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INVENTIVASocial
Edición noviembre 2005
 
 
 
MI NIÑEZ...
 TRES MONEDAS*

 Era el segundo o tercer día de clases de mi segundo año en la escuela primaria. El primer día habíamos tenido un acto. El segundo hicimos algunos ejercicios; pero yo no tenía útiles. En casa aún no me los habían comprado.
  Cuando volví a casa mamá me prometió que iba a comprármelos en cuanto papá  volviera del trabajo, en la fábrica, en turnos alternados en ese momento, de ocho a doce. Pero al llegar la noche  aún no los tenía, y ya había agotado  mis pedidos a mamá, y la pobre desviaba el tema, y finalmente la mirada. Yo  no entendía.  No comprendía eso de ir a la escuela sin un cuaderno, un lápiz y una goma; por lo menos, como cualquiera de los demás compañeritos.
 Papá, en la cena, respondió muy molesto, más bien de mal modo: Que ya me iban a comprar, que verían mañana u otro día.
-¿Pero qué haré yo mañana? La señorita me dijo que tenía que llevar esos útiles, ¿en qué y con qué voy a escribir? 
Nunca supe por qué mi padre estaba tan molesto. 
-Le pedirás a la maestra. ¡Ella te tiene que dar! ¡Decile que te dije yo!- Y dio una palmada fuerte en la mesa, poniéndole fin al asunto.
  Esa noche no me podía dormir. Recuerdo que lloré, y en mi angustia, no una  vez; sino que durante la noche soñaba con mi mañana, y volvía a llorar. No quería que llegara el día siguiente.
Pero llegó, y tuve que afrontar entre "pucheros", tomar el desayuno e iniciar aquél cruento camino a la escuela. Me sentía tan mal que ni lágrimas me salían. Recuerdo que mamá siempre en silencio, me acarició los cabellos y sentí como que ella me acompañaría, con esa mirada que aún la siento, como si aún me acompañara; como si desde esa mañana saliendo a la escuela, nunca  más me habría de dejar.
 Y me uní con otros compañeritos, que pasaban a buscarnos, para ir juntos.
Todos reían. Todos iban jugando, contentos, como yo mismo hubiera querido ir., pero no podía evadir lo que me esperaba: ¿Como iba a  presentarme, qué iba a hacer sin esos útiles, que le iba a decir a la maestra.?
 Ya caminaba como en el aire de tan avergonzado de ir con las manos vacías. 
¿Y ante los demás chicos de la escuela? Todos lo sabrían, todos me mirarían,  y yo me apartaría sólo, a un rincón del patio, en el recreo. Miraba casi sin levantar la vista a mis compañeros que iban jugando felices, todos con sus cuadernos y sus lápices. Incluso algunos llevaban mochilitas llenas de lápices de colores, gomas, sacapuntas. Ellos no tenían mi problema. ¡Ellos sí que eran felices! ¿Por qué teníamos que ser nosotros tan pobres, que mis padres no me pudieran  dar ni siquiera lo mínimo para la escuela?
 ¡Ojalá no llegara nunca el momento de entrar a clase, ese día!
Iba con mis compañeros, pero yo estaba en otro mundo. Iba muy triste, con un nudo en la garganta, cavilando, con mi mirada en el suelo.

Y allí en ese suelo había tres moneda amarillas. ¡Me parecieron de oro!, 
Juntitas, casi apiladas, casi escondidas entre las pisadas de los caballos, que aquella vez transitaban nuestras calles de tierra, tirando sulkis, o las volantas, de los colonos que venían al pueblo.
Una de veinte, una de diez, y una de cinco centavos. ¡Eso me salvaba!...
 En 1946, todavía la plata tenía todo el valor, no había envilecido. Nuestro país era muy rico, y no conocíamos la inflación, que tras la segunda guerra estaba azotando a Europa.
 Me agaché casi reverente y tomé las monedas. Sentí como si un ángel se  hubiera arrodillado conmigo. Me levanté de un salto y fui corriendo a la librería de la otra esquina. Compré un cuaderno, lápiz, goma, y hasta un sacapuntas, y aún me sobró para comprar, enfrente, unas roscas azucaradas  con las que convidé a mis amiguitos, que quedaron en la esquina esperándome. 
Ese día fui seguramente, el chico más feliz de toda la escuela. 
¡Y está entre uno de los mas felices de mi vida!  ¡Por qué me hizo ver que los milagros existen!
 Descubrí que hasta las cosas que pueden parecer pequeñas tienen su importancia, y dar tanta angustia, tanta felicidad,  en ciertos momentos. ¡y tener su significado para siempre!.
Después papá nunca más me negó como esa vez, los útiles necesarios.-
 
 
Vivencias y recuerdos verídicos...

 
 LA MENTIRA Y SU TORMENTO*
 
Ve a todos lados con la verdad,
 La mentira  pesa y ocupa lugar.

1950 Fue declarado "Año del Libertador Gral. San Martín". Recuerdo los actos a los que asistimos con el Colegio, el diecisiete de agosto, en la esquina de la Parroquia, frente al Edificio donde funcionaba la Biblioteca Popular y el Teatro Cultural, construido hacía apenas diez años, con aportes  de la Nación. En ese acto también se bautizó con ese nombre a la avenida  principal del pueblo, veinte años antes de ser declarado ciudad.
 Cuando iban a comenzar las clases ese año, un amiguito próximo a los diez,  como yo, compañero de juegos en nuestro vecindario; al salir de misa, me inducía a anotarme como alumno en el Colegio Parroquial, donde él iba. Yo me negaba en principio, porque no lo había hablado en casa, pero él insistió: que igual podría decírselo después que estuviera inscripto, y que debía  hacerlo ese día, ya que después podría no haber lugar. Quizás algo más me impulsó, porque ante el hecho consumado mis padres terminaron aceptándolo. 
De no haber sido así, nunca hubiera entrado en ese colegio de excelencia. Mi  hermano mayor asistió todo el ciclo escolar allí, ¿por qué yo no?
Además mi amigo decía que no era caro.- Que su papá y mi papá eran compañeros de trabajo en la fábrica, y ganaban lo mismo, tanto uno como el otro. 
Comenzaron las clases, y pronto advertí el gran cambio, Nuestros maestros eran todos profesores, sacerdotes católicos de la Orden Siervos de María, de gran formación y vocación por la docencia. Las materias eran avanzadas. El colegio tenía prestigio y había alumnos de otros pueblos, especialmente de 
la vecina ciudad de Reconquista.
Había que pagar una cuota mensual, modestamente accesible.
Al concluir cada mes el "Hermano Vittorio", que administraba la economía del Colegio, además de ser un verdadero cerebro en matemáticas, daba educación física, dibujo y  manualidades; se encargaba de pasar a cada uno un sobre con el estado de cuenta de ese mes. Eran cinco pesos, más algún gasto extra por útiles, u otro cargo. Al día siguiente, o en los días próximos, cada alumno devolvía el sobre con el dinero del pago adentro del mismo. 
Era un Maestro de verdad, ya mayor, de cabello blanco, y su figura baja y muy gruesa no lo hacía muy agraciado. Pero lo respetábamos, y ya mayores, los que fuimos sus discípulos lo aprendimos a venerar.
 Recibía de él una dedicación especial, aunque le éramos todos especiales, y trataba de potenciar las virtudes que cada uno podía tener; ya sea por el deporte, que le apasionaba, o las demás materias. A mí por el dibujo. Hizo  casi milagros conmigo, lograba que aprendiera diversas prácticas y técnicas, y consiguió que yo mismo valorara la facilidad que manifestaba, descubriera mis dones y amara el trabajo en este campo y me esforzara en busca de la creatividad y la perfección, como meta.
El primer sobre mensual quedó en casa esperando la próxima semana, o la otra, o la de más allá. En el cole me sentía incómodo, y trataba de esquivar la situación, mientras reclamaba en casa tibiamente, porque sabía que el salario era muy ajustado.
Vencido el segundo mes, volvió la ceremonia rutinaria de repartir a cada uno  el sobre nefasto. Al dármelo a mí, me daba la idea de sentir una mirada interrogante pero silenciosa.
Esta vez mostré el sobre preocupado, pretendiendo lo regularizaran al día siguiente, o el otro, o el otro. Pero volvieron a pasar las semanas, y volvió a llegar el fin de mes. Qué rápido pasaban los días. Recibí el tercer sobre temblando. No levanté la cara, tampoco nadie me dijo nada, pero yo hubiera jurado que todos mis compañeros sabían lo que pasaba, y me miraban con una burla silenciosa, o al menos con lástima.
 Papá dijo:
 -En el colegio tendrán que esperar.- Lo mismo dijo al cuarto mes, y el quinto.
Yo veía que era el único en esa situación. 
Recibía los sobres, seguramente con la cara colorada, y ahora estaba seguro que el Hermano se detenía conmigo, sin decir una palabra, un tiempo demasiado largo.,esperando algo de mí, y yo a que se alejara para volver a respirar, temeroso. Hasta que llegó el día que me llamó aparte, yo lo escuché apenas entre mis latidos acelerados, e  hizo mención muy brevemente de que las mensualidades estaban pendientes. Yo no decía nada, lo sabía de sobra, y no atinaba a responder., pensaba sí, e impotente me atormentaba, y
deseaba que un día encontrara, no sabía cómo, que todo se había arreglado, y volver a mirar a los demás sin esa  tremenda carga. 
En esos días papá me dio el equivalente a la mitad de la cuenta, el resto lo pagaríamos la próxima quincena. En vez de sentir alivio, sentí que se me caía el cielo encima.
-No, yo no puedo llevarle sólo esto, después de tantos meses. ¿Cómo hago? ¿Qué le digo? ¿Cómo le digo?
-Dale esto., más no tenemos., dentro de una o dos semanas le pagaremos el resto.- Papá fue terminante. Mamá miraba sin decir nada, pero seguramente ella fue la que consiguió al menos eso.
Yo resolví no llevar el dinero. Sentía que no me atrevería. No tenía el coraje y sentiría una enorme vergüenza  ante el Hermano y los chicos. Decidí que dentro de una semana cuando papá me completara, iría con todo el dinero junto, y muy dignamente saldaría toda la cuenta. Si entretanto me reclamaban, obraría una vez más como siempre, total, en pocos días lo arreglaba.
Escondí el dinero en uno de los cajones grandes de la cómoda de mamá, bien al fondo, debajo de toda la ropa. A la vuelta del colegio, pasada la media tarde, merendé con apetito como siempre, pero sintiéndome distinto; como que tenía un secreto, algo que debía esconder, tomaba conciencia que había  mentido, y tenía que ocultarlo. Me encontré cauteloso y reservado, callando,  como si de golpe hubiera perdido un grado de inocencia, y debía cuidar que no se me notara, y menos compartirlo con nadie. 
Respondí a mamá sin poder eludirla, mintiendo a conciencia, necesariamente: 
-Si mamá, está todo bien, no hubo problemas.-
Pasaron quince días, y algunos más. Papá no podía completar por ahora el pago.
-Esperarán al mes que viene.-
Resolví llevar entonces la parte del dinero y hacer la entrega, porque no iba a haber más dinero por ahora. Era lo mejor. Peor era no llevar nada.
Antes de salir al colegio pasé disimuladamente al dormitorio y busqué en el cajón rápidamente donde había dejado el dinero. y no lo encontré. Busqué un poco más, y tampoco. Sería mañana. Hoy no tenía más tiempo. Al día siguiente, impaciente, esperé un momento propicio para volver y buscar  mejor. Tampoco encontré nada. Busqué al regreso del colegio aprovechando que  mamá estaba afuera. Busque removiendo la ropa. Busqué y rebusqué. El dinero  no estaba, o al menos no lo encontraba. No quería aceptarlo. Debía seguir buscando, así varios días. De noche pensaba en el lío que tenía. Me despertaba desesperado. ¿Qué habría pasado? ¿Alguien podía saber algo? No podía preguntar, estaba en una trampa. La única esperanza era encontrar el dinero, y seguía buscando, ya no en ese cajón, sino en todos, y por todos 
lados. ¿Dónde estaba?

 A fin de mes volvió el sobre de mis pesadillas. A la salida dejé a los demás y volví sólo,  caminaba despacio, mirando sin ver las grevileas de la plaza recortadas contra el cielo. Esa tarde tardé muchísimo en llegar a casa.
Escondí el sobre y guardé otro secreto en silencio, sabiendo que estaba tremendamente solo. Casi no podía dormir. Seguí escondiendo el sobre. Hasta que mamá me preguntó, como nunca, si me lo habían dado. Casi me muero. Tardé  un buen rato antes que me saliera un poco de voz.:
 -Nnno.,Nno., No-nno me lo dieron.- mentí al fin, una vez más.
Era terrible, evitaba a los de casa., trataba de esconderme en el colegio.
Mamá y papá, supieron que algo no andaba bien. Me volvieron a reclamar el sobre. ¡Antes nunca me lo pedían!
Volví a mentir. Me exigieron que lo reclamara. (¿Para qué?...), y al fin el sobre apareció. A esta altura estaba dispuesto a mentir y seguir mintiendo, ya descaradamente.
El sobre estaba equivocado.: ¡No estaba descontado el dinero de la entrega! .
-¿Por qué? - ¿Entregaste ese dinero, no?, ¿Cómo no está descontado?...- me las tenía que ver con mamá, ya le tenía menos miedo, debía seguir  mintiendo...: -¡Claro que lo entregué! .- Al otro día papá le dejó dicho que reclamara en  el colegio. ¿Qué iba a reclamar? Yo tenía ganas de llorar y  escaparme del
mundo. Pero, sólo pensaba en intentar una nueva mentira; y terminé diciendo que el Hermano me dijo que no recordaba que yo le había efectuado la dichosa entrega.
Y allí entró a tallar papá. Al principio seguía sosteniendo que yo llevé el dinero y que en el colegio me lo negaban., pero fue cuando resolvió:
 -Bueno, vamos a ir con vos a hablar con el Hermano Vittorio.- Y me miraban firmemente a los ojos, ya esperando que me retracte. Yo todavía resistía empecinado en sostenerme con más mentiras, tan encerrada estaba en el mundo que me había creado, que ni siquiera me daba cuenta que todo era inútil. El 
tormento de tantas noches me había vuelto insensible, y me había cambiado de tal manera,  me notaba tan desconocido, que tenía la sensación que era un  extraño el que hablaba por mí. y sabiendo que estaba descubierto, seguía y seguía negando.
Hasta que me largué a llorar, y lloré rompiendo por fin en pedazos la gruesa coraza, que me oprimía tan fuerte, desde hacía tanto tiempo.
 Pasó un largo rato, y algo más calmado, vi que estaban todos reunidos alrededor, y me sentía tan destruido, que no me importó verme descubierto, ni reconocía la tristeza que me carcomía por dentro., sólo yo sabía cuantos disgustos me había deparado.
Y todo por una mentira. 
Mamá terminó aclarando todo:
Había encontrado el dinero sin saber de qué era, y necesitándolo, lo ocupó en cosas de la casa. Más tarde entendió lo que había pasado, pero no acababa de comprender mi actitud. Allí dije casi sin aliento, que yo no me animé a llevarle sólo una parte, y lo escondí entretanto, pero luego no lo encontré y traté de ganar tiempo mientras lo buscaba, y rebuscaba. Después fue tarde, una mentira, trajo la otra. 
Fueron a hablar en el colegio, y finalmente se arregló todo.
 
Yo comprendí que la mentira lleva su propio tormento.
 No vale la pena.
La mentira tiene patas cortas. 
Me costó caro aprenderlo.
 Pero nunca volví a mentir, al menos concientemente.
 
 
 Comentarios al margen*

Hoy estamos viviendo el inicio de un rebrote inflacionario, que como recién repunta con bríos, no sabemos los alcances que pueda tener; pero conviene recordar la experiencia que durante décadas, crónicamente hemos ya sufrido en nuestro querido país.
 En esos años estábamos ya inmersos en un avanzado y creciente grado de inflación, un fenómeno que a nadie preocupaba; porque nadie advertía lo que produciría con los años. La erosión que carcomería los ahorros, los legítimos frutos del trabajo, y que con el tiempo inflaría, envilecería la  moneda, y distorsionaría la  economía, que comenzó a enviciarse y debilitarse, desmoronándose muchas veces; para terminar destruyéndose en nuestros días. 
Porque la decadencia no comenzó hace un año, ni una década; proviene de  mucho antes; hubo como una bisagra cuando Argentina cambió el rumbo que la había erigido, en el siglo veinte, como una Gran Nación. Era codiciada por la gente de todo el mundo, donde soñaban emigrar los europeos, que hoy son los  ricos, y adonde ahora emigramos nosotros. 
Aquella vez el nuestro era el verdadero país de la abundancia, que se medía  a la par de los Estados  Unidos de América. Hoy tenemos los mismos índices de carencia que los considerados países pobres.
Pero aquella vez, la inflación incipiente era un fenómeno que no se entendía, se veía muy atractivo, ya que los salarios aumentaban  y volvían a aumentar. Que aumentaran los precios no asustaba a nadie, sino que eso era promesa de nuevos aumentos en esos salarios. En nuestra zona, muchos colonos propietarios todos, vendían sus tierras y bienes ante lo que ellos consideraban fortunas, a largos plazos, o la depositaban en las grandes firmas comerciales, a pequeñas tasas de interés, pensando que iban a vivir de rentas toda su vida; y terminaban quedándose sin nada, en un tiempo más o menos largo. Algunos hicieron su casa en el pueblo, y terminaron haciendo changas para poder comer.
En este escenario fuimos testigos, en mis primeros años; de la riqueza, y luego del inicio de una decadencia que no supimos advertir, ni revertir. 
Ese año tuve de compañero de banco a un chico italiano, recién llegado de Italia -se llamaba Renato-, que hablaba y escribía en castellano, mejor, mucho mejor que todos nosotros. Siempre citaba sus vivencias en los tiempos de guerra, y era cautivante escucharlo, aunque era reservado, y eso lo hacía 
con un grupo pequeño de su amistad. Venía con un hermano menor, y ambos tenían una gran educación y se destacaban en todo sentido.  Su padre era un Ingeniero que se radicó con la familia en  la vecina Reconquista, y mandó a sus dos hijos al mejor colegio, el nuestro. Pero seguramente él supo ver lo  que nosotros no éramos capaces de ver, sobre el destino de nuestra nación; y terminado el año escolar, se mudaron a Nueva York, en Estados Unidos, desde donde se comunicaron con algunos de nosotros durante unos años. Luego no supimos más de ellos.

En esa época yo había dibujado, sólo como un desafío, no para delinquir; un billete de cincuenta pesos, de ambos lados. A propósito le cambié el color original, y por eso más parecía uno de cien. Estos valores ya eran corrientes, lo que da una idea de lo rápido que se devaluaba la moneda.
Pese a lo burdo del papel, como dibujo estaba bastante bien y todo el mundo quería verlo. El Hermano Vittorio me lo pidió y lo tuvo bastante tiempo,  mostrándolo como un buen dibujo de uno de sus alumnos. Finalmente se lo prestó a un funcionario del ministerio de Educación que lo llevó y lo tuvo, seguramente lo habrá enseñado entre sus amistades. Yo creí que mi billete se había  perdido. 
Un par de años después el venerado maestro me lo devolvió, pero dentro de una artística base de mesa,  en fina madera y vidrio de doble cara, en un diseño muy Art Decó, hecho expresamente por él mismo. 
Me lo entregó con el billete adentro, como un hermoso regalo.

A través de los años lo conservé con devoción, hasta que hace poco tiempo; y no sé decir cómo, se perdió para siempre.
 
 
 
ESTIMULOS*
 
La actitud y el desafío

A veces un estímulo puede venir de donde uno menos lo espera, y lograr inducirnos a encarar empresas impensadas, impulsándonos a alcanzar hazañas, grandes o pequeñas, o lograr anhelados triunfos, que de no ser por ese inesperado empujón, no nos hubiéramos animado, o no las hubiéramos emprendido.- 
De muy joven aprendí a jugar al billar, a la carambola. Al principio, como todas las cosas, malamente, sin técnicas, sin práctica, ni métodos.
Jugábamos a una raya, veinticinco carambolas, y tardábamos una hora o más.
Aprovechábamos la siesta de los domingos cuando las mesas de los bares estaban disponibles, y allí íbamos aprendiendo y entusiasmándonos.  Cada vez  más, y más y más.
Jugábamos con muchachos que estaban aprendiendo y por lo tanto en el mismo nivel, y también viendo y admirando a los mayores que para nosotros eran verdaderos maestros. Algunos bastante jóvenes, y ya le hacían partido a los veteranos, que sabían de técnicas y mostraban habilidades muy desarrolladas
por su larga práctica.
Se jugaba mucho en aquellos tiempos. En varios lugares había mesas y siempre se disputaban torneos: en Clubes, en bares, y en la parroquia; en nuestra ciudad o en la vecina; con diferentes categorías para minimizar ventajas.
Poco a poco fuimos mejorando substancialmente nuestro juego.
Yo sentía una verdadera pasión, jugaba todos los días y las horas que podía  disponer, lógicamente uno terminaba aprendiendo, no sólo a jugar, sino los trucos y misterios que encerraba. Efectos, golpes, retrocesos, corridas, pasabolas, rebotes y bandas; peso y contrapeso de los tacos. Lográbamos 
indudablemente ser cada vez más competitivos. Y eso nos atrevía a buscar entreverarnos con los más avanzados. A esta altura era posible que nos invitaran como pareja de alguno de ellos, cuando había algún desafío y se jugaba de cuatro, casi siempre por una cena. 
Un domingo en el bar más concurrido he visto a uno de los "maestros"  taqueando solo, esperando seguramente algún amigo para hacer unas rayas. Me ofrecí como contrincante, mientras tanto. 
Me miró despectivo, y se movió muy lentamente, quedando casi paralizado en  la posición de tiro, apenas levantó algo la cabeza., y con toda la arrogancia que podía ser capaz., diría que me espetó:
 -Pero, ¿Quién te creés que sos, mocoso?- Y exhibiendo una mueca socarrona,  mostrando una evidente indignación, siguió con su solitario taqueo, ignorándome por completo de ahí en más. 
Sé que me mordí de rabia y humillación. Sentí tanta vergüenza que me fui a casa, con un injusto dolor en las entrañas, pensando una y otra vez si era mía la culpa, y si en fin, yo mismo había provocado su reacción visiblemente arrogante.. Por bastante tiempo rumié ese momento una y otra vez, hasta que  se fue transformando más bien, en un juramento de venganza, de que llegaría el momento del desquite.
 No debería haberme dejado llevar de esa manera, no debí permitir que esa ira crezca dentro de mí, no debí darle tanta importancia; y sin embargo eso es lo que hice. 
Desde allí aceleré mi aprendizaje si cabe, jugando más y más. Competía cada vez con mejores adversarios. Jugaba con destreza, pero también con una fuerza nueva, como con furia. Entraba en casi todos los torneos, y me fui emparejando a los mejores, a los más habilidosos, a los veteranos incluso.
Muchos consideraban que era muy bueno, y yo me sentía cada vez más seguro.
En un torneo organizado por la Parroquia, participamos una veintena de billaristas, en la mayor categoría, todos contra todos; a cuatro rayas; y la duración era de un par de semanas, ya que no se jugaba todas las noches.
Había dos partidos por vez, y los demás, en lo posible, asistíamos para observar el desarrollo de cada uno.
Este hombre arrogante también jugaba, y lógicamente llegó el día, o la  noche, en que nos enfrentamos. Quizás él se habría olvidado del incidente, porque había pasado ya mucho tiempo; pero no yo, que pensaba apabullarlo, destruirlo, y cobrarme su actitud despectiva, como una de las mayores 
consignas de la vida.
 
Era reconocido como muy buen billarista, uno de los mejores entre nosotros; pero yo estaba motivado por la pasión de cobrarme la ofensa. Yo quería desquitarme, humillarlo. y que mejor que esa noche delante de todos.
Comenzado el partido no le fue bien, creo que sentía el peso de demostrar toda la gran diferencia que había con aquel "novato", debía ganar con mucha  holgura, mostrar sin ninguna duda su supremacía. En cambio a mí me movía una furia santa que me potenciaba y me daba un poder extra. 
De entrada le saqué muchísima ventaja, y desde allí le fue cada vez peor; mientras yo me sentía iluminado, hacía carambolas a diestra y siniestra; me salían todas y me permitía tirar lujos y hacerlas a tres bandas, tirar pasabolas imposibles, y hasta massés, como si estuviera haciendo una demostración.
 Cuando me faltaban unas diez carambolas para completar las cuatro rayas, él  no había hecho ni la mitad de la primera; por lo que rojo de ira y vergüenza, tiró el taco contra la pared, y atropelladamente abandonó el juego y el lugar, aumentando de mala manera su catastrófica derrota. 
Yo permanecí imperturbable entre la euforia de mis compañeros, sin demostrar la alegría y la satisfacción que me llenaban por dentro.
Me había desquitado en buena ley, con creces., y sin embargo, sentí pena por él. 
Yo pensé:
 -(Nunca hagas daño al más débil, porque el mundo es redondo, hoy estás arriba, mañana estarás abajo).
 
 II

En otro torneo y en otro lugar, y estando muy bien posicionado en la tabla,  en cierta fecha del fixture me tocaba con un viejo billarista. Era un hombre que jugaba medianamente bien, pero no era de los mejores. Sin embargo me estaba ganando y yo no conseguía emparejarme. Por más que me esforzaba, el
juego no se me daba, erraba, me quedaba mal armado, no conseguía achicar la diferencia, es más; la ventaja se iba agrandando. Por momentos veía que era cada vez más difícil revertir la situación. 
No era para nada mi día.
Estaba inseguro, erraba tiros increíbles, no conseguía concentrarme y cada vez se me presentaban peor las cosas. Él en cambio sereno, y avalado con la favorable diferencia, se iba encaminado a la final del partido con muchísima ventaja. 
En un momento llegamos prácticamente a la meta, si bien a mí me faltaban treinta y seis carambolas, a él solamente dos. Con sólo dos tiros buenos ganaba y muy holgadamente, y yo sin conseguir reaccionar, al menos para no perder por tanto.-
Un viejo amigo, funcionario del correo, también billarista, miraba el desarrollo del partido con un vaso de vermouth en la mano, en el fondo  apesadumbrado por mi inesperado y pobre desempeño. Casi no lo podía creer. 
Se aproxima y en voz muy baja me dice: 
-No es diferencia para vos.-, y como si tuviera aún confianza en mí, fue a sentarse a una mesa un poco más lejos, quizás esperando el milagro.
-(A él le faltan sólo dos; y a mí treinta y seis. ¿y me dice que no es diferencia?)- Ahora me tocaba tirar a mí, no tenía ninguna chance. pero voy a morir de pié, voy a dar lo que sé,.-¡Total, perdido por perdido!...- 
Y sentía como en mi interior nacía una fuerza nueva, que crecía incontenible dándome una fe desconocida,. ¡Quizás Nilo tuviera razón!... Yo estuve fallando, debía hacer algo más, no me entregaría, aunque sabía que no estaba  jugando sólo; pero yo haría mi parte con esta nueva sensación que me 
empujaba. 
Me concentré y tiré mi primera carambola, sería una a una, a no errar.
Una. dos. tres. cuatro., y seguí una a una, tratando de no desconcentrarme, como si allí se me fuera mi honra, como si fuera mi mejor partido: ¡ cinco.!  ¡ seis.!    ¡ siete...! y así seguí tirando cuidadosamente hasta completar  una volada de dieciocho seguidas, la mitad de las que me faltaban. Me sentí  entusiasmado, evidentemente; pero no bastaba, ya era tarde, ahora tiraba él. 
¡Si me hubiera concentrado a tiempo otro sería ahora el resultado!.

 Tiró don Ángel y erró. Tal vez se sintió apremiado al ver mi recuperación, aun que creo que no se impacientó porque aun tenía todo a su favor. A mí me faltaban otras dieciocho., por más que hiciera algunas., al él le quedaban por hacer sólo las últimas dos., ¡Y ganaba!
Y me concentré de nuevo con toda mi alma una, dos, tres, y no quedaba mal armado, así que seguí sin siguiera pensar en las que me faltaban, sólo trataba de hacerlas una, y otra:  ¡Cinco., seis.,siete.!, y seguía.
Don Ángel se puso serio, quizás no lo podía creer, aunque seguramente pensaba que no las iba a hacer todas las que me faltaran en otra volada de dieciocho.
Pero yo seguía... Los que miraban se habían parado, acercándose, para no perderse lo que podía pasar, o estaba  pasando.
La cuestión que hice la: ¡Diecisiete!, Me faltaba una solamente, pero me quedó mal armada. Requería un tiro difícil. Sopesé todas las alternativas, no tenía otra que tirar pegando baranda primero, tocar luego media bola con un efecto que hiciera correr la mía por la otra banda, hasta la roja que estaba tocando el otro rincón. Si la erraba seguramente él se encargaría de asegurar las dos que le faltaban. 
La tiré y la bola como obedeciéndome al pié de la letra, girando como un trompo, fue siguiendo lentamente la ruta esperada, caminó un trecho pegada a la banda, y llegó justo para golpear tenue a la bola arrinconada, que se  movió casi imperceptible, como saludando a la recién llegada. 
-¡Dieciocho!- celebraron todos. ¡Partido ganado! ¡Increíble!
Don Ángel estaba realmente sorprendido, pero era un caballero, y me felicitó con entusiasmo.
 
Nilo, no se acercó; canchero, desde su lugar levantó el vaso y me guiñó un ojo., como si hubiera descontado que yo iba a reaccionar así.
Yo me quedé con un sabor a culpa por mi incapacidad. Si no hubiera sido por el aliciente que me acicateó el ego, que despertó mi fe en mí, en el último  momento, yo sólo no habría sido capaz; y tendría que contar que ese día, en realidad, no tuve una  actuación muy brillante.
Se lo debo a quién apenado por mi mal momento, supo estimularme, al mostrarme que creía en mí.
Con esa valiosa ayuda, se hizo posible lograr un triunfo, de una segura derrota. 
Fue una pequeña gran hazaña..
 
Un buen estímulo puede impulsarnos a lograrlo.
 
 
 
 
LAS LANGOSTAS Y LA LUZ MALA*

Así como algunos pájaros construyen sus nidos con todo lo que encuentran, así él había hecho su casa, o mejor dicho su rancho, con pedazos de  tablas, chapas, palos; y los agujeros más grandes los tapó con barro.- La hizo en un pequeño claro del monte, bajo los algarrobos y chañares del borde, por lo
que estaba un poco en el monte y un poco en la limpiada. Adentro no tenía casi nada. Dormía en un camastro hecho con palos cortados del monte, y en principio diría que no he visto otra cosa.  Media docena de perros lo rondaban, lánguidos y flacos como él mismo.
Menudo de cuerpo, de mediana edad aunque con marcadas y largas arrugas en su cara curtida, de tez oscura, ojos pequeños negros y escurridizos bajo sus cejas pobladas e hirsutas, de escaso cabello lacio que tiraba hacia atrás; armonizaba todo con una boca generosa de gruesos labios, aún más oscuros,
que formaban a causa de su grosor una división, al medio, a lo largo de cada uno, que llamaban la atención cuando en su confusa tartamudez trataba de explicarse en ese idioma nuevo y tan difícil para él, de esa patria extraña a la que recién llegaba.
Labraba un pequeño pedazo de campo, un abra entre el monte, que un vecino le había cedido; con un viejo arado mancera y dos caballos de tiro, que así como los arreos y hasta la ropa, eran aportes de los colonos de los alrededores, que habían sentido pena de la miseria de este recién llegado de la guerra, y viendo sus ganas de trabajar coincidieron todos en ayudarlo. Al comienzo le daban incluso de comer, hoy aquí, mañana en la casa de otro colono.
 Todos estaban bastante retirados unos de otros porqué allí en el norte de Santa Fe, en ese entonces, los campos eran grandes extensiones que los colonos iban sembrando parcialmente, ya que eran tierras circundadas y cubiertas en gran parte por montes e isletas, que poco a poco, y cada vez más, fueron ganando para el cultivo.
Mis tíos, que también eran colonos, eran los más cercanos. Todas las mañanas temprano, antes de comenzar sus tareas de la chacra, venía a buscar leche recién ordeñada y un pan casero, que era parte de su alimentación, y a veces la única de todo el día; otras sentía ganas de conversar y llegaba ya
anochecido,  se agregaba e iba prendiéndose al mate que adoptó pronto, mientras iba venciendo su timidez y mejoraba lenta, muy lentamente, su lenguaje, y comenzaba a animarse, y entonces poco a poco hablaba de la guerra.
Era polaco, llegó tras la segunda gran guerra, escapado, como decíamos entonces. Había sufrido mucho, eso se veía y se conocía luego por sus relatos. Trabajador riguroso, derecho, simple, humilde y agradecido, se fue adaptando y luego pasó a ser un legendario personaje de la zona, conocido y
querido por todos.  Generó anécdotas y circunstancias que los mayores aún mencionan, especialmente por su característica apariencia que llamaba tanto la atención, su lenguaje que lo hacía tan pintoresco e incluso lo aguerrido y encarador que resultó luego, cuando su situación material comenzó a cambiar, fruto indudable de su incansable trabajo.
 Yo tendría seis años y mi hermano mayor once. Estábamos pasando unos días en el campo durante las vacaciones, nos divertíamos y también ayudábamos en algunas tareas. Acompañábamos a alguno de mis dos tíos en sus faenas: arar, sembrar, arrear los bueyes o las vacas. Todavía usaban una yunta de bueyes
para tirar el arado,. Yo iba en el asiento de hierro dominando toda la acción, mientras uno de mis tíos caminaba con las riendas en la mano, y las rejas volteaban las lotas de tierra casi virgen y un vaho vaporoso con olor a tierra húmeda y cálida se levantaba entre el crujiente romperse del suelo.
Detrás venían y alborotaban palomas, gaviotines, alguna perdiz y un revoloteo de otros pájaros diversos que hacían su suculento almuerzo de isocas y gusanos. Alguna vez la reja cortaba víboras que sorprendía en sus nidos, y por un momentos ambas mitades quedaban revolviéndose entre los terrones removidos.
Una tarde desde ese trono tan chacarero que era mi asiento del arado, vi a uno de los perros, un manto negro, el más inteligente que tenían; peleando contra algo que no podía distinguir al principio, luego supimos que era una víbora y a la tardecita llegó extraño, silencioso y la cara hinchada, la boca babeante; la "yarará" lo había picado, y el magnífico "boyero" murió unas horas después, de un modo tan lastimero que no voy a olvidar nunca. Se llamaba Prince, era manso y obediente, él sólo a un único silbo de mi tío,
se ponía en marcha y buscaba hasta el último de los animales que estaban pastando, vacas, bueyes, terneros, a todos iba juntando entre las isletas del monte y los reunía en un claro para arrearlos hasta el corral donde uno de mis tíos los encerraba. Si uno o más de ellos por mañeros se retrasaban o
se perdían en lo más enmarañado, no sé cómo lo llevaba en cuenta, si los contaba o algo así, pero se las arreglaba para que todos sin excepción volvieran en el grupo. Después se arrimaba feliz a buscar el premio de una caricia.

En ese tiempo habían llegado las langostas. Cubrieron el cielo con una nube color violeta, parecía una terrible tormenta que se levantaba por el sur, luego el cielo se fue obscureciendo y a medida que la extraña nube fue tomando color se empezaron a ver movedizos puntos obscuros que pronto se
agrandaban y se convertían en las primeras langostas que llegaban, y se hacían miles y  millones revoloteando y aterrizando tambaleantes, y cuando se asentaron en las plantas y en el suelo, taparon los montes y las chacras.
Las ramas se quebraban al no soportar la pesada carga de las langostas encimadas que las  engrosaban. Revoloteaban por miles y miles en todas partes, llenaban el patio, entraban en la casa. No había como pararlas, y se comían todo, hasta pelaban la corteza de las plantas. Los cultivos desaparecían. Dejaban a cambio una cubierta de bostitas como pequeños y cortos palitos verdes. Cuando comieron todo, al cabo de unos días, comenzaban a levantarse e iban volando otra vez rumbo al norte como tras una misteriosa orden de partida, y en medio día no quedaba casi ninguna.
Pero antes de partir habían desovado. Perforaban pequeños agujeros en el suelo, millones, que llenaban de huevos, y tapaban. Sólo había que esperar unos días. y los agricultores tenían una nueva amenaza: Las langostas saltonas, las recién nacidas, que a su vez tenían que comer hasta estar en condiciones de volar y marcharse en nuevas y gigantescas mangas, ya que todas y paulatinamente se iban juntando y emprendiendo su interminable viaje.
Las pérdidas en las cosechas eran cuantiosas. La desolación y la amargura era total.
En aquel entonces el Gobierno aún cumplía su parte, quizás porqué su economía era directamente perjudicada. Movilizó el ejército y los cuerpos especiales del ministerio de agricultura, con una parafernalia de elementos en la lucha contra la plaga; helicópteros, flotas de camiones "guerreros",
lo que hoy serían todo terreno, jeeps, y agentes con equipos especiales, pulverizó los campos, los montes, cubrió el territorio afectado con los últimos  productos químicos disponibles y en pocos años logró exterminarla.
Pero entretanto en cada chacra había que librar una lucha propia. Para eso los colonos recibían todo tipo de ayuda.
Recibían unas chapas galvanizadas lisas, con las que armaban barreras para atajar la langosta saltona.  Cientos y miles de chapas se disponían unidas cercando cientos y miles de metros en todo tipo de terreno.  Disponían también un lanzallamas y combustible. Las pequeñas recién nacidas saltaban y marchaban e iban avanzando y  convergiendo por millones.- Parecía el repiquetear de un aguacero, cuando las gotas por miles caen unas sobre otras, en un silencioso, continuo, y tembloroso  tableteo.
Salían de todas partes, pero las barreras las detenían y contra ellas se iban amontonando a todo lo largo de las chapas, en un montón continuo, que los lanzallamas repasaban continuamente haciéndolas brasas a medida que seguían llegando. Así decenas de colonos se reunían para acabarlas en los lugares de desove, día tras día en larguísimas jornadas, sin respiro; porqué no debían dejar que traspasaran las líneas defensivas.
 Un verdadero trabajo solidario.
Fue por eso que uno de los tíos le pidió a mi hermano que a una hora de sol nos fuéramos a lo del polaco a decirle no sé bien qué cosa que trajera a la mañana siguiente, algo del lanzallamas, quizás un bidón con kerosén. Pero mi hermano se acordó cuando el sol estaba bajando, y salimos corriendo antes que mis tíos advirtieran que nos habíamos olvidado. Esa fue la vez que visitamos su casa, media metida en el monte.
Cuando volvíamos se fue cerrando la noche y había un buen trecho para hacerlo en la oscuridad y con bastante miedo, asustándonos de nosotros mismos. Se hacía largo el regreso, además era evidente que se hizo de noche por habernos olvidado de salir más temprano. Más adelante mis tíos venían a buscarnos con un buen farol y algunos perros., pero no nos regañaron como tal vez pensamos; al contrario, se alegraron de que estuviéramos bien.
Los acompañábamos también cuando repasaban las barreras o íbamos a llevarles un refrigerio. Cruzando por encima me hice un corte considerable en la pierna con el canto de una chapa. Yo veía a los demás pasar sin esfuerzo, pero mis piernas eran cortas entonces, y mis pantalones también cortos no me
resguardaron para nada.  Con pañuelos me fueron parando la sangre y me llevaron a upa hasta la casa, donde me atendieron con métodos caseros, hasta que la herida terminó sanándose, como todas las cosas, con el tiempo y el cuidado suficiente. Lo que sí guardo de aquella vez es una imborrable cicatriz en  la pierna izquierda, un poco debajo de la rodilla.

Con el tiempo la langosta, la plaga, fue quedando atrás; si bien el temor a que volvieran perduró muchísimo tiempo. Primero porqué se decía que volverían cada siete años; luego porqué nadie creía que se hubieran terminado así como así. Hoy parece mentira que esa pesadilla hubiera existido; y también lo parece que nunca hayan regresado.
Los colonos aprendieron a acanalar las chapas y se fueron usando para techar galpones y hasta las casas en el campo, en un uso similar a las chapas de cinc, tan comunes.
Creo que en esa etapa en que los colonos iban de casa en casa luchando todos juntos en esa descomunal tarea comunitaria es cuando "Don Pablo" como comenzaron a llamarlo, deja de ser "el polaco" y se fue convirtiendo en personaje. Tras la tarea era frecuente que apareciera una damajuana de vino tinto, y él estimulado, comenzaba a contar historias de miserias y privaciones, de sufrimiento, crueldad y hasta de heroísmo; cosas de la guerra.  Pero contadas por él, en su media lengua, con sus gestos ampulosos
que exageraba quizás para hacerse entender, su cara desdibujada con sus labios anchos y ojos entrecerrados ya un tanto por el vino mismo, tenían una carga propia que era tomada más por el lado burlesco que por el drama que contenía en realidad, y terminaba provocando hilaridad, mientras él se
enjugaba una lágrima. Tan poco lo entendían.
En una de esas un vecino que recién lo conocía, divertido, y entre risotadas le dice a mí tío, codeándolo con el jarro de vino en la mano.: "- Viodi tu al' â cuatri labris chel càn dal osti.."- una expresión en
dialecto del norte italiano; que es como decir: -"¡Mirá vos!, ¡tiene cuatro labios este desgraciado!". Y si bien una mayoría era tan extranjero como él, nadie lo hubiera admitido, Don Pablo era el polaco, el extranjero, no como ellos que se sentían poco menos que criollos.
A veces venía con alguno de mis tíos a nuestra casa, y quedaba a cenar, y entre vaso y vaso de tinto comenzaba a contar de la guerra. ¡pobre hombre tuvo que huir de su patria!  Contaba que dejó su familia, y un hijo pequeño.
Contaba tantas cosas, terribles. Pero nosotros, los más pequeños junto con mis hermanas, nos tentábamos de risa, porqué no entendíamos nada. Nada de nada. Alguna palabra o frase suelta que más aún nos tentaba. No podíamos aguantar la risa porqué nos parecía todo muy cómico.-¡Éramos mas bien
crueles!... El no nos prestaba atención, se excitaba, se posesionaba, gesticulaba, imitaba las explosiones, los tiros; Se agachaba como si se protegiera, o esquivara balazos, hacía ademanes a falta de palabras, y sólo entendíamos:
-"BRINM., BRAMM., BRONM.., BRINNNG.!!!,  A viva voz en cuello, y eran tantos los aspavientos que el pobre hacía que terminaban todos riéndose, porqué era imposible no reírse. Pienso que él no lo advertía, o necesitaba transmitirlo sea como fuera. ¡Pobre!
El caballo lo volteó una vez por el alambrado de púa haciéndose un feo corte en la pierna.  Se levantaba la bombacha campera y mostraba la herida, comentando en su media lengua; y queriendo decir que temía le diese el tétanos, dijo, recuerdo:
-"Dotor decir que vacular, sinó gararme la teta"- era tan sorpresivo su accidentado lenguaje que era imposible comportarse sin terminar riéndose, máxime si uno ya se tentaba de entrada.
Con el tiempo fue disponiendo de algún dinero. Entonces los sábados y domingo solía emborracharse con vino tinto de su ya tan familiar damajuana.
Compró un revólver y una escopeta. La escopeta era para cazar, perdices, palomas, liebres, que abundaban; o tirarle a los zorros que llegaban vuelta a vuelta a  comerle algunas gallinas. Pero el revólver lo llevaba al ciento y cuando se emborrachaba llegaba al pueblo, un pueblo rural muy pequeño, y
daba vueltas con su carro a  todo el galope de sus caballos tirando tiros en plena noche y desafiando a los gritos.
 Hasta que el comisario comenzó a apresarlo y tenerlo encerrado hasta el día siguiente. Pasada la borrachera volvía a ser el mismo Don Pablo de siempre y en paz saludaba sin rencores al comisario y a todo el mundo y volvía a su semana de trabajo. Pero ese fin de semana, o a lo sumo al siguiente, Don
Pablo volvía a sus andanzas:  Galopes y carreras, gritos, tiros, amenazas. y de  nuevo a dormir en la comisaría. El comisario, Don Sindo, y él, iban siendo casi como viejos conocidos; lo encerraba y se iba a dormir, al lado, en su casa, pegada a la comisaría, y a la mañana lo soltaba., y amigos como siempre.
Una noche el vino fue demasiado y el polaco se descompuso.- Tenía que ir al baño.- Llamaba pero el comisario dormía bastante lejos, no lo oía, y Don Pablo se retorcía gritando cada vez más fuerte.- Despertó a todo el vecindario con su letanía:
-"¡Don Sindo.!, ¡DON SIIINDOOO!...¡Abra porta!...¡Mira que sinó lo cago qui drento .!
También lo tentó el amor.- Conoció una compañera de la cual no se supo origen o procedencia, de allí no era, apareció un día y se afincó en el rancho.- Mis tíos quisieron saber qué proyectos tenía, sobre todo mis tías que pensaban en qué debía casarse, -"¡y no vivir en pecado!"-; por Don Pablo tenía ideas propias.:
-"Mira "Yaco", mira vos "Tito", a mujer lo traje .¡DE PRUEBA!".- Aquella vez una respuesta así escandalizaba al más prevenido o hasta al más libertino.-
Pero evidentemente la mujer no pasó la prueba, porqué dos semanas después el polaco volvió a quedar sólo en su rancho, como siempre había sido.
Algunos rumoreaban que en su casa guardaba ahorros y había quienes pensaban que era una fortuna, eso le dio cierto halo de prestigio, como  cierta fama que inspiraba algo que iba más del familiar respeto.  Gente de mala entraña, nunca se supo quienes, lo asaltaron una noche sorprendiéndolo dormido. Lo
golpearon, revolvieron sus cosas, buscaron la fortuna como quién va en busca de un tesoro legendario, pero no había tal, entonces le quitaron hasta la ropa, lo ataron al camastro con alambres apretados, y escaparon dejándolo allí desguarnecido, sólo en medio de la nada.
 Cuando lo encontraron, muchos días después, con heridas infectadas, medio muerto; de milagro pudieron salvarle apenas la vida, y le llevó un buen tiempo sanar y superar tan feo trance.
Pero era hombre duro, la vida lo había curtido de cuerpo y alma. Al cabo de un tiempo volvía a ser el Don Pablo de siempre.
                   Una noche cerrada, de nubes bajas, volvía del pueblo en su carro, sosteniendo las riendas con una mano, rumiando recuerdos de su patria, de lo que dejó en Polonia, de su nueva tierra;  abrazando su
damajuana, cuando de pronto vio algo espantoso, y sintió miedo por lo desconocido y por la tremenda soledad que lo rodeaba,  una profunda y obscura  picada entre el monte.-
                   Una luz, un resplandor surgió de pronto entre las nubes, pasó una y al tiempo otra vez sobre su cabeza, bajo el cielo negro y encapotado. Y esa luz, esa mancha luminosa surgía del horizonte y enseguida daba vueltas encima, sobre él y volvía haciendo un círculo hasta perderse de nuevo en el horizonte; pero al momento volvía y hasta juró que la luz le silbaba cada vez que pasaba.  Temblando se tumbó en el carro y le tiró los dos tiros de su escopeta cuando pasaba arriba, recargó a tientas y volvió a
tirar hasta que terminó los cartuchos y luego vació el cargador de su revolver y al final se puso a rezar temblando. Así lo contaba días después.
                     En verdad no era el único asustado. El que estuvo afuera aquella noche seguro que no quedó indiferente. Nadie había visto cosa así que se tuviera memoria, ni los más viejos, ni los más sabios. Se habló de luces malas, de una señal divina, del fin del mundo, de ánimas, de avisos.
La base aérea, instalada en aquellos años había utilizado un poderoso reflector que rastreaba aviones en la noche, con un alcance de decenas de kilómetros.  Estarían haciendo un ejercicio nocturno, o localizando un avión extraviado.
El efecto de que el rayo de  luz no se divisara pero sí se veía cuando alumbraba la capa de nubes tan compacta y obscura. Una mancha luminosa en una noche negrísima, que surgía de la nada y giraba pasando por encima, era para asustar a cualquiera.
Pasaron decenas de años y otras veces se vio el reflector de la base, pero nunca se dieron las condiciones de esa noche, ni volvió a verse un efecto semejante.
¡Cómo no se iba a asustar el polaco, Don Pablo, sólo con su damajuana y perdido en un picada obscura del monte norteño!
 
*Relatos de Celso H.Agretti. celsoagr@...
Avellaneda, Provincia de Santa Fe.
 
 
Viernes 11 de noviembre. 21 hs
 
Celso H. Agretti presenta su libro LOS DIAS FELICES  de relatos y cuentos costumbristas, en el Teatro Máximo Vicentín de Avellaneda. Provincia de Santa Fe.

 
 
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