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EDICIÓN SETIEMBRE INVENTIVA   Lista de mensajes  
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Edición Setiembre 2005 INVENTIVASocial
 
 

Ángela*

Sin embargo Ángela quedó dormida,

 una mañana allá solita bajo mi pueblo.

Último bastión, eslabón cadena que brazos inmigrantes acunaron con sueños.

Ángela solo duerme sin dolerle su garganta, porque Fernando estaba esperándola.

Ellos ya no están bajo la lluvia,

esa amarga que a veces inunda un desierto de preguntas.

A veces uno calma la ida sin estar en ira, y se queda allí,

regresando de ver cómo duermen ciertos ángeles.

*de Ricardo D. Mastrizzo. ricardomastrizzo@...

 

 

LA NUEVA BALSA*

   
  Dentro del bar hay un revoloteo de gorriones, un piso de cemento descascarado, gente que no mira ninguna de las dos pantallas de tevé.
     Hay mesas exageradas, paredes con machimbre, ventiladores inmóviles, una puerta batida suavemente por el viento.
     Hay un cubo de agua turbia habitada por peces rojos, plantitas raquíticas; dos personas que extienden los brazos por sobre la mesa demasiado grande, que tampoco miran los televisores, que aceptan la ternura del aleteo de los gorriones, que se acarician las manos y se abrazan con la mirada.
   
  Qué suerte. Somos nosotros.
                                                                        
*de Mónica Russomanno.
russomannomonica@...
 
 
 
Palabras*

Pensamos ideas a través de palabras.
Por ejemplo: un diáfano cielo.
Y son las palabras diáfano y cielo
las que preceden la idea de ese cielo puro.
Y es la palabra idea
la que antecede a la idea de idea.
La misma palabra palabra
precede a esta misma palabra.
Pienso que pienso...
y sólo convoco palabras.

Miro a la gente en las calles
que tiene sobre sus cabezas
cientos de miles de aladas palabras
como mariposas...
Las mariposas penetran los cráneos
permanentemente
        silenciosamente.

Hay dos que se encuentran.
El encuentro es bueno.

Uno dice a otra: «te quiero»
y dos mariposas
salen de su boca y regresan al cielo.


* de Guillermo Heredia
guillermo_heredia@...
 
 
 
*
"El amor es presente".
Solo presente, me dicen.
¿Será por eso que mucha gente hoy solo convive con fantasmas del pasado?
 
*de Urbano Powell. Urbanopowell@...
 
 
 
 
SIXTO*

Después de atravesar el quicio de la puerta, atardeces en la calle y te enfrentas con el aire quieto del verano a las cuatro de la tarde. El aire, en los veranos en los pueblos, es siempre quieto y caluroso como si recogiera el bochorno que rebota de las amplias losas que conforman las aceras. Hay unas turbulencias en forma de espiral que recuerdan en la imaginación de un niño, aquellos espejismos que lucen deshilachados y que nunca sabes muy bien qué se muestra en ellos.
El aire de la tarde te invita a dar la vuelta y recogerte en la sombra de la casa, estarte quieto, agazapado y protegido. Cuando a pesar de todo decides adentrarte en la calle que tiene un centímetro de polvo fino cubriéndola, , al andar produces huracanes pequeñitos que te persiguen mientras avanzas hacia la otra acera, y cuando la alcanzas, recoges el calor de aquella pared blanca de la casa del herrero.

Estoy seguro de que no habrá agua en la riera y tampoco es la mejor hora para acercarme a bañar a los perros, pero en un arrebato de melancolía he decidido llevarlos por la carretera a más de medio kilómetro del pueblo, donde está aquel remanso que me enseñó mi abuelo y que era lo suficientemente profundo como para hacerlo.

Dejo atrás la última casa del pueblo y camino por entre el rumor de las hojas de los plátanos alineados a cada lado de la carretera. Ésta, descarnada en sus costados por las aguas que cada primavera descienden hacia ellos, debido al "lomo de burro" que tiene el asfalto, parece que no se atreve a tocar los árboles vestidos con una enorme raya blanca alrededor. "Es para que se vean", decían en las clase de conducción . "No, no. Fue por la procesión", dijeron más adelante los curas que promocionaban el recorrido de la virgen de Fátima....

Nadie sabe por qué los plátanos, esos árboles enormes que en exclusiva bordean las carreteras, tienen una raya blanca alrededor; esa vitola enorme y pura, este refajo inútil. Este adorno que hace que existan muchas explicaciones, y no importa realmente cuál es la cierta. Sin embargo, al amparo de esta costumbre de pintar los plátanos se desarrolló una de las historias más curiosas de la picaresca popular.
Dicen que en aquella época en que las fronteras estaban cerradas, Sixto, el hijo del carpintero, que no era inteligente pero sí muy pillo, empezó a pintar los troncos a un kilómetro de la frontera, quince por día, cada día trescientos metros. Los siguió pintando en el mismo punto fronterizo yendo cada día un poco más allá. Continuó pintándolos dentro de Francia y en un momento determinado dejó el bote de pintura y desapareció.
Sixto pasó a Francia pintando troncos, sin pasaporte, escapando de la dictadura..

Siempre pienso en Sixto cuando voy a bañar a los perros. Y en los confiados carabineros de frontera que veían un señor pintando árboles... Y me sonrío. Una vez llego al puente, de piedras grises y algo de musgo, recojo unas cuantas. "Porque, si no les tiras piedras, estos perros son incapaces de meterse en el agua". Empieza el juego, tiro una piedra al agua, y Tom se lanza en pos de ella. Tiro la segunda un poco más hacia delante y empieza a nadar... Sultana lo mira desde la orilla, indecisa. Siempre ha sido más temerosa, sobre todo desde que perdió el ojo con aquel impacto del tirachinas de Miguel, pero ante la caída de una piedra en el agua cerca de ella, no puede resistirse y se lanza también mordiendo los círculos concéntricos. Es el juego del baño, el que hacía con mi abuelo cuando el sol se ocultaba. Hoy, mientras veo a los perros bañarse, aún me pregunto por qué he sacrificado mi siesta y he adelantado la hora del baño.

Regresamos después de haber estado casi una hora a la sombra sin hacer nada. Y el pueblo sigue ahí, y el aire sigue quieto y no pasa nada. No hay nadie en las calles. Por no haber, ni siquiera está Sixto.

*de Joan Mateu i Martí  joan@...

 
 
 
VISITACIONES*

         
   Los nítidos dobleces del límite de la sábana, justo ahí en el borde. Nadie va a percatarse salvo Belardi de detalles como este, desde los primeros tiempos, en esos días tan cercanos a la revelación casi definitiva: él los notaba, entonces vamos a dejarlos así de nuevo. Hay ciertas cosas que
transmiten los hombres y sus esencias periféricas, que se registran de casualidad o puro acierto, siempre con atención completa y dispuesta mediante, como algunos gestos antes de la sal o silencios de mansos arroyos internos. Ya cuando presentía los temblores, los preludios a las visitas, era el tacto, la fricción inaparente y desesperada de este noble entramado de algodón apenas firme entre los dedos lo que me ataba al suelo a lo real a ese mundo de los otros, doctorcito, vía los recuerdos de ese espacio diáfano y modesto de mi cama de hospital, y algo, desde algún lugar y al menos un poco, calmaba. Lo mismo a veces ocurría con el cuaderno, las palabras y las caricaturas de mi puño y letra, que servían como un ancla con la que intentaba alcanzar un fondo que sea una puerta, un remanso. Si pudieras ver
nomás como sufren estas pobres criaturitas: a los otros les resultará más cómodo pensar que duermen, ultrajados con tanta aguja, droga, tubuladura y aparato. Por eso me vine, porque empezaba a temblar, quizás mi ayuda sirva y pronto se les vaya tanto sufrimiento, nunca lo sé, no domino ese impulso y
al final parece que en parte funciona. Y los dos conocemos bien que los demás luego pasarán revista incrédulos y conmovidos por las novedades, por esta y otras salas atestadas de enfermos y maladies (pendejo testarudo y pseudoerudito, como te gustaban estos juegos ocultos de mezclar lo doloroso
de las mayores verdades con las tenues incógnitas del lenguaje) entre la interminable sorpresa que les nivela los conocimientos e ignorancias a todos menos a vos, desde el jefe de guardia hasta el último pinche de los residentes, aunque al menos ellos saben donde ponerle un punto obligado a tantas preguntas y trabajarse la mediocre ansiedad dentro de un cómodo cerco de satisfacción y alegría orgullosa, sin buscar demasiadas ni metafóricas explicaciones, ese era tu espacio distinto y preferido hasta que me lo
tuviste que decir a mí, pobre pibe enmudecido por vaya a saber que amargura si no era para tanto y nunca habría ni un como ni un donde para acertar esas palabras, ese diagnóstico, si igual yo ya lo sabía desde el principio de todo, que a mí no podría curarme nunca-nadie-nada, y vos mudo de verdad,
ante tanta verdad y redundancia. Y así entonces me dejaron ir pese a tus esfuerzos, después de tanto estudiarme me sacaron de ahí, la extremaunción me la conseguiría alguien en el barrio quizás, a su momento, suponían más temprano que tarde, pero solo y en mi casa, siguen creyendo que me ayudaron
a salir. Nunca entenderían este volver una y otra vez y sin embargo, sin poder desprenderme del costado y del todo este puñal de la tristeza ni los estremecimientos, a dejar algunos rastros como este, un cordel de algodón en las puertas de mi laberinto oscuro. En fin, vamos a tapar bien con sus
sábanas a estos angelitos, ahora creo que por fin duermen y descansan...

            El mismo día de su alta definitiva comenzaron a darse las cuestiones más extrañas allí mismo, en otros lados. La virgencita que preside aún la entrada de la sala IV de Cirugía recibió entonces una
multitud de improvisados y conmovidos feligreses, quienes la hicieron (quizás con todo merecimiento y por fin) destinataria de salvas de rezos agradecidos. Tras el paroxismo, se había ido en horas de la mañana, y hacia el mediodía trajeron a su misma cama ya vacía e impecable a don Ligorria, un
viejito diabético llegado del interior profundo con un séquito de afligidos parientes y consumido en dos días por una gangrena que avanzaba a trancos gigantes ennegreciendo su pierna derecha. No había medicación que detenga ni la infección ni los delirios de la temperatura elevada, así que le habían
pautado la amputación radical a la altura de la ingle para esa misma tarde.
Los relatos a través del tanto tiempo pasado igual rescatan la desaparición repentina de la fiebre, la imagen de esa pierna curada ad integrum y en instantes, la explicación comedida del cirujano mayor especulando sobre su éxito definitivo con el tratamiento, los familiares entendiendo bastante más
y encontrando entonces una devoción repentina frente a la ermita en la entrada de la sala, repitiendo desde ese momento todos los años el ritual de la visita fiel el mismo día de enero, desafiando las distancias a la ciudad hostil y los calores del verano, a agradecernos a nosotros y a la virgen por
haber curado así al viejo, de paso traerlo para los controles. Ni falta que hacía: nunca más el azúcar alta ni nada, igual don Ligorria que aprovecha y espía hacia la sala y pregunta sin disimular por el hombre del traje gris, ese que había venido esa tarde a verlo, anotando cosas sueltas en una
libreta. Como me pasa con los otros visitados, me hace mucho bien hablar y coincidir con él, saben detrás de qué fantasmas reales ando, aunque el viejo mucho no me sigue (quizás hace bien) cuando me pierdo en mis pobres teorías sobre los cuantos de energía vital y su transmisión interpersonal. Don
Ligorria sólo me recuerda los ojos negros y tristísimos de Saverio, me pide que le dé las gracias cuando lo encuentre.

            La sala está callada y rendida al manto silencioso de la penumbra. Ninguno de los otros pacientes puede descansar pero simulan hacerlo, como yo, como antes, como siempre. Códigos de sentirse cerca del agua bendita y eterna, que viene a mojarnos con sus frías garras la planta de los pies, que va y viene y lo sabemos en el adentro, nos merodea desde ese mudo aleteo como un animal certero, brutal y poderoso. Nadie puede contarme tras que hálito van finalmente esos ojos, si hay furia o sólo
predestinación en esa saliva definitiva, en el filo de los colmillos, quizás es sólo una prueba más, otro cariz de esta vida tan inagotable y multiforme.
Yo al menos siento como los ramajes de ese ser líquido se hacen luego un océano vastísimo que guardará una isla suficiente para mí, algo que por fin me espera sin dudas, donde descansarán para siempre abrigadas sin piel ni sangre sólo mis ideas, sólo que no siento el viento, sólo floto inmóvil sin curso hacia ningún lado y sólo acá, desde hace tanto. Evaristo Núñez, cama 3, el último en ingresar, es el que vuelve a llorar finito pero sin pausas, desde el miedo y el dolor más hondo y puro, hombre grande y arrodillado ante las comisuras de ese monstruo (aún no aprendió a verla de otro modo, claro que esto lleva sus tiempos). Ya cinco noches así, recién pasado mañana le dijeron que van a operarlo sin muchas expectativas para intentar un injerto de piel de gran tamaño: tiene casi toda la mitad anterior del cuerpo desnudo hasta las médulas por una extensa y profunda quemadura por ácido, un desgraciado accidente en la planta petroquímica. Ya pasó tan cerca de ese mar en calma sin querer irse entonces, mediante una fuerza conmovedora que ahora parece empezar a abandonarlo. Escuchándolo gemir en la oscuridad entendí que un rato después ya no podría dominar those quakes. Tuve que venirme a verlo nomás, yo solo, con el vacío inexplicable que me da salirme de la cama, después llegará cuando ya esté todo consumado y como siempre el otro con su ánimo seguidor para las preguntas perdidas y el destiempo.
Apenas me acomodo el saco de pura cábala antes de acercarme, todos los botones prendidos, y doy esos pasos que siempre dudan para atravesar el fuego helado, el círculo viscoso del tiempo: decime hermano, si puedo ayudarte en algo, ¿dónde duele?... Sí, claro, ya sé: acá, donde siempre... hondo en el pecho... donde a todos. Vas a ver que vamos a estar mejor, vas a ver... ¿Tus hijos? Ellos están ahí y claro que te esperan, y todo va a estar bien... Sólo son unos pasos más, vos tranquilo que el dolor se va a ir
entero, de a poco pero entero, apretame la mano bien fuerte, todos estamos con vos y no te vamos a dejar solo acá, en medio de tanta luz.

            De nuestras conversaciones sólo retengo síntesis que no desmenuzan muchas cosas, si bien igual constelan en datos que me sirven para adivinarle su rumbo desconocido y quizás comprender mejor todo el resto, lo que aún nos sucede en el ahora. Vedado para siempre el acceso a ese cofre de
páginas encuadernadas que guardaba celosamente con sus garabateos ambidiestros y pequeños dibujos (sólo los imagino, nunca vi nada, nunca me abrió esa puerta de papel a su universo), daba gusto charlar con él sobre los temas que su erudición anárquica le iban dictando, que compartía poderosamente y con tanto gusto, aunque versaran sobre extremos aparentes desde descripciones orográficas de los viajes de Marco Polo (con los más mínimos detalles) hasta leyendas rituales de los Incas (y otras tantas culturas más), de la interpretación de fenómenos atmosféricos (más allá de ese comentario superficial y obligado del tiempo, ¿vio que caluroso está hoy, Saverio?...) hasta ejemplos minuciosos de la historia de los mundiales de fútbol (en especial, se detenía en la olvidada gloria de los arqueros, un Lev Yashin, un Frantisek Planicka, el Divino Zamora y así les rescataba virtudes hasta a los goleros brasileños...). Nadie tenía en claro su oficio previo, pero bien podría haberse hecho pasar por ingeniero naval,
historiador o carpintero, al igual que músico de cámara o astrónomo del espacio profundo. Pocas veces se detenía en temas de salud, creo que por respeto a nuestra gallarda ignorancia, aunque puedo apostar que sabía en el fondo mucho más que nosotros del asunto, y no me circunscribo a nuestra medicina solamente... Pero lo que especialmente recuerdo con total claridad por el impacto interno que me producía, era aquel fenómeno de los sustantivos, la antesala de lo que vendría después. Muchas veces se situaba en otra esfera de pensamiento paralelo al mundo en el que circulaban nuestros devenires, alegrías y pobres desdichas de la rutina, la mirada entonces se le posaba a unos mil metros del lugar donde estábamos, aunque eso no le impedía continuar con ciertos quehaceres habituales y casi
automáticos como recibir la comida, tomar los remedios, escuchar nuestras indicaciones. La primera vez que lo noté fue mientras le rasuraban la cabeza para hacerle un electroencefalograma: "un fiordo..." dijo solamente, soltando en un ademán nulo el sonido de las letras al vacío absoluto de su pieza mental, hacia el gesto incongruente de las enfermeras, a la sonrisa perturbada y perdida de los demás médicos, y yo tan claramente ahí, de pie en medio de ese bote, un cascarón de nuez sobre esas aguas profundísimas y calmas, rodeado de abruptas laderas que atesoraban un reino de silencios helados y soledades infinitas, una transportación automática e irrepetible desde entonces. Cierta vez largó "el simún" cuando tomábamos unos mates al borde preciado de su cama, mientras la vista se le nublaba con inesperadas lágrimas y toda la arena que soplaba aquel viento invisible del cual nos guarecíamos sin decir más nada y por un rato bien largo, c´est tout... Una de la últimas, los días previos a la crisis clónica mayor, dejó boquiabiertos y desorientados a los demás internos, quienes habían acudido a
auxiliarlo en primera instancia cuando ya se instalaban las convulsiones: alcanzó a murmurar "...un pozo...". Al día siguiente encontramos con absoluta frustración en la tomografía computada el tumor (inoperable) brutalmente diseminado en su cerebro.

            C`est moi, mon ami... me saludaba el pibe... Mi amigo. No tenía idea de lo que decía, sólo jugaba a las frases sublimadas tontamente tras los idiomas, a pararse contra el respaldo, en la orilla más playita del dolor, invitándome a mí, a todos casi, a ir para ese lado, poner ese rumbo difícil con nuestras barcazas de huesos viejos y carne golpeada por los males del mundo. Como iban a entenderle el optimismo que irradiaba estos tapes de medio pelo tan ignorantes venidos de los confines de la
provincia... Después me di cuenta que los otros nunca habían estado tan graves aunque bien que acunaban su propias desgracias, sus cruces a medida, que esos saludos y el entusiasmo eran veladamente para mí, yo que entendía casi todo lo que ocurría, todo menos esa extraña manera de cuidarme, la mano
inocente saludando desde esa orilla lejana, yo por entonces aferrado a los dominios seguros de mi cama blanca y sus soledades, esa forma de mostrarme que desde ese ahora nunca más iba a estar solo (aunque me resultara más fácil pensar en la agonía conocida de mi destierro de género blanco). Y lo que sí es difícil o decididamente aterrador es pensar en los años, la tanta agua que corrió después bajo el brumoso puente del tiempo buscando esos mares del olvido, y yo sin poder morirme todavía ni de pena ni de espanto.
Mi destino se hizo deambular, gentilmente deambular por infinitos corredores buscando a esos más débiles, los más dolidos, los desahuciados, visitarlos.
No encontré mejor bálsamo para mi propio mal que el enfrentarme cara a cara con la inmensidad del sufrimiento ajeno, llegar desnudo a esos puntos ínfimos donde todo se reduce a dos o tres frágiles preguntas, donde percibo la energía que sostiene el universo entero desde el fondo de sus ojos, hasta
el fondo frágil de mis ojos. Pura sensación escalofriante y renovadora, ese abismo, el momento exacto, tomar debida nota... ¿alguien está escuchando? ¿estarás ahí para salvarme? ¿qué me espera? Y yo tan quieto y todo sacudiéndose allá afuera, en la brutal marejada del aire. Me fui ese día luciendo mi traje gris a rayas, los enfermeros de la sala hasta me ayudaron a salir de la cama y vestirme en silencio como si fuese a un funeral, y yo tan seguro que me sentía andando por fin sobre mis pies como entre nubes,
bajando a paso lento las escalinatas gastadas del hospital, entrando de nuevo en esa realidad perpetua del mundo giratorio, a ver pasar los días desde lejos, y allá Belardi, saludando mon ami desde su otra orilla, creyendo acercarse contra tanta distancia.

El último caso había sido poco alentador desde mi lupa por demás acostumbrada y curada de incredulidad, a pesar de los dejos de milagro que habían resaltado como habitualmente en los comentarios de pasillo, en los primeros testigos del suceso. Y otra vez como de costumbre, en otro sitio
alejado y diferente, aunque con la proximidad y ciertas pistas necesarias para que pueda enterarme, y acuda como siempre tres pasos detrás al renovado y festivo lugar de los hechos, como aquella mañana tras la luminosidad vibratoria en la Sala de Quemados (el caso Núñez) o los tres chiquitos del
Hospital de Niños, hoy tan sanos luego de ese cuadro de meningitis fulminante. Mi somera hipótesis suponía que a esta altura Saverio debía sentirse quizás bastante frustrado e inesperadamente débil, o por lo menos palpando por primera vez el agotamiento en el cuerpo, bien distinto a ese otro viejo conocido, su cansancio largo del alma. La sensación al final, la misma, como llegar a un mismo lugar pero partiendo desde dos caminos diferentes, como aquella vez que fuimos de excursión a ese cerro en
Catamarca, hasta la estatua del Cristo: mientras todos elegían el serpenteante sendero demarcado con trazos intermitentes de pintura roja en la piedras musgosas, nosotros habíamos elegido un tramo más directo y empinado, por el lecho rocoso de una vertiente seca. Llegamos antes, molidos a golpes y laceraciones de jarillas y totalmente extenuados, pero llegamos antes, ¿y después?... Se suceden las imágenes una tras otra cuando salgo de la pieza después de examinar a la paciente completamente curada, él no estaba con nosotros en esa cima y algo sin embargo me liga ahora a su presencia, su ulterior idea sobre como hacer y sentir y vibrar ciertas cosas, de cara a los finales vacíos de siempre, al borde de los precipicios y de ahí estos nuevos y cambiados horizontes, el camino que nunca termina.
No necesité que me describan difusamente a ese hombre maduro y espigado de mirada oscura, vistiendo un cuidado traje gris fuera de época, rondando educadamente frente a las habitaciones del segundo piso, cercano a la 207 desde donde acabo de salir, donde encontraron perfectamente cerrada y sin visos de cicatriz lo que era una enorme herida longitudinal e infectada a lo largo del abdomen, una señora ya mayor abandonada a su suerte tras el diagnóstico terminal del cáncer y la septicemia, ahora a punto de irse de alta a su casa, saludándome con esas manos cálidas y rejuvenecidas. Nada de eso representaba un enigma para mí, los rebordes prolijamente doblados de las sábanas explicaban demasiadas cosas que muy pocos entenderían.

            "Pase don Espósito... queremos hacerle unas preguntas y examinarlo..." frases que intentaban mostrar una cortesía de mero compromiso, un interés quizás real por mi situación y mis problemas pero a las claras (como ellos mismos corroborarían más adelante) totalmente inútil.
De por sí aquel ateneo en el consultorio principal de la sala, donde se habían reunido los más renombrados profesionales del nosocomio para resumir ciertas cuestiones incompresibles de mi evolución, a pesar de los estudios y tratamientos en marcha, era una muestra más de la ignorancia y la impotencia de mis supuestos cuidadores. Sólo Belardi, como un perro fiel siempre a mi lado y quien arduamente había conseguido este espacio buscando una segunda opinión autorizada, parecía por momentos tener la clave exacta right in his hands o en la punta de sus labios, pero se detenía a las puertas de la verdad quizás por encontrarla demasiado cruel o inamovible. El resto de los
impedimentos provenían de un nefasto escalafón de opiniones en las cuales el doctorcito venía a ser el último orejón del tarro, cosas que capté de inmediato en los gestos, observaciones insustanciales e indolentes silencios de la mayoría de los presentes, envueltos en un desagradable halo de hipocresía doctorada. Una pena no por mí, yo hoy lo sé muy bien, ya lo sabía entonces muy claramente en mis adentros, nadie podría curarme: lo lamentaba por las alas cortadas del pibe, sus ganas y su dedicación tratadas como una cosa sin importancia, algo sencillamente descartable en ese mundo. A diferencia de los otros, él sólo aspiraba a ayudarme con toda franqueza y entrega, y ese impulso me mantenía con la vista en su orilla (aunque jamás se lo dije) liberándome de a poco de los tentáculos de algodón que me
sumergían en mi cama. "En vistas a lo comprometido de su caso vamos a tener que someterlo a unos nuevos estudios, ¿sabe, Don Saverio?..." Qué lenguaje distante, me van a explicar a mí desde tan lejos lo que me pasa, lo que realmente siento acá cerca y tan adentro... Vamos, devuélvame nomás a la sala doctorcito, las dolencias de los pares son menos hostiles y más sinceras que ese bienestar fácilmente prometido por unos iluminados.

¿Cuándo comencé a experimentar yo esos temblores? Es casi imposible recordarlo, hablemos en todo caso de intensidades, no de presencias, como resultan válidas estas cosas, you know what I mean... Había toda una cuestión superficial y casi cómica de herencia familiar, de tíos o abuelos con síntomas parecidos pero no, porque esto era, es tan diferente. Hay cosas que sin conciencia real de magnitudes (como el dolor o el desprecio) sentí y aprendí de chico, sin más escalas ni asociaciones y sin entender con la razón, cuando todo cristalizaba en lo bueno o lo malo y quizás otro espacio más difuso pero distante: las vibraciones, aún tenues, ya entonces me sumían en miradas lejanas y al mismo ritmo minuciosas, me llevaban a un periplo de límites oníricos, allí donde después alcancé a divisarlo, caminando
cabizbajo y semidesnudo en medio de la sala. Y hasta ese momento nunca me había atrevido a controlarles, si es que era posible, los ciclos o preavisos, o peor aún, las inimaginables consecuencias del estigma. Lo cierto es que desde su inexplicable partida no han cesado de repetirse y ser decididamente premonitorias, han comenzado a invadirme a toda hora y desde todo ensueño, abstrayéndome de las situaciones más inverosímiles y riesgosas (al manejar el auto, mientras trabajo afinando mi pulso sobre el bisturí, cuando sostengo a mis hijos en brazos...). Y la cuestión es que yo sigo aquí, con los pies en esta tierra donde tantas cosas circulan dependiendo de mi pericia o mi concienzudo esfuerzo, sin poder salirme del todo a ver con el perfil adecuado lo que por detrás sucede, y parezco comprender entonces
mi desolación pues él ya no está como antes en este plano de mundo ni entre nosotros para mostrarme algo más, llevándose en ese ostracismo tantos secretos y necesarias claves para mí. Las curaciones son la estela que aún me resta y sin pausas persigo para tal vez encontrarlo, para quizás encontrarme.

            "Nada me resulta ajeno en este valle de lágrimas. No puedo negar que más allá de mis sentidos, a través de algún órgano o sustancia particular que desconozco pero presiento, las cosas que suceden me
traspasan, se apoderan de mí con todas esas luces y todas esas sombras, y debo continuar aprendiendo a convivir con esto que no siento como un don ni un castigo, sino como mi materia fundamental y constituyente, indivisible y llena de temores enlatados y diminutos prodigios. Aunque aún no encuentre lo
que estoy buscando, aunque las ansias de horizontes me lleven a no estar nunca en el lugar definitivo o esperado". ¿Me escuchó bien, Belardi? Mire que hoy estoy bastante cansado y con un terrible dolor de cabeza, quien sabe si es lo último febrilmente inspirado que oye de este viejo miedoso y cascarrabias. Pensemos en todo caso que voy a estar bien, que va a ser otra oportunidad, es lo que deciden ellos y nos toca aceptar a nosotros. Descrea por fin de mis tristes utopías a escala, invéntese las propias: acopiar durante tanto todas esas cosas aprendidas ya ve que hoy me sirven poco y nada, que sólo le llenan los tiempos a un pibe entusiasta como usted, doctorcito, no sé si hacemos negocio. Yo tuve muchas cosas hermosas en la vida y las fui dejando ir, para no atarlas a ese lastre que me lleva directo hacia allá abajo. Déjeme intentarlo de nuevo: ¿cómo voy a hacer esta vez para no perderme en los remordimientos?. Irse quizás sea lo mejor para todos: para usted, para mí, para los otros. Usted tendrá más trabajo y pacientes, yo también tendré lo mío. Supongamos que habrá otra claridad para iluminar mejor las cosas con la distancia, we´ll never know: o quizás yo sabré, usted sabrá, como hacer para no perdernos.

            Intentando recopilar algunos de estos sucesos no hago más que alimentar mis propias fantasías y frustraciones, no puedo evitar quedarme de su lado y quizás mi parcialidad invalida lo verosímil de lo que ocurrió y sigue pasando. Hace unos días quise enterrar las memorias y como exorcismo
busqué en los archivos del viejo hospital aquella internación donde lo conocí. Mi letra juvenil y audaz escribía por entonces "...Saverio Espósito, paciente de sexo masculino, argentino, 63 años, con diagnóstico presuntivo al ingreso de síndrome depresivo mayor severo con neto componente melancólico..." Después en el vetusto sobre se acumulaban tantísimos estudios inútiles y mis concienzudas evoluciones, hasta que me apartaron del caso cuando pasó a Neurocirugía. Ahí el rastro de la historia se enturbia y finalmente se pierde. Suponen que falleció en el hospital una madrugada a
mediados del verano de 1989 tras un episodio súbito de convulsiones violentas y subintrantes. No hubo familiares ni allegados a cargo de los trámites pertinentes a su deceso, sin embargo su cuerpo y sus pocas pertenencias (ese traje gris a rayas, los cuadernos de anotaciones y dibujos) desaparecieron en desconocidas circunstancias sin tenerse novedades de su destino o situación. La presente versión podría o debería ser escrita mil veces, de mil formas distintas, por todos aquellos que lo conocimos, los
que seguimos creyendo en que aún no se fue y que vuelve a intentar, entregándose del todo, ese trueque desigual y pleno que lo cure por fin de tanta tristeza, salvando a tantos otros del dolor. A ellos, los visitados, los que heredaron ráfagas de ese viento inmortal y efímero.
 
*De Santiago Torales. nahrid@...
 
 
 
Indicios*

La enredadera era verde, ligeramente amarronada, trocada en un tinte mixturado y colgaba, vencida, sobre uno de los extremos de la medianera, como resignación atemporal.
El viento, soplaba cadencioso, hasta provocar el roce de sus ramas contra la pared descascarada, que a duras penas resistía vigilias con su textura despintada.
El jardín se hallaba descuidado desde el fallecimiento del encargado; él amaba, especialmente, esa enredadera de pequeñas flores amarillas, que abonaba con colillas humedecidas.
Me contaron que cada viernes, al declinar la tarde, sacaba de uno de los bolsillos de su camisa escocesa un cigarrillo, lo encendía, aspiraba profundamente y se sentaba en la mecedora a leer y a disfrutar del fresco que respiraba el bello y colorido paisaje. Una postal pintada por el alma y que dura una fracción de eternidad.
Yo, desde la sala, sentada frente al amplio ventanal que daba a los fondos de la pensión, observaba la planta, imaginando ese otoño con frágiles pétalos, abortados del mundo.
El farol situado en el extremo opuesto temblaba y su luz blanquecina, casi mortuoria acompañaba la escena.
Me froté los ojos con ambas manos. Me desperecé, lo que hizo que el libro que dejara apoyado en mi falda, cayera y rodara hasta deslizarse unos metros, golpeando con su lomo la puerta de uno de los cuartos más grandes de la casa, que don Rodolfo, el dueño, nunca alquilaba, decía que lo utilizaba como deposito de herramientas y muebles en desuso y que por eso permanecía resguardado.
Era medianoche. Todos se habían retirado a descansar, incluso don Rodolfo; pensé por un momento que el ruido podría haberlos despertado, pero no hubo indicio. Para comprobarlo esperé unos segundos, hasta que el silencio volviera a ser silencio; luego apagué la luz y, despaciosamente en la oscuridad, fui a rescatarlo. Me agaché, apoyé mi mano en el piso tanteando su superficie fría y áspera, tratando de encontrar el libro; misteriosamente no estaba. Repasé una vez más, con mis dedos -como quién repasa con una escoba- los espacios aledaños para convencerme y asegurarme; a cambio, me topé con restos de telarañas que se me adhirieron como señal de la nada.
El candado cedió; la puerta se entreabrió y su bisagra se quejó malhumorada, malintencionada, una invitación que no quise desaprovechar. Absorta me incorporé, como si un resorte tirara de mi espalda y me irguiera, empujándome como el presagio.
Crucé el umbral de madera. Los pisos se sentían firmes y cálidos. No había llaves de luz, sólo paredes rugosas, con un revoque que al tacto se sentía grueso.
El sitio parecía amplio, una caja de resonancia donde los sonidos estallaban multiplicando ecos, como la piedra arrojada al abismo insonoro cuando se desliza la levedad de la idea, para rebotar en el fondo.
Mis pasos sonaron musicales y dispuestos a seguir el camino, sin temer encrucijadas.
Cuando llegué hacia lo que supuse el medio de la habitación, la puerta se cerró, "pero allí parecía no haber corrientes de aire para que eso ocurriera", pensé. ¿Cómo puede ser? -me pregunté.
Giré como un trompo, en busca de la respuesta que no llegaba.
Me sentí mareada y tuve miedo; me rendí, resignada a dejarlo, dando por cierto que el miedo no es sonso, por eso decidí salir de ahí, huyendo despavorida, con la fuerte sensación del error.
Busqué la puerta, pero ya no estaba. En su lugar, el vacío… y mi cuerpo regresando, impulsado hacia la luz, donde las hojas abiertas de un libro planeaban y un sillón se mecía en la soledad.

Era viernes… y un fuerte olor a tabaco perfumaba el aire.


*de Angeles Charlyne. angelescharlyne@... 
-Fuente: diario La Unión digital. www.launion.com.ar
 

 
 
CONCURSO LITERARIO XICóATL “ESTRELLA ERRANTE”
 
Concurso de Cuento Wolfgang Amadeus Mozart* 
BASES DEL CONCURSO
 
- Para trabajos inéditos, en prosa.
- Género: cuento.
- Extensión máxima: 4 páginas, formato Word DIN A4, tipo de letra Time News Roman 12, a espacio sencillo.
- Tema: Wolfgang Amadeus Mozart
- Idiomas: español o portugués
- Fecha límite para el envío de los trabajos: 30 de SEPTIEMBRE del 2005.
 
Para participar, hacer un sólo envío por correo electrónico (Asunto: Concurso Mozart/pseudónimo) con dos anexos en formato Word: el primero con “pseudónimo+cuento” y el otro con “pseudónimo+datos” (nombre, correo postal y electrónico, tel. y/o fax y un breve curriculum) a: yage.austria@... o a euroyage@... o a duarteherrera@... (Por favor hacer el envío a una sola dirección electrónica y sólo en caso de que no funcione, enviarla a una subsidiaria. La dirección yage.austria@... no admite mails provenientes de Hotmail, bol.com.br y posiblemente otras empresas).
 
PREMIOS:
 
- Se entregarán 3 premios de 500 euros cada uno.
 
- Mención de Honor y publicación bilingüe de los trabajos destacados.
 
- Los resultados se anunciarán en el No 74 del Magazin Cultural Latinoamericano XICóATL (Año 15, Enero/Marzo/2006, edición digital [ www.euroyage.com ] e impresa).
 
 
*
EDITORIAL: número 72 de XICÓATL

4. CONCURSO LITERARIO XICóATL “ESTRELLA ERRANTE”
 
CONCURSO DE CUENTO „W. A. MOZART“
 
En 1519 accede al gobierno de la provincia de Salzburgo el arzobispo Matthäus Lang von Wellenburg (1468-1540), un despótico ministro católico cuyos excesos de poder desataron varios conflictos armados, entre ellos la guerra campesina del año 1525. En aquella ocasión, debido al hostigamiento de los rebeldes, Lang se vio forzado a refugiarse en la fortaleza militar de Sazburgo durante dos largas semanas. Los sediciosos cercaron los muros de la ciudad con el propósito de acosar de hambre a los habitantes del burgo y de esta forma lograr su rendición. La leyenda cuenta que entre tanto los salzburguenses agotaron sus vituallas y ya por último solamente les quedaba un hermoso toro de pintas marrones, muy fuerte y bien alimentado. Al comandante militar se le ocurrió entonces un desesperado truco para engañar a los alzados en armas: pasear por el ancho y alto muro de la ciudad aquel toro para mostrar a los sitiadores que los salzburguenses aún tenían que comer. En la noche los habitantes pintaron aquel toro de blanco y a la mañana siguiente lo pasearon de nuevo por el muro. En la noche lo volvieron a lavar, lo pintaron de negro y al tercer día lo pasearon una vez más delante de los asombrados ojos de los sitiadores quienes desmoralizados optaron por la retirada. El júbilo de los habitantes de Salzburgo fue enorme. Una vez alejados los sublevados, los habitantes condujeron aquel toro al río Salzach y lo lavaron con tanto jabón, que la espuma llegaba hasta Obendorf, una localidad situada a 12 kilómetros de Salzburgo, según cuenta la leyenda. Desde aquella lejana fecha, a los habitantes de Salzburgo se les conoce como Die Stierwascher (“Los lavadores del toro”) y quien tiene el privilegio de nacer aquí se siente orgulloso de ser uno de ellos.
 
Entre los Stierwascher de todas las épocas, el nombre de Johannes Chrysostomus Wolfgangus Gottlieb (en latín Amadeus) Mozart brilla en el concierto mundial con una incomparable luz propia. Su padre Leopold Mozart, compositor y músico de la corte del arzobispado del Salzburgo, se encargó de brindar una esmerada educación musical a sus hijos. A los tres años Wolfgang ya tocaba el cémbalo, a los cuatro el violín, a los cinco compuso sus primeras piezas, a los seis realizó su primera gira artística por Alemania, Francia, Inglaterra, Holanda y Suiza, junto con su padre, su madre y Maria Anna, su hermana, y a los nueve compuso su primera sinfonía. La fama de la famila Mozart creció desmesuradamente por toda Europa y después de esta primera gira de tres años y medio regresaron el 30 de noviembre de 1766 a Salzburgo. En 1767 la familia Mozart se traslada a Viena donde permanece hasta 1769, para regresar luego a Salzburgo, lugar donde Wolfgang es nombrado maestro de concierto ad-honorem del grupo de cámara del arzobispado. Como maestro de concierto forma su estilo instrumental, en medio de una tensa atmósfera con el arzobispado. En el mismo año emprende con su padre el primero de sus tres grandes viajes por Italia, decisivos en su formación musical y su obra artística. Paralelamente a sus actividades como concertista, compone sinfonías, divertimentos, serenatas, cuartetos para cuerdas y conciertos para piano. En 1777 viaja a París con su madre, pasando por Mannheim, donde se enamora de la cantante de 16 años Aloysia Weber. Su madre muere en París y Wolfgang regresa a Salzburgo para retomar su antiguo trabajo como maestro de concierto y organista. La mala relación con el arzobispado empeora y el 8 de junio de 1781 es despedido del cargo. Tras un corto periodo en Munich donde compone su ópera Idomeneo, se muda a Viena donde conoce a Constanze Weber, hermana de Aloysia, con quien se casa al año siguiente. En Viena Wolfgang vive como músico independiente y obtiene un rotundo éxito con su opereta El secuestro del serrallo. Conoce allí a Joseph Haydn al cual dedica seis cuartetos de cuerdas. Durante este tiempo compone sinfonías, cuartetos de cuerdas y obras para grupos de cámara. W. A. Mozart se hace famoso y recibe muchos encargos que le reportan buen dinero, sin embargo su estilo de vida suntoso y las fluctuaciones de los favores del público lo mantendrán hasta el final de sus días en permanentes apuros económicos. En 1786 fue estrenada su ópera bufa Las bodas de Fígaro, la cual no obtiene el éxito esperado. A contrario censo, en Praga se constituye en un rotundo éxito y Mozart compone Don Giovanni especialmente para aquella ciudad. En 1787 muere su padre. El público vienés le retira sus favores, lo cual agudiza su precaria situación financiera. Por encargo del emperador, compone en 1789 la ópera Cosi fan tutte. Su última ópera fue La flauta mágica, estrenada el 30 de septiembre de 1791, en Viena, con un discreto éxito. En julio de 1791 recibe el encargo de componer un Requiem, el cual no llegó a terminar. El 5 de diciembre de 1791, con apenas 35 años de edad, Wolfgang Amadeus Mozart muere en Viena de una enfermedad crónica producto de su vida errante y su incansable actividad física y mental, exahusto y lleno de problemas económicos. Debido a su pobreza, su cuerpo fue enterrado en una fosa común, razón por la cual no se conservan sus restos.
 
Wolfgang Amadeus Mozart legó a la humanidad una incomparable obra musical, repleta de brillo, armonía, profundidad, fuerza, alegría, sensibilidad, contraste, picardía y humor. Como músico fue tan universal como quizás ningún otro en el mundo. Sus composiciones  se cuentan entre las grandes obras maestras de la música europea de todos los tiempos. Si la música de Bach nos eleva a una espiritualidad cercana a lo divino, las obras de Mozart nos devuelven lo terreno, lo humano en todo su resplandor, simetría y belleza.
 
Salzburgo y el mundo cultural del planeta se aprestan a celebrar los 250 años del nacimiento de Wolfgang Amadeus Mozart el 17 de enero del año próximo. En YAGE queremos unirnos a la conmemoración y rendirle, en nombre de Latinoamérica, un merecido homenaje de gratitud mediante la celebración de un Concurso de Cuento, cuyo tema central sea este querido músico universal. Con la seguridad de que hallaremos eco en la prolífica capacidad creativa de nuestros escritores, abrimos este concurso el cual se rige por la siguiente reglamentación:
 
BASES DEL CONCURSO
 
- Para trabajos inéditos, en prosa.
- Género: cuento.
- Tema: Wolfgang Amadeus Mozart
- Idiomas: español o portugués
- Extensión máxima: 4 páginas, formato Word DIN A4, tipo de letra Time News Roman 12, a espacio sencillo.
- Fecha límite para el envío de los trabajos: 30 de SEPTIEMBRE del 2005.
Para participar, hacer un sólo envío por correo electrónico (Asunto: Concurso Mozart/pseudónimo) con dos anexos en formato Word: el primero con “pseudónimo+cuento” y el otro con “pseudónimo+datos” (nombre, correo postal y electrónico, tel. y/o fax y un breve curriculum) a: yage.austria@... o a euroyage@... o a duarteherrera@... . (Por favor hacer el envío a una sola dirección electrónica y sólo en caso de que no funcione, enviarla a una subsidiaria. La dirección yage.austria@... no admite mails provenientes de Hotmail, bol.com.br y posiblemente otras empresas).
 
PREMIOS:
 
- Se entregarán 3 premios de 500 euros cada uno.
- Mención de Honor y publicación bilingüe de los trabajos destacados.
- Los resultados se anunciarán en el No 74 del Magazin Cultural Latinoamericano XICóATL (Año 15, Enero/Marzo/2006, edición digital [ www.euroyage.com ] e impresa).
 
PORTUGUÉS:
Concurso de Contos Wolfgang Amadeus Mozart
 
PARTICIPAÇÃO:
-          Para trabalhos inéditos, em prosa.
-          Gênero: conto.
-          Tema: Wolgang Amadeus Mozart.
-          Idiomas: espanhol ou português.
-          Extensão máxima: 4 páginas, formato Word DIN A4, tipo de letra Time News Roman 12, espaço simples.
-          Prazo para o envio dos contos: 30 de SETEMBRO de 2005.
Para participar, faça um só envio pelo correio eletrônico (assunto: Concurso Mozart/psedonimo) que contenha dois anexos em formato Word: o primeiro com “pseudonimo+conto” e o segundo com “pseudonimo+dados” (nome, endereço postal, eletrônico e número de telefone e fax bem como um breve curriculum vitae. Envie os arquivos para um dos endereços relacionados a seguir: yage.austria@... o a euroyage@... o a duarteherrera@... .(Caso não venha a funcionar um deles, então terá a possibilidade de  utilizar o outro endereço eletrônico. O endereço eletrônico yage.austria@... não admite e-mails provenientes de Hotmail, bol.com.br e possivelmente outras empresas.
 
PRÊMIOS:
 
-          Serão entregues três prêmios no valor de 500 euros cada.
-          Menção de Honra e publicação bilíngüe dos trabalhos destacados.
-          Os resultados serão publicados no # 74 do Magazin Cultural Latino-Americano XICóATL (Ano 15, janeiro/março/2006, edição digital [ www.euroyage.com ] e impressa).
 

*Dr. Luis Alfredo Duarte Herrera. yage.austria@...

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
http://www.euroyage.com/
Schießstattstr. 44/9 A-5020 Salzburg AUSTRIA
TEL + FAX: (++43) (662) 82 50 67
 
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"Página 1" Revista de actualidad, literatura, novedades, cultura y tantas cosas bellas de la vida. Es una publicación electrónica mensual que desde Haifa (Israel), edita el poeta santafesino José Pivín y que se difunde gratuitamente por internet, a quien lo solicite. Se aceptan colaboraciones pero no se mantendrá correspondencia con los autores que no fueron elegidos. Para subscribirse enviar un e-mail a: pivin11@... colocando en Asunto: Suscribirme a Página 1. 

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