"Cuando estés allí lejos,
-me dijiste-
y te preguntes
¿Que hará ahora?
Estaré saltando
las piedras junto al mar,
andando caminos verdes.
y pensando en ti."
Desde aquí lejos,
veo dos niños
con ojos color manzana,
que cruzan el mar
de la ilusión,
en un espejismo
entre aguas y ramas.
Mis cabellos matan el sol. Son negros mis cabellos; negros como la boca del traidor, como la nariz de un perro en el bosque, negros son como el centro de tus ojos.
Mis cabellos son negros.
Diría que ensortijados, diría que espléndidos en su derrame móvil sobre mi espalda y mis hombros desnudos. La belleza lisa y bruñida de cada cinta de resumida oscuridad es un fustazo de dicha nunca apropiada, nunca gozada por mortal.
Ah mis cabellos. Ondulo mi cintura blanca, tiendo acuáticos brazos fantasmagóricos. Observo con fascinación mi sombra arbórea y móvil. Y aguardo.
Junto a mis hermanas aguardo, y guardo la puerta del jardín donde los hombres no tienen cobijo.
Te espero.
Con los ojos del corazón te veo, y no con los del peligro. Detrás de los párpados, detrás de los velos te añora mi frágil corazón de hembra sola.
Te llama mi anhelo. Transparentes vahos de deseo te atraen hasta la puerta que no debes cruzar, que no debo permitir que cruces.
Sé que vendrás.
Sé que por tierra y agua marchas hacia mi destino. Y que más pronto que tarde tu sombra dibujará tu belleza sobre mi tierra yerma. Aquí estarás para cumplir la promesa de la muerte y las espadas. No ruego otra baraja ni otros dados.
Sé que vendrás. Me basta.
Sé que puedo recorrer tu cuerpo duro con mis manos, que puedo atrapar el hombre con mi boca anhelante. Pero sé asimismo que la dicha está contaminada de brevedad, que la fugacidad de la carne tibia se transformará en piedra contra mis senos ansiosos. Te matará mi amor, amor. Mi fatal mirada.
Mi amor te transformará en estatua de piedra. Sólo la dicha de contenerme en tus ojos es mi anhelo, y tal dicha, lo sabemos, sería tu sentencia. Mis cabellos de serpiente se retuercen y anudan en deseo e ira.
Mi amado, debieses comprender que Medusa te ama aunque mi amor confluya con la muerte. No será para nosotros la ternura. Morir o destruir al objeto de mi amor, tal es la torpe suerte que me ha tocado.
Perseo, dejaré que me decapites y te ufanes de tu hazaña.
El susurro*
decir nada, sin mirar hacia los lados, sabiendo simplemente que era inevitable. Se comenzaba a hablar moduladamente, como en un hablar escuchando que decrecía en pocos minutos. Los ojos se habían dilatado un poco, los oídos eran como antenas tensas, el cuello tenía una rigidez particular. Pero nadie lo mencionaba o hacía referencia a él. Rápidamente se ofrecía más café, se pasaba el plato de galletas, se recordaba una película vista hacía tiempo o se hacía referencia a algún amigo del cual no se tenían noticias en los últimos días. El susurro se enroscaba con delicadeza entre los platos y las tazas, trazaba tangentes en las espirales de humo de los cigarrillos, rodeaba un brazo como una pulsera, un beso
siseante se posaba un segundo sobre un cuello. Nunca se hablaba de él, pero comenzaban a esperarlo en cuanto se sentaban en los sillones de la sala, cerca de la mesa redonda. A veces aparecía sin anunciarse, rodeando a uno de los del grupo, recostándose en él con la suavidad de un gato. Se quedaba así
un rato, entre cansado o cariñoso. Los demás se ponían rápidamente a hacer cosas diferentes, mirando hacia otro lado, hasta que la partida del susurro hacia otro lugar, permitía que el elegido fuera otra vez miembro del grupo. Ese era uno de los momentos peores. Porque cuando simplemente susurraba escondido entre los libros de la biblioteca, se sentían casi liberados.
A Juan García Ponce
Después de vagas lunas
con el pecho lleno de pájaros
me atrevo a vivir infinitamente:
puedo atravesar muros y montículos
soñar con nuevas y resistente alas
y obtener la esencia de la noche
que me trae olor de axilas femeninas.
Soy el caballero armado de esperanza
con huesos retorcidos de deseos
poseo un montón de abandonadas compañías
que acaricio sin lágrimas por las noches.
Aunque mi fuerza es triste
y tengo el otoño en mis ojos
¡No soy un buque muerto!
Pues sé cuánto valen mis sueños.
Y aunque a veces soy funesto,
tengo suficiente vocación de ejército de hormigas:
para dar un beso.
En mis pupilas aún habita el halcón de agua
que puede con sus alas ahuyentar el luto,
y en mi tórax,
la atmósfera de un demiurgo averiado.
Ahora, mi simetría es roja
pegada al armatoste que me utiliza.
Sin embargo, puedo paladear las gotas de la tarde
que resbalan por las costuras de mi Torre.
vivo de prestado:
necesito la boca y las manos de otros
para alimentar la nutria desolada
que habita en mis entrañas.
A veces mis piezas corroídas se quiebran
bajo el muérdago que envuelve mis brazos
cuando veo en el recuerdo:
tus formas de guerrera
tus labios de madera descarapelada
tus pezones rosas como gotas de rocío
y tus orgasmos azules que amo tanto.
Nada es nuevo en mí
nada es extraño en mí
ni siquiera la tarde triste.
El camino giraba en U. Justo en la mitad de la panza estaba detenido un auto blanco. El motor en silencio. Parecía abandonado. Lo vi desde lejos.
Estaba atravesado y el tránsito debía eludirlo con un poco de suerte, porque de un lado estaba la pared de la montaña y del otro el precipicio. Tres mil metros abajo, el paisaje lunar y rocoso, hacía culto del silencio. El auto era casi nuevo y los vidrios oscuros impedían ver el interior. Me fastidió el episodio, pero también la soledad del lugar y lo precario del movimiento.
Me sentí al borde de la duda, Reduje la marcha al mínimo, calculé el espacio como quien elude una cita con la verdad. El error, por leve que fuera, haría inevitable el después. Me detuve lo más próximo que pude a la pared de la montaña. Coloqué el freno de mano. Descendí. Busqué una piedra para reforzar la prevención de un deslizamiento inoportuno, como las confidencias a destinatarios violables. Desde allí el paisaje era demoledor.
El azul del cielo casi un insulto. En los picos más altos de los alrededores, la nieve había depositado su blanca carga, a plazo fijo. La piedra gris imponía el respeto de la memoria testigo.
Caminé sobre la grava rumbo al vehículo. Hice pantalla con mi mano, pero el interior parecía impenetrable. Rodeé el auto. Estaba cerrado luego de comprobar que hay gente que teme hasta el silencio.
Decidí que si lograba moverlo, ya que al parecer no había nadie, aunque más no fuera un metro, podía pasar y llegar a destino. Los misteriosos designios del Señor tienen rumbos ineluctables, cuyo tránsito no siempre es el que se elige. Me rasqué la cabeza hasta dar con una piedra que, sin ser filosofal, resolvió mi compromiso. La envolví en la campera que usé de protección antes de golpear la ventanilla del lado del conductor, que estalló como una fiesta de sonidos insolentes. La lluvia de vidrios fue polvo de estrellas rumbo al polvo.
La oscuridad del interior se interrumpió con el halo de luz que llegó desde el exterior, como el haz de una linterna. Nadie en su interior salvo, en el asiento posterior, como si fuera un pasajero importante, la informe forma cubierta de un cuadro enmarcado.
¿Cómo podría ser que justo me tocara a mí? columnista de arte en un ignoto diario de provincia, tropezar con esa carga que hasta podría ser valiosa. Siempre dije que nada hay más fácil de robar que una obra de arte y por eso no es bueno hacer público estos delitos.
Destrabé la puerta trasera sin olvidar comprobar que dentro del auto todo estaba en orden. Retiré la carga y la apoyé contra la pared de la montaña.
Registré los alrededores para ver que señales de vida encontraba, vinculadas con ese misterio atravesado en mi camino. Nada.
Antes de evaluar el contenido reparé que, en realidad, el auto parecía no haber sido abandonado intempestivamente. Pese a ello intenté imaginar razones, accioné los mecanismos que liberaban el baúl y el capot, para verificar la razón mecánica, si la hubiera, nada parecía afectado. Tampoco tenía ganas ni conocimientos para verificar que todo estuviera funcionando y en orden. Lo cierto es que lo único ausente era la vida humana y las llaves de contacto.
Finalmente, resignado y antes que la tarde progresara en su marcha, regresé al cuadro. Levanté la gruesa manta que lo cubría, sospecho que para protegerlo, y me quedé en estado de éxtasis. Luego palidecí. Ciertos tonos del autor eran casi idénticos a los que utilizara para explicar la técnica de Piet Mondrian el mismo que definiera: "para el hombre nuevo lo universal no es una idea confusa, sino una realidad viva que se manifiesta visible y audiblemente". Pese al calor incipiente, una mano helada me situó en la imagen, allí estaba su. "Molino de noche" y me quise explicar lo inexplicable. Primero si era auténtico. Para eso busqué los elementos que llevaba como el cepillo de dientes, incorporado. Hice los trabajos de peritaje, sencillos para alguien que, como yo, conoce el oficio, para volver a temblar ante la certeza. Era legítimo. Retrocedí como si alguien me hubiera empujado. ¿Qué debía hacer? además de pedir ayuda o de informar en algún lugar del camino. Pero ¿y eso incluía devolver el cuadro?.
La potencia de la oportunidad galopaba furiosa buscando legitimar la decisión. Me golpeé la cabeza contra la incertidumbre y la piedra.
Finalmente decidí que antes de partir y por el tiempo de luz que me quedaba, podía tratar de averiguar algo, en esa soledad sobrecogedora, donde hasta una idea parecía oírse en el tiempo. Descendí la montaña con cuidado luego de comprobar, por algunas pertenencias, que una mujer y un hombre tripularon el auto.
Me llevó un largo tiempo explorar y seguir tenues señales de marcas en la tierra, finalmente en un recodo del camino, debajo de una saliente de la montaña casi refugio natural, fuera de la vista y por supuesto del camino, dos figuras parecían arropadas en el piso, como atravesadas de frío y espanto.
Me acerqué, estaban inmóviles, parecían dormidos. No lo estaban, por lo menos el arma en las manos del hombre, hacía presagiar que el sueño era definitivo. La mujer desmadejada, por la posición, parecía haber sido alcanzada a destiempo y mal para ella que no se pudo poner a salvo. Pero ¿si no hubo lucha que ocurrió allí en realidad?. Los impactos trazaron un mapa en el cuerpo de ella, por lo menos a simple vista era lo que parecía.
En tanto, ¿qué había ocurrido con él?. Lo volví con cuidado para comprobar que en el lugar de la cara sólo había un hueco que debió ser sanguinolento, ahora cubierto de polvo seco arrastrado por el viento que no se detiene.
"Carne de viento", pensé y el horror había borrado hasta el asombro. Las huellas de una tercera presencia, sólo eran visibles en algunas malezas destruidas, por el peso quizás excesivo. Un brillo fruto de los últimos estertores de la luz, revelaron la presencia de las llaves del auto. Las recogí, maquinalmente, sin saber que hacer, con el aturdimiento flamante de lo irresuelto.
Volví al camino, probé suerte con las llaves. El auto arrancó, lo hice deslizar lo más próximo a la pared, para facilitar el paso. Lo detuve. Descendí.
Busqué en mi propio vehículo el paño que usaba para sacar brillo, repasar el parabrisas o secarme las manos, según fuera necesario. Repasé todas las superficies que había tocado y recién allí caí en la cuenta que estaba cubriendo mis huellas, agoté el tiempo posible antes que la lengua negra de la noche, hiciera la mueca en el cielo y proseguí el descenso.
No pensaba, como si las respuestas fueran a llegar desde fuera. De reojo y por el espejo retrovisor comprobé con satisfacción que "el molino..." desde el asiento trasero, vigilaba el camino rumbo a mi fortuna, porque ese cuadro valía una fortuna y yo conocía lo suficiente como para dar y obtener el mejor precio de las ambiciones privadas, en las colecciones privadas, casi tanto como las curiosidades privadas, que para estas situaciones dominan todos los tonos de la discreción. Me asusté de mi y la transformación, pero no retrocedí un milímetro. Por lo menos alguien decidía por mí y creo que sin excluir que al llegar al valle, el camino se bifurcaba y elegí el de la izquierda, sin conocerlo.
Ya era inevitable llevar de techo los tonos oscuros y las estrellas guiñando, en tanto el frío descendía de las cumbres, para aplastar los tiempos. Cuando la naturaleza dicta, uno copia, aprendí en el peregrinar montañoso. Me pareció que al fondo de la ruta ahora espectral con los primeros tonos de la luna, sobre una de las márgenes, la sombra de una edificación, oscurecía el futuro, no era demasiado lejos del reciente paisaje sangriento, ni siquiera de la carga valiosa que llevaba. Al aproximarme y mejorar la percepción, me estremecí y un frío extraño que no llegaba precisamente del clima, me caló por dentro. Apagué las luces, paralelas a la edificación, estacioné silenciosamente y descendí empujado por una mano invisible.
Antes de salir volví la cabeza. La manta que cubría el cuadro, se había deslizado y la tela, estaba en blanco. No tuve espacio para el asombro, alcé la vista para comprobar que la presunción era cierta y "el molino..." estaba frente a mí, tan oscuro como en el cuadro y tan hospitalario como un dedo acusador. Una lenta fatiga descendió sobre mi voluntad y caminé arrastrando los pies hasta la entrada. La puerta se abrió tan silenciosamente como la comprensión; cuando la traspuse, el animal se me vino encima.
A veces, incluso me aventuro a salir al exterior para comprobar que otros seres semejantes a mí se mueven por las calles, se apresuran, chocan entre ellos, se someten a la tiranía de relojes y semáforos, se detienen y se miran unos a otros y en ocasiones conversan.
Sí, a veces también yo finjo estar ahí, entre ellos, provocando sonrisas o muecas de irritación o atascos. Finjo vivir. Pero siempre regreso al lecho en sombras. Me acuesto, cierro los ojos y convoco secuencias que nunca termino de comprender.
Finalmente, me pregunto cuál de estas irrealidades es más ficticia. Cual de estos dos sueños es el que está encerrado dentro del otro. Si tuviese acceso a esa ansiada respuesta, tal vez podría despertar, ser.
Lo que más me atormenta es ese molesto zumbido del teléfono que no parece tener lugar y que sin embargo nunca acaba de callarse.
Un tazón para guardar ojitos*
Es feo despertarse así, ir, buscarlo, y no encontrarlo. Y la noche calurosa y húmeda de los bajos submeridionales alienta la salida de todo bicho que camina, o repta, o salta, amenaza, asusta... Igual siempre es lo mismo, estas ridículas mañas que me persiguen hasta ahora, más que miedo a la
oscuridad, una fobia absurda (para los otros) a esos seres silenciosos que nos espían, que me acechan (a mí) por la noche. Sé que aunque me resista tengo que hacer el esfuerzo y volver igual una vez al año hasta aquí a controlar las cosas de la finca, dejar mi espléndido departamento céntrico
unos días para anclar en esta casona solitaria varada en los tiempos colonos, de tambo a las cuatro de la mañana, de campos donde se podaban hasta los cardos, de gentes que se me han ido, de soledad pampa en medio de esta noche, esta cruel incomodidad de letrina afuera cruzando el patio. Y estas necesidades son así, usted vió, uno se levanta como sin pensarlo, hay que levantarse de la cama y salir, no digo siquiera despertarse, ni mirar incluso la hora, levantarse y ni meditar por caso sobre tal o cual comida,
estos ritmos inoportunos del intestino, sólo llegar al otro lado, por ahí buscar como distracción al paso algo nuevo en las estrellas, intentar levitarse en el aroma de las retamas, ni espantarse más los mosquitos, pero sobre todo no mirar nunca hacia el piso del patio, no admitir ese territorio conquistado por tantos y tantos repugnantes sapos.
Si recorro el cordón de este profundo espanto encuentro aquí mismo hace tanto a mis abuelos juntándolos uno a uno, con una pala, sacándolos de los alrededores del rancho, "para que no llamen a las víboras" era la consigna y sin entender mucho me comprendía cuidado, y yo mismo ayudaba a llevar esa
pesada arpillera varias veces por noche, con montones de batracios de frío abdomen y piel mohosa hasta un viejo tacho lechero de los grandes, apoyado contra la parecita de atrás de ese baño precario, que se iba llenando por desagradables tandas hasta el día siguiente. Recién allí y entonces devenía
como un exorcismo, cargábamos con el nono ese tacho inmundo hasta el puente sobre el arroyo, y volcábamos los bichos a la magna purificación de aquel abismo.
Vuelvo hasta el armario ruinoso del comedor pero nada, no está en sus cajones. En mi vergonzosa soledad de tipo grande y asustado tanteo estrategias, persigo talismanes, resisto los cólicos y retortijones, atrapo otros recuerdos, nada razonable. Tengo que cruzar el patio cuanto antes.
Sin dudas no fue suficiente comprender en la escuela eso de los fundamentos vitales de la naturaleza, la increíble sabiduría de los organismos vivos, las cadenas alimentarias, el rol de los batracios en el control de insectos y plagas. En un punto me maravillé a la fuerza con su ciclo reproductivo, sus fases anfibias, su sencillo sistema circulatorio monoventricular, su notable adaptación a tantos ambientes, hasta me sentí en ese punto bastante parecido a ellos. Después vinieron hasta unos infames experimentos de
desmedulación en la facultad y allí me resultaban incluso más accesibles que las propias ratas. Pero ninguna estratagema racional me salvaba entonces y tampoco ahora del patio, de la noche, del tacho destapado junto a la piecita del inodoro. Mis primos jugaban a propinarles tortura barata, agarrarlos con una tenaza por detrás del cuello, a darles de comer piedras, collillas de puchos, brasitas de carbón, y creo que esas crueldades más los curtían, enfurecían en silencio y los ponían, segura y absolutamente, más en mi contra. Un tío una vez me enseñó el versito ese de San Roque para que no me toquen, pero ya visualizar uno solo suelto, ni hablar una multitud como la de esta noche, me helaba tontamente, tan claramente la sangre. Pero yo siempre tenía mi amuleto guardado en ese cajón...
Más cosas se me van o ya se fueron en este instante, necesito bucearlas así, con el aire contenido en esta suerte de profunda y silenciosísima claridad celeste, este vastísimo hábitat de trabajo de los buscadores de perlas. Pero los pujos están ahí peor que antes. Y el tacho herrumbrado sigue apoyado desde hace años contra esa pared, supongo que vacío, su carga pestilente patrulla mis espacios, las baldosas gastadas. Todo por no encontrarlo así tan destinada y simplemente, en esta soledad nocturna del viejo comedor, del
triste caserón que se derrumba. No está más el tamborileo en su vaivén hueco de algo pequeño y liviano, vacío, en el fondo del cajón central de aquel anciano aparador. Un viejo y diminuto envase plástico verde con tapita amarilla de azafrán La Virginia. "¿Qué es eso?" le preguntaba curioso con mis cinco añitos a mi abuela... "algo para darle gustito sabroso a la comida"... decía mientras derramaba las últimas trazas de polvo amarillo en la cacerola sobre el arroz con pollo. Y después, la magia: "tomá, guardalo"
... mientras me lo ofrecía entre sus dedos, y creaba con un escalpelo invisible aquel, mi conjuro más poderoso e indestructible... "ahora es tuyo, un tazón para guardar ojitos de sapos"...
Pero en el cajón no hay nada y ya llevo como un siglo sin hacer un solo paso, sin aguantarme más las ganas, sin poder cruzar hasta la lejana orilla de la letrina, a través del patio infestado de estos bichos que palpitan el temor más primitivo en mis huesos viejos.
BASES DEL CONCURSO
- Para trabajos inéditos, en prosa.
- Género: cuento.
- Extensión máxima: 4 páginas, formato Word DIN A4, tipo de letra Time News Roman 12, a espacio sencillo.
- Tema: Wolfgang Amadeus Mozart
- Idiomas: español o portugués
- Fecha límite para el envío de los trabajos: 30 de SEPTIEMBRE del 2005.
Para participar, hacer un sólo envío por correo electrónico (Asunto: Concurso Mozart/pseudónimo) con dos anexos en formato Word: el primero con “pseudónimo+cuento” y el otro con “pseudónimo+datos” (nombre, correo postal y electrónico, tel. y/o fax y un breve curriculum) a: yage.austria@... o a euroyage@... o a duarteherrera@... (Por favor hacer el envío a una sola dirección electrónica y sólo en caso de que no funcione, enviarla a una subsidiaria. La dirección yage.austria@... no admite mails provenientes de Hotmail, bol.com.br y posiblemente otras empresas).
PREMIOS:
- Se entregarán 3 premios de 500 euros cada uno.
- Mención de Honor y publicación bilingüe de los trabajos destacados.
- Los resultados se anunciarán en el No 74 del Magazin Cultural Latinoamericano XICóATL (Año 15, Enero/Marzo/2006, edición digital [ www.euroyage.com ] e impresa).
*
EDITORIAL: número 72 de XICÓATL
4. CONCURSO LITERARIO XICóATL “ESTRELLA ERRANTE”
CONCURSO DE CUENTO „W. A. MOZART“
En 1519 accede al gobierno de la provincia de Salzburgo el arzobispo Matthäus Lang von Wellenburg (1468-1540), un despótico ministro católico cuyos excesos de poder desataron varios conflictos armados, entre ellos la guerra campesina del año 1525. En aquella ocasión, debido al hostigamiento de los rebeldes, Lang se vio forzado a refugiarse en la fortaleza militar de Sazburgo durante dos largas semanas. Los sediciosos cercaron los muros de la ciudad con el propósito de acosar de hambre a los habitantes del burgo y de esta forma lograr su rendición. La leyenda cuenta que entre tanto los salzburguenses agotaron sus vituallas y ya por último solamente les quedaba un hermoso toro de pintas marrones, muy fuerte y bien alimentado. Al comandante militar se le ocurrió entonces un desesperado truco para engañar a los alzados en armas: pasear por el ancho y alto muro de la ciudad aquel toro para mostrar a los sitiadores que los salzburguenses aún tenían que comer. En la noche los habitantes pintaron aquel toro de blanco y a la mañana siguiente lo pasearon de nuevo por el muro. En la noche lo volvieron a lavar, lo pintaron de negro y al tercer día lo pasearon una vez más delante de los asombrados ojos de los sitiadores quienes desmoralizados optaron por la retirada. El júbilo de los habitantes de Salzburgo fue enorme. Una vez alejados los sublevados, los habitantes condujeron aquel toro al río Salzach y lo lavaron con tanto jabón, que la espuma llegaba hasta Obendorf, una localidad situada a 12 kilómetros de Salzburgo, según cuenta la leyenda. Desde aquella lejana fecha, a los habitantes de Salzburgo se les conoce como Die Stierwascher (“Los lavadores del toro”) y quien tiene el privilegio de nacer aquí se siente orgulloso de ser uno de ellos.
Entre los Stierwascher de todas las épocas, el nombre de Johannes Chrysostomus Wolfgangus Gottlieb (en latín Amadeus) Mozart brilla en el concierto mundial con una incomparable luz propia. Su padre Leopold Mozart, compositor y músico de la corte del arzobispado del Salzburgo, se encargó de brindar una esmerada educación musical a sus hijos. A los tres años Wolfgang ya tocaba el cémbalo, a los cuatro el violín, a los cinco compuso sus primeras piezas, a los seis realizó su primera gira artística por Alemania, Francia, Inglaterra, Holanda y Suiza, junto con su padre, su madre y Maria Anna, su hermana, y a los nueve compuso su primera sinfonía. La fama de la famila Mozart creció desmesuradamente por toda Europa y después de esta primera gira de tres años y medio regresaron el 30 de noviembre de 1766 a Salzburgo. En 1767 la familia Mozart se traslada a Viena donde permanece hasta 1769, para regresar luego a Salzburgo, lugar donde Wolfgang es nombrado maestro de concierto ad-honorem del grupo de cámara del arzobispado. Como maestro de concierto forma su estilo instrumental, en medio de una tensa atmósfera con el arzobispado. En el mismo año emprende con su padre el primero de sus tres grandes viajes por Italia, decisivos en su formación musical y su obra artística. Paralelamente a sus actividades como concertista, compone sinfonías, divertimentos, serenatas, cuartetos para cuerdas y conciertos para piano. En 1777 viaja a París con su madre, pasando por Mannheim, donde se enamora de la cantante de 16 años Aloysia Weber. Su madre muere en París y Wolfgang regresa a Salzburgo para retomar su antiguo trabajo como maestro de concierto y organista. La mala relación con el arzobispado empeora y el 8 de junio de 1781 es despedido del cargo. Tras un corto periodo en Munich donde compone su ópera Idomeneo, se muda a Viena donde conoce a Constanze Weber, hermana de Aloysia, con quien se casa al año siguiente. En Viena Wolfgang vive como músico independiente y obtiene un rotundo éxito con su opereta El secuestro del serrallo. Conoce allí a Joseph Haydn al cual dedica seis cuartetos de cuerdas. Durante este tiempo compone sinfonías, cuartetos de cuerdas y obras para grupos de cámara. W. A. Mozart se hace famoso y recibe muchos encargos que le reportan buen dinero, sin embargo su estilo de vida suntoso y las fluctuaciones de los favores del público lo mantendrán hasta el final de sus días en permanentes apuros económicos. En 1786 fue estrenada su ópera bufa Las bodas de Fígaro, la cual no obtiene el éxito esperado. A contrario censo, en Praga se constituye en un rotundo éxito y Mozart compone Don Giovanni especialmente para aquella ciudad. En 1787 muere su padre. El público vienés le retira sus favores, lo cual agudiza su precaria situación financiera. Por encargo del emperador, compone en 1789 la ópera Cosi fan tutte. Su última ópera fue La flauta mágica, estrenada el 30 de septiembre de 1791, en Viena, con un discreto éxito. En julio de 1791 recibe el encargo de componer un Requiem, el cual no llegó a terminar. El 5 de diciembre de 1791, con apenas 35 años de edad, Wolfgang Amadeus Mozart muere en Viena de una enfermedad crónica producto de su vida errante y su incansable actividad física y mental, exahusto y lleno de problemas económicos. Debido a su pobreza, su cuerpo fue enterrado en una fosa común, razón por la cual no se conservan sus restos.
Wolfgang Amadeus Mozart legó a la humanidad una incomparable obra musical, repleta de brillo, armonía, profundidad, fuerza, alegría, sensibilidad, contraste, picardía y humor. Como músico fue tan universal como quizás ningún otro en el mundo. Sus composiciones se cuentan entre las grandes obras maestras de la música europea de todos los tiempos. Si la música de Bach nos eleva a una espiritualidad cercana a lo divino, las obras de Mozart nos devuelven lo terreno, lo humano en todo su resplandor, simetría y belleza.
Salzburgo y el mundo cultural del planeta se aprestan a celebrar los 250 años del nacimiento de Wolfgang Amadeus Mozart el 17 de enero del año próximo. En YAGE queremos unirnos a la conmemoración y rendirle, en nombre de Latinoamérica, un merecido homenaje de gratitud mediante la celebración de un Concurso de Cuento, cuyo tema central sea este querido músico universal. Con la seguridad de que hallaremos eco en la prolífica capacidad creativa de nuestros escritores, abrimos este concurso el cual se rige por la siguiente reglamentación:
BASES DEL CONCURSO
- Para trabajos inéditos, en prosa.
- Género: cuento.
- Tema: Wolfgang Amadeus Mozart
- Idiomas: español o portugués
- Extensión máxima: 4 páginas, formato Word DIN A4, tipo de letra Time News Roman 12, a espacio sencillo.
- Fecha límite para el envío de los trabajos: 30 de SEPTIEMBRE del 2005.
Para participar, hacer un sólo envío por correo electrónico (Asunto: Concurso Mozart/pseudónimo) con dos anexos en formato Word: el primero con “pseudónimo+cuento” y el otro con “pseudónimo+datos” (nombre, correo postal y electrónico, tel. y/o fax y un breve curriculum) a: yage.austria@... o a euroyage@... o a duarteherrera@... . (Por favor hacer el envío a una sola dirección electrónica y sólo en caso de que no funcione, enviarla a una subsidiaria. La dirección yage.austria@... no admite mails provenientes de Hotmail, bol.com.br y posiblemente otras empresas).
PREMIOS:
- Se entregarán 3 premios de 500 euros cada uno.
- Mención de Honor y publicación bilingüe de los trabajos destacados.
- Los resultados se anunciarán en el No 74 del Magazin Cultural Latinoamericano XICóATL (Año 15, Enero/Marzo/2006, edición digital [ www.euroyage.com ] e impresa).
PORTUGUÉS:
Concurso de Contos Wolfgang Amadeus Mozart
PARTICIPAÇÃO:
- Para trabalhos inéditos, em prosa.
- Gênero: conto.
- Tema: Wolgang Amadeus Mozart.
- Idiomas: espanhol ou português.
- Extensão máxima: 4 páginas, formato Word DIN A4, tipo de letra Time News Roman 12, espaço simples.
- Prazo para o envio dos contos: 30 de SETEMBRO de 2005.
Para participar, faça um só envio pelo correio eletrônico (assunto: Concurso Mozart/psedonimo) que contenha dois anexos em formato Word: o primeiro com “pseudonimo+conto” e o segundo com “pseudonimo+dados” (nome, endereço postal, eletrônico e número de telefone e fax bem como um breve curriculum vitae. Envie os arquivos para um dos endereços relacionados a seguir: yage.austria@... o a euroyage@... o a duarteherrera@... .(Caso não venha a funcionar um deles, então terá a possibilidade de utilizar o outro endereço eletrônico. O endereço eletrônico yage.austria@... não admite e-mails provenientes de Hotmail, bol.com.br e possivelmente outras empresas.
PRÊMIOS:
- Serão entregues três prêmios no valor de 500 euros cada.
- Menção de Honra e publicação bilíngüe dos trabalhos destacados.
- Os resultados serão publicados no # 74 do Magazin Cultural Latino-Americano XICóATL (Ano 15, janeiro/março/2006, edição digital [ www.euroyage.com ] e impressa).
*Dr. Luis Alfredo Duarte Herrera. yage.austria@...
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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"Página 1" Revista de actualidad, literatura, novedades, cultura y tantas cosas bellas de la vida. Es una publicación electrónica mensual que desde Haifa (Israel), edita el poeta santafesino José Pivín y que se difunde gratuitamente por internet, a quien lo solicite. Se aceptan colaboraciones pero no se mantendrá correspondencia con los autores que no fueron elegidos. Para subscribirse enviar un e-mail a: pivin11@... colocando en Asunto: Suscribirme a Página 1.
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