INVENTIVASocial
Edición DICIEMBRE 2005
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Sin destino en la ciudad*
Caminar sin destino en la ciudad
es una forma de recuperar estampas,
vacíos antiguos, veladas ruinas.
La luz de una vidriera nos dice quienes fuimos,
ajustamos el paso a las baldosas
blanquinegras que adornan las aceras,
todo retorna a su vieja asimetría.
Caminar sin destino entre las gentes,
bajo el ruido que reina en la ciudad,
es una forma de saber que estamos vivos.
A nuestro alrededor los rostros deambulan,
en los gestos hay un rastro de armonía,
puede sentirse el calor entre las calles.
Pero alguna vez todo calla de repente:
cesan las conversaciones que nunca sucedieron,
se apaga el brillo de los escaparates,
nadie ríe, nadie celebra, nadie canta,
nadie grita sobre el silencio del asfalto.
Y entonces uno sabe que todo forma parte
del mismo sueño que incesantemente se repite
(como una siniestra tortura de los dioses)
sobre las turbias almohadas de la noche.
*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@...
http://www.aragonesasi.com/sergio
http://al-andar.blogspot.com/
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LEEREMOS KAFKA*
Saldrás con alpargatas de suela de yute, es totalmente necesario que tus pies se aplanen contra el suelo, que la tierra debajo del cemento debajo de las baldosas, que la tierra se comunique con tus plantas transpasando cemento, baldosas, porosa suela de yute.
Yo llevaré los brazos descubiertos, el sol se reflejará en mi piel y nos iluminará los rostros. Con luz rosada con luz amarillenta nuestros rostros brillarán en medio de las cabelleras despeinadas.
Por un momento seremos de luz.
Caminaremos juntos de la mano. Sólo caminaremos de la mano por las gastadas veredas; y miraremos los mismos árboles floridos que tiñen el césped de violeta, repitiendo con exactitud la forma de la copa con el color sutil que luego barrerá el viento.
Llegaremos a un parque y nos detendremos a señalar los claveles del aire sobre las ramas. Nos preguntaremos los nombres vegetales, y los desconoceremos minuciosamente, uno por uno. Puede que un perro nos mire de lejos, y sabremos que nuestra imagen se formará quién sabe de qué misteriosa
manera en su incognoscible universo.
Nos sentaremos a permitir que una vaquita de San Antonio busque altura sobre nuestros brazos. Recordaremos algo sobre insectos y territorios, superponiendo otredades sobre esta vaquita que aquí ahora y tan ella misma nos escala.
El delgado libro pasará de una a otra mano, y finalmente yo tomaré el oficio de médium.
Leeré morosamente un cuento de Kafka, oscuro y complejo bajo el cielo brillante, tan espesas las palabras en una atmósfera tan diáfana. Mi voz modulará los sonidos y guiará las evoluciones de otra voz que dijo en otra lengua las perplejidades que nos agobian.
El lapso mágico del cuento desaparecerá el alrededor, apenas un ladrido o voces infantiles penetrarán débilmente el círculo que nos contenga.
Saldrás con alpargatas de suela de yute, es totalmente necesario que tus pies se aplanen contra el suelo, que la tierra debajo del cemento debajo de las baldosas, que la tierra se comunique con tus plantas transpasando cemento, baldosas, porosa suela de yute.
Yo llevaré los brazos descubiertos, el sol se reflejará en mi piel y nos iluminará los rostros. Con luz rosada con luz amarillenta nuestros rostros brillarán en medio de las cabelleras despeinadas.
Por un momento seremos de luz.
Caminaremos juntos de la mano. Sólo caminaremos de la mano por las gastadas veredas; y miraremos los mismos árboles floridos que tiñen el césped de violeta, repitiendo con exactitud la forma de la copa con el color sutil que luego barrerá el viento.
Llegaremos a un parque y nos detendremos a señalar los claveles del aire sobre las ramas. Nos preguntaremos los nombres vegetales, y los desconoceremos minuciosamente, uno por uno. Puede que un perro nos mire de lejos, y sabremos que nuestra imagen se formará quién sabe de qué misteriosa
manera en su incognoscible universo.
Nos sentaremos a permitir que una vaquita de San Antonio busque altura sobre nuestros brazos. Recordaremos algo sobre insectos y territorios, superponiendo otredades sobre esta vaquita que aquí ahora y tan ella misma nos escala.
El delgado libro pasará de una a otra mano, y finalmente yo tomaré el oficio de médium.
Leeré morosamente un cuento de Kafka, oscuro y complejo bajo el cielo brillante, tan espesas las palabras en una atmósfera tan diáfana. Mi voz modulará los sonidos y guiará las evoluciones de otra voz que dijo en otra lengua las perplejidades que nos agobian.
El lapso mágico del cuento desaparecerá el alrededor, apenas un ladrido o voces infantiles penetrarán débilmente el círculo que nos contenga.
Te quedarás en silencio. No hablaré.
Miraremos el humo de Praga permanecer unos instantes, temblar y desvanecerse, dejando un aroma a encierro que durará apenas el segundo anterior al que me des un beso.
Miraremos el humo de Praga permanecer unos instantes, temblar y desvanecerse, dejando un aroma a encierro que durará apenas el segundo anterior al que me des un beso.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@...
SUEÑO O DESVELO*
Al poco de cerrar los ojos, los escuché a ambos rodar por la habitación, con paso angelical y desterrado, lejos de sus realidades y de paseo o infortunio por las mías, y así todo el tiempo. Al menos esa distancia de fantasmas corpóreos me servía para no estar allí, no asumirles sus verdades y aquel eco devastador contra la mañana, o acaso la propia luz al llegar. Andaban a tientas y a la vez altivos, entre las borrascas de mi sueño. Juro que allí mismo intenté terminar con los conjuros, y bregué para separar de mí el rostro inmaculado de la bellísima archiduquesa de Lorena, el pequeño Göttlieb sentado al clavecín o vibrando su inquieto violincillo de entonces, la multitud clamando en la plaza de la Revolución y los largos viajes sobre los puentes de lo entonces conocido, la fiebre fatal y altísima como una frágil torre de hielo, el filo pendular de la ignominia sobre nuestras cabezas:
vi mi propia muerte que no llega y aún no pretendo.
Y comenzaron a sonar los primeros acordes.
El suave arrullo de los violines me llegaba lejanamente conocido pero aún inasible, hasta ese primer fraseo en las teclas, como una habitual y prodigiosa extensión de su esencia que no era su voz, como un mismo halo precioso. La gentil melodía inicial del Elvira Madigan, su preferido concierto nº 21 para piano es lo que regresa hacia mí en este momento imposible, la melodía dulcísima y tristísima e inesperadamente trágica y dulcísima otra vez, así como él, sin las inútiles palabras, hace tanto me había enseñado a disfrutarla, tan apropiada para mí y ahora, con los primeros golpes del teclado germinando la armonía, desde las profundidades de la muerte, instaurando estos enigmas. Y recuerdo claramente un paso previo más, sobre el cuadro y la disposición formal de la orquesta: a la derecha los vientos, como un arco anterior las cuerdas con el coro de violines por delante, atrás el sustento melódico de las maderas, todo enalteciendo en esa disposición escenográfica la tarima donde resoplaba en silencio su sueño meditabundo y contenido un negrísimo piano de cola que aún por siempre lo espera. Allí mismo y como ahora, intenté no prestar demasiada atención al detalle ni comenté con nadie la presencia inequívoca de esa corriente de aire cálido con aroma a flores tan familiar inundando la sala, proveniente de enfrente, exactamente ahí, desde el centro estático de la orquesta y la cerradas bocas de los instrumentos, de las diez mil almas reunidas en esta plaza que atravieso desde la Concergerié, altiva y de pie sobre un modesto carro, engalanada de blanco, a la vista de todos. Son feroces el griterío y los abucheos, pero alcanzo a pensar mejor en aquel comienzo tardío de los aplausos, con los primeros músicos ingresando bajo una media luz al proscenio, ubicándose (como antes nosotros) en sus lugares exactos, todos estando y palpitando tangible su llegada en solitario y sin protocolos. En medio de ese confuso estruendo general busqué disimuladamente pero con profundas ansias mi presencia en algún lugar imposible de aquel teatro y no frente a este cadalso infame a donde me han traído; me busco otra vez con real aunque patética esperanza y estoy aquí. Presiento que cedí a mi inútil intento cuando todo se inundaba de un sepulcral silencio para darle la bienvenida, tímido como el muchacho de siempre. Su belleza radicaba en su infaltable y sutil absurdo de contrastes, su imagen estrafalaria de erguidos rizos (luminosa o escandalosamente rubios), el traje violeta con botones de oro y desaliñado sobre una camisa blanca sin corbata de gala, ágilmente hasta alcanzar el taburete frente al piano, disponiéndose con esmero a su esperada interpretación. Debo insistir, para ser honesta, en aquella idea vital del silencio, aún ahora tan difícil de explicar: una ausencia de sonido tan profunda y densa en esa sala repleta, y lo atribuí, como a la continua y cálida brisa perfumada, a mis deseos o una ingenua sugestión por lo sobrenatural, la simple fascinación que me provocaba verlo allí, después de tantas cosas, inmutable y hermoso y absolutamente lejano. Pienso en todos nosotros, extáticos y hechizados mientras se sentaba en el piano ajeno a la feroz expectativa del entorno, a nosotros, al hechizo y el teatro de gala colmado, él sonriendo desde sus adentros y presto a darnos con tanta naturalidad tanta maravilla. Siento en el interior íntimo esas primeras notas y aún ignoro frente a mí a la muchedumbre enardecida clamando por mi sangre azul que ya nada vale.
Admito lo verdaderamente parcial de esta sensación de deslumbramiento, pues sé que lo amé todo este tiempo aún desbordada de increíbles distancias, con igual intensidad que silencios, como los árboles a sus pájaros. Él prosigue sin pausas su relato prodigioso en el piano y no levanta su vista pero sabe que estoy ahí, rendida a sus encantos, sabe que yo construí esta celebración de falsos melómanos sólo para tenerlo cerca otra vez, para lucir ante la Corte y este reino de máscaras y traiciones su prodigio íntegro de nuestras Austrias, para demostrarle con solapada insistencia que lo esperé durante tanto, quizás desde aquella tarde donde nos conocimos. Venías de visita con tu padre Leopoldo y tu hermana a mi gran casa, hoy tan fantasmal y añorada, un juego inocente de niños en los jardines del palacio (¿cuántos años tendríamos? ¿yo siete, seis?), cuando me contabas de las callejuelas de tu pueblo en las montañas, de la silueta gigante del viejo Hohensalzburg llenándose de sombras al atardecer, de la nieve de los Alpes, el fresco arrullo del Salzach. Ya entonces viajabas tanto, pequeño geniecillo, derramando torrentes de melodía y virtuosismo, con tu padre esperando quizás otras apreciaciones para tu don, y ofreciéndote finalmente en su propio deleite como un prodigioso número de circo, y brillabas incalculable tanto ante pontífices como imperios, alcurnias y noblezas de la mano de tus idílicas musas, quedándote como yo, sin pertenecer siquiera a tu propia infancia.
El concierto es en la incomparable París a finales del siglo XVIII, que pudo ser Praga y Milano y todas las urbes que, como fuimos luego conociendo, se rindieron de rodillas a tu conjuro milagroso. Pero estoy de nuevo aquí, recibiéndote mediante recuerdos del presente en esta patria extraña en la que fui reina de alianzas opulentas y riquezas imposibles, la que hoy se ha vuelto enfurecida sobre mis títulos desechos y mi familia destrozada, corroída por el hambre y la miseria. Como hacerte saber lo orgullosa que estaba aquella noche mágica; no pude contarte entonces todo esto, lo proclamo y convoco ahora contra el pasado para vencer la infausta y distante noticia de la fiebre y tu muerte, ante la inminencia cercana de la mía bajo el filo tangente del acero. Ni siquiera pude estar a tu lado y todavía aquí en la noche que perdiste a tu madre tan lejos de casa; intuyo en el corazón que me habrás esperado... ¿sabrás que, paralizada de miedo y tristeza, no me atreví a buscarte?. Fue un vacío atroz, como en la muerte del emperador, mi padre amado. Un vacío similar que siguió extendiéndose durante todos estos solitarios años. Cualquiera podrá decir que yo, la vulgar e ingenua doncella de Lorena, nunca pensó así ni sintió todo esto. Ni toda la lujuria de las Galias ni sus fiestas onerosas ni los derroches interminables comprenden la verdad absoluta sobre el diminuto fondo de mi alma quebrada. Todo sucedió tan veloz e inevitablemente así, mi dulce Amadeus. Somos todos niños huérfanos echados a rodar en la vida como ángeles desnudos y sin alas; hemos perdido a nuestros padres y también a nuestros hijos bajo el mismo profundo dolor de azota a este pueblo hambriento, que clama enceguecido expiación y venganza. Hemos perdido lo más bello de nosotros y no podemos hacer nada más para recuperarlo. Tan sólo me permito traerte en un fragmento final de este ensueño.
Puedo borrar aún la imagen del verdugo y el clérigo brindándome las bendiciones extremas de rigor en esta lengua siempre extraña, y ya el rittorno sinfín del andante te devuelve para mi alivio poseído de tu poderosa sustancia, que te eleva por siempre como un hito luminoso (muchos siempre lo supimos, ya lo palpitas en el vacío tus huesos olvidados, perdidos). Ahora alzas suavemente tu cabeza hacia el exacto lugar donde yo estoy y al mirarme sonriendo me siento turbada, pues dejas de ser poco a poco este muchacho veinteañero y encantador sobre quien comentaban las damas y los señores de la nobleza en los estériles conciliábulos de las tertulias, del foyer antes del concierto. Allí los supuestos entendidos se aturdían en discusiones sobre estilos y tendencias, y al hallarte inclasificable y hermoso como siempre fingían ignorarte o reconocerte para ocultar los vahos y caldos de su propia envidia: yo los he conocido. Movida por algún impulso o la última gracia puedo no estar aquí frente a esta plebe deseosa de espanto, sino para siempre en esa noche mágica viéndote transmutar lentamente hacia ese niño irreal y aún al piano, con tu traje lila que se empequeñece mientras sigues la melodía y me estás llamando con las manos extendidas entre el aroma de primaveras a jugar una vez más a la ronda y no puedo evitar que todos vean mis azules ojos llenos de lágrimas que no son de miedo: nunca me he sentido tan miserable y tan íntegra al mismo tiempo. Es sólo una tristeza infinita por tanta magia que hemos perdido, por querer volver a ser la niña que vendrás a visitar otra tarde en mi palacio de Schönbrunn, a deleitarnos con tu violincillo, en esta exacta brisa cálida y floral de los antiguos jardines vestidos de este mismísimo silencio (y es de veras un extraño y embriagador sortilegio, un apéndice real de mi deseo). Ya no soy más María Antonieta de Austria, la defenestrada y última reina de Francia, viuda de Su Majestad Luis XVI, el vestigio final de los Hasburgo que tragará en su voracidad y desatino la historia en esta parte del mundo, bajo el golpe brutal y rojizo de la guillotina. Sólo soy una puerta más de mi propia vida hacia lo eterno, la diáfana niña que besas en el paraíso.
Me esfuerzo en imaginar que ellos también tuvieron ese instante de lucidez acaso inútil ante el fatal momento, al cabo, una lucidez llena de esperanzas. El deseo de saber que en ese segundo antes del paso a esa otra orilla que es la muerte, volvieron en la profundidad de su espíritu a su idílico mundo de niños libres y vitales, del que fueron arrancados mediante la sutil violencia que intentarán ocultar por siempre los pretextos culturales y sociales en que vivieron, donde aún vivimos. Ansío creer saber, para cuando llegue mi propia hora, que ese músico genial ya en los bordes de su fiebre devastadora y última, que la bellísima reina extranjera con su blanco cuello contra el cepo mohoso y ensangrentado a punto de ser decapitada, llegaron a verse otra vez corriendo tan tiernos y mágicos y pequeños entre las flores de los jardines imperiales de Schönbrunn, jurándose amor o inocencia eterna bajo la más perfecta y soleada tarde de aquel verano vienés de 1762, sin otro testigo que este intemporal e inútil afán virtual de sueño o desvelo.
Al poco de cerrar los ojos, los escuché a ambos rodar por la habitación, con paso angelical y desterrado, lejos de sus realidades y de paseo o infortunio por las mías, y así todo el tiempo. Al menos esa distancia de fantasmas corpóreos me servía para no estar allí, no asumirles sus verdades y aquel eco devastador contra la mañana, o acaso la propia luz al llegar. Andaban a tientas y a la vez altivos, entre las borrascas de mi sueño. Juro que allí mismo intenté terminar con los conjuros, y bregué para separar de mí el rostro inmaculado de la bellísima archiduquesa de Lorena, el pequeño Göttlieb sentado al clavecín o vibrando su inquieto violincillo de entonces, la multitud clamando en la plaza de la Revolución y los largos viajes sobre los puentes de lo entonces conocido, la fiebre fatal y altísima como una frágil torre de hielo, el filo pendular de la ignominia sobre nuestras cabezas:
vi mi propia muerte que no llega y aún no pretendo.
Y comenzaron a sonar los primeros acordes.
El suave arrullo de los violines me llegaba lejanamente conocido pero aún inasible, hasta ese primer fraseo en las teclas, como una habitual y prodigiosa extensión de su esencia que no era su voz, como un mismo halo precioso. La gentil melodía inicial del Elvira Madigan, su preferido concierto nº 21 para piano es lo que regresa hacia mí en este momento imposible, la melodía dulcísima y tristísima e inesperadamente trágica y dulcísima otra vez, así como él, sin las inútiles palabras, hace tanto me había enseñado a disfrutarla, tan apropiada para mí y ahora, con los primeros golpes del teclado germinando la armonía, desde las profundidades de la muerte, instaurando estos enigmas. Y recuerdo claramente un paso previo más, sobre el cuadro y la disposición formal de la orquesta: a la derecha los vientos, como un arco anterior las cuerdas con el coro de violines por delante, atrás el sustento melódico de las maderas, todo enalteciendo en esa disposición escenográfica la tarima donde resoplaba en silencio su sueño meditabundo y contenido un negrísimo piano de cola que aún por siempre lo espera. Allí mismo y como ahora, intenté no prestar demasiada atención al detalle ni comenté con nadie la presencia inequívoca de esa corriente de aire cálido con aroma a flores tan familiar inundando la sala, proveniente de enfrente, exactamente ahí, desde el centro estático de la orquesta y la cerradas bocas de los instrumentos, de las diez mil almas reunidas en esta plaza que atravieso desde la Concergerié, altiva y de pie sobre un modesto carro, engalanada de blanco, a la vista de todos. Son feroces el griterío y los abucheos, pero alcanzo a pensar mejor en aquel comienzo tardío de los aplausos, con los primeros músicos ingresando bajo una media luz al proscenio, ubicándose (como antes nosotros) en sus lugares exactos, todos estando y palpitando tangible su llegada en solitario y sin protocolos. En medio de ese confuso estruendo general busqué disimuladamente pero con profundas ansias mi presencia en algún lugar imposible de aquel teatro y no frente a este cadalso infame a donde me han traído; me busco otra vez con real aunque patética esperanza y estoy aquí. Presiento que cedí a mi inútil intento cuando todo se inundaba de un sepulcral silencio para darle la bienvenida, tímido como el muchacho de siempre. Su belleza radicaba en su infaltable y sutil absurdo de contrastes, su imagen estrafalaria de erguidos rizos (luminosa o escandalosamente rubios), el traje violeta con botones de oro y desaliñado sobre una camisa blanca sin corbata de gala, ágilmente hasta alcanzar el taburete frente al piano, disponiéndose con esmero a su esperada interpretación. Debo insistir, para ser honesta, en aquella idea vital del silencio, aún ahora tan difícil de explicar: una ausencia de sonido tan profunda y densa en esa sala repleta, y lo atribuí, como a la continua y cálida brisa perfumada, a mis deseos o una ingenua sugestión por lo sobrenatural, la simple fascinación que me provocaba verlo allí, después de tantas cosas, inmutable y hermoso y absolutamente lejano. Pienso en todos nosotros, extáticos y hechizados mientras se sentaba en el piano ajeno a la feroz expectativa del entorno, a nosotros, al hechizo y el teatro de gala colmado, él sonriendo desde sus adentros y presto a darnos con tanta naturalidad tanta maravilla. Siento en el interior íntimo esas primeras notas y aún ignoro frente a mí a la muchedumbre enardecida clamando por mi sangre azul que ya nada vale.
Admito lo verdaderamente parcial de esta sensación de deslumbramiento, pues sé que lo amé todo este tiempo aún desbordada de increíbles distancias, con igual intensidad que silencios, como los árboles a sus pájaros. Él prosigue sin pausas su relato prodigioso en el piano y no levanta su vista pero sabe que estoy ahí, rendida a sus encantos, sabe que yo construí esta celebración de falsos melómanos sólo para tenerlo cerca otra vez, para lucir ante la Corte y este reino de máscaras y traiciones su prodigio íntegro de nuestras Austrias, para demostrarle con solapada insistencia que lo esperé durante tanto, quizás desde aquella tarde donde nos conocimos. Venías de visita con tu padre Leopoldo y tu hermana a mi gran casa, hoy tan fantasmal y añorada, un juego inocente de niños en los jardines del palacio (¿cuántos años tendríamos? ¿yo siete, seis?), cuando me contabas de las callejuelas de tu pueblo en las montañas, de la silueta gigante del viejo Hohensalzburg llenándose de sombras al atardecer, de la nieve de los Alpes, el fresco arrullo del Salzach. Ya entonces viajabas tanto, pequeño geniecillo, derramando torrentes de melodía y virtuosismo, con tu padre esperando quizás otras apreciaciones para tu don, y ofreciéndote finalmente en su propio deleite como un prodigioso número de circo, y brillabas incalculable tanto ante pontífices como imperios, alcurnias y noblezas de la mano de tus idílicas musas, quedándote como yo, sin pertenecer siquiera a tu propia infancia.
El concierto es en la incomparable París a finales del siglo XVIII, que pudo ser Praga y Milano y todas las urbes que, como fuimos luego conociendo, se rindieron de rodillas a tu conjuro milagroso. Pero estoy de nuevo aquí, recibiéndote mediante recuerdos del presente en esta patria extraña en la que fui reina de alianzas opulentas y riquezas imposibles, la que hoy se ha vuelto enfurecida sobre mis títulos desechos y mi familia destrozada, corroída por el hambre y la miseria. Como hacerte saber lo orgullosa que estaba aquella noche mágica; no pude contarte entonces todo esto, lo proclamo y convoco ahora contra el pasado para vencer la infausta y distante noticia de la fiebre y tu muerte, ante la inminencia cercana de la mía bajo el filo tangente del acero. Ni siquiera pude estar a tu lado y todavía aquí en la noche que perdiste a tu madre tan lejos de casa; intuyo en el corazón que me habrás esperado... ¿sabrás que, paralizada de miedo y tristeza, no me atreví a buscarte?. Fue un vacío atroz, como en la muerte del emperador, mi padre amado. Un vacío similar que siguió extendiéndose durante todos estos solitarios años. Cualquiera podrá decir que yo, la vulgar e ingenua doncella de Lorena, nunca pensó así ni sintió todo esto. Ni toda la lujuria de las Galias ni sus fiestas onerosas ni los derroches interminables comprenden la verdad absoluta sobre el diminuto fondo de mi alma quebrada. Todo sucedió tan veloz e inevitablemente así, mi dulce Amadeus. Somos todos niños huérfanos echados a rodar en la vida como ángeles desnudos y sin alas; hemos perdido a nuestros padres y también a nuestros hijos bajo el mismo profundo dolor de azota a este pueblo hambriento, que clama enceguecido expiación y venganza. Hemos perdido lo más bello de nosotros y no podemos hacer nada más para recuperarlo. Tan sólo me permito traerte en un fragmento final de este ensueño.
Puedo borrar aún la imagen del verdugo y el clérigo brindándome las bendiciones extremas de rigor en esta lengua siempre extraña, y ya el rittorno sinfín del andante te devuelve para mi alivio poseído de tu poderosa sustancia, que te eleva por siempre como un hito luminoso (muchos siempre lo supimos, ya lo palpitas en el vacío tus huesos olvidados, perdidos). Ahora alzas suavemente tu cabeza hacia el exacto lugar donde yo estoy y al mirarme sonriendo me siento turbada, pues dejas de ser poco a poco este muchacho veinteañero y encantador sobre quien comentaban las damas y los señores de la nobleza en los estériles conciliábulos de las tertulias, del foyer antes del concierto. Allí los supuestos entendidos se aturdían en discusiones sobre estilos y tendencias, y al hallarte inclasificable y hermoso como siempre fingían ignorarte o reconocerte para ocultar los vahos y caldos de su propia envidia: yo los he conocido. Movida por algún impulso o la última gracia puedo no estar aquí frente a esta plebe deseosa de espanto, sino para siempre en esa noche mágica viéndote transmutar lentamente hacia ese niño irreal y aún al piano, con tu traje lila que se empequeñece mientras sigues la melodía y me estás llamando con las manos extendidas entre el aroma de primaveras a jugar una vez más a la ronda y no puedo evitar que todos vean mis azules ojos llenos de lágrimas que no son de miedo: nunca me he sentido tan miserable y tan íntegra al mismo tiempo. Es sólo una tristeza infinita por tanta magia que hemos perdido, por querer volver a ser la niña que vendrás a visitar otra tarde en mi palacio de Schönbrunn, a deleitarnos con tu violincillo, en esta exacta brisa cálida y floral de los antiguos jardines vestidos de este mismísimo silencio (y es de veras un extraño y embriagador sortilegio, un apéndice real de mi deseo). Ya no soy más María Antonieta de Austria, la defenestrada y última reina de Francia, viuda de Su Majestad Luis XVI, el vestigio final de los Hasburgo que tragará en su voracidad y desatino la historia en esta parte del mundo, bajo el golpe brutal y rojizo de la guillotina. Sólo soy una puerta más de mi propia vida hacia lo eterno, la diáfana niña que besas en el paraíso.
Me esfuerzo en imaginar que ellos también tuvieron ese instante de lucidez acaso inútil ante el fatal momento, al cabo, una lucidez llena de esperanzas. El deseo de saber que en ese segundo antes del paso a esa otra orilla que es la muerte, volvieron en la profundidad de su espíritu a su idílico mundo de niños libres y vitales, del que fueron arrancados mediante la sutil violencia que intentarán ocultar por siempre los pretextos culturales y sociales en que vivieron, donde aún vivimos. Ansío creer saber, para cuando llegue mi propia hora, que ese músico genial ya en los bordes de su fiebre devastadora y última, que la bellísima reina extranjera con su blanco cuello contra el cepo mohoso y ensangrentado a punto de ser decapitada, llegaron a verse otra vez corriendo tan tiernos y mágicos y pequeños entre las flores de los jardines imperiales de Schönbrunn, jurándose amor o inocencia eterna bajo la más perfecta y soleada tarde de aquel verano vienés de 1762, sin otro testigo que este intemporal e inútil afán virtual de sueño o desvelo.
*de Santiago Torales. nahrid@...
ESCARCHA DE LUNA*
CAMPO COUVERT
II
"Mientras avanzábamos raudamente veía que el campo giraba como un enorme disco iluminado bajo la luna llena, plateado por la escarcha."
Mamá me entregó un bolso con la ropa y otras cosas y me acompañó hasta el portillo batiente de la entrada.-
El portillo estaba flanqueado por los dos altos y lozanos cipreses que semejaban dos verdes y estilizadas agujas vegetales, rodeados por un florido conjunto de plantas del jardincito del frente. En él resaltaban profusas las enhiestas y copetudas crestas de gallo, de flores verrugosas y aterciopeladas de furioso color carmín.-
El camión azul deslucido de mi tío estaba en marcha y él aguardaba en el volante a que el motor se calentara. Yo le di un beso a mamá y corrí dando un rodeo para subir por el otro lado.-
Se terminaba la tarde y comenzó a refrescar de golpe.-
El sol, como un disco gigante color naranja pálido, bajaba sobre la quinta de naranjos que estaba cerca, y el cielo se había pintado del granate al rojo intenso; mientras algunas pequeñas nubes amarillentas y oscurecidas se recortaban con ribetes iridiscentes, como ovejas deformes pastando en un campo en llamas.-
-Mañana va a helar- dijo mamá, despidiéndose, mientras nos poníamos en marcha.-
Me sentí en la gloria. Un vaho tibio se respiraba dentro de la cabina, emanado por el motor; tenía aromas de aceites cálidos y tan tenues que eran como un perfume metálico, agradable y reconfortante. Además, iniciar este viaje con mi tío era para mí un sueño.-
Cruzamos el pueblo, el puente y la ciudad vecina, ambas aún con calles de tierra, y salimos a la ruta, también de tierra.-
Enseguida cayó la noche y la oscuridad fue cercándonos. Los faros del camión iluminaban temblorosamente una porción no muy grande delante y un poco a los costados del camino, bañando escasamente de amarillo una pequeña mancha dentro de la inmensa noche cerrada.-
Mientras, el ronroneo del motor iba quedando atrás con el camino recorrido; dejando a su paso un eco debilitado que rebotaba en los costados irregulares y nos iba persiguiendo junto con la noche.-
Pese a la dicha que sentía, me fui durmiendo sin darme cuenta, acunado por el vibrar suave y parejo, y el regular sonido de la marcha que nos envolvía.
Hicimos así la mitad del camino.-
Me desperté al sentir que el camión disminuía la velocidad hasta casi detenerse y el traqueteo de las ruedas sobre los rieles al cruzar las vías del tren. Un poco más allá mi tío se estacionó ante una casa o un tipo de negocio que daba a la calle. Luego vi que tenía un alero pequeño que sobresalía sobre un surtidor de nafta, de los de aquella vez, altos con un remate redondo como un caramelo, o una almeja, y una gran palanca con la que bombeaban el combustible.-
Por la puerta abierta y por la ventana salía una larga porción de luz que daba un farol muy potente que se conocía como "sol de noche"; y blanca y luminosa cruzaba la calle y alumbraba la garita del guardabarreras del ferrocarril cerca de la vía. Sentí voces, y vi pasar gente en la ventana, e incluso algún chico jugando, quizás más adentro.-
Mientras esperaba a mi tío, y terminaba de despertarme, pensaba en esa casa y en esa gente, que en verdad no conocía, ni conocía el lugar, y en realidad tampoco sabía mucho sobre en qué parte del camino estábamos, y hasta pensé que, tal vez habríamos llegado.
¿Cómo sería la casa de mi tío? A mis escasos nueve años era la primera vez que iba. Cada tanto mis primos venían a casa, ya que el negocio se proveía con estos viajes que eran frecuentes, y este coincidió justo con la feria escolar de invierno, así yo al fin puede colarme.-
Mi tío volvió y el motor ronroneó de nuevo. Ahí fue cuando me informé que estábamos a mitad de camino, de modo que enseguida reanudamos la marcha.-
De cuando en cuando él encendía un cigarrillo, lo ponía en la boquilla y fumaba quedamente. Las caprichosas espiras de humo azul, como danzantes arabescos, alcanzaban a cautivarme antes de desvanecerse en el interior de la cabina. Cuando terminaba de consumir el cigarrillo, solía mantener la
boquilla vacía largo rato entre los labios, y así la sostenía, incorporada y firme, casi todo el tiempo.- Decía que era un buen truco para fumar menos.-
Yo lo veía recortado contra la penumbra exterior, junto con el resto oscuro de la cabina, donde apenas brillaba tenuemente una pequeña luz en el tablero, casi espartano, propio de los modelos de entonces, de antes de mediados de siglo. Lo veía pensativo y al mismo tiempo tan sereno, que me cohibía molestarlo o interrumpirlo en sus cavilaciones; hasta que él mismo vio que yo estaba despierto y abrió el fuego con una gran sonrisa, y con un gesto cariñoso soltó el volante y con la mano derecha me revolvió el cabello.
Charlamos larga y despaciosamente, mientras el camión devoraba raudamente buenos tramos del camino.-
En realidad hacía apenas cuatro años que se habían asentado en aquella colonia casi virgen, de grandes campos, montes y bañados. También otros colonos habían hecho lo mismo por aquel entonces y se formó una población considerable, además les estaba yendo bastante bien a todos, así que mi tío estaba agrandando sus negocios, y aparte de vender y fletear mercaderías y comestibles, vendía insumos para el campo y estaba iniciando el acopio de cereales y ahora también algodón que estaban comenzando a sembrar como una novedad en aquella latitud agrícola.-
Por largos ratos quedábamos en silencio, ensimismados cada uno en sus cosas. Yo mismo trataba de imaginarme cómo sería todo lo que me esperaba, lo que aún no conocía, e iba quedando cada vez más cerca.-
De reojo veía que mi tío de cuando en cuando tarareaba una canción en voz tan baja que casi no estaba seguro que estuviera cantando.-
Además la soledad de tremendos contornos me intimidaba por momentos. Ahora cruzábamos cerrados e interminables montes que reconocía a nuestros costados y escondidos arroyos que se reflejaban entre la negrura, y la luz de una luna que nacía frente a nosotros.-
Pero tenía mucha confianza en él, mi tío era también mi padrino y lo veía como a un héroe, un verdadero paladín. Lo que no estaba al alcance de mi padre, él lo haría accesible, sin dudas, porqué sabía que me quería bien.-
Mi padre y él tuvieron suertes diferentes. Mi padre vino de Italia de niño y la vida lo trató muy duro. Desde pequeño tuvo que trabajar como único sostén, ya que quedaron huérfanos de padre recién llegados de Europa, y apenas nacidos los hermanitos más chicos. Mi tío era el más joven y accedió a todo más fácilmente, un poco quizás por ser el menor.-
Estábamos llegando. Doblamos el último tramo. Se había alzado la luna, grande y ovalada. La teníamos ahora a la derecha y me permitía ver los grandes campos que pasaban corriendo, más fuerte acá cerca, y los grupos de árboles y casas más lejanas apenas se iban moviendo. Parecía que todo girara como en un plato gigantesco, teniendo como eje la luna, mientras bañaba todo con su luz pálida y platinada.-
La casa se me apareció entre una extensa arboleda de variados tamaños, negra a trasluz, donde se recortaban altas grevileas y pinos; y los techos metálicos se reflejaron fríos y blanquecinos por la escarcha recién caída y la palidéz sideral de la luz de la luna.-
Lo demás estaba en tinieblas, pero enseguida hubo linternas y luz en la cocina, y un par de perros alegres que aullaron y corrieron atropelladamente a saludarnos, antes aún que los demás de la casa.-
Así llegué aquella noche, esa primera vez a aquel lugar, que tanto significaría para mi de ahí en más, especialmente en el transcurso de mi niñez.
*de Celso H. Agretti.
celsoagr@...
Avellaneda. (Santa Fe. Argentina )
-Publicado en "Los días felices". Edición de autor. Octubre del 2005.
Comentario*
Tengo en mis manos "Los días felices" de Celso Agretti. El libro viajo muchos kilómetros desde Santa Fe hasta Buenos Aires. Tuvo releídas en muchos paisajes, a cielo abierto, en el micro con horizontes de campo, trabajo y distancias del otro lado de la ventanilla, o en la soledad del patio del fondo bajo la parra. No puedo dejar de recomendar la escritura transparente de Celso, su manera de pintar frescos, de fotografiar en palabras la historia propia que se parece mucho a la de cada uno de nosotros, con viejos o abuelos gringos que sudaban la gota gorda, que siempre hablaron en media lengua. El libro de Celso es de una belleza increíble. Muchos de sus escritos ya fueron leídos por los socios de inventiva en el transcurso de 3 años de ediciones. Pero ahora están reunidos, sutilmente reescritos e ilustrados por él.
Una sorpresa más.... hay comentarios recibidos desde la web. Me encuentro allí, encuentro a muchos amigos en la palabra diciendo cosas que Celso transcribe como anticipo casi al abrir el libro.
Disculpen mi inusual insistencia, pero quien pueda comprar el libro no se lo pierda.
Ante todo para comprar el libro hay que comunicarse con el autor: celsoagr@...
Telefono: (03482) 481135.
¿Cual es aporte posible desde Inventiva hacia el socio escritor y a los lectores?:
Digamos que es una promoción:
Quienes compren "Los días felices" tendrán la posibilidad de ser nuevos miembros del club de socios de Inventiva Social sin costo hasta cubrir el importe total pagado por el libro con gasto de envio incluido.
( El club de socios de Inventiva tiene un costo de cuota anual de 36 pesos ).
*Eduardo F. Coiro. inventivasocial@...
Donde el otoño trajo lluvia ...*
Donde el otoño trajo lluvia.
La tierra es la misma
sea blanca o Inca usurpada.
Del blanco no muy blanco
el árbol cedió espacio
en guitarra,
en la mesa jornalera las manos
que el otoño trajo.
Hay cuerdas que sangran.
Hay un niño que marcha volviéndose niño
niño y chaya.
Como la hoja dejó de ser altura
a la raíz del tiempo y quebranto,
un as de basto,
una escalera al infierno
inventado.
Es una caja que el otoño trajo,
con retrato paciente de manos.
Hay huellas del tiempo y de lunas,
de andar andando quebrando piedras y llantos.
El otoño es usted,
con olivar en el viento
mientras esta llanura
la lluvia hace lagunas y charcos
y grillos
y ranas concierto.
Dos niños velan esta casa perdida en la distancia
y el silencio.
El otoño trajo esta lluvia aromada de trigo y campo.
Vale la tinta evocar el viento sembrado de pájaros.
Donde el otoño trajo lluvia.
La tierra es la misma
sea blanca o Inca usurpada.
Del blanco no muy blanco
el árbol cedió espacio
en guitarra,
en la mesa jornalera las manos
que el otoño trajo.
Hay cuerdas que sangran.
Hay un niño que marcha volviéndose niño
niño y chaya.
Como la hoja dejó de ser altura
a la raíz del tiempo y quebranto,
un as de basto,
una escalera al infierno
inventado.
Es una caja que el otoño trajo,
con retrato paciente de manos.
Hay huellas del tiempo y de lunas,
de andar andando quebrando piedras y llantos.
El otoño es usted,
con olivar en el viento
mientras esta llanura
la lluvia hace lagunas y charcos
y grillos
y ranas concierto.
Dos niños velan esta casa perdida en la distancia
y el silencio.
El otoño trajo esta lluvia aromada de trigo y campo.
Vale la tinta evocar el viento sembrado de pájaros.
*de ricardo d. mastrizzo. ricardomastrizzo@...
Todas las vidas posibles*
Dedicado a mi angelito que me protege desde el 15 de Noviembre de 1981. Y a Luz María Bobadilla (En su homenaje a Agustín Barrios "La Catedral") que siempre me inspira
Dedicado a mi angelito que me protege desde el 15 de Noviembre de 1981. Y a Luz María Bobadilla (En su homenaje a Agustín Barrios "La Catedral") que siempre me inspira
Ay mi ángel
me asusta la música,
aunque prepara
esta ceguera visionaria de pasado
Feroz
particulita de dolor
atrevimiento de muerte instalado
en el carruaje de la ausencia
Piano que ruge
atormenta,
espanta fotos de niños rubios
y sonrientes
Terrible domingo,
pero
la vida organiza otra oportunidad
Una ?
(acaso dos ?)
Donde está ?
Ahí
despacito
el reencuentro con el amor,
tenue y veraz
entramándose a la felicidad
mientras se disipa el odio
desde el deseo de todas las vidas posibles
*de María Bar. barmaria@...
me asusta la música,
aunque prepara
esta ceguera visionaria de pasado
Feroz
particulita de dolor
atrevimiento de muerte instalado
en el carruaje de la ausencia
Piano que ruge
atormenta,
espanta fotos de niños rubios
y sonrientes
Terrible domingo,
pero
la vida organiza otra oportunidad
Una ?
(acaso dos ?)
Donde está ?
Ahí
despacito
el reencuentro con el amor,
tenue y veraz
entramándose a la felicidad
mientras se disipa el odio
desde el deseo de todas las vidas posibles
*de María Bar. barmaria@...
ALICIA PLANCHA SU PAÑUELO.*
Sólo algo no existe; es el olvido. Jorge Luis Borges.
Tal vez fuera la Madre Superiora quien dijera “las alumnas reclaman por el gusto de hacerlo”, y en aquel atardecer de víspera increíble Daniela quince años que no aparece por ninguna parte. Ayer nadie la vio, mejor es no hablar de cosas tristes, o por algo será; pero Daniela no aparece y en Alicia, por su herencia de sueño que mantienen las hembras, la cepa de la espera le crece cada hora. Y a viento atravesado o en el mar más profundo, ninguna madre olvida minutos de la cría...
Sin más explicaciones anda Alicia muy pronto por la Plaza de Mayo con un pañuelo blanco en la cabeza y apretadas del brazo ellas bien que confirman índoles de la sangre. No valen cobardías ni palabras menores y recorren la Plaza sin el mínimo rezo; es que Dios les ha dicho que no vendrá a la cita, y convocan al mundo sin que apenas las turbe la amenaza milica o el miedo de la frase “yo no meto en nada”. O la torpe y cobarde, ¿”qué quieren esas locas desvelando a la gente que desconoce culpas”? Más algún otro discurso que ella hubiera dicho de no haber sucedido “Daniela no aparece” que le trajo la comprensión de todo. Porque, ¿hijos de quienes fueron los muchachos sin rastro tras letales pinchazos y tirados al río?
Ya ni recuerda Alicia cómo aprende a llorar quien soporta en desvelo le llamen a la puerta. Se llora en tono bajo y sin sollozos, que no cesen los ruidos de la calle: alguien se ha detenido pero sigue en la noche, el sonido de un timbre solamente es deseo y los autos que pasan se llevan la esperanza. Y a ráfagas Alicia se imagina que no es verdad ese sueño de monstruos y sellados cuarteles.
Hoy Daniela no está y Alicia carga entero su fusil de recuerdo. Con proyectil de tiempo que dialoga constante ella orienta su búsqueda imbatible y nadie más que el aire, con su manera antigua, sabe contar la historia sin cesar ni rendirse. Entonces, a pesar de todos los pesares Alicia imagina a cada rato el rostro de quien robó a su hija, y lo trae de ida y vuelta en su pena furiosa de no olvidarlo nunca. Ausente anduvo Dios por esos días, distraído en ajenos menesteres del cielo y esas cosas, y ajeno al mismo instante cuando Daniela quince años de los pelos y en andas entre voces de mando y brutal reglamento, derrumbada en un piso de orín y violaciones. ¿Cómo no debe preguntarse Alicia a quién Dios ha confiado conducir la manada?
Cada pregunta que ella se preguntó estos años, clavándose las uñas, ha sido gastada y derrotada de tanto preguntarse. ¿Quién dispuso que Daniela quince años no vuelva a contarle que unas bestias de anteojos apagados por cumplir las órdenes bestiales la arrastraron, desnudaron y luego lo demás tan miserable? Hoy Daniela no está y Alicia plancha su pañuelo. Ya vuelta de los años y sin consuelo, anda su pena visceral sin más relato contra las voces muertas de los comunicados. “Señoras, investigaremos hasta las últimas consecuencias” y otras jaranas que tanto divirtieron a tipos de uniforme y sotana. Pero Alicia pervive, ya sabe quién pronunció “las alumnas no deben reclamar ni sonreir a destiempo” y esa infamia le duele igual cada minuto. Hubo pretores de astrales intereses que ordenaron “ni una sonrisa adolescente ha de quitar al rezo de su sitio”, aunque Daniela aullara en medio del tormento.
Implacable y sin que se distraiga ha de seguir el sol clareando grises y el perfil del jazmín bajo la lluvia. Nadie esquiva el fusil de la memoria aunque cambie su aspecto cada día. Sólo algo no existe, es el olvido, y el aire seguirá con su relato mientras Alicia planche el pañuelo que llevará a la Plaza.
Sólo algo no existe; es el olvido. Jorge Luis Borges.
Tal vez fuera la Madre Superiora quien dijera “las alumnas reclaman por el gusto de hacerlo”, y en aquel atardecer de víspera increíble Daniela quince años que no aparece por ninguna parte. Ayer nadie la vio, mejor es no hablar de cosas tristes, o por algo será; pero Daniela no aparece y en Alicia, por su herencia de sueño que mantienen las hembras, la cepa de la espera le crece cada hora. Y a viento atravesado o en el mar más profundo, ninguna madre olvida minutos de la cría...
Sin más explicaciones anda Alicia muy pronto por la Plaza de Mayo con un pañuelo blanco en la cabeza y apretadas del brazo ellas bien que confirman índoles de la sangre. No valen cobardías ni palabras menores y recorren la Plaza sin el mínimo rezo; es que Dios les ha dicho que no vendrá a la cita, y convocan al mundo sin que apenas las turbe la amenaza milica o el miedo de la frase “yo no meto en nada”. O la torpe y cobarde, ¿”qué quieren esas locas desvelando a la gente que desconoce culpas”? Más algún otro discurso que ella hubiera dicho de no haber sucedido “Daniela no aparece” que le trajo la comprensión de todo. Porque, ¿hijos de quienes fueron los muchachos sin rastro tras letales pinchazos y tirados al río?
Ya ni recuerda Alicia cómo aprende a llorar quien soporta en desvelo le llamen a la puerta. Se llora en tono bajo y sin sollozos, que no cesen los ruidos de la calle: alguien se ha detenido pero sigue en la noche, el sonido de un timbre solamente es deseo y los autos que pasan se llevan la esperanza. Y a ráfagas Alicia se imagina que no es verdad ese sueño de monstruos y sellados cuarteles.
Hoy Daniela no está y Alicia carga entero su fusil de recuerdo. Con proyectil de tiempo que dialoga constante ella orienta su búsqueda imbatible y nadie más que el aire, con su manera antigua, sabe contar la historia sin cesar ni rendirse. Entonces, a pesar de todos los pesares Alicia imagina a cada rato el rostro de quien robó a su hija, y lo trae de ida y vuelta en su pena furiosa de no olvidarlo nunca. Ausente anduvo Dios por esos días, distraído en ajenos menesteres del cielo y esas cosas, y ajeno al mismo instante cuando Daniela quince años de los pelos y en andas entre voces de mando y brutal reglamento, derrumbada en un piso de orín y violaciones. ¿Cómo no debe preguntarse Alicia a quién Dios ha confiado conducir la manada?
Cada pregunta que ella se preguntó estos años, clavándose las uñas, ha sido gastada y derrotada de tanto preguntarse. ¿Quién dispuso que Daniela quince años no vuelva a contarle que unas bestias de anteojos apagados por cumplir las órdenes bestiales la arrastraron, desnudaron y luego lo demás tan miserable? Hoy Daniela no está y Alicia plancha su pañuelo. Ya vuelta de los años y sin consuelo, anda su pena visceral sin más relato contra las voces muertas de los comunicados. “Señoras, investigaremos hasta las últimas consecuencias” y otras jaranas que tanto divirtieron a tipos de uniforme y sotana. Pero Alicia pervive, ya sabe quién pronunció “las alumnas no deben reclamar ni sonreir a destiempo” y esa infamia le duele igual cada minuto. Hubo pretores de astrales intereses que ordenaron “ni una sonrisa adolescente ha de quitar al rezo de su sitio”, aunque Daniela aullara en medio del tormento.
Implacable y sin que se distraiga ha de seguir el sol clareando grises y el perfil del jazmín bajo la lluvia. Nadie esquiva el fusil de la memoria aunque cambie su aspecto cada día. Sólo algo no existe, es el olvido, y el aire seguirá con su relato mientras Alicia planche el pañuelo que llevará a la Plaza.
*de Eduardo Pérsico edupers@...
-Hermosa gente, agradezco sus entregas y le adjunto mis datos y un cuento breve.
Cordialmente, Eduardo Pérsico.
EDUARDO PÉRSICO nació en Banfield, Argentina, y vive en Lanús. Publicó:
1978. Crónicas del Abandonado. Cuentos. Editor Mensaje. (Faja de Honor de la SADE)
1982. Gardel Supo Retirarse a Tiempo. Novela. Ediciones Corregidor.
1983. Resistencia Lunfarda. Poemas. Edit. Rueda.
1986. El Olvido está en Libertad. Novela. Editorial Futuro.
1989. De nuevo lejos de Uppsala. Novela. Bell Ediciones.
1991. Un Mundo casi Feliz. Cuentos y Poemas. Ediciones. Trilce.
1993. Nadie Muere de Amor en Disneylandia. Novela. Beas Ediciones. (Premio Fondo Nacional de las Artes)
1995. Cuentos con Mujeres. Beas Ediciones.
1998. Madame Bovary era una Buena Chica. Novela. Beas Ediciones
2001. El Infierno de Rosell. Novela. Ediciones del Leopardo.
2004. Lunfardo en el tango y la poética popular. Ensayo y Glosario. Proyecto Editorial, Ciudad Universitaria de la UBA.
Participaciones en: Fútbol a Puro Cuento, Ediciones Faro Verde; Escritores argentinos según ellos mismos, compilado para la Universidad INCCA de Colombia, por Joseph Vélez, de Baylor University, USA; Cien sonetos Lunfardescos, Academia Porteña del Lunfardo; Los que conocieron a Borges nos cuentan, Editorial Tres Haches. En la red:
EDUARDO PÉRSICO nació en Banfield, Argentina, y vive en Lanús. Publicó:
1978. Crónicas del Abandonado. Cuentos. Editor Mensaje. (Faja de Honor de la SADE)
1982. Gardel Supo Retirarse a Tiempo. Novela. Ediciones Corregidor.
1983. Resistencia Lunfarda. Poemas. Edit. Rueda.
1986. El Olvido está en Libertad. Novela. Editorial Futuro.
1989. De nuevo lejos de Uppsala. Novela. Bell Ediciones.
1991. Un Mundo casi Feliz. Cuentos y Poemas. Ediciones. Trilce.
1993. Nadie Muere de Amor en Disneylandia. Novela. Beas Ediciones. (Premio Fondo Nacional de las Artes)
1995. Cuentos con Mujeres. Beas Ediciones.
1998. Madame Bovary era una Buena Chica. Novela. Beas Ediciones
2001. El Infierno de Rosell. Novela. Ediciones del Leopardo.
2004. Lunfardo en el tango y la poética popular. Ensayo y Glosario. Proyecto Editorial, Ciudad Universitaria de la UBA.
Participaciones en: Fútbol a Puro Cuento, Ediciones Faro Verde; Escritores argentinos según ellos mismos, compilado para la Universidad INCCA de Colombia, por Joseph Vélez, de Baylor University, USA; Cien sonetos Lunfardescos, Academia Porteña del Lunfardo; Los que conocieron a Borges nos cuentan, Editorial Tres Haches. En la red:
EN TRÁNSITO*
no te apures
ni lo hagas conmigo
vengo de un largo viaje
no vacié
ni siquiera la mochila
no te apures
ni lo hagas conmigo
.......
no te apures
ni lo hagas conmigo
vengo de un largo viaje
no vacié
ni siquiera la mochila
no te apures
ni lo hagas conmigo
.......
ausente de mi casa
y mis recuerdos
con la maleta vacía
acamparé en algún lugar
del tiempo
si recupero un instante
puede me encuentre
con el todo
y mis recuerdos
con la maleta vacía
acamparé en algún lugar
del tiempo
si recupero un instante
puede me encuentre
con el todo
*de Beatriz Martinelli. beatrizmar@...
Club de socios de InventivaSocial
Los socios recibiran en el transcurso del año 2006:
-Todas las ediciones de Inventiva Social en su casilla de correo.
-Acompañamiento ( alteridad textual) en la escritura con tema propia o en los ejercicios de escritura.
-La publicación de una antología virtual de su obra.
-Edición virtual de sus obras o textos extensos (libros ya editados) en las ediciones de inventiva.
-El anuncio y respaldo de actividades culturales y/o editoriales que realicen.
-Soporte ante problemas de recepción de las ediciones.
La cuota anual del club de socios es de 36 pesos en Argentina o 10 Euros en el exterior.
El pago puede realizarse desde cajeros de la red link o por giro postal dentro del país.
Un abrazo enorme y sigan acompañando esta hermosa experiencia.
*Eduardo Francisco Coiro inventivaedicion@...
Editor de InventivaSocial
Plaza virtual de
escritura
*
Página1
"Página 1" Revista de actualidad, literatura, novedades, cultura y tantas cosas bellas de la vida. Es una publicación electrónica mensual que desde Haifa (Israel), edita el poeta santafesino José Pivín y que se difunde gratuitamente por internet, a quien lo solicite. Se aceptan colaboraciones pero no se mantendrá correspondencia con los autores que no fueron elegidos. Para subscribirse enviar un e-mail a: pivin11@... colocando en Asunto: Suscribirme a Página 1.
En el cuerpo del e-mail, escribir nombres y apellidos y la ciudad donde residen.
Además nos pueden leer en: http://www.theborderlinemusic.com/libros.htm
Ruido de Magia...
Para escuchar buena música y leer los escritos publicados en Inventiva Social al aire.
El programa se llama Ruido de Magia y va todos los Domingos de 15 a 17hs. La frecuencia es FM 97.7 RADIO G en la web www.radiog.com.ar la radio queda en Los Andes 1260. Bernal.
*Marcelo Insua marceloinsua@...
InventivaSocial
Plaza virtual de escritura
Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial@...
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.
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