Poesía del lunes*
Los sábados y los domingos no veo televisión,
tampoco los lunes y los martes,
ni el miércoles,
ni el jueves,
ni los viernes.
Pero para mirar que ven otras miradas
me asomo un poco a la febril pantalla.
Que mundo irrealmente veloz y trasnochado.
Que lujuria de ropas y de autos,
y de alimentos para que crezcas sano,
Que derroche infeliz de imágenes y espantos,
que inagotable estupidez y escarnio.
Habitualmente en esos días, yo leo.
Y escucho música en silencio mientras pienso,
o riego el pasto, cuido muy seriamente aquellas plantas
que me darán la sombra y el descanso.
El lunes entro, como todos, a la calle, a mi oficina,
donde me gano el mango.
*de Ernesto
Castro opercargo@...
Todas las mañanas, temprano, por la meseta pedregosa, con pastos duros y bajos, el humeante trencito de dos vagones corría diligente y presuroso aunque la inmensidad de la planicie lo hacía parecer de andar casi lento.
En lo alto de la colina que limita al llano por el oeste, de pié, sobre el borde del barranco, una coya, esperanzada en ver regresar a su hombre, lo acompañaba con la mirada hasta que se detenía en la estación, allá abajo, diminuta, vacía. Y luego, cuando pitando y resoplando el trencito se iba para el horizonte, la achinada y curtida mujer regresaba despacio, a su rancho, a su soledad.
Una mañana, y durante muchas mañanas, el trencito trajo un sólo vagón.
Hasta que no trajo ninguno; ni la humeante locomotora vino.
El despertador suena a las cinco y media. Es de noche. No debo pensarlo dos veces, y no lo pienso. Enciendo la luz del velador. Me incorporo (si puede decirse que ese paquete abotagado y que ofrece sólo una contundencia marmota y atravesada, lo que hace es incorporarse), me desplazo hacia el aparato de
radio (debajo del lavatorio, sobre un banquito que hubiera podido construir el tío Pacho, o bien, mi padre), manoteo la perilla que me sitúa en la raspante descarga eléctrica que da paso a la voz del locutor de mis matinatas laborales, me quito el saco del piyama casi sin respetar los tres botones ensartados en sendos ojales (no exactamente los simétricos), y lo cuelgo en la perchita colorada que hará nueve días pegué con Poxipol a una altura cómoda para el Increíble Hulk. Enciendo la luz con la mano izquierda mientras con la derecha abro la canilla que indica FR A. Surge el chorro con mayores ínfulas que si abriera la CAL ENTE, y similar temperatura a esa hora del alba, puesto que la caldera del edificio todavía reposa. Echo despabilante agua sobre párpados, mejillas e inevitables adyacencias, y me
complazco con los buches. Cierro la canilla, malseco la superficie salpicante con la toalla que me regalaron, en estas navidades, los únicos que me saludaran por las fiestas, y en el espejo del botiquín escruto las marcas de dobleces de funda que surcan mi frente. Cuelgo la toalla, descuelgo el saco del piyama con el que retorno hacia la cama donde una mujer duerme su intenso despatarro, sobre cama y mujer arrojo la prenda, apago la luz del velador, regreso al baño.
Radio Municipal de fondo y bajito, ya higienizado y con mucho talco berreta en el área afeitada, lavo mi ropita con el jabón de tocador y la tiendo en la estropeada cuerda de nailon que cruza la bañera. Preparo mi desayuno y lo tomo. Lavo, seco y guardo los utensilios. Me visto, y depositando besos en
quien no cesa de dormir y soñar con su marido de viaje o conmigo, yéndome apago las luces y la radio y cierro la puerta de mi departamento. Son las siete.
Mientras bajo los modestos tres pisos por el ascensor y traspongo la puerta de calle, trazo mi plan. Pocos metros por Arenales, llego a Ayacucho. Por esa, una cuadra hasta Juncal. Por Juncal otra, hasta Junín. Por Junín todas las demás, hasta avenida Las Heras, cruzando. Subir al ciento diez (a una
cuadra de los paredones de la Recoleta) preferentemente no después de las siete y quince. En Kerszberg S.A.C.I. no debo firmar la planilla de asistencia después de las ocho. Ayer recorrí Arenales hasta Junín y por Junín seguí hasta la parada. El viernes por Ayacucho fui hasta Las Heras y, por esa avenida, hasta Junín. El jueves por Ayacucho llegué a Pacheco de Melo, una por esa y otra por Junín. El miércoles por Ayacucho hasta Peña; por esa, una, y dos por Junín. El otro martes fue como hoy, doblé en Juncal,
pero no caminé por las veredas pares.
"La candente mañana de febrero que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía...comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita" Jorge Luis Borges. El Aleph
Por Beatriz G. Suárez *
Él era muy joven, yo una nena de 18 años. Llegué a verlo por primera vez una tarde de agosto vestida con pollera marrón y camisa de viyela rayada a los consultorios del Dr. Schwarstein de calle Córdoba.
La tiroides iba conmigo. Cuando me tocó el cuello supe la clase de gente que era.
Consultaba por un poco de peso sin causa y enseguida me proporcionó unos análisis pero además dijo algo que signó mi vida: "¿vos no andas necesitando alguien que te escuche?". Y derivó mi padecer a las lides del psicoanálisis donde efectivamente llevé la poesía del exceso.
Lo visité durante veinticuatro años mientras se mudaba y reía. Llamaba a sus dulces secretarias, no preguntaba demasiado y, aún en la formalidad y el señorío, seguía palpando mi garganta con suavidad de ángel.
Él avanzó y yo crecí, en ese trayecto se modificó todo, mi vida, la vida de los argentinos, el mundo, el Papa, París.
Cada encuentro era con su escucha, cada palabra un bálsamo fresco para curar el alma, esa zona no regulada por la levotiroxina.
Mis desesperaciones encontraron su calma chicha, el enorme placer al hablar de la vida y la relativa importancia de la biología cuando un médico considera al cuerpo habitado y habitante de calles, ciudades, pueblos y universos.
Eso era Prendes, un técnico de la cotidianeidad, no un excelso interpretador en el termo inaccesible de la ciencia.
Se interesaba por el páncreas pero también por la tristeza. El yodo radiactivo era un buen tema pero también la libertad, la tolerancia o el respeto recíproco. Y eso, curiosa y sabiamente, sanaba.
El no finalizaba en la insulina, su praxis iba donde su corazón, no necesariamente a seguir ecografías.
Tanto es así que mientras escribía sus prescripciones (siempre con hermosas fuentes de tinta jamás mediocre) yo salía de mis crisis en el sutil laboratorio de su presencia.
Le he contado mis recorridos, pudo escrutar glándulas y Apocalipsis.
Cuando supe que estaba enfermo no solo me entristecí sino que me preocupé.
Quedé perdida entre especialistas y doctores. Me extravié entre legos expertos a veces poco humanos para quienes el dolor de vivir es solo un color más en los centellogramas.
Por eso tengo pena, pero pena de amor.
Él fue y será un licenciado en asuntos generales, prestigió la medicina pareciéndose a Hipócrates por considerar al paciente inserto en su medio y su mundo, en saber los valores de tal o cual hormona pero también sus dietas y preocupaciones.
Se ha muerto el Nano Prendes, mi doctor, mi amigo.
Se ha muerto un médico, tal vez una eminencia de los de calle Oroño, de esos que la ciudad ha desparramado como pepitas de oro.
Pero por sobre todo se fue un rosarino hermoso.
O simplemente un hombre.
Lo dijo la radio: Efemérides:
Hoy hace treinta años
en Buenos Aires Nicolás Olivari
el autor
dijo la radio
dio una patada final
recta a la ambigüedad y a la pacatería
Murió
dijo la radio.
*Por Oreste Brunetto
Cuando ella dijo eso, medio como pensando en voz alta, cuando le nació, se ve, decirme eso, será que nos estábamos durmiendo sin darnos cuenta, la cuestión es que no pensé, no llegué a pensar. Sé que algo le dije para consolarla, por la voz que le escuché, partiendo siempre de la base de que yo soy bastante malo a la hora de ponerme a consolar a alguien. Enseguida, medio más dormido, me vino a la cabeza la palabra, la idea de que había una palabra que quería decir eso. Pero ahí nomás quedó la cosa, nos quedamos dormidos.
Al otro día, en el boliche, no va que leo que en la sexta de Palermo, corre un caballo con ese nombre, con la palabra ésa, de nombre, uno que yo no estaba seguro si habíamos jugado, una vez, con el Adrián, pero después nos cambiamos, no sé por qué. Morituri, por Turín y Moritat, flor de sangre barrera, si no me equivoco. Y entonces, en ese momento, me pasó una cosa rara, porque me vinieron a la cabeza varias cosas. Primero y empezando, la película, me acordé de una película que yo había visto, una vez, y se llama así. Primero me acordé, me vino a la cabeza el nombre de la película. Y después me fui acordando de la película, de qué trata.
La vi en la casa de Aldo, porque yo había pasado a saludarlo por lo del hermano. Y la pasaban en la tele. Aldo la estaba viendo cuando yo llegué, así que la seguimos viendo. Y la verdad es que la vimos más o menos, porque el Aldo estaba bastante ido, con lo que le había pasado al pobre hermano. La Pachito nos cebaba mate, dulce, como lo toman ellos menos el Dolindo, que lo toma amargo, como yo. Cebaba y nos miraba, sin decir nada, con unos ojos, que me hacía acordar del padre. Un sábado a la tarde, era, eso, seguro.
Es de guerra. De unos puntos que van en un barco. Y saben que no van a zafar, que es seguro que la van a palmar. Un misión suicida, o sea. Lo que pasa es que justamente Morituri significa los que la van a palmar. No sé, no me acuerdo si lo aclaran en la misma película, o algún gil lo explicó antes. Antes no puede ser porque cuando yo llegué ya había empezado, o sea que me lo explicó el Aldo, o fue un gil, después. O también puede ser que me lo haya explicado Eduardo, que lo encontré a la noche, en la milonga, y le conté, porque es buena, tiene un lindo argumento. Y capaz que ahí me explicó, porque Eduardo es un loco del cine, ha visto todo lo que uno vio y el doble más. Quedó así porque los viejos vivían al lado del Normandie, y como no les comía nada, la madre lo dejaba que fuera y se metiera en el cine, total, lo dejaban entrar gratis, y entonces, ahí sí, medio distraído con los tiros y los indios, le tomaba la leche, después le llevaba facturas, al muy caprichoso. Y entonces apenas le comenté que había visto la película, me confirmó cómo se llamaba, y que era lo que significaba el título, que en la película viene a ser el nombre del barco en el que viajan los puntos. La había visto de chico, y también esa tarde, la tarde de ese sábado cuando yo fui a saludarlo al Aldo, por lo del hermano.
Le pusieron ese nombre, se ve, porque aprovecharon que era eso lo que decían los gladiadores cuando salían, y saludaban al emperador César, antes de empezar a cagarse a tajos: ¡Morituri te salutant! O sea, los que la van a palmar, te saludan. Un ejemplo, Charlton Heston en Ben Hur, o Kirk Douglas en Espartaco. ¡Habrán sido giles! Batían así, en latín creo, un estilo al idioma de los curas en las misas de antes, de cuando yo era chico, que no se entendía nada. Quirieleison, repetíamos como loros.
Pero esa fue una de las cosas. Otra fue acordarme de Mori, el jugador de Estudiantes. Miento: de Independiente. Que jugaba de cinco. Bastante, bastante maleta. Lo que se dice del montón. Pero ahí también me acordé de Turi, un muchacho que jugaba en el potrero de atrás de la fábrica de damajuanas, que íbamos siempre. Era un gringo, pero no de los altos, de los petizos, que se llamaba Salvador, pero de donde es ese muchacho, a los que se llaman Salvador, les baten Turi. Justamente el gringo ése me contó que de donde vino él también era uno que se llamaba Salvatore Giuliano, que venía a ser de esos chorros que después reparten con los pobres, como una especie de Bairoletto, que mi abuelo Aquiles lo conoció cuando andaba de mercachifle en la pampa central, como le habían enseñado a decir a él.
Y ése es el Turi más famoso de la zona de él, porque la gente lo adoraba, lo sigue adorando. Y un día, lo amasijaron, al Turi. Como a los de la película, que no quiero macanear, si mal no recuerdo, creo que los bajan a todos, incluso al muchachito. Ojo, al Turi que era choro, lo mataron, no al muchacho que iba al potrero. Bah, no sé. Por lo menos yo seguí viéndolo mucho después, una vez que pasaba por ahí con la Iris. Bien, jugaba, el guacho. Mucho mejor que Mori, sin ir más lejos.
Es raro, es bien raro lo que me pasó ese día en el boliche, la verdad. Es raro que a alguien, a mí un ejemplo, le vengan a la cabeza tantas cosas juntas, que se acuerde. Yo paso años sin acordarme de nada, a no ser que se trate de las carreras. Pero ahí me acordé del nombre de la cinta, y de qué se trataba, y de los tipos que trabajan, que son todos varones. No les sé los nombres, pero sé quienes son. Uno es ese pelado que hace de faraón en "Los diez mandamientos", que se nota que es todo macana, están en el desierto de Arabia, por hay, y al pelado no se le cae una gota de sudor...
Ahora, cuando me acuerdo de esa noche en que ella me dijo eso ‑aunque decir que me lo dijo a mí es un decir, un decir solamente- ahora, cuando me acuerdo, puedo acordarme sin problema, otra cosa distinta es si lo cuento, si lo dijera en voz alta, incluso. Hay gente a la que le pasa lo mismo, por ejemplo, con las canciones, o con una canción en especial. A ella le pasaba con una. Una de Alberto Adduré, ésa canción que dice: "Te amé en última instancia, corazón, mi amor te di in extremis!....pensando en que partías, me entregué!". Escucharla, un ejemplo, por radio, todavía. O algún otro que la cantara en vivo. Yo, un ejemplo. Pero ya cantarla ella, no. Con lo que le gusta, y lo bien que canta, ¡con esa voz que Dios le dio! Es parecido a lo que le pasa también a la gente que ha perdido a algún familiar, o a alguien muy querido. Que haga poco que haya pasado. Como le pasaba justamente al Aldo la tarde ésa cuando pasé a saludarlo por lo del hermano, y medio vimos la película de guerra, ésa. ¿Quién iba a pensar del hermano del Aldo? Más que nada, se podía pensar del viejo de ella. Más que nada fue por eso que ella me habló así, me dijo eso esa noche, con esa voz que le salía. Primero y principal por el viejo, lo dijo, por el asunto de pirarse, de mudarse de barrio para siempre. Y también por mí, pero menos porque de mí quién iba a pensar la noche ésa cuando ella habló así con esa voz, tomada, mientras estábamos quedándonos dormidos sin darnos cuenta. Ella me habló así, se ve, y no podía repetir lo que había dicho, se ve, como le pasaba con la canción ésa de Alberto Adduré, igual como me pasa a mí ahora si quiero acordarme de la noche ésa.
Mejor dicho, si me acuerdo, nomás, vaya y pase. Lo que sí, si lo cuento, ya es otra cosa. Si lo quiero contar, ya la cosa cambia. La película, la puedo contar. El nombre, no. Puedo acordarme, pero si quiero decirlo en voz alta, por más que es una palabra, cortita, me pasa lo mismo que le pasaba a ella con la canción ésa de Alberto Adduré, ésa que dice: "¡Te amé en última instancia, corazón!..", como le pasó a ella esa noche cuando me dijo lo del viejo y lo mío. Como me pasa ahora a mí, cuando me acuerdo de esa noche, de la voz que tenía, la misma que le salía si ella quería cantar la canción, la canción ésa que ahora no puedo acordarme en voz alta.
Cuando ella me habló así, la noche cuando me dijo eso, yo no me acordaba de casi nada. No me acordaba del nombre de la película, ni de Mori, ni de Turi, ni de la canción ésa de Alberto Adduré, de ésa que ella no podía acordarse en voz alta. No va que ahora no puedo acordarme en voz alta del nombre de la película, ni de Mori, ni de Turi ‑el muchacho, no el choro‑, ni de esa canción de Alberto Adduré, ni de la noche ésa cuando ella, me dijo eso.
*
El próximo domingo 25 de septiembre del 2005 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), música del compositor venezolano Andrés Levell. Las poesías que leeremos pertenecen a Óscar Ángel Agú (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay (Andes); todo ésto en nuestro programa Poesía y Música Latinoamericana, en español y alemán. ¡Les deseamos una feliz audición!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite ahora también todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur. www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg
AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
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