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INVENTIVASocial
Plaza virtual de escritura
 
Edición Octubre de 2005
 
 

PRECARIEDAD*

     La vio en la costanera, en un árbol todavía no brotado, torcacita parda sobre un nido penosamente construido con tres o cuatro ramitas cruzadas.
     La señaló para ella con gesto infantil. Con el dedo extendido y la emoción extendida, trazó una línea cálida entre su clara mirada y la avecilla tierna.
     Después siguieron caminando, y la vida transcurrió sobre sus cabezas.
     Por la noche el viento fue inclemente, ululó en las antenas, con dientes de perro se aferró a los batientes de las ventanas. Las plantas se quejaron con voz vegetal. El hombre despertó en la noche.
     Al día siguiente le contó a ella que le había temblado un poco el alma a la madrugada. Le dijo que había pensado en la palomita, en la fragilidad de la intemperie de varillas peladas. Los ojos le brillaban. Dijo que vio los huevitos del futuro protegidos por el cuerpo escaso, por las alas minúsculas.

Dijo que la vida es fuerte en su resistencia.
     Ella le dijo "te quiero"

*de Mónica Russomanno. russomannomonica@...

 

*

Si tan sólo pudiera arrancarme de tu nombre
desarticular el fino entramado de tu ausencia
desterrar para siempre tu imagen
del laberinto de mis sueños.

Cerrarle el paso a tu recuerdo
aniquilarlo
sacarme para siempre de nosotros
 
y sin embargo
 
tropiezo a cada paso
en la emboscada de tus ojos
disfrazados de olvido
y sin quererlo caigo
caigo
si
go
ca
yen
do
hacia el fondo de este abismo
sin mañana.


                               *de elMutante d45em@...

 

 

Resuelvo hasta la última ecuación...*

 

Resuelvo hasta la última ecuación de las horas almidonadas en plata,
ningún oro está al frente de coronas perdidas.
Un museo de bueyes piadosos ronronea al costado de los caminos.
sin tregua avanzan  montañas azules, tras el cielo empedrado de nostalgias...

Te quiero plena, intacta, sin manchas en tus senos dorados
como el arroyo dora sus crestas al sol.
Te quiero ver jazmín,
te quiero sin nombres ni plagios,
 sin versos ni verbos, sin volar con Pegaso,
sin heraldos vivos ni muertos.
Te quiero feliz, pues del vientre eres feliz,
de tu ombligo las cadenas flamearon sin ruidos.
(los tambores de tu entorno siguen siendo tambores . . .)
Te quiero mujer sin límites de risas, sin rencores ni historias,
y tu historia atada al mástil de la vergüenza que ocultan los traidores.
Te quiero enarbolada en cien sueños de planetas,

en cien estrellas con su brillo,
en cien maneras de evocar tu nombre, en cien gestos de honrar este hombre.
Con tu voz de mieles, con tu silencio de trino,

con tu blanca y cordial alma,
con tu meta de orgullos por mi canto, con la pasión de tus manos,
con el calor de tu boca, con el arte de coordinar tu cuerpo
en la armónica canción del desamparo.
Te quiero sin olvidos, te quiero sin verdades,
te quiero en la mente de tu mente sin prólogos de quererte.

*de ricardo d. mastrizzo. ricardomastrizzo@...

 

 

 

 

LA ESTRATEGIA*
 
  
una tarde de sol como muchas otras
una música que libera ondas
mi cuerpo las percibe
 
atento y silencioso
recostado y quieto
elabora la estrategia de vivir
 
sí         de vivir
sin la necesidad de tu cercanía
ni la noción de tu ausencia
 
elabora una estrategia
que demanda mucho esfuerzo
 
cansado y dolorido
separa los recuerdos
aleja los retazos
                 de calor que aún tiene
 
y sin despedidas tristes
ni llantos
prepara la estrategia de olvidarte


              *de Beatriz Martinelli.
beatrizmar@...

 

 

 

*

primavera

la desaparición
de los sobretodos
todos

*de "Sentires", Aníbal Jorge Sciorra,
anisci2003@...
Ediciones Darse Cuenta, Buenos Aires, 1996.

 
 
 
 
El abuelo*

*Por Juan José Saer

Cuando lo mataron, el padre [de Nula] tenía treinta y ocho años, unas entradas pronunciadas en la frente y, aunque veteado de un gris prematuro por las vicisitudes, un bigote copioso, como estaba de moda en los años setenta, tal vez para sugerir la virilidad adicional que suponía la opción política de sus portadores. Y aunque el soplo terrible de esa década lo había aventado como a una hoja seca, era a finales de los cincuenta, en su juventud, cuando su personalidad, o como quiera llamársela, había cristalizado, y en ella, al principio, la política ocupaba sin duda un lugar secundario. Había ido a estudiar arquitectura a Rosario pero, igual que años más tarde su hijo menor, que en su momento no reparó en la simetría, cambió la medicina por la filosofía, él se había pasado a Ciencias Económicas, de donde fue declinando hacia el periodismo. En 1960 se casó con la India, cuatro meses antes del nacimiento de Chade -la India tenía diecinueve año- y se instalaron en la ciudad. Como había hecho el bachillerato en la Escuela comercial, empezó a trabajar en un banco, pero al cabo de un año y medio dejó de ir, diciendo que le daba asco manipular billetes. Nadie, empezando por él mismo, se daba cuenta de que estaba atravesando una depresión nerviosa. Nula acababa de nacer; como había cuatro bocas que alimentar, la India comprendió que había llegado para ella el momento de, como dicen, tomar cartas en el asunto. Empezó a trabajar en la librería jurídica de un amigo de su padre, en un local enfrente de los Tribunales: al poco tiempo, el dueño ya no venía más, ni siquiera a hacer la caja al final del día. Le gustaban más las bochas que el comercio y era presidente del club El bochín de oro en Santo Tomé, por eso terminó por asociar a la India a la firma, de modo que cuando se retiró, ella no tuvo casi poner nada para convertirse en la única propietaria. Ya antes de la jubilación de su socio, había obtenido del Consejo Universitario la autorización para instalar la sucursal, una especie de cabaña de madera abarrotada de libros jurídicos, en el patio de la Facultad de derecho: se me prendió la lamparita y les metí el caballo en Troya, metaforizada con frecuencia y con bastante satisfacción. Yusef, su suegro, la había ayudado para la compra de la librería. Sin decírselo a nadie, pensaba que de las responsabilidades que, desde su punto de vista, para nada semejante al de la India por otra parte, su hijo varón no parecía dispuesto a asumir, le correspondía a él hacerse cargo. Sus dos hijas, que vivían en el pueblo (la menor ya estaba casada, pero la más grande, que nunca se casaría, seguiría viviendo con él en la casa paterna), solícitas, lo consolaban. Pero era inútil: el varón sería el problema de su vejez, y aunque lo sobreviviría unos años, fue el rumiar sin descanso las incomprensibles vida y muerte de su hijo lo que lo llevó a la tumba. Sus nietos lo adoraban.

Había llegado desde Damasco al final de los años veinte, para trabajar como empleado en el negocio de un tío suyo, en plena llanura, no lejos de Rosario, a orillas del Carcarañá. Todavía no había cumplido dieciséis años; unos meses después de llegar, una tarde, el tío lo llamó al fondo del patio y, bajando la voz y mirando a su alrededor para asegurarse de que no había nadie, sacó una taba del bolsillo, explicándole que esa noche iba a haber una partida, y que él iba a tirar a propósito la taba hacia el fondo del patio, en la oscuridad, y que lo iba a mandar a buscarla, de modo que lo único que tenía que hacer era cambiar las tabas y traerle no la que él había tirado al fondo del patio, sino esa que le estaba mostrando y que acababa de sacar del bolsillo del pantalón. Pero Yusef, que sin embargo quería de verdad a su tío y le debía todo, se había negado, diciéndole que no era por miedo, pero que, aunque le hubiese gustado mucho complacerlo, él no podía hacer una cosa semejante. El tío pareció comprender sus razones y le dijo que no se preocupara. Yusef calculó que esa noche debió pasar algo con las dos tabas, porque a su tío le pegaron once tiros: no lo mataron -vivió hasta los noventa y tres años con dos balas en el cuerpo que nunca le pudieron sacar, y murió de golpe una tarde durante una partida de tute- aunque por prudencia tuvo que dejar el pueblo para instalarse en Rosario, que era la capital de la mafia en aquella época. Los criollos impulsivos que sacaban el cuchillo con cualquier pretexto o empezaban a los tiros por un simple cambio de tabas no coincidían, en lo que a estilo se refiere, con la discreción proverbial de la hermandad siciliana. [...]

De chicos, Nula y su hermano pasaban siempre las vacaciones en el pueblo. Cada uno tenía un caballo, igual que sus primos, a los que sin embargo el abuelo, tal vez porque habían nacido un poco después y no llevaban su apellido sino el apellido italiano de su yerno, o tal vez porque Chade y Nula eran un vínculo con el hijo que había perdido desde mucho antes de que la muerte, definitiva, lo arrebatara, parecía querer un poco menos. O tal vez los dos hermanos que venían de la ciudad tendían a imaginárselo así deseando que fuese de veras, desde que tenían memoria, de la época en que esa impresión de abrigo, hecha a la vez de afecto y de rudeza, se mezclaba con el recuerdo de las primeras sensaciones de la llanura. Sensaciones táctiles por ejemplo: el contacto caliente y palpitante contra el cuerpo del caballo sudoroso; la frescura súbita, en las tardes de verano; al entrar en algún rincón de sombra del patio inmenso; la tensión resbaladiza de las ranas vivas que trataban de zafar de la mano que las aferraba; el agua tibia de la laguna y el contacto de las presencias confusas -animales o vegetales, no se sabía bien?que los rozaban entre el fondo y la superficie; los pies desnudos que se hundían en el polvo de la calle, cuando, en las noches calurosas, volvían de algún baile con los zapatos en la mano; el ardor súbito en las pantorrillas en el momento en que, cruzando algún campito, se enredaban en una mata de ortigas; la piel aterciopelada de los duraznos todavía verdes o la sensación pegajosa que dejaba en las manos la leche de las higueras. [...]

El abuelo era uno de esos "turcos" acriollados que, cuando se vestía como la gente de campo o cuando andaba a caballo, si no abría la boca, con su pelo negro y lacio, su bigotito bien recortado y su piel oscurecida por la vida al aire libre, los que no lo conocían lo tomaban por un gaucho, peón de campo de la zona o uno de esos santiagueños que, en los años treinta y cuarenta venían en masa a los pueblos de la llanura para la cosecha de maíz. E incluso cuando hablaba no tenía demasiado acento extranjero: había aprendido bien el castellano, excepción hecha de cuatro o cinco obstáculos, para los cuales tal vez sus órganos vocales no estaban entrenados, y que delataban sus orígenes. Era yrigoyenista, anticonservador y antiperonista acérrimo (era el término que empleaba), y sabía contar que, cuando el golpe del treinta, un gaucho borracho había entrado a caballo en el negocio, y él había sacado el revólver del cajón del mostrador y descolgado el rebenque de la estantería, y lo había hecho recular a rebencazos hasta el medio de la calle. Y sin embargo, leía LA NACION y La Capital y recibía todos los meses las Selecciones del Reader´s Digest. Se vestía de tres maneras distintas para ejercer sus tres ocupaciones principales; el trabajo en el campo donde tenía algunas vacas, el negocio de ramos generales, en el que vendía desde yerba hasta heladeras y, en otras épocas, hasta automóviles, y desde luego ropa, tela, pintura y lo que fuese, y por último, para sus viajes a Rosario, por negocios, asuntos de familia, o acontecimientos sociales como casamientos, bautismos, velorios o fiestas de la colectividad en el club Sirio-Libanés. En los años sesenta, tenía una camioneta que usaba en el campo y en el pueblo y un coche nuevo para viajes más largos. A Nula le pareció oír, sin entender bien porque todavía era demasiado chico, y sus padres se limitaban a hacer alusiones sobre el asunto, que, después de enviudar, había entrado en relaciones con una amante misteriosa en Rosario. Laila y María, las dos hijas, no hubiesen tolerado que exhibiese una conducta semejante en el pueblo. Cuando Nula fue más grande, la India le contó que su padre se lo había cruzado una vez en Rosario, y que el abuelo Yusef, que estaba acompañado por su amante, había fingido no verlo, pero que de todos modos para esa época las relaciones entre el padre y el hijo ya se habían echado a perder. En materia de religión, el abuelo se declaraba con vehemencia católico apostólico romano, que era tal vez una manera implícita de subrayar su superioridad no ante los judíos, a los que parecía ignorar, aunque cuando jugaba al truco siempre formaba pareja con el farmacéutico, Feldman, que lo era, ni ante los musulmanes, a los que detestaba, sino más bien respecto de los maronitas y de los ortodoxos, que le parecían más caprichosos que verdaderos disidentes, porque pudiendo acogerse a la Iglesia de Roma como él, preferían optar por esas variaciones extravagantes. Iba a misa todos los domingos, y comulgaba de tanto en tanto; y si el cura mandaba a comprarle alguna cosita para él o para los pobres del pueblo no le cobraba, pero no veía con buenos ojos que jugara a las cartas los sábados a la noche y se abstenía de frecuentar esas partidas para no cruzarse con él.

Al hijo lo habían traído a enterrar en el pueblo, cerca de la madre y de un hermano mayor que él, que había vivido apenas un par de semanas y que, como se acostumbraba entonces, llevaba su mismo nombre. Al principio, la India había estado en desacuerdo, porque tenía la intención de cremarlo y de dispersar sus cenizas, pero después pensó que era mejor que se lo dejara cerca al padre, para ver si la proximidad, por encima de la inconmensurable separación, los reconciliaba. A ella le quedaba, como les diría tantas veces a sus hijos en su idioma colorido, el picnic maravilloso antes de la tormenta. Cuando lo mataron en una pizzería de Boulogne, cerca de la ruta panamericana, la India pasó por el pueblo para dejar a los chicos y siguió en auto con el abuelo hasta Buenos Aires, La policía los interrogó un día entero antes de devolverles el cadáver, y al final del interrogario un sumariante les leyó la parte del sumario en la que se referían los hechos: al parecer tenía una cita a las nueve de la noche, pero llegó un rato antes y se cambió dos veces de mesa. A las nueve menos diez, un coche con tres hombres adentro, según los testigos, estacionó delante de la puerta; el que venía sentado al lado del chofer salió y se paró en la vereda, apoyándose contra la puerta abierta del auto que seguía con el motor en marcha. Según el mozo de la pizzería, él también se había parado al verlos, metiendo la mano entre las solapas del sobretodo cruzado para ir preparando el arma, sin perderlos de vista, pero el que tiró ya estaba desde hacía rato en la pizzería, tomando una cerveza, en una mesa que estaba detrás de la de él, simulando mirar un programa deportivo en la televisión esperando que llegara el coche que debía evacuarlo después de la ejecución, de modo que le pegó cuatro tiros por la espalda, lo remató cuando estaba en el suelo, según el mozo de la pizzería, salió corriendo y entró en el asiento trasero del auto donde alguien ya le había abierto la puerta desde el interior [...]
 
*Anticipo de La grande, novela póstuma  de Juan José Saer.
-Fuente: diario La Nación  Link corto: http://www.lanacion.com.ar/743591
 
 
 
 
Adolesciendo*
 
Éramos jóvenes y nos seducía la desdicha
                                Jorge Luis Borges    
 
Un día cualquiera, uno de esos días adicionales en que se recorre el pasado y se supone el porvenir, cuando nuestra anterior vida lógica se transforma repentinamente en momentos de un lúcido y monstruoso auge del pensamiento, nosotros vemos que nos faltan deseos.
     Intentamos  entonces  frágiles  e  inoperantes  defensas contra el escepticismo que nos invade, regular e inflexible, como una inundación, o como una lenta enfermedad cuyo curso conocemos y nos es imposible detener. Tratamos de apasionarnos, pero es inútil, porque el fervor nos abandona y la razón es una llaga abierta que nos obliga a buscar un alivio que no existe y que cuando venga, si llega, lo hará solo.
     Y es entonces que prolongamos nuestras horas sin fe, suicidas de alegría triste y angustia ingenua, con la secreta esperanza de ser engañados y la desmoralizadora certeza de nuestra invulnerabilidad, nosotros, que sin creer en nada, en realidad creemos en todo.
     En  esos días inhumanos, negativos, en esos días en que las noches nos encuentran tristes y heridos, acosados de cultura, con la respiración del alma fatigada y la mirada sucia de ver tantas imágenes y buscarles su inexistente sentido, ocurre lo de siempre. La razón se destruye a sí misma, y sobrevienen las contradicciones. Esto no es evitable.
     Todos somos iguales, yo y mis amigos, y es un tema analizado. Integra "la problemática contemporánea".
     A veces, en noches de hastío terribles, nos destrozamos mutuamente en amargas conversaciones tortuosas.
     Las  cosas  suceden   más  o  menos  fuera  de  nuestro control. Yo me controlo bastante, sin embargo, y eso me permite ciertas ingenuas decisiones de orden secundario, aunque supongo que lo sustancial lo hacemos, pero no lo decimos.
     Me doy cuenta que estoy por llegar a una contradicción, porque todas las afirmaciones se incluyen a sí mismas. Y ahí está el problema. Si no supiera todo lo que iba a suceder me hubiese preguntado si el pensamiento de que actuamos pero no elegimos me pertenece a mí, o depende de poderes que escapan a mi control, y así sucesivamente.
     Sartre dice que la vida comienza  más allá de la desesperación, pero más allá de la desesperación no comienza nada. Sólo una estéril e incrédula sucesión de ensayos, triste y afanosa, sin sentido.
     Un  amigo me preguntó un día qué inconveniente había en no buscarle significado a las cosas. "Lo que te pasa -me dijo- es que tenés nostalgia de sentido. Es algo histórico. Antes todo debía tener sentido. Ahora sólo queda una cierta nostalgia." Yo le dije que lo que él estaba haciendo era buscarle un sentido, aunque fuera histórico, como hecho que sucede en orden al proceso de las transformaciones de la cultura, a lo que llamaba no intentar el significado de las cosas. Me dijo que él tampoco creía en la validez de sus argumentos.
     Entre nosotros solemos hacer estas experiencias. Los resultados son parecidos.
     Dije  que  las  cosas  suceden  más  o  menos fuera de nuestro control. Un día nos tienta una paradoja, un tanto desafiante e irónica, y nos acercamos a ella indefensos, y como todavía nada nos apremia, no hay motivo para que nos interese, hasta que todo se hace más dramático y decisivo. Entonces ya no es posible volver atrás. La huida debe ser hacia adelante, pero no hay adelante.
     En  una película de Ingmar Bergman un profesor le pregunta a cierto alumno: "¿Por qué no se suicidó?" Y éste le responde que tiene miedo. "Todavía le queda una solución -le dice el profesor-, tal vez la menos dramática. Aún le asiste a usted un derecho. Conocerse a sí mismo." El muchacho lo mira, mientras el profesor se dirige a dictar su clase, y lo detiene para preguntarle qué lámina necesita. "La número 52", es la respuesta. Son muchas las que están colgadas en el gabinete. Llenan enteramente la pantalla. Y la película finaliza mientras el estudiante va apartando una y otra con la cabeza inclinada para observar la numeración.
     Lo  que  dijo  el  profesor es que conocerse a sí mismo quizá sea la solución menos dramática, pero no se trata de mayor o menor dramatismo. No hay cuestión de grados. Hay una cuestión de existencia. Y, por otra parte, la lámina 52 tampoco aparece, ni representa mucho.
     Mientras  tanto  todo ocurre sin muchas variaciones. Se tiene cierta sensación de provisoriedad, de realizar sólo actos circunstanciales, demasiado rectificables.
     Y se suceden  sin cesar, con infalible monotonía, las distintas versiones multifacéticas de esa angustia vana y decadente. De ese sentimiento irremisible, poco discriminado, que se va convirtiendo con el tiempo en una amarga costumbre del alma.
     Siempre es un  alivio intentar expresarlo, darle forma, tratar de pulirlo. Presenta ciertos problemas estéticos. Es una manera de distraerse.
     Pero acabo de darme cuenta y no sé que consecuencia tendrá esto.
 
 
*de Eduardo Lucio Molina y Vedia. eduluc_2000@...
 
 

 
Remedio para melancólicos*

-Busquen ustedes unas sanguijuelas, sángrenla -dijo el doctor Gimp.
-Si ya no le queda sangre -se quejó la señora Wilkes-. Oh, doctor ¿qué mal aqueja a nuestra Camila?
-Camila no se siente bien.
-¿Sí, sí?
El buen doctor funció el ceño.
-Camila está decaída.
-¿Qué más, qué más?
-Camila es la llama trémula de una bujía, y no me equivoco.
-Ah, doctor Gimp -protestó el señor Wilkes-. Se despide diciendo lo que dijimos nosotros cuando usted llegó.
-¡No, más, más! Denle estas píldoras al alba, al mediodía y a la puesta de sol. ¡Un remedio soberano!
-Condenación. Camila está harta de remedios soberanos.
-Vamos, vamos. Un chelín y me vuelvo escaleras abajo.
-¡Baje pues, y haga subir al demonio!
El señor Wilkes puso una moneda en la mano del buen doctor.
El médico, jadeando, aspirando rapé, estornudando, se lanzó a las bulliciosas calles de Londres, en una húmeda mañana de la primavera de 1762.
El señor y la señora Wilkes se volvieron hacia el lecho donde yacía la dulce Camila, pálida, delgada, sí, pero no por eso menos hermosa, de inmensos y húmedos ojos lilas, la cabellera un río de oro sobre la almohada.
-Oh -Camila sollozaba casi-. ¿Qué será de mí? Desde que llegó la primavera, tres semanas atrás, soy un fantasma en el espejo: me doy miedo. Pensar que moriré sin haber cumplido veinte años.
-Niña -dijo la madre-, ¿qué te duele?
-Los brazos, las piernas, el pecho, la cabeza. Cuántos doctores, ¿seis? Todos me dieron vuelta como una chuleta en un asador. Basta ya. Por Dios, déjenme morir intacta.
-Qué mal terrible, qué mal misterioso -dijo la madre-. Oh, señor Wilkes, hagamos algo.
-¿Qué? -preguntó el señor Wilkes, enojado-. ¿Olvídate del médico, el boticario, el cura, ¡y amén! Me han vaciado el bosillo. Qué quieres, ¿qué corra a la calle y traiga al barrendero?
-Sí -dijo una voz.
Los tres se volvieron, asombrados.
-¡Cómo!
Se habían olvidado totalmente de Jaime, el hermano menor de Camila. Asomado a una ventana distante, se escarbaba los dientes, y contemplaba la llovizna y el bullicio de la ciudad.
-Hace cuatrocientos años -dijo Jaime con calma- se ensayó, y con éxito. No llamemos al barrendero, no, no. Alcen a Camila, con cama y todo, llévenla abajo y déjenla en la calle, junto a la puerta.
-¿Por qué? ¿Para qué?
-En una hora desfilan mil personas por la puerta -los ojos le brincaban a Jaime mientras contaba-. En un día, pasan veinte mil personas a la carrera, cojeando o cabalgando. Todos verán a mi hermana enferma, todos le contarán los dientes, le tirarán de las orejas, y todos, todos, sí, ofrecerán un remedio soberano. Y uno de esos remedios puede ser el que ella necesita.
-Ah -dijo el señor Wilkes, perplejo.
-Padre -dijo Jaime sin aliento-. ¿Conociste alguna vez a una hombre que no creyera ser el autor de la Materia Médica? Este ungüento verde para el ardor de garganta, aquella cataplasma de grasa de buey para la gangrena o la hinchazón. Pues bien, ¡hay diez mil boticarios que se nos escapan, toda una sabiduría que se nos pierde!
-Jaime, hijo, eres increíble.
-¡Cállate! -dijo la señora Wilkes-. Ninguna hija mía será puesta en exhibición en esta ni en ninguna calle...
-¡Vamos, mujer! -dijo el señor Wilkes-. Camila se derrite como un copo de nieve y dudas en sacarla de este cuarto caldeado. Jaime, ¡levanta la cama!
La señora Wilkes se volvió hacia su hija.
-¿Camila?
-Me da lo mismo morir en la intemperie -dijo Camila- donde la brisa fresca me acariciará los bucles cuando yo...
-¡Tonterías! -dijo el padre-. No te morirás. Jaime, ¡arriba! ¡Ajá! ¡Eso es! ¡Quítate del paso, mujer! Arriba, hijo, ¡más alto!
-Oh -exclamó débilmente Camila-. Estoy volando, volando...
De pronto, un cielo azul se abrió sobre Londres. La población, sorprendida, se precipitó a la calle, deseosa de ver, hacer, comprar alguna cosa. Los ciegos cantaban, los perros bailoteaban, los payasos cabriolaban, los niños dibujaban rayuelas y se arrojaban pelotas como si fuera un tiempo de carnaval.
En medio de todo este bullicio, tambaleándose, con las caras encendidas, Jaime y el señor Wilkes transportaban a Camila, que navegaba como una papisa allá arriba, en la cama-berlina, con los ojos cerrados, orando.
-¡Cuidado! -gritó la señora Wilkes-. ¡Ah, está muerta! No. Allí. Bájenla suavemente...
Por fin la cama quedó apoyada contra el frente de la casa, de modo que el río de humanidad que pasaba por allí pudiese ver a Camila, una muñeca Bartolemy grande y pálida, puesta al sol como un trofeo.
-Trae pluma, tinta y papel, muchacho -dijo el padre-. Tomaré nota de los síntomas y de los remedios. Los estudiaremos a la noche. Ahora...
Pero ya un hombre entre la multitud contemplaba a Camila con mirada penetrante.
-¡Está enferma! -dijo.
-Ah -dijo el señor Wilkes, alegremente-. Ya empieza. La pluma, hijo. Listo. ¡Adelante, señor!
-No se siente bien -el hombre frunció el ceño-. Está decaída...
-No se siente bien... Está decaída... -escribió el señor Wilkes, y de pronto se detuvo-. ¿Señor? -Lo miró con desconfianza.- ¿Es usted médico?
-Sí, señor.
-¡Me pareció haber oído esas palabras! Jaime, toma mi bastón, ¡échalo de aquí! ¡Fuera, señor, fuera!
Ya el hombre se alejaba blasfemando, terriblemente exasperado.
-No se siente bien, y está decaída... ¡bah! -imitó el señor Wilkes, y se detuvo. Pues ahora una mujer alta y delgada como un espectro recién salido de la tumba, señalaba con un dedo a Camila Wilkes.
-Vapores -entonó.
-Vapores -escribió el señor Wilkes, satisfecho.
-Fluido pulmonar -canturreó la mujer.
-¡Fluido pulmonar! -escribió el señor Wilkes, radiante-. Bueno, esto está mejor.
-Necesita un remedio para la melancolía -dijo la mujer débilmente-. ¡Hay en esta casa tierra de momias para hacer una pócima? Las mejores momias son las egipcias, árabes, hirasfatas, libias, todas muy útiles para los trastornos magnéticos. Pregunten por mí, la Gitana, en Flodden Road. Vendo piedra perejil, incienso macho...
-Flodden Road, piedra perejil... ¡más despacio, mujer!
-Opobálsamo, valeriana póntica...
-¡Aguarda, mujer! ¡Opobálsamo, sí! ¡Que no se vaya, Jaime!
Pero la mujer se escabulló, nombrando medicamentos.
Un muchacha de no más de diecisiete años, se acercó y observó a Camila Wilkes.
-Está...
-¡Un momento! -el señor Wilkes escribía febrilmente-. Trastornos magnéticos, valeriana póntica.
-¡Diantre! Bueno, niña, ya. ¿Qué ves en el rostro de mi hija? La miras fijamente, respiras apenas. ¿Bueno?
-Está... -la extraña joven escudriñó profundamente los ojos de Camila y balbuceó-. Sufre de... de...
-¡Dilo de una vez!
-Sufre de... de... ¡oh!
Y la joven, con una última mirada de honda simpatía, se perdió en la multitud.
-¡Niña tonta!
-No, papá -murmuró Camila, con los ojos muy abiertos-. Nada tonta. Veía. Sabía. Oh, Jaime, corre a buscarla, ¡dile que te explique!
-¡No, no ofreció nada! En cambio la gitana, ¡mira su lita!
-Ya sé, papá.
Camila, más pálida que nunca, cerró los ojos.
Alguien carraspeó.
Un carnicero, de delantal ensangrentado como un campo de batalla, se atusaba el mostacho fiero.
-He visto vacas con esa mirada -dijo-. Las curé con aguardiente y tres huevos frescos. En invierno yo mismo me curo con este elixir...
-¡Mi hija no es una vaca, señor! -el señor Wilkes dejó caer la pluma-. ¡Tampoco es carnicero, y estamos en primavera! ¡Apártese, señor! ¡Hay gente que espera!
Y en verdad, ahora una inmensa multitud, atraída por los otros, clamaba queriendo aconsejar una pócima favorita, o recomendar un sitio campestre donde llovía menos y había más sol que en toda Inglaterra o en el Sur de Francia. Ancianos y ancianas, doctos como todos los viejos, se atropellaban unos a otros en una confusión de bastones, en falanges de muletas y de báculos.
-¡Atrás! ¡Atrás! -gritó, alarmada, la señora Wilkes-. ¡Aplastarán a mi hija como una cereza tierna!
-¡Fuera de aquí!
Jaime tomó los báculos y muletas y los lanzó por encima de la multitud, que se alejó en busca de los miembros perdidos.
-Padre, me desmayo, me desmayo -musitó Camila.
-¡Padre! -exclamó Jaime-. Sólo hay un medio de impedir este tumulto. ¡Cobrarles! ¡Que paguen por opinar sobre esta dolencia!
-Jaime, ¡tú sí que eres mi hijo! Pronto, muchacho, ¡pinta un letrero! ¡Escuchen, señoras y señores! ¡Dos peniques! ¡A la cola, por favor, formen fila! Dos peniques por cada consejo. Muestren el dinero, ¡así! Eso es. Usted, señor. Usted, señora. Y usted, señor. ¡Y ahora la pluma! ¡Comencemos!
El gentío bullía como un mar encrespado.
Camila abrió un ojo y volvió a desmayarse.
Crepúsculo, las calles casi desiertas, sólo algunos vagabundos. Se oyó un tintineo familiar y los párpados de Camila temblaron como alas de mariposa.
-¡Trescientos noventa y nueve, cuatrocientos peniques!
El señor Wilkes echó en la alforja la última moneda de plata.
-¡Listo!
-Tendré un coche fúnebre hermoso y negro -dijo la joven pálida.
-¡Cállate! ¿Quién pudo imaginar, oh familia mía, que tanta gente, doscientos, pagaría por darnos su opinión?
-Sí -dijo la señora Wilkes-. Esposas, maridos, hijos, todos hacen oídos sordos, nadie escucha a nadie. Por eso pagan de buen grado a quien los escucha. Pobrecitos, todos creyeron hoy que ellos y sólo ellos conocía la angina, la hidropesía, el muermo, sabían distinguir la baba de la urticaria. Y así hoy somos ricos, y doscientas personas se sienten felices, luego de haber descargado frente a nuestra puerta toda su ciencia médica.
-Cielos, costó trabajo alejarlos. Al fin se fueron, mordisqueando como cachorros.
-Lee la lista, padre -dijo Jaime-. De las doscientas medicinas, ¿cuál será la verdadera?
-No importa -murmuró Camila, suspirando-. Oscurece ya, y esos nombres me revuelven el estómago. Quisiera ir arriba.
-Sí, querida. ¡Jaime, ayúdame!
-Por favor -dijo una voz.
Los hombres que ya se encorvaban, se irguieron para mirar.
El que había hablado era un barrendero de apariencia y estatura ordinarias, de cara de hollín, y en medio de la cara dos ojos azules y traslúcidos y la hendidura blanca de una sonrisa de marfil. De las mangas, de los pantalones, cada vez que se movía, o hablaba con voz serena, o gesticulaba, brotaba una nube de polvo.
-No pude llegar antes a causa del gentío -dijo el hombre, que tenía en las manos una gorra sucia-. Iba ya para casa y decidí venir. ¿He de pagar?
-No, barrendero, no es necesario -dijo Camila.
-Espera... -protestó el señor Wilkes.
Pero Camila lo miró dulcemente y el señor Wilkes calló.
-Gracias, señora. -La sonrisa del barrendero resplandeció como un rayo de sol en el crepúsculo-. Tengo un solo consejo.
Miraba a Camila. Camila lo miraba.
-¿No es hoy la noche de san Bosco, señor, señora?
-¿Quién lo sabe? ¡Yo no, señor! -dijo el señor Wilkes.
-Yo creo que es la noche de san Bosco, señor. Y además, es noche de plenilunio. Pues bien -prosiguió el barrendero humildemente, sin poder apartar la mirada de la hermosa joven enferma-, tienen que dejar a la hija de ustedes a la luz de esta luna creciente.
-¡A la intemperie y a la luz de la luna! -exclamó la señora Wilkes.
-¡No vuelve lunáticos a los hombres? -preguntó Jaime.
-Perdón, señor -el barrendero hizo una reverencia-. Pero la luna llena cura a todos los animales enfermos, ya sean humanos o simples bestias del campo. El plenilunio es un color sereno, una caricia reposada, y modela delicadamente el espíritu, y también el cuerpo.
-Pero, ¿y si llueve? -dijo la madre, inquieta.
-Lo juro -prosiguió rápidamente el barrendero-. Mi hermana padecía de esta misma desmayada palidez. Una noche de primavera la dejamos como una maceta de lirios, a la luz de la luna. Ahora vive en Sussex, verdadero espejo de la salud recobrada.
-¡Salud recobrada! ¡Plenilunio! Y no nos costará un solo penique de los cuatrocientos que nos dieron hoy, madre, Jaime, Camila.
-¡No! -dijo la señora Wilkes-. No lo permitiré.
-Madre -dijo Camila, mirando ansiosamente al barrendero.
El barrendero de cara tiznada contemplaba a Camila, y su sonrisa era como una cimitarra en la oscuridad.
-Madre -dijo Camila-. Es un presentimiento. La luna me curará, sí, sí.
La madre suspiró.
-Éste no es mi día, ni mi noche. Déjame besarte por última vez, entonces. Así.
Y la madre entró en la casa.
El barrendero se alejaba ahora, haciendo corteses reverencias.
-Toda la noche, entonces, recuérdenlo, a la luz de la luna, y que nadie las moleste hasta el alba. Que duerma usted bien, señorita. Sueñe, y sueñe lo mejor. Buenas noches.
El hollín se desvaneció en el hollín; el hombre desapareció.
El señor Wilkes y Jaime besaron la frente de Camila.
-Padre, Jaime -dijo la joven-. No hay por qué preocuparse.
Camila quedó sola, mirando fijamente a lo lejos.
Allá, en la oscuridad, parecía que una sonrisa titilaba, se apagaba, y se encendía otra vez, y luego se perdía en una esquina.
Camila aguardó a que saliera la luna.
La noche en Londres, voces soñolientas en las tabernas, portazos, despedidas de borrachos, tañidos de relojes. Camila vio una gata que se deslizaba como una mujer envuelta en pieles; vio una mujer que se deslizaba como una gata, sabias las dos, silenciosas, egipcias, oliendo a especias. Cada cuarto de hora llegaba desde la casa una voz:
-¿Estás bien, hija?
-Sí, padre.
-¿Camila?
-Madre, Jaime, estoy muy bien.
Y al fin:
-Buenas noches.
-Buenas noches.
Se apagaron las últimas luces. La ciudad dormía. La luna se asomó.
Y a medida que la luna subía, los ojos de Camila se agrandaba y miraban las alamedas, los patios, las calles, hasta que por fin, a media noche, la luna iluminó a Camila, y la muchacha fue como una figura de mármol sobre una tumba antigua.
Un movimiento en la oscuridad.
Camila aguzó el oído.
Una suave melodía brotaba del aire.
Un hombre esperaba en la calle sombría.
Camila contuvo el aliento.
El hombre avanzó hacia la luz de la luna, tañendo suavemente un laúd. Era un hombre bien vestido, de rostro hermoso, y, al menos ahora, solemne.
-Un trovador -dijo en voz alta Camila.
El hombre, con un dedo sobre los labios, se acercó silenciosamente, y se detuvo pronto junto al lecho.
-¿Qué hace aquí, señor, a estas horas? -preguntó la joven. No sabía por qué, pero no tenía miedo.
-Un amigo me envió a ayudarte.
El hombre rozó las cuerdas del laúd, que canturrearon dulcemente. Era hermoso, en verdad, envuelto en aquella luz de plata.
-Eso no puede ser -dijo Camila-. Me dijeron que la luna me curaría.
-Y lo hará, doncella.
-¿Qué canciones canta usted?
-Canciones de noches de primavera, de dolores y males sin nombre. ¿Quieres que nombre tu mal, doncella?
-Si lo sabe...
-Ante todo, los síntomas: fiebres violentas, fríos súbitos, pulso rápido y luego lento, arranques de cólera, luego una calma dulcísima, accesos de ebriedad luego de beber agua de pozo, vértigos cuando te tocan así, nada más...
El hombre rozó la muñeca de Camila, que cayó en un delicioso abandono.
-Depresiones, arrebatos -prosiguió el hombre-. Sueños...
-¡Basta! -exclamó Camila, fascinada-. Me conoce usted al dedillo. Nombre mi mal, ¡ahora!
-Lo haré -el hombre apoyó los labios en la palma de la mano de Camila, y la joven se estremeció violentamente-. Tu mal se llama Camila Wilkes.
-Qué extraño -Camila tembló, y en los ojos le brilló un fuego de lilas-. ¿De modo que soy mi propia dolencia? ¡Qué daño me hago! Ahora mismo, sienta mi corazón.
-Lo siento, sí.
-Los brazos, las piernas, arden con el calor del verano.
-Sí. Me queman los dedos.
-Y ahora, el viento nocturno, mire cómo tiemblo, ¡de frío! Me muero, me muero, ¡lo juro!
-No dejaré que te mueras -dijo el hombre en voz baja.
-¿Es usted doctor, entonces?
-No, soy sólo tu médico, tu médico vulgar y común, como esa otra persona que hoy adivinó tu mal.
La muchacha que iba a nombrarlo y se perdió en la multitud.
-Sí. Vi en sus ojos que ella sabía. Pero ahora me castañetean los dientes. Y no tengo manta con qué cubrirme.
-Déjame sitio, por favor. Así. Así. Veamos: dos brazos, dos piernas, cabeza y cuerpo. ¡Estoy todo aquí!
-Pero, señor...
-Para sacarte el frío de la noche, claro está.
-Oh, ¡si es como un hogar! Pero señor, señor, ¿no lo conozco? ¿Cómo se llama usted?
La cabeza del hombre se alzó rápidamente y echó una sombra sobre la cabeza de la joven. En el rostro del hombre resplandecían los ojos azules y cristalinos y la hendidura de marfil de la sonrisa.
-Bueno, Bosco, por supuesto -dijo.
-¡No es ése el nombre de un santo?
-Dentro de una hora me llamarás así, sin duda -acercó la cabeza. Y entonces, en el hollín de la sombra, Camila, llorando de alegría, reconoció al barrendero.
-Oh, ¡el mundo da vueltas! ¡Me siento morir! ¡El remedio, dulce doctor, o todo se habrá perdido!
-El remedio -dijo el hombre-. Y el remedio es este...
En alguna parte, los gallos cantaban. Un zapato, lanzado desde una ventana, pasó por encima de ellos y golpeó una cerca. Después todo fue silencio, y luna...
-Chist...
El alba. El señor y la señora Wilkes bajaron en puntillas las escalera y espiaron la calle.
-Muerta de frío, después de una noche terrible, ¡estoy segura!
-¡No, mujer, mira! ¡Vive! Tiene rosas en las mejillas. No, más que rosas. Duraznos, ¡cerezas! Mírala cómo resplandece, ¡toda blanca y rosada! Nuestra dulce Camila, viva y hermosa, sana una vez más.
Padre y madre se inclinaron junto al lecho de la joven dormida.
-Sonríe, está soñando. ¿Qué dice?
-El remedio -suspiró la joven-, el remedio soberano.
-¿Cómo, cómo?
La joven volvió a sonreír, en sueños, con una blanca sonrisa.
-Un remedio -murmuró-, ¡un remedio para la melancolía!
Camila abrió los ojos.
-Oh, ¡madre! ¡Padre!
-¡Hija! ¡Niña! ¡Ven arriba!
-No -Camila les tomó las manos, tiernamente-. ¿Madre? ¿Padre?
-¿Sí?
-Nadie nos verá. El sol asoma apenas. Por favor, bailemos juntos.
Resistiéndose, celebrando no sabían qué, los padres bailaron.
 
*de Ray Bradbury.
 

 

*
 
Más adelante, mientras bajaba, me detuve frente a una carpintería. Detrás del cerco de madera, entre las pilas de tablones, se movían hombres y máquinas. El aserrín y el ruido llenaban el aire. Recordé que ese olor y ese oficio habían alimentado mi imaginación en un tiempo, hacía mucho. Aquel deseo seguía conservando su peso, se me revelaba ahora como una cicatriz y me gustó poder recorrerla, tantearla nuevamente bajo la capa de los años. Me sentí llevado a otra calle, bajo unas moreras, a la penumbra de otro taller visto a través de la ventana enrejada. Eran los mismos hombres silenciosos, seguros, atentos solamente a la marcha de su trabajo. Un viejo, desde adentro, me gritó si buscaba algo. Hice señas que no, pero no me moví. Seguí aferrado a ese rumor y ese perfume. Para mí eran como una base, imágenes ciertas, cosas que habían significado algo en mi vida. Me apoyé en esa seguridad y dejé que pasaran los minutos. Cuando me fui, durante un rato me acompañó el canto de la sierra. Después también ella se disolvió en ese aire demasiado puro. giré la cabeza y el taller había desaparecido entre los árboles. Pensé: No está más. Y era igual que si se hubiese ido en el tiempo. Me senté al costado del camino, frente a las montañas. Pasaron mujeres, grupos de chicos. Oía el sonido de las voces, pero no entendía las palabras. Era como si hablasen un idioma extranjero. Cerré los ojos una vez más y traté de preguntarme quién era yo, qué hacía, qué esperaba. pero no encontré más que una luminosidad vacía, una confusión en reposo.
En todo el tiempo que permanecí allí no hice otra cosa que recordar aquella última visita a la casa de mis padres. Estaba parado en la quinta, mirando las gallinas, los árboles frutales quemados por la helada, el muro de ladrillos, la enredadera, los almácigos, la casa marcada de pequeños trabajos, de preocupaciones diarias, la huella de todo eso en la tierra, en las ramas, en las paredes. Y me preguntaba cómo recordaría esas cosas en un tiempo, un año, dos. Qué quedaría en mí y qué lograría conservar sino un recuerdo vago, una idea, casi nada. Me pregunté de qué me valía la conciencia que tenía en ese momento de todo eso. Recordaría tal vez un jardín donde había tenido conciencia, donde había intentado tener conciencia. Y ese día se confundiría con otros anteriores, ese cielo con otros, las ideas de netonces se borrarían, yo sólo retendría la vaga sensación de haber estado allí, frente a las gallinas, a los gorriones. Me pasé horas sentado en el patio, sin moverme, sabiendo que no serviría de nada. Y aquella noche jugué a las cartas con mi padre. Tampoco esa vez hablamos, nunca hablábamos. Nos comunicábamos a través de cosas como ésa. A él le gustaba jugar conmigo. Era una forma de tenerme cerca, de recuperarme. Estaba atento a su juego, ponía empeño. Yo lo miraba, trataba de grabarme esa imagen como por la tarde había tratado de grabarme la imagen del jardín. Tenía todavía presente la forma temerosa en que el día anterior, al volver a verme después de cuatro meses, me había puesto la mano sobre el hombro y me había golpeado tres, cuatro veces, toscamente, como si no supiese qué hacer, como si no encontrase la forma de exteriorizar su alegría y de tocarme. Me pregunté si no sería ésa la última vez que nos veíamos. Y aun siendo así sabía que no hubiese encontrado qué decirle. Miraba su cabeza, miraba mis cartas. Mi padre me decía: "Dale, te toca a vos". Mi madre estaba en la cocina, lavando los platos de la cena. Afuera, del otro lado, había cosas que conocía. El silencio, los perros, las calles arboladas, los faroles, un pueblo donde había pasado parte de mi infancia y no había sido feliz. Mi padre repetía: "Dale". Yo me preguntaba: ¿Cuántas veces volveremos a vernos todavía? Advertía lo distante que estuve de ellos desde que me había escapado de esa casa, la resignación con que habían aceptado esa realidad, el silencio que había reinado entre nosotros durante todos esos años, la alegría furtiva que traían mis visitas, empañadas también ellas por la sombra de mi próxima partida. Miraba las paredes que, de vez en cuando, entre un viaje y otro, encontraba de color diferente. el retrato de casamiento de mis padres, el paisaje marino que yo había pintado a los trece años, los cuadritos que mi hermana se encargaba de comprar y que a veces renovaba, la heladera, una adquisición bastante reciente, el baño azulejado, con pileta nueva, la ampliación del corredor hacia el jardín. Todas cosas que habían ocurrido sin que me enterara, que significaban cambios, tal vez luchas, preocupaciones, discusiones. Hacía años que estaba ausente, no sabía nada de esa casa. Mi padre se impacientaba: "Y dale". Yo dejaba caer las cartas al azar, fingiendo lamentar las malas jugadas. Hubiese querido tener cosas que decir, hubiese querido recuperar todo ese tiempo. Desde la cocina mi madre preguntaba si queríamos café. ¿Se dirigía a mí? Tenía la sensación de que no era conmigo con quien estaban jugando a las cartas, de que no era amí a quien servían cuando me sentaba a la mesa, sino aquel otro que se había ido hacía tiempo y en cuya representación yo aparecía de vez en cuando. Me sentí un extraño, un ladrón, y se me llenó la boca con gusto a muerte. Mi padre mezclaba las cartas, me empujaba a seguir, estaba contento. Yo volvía a mirar esa mandíbulas fuertes, esa nariz tan igual a la mía. me preguntaba: ¿Qué puedo hacer por él? ¿Trato de ganarle? ¿Lo dejo ganar? No se me ocurría otra cosa.
 
* de Antonio Dal Masetto.
-Fragmento del capítulo cinco de "Siete de Oro".  Editorial Planeta. edición de 1991.



 

*

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