Vino la noche en el campo...*
Vino la noche en el campo, la amplia llanura
clareando luna al cielo construye silencio.
Estrellar repartido abarcan abrazos.
No es noche, es mi sueño rondando.
Canta el silencio,
canta,
porque es mi noche,
no
es noche.
Abrigo al sutil silencio
con la llanura de poncho dulce.
Mi silencio no es mi noche.
Sin tu vestido cuento,
enumero el norte, el este,
el sur y el oeste cardinal.
Sano mis párpados llenos de tambor
y danzan mis pestañas el sueño de un dios.
Vino la noche en el campo
bajo el silencio de la copa,
pulsa ánimo el corazón
y el alma vestida de reina
piensa
lloviendo estrellas bajo la noche,
bajo la noche.
*de Ricardo D. Mastrizzo. ricardomastrizzo@...
MESURA*
Ah si los peces de pronto nadasen por el aire. ¡Ah si los peces volasen dulcemente mecidos por corrientes de polen, si aleteasen los peces plateados a la luz del sol o de las estrellas! Si los peces nadaran por el aire y en vez de escamas les brotasen milagrosas plumas relucientes. Si los peces
nadasen por el aire y tuviesen plumas, y si las aletas, ah si las aletas fueran alas. Serían pájaros. Los peces aéreos emplumados y alados serían ordinarios pájaros.
Lo que al principio parece maravilloso, por acumulación de estupores se transforma en corriente y ordinario. Qué pena. Pero el cambio, la transmutación debe ser medida, escasa. Los milagros no deben derrocharse para no malgastar el asombro.
Un niño que abandona el suelo por un instante causa inmensa sorpresa.
Una legión de niños voladores fatiga, acaso fastidio.
Atrapemos el hilo de luz en la noche cerrada, no seamos ambiciosos para no cegarnos con excesivo resplandor. Sabemos que el torrente ahoga, es la cinta de agua de la fuente la que apaga la sed.
Que la codicia no nos cierre el alma. No renuncio a pedir las estrellas, pero cuando tengo la luna, no las necesito para mi felicidad.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@...
Ah si los peces de pronto nadasen por el aire. ¡Ah si los peces volasen dulcemente mecidos por corrientes de polen, si aleteasen los peces plateados a la luz del sol o de las estrellas! Si los peces nadaran por el aire y en vez de escamas les brotasen milagrosas plumas relucientes. Si los peces
nadasen por el aire y tuviesen plumas, y si las aletas, ah si las aletas fueran alas. Serían pájaros. Los peces aéreos emplumados y alados serían ordinarios pájaros.
Lo que al principio parece maravilloso, por acumulación de estupores se transforma en corriente y ordinario. Qué pena. Pero el cambio, la transmutación debe ser medida, escasa. Los milagros no deben derrocharse para no malgastar el asombro.
Un niño que abandona el suelo por un instante causa inmensa sorpresa.
Una legión de niños voladores fatiga, acaso fastidio.
Atrapemos el hilo de luz en la noche cerrada, no seamos ambiciosos para no cegarnos con excesivo resplandor. Sabemos que el torrente ahoga, es la cinta de agua de la fuente la que apaga la sed.
Que la codicia no nos cierre el alma. No renuncio a pedir las estrellas, pero cuando tengo la luna, no las necesito para mi felicidad.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@...
De sueños a la deriva...
Orillas y sustancias*
*Por Beatriz Suárez beagasua37@...
"En materia de poetas, siempre nacen los otros"
Cesar Aira
Las palabras hacen series, misteriosas agrupaciones por donde escurre la vida. Forman sustancia sin pasado ni futuro frente a las cuales se dibuja la orilla de cada quien (o donde cada quien pide: ser admitido).
Betún, sartén, brocha, canasta, mimbre, podrían presentar un modo en mi memoria; también Alpa Corral, Córdoba, Pepe, Fiat, abejas, Venado Tuerto o padre y rosales.
Camino un diccionario enciclopédico propio, aparecen baúles portuarios con dolores en fila india provocando página.
Mas adelante Facultad, Rosario, colectivo, y antes novio, amor, abrazo, novela o amistad. Series alucinógenas de dichos sin excluir lo innombrado, ni el poema, ni la emoción frente al número quince.
En el preciso límite de la letra, series que me detienen ante los espirales del verano, leche que hierve, plato, salsa, botón de malaquita, humildad volatilizada, frases que además son el cordón de la familia.
Algunas palabras me miran.
Fijas. Con solemnidad de granadero, me observa el adjetivo profesional y, en su naturaleza que se fuga, sale el discurso impronunciable de lo que significa.
Otras orillas explican la imperceptible separación que existe entre un minuto y otro, son vibraciones ebrias del lenguaje que pretenden asir el perfume insoportable de la realidad.
Orillas y sustancias, la carretera principal en el esplendor esperado de lo escrito, esta contratapa donde parece que fuera a revelarse la última verdad del Paraná.
Una chica pregunta "nosotros, ¿qué somos?" y el señor le responde "amantes", ella vive en la playa, él por suerte en el corpus específico de la respuesta.
Sustancias como clavijas afinando el mundo, identidades de lenguas que viajan al borde del abismo, cornisa interrogante que es a su vez rama agotadora o en una de esas el infinito que suspira y no vemos entre tanta indignidad y horro, tapas de diario.
Margen de planeta donde progresa un sauce. Especificidades que pretenden volverse principales, toda la poesía en migas de mantel haciendo de rivera.
El decir de la calle saca vida, seca a los hombres y mujeres, de una humedad que nos adeuda una lejana naturaleza.
Orilla, linde de la metáfora con su dueño, pasa un oyente abrumado porque mucho no entiende, se dictan ordenanzas como sustancias químicas.
Series de términos encaminados a decir alguna cosas, papado del sustantivo, un verbo de rebote.
Léxico enredado en diatribas rosarinas leídas en El Cairo, orilla universal de cada uno, sustancia que nos mantiene erguidos.
Destrozo la semana con el hacha del viernes. Acumulo voz. Es decir canciones.
El diario finaliza con todas sus secciones, colocan mails, se dibuja algo parecido a mi nombre.
Un borde religioso en el fútbol, la obligación en los avisos, el chiste pendenciero, etcétera.
Palabras que arman guardianes para no pulverizarnos o transformarnos como indicó Lavoisiere antes de ser ahorcado por sus dichos.
Parecer de columnistas que intentan disolver locura en pocillitos de café.
Esencia versus barranca, ser o no ser. Tener que sufragar entre las dos propuestas, eso parece.
Mientras algunos vocablos se burlan de nosotros como payasos actuales o en desuso.
Que mas da.
"En materia de poetas, siempre nacen los otros"
Cesar Aira
Las palabras hacen series, misteriosas agrupaciones por donde escurre la vida. Forman sustancia sin pasado ni futuro frente a las cuales se dibuja la orilla de cada quien (o donde cada quien pide: ser admitido).
Betún, sartén, brocha, canasta, mimbre, podrían presentar un modo en mi memoria; también Alpa Corral, Córdoba, Pepe, Fiat, abejas, Venado Tuerto o padre y rosales.
Camino un diccionario enciclopédico propio, aparecen baúles portuarios con dolores en fila india provocando página.
Mas adelante Facultad, Rosario, colectivo, y antes novio, amor, abrazo, novela o amistad. Series alucinógenas de dichos sin excluir lo innombrado, ni el poema, ni la emoción frente al número quince.
En el preciso límite de la letra, series que me detienen ante los espirales del verano, leche que hierve, plato, salsa, botón de malaquita, humildad volatilizada, frases que además son el cordón de la familia.
Algunas palabras me miran.
Fijas. Con solemnidad de granadero, me observa el adjetivo profesional y, en su naturaleza que se fuga, sale el discurso impronunciable de lo que significa.
Otras orillas explican la imperceptible separación que existe entre un minuto y otro, son vibraciones ebrias del lenguaje que pretenden asir el perfume insoportable de la realidad.
Orillas y sustancias, la carretera principal en el esplendor esperado de lo escrito, esta contratapa donde parece que fuera a revelarse la última verdad del Paraná.
Una chica pregunta "nosotros, ¿qué somos?" y el señor le responde "amantes", ella vive en la playa, él por suerte en el corpus específico de la respuesta.
Sustancias como clavijas afinando el mundo, identidades de lenguas que viajan al borde del abismo, cornisa interrogante que es a su vez rama agotadora o en una de esas el infinito que suspira y no vemos entre tanta indignidad y horro, tapas de diario.
Margen de planeta donde progresa un sauce. Especificidades que pretenden volverse principales, toda la poesía en migas de mantel haciendo de rivera.
El decir de la calle saca vida, seca a los hombres y mujeres, de una humedad que nos adeuda una lejana naturaleza.
Orilla, linde de la metáfora con su dueño, pasa un oyente abrumado porque mucho no entiende, se dictan ordenanzas como sustancias químicas.
Series de términos encaminados a decir alguna cosas, papado del sustantivo, un verbo de rebote.
Léxico enredado en diatribas rosarinas leídas en El Cairo, orilla universal de cada uno, sustancia que nos mantiene erguidos.
Destrozo la semana con el hacha del viernes. Acumulo voz. Es decir canciones.
El diario finaliza con todas sus secciones, colocan mails, se dibuja algo parecido a mi nombre.
Un borde religioso en el fútbol, la obligación en los avisos, el chiste pendenciero, etcétera.
Palabras que arman guardianes para no pulverizarnos o transformarnos como indicó Lavoisiere antes de ser ahorcado por sus dichos.
Parecer de columnistas que intentan disolver locura en pocillitos de café.
Esencia versus barranca, ser o no ser. Tener que sufragar entre las dos propuestas, eso parece.
Mientras algunos vocablos se burlan de nosotros como payasos actuales o en desuso.
Que mas da.
*Fuente: Rosario-12 http://www.rosario-12.com.ar
Esas fotos*
*Por Sandra Russo
*Por Sandra Russo
Las comisuras de las bocas insinúan en esa foto la mueca de la tragedia. Son mínimas curvas inversas a la sonrisa de la Gioconda. Arcos leves, dados vuelta. Esas dos bocas están cerradas. Labios finos y pegados el uno con el otro para decir algo: es el mensaje del silencio. Y las miradas. La de Leónie está fijada en el vacío, dopada de dolor, sostenida sin embargo por un mentón altivo que delata una dimensión de dignidad que aquellos que la vieron, en ese instante que quedó capturado en la fotografía, no deben haber advertido. Esa dignidad no estaba dirigida a ellos, de todos modos. Ese tipo de dignidad extrema no está dirigida a nadie. Es un don inevitable y un precio interior altísimo que no cotiza entre asesinos. La mirada de Alice, en cambio, elige una ligera inclinación y se instala en el mismo punto ciego arriba del foco de la cámara. Evidentemente, les han dicho que hacia allí tenían que mirar. Un ejemplar de La Nación para dejar constancia de la fecha y atrás la bandera de Montoneros completan la puesta en escena montada en la ESMA, cuando la nacionalidad francesa de las monjas ya era un problema inesperado para la Armada y los marinos quisieron desviar sospechas.
Iba a escribir sobre la magnífica frase del antropólogo forense Luis de Fondebrider, que entrevistado esta semana en este diario por Victoria Ginzberg dijo: “Darle nombre a un cuerpo es como recuperar su vida”. Pensé en eso porque, cuando leí esa frase, me quedó retumbando en la cabeza y, a pesar de que Fondebrider se estaba refiriendo específicamente al trabajo de los antropólogos forenses, que desde 1984 se dedican con una constancia y pericia notables a desbaratar la trampa de los NN en la que los militares de la dictadura convirtieron a miles de personas (“Un desaparecido no está, no es, no tiene entidad”, dijo Videla), esa frase me pareció iluminadora. Porque puede aplicarse a cuerpos muertos, pero también a cuerpos vivos. La lucha por la identidad es, simbólicamente, la gran lucha argentina. A la pregunta por el “¿Quiénes somos?” general que arrastramos desde hace dos siglos, les prestaron sus cuerpos los NN de la dictadura, pero no sólo ellos. Las Abuelas, recuperando identidades de actuales veinteañeros, también recuperan vidas devolviendo nombres. Lo primero que hace una pareja cuando desea y logra un embarazo es pensar en un nombre: nombrando a ese nuevo ser se lo hace persona. Devolverle su verdadero nombre a alguien es devolverle su verdad. Una identidad construida sobre la mentira desemboca inevitablemente en un fallido, y hay vidas que son eso, actos fallidos.
Pero a propósito de actos fallidos, me puse a observar la fotografía que los marinos armaron en la ESMA para correr las sospechas del secuestro de Leónie Duquet y Alice Domon hacia los Montoneros y, describiéndola, no podía evitar captar una reminiscencia que no lograba descifrar. Hasta que me fijé en los ojos de esas mujeres serias, condenadas a posar para esa foto, a conciencia, seguramente, de que esa pose las alejaría todavía más de su liberación, que empantanaría sus destinos. Y entonces me di cuenta de que esas miradas fijas en el vacío me recordaban a las fotos policiales de los documentos de identidad. Precisamente, de identidad. Que era lo que esas mujeres estaban reteniendo y lo que les iba a ser arrebatado por la fuerza. Lo que veintiocho años después los antropólogos forenses les devolverían. Es tan impresionante y azaroso el recorrido del cuerpo de Leónie Duquet, es tan increíble ese camino que la llevó de la ESMA a un avión, del avión al mar, del mar a la playa, de la playa al cementerio de General Lavalle, del cementerio a la verdad, que semejante historia no puede procesarse sin escalofríos. Uno se tienta con la palabra milagro.
Esas miradas de documento de identidad indicadas por los secuestradores que quisieron fraguar una foto insurrecta fueron también un acto fallido. Recordé las últimas fotografías parecidas a ésa, las de los rehenes capturados por fuerzas irregulares iraquíes, los periodistas o ciudadanos de países invasores que, mirando a cámara con sus verdugos atrás, parecen suplicarle al foco que se deje traspasar y que su desesperación conmueva a sus gobiernos. De la Argentina, la única fotografía similar que recordaba haber visto era aquella de Jorge Born, con los retratos de Perón y Evita como fondo y una bandera de Montoneros atrás. Esa fue seguramente la foto inspiradora de la de la ESMA. ¿Jorge Born miraba el vacío o miraba a cámara?, me pregunté. Busqué esa foto y, efectivamente, Born, cansado, despeinado, ojeroso, miraba a cámara. Las miradas perdidas de Leónie y de Alice son el indicio del fraude, del simulacro. Con la pose y la perspectiva que el Estado elige para darles a sus ciudadanos su identidad –el medio perfil, la mirada corrida hacia el costado–, el Estado terrorista argentino de los ’70 cometió un lapsus.
Leónie Duquet es, de todos modos, no sólo una víctima a la que veintiocho años después de su asesinato se le devuelve la dignidad de su nombre. En esa foto que comparte con su compañera Alice Domon, sus bocas cerradas en la mueca de la tragedia dicen, tal vez, que en una sociedad solamente se pueden cometer actos tan aberrantes si muchos, si miles, si millones miran para otro lado.
*Fuente: diario Página/12.
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-55985-2005-09-03.html
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-55985-2005-09-03.html
Se acabaron las vacaciones*
*Por Michael Moore
Viernes 2 de septiembre.
*Por Michael Moore
Viernes 2 de septiembre.
Querido Sr. Bush:
¿Dónde están los helicópteros? Hace cinco días que llegó el huracán Katrina y todavía hay miles atrapados en Nueva Orleans, esperando ser rescatados. ¿Dónde habrán puesto los helicópteros militares? ¿Lo ayudo a encontrarlos? Una vez perdí mi auto en el estacionamiento de un shopping. ¡Lo que fue encontrarlo!
Ya que estamos, ¿tiene idea de por dónde andan los soldados de la Guardia Nacional? Ahora sí que serían útiles haciendo el tipo de cosas para las que se enrolaron, como ayudar en caso de desastre. ¿Cómo puede ser que no estuvieran?
Este jueves yo estaba en Florida sentado al aire libre cuando el ojo del huracán me pasó por encima. En ese momento era apenas un Categoría 1, pero igual bastante feo. Hubo once muertos y todavía hay casas que siguen sin electricidad. Esa noche el meteorólogo dijo que la tormenta iba en camino a Nueva Orleans. ¡El jueves! ¿Nadie le avisó? Ya sé que usted no quería cortar sus vacaciones y ya sé que no le gusta que le den malas noticias. Además, había que ir a las reuniones de recaudación de fondos electorales y había madres de soldados muertos que ignorar y calumniar.
Lo que más me gustó fue cómo, al día siguiente del huracán, en vez de volar a Louisiana, se fue a San Diego a una fiesta con sus amigos empresarios. No deje que nadie lo critique por eso, después de todo el huracán ya había terminado y usted qué iba a hacer, ¿parar el agua con la mano?
Tampoco les preste atención a los que en los próximos días revelen que usted le redujo al Cuerpo de Ingenieros el presupuesto específicamente dedicado a Nueva Orleans por tercer año consecutivo. Simplemente conteste que aun si usted no hubiera recortado los fondos para mantener los diques, el Cuerpo de Ingenieros no iba a mantenerlos porque estaba ocupado en una misión más importante, la construcción de la democracia en Irak.
Al tercer día, cuando finalmente dejó su casa de veraneo, usted hizo algo conmovedor al ordenar al piloto del avión presidencial que volara por debajo de las nubes a echarle una mirada al desastre. Yo sé que no daba para que parara en la ciudad, se consiguiera un altoparlante, se parara en una pila de escombros y actuara como el comandante en jefe. Son cosas que pasan.
Va a haber quien quiera politizar esta tragedia para usarla en su contra. Que su gente siga denunciándolos. No les conteste. Ni a esos científicos fastidiosos que predijeron que esto iba a pasar porque las aguas del Golfo de México cada vez se calientan más, haciendo que este tipo de tormenta sea inevitable. Ni la hora a sus jeremíadas de recalentamiento global. No hay nada de nuevo en un huracán tan ancho como un tornado de Fuerza 4 que fuera de Nueva York a Cleveland.
No, señor Bush, usted mantenga el camino. No es su culpa que el 30 por ciento de Nueva Orleans sea pobre o que decenas de miles no tengan en qué salir de la ciudad. ¡Son negros! Quiero decir, no es como si fuera Kennebunkport. ¿Se imagina dejar a blancos cinco días subidos a un techo? No me haga reír. La raza no tiene nada, nada que ver en esto.
Siga firme, Sr. Bush. Nada más encuentre algún helicóptero militar y mándelo. Haga como que Nueva Orleans y el Golfo están cerca de Tikrit.
Atentamente,
Michael Moore.
PD: Esa madre tan molesta, Cindy Sheehan, ya no está en su rancho. Junto a otros parientes de muertos en Irak está recorriendo el país, hablando envarias ciudades. Tal vez pueda verla cuando llegue a Washington el 21 de septiembre.
¿Dónde están los helicópteros? Hace cinco días que llegó el huracán Katrina y todavía hay miles atrapados en Nueva Orleans, esperando ser rescatados. ¿Dónde habrán puesto los helicópteros militares? ¿Lo ayudo a encontrarlos? Una vez perdí mi auto en el estacionamiento de un shopping. ¡Lo que fue encontrarlo!
Ya que estamos, ¿tiene idea de por dónde andan los soldados de la Guardia Nacional? Ahora sí que serían útiles haciendo el tipo de cosas para las que se enrolaron, como ayudar en caso de desastre. ¿Cómo puede ser que no estuvieran?
Este jueves yo estaba en Florida sentado al aire libre cuando el ojo del huracán me pasó por encima. En ese momento era apenas un Categoría 1, pero igual bastante feo. Hubo once muertos y todavía hay casas que siguen sin electricidad. Esa noche el meteorólogo dijo que la tormenta iba en camino a Nueva Orleans. ¡El jueves! ¿Nadie le avisó? Ya sé que usted no quería cortar sus vacaciones y ya sé que no le gusta que le den malas noticias. Además, había que ir a las reuniones de recaudación de fondos electorales y había madres de soldados muertos que ignorar y calumniar.
Lo que más me gustó fue cómo, al día siguiente del huracán, en vez de volar a Louisiana, se fue a San Diego a una fiesta con sus amigos empresarios. No deje que nadie lo critique por eso, después de todo el huracán ya había terminado y usted qué iba a hacer, ¿parar el agua con la mano?
Tampoco les preste atención a los que en los próximos días revelen que usted le redujo al Cuerpo de Ingenieros el presupuesto específicamente dedicado a Nueva Orleans por tercer año consecutivo. Simplemente conteste que aun si usted no hubiera recortado los fondos para mantener los diques, el Cuerpo de Ingenieros no iba a mantenerlos porque estaba ocupado en una misión más importante, la construcción de la democracia en Irak.
Al tercer día, cuando finalmente dejó su casa de veraneo, usted hizo algo conmovedor al ordenar al piloto del avión presidencial que volara por debajo de las nubes a echarle una mirada al desastre. Yo sé que no daba para que parara en la ciudad, se consiguiera un altoparlante, se parara en una pila de escombros y actuara como el comandante en jefe. Son cosas que pasan.
Va a haber quien quiera politizar esta tragedia para usarla en su contra. Que su gente siga denunciándolos. No les conteste. Ni a esos científicos fastidiosos que predijeron que esto iba a pasar porque las aguas del Golfo de México cada vez se calientan más, haciendo que este tipo de tormenta sea inevitable. Ni la hora a sus jeremíadas de recalentamiento global. No hay nada de nuevo en un huracán tan ancho como un tornado de Fuerza 4 que fuera de Nueva York a Cleveland.
No, señor Bush, usted mantenga el camino. No es su culpa que el 30 por ciento de Nueva Orleans sea pobre o que decenas de miles no tengan en qué salir de la ciudad. ¡Son negros! Quiero decir, no es como si fuera Kennebunkport. ¿Se imagina dejar a blancos cinco días subidos a un techo? No me haga reír. La raza no tiene nada, nada que ver en esto.
Siga firme, Sr. Bush. Nada más encuentre algún helicóptero militar y mándelo. Haga como que Nueva Orleans y el Golfo están cerca de Tikrit.
Atentamente,
Michael Moore.
PD: Esa madre tan molesta, Cindy Sheehan, ya no está en su rancho. Junto a otros parientes de muertos en Irak está recorriendo el país, hablando envarias ciudades. Tal vez pueda verla cuando llegue a Washington el 21 de septiembre.
*Fuente: diario Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/subnotas/55997-18629-2005-09-03.html
http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/subnotas/55997-18629-2005-09-03.html
Sueños y utopías a la deriva*
*por Angeles Charlyne
- Especial para La Unión Digital -
El cielo de Lima es gris. No admite otro tono. Parece tener vedado el azul y el índigo.
El negro Hugo se sentía una mancha más junto a la pacífica orilla del Pacífico. Con el apuro de la nada, que suele producir la ausencia de trabajo, una normal anormalidad que ocupa y desocupa a gran parte de los habitantes del universo.
Hugo balanceaba su último día a la sombra del Inca, pensando, despedirse de la papa a la huancaina -plato típico- que iría a saborear más tarde.
Mañana, se dijo, me voy a Buenos Aires, donde lo que mata es la humedad.
La sombra que le devolvía el deslizamiento del agua, pendulando conforme el vaivén de la marea, no supo contestarle. Si, multiplicarse como un juego de espejos, que se marchaban aparentemente disgustados con la decisión.
Repasó razones las que se propuso aceptar para sí. Dejar la familia, el lugar, el arraigo, la historia y la memoria. Una larga secuencia de sueños y utopías que dejaba a la deriva de su vida.
Sospechaba que era difícil el regreso y el paisaje nunca sería el mismo. Quiso guardar en sus retinas lo que ninguna fotografía podría preservarle, esa combinación de olores, sonidos, murmullos, sabores tan agridulces, como los de cualquier otro sitio y a los que otros pasajeros de la vida, como él, se aferraban igual de intensos. "La memoria genética" se dijo, sin legitimar la procedencia del disparate.
Volvería al caer la tarde para ordenar sus libros, casi excluyente preocupación; viajar en barco en tiempos de banda ancha, equivale a una ancha banda que dejará orillas, para mudar al occidente de fantasías, casi improbables, pero él sólo supo poner a salvo su mundo interior, invisible a los ojos, otorgando todas las ventajas imaginables y las otras.
El resto, aquello que la mayoría prioriza, para él eran sembrados ausentes de otras letanías.
Se sabía un sembrador de tierras largas, sin contar desde donde se llegara, ausente desde esta partida desabrida, porque las naves que portaban sueños y utopías naufragaron pronto, abandonando su alma.
Acodado a la baranda del barco y en tanto se mecía la nave, se tomó su tiempo para descifrar la ciudad brumosa como toda bestia infame, que hiede a la madrugada, mientras en su seno los excrementos de la civilización, legitiman sacrificios, sacralizando la masacre de valores, la decisión de cercenar el futuro de los niños que nacen al desamparo de la oportunidad.
Buenos Aires, en eso, no difería de otras megalópolis, aunque Hugo no conociera más que estas dos pobres muestras de una civilización que, al sur de América, lo único que consumaron fue la obsecuencia de sus clases, interesadas en la pequeña aventura individual, con ausencia registrada del honor nacional, imprescindible para concebir otro futuro, pero él lo sabía y no podía sentirse sorprendido, ni justificado al protestar contra la decadente mediocridad aceptada como destino.
Vagamente registraba una dirección capaz de darle espacio a su oportunidad. Nunca se mintió respecto a la consecuencia de esa experiencia.
-Ser un pájaro pintado te convierte en blanco de la bandada y es posible te sacrifiquen, sobre todo por ignorancia-, le dijo Yaco el herrero, pariente de otro Yaco hijo de la imaginación de Cortéz, uno que quemó las naves detrás de la guitarra.
El enésimo cigarrillo exhalado en cubierta, antes del desembarco, pareció conformar la cuota de tolerancia posible para sus pulmones. Regresó para sumarse a la manada del aguardo, presta a desembarcar. Hay protocolos inexorables si se quiere seguir adelante.
El, en el fondo, no estaba tan seguro, pero la inercia producto de la decisión inicial gravitó en el paso al frente, cuando lo llamaron para regularizar la documentación que, más tarde aprendería, en ese/este país, sólo sirvió y sirve para enmascarar.
Su inocencia, superlativa, nunca le permitió advertir que la tierra de la superchería estaba a su frente y que, desde ese momento, nada sería como parecía, sino como alguien decidiría que fueran.
Hugo demoró las veredas empinadas del bajo de la ciudad, parecía querer dejar la huella. Algún misterioso arraigo se construía entre pasado y futuro ya que ese rincón sería un asiduo territorio donde las sobremesas se prolongarían como vísperas de preludios más calientes y próximos a la piel. Supo, mucho más tarde, que la vida es un pañuelo y no una frase de compromiso.
Morosamente buscó la dirección anotada. Se registró para comprobar que las pensiones nunca definen bien el significado de su nombre, porque en realidad no pensionan a nadie, por el contrario uno termina siendo absorbido por la morosidad de la postergación. Por lo menos cama caliente, y algo de comida posible le dejarían espacio, para reconstruir los deseos que hasta allí lo habían traído. Nunca estuvo tan equivocado pero no lo sabía, como el perro que da vueltas antes de acostarse, reconociendo siempre el mismo lugar.
Al día siguiente marchó a buscar el trabajo que la dirección prometía. Y se renovó la propuesta interior.
La radio que lo albergaría por años, sonaba tan limpia como imaginó. La gente no era y en eso construía el error, decía lo que le decían que debía decir, él no entendía por qué debía hacerlo y luchó para colar alguna idea, fragmentar la anécdota sorpresiva y sorprendente, armas que le sirvieron para persistir, pero pagando con jirones de anhelos propios, que iban quedando a lo largo de los silencios y "las pausas comerciales", que en realidad eran y fueron algo más que pausas a lo largo de la vida.
Quiso no resignar del todo, su todo. Se dijo que en algún momento la vida lo confrontaría.
Una tarde en que vio llover y sin gente correr, comprendió que le faltaba alguien, tocaron a la puerta de la pensión, la misma casi su casa ahora, abrió para encontrarse sin haber mediado ninguna noticia, con Alvaro, su hijo mayor una sombra entre las sombras.
Un precio de los pagados entre sueños y utopías agotados por el se debe y no se puede.
La mirada limpia y limeña de Alvaro pareció inventariar que quedaba de aquel padre, a quien decidió reencontrar para que no se le perdiera del todo la imagen.
Lo que vieron los ojos de Alvaro, tiñeron de sepia su mirada que nunca dejó la dulzura, eso por lo menos para Hugo, fue un motivo capaz de prometerle y prometerse una penúltima oportunidad, como el whisky de la historia que había quedado sin beber.
*Angeles Charlyne. angelescharlyne@...
http://www.launion.com.ar/250901/250901col00charlyne.htm
- Especial para La Unión Digital -
El cielo de Lima es gris. No admite otro tono. Parece tener vedado el azul y el índigo.
El negro Hugo se sentía una mancha más junto a la pacífica orilla del Pacífico. Con el apuro de la nada, que suele producir la ausencia de trabajo, una normal anormalidad que ocupa y desocupa a gran parte de los habitantes del universo.
Hugo balanceaba su último día a la sombra del Inca, pensando, despedirse de la papa a la huancaina -plato típico- que iría a saborear más tarde.
Mañana, se dijo, me voy a Buenos Aires, donde lo que mata es la humedad.
La sombra que le devolvía el deslizamiento del agua, pendulando conforme el vaivén de la marea, no supo contestarle. Si, multiplicarse como un juego de espejos, que se marchaban aparentemente disgustados con la decisión.
Repasó razones las que se propuso aceptar para sí. Dejar la familia, el lugar, el arraigo, la historia y la memoria. Una larga secuencia de sueños y utopías que dejaba a la deriva de su vida.
Sospechaba que era difícil el regreso y el paisaje nunca sería el mismo. Quiso guardar en sus retinas lo que ninguna fotografía podría preservarle, esa combinación de olores, sonidos, murmullos, sabores tan agridulces, como los de cualquier otro sitio y a los que otros pasajeros de la vida, como él, se aferraban igual de intensos. "La memoria genética" se dijo, sin legitimar la procedencia del disparate.
Volvería al caer la tarde para ordenar sus libros, casi excluyente preocupación; viajar en barco en tiempos de banda ancha, equivale a una ancha banda que dejará orillas, para mudar al occidente de fantasías, casi improbables, pero él sólo supo poner a salvo su mundo interior, invisible a los ojos, otorgando todas las ventajas imaginables y las otras.
El resto, aquello que la mayoría prioriza, para él eran sembrados ausentes de otras letanías.
Se sabía un sembrador de tierras largas, sin contar desde donde se llegara, ausente desde esta partida desabrida, porque las naves que portaban sueños y utopías naufragaron pronto, abandonando su alma.
Acodado a la baranda del barco y en tanto se mecía la nave, se tomó su tiempo para descifrar la ciudad brumosa como toda bestia infame, que hiede a la madrugada, mientras en su seno los excrementos de la civilización, legitiman sacrificios, sacralizando la masacre de valores, la decisión de cercenar el futuro de los niños que nacen al desamparo de la oportunidad.
Buenos Aires, en eso, no difería de otras megalópolis, aunque Hugo no conociera más que estas dos pobres muestras de una civilización que, al sur de América, lo único que consumaron fue la obsecuencia de sus clases, interesadas en la pequeña aventura individual, con ausencia registrada del honor nacional, imprescindible para concebir otro futuro, pero él lo sabía y no podía sentirse sorprendido, ni justificado al protestar contra la decadente mediocridad aceptada como destino.
Vagamente registraba una dirección capaz de darle espacio a su oportunidad. Nunca se mintió respecto a la consecuencia de esa experiencia.
-Ser un pájaro pintado te convierte en blanco de la bandada y es posible te sacrifiquen, sobre todo por ignorancia-, le dijo Yaco el herrero, pariente de otro Yaco hijo de la imaginación de Cortéz, uno que quemó las naves detrás de la guitarra.
El enésimo cigarrillo exhalado en cubierta, antes del desembarco, pareció conformar la cuota de tolerancia posible para sus pulmones. Regresó para sumarse a la manada del aguardo, presta a desembarcar. Hay protocolos inexorables si se quiere seguir adelante.
El, en el fondo, no estaba tan seguro, pero la inercia producto de la decisión inicial gravitó en el paso al frente, cuando lo llamaron para regularizar la documentación que, más tarde aprendería, en ese/este país, sólo sirvió y sirve para enmascarar.
Su inocencia, superlativa, nunca le permitió advertir que la tierra de la superchería estaba a su frente y que, desde ese momento, nada sería como parecía, sino como alguien decidiría que fueran.
Hugo demoró las veredas empinadas del bajo de la ciudad, parecía querer dejar la huella. Algún misterioso arraigo se construía entre pasado y futuro ya que ese rincón sería un asiduo territorio donde las sobremesas se prolongarían como vísperas de preludios más calientes y próximos a la piel. Supo, mucho más tarde, que la vida es un pañuelo y no una frase de compromiso.
Morosamente buscó la dirección anotada. Se registró para comprobar que las pensiones nunca definen bien el significado de su nombre, porque en realidad no pensionan a nadie, por el contrario uno termina siendo absorbido por la morosidad de la postergación. Por lo menos cama caliente, y algo de comida posible le dejarían espacio, para reconstruir los deseos que hasta allí lo habían traído. Nunca estuvo tan equivocado pero no lo sabía, como el perro que da vueltas antes de acostarse, reconociendo siempre el mismo lugar.
Al día siguiente marchó a buscar el trabajo que la dirección prometía. Y se renovó la propuesta interior.
La radio que lo albergaría por años, sonaba tan limpia como imaginó. La gente no era y en eso construía el error, decía lo que le decían que debía decir, él no entendía por qué debía hacerlo y luchó para colar alguna idea, fragmentar la anécdota sorpresiva y sorprendente, armas que le sirvieron para persistir, pero pagando con jirones de anhelos propios, que iban quedando a lo largo de los silencios y "las pausas comerciales", que en realidad eran y fueron algo más que pausas a lo largo de la vida.
Quiso no resignar del todo, su todo. Se dijo que en algún momento la vida lo confrontaría.
Una tarde en que vio llover y sin gente correr, comprendió que le faltaba alguien, tocaron a la puerta de la pensión, la misma casi su casa ahora, abrió para encontrarse sin haber mediado ninguna noticia, con Alvaro, su hijo mayor una sombra entre las sombras.
Un precio de los pagados entre sueños y utopías agotados por el se debe y no se puede.
La mirada limpia y limeña de Alvaro pareció inventariar que quedaba de aquel padre, a quien decidió reencontrar para que no se le perdiera del todo la imagen.
Lo que vieron los ojos de Alvaro, tiñeron de sepia su mirada que nunca dejó la dulzura, eso por lo menos para Hugo, fue un motivo capaz de prometerle y prometerse una penúltima oportunidad, como el whisky de la historia que había quedado sin beber.
*Angeles Charlyne. angelescharlyne@...
http://www.launion.com.ar/250901/250901col00charlyne.htm
Correo:
Asunto:las aguas bajan turbias *
es largo sí, pero es así: tomálo o dejálo
es claramente ver con los propios ojos de uno de qué se trata el capitalismo en el país capitalista por excelencia en la casa natal de bush reagan las corporaciones de guerra la concha de su madre
cuerpos despedazados por bombas y sofisticada basura hecha armas en todos los lugares del planeta que se te ocurran en todos los tiempos que recuerdes y leas de casi 100 años para acá agarran los señores, y se meten toda la tecnología en el ojete la usan para otras cosas más importantes como matar Gentes de otros países por si a éstos no les llegaran a llegar huracanes suficientes
y no para prevenir lo prevenido
y el imbécil que nosotros nos creemos que gobierna marioneta de marionetas de marionetas
en esa mamushka de poderosos que ni gobierna ni construye ni reparte ni previene
ni actúa siquiera ante una catástrofe natural decía, este pelotudo hijo de puta al que se le ven los hilos que le cuelgan de brazos y piernas
mientras se atraganta con una galletita o no les recomienda a su Gente (a la que más lo votó en las últimas elecciones) les recomienda que "huyan y recen" (SIC)
a la vez que aprieta el botón que dispara los misiles para despedazar algunos cuerpitos en irak je je
y envía tropas de irak a mississipi para MILITARIZAR new orleans en vez de ocuparse de EVACUAR (y todo lo que ésto implica)
así no nos aburrimos, y lo podemos ver por televisión
fantástico
espectacular
no problem
sigan así
lindísimo el planeta capitalista
qué lindo
qué lindo que está
*F u n e s karfun@...
*
Queridas amigas, queridos amigos:
El próximo domingo 4 de septiembre del 2005 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), música del compositor brasilero Jorge Antunes. Las poesías que leeremos pertenecen a José Martí (Cuba) y la música de fondo será de Yaki Kandru (Colombia); todo ésto en nuestro programa Poesía y Música Latinoamericana, en español y alemán. ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link MP3 Live-Stream) !!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite ahora también todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
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Un abrazo enorme y sigan acompañando esta hermosa experiencia.
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