De estatuas y lejanías...
SABIDURÍA*
Edipo se acercó a la Esfinge.
La Esfinge era hermosa y distante.
Edipo se acercó a la Esfinge.
La Esfinge era hermosa y distante.
Simétrico rostro de mujer, bellísimo busto, grácil cuerpo sedente de animal de presa. Patas delanteras extendidas, laxas; patas traseras prontas al salto. Siempre vigilante, siempre en quietud. Ni dormida ni en movimiento, su calma era la de quien demuestra soberanía controlando el músculo y el erizarse de los cabellos.
Frágil solidez de quien no puede darse ni al reposo ni a la furia. Pero desde aquí lo vemos; no vio esto Edipo en la mujer animal. Le fue dado el temor y la admiración frente a lo terrible. Y le fue dada, también, la paralizante atracción que halla su sujeto en quien ha de destruirnos.
La Esfinge proferiría su enigma, su pregunta afilada, certera, aguda; su pregunta que condenaría la falta de entendimiento con la ganada muerte.
Edipo lo sabía. Había realizado su jornada para el lívido momento en que el enigma definiese su suerte. Y ahora aguardaba. Por un instante miró el cielo por si fuese última visión, dibujó con ternura la silueta de un árbol en su memoria.
Los ojos de la Esfinge eran espejos de cristal de roca.
Edipo recibió el peso del temor a la propia ignorancia, le tembló el pecho frente a la belleza exacta de ese ser maravilloso de contornos perfectos. La imaginó invulnerable, casi aceptó como inevitable y lógica, acaso necesaria, la desaparición de su contingente persona frente a la evidente solidez de la criatura.
Este inabarcable ser semejaba conocer los secretos del universo. Su calma merecía ser producto de su seguridad.
Y la Esfinge ejerció la veladura del silencio para mentir sabiduría.
La Esfinge, inmóvil como los dioses frente a la agitación de los hombres, ocultó su ignorancia con la lejanía de una máscara hueca, la arrogancia de una pose estatuaria. Su silencio no era otra cosa que un
oscuro despojo, un muro que protegía la nada. Mostraba sólo lo pasible de causar admiración, ocultaba el vacío del centro.
La Esfinge nada sabía, nada comprendía, y era, como nosotros, hábil para la destrucción pero negada para el acto generoso de crear.
Su majestad no le permitía dudas o inaceptables cuestionamientos.
Estaba condenada a las sentencias y a la brevedad. Si no hablaba, no se advertiría su carencia. No mostraría la cera en la grieta del mármol, no permitiría cercanías que pudieran propiciar el hallazgo de la imperfección.
La belleza exacta no se arriesga a mostrar el perfil opuesto, curvar el cuello, producir modificaciones en la obra conclusa. La ignorancia no es capaz de quitarse el velo que cubre su desnudez.
Edipo, que viendo a la Esfinge veía los ropajes del hierático desprecio; Edipo, quien siendo un hombre se sentía ínfimo frente a un oráculo certero; Edipo, engañado por la Esfinge, la creyó sabia e infalible.
Antes de que la desmesurada voz declamase el acertijo, se daba ya por muerto.
Se alegraba, quizás, de su cercana desaparición. Engañado por la aparente esfericidad del monstruo, deseó que su persona imperfecta no manchase la pureza del ser fabuloso.
Pensó que sería un honor alimentar al prodigio. Se resignó a su destino, acaso lo satisfizo que el hilo de su vida fuese cortado por un adversario de tamaña dignidad.
Otro instante se demoró la Esfinge en plantear el acertijo. Sabía que la teatralidad le era necesaria para no desmoronarse. La ejercía con impecable oficio.
Con voz de Sibila, de Oráculo, con voz de Ídolo de bronce y pedrería la Esfinge desplegó las palabras que serían su derrota.
No era el enigma un cofre inviolable. Edipo halló la llave. Con íntima desazón Edipo halló la llave. Con alivio también, pero con desazón Edipo desató el nudo de palabras.
Y se alejó luego de contemplar cómo se despeñaba la Esfinge desde lo alto de la Acrópolis. Pensó "no he de despeñarme yo por una falla, no he de morir por orgullo ni ceder a la tentación de la soberbia, y no he de confiar ingenuamente en la sabiduría de las estatuas".
Lo olvidó luego, como a todos los alumbramientos que nos proponemos tallar en la memoria.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@...
Peligro*
*Por Eduardo Galeano
El poder come miedo. Sin los demonios que crea, perdería sus fuentes de justificación, impunidad y fortuna. Sus satanes –Bin Laden, Saddam Hussein o los próximos que aparezcan– trabajan, en realidad, como gallinas de los huevos de oro: ponen miedo. ¿Qué conviene enviarles? ¿Verdugos que los ejecuten o médicos que los cuiden?
El miedo distrae y desvía la atención. Si no fuera por los servicios que presta, lo evidente quedaría en evidencia: en realidad, el poder se mira al espejo y nos asusta contando lo que vio. Peligro, peligro, grita el peligroso.
El patriotismo es un privilegio de los que mandan. Cuando lo ejercen los mandados ¿se reduce a mero terrorismo? ¿Son terroristas y nada más que eso, pongamos por caso, los actos de desesperación suicida de los palestinos desalojados de su país y los ataques de la resistencia nacional contra las fuerzas extranjeras que ocupan Irak?
El mundo patas arriba nombra al revés. El poder, enmascarado, niega el sentido común.
Si así no fuera, ¿podría caber alguna sombra de duda de que el actual gobierno de Israel practica el terrorismo, el terrorismo de Estado, y difunde la locura? A medida que ese gobierno devora más y más tierras y más humillaciones inflige al pueblo palestino, más respuestas criminales genera. Y esos atentados, que matan inocentes, le sirven de pretexto para matar muchos más inocentes y para cometer cuantas atrocidades se le ocurran.
Si algún resto de sentido común quedara en el mundo, resultaría increíble que Ariel Sharon pueda hacer lo que está haciendo con absoluta impunidad, como si fuera la cosa más normal: invade y acribilla territorios ajenos; alza un muro que deja chico al de Berlín, de triste memoria, para blindar lo que usurpa; anuncia públicamente que asesinará a Yasser Arafat, un jefe de Estado democráticamente elegido por su pueblo; y bombardea Siria, a sabiendas de que los Estados Unidos vetarán, como de costumbre, cualquier condenación del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Ocurre que en este mundo los países y las personas se cotizan en la Bolsa, y su valor depende de la geografía del poder.
¿Cuántos inocentes volaron en pedazos, sin comerla ni beberla, en la última guerra de Irak? Los vencedores no han tenido tiempo para contar a sus víctimas, civiles que existían y ya no existen, porque han estado ocupados buscando las armas de destrucción masiva que no existían ni existen.
No hay, pues, cifras oficiales. Los cálculos oficiosos más serios han contado, sin embargo, no menos de siete mil setecientos muertos civiles, muchos de ellos niños, mujeres y viejos. ¿Cuánto valen esas vidas? En proporción a la población, la cantidad de iraquíes destripados equivale a noventa y cuatro mil estadounidenses. ¿Qué hubiera pasado si el país invasor hubiera sido el país invadido? Las víctimas norteamericanas de semejante carnicería seguirían siendo el tema perpetuo de los medios de comunicación masiva. Las víctimas iraquíes no merecen, en cambio, nada más que silencio.
De sobra se sabe que el robo fue el único móvil de esta matanza, cometida con premeditación y alevosía. Pero los asesinos en serie siguen diciendo que hicieron lo que hicieron en defensa propia, y no están presos ni arrepentidos. El crimen paga: desde las cumbres del poder, ellos amenazan al mundo con nuevas hazañas, mintiendo peligros, inventando enemigos, sembrando el pánico.
El presidente Bush adora citar el Apocalipsis, pero más práctico sería que citara los noticieros, que son más actuales y dicen más o menos lo mismo.
Aquel espeluznante texto bíblico, una profecía contada en tiempo pasado, era más bien exagerado y se equivocaba en las cifras, pero hay que reconocer que las noticias del mundo de hoy se le parecen bastante. Decía el Apocalipsis: “Junto al gran río Eufrates fue exterminada la tercera parte de los hombres por el fuego, el humo y el azufre”. Y también decía: “La tercera parte de la tierra quedó abrasada, la tercera parte de los árboles quedó abrasada, toda hierba verde quedó abrasada. Pereció la tercera parte de las criaturas que tienen vida en el mar. Mucha gente murió por las aguas de los ríos, que se habían vuelto amargas”.
El autor, San Juan o quien haya sido, atribuía estas catástrofes a la ira divina. El nunca había oído hablar de las bombas inteligentes, ni del dióxido de carbono, ni de la lluvia ácida, ni de los pesticidas químicos, ni de la basura radiactiva. Y no podía imaginar que la sociedad de consumo y la tecnología de la devastación serían más temibles que la cólera de Dios.
Bombas contra la gente, bombas contra la naturaleza. ¿Y las bombas de dinero? ¿Qué sería de este modelo de mundo enemigo del mundo sin sus guerras financieras?
En más de medio siglo de existencia, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional han exterminado una cantidad de gente infinitamente mayor que todas las organizaciones terroristas que en el mundo son o han sido. Ellas han contribuido, de muy poderosa manera, a hacer el mundo tal cual es. Ahora este mundo, que hierve de indignación, asusta a sus autores.
“El Banco Mundial, apóstol de la privatización, sufre una crisis de fe”, comenta el diario The Wall Street Journal. En un informe reciente, el Banco descubre que la privatización de los servicios públicos, que sus funcionarios han impuesto y siguen imponiendo a los países débiles, no es exactamente un maná del Cielo, sobre todo para los pobres abandonados a su suerte. Alarmado por las consecuencias de sus actos, el Banco dice, ahora, que habría que consultar a los pobres y que los pobres “tendrían que supervisar las inversiones privadas”, aunque no explica cómo podrían realizar esta tareíta. Y los pobres también preocupan al Fondo Monetario, que se ha pasado la vida estrangulándolos: “Es preciso disminuir las desigualdades sociales”, concluye el director del Fondo, Horst Köhler, después de meditar el asunto.
Los pobres no saben cómo agradecer tanta gentileza.
Estos organismos, que ejercen la dictadura financiera en el orden democrático, de democráticos no tienen nada: en el Fondo, cinco países deciden todo; en el Banco, siete. Los demás ni pinchan ni cortan.
Tampoco es democrática la dictadura comercial. En la Organización Mundial de Comercio nunca se vota, aunque el voto está previsto en los estatutos. La organización colonial del planeta correría peligro si los países pobres, que suman la abrumadora mayoría, pudieran votar. Ellos están convidados al banquete, para ser comidos.
La dignidad nacional es una actividad no rentable condenada a desaparecer, como la propiedad pública, en el mundo subdesarrollado. Pero cuando las dignidades se juntan, otro gallo canta. Eso ocurrió en Cancún, recientemente, en la reunión de la OMC: los países despreciados, los mentidos, se unieron en un frente común, por primera vez después de muchos años de soledad y de miedo. Y naufragó la reunión, convocada, como de costumbre, para que la mayoría ejerciera su derecho de obediencia.
Está ocurriendo por todas partes: resulta que el poder no es tan poderoso como dice que es.
El poder come miedo. Sin los demonios que crea, perdería sus fuentes de justificación, impunidad y fortuna. Sus satanes –Bin Laden, Saddam Hussein o los próximos que aparezcan– trabajan, en realidad, como gallinas de los huevos de oro: ponen miedo. ¿Qué conviene enviarles? ¿Verdugos que los ejecuten o médicos que los cuiden?
El miedo distrae y desvía la atención. Si no fuera por los servicios que presta, lo evidente quedaría en evidencia: en realidad, el poder se mira al espejo y nos asusta contando lo que vio. Peligro, peligro, grita el peligroso.
El patriotismo es un privilegio de los que mandan. Cuando lo ejercen los mandados ¿se reduce a mero terrorismo? ¿Son terroristas y nada más que eso, pongamos por caso, los actos de desesperación suicida de los palestinos desalojados de su país y los ataques de la resistencia nacional contra las fuerzas extranjeras que ocupan Irak?
El mundo patas arriba nombra al revés. El poder, enmascarado, niega el sentido común.
Si así no fuera, ¿podría caber alguna sombra de duda de que el actual gobierno de Israel practica el terrorismo, el terrorismo de Estado, y difunde la locura? A medida que ese gobierno devora más y más tierras y más humillaciones inflige al pueblo palestino, más respuestas criminales genera. Y esos atentados, que matan inocentes, le sirven de pretexto para matar muchos más inocentes y para cometer cuantas atrocidades se le ocurran.
Si algún resto de sentido común quedara en el mundo, resultaría increíble que Ariel Sharon pueda hacer lo que está haciendo con absoluta impunidad, como si fuera la cosa más normal: invade y acribilla territorios ajenos; alza un muro que deja chico al de Berlín, de triste memoria, para blindar lo que usurpa; anuncia públicamente que asesinará a Yasser Arafat, un jefe de Estado democráticamente elegido por su pueblo; y bombardea Siria, a sabiendas de que los Estados Unidos vetarán, como de costumbre, cualquier condenación del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Ocurre que en este mundo los países y las personas se cotizan en la Bolsa, y su valor depende de la geografía del poder.
¿Cuántos inocentes volaron en pedazos, sin comerla ni beberla, en la última guerra de Irak? Los vencedores no han tenido tiempo para contar a sus víctimas, civiles que existían y ya no existen, porque han estado ocupados buscando las armas de destrucción masiva que no existían ni existen.
No hay, pues, cifras oficiales. Los cálculos oficiosos más serios han contado, sin embargo, no menos de siete mil setecientos muertos civiles, muchos de ellos niños, mujeres y viejos. ¿Cuánto valen esas vidas? En proporción a la población, la cantidad de iraquíes destripados equivale a noventa y cuatro mil estadounidenses. ¿Qué hubiera pasado si el país invasor hubiera sido el país invadido? Las víctimas norteamericanas de semejante carnicería seguirían siendo el tema perpetuo de los medios de comunicación masiva. Las víctimas iraquíes no merecen, en cambio, nada más que silencio.
De sobra se sabe que el robo fue el único móvil de esta matanza, cometida con premeditación y alevosía. Pero los asesinos en serie siguen diciendo que hicieron lo que hicieron en defensa propia, y no están presos ni arrepentidos. El crimen paga: desde las cumbres del poder, ellos amenazan al mundo con nuevas hazañas, mintiendo peligros, inventando enemigos, sembrando el pánico.
El presidente Bush adora citar el Apocalipsis, pero más práctico sería que citara los noticieros, que son más actuales y dicen más o menos lo mismo.
Aquel espeluznante texto bíblico, una profecía contada en tiempo pasado, era más bien exagerado y se equivocaba en las cifras, pero hay que reconocer que las noticias del mundo de hoy se le parecen bastante. Decía el Apocalipsis: “Junto al gran río Eufrates fue exterminada la tercera parte de los hombres por el fuego, el humo y el azufre”. Y también decía: “La tercera parte de la tierra quedó abrasada, la tercera parte de los árboles quedó abrasada, toda hierba verde quedó abrasada. Pereció la tercera parte de las criaturas que tienen vida en el mar. Mucha gente murió por las aguas de los ríos, que se habían vuelto amargas”.
El autor, San Juan o quien haya sido, atribuía estas catástrofes a la ira divina. El nunca había oído hablar de las bombas inteligentes, ni del dióxido de carbono, ni de la lluvia ácida, ni de los pesticidas químicos, ni de la basura radiactiva. Y no podía imaginar que la sociedad de consumo y la tecnología de la devastación serían más temibles que la cólera de Dios.
Bombas contra la gente, bombas contra la naturaleza. ¿Y las bombas de dinero? ¿Qué sería de este modelo de mundo enemigo del mundo sin sus guerras financieras?
En más de medio siglo de existencia, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional han exterminado una cantidad de gente infinitamente mayor que todas las organizaciones terroristas que en el mundo son o han sido. Ellas han contribuido, de muy poderosa manera, a hacer el mundo tal cual es. Ahora este mundo, que hierve de indignación, asusta a sus autores.
“El Banco Mundial, apóstol de la privatización, sufre una crisis de fe”, comenta el diario The Wall Street Journal. En un informe reciente, el Banco descubre que la privatización de los servicios públicos, que sus funcionarios han impuesto y siguen imponiendo a los países débiles, no es exactamente un maná del Cielo, sobre todo para los pobres abandonados a su suerte. Alarmado por las consecuencias de sus actos, el Banco dice, ahora, que habría que consultar a los pobres y que los pobres “tendrían que supervisar las inversiones privadas”, aunque no explica cómo podrían realizar esta tareíta. Y los pobres también preocupan al Fondo Monetario, que se ha pasado la vida estrangulándolos: “Es preciso disminuir las desigualdades sociales”, concluye el director del Fondo, Horst Köhler, después de meditar el asunto.
Los pobres no saben cómo agradecer tanta gentileza.
Estos organismos, que ejercen la dictadura financiera en el orden democrático, de democráticos no tienen nada: en el Fondo, cinco países deciden todo; en el Banco, siete. Los demás ni pinchan ni cortan.
Tampoco es democrática la dictadura comercial. En la Organización Mundial de Comercio nunca se vota, aunque el voto está previsto en los estatutos. La organización colonial del planeta correría peligro si los países pobres, que suman la abrumadora mayoría, pudieran votar. Ellos están convidados al banquete, para ser comidos.
La dignidad nacional es una actividad no rentable condenada a desaparecer, como la propiedad pública, en el mundo subdesarrollado. Pero cuando las dignidades se juntan, otro gallo canta. Eso ocurrió en Cancún, recientemente, en la reunión de la OMC: los países despreciados, los mentidos, se unieron en un frente común, por primera vez después de muchos años de soledad y de miedo. Y naufragó la reunión, convocada, como de costumbre, para que la mayoría ejerciera su derecho de obediencia.
Está ocurriendo por todas partes: resulta que el poder no es tan poderoso como dice que es.
*Fuente: diario Página/12.
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-54397-2005-07-31.html
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-54397-2005-07-31.html
Angel mendigo*
¿Adónde irás, pequeño
ángel mendigo de sol y de silencio?
¿Acaso han de juzgarte las estrellas
por haber merendado sonrisas de oreja a oreja
de simpáticos vendedores a comisión
de sepulcros llameantes metalizados en gris?
¿Quién te buscará entre las paginas amarillentas
de un polvoriento libro de poemas?
¿Qué será de tus juegos infantiles
archivados en la noche de los tiempos?
¿Adónde irás cuando el sol te abandone
y te arrebaten el silencio que te acompaña?
¿Adónde con tu soledad de vampiro?
¿Dónde sepultarán tus trenzas imaginarias
de astronauta abandonado entre las flores?
Tu expresión conspirante de una juventud negada,
la huella imperdonable del trabajo,
el polvo y el sudor y el esfuerzo rutinarios,
la sonrisa triste de tus labios resquebrajados,
¿Adónde irán? ¿Adónde
desesperadamente viejos y cansados
nos conducirás cuando tus manos encallecidas
no puedan ya elevarse sobre nuestras cabezas
y tu voz oscurecida no pueda ser escuchada
ni aun por aquellos escasos oídos que en la tarde
se postraban ante tus vírgenes quimeras
haciendo del espacio un bosque fiero
donde escapar contigo del asfalto?
¿Quién besará tus labios más allá de la noche?
Antes serás demonio sobre el sueño
pero cada despedida es una paletada de tierra
y crepúsculos tormentosos se ciernen amenazantes
sobre nosotros los desesperados
soñadores de galaxias entrelazadas.
¿Adónde irás, pequeño
ángel mendigo de sol y de silencio?
¿Acaso han de juzgarte las estrellas
por haber merendado sonrisas de oreja a oreja
de simpáticos vendedores a comisión
de sepulcros llameantes metalizados en gris?
¿Quién te buscará entre las paginas amarillentas
de un polvoriento libro de poemas?
¿Qué será de tus juegos infantiles
archivados en la noche de los tiempos?
¿Adónde irás cuando el sol te abandone
y te arrebaten el silencio que te acompaña?
¿Adónde con tu soledad de vampiro?
¿Dónde sepultarán tus trenzas imaginarias
de astronauta abandonado entre las flores?
Tu expresión conspirante de una juventud negada,
la huella imperdonable del trabajo,
el polvo y el sudor y el esfuerzo rutinarios,
la sonrisa triste de tus labios resquebrajados,
¿Adónde irán? ¿Adónde
desesperadamente viejos y cansados
nos conducirás cuando tus manos encallecidas
no puedan ya elevarse sobre nuestras cabezas
y tu voz oscurecida no pueda ser escuchada
ni aun por aquellos escasos oídos que en la tarde
se postraban ante tus vírgenes quimeras
haciendo del espacio un bosque fiero
donde escapar contigo del asfalto?
¿Quién besará tus labios más allá de la noche?
Antes serás demonio sobre el sueño
pero cada despedida es una paletada de tierra
y crepúsculos tormentosos se ciernen amenazantes
sobre nosotros los desesperados
soñadores de galaxias entrelazadas.
De "La Estrecha Senda Inexcusable"
*Sergio Borao Llop. sergiobllop@...
http://www.aragonesasi.com/sergio
http://blogia.com/sbllop
*Sergio Borao Llop. sergiobllop@...
http://www.aragonesasi.com/sergio
http://blogia.com/sbllop
Descubierto nuevo planeta con superficie de metano*
Un planeta con nombre de sopa de números y letras: 2003UB313
Un astrónomo estadounidense descubrió "el décimo planeta del sistema solar", informó la NASA. Para dar una vuelta al sol, el nuevo planeta toma 560 años. Internauta obliga a divulgar la primicia.
El nuevo planeta, conocido como 2003UB313, fue identificado como el objeto más distante del sol que se detectó alguna vez, informó el astrónomo Michael Brown, del Instituto de Tecnología de California. Brown y sus colegas Chad Trujillo y David Rabinowitz, del grupo investigador Caltech, presentaron un nombre para el objeto que detectaron a la Unión Astronómica Internacional y tienen confianza en que será designado como un planeta. Brown no reveló el nombre elegido.
Superficie de metano como la de Plutón
El procedimiento para aprobar el nuevo planeta es un poco confuso, ya que ningún nuevo cuerpo recibió esa designación desde que Plutón fue descubierto en 1930, de acuerdo con Brown. "Esperamos que no haya bastantes controversias entre quienes creen que Plutón es un planeta. Yo diría: "saquen sus lapiceros y comiencen a reescribir hoy los libros de textos".
Al igual que Plutón, se cree que la superficie del objeto es predominantemente de metano, aunque su tamaño -cerca de 2.700 kilómetros de diámetro- lo califica como planeta, de acuerdo con el astrónomo. La Tierra tiene un diámetro aproximado de 12.700 kilómetros. El nuevo planeta está situado a cerca de 14.500 millones de kilómetros del sol y tiene aproximadamente una vez y media el tamaño de Plutón, según los investigadores.
Vuelta al sol en 560 años
El cuerpo descubierto por los científicos da una vuelta al sol cada 560 años terrestres y actualmente está en su punto más lejano de la Tierra. En alrededor de 280 años, 2003UB313 estará a la misma distancia que Neptuno, explicó Brown.
Los expertos consideran que el nuevo planeta es parte del Cinturón Kuiper, un largo anillo de objetos congelados que se encuentran más allá de Neptuno y que se cree que son restos del material que formó el sistema solar. Brown dijo que el cuerpo fue detectado en enero por el telescopio Samuel Oschin en el Observatorio de Palomar, cerca de San Diego.
Españoles: "otro afuera del sistema solar"
El equipo Caltech, financiado en parte por la NASA, pretendía esperar hasta completar sus estudios para realizar el anuncio, pero decidieron difundir antes la noticia porque un pirata informático amenazó con divulgar sus datos, manifestó Brown. El anuncio llega un día después de que un equipo español de astrónomos dio a conocer el descubrimiento de otro objeto relativamente grande en el exterior del sistema solar. Ese objeto tiene cerca de las tres cuartas partes del tamaño de Plutón, según Brown.
*Fuente: DW / Agencias
*
“Yo de chica, como tantos exploradores europeos en la Patagonia, veía muy bien ese aislamiento: para ellos había significado la posibilidad de extender sus dominios, para mí la de estar en un lugar donde la rutina se subvertía: los horarios, las comidas, los olores eran distintos a los de mi rutina cotidiana en una ciudad próxima, y nadie me preguntaba cómo me estaba yendo en la escuela. Fue después, en la adolescencia, que el aislamiento empezó a aparecerme, como a los exploradores del siglo diecinueve, algo negativo. Para ellos había sido la amenaza de lo no dominable, del territorio que se rebelaba a formar parte de una nación incipiente; para mí había empezado a ser lo que me alejaba del país donde ocurrían las cosas, de la gente que quería conocer, de los libros que quería leer. Se trataba de una cualidad que hacía de la Patagonia un espacio trastocado por alguna lógica pesadillesca en el que yo caminaría y caminaría sin dejar de estar siempre en el mismo lugar.”
* Extracto de Falsa calma, de María Sonia Cristoff.
“Me interesa el influjo de los lugares en las personas”
María Sonia Cristoff escribe crónicas acerca de la Patagonia pero discute los mitos. Su libro Falsa calma aporta a un género en crecimiento. María Sonia Cristoff es autora de Falsa calma y una de las referentes en el género de la crónica y el relato de viaje.
A la hora de delinear su propia teoría del lugar sobre la Patagonia, María Sonia Cristoff arroja una hipótesis perturbadora: los lugares son como ánimas: “De algún modo ejercen sobre la gente un influjo tan poderoso, generan una atmósfera tan marcada, que terminan funcionando como presencias”, explica. Cristoff, una de las autoras destacadas dentro de un género que se está convirtiendo en un verdadero fenómeno, el de las crónicas, no está hablando de presencias sobrenaturales, desde luego, sino de una atmósfera conformada muy concretamente por factores sociales, políticos, geográficos. Y que las hay, dice ella, las hay.
Lo que puede sonar a idea decimonónica, acepta la escritora, aparece retratado con un interesante manejo literario de la crónica en su libro Falsa calma. Un recorrido por los pueblos fantasma de la Patagonia. Allí Cristoff desgrana eso que, habiendo nacido en Trelew, conoce de sobra: el aislamiento patagónico, materializado en cuatro pueblos (Cañadón Seco, El Caín, El Cuy y Maquinchao) y una localidad más grande, Las Heras, pero todos igualmente habitados por gente que vive con la sensación de estar “olvidada por la mano de Dios”, excluida de toda política estatal. Postales muy diferentes a la de la Patagonia casi mística que se vende por estos días. El libro de Cristoff inaugura una colección de Seix Barral que, además, llamó a un concurso junto a la Fundación Nuevo Periodismo, en busca del mejor proyecto de crónica (ver aparte).
El primer acercamiento de Cristoff a la crónica y al relato de viaje fue con Acento extranjero, una recopilación de relatos de viajeros en la Argentina (2000). En realidad, fue antes de eso, cuando viajó a una estancia de Tierra del Fuego contratada por los herederos de Thomas Bridges –uno de los primeros colonos que se asentaron en la isla– para traducir sus diarios. Cristoff también compiló y prologó Patagonia, una selección de relatos de escritores sureños contemporáneos que pintan su aldea, editada este año en la colección Geografías literarias, de editorial Cántaro (ver aparte). A contramano de cierta fe patagónica que hoy parece depositarse en el paisaje sin fin del sur argentino, para Cristoff la Patagonia sigue siendo una tierra olvidada, igual que en tantas crónicas añosas que ella leyó y recopiló. “Ese lamento por lo que falta, por lo que los gobernantes no proveen, está muy presente en el discurso de los patagónicos. Eso fue lo más difícil de resolver en la escritura: quería dar cuenta de eso, pero no quería quedar prisionera de ese lamento”, dice la autora. “Y el esfuerzo por evitarlo me hizo prestar mucha atención al tono y al lenguaje. Caí en la cuenta de que la crónica es un muy buen terreno para trabajar el lenguaje. Hay un malentendido que supone que es tan alto su poder referencial, que el relato es un vehículo menor, que no admite experimentaciones lingüísticas. Romper con ese malentendido es uno de los grandes intereses de la crónica en la actualidad.”
–¿Cómo fue el paso de recopilar a escribir relatos de viaje?
–En esas dos caras de la moneda hay un paso previo que es leer, todo empezó ahí, cuando me enfrenté a los diarios de Thomas Bridges y a la gran biblioteca de viajeros que había en su estancia. Fue una experiencia fundante en lo que tiene que ver con escribir, en el registro de las crónicas yo encontraba algo que me apelaba en el modo de narrar. Recopilar o compilar para mí es una de las instancias más de leer: uno lee y al mismo tiempo va delinenado hipótesis, puntos de vista, eso fue Acento extranjero. Después, a la hora de escribir, lo no ficcional y la Patagonia se me vuelven presencias irrefutables. No es que yo las elija tanto: aparecen. Cuando empecé a escribir este libro estaba muy interesada en la idea de pueblos fantasmas, de la decadencia, del abandono como tópico. Eso fue lo primero. Pero fue pensar eso e, inmediatamente, que los pueblos eran patagónicos. Lo que me interesaba era averiguar qué pasa entre un lugar y la gente que lo habita, qué influjo ejercen los lugares sobre las personas. A veces me parece que el tópico es más el lugar que cualquier otra cosa.
–¿Fue un trabajo casi periodístico el de ir a buscar las historias?
–Fui viajando y dejándome llevar, hasta que surgieron estos cinco lugares, casi por azar. Conocía el fenómeno, y conozco claramente de qué estoy hablando cuando me refiero al aislamiento patagónico. Pero no conocía ningún pueblo. Todas las historias que cuento son absolutamente reales, aunque con los nombres cambiados, claro. Y no me costó ningún trabajo dar con personajes tan marcados: están ahí, aparecen.
–En algunos capítulos, como el referido a El Caín, marca la incomodidad que le produce el lugar.
–La incomodidad y las ganas de salir corriendo siempre están. Es extraño, porque se llega a esos lugares y se queda un poco tomado por esa atmósfera. No es fácil entrar ni salir. Y esa atmósfera tiene mucho de “me quiero ir de acá, pero no me puedo mover”. Es rarísmo.
–La suya también es una forma de contradecir el mito patagónico, en el que la naturaleza no opone hostilidad sino más bien resulta sanadora. ¿Por qué cree que este mito es tan eficaz?
–Supongo que por una utopía de personas agotadas, que tienen la fantasía de encontrar en un lugar lo que en realidad no van a encontrar nunca. De eso se nutre el discurso turístico. Hay gente que va cinco días a ver el glaciar y se siente renacer. El mito funciona. Pero creo que si se va cinco días a un spa de Buenos Aires también se siente renacer. ¡Todos necesitamos descansar! No sé si es necesario trasladarse hasta la Patagonia, que hoy sigue siendo un lugar inaccesible, literalmente: no hay pasajes, salen carísimos, no hay conexiones internas... Y depende de los discursos que se apropien de ese mito, lo que subyace en las lecturas y los objetivos son distintos.
–¿Qué otros mitos funcionan hoy en relación con la Patagonia?
–Voy a hablar de las crónicas de viaje, que es de lo que sé: está el mito de la tierra vacía y sin límites, que es el que retoma el discurso turístico. Y hay muchas otras crónicas de pioneros (Andreas Madsen, Thomas Bridges, Emilio Ferro, el galés Abraham Matthews) que hacen referencia a otro mito, también vigente: el de la joya olvidada que tenemos ahí y que nadie sabe aprovechar, la herencia vacante, la gran tierra del abandono y el olvido.
–¿Y por qué cree que sigue vigente?
–Insisto, voy a hablar sólo de lo que leí, porque el contenido político está ahí. Cito un caso puntal: Bayley Willis, autor de una crónica que se publicó con el título Un yanqui en Patagonia. Un geólogo norteamericano que viene a principios del siglo XX, contratado por Ramos Mejía para trazar las vías del Ferrocarril Transpatagónico y buscar cuencas fluviales. La descripción que hace de las trabas burocráticas, de los intereses de las grandes compañías ferroviarias, de los sobornos que en esa época ya se veían en el Congreso, es increíble. Entonces, si la idiosincrasia de los gobiernos argentinos sigue siendo idéntica, si se permite que cualquier interés haga lo quiera, si están las petroleras que establecen contratos leoninos, pero están los políticos que lo permiten... está claro por qué sigue funcionando. Realmente la Patagonia es una tierra olvidada. Para cualquiera que se corra un poquito de la ruta turística, eso está clarísimo.
Lugares y palabras
- “Entonces oyó por primera vez la palabra Patagonia: un amigo ruso se había internado en ella; había vuelto rico; se había tirado al Río de la Plata con una piedra atada a la cintura.” Sara Gallardo.
- “Alguna vez escribí en un prólogo Venecia de cristal y crepúsculo. Crepúsculo y Venecia para mí son dos palabras casi sinónimas, pero nuestro crepúsculo ha perdido la luz y teme la noche y el de Venecia es un crepúsculo delicado y eterno, sin antes ni después.” Jorge Luis Borges.
- “Antes que una ciudad del mundo real, París, para mí como para millones de otras personas de todos los países, ha sido una ciudad imaginada a través de los libros, una ciudad de la que uno se apropia leyendo.” Italo Calvino.
- “Dostoievski decía: ‘Sumido en esa bruma, una idea extraña y obsesiva ha cruzado por mi mente una infinidad de veces: ¿y si un día la niebla se disipa y desaparece? ¿Desaparecerá también esa ciudad putrefacta y viscosa, se desvanecerá como el humo?’” Nina Berberova.
- “La ciudad no hace nada. No oyes nada, salvo el ruido del mar y los ecos de una historia extraordinaria.” Lawrence Durrell.
* Textos citados en la colección Geografías literarias, de Editorial Cántaro.
A la hora de delinear su propia teoría del lugar sobre la Patagonia, María Sonia Cristoff arroja una hipótesis perturbadora: los lugares son como ánimas: “De algún modo ejercen sobre la gente un influjo tan poderoso, generan una atmósfera tan marcada, que terminan funcionando como presencias”, explica. Cristoff, una de las autoras destacadas dentro de un género que se está convirtiendo en un verdadero fenómeno, el de las crónicas, no está hablando de presencias sobrenaturales, desde luego, sino de una atmósfera conformada muy concretamente por factores sociales, políticos, geográficos. Y que las hay, dice ella, las hay.
Lo que puede sonar a idea decimonónica, acepta la escritora, aparece retratado con un interesante manejo literario de la crónica en su libro Falsa calma. Un recorrido por los pueblos fantasma de la Patagonia. Allí Cristoff desgrana eso que, habiendo nacido en Trelew, conoce de sobra: el aislamiento patagónico, materializado en cuatro pueblos (Cañadón Seco, El Caín, El Cuy y Maquinchao) y una localidad más grande, Las Heras, pero todos igualmente habitados por gente que vive con la sensación de estar “olvidada por la mano de Dios”, excluida de toda política estatal. Postales muy diferentes a la de la Patagonia casi mística que se vende por estos días. El libro de Cristoff inaugura una colección de Seix Barral que, además, llamó a un concurso junto a la Fundación Nuevo Periodismo, en busca del mejor proyecto de crónica (ver aparte).
El primer acercamiento de Cristoff a la crónica y al relato de viaje fue con Acento extranjero, una recopilación de relatos de viajeros en la Argentina (2000). En realidad, fue antes de eso, cuando viajó a una estancia de Tierra del Fuego contratada por los herederos de Thomas Bridges –uno de los primeros colonos que se asentaron en la isla– para traducir sus diarios. Cristoff también compiló y prologó Patagonia, una selección de relatos de escritores sureños contemporáneos que pintan su aldea, editada este año en la colección Geografías literarias, de editorial Cántaro (ver aparte). A contramano de cierta fe patagónica que hoy parece depositarse en el paisaje sin fin del sur argentino, para Cristoff la Patagonia sigue siendo una tierra olvidada, igual que en tantas crónicas añosas que ella leyó y recopiló. “Ese lamento por lo que falta, por lo que los gobernantes no proveen, está muy presente en el discurso de los patagónicos. Eso fue lo más difícil de resolver en la escritura: quería dar cuenta de eso, pero no quería quedar prisionera de ese lamento”, dice la autora. “Y el esfuerzo por evitarlo me hizo prestar mucha atención al tono y al lenguaje. Caí en la cuenta de que la crónica es un muy buen terreno para trabajar el lenguaje. Hay un malentendido que supone que es tan alto su poder referencial, que el relato es un vehículo menor, que no admite experimentaciones lingüísticas. Romper con ese malentendido es uno de los grandes intereses de la crónica en la actualidad.”
–¿Cómo fue el paso de recopilar a escribir relatos de viaje?
–En esas dos caras de la moneda hay un paso previo que es leer, todo empezó ahí, cuando me enfrenté a los diarios de Thomas Bridges y a la gran biblioteca de viajeros que había en su estancia. Fue una experiencia fundante en lo que tiene que ver con escribir, en el registro de las crónicas yo encontraba algo que me apelaba en el modo de narrar. Recopilar o compilar para mí es una de las instancias más de leer: uno lee y al mismo tiempo va delinenado hipótesis, puntos de vista, eso fue Acento extranjero. Después, a la hora de escribir, lo no ficcional y la Patagonia se me vuelven presencias irrefutables. No es que yo las elija tanto: aparecen. Cuando empecé a escribir este libro estaba muy interesada en la idea de pueblos fantasmas, de la decadencia, del abandono como tópico. Eso fue lo primero. Pero fue pensar eso e, inmediatamente, que los pueblos eran patagónicos. Lo que me interesaba era averiguar qué pasa entre un lugar y la gente que lo habita, qué influjo ejercen los lugares sobre las personas. A veces me parece que el tópico es más el lugar que cualquier otra cosa.
–¿Fue un trabajo casi periodístico el de ir a buscar las historias?
–Fui viajando y dejándome llevar, hasta que surgieron estos cinco lugares, casi por azar. Conocía el fenómeno, y conozco claramente de qué estoy hablando cuando me refiero al aislamiento patagónico. Pero no conocía ningún pueblo. Todas las historias que cuento son absolutamente reales, aunque con los nombres cambiados, claro. Y no me costó ningún trabajo dar con personajes tan marcados: están ahí, aparecen.
–En algunos capítulos, como el referido a El Caín, marca la incomodidad que le produce el lugar.
–La incomodidad y las ganas de salir corriendo siempre están. Es extraño, porque se llega a esos lugares y se queda un poco tomado por esa atmósfera. No es fácil entrar ni salir. Y esa atmósfera tiene mucho de “me quiero ir de acá, pero no me puedo mover”. Es rarísmo.
–La suya también es una forma de contradecir el mito patagónico, en el que la naturaleza no opone hostilidad sino más bien resulta sanadora. ¿Por qué cree que este mito es tan eficaz?
–Supongo que por una utopía de personas agotadas, que tienen la fantasía de encontrar en un lugar lo que en realidad no van a encontrar nunca. De eso se nutre el discurso turístico. Hay gente que va cinco días a ver el glaciar y se siente renacer. El mito funciona. Pero creo que si se va cinco días a un spa de Buenos Aires también se siente renacer. ¡Todos necesitamos descansar! No sé si es necesario trasladarse hasta la Patagonia, que hoy sigue siendo un lugar inaccesible, literalmente: no hay pasajes, salen carísimos, no hay conexiones internas... Y depende de los discursos que se apropien de ese mito, lo que subyace en las lecturas y los objetivos son distintos.
–¿Qué otros mitos funcionan hoy en relación con la Patagonia?
–Voy a hablar de las crónicas de viaje, que es de lo que sé: está el mito de la tierra vacía y sin límites, que es el que retoma el discurso turístico. Y hay muchas otras crónicas de pioneros (Andreas Madsen, Thomas Bridges, Emilio Ferro, el galés Abraham Matthews) que hacen referencia a otro mito, también vigente: el de la joya olvidada que tenemos ahí y que nadie sabe aprovechar, la herencia vacante, la gran tierra del abandono y el olvido.
–¿Y por qué cree que sigue vigente?
–Insisto, voy a hablar sólo de lo que leí, porque el contenido político está ahí. Cito un caso puntal: Bayley Willis, autor de una crónica que se publicó con el título Un yanqui en Patagonia. Un geólogo norteamericano que viene a principios del siglo XX, contratado por Ramos Mejía para trazar las vías del Ferrocarril Transpatagónico y buscar cuencas fluviales. La descripción que hace de las trabas burocráticas, de los intereses de las grandes compañías ferroviarias, de los sobornos que en esa época ya se veían en el Congreso, es increíble. Entonces, si la idiosincrasia de los gobiernos argentinos sigue siendo idéntica, si se permite que cualquier interés haga lo quiera, si están las petroleras que establecen contratos leoninos, pero están los políticos que lo permiten... está claro por qué sigue funcionando. Realmente la Patagonia es una tierra olvidada. Para cualquiera que se corra un poquito de la ruta turística, eso está clarísimo.
Lugares y palabras
- “Entonces oyó por primera vez la palabra Patagonia: un amigo ruso se había internado en ella; había vuelto rico; se había tirado al Río de la Plata con una piedra atada a la cintura.” Sara Gallardo.
- “Alguna vez escribí en un prólogo Venecia de cristal y crepúsculo. Crepúsculo y Venecia para mí son dos palabras casi sinónimas, pero nuestro crepúsculo ha perdido la luz y teme la noche y el de Venecia es un crepúsculo delicado y eterno, sin antes ni después.” Jorge Luis Borges.
- “Antes que una ciudad del mundo real, París, para mí como para millones de otras personas de todos los países, ha sido una ciudad imaginada a través de los libros, una ciudad de la que uno se apropia leyendo.” Italo Calvino.
- “Dostoievski decía: ‘Sumido en esa bruma, una idea extraña y obsesiva ha cruzado por mi mente una infinidad de veces: ¿y si un día la niebla se disipa y desaparece? ¿Desaparecerá también esa ciudad putrefacta y viscosa, se desvanecerá como el humo?’” Nina Berberova.
- “La ciudad no hace nada. No oyes nada, salvo el ruido del mar y los ecos de una historia extraordinaria.” Lawrence Durrell.
* Textos citados en la colección Geografías literarias, de Editorial Cántaro.
*
Cierto auge de la crónica y del relato de viaje moviliza en el último tiempo a la industria editorial argentina, y la colección Crónicas de viaje, que se inaugura con el libro de María Sonia Cristoff, es uno de los ejemplos. La colección prevé, en principio, cinco libros por año, uno de ellos una traducción, y entre los títulos ya editados o de próxima aparición figuran Con la muerte en el bolsillo. Seis desaforadas historias de narcotráfico, de la mexicana María Idalia Gómez y Darío Fritz, argentino radicado en México; Equipaje de mano. Crónicas de viaje, del chileno radicado en la Argentina Juan Pablo Meneses, y El interior. La gran crónica de la Argentina contemporánea, de Martín Caparrós. El dato llamativo de la colección radica en el premio pensado para nutrirla: Seix Barral y la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, fundada por Gabriel García Márquez, convocan a un concurso que premiará al mejor proyecto de crónica con 20.000 dólares, para financiar la investigación y la escritura del libro. Entre otros proyectos editoriales que difunden el género, Cántaro lanzó la colección Geografías literarias, donde Cristoff prologa y selecciona el tomo sobre la Patagonia. Roma, San Petesburgo, Londres, París, Uruguay, Venecia y Alejandría, entre otros lugares, son visitados, entre otros, por Gustave Flaubert, Marguerite Yourcenar, Marcel Proust y el desconocido más famoso del Río de la Plata: Francisco Piria, fundador de Piriápolis.
*Fuente: diario Página/12
Después del almuerzo*
Después del almuerzo yo hubiera querido quedarme en mi cuarto leyendo, pero papá y mamá vinieron casi en seguida a decirme que esa tarde tenía que llevarlo de paseo.
Lo primero que contesté fue que no, que lo llevara otro, que por favor me dejaran estudiar en mi cuarto. Iba a decirles otras cosas, explicarles por qué no me gustaba tener que salir con él, pero papá dio un paso adelante y se puso a mirarme en esa forma que no puedo resistir, me clava los ojos y yo siento que se me van entrando cada vez más hondo en la cara, hasta que estoy a punto de gritar y tengo que darme vuelta y contestar que sí, que claro, en seguida. Mamá en esos casos no dice nada y no me mira, pero se queda un poco atrás con las dos manos juntas, y yo le veo el pelo gris que le cae sobre la frente y tengo que darme vuelta y contestar que sí, que claro, en seguida. Entonces se fueron sin decir nada más y yo empecé a vestirme, con el único consuelo de que iba a estrenar unos zapatos amarillos que brillaban y brillaban.
Cuando salí de mi cuarto eran las dos, y tía Encarnación dijo que podía ir a buscarlo a la pieza del fondo, donde siempre le gusta meterse por la tarde. Tía Encarnación debía darse cuenta de que yo estaba desesperado por tener que salir con él, porque me pasó la mano por la cabeza y después se agachó y me dio un beso en la frente. Sentí que me ponía algo en el bolsillo.
-Para que te compres alguna cosa -me dijo al oído-. Y no te olvides de darle un poco, es preferible.
Yo la besé en la mejilla, más contento, y pasé delante de la puerta de la sala donde estaban papá y mamá jugando a las damas. Creo que les dije hasta luego, alguna cosa así, y después saqué el billete de cinco pesos para alisarlo bien y guardarlo en mi cartera donde ya había otro billete de un peso y monedas.
Lo encontré en un rincón del cuarto, lo agarré lo mejor que pude y salimos por el patio hasta la puerta que daba al jardín de adelante. Una o dos veces sentí la tentación de soltarlo, volver adentro y decirles a papá y mamá que él no quería venir conmigo, pero estaba seguro de que acabarían por traerlo y obligarme a ir con él hasta la puerta de calle. Nunca me habían pedido que lo llevara al centro, era injusto que me lo pidieran porque sabían muy bien que la única vez que me habían obligado a pasearlo por la vereda había ocurrido esa cosa horrible con el gato de los Álvarez. Me parecía estar viendo todavía la cara del vigilante hablando con papá en la puerta, y después papá sirviendo dos vasos de caña, y mamá llorando en su cuarto. Era injusto que me lo pidieran.
Por la mañana había llovido y las veredas de Buenos Aires están cada vez más rotas, apenas se puede andar sin meter los pies en algún charco. Yo hacía lo posible para cruzar por las partes más secas y no mojarme los zapatos nuevos, pero en seguida vi que a él le gustaba meterse en el agua, y tuve que tironear con todas mis fuerzas para obligarlo a ir de mi lado. A pesar de eso consiguió acercarse a un sitio donde había una baldosa un poco más hundida que las otras, y cuando me di cuenta ya estaba completamente empapado y tenía hojas secas por todas partes. Tuve que pararme, limpiarlo, y todo el tiempo sentía que los vecinos estaban mirando desde los jardines, sin decir nada pero mirando. No quiero mentir, en realidad no me importaba tanto que nos miraran (que lo miraran a él, y a mí que lo llevaba de paseo); lo peor era estar ahí parado, con un pañuelo que se iba mojando y llenando de manchas de barro y pedazos de hojas secas, teniendo que sujetarlo al mismo tiempo para que no volviera a acercarse al charco. Además yo estoy acostumbrado a andar por las calles con las manos en los bolsillos del pantalón, silbando o mascando chicle, o leyendo las historietas mientras con la parte de abajo de los ojos voy adivinando las baldosas de las veredas que conozco perfectamente desde mi casa hasta el tranvía, de modo que sé cuándo paso delante de la casa de la Tita o cuándo voy a llegar a la esquina de Carabobo. Y ahora no podía hacer nada de eso y el pañuelo me empezaba a mojar el forro del bolsillo y sentía la humedad en la pierna, era como para no creer en tanta mala suerte junta.
A esa hora el tranvía viene bastante vacío, y yo rogaba que pudiéramos sentarnos en el mismo asiento, poniéndolo a él del lado de la ventanilla para que molestara menos. No es que se mueva demasiado, pero a la gente le molesta lo mismo y yo comprendo. Por eso me afligí al subir, porque el tranvía estaba casi lleno y no había ningún asiento doble desocupado. El viaje era demasiado largo para quedarnos en la plataforma, el guarda me hubiera mandado que me sentara y lo pusiera en alguna parte; así que lo hice entrar en seguida y lo llevé hasta un asiento del medio donde una señora ocupaba el lado de la ventanilla. Lo mejor hubiera sido sentarse detrás de él para vigilarlo, pero el tranvía estaba lleno y tuve que seguir adelante y sentarme bastante más lejos. Los pasajeros no se fijaban mucho, a esa hora la gente va haciendo la digestión y está medio dormida con los barquinazos del tranvía. Lo malo fue que el guarda se paró al lado del asiento donde yo lo había instalado, golpeando con una moneda en el fierro de la máquina de los boletos, y yo tuve que darme vuelta y hacerle señas de que viniera a cobrarme a mí, mostrándole la plata para que comprendiera que tenía que darme dos boletos, pero el guarda era uno de esos chinazos que están viendo las cosas y no quieren entender, dale con la moneda golpeando contra la máquina. Me tuve que levantar (y ahora dos o tres pasajeros me miraban) y acercarme al otro asiento. «Dos boletos», le dije. Cortó uno, me miró un momento, y después me alcanzó el boleto y miró para abajo, medio de reojo. «Dos, por favor», repetí, seguro de que todo el tranvía ya estaba enterado. El chinazo cortó el otro boleto y me lo dio, iba a decirme algo pero yo le alcancé la plata y me volví en dos trancos a mi asiento, sin mirar para atrás. Lo peor era que a cada momento tenía que darme vuelta para ver si seguía quieto en el asiento de atrás, y con eso iba llamando la atención de algunos pasajeros. Primero decidí que sólo me daría vuelta al pasar cada esquina, pero las cuadras me parecían terriblemente largas y a cada momento tenía miedo de oír alguna exclamación o un grito, como cuando el gato de los Álvarez. Entonces me puse a contar hasta diez, igual que en las peleas, y eso venía a ser más o menos media cuadra. Al llegar a diez me daba vuelta disimuladamente, por ejemplo arreglándome el cuello de la camisa o metiendo la mano en el bolsillo del saco, cualquier cosa que diera la impresión de un tic nervioso o algo así.
Como a las ocho cuadras no sé por qué me pareció que la señora que iba del lado de la ventanilla se iba a bajar. Eso era lo peor, porque le iba a decir algo para que la dejara pasar, y cuando él no se diera cuenta o no quisiera darse cuenta, a lo mejor la señora se enojaba y quería pasar a la fuerza, pero yo sabía lo que iba a ocurrir en ese caso y estaba con los nervios de punta, de manera que empecé a mirar para atrás antes de llegar a cada esquina, y en una de esas me pareció que la señora estaba ya a punto de levantarse, y hubiera jurado que le decía algo porque miraba de su lado y yo creo que movía la boca. Justo en ese momento una vieja gorda se levantó de uno de los asientos cerca del mío y empezó a andar por el pasillo, y yo iba detrás queriendo empujarla, darle una patada en las piernas para que se apurara y me dejara llegar al asiento donde la señora había agarrado una canasta o algo en el suelo y ya se levantaba para salir. Al final creo que la empujé, la oí que protestaba, no sé cómo llegué al lado del asiento y conseguí sacarlo a tiempo para que la señora pudiera bajarse en la esquina. Entonces lo puse contra la ventanilla y me senté a su lado, tan feliz aunque cuatro o cinco idiotas me estuvieran mirando desde los asientos de adelante y desde la plataforma donde a lo mejor el chinazo les había dicho alguna cosa.
Ya andábamos por el Once, y afuera se veía un sol precioso y las calles estaban secas. A esa hora si yo hubiera viajado solo me habría largado del tranvía para seguir a pie hasta el centro, para mí no es nada ir a pie desde el Once a Plaza de Mayo, una vez que me tomé el tiempo le puse justo treinta y dos minutos, claro que corriendo de a ratos y sobre todo al final. Pero ahora en cambio tenía que ocuparme de la ventanilla, que un día alguien había contado que era capaz de abrir de golpe la ventanilla y tirarse afuera, nada más que por el gusto de hacerlo, como tantos otros gustos que nadie se explicaba. Una o dos veces me pareció que estaba a punto de levantar la ventanilla, y tuve que pasar el brazo por detrás y sujetarla por el marco. A lo mejor eran cosas mías, tampoco quiero asegurar que estuviera por levantar la ventanilla y tirarse. Por ejemplo, cuando lo del inspector me olvidé completamente del asunto y sin embargo no se tiró. El inspector era un tipo alto y flaco que apareció por la plataforma delantera y se puso a marcar los boletos con ese aire amable que tienen algunos inspectores. Cuando llegó a mi asiento le alcancé los dos boletos y él marcó uno, miró para abajo, después miró el otro boleto, lo fue a marcar y se quedó con el boleto metido en la ranura de la pinza, y todo el tiempo yo rogaba que lo marcara de una vez y me lo devolviera, me parecía que la gente del tranvía nos estaba mirando cada vez más. Al final lo marcó encogiéndose de hombros, me devolvió los dos boletos, y en la plataforma de atrás oí que alguien soltaba una carcajada, pero naturalmente no quise darme vuelta, volví a pasar el brazo y sujeté la ventanilla, haciendo como que no veía más al inspector y a todos los otros. En Sarmiento y Libertad se empezó a bajar la gente, y cuando llegamos a Florida ya no había casi nadie. Esperé hasta San Martín y lo hice salir por la plataforma delantera, porque no quería pasar al lado del chinazo que a lo mejor me decía alguna cosa.
A mí me gusta mucho la Plaza de Mayo, cuando me hablan del centro pienso en seguida en la Plaza de Mayo. Me gusta por las palomas, por la Casa de Gobierno y porque trae tantos recuerdos de historia, de las bombas que cayeron cuando hubo revolución, y los caudillos que habían dicho que iban a atar sus caballos en la Pirámide. Hay maniseros y tipos que venden cosas, en seguida se encuentra un banco vacío y si uno quiere puede seguir un poco más y al rato llega al puerto y ve los barcos y los guinches. Por eso pensé que lo mejor era llevarlo a la Plaza de Mayo, lejos de los autos y los colectivos, y sentarnos un rato ahí hasta que fuera hora de ir volviendo a casa. Pero cuando bajamos del tranvía y empezamos a andar por San Martín sentí como un mareo, de golpe me daba cuenta de que me había cansado terriblemente, casi una hora de viaje y todo el tiempo teniendo que mirar hacia atrás, hacerme el que no veía que nos estaban mirando, y después el guarda con los boletos, y la señora que se iba a bajar, y el inspector. Me hubiera gustado tanto poder entrar en una lechería y pedir un helado o un vaso de leche, pero estaba seguro de que no iba a poder, que me iba a arrepentir si lo hacía entrar en un local cualquiera donde la gente estaría sentada y tendría más tiempo para mirarnos. En la calle la gente se cruza y cada uno sigue viaje, sobre todo en San Martín que está lleno de bancos y oficinas y todo el mundo anda apurado con portafolios debajo del brazo. Así que seguimos hasta la esquina de Cangallo, y entonces cuando íbamos pasando delante de las vidrieras de Peuser que estaban llenas de tinteros y cosas preciosas, sentí que él no quería seguir, se hacía cada vez más pesado y por más que yo tiraba (tratando de no llamar la atención) casi no podía caminar y al final tuve que pararme delante de la última vidriera, haciéndome el que miraba los juegos de escritorio repujados en cuero. A lo mejor estaba un poco cansado, a lo mejor no era un capricho. Total, estar ahí parados no tenía nada de malo, pero igual no me gustaba porque la gente que pasaba tenía más tiempo para fijarse, y dos o tres veces me di cuenta de que alguien le hacía algún comentario a otro, o se pegaban con el codo para llamarse la atención. Al final no pude más y lo agarré otra vez, haciéndome el que caminaba con naturalidad, pero cada paso me costaba como en esos sueños en que uno tiene unos zapatos que pesan toneladas y apenas puede despegarse del suelo. A la larga conseguí que se le pasara el capricho de quedarse ahí parado, y seguimos por San Martín hasta la esquina de la Plaza de Mayo. Ahora la cosa era cruzar, porque a él no le gusta cruzar una calle. Es capaz de abrir la ventanilla del tranvía y tirarse, pero no le gusta cruzar la calle. Lo malo es que para llegar a la Plaza de Mayo hay que cruzar siempre alguna calle con mucho tráfico, en Cangallo y Bartolomé Mitre no había sido tan difícil, pero ahora yo estaba a punto de renunciar, me pesaba terriblemente en la mano, y dos veces que el tráfico se paró y los que estaban a nuestro lado en el cordón de la vereda empezaron a cruzar la calle, me di cuenta de que no íbamos a poder llegar al otro lado porque se plantaría justo en la mitad, y entonces preferí seguir esperando hasta que se decidiera. Y claro, el del puesto de revistas de la esquina ya estaba mirando cada vez más, y le decía algo a un pibe de mi edad que hacía muecas y le contestaba qué sé yo, y los autos seguían pasando y se paraban y volvían a pasar, y nosotros ahí plantados. En una de esas se iba a acercar el vigilante, eso era lo peor que nos podía suceder porque los vigilantes son muy buenos y por eso meten la pata, se ponen a hacer preguntas, averiguan si uno anda perdido, y de golpe a él le puede dar uno de sus caprichos y yo no sé en lo que termina la cosa. Cuanto más pensaba más me afligía, y al final tuve miedo de veras, casi como ganas de vomitar, lo juro, y en un momento en que paró el tráfico lo agarré bien y cerré los ojos y tiré para adelante doblándome casi en dos, y cuando estuvimos en la Plaza lo solté, seguí dando unos pasos solo, y después volví para atrás y hubiera querido que se muriera, que ya estuviera muerto, o que papá y mamá estuvieran muertos, y yo también al fin y al cabo, que todos estuvieran muertos y enterrados menos tía Encarnación.
Pero esas cosas se pasan en seguida, vimos que había un banco muy lindo completamente vacío, y yo lo sujeté sin tironearlo y fuimos a ponernos en ese banco y a mirar las palomas que por suerte no se dejan acabar como los gatos. Compré manises y caramelos, le fui dando de las dos cosas y estábamos bastante bien con ese sol que hay por la tarde en la Plaza de Mayo y la gente que va de un lado a otro. Yo no sé en qué momento me vino la idea de abandonarlo ahí; lo único que me acuerdo es que estaba pelándole un maní y pensando al mismo tiempo que si me hacía el que iba a tirarles algo a las palomas que andaban más lejos, sería facilísimo dar la vuelta a la pirámide y perderlo de vista. Me parece que en ese momento no pensaba en volver a casa ni en la cara de papá y mamá, porque si lo hubiera pensado no habría hecho esa pavada. Debe ser muy difícil abarcar todo al mismo tiempo como hacen los sabios y los historiadores, yo pensé solamente que lo podía abandonar ahí y andar solo por el centro con las manos en los bolsillos, y comprarme una revista o entrar a tomar un helado en alguna parte antes de volver a casa. Le seguí dando manises un rato pero ya estaba decidido, y en una de esas me hice el que me levantaba para estirar las piernas y vi que no le importaba si seguía a su lado o me iba a darle manises a las palomas. Les empecé a tirar lo que me quedaba, y las palomas me andaban por todos lados, hasta que se me acabó el maní y se cansaron. Desde la otra punta de la plaza apenas se veía el banco; fue cosa de un momento cruzar a la Casa Rosada donde siempre hay dos granaderos de guardia, y por el costado me largué hasta el Paseo Colón, esa calle donde mamá dice que no deben ir los niños solos. Ya por costumbre me daba vuelta a cada momento pero era imposible que me siguiera, lo más que quería estar haciendo sería revolcarse alrededor del banco hasta que se acercara alguna señora de la beneficencia o algún vigilante.
No me acuerdo muy bien de lo que pasó en ese rato en que yo andaba por el Paseo Colón que es una avenida como cualquier otra. En una de esas yo estaba sentado en una vidriera baja de una casa de importaciones y exportaciones, y entonces me empezó a doler el estómago, no como cuando uno tiene que ir en seguida al baño, era más arriba, en el estómago verdadero, como si se me retorciera poco a poco; y yo quería respirar y me costaba, entonces tenía que quedarme quieto y esperar que se pasara el calambre, y delante de mí se veía como una mancha verde y puntitos que bailaban, y la cara de papá, al final era solamente la cara de papá porque yo había cerrado los ojos, me parece, y en medio de la mancha verde estaba la cara de papá. Al rato pude respirar mejor, y unos muchachos me miraron un momento y uno le dijo al otro que yo estaba descompuesto, pero yo moví la cabeza y dije que no era nada, que siempre me daban calambres, pero se me pasaban en seguida. Uno dijo que si yo quería que fuera a buscar un vaso de agua, y el otro me aconsejó que me secara la frente porque estaba sudando. Yo me sonreí y dije que ya estaba bien, y me puse a caminar para que se fueran y me dejaran solo. Era cierto que estaba sudando porque me caía el agua por las cejas y una gota salada me entró en un ojo, y entonces saqué el pañuelo y me lo pasé por la cara y sentí un arañazo en el labio, y cuando miré era una hoja seca pegada en el pañuelo que me había arañado la boca.
No sé cuánto tardé en llegar otra vez a la Plaza de Mayo. A la mitad de la subida me caí, pero volví a levantarme antes que nadie se diera cuenta, y crucé a la carrera entre todos los autos que pasaban por delante de la Casa Rosada. Desde lejos vi que no se había movido del banco, pero seguí corriendo y corriendo hasta llegar al banco, y me tiré como muerto mientras las palomas salían volando asustadas y la gente se daba vuelta con ese aire que toman para mirar a los chicos que corren, como si fuera un pecado. Después de un rato lo limpié un poco y dije que teníamos que volver a casa. Lo dije para oírme yo mismo y sentirme todavía más contento, porque con él lo único que servía era agarrarlo bien y llevarlo, las palabras no las escuchaba o se hacía el que no las escuchaba. Por suerte esta vez no se encaprichó al cruzar las calles, y el tranvía estaba casi vacío al comienzo del recorrido, así que lo puse en el primer asiento y me senté al lado y no me di vuelta ni una sola vez en todo el viaje, ni siquiera al bajarnos: la última cuadra la hicimos muy despacio, él queriendo meterse en los charcos y yo luchando para que pasara por las baldosas secas. Pero no me importaba, no me importaba nada. Pensaba todo el tiempo: «Lo abandoné», lo miraba y pensaba: «Lo abandoné», y aunque no me había olvidado del Paseo Colón me sentía tan bien, casi orgulloso. A lo mejor otra vez... No era fácil, pero a lo mejor... Quién sabe con qué ojos me mirarían papá y mamá cuando me vieran llegar con él de la mano. Claro que estarían contentos de que yo lo hubiera llevado a pasear al centro, los padres siempre están contentos de esas cosas; pero no sé por qué en ese momento se me daba por pensar que también a veces papá y mamá sacaban el pañuelo para secarse, y que también en el pañuelo había una hoja seca que les lastimaba la cara.
Lo primero que contesté fue que no, que lo llevara otro, que por favor me dejaran estudiar en mi cuarto. Iba a decirles otras cosas, explicarles por qué no me gustaba tener que salir con él, pero papá dio un paso adelante y se puso a mirarme en esa forma que no puedo resistir, me clava los ojos y yo siento que se me van entrando cada vez más hondo en la cara, hasta que estoy a punto de gritar y tengo que darme vuelta y contestar que sí, que claro, en seguida. Mamá en esos casos no dice nada y no me mira, pero se queda un poco atrás con las dos manos juntas, y yo le veo el pelo gris que le cae sobre la frente y tengo que darme vuelta y contestar que sí, que claro, en seguida. Entonces se fueron sin decir nada más y yo empecé a vestirme, con el único consuelo de que iba a estrenar unos zapatos amarillos que brillaban y brillaban.
Cuando salí de mi cuarto eran las dos, y tía Encarnación dijo que podía ir a buscarlo a la pieza del fondo, donde siempre le gusta meterse por la tarde. Tía Encarnación debía darse cuenta de que yo estaba desesperado por tener que salir con él, porque me pasó la mano por la cabeza y después se agachó y me dio un beso en la frente. Sentí que me ponía algo en el bolsillo.
-Para que te compres alguna cosa -me dijo al oído-. Y no te olvides de darle un poco, es preferible.
Yo la besé en la mejilla, más contento, y pasé delante de la puerta de la sala donde estaban papá y mamá jugando a las damas. Creo que les dije hasta luego, alguna cosa así, y después saqué el billete de cinco pesos para alisarlo bien y guardarlo en mi cartera donde ya había otro billete de un peso y monedas.
Lo encontré en un rincón del cuarto, lo agarré lo mejor que pude y salimos por el patio hasta la puerta que daba al jardín de adelante. Una o dos veces sentí la tentación de soltarlo, volver adentro y decirles a papá y mamá que él no quería venir conmigo, pero estaba seguro de que acabarían por traerlo y obligarme a ir con él hasta la puerta de calle. Nunca me habían pedido que lo llevara al centro, era injusto que me lo pidieran porque sabían muy bien que la única vez que me habían obligado a pasearlo por la vereda había ocurrido esa cosa horrible con el gato de los Álvarez. Me parecía estar viendo todavía la cara del vigilante hablando con papá en la puerta, y después papá sirviendo dos vasos de caña, y mamá llorando en su cuarto. Era injusto que me lo pidieran.
Por la mañana había llovido y las veredas de Buenos Aires están cada vez más rotas, apenas se puede andar sin meter los pies en algún charco. Yo hacía lo posible para cruzar por las partes más secas y no mojarme los zapatos nuevos, pero en seguida vi que a él le gustaba meterse en el agua, y tuve que tironear con todas mis fuerzas para obligarlo a ir de mi lado. A pesar de eso consiguió acercarse a un sitio donde había una baldosa un poco más hundida que las otras, y cuando me di cuenta ya estaba completamente empapado y tenía hojas secas por todas partes. Tuve que pararme, limpiarlo, y todo el tiempo sentía que los vecinos estaban mirando desde los jardines, sin decir nada pero mirando. No quiero mentir, en realidad no me importaba tanto que nos miraran (que lo miraran a él, y a mí que lo llevaba de paseo); lo peor era estar ahí parado, con un pañuelo que se iba mojando y llenando de manchas de barro y pedazos de hojas secas, teniendo que sujetarlo al mismo tiempo para que no volviera a acercarse al charco. Además yo estoy acostumbrado a andar por las calles con las manos en los bolsillos del pantalón, silbando o mascando chicle, o leyendo las historietas mientras con la parte de abajo de los ojos voy adivinando las baldosas de las veredas que conozco perfectamente desde mi casa hasta el tranvía, de modo que sé cuándo paso delante de la casa de la Tita o cuándo voy a llegar a la esquina de Carabobo. Y ahora no podía hacer nada de eso y el pañuelo me empezaba a mojar el forro del bolsillo y sentía la humedad en la pierna, era como para no creer en tanta mala suerte junta.
A esa hora el tranvía viene bastante vacío, y yo rogaba que pudiéramos sentarnos en el mismo asiento, poniéndolo a él del lado de la ventanilla para que molestara menos. No es que se mueva demasiado, pero a la gente le molesta lo mismo y yo comprendo. Por eso me afligí al subir, porque el tranvía estaba casi lleno y no había ningún asiento doble desocupado. El viaje era demasiado largo para quedarnos en la plataforma, el guarda me hubiera mandado que me sentara y lo pusiera en alguna parte; así que lo hice entrar en seguida y lo llevé hasta un asiento del medio donde una señora ocupaba el lado de la ventanilla. Lo mejor hubiera sido sentarse detrás de él para vigilarlo, pero el tranvía estaba lleno y tuve que seguir adelante y sentarme bastante más lejos. Los pasajeros no se fijaban mucho, a esa hora la gente va haciendo la digestión y está medio dormida con los barquinazos del tranvía. Lo malo fue que el guarda se paró al lado del asiento donde yo lo había instalado, golpeando con una moneda en el fierro de la máquina de los boletos, y yo tuve que darme vuelta y hacerle señas de que viniera a cobrarme a mí, mostrándole la plata para que comprendiera que tenía que darme dos boletos, pero el guarda era uno de esos chinazos que están viendo las cosas y no quieren entender, dale con la moneda golpeando contra la máquina. Me tuve que levantar (y ahora dos o tres pasajeros me miraban) y acercarme al otro asiento. «Dos boletos», le dije. Cortó uno, me miró un momento, y después me alcanzó el boleto y miró para abajo, medio de reojo. «Dos, por favor», repetí, seguro de que todo el tranvía ya estaba enterado. El chinazo cortó el otro boleto y me lo dio, iba a decirme algo pero yo le alcancé la plata y me volví en dos trancos a mi asiento, sin mirar para atrás. Lo peor era que a cada momento tenía que darme vuelta para ver si seguía quieto en el asiento de atrás, y con eso iba llamando la atención de algunos pasajeros. Primero decidí que sólo me daría vuelta al pasar cada esquina, pero las cuadras me parecían terriblemente largas y a cada momento tenía miedo de oír alguna exclamación o un grito, como cuando el gato de los Álvarez. Entonces me puse a contar hasta diez, igual que en las peleas, y eso venía a ser más o menos media cuadra. Al llegar a diez me daba vuelta disimuladamente, por ejemplo arreglándome el cuello de la camisa o metiendo la mano en el bolsillo del saco, cualquier cosa que diera la impresión de un tic nervioso o algo así.
Como a las ocho cuadras no sé por qué me pareció que la señora que iba del lado de la ventanilla se iba a bajar. Eso era lo peor, porque le iba a decir algo para que la dejara pasar, y cuando él no se diera cuenta o no quisiera darse cuenta, a lo mejor la señora se enojaba y quería pasar a la fuerza, pero yo sabía lo que iba a ocurrir en ese caso y estaba con los nervios de punta, de manera que empecé a mirar para atrás antes de llegar a cada esquina, y en una de esas me pareció que la señora estaba ya a punto de levantarse, y hubiera jurado que le decía algo porque miraba de su lado y yo creo que movía la boca. Justo en ese momento una vieja gorda se levantó de uno de los asientos cerca del mío y empezó a andar por el pasillo, y yo iba detrás queriendo empujarla, darle una patada en las piernas para que se apurara y me dejara llegar al asiento donde la señora había agarrado una canasta o algo en el suelo y ya se levantaba para salir. Al final creo que la empujé, la oí que protestaba, no sé cómo llegué al lado del asiento y conseguí sacarlo a tiempo para que la señora pudiera bajarse en la esquina. Entonces lo puse contra la ventanilla y me senté a su lado, tan feliz aunque cuatro o cinco idiotas me estuvieran mirando desde los asientos de adelante y desde la plataforma donde a lo mejor el chinazo les había dicho alguna cosa.
Ya andábamos por el Once, y afuera se veía un sol precioso y las calles estaban secas. A esa hora si yo hubiera viajado solo me habría largado del tranvía para seguir a pie hasta el centro, para mí no es nada ir a pie desde el Once a Plaza de Mayo, una vez que me tomé el tiempo le puse justo treinta y dos minutos, claro que corriendo de a ratos y sobre todo al final. Pero ahora en cambio tenía que ocuparme de la ventanilla, que un día alguien había contado que era capaz de abrir de golpe la ventanilla y tirarse afuera, nada más que por el gusto de hacerlo, como tantos otros gustos que nadie se explicaba. Una o dos veces me pareció que estaba a punto de levantar la ventanilla, y tuve que pasar el brazo por detrás y sujetarla por el marco. A lo mejor eran cosas mías, tampoco quiero asegurar que estuviera por levantar la ventanilla y tirarse. Por ejemplo, cuando lo del inspector me olvidé completamente del asunto y sin embargo no se tiró. El inspector era un tipo alto y flaco que apareció por la plataforma delantera y se puso a marcar los boletos con ese aire amable que tienen algunos inspectores. Cuando llegó a mi asiento le alcancé los dos boletos y él marcó uno, miró para abajo, después miró el otro boleto, lo fue a marcar y se quedó con el boleto metido en la ranura de la pinza, y todo el tiempo yo rogaba que lo marcara de una vez y me lo devolviera, me parecía que la gente del tranvía nos estaba mirando cada vez más. Al final lo marcó encogiéndose de hombros, me devolvió los dos boletos, y en la plataforma de atrás oí que alguien soltaba una carcajada, pero naturalmente no quise darme vuelta, volví a pasar el brazo y sujeté la ventanilla, haciendo como que no veía más al inspector y a todos los otros. En Sarmiento y Libertad se empezó a bajar la gente, y cuando llegamos a Florida ya no había casi nadie. Esperé hasta San Martín y lo hice salir por la plataforma delantera, porque no quería pasar al lado del chinazo que a lo mejor me decía alguna cosa.
A mí me gusta mucho la Plaza de Mayo, cuando me hablan del centro pienso en seguida en la Plaza de Mayo. Me gusta por las palomas, por la Casa de Gobierno y porque trae tantos recuerdos de historia, de las bombas que cayeron cuando hubo revolución, y los caudillos que habían dicho que iban a atar sus caballos en la Pirámide. Hay maniseros y tipos que venden cosas, en seguida se encuentra un banco vacío y si uno quiere puede seguir un poco más y al rato llega al puerto y ve los barcos y los guinches. Por eso pensé que lo mejor era llevarlo a la Plaza de Mayo, lejos de los autos y los colectivos, y sentarnos un rato ahí hasta que fuera hora de ir volviendo a casa. Pero cuando bajamos del tranvía y empezamos a andar por San Martín sentí como un mareo, de golpe me daba cuenta de que me había cansado terriblemente, casi una hora de viaje y todo el tiempo teniendo que mirar hacia atrás, hacerme el que no veía que nos estaban mirando, y después el guarda con los boletos, y la señora que se iba a bajar, y el inspector. Me hubiera gustado tanto poder entrar en una lechería y pedir un helado o un vaso de leche, pero estaba seguro de que no iba a poder, que me iba a arrepentir si lo hacía entrar en un local cualquiera donde la gente estaría sentada y tendría más tiempo para mirarnos. En la calle la gente se cruza y cada uno sigue viaje, sobre todo en San Martín que está lleno de bancos y oficinas y todo el mundo anda apurado con portafolios debajo del brazo. Así que seguimos hasta la esquina de Cangallo, y entonces cuando íbamos pasando delante de las vidrieras de Peuser que estaban llenas de tinteros y cosas preciosas, sentí que él no quería seguir, se hacía cada vez más pesado y por más que yo tiraba (tratando de no llamar la atención) casi no podía caminar y al final tuve que pararme delante de la última vidriera, haciéndome el que miraba los juegos de escritorio repujados en cuero. A lo mejor estaba un poco cansado, a lo mejor no era un capricho. Total, estar ahí parados no tenía nada de malo, pero igual no me gustaba porque la gente que pasaba tenía más tiempo para fijarse, y dos o tres veces me di cuenta de que alguien le hacía algún comentario a otro, o se pegaban con el codo para llamarse la atención. Al final no pude más y lo agarré otra vez, haciéndome el que caminaba con naturalidad, pero cada paso me costaba como en esos sueños en que uno tiene unos zapatos que pesan toneladas y apenas puede despegarse del suelo. A la larga conseguí que se le pasara el capricho de quedarse ahí parado, y seguimos por San Martín hasta la esquina de la Plaza de Mayo. Ahora la cosa era cruzar, porque a él no le gusta cruzar una calle. Es capaz de abrir la ventanilla del tranvía y tirarse, pero no le gusta cruzar la calle. Lo malo es que para llegar a la Plaza de Mayo hay que cruzar siempre alguna calle con mucho tráfico, en Cangallo y Bartolomé Mitre no había sido tan difícil, pero ahora yo estaba a punto de renunciar, me pesaba terriblemente en la mano, y dos veces que el tráfico se paró y los que estaban a nuestro lado en el cordón de la vereda empezaron a cruzar la calle, me di cuenta de que no íbamos a poder llegar al otro lado porque se plantaría justo en la mitad, y entonces preferí seguir esperando hasta que se decidiera. Y claro, el del puesto de revistas de la esquina ya estaba mirando cada vez más, y le decía algo a un pibe de mi edad que hacía muecas y le contestaba qué sé yo, y los autos seguían pasando y se paraban y volvían a pasar, y nosotros ahí plantados. En una de esas se iba a acercar el vigilante, eso era lo peor que nos podía suceder porque los vigilantes son muy buenos y por eso meten la pata, se ponen a hacer preguntas, averiguan si uno anda perdido, y de golpe a él le puede dar uno de sus caprichos y yo no sé en lo que termina la cosa. Cuanto más pensaba más me afligía, y al final tuve miedo de veras, casi como ganas de vomitar, lo juro, y en un momento en que paró el tráfico lo agarré bien y cerré los ojos y tiré para adelante doblándome casi en dos, y cuando estuvimos en la Plaza lo solté, seguí dando unos pasos solo, y después volví para atrás y hubiera querido que se muriera, que ya estuviera muerto, o que papá y mamá estuvieran muertos, y yo también al fin y al cabo, que todos estuvieran muertos y enterrados menos tía Encarnación.
Pero esas cosas se pasan en seguida, vimos que había un banco muy lindo completamente vacío, y yo lo sujeté sin tironearlo y fuimos a ponernos en ese banco y a mirar las palomas que por suerte no se dejan acabar como los gatos. Compré manises y caramelos, le fui dando de las dos cosas y estábamos bastante bien con ese sol que hay por la tarde en la Plaza de Mayo y la gente que va de un lado a otro. Yo no sé en qué momento me vino la idea de abandonarlo ahí; lo único que me acuerdo es que estaba pelándole un maní y pensando al mismo tiempo que si me hacía el que iba a tirarles algo a las palomas que andaban más lejos, sería facilísimo dar la vuelta a la pirámide y perderlo de vista. Me parece que en ese momento no pensaba en volver a casa ni en la cara de papá y mamá, porque si lo hubiera pensado no habría hecho esa pavada. Debe ser muy difícil abarcar todo al mismo tiempo como hacen los sabios y los historiadores, yo pensé solamente que lo podía abandonar ahí y andar solo por el centro con las manos en los bolsillos, y comprarme una revista o entrar a tomar un helado en alguna parte antes de volver a casa. Le seguí dando manises un rato pero ya estaba decidido, y en una de esas me hice el que me levantaba para estirar las piernas y vi que no le importaba si seguía a su lado o me iba a darle manises a las palomas. Les empecé a tirar lo que me quedaba, y las palomas me andaban por todos lados, hasta que se me acabó el maní y se cansaron. Desde la otra punta de la plaza apenas se veía el banco; fue cosa de un momento cruzar a la Casa Rosada donde siempre hay dos granaderos de guardia, y por el costado me largué hasta el Paseo Colón, esa calle donde mamá dice que no deben ir los niños solos. Ya por costumbre me daba vuelta a cada momento pero era imposible que me siguiera, lo más que quería estar haciendo sería revolcarse alrededor del banco hasta que se acercara alguna señora de la beneficencia o algún vigilante.
No me acuerdo muy bien de lo que pasó en ese rato en que yo andaba por el Paseo Colón que es una avenida como cualquier otra. En una de esas yo estaba sentado en una vidriera baja de una casa de importaciones y exportaciones, y entonces me empezó a doler el estómago, no como cuando uno tiene que ir en seguida al baño, era más arriba, en el estómago verdadero, como si se me retorciera poco a poco; y yo quería respirar y me costaba, entonces tenía que quedarme quieto y esperar que se pasara el calambre, y delante de mí se veía como una mancha verde y puntitos que bailaban, y la cara de papá, al final era solamente la cara de papá porque yo había cerrado los ojos, me parece, y en medio de la mancha verde estaba la cara de papá. Al rato pude respirar mejor, y unos muchachos me miraron un momento y uno le dijo al otro que yo estaba descompuesto, pero yo moví la cabeza y dije que no era nada, que siempre me daban calambres, pero se me pasaban en seguida. Uno dijo que si yo quería que fuera a buscar un vaso de agua, y el otro me aconsejó que me secara la frente porque estaba sudando. Yo me sonreí y dije que ya estaba bien, y me puse a caminar para que se fueran y me dejaran solo. Era cierto que estaba sudando porque me caía el agua por las cejas y una gota salada me entró en un ojo, y entonces saqué el pañuelo y me lo pasé por la cara y sentí un arañazo en el labio, y cuando miré era una hoja seca pegada en el pañuelo que me había arañado la boca.
No sé cuánto tardé en llegar otra vez a la Plaza de Mayo. A la mitad de la subida me caí, pero volví a levantarme antes que nadie se diera cuenta, y crucé a la carrera entre todos los autos que pasaban por delante de la Casa Rosada. Desde lejos vi que no se había movido del banco, pero seguí corriendo y corriendo hasta llegar al banco, y me tiré como muerto mientras las palomas salían volando asustadas y la gente se daba vuelta con ese aire que toman para mirar a los chicos que corren, como si fuera un pecado. Después de un rato lo limpié un poco y dije que teníamos que volver a casa. Lo dije para oírme yo mismo y sentirme todavía más contento, porque con él lo único que servía era agarrarlo bien y llevarlo, las palabras no las escuchaba o se hacía el que no las escuchaba. Por suerte esta vez no se encaprichó al cruzar las calles, y el tranvía estaba casi vacío al comienzo del recorrido, así que lo puse en el primer asiento y me senté al lado y no me di vuelta ni una sola vez en todo el viaje, ni siquiera al bajarnos: la última cuadra la hicimos muy despacio, él queriendo meterse en los charcos y yo luchando para que pasara por las baldosas secas. Pero no me importaba, no me importaba nada. Pensaba todo el tiempo: «Lo abandoné», lo miraba y pensaba: «Lo abandoné», y aunque no me había olvidado del Paseo Colón me sentía tan bien, casi orgulloso. A lo mejor otra vez... No era fácil, pero a lo mejor... Quién sabe con qué ojos me mirarían papá y mamá cuando me vieran llegar con él de la mano. Claro que estarían contentos de que yo lo hubiera llevado a pasear al centro, los padres siempre están contentos de esas cosas; pero no sé por qué en ese momento se me daba por pensar que también a veces papá y mamá sacaban el pañuelo para secarse, y que también en el pañuelo había una hoja seca que les lastimaba la cara.
*de Julio Cortázar
*Fuente: http://www.artnovela.com.ar
Correo:
WALTER HEINZE
COMPARTO CON QUIENES LES PUEDA INTERESAR LA NOTICIA DE LA MUERTE DE NUESTRO AMIGO Y COLEGA WALTER HEINZE - GRACIAS RICARDO PEREZ MIRÓ POR TU DEFERENCIA
*CON EL ABRAZO DE SIEMPRE, RENOVADO, DEL HORACIO C. ROSSI, EN LA TERRAZA.... lacho51@...
*
A los medios de comunicación:
Queremos informarles que el día lunes 1° de agosto a las 15 hs. en la estación Victoria del FFCC Mitre haremos entrega de un petitorio firmado por mas de 500 personas, cartoneros, vecinos, amigos, etc. que ante tanto maltrato y falta de respuestas claras y verdaderas decidió apoyar esta serie de reclamos, que ya fueron hechos por distintos medios, sin respuestas claras, es mas, cada vez el servicio de TBA es peor.
Solicitamos la colaboración de todas las personas de bien que sientan que estos reclamos son validos.
Ya en el mes de enero se dio a conocer un comunicado bajo el nombre "Los cartoneros alertan" que intento dar luz sobre las condiciones en que viajamos todos los días y que después si sucede una tragedia, nadie se sienta sorprendido; lamentablemente nadie se hizo eco de nuestro reclamo, por eso hoy seguimos insistiendo y tomaremos todas las medidas que consideremos necesarias para ser oídos como nos merecemos.
Señores
TRENES BUENOS AIRES (TBA)
LOS ABAJO FIRMANTES, CARTONEROS DE LA LÍNEA TIGRE Y CAPILLA DEL SEÑOR, COMO ASÍ TAMBIÉN VECINOS SOLIDARIOS, EXIGIMOS SER RESPETADOS EN NUESTROS DERECHOS COMO USUARIOS DE LOS SERVICIOS QUE PRESTA VUESTRA EMPRESA.
ANTE LA INDIFERENCIA A NUESTROS REITERADOS RECLAMOS, Y POR QUE ESTAMOS DISPUESTOS A SEGUIR LUCHANDO POR NUESTROS DERECHOS Y NUESTRA DIGNIDAD Y PORQUE PEDIMOS LO QUE GANAMOS CON LUCHA Y NO VAMOS A DEJAR QUE NOS LO ARREBATEN ASÍ NOMÁS.
EXIGIMOS LO SIGUIENTE:
QUE REPONGAN EL SERVICIO DEL TREN CARTONEROS DE LOS DÍAS FERIADOS, PORQUE NO NOS PODEMOS DAR EL LUJO DE NO TRABAJAR NI UN SOLO DIA.
QUE TBA TENGA VAGONES DE RESERVA PARA CUANDO SE ROMPA ALGUNOS DE LOS EXISTENTES (Cosa que sucede muy seguido)
EL TREN CARTONERO DEBE SER ARREGLADO A LA BREVEDAD.
QUE NO SE USE MAS EL TREN CARTONERO PARA TRASLADAR LAS HINCHADAS DE FÚTBOL.
A QUE SE CUMPLAN LOS CRONOGRAMAS DEL TREN CARTONERO Y CONSENSUAR LOS HORARIOS
A USAR LOS BAÑOS QUE SON PÚBLICOS Y QUE, PARA NUESTRO USO, SIEMPRE ESTÁN CERRADOS CON LLAVE O EN REFACCIÓN
PARA MANTENER LAS ESTACIONES MÁS LIMPIAS REITERAMOS NUESTRO PEDIDO DE QUE SE COLOQUEN CESTOS DE RESIDUOS
A SER TRATADOS CON RESPETO POR LAS FUERZAS DE SEGURIDAD Y LA VIGILANCIA PRIVADA DE LAS ESTACIONES
CREEMOS QUE NO ES EXAGERADO LO QUE EXIGIMOS Y DECIMOS QUE DONDE HAY UNA NECESIDAD ESTA AUSENTE UN DERECHO.
cartonerosdeolivos@...
Queremos informarles que el día lunes 1° de agosto a las 15 hs. en la estación Victoria del FFCC Mitre haremos entrega de un petitorio firmado por mas de 500 personas, cartoneros, vecinos, amigos, etc. que ante tanto maltrato y falta de respuestas claras y verdaderas decidió apoyar esta serie de reclamos, que ya fueron hechos por distintos medios, sin respuestas claras, es mas, cada vez el servicio de TBA es peor.
Solicitamos la colaboración de todas las personas de bien que sientan que estos reclamos son validos.
Ya en el mes de enero se dio a conocer un comunicado bajo el nombre "Los cartoneros alertan" que intento dar luz sobre las condiciones en que viajamos todos los días y que después si sucede una tragedia, nadie se sienta sorprendido; lamentablemente nadie se hizo eco de nuestro reclamo, por eso hoy seguimos insistiendo y tomaremos todas las medidas que consideremos necesarias para ser oídos como nos merecemos.
Señores
TRENES BUENOS AIRES (TBA)
LOS ABAJO FIRMANTES, CARTONEROS DE LA LÍNEA TIGRE Y CAPILLA DEL SEÑOR, COMO ASÍ TAMBIÉN VECINOS SOLIDARIOS, EXIGIMOS SER RESPETADOS EN NUESTROS DERECHOS COMO USUARIOS DE LOS SERVICIOS QUE PRESTA VUESTRA EMPRESA.
ANTE LA INDIFERENCIA A NUESTROS REITERADOS RECLAMOS, Y POR QUE ESTAMOS DISPUESTOS A SEGUIR LUCHANDO POR NUESTROS DERECHOS Y NUESTRA DIGNIDAD Y PORQUE PEDIMOS LO QUE GANAMOS CON LUCHA Y NO VAMOS A DEJAR QUE NOS LO ARREBATEN ASÍ NOMÁS.
EXIGIMOS LO SIGUIENTE:
QUE REPONGAN EL SERVICIO DEL TREN CARTONEROS DE LOS DÍAS FERIADOS, PORQUE NO NOS PODEMOS DAR EL LUJO DE NO TRABAJAR NI UN SOLO DIA.
QUE TBA TENGA VAGONES DE RESERVA PARA CUANDO SE ROMPA ALGUNOS DE LOS EXISTENTES (Cosa que sucede muy seguido)
EL TREN CARTONERO DEBE SER ARREGLADO A LA BREVEDAD.
QUE NO SE USE MAS EL TREN CARTONERO PARA TRASLADAR LAS HINCHADAS DE FÚTBOL.
A QUE SE CUMPLAN LOS CRONOGRAMAS DEL TREN CARTONERO Y CONSENSUAR LOS HORARIOS
A USAR LOS BAÑOS QUE SON PÚBLICOS Y QUE, PARA NUESTRO USO, SIEMPRE ESTÁN CERRADOS CON LLAVE O EN REFACCIÓN
PARA MANTENER LAS ESTACIONES MÁS LIMPIAS REITERAMOS NUESTRO PEDIDO DE QUE SE COLOQUEN CESTOS DE RESIDUOS
A SER TRATADOS CON RESPETO POR LAS FUERZAS DE SEGURIDAD Y LA VIGILANCIA PRIVADA DE LAS ESTACIONES
CREEMOS QUE NO ES EXAGERADO LO QUE EXIGIMOS Y DECIMOS QUE DONDE HAY UNA NECESIDAD ESTA AUSENTE UN DERECHO.
cartonerosdeolivos@...
*
Queridas amigas, queridos amigos:
El próximo domingo 31 de Julio del 2005 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), música del compositor brasilero Jose Antonio Rezende de Almeida Prado. Las poesías que leeremos pertenecen a Juan Martín Giansanti (Uruguay) y la música de fondo será Surazo (Andes); todo ésto en nuestro programa Poesía y Música Latinoamericana, en español y alemán. ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link MP3 Live-Stream) !!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite ahora también todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur. www.euroyage.com
Schießstattstr. 44/9 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite ahora también todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur. www.euroyage.com
Schießstattstr. 44/9 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
*
Inventren: Narrativa y poesía circulando por vías dormidas de la Argentina.
Para viajar gratuitamente hay que enviar un mail en blanco a :
Edición Mensual de InventivaSocial
Solo literatura mes por mes... para suscribirse gratis enviar un mail en blanco a:
*
CONCURSO DE CUENTO "W. A. MOZART"
En 1519 accede al gobierno de la provincia de Salzburgo el arzobispo Matthäus Lang von Wellenburg (1468-1540), un despótico ministro católico cuyos excesos de poder desataron varios conflictos armados, entre ellos la guerra campesina del año 1525. En aquella ocasión, debido al hostigamiento de los rebeldes, Lang se vio forzado a refugiarse en la fortaleza militar de Sazburgo durante dos largas semanas. Los sediciosos cercaron los muros de la ciudad con el propósito de acosar de hambre a los habitantes del burgo y de esta forma lograr su rendición. La leyenda cuenta que entre tanto los salzburguenses agotaron sus vituallas y ya por último solamente les quedaba un hermoso toro de pintas marrones, muy fuerte y bien alimentado. Al comandante militar se le ocurrió entonces un desesperado truco para engañar a los alzados en armas: pasear por el ancho y alto muro de la ciudad aquel toro para mostrar a los sitiadores que los salzburguenses aún tenían que comer. En la noche los habitantes pintaron aquel toro de blanco y a la mañana siguiente lo pasearon de nuevo por el muro. En la noche lo volvieron a lavar, lo pintaron de negro y al tercer día lo pasearon una vez más delante de los asombrados ojos de los sitiadores quienes desmoralizados optaron por la retirada. El júbilo de los habitantes de Salzburgo fue enorme. Una vez alejados los sublevados, los habitantes condujeron aquel toro al río Salzach y lo lavaron con tanto jabón, que la espuma llegaba hasta Obendorf, una localidad situada a 12 kilómetros de Salzburgo, según cuenta la leyenda. Desde aquella lejana fecha, a los habitantes de Salzburgo se les conoce como Die Stierwascher (“Los lavadores del toro”) y quien tiene el privilegio de nacer aquí se siente orgulloso de ser uno de ellos.
Entre los Stierwascher de todas las épocas, el nombre de Johannes Chrysostomus Wolfgangus Gottlieb (en latín Amadeus) Mozart brilla en el concierto mundial con una incomparable luz propia. Su padre Leopold Mozart, compositor y músico de la corte del arzobispado del Salzburgo, se encargó de brindar una esmerada educación musical a sus hijos. A los tres años Wolfgang ya tocaba el cémbalo, a los cuatro el violín, a los cinco compuso sus primeras piezas, a los seis realizó su primera gira artística por Alemania, Francia, Inglaterra, Holanda y Suiza, junto con su padre, su madre y Maria Anna, su hermana, y a los nueve compuso su primera sinfonía. La fama de la famila Mozart creció desmesuradamente por toda Europa y después de esta primera gira de tres años y medio regresaron el 30 de noviembre de 1766 a Salzburgo. En 1767 la familia Mozart se traslada a Viena donde permanece hasta 1769, para regresar luego a Salzburgo, lugar donde Wolfgang es nombrado maestro de concierto ad-honorem del grupo de cámara del arzobispado. Como maestro de concierto forma su estilo instrumental, en medio de una tensa atmósfera con el arzobispado. En el mismo año emprende con su padre el primero de sus tres grandes viajes por Italia, decisivos en su formación musical y su obra artística. Paralelamente a sus actividades como concertista, compone sinfonías, divertimentos, serenatas, cuartetos para cuerdas y conciertos para piano. En 1777 viaja a París con su madre, pasando por Mannheim, donde se enamora de la cantante de 16 años Aloysia Weber. Su madre muere en París y Wolfgang regresa a Salzburgo para retomar su antiguo trabajo como maestro de concierto y organista. La mala relación con el arzobispado empeora y el 8 de junio de 1781 es despedido del cargo. Tras un corto periodo en Munich donde compone su ópera Idomeneo, se muda a Viena donde conoce a Constanze Weber, hermana de Aloysia, con quien se casa al año siguiente. En Viena Wolfgang vive como músico independiente y obtiene un rotundo éxito con su opereta El secuestro del serrallo. Conoce allí a Joseph Haydn al cual dedica seis cuartetos de cuerdas. Durante este tiempo compone sinfonías, cuartetos de cuerdas y obras para grupos de cámara. W. A. Mozart se hace famoso y recibe muchos encargos que le reportan buen dinero, sin embargo su estilo de vida suntoso y las fluctuaciones de los favores del público lo mantendrán hasta el final de sus días en permanentes apuros económicos. En 1786 fue estrenada su ópera bufa Las bodas de Fígaro, la cual no obtiene el éxito esperado. A contrario censo, en Praga se constituye en un rotundo éxito y Mozart compone Don Giovanni especialmente para aquella ciudad. En 1787 muere su padre. El público vienés le retira sus favores, lo cual agudiza su precaria situación financiera. Por encargo del emperador, compone en 1789 la ópera Cosi fan tutte. Su última ópera fue La flauta mágica, estrenada el 30 de septiembre de 1791, en Viena, con un discreto éxito. En julio de 1791 recibe el encargo de componer un Requiem, el cual no llegó a terminar. El 5 de diciembre de 1791, con apenas 35 años de edad, Wolfgang Amadeus Mozart muere en Viena de una enfermedad crónica producto de su vida errante y su incansable actividad física y mental, exahusto y lleno de problemas económicos. Debido a su pobreza, su cuerpo fue enterrado en una fosa común, razón por la cual no se conservan sus restos.
Wolfgang Amadeus Mozart legó a la humanidad una incomparable obra musical, repleta de brillo, armonía, profundidad, fuerza, alegría, sensibilidad, contraste, picardía y humor. Como músico fue tan universal como quizás ningún otro en el mundo. Sus composiciones se cuentan entre las grandes obras maestras de la música europea de todos los tiempos. Si la música de Bach nos eleva a una espiritualidad cercana a lo divino, las obras de Mozart nos devuelven lo terreno, lo humano en todo su resplandor, simetría y belleza.
Salzburgo y el mundo cultural del planeta se aprestan a celebrar los 250 años del nacimiento de Wolfgang Amadeus Mozart el 17 de enero del año próximo. En YAGE queremos unirnos a la conmemoración y rendirle, en nombre de Latinoamérica, un merecido homenaje de gratitud mediante la celebración de un Concurso de Cuento, cuyo tema central sea este querido músico universal. Con la seguridad de que hallaremos eco en la prolífica capacidad creativa de nuestros escritores, abrimos este concurso el cual se rige por la siguiente reglamentación:
BASES DEL CONCURSO:
- Para trabajos inéditos, en prosa.
- Género: cuento.
- Tema: Wolfgang Amadeus Mozart
- Idiomas: español o portugués
- Extensión máxima: 4 páginas, formato Word DIN A4, tipo de letra Time News Roman 12, a espacio sencillo.
- Fecha límite para el envío de los trabajos: 30 de SEPTIEMBRE del 2005.
Para participar, hacer un sólo envío por correo electrónico (Asunto: Concurso Mozart/pseudónimo) con dos anexos en formato Word: el primero con “pseudónimo+cuento” y el otro con “pseudónimo+datos” (nombre, correo postal y electrónico, tel. y/o fax y un breve curriculum) a: yage.austria@... o a euroyage@... o a duarteherrera@... . (Por favor hacer el envío a una sola dirección electrónica y sólo en caso de que no funcione, enviarla a una subsidiaria. La dirección yage.austria@... no admite mails provenientes de Hotmail, bol.com.br y posiblemente otras empresas).
PREMIOS:
- Se entregarán 3 premios de 500 euros cada uno.
- Mención de Honor y publicación bilingüe de los trabajos destacados.
- Los resultados se anunciarán en el No 74 del Magazin Cultural Latinoamericano XICóATL (Año 15, Enero/Marzo/2006, edición digital [ www.euroyage.com ] e impresa).
CONCURSO DE CUENTO "W. A. MOZART"
En 1519 accede al gobierno de la provincia de Salzburgo el arzobispo Matthäus Lang von Wellenburg (1468-1540), un despótico ministro católico cuyos excesos de poder desataron varios conflictos armados, entre ellos la guerra campesina del año 1525. En aquella ocasión, debido al hostigamiento de los rebeldes, Lang se vio forzado a refugiarse en la fortaleza militar de Sazburgo durante dos largas semanas. Los sediciosos cercaron los muros de la ciudad con el propósito de acosar de hambre a los habitantes del burgo y de esta forma lograr su rendición. La leyenda cuenta que entre tanto los salzburguenses agotaron sus vituallas y ya por último solamente les quedaba un hermoso toro de pintas marrones, muy fuerte y bien alimentado. Al comandante militar se le ocurrió entonces un desesperado truco para engañar a los alzados en armas: pasear por el ancho y alto muro de la ciudad aquel toro para mostrar a los sitiadores que los salzburguenses aún tenían que comer. En la noche los habitantes pintaron aquel toro de blanco y a la mañana siguiente lo pasearon de nuevo por el muro. En la noche lo volvieron a lavar, lo pintaron de negro y al tercer día lo pasearon una vez más delante de los asombrados ojos de los sitiadores quienes desmoralizados optaron por la retirada. El júbilo de los habitantes de Salzburgo fue enorme. Una vez alejados los sublevados, los habitantes condujeron aquel toro al río Salzach y lo lavaron con tanto jabón, que la espuma llegaba hasta Obendorf, una localidad situada a 12 kilómetros de Salzburgo, según cuenta la leyenda. Desde aquella lejana fecha, a los habitantes de Salzburgo se les conoce como Die Stierwascher (“Los lavadores del toro”) y quien tiene el privilegio de nacer aquí se siente orgulloso de ser uno de ellos.
Entre los Stierwascher de todas las épocas, el nombre de Johannes Chrysostomus Wolfgangus Gottlieb (en latín Amadeus) Mozart brilla en el concierto mundial con una incomparable luz propia. Su padre Leopold Mozart, compositor y músico de la corte del arzobispado del Salzburgo, se encargó de brindar una esmerada educación musical a sus hijos. A los tres años Wolfgang ya tocaba el cémbalo, a los cuatro el violín, a los cinco compuso sus primeras piezas, a los seis realizó su primera gira artística por Alemania, Francia, Inglaterra, Holanda y Suiza, junto con su padre, su madre y Maria Anna, su hermana, y a los nueve compuso su primera sinfonía. La fama de la famila Mozart creció desmesuradamente por toda Europa y después de esta primera gira de tres años y medio regresaron el 30 de noviembre de 1766 a Salzburgo. En 1767 la familia Mozart se traslada a Viena donde permanece hasta 1769, para regresar luego a Salzburgo, lugar donde Wolfgang es nombrado maestro de concierto ad-honorem del grupo de cámara del arzobispado. Como maestro de concierto forma su estilo instrumental, en medio de una tensa atmósfera con el arzobispado. En el mismo año emprende con su padre el primero de sus tres grandes viajes por Italia, decisivos en su formación musical y su obra artística. Paralelamente a sus actividades como concertista, compone sinfonías, divertimentos, serenatas, cuartetos para cuerdas y conciertos para piano. En 1777 viaja a París con su madre, pasando por Mannheim, donde se enamora de la cantante de 16 años Aloysia Weber. Su madre muere en París y Wolfgang regresa a Salzburgo para retomar su antiguo trabajo como maestro de concierto y organista. La mala relación con el arzobispado empeora y el 8 de junio de 1781 es despedido del cargo. Tras un corto periodo en Munich donde compone su ópera Idomeneo, se muda a Viena donde conoce a Constanze Weber, hermana de Aloysia, con quien se casa al año siguiente. En Viena Wolfgang vive como músico independiente y obtiene un rotundo éxito con su opereta El secuestro del serrallo. Conoce allí a Joseph Haydn al cual dedica seis cuartetos de cuerdas. Durante este tiempo compone sinfonías, cuartetos de cuerdas y obras para grupos de cámara. W. A. Mozart se hace famoso y recibe muchos encargos que le reportan buen dinero, sin embargo su estilo de vida suntoso y las fluctuaciones de los favores del público lo mantendrán hasta el final de sus días en permanentes apuros económicos. En 1786 fue estrenada su ópera bufa Las bodas de Fígaro, la cual no obtiene el éxito esperado. A contrario censo, en Praga se constituye en un rotundo éxito y Mozart compone Don Giovanni especialmente para aquella ciudad. En 1787 muere su padre. El público vienés le retira sus favores, lo cual agudiza su precaria situación financiera. Por encargo del emperador, compone en 1789 la ópera Cosi fan tutte. Su última ópera fue La flauta mágica, estrenada el 30 de septiembre de 1791, en Viena, con un discreto éxito. En julio de 1791 recibe el encargo de componer un Requiem, el cual no llegó a terminar. El 5 de diciembre de 1791, con apenas 35 años de edad, Wolfgang Amadeus Mozart muere en Viena de una enfermedad crónica producto de su vida errante y su incansable actividad física y mental, exahusto y lleno de problemas económicos. Debido a su pobreza, su cuerpo fue enterrado en una fosa común, razón por la cual no se conservan sus restos.
Wolfgang Amadeus Mozart legó a la humanidad una incomparable obra musical, repleta de brillo, armonía, profundidad, fuerza, alegría, sensibilidad, contraste, picardía y humor. Como músico fue tan universal como quizás ningún otro en el mundo. Sus composiciones se cuentan entre las grandes obras maestras de la música europea de todos los tiempos. Si la música de Bach nos eleva a una espiritualidad cercana a lo divino, las obras de Mozart nos devuelven lo terreno, lo humano en todo su resplandor, simetría y belleza.
Salzburgo y el mundo cultural del planeta se aprestan a celebrar los 250 años del nacimiento de Wolfgang Amadeus Mozart el 17 de enero del año próximo. En YAGE queremos unirnos a la conmemoración y rendirle, en nombre de Latinoamérica, un merecido homenaje de gratitud mediante la celebración de un Concurso de Cuento, cuyo tema central sea este querido músico universal. Con la seguridad de que hallaremos eco en la prolífica capacidad creativa de nuestros escritores, abrimos este concurso el cual se rige por la siguiente reglamentación:
BASES DEL CONCURSO:
- Para trabajos inéditos, en prosa.
- Género: cuento.
- Tema: Wolfgang Amadeus Mozart
- Idiomas: español o portugués
- Extensión máxima: 4 páginas, formato Word DIN A4, tipo de letra Time News Roman 12, a espacio sencillo.
- Fecha límite para el envío de los trabajos: 30 de SEPTIEMBRE del 2005.
Para participar, hacer un sólo envío por correo electrónico (Asunto: Concurso Mozart/pseudónimo) con dos anexos en formato Word: el primero con “pseudónimo+cuento” y el otro con “pseudónimo+datos” (nombre, correo postal y electrónico, tel. y/o fax y un breve curriculum) a: yage.austria@... o a euroyage@... o a duarteherrera@... . (Por favor hacer el envío a una sola dirección electrónica y sólo en caso de que no funcione, enviarla a una subsidiaria. La dirección yage.austria@... no admite mails provenientes de Hotmail, bol.com.br y posiblemente otras empresas).
PREMIOS:
- Se entregarán 3 premios de 500 euros cada uno.
- Mención de Honor y publicación bilingüe de los trabajos destacados.
- Los resultados se anunciarán en el No 74 del Magazin Cultural Latinoamericano XICóATL (Año 15, Enero/Marzo/2006, edición digital [ www.euroyage.com ] e impresa).
*EDITORIAL DEL MAGAZIN CULTURAL LATINOAMERICANO XICóATL "ESTRELLA ERRANTE" # 72 (Año 14, Julio-Septiembre/2005) ACERCA DEL CONCURSO.
Plaza virtual de escritura
Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial@...
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.
Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.
Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación no implica refrendar los dichos, datos ni juicios de valor emitidos.
La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor. Inventiva solo recopila y edita para su difusión los escritos que cada autor desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas, solo verificar que un autor con nombre Y/o seudonimo , y una dirección personal de mail nos envia un trabajo.
Si Ud. no es suscriptor y ha recibido esta única edición por gentileza lea esto:
Si desea no recibir ningún envio futuro de gentileza, por favor envie un Email con el ASUNTO/SUBJECT remover a inventivasocial@...
Aclaración importante: si ha recibido una edición RE-ENVIADA por una dirección de correo ajena al newsletter, no solicite la baja a Inventiva Social, sino a la dirección de correo de quien le ha realizado un envio no deseado. Tenga presente que este es un medio que se edita para suscriptores, por lo tanto no realizamos envios masivos ni comerciales de ningún tipo.