornero, deseoso de unos mates, pero temeroso de perder algún detalle del espectáculo que ya había congregado hasta al último de sus vecinos frente a la tradicional estación, tumultuoso centro de reuniones a la hora en que solían llegar los expresos de pasajeros, mucho tiempo atrás.
-Mejor así –masculló José Martello, atesorando una débil sonrisa de esperanza. –Que les cueste derribar el esfuerzo de quienes vinieron antes que nosotros a levantar nuestro humilde medio de vida.
Los blindados giraron sobre sus orugas hasta ponerse de espaldas a la estación. Una vez alineados, aguardaron la orden de salida. El Mayor Tomeo, trepado al estribo de su jeep, supervisó la disposición de las máquinas y pitó con su silbato. Los tanques aceleraron, haciendo rodar en falso las orugas, tensando los cables hasta su máxima expresión, levantando densas nubes de polvo y ripio.
Varias respiraciones se contuvieron. Manos crispadas se taparon la boca, evitando soltar un grito de angustia. Alguien sintió que se le derrumbaba la presión…
Los poderosos motores bufaban y chillaban, hasta que de pronto la mañana se estremeció con el latigazo del primer cable cortado. Uno de los tanques se precipitó a toda velocidad sobre la casa emplazada frente a la estación, derribando la cerca de alambre y torciendo un limonero contra la medianera, mientras se oían estridentes alaridos de sorpresa. El segundo cable se cortó antes de que los vecinos se repusieran de la anterior conmoción, originando estampidas y chillidos. El segundo tanque, con menor fortuna que su predecesor, colisionó contra la camioneta Ika de Raimundo Boeri, reduciéndola a chatarra.
-¡Pero qué hacen, manga de ignorantes! –chilló Boeri, agitando las manos delante de su antiguo vehículo, aplastado bajo las orugas. -¡Voy a demandar al Estado por lo que acaban de hacer! ¡Esta es su responsabilidad! –increpó al Mayor Tomeo, apuntándolo con el índice.
-¡Cállese la boca, ciudadano! –exclamó el oficial a cargo, rojo de furia ante la ineptitud de sus subordinados, quienes contemplaban azorados el desastre ocurrido. -¡Sol-daaaaaaa-dos!!! ¡Repetir la maniobra!
El silbatazo los puso en movimiento otra vez, como si allí no hubiese pasado nada. Los vecinos alzaban sus quejas por encima del sonido de los tanques, protestando en vano ante la indiferencia uniformada. La señora Irma Respinghi, dueña del limonero vencido bajo el peso de la oruga, protestaba y lloraba al mismo tiempo. Eustaquio Cornero parecía mantenerse ajeno a la conmoción general, observando la escena a distancia, a la manera de un cronista periodístico, registrando en detalle el segundo intento de la caballería por apostar un nuevo juego de cables contra las paredes.
El esfuerzo les demandó un tiempo mayor al empleado la vez anterior, supervisando cada uno de los detalles. Finalmente, pasado el mediodía, con los vecinos acalorados por el sol y la indignación generalizada, los tanques volvieron a apostarse de espaldas a la estación, listos para el silbato de largada.
El Mayor Tomeo trepó nuevamente a su jeep y dio la orden. Los motores aceleraron, la nube de ripio y polvo se elevó en el aire otra vez, y los cables se tensaron, tal como ya lo habían hecho.
Y la escena volvió a repetirse.
El primer tanque casi arrolla a José Martello y Raimundo Boeri, quienes se arrojaron hacia un costado, salvando sus vidas milagrosamente, ya prestos a desempolvar sus escopetas de caza para echar a los tiros a los militares incapaces. El segundo tanque volvió a arrollar la Ika de Boeri, pero además torció el rumbo y derribó de una vez el limonera de Doña Irma, quien se desvaneció ante la impotencia en brazos de Eustaquio Cornero.
El Mayor Tomeo, irascible, pitaba su silbato a diestra y siniestra.
-¡Media vuelta! –vociferaba, gesticulando como loco. -¡Arremetan contra esa estación! ¡Que no quede una sola pared en pie!!!
Los blindados giraron sobre sus orugas y embistieron las macizas paredes, teniendo la precaución de calcular que el extremo de sus cañones ingresara al edificio a través del hueco de los ventanales. Pero ni aún así, a pesar del sacudón que sufrió la estructura, de las tejas que cayeron o los baldosones que se partieron bajo el peso blindado, consiguieron derribar un solo ladrillo.
-Ya no se hacen estas paredes, Mayor –se animó a aclarar Eustaquio Cornero. –Las construyó un Estado diferente al actual…
-¡Cállese la boca!!! –lo increpó Tomeo a la distancia. -¡O lo hago arrestar por obstrucción de tareas militares!
-¿Qué tareas? –murmuró Martello, manteniéndose alejado.
Los tanques arremetieron varias veces contra la estación, y el pueblo, aunque ofuscado, iba y volvía de la escena, yéndose a almorzar o a dormir una siesta. Lo que parecía irremediable, al final terminaba aburriendo.
Atardecía cuando se oyó por última vez el silbatazo del Mayor Tomeo, indicando la retirada. No hubo discursos pertinentes, ni tampoco nadie bajó de los vehículos a recoger los fragmentos de cable seccionado. Los blindados se retiraron, cerrando la marcha el jeep, insultado por los vecinos, quienes esgrimían sus puños en alto, maldiciendo y festejando a la vez.
-¡Los echamos, los echamos! –exclamaba José Martello, exultante.
-Yo no estaría muy seguro –observó Eustaquio Cornero.
Y no se equivocaba. Tres días más tarde, liderados por un parco teniente llamado Funes, dos camiones del Ejército arribaron a la estación con las primeras luces del día. Algunos vecinos se agolparon suponiendo que habría una nueva escena de humillación para las Fuerzas Armadas. Sin embargo, los soldados que bajaron de la caja, con los máuseres cruzados contra el pecho, los retiraron hasta media cuadra de distancia. Desde allí vieron cómo trabajaba un reducido equipo de hombres, técnicos en apariencia, quienes no dieron mayores precisiones al respecto, y se retiraron a resguardo antes de llegar la media mañana.
La implosión conmocionó al pueblo y sus alrededores. Los cartuchos de dinamita colocados en los cimientos del edificio arrasaron con las vigas y derribaron las paredes como si fuesen de arena seca, cayendo hacia dentro y causando una enorme montaña de polvo que se expandió rápidamente sobre las calles aledañas. El paisaje se desdibujó durante unos instantes, y cuando el polvo en suspensión terminó de caer, la realidad del pueblo había dejado de ser la que conocieran durante tantos años.
Cornero, Martello y Boeri, azorados, tosiendo y lagrimeando, a causa del polvo y la emoción, por fin veían materializarse su mayor temor. El monumento al trabajo de toda una vida se había transformado en una ausencia rodeada de escombros. Y la oscura silueta de la tropa se recortaba en el horizonte, mientras recogía sus últimas cosas, antes de marcharse definitivamente de allí.
Doña Irma Respinghi, cubriéndose la boca con una mano, volvió a desvanecerse. Y los tres mosqueteros del riel, Cornero, Martello y Boeri, sin ponerse previamente de acuerdo, llevaron su mano derecha junto al corazón y comenzaron a entonar, entre la furia y la congoja, nuestro Himno Nacional.
 
*de Aldima. aldima@...
 
 
 
 Desde el vagón cineclub*
 
 Le pregunté al haitiano dónde queda el vagón de cineclub, y me sonrió  con una sonrisa de dientes enormes, diciendo "la Bajada", y asintiendo con  la cabeza. Volví a preguntar, hablando más fuerte y más lento, y me dijo que sí repetidamente mientras continuaba sonriendo, ahora con una especie de carcajada. Me di cuenta de que yo también sonreía, imitando el gesto con esa vocación de espejo que tenemos las personas tímidas. Volví a preguntar, riendo ya, y seguimos riendo a dúo por unos segundos hasta que le dije  "gracias, gracias", así dos veces porque él se empeñaba en multiplicar los gestos.
     Pensé que en la estación anterior quizás habrían desenganchado el vagón, pero supuse que no y me limité a recorrer el tren de compartimiento en compartimiento, como si fuese a algún lugar preciso y no estuviese buscando algo ignoto.
     Cuando encontré la carga de bicicletas, todas colgando en la penumbra de ganchos del techo, casi doy media vuelta y me resigno a finalizar la aventura, pero me atreví a cruzar ese espacio oscuro para encontrar en el vagón siguiente una oscuridad mayor: el vagón de cineclub donde, como la vez anterior, ya estaba la película en plena proyección.
     En esta oportunidad de inmediato reconocí el film. Era "El tercer hombre".
     Llegué antes, pero no pasó mucho tiempo para que Orson Welles llevase al protagonista hasta el parque de diversiones. Era de noche allí, y tal circunstancia casaba perfectamente con la negrura espesa del vagón donde, como la otra vez, apenas se adivinaban cinco o seis figuras silentes.
     El parque de diversiones de la pantalla tenía una reminiscencia de los parques de Bradbury; como si algo maligno se asociase, se pegase pringosamente a lo relativo a la niñez. Esa cosa de la inocencia que no se  sostiene frente a la nocturnidad que la desnuda. Y Welles, ominoso y encantador, hizo entrar a su acompañante a la cabina de una gigantesca vuelta al mundo.
     Mientras la enorme rueda giraba en la pantalla, el movimiento del tren me hacía subir a mí también, transformándose el traqueteo horizontal en el lento escalar hacia la cima.
     Desde allí Welles le mostró -nos mostró- la gente desde arriba. Meros puntos móviles. Dijo con terrible certeza que si uno de esos puntos dejase de moverse, tal cosa no sería significativa. Expuso con simpleza la visión desde la cima del poder, las gentes comunes meras hormigas, acaso números ínfimos, partículas elementales.  Recuerdo haber experimentado el vértigo de sentirme arriba y de saberme abajo. Atroz desdoblamiento del comprender sin justificar. De temerse a una misma si las circunstancias fuesen otras. ¿Quién sería, yo, en la cima?
     De la primera fila me llegaba el olor del whisky, y el hombre corpulento que había estado bebiendo comenzó a roncar con fuerza.
     Cuando me retiré en la oscuridad pensé que le habrá gustado ver una película de su tío, Sir Carol Reed.
 
*de Mónica Russomannorussomannomonica@...
 
 
 
A Contravía...
 
 (DEL VIAJE DE MIO TIO ALGIRDAS EN TREN A ROSARIO)*
 
Cuando yo era pibe - en mi horizonte existencial comienzan a instalarse los 60 - en muchas familiar argentina se compraba, y a veces se leía el "Reader's Digest", de esa publicación, que al menos hasta hace pocos años se seguía editando, me quedó instalada una sección titulada "mi personaje inolvidable". Con ese grato recuerdo, fui construyendo mi miniolimpo personal  de "Personajes inolvidables": Allí hay sitio preferencial para mi tío Algirdas; Algirdas Zematitis Tokatlián.
Cuando el aparcero Coiro me comentó telemáticamente, que en el curso del año 2005 del calendario gregoriano, Inventren se las iba a tomar con los trenes y Rosario, de inmediato me vino a la mente el reiterado relato de un viaje que hiciera mi tío Algirdas a Rosario al final del verano austral de 1925.
 
Mi tío Algirdas, en realidad era mi tío abuelo materno, hermano mayor de mi venerada abuela Elena, cuyas cenizas tengo en mi casa, junto a mi PC, lugar sacralizado si los hay.
Algirdas era en típico tío solterón que solía existir en muchísimas familias argentinas, particularmente las provenientes de la corriente migratoria de Europa y Cercano Oriente: Esos tíos o tías eran toda una institución. Referentes como se diría hoy.
No ha sido una costumbre de la Argentina Pampahúmida, constituida por los hinterlands de los puertos de Buenos Aires, Rosario y Bahía Blanca, el uso de doble apellido o apellido materno.
Por eso a mi tío como a casi todas las personas, se las conocía y se las conoce por su apellido paterno o el de su madre si fue soltera.
Pero si uno  al modo de sociólogo a la violeta se toma el trabajo de pedir los apellidos maternos de argentinos descendientes de los "que vinieron de los barcos", se encontrarán con mescolanzas que implican una pluralidad cultural, de la que aún no se tiene acabada conciencia. Por eso mi tío se llamaba Algirdas Zematitis Tokatlian. El nombre y el apellido paterno eran lituanos y el materno era armenio.
 
A fines del siglo XIX y principios del XX, habían llegado la familia Zematitis huyendo de la  persecución que a los irredentos lituanos perpetraban las tropas zaristas (a su turno los soviéticos harían algo parecido): Las levas de lituanos a Siberia, eran una medicina para apaciguar sus creencias donde se mezclaban su culto precristiano (Romuva) y el catolicismo. El resultado es que en  las estepas  comenzaron a hacerse familiares las peculiares cruces lituanas.
Las motivaciones de los Tokatlian eran similares. El imperio otomano, quería dar una "solución final" a los armenios y algunos como los Tokatlian que se las venían venir, se vinieron para la prometedora Argentina y así se salvaron del genocidio que los turcos perpetrarían en 1915.
Es sabido que la mayoría de esa corriente migratoria se quedó en la ciudad de Buenos Aires. Después de la permanencia temporal en el Hotel de Inmigrantes, casi todos iban al más singular laboratorio intercultural que se ha conocido: "el conventillo".
Ya se puede imaginar que los Zematitis y los Tokatlian terminaron viviendo en el mismo conventillo de la calle Cochabamba, allí en esa zona difusa de los barrios de Constitución, Monserrat, Parque Patricios y Barracas. Ese caldero étnico, inspiraría a Vacarezza para el sainete el "Conventillo de la paloma" y a Armando Discépolo para su "Babilonia" entre tantos otros.
Alli de niños de conocieron Anush Tokatlian y Algirdas Zematitis (padre). Cuando adolescentes se enamoraron y se casaron. Algirdas, oriundo de una región lituana que se llama Zemaitija (en realidad se trata de una zeta con un signo arriba como el de apertura de paréntesis mirando para arriba que se pronuncia "ye"). Alli cerca de la ciudad de Plunges, en medio de los bosques de robles y abedules aprendió el oficio de tonelero, que heredó de su padre y abuelo.
Anush había aprendido de su  madre y  su abuela a bordar en forma primorosa. Con esa "calificaciones laborales". A ninguno de los dos les faltó trabajo duro: A Algirdas en una tonelería en un tiempo donde no había ni palettes, ni tambores metálicos ni de PVC. Muchisimas mercaderías se envasaban en toneles, barricas o barriles.
Si bien no le faltaba trabajo como modista particular, como despues de casarse pasaron a vivir en una casa de inquilinato pero de material, en el mismo barrio;  Anush, como tantas mujeres "cosía para Suministros". Eso significaba que tomaba trabajos para el Arsenal de Guerra del ejercito que estaba donde hoy esta el Hospital Garraham. Resabio del pasado castrense de ese predio es el subsistente Comando de Sanidad del Ejercito.
La cuestión es que se casaron y empezaron a llegar los hijos; llegaron a los cinco y Algirdas fue el primogénito. Su padre apenas chapurreaba el castellano, pero su mama venía de una familia muy letrada y se preocupó por alfabetizarlo en el castellano antes de comenzar la primaria (el jardín de infantes no se conocía aun, y menos entre la gente de pueblo), y también le enseño las operaciones aritméticas básicas.
Sumada a la curiosidad que demostró desde muy chico, Algirdas,  "El lituano" como le llamarían desde entonces sus compañeros, se adapto fácil a la escuela y eso fue detectado por sus maestros.
En ese entonces era todo un logro tener el primario completo para el hijo de una familia de trabajadores manuales. Ya ir a los pocos secundarios era algo excepcional, y de hecho casi vedado a sus hijos. Pero uno de los maestros entendió que el lituanito era un talento y un día llamó a la madre y le dijo que, tenían  que hacer un esfuerzo y  hacerlo seguir estudiando. Para eso el recomendaba mandarlo a la Escuela de Artes y Oficios "Otto Krausse", donde él tenía contactos. Anush fue clara con su marido: "Vos tenés que hacer más barriles y yo tengo que coser más ropas". Y así Algirdas comenzó el Otto Krausse donde se graduó de electricista, luego de seis años. Ya antes de terminar el primario Algirdas era un asiduo concurrente a la Biblioteca Pública del barrio y a la biblioteca de la Escuela. Era la única forma de conocer más de los pobres. Eso mismo hizo en el "industrial". Salvo los dias de lluvia, donde usaba el tranvía, Algirdas iba y venia caminando desde su casa al colegio. Atento su condición de alumno destacado y  el esfuerzo que hacia la familia, unos maestros de taller del colegio consiguieron que se lo designara como mensajero en la Dirección General de Correos y Telégrafos (Palacio de Correos). Eso fue en la mitad del secundario. Al poco tiempo, sus condiciones permitieron que se hiciese telegrafista, y así fue que cuando terminó el Krausse, ya trabajaba como tal. Tenía como compañero de tareas un compañero mayor que él con veleidades de poeta: se llamaba Ezequiel Martínez Estrada y había nacido en San José de la Esquina, provincia de Santa Fe. Devenido en teletipista y radioperador  se jubilaría al comenzar la década del sesenta.
Tío Algirdas casi llega a centenario y estuvo lúcido hasta último momento, murió en el hogar de ancianos lituano de Burzaco, a mediados de 1992. Está enterrado en el cementerio de Berisso, un lugar que mucho quería porque tenía muchos amigos de la colectividad lituana, los que se concentraban en la aún mítica calle Nueva York, junto a los frigoríficos Swift y Armour.
Ya conté que el tío era una institución en la familia. Por eso cuando por propia decisión se fue al hogar lituano de ancianos (Vaya a saber porque le tiraba más la línea paterna, porque con la colectividad armenia tenia sólidos vínculos), no era infrecuente que lo fuese a visitar. Allí seguía siempre contando sus andanzas, sus recuerdos y comentando la actualidad, porque era un ávido consumidor de información. Y era muy meticuloso. Llevaba desde adolescente  una suerte de Diario personal o bitácora, donde anotaba todo lo que veía o le venía en mente. Curiosamente nunca se dedicó a escribir y publicar. Seguramente se sentiría cerca del fin, cuando alrededor de sus 85 años, un día que lo fui a visitar, me regaló un baúl con todas sus "bitácoras". De esas bitácoras y de lo que recuerdo de sus relatos sale toda la "info" que te contaré. Es mas, cuando fue a la bitácora del viaje a Rosario, me encontré, que él en su meticulosidad les hacía agregados actualizados a sus registros primarios. Se nota que los leía a menudo.
 
Cualquier argentino varón que tenga mas de 65 años y este más o menos lucido, y haya hecho el servicio militar obligatorio - ese que caso Carrasco de por medio finalizó a principios de los Noventa - suele contar como una letanía sus recuerdos de la "colimba". Y eso lo sabemos lo que ya somos veteranos por haber escuchado a nuestros viejos, a los amigos de nuestros viejos, a tíos abuelos y demas varones, reviviendo y muchas veces "inventando" y contando sin cansarse, todas aquellas cosas vividas en una "Juvenilia", que con los que pasó en la Argentina en las últimas décadas, resulta aveces hasta poco creíble.
Y esto de poco creíble, te lo resalto, porque para meterte en este relato, te pido que te metas en el tiempo en que sucedió. Entonces las cosas eran distintas. La condición humana es inmutable, pero hay momentos en que se creen en ciertas cosas y otros en que ya no se cree en ellas. En ese tiempo  - te estoy  "hablando de la década del 20" - se creían en muchas cosas. Y sobre todo a nivel de la gente de trabajo. A veces en esas viejas películas argentinas ese cuerpo de creencias se refleja y más aún si lees los sainetes de la época.
 
Era la noche previa al día que saldrían de baja, un grupo de jóvenes de la clase 1903 que habían hecho el servicio militar obligatorio en   el Regimiento 6 de Infantería "General Viamonte" de Mercedes en 1923 (siendo el jefe ese año  el Teniente Coronel Don  Camilo IDOATE). Después de todas las peripecias y emociones compartidas, llegaba el momento de separarse a los cuatro vientos. Había tristeza contenida y tal vez nostalgia anticipada.
Había un grupo que había compartido mas vivencias, era el que se núcleo alrededor del Centro de alfabetización y telegrafía. Resulta que en esa época, todavía había muchos analfabetos y el servicio militar cumplía con la misión complementaria de alfabetizar. El conscripto analfabeto, tenia un eficaz persuasivo: si  no aprendía a leer y escribir, no se le daba de baja. Pedagogía sutil que le dicen. Sabedor de que había un conscripto telegrafista, al Jefe de la unidad se le ocurrió anexar al menos ese año un curso de telegrafía, como salida laboral. En ese entonces (recordar que solo un año antes había comenzado la radiodifusión comercial en Argentina y ese año se había inaugurado radio Universidad de La Plata) saber telegrafía era una posibilidad cierta de obtener trabajo en los ferrocarriles, en cualquier gran empresa comercial, en la administración publica y el Ejercito, la Marina y la policía. De cajón que el encargado de enseñar telegrafía, además de las funciones de telegrafista en el regimiento fue del "lituano". Para la escuela, como no había presupuesto para maestro,  se designó a Matías Almeida maestro normal de Chivilcoy y como ayudantes, a Juan Maria Laperche (en adelante lapercha), a Godofredo Metraux (en adelante Metro) y a Guillermo Halliburton (en adelante el inglés), los tres estudiantes en la universidad del Litoral (que ese año había sido nacionalizada, ya que antes era provincial). También para reforzar en aritmética, los sumaron al "ruso" Isac Lijmaher  perito mercantil de Luján, que llevaba la contabilidad de los libros de la tienda de sus padres, y al mismo Algirdas. De supervisor el Teniente coronel, lo puso al sargento de Sanidad Julián Abarrategui, un gordito medio pícaro y entrador  oriundo de Teodelina, provincia de Santa Fe.
 
En esa noche tan particular, en un momento "La percha " dijo: "Muchachos, yo me comprometo a hacer la primera reunión de la "barra"; Metro y el inglés me darán una mano. Y los miró a ambos y les dijo: ¿No es cierto? .Ambos agarraron viaje, aunque el inglés seguía algo remilgoso, aunque mucho menos luego de la especial pedagogía de saltos de rana. cuerpo a tierra y paso vivo que le había propiciado el Sargento Kalauz, encargado de la preparación física, algo muy importante en un  regimiento de infantería. Kalauz era un ejemplar que había peleado en la Primera Guerra Mundial en el ejército imperial austro - húngaro. Después de la contienda, se vino como tantos para estas tierras y se enganchó como instructor de gimnasia. Era buenazo pero a la hora del ejercicio, sólo tenía un límite: el desmayo de los "ejercitantes".
Además de los cursos de alfabetización y telegrafía, otra cosa había galvanizado a la barra: las maniobras en Achiras. Desde Mercedes, donde se cruzaban los ferrocarriles Oeste, Pacífico y Compañía General (y por esa razón estratégica se había desplazado a Mercedes el regimiento en 1915), el regimiento hizo un largo viaje en el Ferrocarril Pacífico, pasando por Vicuña Macckena, Tosquita, Moldes y Sampacho  hasta llegar a Achiras y retorno. En las inmediaciones Achiras fue la gran maniobra con una parte importante del Ejército: juegos de guerra, en medio del calor, el frío, la tierra, las espinas y las yararás. El viaje y las maniobras fueron como el coronamiento de nuestra convivencia... El día 7 de enero de 1924 nos dispersamos a los cuatro rumbos con la promesa del reencuentro.
 
Un día a fines de agosto de 1924, llegó a mi oficina en el Palacio de Correos (ahora el que escribe es tío Algirdas, acorde a lo que varias veces me contó, confrontado y complementado con su "bitácora), el siguiente telegrama(acentuado en la e como se decía antes): Litu: La reunión será en la tercera semana de marzo de 1925.Stop. Va carta detallada. Stop. Percha Metro e ingles.
Efectivamente, días después me llegó a casa una carta firmada por Percha, que decía mas o menos así: " Querido "Litu": tal como te adelantamos por telegrama, nos vamos a reunir el 19 y 20 de marzo del año que viene. Preocupate por hacer los arreglos de horarios que tengas que hacer y por traer una muda de ropa, ya hemos conseguidos los pasajes, la estadía y las comidas, gracias a las influencias de mi viejo y de los viejos de Metro y del ingles. Elegimos el día jueves para comenzar, porque los pasajes en tren os hemos conseguido por el Compañia General, y el día viernes el tren entre Estación Buenos Aires y Rosario, no corre.
Tenés que presentarte el día del viaje (el tren sale de Buenos Aires a las 0715), y retirar el pasaje a tu nombre. Dado tu oficio, hemos conseguido que puedas mandar telegramas de servicio desde la estación de partida y aquellas donde el tren para un rato (creo que son tres o cuatro).
Le hemos mandado una carta parecida a toda la "barra" atento las direcciones que teníamos al dispersarnos en Enero. No sé si a algunos les llegara, pero lo hemos hecho con tiempo.
Por las dudas si tenés contacto con alguno avisále. Contestame, sabiendo que estarás junto a nosotros para empezar a revivir por primera vez esos "viejos tiempos". Un abrazo mío, de Metro y del ingles. Firmado: La percha.
 
Los muchachos rosarinos habían cumplido y ello era posible porque sus viejos estaban ligados a los mas granado de la sociedad rosarina de esa época. El viejo de Laperche, era un ingeniero gerente del Compañia General en Rosario, su esposa y él eran alsacianos y por eso no se consideraban en el fondo francés. De manera que pudiendo hacer que su hijo fuera súbdito francés, prefirieron que sea ciudadano argentino y por eso hizo la colimba con nosotros. Los motivos de los padres de Metro eran menos principistas, el papá era uno de los gerentes de la empresa francés que tenia la concesión del Puerto de Rosario desde 1901. Su esposa había perdido a sus hermanos en las trincheras de la  Primera guerra mundial y creía que no haciendo ciudadano francés a su hijo y si argentino, lo preservaba de los horrores de la guerra. Esta actitud de la madre de Metro, era más común de lo que se piensa en ese tiempo. Durante la primera guerra y también durante la Segunda, no fueron pocos los que se alistaron a los frentes de los países de sus padres o de donde habían venido cuando niños. En cuanto al "ingles" su padre era hijo del gerente de una agencia marítima y por su escritorio pasaban casi todos los grandes negocios de exportación de cereales por Rosario. Metro y Percha, habían hecho el secundario en el colegio de Mister Newell (el que dio lugar a Newell Old Boys de Rosario). Metro siguió la Facultas de Derecho y allí se cruzó con el ingles antes de la colimba, mientras que Percha estudiaba para Contador Público Nacional. Ello explica como habían conseguido los recursos para que pudiéramos reunirnos. De otra manera, a esa altura de nuestras vidas, no nos podríamos haber reunido porque todos éramos laburantes y muchos eran changarines.
Así las cosas empecé los preparativos para el viaje (Ya te conté que tío era muy meticuloso, y preparo cuidadosamente su viaje. A tal punto, que compro un cuaderno especial para hacerle las anotaciones del mismo y de entrada había anotado los nombres de las estaciones, a la hora que pasaba o se detenía a un rato y en algunos casos hasta las coordenadas geográficas. También se había copiado de la "Guía Azul de las Comunicaciones Argentinas" un mapa del recorrido).
Prosiguió relatando tío: Estaba tan entusiasmado con el viaje que lo comentaba con mis compañeros de trabajo, con la barra de la esquina y con mi familia. DE eso modos todos me aportaban algo como no sea algún consejo. Por ese entonces para la gente de barrio, ese viaje tenía sabor de aventura, sobre todo tratándose de Rosario, ciudad que ya tenia un encanto peculiar. Así el flaco Pantaleón, me dijo: "Ese día te acerco porque voy temprano con la chata desde el corralón, para recibir mercadería que llega en los cargas del Compañía General. En su generoso ofrecimiento olvido decirme que temprano era dejarme en la estación a la cinco de la mañana. Mi vieja se deshizo en preparativos. Consiguió prestada una valija de cartón", y una canasta de mimbre cerrada, en la que puso alimentos y bebida, como si fuera a tomar el "Transiberiano" desde San Petersburgo a Vladivostok. Para que la comida no se echara a perder (no eran tiempos de heladeras portátiles) estuvo preparándola hasta altas horas de la noche. Y como tenía temor por que el agua me hiciera mal, consiguió varias botellas de esas redondas con canastita de junco con que se presentaban los vinos tipo Chianti, las llenó de agua previamente hervida. Y dejo algunos limones y naranjas.
Esa noche casi no dormí, por la emoción de la aventura próxima. A las cuatro de la matina Pantaleón golpeó las manos en la puerta de mi pieza y me levanté rápido, fuimos al corralón, donde ya había  ensillado los caballos y salimos. Al pasar por el puesto de diarios del barrio, el canillita Nicolás, me acercó un diario y me dijo: "Tomá, para que te entretengas en el viaje. Es de ayer, pero algo es algo. Suerte".
Y así emprendimos la marcha por Velez Sarfield, y mientras "cara blanca", el caballo guía tiraba en un repecho. Comencé a recordar, el día que fui a tomar el tren a la misma estación para comenzar mi colimba. Una vez realizada la revisación médica de rutina, me convocaron junto con los otros al Arsenal de Guerra, que como te dije estaba en el barrio. Teniendo un apellido con la ultima letra del abecedario la espera se hizo larga, cuando quedábamos seis o siete, vi que un uniformado con varias tiras al costado(luego aprendería que eran las insignias de sargento), y  una inescrutable cara de coya (luego sabría que se trataba del sargento Yupanqui), iba asignado los destinos. De pronto levanto la vista nos miro y casi sin fruncir el ceño, nos dijo: "Ustedes se vienen conmigo a 6 de infantería". Acto seguido nos ordenó subir a un carro, y haciendo este mismo recorrido nos trajo a la estación. Durante la colimba, prefería utilizar el Ferrocarril Oeste, porque la estación estaba a pocas cuadras de regimiento mientras, que la estación Mercedes del Compañia estaba en el otro extremo del pueblo. La del Pacifico, estaba también cerca (al lado de la del Oeste), pero yo me venia o iba a Once caminando desde casa, salgo en caso de lluvia que tomaba el tranvía.
Sí, en cambio, había salido de esa estación (que curiosamente es la única que se llama Buenos Aires, ya que las otras estaciones centrales de la ciudad se llamaban Plaza Constitución, Plaza Misesere, Retiro (las tres) y Federico Lacroze), para ir a visitar a mis paisanos lituanos de Berisso. Entonces me iba hasta González Catán y tomaba un tren de carga que llevaba ganado a los frigoríficos. Curiosamente, Berisso nunca tuvo estación ferroviaria. Pero había una disposición que permitía viajar en los furgones pagando el correspondiente boleto.
La cuestión es que recordando estas cosas, llegamos a la estación y me despedí de Pantaleon. Era temprano, hacia frío para el fin del verano (Luego  me entere que hacían diez grados) pero en ese entonces toda la zona era de un gran movimiento. Allí, donde luego se instalaría la Villa Zabaleta, existía un gran puerto fluvial del Ferrocarril Oeste, pero que estaba conectado con casi toda la red ferroviaria. Incluso, donde luego correría la Avenida Perito Moreno, corría un ramal del Oeste que se conectaba con Villa Luro, y desde allí por Versalles se conectaba en Santos Lugares con el Oeste. Si bien al inaugurarse el ramal subterráneo del Oeste a partir de la calle Jean Jaures, la actividad del puerto se fue amenguando (ello se debía a que el puente levadizo del Ferrocarril Sud, empezó a paralizarse porque sino se entorpecía el paso de los trenes suburbanos de pasajeros.  Eso redujo el tamaño de las embarcaciones que podían pasar por debajo del puente. No obstante, el puerto llamado Ingeniero Bryan seguía activo a la fecha de mi viaje.
Dado que llegué muy temprano me puse a leer "El Diario" (un vespertino que se publicaba en la época) de ayer que me dio Nicolás y de allí me llamaron la atención noticias como: Que en el teatro Apolo, la Compañía Argentina de sainetes y comedias Cicarelli – Corsini, con dirección de Alberto Vaccareza, ofrecía la pieza: “La vida es un sainete”. En el “buenos Aires”, la compañía Muiño –Delgado ofrecía “A París te lo regalo”. La Despedida del presidente Chileno Arturo Alesandri. La próxima unión de las redes ferroviarias de Bolivia y Argentina. Los actos previos para recibir al profesor Albert Einstein. La historieta de Barniculi y su pingo Tragavientos. El comentario de un libro, del norteamericano Henry Olerich, titulado “El mundo dentro de mil años”; donde se decía que en ese mundo (2925) no habría ciudades, no existiría el dinero y la energía se tomaría del viento, del calor solar y del movimiento de las holas. La publicación de la Memoria de la Prefectura Nacional de Puertos de 1924. Los récords mundiales de aviación de 1924. Mucho más me intereso la sección Telegrafía, telefonía y electricidad donde había un artículo  de problemas de radiotelefonía
Faltando una hora para a salida me presente a la boletería y dije quien era. De inmediato (y allí comencé a darme cuanta de lo que habían puesto en marcha los pudientes rosarinos), con suma amabilidad me entregaron el boleto de cortesía que incluía consumiciones gratuitas en el coche comedor. Además se me hizo saber que podía utilizar sin cargo, el servicio de telégrafo de la empresa, por si quería telegrafiar a "Mesie La Perche", ya que les habían adelantado mi ocupación de telegrafista. Entonces, pedí permiso, me acerqué al aparato y escribí: "Estoy en estación listo para partir. Stop. Informare novedades paradas largas. Stop.  Litu"
Poco a poco empezaron los movimientos previos a la partida del tren.  Tenés que tener en cuanta - ahora te cuenta el sobrino en este presente del 2005-  que en ese entones la aviación comercial estaba en sus comienzos, el automóvil apenas se aventuraba fuera de las ciudades y que cuando no había alternativa de barco, el ferrocarril tenia el monopolio de hecho. Personas, mercaderías y correspondencias se movían por tren. Como ya te lo conté dado la condición de telegrafista de tío, el trafico telegráfico privado, comercial y publico era muy intenso. La vida de la mayoría de los pueblos giraba alrededor de la estación ferroviaria. El ferrocarril había dado origen a la mayoría de los pueblos de la argentina entre 1860 y 1914.
Hecha esta aclaración, vuelvo al relato de tío. Mientras llegaban de a poco los pasajeros, se advertían algunos maestros y maestras, policías de la Provincia de Buenos Aires, soldados y hombres y mujeres que se notaba eran gente de campo. Atento los servicios del Central Argentino y del Central Norte a rosario iban en menos de la mitad del tiempo de este tren incluso la empresa tenia un servicio nocturno más rápido. Era muy raro que alguien hiciera el viaje completo, salvo que fuera algun empleado del ferrocarril o familiar, y aun así usaban el servicio nocturno. Por eso el grueso del pasaje, y eso lo iría notando a lo largo del viaje era el que tenían origen y /o destino a las estaciones pequeñas en medio del campo.
Este era un tren mixto, por eso al estacionar la formación en el anden vi que además de la locomotora a vapor tenia un coche de primera clase, tres de segunda, un coche con las ventanillas alambradas que luego vi que era una suerte de “coche –cárcel”, dos vagones de encomiendas. Un coche comedor y un coche postal de la Dirección de Correos y Telégrafos. Apenas llegó la formación, en los furgones de encomiendas, se comenzaron a cargas los llamados “lotes acelerados”. Si bien la mayor parte de las encomiendas ya se habían cargado antes. Allí se cargaba encomiendas de ultima hora, entre las que se incluía alguna mercadería no perecedera o algun repuesto o medicamentos.
El vagón de Correos tenia también servicios de encomienda (sobre todo la contrareembolso), pero tenia dos servicios especiales: uno era el franqueo de ultima hora. Consistía en que se podía mandar una carta cuando llegaba el tren y ponerla en un buzón que estaba al costado del vagón. (En esa época la carta tenia una importancia que hoy ha perdido). Además, en las grandes ciudades, el correo había habilitado un servicio para que las familias del campo pudieran mandar víveres frescos (verduras, frutas,  huevos animales vivos o muertos) a sus familias de las ciudades. En el caso de este tren este tipo de mercaderías se irían cargando en el trayecto con destino a Rosario. Al retornar este tren haría el servicio hasta Buenos Aires.
Cuando faltaban pocos minutos para la hora de partida. Llegaron custodiados por policías un grupo de hombre y mujeres, que se embarcarían en el vagón - cárcel y que luego vería que bajaron en Mercedes, donde había Juzgados ordinarios y provinciales, así como una cárcel. Esa Maniobra se repetiría a partir de Salto con presos destinados a los tribunales o a la cárcel de Rosario.
 
Siendo pues las 07:10, sonó la campana, el guarda tren tocó su silbato, el maquinista accionó el silbato de la locomotora y desde el Kilómetro    0, de la Estación  Buenos Aires {(34º 30’ S.(latitud Sur)  58º 00’ (Longitud Oeste) } , comencé mi travesía.   
 Al Kilómetro  3, Estación Saenz, el tren llegó a las   07:18. La estación estaba a pocas cuadras de Puente Alsina (todavía el futuro Puente levadizo, era sólo proyecto. Allí subió alguna maestra, se cargaron encomiendas y correspondencia y algunos tarros vacíos de leche. Y subieron algunos pasajeros que venían haciendo transbordo desde la estación Puente Alsina, del Ferrocarril Midland que venía desde Caruhé
 
Al Kilómetro  15, estación Tapiales (34º 42’   58º 31’), el tren llegó a las   07:38 / y Partió a las:  07:44 (aquí comienzan las anotaciones de tío Algirdas, sobre el significado de las estaciones, que tomo del  libro “ Significado de la nomenclatura de las estaciones ferroviarias de la República Argentina”, de Enrique Udaondo, que el Ministerio de obras Públicas, editó en 1942. El año de edición comprueba eso que te conté arriba, acerca que tío, repasaba su bitácora y la hacia nuevos agregados. Así  Tapiales “lleva el nombre de la antigua estancia colonial de la familia de D. Martín Altolaguirre, en el actual partido de Matanza, cuyo edificio principal era cercado con tapias. Tapia es un cerco hecho con moldes de barro”. Es por eso que tuve tiempo de telegrafiar a Rosario. ”Paso por esta en horario. Stop. Litu”. Aquí bajaron algunas maestras, subieron  otras. También presos con sus correspodientes escoltas, y hombres, mujeres y niños  con indumentaria rural. Aquí también se cargaron encomiendas en los coches de la empresa y del Correo. 
 
Al Kilómetro  24, estación   Laferrere  (34º 45’   58º 35’). “En memoria de D. Gregorio de Laferrére, político y publicista argentino , autor de varias piezas teatrales sobre costumbres sociales argentinas. Situada en la provincia de Buenos aires, Partido de Matanza”. Se llegó  a las  07:58: Ya el paisaje comenzaba a hacerse rural, con proliferación de quintas. Es por eso que aquí comenzó la carga de víveres frescos en el vagón postal. Bajaron maestros y ascendió y descendió el mismo tipo de pasajeros rural que lo haría a lo largo de todo el recorrido. También estaba el canillita esperando los diarios matutinos del día.
 
Al Kilómetro  31, estación González Catán (34º 46’   58º 39’). “Debe su nombre al doctor Mauricio González Catan (1823 – 1895), médico que actuó desde 1846 en el ejército del General Urquiza hasta la batalla de Caseros. Fue catedrático de prestigio y fundó el colegio San Mauricio en Matanza, partido en cuya jurisdicción se halla esta estación de la provincia de Buenos aires”  se llegó a las 08:09. Allí nos cruzamos con un tren de hacienda que seguramente iba a los frigoríficos de Berisso, que era del tipo que yo tomaba cuando iba a visitar a mis paisanos allí. La hora de llegada era ideal para las maestras que allí bajaron. Después el movimiento de pasajeros y mercaderías era el habitual para las estaciones rurales. Esta era zona de quintas así que se acentuaban los embarques de mercaderías perecederas. Y los empleados de correo o los encargados de las estafetas postales  receptaban y despachaban cartas correspondencias y las mercaderías perecederas.
A poco de salir y cuando el guarda anunciaba la próxima estación, en medio de las nubes, la gente que iba sobre las ventanillas de la derecha, comenzó a mirar con asombro a un objeto que volaba muy cerca del tren. Se trataba del dirigible “El Plata”, perteneciente a la Aviación Naval, que desde su base en Punta de Indio, venia en seguramente vuelo de ejercicio. Estos dirigibles desfilarían en Buenos Aires, el 9 de Julio y yo ya los había vista sobrevolar Buenos Aires, en 1921, cuando habían sido traídos por el aristócrata italiano Barón Antonio De Marchi, que era yerno del General Roca y que era un tipo muy pintoresco que había llevado el tango a los salones de las clases pudientes y había hecho ir al presidente Roca a presenciar un partido de fútbol.  
  
Al Kilómetro  39, estación  Pontevedra  (34º 45’   58º 42’). “Esta estación del partido de Matanza recuerda a una de las cuatro provincias del antiguo reino de Galicia y le fue dado por un hijo de esa región”; se llegó a las  08:23.Por el horario resultaba lógico el descenso de maestros y maestras. Aquí aparte del tipo de pasajero habitual subió un preso escoltado por la policía, que seguramente descendería en Mercedes. A esta altura acepté el café con leche que me trajeron desde el coche comedor y lo acompañé con un sanguche de salame y queso duro que me había preparado mi madre.
 
Al Kilómetro  48   Marcos Paz (34º 47’   58º 51’). “En homenaje al doctor Marcos Paz (1813-1868), jurisconsulto natural de Tucumán. Fue secretario del General Lagos  durante el sitio de Buenos Aires. Luego fue legislador, gobernador de su provincia natal y gobernador provisorio de Córdoba. En ocasión de la guerra del Paraguay, siendo vicepresidente de la República, cuando el presidente Mitre salió a campaña, asumió el gobierno el 217 de junio de 1865. Ejercía la primera magistratura del país cuando falleció víctima del flagelo del cólera, el 2 de enero de 1868. Esta estación está situada en el pueblo cabeza de partido, en la provincia de Buenos aires, que también perpetúan su nombre”.  Llegó a las 08:36. Yo tenia expectativa que en esta estación subiera algunos de los muchachos, ya sea Alberto Vaporaki (su papá era celador en la colonia de menores de allí, y trabajaba en una herrería); o Segismundo Marti, que tocaba la flauta en la Banda Municipal de Lobos y trabajaba de tambero, pensando que vendría en el Ferrocarril Oeste desde Lobos y se bajaría en la estación Marcos Paz del Ferrocarril Oeste. Marcos Paz ya era una típica ciudad rural, conocida por ser lugar de andanzas del mítico Juan Moreyra. En la estación hubo mucho movimiento de gente que subió y bajo, y lo mismo el movimiento de encomiendas y correspondencias. Se notaba que subían abogados rumbo a Mercedes y presos y sus custodios al vagón “prisión”. Además subieron un grupito de chicos con celadores y un hombre corpulento de pelo rubio, de tipo europeo, que se notaba tenia ascendencia. Tío me comentó, una vez que él pensaba que ese rubio, no era otro que el deportista  austríaco  Alejandro Stirling, quien, seria el manager de Juan Carlos Zabala, el campeón olímpico de maratón en 1932, cuando tenia 19 años. Conjeturaba que Zabalita, bien podía haber sido uno de aquellos niños que acompañaba quien él decía que era Stirling. Yo te comento que esta re!lación de Stirling y Zabalita en la Colonia de Marcos Paz, dio lugar a la película “Ya mañana serán hombres” que dirigió Carlos Borcosque en 1939
 
Al Kilómetro  60, Villars  (34º 50’   58º 56’).  Situada en Marcos Paz, provincia de Buenos Aires. Lleva el nombre de un alto empleado, miembro del directorio de la empresa Compañía General, el tren llegó  a las 08:51, y salió a las  08:58. Allí se cambió de vaporeras y de la  tripulación de la misma. Al asomarme a la ventanilla – relata tío en su bitácora- vi un nutrido grupo de gente y apenas los chirridos de las ruedas cesaron se oyó una suerte de banda musical compuesta de guitarra, flauta, bombo y platillos. Allí comenzaba el encuentro. El de la flauta era el “suizo” que se había bajado en la parada Zelaya y se había venido caminando los seis kilómetros que la separan de Villars: El de la guitarra era Herminio Esquivel(guitarrero y domador), del que luego te contare las peripecias que hizo para llegar. El bombo y el platillo eran ejecutados por Gregorio Andreu (hacía de todo en el circo con sus padres), quien también había hecho su recorrido. Además de la banda, estaban allí listos para subir al tren y empezar a los abrazos: Matías Almeida (maestro normal de Chivilcoy), Antenor Cal (peón de cuadra de panadería en Villars); Gustavo Montiel (peón rural en los alrededores de Patricios); Enrique Cayupan (alambrador en Mones Cazón), Natividad Bustos (sepulturero en el cementerio de Navarro), y el “vasco” Carlos Arrizabalaga (que herraba caballos en Patricios): Después de los abrazos, fui a la oficina del telégrafo y pasé a los rosarinos la nómina del grupo de había subido en Villars. Como hacia algo de frío los muchachos se habían entonado con los consabidos porrones de ginebra, mezclados con mate, galleta de campo, salame y queso. Algunos ya estaban muy chispeados, porque habían Empezado la serenata mucho antes... 
 
Al Kilómetro  69, estación  Plomer. ”Denomínase así por el fundador del pueblo, en el partido de General Las Heras, D. Narciso Lozano (1846- 1913), propietario de la cabaña “Plomer”, jefe de policía de la provincia de Buenos Aires, cargo que desempeñó con actividad y corrección ejemplar. El nombre de la cabaña y de la estación recuerda a D. Pedro Plomer Huguet, abuelo del fundador”.  Se arribó a las     09:13: Acá ya se notaba la gente que mandaba víveres frescos a sus familiares en Rosario o Pergamino. Por ejemplo subieron una jaula con pavos. Desde la salida de Villars y hasta Altamira, me fui enterando de cómo la muchachada había ido llegando al punto de encuentro. Esquivel domaba en las estancias mas allá del Meridiano Quinto, en el Territorio Nacional de la Pampa Central. Cabalgó el sábado y domingo y llegó a Tres Algarrobos. Allí dejo el pingo y el recado en un campo que solía frecuentar y el lunes, se tomó el tren del Compañía General que había salido de Villegas, en el barrio llamado aún “La trocha”, al llegar a Patricios de bajo y paro en la herrería del Vasco Arrizabalaga: Allí se junto con Montiel, que era un indio araucano nacido en Algarrobo del Aguila, y se les sumo el catalán Andreu, que se había venido de Henderson, donde por esos días paraba el circo donde sus padres eran encargados y donde él había nacido y criado hasta ir a la colimba. Por eso tocaba el tambor, el bombo y los platillos. Allí comenzaron a festejar a esperar el tren que pasaría el miércoles a la noche, procedente de Victorino de la Plaza. Cuando llegó ese tren, arriba venia Enrique Cayupan, otro indio que hacia de alambrador por Mones Cazón, donde había subido. Al pasar por Moquehua se sumo el “maestro Almeida”, que ejercía por una escuela rural de la zona y había conseguido que una maestra de Chivilcoy viniera a suplirlo en los días de su ausencia. Ahí cerquita, en Navarro, subió el “sepulturero”  Bustos. El tren llegó a las 8 a Villars, y allí los esperaba el flaco Antenor Cal, con una canasta de galleta de campo y tortas negras, y un tarro de leche recién ordeñada.
 
Al Kilómetro  85   San Eladio. “Estación situada en el partido de Luján, Buenos aires, cuya designación data del año 1907. El nombre le fue dado por D. Eladio Pastor Otamendi, abuelo del ingeniero D. Rómulo Otamendi, presidente del directorio de la Compañía General de Ferrocarriles en la   09:34
 
Al Kilómetro  93    La Verde. “Estación del partido de Mercedes, Buenos Aires. Lleva el  nombre del establecimiento ganadero “La Verde”, de Kelly, Atkinson y Patricio Pressone,  llegó a las 09:46.
 
Al Kilómetro  98            Desvío                   09:54
 
Al Kilómetro 104, estación Altamira. ”Se la llama así por el historiador y crítico español D. Rafael Altamira, que visitó nuestro país. Esta ubicada en Mercedes, provincia de Buenos Aires”.    Llegamos a las  10:06. Allí subió nuestro primer cofrade que subía solito era Jorge Yaber (el turco)  que vendía baratijas en los alrededores de Mercedes. Con él subía un montón de gente que se notaba iba a hacer comprar en Mercedes. Ya el grupo estaba “entonado” y cada uno venia contando lo que tenia adentro. Sabíamos, que la próxima estación era Mercedes y esa sola circunstancia nos pegaba en las emociones. Después de todo había sido la concentración no buscaba por nosotros en ese lugar donde habíamos tenido tan intensas sensaciones, que a partir de entonces nos acompañarían de por vida 
  
Al Kilómetro 110, estación Mercedes (34º 40’   59º 26’). “La población tuvo su origen en un antiguo fortín formado en  1779 por el capitán D. Francisco Betbezé  bajo el nombre de “Guardia de Luján”. La ciudad actual debe su nombre a Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya advocación se erigió la parroquia en 1786. Llegamos a las 10:15. Mercedes era la primera de las tres ciudades importantes que tocaba el recorrido como puntos intermedios, por eso al acercarse a la estación había movimiento de pasajeros para descender. Y entrando al cuadro de la misma, ya avistábamos mucha gente esperando. Apenas se detuvo lo vimos a Ezequiel “Betún “ Benrros, nuestro pintoresco negro acordeonista y lustrabotas trashumante. Junto a él estaban: Jaralambo Pasaris (su papá tenia una caramelería y cigarrería en Mercedes); Roque Laborito (hijo de los dueños de la pensión y fonda, cerca del regimiento en Mercedes); Basilio Livoreff (sus padres tenían una panadería en Mercedes, y trabajaba con ellos); Matías González (el gallego), dependiente de un almacén de Ramos Generales en Suipacha, e Isaquito Lijmaher (perito mercantil de Luján, tenedor de los libros de la tienda de su familia). También estaban otros muchachos que no pertenecían al grupo, pero que sabiendo del encuentro se acercaron a saludar. Había algunas novias y hermanas y también alguno venia con su señora porque ya estaban casados. Demás esta decir que Jaralambo subió con una canasta de caramelos, cigarrillos y chocolatines, Basilio con una canasta de factura y Roque con unas damajuanas de vino. Ínterin despaché" el telegrama con las nuevas “incorporaciones". Todo en medio del movimiento intenso de pasajeros y encomiendas que generaba ese importante punto. Así las cosas, salimos a las 10:23
 
 
*Por Alfredo Armando Aguirre. choloar@...
 
 
Próxima Estación: La Carolina
-Para enviar colaboraciones: inventivasocial@...
 
 
El Recorrido:
 
ROSARIO.////////// LA BAJADA ////////// LA CAROLINA //////////
 
C.R.S.DOMINGUEZ ////////// URANGA //////////
 
LA VANGUARDIA////////// SARGENTO CABRAL //////////
 
///////////CAÑADA RICA //////////
 
GRAL GELLY////////// MARIANO BENITEZ ////////// 12 DE AGOSTO//////////
 
////////// FRANCISCO AYERZA //////////
 
/////// PERGAMINO (COMBINACIÓN A VEDIA EN ZEPPELIN)       
 
////////// TAMBO NUEVO ////////// RANCAGUA //////////
 
ARROYO DULCE ////////// TACUARÍ ////////// SALTO
 
*
Página1

"Página 1" Revista de actualidad, literatura, novedades, cultura y tantas cosas bellas de la vida. Es una publicación electrónica mensual que desde Haifa (Israel), edita el poeta santafesino José Pivín y que se difunde gratuitamente por internet, a quien lo solicite. Se aceptan colaboraciones pero no se mantendrá correspondencia con los autores que no fueron elegidos. Para subscribirse enviar un e-mail a: pivin11@... colocando en Asunto: Suscribirme a Página 1. 

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