Manifesto*
Perfume encontrado como una aparición, excitada compra al pie del viaje.
Manifesto nombre igual al del diario italiano, leído en trenes, su frenesí de viaje. Rosselini, Roma Ciudad Abierta, los nazis, los ojos negros de la Magnani, las mujeres que se expanden hacia adelante en el despliegue de los pechos, de los gestos, de las gestas. El cuerpo en la pasión alegre de las manifestaciones, triunfando sobre los campos de todos los exterminios, gotas de sol y de gritos, puño cerrado, caricia, el ruido del tren comiendo los caminos que ofrece en el comedor sus pastas coronadas de rojo. Las
ventanas me atraviesan de paisaje. Soy ese paisaje que cae desde lo alto enredado de flores que arañan el vacío del aire buscando el mar.
Taormina, la costa Ligure, la costa Malfitana, esa misma pasión vertical, ese abrupto balcón buscando el agua mientras desciende por escarelas vegetales. Sacco y Vanzetti el tranvía donde el capitalismo tornó la anarquía en muerte. Golpes de tinta, tipógrafos, perfume de la lucha por ser a pesar de esas muertes y
de las otras. La piel libera su propio aroma en la energía del no o del si, cuerpo que habla la palabra que encuentra como una incitación o un secreto.
Piel manifestandose ,deseo en la cabeza que sacude mandatos y todo en el llamado del perfume. Me visto de él, subversivo desafío a los vacíos .Ese diario y los libros en el idioma oído en la niñez, adornado de albahaca y de misterios. Cruces de océano, los brazos de la abuela amasando la redondez fragante de la pizza, los ojos del chico penando la bicicleta robada con una porción en la mano.
Otra vez el tren entre los rastros de lo no dicho, cine, vino dulce sambayón; ese Pirandello de Caos despidiendose de los ojos en que había sido. Me vuelco el olor junto al tesoro de su nombre buscando
atraer labios, historias.
Ahora si, tanto dolor en este país de bolsas negras hurgadas como el último tesoro del desastre.
Ahora si,lejos de ese mundo, casi sin puentes.
Ahora si, en nuestro puente cortado, la manifestación-perfume de la muerte
Ahora aquí, Sacco se llama Kosteki.
*de Cristina Villanueva pluma@...
-Ahí va La Carolina / oliendo a naftalina –canturreaban por lo bajo los chicos de la cuadra, ocultando sonrisitas socarronas al verla pasar por la vereda de enfrente, sin que ella se inmutara, siempre sonriente, ajena a los cuchicheos.
Nadie sabía muy bien cuál era el motivo de su felicidad permanente, como tampoco existía alma alguna que la hubiese visto triste o enojada, ni conociera acaso sus verdaderos sentimientos. Sólo sabían que era una de las tantas hijas de Don Nemesio Nicolaides, aquel esquivo patrón de estancias de quien se contaban las más disparatadas historias, desde las más terribles hasta las más gratas, sin que nadie pudiera definir al personaje en una sola faceta.
Renuente de casar a sus hijas, se vanagloriaba de que ellas eran “todas puras”, desafiando abiertamente a quien sostuviera o incluso insinuara lo contrario durante aquellas verdaderas fiestas populares que se organizaban en los campos de la familia, cuando se transmitían algunos de los partidos importantes del campeonato local, o las peleas de box donde combatían los campeones nacionales, o incluso cada uno de los capítulos de determinados radioteatros, siempre a la misma hora. En tales ocasiones, casi la mitad del pueblo se congregaba en varias hileras de bancos de madera, bajo la copa de los árboles, para disfrutar del espectáculo a través de la atenta escucha del único aparato de radio a galena que existía en la región, mágico y suntuoso.
Hacía ya algunos años que Don Nemesio era una incógnita para el pueblo –en caso de que aún estuviera con vida, recluido en su ancestral estancia colonial-, y La Carolina, en su aparente inconsciencia, cumplía casi al pie de la letra con aquel folclore familiar, conservando el misterio mediante su mutismo.
Casi nadie la había escuchado hablar desde que se hizo mujer. Algunos hasta creían que era sorda… ¡Quién sabe…! Lo que todos aseguraban era que no se comunicaba, salvo por miradas, carentes de intensidad. A menos que marchara triunfante hacia la estación…
El expreso de las 17:15hs. pasaba todos los días, aunque sólo tres veces por semana –pocos años antes de que discontinuaran el servicio- transportaba pasajeros. En estas ocasiones, La Carolina se acercaba hasta el andén y lucía su sonrisa más radiante, contemplando con la mayor de las expectativas hacia las ventanillas de los vagones, saludando con la mano en alto cada vez que la formación partía o arribaba. ¿A quién esperaba? Nadie lo sabía. Se rumoreaban muchas cosas: la mayoría se inclinaba por imaginar algún amor secreto, cierto pretendiente que le prometiera casamiento años atrás y volviera a cumplir puntualmente con su palabra. También podría estar aguardando la llegada de alguna parienta muy querida, o quizá la llegada de alguna encomienda cuyo misterioso valor sólo ella y el remitente podrían conocer.
Sus hermanos varones habían emigrado hacía ya una larga década, buscando conchabarse como trabajadores golondrina, y nunca se los había vuelto a ver. Había quienes decían saber que habían cometido algún delito inconfesable y permanecían cumpliendo una larga condena a la sombra. Otros aseguraban haber escuchado rumores de alguna pelea a cuchillo en un almacén de ramos generales, donde los hermanos se habían trenzado entre sí ante la aparición de una ardiente pollera, yendo a parar juntos al cementerio. ¿Por qué, teniendo una propiedad agropecuaria importante, los hijos varones habían abandonado el hogar? ¿Sería la crueldad del padre tan cierta como se fantaseaba? Lo que sí se sabía era que las apariciones de la familia por el pueblo siempre eran fugaces y a escondidas, con miradas torvas y actitudes muy poco sociales. Se limitaban a rodar en un sulky que había conocido épocas mejores, proveerse de mercadería, pasar por el correo y volverse a la estancia. Los negocios agropecuarios parecían no tener cabida con los empresarios o comisionistas del pueblo.
La Carolina, en cambio, arribaba siempre sola y a pie. Siempre con su mismo vestido antiguo, fuera invierno o verano, lloviera o brillase el sol. A veces se abrigaba con alguna mantilla, también rosada y vetusta. Viéndola con detenimiento, parecía escapada de una fotografía en sepia, aunque su semblante no reflejase más que frescura y vitalidad.
Hasta que un día, a bordo del expreso de las 17:15hs., arribó un muchacho cuya fugaz existencia no estaba en los planes de nadie. Ni siquiera en los de La Carolina, si es que alguna vez había fantaseado con tal posibilidad.
Se llamaba Rodrigo Fuentes y era viajante de comercio. Distribuía mercaderías en auge para la época, pero ninguno en el pueblo consiguió adivinar qué clase de productos representaba por aquella zona. Sólo se supo que arrastraba fama de tipo elegante, entrador y buen mozo, y la mayoría de las jovencitas que lo vieron bajar del tren, con su traje gris perla, su maletín y su chambergo, cayeron prendadas de su encanto, suspirando embelesadas.
Sólo que allí también estaba La Carolina, y los ojos claros de Rodrigo Fuentes, en vilo sobre el estribo del vagón, fueron capturados de inmediato por aquella delgada y atractiva silueta con olor a naftalina. La muchacha, sin embargo, se mantuvo en su actitud habitual, saludando a los pasajeros que se asomaban por las ventanillas del expreso, ignorando la retribución de dichos saludos, como si los destinatarios nunca hubiesen estado allí.
Descendió del tren flotando sobre una nube de ilusión, incapaz de concebir la existencia de mujer más hermosa que La Carolina. Supo de inmediato que debía hacerla suya, casándose con ella, o incluso raptándola y escapando en mitad de la noche, atravesando los campos en una huída salvaje, cargando con la chica sobre sus hombros, luciendo una desquiciada mueca de satisfactoria lujuria.
El silbato del expreso marchándose a sus espaldas lo hizo regresar a la realidad, para contemplar el hermoso perfil de la muchacha volviéndose y marchándose del andén de la estación. Rodrigo Fuentes no podía dejarla escapar. Atravesó la estación, seguido por los sonoros suspiros de las muchachas del pueblo que lo contemplaban casi babeantes, y apuró el paso hasta darle alcance, cruzando a medias la calle.
Impulsado por lo desconocido, la tomó por la muñeca, deteniéndola. Ella se volvió y lo miró a los ojos, intrigada, aunque sin perder la sonrisa. La desnuda mirada de él revelaba una honda turbación, imposible de disimular. Y aunque sentía la boca pastosa y el corazón le galopaba desbocado, el turbado viajante de comercio balbuceó:
-Sos… sos la mu-mujer… más her-hermosa que conozco… Te… Te amo.
Y acto seguido, le rodeó la cintura con un brazo, soltó el maletín para quitarse el chambergo y rodearle los hombros con el brazo restante, y le estampó un profundo y prolongado beso en la boca, ante el cual ella permaneció impávida, dejándolo hacer, sin siquiera reaccionar.
Las exclamaciones de sorpresa y estupor se oyeron por todos los rincones. No hubo quién entre los presentes no se sintiera conmovido ante lo que presenciaba - en su mayoría, cada uno por su lado, experimentaba algo similar-, no sólo por lo extraño de la escena, sino porque –a pesar de lo improbable de tal sensación- lo que ocurría traía consigo quizá todo el peso de la desgracia.
Hasta quizá hubo alguien, entre tanto testigo, que recordase la fatídica sentencia de Don Nemesio Nicolaides: “Todas ellas son puras”. Y no existía hombre que se les pudiese acercar… ¿Ni siquiera sus hermanos?
La muchacha abrió los ojos al culminar el beso, y miró al viajante con expresión asustada, como si el beso de aquel improvisado Príncipe Azul la hubiese despertado de un bellísimo sueño para arrojarla de lleno en una pesadilla tan atroz que ni ella misma podía determinar su origen o alcance futuro. O quizá, hubiera vivido inmersa en tal pesadilla desde siempre, y sólo ahora se percatase de ello, incapaz de digerir la noticia.
La Carolina emitió un ahogado quejido y se estremeció en los brazos del recién llegado, como si un lacerante dolor la obligase a apartarse de él. El viajante deshizo el abrazo y la contempló absorto, sin recuperarse aún de la fresca humedad de aquellos labios. La muchacha se alejó de él dando pequeños tropezones, sin darle la espalda, con una inusual mueca de susto y dolor, hasta que por fin se volvió y echó a correr por la calle principal que salía del pueblo, en dirección a la estancia familiar. Los testigos eran cada vez más numerosas, y sobre todos ellos se cernía un funesto ambiente de premonición.
Rodrigo Fuentes, incrédulo, la contempló alejarse sin saber qué hacer, ni tampoco pudiendo apartar su mirada de aquella espalda que se alejaba en línea recta, con la mantilla caída y aleteando sobre un costado, y extrañas marcas rojizas impregnadas en aquellos lugares del vestido donde él había apoyado sus manos.
Aunque le demandó un enorme esfuerzo, con el paso de los segundos la pavorosa imagen comenzó a hacérsele posible hasta el punto de llegar a espantarlo: el dolor experimentado por aquella mujer estaba motivado por heridas recientes que le cruzaban la espalda y teñían el dorso de su antiguo vestido con el inequívoco rastro de la sangre.
Aquella muchacha había sido azotada con un látigo; no sólo una, sino muchas veces…
La pujante sensación erótica experimentada por Fuentes cedió violento paso a un odio irracional. Ni siquiera conocía a esta mujer, apenas había llegado a un pueblo que visitaba por primera vez, y sin embargo las emociones percibidas en escasos segundos eran de una profundidad inaudita. Sentía que algo había cambiado dentro de sí desde entonces, quizá para siempre, pero que no le alcanzaría sólo con saberlo. Tendría que hacer algo al respecto. Algo que lo cambiaría todo.
Como en todos los pueblos, las noticias escandalosas vuelan de labios a oídos en cuestión de instantes. Y para cuando Rodrigo Fuentes recorrió las escasas cuadras que lo separaban de la estación al único hotel, regenteado en la misma oficina de correos, el empleado ya lo miraba con expresión de curiosidad y complicidad a un mismo tiempo.
Fuentes no sólo pidió una habitación. También quiso saber, sin dudar ni un instante, dónde podía encontrar alguien que le vendiese un arma de fuego. Con municiones, claro está. Tal vez todas las que pudiera conseguir…
El empleado, quizá experimentando la misma sintonía mental que parecían haber sentido todos los testigos de la escena anterior, extrajo un pesado y oscuro Smith & Wesson de debajo del mostrador y lo apoyó sobre la lustrada superficie de madera, con la culata dispuesta para que Fuentes la tomara. No emitió palabra, ni exigió un precio por él. Simplemente lo entregó, como si sus actos estuviesen predestinados desde hacía muchos años, dispuestos a ser ejecutados cuando el destino así lo dictase.
Fuentes lo miró a los ojos unos instantes, con una comprensión inmediata de la situación, y manteniendo el pesado silencio que lo rodeaba desde que bajara en el pueblo, apenas unos minutos antes, tomó el arma con mano segura y se la guardó en el cinto, contra la cadera, oculta detrás del bolsillo izquierdo del saco. Dejó el maletín sobre el mostrador, aún sin haber firmado ningún registro donde constara su nombre alquilando una habitación –sin haberla pagado siquiera-, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza hacia el empleado, y se marchó con rumbo desconocido.
En las afueras del pueblo, algunos jinetes comentaban extrañados haber visto a La Carolina huyendo hacia las casas como alma que lleva el diablo. Rodrigo Fuentes avanzó por las calles de ripio, siguiendo la mirada silenciosa de los vecinos que cuchicheaban entre sí y lo escrutaban desde las veredas, para luego desviar la mirada y contemplar el horizonte en dirección a la estancia de los Nicolaides. No hizo falta que nadie hablase, menos aún que él preguntase. Los hechos ocurrían como si un misterioso titiritero los manejase siguiendo el guión de un antiguo drama jamás escrito, aunque por todos conocido.
El recién llegado se adentraba hacia el camino rural, seguido por una temerosa muchedumbre que se mantenía reacia a acercarse, y que tampoco quería perderse detalle de lo que fuera a acontecer. No había caminado trescientos metros cuando la encontró tendida en el suelo, con la espalda empapada en sangre, y ambas manos cubriendo el rostro lloroso. Se acercó en silencio, se hincó a su lado, la tomó delicadamente por los hombros y la alzó en pie. Ella intentó resistirse apenas, porque al contemplarlo se relajó, desvaneciéndose al momento. Rodrigo Fuentes la alzó en brazos y regresó por donde había venido. El pueblo se abrió en arco al verlo venir, y nadie se extrañó por lo que ocurriría. Como si nadie, hasta esa misma tarde, hubiese hecho bromas respecto de la naftalina.
Atardecía cuando el viajante de comercio ingresó por segunda vez al hotel, trayendo consigo a una nueva pasajera, y se coló hacia la habitación sin dar explicaciones. Nadie se las hubiera exigido tampoco. Y mientras los curiosos se agolpaban silenciosos en la vereda de la oficina de correos, algunas miradas oteaban expectantes en dirección al camino que llevaba a la estancia de los Nicolaides, especulando cuánto tardarían en venirla a buscar.
La luna comenzaba a asomarse en el horizonte y el ambiente se impregnaba con el aroma de las tempranas cenas cuando los primeros vecinos dieron la alarma ante la llegada de un vetusto sulky, cargado de gente, procedente de las afueras. Al comando de las riendas, casi desconocido tras el inexorable paso de los años, iba Don Nemesio Nicolaides, cargando sobre sus rodillas una enorme escopeta de dos caños.
Alguien golpeó a la puerta de la habitación. Dentro, Rodrigo Fuentes, en mangas de camisa, había retirado el dorso del vestido de la espalda de la muchacha, e intentaba curar aquellas heridas con un algodón embebido en alcohol. La Carolina, acostada boca abajo, se quejaba con ahogados gemidos, mordiendo la almohada, ausente de todo lo que ocurría, dominada sólo por el dolor y la vergüenza. Y como siguiendo aquel misterioso relato preconcebido, ante una nueva serie de golpes en la puerta el forastero se calzó el saco y el chambergo y salió de la habitación, con la corbata floja y el revolver en la cintura, dispuesto a enfrentar su propio destino.
Las luces de los faroles iluminaban tenuemente la calle, pero lo suficiente como para que todos los presentes adivinasen la silueta del sulky aproximándose moroso hasta la puerta del hotel, cargando el peso de lo inevitable. Al detenerse, Don Nemesio saltó a tierra, quejumbroso, olvidando a su mujer e hijas a bordo del sulky, como si ellas formasen parte de un mudo equipaje. Tomó la escopeta con ambas manos y apuntó desde su cadera al forastero, quien se acercaba sin temor hacia él.
-¡Hasta ahí nomás! –exclamó Don Nemesio, y su poderosa voz contrastó con su aparente debilidad física. -¿Dónde está mi hija?
-Adentro –respondió Fuentes –donde Ud. no la pueda volver a tocar.
-Salí de ahí, pendejo, que voy a entrar a buscarla. Y enseguidita nos volvemos al rancho –anunció el viejo, haciendo ley de su palabra.
Con un gesto que en absoluto parecía ensayado, Rodrigo Fuentes desenfundó el revólver y apuntó al suelo, para que su adversario supiera a las claras de qué iba la cosa. El pueblo a su alrededor contuvo el aliento, apartándose unos metros, adivinando el peligro.
-La chica no va a ningún lado con Ud. –determinó Fuentes. –Así que mejor vuelva por donde vino. Y deje de molestar a esta gente, que ya es tarde y mañana tienen todos que madrugar.
-¡A mí nadie me ordena lo que tengo que hacer, hijo de una gran…!!! –comenzó a gritar Don Nemesio, llevándose la culata de la escopeta al hombro, mientras Fuentes alzaba su brazo, dando un paso atrás y amartillando el revolver, al apuntarle a la cabeza.
El aullido de espanto y dolor los estremeció a todos, aunque los hechos, aún en cámara lenta, ya se habían desencadenado como para que alguien pudiese detenerlos. La aparición rosada aleteó con su mantilla desde un costado y se zambulló entre ambos, agitando frenética los brazos a pesar de su mutismo, provocando la sorpresa de todos. Don Nemesio y Rodrigo Fuentes, sin embargo, habían concentrado toda su atención en el enemigo, incapaces de ver hacia los costados.
Dos disparos fracturaron la noche. Un solo aullido desgarró los corazones. Y el espanto del pueblo adquirió dimensión de tragedia.
La Carolina se estremeció entre ambos hombres, vapuleada por la perdigonada sobre sus costillas y el balazo en el cuello, sacudida como una absurda marioneta cuyos hilos acaban de ser cortados, cayendo sin remedio sobre el escenario. Su cuerpo se desvaneció con la misma cualidad etérea que poseía al desplazarse hacia la estación, aunque ahora teñido de sangre, mancillado por una muerte segura. La mantilla aleteó detrás suyo plegando sus alas. El cisne local se había extinguido.
Ambos hombres contemplaron estupefactos aquel cuerpo sin vida, incapaces de comprender lo ocurrido. Dudaron, renuentes a aceptar la pérdida. Pero una vez que la idea se formó irrevocable dentro de sus mentes, generó tal sensación de odio que sólo podía calmarse derramando mayor cantidad de sangre.
Ambos volvieron a amartillar sus armas, apuntando con fiereza, chillando entre dientes su desprecio. El pueblo contuvo el grito. Las mujeres se agacharon a bordo del sulky, aullando de miedo y de dolor.
Un par de disparos semejantes volvieron a atronar la escena. La cabeza de Don Nemesio se impulsó hacia atrás, agujereada en la frente. La pechera de Rodrigo Fuentes quedó convertida en un siniestro colador. Y ambos cuerpos cayeron hacia atrás sobre el ripio mucho antes de que los ecos de los estampidos se extinguieran en la noche.
La maldita trama, urdida desde tiempos inmemoriales, sostenida por un pueblo entero desde la indignación causada por el primer rumor echado a correr respecto de las crueldades de Don Nemesio, se había cumplido al fin. Sólo que había requerido de una cuota de sangre mucho mayor que la que cualquier vecino hubiese podido imaginar.
Los primeros testigos avanzaron vacilantes rumbo a los cadáveres. Las parientes de Don Nemesio permanecieron inmóviles sobre el sulky, cubriéndose las bocas y los rostros. Y a lo lejos, como una cruel burla del destino, apareciendo como sutil fantasma que arriba para llevarse consigo a las almas difuntas, se dejó oír el agudo silbido de un tren.
DEL VIAJE DE MI TIO ALGIRDAS EN TREN A ROSARIO*
(SEGUNDA Y ULTIMA PARTE)
Al Kilómetro 125, parada Desvío, llegamos a las 10:42. Con la subida de "Betún" la "orquesta" se había ampliado. Este Betún era un personaje casi de historieta. Y un bolacero de aquellos. Aunque recién aprendió a leer en el curso de la colimba, él a veces decía que descendía del Moreno, que mató "Martín Fierro"; otras veces contaba que descendía del negro del acordeón que menciona Mansilla como conviviendo con los ranqueles en su "Excursión" y a veces decía que descendía de los dos. Lo concreto es que con sus cuentos y su melodioso acordeón, endulzo mas de un momento amargo en el regimiento y
en los ejercicios. Todos le teníamos gran estima.
Teníamos tantas cosas para contarnos que el paisaje casi con contaba. El espectáculo estaba adentro del vagón. Así, al Kilómetro 130, estación Espora. "En homenaje al marino D. Tomás Espora (1800-1835), que se inició con un crucero de más de dos años a bordo de la fragata "Argentina; luego actuó en la campaña del Perú, en la guerra del Brasil, donde fue herido y después fue capitán del puerto de Buenos aires hasta 1834. Estación de la provincia de Buenos Aires, partido de San Andrés de Giles. Llegamos a las 10:51
Al Kilómetro 138, estación Tuyutí. " Recuerda la batalla ganada por el general Mitre, jefe de los ejércitos aliados contra el gobierno de Paraguay, el 24 de mayo de 1866. En el campo atrincherado de este nombre, que en guaraní significa barro blanco, veintitrés mil hombres atacaron al ejército
aliado dejando más de cuatro mil muertos al ser derrotados. El 3 de noviembre de 1867, sobre este mismo campo, fueron derrotadas nuevamente las fuerzas paraguayas, en un ataque llevado por argentinos y brasileños, siendo los héroes de la jornada los jefes argentinos Hornos y Báez y el brasileño
barón de Porto alegre. Estación en San Andrés de Giles". Llegamos a las 11:05. En ese entonces el paso del tren en todas las poblaciones era todo un acontecimiento social, mayor aun conforme más pequeñas eran las mismas. Así que nuestro grupo compartía su alegría saludando al llegar y partir de cada
estación y los saludos y los brindis eran correspondidos. Ya a partir de Mercedes era claro, que el "vagón " era casi exclusivo para nosotros. Cosa que formaba parte de la organización montada por los rosarinos.
Discretamente el guarda se encargaba que otros pasajeros no se acomodasen en "vuestro vagón". La palabra "hermano" y el especifico mote o apelativo estaba en presente en todos los diálogos.
Al Kilómetro 151, estación Gouin. " Estación situada en Carmen de Areco, provincia de Buenos aires, que recuerda a uno de los administradores de la Compañía General, con residencia en París y fundador de la misma"; llegamos a las 11:26. Allí a mas del habitual movimiento de las estaciones, subió la maestra que había terminado su jornada. En las pequeñas estaciones rurales el paso del tren era todo un acontecimiento social. Un particular influjo atraía a los niños y a las muchachas. A estas los mas "chispeados" de la barra no le ahorraban piropos...
Al Kilómetro 170, estación 3 Sargentos. "Situada en Carmen de Areco. Recuerda a los tres soldados del ejercito del Norte, que el 24 de noviembre de 1813, en la posta de Tambo Nuevo, realizaron la hazaña de sorprender y aprisionar a una guardia del ejército realista compuesta de doce hombres. El general Belgrano recompensó a los héroes con el título de Sargentos de Tambo Nuevo por el capitán D. Francisco Betbezé, eran cordobeses: el primero perdió el brazo en un combate y el segundo murió por la patria en 1840, siendo comandante de milicias"; llegamos a las: 11:50. Cuando el guarda, como era rutina anunciaba el nombre de la próxima estación, un "gracioso" aseguraba que ese nombre se lo había puesto en homenaje a los sargentos Yupanki, Abarrategui y Kalauz. En medio de la gritería allí subió, otro de los "nuestros" Walter Herberlein (el alemán), hijo de un estanciero de Tres Sargentos. Cada una de estas subidas era una ocasión para hacer un brindis. Las Damajuanas subidas en Mercedes, y la ginebra que algunos traían ya "puesta" desde Villars, empezaban a hacer efecto. Tío contaba que como él estaba muy entrenado con las libaciones de "Medus" que era la bebida casera que consistía en miel y agua fermentada con algunos aderezos, y que compartía con sus paisanos lituanos en Berisso, le permitía participar en todos los brindis con mucha alegría y sin perder el equilibrio. Bueno; por lo menos eso contaba él...
Al Kilómetro 187, estación Los Ángeles. "Toma esa denominación de la cañada de igual denominación existente en las inmediaciones de la estación, en el partido de Marcelino Ugarte, provincia de Buenos Aires". (Comentario: te cuento que por unas décadas el partido de Salto tuvo ese nombre y luego
volvió a su nombre original, esto es, Salto); llegamos a las 12:13. Allí también subió la maestra que había terminado su jornada. Y se notaba que subía mas gente rumbo a Salto
Al Kilómetro 196, estación Verdier, llegamos a las 12:29, subió Patricio Gahan (el irlandés) hijo de un estanciero cerca de Salto, que de puro curioso había hecho el curso de telegrafista. Conocedor del panorama, subió con unos chorizos en grasa y pan casero, y unas botellas de vermouth, sabedor que "algo" nos esperaba en Salto.
Al Kilómetro 208, estación Salto (34º 18' 60º 15'). "El origen del pueblo fue un fortín fundado en 1775. Su nombre proviene de un salto que forma el arroyo Saladillo Chico, a cuyas márgenes estaba situada la primera población. El partido se denomina actualmente(1942) Marcelino Ugarte, en honor al ex gobernador de la provincia de Buenos Aires". Llegamos a las 12:46. Apenas llegamos subió Raimundo Lloret (su padre tenia una fonda frente a la estación, y con él subió su padre y un ayudante, con unas bandejas de lechón recortado y una gran olla con ensalada rusa. Era la hora del almuerzo. Hubo
mucho movimiento en esta parada. Incluso gente que iba o venia a peregrinar a la tumba del manosanta Pancho Sierra, cuya tumba estaba en la necrópolis local. Como la familia Sierra estaba avergonzada de la fama milagrero de su finado pariente, no dejaban que se pongan ofrendas en la tumba. Entonces el
Intendente, permitió que le hicieran un monumento en la esquina del cementerio y allí estaba el punto de peregrinación. Salto asimismo era el otro punto del recorrido, que había lugar de las andanzas de Juan Moreyra. Todavía tío estaba sobrio como para mandar un telegrama coherente. Así las cosas, partimos a las 12:54
Al Kilómetro 219, estación Tacuarí. "Recuerda el combate librado el 9 de marzo de 1811, en las márgenes del río Tacuarí, en el Paraguay, entre el general Belgrano, al frente de trescientos hombres y el general Cabañas, cuyos efectivos alcanzaban a dos mil quinientos. Después de siete horas de fuego, Belgrano se replegó a un cerro y celebró una capitulación honrosa con el jefe adversario. Tacuarí es vocablo guaraní que significa río de cañita seca, por las cañas de esa especie que crecen en sus márgenes. Estación situada en el partido de Marcelino Ugarte, de Buenos Aires". Llegamos a las 13:12
Al Kilómetro 235, estación Arroyo Dulce (34º 06' 60º 24'). " Un arroyo de aguas marcadamente dulces y tributario del río Salto da nombre a la estación. Esta se encuentra en el partido de Marcelino Ugarte, provincia de Buenos Aires". Llegamos a las 13:34. En estas estaciones ya se notaba el movimiento de pasajeros y encomiendas con destino a Pergamino y Rosario.
Incluso ya empezaban a hacerse notorios los envíos de víveres frescos y animales vivos por el vagón postal rumbo a Rosario
Al Kilómetro 247, estación Rancagua. "En homenaje a la ciudad chilena que fue teatro de la sangrienta batalla que se dio en sus calles entre chilenos y peninsulares, en el año 1814, durante la guerra de la independencia. Está situada en el partido de Pergamino, provincia de Buenos Aires". Llegamos, a
los 13:50. Ibamos muy ensimismados en el almuerzo, los brindis, los recuerdos y las bromas. El "¿te acordás?" dejaba una boca para pasar a otra.
Al Kilómetro 257, estación Tambo Nuevo. "En recuerdo de la hazaña cumplida por los soldados José María Gómez, Santiago Albarracín y Juan Bautista Zalazar , en la posta de Tambo Nuevo, el 24 de octubre de 1813.Destacados de una partida de doce hombres que mandaba el teniente de dragones del ejército del Norte, D. Gregorio Aráoz de La Madrid, en medio de la oscuridad de la noche sorprendieron una guardia de doce soldados realistas, a los que rindieron y condujeron prisioneros ante su nombrado teniente, que al frente de sus dragones, salió a batir el resto de la compañía española. Tambo es
voz quichua que significa en el Perú pascana o posta. Situada en Pergamino, provincia de Buenos Aires. Llegamos a las 14:04. Dada la situación nadie estaba en condiciones de elucubrar que el nombre de esta estación, aludía al mismo hecho que la de Tres Sargentos. Total ya estaban convencidos que los
únicos tres sargentos eran Yupanki, Abarrategui y Kalauz.
Al Kilómetro 265,estación Pergamino (33º 54' 60º 35'). "Situada en Buenos aires en la ciudad de igual nombre que tuvo origen en un fortín, alrededor del cual se formó el primer núcleo de población que ya existía en 1730. Según opinión del Dr. Pastor S. Obligado, el origen proviene de haberse hallado en la costa un arroyo de Pergamino unos rollos y libros forrados en "pergamino". En jurisdicción del partido, que fue creado en 1801, ocurrió en 1815 el motín de Fontezuelas. Llegamos a las 14:14. Esta parada era en la ciudad más importante del recorrido. Allí se cambió de vaporera y de tripulación). Subieron José Sepaquerccia (que trabajaba en un horno de ladrillos en Pergamino); Raúl Barbieri, empleado de tienda en General Arenales), y José Saltalamanchia, albañil de General Rojo, que se había venido en el Central Argentino hasta la estación local, para sumarse a la banda. En cuanto a Barbieri, se había hecho llevar en sulky desde Arenales hasta la estación La Pinta, distante 7 kilómetros, y allí tomo el tren que venia desde Vedia a Pergamino. En ese lugar, comentaba tío, décadas después ejercería el magisterio una de las hermanas de Eva Duarte. El tren salió a las 14:24. Con lo poco de lucidez que le quedaba, tío telegrafió a
Rosario: " Vamo todo mamado. Top. Litu".
Al Kilómetro 272, estación Francisco Ayerza. "Jurisconsulto de gran probidad que tuvo actuación política entre 1890 a 1894. Encuéntrase en el partido de Pergamino, provincia de Buenos Aires". Llegamos a las14:38
Al Kilómetro 279, Estación 12 de Agosto. "Con este nombre se ha querido honrar la fecha la fecha de la gloriosa reconquista de Buenos Aires de 1806 que obtuvo D. Santiago de Liniers sobre el ejército británico, el cual se había apoderado de la ciudad el 27 de junio del mismo año. Estación emplazada en el partido de Pergamino, provincia de Buenos Aires". Llegamos a las 14:39.
Al Kilómetro 288, estación Mariano Benítez. "Hacendado, ministro legislador (1854-1890). Se encuentra en la provincia de Buenos Aires en el partido de Pergamino, en terrenos donados por dicho señor". Llegamos a las. 15.01. Los tiempos cronológicos de reloj, ya no contaban, ahora contaba nuestro tiempo, el encuentro que se había iniciado en Villars estaba casi a pleno. A quien le importaba saber que se dejaba una provincia para entrar en otra...
Al Kilómetro 300, estación General Gelly. "En homenaje al ilustre general Juan Andrés Gelly y Obes( 1815-1904). Inició sus servicios en Montevideo durante el sitio de Oribe. Después ejerció la comandancia de Marina y el ministerio de Guerra. Fue jefe de estado mayor durante la guerra del
Paraguay, general en jefe del ejército de la Triple Alianza y jefe de las fuerzas armadas que operaron contra López Jordán en 1870. Desempeñó otras comisiones en las que reveló aptitudes militares. Situada en la provincia de Santa Fe en el departamento Constitución". Llegamos a las 15:17. Allí subió en medio de la algarabía Juan Coliqueo, peón de una chacra cerca de la estación, y de prosapia araucana. Por esa subida alguno, todavía lúcido se dio cuenta que habíamos entrado en la Provincia de Santa Fe.
Al Kilómetro 309, llegamos a la estación Cañada Rica. "Situada en la provincia de Santa Fe, departamento de Constitución. Ha sido denominada con el nombre de la cañada que se halla en las inmediaciones, en campos de los herederos de D. Simón Sánchez". Eran las 15:31. Martín Obredor estibador y anarquista, en Acebal, pueblo de las cercanías; se incorporó al grupo, y fue despedido en la estación por su mujer con un niño en brazos y otro en camino. Este Martín, era activista de la F.O.R.A. (Federación Obrera Regional Argentina), y decía que había hecho la colimba para aprender a manejar el
fusil con el que haría la "revolución social". Nosotros lo tomábamos para la chacota y él se enojaba, pero después aflojaba. Era hijo de una india paraguaya y contaba historias muy fantasiosas
Al Kilómetro 319,estación Sargento Cabral. "Honrase al granadero Juan Bautista Cabral, natural de Corrientes. Inmortalizó su nombre al salvar la vida del coronel San Martín en el combate de san Lorenzo el 3 de febrero de 1813. Apretado su jefe por su corcel, hubiera perecido, a no mediar la interposición de Cabral que recibió una herida mortal a consecuencia de la cual falleció momentos después. Fue sepultado cerca del pino del convento. Situada en Villa Constitución, Santa Fe". Llegamos a las 15:47. Demás está decir que apenas el guarda anuncio el nombre de la Estación, la "orquesta" arrancó con la marcha De San Lorenzo, del venadense Cayetano Silva. La gente en la estación también cantaba y saludaba al enardecido grupo.
Al Kilómetro 328, estación La Vanguardia. "Es el nombre de un establecimiento de campo situado en Constitución, provincia de santa Fe, donde se ha construido la estación. La designación se relaciona con la
guerra de fronteras, pues se refiere a una guardia avanzada". Llegamos a las 15:59.El anarquista Martín, que por su incorporación reciente estaba sobrio, intentaba convencer a los que no lo daban bolilla, como había sido costumbre, que ese nombre se debía al ya conocido diario del Partido Socialista, lo que por supuesto era un bolazo de aquellos.
Al Kilómetro 339,estación Uranga. " Lleva el nombre de la colonia agrícola que se halla ubicada en los terrenos de la sucesión de D. Máximo Uranga, en la provincia de Santa Fe, Departamento de Rosario. Llegamos a las 16:17
Al Kilómetro 349, estación C. R. Domínguez. " El coronel D. Rodolfo S. Domínguez (1855 - 1906), inició sus servicios luchando Contra López Jordán. En 1874 fue ayudante del comandante Maldonado y luego sirvió en la guerra de fronteras hasta que fue enviado a París en calidad de agregado a la embajada Argentina. En 1890 combatió en la plaza Libertad y durante la Revolución de 1893 como jefe de policía de la intervención en Rosario, cargo que desempeñó después en Buenos aires. También ocupó una banca de diputado en el Congreso de la Nación. Estación de la provincia de Santa Fe, en el Departamento de
Rosario". Llegamos a las 16:30. Una mezcla de cansancio y expectativa se iba apoderando del enfervorizado y canturreante grupo, había noción de que la llegada a Rosario estaba cerca y la mayoría nunca había estado en una gran ciudad, con todas las fantasías que una ciudad como rosario despertaba en
esas sencillas mentalidades rurales.
Al Kilómetro 361, estación La Carolina."Toma este nombre por la colonia de esta designación situada en el departamento de Castellanos, provincia de Santa Fe, que fue fundada en 1886 y recuerda al rico estado de dicho nombre en la América del Norte". Casi en los suburbios de Rosario, llegamos a las
16:45. En ajustado ensamble "orquesta" y coro. A voz en cuello y con la desinhibición generada por la mezcla de ginebra, vermouth y vino" se despacho con un desenfadado: "Carolina. Carolina. Carolina, Carolina... /Carolina, Carolina / La concha de tu madrina... ". Una señoras mayores que aguardaban en la estación para ir de compras a rosario, solo atinaron a santiguarse...
Al ir llegando al Kilómetro 374, estación La Bajada. "Esta estación esta construida en un suburbio de la ciudad de Rosario, y es la playa de maniobras del Ferrocarril Compañía General en la Provincia de Buenos Aires. Todos cobraron conciencia de que el viaje tocaba a su fin. Empezaba a percibirse la gran concentración de vagones, antesala del puerto de Rosario, ya por entonces emporio cerealista. Fue como si de pronto las miradas que durante muchas estaciones estuvieron atentas a lo que acontecía adentro del
vagón, se tomaran el trabajo de ver que pasaba afuera. El tren se detuvo a las 16:53 y reanudó su marcha a las16:59. Para acompañarnos en el tramo final, se treparon al tren: Francisco Resa (que trabajaba en un frigorífico de Rosario), y Ciriaco Monzón (que hacia de lanchero en Rosario, mezcla de indios y negros). Ambos se seguían tratando dado que iban a tirar guantes en el mismo boxing club.
El tren ya se desplazaba hacia el Kilómetro 377, ya dentro de Rosario (32º 57' 60º 39'). La expectativa de llegar, iba haciendo más denso el transcurso del tiempo, había muecas, lágrimas, algunos mostraban su "vino triste", otros su "vino alegre". Los musiqueros ya no coincidían en sus melodías, pero eso ya no tenia importancia, nos saludábamos, nos mirábamos y saludábamos a la gente. Siempre había una mano que se levantaba en respuesta. La marcha era lenta, hasta que uno pegó el grito: Allí esta la
estación!!! Y se llego a la estación Rosario. Eran 17 h. 15 m., como marcaba el horario. Había gente en la estación, mas se destacaba un grupo compacto. Pronto distinguimos los "ranchos" y los moñitos de la Percha, de Metro y del inglés... Junto a ellos había algunos mas de Rosario, y otros de San Nicolás, Baradero y San Pedro que habían viajado por el Central Argentino. Los brazos se agitaban desde arriba y desde abajo. Los gritos de reconocimiento. El tren finalmente se detuvo. Unos pocos bajaron sin ayuda.
A los otros los "bajaron". Mucho no podían ayudar los que esperaban, que para matizar la espera, le habían dado duro y parejo a la cerveza. Todo era una madeja de abrazos. No eran tiempo de polaroid, de filmadoras, ni de teléfonos celulares con flash incorporado. Ni de instantáneas. Había que sacar la foto del grupo con el vagón como telón de fondo. Para eso estaba el chasirete con su trípode y el ayudante para prender el magnesio. Nos acomodamos como pudimos y se produjo el fogonazo del magnesio. La foto
en blanco y negro congela el instante y la emoción. De ahora en mas la foto cobrara vida por décadas y así hasta quien sabe cuando. Pronto comienza a virar de blanco y negro a sepia. Sobre la imagen congelada y con la melodía en volumen creciente de la partitura que Vangelis escribió para la película
"Carrozas de fuego", en 1982, comienzan a deslizarse sobre la pantalla de nuestra imaginación de abajo hacia arriba una serie de leyendas en gruesas letras color celeste.
Esas leyendas van diciendo:
Efectivamente, hubo el 19 de marzo de 1925 un tren del Ferrocarril Compañía General de Buenos Aires, que salió de la estación Buenos Aires a las 07:15 y llego a la estación Rosario a las 17:15.
El Teniente Coronel Idoate fue el Jefe del Regimiento 6 de Infantería de Mercedes en el año 1923
Los integrantes de la Barra con excepción de uno, que hizo la conscripción en ese regimiento pero años pocos años después, son todos inventados aunque tienen nombres o apellidos, la mayoría de ellos, de personas que han sido o son de mi conocimiento cercano o lejano.
En cuanto a sí tío Algirdas existió o no, bueno de eso tengo algunas dudas...
La música cesa y las luces se encienden... la saga ya termina.
Bien mirada, puede hasta considerársela como una metáfora de la Argentina.
No se trata de una Argentina que fue, sino de una que tal vez este circulando por nuestros genes y todavía no la hemos asumida como propia. Tal vez si un día la asumimos y no la continuamos soterrando, podríamos obtener lo que por estos días se llama sinergia, y esa sinergia nos podría aportar a cuota importante de la felicidad colectiva que parecería estar tan escasa por estas nuestras horas.
*Alfredo Armando Aguirre. choloar@...
http://choloar.tripod.com/choloar.html