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ESTACIÓN SARGENTO CABRAL   Lista de mensajes  
Responder | Reenviar Mensaje #81 de 226 |
Poesía en el anden
 
*
Qué parajes
del aire,
 
qué altos parajes
de la noche,
 
tocan, abrazan
los silbatos
 
de los trenes
lejanos, húmedos,
 
cuando entran
en tu hondura.
 
*de Eduardo Dalter.  cuadcarmin@...
HOJAS DE RUTA (1984-2004) Ediciones del Nuevo Cántaro. Buenos Aires, 2005
 
 
 
*
En el andén abandona
                                                                     equipajes mínimos.
 
Listo a descarnar un relámpago
desata animales
que no recelen su lejanía.
 
*de Roberto Glorioso. robertoglorioso@...
-ENUNCIADOS DEL DESIERTO.  Vinciguerra. Buenos Aires. 2004
 
 
 
Travesías*
 
La mosca que viaja con nosotros en el tren
infatigable busca su alimento.
Su dimensión es el espacio del instinto, ignora
qué dilatados mundos pueden contenerla.
¿Quién podría asegurar entonces
que su destino es pequeño?
Así nosotros acaso vamos embarcados
no sólo en éste sino en otro viaje más vasto
donde hay posibles e infinitas respuestas
a las preguntas que deambulan por el tren
buscando una sustancia decisiva
que resuelva esta marcha emprendida hace tiempo.
 
*de Joaquín O. Giannuzzi.
Obra Poética. EMECÉ. Buenos Aires. año 2000.
 
 
 
*
cuando vengas,
 tráeme en el labio de tu piel
esa rosa dormida con su lágrima 
de lluvia esperanzada

llégate en el zumo de esa zamba
al borde mismo del cielo de tu enagua

tráeme un ábaco interminable de pájaros
 mariposas
y hojas sembradas de tu aire

 dos peldaños menos 
de mi muerte no muerte

una calandria libre entre tus manos
 un bastón para la huerta
(una rueda triangular quedará de tutor en la arboleda)

recuerda
cuando vengas
 no separes almohadas
pues mi cabeza queda huérfana de luna y sueño

cuando me llames,
habla con la sonrisa que me piensas
 y al otro día
indefectivamente
 no dejes de sacar boleto
de esos azules
o blancos
o esos color pastel habitando números errados
esos que ruedan tardanza de tren y multitud
a nuestra paciencia en volvernos y vernos
cada vez más pensantes
para quedamos en el andén
como dos pájaros en la vida.


*de ricardo d. mastrizzo. ricardomastrizzo@...
 
 
 
 
Inventren
 
Estación Sargento Cabral.
 
 
Buscando al vagón del cineclub*
 
Estoy habituada a deambular por los pasillos, a que el horizonte plano de Santa Fe se eternice detrás de las ventanillas. Recuerdo los antiguos filmes en que los efectos especiales consistían en una cinta con un paisaje pintado que giraba y giraba para crear un fondo a los personajes, y si uno se concentraba descubría que el mismo árbol pasaba una y otra vez. Me guardo de mirar con detenimiento los postes, sería horroroso que el nido de hornero se repitiese infinitamente.
     Busco el vagón de cineclub. Como siempre se me niega, y ya me he habituado a caminar displicentemente para darle la oportunidad de manifestarse.
     Hoy la puerta que me da paso es verde, y la última vez era marrón.
Comienzo a guardar evidencias inútiles pues todo esto no tiene sentido.
Entro pues, y allí adelante está la silueta de Oliver Reed que bebe, y las otras personas difusas que le dan un remedo de compañía al hecho de sentarse en la oscuridad con los fantasmas.
     La película no es muy antigua, ahí está Vicentico, irremediablemente triste conduciendo un Renault 12 por las calles de Buenos Aires, en un fárrago de personajes desmesurados que tan reales son en su exageración; si he conocido personas así y las he visto caricaturizarse a ellas mismas para, quizás, confirmar su existencia.
     Están tan solos pobrecitos, tan librados a la intemperie. La única magia que les cabe es esa de "los guantes mágicos". El taxista vende su automóvil para participar de un negocio que los salvará de sí mismos, de la monotonía, de la desesperanza. Traerán un cargamento de guantes de oriente y
los venderán en el invierno argentino.
     Allí en la pantalla el vacío repite mi propio vacío. No me sorprende que cuando el embarque demorado llegue, haya acabado el frío y una enorme cantidad de cajas con mercadería inútil pese sobre nuestro infortunio.
     El control remoto que abre las puertas del auto perdido es la única señal de amor.
     Desde la vereda de la concesionaria, el antiguo taxista abrirá y cerrará los seguros del Renault comunicándose con él como quien habla en alfabeto para sordos. Y devenido en chofer de larga distancia, en cada pueblo inhóspito se anclará al mundo con su control, enviando señales a los automóviles estacionados, animales de hierro que al menos contestan a su llamada.
     La imagen del hombre solitario perdido en oscuras noches interiores comunicándose con los automóviles indiferentes, es tan patética como la mía, sola frente a la pantalla, intentando no ver que el paisaje que me brinda ilusión de movimiento es una cinta pintada. Que es de noche.
Que no amanecerá.
 
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@...
 
 
 
CRÓNICAS DESDE LA VÍA*
(Segunda Parte)
 
Capítulo Dos
 
         “Cabral, soldado heroico / cubriéndose de gloria…”, canturrea Coiro de madrugada, a bordo de su desvencijada bicicleta, mientras se acerca amodorrado hacia la estación Sargento Cabral. Un par de días atrás, el Jefe de Distrito le encomendó una tarea de rutina que hoy debe realizar personalmente, aunque muy dentro de sí, Coiro supone que deben querer justificar su puesto, su sueldo, su mera existencia dentro del organigrama de la estructura ferroviaria a punto de ser nacionalizada, comisionándolo con insignificancias.
Ante la falta de sueño, las tribulaciones laborales se le confunden con difusas imágenes visuales y auditivas, provenientes del fondo de su memoria: escenas de combates de infantería de otro siglo, el sol que asoma en el horizonte refulgiendo en las bayonetas y los sables, un convento de gruesos muros que oculta a un ejército que pronto demostrará su entereza bélica y la grandeza patriótica de su estratega, educado por los ingenios napoleónicos, todo ello orquestado por una banda militar que marca el compás de una melodía que todos aprendimos en la escuela, junto con el Himno Nacional y “Aurora”, fijando la vista en una bandera que rara vez ondea como en las ilustraciones de los libros. El frío de la madrugada le atenaza las piernas y los brazos, causándole un tenue castañetear de dientes en la creciente claridad del alba, pero a Coiro nada lo detiene.
         Conduce a la vera de la vía, a fin de no perderse como otras veces, internándose por ocultos senderos de tierra que lo desviaron de su ruta original. Claro; no es lo mismo pasear de tarde con la bici, despreocupado, buscando la sombra de un arbolito donde matear, que tener que llegar de madrugada a la estación, con una misión específica y burocrática. Por ello, no pierde de vista la hilera paralela de rieles, sorteando los cantos rodados a la vera de la vía, contemplando la negra silueta de la estación a lo lejos, mientras silba entre dientes la clásica marchita…
         Hasta que algo se sale de lo normal, obligándolo a frenar, sorprendido, derrapando sobre el pedregullo.
         Sobre uno de los rieles se encuentra sentado un hombre, de espaldas a los durmientes, con la vista fija en un quepis del ejército que yace sobre la culata de un fusil, clavado en el suelo gracias a la bayoneta que lleva calzada en el extremo del cañón. La imagen parece haber surgido de la nada, y Coiro justifica su sorpresa diciéndose que venía prestándole más atención al camino inmediatamente circundante que a su vasto alrededor. Una leve brisa se agita en el ambiente, que al Jefe de estación le impresiona como una helada ráfaga de viento polar, que le cala hasta los huesos.
         Porque al afinar la vista, corrobora que a escasos tres o cuatro metros delante de él hay un suboficial del ejército, inmóvil sobre uno de los rieles, vestido con su correspondiente uniforme, rasgado por el combate y parcialmente cubierto de sangre; atuendo reconocible por cualquier alumno de escuela primaria, ya que no es otro que la inconfundible vestimenta de los ilustres Granaderos a Caballo sanmartinianos.
         “¡Sargento Cabral!”, piensa el Jefe Coiro, incapaz de saber si aquello está ocurriendo en efecto delante de sus ojos, o si se trata de alguna misteriosa alucinación causada por el agotamiento extremo de varias noches sin dormir, fruto de la inseguridad laboral, o de su definitiva caída en la locura, tan temida desde siempre.
         Desmonta de la bici, con la horrible sensación de experimentar el suelo vacilando bajo sus pies, y aún trémulo por el impulso al que su cuerpo lo conduce, se acerca a la silueta.
         -Bu… buen día… -alcanza a verbalizar, con la lengua pastosa. –So-soy el Jefe de e-estación Coiro.
         El hombre parece no escucharlo al principio; luego desvía la mirada, como si en la lejanía hubiese chillado algún tero, y repara en el recién llegado y su extraño vehículo, surgidos como de la nada.
         -Buenas, nomás… -silabea, con dificultad. -Juan Bautista Cabral, natural de Corrientes. Pa´ servirle.
         Y saluda con un ligero movimiento de cabeza, al que Coiro, con un helado arroyuelo bajando desde sus axilas, responde diligente, con otro cabezazo. La tonada correntina es inequívoca. Y las heridas sobre su pecho, cubiertas de sangre seca, avalan su testimonio de identidad. La razón queda abandonada en una franja mental más allá de la comprensión de Coiro, aunque él, durante los últimos años, parece haberse habituado a que le ocurran cosas como éstas…
         -¿Ne-necesita… algo? –inquiere, sin saber qué más decir.
         El aparecido medita unos instantes con la mirada perdida, y murmura:
         -¿Qué día es hoy?
         -Martes, creo… -duda Coiro, sin saber hasta dónde puede ofrecerle datos concretos. ¿Tendrá alguna idea este Cabral de que acaba de aparecer en su propio futuro? ¿De que han transcurrido ciento noventa y dos años y medio desde que ocurriera la gran batalla, por la que su nombre trascendió en la Historia Argentina?
         El uniformado no le da importancia a un dato tan menor y continúa:
         -No veo señales del enemigo… Y tampoco de los oficiales o del General… ¿Ya se  retiraron?
         -Sí, sí –asegura Coiro. –Hace ya mucho tiempo.
         -¿Y Ud. no sabría… -duda, como si por preguntar revelase un secreto de guerra- …si ganamos?
         -¡Sí, sí!!! –se entusiasma Coiro, con el único dato que siente que puede ofrecer sin riesgos. –Fue una batalla espectacular. El bautismo de fuego del regimiento de Granaderos a Caballo. Es más… Ud. tuvo una participación muy especial en ese combate.
         -¡No diga! ¿Y Ud. cómo lo sabe?
         -Bueno… -improvisa Coiro, escamoteando la respuesta directa. –Ud. intercedió personalmente ante el General José de San Martín cuando éste estuvo a punto de morir bajo las bayonetas del ejército realista.
         -¿Sí? –se pierde Cabral entre recuerdos, mirando siempre a lo lejos. –Creo que tiene razón… El General estaba caído bajo su caballo, ¿verdad?
         -Así es. Acudió de inmediato en su ayuda, fusil en mano, en un momento crucial en el que los demás no podían alcanzarlo. Y entonces…
         -…sentí un terrible dolor en el pecho…-lo interrumpe Cabral, en un murmullo, tocándose la sangre seca con la palma de la mano, aunque sin bajar la vista hacia la pechera desgarrada del uniforme. De pronto, alza los ojos, desencajados, y clama: -¡El General! ¿Qué pasó con él?
 -Salió victorioso, no se preocupe. El enemigo se batió en retirada. Salvo esa caída, el General no sufrió daños importantes.
         Cabral suspira, para luego agregar: -¿Hemos servido a la Patria, entonces?
         -Ya lo creo –asiente Coiro, aunque el concepto patriótico se le desdibuje desde hace años en la mente, ignorando su verdadero significado.
         -Entonces… -comienza a decir Cabral, mientras se incorpora a duras penas, para cuadrarse delante del fusil y calzarse el quepis- ya va siendo hora que me marche… Un gustazo de haberlo conocido, amigo.
         -Lo mismo digo –vacila Coiro.
         Y allí nomás, en el instante en que la figura uniformada posa ambas manos sobre el fusil, como por arte de magia se desvanece, a la manera de la tan temible alucinación que algún día –terror de los terrores- proyecte a Coiro irrevocablemente en la locura.
         Pero no hay rastros de desequilibrio mental, hoy, en este azorado empleado del ferrocarril argentino. Sólo un escalofrío que no lo abandona, por más que los tímidos rayos del sol vayan entibiándolo poco a poco.
         En la madrugada santafesina, tan sólo hay fantasmas que se despiden, inquietos frente a tanta revisión posmodernista…
 
*De ALDIMA. aldima@...
 
 
 
Próxima Estación: CAÑADA RICA 
-Para enviar colaboraciones: inventivasocial@...
 
ROSARIO.////////// LA BAJADA ////////// LA CAROLINA //////////
 
C.R.S.DOMINGUEZ ////////// URANGA //////////
 
LA VANGUARDIA////////// SARGENTO CABRAL //////////
 
///////////CAÑADA RICA //////////
 
GRAL GELLY////////// MARIANO BENITEZ ////////// 12 DE AGOSTO//////////
 
////////// FRANCISCO AYERZA //////////
 
/////// PERGAMINO (COMBINACIÓN A VEDIA EN ZEPPELIN)       
 
////////// TAMBO NUEVO ////////// RANCAGUA //////////
 
ARROYO DULCE ////////// TACUARÍ ////////// SALTO
 
 
 
"Los días felices"*

 No puedo dejar de recomendar la escritura transparente de Celso, su manera de pintar frescos, de fotografiar en palabras la historia propia que se parece mucho a la de cada uno de nosotros, con viejos o abuelos gringos que sudaban la gota gorda, que siempre hablaron en media lengua. El libro de Celso es de una belleza increíble. Muchos de sus escritos ya fueron leídos por los  socios de inventiva en el transcurso de 3 años de ediciones. Pero ahora están reunidos, sutilmente reescritos e ilustrados por él.
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Un abrazo enorme y sigan acompañando esta hermosa experiencia.
 
*Eduardo Francisco Coiro inventivasocial@...
Editor de InventivaSocial. Plaza virtual de escritura
 
 
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