que llenabas tu
ni la brisa lo llena
ni el olor de la flores
ni el calor del sol...
Sin tu presencia falta el sentido
sin tu abrazo falta el calor
sin tu amor falta la vida...
al despertar,
no hay calor en mi costado
ni tibieza en mi piel
ni ensueño en mi cama
no estás...
melancolías de madrugada al pairo
tristezas tibias de un pasado reciente
besos que flotan aun en aire de mis recuerdos
calor en mis labios,
carne en mis manos
sangre en mi amor
y en nuestros cuerpos...
y sin embargo
te siento.
El siempre ha habitado el bosque. Este bosque. Este bosque que es, precisamente, lo que la palabra bosque nombra. Le mot juste, la palabra precisa.
Ha deambulado largamente por la foresta frondosa de gacelas de patas temblorosas y de almendrados ojos titilantes; ha transitado los senderos de pájaros de plumaje fantástico. Ha visto virar las hojas desde el espléndido verde al rojo ígneo, en atardeceres que fueron ocasos y también otoños de
ardiente puesta del día.
Solo es. La dulzura del aire se ofrece a sus pulmones limpios, la soledad no es una jaula estrecha. La soledad es este bosque interminable que se ofrece en sonidos y en imágenes de sólida belleza, intacta belleza. Cada día es el primer día. La lluvia limpia el universo cada vez.
No conoce la pérdida del acostumbramiento. Cada erguido árbol, cada arbusto retorcido le brinda nuevos deleites en insectos que danzan el aire, en frutos de esférica alegría, en tiernas raicillas que dibujan evanescentes formas fundidas a la perfecta simetría de las telas de araña.
Ah la alegría de las gotas de rocío capturando la primera luz, la última luz.
Solo es. La soledad no le aferra el pecho, no estrecha sus costillas.
La soledad no lo abraza con su estrangulamiento de enredadera. No sabe que está solo, y ello lo mantiene salvo de su oscuro veneno.
Siente el gozo de la tierra debajo y del firmamento curvo que dibujan su mundo de capullo cóncavo.
Solo es. Nada lo requiere con premura. Puede demorarse y fluir, puede transcurrir mansamente. Nada lo inquieta.
El ojo de agua en la espesura espeja el mundo. Mira la superficie y se ve a sí mismo como si no se viera. La presencia del otro no lo inquieta. Ve su imagen y es su imagen. No existe la obligación de hallar compañía en el espejo, no lo aferra la bíblica promesa, la bíblica maldición del apareamiento. Solo es.
Único y completo, solo es.
En su universo habita hasta ahora. Este ahora que le ofrece una muchacha casi niña entredormida, entrevista, entresoñada en su lecho de trébol húmedo.
Súbitamente una muchacha casi niña, ingenuidad de melodía sin semitonos en la súbita muchacha entrevista, entredormida, entresoñada.
Súbita muchacha en el lecho de trébol húmedo.
Jóvenes brazos de luna nueva, blancas curvas, tierna postura sedente.
El bosque expone el secreto de la niña clara, aliento de helecho matutino, escultura blanda. De pronto el bosque expone su secreto.
Es la doncella florida, la arcilla dócil, la forma exacta. De pronto el bosque halla su expresión en una criatura que lo resume.
Se acerca con pasos breves.
La recorre tocándola con la mirada, y allí están los anocheceres oscuros, las promesas de la fronda susurrante, la convergencia de los caminos y las aves aleteantes. Todo en ella está. Cada gesto suave de los largos tallos ondulados, cada aroma de fruta madura. Todo en ella se manifiesta.
El bosque es esta figura extendida, y lo contiene como un minúsculo camafeo.
Se acerca con pasos breves. Descansa la cabeza en el regazo de miel y nido. Siente por primera vez que ha estado solo, siente que esta niña le falta, que la añora desde ahora, cuando su cabeza reposa en un estrecho contacto que ya es separación y lejanía.
Ha recibido la amarga revelación de que él es un ser entre los seres, la demorada maldición de saber su individualidad. La condenación lo alcanza en este instante en que ya no es el bosque sino que increíble, atrozmente está en el bosque.
*Por Sandra Russo
En la clase de Castellano de primer año del secundario, la profesora preguntó quiénes leían. Levanté la mano junto con un par de compañeros. Ella me preguntó qué estaba leyendo. “Una de Corín Tellado”, le contesté. Hubo unas risas generales que acompañaron la cara desconcertada de la profesora. Supuse que mi respuesta no era un carta ganadora y maldije mi ímpetu participativo. Pasaron dos meses, y una tarde la profesora, antes de irse del aula, me volvió a preguntar con una ligera sorna y un tono casi compasivo: “¿Y ahora qué estás leyendo?”. No sin cierto temor a provocarme un nuevo contratiempo, susurré: “Una de Dostoievsky”. Ella se quedó mirándome. “¿Cuál?”, preguntó. Crimen y castigo, confesé. Puso la palma de la mano en mi mejilla, y sonrió. “Vas bien”, dijo.
Nunca supe por qué leía de chica. En mi casa no había libros. Había, bueno, una enciclopedia que hacía juego con los muebles del comedor, y una Historia de Grecia y de Roma en dieciséis tomos que nadie en dos décadas se ocupó de abrir. Las novelitas de Corín Tellado me las había empezado a comprar en el kiosco de la esquina no bien me cansé de leer Susy, secretos del corazón. Las recuerdo como películas porno, en las que la trama nunca importa. Pasaba rápidamente las hojas de peripecia y circunstancia para llegar a los párrafos en los que él se inflamaba de deseo y ella lo detenía justo antes de ceder a su pasión. Cómo apareció Dostoievsky, no tengo la menor idea. Sí recuerdo que con Crimen y castigo me sentía Jo, la de Mujercitas, arrobada, leyendo, comiendo manzanas deliciosas mientras el tiempo pasaba en el altillo. Jo fue la primera lectora cuya descripción leí. Y lo que me había atrapado de esa descripción era la fuga, el receso, la tregua que para esa niña suponía entrar en una trama imaginaria y lograr que la realidad se diluyera.
“Escribir es una forma de libertad personal. Nos libera de la identidad colectiva que vemos forjarse a nuestro alrededor. Al final, los escritores escribirán no para ser héroes proscriptos de alguna subcultura, sino para salvarse a sí mismos, para sobrevivir como individuos.” Esto se lo escribió John de Lillo en una carta a Jonathan Franzen, que era joven, novelista, exitoso, mediático, buen mozo, culto, colaborador del New Yorker, best seller y, así y todo, estaba deprimido. Muy deprimido. Franzen es autor de un ensayo que causó bastante revuelo hace unos años cuando lo publicó en Harper’s Bazaar. Se llamaba “¿Para qué molestarse?”. Es inevitable no asociarlo con el inolvidable Crack Up de Fitzgerald, sólo que esta vez el autor no se miraba trágica y genialmente el ombligo, sino que desnudaba un cuadro de situación general. Era un largo y nutricio análisis de la posición actual de la novela en el campo cultural norteamericano. Era fundamentalmente la admisión de que los novelistas ya no son quienes cambiarán nada, que el ámbito de influencia de una novela es cada día más acotado y pequeño, y que mientras lectores y escritores siguen encapsulados en su fascinación por las tramas y los estilos, las nuevas tecnologías se ocupan de hacer el lifting cultural en millones de consumidores que no tienen conciencia de sí. Los escritores pueden cosechar fama y prestigio, algunos pocos hasta ganar dinero, pero la novela como producto cultural ya no es ni masivo ni decisivo. Salvo artefactos editoriales mayúsculos, como Harry Potter o Memoria de mis putas tristes, ningún lector invierte ansiedad en la expectativa de una próxima novela. La no ficción ha reemplazado a la tregua de la lectura de ficción. La lectura ya no es un viaje hacia una dimensión imaginaria, sino un baño de inmersión en la realidad y el intento de salir un poco más airosos de nuestras confusiones.
“Ya había comprendido que la promoción o el trayecto en limusina a una filmación de Vogue no eran simples complementos. Eran el premio principal”, decía Franzen, con el desasosiego de quien se había tomado demasiado en serio a sí mismo. “El novelista tiene cada vez más cosas que decir a lectores que cada vez tienen menos tiempo de leer: ¿dónde encontrar la energía de influir en una cultura en crisis, cuando la crisis consiste en la imposibilidad de influir en la cultura?”, se preguntaba Franzen en el artículo del Harper’s. Y es una gran pregunta.
Un gran cuchillo que no vemos y que no empuñamos ha dividido la torta en tres. De un lado, el más pequeño, como el de los que no saben o no contestan en algunas encuestas, están los fieles a la letra escrita. Del otro, están los que sólo buscan calmarse: entretenerse de lo insoportable con los medios electrónicos que no demandan esfuerzo intelectual y ofrecen como mercancías valiosas desde traseros femeninos pintados con flúo hasta hombres rata disfrazados de araña. Y, finalmente, están los que no pueden elegir, porque están mucho más atrás de cualquier posibilidad de elección cultural.
Shirley Heath, antropóloga y lingüista de Stanford, se pasó una década, los ’80, recorriendo “zonas de transición forzosa” como aeropuertos, transportes públicos, salas de espera o lugares de veraneo entrevistando a gente a la que veía con libros “serios” en sus manos. Quería saber, Heath, por qué esa gente lee, cuando la lectura de ese tipo de libros parece hoy una forma de resistencia a las inercias de la época. Su investigación la llevó a concluir que hay dos tipos de “lectores resistentes”: aquellos para quienes el hábito de leer fue “firmemente inculcado” en la infancia, como un don familiar, como un rasgo de aristocracia cultural relativa al “buen uso del tiempo libre”, y aquellos que, más misteriosamente, han sido niños “socialmente aislados”, y que han aprendido solos a dejarse acompañar por los autores de los libros que han leído. De este segundo tipo de lectores es del que, según Heath, suelen salir los escritores.
Leer y escribir son dos acciones humanas vinculadas en la primera de sus acepciones a la alfabetización. Cuántas personas en una sociedad son capaces de codificar y decodificar letras es uno de los índices que miden cierto estado de las cosas. Pero leer y escribir, en una segunda capa de esa cebolla, implica actualmente otro tipo de actividad intelectual que roza, en el mundo del mercado, la bancarrota. De ahí la gran pregunta de Franzen y el origen de su perturbación: si nuestra cultura de mercado se las ha ingeniado para pertrecharse contra toda influencia cultural, ¿de dónde sacar la energía para influir sobre ella? ¿Con qué artilugios o atributos seductores se puede desenmascararla? ¿Con qué piedra se puede romper el hechizo de la parafernalia electrónica? ¿Cómo dar cuenta de esos otros mundos paralelos que se baten a duelo mientras las nuevas generaciones se internan cada vez más en el reino de lo literal, lo instantáneo, lo ligero? ¿Cómo escapar del presunto elitismo al que lectores y escritores son condenados por los organizadores anónimos de esta triste gran fiesta?
*Fuente: diario Página/12
Desnuda
de miradas
se roza con el tiempo y el paisaje.
Lee las instrucciones : primero
hay que inventar el laberinto
Después vendrán los hilos
*Cristina Villanueva. pluma@...
la tarde se avecina
esa que soñé tantas veces
despierta o aletargada
me llevará en una danza de fuego
elevada y sigilosa
cantaré con mi mejor voz
un himno alborozado
todo será movimiento y color
ritmo y melodía
y no me digas que esa tarde no existe
la reflejé miles de veces en mi memoria
una y otra vez
el mismo paisaje
la misma música
igual coreografía
dime que ese patio grande
ese pasillo largo y angosto
no sirvió para mis vuelos más audaces
para las ensoñaciones más rotundas
para los perfumes más embriagadores
dímelo
pero que sea de manera firme
sino
seguiré esperando
esa tarde que se avecina
*Beatriz Martinelli. beatrizmar@...
El próximo domingo 26 de Junio del 2005 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), música de los compositores chilenos Rafael Díaz, Edgardo Cantón, Cristian Morales Osorio y Pablo Delano. Las poesías que leeremos pertenecen a Estelia Soto Jourdan (Argentina) y la música de fondo será Darío Robayo (Colombia); todo ésto en nuestro programa Poesía y Música Latinoamericana, en español y alemán. ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link MP3 Live-Stream) !!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite ahora también todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur. www.euroyage.com
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